Chuquicamata 1970-1973

Fragmento

Prólogo

PRÓLOGO

La nacionalización de la Gran Minería del Cobre es uno de los pocos pilares del programa del Presidente Salvador Allende que sobrevivieron a su gobierno. El otro es la entrega de medio litro de leche diario a cada niño, que se sigue aplicando en consultorios y hospitales del sistema público de salud.

Sobrevivió durante los diecisiete años de dictadura, a los deseos de los Chicago Boys por privatizar Codelco y también al desangramiento causado por la ley reservada del cobre, que permitió a las Fuerzas Armadas disponer del 10 % de las ventas de cobre producido por Codelco a su entera discreción.

También ha sobrevivido, durante más de tres décadas de gobiernos democráticos, a las ansias de sectores de la derecha por privatizarla cada vez que baja la producción o sufre pérdidas, como sucede hoy.

De privatizarse las minas administradas por la cuprífera, aún si se aplicara un royalty acorde a estándares internacionales, es difícil imaginar que inversionistas privados aportarían al Estado como lo hace Codelco. La corporación estatal no tiene que pagarle jugosos dividendos a nadie ni deposita sus utilidades en las cuentas de las casas matrices de multinacionales en el exterior, como ocurría antes de la nacionalización.

A lo largo del siglo veinte los chilenos observaron cómo las mineras estadounidenses Anaconda y Kennecott desarrollaban la industria cuprífera en Chile, extraían la principal riqueza natural del país, pagaban escuálidos impuestos y repatriaban sus utilidades. Durante varias décadas, mientras algunos legisladores fracasaban una y otra vez en sus intentos por nacionalizar la gran minería, sucesivos gobiernos avanzaron tímidamente en su regulación, en imponer impuestos más altos, en armar una institucionalidad con cada vez más injerencia en la industria, y, a fines de los sesenta, en tomar el control mayoritario de algunas de esas empresas y con ellas crear sociedades mineras mixtas.

Pero fue durante el gobierno de la Unidad Popular (1970-1973) cuando finalmente se pudo tomar la posesión total de las cinco grandes minas del país, de la mano de una generación que en promedio rozaba los 30 años, y que no tenía experiencia previa en gerenciar empresas de esas dimensiones.

Fue una tarea monumental que sorteó un sinfín de problemas y obstáculos en esos cortos primeros años: cientos de ingenieros y supervisores de las minas huyeron y escaseaban profesionales chilenos calificados para reemplazarlos; los estadounidenses se llevaron información y planos y, en Chuquicamata, dejaron millones de toneladas de material estéril botado en la mina, que demoró años retirar; la administración de las minas se politizó y se agudizó la indisciplina laboral; los sindicatos le hicieron la vida imposible a los nuevos ejecutivos chilenos a través de persistentes paros, aunque pertenecieran a los mismos partidos políticos; la ultraderecha saboteó equipos y producción; y la oposición y el conglomerado de El Mercurio emprendieron una implacable campaña de desinformación y desprestigio de los novatos gerentes y su manejo de las minas.

Y mientras ocurría todo eso, el precio internacional del cobre iba en descenso, el gobierno de Estados Unidos privaba a Chile de asistencia económica, créditos, repuestos y maquinaria, y las multinacionales cuyos bienes fueron nacionalizados entablaron demandas en contra de Chile en los tribunales de media docena de países.

A pesar de todo, se mantuvo la producción y no se derrumbó la gran minería, como auguraban los más alarmistas detractores del gobierno de la UP. El 11 de septiembre de 1973 se puso fin al experimento socialista de Allende, pero la nacionalización no fracasó. Recién comenzaba a levantarse la industria estatal del cobre.

* * *

La nacionalización del cobre cambió el destino de Chile, y, de rebote, el de mi propia familia. Siendo un país dependiente de la minería del cobre, en Chile se habla de la nacionalización con cierto orgullo y naturalidad, pero es muy poco lo que los chilenos conocen sobre cómo se vivió, todo lo que costó y las trágicas consecuencias que vinieron después.

Este libro busca suplir ese vacío. Aunque es imposible abarcar todo lo que ocurría en torno al cobre en esos años, revela el proceso de nacionalización tras bambalinas en Chuquicamata, la mina a rajo abierto más grande del mundo, a 2.800 metros de altura en el desierto más seco del planeta.

La Chuquicamata de hoy sería irreconocible para esos treintañeros que vibraron con la épica de la nacionalización, sabiendo que hacían historia. De gigantescas proporciones y altamente tecnologizada, hoy las faenas se sumergen bajo tierra. A lo largo de un siglo, la explotación a rajo abierto en laderas llegó a una profundidad de dos kilómetros y la extracción de mineral se hizo cada vez más lenta y costosa. Codelco está convirtiendo a Chuquicamata gradualmente en una mina subterránea a través de la construcción de túneles que permiten extraer el mineral desde debajo del yacimiento. Con ello busca alargar su vida útil en al menos cuarenta años más.

El campamento minero contiguo al yacimiento, que llegó a albergar a veinte mil habitantes en sus noventa años de existencia, se está enterrando bajo tierra y rocas. Por motivos ambientales y debido a su cercanía al botadero del material estéril extraído de la mina, conocido como lastre, Codelco comenzó a trasladar a la población hacia Calama en 2001; el proceso culminó en 2007.

El volcamiento del lastre avanzó, sepultando el otrora exclusivo sector «americano» en la zona más alta, donde vivían los ejecutivos y supervisores de la empresa desde tiempos de los «gringos». De la misma manera desapareció bajo tierra el hospital de Chuquicamata, en su momento el más moderno de Sudamérica. Fue reemplazado en 2000 por el Hospital del Cobre Salvador Allende en Calama, que atiende a los trabajadores de las divisiones Chuquicamata, Radomiro Tomic, Ministro Hales y Gabriela Mistral de Codelco.

La mina de Chuquicamata subterránea tendrá larga vida. En cambio, el viejo campamento es un pueblo vaciado que sucumbe ante el lastre. Codelco pretende conservar su casco histórico como mudo testigo del pasado.

* * *

Codelco siempre ha sido la vaca lechera de todos los gobiernos, volcando la totalidad de sus utilidades al presupuesto nacional, en detrimento de su propio desarrollo. En 2023, Codelco registró pérdidas netas de $ 591 millones, su producción descendió en 8,4 % y sus utilidades cayeron 26 % en relación al año anterior.

Ha debido endeudarse para llevar adelante sus planes de expansión, alargar la vida útil de las minas, invertir en nuevas tecnologías, transitar hacia energías más limpias y procesos más sustentables, incluyendo fundiciones menos contaminantes, y la próxima incursión en la explotación del litio en el Salar de Atacama. A esto se agrega la necesidad de avanzar hacia productos de mayor valor agregado y revertir la actual composición de las exportaciones minerales, tan cargada al primario concentrado de cobre.

Aun así, con altos y bajos, Codelco nunca ha dejado de contribuir todos sus excedentes para financiar políticas públicas, como lo ha venido haciendo desde hace 53 años.

En junio de 2022, el gobierno del Presidente Gabriel Boric dio un paso que ningún otro gobierno había tomado desde su creación: un acuerdo para que, al menos hasta este 2024, Codelco reinvirtiera anualmente un 30 % de sus utilidades en sus propios proyectos.

Fue una decisión política, como también ha sido la de no reinvertir, en nombre de las urgentes necesidades del Estado. Es solo un inicio. Mantener esta política hacia el futuro podría cambiar la cara de la industria cuprífera estatal y alejar el fantasma de su privatización.

* * *

Para esta investigación entrevisté a más de cincuenta personas y revisé abundante documentación de prensa y de distintos archivos. No es sencillo reconstruir sucesos del pasado, especialmente los políticamente cargados como este. Por otra parte, algunas fuentes ya han fallecido, no están en condiciones de salud para una entrevista o han sido imposibles de ubicar. Con tristeza supe del fallecimiento de dos entrevistados para este libro mientras lo escribía: María Luisa Tarrés, en diciembre de 2023, y Farouk Jadue, en febrero de 2024.

Agradezco a todos quienes me aportaron con sus relatos, conocimientos, ayuda de distinta índole y pacientes respuestas a mis insistentes preguntas, especialmente a Jorge Arrate, exvicepresidente ejecutivo de Codelco; a Yuri Chávez, por su indispensable colaboración para mi reporteo en Calama y visita a Chuquicamata; a John Dinges y Peter Kornbluh por compartir generosamente documentos y a Carla Sandoval y Camilo Vidal, por su ayuda en la revisión de prensa. Y, por supuesto, agradezco a mi editor, Aldo Perán, y al equipo de Penguin Random House por hacer posible esta publicación.

PASCALE BONNEFOY MIRALLES

Mayo de 2024

Capítulo 1

LA DEBACLE

Recién amanecía cuando sonó el teléfono en la casa de Rafael García de la Huerta. El integrante del Dispositivo de Seguridad Presidencial de Salvador Allende, más conocido como Grupo de Amigos del Presidente (GAP), llevaba casi dos años trabajando en el Departamento de Bienestar de Chuquicamata. Al otro lado de la línea el gerente de la oficina de la minera en Santiago, Roberto Vial Arangua, le alertaba sobre un golpe de Estado en marcha.

En el acto, García de la Huerta se comunicó con el gerente general de CobreChuqui, David Silberman. Este convocó a su núcleo más cercano a su oficina, a metros de la Puerta 1, la principal vía de ingreso a las faenas mineras, y enseguida llamó a Carlos Berger, el superintendente de Comunicaciones y Relaciones Públicas de la empresa, que llevaba apenas un mes en el cargo. Le pidió acudir de inmediato a la Radio El Loa, ubicada en el centro del campamento de Chuquicamata, para hacer seguimiento de lo que ocurría y mantener informada a la población. Luego puso a resguardo a su propia familia.

—Toma a los niños y anda a la casa de los Encalada —Silberman le dijo por teléfono a su esposa, Mariana Abarzúa, refiriéndose a una familia amiga apolítica y fuera de sospecha.

Era media mañana del 11 de septiembre de 1973 y en las oficinas de la gerencia general aún debatían qué hacer cuando entró la llamada del general Joaquín Lagos, comandante de la Primera División de Ejército. Antes de la media noche sería nombrado Jefe de Zona en Estado de Sitio de la Provincia de Antofagasta. Pidió hablar con Silberman. Quería saber qué pasaba con el polvorín, donde se guardaban los explosivos para el uso en la mina.

«El polvorín de Chuqui era inmenso y a más de uno se le pasó por la mente volarlo luego de saber cómo habían atacado la presidencia», relató García de la Huerta.1

Pero si el golpe de Estado era sofocado, como había ocurrido casi tres meses antes con el Tanquetazo, cuando se sublevó el Regimiento Blindado N.º 2 en Santiago, ¿era buena idea destruir el «sueldo de Chile», la recién nacionalizada mina de cobre a rajo abierto más grande del mundo? En pocas horas, todas las faenas en Chuquicamata se detuvieron, incluyendo la preparación de la tronadura programada para las 15.00, operación con la que diariamente se desprendían del cerro unas 160 mil toneladas de material. A pesar de la adrenalina del momento, colocar explosivos en distintos puntos de la mina, como algunos militantes más radicalizados venían pensando hacer en caso de un golpe, implicaba una preparación que ninguno de ellos tenía.

Además, era extremadamente peligroso. Hacía seis años, veintidós trabajadores habían perdido la vida cuando uno de los camiones con dinamita estalló accidentalmente durante la instalación de explosivos en el yacimiento.

«Para volar la mina y utilizar los explosivos que se usaban en Chuqui se necesitaba mínimo tres kilómetros de cable. No era cosa de prender un fósforo. No conozco a nadie que pudiera volar la mina, porque nadie tenía ni la formación ni el conocimiento para hacer ese tipo de cosas», asegura el técnico electrónico del mineral Adolfo Cuevas, chuquicamatino de nacimiento y militante del MIR.

En Chuquicamata había pocos militantes del MIR, una organización revolucionaria con poco arraigo en la población local y nula tradición sindical. No obstante, Cuevas se involucró en el Frente de Estudiantes Revolucionarios del MIR y, tras el triunfo de Allende, se incorporó al primer equipo del GAP en Santiago. Luego de casarse a fines de 1972, regresó a Chuquicamata y se puso a trabajar en la mantención eléctrica del Molino Mina. Continuó su militancia con el Frente de Trabajadores Pirquineros.

El 11 de septiembre de 1973, Cuevas comenzaba el primer turno de las 7.00 en su puesto de trabajo cuando con sus compañeros escucharon los comentarios que se intercambiaban por la radio de comunicaciones de las camionetas. La radio era el medio por el cual se informaban sobre las operaciones de la mina, pero esta vez se hablaba de que había «problemas en Santiago»; con los minutos esos problemas se transformaron en movimientos militares. Al igual que en otras secciones, se decidió detener el trabajo.

Atraídos como un imán, cerca del yacimiento se congregaron más de centenar y medio de trabajadores desconcertados, preguntándose qué hacer. Algunos eran militantes de izquierda y otros no tenían participación política activa. Al lugar llegó el alcalde de Calama, Luis Villalobos Lemus, de la Unión Socialista Popular (Usopo), y entre la multitud se hallaba media docena de hombres del GAP, parte de un grupo mayor que se había integrado a la empresa entre 1972 y 1973.

García de la Huerta había sido uno de los primeros en hacerlo. A inicios de 1973 se sumaron ocho más. Su misión era principalmente política y de inteligencia. Ocuparon distintos cargos, algunos en las gerencias, otros como obreros o en servicios. Sus tareas clandestinas incluían rastrear el origen de una serie de sabotajes, armar pequeñas escuelas de formación militar y preparar la defensa del mineral, que resultó ser muy precaria.

Varios GAP no se encontraban en Chuquicamata ese día. Algunos estaban en Arica y otros en Santiago. García de la Huerta lamentaba no poder combatir en La Moneda.

«Me había entrenado para eso», dijo.2

Algunos de los que sí estaban, junto con trabajadores de la mina, se propusieron buscar y tomar control de los vehículos que pasaban. Así lo relata Sergio Jarpa, un ingeniero en minas que ya había dejado Chuquicamata para partir a Estados Unidos a seguir un programa de posgrado. Sus excolegas le contarían más tarde como fueron virtualmente secuestrados por los miembros del GAP: «Los GAP los pusieron contra la pared, les pidieron sus llaves y les quitaron los vehículos», asegura Jarpa.

Hasta la entrada del yacimiento había partido raudo Luis Aguirre Smith, enviado a Chuquicamata a comienzos de 1971 por su organización, el MIR, pero camuflado de socialista. Su misión era política: debía fortalecer el MIR en la zona, especialmente el Frente de Trabajadores Revolucionarios de Calama. Aguirre, de veintiséis años, se había incorporado con facilidad a la empresa gracias a que su hermano menor Pedro trabajaba ahí como chofer de camiones de alto tonelaje. Como este era además el presidente del club de básquetbol Corre y Vuela de Chuquicamata, Luis, él mismo antiguo jugador de la selección chilena de básquetbol, fue contratado por el club apenas arribó de Santiago.

«Yo llegué como el mejor deportista del Club Corre y Vuela y me ofrecieron trabajo en el Departamento de Contabilidad. Pero yo no quería estar todo el día en una oficina, así que pedí que me contrataran como obrero», relata.

Recién había pasado siete años trabajando como cajero de la Cooperativa de Empleados Particulares en Santiago, y quería estar al aire libre. Aguirre se convirtió en guardia de seguridad en los portones de acceso a las secciones de trabajo de la mina. Terminó como asistente y guardaespaldas del subgerente de Administración y Finanzas, el socialista Haroldo Cabrera, y fue uno de los organizadores de los trabajos voluntarios en la mina.

La mañana del 11 de septiembre, se vistió rápidamente y salió disparado del pequeño cubículo que era su hogar para cumplir el plan acordado luego del Tanquetazo.

«Después del Tanquetazo nos pusimos a esperar el golpe definitivo —afirma Aguirre—. Como vimos que podía venir algo peor, con los trabajadores voluntarios y dirigentes de los partidos acordamos tomarnos la mina, todas las entradas, todas las salidas, todos los departamentos, y distribuir las armas para poder resistir cuando subiera el regimiento de Calama».

Ese era el plan, pero nunca se llevó a cabo.

En cambio, ya desatado el golpe de Estado, resolvieron dos cosas: una, que había que juntar todo el armamento posible, y dos, que había que proteger la mina. Llevaron los vehículos hasta el costado de la entrada del yacimiento, donde se hace el «transfer», el punto donde cambia la conducción de los camiones de derecha a izquierda, ya que al interior de la mina los camiones transitaban por la izquierda. Los conductores estaban en paro, pero un grupo de ellos, leales al gobierno, atravesaron dos camiones de doscientas toneladas a la entrada de la mina para impedir el ingreso, anticipándose a la llegada de tropas militares.

Mientras algunos dirigentes de izquierda recorrían las faenas con unos pocos fusiles, en busca de más armas y hombres, los GAP Víctor Olmedo y Carlos Acuña se internaron en el desierto próximo al campamento a bordo de un jeep.

«Se supone que éramos la resistencia —dice Olmedo—. Fuimos a buscar armas que estaban enterradas en distintas partes, no sé desde cuándo. Había unos rifles Winchester que resultaron ser muy viejos y por supuesto no funcionaban».

La colección completa de armamento consistía en unos pocos rifles y fusiles Mauser, unas pequeñas pistolas y una ametralladora aportada por Cuevas, el arma más potente de ese escuálido arsenal. Uno de los GAP en Chuquicamata, Manuel Cortés, había fabricado granadas y las tenía guardadas en casa del encargado del Partido Socialista en el mineral y a su vez subgerente de Relaciones Industriales, Carlos Gómez, pero el golpe pilló a ambos en Santiago. De hecho, esa mañana Cortés les disparaba a los golpistas desde el edificio del Ministerio de Obras Públicas en calle Morandé.

Las armas en Chuquicamata eran escasas y los militares nunca llegaron, no ese día.

* * *

A primera hora del 11 de septiembre se había agendado una reunión entre dirigentes de una cooperativa de compras y Haroldo Cabrera. Ese mismo año un grupo de trabajadores había creado la cooperativa para comprar productos al por mayor, principalmente electrodomésticos, como lavadoras y jugueras, casi imposibles de conseguir en Chuquicamata. La mañana del golpe de Estado tenían pensado pedir permiso a Cabrera para viajar a hacer compras en Antofagasta.

«Nos dijo que debíamos irnos, porque había que defender Chuquicamata o los militares se lo iban a tomar. Así que nos fuimos», cuenta el mecánico automotriz Walter Ibáñez, camionero de la mina y dirigente de esa cooperativa.

Las noticias del golpe alcanzaron las diferentes secciones de Chuquicamata en distintos momentos del día. En algunas áreas, las jefaturas simplemente enviaron a sus trabajadores de vuelta a casa en el campamento o Calama. Otros trabajadores y empleados se quedaron para ver lo que se podía hacer. En algunas áreas, se siguió trabajando normalmente durante al menos unas horas del primer turno, pero para el mediodía gran parte de las faenas ya estaban paralizadas.

Ángela Saavedra, secretaria del Departamento de Materiales de la Bodega Central, llegó a la hora de siempre a su oficina, y estando allí, su jefe les informó del movimiento militar. Eran unas ochenta personas en total, entre ellas una veintena de mujeres.

«Él en realidad nos calmó, al menos a las mujeres, porque nosotros lo único que queríamos era irnos a la casa. Como a la una de la tarde, pidió buses para que llevaran a las mujeres a sus casas. Yo vivía en Calama. Los hombres se quedaron un rato más, pero igual se fueron después», cuenta Saavedra.

Era muy difícil saber lo que pasaba en otras partes de la enorme extensión que ocupaban las instalaciones mineras. Por lo general, se necesitaba un vehículo para trasladarse de un punto a otro. Sin suficientes medios de transporte ni de comunicaciones, era casi imposible coordinar una respuesta al golpe.

Los trabajadores del turno A en las faenas (7 a 15 horas) se enteraron del golpe estando al interior de sus secciones de trabajo. Nicanor de la Cruz Araya, militante de Usopo y dirigente del Comité Paritario, comenzó sus labores en la fundición normalmente ese día, y no fue sino hasta más tarde, cuando llegó la cuadrilla a sangrar los hornos, que se enteró de lo que pasaba. En esa cuadrilla iban dos trabajadores de una media docena de su área que eran «muy cercanos a Patria y Libertad», dice.

—¡Cayó el viejo desgraciado! —festejó uno de ellos—. Y ustedes...

Apuntó con su mano al grupo de reconocidos militantes comunistas y socialistas e hizo un gesto pasando su mano por el cuello, de degollamiento. Allí nadie escondía su militancia. De la Cruz dice que el supervisor, un socialista que llegó luego de la nacionalización, reunió a los dirigentes de izquierda de la fundición para analizar el escenario que se desplegaba vertiginosamente.

«Nos dijo que alguna cosa teníamos que hacer, pero por lo menos en mi área de trabajo no hubo un plan. La confusión era tremenda», afirma De la Cruz.

* * *

Patrullas militares ya rondaban el campamento cercano a las instalaciones mineras, pero aún no se presentaban en las faenas, con excepción de la subestación eléctrica 10. Esta planta alimentaba a gran parte de la mina con los 110 mil voltios de energía generada por la planta termoeléctrica de Tocopilla, que formaba parte de la empresa minera.

Militante socialista y técnico eléctrico de profesión, a Óscar Mora le tocó el primer turno ese día. Cuando llegó al taller, a un costado de la concentradora se encontró con militares rodeando la subestación colindante. El golpe aún no era evidente en la capital, pero una compañía entera del Ejército se apostó en la madrugada al interior de la reja perimetral que protegía la subestación. Los trabajadores que entraban al taller eléctrico se extrañaron, pero nadie dijo nada. Los militares tampoco les dirigieron la palabra.

El supervisor ya había llegado, y los capataces hicieron la distribución habitual de los trabajadores en las tres secciones: la planta de molibdeno, la chancadora y la concentradora. El turno comenzó normalmente, hasta que la voz metálica de Allende sonó por el altoparlante de la concentradora. El presidente se despedía de su pueblo.

«Hubo de todo —recuerda Mora—. Había gente que lloraba, otros que celebraban, saltaban y gritaban. Hubo peleas, empujones. Yo estaba apenado».

Alrededor de las 10.00 se asomó al taller eléctrico David Miranda, ayudante subgerente de Relaciones Industriales, dirigente sindical de larga trayectoria y militante comunista. Había tomado el camino entre la concentradora y los estanques, por lo que no pudo ver la subestación 10 llena de militares que quedaba al otro lado de la concentradora. Desde la entrada del taller conversó con Mora, en ausencia del subjefe de sección, Leonel Pinto. Pinto, dirigente del Comité de Producción y militante comunista, había sido despedido un par de meses antes por razones políticas por su superior, un democratacristiano, y recién el día anterior se había acordado con la gerencia su reintegro.

—Compañero, tenemos que entregar parada la concentradora y tenemos que resistir aquí —le dijo Miranda, y le mostró tres ametralladoras que andaba trayendo en la camioneta.

—Mira para allá —le indicó Mora, apuntando en dirección a los militares.

Miranda emprendió la retirada, mientras las jefaturas discutían los próximos pasos. Resolvieron detener la concentradora y llamaron a los reconocidos militantes de izquierda de las distintas secciones al comedor del taller eléctrico. No está claro quién dio la orden, pero fue el subjefe de la concentradora, Raúl Castillo, un hombre de derecha, quien la anunció.

«Castillo nos metió en el comedor a todos los que identificaron como personas de izquierda y no nos dejaron salir. Pararon todo, y a nosotros nos dejaron recluidos dentro. Esa noche yo dormí en la concentradora y me soltaron al día siguiente», afirma Mora.

* * *

Claudio Duclos era conocido por todos como el «loco Duclos». Él y su hermano Arturo llegaron jóvenes a Chuquicamata desde su Valparaíso natal, cuando su padre consiguió trabajo en el mineral. Claudio Duclos, de treinta y cinco años, era trabajador del Departamento de Operaciones y secretario del Comité de Trabajos Voluntarios de la mina, pero lo «loco» se lo pusieron por su impulsividad y extravagantes posturas de izquierda. Participaba en un minúsculo grupo político en formación, crítico del gobierno, cuya revolución pacífica consideraba demasiado tibia.

Esa mañana, el «loco Duclos» recorrió el campamento en una gran camioneta blanca, hasta llegar a la Puerta 1. Frenó en seco. Ahí estaba Omar Hurtado, dirigente del Comité Paritario Central, democratacristiano y activo opositor a Allende. Esa mañana Hurtado había hecho dedo desde el centro del campamento hasta la Puerta 1 con la intención de ingresar a su trabajo, la sección Garaje Dart, de la División Mecánica. Allí se topó con el «loco Duclos», hermano menor de su amigo Arturo, quien trabajaba en la Gerencia Mina.

—¡Cabeza de goma, anda a defender el gobierno popular! ¡Sube! —dice Hurtado que le gritó Duclos.

A los opositores al gobierno les decían cabeza de goma, porque «les rebotaban las ideas». A los adherentes de la Unidad Popular los opositores les decían cabeza de piedra, porque «no les entraban las ideas».

Hurtado se subió a la camioneta, pero no en el asiento del copiloto, dice, porque estaba ocupado con un saco. Atrás había más bolsos. Ingresaron y siguieron hasta la fichera, donde los trabajadores recogían sus tarjetas antes de ir a sus secciones. Frente a la fichera se reunió un grupo de obreros.

«Llegó el “loco Duclos” y se van los viejos de cabeza a la camioneta y empiezan a abrir los sacos con armas —afirma Omar Hurtado—. Los viejos se tiraron al suelo a jugar a matar bandidos; no lo tomaron en serio. Eran armas un poco más sofisticadas que rifles. Me ofreció una, pero me negué, y él me echó del lugar».

Hurtado siguió camino hacia el Garaje Dart. Sus compañeros estaban reunidos en el comedor, sin saber qué hacer. Decidieron volver al campamento. Hurtado se fue derecho al auditorio sindical, frente a la frondosa plaza central de Chuquicamata, centro de la actividad sindical y política del lugar.

Era allí, en el auditorio, donde obreros y técnicos votaban paros y huelgas, discutían petitorios, analizaban las contraofertas de la empresa y se trenzaban a golpes en duras peleas políticas. Alrededor del edificio se ubicaban las oficinas de los principales partidos políticos.

Y esa mañana del martes 11, en las afueras del auditorio, un grupo de opositores del gobierno ya celebraba el golpe de Estado.

«Yo estaba convencido de que el señor Pinochet sacaba a Allende, pasaba un plazo prudente y llamaba a elecciones, y eso salimos a celebrar, a chuchoquear y echar tallas. Lo digo con toda franqueza: en ese momento yo estaba contento», dice Hurtado.

Los que llegaron al turno B de las 15 horas solo encontraron silencio y desconcierto. Rubén Villegas, obrero de la fundición y novato militante de las Juventudes Comunistas, se enteró del golpe por la mañana, estando aún en el campamento. Con un grupo de compañeros resolvieron ir a la sede de la «Jota» ubicada en el centro de Chuquicamata. Había que deshacerse de documentos y otros materiales comprometedores.

Villegas decidió presentarse a su puesto de trabajo, y se fue caminando a los hornos de la fundición.

«Los milicos ya andaban dándose vueltas en el campamento, pero no hacían nada. Era todo anormal y había silencio. Ese día estaba todo gris, como que el sol no alumbraba, y todo triste. Muchos militantes, que entendieron lo que era esto o tenían más información, no se presentaron ese día», recuerda.

Al poco rato de cambiarse de ropa, su jefe lo llamó a la oficina. Sabía que Villegas participaba en la Jota. Pero Villegas aún irradiaba el aura inocente de un joven que solo hacía pocos años se había aventurado fuera de su pequeño pueblo, El Tránsito, en el valle del Huasco. Todavía le decían «el Pollo».

Su jefe le dijo que se fuera a su casa y que, si lo necesitaba, lo contactaría.

* * *

Los hombres congregados a la entrada de la mina se habían reducido a la mitad o menos. Algunos trabajadores volvieron a sus casas o tomaron otro rumbo. Quedó medio centenar, principalmente militantes de izquierda y algunos integrantes del GAP, entre ellos Rafael García de la Huerta, Víctor Olmedo, Carlos Acuña, Luis Moreno, Carlos Escobedo y Luis Araya.

Pensaron que los militares los iban a atacar, pero las tropas nunca aparecieron. Al atardecer, luego de constatar que no pasaba nada, llenaron los estanques de bencina y partieron hacia el norte para internarse en la cordillera. Era una caravana de unos diez vehículos, entre jeeps y camionetas.

Tomaron el recién inaugurado camino de ripio de 52 kilómetros para alcanzar Ojo de Gallo, un viejo yacimiento sin explotar a cuatro mil metros de altura en medio del conjunto de cuerpos mineralizados El Abra. Sesenta pirquineros desempleados se tomaron la mina en febrero de 1972, formaron el sindicato Ojo de Gallo, y comenzaron a explotarla para CobreChuqui.

Esa noche se reunieron con dirigentes del sindicato.

Analizaron la situación e intercambiaron ideas sobre lo que se podía hacer y qué no. Era poca la información que tenían sobre lo que sucedía y el real control militar en el país; solo tenían una vieja radio a pilas.

«Se ponen a hablar los viejos entre ellos y sale uno y nos recomendó no enfrentarnos a los militares con la poca capacidad de respuesta que teníamos. Nos dijeron:“Ellos están muy bien organizados desde hace meses y cuentan con el apoyo de Estados Unidos. Les pedimos que esperen mejores condiciones”», relata Luis Aguirre, quien integró ese grupo.

La radio a duras penas sintonizaba las transmisiones de una estación de la zona, y a través de ella escucharon en silencio, a las 22 horas del 11 de septiembre, la primera conferencia de prensa de la Junta Militar, ya sólidamente en el poder. Cuando habló el general de la Fuerza Aérea Gustavo Leigh, prometiendo «extirpar hasta las últimas consecuencias» el «cáncer marxista», se convencieron de que no había nada más que hacer, al menos por el momento y en ese lugar.

La coordinación de las acciones, el supuesto armamento guardado para un escenario como ese y la capacidad de defensa del gobierno popular habían sido un mito alimentado por los encendidos discursos de dirigentes de izquierda y la euforia del poder popular. Nunca hubo armas a disposición de los trabajadores para respaldarlos, no en la cantidad y calidad necesarias para hacer frente a fuerzas armadas profesionales. Además, eran muy pocos los preparados para utilizarlas.

Algunos regresaron al campamento y otros siguieron hasta Calama. En algún punto en el camino, Luis Moreno detuvo la camioneta. Adolfo Cuevas se bajó y dejó escondida la ametralladora en alguna parte del desierto.

La mayoría volvió a sus hogares en Chuquicamata y Calama y después a sus puestos de trabajo con la idea de mantener un perfil bajo a la espera de lo que ocurriera. Otros se escondieron en Calama o arrancaron de la zona. Quienes permanecieron esos días en el mineral, de las gerencias hacia abajo, sufrieron distinto destino.

* * *

Por la mañana, aún reunido con su grupo de confianza en la gerencia general, David Silberman iba siendo informado de los acontecimientos en la capital y en la provincia del Loa.

Cuando era evidente que ya nada se podía hacer para detener el golpe, el Partido Comunista le ordenó ocultarse, al menos hasta ver cómo se resolvía la asonada militar. Silberman partió con su conductor, el fotógrafo Carlos Piñero, y se esfumó de Chuquicamata con rumbo desconocido.

Capítulo 2

LA EUFORIA

Dos años y dos meses antes, Chuquicamata estalló en fiestas y celebraciones. En julio de 1971, la propiedad de la gran minería del cobre había pasado finalmente a manos de los chilenos.

La reforma constitucional para nacionalizar el cobre formaba parte del programa de la Unidad Popular, y fue una de las primeras cosas que hizo el presidente Allende al asumir el cargo. Presentó el proyecto de reforma al Senado en diciembre de 1970, fue aprobada por ambas cámaras del Parlamento y, el 11 de julio de 1971, el Congreso Pleno la ratificó.

Luego de la última votación en mayo de 1971, estaba claro que no habría vuelta atrás. Las celebraciones se pudieron planificar con tiempo, y, adelantándose a un hecho histórico prácticamente irreversible, en Chuquicamata comenzaron a primera hora del viernes 9 de julio. Un Comité Coordinador compuesto por representantes de la empresa —cuyo directorio ya era mayoritariamente chileno—, los sindicatos y la gobernación de Calama organizaron tres días de celebraciones, tanto en Calama como en Chuquicamata.

Los festejos partieron temprano. El campamento amaneció completamente embanderado y la programación comenzó con un «acto cívico-patriótico» en la plaza principal, entonces llamada 23 de Marzo,1 donde se había armado un gran escenario. El alcalde de Calama, Luis Villalobos, ofreció una charla sobre el cobre y luego se presentó el conjunto folclórico de la escuela de niñas. El estudiante Pablo Chávez leyó su propio ensayo sobre el mineral, y todas las escuelas de Chuquicamata desfilaron por el campamento. Por la tarde, en el auditorio sindical se inauguró una exposición de artesanía, y ahí mismo, en la noche, los sindicatos montaron un espectáculo artístico y un foro sobre la nacionalización.

Las actividades continuaron todo el fin de semana. El sábado a las 8 horas, en cada sección de trabajo de la mina se celebró el acontecimiento. El entonces subgerente de Relaciones Industriales, el economista chileno Antonio Berthelon, pidió a los jefes de departamento que hicieran una pausa en las faenas para que todos pudieran reflexionar sobre el significado de ese trascendental hito y el peso de la responsabilidad que pronto caería sobre sus hombros.

Altos ejecutivos de la empresa se acoplaron a la casi totalidad de los trabajadores que estaban en el primer turno ese día para dar inicio al acto principal. En el estrado hablaron el superintendente de Mina, Luis Vera; el presidente del Sindicato Profesional, Osvaldo Carrasco; y el gerente de Producción, Andrés Zauschquevich. Luego tocó la banda del Colegio San José, tras lo cual los jóvenes músicos desfilaron por el sector.

«A los muchachos del San José les decían las manzanitas confitadas cuando desfilaban, porque usaban un vestón rojo y un pantalón blanco», recuerda Teresa Berríos, hija y nieta de carpinteros en Chuquicamata. Al día siguiente, el 11 de julio, ella cumplía quince años.

Hubo una ceremonia en el Departamento Eléctrico y después repartieron empanadas y refrescos; actos similares se repitieron en otras secciones: Seguridad, Bodega General, Refinería Electrolítica, Casa de Fuerza, Contaduría y Garaje Central, entre otros. En el hospital Roy H. Glover del campamento, el centro médico más moderno de Sudamérica, inaugurado en 1960, una escuadra de Carabineros izó la bandera y en una sobria ceremonia hablaron Berthelon; el director del hospital, Dr. Benjamín Torres; y Víctor Troncoso, a nombre del personal.

Horas después, la Fundición de Concentrados montó un gran acto. Flanqueado por directores y ejecutivos de la empresa y dirigentes sindicales, el ministro del Trabajo, José Oyarce Jara, tomó la palabra. A punto de cumplir cincuenta años, Oyarce era uno de varios ministros obreros en el gabinete de Allende.2

«Antes que nada —dijo Oyarce—, el trabajador debe anteponer a los intereses personales, los intereses del país [...] Lo que pudo ser un hecho irrealizable, mañana será una realidad, y deseo rendir homenaje a todos los hombres, a los trabajadores que nos abrieron el camino hacia la liberación».3

A la entrada de la mina los trabajadores habían desplegado lienzos: «Trabajar más para producir más», «Para tener más escuelas, más hospitales, más fábricas, es preciso producir más».

Por la tarde se presentaron conjuntos musicales, se inauguraron ramadas y se armaron bailes en los tres clubes sociales de Chuquicamata. A las 20 horas, se lanzaron fuegos artificiales.

Sin duda el clímax fue el domingo 11, horas antes de que el Congreso Pleno ratificara la nacionalización del cobre.

«Fue una fiesta en todo el mineral. Era una cosa muy ansiada, de mucha esperanza. Todo el mundo estaba conciente del beneficio que esto podía traer», afirma Nicanor de la Cruz

Llegó a Chuquicamata en 1944, a los siete años de edad. Su familia tenía vínculos con la mina desde comienzos de siglo. Uno de sus abuelos trabajó en la construcción de una de las primeras poblaciones y su padre era obrero ferroviario de la mina, cuando el material aún se extraía del yacimiento en tren. Nicanor de la Cruz comenzó trabajando en el área de fundición de cobre óxido a fines de la década del cincuenta, recién salido del servicio militar.

Por la mañana se congregaron las organizaciones sociales, sindicales y políticas en el exclusivo «campamento americano» de la parte alta de Chuquicamata para ir marchando hacia el auditorio sindical frente a la plaza principal.

Horas antes, desde Calama salieron columnas de trabajadores y familias completas para recorrer a pie los dieciséis kilómetros que separaban a la ciudad del mineral. Iban alegres, gritando consignas, con pancartas y carros alegóricos. Cerca del mediodía atravesaron la garita de entrada al campamento de Chuquicamata para unirse a los mineros y sus familias.

Las marchas desde el campamento americano y Calama confluyeron en la plaza, donde se había montado un escenario monumental, decorado para la ocasión, para dar pie a una masiva celebración. Durante la mañana en ese lugar se entregaron diplomas a los partícipes de un concurso de afiches alusivos a la nacionalización, que fueron exhibidos en el Club Obrero.

En el estrado se ubicaron el ministro Oyarce; el presidente del directorio de Chuquicamata, Julio Zambrano; el gerente general de la empresa, Ricardo Wilhelm; el gobernador Edmundo Checura; el alcalde Villalobos; y los presidentes del Sindicato Profesional (empleados), Osvaldo Carrasco, y del Sindicato Industrial (obreros), Sigisfredo Carrasco.

Toda la tarde, hasta entrada la noche de ese 11 de julio, se celebró con música y baile. Aunque los días domingo eran de descanso laboral, salvo los turnos especiales para algunas faenas indispensables, a lo largo de ese día hubo actos y discursos, fiestas y asados en las distintas secciones de trabajo, alcohol incluido.

Carros alegóricos representando a las distintas secciones de trabajo de la mina recorrieron el campamento. Desde Antofagasta llegó el Conjunto Folclórico Caliche, de la Universidad Técnica del Estado, dirigido por el estudiante de ingeniería en ejecución Nicanor Espinoza. La noche cerró, nuevamente, con fuegos artificiales.

«Ese día fue grandioso —recuerda Luis Aguirre—. Ya nos sentíamos dueños del cobre, habíamos conseguido el objetivo de expulsar a los gringos. Pensamos que prácticamente habíamos acabado con el capitalismo, y que habíamos hecho la revolución. Hicimos fiesta, comilonas, tomateras, lo típico que hacen los trabajadores».

El 11 de julio se convirtió oficialmente en el Día de la Dignidad Nacional y se celebró en todas las minas nacionalizadas: Chuquicamata, El Teniente, El Salvador, Andina y La Exótica.

«Honestamente, yo entendía poco la magnitud del tema de la nacionalización, pero lo que vi era ánimo. Nacionalizar el cobre era una tremenda virtud y la gente lo entendió bien desde un principio. Los viejos siempre hablaban del “sueldo de Chile”. Todos en general nos pusimos la camiseta», dice Rubén Villegas, quien fue contratado apenas cuatro meses antes.

Villegas llegó a Calama buscando empleo con un amigo en 1969, a los veinte años, con su servicio militar al día, pero sin haber terminado la enseñanza media. En su casa se hablaba de política y se leía el periódico El Siglo, del Partido Comunista, cuando lograba llegar a su pequeño pueblo. Siguió los pasos de su padre, trabajador del cobre en Potrerillos y militante comunista. Villegas partió como obrero contratista cargando cemento para la industria del cobre, y en marzo de 1971, finalmente logró un puesto en la empresa.

«En ese tiempo cuando uno ingresaba a Chuqui, tenía tres responsabilidades. La primera era inscribirse en el sindicato, después ir a recibir el buque,4 y recién entonces se podía firmar el contrato. Era obligación afiliarse a un sindicato, y todos estaban afiliados», afirma.

* * *

Las jugosas utilidades de las empresas finalmente podían formar parte del presupuesto nacional y servir para el desarrollo económico y social del país, dijo en una entrevista días antes el dirigente sindical Osvaldo Carrasco, de treintaiún años. Como representante de la Confederación de Trabajadores del Cobre (CTC), Carrasco había participado en el estudio del proyecto de nacionalización.

El cobre no solo aportaría al país, sino que también permitiría realizar inversiones que los antiguos dueños nunca quisieron hacer en el campamento y en las faenas mineras, agregó. Por ejemplo, se podían mejorar los productos que se vendían en las pulperías y concretar algunas demandas de larga data de los sindicatos: la instalación de comedores y duchas en todas las secciones de trabajo y la construcción provisoria —estimada para fines de ese año— de un liceo en Chuquicamata.5 Hasta entonces, los escolares debían hacer la enseñanza media en Calama u otros lugares.

Eran días intensos en todo el país, y no solo en lo político. Desde el 19 de junio, fuertes temporales de lluvia, viento y nieve azotaban con inusitada violencia a la zona centro-sur del país, entre las provincias de Coquimbo y Aysén. El 1 de julio el gobierno decretó el estado de catástrofe para ir en ayuda de los damnificados. Ocho días después, debió emitir otro decreto igual, esta vez debido a la sequía que afectaba a la provincia de Atacama.

Y el día en que se dictó este último decreto, otra vez tocó tragedia. El jueves 8 de julio a las 23.04 horas, un terremoto de magnitud 7,8 con epicentro en La Ligua sacudió la zona centro-norte del país, dejando 85 fallecidos, cientos de heridos, casi 300 mil personas damnificadas y grave destrucción. El sismo se sintió desde Antofagasta a Valdivia y provocó un leve tsunami en la Quinta Región de Valparaíso. La catástrofe gatilló una movilización solidaria en todo el país, incluyendo en Chuquicamata. Ciudades con más recursos ofrecieron ayuda para la reconstrucción de las localidades más dañadas, y un «Tren de la Solidaridad» inició su marcha en Puerto Montt hacia el norte, recogiendo donaciones en las distintas estaciones.6

Días después de la nacionalización, dos dirigentes sindicales y dos funcionarios del hospital de Chuquicamata visitaron la zona afectada en la provincia de Coquimbo. En gira gestionada por el director del hospital y la Subgerencia de Relaciones Industriales, recorrieron cinco ciudades y numerosos pueblos pequeños del interior. A su regreso, hicieron un llamado a los chuquicamatinos a donar medicamentos, frazadas, ropa gruesa y alimentos no perecibles. Tal como Antofagasta había «apadrinado» a Illapel, sugirieron, Chuquicamata podría apadrinar a Salamanca, porque la ayuda canalizada a través del gobierno era muy lenta y difícil de distribuir.7

Era tanta la euforia, el sentido de compromiso y la esperanza en el futuro en esos días, que algunos trabajadores de Chuquicamata ofrecieron donar días de sueldo para constituir un fondo de desarrollo industrial para absorber la cesantía en el Departamento del Loa. La idea original provino de una asamblea extraordinaria de obreros y empleados en que por mayoría aprobaron aportar un día de sueldo para ir en ayuda de los damnificados por los recientes temporales en la zona central.

Un grupo de trabajadores adherentes al gobierno propuso entonces una colaboración de cinco días adicionales de sueldo, que serían descontados en diez cuotas de medio día mensual, para este fondo. Se pensó en una manufacturera de cobre en Calama que sería administrada por los propios trabajadores de Chuquicamata. Esta propuesta también fue aprobada por empleados y obreros.

Sin embargo, a comienzos de julio de 1971, ad portas de la nacionalización, los dos sindicatos del mineral —el Profesional y el Industrial— revocaron el acuerdo de la asamblea, aunque mantuvieron la donación de un día de sueldo para los damnificados. Incluso se levantaron algunos paros seccionales en protesta por el posible descuento salarial.

No obstante, treintaiún trabajadores de la Maestranza y la Concentradora tomaron la batuta para incentivar a sus compañeros a hacer un aporte voluntario de cinco días de sueldo o salarios. Con los recursos que se recaudaran en «esta cruzada de bien público», señalaron esos trabajadores en una declaración pública, «se impulsará la realización de trabajos o investigaciones mineras e industriales en el Departamento del Loa».8

El «Fondo Monetario de la Dignidad», como lo denominaron, sería controlado por un departamento técnico de la empresa y del Estado, y tendría que rendir cuenta periódicamente de sus ingresos y gastos.Se abrió una cuenta corriente para recibir esos aportes, aunque no está claro lo que sucedió a la larga con esos fondos.

Por iniciativa personal, el pastor Raúl Casanova, por ejemplo, donó dos días de su sueldo mensual, mientras que el trabajador de la Pulpería N.º 1 y entrenador de la asociación local de boxeo, Andrés Toledo, ofreció un día de su salario.

Inmediatamente después de la nacionalización, el obrero Juan Núñez le escribió una carta al presidente del directorio, Julio Zambrano, ofreciendo diez días de su sueldo, descontado a lo largo de diez meses.

Casado y padre de tres hijos, Núñez explicó su decisión en entrevista con el semanario de Chuquicamata, Oasis: «Yo tengo un hijo de trece años y pienso en el futuro de él. Si no puede ingresar a la Compañía, con la instalación de más fábricas, podría elegir el lugar» donde trabajar.9

* * *

Eran las 19 horas y el auditorio estaba repleto, principalmente de hombres. Faltaban días para que el cobre fuera del todo chileno, y un particular lienzo colgaba desde la galería: «Mujeres por la nacionalización».

Es posible que lo haya colgado el Comité de Dueñas de Casa de Chuquicamata. El Comité se había constituido a fines de los sesenta durante una huelga de los mineros de Chuquicamata en solidaridad con los obreros de El Teniente. Como la empresa no pagaba los salarios a los huelguistas, ocho mujeres decidieron organizarse e ir, puerta a puerta, movilizando a otras. Se les ocurrió marchar hacia la gerencia general cerca del campamento americano y fueron reprimidas violentamente.

En esa protesta, una de las fundadoras del Comité y su presidenta en 1971, Berta Sierra, terminó apaleada, con un diente menos y en enaguas. Vivía en Chuquicamata desde los catorce años, cuando llegó con sus padres por una promesa de trabajo que nunca se cumplió. A esa edad comenzó a trabajar como sirvienta en casas ajenas. Y desde que fuera golpeada por exigir medios para subsistir para su familia, se propuso estar «en la primera línea de combate» junto a mujeres y obreros.

Ahora, además de demandar una solución al alza de precios y el desabastecimiento de productos que ya se sentía en Chuquicamata, Sierra colocó todas sus esperanzas en la nacionalización.

El cobre, dijo en una entrevista ad portas del traspaso de la mina al Estado de Chile, «abre grandes perspectivas de desarrollo del país, dará más trabajo, se podrán construir más escuelas [...] Traerá mayor felicidad y la mujer chilena tendrá mayores posibilidades de integrarse al esfuerzo nacional [...] Habrá mayores recursos para darles [a los ancianos] una pensión justa [...] Habrá más industrias y más trabajo y eso significará que nuestra juventud tendrá un incentivo para su futuro [...] Eliminaremos los vicios que corrompen a nuestra juventud y terminaremos con el drama de tantas muchachas, que muchas veces, agobiadas por la miseria, [...] se pierden en la prostitución».10

Capítulo 3

MR. ANACONDA

Desde tiempos precolombinos que los indígenas chucus explotaban lo que hoy es el yacimiento de Chuquicamata. Fueron ellos quienes descubrieron las propiedades del cobre, lo extrajeron a pequeña escala, lo fundieron de manera primitiva y con él crearon sus herramientas y utensilios. De los chucus derivó el nombre de la mina, que algunos sostienen significa «límite de la tierra de los chucus», y otros, «dura lanza».

A lo largo de siglos, a casi 2.800 metros sobre el nivel del mar, en esos cerros del desierto más seco del planeta extrajeron cobre los indígenas, los españoles, los bolivianos, los estadounidenses y finalmente los chilenos.

La explotación industrial del yacimiento coincidió con el nacimiento de un nuevo siglo. Cuando Chile ocupó la provincia boliviana de Antofagasta durante la Guerra del Pacífico a fines del siglo 19, caducaron los títulos bolivianos sobre los yacimientos de cobre, y sus dueños originales ya no podían acceder a ellos. En los años que siguieron, chilenos y extranjeros corrieron a inscribir minas a sus nombres en las tierras arrebatadas a Bolivia, ricas en cobre y salitre. Cientos de pirquineros y pequeños productores explotaban el cobre de alta ley en Chuquicamata, pero al iniciarse el nuevo siglo, los depósitos más ricos, accesibles con la tecnología de la época, se fueron agotando, el precio internacional del cobre caía, y la falta de inversión e innovación hacía difícil seguir extrayendo mineral.

A comienzos del siglo 20, los hermanos Isaac y Daniel Guggenheim, herederos de un millonario empresario metalúrgico, hicieron prospecciones en el terreno. Los Guggenheim ya controlaban negocios salitreros en Chile, poseían yacimientos petrolíferos en México, explotaban estaño en Bolivia, comerciaban diamantes de Angola y tenían minas de cobre en Estados Unidos.

En 1908 los Guggenheim adquirieron la empresa Braden Copper Company, fundada por el explorador minero estadounidense William Braden, dueño de las pertenencias mineras en El Teniente, a ochenta kilómetros de Rancagua en la cordillera de los Andes. Braden había echado a andar la mina en 1905. En 1915 los Guggenheim fundaron Kennecott Copper Company como paraguas para sus inversiones mineras en Estados Unidos y el resto del mundo, y Braden quedó como su filial en Chile. El Teniente, con sus avanzadas obras de ingeniería, se convirtió en la mina subterránea más grande del mundo.

Poco después los hermanos compraron la Compañía Explotadora de Chuquicamata, entonces perteneciente a Weber y Compañía, que poco había hecho con ella, por más de 25 millones de dólares1 y gran parte de las propiedades mineras en manos de particulares. Obtuvieron autorización del gobierno chileno para explotar el yacimiento, le cambiaron el nombre de la empresa a Chile Exploration Company (comúnmente llamada Chilex), y, en año y medio, seiscientos trabajadores tendieron cañería para llevar agua dulce del riachuelo Toconce a la planta y al naciente campamento de Chuquicamata.2

Mientras tanto, levantaron una planta termoeléctrica en Tocopilla, a 140 kilómetros de distancia en la costa, para abastecer a Chuquicamata de energía. El proyecto de la empresa alemana Siemens era pionero, y la planta generadora de energía eléctrica fue en su momento la más potente de Sudamérica.

Ingenieros estadounidenses diseñaron el método de explotación industrial del yacimiento por medio de tronaduras y la extracción del material por un ferrocarril interno. Para exportar el cobre, los Guggenheim abrieron una agencia aduanera en el puerto de Antofagasta, hasta donde se transportaba el producto utilizando un ramal, construido en 1913, del Ferrocarril de Antofagasta a Bolivia (FCAB).

Tres años más tarde, el 18 de mayo de 1915, comenzó la producción industrial de Chuquicamata, que implicó, entre otras cosas, la contaminación del río Loa y la pampa de Calama con ácido sulfúrico.

Sin embargo, al poco andar, los Guggenheim tomaron la mala decisión de expandir sus inversiones en el negocio salitrero, y, para financiarlas, en 1923 vendieron Chile Exploration Company a la estadounidense Anaconda Copper Company, la principal productora de cobre del mundo, en 77 millones de dólares, la mayor transferencia de fondos jamás vista en la Bolsa de Valores de Nueva York.3 Desde 1916 Anaconda era propietaria del mineral de Potrerillos, en la Provincia de Chañaral, a través de su filial en Chile, Andes Copper Mining. Cerca de la ciudad de Chañaral, Anaconda instaló el puerto de Barquito para exportar el mineral.

Anaconda, a través de su recién adquirida filial Chilex, expandió las operaciones en Chuquicamata, logrando comprar las pocas pertenencias mineras que particulares se habían resistido a vender a los Guggenheim y unas cien adicionales, destinadas para botar el material estéril de la mina, así haciéndose dueña de todo el yacimiento de Chuquicamata.4

Era un negocio redondo. La mano de obra era barata, la regulación del Estado prácticamente nula y los impuestos mínimos. A partir de entonces, Chuquicamata fue reconocida internacionalmente como la mina a rajo abierto más grande del mundo, y llegó a representar dos tercios de la producción total de cobre de Anaconda y 75 % de sus ingresos.

Sus propietarios, directores, altos ejecutivos y supervisores eran norteamericanos o europeos, y todas las decisiones, grandes y pequeñas, sobre producción, ventas, inversiones y contrataciones se tomaban en Nueva York.

Según datos de la Embajada de Estados Unidos en Chile, recogidos por Eulogio Gutiérrez en 1926, el 71 % de todas las inversiones estadounidenses en Chile en esa época se destinaba a la producción de cobre y salitre. Solo en Chuquicamata se habían invertido 150 millones de dólares.

Entre Anaconda —propietaria de las minas Chuquicamata y Potrerillos y más adelante El Salvador y La Exótica— y Kennecott, dueña de El Teniente, terminaron controlando más del 90 % de la producción total del cobre en Chile.

Aunque en 1920, cuando Chuquicamata aún pertenecía a los Guggenheim, la jornada laboral se redujo a ocho horas, las condiciones de vida y de trabajo seguían siendo extremas. A los trabajadores —fueran chilenos, bolivianos o peruanos—, los norteamericanos les decían blackman, u «hombre negro».5 Trabajaban siete días a la semana y estaba prohibido sindicalizarse. Era común la explotación de mano de obra infantil y los salarios se modificaban arbitrariamente.

Así describió Eulogio Gutiérrez la vida para las familias en Chuquicamata hace casi un siglo:

Los jornales son irrisorios [...] La habitación es estrecha, malsana, insalubre e inadecuada. El trabajo duro y agotador. Hay hambre en los campamentos populares. Muchos hombres van harapientos. Las mujeres con la faz lívida por la mala alimentación. Y los niños crecen escuálidos y raquíticos [...] La mortalidad infantil es aterradora. Los lisiados o inválidos relativa o absolutamente por accidentes, fuera o dentro de Chuquicamata, se cuentan por centenares.6

De seguridad industrial ni hablar hasta 1945. Debieron morir 355 mineros en El Teniente para que se consideraran normas de seguridad acordes al riesgo. Más de mil mineros quedaron atrapados en junio de ese año al interior de la mina, llena de humo, cuando un paño se incendió accidentalmente al iniciarse el primer turno.

«La chispa de una fragua incendió material inflamable a la entrada del Nivel Teniente 3. El tiraje del aire hizo lo demás. Oleadas de humo espeso y negro entraron al interior de los piques y sembraron velozmente la muerte», relató la revista Vea.7

Las víctimas de la Tragedia del Humo, como llegó a conocerse el accidente, murieron por exposición a monóxido de carbono, a falta de ductos de ventilación.

Hubo paros y protestas nacionales en demanda de una justa indemnización para los deudos y la reforma a la ley de accidentes laborales, y se creó una comisión investigadora en la Cámara de Diputados. El cortejo fúnebre, que reunió a unas 25 mil personas en las calles de Rancagua, fue encabezado por el presidente Juan Antonio Ríos. Poco después, Braden Copper Company contrató al ingeniero Stanley Jarret, quien creó un Departamento de Seguridad e Higiene Industrial. Con el tiempo, las normas de prevención de riesgos desarrolladas en El Teniente se adoptaron en toda la industria cuprífera chilena.

Para muchos sobrevivientes de la Tragedia del Humo era demasiado tarde. Amador Pantoja Silva, abuelo del actual consejero nacional de la Federación de Trabajadores del Cobre, del mismo nombre, tenía apenas diecisiete años y ese accidente le produjo una silicosis que lo llevó a una muerte prematura, con poco más de cuarenta años. Oriundo de la Región del Bío Bío, fue el primer minero de la familia Pantoja y vivió en Sewell por el resto de su vida. Ahí nacieron y crecieron su hijo y su nieto, también trabajadores del cobre.

«Hay un antes y un después en la seguridad en la minería después de eso», dice el dirigente sindical de la FTC, Amador Pantoja Rivera.

Recién en 1968 se promulgó la Ley de Accidentes del Trabajo y Enfermedades Profesionales, con cotizaciones a cargo del empleador, y se eligieron los primeros comités paritarios en las minas. Al igual que con los sindicatos, las elecciones eran altamente politizadas y eran los partidos los que proponían y promovían los candidatos.

Al acercarse la nacionalización, en Chuquicamata aún «faltaba locomoción, comedores, casa de cambio [lugar para cambiarse de ropa], clasificaciones de trabajo, política de ascensos y, por supuesto, ropa de trabajo y de seguridad, por tratarse de una faena de alto riesgo laboral [...] La fundición era un lugar inhumano para trabajar debido a la alta contaminación», relató el ex dirigente sindical de Chuquicamata Osvaldo Tello.8

* * *

Adyacente a la mina se construyó a principios del siglo 20 el campamento de Chuquicamata. Era el típico enclave minero, al estilo del company town estadounidense, cuyo modelo se replicaba en otras minas industriales.

El asentamiento minero era estrictamente jerarquizado y esa pirámide socioeconómica bajaba geográficamente desde las alturas de los cerros hacia el sur poniente. La avenida Tocopilla, que se convirtió en el eje del campamento, partía arriba en las oficinas de la gerencia general y bajaba flanqueada por las grandes casas al estilo americano de los altos ejecutivos, terminando en la planicie del Campamento Nuevo y las paupérrimas casas de los obreros.

El ingreso a Chuquicamata era por el sur, atravesando el característico arco que anuncia su nombre. Desde allí se podía y aún se puede ver una enorme «torta» multicolor de ripios, de cien metros de al

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