Se acabó el recreo

Fragmento

Lo que me dicta la memoria

Al dejar la Presidencia el año 2006, me propuse escribir sobre lo que había vivido a lo largo de mi vida, por la connotación pública de muchos de mis actos. Ello obedecía a un afán de transparencia con la ciudadanía, así como a ofrecer una mirada retrospectiva de la que se podrían extraer lecciones de los fracasos y de los éxitos ocurridos. Las experiencias narradas aquí están escritas tal como las viví, y cuando yo no estaba directamente involucrado en los acontecimientos, ellos se reflejan como los percibía en ese momento. He tratado de ser objetivo, aunque sé muy bien que nadie es un buen juez de sus propios actos. Por lo demás, siempre existe esa sensación de que frente a este o aquel suceso, los resultados podrían haber sido mejores. Es el optimismo propio del ser humano pensar que se puede progresar más rápido, y ese mismo optimismo impide, la mayoría de las veces, imaginar que también los resultados podrían haber sido peores. Tampoco yo soy una excepción y en estas páginas nunca me detengo a reflexionar qué cosas podrían haber tenido un desenlace más deficiente. Es consustancial a las personas buscar lo mejor, en especial cuando contemplamos lo ocurrido desde la perspectiva que nos entrega el tiempo.

Hay aquí una mirada que es distinta en las sucesivas etapas de mi vida. Hasta los treinta y cinco años corresponde a la visión propia de alguien inserto en la tradición republicana de Chile, donde el sistema democrático siempre era la norma. Era como el aire, pues solo cuando se pierde su pureza y su color azul se le extraña. Me crié en un hogar y en un ambiente donde la democracia era un dato que venía desde siempre y permanecería para siempre. Por ello, cuando la dictadura cayó como una gran fuerza bruta sobre Chile en 1973, se produjo una enorme escisión, la más grande fractura en nuestra vida republicana. Lo que aquí se narra, y que abarca entre mis treinta y cinco y cincuenta años —el período que viví bajo la dictadura— explica, el subtítulo de este volumen.

Los cincuenta años descritos en estas páginas fueron consecuencia de la tenacidad de mi formación republicana. En esa enseñanza esencial estaban, con toda seguridad, las más profundas convicciones y valores que nutrieron mi juventud y que han sido la principal guía que he tenido al escribir estas memorias. ¿Cómo se puede recuperar la democracia? Esta pregunta y sus respuestas fueron el hilo conductor de esta etapa en mi vida pública. También, ¿cómo alcanzar la democracia, cómo denunciar la concentración del poder económico, cómo avanzar en una reforma universitaria, cómo definir una vía chilena al socialismo? Y, por supuesto, ¿cómo se resiste a una dictadura y luego cómo se abre paso a la transición? Este empeño por recobrar la democracia fue el que dio origen al nombre del partido que fundamos en 1987 (PPD), ante la prohibición de la Constitución de Pinochet de permitir la existencia legal del Partido Socialista. Y fue también nuestra vocación por la democracia lo que nos llevó a formar parte de la Concertación de Partidos por la Democracia, que gobernó Chile entre 1990 y 2010.

Al redactar este primer volumen tuve la incertidumbre de si finalizarlo cuando asumió Patricio Aylwin la Presidencia el 11 de marzo de 1990, o en la noche del triunfo del plebiscito. Opté por esto último. ¿Por qué? Porque hasta ese momento lo esencial en nuestro pensamiento y en nuestra acción era la lucha contra la dictadura. Si bien es cierto habíamos definido algunas ideas de lo que vendría después, lo primero era dar ese paso gigantesco, rechazando en las urnas la continuidad de Pinochet y abriendo el escenario para elecciones libres. A partir de aquella noche de octubre de 1988 se cerraba una etapa y comenzaba otra. Ahí nos quedó claro que deberíamos mirar el futuro de Chile con la responsabilidad de quienes saben que participarán en su conducción. Los que nos habíamos ordenado en torno al No teníamos que, al menos durante el período de transición, trabajar unidos hacia adelante.

Hubo un cambio fundamental en nuestras mentalidades: a partir de ese momento, y en el trasfondo de nuestras conciencias, sabíamos que debíamos entregarle gobernabilidad al país. Por lo tanto, la forma en que se hicieron las negociaciones durante el tiempo que va desde el triunfo del No hasta el 11 de marzo de 1990, fue parte de un ejercicio del futuro Gobierno. El triunfo en el plebiscito marcó el fin de la lucha contra la dictadura, y debíamos trabajar para la reconstrucción de los puentes necesarios que unieran Chile, restablecidas ya las libertades conculcadas, sentando las bases materiales necesarias para iniciar políticas sociales en beneficio de los chilenos abandonados a la suerte del mercado. Se trataba, entonces, de constituir un Gobierno que aplicara políticas que satisfacieran las modestas necesidades de esos cinco millones de chilenos que en 1988 vivían en la extrema pobreza.

Se iniciaba otra etapa. Como algo obvio y casi sin discutirlo entre nosotros, transformamos la Concertación de Partidos por el No en la Concertación de Partidos por la Democracia. Entendíamos que tras el plebiscito era indispensable mantener la unidad entre los demócratas, no obstante que teníamos visiones ideológicas diversas. Sabíamos que, pese a esas diferencias, se debía definir un programa común por el bien de Chile y que gobernaríamos también para todos los chilenos, incluidos aquellos que habían sido partidarios de la dictadura. Buscar el entendimiento era esencial, así como desmontar tantos enclaves autoritarios que permanecían intactos. El No era un triunfo democrático de la ciudadanía, pero el edificio de la dictadura todavía se mantenía intacto. La tarea no sería fácil. El relato de aquellos procesos, de esas experiencias y de los múltiples acontecimientos que ocurrieron estarán contenidos en el segundo volumen de estas memorias.

Para escribir este libro conté con la colaboración de un grupo de historiadores encabezados por Alfredo Riquelme Segovia, e integrado por Marcelo Casals Araya, Joaquín Fernández Abara y Bárbara Silva Avaria, a quienes agradezco su trabajo, ejecutado con esmero y profesionalismo. Este equipo tuvo acceso al archivo de la Fundación Democracia y Desarrollo, que es tal vez uno de los más completos en materia de historia política de Chile en los últimos treinta años. Los historiadores utilizaron otras fuentes primarias, así como bibliografía secundaria, reuniendo y organizando información relevante acerca del tiempo que me ha tocado vivir y de nuestra historia política entre 1938 y 1990.

A lo largo de dos años, este equipo sostuvo un total de veinte entrevistas conmigo relativas a este período de medio siglo. Los diálogos fueron grabados y transcritos, convirtiéndose mis respuestas en la base para escribir este libro. Si bien los historiadores preparaban un pequeño temario o agenda para cada reunión, allí yo hablaba libremente, dejando que surgiera lo que acudía a mi memoria, y por eso el nombre que le he dado a este prólogo (que un amigo me sugirió podría ser el del libro, pero finalmente opté simplemente por Mi vida). Efectivamente, las conversaciones eran fluidas y a ratos un poco incisivas e inquisitivas, como correspondía. Estoy agradecido y contento de aquellas sesiones de trabajo, porque gracias a ellas los recuerdos se hicieron más nítidos y consistentes. La posterior tarea de investigación de ellos fue muy importante para precisar fechas, nombres y el contexto donde ocurrían dichos acontecimientos.

Los documentos preparados por este equipo permanecen en la Fundación, y están disponibles para los estudiosos que quieran conocerlos, tanto los resúmenes de las notas de prensa a las que tuvieron acceso, como de la investigación realizada en minutas breves sobre sucesos que les parecieron relevantes a partir de las conversaciones conmigo.

El trabajo de este equipo fue posible gracias al apoyo de la Fundación Carolina de España, en ese tiempo dirigida por Rosa Conde, a la cual expreso mi agradecimiento. De igual manera, agradezco el tremendo esfuerzo editorial, que a partir de lo que yo escribía, ha realizado Juan Andrés Piña, cuya contribución ha sido tremendamente valiosa, en estos más de dos años de colaboración. De paso, creo haber ganado un amigo. A medida que el libro que usted tiene en sus manos iba tomando forma, pedí algunos comentarios a amigos, como Eugenio Tironi, y otro que piensa que su contribución es modesta y, a su pedido, permanecerá en el anonimato. También, a ratos, estuvo la mirada de mi mujer, Luisa, quien me ayudó, corrigió errores y mejoró estas páginas.

Esta no es una historia de la política chilena. No era mi propósito ni tengo aptitudes para ello. Es el relato de cómo fui viviendo y percibiendo el desarrollo de la sociedad chilena en el medio siglo que cubre este volumen, a ratos como actor, aunque la mayor parte como un observador que está mirando la historia desde fuera o, más precisamente, desde la orilla de la historia.

Como siempre, Angélica Alzamora, mi secretaria, ha tenido la paciencia infinita de transcribir las también infinitas versiones del texto. Porque, digámoslo con franqueza, cada vez que se relee un libro como este surgen nuevas ideas, nuevas correcciones, nuevas notas de pie de página. Como me dijera una vez con mucha razón Carlos Fuentes: «Hay un momento en que se debe decir basta, hasta aquí llego, y no volver a mirar el texto, porque si no tendría nuevas transformaciones». Concluyo que ha llegado el momento de hacerle caso a Carlos Fuentes.

Finalmente, quisiera pedir excusas adelantadas, porque en ocasiones lo que me dictó la memoria puede haber sido fruto de una memoria defectuosa. Es posible que existan algunos errores y que ciertas evocaciones me hayan jugado una mala pasada. De igual manera, de más está decir que esta vida ha sido también una vida con muchos y muchas, y no obstante que uno intenta recordarlos a todos quienes fueron determinantes en la vida personal y en la colectiva de Chile, es una tarea prácticamente imposible. Mis disculpas a aquellos que, habiendo sido indispensables, no aparecen como un testimonio escrito.1

Igualmente, he tratado de hacer referencias a los miembros de mi familia que aparecen en distintos períodos de mi vida. Sin embargo, también he hecho un esfuerzo por guardar la privacidad, no por mí, sino por ellos. Porque, como me han dicho más de una vez: «El que eligió el camino de una vida pública fuiste tú y no nosotros». Sin embargo, está muy claro que la familia es esencial para lo que narro en estos cincuenta años y también para lo que vendría después. A ella, mi reconocimiento, mi gratitud y el cariño de siempre del esposo, padre y abuelo. Lo mismo vale para quienes ya no están y que aparecen en estos capítulos con mucha fuerza, por las enseñanzas, los valores y el afecto que me transmitieron.

RICARDO LAGOS ESCOBAR

Noviembre de 2013

PRIMERA PARTE. UNA EDUCACIÓN PÚBLICA (1938-1960)

PRIMERA PARTE

UNA EDUCACIÓN PÚBLICA

(1938-1960)

Saque usted un cartón y llegará a ser alguien en la vida.

MI MADRE, EN LA DÉCADA DE LOS CINCUENTA DEL SIGLO XX… ¡CUANDO ERA VERDAD!

CAPÍTULO 1. Ñuñoíno e institutano

CAPÍTULO 1

Ñuñoíno e institutano

Es difícil saber en qué medida nuestros primeros recuerdos son auténticos y cuántos corresponden a lo que se nos ha contado después. Muchas de las páginas que siguen acaso están escritas sobre la base de los relatos que escuché a medida que crecía. Probablemente nunca lo lleguemos a distinguir con tanta claridad y a lo mejor tampoco importa: los seres humanos somos una combinación de experiencias y memorias, de vivencias y relatos.

LAS CASAS DE LA INFANCIA

Nací el 2 de marzo de 1938, al final del verano, en la desaparecida clínica Carolina Freire, ubicada en la calle Maturana, del barrio Yungay. Por aquellos años mi familia vivía en la calle Catedral número 2038, en una casa que ya no existe, entre Baquedano y avenida Brasil. Era una casa típica del lugar, con una puerta y ventanas que daban directamente a la calle: a un lado estaban el living y el comedor, y en el otro, los dormitorios. Yo no me acuerdo, pero mi madre me contó después que había dos patios en la parte trasera: en el primero se encontraba la cocina y en el segundo los cuartos para los empleados.

Mi padre se llamaba Froilán y mi madre Emma. Él había enviudado y se casó con mi madre en 1924. Existía una gran diferencia de edad entre ambos: al casarse, ella tenía veintiocho años y él cincuenta y ocho. Por más de trece años, mi madre no había podido quedar embarazada. Cuando en 1937 sintió la necesidad de ver al médico de la familia porque tenía algunas molestias, lo hizo acompañada de su madre, mi abuela Margarita. Después de examinarla, él le preguntó a mi abuela: «Señora, ¿está usted preparada para recibir a un nieto o una nieta?». Fue una tremenda sorpresa para todos, porque se creía que este matrimonio ya no tendría hijos. A veces he pensado que tal vez la familia Escobar no era muy proclive a dejar descendencia, porque mis tías Fresia y Leontina nunca tuvieron hijos y la tía Rebeca solo tuvo una hija, mi prima Frida.

Cuando nací, pesé tres kilos y doscientos gramos. Era muy delgado y malo para tomar leche, y como mi madre la tenía en abundancia, amamantó a otro niño cuya madre no la tenía, lo que era frecuente en esa época. Tuve lo que se llamaba «un hermano de leche». ¿Qué fue de él? Nunca lo supe.

En mi hogar no se practicaba la religión. Sin embargo, como mi abuela era católica, a escondidas del resto de la familia me llevó a bautizar a la iglesia de los Capuchinos. Ella fue mi madrina y el hermano menor de mi madre, Humberto, el padrino. Las evocaciones de esos primeros años en aquella casa de Catedral no van más allá, excepto una escena que se me quedó grabada. Un día oscuro, de lluvia muy intensa, entraron a robar en una casa del vecindario y esto produjo una cierta conmoción. Recuerdo haber visto a través de la lluvia a un vagabundo guareciéndose en un zaguán del frente, y una de las empleadas diciéndome: «Ese debe ser el ladrón». Me provocó una fuerte impresión, ya que nunca había visto a alguien vestido con harapos.

Era enfermizo. Las amigdalitis eran frecuentes, a ratos dificultándome respirar. Como ocurría con muchos niños en esa época, el temor de que muriera era grande. El propio médico le había dicho a mi madre que —como a ella le gustaba recordar— «no todos los niños sobreviven». Esto la molestó y cambió de doctor. Como sea, a los tres años me operaron de las amígdalas, que en ese tiempo era «la edad aconsejable». Para mejorar mi salud, la solución fue «cambiar de aire» e ir a vivir al barrio alto, donde era más puro y más limpio. Esa fue la razón por la cual en noviembre de 1941 nos mudamos del centro de Santiago a la casa de calle Manuel Montt 2481, en Ñuñoa, a una cuadra y media de Irarrázaval. Yo todavía no cumplía cuatro años.

Con el tiempo esa casa fue demolida, cuando comenzaron a construirse edificios en la zona. Mi madre había descartado irse a la calle Napoleón en Las Condes —que era la otra alternativa que había encontrado—, porque mi tía Rebeca, que en ese tiempo vivía con nosotros, hacía clases en el Liceo 1 y para ir y venir al centro de Santiago hubiese tenido que cruzar diariamente el canal San Carlos, que era peligroso por las noches.

Recuerdo perfectamente la impresión al entrar en el nuevo hogar porque, a diferencia de la casa anterior, aquí había un antejardín, una mampara con vidrios, un pasadizo y enseguida otro jardín, hacia el interior. Era una casa iluminada, al menos comparándola con aquella de la cual veníamos. Sin embargo, el mayor impacto fue que, si bien la casa estaba empotrada en un sitio angosto de 11 metros de frente, tenía hacia el interior más de 55 metros. Donde terminaba la casa propiamente tal comenzaba un patio, después había un jardín y más allá una reja. Detrás de esa reja corría una acequia y al final de todo había una porción de tierra con damascos y ciruelos ya crecidos. Fue mi primer contacto con lo «rural».

A esta emoción primeriza se sumaba el hecho de que la casa tenía dos pisos.

En el primero estaban los amplios recibos, el living, el comedor y un escritorio que se usó durante dos años como el dormitorio de mi abuela Margarita, ya que le costaba subir la escalera y tenía problemas al corazón. Con mi madre y mi padre nos instalamos en el segundo piso, que tenía tres dormitorios y un baño, más una pieza pequeña que no sé para qué servía. En el patio había un hermoso parrón ya desarrollado que mi madre se preocupó de mantener. En aquellos años la vi trabajar cotidianamente en el patio. Le gustaba cultivar las rosas y un plumbago que crecía azul en unas jardineras que ella construyó. Recuerdo la impresión que al comienzo sentí al contacto con la tierra y con esa acequia que pasaba por atrás, donde circulaba el agua para regar los predios. Esa tierra, entre negra y plomiza que aparecía cuando se retiraban las aguas, la recordé algunos años después cuando me hablaron del légamo que dejaba el río Nilo en Egipto: así me lo imaginaba. Y pensaba, entonces, que la del Nilo tenía que ser una tierra muy fértil porque allí, en esa humedad en el patio de mi casa, crecían frondosos árboles frutales, en especial damascos. Todo era una novedad, ya que nada de esto había en la calle Catedral. Y novedad eran también los árboles altos y crecidos. Una vez junté unos palos e hice una casa arriba de ellos. Tal vez porque quedó tan mal hecha es que después, de abuelo, he intentado hacerlas un poco mejores para los nietos. Con poco éxito, sin embargo: ahora, nietos más exigentes las piden con puertas y ventanas…

Ñuñoa era todavía una comuna con mucho de campo. Recuerdo que tres o cuatro casas hacia Providencia había un establo con vacas y hasta un caballo. Allí se ordeñaba y se repartía leche. Ya un poco más grande iba a jugar fútbol a unos sitios eriazos en la calle Antonio Varas esquina Simón Bolívar; solo en la década del cincuenta se urbanizó ese sector.

LA FAMILIA MÁS CERCANA

La familia con la cual tuve mayor contacto en la niñez fue la de mi madre y su influencia contribuyó fuertemente a mi formación. Mis abuelos, Ricardo Escobar Gajardo y Margarita Morales Labarca, se habían conocido en Rengo, de donde eran ambos. Provenían de familias acomodadas de la zona. Se casaron a finales de 1880 y tuvieron ocho hijos: Fresia (1891), Ernesto (1892), Rebeca (1894), mi madre (1896), Leontina (1904) y Humberto (1905). En una oportunidad vi la libreta de familia de mis abuelos y constaté que habían nacido también otros dos varones que murieron a poco de llegar al mundo, algo habitual en aquella época.

Cuando mis abuelos se casaron, él entró a desempeñarse como agente del Banco Caupolicán, en Rengo. Ese banco lo había fundado un acaudalado agricultor de San Fernando, connotado partidario del Presidente Balmaceda. En esos tiempos los bancos tenían derecho a emitir billetes y me produjo mucha emoción cuando bastante tiempo después recibí un par de ellos, precisamente del Banco Caupolicán. Para mi familia el resultado de la Guerra Civil fue poco venturoso, ya que todos eran balmacedistas. Según recordaba mi madre, en Rengo se recibía el diario El Ferrocarril, que llegaba en el tren de las seis de la tarde, y en la noche lo leían en voz alta para conocer los acontecimientos del día.

Como resultado de la Guerra Civil y de la muerte del Presidente Balmaceda, mi abuelo se quedó sin trabajo, porque el Banco Caupolicán se disolvió y debieron regresar a «la isla», como le llamaban a la casa que tenían muy cerca de Rengo los abuelos de mi madre (José Jesús Morales y Margarita Labarca). Le daban ese nombre porque a veces el río Claro se salía de su curso y la casa quedaba aislada, sin conexión con Rengo. Había otro sector llamado La Moralina, por la cantidad de personas con el apellido Morales que lo habitaban.

Esta casa estaba en un fundo grande, que incluso tenía una pequeña capilla. Otros hermanos de Margarita también vivían ahí, como la tía Filia, a quien conocí y que era la hermana menor de las Morales Labarca. A pesar de su extensión, el fundo no alcanzaba para acogerlos a todos y mi abuelo Ricardo, con su profesión de contador, tuvo que venirse a Santiago y entrar a trabajar en la firma Williamson Balfour. Era el año 1903.

Nunca mi madre me lo relató con franqueza, pero no me cabe ninguna duda de que el cambio tiene que haber sido doloroso. Estuvo obligada a emigrar cuando apenas tenía siete u ocho años y adaptarse, desde la vida rural de ese fundo, a las dos o tres piezas que arrendaron en Santiago donde se alojó toda la familia hasta encontrar un lugar mejor. Le significó salir de una economía casi autárquica —o muy poco dependiente del exterior— a otra donde ya no sería posible sobrevivir prescindiendo del dinero. En el campo, el dinero era menos necesario, pues buena parte de la subsistencia provenía de la propia tierra y sus cosechas, al punto de que todos los días se servían hasta cuatro platos de comida y al final se colocaba una fuente sopera con abundantes porotos por si alguien había quedado con hambre. Como para tantas otras familias, la monetarización de las necesidades fue parte del choque cultural que acarrea la migración campo-ciudad, así como la obligación de adoptar nuevas costumbres. Durante el verano viajaban hasta Rengo para visitar al resto de la familia que permanecía ahí.

De este cambio se hablaba muy poco y se teorizaba menos. Muchos años después fui a Rengo con mi tío Ernesto a ver la casa de «la isla», que estaba muy derruida. Recuerdo que raspó un poco la pared y emergió la tela con la cual estaban forrados los muros, y los dibujos que allí aparecieron le produjeron una honda emoción. Quizá la nostalgia del campo lo llevaba a insistir respecto de la importancia de poseer tierras. Para él era volver a las raíces. Ya anciano me decía que le gustaban las películas del oeste norteamericano, porque mirando a los caballos evocaba la vida al aire libre en el campo.

Con posterioridad, mis abuelos arrendaron una casa en la calle Catedral, aunque ahí los ingresos de él ya eran importantes. Entre 1905 y 1937 (año en que falleció) trabajó en la Casa Gibbs (aunque puede haber sido Saavedra Benard, otra importante cadena comercial de la época). Al morir, y como una forma de ayudar a la familia, el empleador le ofreció a mi abuela un puesto como empleado para alguno de sus hijos, pensando tal vez en mi tío Humberto, que había estudiado Agronomía. Pero no fue necesario, porque ya todos trabajaban.

El hogar de mis abuelos en la calle Catedral fue constituyéndose como típico de la clase media urbana: aquella que debió emigrar del campo a la ciudad y que tenía clara conciencia de que la educación era el elemento fundamental para surgir en la vida. Todos los hijos tuvieron una profesión y muy ligada a la carrera docente: la mayoría fue profesor de Estado o normalista. Mi tío Ernesto estudió en el Instituto Pedagógico y se recibió de profesor de historia y geografía; al mismo tiempo hizo los cinco años de Derecho («Leyes», se decía en ese tiempo), pero nunca hubo una memoria «a la altura» de su inteligencia y no se recibió de abogado.

Mi tía Fresia era profesora de castellano e hizo clases en los liceos 3 y 5, donde fue inspectora general. Mi tía Rebeca estudió en un instituto que en ese tiempo era el equivalente a la educación de párvulos. Se especializó en enseñar las primeras letras a los niños y niñas: durante más de cuarenta años fue la profesora de segunda preparatoria en el Liceo de Niñas n.° 1 Javiera Carrera. Mi tía Leontina fue profesora de educación física y, al igual que mi madre, se recibió de profesora de piano. Ambas fueron concertistas del Conservatorio Nacional de Música. Mi tío Humberto fue ingeniero agrónomo y se desempeñó en distintos puestos vinculados al Ministerio de Agricultura, sobre todo en la administración de fundos pertenecientes al Estado. Ahora me doy cuenta de que, sin saberlo, fui criado en torno al mundo de la educación.

Estas cuatro hermanas, con tres de las cuales conviví durante un largo tiempo, tenían caracteres muy diferenciados. Mi tía Fresia, la mayor, concitaba la admiración de las otras por su inteligencia, por su capacidad de trabajo y porque destacaba en sus condiciones naturales de liderazgo dentro de la casa y, más importante aún, fuera de ella. Muy temprano se vinculó a los grupos femeninos que exigían, entre otras cosas, el derecho a sufragio para las mujeres, y estableció un contacto muy estrecho con la educadora Amanda Labarca y las otras personas que participaban en lo que se llamaba el Club de Señoras, donde mi tía desempeñó el cargo de tesorera y otros puestos relevantes.

Mi madre, al igual que las tías Rebeca y Leontina, tenía por ella una devoción verdadera. Por eso su muerte trágica, a los cincuenta y siete o cincuenta y ocho años, produjo una tremenda conmoción. Lo recuerdo porque yo tenía solo once años y dejó una huella imborrable en mi vida. Fresia pasó a ser un nombre mencionado siempre, ante cada evento: «¿Qué habría pensado Fresia? ¿Qué habría hecho Fresia? ¿Cómo sería la decisión que habría tomado Fresia?».

Mi tía Rebeca, toda dulzura, era la persona cálida que protegía, amparaba y comprendía, la que justificaba las acciones de cada uno. Nunca le escuché un reclamo ni un regaño. A lo sumo decía: «Esta Emma, ¿no?», que era como decir: es su carácter, es así… Mi tía Rebeca vivió siempre de la casa hacia adentro.

Distinto fue el caso de mi tía Leontina, la menor de las hermanas. Debido a su matrimonio con Rodrigo González y la vida diplomática que llevó, por su carácter comunicativo, por ser una gran conversadora, por interesarse en lo que pasaba en el mundo, era, como alguien diría, una persona extrovertida: no mundana, pero sí con don de mundo. Fue a través de ella, como digo más adelante, que tuve mi primera visión de aquello que estaba más allá de Chile y fue a partir de ella que aprendí cosas como el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, las primeras reuniones que se hacían en la Asamblea de Naciones Unidas bajo la dirección de Hernán Santa Cruz y cómo en aquel tiempo se iba de Nueva York a seguir las deliberaciones en Ginebra, usando normalmente un barco para cruzar el Atlántico.

Para un niño como yo, de diez o doce años, que vivía en ese Chile tan aislado y alejado de todo, aquello era simplemente fascinante. Recuerdo que en una ocasión llegó con Rodrigo de uno de sus viajes y se alojó en nuestra casa de Manuel Montt. Alguien trajo de regalo una caja llena de un conjunto infinito de chocolates, tantos, que yo descubrí que sacar uno no se notaría. Lo grave es que lo fui haciendo durante un mes y en algún momento mi tía hizo un chiste al respecto: que un ratoncito se comía los chocolates…

Mi madre era de carácter fuerte, quizá porque tuvo que luchar mucho en la vida: luego de casarse, mi padre enfermó y ella tuvo que salir adelante con las tareas en la chacra de Bellavista, y luego debió buscar formas de vender algunos paños de terreno para poder construir casas y vivir de los ingresos que producían esos arriendos. Hacia 1957, mi tía Leontina se separó de Rodrigo. Habían adoptado dos niños, Leontina Ximena y Rodrigo, ambos de seis años, y con los cuales llegó a vivir a nuestra casa de Manuel Montt. Conviví con ellos hasta enero de 1961, cuando, recién casado, me fui a Estados Unidos. Al volver, aproximadamente en marzo del 1963, mi tía Rebeca enviudó y como resultado de ello entregó su casa de la calle Cumming para que Frida, su hija, ya casada con Fernando Ansaldi, pudiera comprar una.

Me he adelantado un poco, pero es para explicar que a partir de ese momento, Rebeca, con la empleada que siempre la acompañaba —Luzmira o Luzmila—, se fue a vivir a un departamento que mi madre había construido en la calle Manuel Montt, y de ahí entonces que estas tres hermanas, solas, pasaron a vivir en esa casa y para mí simbolizó la familia permanente. Llegar allí era llegar a hablar con mi madre y mis tías, cada una con su carácter, cada una con sus cuentos, cada una con sus historias. Pero también tenía el sentido de estar protegido y tener seguridad en esa casa de Manuel Montt. ¿En qué medida el ambiente va formando la personalidad futura de alguien? ¿En qué medida uno termina siendo tributario de esos caracteres? ¿Cómo puede uno decir que a lo mejor obtuvo algo del liderazgo de tía Fresia o de la inteligencia emocional de tía Rebeca? ¿O el sentido del deber que trataba de inculcarme mi madre o de la visión de mundo de Leontina?

Era una familia deportista. Prácticamente todos jugaron tenis en la Quinta Normal. El administrador de este lugar era Roberto Lizana, que había comenzado siendo pelotero y que era padre de la posterior campeona chilena Anita Lizana. A mi madre le gustaba recordar que cuando Anita iba a partir hacia Wimbledon, todas las tenistas de la Quinta se juntaron para hacer «el ajuar» que debía llevar. El marido de mi tía Rebeca, Julio Conn, también era muy aficionado al tenis, pero como era mayor, optaba por hacer de árbitro. Fue en ese carácter que a los dieciocho años me llevó a la Quinta Normal a aprender a jugar tenis. Por desgracia, no lo continué —me quedaba muy lejos de la casa—, porque después descubrí que probablemente hubiera sido bueno en ese deporte.

Mis tías Fresia y Rebeca comenzaron a hacer sus clases poco antes de titularse y también mi madre, con su enseñanza de piano, que dejó al momento de nacer yo. Mi tía Leontina se casó joven con Milos Dvorak, un checo que llegó a Chile con motivo de un gran jamboree de los Scouts. Ello, porque mi tío Humberto participaba de las actividades de los Scouts. A finales de la década del veinte hubo un jamboree internacional y llegaron delegaciones de todos los países. Fue en esa delegación cuando Milos llegó a Santiago, conoció a Leontina, se quedó en Chile y se casaron. Creo que entró a trabajar en Impuestos Internos, pero por desgracia tuvo un tumor en el cerebro y murió muy joven. No alcanzaron a estar casados más de tres años. Fue un golpe muy fuerte para ella y esa fue la razón por la cual decidió, habiendo ya terminado los estudios de piano, entrar al Instituto de Educación Física y recibirse de profesora en esa especialidad. Era una forma, le dijeron, de olvidar lo que había ocurrido. De Milos quedó un grato recuerdo en la familia, por su carácter, alegría y espíritu de camaradería. Materialmente nada de él permaneció, salvo un libro en checo con unos hermosos grabados que era, según se decía, la historia de Checoslovaquia. Yo miraba las láminas y los dibujos y me costaba imaginar cómo sería ese país del centro de Europa. ¿Qué habrá sido de ese texto? En aquellos años parecía casi imposible que alguien de esas latitudes migrara para estos lados.

Después, al finalizar la década de los treinta, mi tía Leontina se casó con Rodrigo González, abogado, hijo de Carlos Roberto González, un viudo que a su vez le propuso matrimonio a mi tía Fresia. En una ocasión, mi tío Ernesto me contó que cuando eso ocurrió, mi abuelo Ricardo llamó a Carlos Roberto, diciéndole que él no estaba convencido de ese matrimonio y que él no era lo mejor para su hija Fresia. No obstante, igualmente se casaron, protagonizando con el tiempo una tragedia familiar de grandes proporciones. Carlos Roberto, según mi tío Ernesto, había tenido actuaciones extrañísimas como juez. Al momento de casarse era juez en San Felipe y contaban que unos años antes había embargado un ataúd de un ciudadano boliviano que había fallecido en Antofagasta y tenía algunas cuentas impagas. Carlos Roberto era juez en esa ciudad y como el ataúd tenía muchos adornos de plata, el embargo era hasta que sus descendientes pagaran las deudas. Luego, Carlos Roberto renunció al Poder Judicial y fue director nacional de Estadísticas.

Mi tía Rebeca se casó con un primo de ella, Julio Conn Escobar, hijo del emigrante Erwin Conn, que había llegado de Alemania y se había casado con mi tía abuela Arabella Escobar, hermana de mi abuelo Ricardo. Los Conn Escobar eran tres hombres y una mujer: Julio y Francisco (eran gemelos), que se casó con Anita Tesh de Conn; Fernando y Maruja, que se casó con Guillermo Petzold. Este último fue durante toda su vida profesor y director de las escuelas de artes y oficios en el ámbito de la minería, primero como director de la Escuela de Minas de Copiapó y después como profesor de la Universidad Técnica del Estado, en Santiago. Fernando Conn se casó y tuvo un hijo, Hugo Conn, que siguió la carrera de Geología y se recibió en la Universidad Técnica del Estado.

Mi tío Humberto se casó con Irene Rosende, hija de un conocido agricultor de Los Andes, Luis Rosende. De este matrimonio nacieron Ricardo y Humberto. Ricardo era unos diez meses menor que yo, y Humberto, dos años. Con Frida, hija de mi tía Rebeca, tuvimos una buena amistad, ya que ella y sus padres vivieron un tiempo con nosotros y luego se fueron a una casa en la calle Cumming, cerca de Catedral. Ahí Frida comenzó a estudiar intensamente piano (hoy es una concertista) y los esfuerzos que se hicieron para que yo aprendiera fueron infructuosos. Comenzamos juntos con el llamado Método Beyer, aunque yo nunca logré pasar de las primeras lecciones. Fue un fracaso total. Recuerdo que cuando Frida iba a preparar su primer concierto, uno de Haydn, yo colocaba el disco en mi casa y ella lo escuchaba al teléfono para poder descubrir la mejor la forma de interpretarlo.

El piano y la música existieron siempre en la casa de mi madre y ella hasta el final era capaz de tocarlo. Ya muy anciana, se sentó al piano, puso la partitura y no fue capaz de leerla. Le produjo una gran amargura. Cuando falleció, en marzo de 2005, a los ciento ocho años, fue mi prima Frida quien interpretó la sonata Patética, de Beethoven, en el responso de la iglesia de la Anunciación, en la plaza Pedro de Valdivia. La música me seguiría acompañando con pasión toda la vida, como fuente de placer y estímulo.

Con Ricardo y Humberto tuve una relación más cercana, no tanto en Santiago sino cuando ellos me invitaban a Los Andes. Allá, el padre de la tía Irene tenía un fundo llamado Paidahue, que quedaba entre Los Andes y Portillo. Era extensísimo o, al menos, así me parecía a mí. Ellos se iban a pasar ahí el verano, las vacaciones de invierno, las Fiestas Patrias y siempre me invitaban. En esos campos empecé a descubrir un mundo absolutamente ignorado para mí. Con motivo de una trilla, recuerdo haberme hundido totalmente en ese trigo recién cortado. También intentaba cazar mariposas, culebras y demás animales, y cualquiera hubiera pensado que aquello era demostrativo de una curiosidad científica. Tal vez era solo curiosidad…

MI PADRE FROILÁN

Mi padre Froilán tenía una parcela en Bellavista, como se le decía en ese tiempo a lo que es hoy la comuna de La Florida. Estaba frente a la estación del ferrocarril y colindaba con la actual avenida Walker Martínez. No era grande (una extensión de 2,4 hectáreas), pero allí había productos agrícolas que permitían un ingreso familiar, gracias a que se vendían en Santiago. Mi padre había sido un agricultor importante en la zona de Ñuble, donde había nacido. Tuvo fundos en Coihueco y Chillán. Luego de venderlos, se trasladó a Santiago y compró la parcela de Bellavista.

Mis padres se conocieron en la calle Catedral, porque vivían muy cerca. Como dije, entre ambos había treinta años de diferencia. Él ya tenía hijos grandes de su primer matrimonio, tres varones y una mujer. Cuando se casaron en 1924, los hijos de mi padre se molestaron, probablemente por razones de herencia. Nunca tuve relación con ellos.

Mi padre murió cuando yo tenía ocho años, en junio de 1946. Varios años antes, cuando yo no había nacido, lo afectó una hemiplejia que lo dejó parcialmente paralizado. Según mi madre, cuando esta parálisis le llegó al corazón, se murió. Al momento de producirse el primer ataque, mi madre estaba embarazada de mí y vivían todavía en esa parcela de La Florida. Debido a los innumerables problemas médicos, aquella enfermedad los obligó a venirse a Santiago, porque en realidad estaban en pleno campo.

Tengo escasos recuerdos de mi padre. El más persistente es en la casa de Manuel Montt, en el segundo piso, en lo que era el dormitorio de ambos. Allí, mi padre estaba acostado siempre: desde el año 42 o 43 nunca más se levantó. Hay una imagen que se mantiene en mi recuerdo: una vez lo sacaron de la cama para pasarlo a la terraza que estaba al lado —debía haber una distancia de diez metros o menos—, lo sentaron en una silla y ahí tuvimos un almuerzo dominical, por decirlo así, al aire libre, con mucho sol. Es la única imagen luminosa que guardo de él. Curiosamente, tengo recuerdos más vívidos de mi abuela Margarita: aunque murió cuando yo tenía solo cuatro años, veo claramente las veces en que buscaba su protección cuando me iban a castigar o me perseguían para darme los repugnantes remedios con que acostumbraban a asediar a todos los niños.

Igualmente, tengo también una fuerte evocación de Ana Rivas, la empleada que durante largos años trabajó con nosotros. En las tardes de invierno me solía esperar a la vuelta del colegio con el brasero prendido calentando pan con chicharrones y queso derretido, y un mate. Era una mujer buena, querendona, quizá la única que me malcriaba, me protegía de los retos maternales y me enseñaba cierta sabiduría básica de la vida.

La mañana en que mi padre murió, yo estaba en el pequeño colegio de Ñuñoa donde hice mis primeros estudios. Entonces mi tía Rebeca, que estaba en el Liceo 1 haciendo clases, me fue a buscar, cosa que me sorprendió mucho. Me explicó que me llevaría a almorzar a su casa. En la noche tomamos un bus para volver de la calle Cumming hasta Ñuñoa, y ahí ella comenzó a decirme algo vago, como que a veces los papás se van. Yo no entendía nada. Cuando entré a mi casa vi que en el primer piso, en lo que había sido el dormitorio de mi abuelita, habían montado la capilla ardiente. Al ver el ataúd, las flores y las luces me asusté y me puse a llorar. Ahí me explicaron que mi padre había muerto.

Al día siguiente fue el funeral y entraba y salía gente de la casa. Me habían puesto un trajecito algo mejor, conscientes de la solemnidad de la ocasión. De pronto sonó el timbre y yo salí a atender. Afuera venía entrando un señor arrodillado que lloraba. Rápidamente fui donde mi mamá, la abracé y le dije: «Mamá, viene un señor caminando y parece que no tiene piernas, porque está entrando arrodillado». Era uno de los hijos de mi papá.

Debido a su enfermedad, no era fácil tener una relación normal con él. Con el tiempo he pensado que los años finales de mi padre deben haber sido dolorosos. Uno de los pocos recuerdos claros que mantengo es haberlo visto tirar un plato que se hizo añicos en el suelo, porque la empleada se había demorado en atenderlo. Me dio susto verlo tan indignado. Después supe más de su historia y de su temperamento. Cuando yo era mayor, mi tío Ernesto me decía: «Sacaste el carácter de tu padre, porque eres muy tranquilo. Él era un hombre sereno».

LA IMPORTANCIA DE MI TÍO ERNESTO

Mi tío Ernesto Escobar Morales fue clave en mi infancia y adolescencia. Después de mi madre es a quien sentí más cercano. Era un hombre conversador y de gran inteligencia y cultura. Tenía buena figura, aunque él se consideraba «feúcho». Mostraba desinterés por el dinero, no así por las mujeres. De una manera u otra lograba lo que quería. Ernesto se casó con Mariíta Cerda. La forma de conocerla fue típica de él. Un día, saliendo del ascensor de un edificio céntrico, la vio y su belleza lo enamoró inmediatamente. Entró de nuevo al ascensor y se bajó detrás de ella, en una oficina de abogados del noveno piso. La esperó, la abordó y consiguió conquistarla. Era una mujer joven que, según se descubrió al poco tiempo de casados, tenía tuberculosis. Él, con plata que no tenía porque la dilapidaba toda, se compró una propiedad en San Alfonso para que su esposa pudiera respirar aire cordillerano. Sin embargo, algunos años después Mariíta murió de su enfermedad, con todo el drama que ello implicó. Él nunca dejó de tener a su lado una fotografía de ella.

Incursionó muy joven en la política, desde los veinticuatro años. Participó en el Partido Liberal y allí trabajó con intensidad en la candidatura de Arturo Alessandri para derrotar a Eliodoro Yáñez en la interna de la Convención Liberal, que lo proclamó para la elección presidencial de 1920. Su trabajo lo llevó a ser elegido diputado por Llanquihue y Carelmapu por el período 1921-1924, una vez que el «León» (como se le decía a Alessandri) fue elegido Presidente.

En la Cámara integró la Comisión de Obras Públicas y fue reemplazante en la Comisión de Legislación Social. En esos tiempos no existía la dieta parlamentaria, esto es, que los parlamentarios tuvieran un sueldo. La mayor parte de ellos eran agricultores y por eso las sesiones ordinarias comenzaban el 1 de junio y terminaban el 18 de septiembre. Era la época en que los legisladores propietarios del campo tenían pocas tareas agrícolas que hacer y venían a pasar el invierno a Santiago.

Él me abrió los ojos respecto de la política, del sentido común que había que aplicar en su ejercicio, y me narraba ciertas anécdotas ejemplares en este terreno. Me explicaba que se retiró de la política el año 24 o 25: no quiso seguir participando cuando sintió que en el Partido Liberal le habían hecho una encerrona al final de la primera administración de Alessandri, con motivo de una elección complementaria. Conoció en esa ocasión lo duro que fueron las deslealtades de aquellos que eran sus compañeros de partido. Nunca más regresó a la política activa.

Mantuvo siempre una buena relación con el Presidente Alessandri y tenía infinidad de historias que se habían originado en las tertulias que en aquellos tiempos se hacían en La Moneda después de las siete de la tarde, cuando terminaba el trabajo y los hombres se juntaban «a comentar los sucesos del día». En una ocasión, el León le contó sobre la designación de un funcionario como comisario de Subsistencia y Precios. Lo llamó a su despacho y le informó del nombramiento. Este le contestó: «Presidente, haré todo de mi parte para desempeñar este trabajo de la mejor manera posible», y Alessandri le replicó: «No, hombre, usted no entiende, yo quiero que no haga nada en ese cargo. ¿No se da cuenta de que es muy difícil disolver este comisariado que inventó la República Socialista? Es difícil suprimirlo. Usted se hace cargo del timbre, pero no haga nada, porque no me interesa un comisario de Subsistencia y Precios». Era el comienzo de la administración en su segunda Presidencia, cuando gobernaría con la derecha.

Decía que la derecha siempre se las ingeniaba para estar en el poder, o bien a través de la plata, o bien gracias a sus mujeres, habitualmente las más bellas. Un caso en el que se apoyaba para corroborar esta afirmación era el de Pedro León Gallo, líder fundador del radicalismo en el siglo XIX. Él era un senador muy rico, de estupenda presencia, pero demasiado revolucionario para su época. Entonces, para aplacar estos bríos, cuando llegó a Santiago los conservadores le presentaron a algunas señoritas muy buenasmozas que pacificaron sus energías reformistas. En todos los análisis políticos, el tío Ernesto me insistía que la derecha sabía atraer a aquellos sectores de clase media dominados por el arribismo, por ese deseo de estar cerca de la clase alta. Ponía como ejemplo que Gabriel González Videla, cuando era Presidente, casara a sus hijas en el Palacio de Cerro Castillo.

Por eso, cuando vio que yo tenía algún interés en la política y en las cosas públicas, me recomendó que lo primero era tener una profesión («sacar un cartón»), ser independiente, hacerse de un nombre o tener fortuna. «Si tienes una posición consolidada», me aconsejaba, «puedes golpear la mesa para que te escuchen, y si no lo hacen, tomas tu sombrero y te vas.»

El tío Ernesto suscitaba en mi madre una mezcla de respeto y de recelo a la vez. ¿Por qué esta contradicción? Por un lado, él era el genio de la familia, el hombre brillante, que irradiaba conocimientos e inteligencia. Cuando Alessandri estaba en campaña, llegaba habitualmente a la casa de mis abuelos a hablar con mi tío. Entonces, cuál no sería la impresión de mi madre, todavía soltera, de tener de visita a este señor, senador de la República y candidato presidencial, que se juntaba a conversar con su hermano. Su admiración fue aún mayor cuando lo eligieron diputado el año 21.

Lo veía como una persona muy capaz, al punto de que estudió dos carreras, Derecho y Pedagogía en Historia. Se recibió de profesor e hizo clases durante mucho tiempo en el Liceo de Aplicación, un lugar importante de la enseñanza chilena, porque ahí se «aplicaban» los métodos modernos, una especie de vanguardia de la docencia. Además, mi tío Ernesto se dio el lujo de escribir dos memorias de título. Como consideraba —según mi madre— que ninguna de ellas estaba «a la altura de su inteligencia», se las regaló a unos compañeros que con ellas se recibieron de abogados. Para mi madre, poseedora de una obsesión enfermiza con esto de «tener un cartón», el asunto le resultaba simplemente incomprensible y frustrante. Era la otra cara de la relación con su hermano: una vida desaprovechada, alguien que se farreó grandes posibilidades. Según ella, si Ernesto hubiera querido, habría llegado a altos cargos públicos. Le reprochaba, además, que fuera desordenado. Mi tío, por su parte, decía que era ordenado: había que dormir ocho horas, no importaba si eso significaba levantarse a las once de la mañana.

Él vivía separado del resto de la familia, nadie lo visitaba. Comenzó a tener sus problemas económicos y residía en un hotel. De vez en cuando me llamaba por teléfono y anunciaba: «Voy a comer allá, dile a tu mamá que me tenga buen vino». En una de estas visitas llegó a la casa con el plano de un gran loteo, y le dijo a mi madre que comprara sitios en esa zona, llamada Lo Saldes, que hoy corresponde a la avenida Kennedy. Le explicó que sería un buen negocio, pero ella no quiso seguir la sugerencia, porque dudaba de su capacidad para los negocios. En otra ocasión convenció a mi madre de que comprara un departamento en la calle Nataniel Cox: ella pondría el pie y él iría cancelando los dividendos, a cambio de vivir ahí. Pero al poco tiempo ya no tenía cómo pagar, lo cual produjo complicadas negociaciones de dinero entre los hermanos. Ernesto tuvo una situación económica angustiosa y frecuentemente le pedía plata prestada a mi mamá.

A partir de 1949 lo vimos con más frecuencia, debido a las trágicas muertes de dos de sus hermanos. Sin embargo, a pesar de esta nueva cercanía, yo fui el único que conoció su casa, una vez que terminé mis estudios en la universidad. Vivía en la avenida Einstein, en la comuna de Recoleta. Recuerdo que en el año 53 o 54, durante la Presidencia de Carlos Ibáñez, llegó un día a cenar y le dijo a mi madre: «Le he dado al Presidente el teléfono de aquí como si fuera mi domicilio. A un Presidente no le puedo decir que no quiero que nadie se inmiscuya en mi casa y por eso le di este número. De manera que si llaman de La Moneda, digan que yo he salido y tú me avisas al teléfono que conoces» (era una oficina que él le arrendaba a mi madre).

Quedé intrigado por esto y le pregunté las razones de una decisión tan extraña. Me respondió que se debía a que Ibáñez lo había llamado para que le diera algunos consejos y asesorías respecto de los temas limítrofes todavía pendientes con Argentina. Efectivamente, él conocía muy bien esas cuestiones. No estoy seguro, pero creo que solo una vez sonó el teléfono de La Moneda preguntando por él.

Muchos años después, cuando yo estaba viviendo fuera de Chile tras el golpe militar de 1973, le pedí a mi tío Ernesto que me mandara por correo recortes con temas políticos de los diarios y revistas nacionales —a los que él añadía comentarios de su puño y letra—, que era un modo elegante de ayudarlo económicamente y yo de estar informado. En los tiempos de Pinochet, cuyos servicios de inteligencia, entre otras cosas, violaban la correspondencia, el tío Ernesto fue convocado a justificar sus envíos. Debe haber sido desconcertante para los agentes de seguridad que apareciera un caballero de estilo antiguo y con más de ochenta años, a dar explicaciones respecto de las cartas que le enviaba a su sobrino.

Ahora me doy cuenta de que mi tío Ernesto fue la primera persona con experiencia política que conocí de cerca y que influyó directamente en mi formación. Él sabía que yo realizaba alguna actividad política, sobre todo en la Escuela de Derecho, pero no me tomaba en serio y me insistía en que me dedicara a sacar mi título. Sin embargo, alcanzó a ver cuando fui presidente de la Alianza Democrática, en diciembre de 1983. Al igual como lo hacía cuando joven, fue a visitarme a la casa para darme consejos, desde «su sentido común político», como lo llamaba. «No está el horno para bollos todavía», me dijo en esa ocasión. «Hay que trabajar mucho más y hay que tener mucho cuidado, porque aún no se ha producido una crisis en torno a Pinochet», cosa que era verdad, aunque él no vivió para confirmarlo: murió en 1984. Ahí recordé que en junio de 1973, cuando se produjo el Tancazo contra el Gobierno de Allende —un oficial sacó sus tropas a la calle— que fue sofocado por el comandante en jefe, Carlos Prats, mi tío opinó que Allende cometió el error de no aplastar de inmediato a los subversivos, dándoles un castigo ejemplificador. «Como no hubo una reacción dura», me pronosticó, «dentro de pocos meses se van a levantar todos y ahí sí que habrá un verdadero golpe militar.» Acertó.

1949: UN ENCUENTRO CON LA MUERTE

El año 1949 fue muy trágico para la familia. En enero, y cuando estaba de vacaciones en Los Andes, mi primo Ricardo contrajo difteria y murió de manera fulminante en pocos días. Para mí fue un tremendo impacto: simplemente me costaba imaginar que no lo vería nunca más. Fue mi primer contacto más consciente con la muerte. Tenía diez años. ¿Qué significa la muerte?, me preguntaba. ¿Nos llegará a todos? ¿Cuál es entonces el sentido de la vida? ¿Por qué le tocó antes a mi primo Ricardo? ¿Habrá algo que lo determina? Eran muchas interrogantes que no sabía resolver.

Hacia finales del año anterior, mi tía Fresia había llegado a vivir a nuestra casa, porque estaba en el proceso de separación matrimonial con Carlos Roberto González. En ese momento ella era alcaldesa de La Granja y debía viajar todos los días desde Ñuñoa hasta la municipalidad, una casona antigua emplazada en el mismo lugar donde hoy se encuentra un moderno edificio. Su marido había amenazado con matarla, cosa que no creyó, por supuesto. Pero una mañana él apareció en las oficinas de la municipalidad y vehementemente pidió hablar con ella. Cuando se asomó desde el segundo piso, en medio del alboroto que se había armado, él, desde abajo, le disparó tres balazos. Mi tía rodó por las escaleras y quedó muy mal herida. Enseguida, él se disparó un tiro en la boca, falleciendo en el acto. Aunque a mi tía la llevaron de inmediato al Hospital Barros Luco, llegó prácticamente muerta.

El hecho fue cubierto por la prensa. Carlos Roberto, antes de dirigirse hacia la municipalidad, llamó por teléfono a un diario de la tarde especializado en escándalos, Noticias Gráficas, y les advirtió lo que ocurriría. Aunque yo tenía solo once años, me di cuenta de que la muerte de mi tía Fresia fue algo devastador para mi madre.

Yo recordaba a Carlos Roberto como un hombre extraño. Cuando estaban casados vivían en una parcela de La Granja, en una zona rodeada de caminos de tierra. Para cruzarlos tenían un buen auto, un modelo de los años cuarenta, al que cuidaban con esmero. Una tarde yo descubrí que era una buena idea dibujar en su superficie con los dedos, aprovechando el polvo que se había acumulado. Estaban en ese momento mi primo hermano Humberto Escobar, que también vivía en La Granja con sus padres, y dos niñas, hijas de los empleados: Millaray y Marisol. Y entre todos trazamos líneas y figuras. Cuando nuestra obra pictórica estaba bastante avanzada, salió Carlos Roberto indignado, gritando: «¡Fusílenlos a todos! ¡Fusílenlos ahora!».

Él se fue deteriorando mentalmente con el tiempo y cuando mi tía no aguantó más, decidió divorciarse. Y ahí vinieron los penosos y característicos trámites de toda separación: qué cosa pertenecía a quién. En medio del conflicto, mi tía decidió que ambos tenían que irse de la casa mientras duraban las gestiones. Carlos Roberto se fue a vivir a las dependencias de los empleados, que estaban al lado de la residencia principal. Cuando ella fue a hacer el inventario se dio cuenta de que estaban robando las pertenencias y debió hacerse una aposición de sellos: un juez la cerró y nadie pudo entrar. Esto simplemente enajenó a Carlos Roberto. Recuerdo que un día mi tía Fresia llegó contando que se había encontrado con él y lo vio delgado y demacrado. En un momento, él le dijo: «Yo estoy muy mal y tú luces muy bien, pero no me vas a sobrevivir».

Hay que pensar en la tragedia que esto significó para la hermana de mi tía Fresia, la tía Leontina, que estaba casada nada menos que con el hijo del asesino. Por suerte, ambos vivían en Nueva York, porque Rodrigo era diplomático y estaba destinado a la delegación de Chile ante Naciones Unidas.

Recuerdo el funeral de mi tía Fresia. Hay unas fotos del sepelio donde aparezco junto con mi primo Humberto, cerca del ataúd, caminando. Me vistieron muy formal, con corbata y chaqueta. A la salida escuchaba las conversaciones, entre los varones especialmente, porque en ese tiempo eran muy pocas las mujeres que acompañaban a los deudos. Ni mi madre ni mi tía Rebeca fueron. En el Cementerio General hubo discursos y tal vez fue una de las primeras relaciones con ese mundo más «oficial», pero al mismo tiempo un período de temprano conocimiento de la muerte. Porque al fallecimiento de mi tía en marzo, y antes de mi primo Ricardo, se sumó, en el mes de mayo, la muerte de mi tío Humberto, cuando venía manejando de regreso de Los Andes en compañía de mi tía Irene y de su único hijo. Un conductor ebrio los chocó a la altura de Colina y él murió instantáneamente. De nuevo me surgieron tantas interrogantes. Que tres personas tan íntimas fallecieran en un período tan corto de tiempo me hizo meditar y plantearme temas vinculados a Dios y la religión; pero eso vendría de manera más profunda después, cuando tuve clases de religión en el Instituto Nacional.

LA GRANJA, LOS LIBROS Y LLOLLEO

La tía Fresia fue otra de esas personas que influyeron fuertemente en mi vida de infancia. Como conté antes, ella vivía en una quinta en La Granja, en la calle Baquedano, a unas cuadras del municipio, y era profesora de castellano en el Liceo de Niñas. Pero también fue una activa colaboradora en la fundación del Club de Señoras y en la lucha por la conquista del derecho a voto femenino. Era militante del Partido Radical y en esta calidad fue electa regidora, primero, y alcaldesa de La Granja, después, en 1947. Se transformó así en una de las primeras mujeres chilenas que ejerció cargos de elección popular.

Una vez me pidió que la acompañara a una actividad como alcaldesa: la entrega de trofeos en un campeonato de fútbol de la comuna. Hasta hoy la veo haciendo su discurso, con su figura alta, distinguida y vestida de manera impecable con el típico traje sastre de la época. Fue quizá mi primera experiencia en una ceremonia pública. Me pidió que entregara algún trofeo.

También ella contribuyó a mi gusto por la lectura de acontecimientos históricos, porque cuando vivía con nosotros me traía desde su antigua casa algunos libros. Recuerdo cuando llegó con los tres tomos de la Crónica de 1810, de los hermanos Amunátegui, y con unos cinco o seis tomos de las Obras completas de Victorino Lastarria, que todavía conservo.

Había en mi casa muchos libros, incluidos varios policiales empastados en azul. Aparentemente habían pertenecido a Milos Dvorak. Ahí aprendí de Arsenio Lupin, un ladrón de guante blanco, escrito por el autor francés Maurice Leblanc. También, en ese mismo formato, estaban los de Conan Doyle y los múltiples cuentos protagonizados por Sherlock Holmes. Recuerdo asimismo —aunque creo que ese me lo compró mi madre— el Libro de las tierras vírgenes, de Rudyard Kipling. Al lado de los otros, debo reconocer que este último no era el más entretenido. Había muchos libros más, porque era una biblioteca que se fue haciendo a partir de distintos instantes de la familia.

Tal vez la lectura era una de las máximas entretenciones a las cuales uno podía aspirar cuando terminaba las tareas del colegio. Se iban conociendo mundos: Salgari y Julio Verne, por ejemplo, que dejan reminiscencias imborrables. Recuerdo un viaje que hice a la India en 1976, que despertó en mi tío Ernesto una serie de comentarios sobre estos autores y de cómo esas novelas le abrieron un ancho mundo. Trataba entonces de que yo le explicara cómo había sido este viaje y qué había visto. Creo que mis respuestas lo defraudaron, porque no es mucho lo que se puede aprender en el ir y volver de una reunión internacional. Nada que pueda competir, por cierto, con Salgari o Julio Verne en su Vuelta al mundo en 80 días.

Con el tiempo fui formando una biblioteca relativamente aceptable. Recuerdo unos libros azules que en el lomo tenían una franja roja y que pertenecían a la colección de los mejores escritos que se habían publicado para el primer centenario de la Independencia. Sin embargo, lo que más me marcó en mi gusto por la historia fueron dos libros. El primero, Historia de la humanidad, de Henry Wilhelm van Loom, un holandés que escribió un volumen ilustrado narrado de una manera amena. El capítulo sobre Napoleón comenzaba diciendo algo así como: «Estoy sentado en mi escritorio, pero no estoy seguro si seguiría aquí si viera pasar en la calle esa figura pequeña de Napoleón, invitando a integrarme a sus filas para llevar la libertad a Europa». El otro libro era Episodios nacionales, que narraba capítulos de la historia de Chile. Tenía imágenes grandes, hermosas, colocadas en la página opuesta al episodio narrado. Se me quedó grabado el rostro triste de Pedro de Valdivia cuando es apresado por los mapuches. Seguí con interés el radioteatro Adiós al Séptimo de Línea, una adaptación del libro de Jorge Inostrosa, porque estaba muy bien hecho, tan real que uno sentía cercanos a los personajes y sus acontecimientos.

En esos años íbamos mucho a La Granja. Era prácticamente todo campo y para llegar había que tomar primero un bus que se iba por la Gran Avenida hasta el paradero 24 y de allí subirse a un «tranvía de sangre», esto es, un carro tirado por caballos que caminaba por lo que era la avenida Manuel Rodríguez, y que devino luego en Américo Vespucio, para terminar en la avenida Santa Rosa, en lo que hoy es la municipalidad.

Íbamos casi siempre los días domingo o a pasar todo el fin de semana. Allí a veces llegaban personajes ilustres, como el rector de la Universidad de Chile, Juvenal Hernández. Para esas ocasiones me vestían como persona grande… pero con pantalón corto. La situación económica de la familia a veces era estrecha, y una vez me pusieron un chaleco en lugar de una chaqueta de tela.

Pero sin duda que el acontecimiento del año en La Granja era la Navidad. Ahí nos juntábamos todos. Llegaba el Viejo Pascuero en persona, con su saco repleto, y empezaba a entregar los regalos. A todos nos producía algo de temor acercarnos a él y a mí una cierta confusión, porque yo lo había visto en una oportunidad en la tienda Gath & Chaves, y era grande, gordo, con largas barbas. En cambio, el de La Granja era flaco y pequeño. En una ocasión, este Viejo Pascuero más bien esmirriado empezó a entregar regalos a todos. Cuando terminó se fue y a mí no me dio nada. Qué frustración tremenda. Interiormente yo sacaba cuentas y pensaba que tan mal no me había portado como para recibir un castigo tan severo. Sin embargo, al rato volvió: traía una bicicleta, que era lo que yo estaba esperando. Al pobre no le había cabido en el saco del primer viaje…

Como decía, una de las visitas prestigiosas a La Granja era el rector de la Universidad de Chile, Juvenal Hernández, que tuvo una influencia fuerte, aunque indirecta, en mi formación, ya que él era parte del contexto educativo familiar del que he hablado antes. Frecuentaba a la familia, preferentemente cuando mi tía Fresia vivía. Después, mi madre siguió en contacto con él, aunque de manera más lejana, sobre todo cuando ella tenía protagonismo a nivel de las bases del Partido Radical en la comuna de La Florida.

Lo recuerdo como alguien elegante, muy bien peinado con gomina. Siempre iba de traje y corbata. En aquella época, el rector de la Universidad de Chile era una figura moral de mucho prestigio en la sociedad chilena, alguien realmente importante, como el equivalente laico al arzobispo de Santiago entre los católicos. Él era lo que mi madre habría deseado para el tío Ernesto y lo que, según supe después, deseaba para mí.

Es probable que, dada la importancia de la Universidad de Chile en esas décadas, era más trascendental ser su rector que un ministro de Estado. Porque un rector es elegido por sus pares, por los profesores de todas las facultades y escuelas, por cinco años y con posibilidad de reelección. Él asumió el cargo cuando era un hombre joven, de treinta y dos años, y lo ejerció de manera continua entre 1933 y 1953, cuando ya no quiso seguir. Su obra permanece en la memoria de la universidad, la que abrió a la sociedad de su tiempo, creando los cursos de verano, el Teatro Experimental, la Facultad de Bellas Artes, el Ballet y todas esas iniciativas culturales. Cuando se volvió a presentar como candidato a la rectoría, en 1958, perdió frente a Juan Gómez Millas, resultado que en mi casa produjo una gran conmoción. Yo era presidente del Centro de Alumnos de la Escuela de Derecho y tampoco me lo explicaba. Probablemente se debió a que el Partido Radical estaba ya en declive y que el proyecto de Gómez Millas era más ambicioso y moderno: creó la Facultad de Ciencias, el Instituto de Economía, planteó la necesidad de tener profesores full time y trajo unos sabios de Estados Unidos para investigar y hacer clases. Fue una especie de revolución científica.

En aquellos años de infancia prácticamente no salí de Santiago, excepto en las vacaciones, ya que cuando era niño mi madre adquirió una propiedad en Llolleo, en la calle Santa Lucía 130, al fondo de un sendero de flores. Recuerdo que en esos viajes nos íbamos en tren, aunque alguna vez lo hicimos en auto con mi padre. Debe haber sido el 44 o 45, porque tengo la imagen de él, enfermo a mi lado, silencioso.

Cuando nos íbamos en tren, mi madre trataba de enseñarme geografía y me hacía aprenderme las estaciones una detrás de otra. También salíamos a pasear por un bosque, tomados de la mano, la mía estirada hacia arriba para alcanzar la suya. Ahí ella me contaba historias, cosas del mundo, y en mi recuerdo aparecen como momentos de gran plenitud. Llolleo era un pueblo parecido a como sigue siendo hoy, porque se ha desarrollado poco. La playa quedaba relativamente retirada, al menos en mi imagen de niño de seis a ocho años. Según la tradición familiar, fue en esa playa de Llolleo cuando en un verano aprendí a caminar. Ana Rivas ya había llegado a colaborar con nosotros y, según ella, al pisar la arena caliente estaba obligado a levantar una pierna tras otra: una nueva innovación en materia docente sobre cómo enseñar a caminar a un niño. La casa era hermosa, con muchas flores. En 1946 o 1947, mi madre se empeñó en construir unas casas en la parcela de La Florida, y como resultado de esos afanes fue necesario vender la propiedad de Llolleo, lo cual le dio mucho dolor. Continuamos yendo a ese balneario, normalmente quedándonos en alguna residencial u hotel durante quince o veinte días.

Años después, en 1952, mi madre adquirió un sitio en Quintero. Era un lugar más de moda, con playas hermosas: El Durazno, Las Conchitas, Los Enamorados, Papagayo, El Libro. Esta última era la que quedaba más cerca de la casa. Como nuestra propiedad estaba en la parte alta de la península, mirando directamente hacia el mar, bajar a la playa El Libro era algo complicado y tampoco era muy buena para bañarse. Normalmente íbamos a El Durazno en la mañana y al Papagayo en las tardes. En ese sitio, mi madre construyó una casa con dos dormitorios y luego le agregó un tercero. Y, en medio de unas tinajas antiguas, se dedicó a plantar hortensias. Después, esa propiedad se la vendió a mi primo Humberto, que la usa hasta hoy. Veraneé cada año en Quintero y todos mis recuerdos de adolescencia y primera juventud, hasta que me fui a Estados Unidos en 1961, ya casado, vienen de ese lugar.

HACHEPÉ

Entre las personalidades importantes que recuerdo en mi niñez está el periodista y analista político Luis Hernández Parker, conocido como «HP». Nacido en 1911, era un gran comentarista que marcaba la pauta cotidiana de la vida nacional a través de su programa radial todos los días, desde los años cuarenta y hasta comienzos de los setenta. Además, semanalmente escribía en la revista Ercilla, donde lo hizo desde 1941 hasta el fin de sus días, en 1975.

Brillante dirigente comunista en su juventud, había sido expulsado del partido en circunstancias muy duras. De regreso de un viaje a Moscú en 1935, fue capturado en Buenos Aires por la policía argentina y brutalmente torturado. Acusado de traición por sus camaradas —según ellos por haber entregado información a sus torturadores—, fue excluido del partido.

Para mí era «el tío Lucho». Hernández Parker estaba casado con Dora Volosky, y las hermanas Volosky eran muy amigas de las hermanas Escobar. Dora era agrónoma y su hermana Linda, educadora de párvulos, casada con el doctor Julio Cabello. Las Volosky y las Escobar veraneaban juntas y jugaban tenis en el Club de Tenis de Llolleo. Luego, mi mamá compró la casita en Llolleo, donde también iban las Volosky, y me imagino que ahí existía algún tipo de acuerdo de arriendo. Linda nos hacía ir caminando a la playa, cantando como los Siete Enanitos. Hernández Parker llegaba los días sábado en auto, lo que era una novedad. Nos subíamos todos a él y podíamos ir a la playa de Barrancas, que estaba demasiado lejos para ir a pie.

En una oportunidad, el tío Lucho se metió al mar en unos flotadores con remos, llevando a su hija Silvia, a mí y a algún otro de los niños. Cuando volvimos hasta la orilla, mi mamá lo retó enérgicamente, diciéndole que era un irresponsable: «Si hubieran tenido un accidente, ¿a quién ibas a salvar primero, a tu hija o a los demás?». HP, esa vez, se quedó sin habla.

Años después, mi mamá le vendió a Hernández Parker y Dora una pequeña parte de la quinta que teníamos en La Florida, donde se hicieron una casa. La relación entre ambos era estrecha; quizá eso justificó la crónica que este comentarista político le hizo a mi memoria de título (La concentración del poder económico) en 1960, donde me trató muy bien.1 En un momento dado, él se separó de la tía Dora y ella se fue a vivir a la calle Obispo Orrego. Aquello quebró la amistad porque, originalmente, la amiga de mi mamá era Dora. Hernández Parker se casó después con María Inés Solimano, y ya para entonces el veraneo había cambiado, porque la tía Dora veraneaba en El Quisco y nosotros en Quintero, que eran balnearios en plena expansión. Por su parte, Hernández Parker y María Inés compraron después una propiedad en Tongoy que, vueltas de la vida, arrendamos con Luisa en algún verano de la década del ochenta.

En diciembre de 1960, pocos años después de la separación entre el tío Lucho y la tía Dora, el hijo de un año y medio del periodista y María Inés Solimano murió al caer a una alcantarilla, lo que produjo una conmoción nacional. Fuimos con mi madre a su casa a visitarlo a pesar de la distancia que se había producido tras su separación. Cuando llegamos de visita, él salió llorando, devastado, nos abrazó a mi mamá y a mí y nos dijo: «Vengan a ver al niño, está durmiendo. Caminen despacito, que se puede despertar». Me impactó mucho ver a un hombre adulto en esas condiciones, totalmente destrozado.

La crónica radial de HP a la hora de almuerzo (entre la 1.45 y las 2 p.m.) era muy influyente. Se escuchaba casi en religioso silencio. Por él se sabía de todos los acontecimientos políticos del momento y en sus inteligentes interpretaciones él daba la marcha del país. Por varias vías que nunca reveló le llegaban informaciones exclusivas. Sus crónicas eran una institución, porque él construía el relato de Chile y entregaba, además, una visión de los acontecimientos. Siempre hizo sus crónicas con un lenguaje claro, directo y respetuoso, lo que le ganó una sólida credibilidad y la fama de ser un profesional independiente. Sin embargo, creo que siempre mantuvo su corazón a la izquierda y una clara vocación democrática.

Después del golpe de Estado de 1973, sus crónicas no fueron prohibidas por la importancia que tenían: eran una especie de institución de la República. Lo obligaron a seguir con sus comentarios en Televisión Nacional, que era una forma del Gobierno militar de dar la imagen de normalidad en el país. Según se decía, aunque cuesta creerlo, un soldado armado lo vigilaba mientras hablaba ante las cámaras. Por aquella época sus comentarios ya no eran lo mismo que antes. Los grados de libertad estaban absolutamente acotados y él lo sabía. Hombre democrático y progresista, sufrió con este nuevo Chile que emergía. Murió de un infarto el 1 de mayo de 1975, mientras bailaba.

PRIMEROS COLEGIOS Y LICEOS

La primera escuela a la que asistí fue una muy modesta y pequeña, llamada Manuel Montt. Quedaba en la calle Cirujano Videla esquina con Domingo Faustino Sarmiento, a una cuadra y media de mi casa. Allí entré a primera preparatoria en 1944 y permanecí cuatro años. Era una escuela privada a la que iban niños y niñas del barrio, no más de cuarenta en total. Como era tan chica, solo había tres salas de clases y los alumnos de distintos cursos compartíamos el mismo espacio, por lo que existía relatividad respecto de qué nivel había cursado realmente uno. Hacia un sector de este colegio estaban las salas y hacia el otro la casa de la familia Echeverría, austera, como casi todo lo que en aquella época había en Ñuñoa.

Su director, dueño y profesor era Luis Echeverría, un gran pedagogo y de alguna manera reformador de la enseñanza. Era un hombre de edad en esos años y como había hecho clases en Bolivia, siempre nos contaba anécdotas de ese país.

Esta escuela pretendía desarrollar nuevos métodos de instrucción. Por ejemplo, recuerdo una ceremonia de fin de año en que una profesora empezó a entregar premios a los alumnos más destacados de su curso. Cuando le tocó el turno al director Echeverría, dijo: «Los míos no tienen premios ni puestos», que era una manera de evitar la competitividad excesiva entre los estudiantes y no marcar innecesarias jerarquías. El concepto era que uno rinde lo que puede, y lo que importa es el desarrollo de la inteligencia, de la capacidad de pensar, de entender las lógicas de los procesos, más que aprender contenidos de memoria y de manera mecánica.

Ahí también estudiaba la hija del director, Gabriela Echeverría, un par de años mayor que yo y quien después continuó a cargo de la escuela.

Como dije, tenía aspecto enfermizo. Y por ello a veces, alrededor de las once de la mañana, me llevaban un sándwich hasta la sala de clases, situación que me producía una enorme vergüenza. En todo caso, pienso que de enfermizo tenía más fama que nada, porque no recuerdo que haya pasado mucho tiempo enfermo, en cama. Aunque sí era muy delgado, y en aquella época esto se asociaba con una salud precaria.

Desde el colegio fui malo para los deportes, en particular el fútbol. Cuando los capitanes elegían alternativamente a los jugadores que querían para su equipo, había una categorización implícita: primero el mejor, y así sucesivamente. Pasaban las designaciones y a mí no me seleccionaban nunca… Quedaba para el final, como el desecho de los participantes. Resultaba muy humillante cuando escuchaba gritar: «¡Y les regalamos a Lagos!». Solo al llegar al Liceo Manuel de Salas, y después en el Instituto Nacional, descubrí que tenía aptitudes para una especialidad distinta en gimnasia: las carreras largas. Lo comprobé cuando en las clases de esta asignatura nos hacían dar unas vueltas infinitas y poco a poco los corredores iban quedando en el camino. Pues bien, yo resistía.

El año 1948 fue importante para mí: cuando tenía diez años llegué al Liceo Manuel de Salas para cursar sexta preparatoria. El cambio desde una muy pequeña escuela de barrio a uno de los grandes liceos públicos del país me produjo un fuerte impacto. Se trataba de una institución educativa experimental creada en 1932 y que en 1942 pasó a ser dependiente de la Universidad de Chile. Ahí se educaban los hijos de las élites intelectuales laicas provenientes de una clase media vinculada al Estado. Igualmente, asistían descendientes de familias de emprendedores y profesionales de origen judío y árabe, entre otros, llegados al país con las sucesivas migraciones y exilios europeos de la primera mitad del siglo XX.

Aquel año 48 nos tocó el cambio desde el recinto original del Manuel de Salas, en la calle Doctor Johow, hasta la actual sede en Brown Norte. Para hacer esa mudanza, cada niño tuvo que llevar su mesa y su silla. Salimos en fila por las veredas, cruzamos la plaza Ñuñoa, seguimos por Irarrázaval hasta llegar al nuevo liceo. Por supuesto, a muchos nos embargó una severa sensación de ridículo cuando desfilamos públicamente con nuestro mobiliario personal.

Era un liceo mixto. Un liceo experimental, innovador en la forma de enseñar. La decisión de matricularme allí estuvo basada en criterios pedagógicos, a diferencia del colegio anterior, que fue elegido por estar cerca de casa. No me cabe duda de que esta opción fue sugerida por mi tía Fresia: lo que ella afirmaba en estas materias no se discutía. Además, ella era amiga de la directora del liceo, la señora Florencia Barrios Tirado, hermana del general Guillermo Barrios Tirado, comandante en jefe del Ejército y ministro de Defensa del Gobierno de González Videla.

Uno de los cambios importantes para mí fueron los viajes hasta el liceo. Un par de veces me fui desde la casa en patines por la avenida Simón Bolívar. La otra forma de llegar era tomando un tranvía en Irarrázaval. Entré, como dije, a la sexta preparatoria. La profesora jefe era Celia Duflox. Recuerdo que me impresionó mucho, por la forma ordenada y sistemática de tratar las distintas materias a su cargo. A diferencia del señor Echeverría, que hablaba un poco de todo y que era su método para asumir a cursos que estaban en distintos niveles de desarrollo, aquí había claramente un sentido mucho más profesional y diferenciado de las horas de clases.

Otro aspecto distinto eran las clases de gimnasia, en donde, como ya relaté, salíamos corriendo a dar vueltas a la manzana. Después conocimos el gimnasio que ya estaba listo cuando nos mudamos al liceo en Brown Norte. Sin embargo, no sé si hubo un gran cambio desde el punto de vista de los estudios. Pareciera que bastaba con asistir a clases y anotar algo si había que hacerlo. Tampoco recuerdo que se nos dieran tareas para la casa. Las preparatorias, más bien, consistían en asistir a clases e ir absorbiendo los conocimientos. Y tampoco recuerdo que en mi casa mi madre se haya preocupado particularmente de mis estudios, no obstante que miraba con cuidado las notas para cada bimestre. Pero, en fin, esta adaptación a una nueva vida estudiantil se rompió abruptamente, porque a final de año ocurrió un incidente que obligó a mi madre a tomar una drástica determinación: retirarme del Manuel de Salas.

Fue un acontecimiento bochornoso. Al finalizar la temporada escolar se realizó una actividad donde cada uno de los jóvenes debía presentar sus hobbies en público, y el mío era coleccionar estampillas, una actividad que me había entusiasmado mucho. Llegué a tener un álbum de estampillas chilenas, formado por una muy buena colección. Recuerdo que por aquellos años —creo que fue el 48— salió un hermoso repertorio como homenaje a Claudio Gay, integrado por tres series de 25 estampillas de distinto valor cada una, que contenía dibujos de este botánico y naturalista francés. Mi madre me las compró todas. Y tenía también muchas internacionales. Las que más me gustaban eran de Danzig —actual Gdansk, Polonia— que fue un territorio autónomo bajo la tutela de la Liga de las Naciones entre la Primera y Segunda Guerra Mundial, y que tenía derechos de emisión de estampillas. Eran casi tan preciadas como las del Vaticano. En realidad, se trataba de varias colecciones, porque tenía la de Chile separada de las del extranjero. Me ayudó a formarlas el intercambio que realizaba con algunas agencias foráneas.

Después de terminada la exhibición en el liceo, fui a buscarlas y me encontré con que ya no estaban. A mi madre esto le pareció pésimo. Para mi vergüenza fue a reclamar a la dirección del establecimiento, pero nunca aparecieron. Ante un robo tan descarado, decidió retirarme. Ahí terminó mi estancia en el Manuel de Salas.

Se iniciaron nuevas consultas y recuerdo que se le hicieron a la tía Fresia, que en ese momento ya estaba viviendo con nosotros en la casa de Manuel Montt: postularía al Instituto Nacional. En el Manuel de Salas alcancé a dar el denominado Examen de Madurez, porque el año 48 yo tenía solo diez años y para entrar a primero de humanidades, en 1949, había que tener doce. Este examen era una manera de probar que uno podía estar en un curso superior, aunque no cumpliera con la edad establecida. Lo aprobé, y tengo la sensación de que no era complicado; en ese tiempo las exigencias no eran tan estrictas como aparecen hoy.

EL INSTITUTO NACIONAL, UN MUNDO NUEVO

Las humanidades que cursé en el Instituto Nacional, entre 1949 y 1954, significaron un cambio mucho más contundente que el de la escuelita al Manuel de Salas: se trataba de la corporación educacional de humanidades más importante del país. El Instituto Nacional fue fundado en 1813, durante la Patria Vieja, y hasta hoy está situado en el corazón del Santiago republicano, al lado de la casa central de la Universidad de Chile, en Arturo Prat 53. Era y continúa siendo el establecimiento fiscal históricamente más asociado a la formación de los dirigentes del Estado de Chile.

Todo fue distinto para mí. El trato allí, solo entre hombres, era más rudo y sentí las consecuencias de ser el más chico en edad y tamaño. Yo intuía que ser el primero de la fila y el que siempre se sentaba en el banco de más adelante me dejaba en una situación desmedrada frente al resto del curso. Y, por si fuera poco, vestido con el mortificante pantalón corto. Como el Manuel de Salas era mixto, no había confrontaciones verbales ni físicas, por respeto a las compañeras. En cambio, en el Nacional los altercados ocurrían permanentemente. La frase típica era: «¡Ya, po’, vámonos al cerro!», que significaba irse al cerro Santa Lucía y ahí dirimir las diferencias a combos. Cuando esto pasaba, marchaba todo el curso detrás, por la Alameda, a presenciar la pelea. Solo una vez me tocó tener que enfrentarme ahí y, por supuesto, me golpearon rudamente, porque yo era muy chico. Me enceguecí y empecé a disparar puñetazos, hasta que unos compañeros me detuvieron. Quiero pensar que salí con un mínimo decoro de todo aquello…

Otra diferencia importante, aunque en otro plano, era que teníamos un profesor por cada asignatura. Además, había que estudiar cotidianamente e ir cada día al centro de Santiago, lo cual era vivir la ciudad de una manera distinta y, por qué no decirlo, hacerse parte de ese centro. Mi vida en el Instituto Nacional me obligaba a salir temprano de mi casa en Ñuñoa, alrededor de un cuarto para las ocho de la mañana. Tomaba el tranvía n.º 36 y me bajaba en la Alameda con Ahumada. En otras ocasiones me subía a un bus o un trolley que me dejaba cerca de la plaza de Armas, frente al correo, y ahí cruzaba veloz por Ahumada hasta Arturo Prat. Debía llegar antes de la hora de entrada, las ocho y cuarto. Normalmente permanecía en clases hasta la una, y si había clases en la tarde, debía volver a las dos veinticinco. Yo estaba externo, a diferencia de los medio pupilos, que almorzaban ahí. Existía la idea de que los externos éramos más pobres que los otros, porque no podíamos pagar esa comida, aunque con el tiempo he relativizado esa sensación: quizá ir a almorzar a la casa confería mayor estatus.

Al comienzo me iba a la casa tan pronto terminaba la jornada escolar. Después descubrí que era posible demorarme un poco y caminar hacia la cuadra siguiente, en dirección a la Estación Central, para alcanzar un medio de locomoción que viniera más vacío, aprovechando que muchos se bajaban en la zona céntrica. Ahí hice largas caminatas con el «Negro» Marín, que vivía también en Ñuñoa, en la calle Holanda, a una cuadra y media de Irarrázaval.

Cuando por alguna razón salíamos de clases antes de lo convenido, era un momento para hacerse de amigos. El destino favorito era ir a jugar billar —el famoso pool—. Se trataba de una actividad casi obligada. Era difícil decir que no a las invitaciones, porque los compañeros lo miraban raro a uno si se negaba. En todo caso, nunca hice «la cimarra», como tantos otros, es decir, de frentón no entrar a clases. No me parecía correcto hacerlo o, a lo mejor, nunca «me atreví» a hacerlo, lo cual es distinto, por temor a un posible castigo. El pool se llamaba Brunswick, y quedaba en la calle Huérfanos, frente a lo que después sería el teatro Ópera. Había una fuente de soda larga y, al fondo, las mesas de juego. Recuerdo que una vez se produjo una discusión con el dueño, cuando

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