Los mitos son la manera en que sueña un pueblo
Cuando escribí Historia secreta de Chile hace ya diez años, algo pasó entre las personas que lo leyeron. Recibí mensajes que daban cuenta de un país que no se conocía a sí mismo y necesitaba saber lo que era con desesperación. Se sorprendían con una historia escrita desde otro punto de vista, el de ellos mismos, la gente común, la mayoría que trabaja todos los días y vuelve a su casa con el cansancio a cuestas. Se encontraron con un país diferente, con pasajes secretos, algunos escondidos a propósito, otros no contados, para sostener este tinglado feble que quiere ser un país de verdad.
Historia secreta de Chile se centró en procesos y eventos poco conocidos de nuestra historia, pero también entre medio se filtraron, como susurros, otros relatos que no tenían que ver con aquello que importa en los libros de historia tradicionales. Símbolos, creencias, relatos alucinantes, templos perdidos y espíritus de la tierra; leyendas y códigos escondidos en nuestros emblemas que te sorprenden porque, de pronto, sientes que has estado caminando entre secretos y palabras que no te enseñaron, que son tan determinantes como el combate naval de Iquique o la batalla de Maipú.
Es la historia de las alucinaciones de todo un pueblo, de sus terrores, de sus interpretaciones del cosmos que se le viene encima; cuando éramos apenas rucas o poblados y quedaron marcados en la memoria. Esa que no sirve para conseguir diplomas o trabajos, pero que nos habla con la voz de abuelas por debajo de la piel y nos convierte en quienes somos, quizá aún más que las peleas y disparos que se supone nos construyeron como nación.
Este libro se trata de eso, de la identidad chilena, pero no la fundada sobre balas o decretos políticos, no hecha por señores de corbata y sombrero ni por autoridades de la República, sino con la piel de los viejos que saben cómo era todo antes; escrita a mano dentro del cráneo con un trozo de meteoro. Trata de las pesadillas que tiene nuestro país, navegando bajo la costra de tierra como serpientes de agua y fuego; de los símbolos que dibujan nuestras estrellas, los terrores de nuestro inconsciente, de todas aquellas cosas que nos cincelan y galvanizan por dentro; como cuando adquirimos consciencia de que nuestro pueblo se equilibra en una fibra de suelo entre el océano más profundo y la cadena de volcanes activos más violenta del planeta. Acampamos entre dioses cuyos nombres no conocemos, entre fantasmas que están aquí desde antes que llegaran mapuche o cristianos y palabras de poder que ignoramos.
Estamos construidos a partir de mitos, palabra que no significa mentira, sino todo lo contrario. Son los relatos que se cuentan y vuelven a contar, que aparecen de diferentes maneras en nuestra historia y que sus eventos parecen reafirmar. «Los chilenos celebramos las derrotas», «nada funciona, porque la raza es la mala», «siempre estamos a punto y algo falla» son letanías que escuchamos una y otra vez desde la infancia. ¿Cómo se construyen, cómo se instalan, por qué perduran? Hay trozos de verdad en estos relatos que afloran una y otra vez desde el fondo de nuestro inconsciente que podrían ayudar a responder la gran pregunta: ¿Quiénes somos? y ¿por qué somos así?
Necesitamos reconocernos en el espejo, saber lo que somos en realidad. Ni tan morenos ni tan blancos, ni europeos ni indígenas, ni tan letrados ni tan ignorantes. ¿Qué mitos se alojan en la memoria debajo de nuestra memoria?
El relato-mito de Hamlet, por ejemplo, refleja nuestra relación con la dictadura: fuimos los hijos dolientes de un rey asesinado a traición por un cercano, quien luego reinó en su lugar.
El mito de Sísifo, según el cual un hombre estaba condenado a subir con gran esfuerzo una roca por una ladera hasta alcanzar la cima y verla rodar una y otra vez al inicio, simboliza de algún modo nuestra constante búsqueda, como país, de mayor democracia e igualdad, empeño que cada cierto tiempo se estrella contra un muro para volver al punto inicial y comenzar de nuevo.
La fe en que las soluciones vendrán de Dios en las alturas es la base que nos permite aceptar a una niña sanadora como Yamilet en los años setenta, o el engaño de la Virgen de Villa Alemana en la década del ochenta. E incluso la efervescencia artificial por el cometa Halley o la amplia publicidad al caso del cabo Valdés, un militar que habría sido abducido por extraterrestres en pampa Lluscuma en 1977. Todas tretas de un régimen para desviar la mirada hacia arriba, mientras cometía atrocidades acá abajo, en la tierra.
En México, la Malinche fue la mujer indígena que ayudó a Cortés a entenderse con los aztecas y de algún modo colaboró en su triunfo. Le llaman malinchismo a la tendencia indígena a encandilarse con los extranjeros, cuestión que también padece nuestro pueblo frente a los alemanes o extranjeros europeos en general, mientras desprecia a los propios.
«Chile es un fundo». La sabiduría popular supo resumir así la dinámica que mantiene el poder político, militar y religioso en un grupo pequeño de terratenientes de elite, que podían hacer y deshacer para jamás responder por sus delitos y abusos.
Estamos constreñidos entre mar y montaña. Dos gigantes que año a año cobran vidas de mineros y pescadores que entran en ellos para buscar sustento: Kaikai y Trentren
