Contra los estereotipos

Fragmento

Prólogo

PRÓLOGO

«Sería absurdo y lamentable que las mujeres del futuro próximo tuviesen que librar de nuevo, desde el principio, las mismas viejas batallas… Sería, además, patético que tuviesen que volver a los comienzos por haber sido engañadas por esta campaña carente de originalidad que ya dura veinte años», así describe Naomi Wolf en 1991 la presión de los ideales de la apariencia física de las mujeres, en El mito de la belleza.

Tal como hemos explicitado en varias publicaciones y actividades de nuestra colectiva —y que podrás leer en profundidad en este libro—, es entre los cinco y siete años cuando los roles y los estereotipos de género se encriptan en nuestra identidad. Este proceso se llama socialización de género y se trata de inculcar pensamientos, valores, emociones y actitudes muy diferenciadas —según el sexo al que vayan dirigidas—, y que se van constituyendo como mandatos y creencias irracionales y limitantes con relación a «cómo es y se debe comportar una mujer» y un hombre. Consiste en «adiestrar» desde los primeros años de vida en el aprendizaje de numerosos estereotipos y prejuicios de género que van delimitando psicológica y socialmente la forma en la que nos percibimos en el mundo.

Este adiestramiento comienza en el momento en que la médica o el médico, en la ecografía intrauterina de las doce o catorce semanas de vida, manifiesta que «es una niñita». Es ahí cuando se despliega un abanico sociocultural que comienza a encausar las «preferencias», «gustos» e «intereses» que históricamente han estado asociados a lo «femenino».

No es natural, es arbitrario. No es elegido, es mandatado. Está construido de esta forma porque ha sido la manera en la que por siglos se ha ordenado la sociedad. La noticia de «es una niña» se materializa en el momento en que esa madre (y padre, si está presente) sale de esa ecografía y se enfrenta a una predeterminación sistémica y absolutista respecto a las «cosas de niñas», que comienza desde el color de la primera prenda del recién nacide. El color como tal no es un problema, pero representa de forma simbólica el peso de la sociedad que acompañará los próximos años de vida a esa niña. El rosado evoluciona en el mercado a muñecas, tacitas, utensilios de aseo y cocina, maquillaje y disfraces de princesas, solo por nombrar algunos regalos que no solo determinan intereses, sino que también los refuerzan: a través de las diferentes fuentes de aprendizaje social aprendemos que ser niña y querer lo que las niñas suelen desear es bueno, esperable y hasta aplaudido. Los cuentos, los dibujos animados, las canciones del jardín infantil, la publicidad, los comentarios y los dichos populares fortalecen este orden social en el que se nos ha ubicado a las mujeres de manera arbitraria y, con el tiempo, automática: los espacios privado, doméstico y reproductivo.

No postulo que desde el feminismo cuestionemos o estemos en desacuerdo con que las niñas usen el color rosado o quieran jugar con muñecas, sino que cuando cuando a las niñas les mostramos y facilitamos un rol único, porque es el rol atribuido socialmente a lo femenino, limitamos su libertad y sus posibilidades. ¿Y cuál sería el problema de esto? Todo aquello que salga de lo esperable y valorado socialmente de una niña y una mujer se convierte en lo rechazado. ¿Y qué sucede cuando una niña siente riesgo de ser rechazada? Intenta como sea acercarse al ideal impuesto para pertenecer. ¿Qué ocurre cuando ese ideal impuesto está construido para ser inalcanzable? Se borra de los espacios para no correr riesgo. Procura no ser vista y, mientras tanto, sigue buscando a través de todas las promesas que ofrece el mercado la receta mágica para «ser parte».

Naomi Wolf postula que cuando una conducta es esencial para la economía se la transforma en virtud social, y aquí es donde se instala nuestra lucha como La Rebelión del Cuerpo. La socialización de género, alimentada por las fuentes de aprendizaje social y manejada por un modelo económico capitalista y neoliberal, posiciona un estereotipo ideal de mujer que se permea desde los primeros años de vida como una virtud social, y el hecho de que ese ideal sea lo más lejano posible a la realidad transforma la inseguridad de las niñas y las mujeres en una conducta esencial para la economía.

¿Por qué se fundó La Rebelión del Cuerpo? Porque quisimos visibilizar esta realidad. Quisimos exponer cómo la publicidad y los medios de comunicación, como fuentes estructurales del aprendizaje social, masifican un ideal de vida, de éxito, de belleza, de cuerpo, de madre, de hija y de mujer, a través de la naturalización de estereotipos y roles de género. Y cómo, a través de imponer ese ideal social, rentabilizan millones a costa de explotar las inseguridades que ellos mismos construyen. Nuestro propósito es visibilizar, concientizar, desnaturalizar y erradicar la idea de que para «encajar» tenemos que someternos a un único orden y, además, sustentarlo.

Nacimos en julio de 2017. Por esta colectiva han pasado muchísimas mujeres bacanas de diferentes lugares de Chile y de otros países, que han entregado tiempo, energía, ideas, fuerza, lucha, teoría, conocimientos, feminismo y mucho amor, no solo a la causa, sino a todas las que somos parte de este espacio sororo. Porque sí, cansa, angustia y frustra remar en contra de un sistema que nos enferma a diario. Para transitar en esos momentos lo único que muchas veces nos sostiene es la esperanza verdevioleta que significa habitarlo de la mano, juntas.

Hay espacios que definen el activismo como la militancia en el movimiento y el cambio social desde la participación ciudadana circunscrita a una causa colectiva. Mi pregunta es cómo se pasa del malestar personal, de la incomodidad individual, del sentir propio como una sensación de desagrado inmovilizante, a querer participar de una instancia colectiva, que muchas veces empieza al tocar una puerta, escribir a una cuenta de Instagram, llegar a un Encuentro sororo o a una convocatoria de activistas y decir: «Hola, quiero ser parte. Quiero aportar, quiero pertenecer, quiero cambiar las cosas, quiero quemarlo todo, pero no quiero hacerlo sola, quiero hacerlo con ustedes, quiero que lo hagamos todas juntas».

Y mi respuesta es que ese momento de acción y agencia es definitorio. Esa manifestación activa, ese primer paso donde se evidencia la materialización de que lo personal es político y aquello que alguna vez fue incómodo toma forma de rabia movilizadora, pero ahora vivida en conjunto, canalizada en lo colectivo, organizada desde el feminismo.

En este libro se evidencia el proceso en el cual el dolor y el malestar que muchas sentimos en relación a una violencia invisible, y que vivimos desde la normalización y naturalización por cómo hemos sido socializadas en esta cultura, comienza a cuestionarse. A través del trabajo que cada una aporta en esta colectiva hemos logrado posicionar esta violencia en el debate público, visibilizarla con nombre y apellido, denunciarla socialmente y salir a la calle con lienzos, carteles, cuerpos pintados de manifestación e himnos que entonan nuestra disconformidad y que logran instalar el concepto de VIOLENCIA SIMBÓLICA en cada espacio que hemos habitado como activistas.

El feminismo es y será el movimiento que da forma, sostén y cabida a esta colectiva hermosa que desde 2017 nos ha reunido a todas las que hemos transitado en ella. Nuestra causa social es seguir trabajando juntas hasta que ningún estereotipo de género nos siga robando libertad.

Me siento feliz, honrada y orgullosa de ser parte de esta maravillosa y sorora familia. Espero de todo corazón que algún día dejemos de existir, porque ese será el día en que nuestro activismo haya cumplido su propósito.

Nerea de Ugarte López

Fundadora de La Rebelión del Cuerpo

1

INTRODUCCIÓN:

SOCIALIZACIÓN DE LOS ROLES

Y ESTEREOTIPOS DE GÉNERO

Javiera Menchaca Pardow

Javiera Vera Lastra

¿Alguna vez te han dicho que «eso no es de señorita»? ¿Que llorar es de niñas? ¿Que los hombres son mejores en Matemáticas y las mujeres en Lenguaje? ¿Que las mujeres tienen que sentarse con las piernas juntas, pero que los hombres pueden hacerlo con las piernas abiertas? ¿Te has levantado a recoger la mesa mientras los hombres de tu familia se quedan sentados? ¿Te han dicho que tomes apuntes de la reunión porque las mujeres tienen bonita letra?

Todos esos son comportamientos que surgen desde los estereotipos de género, actitudes que se esperan de nosotras por el solo hecho de haber sido identificadas como mujeres al momento de nacer. ¿Lo has experimentado? ¿Has sentido que no calzas con lo que una niña, mujer, señorita tiene que ser?

Si tu respuesta es sí, no eres la única. Somos muchas las que de alguna u otra forma cuestionamos lo que se espera de nosotras por ser mujeres. Queremos que todas las niñas, adolescentes y adultas que alguna vez han sentido vergüenza o incomodidad por no cumplir con lo que se espera de ellas entiendan que esto es parte de un sistema social y cultural.

Queremos que comprendas qué es lo que nos hace sentir así, y que sepas que podemos cambiarlo. Que han sido muchas las que han trabajado para que esto sea diferente, que somos muchas las que seguimos haciéndolo y que tú puedes ser parte del cambio.

Comencemos por entender qué son los estereotipos de género y de dónde nacen estos conceptos.

La Oficina del Alto Comisionado para los Derechos Humanos de las Naciones Unidas los define como opiniones o prejuicios generalizados acerca de atributos o características que hombres y mujeres poseen o deberían poseer, o de las funciones sociales que ambos desempeñan o deberían desempeñar. Es decir, son expectativas sobre lo que debemos hacer, cómo debemos comportarnos, cómo debemos vernos y a qué debemos aspirar en la vida.

Muchas veces los prejuicios son inevitables, porque son opiniones previas que tenemos sobre algo o alguien. Sin embargo, pueden llegar a ser muy problemáticos cuando se vuelven moldes en los cuales encasillamos a las personas. Por siglos nos enseñaron que estas divisiones eran naturales, que tenían que ver con la biología y formas intrínsecas de ser de mujeres y hombres. Y lo creímos. Hasta que las mujeres, en específico las primeras feministas, comenzaron a cuestionarlo todo.

«No se nace mujer, se llega a serlo.» Con esta frase Simone de Beauvoir, en su libro El segundo sexo, cuestiona que ser mujer sea un hecho natural y plantea que es una construcción sociocultural, que cambia a lo largo de la historia y varía de cultura en cultura. Es por eso que no es posible hablar de la mujer o de el hombre como categorías únicas y universales. Lo que se entiende por ser mujer es diferente según el contexto en el que te encuentres. Incluso nos permite cuestionar la idea de que solo existen dos géneros y abre la posibilidad de identificarnos con otras identidades, como las no binarias, trans, queer, entre muchas otras.

Otro aspecto problemático de los estereotipos de género es que promueven una jerarquía en la que los hombres y lo masculino es más valioso que las mujeres y lo femenino. De manera implícita y explícita nos enseñan que los intereses y actividades de mujeres son menos importantes. Un ejemplo de esto es que el trabajo doméstico (de cuidado de niñes, de personas mayores y del hogar), históricamente asociado a las mujeres, sea invisibilizado y no se considere igual de valioso que salir a trabajar. Otro ejemplo es la brecha salarial de género. A las mujeres con frecuencia se nos paga menos por hacer el mismo trabajo que un hombre,1 y muchas veces no somos escuchadas cuando hablamos. Todas estas ideas perpetúan un sistema de relaciones de poder que lleva a que las mujeres no hayamos tenido acceso a derechos y, ahora que tenemos más, se mantenga la desigualdad a nivel social, de participación política y acceso a recursos económicos, además de muchas formas de violencia en todo el mundo.

Hemos aprendido a ser mujeres (y los hombres a ser hombres) y todo lo que implica a

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos