Prólogo
Entrega
Estamos en enero de 1983, el primer lunes después de Año Nuevo. Cielos oscuros; lluvia gélida e intensa. Harley Street está llena de taxis. Cuando cambian los semáforos, los taxis no avanzan. No tienen ningún lugar adonde ir. Los paraguas se mueven en ángulos inusuales, mientras sus dueños se ladean para evitar las colisiones.
Encuentro el número 5 de Upper Wimpole Street y llamo al timbre. La recepcionista me conduce a una sala de espera iluminada por varias lámparas de pie. Hay una chimenea de carbón encendida. Tarima oscura, una alfombra grande. Me siento en el lado opuesto de la habitación para poder ver la puerta.
Para llegar a ser psicoanalista, uno primero ha de someterse a un análisis, y ese psicoanálisis didáctico causará un profundo efecto en tu manera de trabajar, como no podría ser de otra forma. Estoy esperando para comenzar mi primera sesión psicoanalítica.
A las nueve en punto de la mañana aparece el doctor Limentani. Esboza una sonrisa y me saluda con la cabeza. Me acompaña a una sala modesta, más caldeada aún que la de espera, y se sienta en su silla detrás del diván psicoanalítico.
—Póngase cómodo. Puede escoger entre la silla o el diván —hace una pausa—. Creo que el diván es más cómodo.
Al volver la vista cuarenta años atrás hasta los inicios de mi trayectoria como psicoanalista, recuerdo el paso del ruido exterior al silencio, del frío al calor. También recuerdo quién era yo.
Tenía treinta y un años. Era inmaduro, impulsivo y me enamoraba enseguida, y confundía con frecuencia la intensidad con la intimidad. Me consideraba perspicaz, pero veía el amor a través de las tramas de la cultura popular. Hablaba con mis amigos como si el amor fuera un puesto que cubriría mejor una comisión. Creía que, si lograba encontrar a la persona «adecuada», la felicidad caería por su propio peso.
Eran muchas las cosas que no comprendía. No entendía que cada uno de nosotros somos responsables de nuestra propia felicidad. Que, si no me trataba a mí mismo con consideración y cuidado, lo más probable era que muchos otros tampoco me tratasen así.
No entendía el dolor. Pensaba que muchas de las clases de dolor que sufrimos cuando amamos a otra persona —nostalgia, ansiedad, duelo— eran sentimientos que debíamos evitar, síntomas que teníamos que eliminar. No comprendía que el dolor es el mejor instrumento que poseemos para saber lo que deseamos.
Nos engañamos a nosotros mismos acerca del amor: el quién, el qué y el porqué. Pero también tenemos la capacidad de enmendar el autoengaño. Los trabajos del amor son la labor que hemos de realizar con el fin de vernos con claridad a nosotros mismos y a nuestros seres queridos. Son nuestros intentos de unirnos al mundo tal como es. «El amor», escribe Iris Murdoch, «es la percepción de los individuos. El amor es la dificilísima constatación de que algo distinto de uno mismo es real». Y añade: «El amor es el descubrimiento de la realidad».
Mi primera lección sobre el amor: una distinción entre entrega y sumisión.
Me tumbé en el diván del doctor Limentani y me sorprendieron mis propias lágrimas. Durante gran parte de la primera sesión apenas fui capaz de hablar. Hoy pienso que aquella era una respuesta (que observo desde entonces en mis pacientes) de alivio al saber que alguien estaba allí para escucharme y que seguiría ahí al día siguiente y al otro, durante todo el tiempo que yo deseara visitarlo.
Cuando encontré mi voz —pocos días después—, hablé con mi psicoanalista sobre mi complejo de Edipo, mis proyecciones e introyecciones, mi transferencia y su contratransferencia. Le di mi opinión sobre Freud y Lacan, Klein y Winnicott. Le conté lo que pensaba sobre artículos recientes del Journal of the American Psychoanalytic Association y el International Journal of Psychoanalysis. Él me dejó seguir por ese camino durante algún tiempo hasta que por fin, al cabo de unas semanas, me preguntó:
—¿Se ha dado cuenta de que usted habla sobre teoría psicoanalítica más que yo?
¿Qué me estaba sugiriendo?
—¿No es en las Conferencias de introducción donde Freud dice que la práctica clínica está construida sobre la teoría psicoanalítica? —le pregunté.
—Bueno, podríamos hablar de teoría psicoanalítica —dijo—. Pero ¿dónde le deja eso a usted?
Y, en otra ocasión, me preguntó:
—¿Por qué acude siempre a sus sesiones acompañado por Freud o por alguno de los grandes del psicoanálisis? ¿Por qué le asusta tanto estar aquí usted solo?
En aquel momento pensé que el doctor Limentani estaba sugiriendo que, al abrazar la teoría psicoanalítica, estaba saliendo con la chica equivocada, que debería salir con el psicoanálisis clínico, con la experiencia misma. Resulta que el doctor Limentani estaba empezando a desenmarañar algo que formaba parte de mí hasta tal punto que yo era incapaz de verlo.
Además de explayarme con la teoría psicoanalítica, era increíblemente —tal vez compulsivamente— obediente como paciente: jamás llegaba tarde, nunca faltaba a una sesión, pagaba mi factura el día que la recibía. El doctor Limentani veía mi deseo de complacerlo, de hacer todo lo que pensaba que quería que hiciese. Con el tiempo, en una serie de interpretaciones claras y penetrantes, me señaló que yo creía que, si me sometía a él, si me convertía en el paciente que imaginaba que él quería que fuera, me aceptaría, y esa aceptación me elevaría, me s
