
Bienvenido, mazmorrero, al cuarto piso. «La Maraña de Hierro».
Tu título vuelve a ser Guardaespaldas real.
Ha dado comienzo una puja de patrocinio para el mazmorrero n.º 4.119. Dicha puja terminará en 45 horas.
El mundo retumbó. El suelo se agitó. Me tambaleé hacia atrás justo cuando aparecimos, pero conseguí mantener el equilibrio gracias a una pared de metal. Las luces no dejaban de parpadear rápidamente, a ambos lados de la estancia estrecha y alargada en la que me encontraba. Sentí un pum, pum, pum bajo los pies. Estábamos en un tubo de plástico y metal que no dejaba de vibrar y retumbar. La iluminación del lugar se apagó para luego volver a encenderse.
Mongo graznó de rabia y de miedo. Dónut saltó sobre mi hombro y empezó a temblar. Katia se ovilló junto a un poste de metal que iba desde el suelo hasta el techo.
¡Logro desbloqueado! ¡El chacachá del tren!
Chu, chu, hijo de puta.
Recompensa: ¡Has recibido de recuerdo un gorro de revisor de tren! ¡Llévalo con orgullo!
—Estamos en un vagón de metro —dije. Avanzábamos a toda velocidad por un túnel, en dirección a un destino desconocido.
El vagón contaba con una hilera de asientos encarados hacia el centro, hechos de plástico beis con cojines marrones que estaban rasgados y pintados con rotulador y espray. Las palabras que había escritas eran un batiburrillo incomprensible en alfabeto cirílico, y el suelo estaba sucio y lleno de agujeros. Había marcas de quemaduras en las paredes también de plástico. Unos postes de metal se alzaban hasta el techo en intervalos regulares y también recorrían el vagón por la parte superior. Todo el lugar olía a cadáveres apilados y podridos de ratas.
El vagón estaba vacío a excepción de nuestro grupo.
—Es un tren del metro de Moscú —dijo Katia—, pero yo me he subido en unos que estaban en mucho mejor estado que este. Y más limpios.
Su rostro había vuelto a ser ese prácticamente humano, el de cabello rubio que tenía antes del programa. La última vez que la había visto en forma de doppelgänger, la nariz se le había movido hasta casi debajo de la oreja, pero ahora había vuelto a colocársela en su sitio.
Al fondo del vagón había una puerta cerrada sin ventana. Sobre la puerta colgaba un pequeño cartel eléctrico donde iban pasando unas letras rojas.
Línea roja. Vagón 20. Próxima parada: Estación Sirin (81) en 12 minutos y 32 segundos.
—A vestirse todo el mundo —dije. Me senté en la silla que tenía al lado y empecé a ponerme el equipo. Examiné durante un breve instante el gorro ridículo que acabábamos de recibir, pero era una basura. No era mágico, sino uno azul y blanco normal de esos que solían llevar los niños pequeños. Tenía bordadas las palabras «He recorrido la Maraña de Hierro».
—Carl, esto me dice que tengo que elegir una nueva clase debido a mi habilidad Actriz de reparto. Solo tengo seis minutos para hacerlo o se me asignará una «al azar» —comentó Dónut—. La lista está llena de cosas nuevas. No es la misma de antes.
CARL: Mordecai, ayuda a Dónut a elegir una clase. Te leerá algunas de las opciones. Vamos en un vagón. Creo que estamos en un piso estructurado como un sistema de metro.
MORDECAI: Bienvenidos de nuevo. Venga, Dónut, a ver esas opciones recomendadas.
DÓNUT: NO ME GUSTAN ESTAS OPCIONES, MORDECAI.
Mientras Dónut repasaba la lista de opciones por el chat, opciones entre las que había cosas como gato callejero bronquista o michimante, yo me acerqué a la ventana y eché un vistazo al exterior.
Avanzábamos a toda velocidad. Vi la pared del túnel, que estaba a escasos centímetros de la ventana. Al parecer, estaba hecha de tierra y roca. Unas luces brillaban de vez en cuando, como si la iluminación eléctrica estuviese incrustada en las paredes a intervalos nada regulares.
—¿Por qué siempre escribe en mayúsculas? —me susurró Katia mientras yo seguía mirando por la ventana—. ¿Es porque le cuesta escribir con las cuatro patas?
—No. Es porque es Dónut.
—Es una persona complicada, ¿verdad?
Recordé lo que Odette había dicho sobre Hekla, lo de que quería robarme a Dónut.
—Más de lo que crees —respondí.
Teníamos diez días para completar el piso. Nuestra prioridad era encontrar una escalera, pero si no dejábamos de movernos eso iba a suponer todo un desafío. En esta ocasión solo había 9.375 de ellas. Si el piso de verdad estaba estructurado como un sistema de metro o de trenes, y no nos encontrábamos en un medio de transporte que nos estuviese llevando al verdadero principio de la zona, íbamos a necesitar un mapa. Aunque hubiese una escalera en todas y cada una de las paradas, una estructura así sugería que el sistema de metro debía ser enorme. Hallar dicha escalera no iba a ser suficiente si no sabíamos cómo volver a ella.
Mi habilidad Plan de huida no me sirvió para ver ninguna indicación ni señalización, al menos dentro del vagón en el que nos encontrábamos. Era una habilidad muy útil, pero tenías que tener claro dónde se encontraban los mapas ocultos antes de usarla.
—Vaya —dijo Katia—. Tengo el doble de Constitución de lo normal. Ahora es de 102. Y parece ser que también me han dado una bonificación de impulso activo aunque no me esté moviendo.
—Bien —comenté. «Eso significa que serás nuestro escudo humano»—. Espero que forme parte del diseño del piso. De lo contrario, será mejor que no te acostumbres a ello. Si los productores no querían que pasase algo así, ten por seguro que terminarán por parchearlo esta noche.
Si en este nivel íbamos a combatir cuerpo a cuerpo muchas veces, eso significaba que tenía que ponerme a practicar. Me había pasado gran parte del piso anterior con las explosiones, por lo que sospechaba que en este caso iba a chupar más banquillo que otra cosa.
DÓNUT: ENTONCES ¿ELIJO LA CLASE FOROFA DE FÚTBOL O PETARDO? RÁPIDO, EL TIEMPO ESTÁ A PUNTO DE ACABARSE.
MORDECAI: La de forofa. Es la mejor elección si vas a pasarte el piso encerrada en estos vagones. Cuenta con una bonificación de impulso y varias ventajas de equipo. Además de la habilidad Mascota, que le da una bonificación a Mongo.
Dónut brilló durante unos breves instantes.
DÓNUT: HECHO. ¡TENGO LA HABILIDAD MASCOTA! PERO NO ME HAN DADO CÁNTICO GRUPAL NI DISTURBIOS ITINERANTES. AUNQUE SÍ QUE HE CONSEGUIDO LOS 10 PUNTOS ADICIONALES DE CONSTITUCIÓN, AL MENOS.
MORDECAI: Qué pena. La de Cántico grupal nos hubiese venido de perlas. Vale, atendedme los tres. Acabo de echar un vistazo fuera de mi habitación y estoy en lo que parece ser un asentamiento en una estación de tren. Me da la impresión de que las tiendas y las posadas estarán repartidas por dichas estaciones. Me encuentro en una bastante grande en la que hay tres líneas de tren diferentes. Una de ellas es de un metro, como el que habéis descrito, pero hay otra mucho más grande. Parece un tren transcontinental. Bajaos en la siguiente parada y buscad una estancia segura o una posada.
CARL: Recibido. Por cierto, gracias por decirnos lo de la recompensa en la clasificación.
MORDECAI: Vaya, eso significa que estáis entre los diez primeros. Encontrad una estancia segura y hablaremos.
Miré a Dónut. Intenté recordar las cosas que había perdido al dejar la clase eminencia del rincón de artistas. Los únicos beneficios dignos de mención era el +5 a la Destreza y el 15 % de bonificación a la venta de objetos. También había recibido algunas monedas adicionales al bajar por las escaleras del piso anterior, pero no demasiadas. Era probable que la pérdida de la bonificación de Destreza fuese lo peor.
—¿Y qué habilidades nuevas tienes?
El suelo no dejaba de traquetear mientras el vagón se inclinaba para dar una curva. Las luces titilaron.
—Pues unas pocas. Había una habilidad que me aumentaba el daño al atacar en movimiento, pero no la elegí. La mejor era Mascota. Si Mongo hace daño a un enemigo, todos los del grupo reciben una bonificación a la Destreza y a la Constitución. Si mata a una criatura, la bonificación dura unas horas.
—Sí que es buena —dije.
—También me ha subido en 10 puntos la Constitución. Ah, y también tengo una habilidad llamada Guinness que me dobla la fuerza cuando estoy borracha.
—¿En serio?
—Claro —respondió—. Así que cuando vayamos a luchar, tendremos que parar antes por el club para pedir otro Dirty Shirley.
CARL: Mordecai, ¿soy yo o estas clases son mejores que las que nos ofrecieron en el piso anterior?
MORDECAI: Es un beneficio involuntario. Muchas de estas clases son menos habituales y no estaban disponibles porque Dónut no cumplía con los requisitos mínimos. Pero a medida que suba sus características, mejorarán las clases que se le ofrecen en cada piso. También hay otra cosa buena que no había anticipado. Con la clase eminencia del rincón de artistas, recibió la habilidad Negociación a nivel 5. Antes de abandonar el tercer piso, ya había conseguido subirla a nivel 7 gracias a todo lo que vendisteis. Pues, al perder la clase, pierde los cinco niveles, pero mantiene los dos que había conseguido por su cuenta, así como toda la experiencia conseguida para dicha habilidad. Por eso, ahora tiene 4 puntos en ella.
CARL: Un momento. No lo entiendo. Entonces, si consigue una habilidad temporal, ¿la conservará en el piso siguiente? ¿Y qué hay de los aumentos en los puntos de característica?
MORDECAI: No, los puntos de característica no los conservará. Pero mientras use lo bastante una habilidad como para subirla de nivel al menos una vez, la conservará, aunque restándole los niveles que consiguió automáticamente gracias a la clase. La experiencia de las habilidades es un tema complicado, ya que conlleva cálculos que los mazmorreros no pueden ver. Cuesta bastante… descorchar la botella, por así decirlo, y llegar a nivel 1. Pero una vez lo haces, todo va sobre ruedas. En otras palabras, usad a Mongo todo lo que podáis y conservaréis el beneficio Mascota. Además, de ahora en adelante, también deberíamos tener en cuenta las clases que tienen conjuros poco habituales. Si Dónut consigue subirlos de nivel al menos una vez, creo que pasarán a formar parte de su lista.
CARL: Eso me parece un error del juego.
MORDECAI: Podría serlo. Así que no lo comentes en voz alta ni lo hagas notar. Es muy probable que no se den cuenta hasta que Dónut llegue a conservar un conjuro al pasar de un piso a otro. Ahora, poneos manos a la obra. Voy a buscar un mapa, y vosotros también deberíais hacerlo.
—Katia —dije—, tienes la habilidad Exploración, ¿verdad?
—Solo la tengo a nivel 3. Subirla es muy complicado. Tengo que mantener el mapa abierto todo el tiempo para hacerlo. Mi antiguo guía me comentó que lo que necesitaba para mejorarla era un gremio de entrenamiento. Puedo alejar mucho el zoom del mapa, pero cuando lo hago no veo gran cosa. Solo tubos por todas partes, como si fuese una maraña de fideos. Pero, hace unos minutos, vi otro tren pasando a toda velocidad por otra de las vías que hay tras esta pared, en perpendicular a nosotros. Este en el que nos encontramos tiene unos veinte vagones, y estamos en el último.
—¿Ves algún enemigo?
—No. Normalmente, no aparecen en este mapa. Pero si estamos cerca de una escalera o de una estancia segura, me llega una notificación. Por cierto, también veo que el vagón número quince tiene una forma diferente a este. No sé lo que es, pero creo que no es uno de pasajeros.
Miré el mapa y vi que llegaba hasta la primera mitad del vagón número quince. Sabía que normalmente podía alejar algo el zoom, pero cuando estaba en movimiento siempre se acercaba un poco más. Si Katia alcanzaba a ver los veinte vagones del tren, su habilidad tenía que llegar a mostrarle un mapa mucho mayor que el mío. También vi que, en el mío, aparecían los nombres de todos y cada uno de los vagones, algo que no había visto antes. Nos encontrábamos en la CABINA N.º 20. VAGÓN DE PASAJEROS.
—¿Qué dice el nombre del vagón número quince? —pregunté a Katia.
—Pues solo se ve un signo de interrogación.
Examiné la parte de atrás del tren. Normalmente, tendría que haber algún tipo de salida de emergencia, pero en este caso solo había una pared lisa de metal. Me pregunté qué ocurriría si colocaba en ella un explosivo para abrirla y saltaba a las vías. Teniendo en cuenta lo estrecho que era el túnel, era muy probable que el siguiente tren me aplastase en cuestión de minutos.
—Muy bien, gente —dije—. Vayamos a echar un vistazo a ese vagón.
Avancé por el pasillo del centro. Dónut saltó sobre mi hombro. Mongo se abrió paso a mi lado mientras esquivaba a duras penas los postes de metal. Si crecía mucho más o los pasillos se estrechaban un poco, los trenes iban a convertirse en un problema. Llegamos a la puerta, que no parecía casar con el lugar. No tenía ventana, y me dio la impresión de que era un añadido que se había puesto ahí para la mazmorra, ya que normalmente en su lugar solo había una pasarela corta y abierta que se podía atravesar sin problema. Sobre nosotros, el reloj indicaba que quedaban unos cinco minutos para la siguiente parada.
—Voy a abrir la puerta. Katia, tienes cuatro veces más Constitución que yo, así que serás la primera en entrar. ¿Te parece bien?
Ella tragó saliva, pero asintió. Vi que se había puesto a temblar.
—Supongo que es lo que tengo que hacer, ¿no?
—No te preocupes, cielo. Te cubrimos —aseguró Dónut para tranquilizarla.
La puerta se deslizó a un lado, lo que dejó a la vista el pequeño espacio cerrado que había entre los dos vagones. La pasarela del suelo no dejaba de rebotar arriba y abajo. Las paredes que conectaban ambos vagones eran negras y con forma de acordeón, hechas de lo que parecía una especie de tela reforzada. La distancia entre los dos vagones parecía más de la normal. Vi un panel bajo mis pies que seguro podía retirar para dejar al descubierto el mecanismo que los mantenía unidos. Avanzamos y vi también la puerta que llevaba hasta el siguiente vagón. Coloqué la mano sobre ella y me fijé en que Katia, detrás de mí, sostenía un hacha pequeña y reluciente entre las manos.
—¿La has usado antes? —pregunté.
—Es una buena arma —aseguró—. Pero mi Fuerza no es suficiente y hago poco daño. Ahora, te puedo asegurar que he matado a muchos monos taladores con ella.
Asentí.
—Allá vamos.
Deslicé la puerta a un lado, y ella saltó al interior. Mongo hizo lo propio detrás de Katia entre gruñidos, lo que hizo que la mujer se asustase y cayese de boca. Yo me tambaleé hacia atrás por culpa del movimiento repentino e inesperado de la mascota.
—¡Cagondiós, Mongo! —grité mientras examinaba la estancia en busca de amenazas.
Estaba vacío. El vagón era idéntico al anterior.
—¡Mongo malo! —gritó Dónut—. ¡Tienes que portarte bien con Katia!
—Venga, intentémoslo otra vez —dije—. Mongo, no te precipites para conseguir más experiencia.
El dinosaurio graznó mientras Katia gruñía y se ponía en pie. El hacha se le había caído al suelo y se había deslizado hasta quedar a unos tres metros por delante de ella. Corrió para recuperarla.
El siguiente vagón era igual. Estaba vacío. Pero al menos Katia no cayó de boca al entrar. El siguiente, estaba igual de desocupado.
Cuando llegamos al número dieciséis, la cuenta atrás ya casi había llegado a su fin. Quería echar un vistazo en el decimoquinto antes de ponernos a buscar una estancia segura. Los vagones que había justo después de ese aparecían en el mapa como normales de pasajeros. Katia dijo que el número diez y el cinco también eran diferentes al resto y que no se parecían al número quince. Por si eso fuera poco, el primero de todos aparecía como una especie de bloque liso en su mapa. Dijo que eso solía significar que la estancia estaba detrás de una puerta mágica.
—En este tiene que haber algo —comenté al tiempo que señalaba la puerta que daba al número quince. Era diferente a los anteriores. La puerta también era deslizante, pero parecía estar hecha de un material más grueso y resistente.
No estaba cerrada. La deslicé para abrirla y cruce a la pasarela. La siguiente era igual. El tren empezó a reducir la velocidad. El chirrido agudo de los frenos inundó el ambiente, así como el olor a aceite y a humo.
Una voz cargada de estática resonó por lo que supuse que era un altavoz:
«Estamos llegando a la estación Sirin. La número 81. La siguiente parada será la estación Mora, la número 82, tras la que llegaremos a la estación de transbordo de pasajeros número 83».
—Monstruos —siseó Dónut—. Son pequeños, pero hay muchos.
Levanté una mano hacia la puerta del vagón número quince.
—Vamos, nos retiraremos por el momento hasta que consigamos…
—No, ahí dentro no. ¡En la estación! —dijo la gata mientras veíamos cómo se acercaba el andén. A mi izquierda, alcancé a ver el suelo y, sobre él, un cartel que colgaba del techo y que rezaba: ESTACIÓN SIRIN. 81.
—Dios —exclamó Katia.
La estación estaba a rebosar de cientos de monstruos gordos y arrugados, amontonados y aplastándose entre sí para cruzar las puertas. Las criaturas parecían bebés demoniacos de piel gris, con garras afiladas y bocas gigantescas llenas de dientes. Demasiados. Iban a dos patas y me llegaban a la altura de las rodillas. Algunos se aferraban a las columnas de hormigón de la estación, escalándolas con las extremidades como si fuesen puñeteras arañas. La única prenda que llevaban era un taparrabos ajado; algunos se abalanzaron hacia las puertas del vagón, mientras que otros saltaron al techo. Gritaban al unísono, un estruendo inquietante que se parecía al llanto de un bebé. Se agolparon aún más contra el tren al vernos tras las ventanas, como olas que rompiesen contra el cristal.
El vehículo siguió avanzando, pero iba a detenerse en cualquier momento. Y, cuando lo hiciese, iban a abrirse las puertas para dejarlos entrar al lugar donde nos encontrábamos.
Examiné a uno de los monstruos a través del cristal.
Drek. Nivel 6.
Los bebés le gustan a todo el mundo, ¿verdad? ¿A qué imbécil no le van a gustar? ¿Y qué me dices si esos bebés son demoniacos, famélicos y berserker que se desplazan en manadas de al menos cincuenta criaturas? Se rumorea que estos mocosos pueden devorar a un elefante adulto, con huesos incluidos, en menos de cinco segundos. Y tú eres mucho más pequeño que un elefante.
—Joder, joder —dije mientras tiraba de la puerta del vagón número quince—. ¡Cerrad la puerta al pasar!
Abrí la pesada puerta y entramos en un vagón húmedo y oscuro. La estancia olía a carne podrida.
Detrás de nosotros, las puertas que daban al andén del vagón anterior sisearon al abrirse, momento en el que empezaron a colarse esos monstruos chillones. Katia cerró con fuerza la primera de las puertas que separaban los vagones y luego se internó en la oscuridad de la cabina sin ventanas para terminar de cerrar la otra, justo cuando Dónut lanzaba el conjuro Antorcha para iluminar el lugar.
—Pero me cago en la puta —dije al ver a los monstruos que aparecieron frente a nosotros.
Jikininki. Nivel 17.
De todos los tipos de necrófagos que pueden encontrarse en la Maraña de Hierro, los jikininki son los más comunes, los más educados y también los más insaciables. Su apetito voraz por la carne los convierte en unas criaturas limpiadoras perfectas. Suelen dejarte en paz si no estás sangrando, si no tiras basura y si no invades su espacio personal. Hacer eso último es de muy mala educación.
En el mapa, el sistema reemplazó el signo de interrogación que había antes por el texto: GUARIDA DE CRIATURAS LIMPIADORAS.
Los monstruos esbeltos y encorvados parecían los primos creciditos de los bebés drek que habíamos dejado en el vagón anterior. Las criaturas blancas y demacradas medían unos dos metros diez de alto, con brazos que arrastraban por el suelo y que contaban con uñas negras y aserradas que repiqueteaban como porcelana. Se enderezaron por completo al ver que nos habíamos colado en su vagón. Tenían un rostro lleno de dientes afilados y con ojos saltones. Las bocas de ambas empezaron a castañetear como si fuesen juguetes de cuerda, lo que emitía un sonido parecido al de una picadora industrial.
Ambas llevaban un traje cruzado, andrajoso y hecho jirones, con botones dorados. Debajo de los trajes oscuros llevaban camisas de vestir blancas pero manchadas de sangre. Una de ellas llevaba una pajarita. Las dos tenían sobre la cabeza una especie de gorro de revisor con letras doradas que rezaban «Conserje». La que no tenía pajarita tenía una chapa en el pecho que rezaba «¿Cómo quieres que te haga daño?».
Además de los dos monstruos, el vagón estaba vacío a excepción de una pila de huesos, dos escobas y unas papeleras.
—¡Tiro doble!
Dos proyectiles mágicos de máxima potencia salieron despedidos hacia las cabezas de las criaturas, que se tambalearon con el impacto. Las barras de salud de ambas bajaron hasta quedar rojas, y Mongo rugió. El velociraptor brincó hacia delante, voló a través de medio vagón y chocó con las patas contra una de las criaturas humanoides. Dónut saltó de mi hombro al de Katia mientras yo corría hacia uno de los necrófagos y empezaba a cerrar el puño. El monstruo siseó, momento en el que eché el puño atrás para luego darle un golpe en la cara. A mi izquierda, Mongo había decapitado al otro y había empezado a comerse la cabeza. Mi objetivo cayó al suelo. Le pisé el pecho y se lo hundí. Un líquido negro como la brea empezó a rezumar del lugar donde lo había pisado, formando una especie de V. Sentí algo raro en el pie, pero no tenía tiempo de pensar de qué podía tratarse.
Has recibido una bonificación temporal del 5 % a la Destreza y a la Constitución gracias a la mascota de tu equipo.
No tuvimos tiempo de disfrutar de la victoria. Cogí varios huesos y saqueé varias monedas de oro de cada uno de los necrófagos. También me hice con la chapa con el mensaje «¿Cómo puedo hacerte daño?», antes de volver a dirigirme hacia la puerta.
—¡Están intentando entrar! —gritó Katia, que se apartó de ella. Dónut seguía sobre su hombro, con el pelaje erizado. Se oían los arañazos y los golpes que venían del vagón dieciséis. Aún no había atravesado la primera de las puertas que nos separaban. Solo tenían que tirar de la palanca y deslizarla, pero al parecer no sabían hacerlo.
Miré con nerviosismo la puerta que había al otro lado del vagón, la que llevaba al número catorce. Supuse que también estaría lleno de dreks. Estábamos rodeados.
En este vagón no había cartel alguno, pero recordé que había oído por el altavoz que la siguiente estación se llamaba Mora o algo parecido. Pero la siguiente a esa era diferente. Una estación de transbordo de pasajeros. Con suerte, esa sería el lugar seguro que había descrito Mordecai. Pero no había puertas en el vagón en el que nos encontrábamos. ¿Cómo íbamos a salir a la estación una vez llegásemos?
Preparé una cortina de humo. También coloqué el rasca de bola de fuego o natillas en mi lista de acceso rápido. Quedaban tres casillas por rascar. Si tenía mala suerte, estaríamos bien jodidos. Un pegote de natillas no iba a salvarnos en esta ocasión. ¿Qué cojones íbamos a hacer ahora? ¿Estarían todas las estaciones llenas de monstruos?
Me temí que iba a tener que recurrir a los explosivos, pero lo cierto es que me parecía una muy mala idea. Aunque los tirase al vagón anterior y cerrase la puerta justo después, me daba miedo que la explosión hiciese descarrilar el tren al completo.
También contaba con un Caparazón protector, pero solo podía lanzarlo una vez en día y solo duraba veinte segundos. Aunque…, ahora que lo pensaba mejor, Mordecai me había contado hacía mucho tiempo algo sobre ese conjuro que quizá me sirviese ahora. Pero si la próxima estación también estaba llena de criaturas, sería mejor esperar un poco antes de usarlo. De lo contrario, sería todo un desperdicio.
«Muy bien. Cálmate. Todo saldrá bien. Va a salir bien. Han puesto aquí estos vagones sin puertas para salir al exterior por un motivo. Los estamos usando tal y como se esperaba de nosotros».
Respiré hondo y repasé las opciones mientras revisaba el inventario. Ahora que el pánico inicial había remitido, empecé a sopesar varias opciones.
—Tenemos que aguantar hasta que lleguemos a la estación número 83 —dije—. Katia, si empiezan a abrir la puerta, ¡haz todo lo posible por mantenerla cerrada! Dónut, ¿sigues teniendo esos dos módulos de trampas?
—Sí. ¿Los quieres? —dijo al tiempo que los sacaba. Le habían salido en una caja de zapador de oro después de la batalla contra el elemental de furia en el segundo piso.
Uno era un módulo de pinchos. El otro, un módulo de alarma. Ambos tenían la forma de un cubo pequeño del tamaño de un dado. Examiné el módulo de alarma.
Módulo de alarma.
¡Dos objetos al precio de uno! Puedes usar este módulo, favorito entre los paranoicos y los ricos, para añadir una alarma a la trampa que estás creando, o también pueden utilizarlo como trampa lista para usar aquellos que no tienen paciencia para sentarse a crear la suya propia. Cuando se activa, empieza a sonar una canción A Mucho Volumen. Y con A Mucho Volumen me refiero a nivel black metal noruego. Puedes programar la canción en una mesa de zapador. Si no lo haces o no eres capaz de elegir un tono de alarma, se reproducirá una aleatoria y culturalmente importante del último top 100 de la lista de éxitos estadounidense.
Este módulo puede llegar a provocar un estado de Miedo, pero tu nivel actual de Ingeniero de trampas (nivel 1) solo permite que esta acción se lleve a cabo en una mesa de zapador.
Si no se activa, tu habilidad Tiro por la culata te permite recogerla una vez se ha colocado con un índice de éxito del 100 %.
El módulo de pinchos tenía una descripción similar, pero hacía que unos pinchos de cincuenta centímetros brotasen del suelo en intervalos de dos segundos en un área de un metro cuadrado. Los PNJ amistosos y los mazmorreros no la activaban, pero una vez activa los pinchos no dejaban de salir una y otra vez, por lo que teníamos que tener cuidado.
Me pregunté si podría colocar la trampa de pinchos en una pared. O en una puerta. Estaba a punto de descubrirlo.
—No os separéis de esta puerta —dije—. No podemos proteger ambos lados, por lo que voy a colocar la trampa de pinchos y la de alarma en la pasarela del otro extremo. Eso nos dará tiempo para correr hasta allí y bloquear la puerta si nos atacan por ese lado.
Me di la vuelta y empecé a correr hasta el otro extremo del vagón antes de que mis compañeros dijesen nada. Era muy probable que pudiésemos proteger ambos lados, en realidad. Katia podía mantener una puerta cerrada y yo la otra, mientras que Dónut no podía con ninguna, claro. El problema era que yo no confiaba en la Fuerza de Katia, ya que tenía 11 y no me parecía suficiente aunque fuesen monstruos de nivel 6. Además, no quería dividir al grupo ahora mismo.
Corrí hacia la puerta del otro extremo y apoyé la oreja en ella. Como esperaba, los bebés rabiosos gritaban y atacaban al otro lado también en este extremo del vagón. Pero aún no habían llegado a la pasarela. Deslicé la puerta para abrirla.
El pomo de la puerta del vagón catorce traqueteaba arriba y abajo. Las criaturas aún no habían descubierto que tenían que deslizarla a un lado para abrirla, pero seguro que uno de esos pequeños cabrones no tardaría en darse cuenta. Saqué el módulo de alarma y lo coloqué en el suelo. Hice clic mental en ACTIVAR, momento en el que un rectángulo transparente apareció en el suelo y comenzó a parpadear. La caja tenía la forma y el tamaño de una de zapatos. Una ventana emergente con información apareció sobre la trampa, algo parecido a lo que había visto con las bombas.
Trampa colocada.
Colocada por ti.
Efecto: Una alarma estruendosa de cojones.
Retraso: Ninguno.
Objetivo: Criaturas marcadas como rojas.
Duración: Hasta la muerte térmica del universo.
También me aparecieron cuatro opciones debajo de la ventana. ACTIVAR AHORA, AJUSTAR RETRASO, AJUSTAR OBJETIVO y QUITAR TRAMPA.
La dejé tal cual y me giré hacia la puerta del vagón de los conserjes. La cerré y me quedé encerrado en aquel pequeño espacio entre vagones con la pasarela. Coloqué la trampa de pinchos en la puerta y la activé. Me dejaba colocarla verticalmente. Después, abrí la puerta para comprobar que se moviera a pesar de la trampa y vi que sí. En ese momento, volví al vagón número quince y la cerré.
Ahora nos enteraríamos de si cruzaban la puerta que teníamos detrás y, con suerte, los pinchos los mantendrían alejados durante un tiempo. Volví con mis compañeros. Mongo seguía en el centro de la estancia mordiendo el cadáver de uno de los conserjes. El tren se agitó al dar una curva.
—Mongo, quédate con Dónut —grité mientras pasaba a toda prisa a su lado—. Y deja de comer esa asquerosidad. Vas a ponerme malo del estómago otra vez.
El dinosaurio gruñó y me siguió hasta la puerta.
En mi mente tenía un popurrí de posibilidades y defensas que necesitaba ponerme a construir. Conociendo las dimensiones de los vagones, las pasarelas y las puertas, podría preparar varias estructuras defensivas que colocar en los interiores. Pero primero tendríamos que sobrevivir a lo que teníamos entre manos.
—No le quites ojo de encima al mapa —dije a Katia cuando llegué cerca de la puerta—. Avísame cuando veas acercarse una estación de tren.
—Ya veo una. Llegaremos a la estación 82 en un minuto —respondió.
—Perfecto. Con suerte, se bajarán del tren. Pero se me han ocurrido algunas ideas por si no lo hacen y se suben más monstruos.
Abrí la puerta que daba a la pasarela. Por aquel extremo tampoco habían descubierto cómo abrir la puerta.
—Dónut, avísame cuando esa segunda puerta que tenemos delante empiece a abrirse.
MORDECAI: Vale. Acabo de ver cómo para un tren y se bajan de él dos mazmorreros. Había criaturas en el interior, pero una especie de barrera mágica no las dejaba salir. Así que no os bajéis hasta que no lleguéis a una estación de transbordo.
—Muy bien. Gracias por el consejo —gruñí mientras me arrodillaba para intentar abrir el panel en la pasarela del suelo. Con suerte, ahí debajo encontraría el sistema eléctrico del tren y los controles de los enganches de los vagones. No tenía ni idea de cómo funcionaban estas cosas en la vida real, pero confiaba en que mi conocimiento de sistemas eléctricos me sirviese para reconocer lo que estaba a punto de ver ahí debajo.
Conseguí sacar el panel superior con facilidad, pero debajo de él había una puertecita de metal con una cerradura, similar a un cuadro de distribución. Coloqué la mano encima y me dio un error.
Esta placa de servicio está cerrada con magia. Necesitas una llave de maquinista de la línea roja para abrirla. ¿Tienes la llave? No, no la tienes, así que largo.
—Mierda —dije al tiempo que volvía a colocar la placa. Eso significaba que tendría que usar el plan nuclear.
El altavoz chisporroteó con estática.
«Estamos llegando a la estación Mora, la número 82 y el hogar de los abrojos psicópatas. Cuidado con esos tipos. —La voz rio entre dientes—. La próxima parada es la estación de transbordo número 83, donde se puede acceder a la línea amarilla y al Expreso de Pesadilla. Después continuaremos hasta la estación Rusalka, la número 84. Gracias por usar la línea roja».
—¡Carl! —gritó Dónut. Alcé la vista y vi que la puerta empezaba a deslizarse. Salté hacia atrás mientras la gata disparaba todo su arsenal de proyectiles mágicos hacia el agujero que empezaba a abrirse. Uno de los bebés me dio un mordisco en el pie, lo que seguro que no me haría nada gracias a mi…
Grité al sentir un dolor insoportable y caí hacia el vagón número quince junto a mis compañeros. Katia cerró de un portazo. El bebé seguía mordiéndome con fuerza, atravesándome la carne de la planta del pie con rabia. Me puse en pie y di un pisotón contra el suelo. El monstruo de nivel 6 explotó como un globo lleno de sopa de tomate. Extendí los dedos para asegurarme de que seguía teniéndolos todos y luego me lancé el conjuro Sanar. «Casi se va todo al garete».
—Au, au, au —dije mientras me sanaba la herida. Me había dolido un cojón. Hacía mucho tiempo que no dejaba que se me acabase la ventaja del kit de pedicura, por lo que estaba acostumbrado a tener unos pies duros como rocas. Me había olvidado de lo que se sentía al ser tan vulnerable por ahí abajo. Teníamos que llegar a una estancia segura cuanto antes.
El tren terminó por detenerse.
—Veo más monstruos —anunció la gata—. Pero no tantos. Solo hay unos pocos en el andén, aunque son grandes. Mucho más grandes. Uno se está subiendo por el vagón dieciséis, y otros dos por el catorce.
El pomo de la puerta empezó a agitarse. Lo agarré y la mantuve cerrada. Empecé a oír gritos de rabia al otro lado. Un momento después, el tren empezó a moverse de nuevo.
—Un momento —dije—. ¿Recordáis si íbamos dejando las puertas abiertas a medida que avanzábamos? Me refiero a las de los vagones diecisiete y dieciocho.
—Sí que las dejamos, sí —comentó Katia.
—Muy bien. Pues avisadme en cuanto veáis el próximo andén. Dentro de unos minutos vamos a tener que…
¡Y en el número 2 a fecha de 13 de enero de 2007, tenemos Fergalicious!
La voz resonó tan alto que agitó hasta las paredes.
—Pero ¿qué narices ha sido eso? —empezó a decir Katia, pero su voz no tardó en quedar ahogada por el ruido. Empezó a oírse la canción, más alta de lo que esperaba a pesar de que ya se advertía en la descripción. Empezaron a dolerme los oídos al momento.
CARL: Es la trampa de alarma. Han atravesado la primera puerta del otro extremo.
KATIA: ¿Quieres que vaya para evitar que entren?
CARL: No. Ya no tenemos tiempo. Vamos a correr hacia el otro lado. Hacia atrás. Dentro de unos quince segundos. Correremos hasta llegar al vagón número veinte y cerraremos todas las puertas que encontremos al pasar. Estad atentos a mi señal y empezad a correr.
KATIA: Pero ¿crees que algo así funcionará? No entiendo nada.
DÓNUT: HAZLO Y YA ESTÁ. CUANDO CARL DICE QUE HAY QUE HACER ALGO, SE HACE. CÓMO ME GUSTA ESTA CANCIÓN, POR CIERTO.
La puerta del otro extremo del vagón empezó a agitarse. Aullidos de dolor resonaban al otro lado. Comencé a recibir notificaciones de experiencia a medida que las criaturas quedaban empaladas en los pinchos de la trampa que había colocado en la puerta.
Miré el mapa para asegurarme de que el camino era del todo recto y luego hice clic en Caparazón protector.
El semicírculo amplio se formó a nuestro alrededor y ocupaba más espacio que el ancho del vagón. Al parecer, no se veía afectado ni limitado por los objetos sólidos.
No tenía ni idea de la velocidad a la que se movían los vagones de metro, pero lo cierto es que no importaba. Sabía que el tren iba rápido y también que la barrera creada por el conjuro sería impenetrable para las criaturas durante veinte segundos.
Y lo más importante, el conjuro permanecía estático en el lugar donde se lanzaba.
El caparazón mágico desapareció en el momento en el que lancé el conjuro y salió disparado hacia el vagón dieciséis, luego al diecisiete, dieciocho, diecinueve y, finalmente, hacia el veinte. Después se esfumó, clavado en el sitio entre las vías, justo en el mismo lugar donde lo había lanzado. Había empujado a todas las criaturas con la fuerza de un buldócer, aplastándolas hasta dejarlas hechas papilla contra la primera superficie con la que se habían topado.
CARL: ¡Vamos!
Abrí la puerta justo cuando se deslizaba la del vagón que tenía detrás, dejando al descubierto a un ogro con aspecto de erizo tan grande que no la podía atravesar. Metió el brazo únicamente y lo extendió todo lo que pudo. Los dreks empezaron a colarse a su alrededor, corriendo y tambaleándose hacia nosotros. Algunos saltaron al techo y empezaron a avanzar por él a la misma velocidad que los que iban por el suelo, con las bocas abiertas y sin dejar de pegar gritos que no podía oír. Cerré la puerta con fuerza detrás de nosotros y luego hice lo propio con la siguiente.
El vagón dieciséis estaba hasta arriba de sangre. Había extremidades aplastadas contra los asientos y las paredes con las que se habían chocado los dreks. Cada uno de los cadáveres había soltado unas cinco monedas de oro. La criatura con forma de ogro, que al parecer se llamaba abrojo psicópata, había quedado tan destrozada que su equis ni siquiera aparecía en el mapa.
Miré el cartel por encima del hombro y vi que la siguiente estación solo se encontraba a cuatro minutos. Me relajé mientras avanzábamos en dirección al vagón diecisiete saqueando todo el oro que éramos capaces. Todo parecía ir bien. Por el momento.
CARL: ¡Cuidado con resbalaros con la sangre! Es fácil tropezarse con las cabezas, de verdad os lo digo.
KATIA: Voy a vomitar. Dios, Carl. Nunca había visto algo parecido.
DÓNUT: PUES SERÁ MEJOR QUE TE ACOSTUMBRES.

El andén de la estación de transbordo número 83 era similar a otra estación de metro subterránea cualquiera de antes del derrumbe. Era una plataforma estrecha de hormigón que parecía no acabarse nunca. En uno de los extremos había un tramo de escaleras que ascendía a otra zona. Las paredes de baldosas blancas y anodinas le daban cierto aire industrial. Había un único banco pegado a la pared, y una franja amarilla pintada en el suelo para advertir a los viajeros del lugar donde se encontraba el borde del andén.
Cuando el tren terminó por pararse y las puertas se deslizaron para abrirse, aún les sacábamos varios vagones de distancia a las hordas de bebés asesinos y ogros erizo. Me temía que empezaran a salir del tren, pero Mordecai había estado en lo cierto con su comentario y al parecer las estaciones de transbordo eran un lugar seguro.
—¿Creéis que los trenes se van llenando más y más de monstruos a medida que avanzan? —preguntó Katia—. En algún momento tendrán que bajarse, ¿no?
—Pues es una buena pregunta —dije mientras veía cómo el tren continuaba la marcha después de que nos bajásemos. Los dreks nos miraban a través de las ventanas y yo les hice un gesto obsceno con el dedo—. Que os den, bebés asquerosos.
Una vez hubo desaparecido, di un paso al frente para examinar las vías de debajo. Parecían unas normales. Era un agujero de un metro y medio de hondo con dos raíles normales y corrientes. En el extremo más alejado se encontraba el llamado «tercer riel», un tramo de metal electrificado que proporcionaba la energía al tren. Normalmente, esas cosas tenían protección alrededor para evitar que la gente se electrocutase si caía por accidente, pero ese no era el caso aquí. No sabía la cantidad de electricidad que pasaba por la vía. De hecho, quizá no era electricidad y tenía un ridículo sistema de alimentación con maná. En este lugar no se podían dar cosas por sentadas. Pero la presencia de lo que parecían ser aislantes de cerámica sugería que contaba con un flujo de corriente continua. Sea como fuere, me quedó claro que tenía que mantenerme bien lejos de las malditas vías.
—Mongo —dije al dinosaurio, que parecía estar a punto de saltar abajo y ponerse a explorar—. No. Acabarás electrocutado o aplastado. O ambas cosas, seguramente.
La mascota gruñó y se dio la vuelta.
Vi un cartel en el centro del andén con algo escrito y me acerqué para examinarlo.
El mensaje rezaba: «Línea roja. Trenes cada 10 o 15 minutos aproximadamente», seguido de una línea larga y roja. Había un único punto en ella, más o menos a un tercio del final. Debajo del punto, un mensaje: «Estás aquí. Estación número 83».
Examiné mejor el cartel y sentí el zumbido háptico de mi habilidad Plan de huida al activarse. El mapa pareció cobrar vida. Aparecieron más palabras, y la línea se llenó de puntos, que empezaban en la estación número 11 y terminaban en la 435. Al parecer, los trenes solo iban en un sentido, lo que me resultó bastante raro. Si había un segundo tren que recorría la línea en sentido contrario, no era algo que se indicase allí. Las estaciones de transbordo estaban marcadas con un círculo en el mapa. Los intervalos entre ellas no eran regulares, pero había bastantes. Además, cada cinco estaciones había un cuadrado rojo sobre los puntos, pero no vi en ningún lado qué podía significar eso.
Apareció una ventana en la esquina izquierda del mapa. Rezaba: «Hay estancias seguras en todas las estaciones de transbordo. Hay escaleras en las estaciones número 12, 24, 36, 48 y 72 de todas las líneas de color». El mapa no daba más detalles, ni tampoco vi el resto de las líneas que partían desde la estación en la que me encontraba, aunque por los altavoces había oído que en alguna parte también había un andén para la línea amarilla y uno para el Expreso de Pesadilla.
Al llegar al cuarto piso, habíamos aparecido en el tren justo después de la estación 80 y nos habíamos bajado de él en la 83. No parecía haber manera alguna de llegar a las estaciones de números inferiores, que era donde se encontraban las escaleras. Al menos no directamente. También sabía que habría 9.375 escaleras ocultas en este piso. Si en cada línea de tren había solo cinco estaciones con escaleras…, ¿con cuántas puñeteras líneas podíamos llegar a encontrarnos? No me gustaban nada las matemáticas, pero sabía que iba a ser un buen lío.
Apareció un contador que indicaba el tiempo restante para la llegada del próximo tren: unos nueve minutos.
—Subamos por las escaleras y busquemos la estancia segura —dije.
En la parte superior del corto tramo de escaleras había una habitación pequeña y circular. De ella descendían otros dos tramos, uno hacia la línea amarilla y el otro al Expreso de Pesadilla. También había tres tiendas, una estancia segura, un «gremio de mazas y armas contundentes» y un pequeño bazar llamado Variedades de Richard el Cojo. El propietario del bazar, Richard el Cojo, era un tipo de criatura que no había visto hasta ese momento. Un hombre topo. Era un tipo bajito y achaparrado que parecía un topo antropomórfico, con gafas y todo. Estaba sentado junto a la puerta de la tienda leyendo un libro. Alzó la vista cuando nos acercamos.
Richard el Cojo. Hombre topo. Nivel 36.
Se trata de un PNJ no combatiente.
Los hombres y las mujeres topo se denominan a sí mismos «hombres» y «mujeres» a secas. Y, francamente, resulta agotador. Estos perdedores pasan la mayor parte del día y de la noche leyendo. Mira que son raritos.
—Bienvenidos a la estación 83 —dijo Richard el Cojo. Bajó el libro—. Vendo suministros para viajeros cansados.
—Estamos cansados, sí, pero nos pasaremos después de dormir —comenté antes de dirigirme hacia la posada, que no tenía cartel.
—Como queráis —dijo él, que volvió a colocarse en su sitio.
—Una cosa. ¿Has visto a otros mazmorreros por aquí? —preguntó Katia.
—No. Sois los primeros —respondió él.
Entramos en la posada y, al abrir la puerta, descubrimos que las estancias seguras habían pasado a ser como las de los dos primeros pisos. En este caso, nos encontrábamos en un restaurante de comida rápida de color rojo y blanco llamado Nirula’s. Detrás del mostrador había una mujer protectora bopca llamada Wendita.
Mordecai apareció un instante después, cuando se teletransportó desde su habitación.
—La hostia —dije entre risas. La última vez que había visto a Mordecai era un íncubo arrebatadoramente atractivo. Ahora mediría un metro cincuenta y se había transformado en una criatura con forma de sapo del color del barro, verrugosa y viscosa, con mofletes caídos y una papada debajo del rostro ancho que parecía estar llena de aire. Examiné sus nuevas propiedades.
Mordecai. Infantería grulke. Nivel 50.
Representante de la mazmorrera Princesa Dónut.
Se trata de un PNJ no combatiente.
Los grulke son una especie poco habitual de sapos guerreros militaristas. Son capaces de saltar grandes distancias y de llevar a cabo ataques devastadores con la lengua. Se suele decir que un ejército de grulke podría enfrentarse a cualquier enemigo. Por desgracia, las intrigas políticas y las luchas internas han convertido a este pueblo antaño orgulloso en una especie de mercenarios y vagabundos. Los trols de los túneles, a quienes les gusta capturarlos para lamerlos, los buscan sin descanso. No lo hacen porque lamerlos tenga en ellos ningún tipo de efecto alucinógeno, sino porque los trols de los túneles son unos tipos raros de cojones.
—Una rana, ¿eh? —dije.
Mordecai gruñó.
—No llames nunca «rana» a un grulke de verdad, si te encuentras con uno en algún momento. Pueden llegar a ser unos sádicos. Y son sapos.
—Tengo que contarte lo que ocurrió con esa última misión.
—No te preocupes. Ya me he enterado. Como representante, ya no recibo las actualizaciones diarias ni los boletines, pero sí notificaciones de los juzgados que afectan a mis clientes. Os jodieron vivos, la verdad, pero al menos seguís con vida.
Me acerqué al mostrador y eché un vistazo a las tres pantallas de siempre.
—Mierda —dije al ver el número de jugadores. Quedaban 389.441 mazmorreros. Habían muerto varios cientos de miles desde la última vez que había visto la cifra—. ¿Qué ha pasado? —pregunté con pavor.
—Lo único que sé es lo que he visto en el episodio resumen. A lo largo de los últimos días, tuvieron lugar varias misiones grupales como la vuestra por toda la Ciudad Epigea. Normalmente, el tercer piso suele ser sencillo. Se intenta que lo superen y lleguen al cuarto unos seiscientos o setecientos mil mazmorreros. Las facciones no van a estar nada contentas si no quedan muchos para cuando se abra el sexto piso. Este cuarto suele durar 20 días, pero vosotros tenéis 10. Espero que la IA contrarreste el tiempo haciendo que os salga mejor equipo y recompensas, sobre todo después del veto que habéis sufrido. Que tengas nivel 27 y Dónut 26 es, al mismo tiempo, una suerte y un milagro. Es mucho mejor de lo que esperaba, incluso de haber tenido el tiempo normal. Hay que intentar mantener el ritmo, pero tampoco podemos depender de subir niveles a base de golpes de suerte.
—No tengo intención de hacer nada a base de golpes de suerte, la verdad —indiqué.
Pero lo cierto es que no había prestado atención a casi nada de lo que había dicho. Empecé a sentirme muy mal. «Dios —pensé—. Tienes que tranquilizarte». Respiré hondo.
La pantalla del medio, en la que solo se veía la clasificación de los diez primeros, rezaba: LA CLASIFICACIÓN SE AJUSTARÁ AL FINAL DEL SIGUIENTE EPISODIO RESUMEN.
Me centré en la última de las pantallas.
Bienvenidos a la estancia segura. Estáis en el cuarto piso.
Habitaciones de alquiler disponibles: 10.
Precio de las habitaciones de alquiler: 180 de oro.
Hay ubicaciones personales disponibles para comprar. Habla con el propietario si quieres más información.
Hay comida disponible en esta ubicación.
—¿Cuánto dinero tenéis entre los tres? —preguntó Mordecai.
—Pues solo unas cuatro mil de oro —respondí—. Pero aún no hemos abierto las cajas. Y tenemos bastantes.
—Muy bien. Abrid las cajas y veamos con cuánto os quedáis —comentó Mordecai—. Dónut, tú ya sabes lo que tienes que hacer. Lo que hablamos hace un rato.
Dónut carraspeó y saltó sobre el mostrador. Sabía que llevaba tiempo esperando este momento.
—Tienes un establecimiento la mar de encantador —le dijo a Wendita la bopca.
—Vaya. Gracias, majestad —dijo la gnoma, que pareció animarse—. Estoy encantada de recibiros a todos en mi humilde morada. Es todo un honor, de verdad.
—Seguro que sí —continuó Dónut, con la voz más arrogante que fue capaz de poner—. He visto que tenéis ubicaciones personales a la venta en este establecimiento.
Wendita abrió los ojos como platos.
—Sí, las tenemos. Cuestan cincuenta mil de oro.
Mordecai y yo hicimos una mueca. Nos había advertido que el precio podría haber subido un poco. Según él, normalmente costaban cuarenta mil.
Dónut bostezó y se miró la pata, como si fuese un precio irrisorio.
—La verdad es que hablar de dinero siempre me ha parecido de plebeyos. —Suspiró con una teatralidad exagerada—. Supongo que habrá descuentos para la realeza, ¿no?
Wendita agitó la cabeza con fuerza.
—No, señora. Majestad, quiero decir. No se puede negociar el precio de las ubicaciones personales.
Dónut se inclinó hacia ella.
—Cielo, por favor. Deja que te cuente un secreto. Deberías saber que todo es negociable.
Wendita tragó saliva.
Según Mordecai, el precio de una estancia segura personal estaba «fijado». Los gerentes del lugar le decían a los bopca el precio por el que tenían que venderlas. Pero lo cierto era que siempre había un veinticinco por ciento de margen en dicho precio. Ahora, el sistema sí que no permitía venderlas por menos de eso. Los propietarios daban incentivos a los bopca por venderlos, pero no dinero. Dichos incentivos eran elegir ubicación en el siguiente piso, un presupuesto mayor para la comida, etcétera. En realidad, a los bopca les daba igual la cantidad de oro por la que vendían las ubicaciones.
Por desgracia, los gnomos eran unos agarrados y hacer descuentos iba del todo en contra de su naturaleza, aunque el beneficio que sacasen no fuese directamente para ellos. Era algo que nunca había llegado a entender. Pero Mordecai estaba convencido de que Dónut iba a ser capaz de convencerlos y, si se daba el caso, conseguiría subir su habilidad Negociación. Al parecer, convencer a un bopca daba bonificaciones de experiencia de habilidad. No teníamos dinero para comprar la ubicación ahora mismo, pero era muy importante entrenar lo máximo posible.
—Quizá podría bajárosla a cuarenta y cinco mil.
Dónut resopló.
—Bueno, tampoco es que necesite un espacio personal ahora mismo. —Se puso a cuatro patas, le dio la espalda a Wendita y le enseñó su ojete de gata.
—¿Cuarenta y cuatro mil? —preguntó la bopca.
—¿Eso es una pregunta? —dijo Dónut, que miró por encima del hombro.
Suspiré y empecé a ignorar la negociación. Tenía 24 puntos de característica que distribuir, pero Mordecai me había enseñado a abrir las cajas y sopesar las mejoras que obtenía en ellas antes de ponerme los puntos. Tenía varias, pero decidí abrir los logros sin leer para ver si me daban alguna más. Me faltaban por abrir diez logros, la mayoría fruto de las explosiones. Me sorprendió encontrarme con algunos más que no tenían nada que ver con eso.
¡Logro desbloqueado! ¡Me adoran! ¡Están locos por mí!
¡Eres uno de los primeros cinco mazmorreros que ha conseguido 500 billones de seguidores! Está claro que a la gente le gusta ver descarrilar la vida de los demás. Guiño, guiño.
Recompensa: ¡Has recibido una caja de aficionado de platino!
Nota: Se ha activado la votación para el premio de esta caja. La caja estará disponible dentro de 30 horas.
¡Logro desbloqueado! ¡A quien madruga Dios le ayuda!
Has bajado por las escaleras más de seis horas antes del derrumbe de un piso.
Recompensa: Esto es como irse de una fiesta antes de que empiece la verdadera diversión. Quedas fatal con la gente. No vas a obtener una recompensa por hacerlo.
<Error>. Logro y recompensa eliminados por orden del tribunal del Sindicato.
¡Logro desbloqueado! ¡Aquaman calzonazos!
Los peces te han jodido bien. Has hecho algo tan espectacularmente polémico que los tribunales y los abogados se han visto obligados a actuar. El resultado es que han terminado por anular mi decisión de recompensarte.
Recompensa: Has recibido una caja «No es mi culpa que no programéis vuestras misiones como es debido, carapeces de los cojones» de platino.
—Esto… ¿Mordecai? —llamé.
Le describí el último de los logros por el chat. Hacía poco había descubierto que podía copiar objetos de las notificaciones y pegarlos en el chat. Tenía una especie de bloc de notas mental donde pegar objetos y escribir apuntes. El bloc no dejaba de crecer y crecer con toda la información que había apuntado en él.
Mordecai rio en voz alta después de que le mostrase el logro. La bolsa de su garganta se infló y luego empezó a soltar el aire con tono alegre. Era un imagen realmente desconcertante.
MORDECAI: La IA tiene la capacidad de dar logros y recompensas superfluos a voluntad mientras no superen la categoría de platino. No creas que el sistema se ha puesto de tu parte. Esto es bastante habitual. La inteligencia artificial que gestiona la partida casi siempre adquiere algo de personalidad y opiniones, sobre todo a medida que se acerca el final. Cuando sus decisiones quedan anuladas por los tribunales, algo se resquebraja en sus mentes virtuales. Suelen contrarrestar dichas decisiones haciendo cosas de este tipo, pero lo normal es que el veto se use mucho más tarde. Abre la caja, acepta el premio y no vuelvas a mencionarlo en voz alta. Estoy seguro de que Borant esperaba que ocurriese algo así cuando lo usó y no te lo echarán en cara. Acabo de ver que Dónut también ha recibido la misma recompensa. Doy por hecho que será el caso de todos los que se vieron afectados por dicha decisión.
Nos habían arrebatado una caja de misión celestial, pero Dónut y yo habíamos recibido dos cajas de misión de plata por la misión de las prostitutas y por el logro Cortarrollos. Yo también había recibido una caja de déspota de platino y una caja de asesino de bronce, por convertirme en el nuevo magistrado del pueblo. Además, también contaba con la caja de jefe de bronce por matar a Péndula y muchas más, la mayoría cajas de aventurero de plata y bronce.
Miré la lista y dejé de sentirme estafado. La mayoría de los premios que había en ella los había conseguido gracias a esa misión.
—Voy a ello —dije. Katia también se había puesto a abrir el botín en la mesa contigua.
Las cajas de aventurero no tenían nada nuevo ni emocionante. Pociones, pociones, vendas que nunca usaba, prendas de vestir aleatorias y armas que no eran mágicas y solo servían para vender. También conseguí algunos cientos de monedas.
En la caja de asesino de bronce había un par de Zapatillas silenciosas, que no podía usar, y varios antídotos. No iba a necesitarlos a menos que me quitase la capa de nictofúnebre.
La caja de jefe contenía el grimorio mágico de un conjuro llamado Empotrador. Lo dejé aparte para leerlo más tarde.
Las dos cajas de misión de plata contenían 1.000 monedas de oro y varios pergaminos cada una. Los de una de ellas eran de Niebla de confusión, que me gustaba mucho más que las bombas de humo. Esos pergaminos nos habían salvado varias veces, pero llevaba tiempo sin salirme ninguno. En la otra caja había tres pergaminos de Sanar, que también eran muy útiles para curar a tus compañeros sin tener que verterles pociones en la garganta.
Recibí más cartuchos de dinamita de alguna otra caja antes de empezar con lo bueno.
En la primera, la caja de déspota de platino, había 10.000 de oro y un collar. El adorno era una cadena plateada normal y corriente con un dije tamaño moneda en un extremo, en el que había una pequeña joya amarilla engarzada. Lo examiné rápido antes de pasar a la caja siguiente.
Collar mágico de la alta burguesía.
Pertenece a la penúltima cadena de mando en importancia, pero aun así se considera un gran honor ser el depositario de dicha responsabilidad. Cada una de las joyas engarzadas en este dije representa un asentamiento que es propiedad y está bajo el control del portador. Si se conserva la joya del asentamiento después de que se derrumbe el piso, el propietario de este collar recibirá permanentemente un estipendio de impuestos cada diez días, en función del tamaño y de la población de dicho asentamiento. Además, cada una de las gemas proporcionará ventajas adicionales dependiendo del pueblo.
Para mejorar este collar, lo primero que hay que hacer es conquistar un asentamiento de tamaño grande. Los collares mejorados también mejoran todas las gemas que haya en ellos.
Hay una gema engarzada:
Zafiro mediocre. Asentamiento aveceleste de tamaño medio (tercer piso).
+5 de Destreza.
+ Garrazo (nivel 5).
Impuestos: 432 de oro cada 10 días.
Sé un líder justo y amable.
—No veas —dije al tiempo que lo dejaba a un lado—. Cómo mola.
Suponía que eso explicaba por qué los demás no me consideraban el líder del
