Mercaderes, empresarios y capitalistas

Gabriel Salazar Vergara

Fragmento

PREFACIO

PREFACIO

La construcción (dictatorial) del célebre «orden portaliano» (1829-1860) engendró la más nutrida galería de héroes y hombres ejemplares que haya tenido la historia de Chile; los que, alineados como generación fundadora, han permanecido rampantes y apolíneos, por más de un siglo y medio, en el partenón histórico de la nación. En un gesto inmortal por la obra que legaron —para siempre— a todos los chilenos.

Y tras sus perfiles de mármol subyacen próceres de todo tipo: militares (como Joaquín Prieto, Manuel Bulnes), políticos (como Diego Portales, Manuel Montt, Antonio Varas), intelectuales (como Juan Egaña, Mariano Egaña, Andrés Bello), y empresariales (como José Tomás Urmeneta, Agustín Edwards Ossandón, Matías Cousiño, José Santos Ossa, Domingo Matte). Todos estatuarios. Todos ejemplares. Indiscutibles.

Al considerar ese conjunto desde lejos —que recorta en el horizonte como un Arco de Triunfo— no aparenta ser menos que el pórtico de entrada a la historia oficial de Chile. Pues alude y recuerda el origen esencial, solemne, del «alma política» de la nación. El que define su identidad de una vez y para siempre. Contra todo. Contra el avance agreste y tumultuoso de la historia cotidiana y la insolencia de los que traicionan, subversivamente, su «alma nacional». Es que ese origen esencial ha sido asumido, al mismo tiempo, como norte trascendental: es la estrella solitaria que guía desde siempre a todos los chilenos. La que orienta con sabiduría sus pasos decisivos. La que prosigue tras cada recodo y se levanta tras cada tropiezo. Por eso, el «origen» del orden portaliano ha renacido y renace como el Ave Fénix, una vez y otra, siempre como «origen», nunca como «fin». Renació en 1837, al día siguiente del asesinato de Portales. Y en 1848, tras el motín de la Sociedad de la Igualdad. Y después de las insurrecciones pipiolas de 1851 y 1859, o tras las subversiones populares de 1890, 1920 o 1970. Pues ese orden, único en América Latina —nunca logrado en muchos países— es el estandarte glorioso del país. No puede morir. No puede ser afeado. No puede envejecer. Es, en síntesis, el Dorian Gray de la Patria.

La repetida esencialización (o monumentalización) de ese «origen» —la que puede rastrearse en la gráfica de los textos escolares, en la cartografía estatuaria de cada Alameda, en la señalética callejera de cada ciudad— plantea, sin embargo, algunas dudas. Problemas de no poco fondo, ya que, al monumentalizar el «origen» del orden portaliano, deteniendo el tiempo en la fase constructiva 1829-1860, se anula el proceso histórico posterior. No se asume, por ejemplo, su vida adulta, su madurez. Tampoco su envejecimiento. Ni su esclerotización y muerte. Esencializar —embelleciendo— el origen, equivale a deshistorizar el conjunto, y a esconder el retrato realmente histórico de Dorian Gray, con todos sus cambios, deformaciones y fealdades. A fin de cuentas, monumentalizar el «nacimiento» de un determinado orden social produce, ipso facto, el ocultamiento de su «muerte» histórica, si la tuvo. Y eso puede ser efecto del triunfalismo ingenuo de los vencedores —con la complicidad ingenua de los vencidos—, o de su maquiavelismo político para ocultar las fealdades reales producidas por su triunfo.

Los hechos crudos muestran que, después de 1860, el orden portaliano ingresó en una larga fase de deterioro. Sus apologistas —entre los que se cuentan no pocos políticos, militares e historiadores— han explicado ese deterioro apuntando a la eventual acción corrosiva emprendida por sus «enemigos» (es decir: por los incautos que traicionan el «alma» nacional), entre los cuales se cuentan los «pipiolos», los liberales, radicales, demócratas, anarquistas, socialistas y «humanoides». El deterioro que se ha registrado proviene —agregan— de fuera del orden establecido en 1830, no de la esencia de éste. Nunca de su gesta original: el alma de la nación no puede conspirar contra sí misma. El orden portaliano, concluyen, no tuvo decadencia sino enemigos. La gesta original permanece, pues, limpia e impoluta.

Los hechos que testimonian esa decadencia, sin embargo, al paso a que avanzan las nuevas investigaciones historiográficas, se acumulan, cada día más. Y el aumento de su peso ha venido aplastando, crecientemente, viejos mitos y largas ingenuidades.

Y hoy se acepta ya sin tapujos que Chile experimentó, a fines del siglo XIX «largo», dos crisis profundas entrelazadas entre sí: una en la década de 1870 y otra en torno a 1908. Ambas han sido interpretadas, en la mitología portaliana, como la reiteración de una misma crisis monetaria, estrictamente coyuntural, que derrumbó el prestigio mundial del peso chileno; lo que se habría producido por la intromisión miope y antipatriótica del «contubernio liberal» que dictó la Ley de Bancos de 1860, que declaró inconvertible el billete de banco en 1878, que más tarde se alineó con las políticas inconstitucionales del presidente Balmaceda y que terminó aliándose con los socialistas y anarquistas en 1920 (detrás de los cuales estaban las masas de «rotos alzados» que pululaban por las calles, cerros y desiertos del país). Por eso, la crisis monetaria no era atribuible a la naturaleza intrínseca del orden portaliano, sino a la contumacia corrosiva de los subversivos. Esta tesis, planteada en su origen por el banquero Agustín Ross, ampliada y sistematizada luego por el economista norteamericano Frank Whitson Fetter, fue recogida más tarde por numerosos economistas de centro-izquierda (como Aníbal Pinto S.C.) e historiadores tradicionalistas de centro-derecha. Se trata de una apuesta historiográfica que ha contribuido no poco a sostener erecta, en la memoria pública, la efigie apolínea del Dorian Gray nacional.

Los procesos históricos reales, sin embargo, empujados por la inercia de su caudal, han avanzado sin retroceder, en línea recta o en zig-zag, pero arrasando los mitos y las tesis que los han sostenido. Y fue así que, cuando el terco autoritarismo gubernamental del siglo XIX se guareció, sin alegatos constitucionales, bajo el parloteo parlamentarista de comienzos del siglo XX; cuando la economía exportadora del «aristocrático» patriciado mercantil de 1850 se volvió sombra, resaca y desecho de las compañías comerciales extranjeras; cuando la clase popular entró en putrefacción progresiva en los conventillos de la capital y en el «bajo fondo» de los suburbios; cuando la carnavalesca juventud universitaria de 1910 abandonó el patriarcado oligárquico para aliarse en la calle con el proletariado anarquista, etc.; es decir: cuando los hechos reales aumentaron a tal punto su peso que reventaron la paciencia a vista de todos, se tuvo la percepción social exacta de que el monumental orden portaliano del siglo XIX se estaba cayendo a pedazos. Por su propio peso, por su propia sangre, por sus propias convulsiones intestinas. Victimado por la misma lógica de su nacimiento. Que fue también la que lo envejeció y esclerotizó. Y la misma que sin piedad, dialécticamente, lo mataba golpe tras golpe a comienzos del siglo XX. Por eso, entre 1890 (primera huelga nacional de trabajadores) y 1919 (ultimátum dado al gobierno de Chile por la Asamblea Obrera de Alimentación Nacional), el verdadero Dorian Gray paseó su agónica fealdad por todas las calles de la República, despertando el horror de todos los que tenían un alma realmente humana, cívica y soberana.

Entre 1972 y 1973, financiados por el Fondo de Investigaciones de la Universidad Católica de Chile, iniciamos el estudio sistemático de los «Grupos Subalternos en Chile durante el siglo XIX». Como resultado de ese trabajo, publicamos, doce años después, el libro Labradores, peones y proletarios. Formación y crisis de la sociedad popular chilena del siglo XIX (Santiago, 1985). Lo que allí se demostró, profusamente, no fue otra cosa que el desgarramiento histórico inmisericorde de la clase popular de ese siglo.

Esa demostración planteó de inmediato una cuestión de fondo: ¿cómo un orden político tan célebre, apolíneo y patriótico como el portaliano pudo producir ese desgarrador resultado?

Tal pregunta necesitaba una respuesta que no podía ser mítica. Ni súbdita de los héroes de la patria. Ni tenía que ser necesariamente política (en lo político pesan igual los hechos y los mitos) sino, esencialmente, económica y social. Referida a hombres y mujeres reales, de carne y hueso. Y eso significaba investigar, con tozudez cívica, la lógica de acción económica y empresarial que fundó y sostuvo el orden portaliano, para encontrar en ella las razones sociales objetivas y subjetivas que produjeron el impacto desgarrador en la masiva clase popular del siglo XIX (que componía los 2/3 de la población total). Es lo que decidimos hacer. A este efecto, la Fundación Friedrich Ebert, de Alemania, nos financió, entre 1974 y 1975, un estudio acerca de las «Formas económicas de transición en Chile, 1844-1914», destinado a investigar, en una primera aproximación, las razones señaladas. El estudio continuó luego, entre 1977 y 1984, en base a un proyecto de tesis doctoral financiado por el World University Service, del Reino Unido, titulado: Entrepreneurs and Peons in the Transition to Industrial Capitalism. Chile, 1820-1885. Los hallazgos, hasta ese momento, eran notoriamente herejes y desmitificadores: atentaban directamente contra las estatuas, los mitos y los héroes de la Nación. Era prudente y conveniente, pues, fundamentar sólidamente cada conclusión, por pequeña que fuera. Esa misma prudencia hizo aconsejable trabajar, todavía, un cuarto proyecto adicional: «El empresariado industrial en Chile: conducta histórica y liderazgo nacional, 1878-1938», que fue financiado por FONDECYT (Proyecto 997 de 1988). Y para evitar cualquier imprevisto, financiamos personalmente, al final, a varios ayudantes para completar la información pertinente (entre 1995 y 2008, sobre todo). La pregunta por la lógica interna de acción económica del orden portaliano (la misma que produjo la pauperización extrema de la clase popular chilena) se transformó, por tanto, en un estudio que se prolongó por 34 años.

Ha sido una larga y laboriosa auscultación del retrato oculto del enervante Dorian Gray criollo. Un ir y venir por el desfiladero estrecho de su historicidad empresarial. Cruzando y recruzando los silencios y los olvidos en los que se ocultaron actores, personajes y procesos que nunca habían visto la luz de la historiografía nacional (el patriciado mercantil, los consignees, las subsidary houses extranjeras, los merchantbankers chilenos, el industrialismo popular, los mecánicos extranjeros, los bancos privados del Estado, la industrialización mercantil del siglo XIX, etc.). Personajes y procesos que deambularon durante un siglo, como fantasmas, entre los resquicios y dobleces de los mitos nacionales. Sin embargo, poco a poco, uno a uno, han ido saliendo a la luz —tarea en la que han laborado en silencio numerosos historiadores, extranjeros y nacionales— cada actor responsable, cada historia de triunfo o de fracaso, cada testimonio de crisis. En suma: Dorian Gray completo, con toda su efímera belleza y su concreta fealdad. Y todos juntos, reunidos sobre un escenario que aún no termina de empinarse a la vista de todos, están representando la muerte histórica esencial del orden portaliano. La oscura muerte de un origen que quiso permanecer brillante para siempre. Una muerte que nos obliga a revisar críticamente, como historiadores y ciudadanos, ese conjunto marmóreo que aún preside el pórtico oficial de nuestro pasado. Y a proclamar, a cambio, el heroísmo soberano contenido en la historia de todos.

Este trabajo tuvo siempre un mismo objetivo: desnudar la lógica empresarial que movió a los fundadores, conductores y sepultureros del Chile decimonónico (un anticipo de sus conclusiones se encuentra en el libro Historia de la acumulación capitalista en Chile, 2003, basado en los apuntes de clase tomados por los prisioneros políticos de Tres Alamos en 1976). Y ha tenido también una misma esperanza: que la Ciencia Histórica traiga a la luz todas las fealdades ocultas, todos los fantasmas intersticiales de nuestro pasado y nuestro presente, a fin de que la ciudadanía pueda tener una conciencia histórica más limpia y una memoria cultural más llena de verdad.

Así, el libro Labradores, peones y proletarios (Chile, siglo XIX) tiene, por fin, su contraparte natural: el libro Mercaderes, empresarios y capitalistas (Chile, siglo XIX).

La Reina, enero 12 y mayo 16 de 2009

CAPÍTULO I

PEONES, MERCADERES Y DICTADORES:

ENTIERRRO Y DESENTIERRO DEL TESORO MERCANTIL DE JUAN ANTONIO FRESNO

(SANTIAGO DE CHILE, 1772-1837)1

1. ABUSO PATRONAL, VENGANZA DE PEÓN

(LA VOZ «ESPARCIDA» POR JUAN RODRÍGUEZ)

Había «esparsido la bos» por toda la comarca. Se lo había dicho al estanquillero del lugar. Al bodegonero. A varios cosecheros y labradores. Pues sabía que esa voz llegaría a noticias del Juez de Comisión del Partido de Colina, quien —siendo, como era, enemigo declarado de su patrón— tomaría en el acto el asunto en sus manos. Y por tanto haría caer todo el peso de la ley sobre don José María, quien, hacía menos de una semana, injustamente, lo había expulsado de la Hacienda pagándole un salario mucho menor del que le correspondía. Y tras ese abuso, éste sería su desquite. Su particular venganza peonal.

Pues Juan Rodríguez no era más que un «peón». Mejor dicho, había sido peón en la Hacienda Liray, que en el Partido de Colina arrendaba don José María. Y ser peón en una Hacienda, sin duda, no era lo mismo exactamente que ser «inquilino de Hacienda». Había una diferencia y no pequeña. El mismo Juez, cuando lo citó a su tribunal, le preguntó taxativamente: «¿eres peón, o inquilino de Hacienda?». Y él respondió que era peón, no inquilino. Y cuidó de recalcar que no era, tampoco, peón de Hacienda, sino peón a secas, puesto que trabajaba para cualquiera que lo enganchase, hacendado o no, con tal de que «le pagasen sus días de trabajo». Y trabajaba por días, por temporada y por jornal, e iba de un lugar a otro, cambiando de predios y patrones. En realidad, él, Juan Rodríguez, no era de Hacienda ni de nadie. Se pertenecía a sí mismo. Era dueño de sus brazos y sus piernas. Vivía de sus días de trabajo y de los (pocos) reales que le pagaban por eso. Libremente.

Había, pues, una diferencia importante entre los inquilinos que eran de la Hacienda Liray, de don José María, y él. Pues él no sentía ninguna obligación de ser en todo trance leal a don José María. No tenía por qué: no vivía en la Hacienda Liray. No ocupaba sus casas, no tenía su familia allí. ¿Por qué entonces iba a proteger la honra de su ex patrón y guardar en secreto lo que supo de él cuando estuvo en esa Hacienda? ¿Por qué, si don José María había demostrado no ser un buen patrón, iba a mantener su boca cerrada, no iba a «esparsir la bos» por toda la comarca, sin alertar al Juez acerca de lo que había ocurrido en esa Hacienda?

Juan Rodríguez tenía 30 años. Era peón de experiencia y buen trabajador. Pero don José María «lo había echado de la Hacienda» sin consideración alguna por su experiencia y buenos antecedentes laborales. Peor aun: «don José María le mandó a su mujer que me diera $3 y ella me dio sólo $2». Eran 8 reales menos de lo que le debían por «el trabajo de la semana». Y eso era un robo. Inútil o innecesario, puesto que la misma tarde del sábado 9 en que lo echaron del fundo, los patrones y sus inquilinos habían entrado en tropel al patio de la casona gritando que se habían llenado de oro porque habían hecho un «allasgo». Y Juan Rodríguez, que estaba en ese patio esperando por su paga, había visto eso y escuchado todo. De modo que su expulsión, desconsiderada e injusta, perpetrada en el mismo momento en que sus patrones «se habían llenado de oro», era algo que no podía soportar. Por tal razón, le dijo al Juez del Partido de Colina:

… Hallandome debajo del corredor de las Casas de la Hacienda esperando a dn. Jose Ma. Mardones pa. qe. me pagase mis dias de trabajo… bi qe. en unos capachos qe. traian los peones con gran algasara á compañados de la mujer de dn. Jose Ma. los baseharon encima del estrado y por la ventana bi que heran onzas de oro, que luego se pusieron a limpiarlas, y del temor de que no se henojasen me retire… que el peon llamado Jino Mena habia sido el qe. lo habia hallado enterrado debajo una pare de muralla2.

Cuando vio el oro a través de la ventana, Juan Rodríguez se había puesto nervioso: vivía un momento mágico, pues nunca antes había visto onzas de oro, ni menos tantas como los Mardones contaban, hechizados, sobre el estrado. Y que eran onzas de oro lo supo porque todos, en la sala, a gritos, hablaban de ellas. Sintió entonces ese escalofrío desabrido de persuadirse de que, ése, era oro ajeno. De que todo oro era, después de todo, ajeno para él. Y nada cambiaba verlo allí tan cerca, sobre el estrado, al otro lado de la ventana. Peor aun: sólo mirarlo, aunque fuera de soslayo, era como robárselo a los patrones. Se sintió culpable: allí no era más que un intruso, un espía del tesoro patronal.

Y era peligroso seguir allí. Se alejó.

Los dueños de ese oro, sin embargo, acababan de robarle ocho reales. Y esa acción, ¿no convertía a Juan Rodríguez en un peón con derecho a una partícula del oro patronal? Él, quizás, pudo haber exigido que le pagaran lo robado con parte del oro amontonado en el estrado, pero comprendió que sería inútil. Los patrones, inflamados de orgullo por la súbita riqueza, se habrían encolerizado: ¿qué pretendía ese pobre peón afuerino? En su furia, habrían ordenado a «sus» peones que lo tiraran fuera de la casa y de la hacienda. No: su «derecho» tenía que hacerlo valer de otro modo. No ahí, en ese mismo momento, sino después. Pero ¿cómo? Juan Rodríguez pensó rápido: denunciando al Juez del Partido que don José María había desenterrado un tesoro que bien podía no ser de él sino del verdadero dueño de la hacienda que arrendaba. El robo de su salario, de ese modo, podía convertirse en una astuta —aunque indirecta— venganza judicial.

La idea de esa venganza se le ocurrió cuando el propio don José María ordenó a su peonada que «del entierro o allasgo» nadie dijera nada. Que el secreto debían guardarlo para siempre. Que nunca debía llegar «a oydos» de la autoridad local. Juan Rodríguez comprendió que los peones e inquilinos de la Hacienda Liray jamás desacatarían esa orden, pues, de lo contrario, arriesgaban ser echados de la hacienda con sus familias, enseres y animales. Y eso equivalía a enviarlos al vagabundaje, la miseria y la muerte. Dejar de ser de repente inquilinos de la hacienda era, para esas numerosas familias, lo peor que podía ocurrirles. Por eso, la lealtad al patrón era una cuestión de vida o muerte. Pero él no era peón de Hacienda, ni de nadie…

El Juez de Comisión, don Juan José Gazitúa, procedió sin tardanza:

… habiendo llegado a mis noticias… por una bos esparsida por Juan Rodríguez… Para la habiriguación de este allasgo que no se ha dado parte, mande lebantar este auto pa. qe. sirba de cabeza de proceso3.

Cuando el Juez Gazitúa ordenó levantar «auto para que sirva de cabeza de proceso», el frágil derecho de Juan Rodríguez al salario justo, convertido en venganza peonal y a la vez en proceso judicial, comenzó a devolverse como castigo del cielo, no sólo sobre los arrendatarios de la hacienda Liray, sino también sobre el verdadero dueño del oro amontonado en el estrado.

2. ALGAZARA DE PEONES, HONESTIDAD PATRONAL («ALLASGO» EN EL GALLINERO)

El antiguo corral o gallinero que había sido de las «fonderas» (cocineras) de la Hacienda Liray, tras años de abandono, estaba inconocible por las malvas y pastos que en el invierno avian salido.

Y hacia ese corral se encaminaron el 9 de marzo de 1822, después de almorzar, don José María y una cuadrilla de peones. Su propósito era «clavar horcones nuevos» y cambiar la carcomida puerta que unía el viejo corral con las viñas de la Hacienda.

Una vez allí, y mientras unos peones cortaban y amontonaban las malvas y otros desarmaban la puerta vieja, el peón Jino Mena, pala en mano, se concentró en la tarea de «abrir un hoyo para clavar un horcón». Secundándolo estaba José Santos Díaz, peón también, quien, como un gato, se subió a la «pare de muralla» para, a horcajadas sobre ella, ayudarle desde arriba a colocar el horcón cuando el hoyo estuviese listo. Don José María, a cierta distancia, supervisaba todos los trabajos.

De modo que, desde su elevada posición, José Santos vio perfectamente cuando Jino Mena, excavando afanosamente con su pala, «desenterró un poco de carbón molido, y mas avajo una tablita, donde estaban las onzas». Jino Mena se detuvo, e inclinándose hacia el hoyo, pensó «que era plata, porque nunca havia visto el oro». Por un momento, hipnotizado, se quedó inmóvil mirando su hallazgo. Arriba de él, José Santos, también inmóvil, hacía lo mismo. Pero luego Jino Mena reaccionó y llamó a su patrón:

—¡Don José María, venga, aquí ay una riquesa!

El patrón se acercó a grandes pasos. Y tras él, a una distancia respetuosa, se acordonó el resto de los peones.

¿Qué es?, preguntó don José María, y reconociendo las onzas, exclamó excitado: ¡Mena, quasi te has enriquesido: esto es oro!

Desde arriba, casi cayéndose, José Santos vio entonces cómo «el Jino metió la mano al oyo y saco las onsas y las echo afuera». Y vio también que don José María, cogiéndolas, «las echo en un pañuelo». Como eran muchas y muy pesadas, ordenó que trajeran un capacho. Atento a la orden, José Brito corrió a buscar el capacho. Volvió muy agitado con un «capachito mediano, de recoger hubas». Detrás de él y también muy agitada, llegó doña Josefa, la joven esposa de don José María, acompañada de una niña como de 9 años, María Puebla, hija del mayordomo de la Hacienda.

José Santos, desde su observatorio, no perdía detalle de lo que ocurría. Y vio que el Jino, en el momento en que echaba las onzas en el capacho, como dudando («quasi se havia enriquesido») «avia tomado unas onzas». Después de todo, había sido él quien había encontrado y desenterrado el oro. Pero don José María, vigilante, adivinó lo que ocurría en la mente de su peón y le dijo, cortante:

—¡Echalas al capacho, que deben ser de don Juan Antonio Fresno, propietario de esta Hacienda!

Todos los peones ya sabían que don José María, pese a su carácter autoritario, era un hombre honesto. De modo que Jino Mena, mecánicamente, obedeció a su patrón y depositó en el capacho las onzas que había retenido en su mano. Según él, que estaba junto al hoyo, «el capacho se ocupó hasta la mitad». Según José Santos, que estaba sobre la muralla, «se habia ocupado como una cuarta parte escasa del capacho». Al ser consultados los otros peones (que estaban detrás de don José María), prudentes, dijeron que no vieron hasta dónde se había llenado el capacho. Pero todos ellos concordaron en que, no bien se echaron las onzas en el capacho, doña Josefa lo tomó en sus manos y, con paso enérgico, «en un solo viajecito», se llevó el capacho y las onzas a las casas de la Hacienda. Y concordaron también en que, muy de cerca, casi corriendo, la siguió su niña de compañía, la María Puebla, hija del mayordomo.

Tras la partida de doña Josefa, la cuadrilla de peones quedó como extática, electrizada aun por el brillo terroso del oro descubierto. Nadie se movía. Nadie decía nada. El impacto del «allasgo» había sido profundo en todos ellos. Y fue don José María quien rompió el hechizo —según declaración de José Santos— con una voz de mando dura y cortante:

—¡Que este allasgo no llegue a oydos del gobierno!

Jino Mena ratificó, en su declaración del 21 de marzo, lo dicho a este respecto por José Santos. Pero en su segunda declaración (del primero de abril), dijo otra cosa:

—No le he oydo ni ha dicho don José María Mardones palabra alguna sobre qe. se guardase silencio, a qe. no llegase a oydo del gobierno ni de autoridad alguna4.

La orden de don José María, dura y cortante, rasgó el aire y quedó suspendida sobre el silencio de los peones. Pero no bien el patrón comenzó a retirarse, todos ellos —incluso José Santos, que de un salto bajó de su «pare de muralla»—, atropellándose, corrieron hacia las casas de la Hacienda. Sólo entonces se relajaron. Y comenzaron a hablar sobreexcitados del «allasgo». Es que, por primera vez en sus vidas, habían tenido ante sus ojos una verdadera «riquesa». Y no supieron cómo alcanzaron a su patrón y aun a doña Josefa y todos, con gran bullicio, desembocaron en los patios y corredores de las casas de la Hacienda.

Allí, en el corredor de la casona, sombríamente parado junto a una ventana, Juan Rodríguez los vio venir, «con gran algazara, acompañados de la mujer de don José María…»5.

3. MENTIRAS Y HONESTIDAD

(DOÑA JOSEFA Y DON JOSÉ MARÍA)

Doña Josefa Navas se había casado en 1811, siendo todavía muy joven. Tenía entre 14 y 15 años. Su marido, don José María Mardones, 15 años mayor que ella, era un hombre reconocido por su honestidad y laboriosidad, quien, por tener esas cualidades, podría asegurarle —pensaba ella, cuando se casó— una vida próspera, incluso de alta distinción.

Y la verdad fue que, al principio, todo fue bien. Él, como todo hombre emprendedor en esos años, se dedicó a las actividades mercantiles: administración de predios agrícolas, importación de mercaderías «de la otra Banda» y préstamos de dinero a algunos clientes de confianza. Se ocupó también como «apoderado local» (representante y procurador) de importantes mercaderes de Santiago. Sobre esta base, don José María y doña Josefa pudieron llevar una vida próspera y aun ahorrar suficiente dinero como para comprar «una á sienda» en la localidad de Maipú, cerca de Santiago. Siendo ya un hombre prominente, don José María fue nombrado capitán de un regimiento de milicias de la capital (de aquellos que vigilaban y protegían las fortunas de los grandes mercaderes). Eso implicaba reconocimiento social y, a la vez, asignación de poder. No había duda de que la pareja Mardones-Navas había logrado incorporarse a las filas de la gran sociedad mercantil de la capital. Era el inicio de una significativa carrera de ascenso social.

Y hasta 1814, según iban las cosas, ella estaba satisfecha. Pero no habían tenido hijos, y esto, de algún modo, ella lo compensó desarrollando aun mayores expectativas respecto al nivel de vida que la actividad de su marido podría depararles. Así, pese a los logros alcanzados, ella esperaba de él, todavía, algo más.

Por desgracia, desde 1814, la guerra comenzó a alterar los proyectos de ella y a quebrar sus ilusiones. Pues don José María, que se había alineado en el bando patriota, se vio arrastrado por los compromisos que eso implicaba. Y si después de la batalla de Rancagua tuvieron problemas de seguridad que sólo pudieron superar gracias a las conexiones de don José María con los grandes mercaderes de la capital, con el desastre de Cancha Rayada la situación se tornó incontrolable, porque las operaciones bélicas se desplazaron precisamente hacia la localidad de Maipú, donde estaba situada la «á sienda» de la pareja. Peor aún, don José María, en su calidad de capitán de milicias, debió enrolarse en el ejército patriota que entraría al campo de batalla. Fue inevitable: doña Josefa tuvo que abandonar, por seguridad, la hacienda de Maipú y refugiarse, en compañía de «su entenada, doña Carmelita», en la Hacienda Liray, que su marido había arrendado al mercader Juan Antonio Fresno, en el Partido de Colina. Ambos pensaron que ellas podían refugiarse allí, mientras durasen las operaciones bélicas. Por todo esto, doña Josefa declaró ante el Juez

que con motibo de haber emigrado de su á sienda de maypu cuando la infelis jornada de Cancha Rayada y haberse benido a refugiar a la hacienda de Liray, y hasistiendole el temor de la perdida de sus intereses y sitado su esposo para qe. ásistiese en el Exercito á la cabesa de su compañía…6

La guerra y la emigración a la Hacienda Liray fueron, pues, para la joven doña Josefa, golpes demoledores. Primero, porque Colina era un valle casi despoblado, relativamente alejado de Santiago, y allí ella quedaría sola por un tiempo que podía ser prolongado. Segundo, porque en semejante paraje, ella tendría que vivir, posiblemente, en condición de viudez. ¿No era demasiado para una mujer joven y ambiciosa como ella? Por esto, muy dolida, le dijo al Juez el 21 de marzo de 1822 que: «con la retirada de don José María (a la guerra), yo quedé en un parasismo».

Don José María, sin embargo, salió ileso de la batalla de Maipú (1818) y retornó al lado de su mujer. Y en 1822 —cuando se produjo «el allasgo» que motivó sus declaraciones— ya no había guerra, ni existían peligros físicos aparentes para la pareja. No había razón, por tanto, para nuevos «parasismos». Pero la pareja seguía viviendo en la Hacienda Liray. O sea: lejos de Santiago, en un lugar donde la vida social era escasa, o nula. Esto significaba que los sueños y ambiciones de doña Josefa estaban suspendidos, sin realizar, aherrojada a una estadía transitoria que se hacía eterna. Pues don José María, de ser simple arrendador de la Hacienda, había aceptado convertirse en Apoderado y Administrador General de todas las haciendas que don Juan Antonio Fresno tenía en los partidos de Colina y Batuco7. Para él, esto significaba un ascenso en su carrera mercantil. Para ella, eso equivalía a «enterrarse» en una comarca donde su juventud y sus ambiciones no podrían eclosionar apropiadamente.

Si José María fuera no sólo Apoderado de las haciendas que don Juan Antonio tenía en Batuco y Colina —pensaba ella—, sino también de las propiedades que el gran mercader tenía en la capital, todo sería distinto. Pues el ascenso, en ese caso, podía hacerse valer en los círculos sociales de Santiago. Pero ella sabía, o intuía, que ese cargo superior nunca sería de su esposo, sino del ambicioso sobrino carnal de don Juan Antonio, ese tal Felipe Sagredo, venido directamente de España, como su tío. Así, la decisión de José María de permanecer en Liray no conducía a otra cosa que a permanecer como eterno segundón en el grupo de procuradores del gran mercader. ¿No era mejor que hiciera negocios por su cuenta, independientemente? Y doña Josefa, en esto, creía no estar equivocada8.

¿Por qué, entonces —pensó ella—, no se quedaban con el oro del «allasgo»? ¿No venía esa milagrosa riqueza a facilitar la independencia mercantil de José María? ¿No les permitiría recuperar el terreno perdido desde el desbande de Cancha Rayada? ¿No había en todo esto un claro designio de Dios, que daba razón a sus intuiciones? ¿Por qué no decirle al Juez que las onzas de oro las habían escondido antes ellos mismos y no don Juan Antonio? ¿Quién podría probar lo contrario? ¿No era estúpido decir la verdad ante la magnífica chance que les proporcionaba el destino? Por todo esto, no bien ella divisó el oro recogido en el «capachito de las hubas», comprendió en el acto lo que debía hacerse. No tuvo que pensar demasiado y, con toda decisión, arrebató el capacho de las manos de José María (¡siempre tan vacilante!) y lo llevó rápidamente a la sala del estrado, para contar las onzas y limpiarlas, cuidadosamente, una por una. Todo lo vio con tal certeza y claridad, que, incluso, consideró innecesario discutir el punto con su marido para actuar de común acuerdo ante cualquier cosa. El oro se quedaba en casa. Y no había más que decir. José María tendría que comprender, callar y acatar lo que ella había decidido para la conveniencia de ambos, como pareja. Ella tomaría las riendas en este asunto.

Y enfrentó al Juez con todo aplomo, diciéndole punto por punto, toda su verdad. Es decir: el conjunto de sus mentiras. El copista del Juez tomó nota y, para la posteridad, quedó registrado en un documento judicial todo lo dicho, bajo juramento solemne, por doña Josefa:

Siendole preguntada si las referidas honsas las conto su esposo Dn Jose Maria Mardones en su presencia y quanto fue el numero que carculo, dijo que despues de haberlas limpiadolas conto para si mesma y que salieron ser sien honsas; y siendole preguntada que a presencia de quien las habia contado dijo que a presencia de una muchacha sirbiente llamada Matea Madrid y de su entenada Da Carmelita Mardones. Siendole preguntada si las referidas honsas existen en su poder o las ha llevado su esposo para la Capital de Santiago dijo: que en su poder no las tiene… e ynora si las hayga llebado su espozo… (y agregó que) las honsas ocupaban una esquina del gueco del capacho, el que lo condujo con una mano á sida del arsia del capacho. Siendole preguntada si le consta o haoydo desir de quien fuesen las referidas honsas enterradas, dijo: que eran de su espozo don José María. Siendole preguntada que motibo le á casiono a su espozo para semejante ocultacion y que tiempo hara poco mas o menos á que se habian enterrado, dijo: que con el motibo de haber emigrado de su á sienda de maypu quando la infelis jornada de Cancha Rayada y haberse benido a refugiar a la á sienda de Liray… encontro el mejor arbitrio el dejarlas enterradas. Siendole preguntada qual habia sido el motibo de estar tanto tiempo este dinero en ocultacion a pesar de declarar ser de su esposo y estando en posesion de la misma hacienda, dixo: que a pesar de las bibas diligencias que habia hecho su esposo para desenterrarlas, le habia sido en bano por habersele borrado las espesies del Lugar en donde las habia enterrado… que a su presencia don José Maria las habia echado en un cajon pequeño de madera y que solo su esposo habia sido el que habia echo el entierro… Esto dijo ser verdad bajo del juramento… añadio ser de edad mayor de beinte y sinco años y firmo, de que doy fe… Josefa Navas. Cecilio Ramos. Juan José Gazitúa9.

Dos días después, el 23 de marzo, se presentó a declarar don José María Mardones. El interrogatorio no tuvo lugar ante el juez Juan José Gazitúa del Partido de Colina, sino, solemnemente, en la Sala de la Intendencia General de Santiago, nada menos que ante el Gobernador Intendente, don José María Guzmán. El proceso judicial contra don José María, desencadenado por la «bos esparsida» del peón Rodríguez, rebotaba ahora en las más altas esferas del Estado. Pero esto no amilanó a don José María, quien demostró ante el Gobernador Intendente el mismo aplomo que doña Josefa había exhibido ante el Juez de Colina. Sólo que las razones y decisiones que respaldaban el aplomo del marido no eran las mismas que habían sostenido el de su esposa. Eran razones y decisiones muy distintas. Y de esta diferencia colgaba, en marzo de 1822, el destino futuro de su vida como pareja. El «allasgo» del oro en el corral de las fonderas marcó esa diferencia con el filo de un cuchillo, abriendo una herida que para ellos sería muy difícil de cicatrizar en el futuro.

El acta levantada del interrogatorio a don José María dice, entre otras cosas, lo siguiente:

Preguntósele que numero onsas contenia dho caxon. Responde que 895. Preguntosele por quien fue hallado. Responde que por los Peones que estaban abriendo una sanja para poner una puerta…(Y agrega que) dhas onsas corresponden á Dn Juan Antonio Fresno. Preguntosele que tiempo hase aque permanesian dhas onsas enterradas y si tenia el declarante una noticia anticipada de esto, o por que conducto sabe que pertenesian a Dn Juan Antonio Fresno. Responde que ignora el tiempo que estaban enterradas y que teniendo antecedentes de que podrian ser del referido Juan Antonio Fresno quando se hallaron la cantidad de onsas sitadas, se lo participo, quien le contesto exponiendole que a mas de las onsas que se havian hallado que eran suyas tenia otros entierros de Plata labrada y alajas en el lugar donde esta el Gallinero donde se hallaron las onsas, exponiendole asimismo que como a 20 pasos de donde se encontraron las onsas estaba el de la Plata Labrada y alajas. Preguntosele que destino le ha dado a las onsas… y si se han sacado o no los otros entierros de Plata Labrada y alajas. Responde que las onsas en la cantidad anteriormente expresada la tiene entregada al mismo Dn Juan Antonio Fresno; que los entierros de Plata Labrada y alajas deven permaneser enterrados por no haverse sacado y haverle encargado el dho Dn Juan Antonio Fresno quando le entrego las onsas que no cavasen por aquel lugar del gallinero donde se hallaron las referidas onsas. Con lo que concluyo esta diligencia. Jose Maria Mardones. Guzman. Aguirre. Araos10.

¿Por qué José María Mardones dijo, punto por punto, la verdad? ¿Por qué tenía él una visión radicalmente distinta a la de doña Josefa, en cuanto a las posesiones e intereses estratégicos de la pareja? La única razón que podía explicar semejante actitud es que don José María era mercader por profesión y convicción, y regía su vida según la lógica y la ética de las relaciones entre mercaderes. Según tradición inmemorial, entre mercaderes de un mismo (alto) rango, no podía haber engaños. En los negocios de alto nivel, la honestidad era lo único que podía avalar la palabra, el compromiso y la transacción, sobre todo si no se usaba llevar por entonces un detallado registro de contabilidad. Se podía abusar con los sirvientes, el peonaje o con empresarios de bajo rango, pero no entre iguales11. Los mercaderes, entre sí, debían tratarse con una lógica y una ética de «caballeros». Y frente a sus relaciones con don Juan Antonio Fresno —de quien era su procurador General en Colina y Batuco—, José María Mardones no podía actuar sino conforme a esa lógica y esa ética. Por tanto, no podía mentir, y no mintió. La lógica y la ética mercantiles estaban por encima de todo. Incluso, sobre la lógica y la ética de los «intereses» matrimoniales.

Que esto era así, lo confirmó el propio Juan Antonio Fresno, quien, al saber el tenor de las declaraciones de doña Josefa Navas, se preocupó y adoptó una clara actitud de sospecha. «Se me ha dicho —escribió, prontamente, al Juez de Colina el 26 de marzo— que su mujer (doña Josefa), sorprendida en la declaración que se le tomó, y creyendo que no podia librar ese dinero sino exponiendo que era de su marido, se lo atribuyó y minoró la cantidad. Nada influye esta exposición contra la verdad… La palabra agena no puede ceder en mi perjuicio»12. La honestidad demostrada en la declaración de don José María no impactó tanto a don Juan Antonio como la mentira contenida en la declaración de doña Josefa. Pues cabía esta duda: ¿amparaba don José María en su propia casa una acción inmoral contra los principios éticos del gran comercio? ¿Había que seguir confiando en él? ¿O había que alejarlo?

Como se dijo, en 1818 —después de la victoria de Maipú—, Juan Antonio Fresno, confiando en don José María como mercader y victorioso capitán de milicias, le había propuesto ser procurador General de sus haciendas de Liray, Batuco y El Manzano. Al año siguiente volvió a demostrarle su confianza cuando lo ratificó en ese cargo y a la vez como arrendatario, en consorcio esta vez con su hijo más amado: don Francisco Gabriel de Fresno13.

El contrato de 1819 situó a José María en un lugar de privilegio dentro de la «compañía mercantil» de don Juan Antonio Fresno. Esto explica por qué no retornó a su hacienda de Maipú, contrariando las expectativas de su esposa. Pero el «allasgo» de las onzas de oro, en 1822, y las impúdicas mentiras de doña Josefa resquebrajaron los lazos de confianza que habían surgido entre el gran mercader y su procurador de Colina y Batuco. Todos los documentos encontrados revelan que don José María, entre 1822 y 1825 (término del triple contrato de arriendo y de procuraduría), fue perdiendo terreno en la «compañía» mercantil de Juan Antonio Fresno ante el avance de Felipe Sagredo, el ambicioso sobrino de aquél. Y desde 1828, los documentos públicos muestran que no fue José María Mardones, ni siquiera Francisco Gabriel de Fresno, el o los que administraron las propiedades de Juan Antonio, sino, sólo, el dicho Sagredo. En ese año, éste fue confirmado como

apoderado amplicimo de su padre político don Juan Antonio Fresno, según lo acredita el poder generalísimo que hotorgó ante mí en 22 de junio de 182814.

Después de 1822, el nombre de José María Mardones no apareció en ninguno de los papeles relativos a Juan Antonio Fresno y en ninguno de los documentos mercantiles de ese período. Al parecer, la carrera empresarial de don José María se tronchó gravemente después de ese año. La falta contra la ética mercantil, perpetrada en la familia de José María, había constituido, para el incorruptible Juan Antonio, un delito de leso comercio. Una traición al código del patriciado. Y eso no se perdonaba. El pálpito de doña Josefa, en el sentido de que Felipe Sagredo sería el verdadero triunfador dentro de la compañía mercantil de Juan Antonio Fresno, resultó ser correcto. Pero, al mismo tiempo, las mentiras de ella habían sido un factor determinante en que fuera una trágica profecía autocumplida

Las 100 onzas de oro (según doña Josefa; 895, según don José María) fueron el último destello de sus sueños juveniles. Y a la vez, quizás, el inicio de un «parasismo» mucho más profundo que el que ella experimentó en las vísperas de la batalla de Maipú.

4. COMERCIO Y PATRICIADO

(DON JUAN ANTONIO FRESNO, GRAN MERCADER)

En 1783, cuando tenía 33 años de edad, Juan Antonio Fresno redactó de su puño y letra su primer testamento. Y en éste declaró, solemnemente:

Sepan cuantos esta carta… vieren, que soy natural de la villa de Sereso, perteneciente al Arzobispado de Burgos en los Reynos de España, hijo lexitimo de don Miguel de Fresno Garcia y doña Juana Garcia y Maneno, mis padres difuntos15.

Un año antes, cuando aún no habían muerto sus progenitores, su hermano mayor había hecho lo mismo:

En el nombre de Dios… yo, don Gabriel José de Fresno, declaro ser natural de la villa de Zerezo, en el Arzobispado de Burgos, Reino de Castilla la Vieja, hijo lexitimo y de lexitimo matrimonio de don Miguel de Fresno y de doña Juana García, vesinos de dicha villa16.

Ambos hermanos habían «pasado a Chile» en 1772, cuando Juan Antonio tenía sólo 22 años de edad17. Sus padres eran, por tanto, hidalgos, pero humildes, y de ellos no recibieron herencia alguna. Su venida a Chile en busca de mejor fortuna era, para ambos hermanos, aparte de un mejor porvenir para sí mismos, un modo de ayudar al bien morir de sus progenitores. Por esto, don Gabriel José declaró, en su testamento de 1782, que «respecto de vivir mi Padre de lo que manda la ley que pueden disponer los hijos que con riesgo de la vida pasan los mares», mandaba a entregarle $500 si estuviese vivo, que si no, se entregasen a su hermano. En añadidura, para prestigiar a su familia, destinaba la suma de $3.000 para que «se funde una capellanía en la villa de Zerezo donde soy nacido». No teniendo hijos propios, don Gabriel José dejó a su hermano Juan Antonio convertido en «albacea y tenedor de bienes» y heredero, además, de la mayor parte de su patrimonio (de $4.000, aproximadamente)18. Los hermanos Fresno se ayudaron en todo momento el uno al otro para lograr acumular un patrimonio material de consideración. Existía entre ellos un cariño entrañable. De modo que cuando dos o tres años después de haber redactado sus respectivos testamentos, don Gabriel José falleció repentinamente, Juan Antonio bautizó con el nombre de Gabriel a quien iba a ser su hijo más querido.

Con todo, no habían llegado a Chile con las manos vacías, pues ninguno de ellos había venido «a este Reyno sin caudal propio». Cabe suponer que habían iniciado su actividad comercial en España. Pero lo que traían no era, con todo, un gran caudal. El patrimonio de Juan Antonio, por ejemplo, no era mayor de $2.000, pues, al momento de contraer matrimonio (en 1776) y tras haber trabajado casi cinco años en Chile para multiplicar esa suma inicial, «era publico que, aunque no hise capital de vienes, tenía $6.000 poco mas o menos de buena especie y sin dependencia»19. Cinco años después de su matrimonio y a diez de su radicación en Chile, su capital había aumentado de modo considerable. Tanto que, a los 33 años de edad, decidió redactar su primer testamento. En él declaró: «que al presente puede llegar mi caudal de $24 á 25.000, aunque de esto jusgo que se pierdan en barias dependencias algo más de $3.000»20. Su actividad era tal, que tendía a triplicar su capital cada cinco años. Hacia 1790, según otros datos, su patrimonio frisaba $100.000, estando clasificado ya como uno de los más importantes mercaderes chilenos21. Es que, como otros inmigrados, Juan Antonio Fresno aprovechó sus contactos en la Península para importar mercaderías españolas y europeas, comercio que le dio una ventaja comparativa sobre los mercaderes que operaban sólo en el mercado triangular formado por Lima, Buenos Aires y Santiago. Sus mayores ventas, entre 1802 y 1804, consistían en «efectos de Castilla» y «efectos de Europa», según registran diversos documentos notariales22.

Al inmigrado que quería enriquecerse a través del comercio e ingresar a las filas del gran patriciado local —como era sin duda la intención de Juan Antonio— le era de toda conveniencia radicarse definitivamente en el país y, para mayor naturalización, contraer matrimonio con una mujer chilena. No era fácil, con todo, hacerlo con una doncella de alcurnia, ricamente dotada. Lo normal era enlazarse con una mujer honesta, de familia humilde, pero legítimamente constituida. Doña Juana Hernández y Quesada cumplía a cabalidad todos esos requisitos, y don Juan Antonio Fresno la solicitó como esposa en el año de 1776. Ella, por ser de familia de escasos recursos, no llevó dote al matrimonio, pero sí su modestia, su fidelidad y su acrisolada prudencia; virtudes que, durante su largo matrimonio con Juan Antonio, demostró tener en grado superlativo. Pero él, hombre de negocios al fin, sólo registró escrupulosamente que doña Juana no había traído dote al matrimonio. «Declaro que la referida mi mujer —anotó en su testamento de 1883— no traxo al matrimonio dote alguno… (excepto) $300 que a la espresada mi esposa dio doña Mercedes Quesada, su tía religiosa del monasterio de Agustinas». Doña Juana, por su parte, no dudó en reconocer públicamente ese mismo hecho, y además registrarlo:

Declaro que cuando contrage matrimonio no lleve dote alguno, y sí solo vestida y alajada con más $300 que regalo mi tia doña Mercedes Quesada, monja agustina, para comprar una criada23.

Y reconoció también que él le daba todo lo que ella y sus hijos necesitaban («en este como en las demas cosas que me dio mi dicho marido»), razón por la que ella se atenía siempre «a lo que él digere». A su fidelidad y prudencia, ella unía una silenciosa sumisión. Y a Juan Antonio le dio, a cambio, cuatro hijos varones y cuatro hijas mujeres: Juan Francisco, María Mercedes, Francisco Gabriel, María del Rosario, Manuel, María del Carmen, Ana Josefa y Santiago, a todos los cuales ella cuidó con una dedicación ejemplar. La misma que desplegó luego hacia sus numerosos nietos, a quienes benefició ventajosamente en su testamento de 183724. Su abnegación fue patente hasta el final: apenas unos meses después que, en aquel mismo año, muriera don Juan Antonio, falleció también doña Juana, compañera fiel en la vida y en la muerte.

Con tal compañía a su lado, Juan Antonio pudo dedicarse de lleno a multiplicar su ya acrecido capital. Como se dijo, triplicó su patrimonio cada cinco años. En este sentido, los años 1785 y 1786 fueron para él excepcionalmente favorables. Pues, aunque el valor total de sus importaciones para 1785 fue de sólo $1.548 (los grandes mercaderes, como Salvador Trucíos, Francisco Xavier de Toro, José Ramírez y Francisco Xavier Errázuriz, entre otros, realizaban importaciones por un valor que fluctuaba entre $7.000 y $20.000), el oro que llevó a la Casa de Moneda para ser amonedado ascendió ese mismo año a la suma de $18.181, cifra superior al promedio de lo llevado por sus rivales, la que mantuvo en los años siguientes25. Menores fueron sus ventas de plata a esa misma Casa de Moneda ($2.086 en 1785)26. Tomando en consideración estos registros, Juan Antonio Fresno movilizaba sumas de dinero que hacia 1785 rondaban los $20.000 anuales. Eso le daba un formidable poder de maniobra en los negocios, como luego se mostrará.

La mayoría de los mercaderes de entonces operaba con un capital líquido menor. Los ciclos de los negocios eran largos (el crédito solía darse a plazo indefinido), de modo que un mercader corriente solía tener comprometido casi todo su capital sobre una ancha red de operaciones en trámite. Tanto así que la mayoría de ellos no conocía con exactitud la suma total del patrimonio en giro. No se llevaba tampoco un registro notarial y contable riguroso de esas operaciones y de sus plazos de liquidación. Como se dijo, la honestidad y el cumplimiento de la palabra eran las únicas garantías que aseguraban la liquidación de las «dependencias». Este modo de hacer negocios terminó por inquietar a las autoridades, tanto del período colonial como del período postindependentista, pues no podían establecer impuestos sobre una base real, sin provocar la reacción indignada de toda la poderosa clase mercantil. En 1806, por ejemplo, el tribunal del consulado consideró el siguiente Informe:

... el cálculo que exsijia de cada comerciante particular referente a su giro era inverificable… una operación absolutamente odiosa a los mismos interesados, que por principios de la propia utilidad mantienen en indecisión sus fondos y su jiro… A ninguno le conviene descubrir sus fondos y asi el pueblo juzga por lo que ve y aun en aquello mismo que mira se engaña y equiboca, porque ¿quantos son los que giran con abultado y grueso capital, cuya propiedad pertenece a otros? ¿Quantos son meros comisionistas?27

Tampoco Juan Antonio estaba interesado en verificar cuánto sumaba realmente su «giro total». Hacer ese cálculo era para él, como para todos los grandes mercaderes, una operación lenta y «absolutamente odiosa». Tal vez pudo haber hecho ese cálculo de haberlo querido, pues su giro era menos enmarañado que el de otros, sus transacciones seguían una línea más clara y precisa, no fue nunca «mero comisionista» de terceros, ni abarcó rubros especulativos o que irrogaban conflicto o desprestigio (no se involucró, por ejemplo, ni en la importación de esclavos, ni en la cobranza del diezmo eclesiástico, ni en el arriendo de bodegas de Valparaíso)28, pero, de hecho, nunca lo hizo. Al menos, hasta que se vio obligado a hacerlo —como se verá más adelante— para defender sus 895 onzas de oro de las ansiosas pretensiones de doña Josefa Navas y, las no menores, de la Justicia y el Estado patriotas.

La línea de negocios seguida por Juan Antonio —importación de efectos de Europa y de Castilla— la complementó con otros rubros desde que las guerras napoleónicas interrumpieron gran parte del comercio con Europa. Se vio forzado a realizar importaciones y exportaciones de los «frutos americanos y del país», asimilándose de este modo a la mayoría de los mercaderes que operaban en Chile. Sus primeras importaciones significativas de «frutos americanos» se registraron después de 1805 (yerba mate, desde Mendoza y Buenos Aires). En 1808, por ejemplo, sólo por concepto de alcabalas (4% sobre el valor de la yerba importada) pagó $492-4, sobre una importación total de, aproximadamente, $12.30029. Era, sin duda, una importación modesta, comparada con las de Domingo Ochoa de Zuazola, Pedro Nicolás de Chopitea, Tomás Ignacio de Urmeneta y Francisco de Borja Valdés, sus competidores, cuyas importaciones de yerba mate, ese mismo año, totalizaban sumas que fluctuaron entre $60.000 y 70.000. La competencia era fuerte.

Dada esa situación, era conveniente construir una red de convenios y contratos con los mercaderes de «la otra banda», para asegurarse un aprovisionamiento permanente y oportuno. Intuyendo esto, Juan Antonio Fresno, desde antes de 1800, había cultivado la correspondencia comercial con Casimiro Santelises, de Mendoza, y Pedro González Cortina, de Buenos Aires. Estos mercaderes comenzaron a remitirle zurrones de yerba, a cambio de tercios, zurrones y cajones de anís, azafrán, candeleros, cencerros, garbanzos, cordobanes y otros «productos del país», que Juan Antonio les enviaba en retorno. Las ventas que realizó por esa vía sumaron en 1800 la cantidad de $3.20830. Para realizar estas exportaciones, Juan Antonio tuvo que organizar una red local de proveedores, productores y comerciantes menores, entre los cuales se contaban Juan Laviña, Gerónimo Hurtado de Mendoza, Rafael de Landa, Jacinto Pizarro, y otros31.

De este modo, hacia 1805, Juan Antonio Fresno manejaba una red comercial que se extendía desde Europa a América, y desde Buenos Aires hasta Lima, así como de norte a sur del país. Dada la posición central y de comando que ocupaba en esa red, pudo asegurar —como se dijo— una sorprendente liquidez monetaria, tal, que le fue posible aventurarse en el negocio de prestar dinero a interés a los clientes más solventes. De ser un mero comerciante inmigrado se convirtió en un influyente prestamista local. O sea, en un real capitalista.

Y fue notable que, cuando comenzó a realizar operaciones de préstamo, no prestó su dinero a tasas usureras —como era corriente en el mercado chileno de entonces— sino respetando las normas que la Corona había dispuesto en este sentido, las mismas que fueron revalidadas por el Estado patriota, a saber: que los préstamos de dinero sólo podían realizarse aplicando una tasa de interés no superior al 5%. Por eso, sólo en contados casos cobró un interés de 0.5% mensual32. No hay duda de que Juan Antonio Fresno regía su conducta por principios legales y/o por los de la no escrita ética mercantil de alto nivel.

Con todo, a los deudores insolventes no dudó en presionarlos de modo implacable para que hipotecaran, como garantía, una casa o un solar, como hizo, por ejemplo, contra el comerciante Andrés España en 1805, a propósito de una deuda de $25033. Su ética mercantil era doblemente draconiana, ya que se la aplicaba a sí mismo tanto como a las contrapartes que negociaban con él. Que Juan Antonio actuaba conforme a esa ética lo prueba el hecho de que ninguna de sus propiedades fue adquirida por ejecución de las hipotecas que gravaban a sus deudores.

Por eso Juan Antonio Fresno tenía labrada, hacia 1800, una fama de gran mercader y a la vez de hombre de principios. Considerando esa fama, diversos comerciantes chilenos y extranjeros lo buscaron para firmar con él contratos de confianza. Así, por ejemplo, don José Antonio Pizarro, vecino de la ciudad de San Agustín de Talca, le otorgó plenos poderes en 1800 para que «en su nombre y representando su propia persona, remate las tierras que se declararon bacantes en los títulos de Litué»34. En 1802, don Juan Palacios y Fuentes, de la misma ciudad, le solicitó que «mediante la correspondencia que por razón de su comercio tiene en la dicha ciudad de Cadiz… pueda pedir, cobrar, demandar y recibir todos los bienes» que le correspondían por la muerte de sus padres, que habían vivido sus últimos días en ese puerto35. Incluso antes, en 1797, esa confianza había quedado demostrada cuando la Tesorería General de Concepción y don José de Binimelis (gran comerciante de esa ciudad), aceptaron que Juan Antonio organizara una triple cuanto innovadora operación de pagos cruzados entre las tres partes36.

Dada esa situación, Juan Antonio sintió que había llegado el momento de materializar sus ganancias y su prestigio en un más alto rango material y social de vida. El oro líquido podía y debía transformarse en mejores casas, en propiedades urbanas y rurales. Y su prestigio, en relaciones más directas y orgánicas con el patriciado santiaguino. Tenía que plantearse, pues, el problema de cómo ingresar y ser reconocido como miembro legítimo de la oligarquía colonial y poscolonial. O sea: como parte de la clase dominante del país. Era el problema de cómo gestionar el momento del «éxito».

Su primera adquisición importante la hizo en 1789, y ya entonces dejó en claro su «estilo» de operación. En ese año se puso en subasta una casa situada en la calle de Santo Domingo, «cuadra y media para el oriente de la Iglesia de este combento». El tasador, don Antonio Ipinsa, la había avaluado en $7.515. En la subasta misma, todas las posturas propusieron el pago de una cierta «suma alzada» y el saldo en cuotas a plazo más o menos indefinido. Juan Antonio hizo una postura de $6.000, pero «de contado». Ante eso, no hubo oposición. El subastador ordenó al pregonero, entonces, que voceara como ganador a don Juan Antonio Fresno37. Durante años, esta casa fue su residencia particular y el cuartel general de sus negocios.

Con el mismo estilo, pagó de contado $2.548 en 1798 a don Manuel Ferreira y a doña Clara Oballe («marido y muger») por un sitio «con todo lo que en él hay edificado y plantado», que estaba situado a siete cuadras «para abajo de la calle de la compañía contando desde esta Plasa Mayor». El sitio había sido tasado en una cifra superior a lo pagado por Juan Antonio, pero don Manuel y doña Clara habían aceptado el trato porque el pago era «de contado» y porque a ellos mismos el comprador les había prestado «una cierta cantidad de pesos de principal, a más de otros beneficios», cuyos intereses acumulados e impagos ($124), Juan Antonio condonó, a cambio de reducir el precio de venta del sitio38.

Y al contado fue el precio de $20.200 que pagó en 1800 por «la Hazienda nombrada Batuco», «libres de escritura y alcabala». La vendedora era doña Rosario Bezanilla y Noriega, viuda del capitán de milicias don Vicente Ovalle. Esta hacienda deslindaba al norte «con el paraje que llaman El Manzano» y al oriente con la Hacienda Liray, propiedades ambas que pertenecían a don Juan Domingo Tagle39. Haciendo luego una demostración rotunda de su poder monetario, don Juan Antonio demoró apenas un año en comprar al dicho Juan Domingo sus haciendas El Manzano y Liray, lo que hizo redimiéndolas de las capellanías que las gravaban, y pagando, por esto, un precio menor que el marcado en las tasaciones respectivas. En los documentos notariales no figuran las sumas que don Juan Antonio pagó a don Juan Domingo40. Y resulto así que todas las mercedes que «el señor gobernador y capitán del Reyno, don Alonso García Ramón» había hecho en el siglo XVII a don Antonio de Núñez («hijo del pacificador don Antonio de Nuñez») en Liray, Batuco y El Manzano, vinieron a reunirse de nuevo bajo la propiedad y señorío de Juan Antonio, casi dos siglos después41.

De este modo, a su condición de gran mercader y prestamista, don Juan Antonio Fresno agregó, entre 1800-1801, la condición de gran hacendado. Su éxito como empresario y capitalista estaba ya, por esa fecha, fuera de toda duda. Restaba ahora llevar a cabo las operaciones que lo investirían como un gran patricio.

Hacia 1810 comenzó a demostrar magnanimidad. Ocurrió —por ejemplo— que uno de los más grandes mercaderes de entonces, don Pedro Nicolás de Chopitea, se halló excesivamente endeudado con Juan Antonio, y no pudiendo pagarle el total de la deuda le cedió como parte de pago «un citio y casas ubicado en la Cañada quadra y media distante del monasterio de las Carmelitas al lado del Cerro». Juan Antonio aceptó la cesión. Sin embargo, habiendo evaluado que sus propiedades materiales tenían ya una extensión más que suficiente, vendió ese sitio a don Francisco Javier Camedo a un precio razonable: sólo $3.000, aceptando incluso que fuera «pagado por mitades, a su voluntad»42. Era, considerando su estilo de hacer negocios, un gesto inusitado.

¿Qué estaba inspirando ese gesto de magnanimidad? Es que, para entonces, Juan Antonio tenía 60 años cumplidos y era un hombre acaudalado, honorable y respetado por todos. Había alcanzado la cima. No necesitaba ni acumular, ni escalar más de lo ya logrado. Podía flexibilizar sus operaciones de préstamo y cultivar, a través de gestos generosos, la amistad del gran patriciado santiaguino. Debía y podía ahora comenzar a distinguirse entre los distinguidos. El reconocimiento de sus pares, visible desde 1805 o 1806, favoreció su acceso a ese nivel de «distinción».

En 1806, por ejemplo, se le pidió ser «albacea y executor de las disposiciones de doña Ana Josefa Quesada, su suegra», cuya casa y sitio vendió inmediatamente en $6.500, recibiendo $5.500 «en plata sellada, de contado»43. En 1809, el distinguido mercader de Santiago, don José Joaquín de Larraín, le solicitó un préstamo de $2.000. Juan Antonio no sólo le concedió el préstamo, sino que se lo otorgó a un plazo de cuatro años y aplicando sólo la tasa de interés legal del 5%44. Un año antes, otro poderoso patricio, don Francisco de Borja Larraín, le pidió ser su apoderado en el remate que había hecho en 1804 de la gran Hacienda de Aculeo, a cuyo efecto Juan Antonio le pagó los derechos de alcabala en 180845. Y en 1810 se le pidió actuar como síndico en el concurso de la quiebra «del finado don Esteban Camino»46.

Solicitado simultáneamente por varios mercaderes y connotados patricios, Juan Antonio supo responder con eficiencia y a la vez con magnanimidad. Con la naturalidad de un hombre que sabía lo que hacía, que ya había triunfado y que estaba respaldado por una considerable fortuna. ¿Y a cuánto ascendía por entonces su fortuna? Cotejando diversos documentos es probable que, al iniciarse la revolución de la Independencia, la fortuna de Juan Antonio totalizara $500.00047. Según los informes que obraban en poder del tribunal del consulado en 1806, «algunas casas pudientes cuentan por centenares de miles de pesos sus capitales, y otras muchas en proporcion de menores quantias, como de sinquenta, sesenta mil pesos», no comprendiendo en ese cálculo los «vienes raices, muebles, urbanos y rusticos que poseen los comerciantes, sino solamente los de circulacion, transportacion y venta continua»48. De acuerdo a estos parámetros, el patrimonio fijo y circulante de Juan Antonio lo situaba claramente dentro de las «casas pudientes» del Reyno de Chile —tal vez en su estrato bajo—, a las mismas que primero la Monarquía y luego la República presionaron afanosamente para exigirles una «tributación» voluntaria o forzosa a efectos de financiar las «razones de Estado».

Podía sentirse, pues, orgulloso. Y que lo estaba, lo demuestra el escrito que presentó a los jueces en 1822:

En vista de lo expuesto… que hace 50 años que estoy en el Reyno, que no vine a el sin caudal propio… que he hecho mucho Bien a infinitos, que miles tienen que comer por mi, y ninguno tiene que quexarse con Justicia de mi conducta; casé con una Familia pobre; quienes por mi subsisten hasta hoy, tengo un Hijo y dos Hijas casadas, que aunque las dos primeras dotadas, todas hoy pende su subsistencia de mi Bolsico, con 18 nietos; cuatro hijos y dos hijas solteras sin Giro alguno49.

Era la imagen autobiográfica de un hombre en fase de plenitud; ennoblecido por su trabajo y por sus actos, pero, a fin de cuentas, ya cansado. Un hombre que, tras haber dedicado cuatro o cinco décadas de su vida a incrementar su capital, estaba en condiciones ahora de actuar en la sociedad sin anteponer el afán acumulativo del mercader, sino el sentido cívico del gran patriarca. Fue este sentido cívico de hombre rico y vecino patricial lo que lo indujo, algunos años después, a ser magnánimo nada menos que con su vecino, don Juan de Dios Correa de Saa y su «legítima esposa e hija predilecta del finado señor Conde de la Conquista don Gregoriano Toro, y subsesora del mayorasgo de este vínculo con su legítmo esposo», gesto que el propio don Juan de Dios creyó de su deber dejar registrado en una notaría de Santiago:

Conste que entremedio de nuestra casa de mayorasgo y la de don Juan Antonio Fresno hay un callejón que es el medianero el cual… es de todo el claro de nuestro primer patio de longitud, y nos es de mucho perjuicio por las muchas humedades que comunica a nuestras piezas. Que para remediar estas en un tras-dormitorio suplicamos a don Juan Antonio nos vendiese un pedaso de callejón para cubrirlo, y dicho no solo vino en lo que le pedíamos, sino que generosa y gratuitamente nos lo cedió todo entero50.

Este caso específico de magnanimidad y señorío cívico, realizado ante uno de los mayorazgos de la capital, formaba parte, en cierto modo, de la serie de contribuciones cívicas (entregas de dinero efectivo) que él hizo a las «razones de Estado», sobre todo entre 1814 y 1822 y en particular para «el sistema de la Patria». Sumadas, esas tributaciones totalizaron, aproximadamente, un tercio de su patrimonio total, sin contar las pérdidas que sufrió por el cierre bélico de los mercados, ni «los donativos hechos en pequeñas cantidades al tránsito de las tropas»51. En verdad, la «naturalización» de Juan Antonio como chileno —iniciada con su trabajo comercial y su casamiento con doña Juana— lo indujo a tomar el partido de la Patria, y dentro de este compromiso procuró ser, al menos como contribuyente monetario, un ciudadano ejemplar. Por eso, no bien se constituyó y consolidó el régimen republicano, solicitó para sí la carta de ciudadanía. Y ni el Supremo gobierno ni el Senado Conservador, al estudiar sus méritos, dudaron en concederle ese derecho. Y el 24 de noviembre de 1820, se registró lo que sigue:

Se acuerda, en el espediente de don Juan Antonio Fresno, lo que sigue: si la antigua vecindad i el moderado manejo que ha observado el español europeo don Juan Antonio Fresno, le ha hecho ganar el aprecio con que le ha distinguido el vecindario de Chile, sanciona el Senado la carta de ciudadanía que le ha sido despachada por el Supremo gobierno52.

¿Qué más podía esperar un hombre como él a los 70 años de edad? Contaba a su favor el «aprecio con que le ha distinguido el vecindario de Chile» y el reconocimiento formal de las autoridades supremas de la República. Y aunque disminuida por las tributaciones al «sistema de la Patria», su fortuna era aún considerable. ¿No había llegado el momento del reposo, de suspender el afán acumulativo y abrir paso a sus hijos y a las nuevas generaciones, a efecto que continuaran, ahora como familia patricia, la tarea que él había realizado con todo éxito? Pero ¿en quién delegar la conducción patriarcal de su familia, su fortuna y su prestigio? ¿Quién heredaría su habilidad para los negocios, su irreprochable ética mercantil, su honestidad a toda prueba, su señorío cívico y su ya aceptado sello de «clase y distinción»? ¿Acaso su hijo mayor, don Juan Francisco? ¿O el hijo bienamado, don Francisco Gabriel? ¿O su sobrino-yerno, Felipe de Sagredo? ¿O habría que buscar algún apoderado fuera del círculo familiar, un José María Mardones, por ejemplo, o el mercader Vicente Curruchaga, tan amigo de la familia?

Don Juan Antonio, siguiendo los hábitos mercantiles de la época, no había organizado sus negocios en los términos funcionales de una compañía moderna, sino como una enmarañada madeja de contratos y transacciones que manejaba, o él directamente, o por intermedio de un «apoderado» ocasional (el contrato de un apoderado solía durar de cuatro a seis años, dependiendo del juicio y parecer del gran mercader que lo contrataba)53. Tampoco tuvo un sistema reglado de registros y contabilidad, sino gavetas y archivos con documentos apilados sin orden alguno. Menos contó con un «estatuto» que rigiera funcionalmente a todos los empleados y asociados de su «compañía» mercantil. Sólo el registro notarial de los contratos y la correspondencia regular entre mercaderes establecía una cierta legalidad y/o institucionalidad en la empresa que él encabezaba. No es sorprendente que en 1834, al dictar su segundo testamento, Juan Antonio sólo hiciera una vaga y ambigua alusión a «las obligaciones que me deben, que no sé cuántas son, pero sí que son muchas»54. Por todo eso, la delegación de su fortuna y sus negocios carecía de un receptor orgánico, institucional, capaz de continuar la tarea y ampliarla. El gran mercader, casi octogenario, tenía que buscar ese receptor entre sus propios hijos o entre sus sobrinos o nietos. Entre los que él mantenía a cuenta de su «bolsico». O sea: entre los que habían nacido y crecido bajo la protección segura de un gran patrimonio (a diferencia de él, que había crecido a la intemperie luchando con denuedo para formar, precisamente, aquel gran «bolsico»).

¿Cómo elegirlo? ¿Por simple primogenitura, como en los mayorazgos de entonces? ¿Por capacidad empresarial y ecuanimidad patronal? ¿Por fidelidad a su persona? ¿Por amor filial? ¿O debiera ser aquel que reprodujera mejor el conjunto de cualidades que habían distinguido al propio Juan Antonio?

Todo indica que, desde 1814, comenzó a probar distintas fórmulas de transmisión de su comando mercantil. Estuvo, aproximadamente, diez años haciendo ensayos, hasta que, hacia 1828, encontró lo que le pareció más apropiado. Durante esos diez años, la duda lo atenaceó. Como también, probablemente, las presiones de los interesados en heredar ese comando. Sin duda, fueron años angustiosos, pues se trataba de un problema estratégico que debía resolverlo en ancianidad (tenía 70 años en 1820 y 78 en 1828).

El escogido ¿podía ser, por ejemplo, su hijo mayor, don Juan Francisco?

La respuesta era rotunda: «¡no!». No podía ser un hijo «que me ha dado varios pleitos». Que había hecho una mala administración de sus haciendas durante el crítico período 1814-1817. Que había acusado judicialmente a su padre de que le debía dinero. Que aún «estando preso en la cárcel y enfermo en ella», dio poder al doctor José María Novoa «para que a su nombre y representándole su misma persona, active y siga por todos sus grados e instancias el juicio que tiene pendiente sobre cargos y que se sigue a nombre de su padre don Juan Antonio Fresno»55. Habían sido largos 17 años de acusaciones judiciales recíprocas, que habían dado con el hijo mayor en la cárcel. Revelando su dolor por esta situación, Juan Antonio, al redactar su último testamento, escribió: «desapruebo su conducta… y le perdono de todo corazón… Nada le debo, y él es quien me debe muchos pesos»56. El padre, fiel a su ética mercantil, podía perdonar a su hijo-apoderado «de todo corazón», pero no podía olvidar el perjuicio moral que le provocaba la conducta inadecuada de su vástago, ni desistirse del pleito que se arrastraba por casi dos décadas. La conducta del hijo mayor tornaba imposible la alternativa de «vincular» las propiedades y establecer el mayorazgo de la familia Fresno. Por tanto, no podía ser Juan Francisco el que heredara el comando del patrimonio mercantil de Juan Antonio.

¿Podía, entonces, ser el hijo bienamado, don Francisco Gabriel?

Era todavía muy joven Francisco Gabriel —tenía 20 años— cuando su padre, en 1819, tras fracasar el hijo mayor como administrador de las haciendas, lo designó en calidad de coapoderado de las mismas, en consorcio con don José María Mardones57. Al parecer, el trabajo realizado por Francisco Gabriel no fue satisfactorio, porque en 1822 —año en el que ocurrió el «allasgo» de las 895 onzas de oro— no aparece citado en relación a la administración de la Hacienda Liray (sólo aparece José María Mardones). Es posible que, para entonces, su padre le hubiera asignado otra tarea. Tampoco aparece mencionado más tarde en los papeles mercantiles de Juan Antonio, ya que, desde 1828, sólo figuran Felipe de Sagredo y Vicente Curruchaga. Con todo, si Francisco Gabriel perdió la confianza mercantil de su padre, no perdió, según parece, la confianza total de su madre, pues ella, en un escrito redactado después de 1830 y antes de su testamento final de 1837 (no se encontró la fecha exacta), afirmó: «hice un testamento serrado en el que dejo de albasea a mi hijo Francisco Gabriel». Lamentablemente, él falleció poco después, lo que instó a su madre a redactar un nuevo testamento58. El hijo bienamado, por consiguiente, no dio lugar a pleitos ni se comportó de modo reprobable, pero no fue tampoco un buen hombre de negocios, ni podía ser quien heredara el comando del patrimonio familiar.

¿Podía ser alguno de sus otros hijos o alguno de sus yernos?

Ni Manuel ni Santiago —los hijos menores— fueron mencionados en los documentos mercantiles de Juan Antonio o en los de doña Juana. «A todos mis hijos —escribió él en su testamento de 1834— he dado para que trabajen, lo que consta de documentos». Las únicas referencias a los hijos menores y los yernos que aparecen en los documentos dicen relación, más bien, con su manutención. En su última voluntad, expresada en 1837, doña Juana dejó constancia que ella se vio relativamente obligada a criar por sí misma a los vástagos de su hijo Juan Francisco; a los de su hija Juana Josefa (casada con Bartolomé Grez) y a los de su hijo Francisco Gabriel59. Hasta el mismo año de su muerte (ocurrida en 1837, a los 87 años de edad) Juan Antonio seguía preocupado de sostener a su numerosa familia, lo mismo que doña Juana, como si ningún miembro de ella pudiera hacer nada para sostenerse a sí mismo o para engrandecer el patrimonio mercantil que estaban heredando.

¿Quién, entonces, sino Felipe Sagredo —hijo de una hermana mayor de Juan Antonio, «venido de España» en 1802 y casado con Mercedes Fresno, hija mayor del mercader— podía hacerse cargo de la «compañía» mercantil desde que la ancianidad de su suegro y tío le impidiera continuar dirigiéndola? El sobrino del mercader, si no era propiamente un mercader por actividad propia, era un hombre conocido entre los que habían pasado de España a Chile60.

Yo —escribió Felipe Sagredo en 1839— natural de la villa de Sereso… hijo legítimo de don Simón de Sagredo y de doña Juana Fresno, estando enfermo en cama del accidente que Dios Nuestro Señor hacido servido darme… declaro que he cido casado y velado con doña Mercedes Fresno, de cuyo matrimonio hemos tenido por nuestros hijos legítimos a doña Dolores, don Pedro, don Juan, doña Isidora, doña Josefa y doña Rosario Sagredo y Fresno61.

No hay duda de que Felipe Sagredo «pasó a Chile» muy joven y sin caudales propios, pues de inmediato vivió bajo la protección de su tío Juan Antonio, sin desarrollar ninguna actividad mercantil propia. Mientras el gran mercader gozó de buena salud y de suficiente energía, Felipe tuvo que vegetar como protegido, desempeñando tareas secundarias. De hecho, pasaron veinte años antes que comenzara a figurar en la línea de mando de los negocios de su tío. Incluso, debió esperar que simples clientes, como José María Mardones, los dos hijos mayores y después Vicente Gurruchaga fueran probados como apoderados o procuradores de las haciendas y negocios de su tío, antes que él mismo fuera convocado a desempeñar esos cargos. ¿Qué podía hacer, entre tanto? Los datos indican que no perdió el tiempo: empezó por enamorar a su prima hermana, doña Mercedes, con la que se casó, teniendo con ella seis hijos. Por este camino lateral reforzó su pertenencia a la «familia», a falta de mayor integración a la «compañía» del gran mercader. En esa posición, sólo tenía que esperar una buena oportunidad y prepararse para todo. Y no se engañó.

Ocurrió primero el fracaso estrepitoso de Juan Francisco, el hijo mayor. Luego vino el «allasgo» de las onzas de oro, que sacó del camino a José María Mardones, por las inoportunas mentiras de su mujer. Y poco antes el hijo bienamado había desilusionado a su padre por su incapacidad de administrar las haciendas de Batuco, El Manzano y Liray. Mientras que Bartolomé Grez, el esposo de doña Ana Josefa Fresno, demostró ser incapaz de mantener su propia familia, según testimonio público de doña Juana Hernández. Por su parte, los hijos varones menores, ante el fracaso de sus hermanos mayores, no fueron considerados competentes por sus padres. Por tanto, hacia 1825, Felipe Sagredo presentía que la sucesión mercantil de Juan Antonio recaería, finalmente, en sus manos. En cualquier momento el tío pondría su atención en él, y lo llamaría a asumir la responsabilidad total de los negocios.

No se equivocó. En 1828, don Juan Antonio —que a la sazón tenía 76 años— lo designó apoderado para «el pleito de los deslindes de su hacienda con los de doña María del Carmen Badiola»62. Ya para entonces el contrato de procuraduría y arrendamiento con José María Mardones se había extinguido, y no fue renovado. Esto coincidió con el primer gesto importante del tío hacia el sobrino, pues en 1828 le concedió «poderes amplicimos». Todo indica que Felipe Sagredo —quien necesitaba mostrar una mayor capacidad y diligencia mercantil que sus primos— demostró en los años siguientes ser un hombre eficiente y leal. Pues, seis años después, en 1834, Juan Antonio escribió de él:

… estoy intimamente persuadido de su suma honrades y buena comportacion. Apruebo su conducta en todas sus partes y ordeno que se esté y pase por las cuentas que presentase a mi testamentaria (doña Juana), bien sean o no aprobadas por mí.

Cuando Juan Antonio escribió eso (que implicaba una delegación total de su poder mercantil, anulando incluso el poder de doña Juana) tenía 84 años. Y eso significaba el poder total de Felipe Sagredo sobre el conjunto de la familia. La confianza del tío en el sobrino llegó a ser tal, que, en 1829, le reveló el lugar donde tenía «un tarro que tenía con oro en pellas guardado en una ventana del dormitorio de mi casa de Santiago», del que le hizo sacar $3.000 para que le diese a su hijo Francisco Gabriel «por cuenta de su legítima». Le confió también la administración del almacén principal que Juan Antonio tenía en la capital. Y agregó, en su escrito:

… en treinta y dos años que me acompaña, he adquirido conocimiento de su recto proceder y buenos sentimientos, por lo que lo dejo por testamentario, albacea y ejecutor, en primer lugar, y en segundo a mi esposa doña Juana Hernández, y don Vicente Curruchaga63.

Es evidente que el tardío pero rápido ascenso de Felipe Sagredo al comando total de la «compañía» del mercader —ocurrido durante la vejez de Juan Antonio y doña Juana— debió producir tensiones crecientes, primero con doña Juana y después con sus primos. Indicador de esto es que, a dos años de la muerte de sus tíos, Felipe Sagredo no dudó en asignarse la mayor parte de las propiedades de la familia, de lo cual dejó constancia en su testamento:

… declaro que en las particiones que actualmente se azen de los vienes de mis suegros he tomado la Hacienda del Manzano y parte de la de Batuco por el haber de mi mujer y con responsabilidad al de los hijos de mi cuñado don Francisco Gabriel Fresno64.

Tenía poder para ello: Juan Antonio lo había instituido como el albacea de todos sus bienes65. Lo que dejaba en claro que Felipe Sagredo había demostrado ser más hábil que sus primos para acceder a esa posición de poder. Sólo que esta «habilidad» no estaba en el mismo terreno en que se habían desarrollado las «virtudes» de Juan Antonio, que a su habilidad para los negocios unía un sentido ético acrisolado, reconocido por todos.

Todo indica que doña Juana Hernández no podía pensar de Felipe Sagredo lo mismo que pensaba su esposo. Es decir: no podía pensar de un sobrino lo mismo que de un hijo, y a más, de un sobrino que se había entronizado en los intereses de la familia más profundamente que sus ocho hijos. Ella, fiel a su consigna de atenerse «a lo que él (Juan Antonio) digere», no discutió las decisiones de su marido. Pero ella podía dudar, por ejemplo, del cariño real que Felipe pudiera sentir por su hija Mercedes, dado que el «interés», en él, podía ser mucho más gravitante que el «amor». Pues ¿no corría el rumor de que Felipe tenía amores con otras mujeres? ¿No se decía que incluso había tenido un hijo con una bodegonera, una mujer llamada Santos Toro? De ser real lo que se decía, ¿no demostraría eso que no era el amor, sino el interés y la ambición, lo que movía a Felipe para mantenerse y medrar dentro de la familia Fresno? ¿Cómo ella, doña Juana Hernández, una mujer honesta y leal, podía confiar en un hombre como Felipe?

En 1839, hallándose postrado después de su accidente (al parecer, una caída del caballo) y sintiéndose que podía morir, Felipe de Sagredo redactó su testamento, y en él estampó el siguiente ítem:

Declaro que a una mujer Santos Toro le he dado $300 en abilitación para un bodegón, los que recibió por un hermano suyo, y el que este puso: y si dise que tiene un hijo mío no es verdad ni lo reconosco por motivos justos y fundados que para ello tengo. No obstante, y por caridad y para obviar gestiones que quisiese haser mando no se le cobre la abilitacion y a mas dejo a su hijo de limosna $10066.

Este ítem de testamento puede, sin duda, ser interpretado en la línea de las sospechas de doña Juana. Razón por la que ella pudo haber asumido los chismes sobre la Santos Toro como una certeza y, por tanto, como motivo para que ella, doña Juana, adoptara una actitud de sospecha y rechazo hacia Felipe. Por eso, en ninguno de los documentos públicos que ella firmó menciona a su sobrino-yerno. Más aún: en 1837, después de muerto su marido y tras asumir la dirección del tronco familiar, ella no designó como albacea ni a Felipe Sagredo ni al socio de éste, Vicente Curruchaga:

Y para cumplir este mi testamento, mandas y legados, nombro por mi alvasea testamentario, tenedor de vienes, tutor y curador de mis menores nietos a don Miguel Baldes y Bravo y al Señor Prevendado doctor don Alejo Eyzaguirre como consultor, para que se cumplan mis disposiciones sin omitir cosa alguna… Lo otorgo en esta ciudad de Santiago en 24 de octubre de 183767.

Cuando pudo decidir por sí misma —después de morir su marido—, doña Juana no optó por la sucesión de mando que había avasallado y degradado a su familia (la comandada por Felipe Sagredo), sino por aquella que mantenía el alto nivel de distinción alcanzado en vida legítimamente por su esposo (el simbolizado en los albaceas patricios que ella designó). De este modo, por primera, única y última vez, doña Juana Hernández de Fresno, casi al borde de la muerte ella misma, contradijo la voluntad de su esposo, en un asunto crucial y en un momento final. Y cuando lo hizo, estaba segura de no haberse equivocado68.

5. DESPOJOS Y PAVOR

(LOS EXPOLIADORES DEL TESORO MERCANTIL)

La actividad normal de un gran mercader no se reducía sólo a mantener correspondencia con otros mercaderes, a despachar y recibir mercadería, a embodegar zurrones y costales, a firmar contratos notariales, a pagar alcabalas y tratar cotidianamente con apoderados, procuradores y clientes. Es decir: no se reducía sólo a las actividades que permitían la «acumulación» del capital mercantil. Tan importantes como estas operaciones eran las referidas a esconder y vigilar las pilas de oro y plata que arrojaba como saldo la actividad comercial. O sea: las referidas al «atesoramiento» de ese capital.

Cabe considerar que, en esa época, las utilidades del giro comercial eran muy superiores a las del giro productivo. Normalmente, cada operación mercantil (incluyendo los préstamos a interés) producía una utilidad entre 35 y 75% anual, contra un promedio de 7%, o menos, de la actividad productora. El Real consulado de Santiago, por ejemplo, estimaba en 1806 que «los predios rústicos… quanto mas, rinden 6% al año»69. Debe considerarse que gran parte de los productos de exportación del país eran comprados por los mercaderes en el mismo predio de los productores, transacción que casi siempre terminaba convertida en un grave endeudamiento del vendedor respecto del comprador, dado que éste compraba cosechas «en verde», que el clima a menudo impedía madurar. Entre los mercaderes mismos los envíos de ida y vuelta se anotaban como sumas y restas en sus cuentas corrientes respectivas, de modo que, entre ellos, era innecesario estar despachando siempre remesas de dinero físico equivalente a los valores transados. En cambio, la venta de los productos importados en el mercado interno (la mayor parte eran productos de primera necesidad, como la yerba mate, el azúcar y las manufacturas europeas), así como los préstamos en dinero efectivo, eran, en cambio, cancelados o generaban «dependencias» en monedas selladas de plata y oro. De este modo, al término de un año o dos, los saldos de dinero físico a favor del mercader —especialmente de los dos últimos ítems— se amontonaban uno sobre otro en una considerable pila de monedas de oro y plata, dinero que él no estaba obligado, ni a gastar, ni a invertir.

La clase mercantil, por tanto, comenzó a concentrar y monopolizar casi todo el dinero metálico disponible en el país.

Tal concentración y monopolio dio a esa clase un amplio poder de maniobra y aun de presión no sólo sobre el Estado, sino principalmente sobre la clase productora (mineros, campesinos y artesanos). Mientras más atesoraban los mercaderes, más escasez de dinero metálico existía en el mercado interno y más se dificultaban los pagos menores y la recaudación de impuestos. La astringencia monetaria golpeó especialmente la «caja chica» de los patrones productores, quienes, al verse imposibilitados de pagar salarios en dinero efectivo, optaron por hacerlo (con gran ventaja para ellos) en «monedas de cuenta» o, peor aún, en «fichas» de cualquier tipo, formas de pago que convirtieron las pulperías de minas y fundos en un implacable mecanismo de expoliación comercial sobre el trabajo asalariado. De este modo, mientras el resto de la sociedad colonial se tensaba y exasperaba con los diversos tipos de endeudamiento (sujetos por lo común a tasas de interés usurero), con el pago de los salarios en fichas (que esclavizaba al trabajador en la faena) y la no tributación de los impuestos (que profundizaba los déficits del Tesoro Público), los mercaderes se beneficiaban de todo ello. Esta situación para muchas autoridades (caso del Director Supremo Bernardo O’Higgins, por ejemplo) resultaba irritante, tanto, que pensaron seria pero inútilmente en modificarla70.

Los mercaderes resistieron tenazmente por un siglo —al menos— el establecimiento de un sistema bancario en Chile. Sólo después de 1860 aceptaron, a regañadientes, la aprobación de una Ley de Bancos. Así, hasta avanzado el siglo XIX, la acumulación mercantil se materializó en pilas y montículos de oro y plata albergados en las propias casas de los mercaderes, hecho que los obligó a organizar, dentro de las mismas, diversos sistemas de seguridad, escondrijos y vigilancia. No existiendo instituciones bancarias, el oro y la plata del Reyno (y después de la República) no se acumularon como un gran tesoro público, sino como múltiples tesoros privados que estaban depositados (o escondidos) en «casas pudientes que cuentan por centenares de miles de pesos su capital» (la expresión es del tribunal del consulado). Las «casas pudientes», por eso, estaban en la mira y las murmuraciones del pueblo («y el pueblo que jusga por lo que ve»); tanto más, si estaban situadas en el mismo centro de la capital (el «Barrio del Comercio»), rodeadas en sus cuatro costados por una sociedad empobrecida y a la vez enardecida, precisamente por la escasez monetaria que esas casas generaban en ella.

De modo que, entre los tesoros caseros de la clase mercantil y el resto de la sociedad chilena comenzó a surgir una relación tensa: de sospecha, merodeo y amenaza latente de parte de la sociedad empobrecida, de miedo y actitudes defensivas del lado de la clase mercantil. Y por esto, pese a su poder monopolista, los mercaderes se sintieron acorralados. Perseguidos. Injustamente tratados. Situación que para muchos de ellos —y para sus familias— dio lugar, a menudo, a momentos dramáticos de aprehensión, temor y angustia.

Es cierto que los mercaderes invirtieron gran parte de sus tesoros en la compra de fundos y haciendas (pese a su baja rentabilidad comparativa), en la adquisición de títulos nobiliarios y cargos públicos (pese a no ser lucrativos en el corto plazo) y en la importación de muebles y vajillas francesas o inglesas (pese a ser un consumo no rentable e improductivo). Pero ninguna de esas inversiones mermó las ganancias netas que, año tras año, producía su maquinaria mercantil y financiera de retaguardia, ni detuvo el atesoramiento de esas ganancias en talegos, gavetas, bolsas, tarros, cajones, hoyos y otros escondrijos caseros. De este modo, la plétora del capital mercantil (o sea, su acumulación tesaurizada, no productiva), que se mantuvo constante durante casi medio siglo, obligó a las familias mercantiles a desarrollar cada vez más, puertas adentro —como se dijo—, distintas y variadas formas de atesoramiento y cuidado del tesoro patrimonial. Tales prácticas, antes de 1790, fueron «costumbres» relajadas, casi pintorescas. Entre 1790 y 1810, sin embargo, se tornaron intranquilas y algo nerviosas, por la agudización del interés fiscalizador del Estado colonial. Y entre 1814 y 1823, esas prácticas se volvieron francamente patéticas, grotescas y desesperadas.

En el fondo, el peso de los tesoros mercantiles terminó por transformar la sociedad criolla en un plano inclinado que atrajo sobre esos tesoros, como por violenta gravitación económica, el apetito expoliador del Estado, la presión de los productores y la desesperación de los peones. Es decir: el reclamo de todos aquellos que vivían en carne propia los estragos de la sequía monetaria. Los «cuidadores de tesoro» tuvieron entonces que enfrentar, durante un largo período, la arremetida de los «buscadores de tesoros». Sobre todo, después que llegaron en masa los mercaderes nórdicos a las costas chilenas, aprobadas las leyes de libre comercio, y desde que se desencadenó la guerra de la Independencia. El Estado aumentó la presión fiscal para el pago de impuestos y contribuciones; mientras los peones, ahora organizados por la fuerza en regimientos y batallones, aumentaron su propensión al robo, al asalto y al saqueo. Entre 1810 y, más o menos, 1830, se desencadenó una suerte de ataque general de la sociedad contra los tesoros privados de los monopolistas. Producto de ese ataque, casi la mitad de los tesoros fueron destruidos o reducidos a uno o dos tercios de lo que habían sido, y por lo mismo, casi la mitad de la clase mercantil (en particular, su vetusta sección española) se desintegró71. Los factores que desencadenaron la Independencia fueron muchos, sin duda, pero lo que produjo el asalto generalizado a la plata y el oro atesorados en las «casas pudientes» fue, según parece, uno solo: el devorador monopolio monetario que la clase mercantil detentaba a comienzos del siglo XIX.

Se inició, primero, la presión fiscal. Ante la creciente presencia de barcos franceses, ingleses y holandeses en las costas chilenas —cuya oferta de manufacturas hizo bajar los precios, profundizar la sequía monetaria y revelar la escasa capacidad exportadora real del país—, los síndicos del Real Tribunal de Consulado pensaron que la solución estratégica era desarrollar la producción industrial, a efecto de aumentar la capacidad exportadora del país y evitar la fuga del oro y la plata sellados. Pero, para eso, era necesario invertir capital. ¿Existían suficientes capitales en el país? Los síndicos pensaban que sí, pues tenían noticia de los múltiples tesoros privados que permanecían improductivos en las casas de los grandes mercaderes. De modo que era posible formar «sociedades de capital»72. Incluso antes, hacia 1790, el gremio de los mineros ya había solicitado el establecimiento de un Banco de Avíos, de carácter público, precisamente para evitar los usureros préstamos «de habilitación» que contrataban con los monopolistas del dinero, y favorecer así el desarrollo productivo de la minería. Pero las autoridades, en lugar de crear el Banco de Avíos demandado por los mineros, establecieron un Fondo de Minería que operó como banco para habilitadores (o sea: para los mismos prestamistas)73. Con todo, al agudizarse el problema después de 1805, las autoridades insistieron en calcular el monto de las fortunas privadas para promover, precisamente, la formación de compañías capitalistas de inversión y/o para solicitarles préstamos formales, porque «la balanza de comercio de este Reyno se halla descubierta anualmente en más de $200.000». Los mercaderes, de forma unánime, se negaron a lo primero y sobre todo a lo segundo, alegando que ese cálculo no era técnicamente factible y que por esa razón «se hallaban imposibilitados de proporcionar en clase de prestamo una cantidad considerable a subbenir las graves necesidades del Estado»74.

Hacia 1812, ni el Estado Colonial, ni el Real tribunal del consulado habían logrado abrir los talegos del oro mercantil. Los mercaderes habían respondido a la presión de ambos trancando aún más sus puertas, sin inmutarse ante el enorme déficit de la balanza comercial «de este Reyno».

¿Logró la masa peonal lo que no había logrado el Estado Colonial: descerrajar la bolsa tintineante de los mercaderes? Todo indica que, aun antes de haberse iniciado la guerra de la Independencia, la delincuencia y el bandolerismo populares habían sometido a los mercaderes y sus tesoros respectivos a una presión mucho mayor que la del Estado. Y con «mejores» resultados que éste. Así lo reconoció el tribunal del consulado en su mismo Informe de 1806:

… el incalculable quebranto de los muchos miles que robaron a las tiendas y almacenes los ladrones combinados con los guardas de ellas por una serie continua de años75.

Y también lo reconoció así el Honorable Senado en 1812: «la extraordinaria frecuencia con que… se cometen salteos, robos, asesinatos y otros excesos»76. Y el mismo consulado informaba que, a consecuencia de eso, varios mercaderes menores habían quebrado, mientras otros, «visiblemente, han decaido de aquel auge primitivo, y si algunos de estos comerciantes aun sostienen la figura de tales, es por acabar de expender los resagos y cobrar las dependencias retardadas»77. Sin embargo, pese al desgaste producido por el aumento de la delincuencia peonal, las casas pudientes lograron sortear con éxito el período crítico 1800-1830 (excepto las de españoles que tomaron abierta y consecuentemente el partido del Rey) y recuperar el control «total» de la situación desde esa última fecha.

Como se dijo, después de 1812 la situación se tornó crítica para los grandes mercaderes. El Estado no escondió sus «graves necesidades» y el inicio de las operaciones militares lo habilitó para transformar en perentorias sus demandas a la bolsa de aquéllos. Cuando José Miguel Carrera anunció que impondría un préstamo de $3.000.000 para llenar las vacías arcas fiscales, agregando la frase «sin perdonar arbitrio», se produjo un gigantesco pánico en el patriciado de Santiago, que enterró sus tesoros o los sacó de la capital78. Los mercaderes, poco a poco, tuvieron que definirse: o tomaban de hecho (pero a regañadientes) el partido de la Patria y «negociaban» esas demandas (salvando así gran parte del tesoro y todo el patrimonio acumulado), o tomaban el partido del Rey (arriesgando la confiscación total de los bienes). Era una cuestión de vida o muerte, agravada por el hecho de que a veces predominaba uno de esos partidos y otras veces el otro, lo que obligó a muchos de los mayores capitalistas (especialmente a los «mayorazgos») a cambiar sus lealtades políticas para no modificar su insobornable lealtad con el oro y las propiedades de la familia. Y dentro de ese contexto inestable, el peonaje, reclutado y armado a la fuerza en una atmósfera de revuelta general, desinhibió sus acciones, soltó su rabia y multiplicó sus asaltos y saqueos.

Todo eso desencadenó, pública y privadamente, el pavor mercantil.

En un principio, todo parecía razonable. El Estado tenía necesidades, y la Patria, por primera vez, entraba en guerra. ¿No era lógico ayudarla? Juan Antonio Fresno, que había asumido que su patrimonio y su familia eran chilenos, consideró que sí, que era lógico ir en su ayuda. El 29 de abril de 1812 entregó —no sin cierto fervor— su primera contribución «a fabor de la Patria en el Estado y la República de Chile». Era, sin duda, una decisión política rotunda, de rasgos revolucionarios, que lo alejaba de su patria de origen y al mismo tiempo del régimen monárquico.

Esa contribución crucial, sin embargo, fue seguida de otra. Y luego, de otra. Y otra, hasta totalizar, en dos años, siete entregas. Poco a poco, Juan Antonio se fue convirtiendo en uno de los principales financistas de la revolución. Así, al 15 de septiembre de 1814, sus erogaciones sumaban la cantidad de $25.550-0; esto es: el valor de mercado de una de sus haciendas. Pero la guerra no se detuvo, y las erogaciones de Juan Antonio tampoco. Desde 1814 hasta el 25 de marzo del año 1822 —el mismo en que fueron desenterradas sus onzas de oro, y cuando hizo el balance de sus contribuciones a la Patria—, Juan Antonio hizo veintiséis entregas adicionales, que sumaron otros $55.000-4. A los que debió agregar $12.000 «que regulo poco mas o menos en Dinero, Alaxas y Efectos que me saquearon el dia 2 de octubre de 1814 a la fuga del Exercito de la Patria pa. la otra Banda». Y a eso, todavía, tuvo que sumar las «dependencias de mercaderes que quedaron insolventes por Robos y saqueos desde Copiapó a Concepción en que estoy pronto a manifestar documentos», que, en conjunto, totalizaron otros $60.000. Más aún: ahí estaban los $7.826-5 que entregó al Estado y que correspondían a una depósito «que don Francisco de Borja Larraín puso en mi poder por orden de la Real Audiencia», los $6.044-5 del líquido obtenido del secuestro de los bienes del Europeo don Francisco Padín y los $8.085-0 del valor de «66 sacas de pavilo pertencientes a don Francisco Fernández Zieza vecino de Lima, que entregué por orden de la misma Junta».

Todas esas deudas y entregas, sumadas al 25 de marzo de 1822, alcanzaban a la asombrosa suma de $174.307-679. Impresionado por esto, escribió un segundo Informe:

… sólo ahora he venido a tocar la importancia del valor de lo que mis propiedades han tributado a la Patria, y yo mismo me asombro… las Listas que acompaño las hacen suvir de mi caudal propio a $154.332-2, a que agregados los de otros documentos que hoy he hallado suman $177.082-2, y si se reunen $21.996-2 de caudal ageno, quasi montan $200.000. ¿No son bastantes esas erogaciones para consumar la ruina de un ciudadano?80

Cabe señalar que los $200.000 que entre 1812 y 1822 tributó Juan Antonio Fresno al «sistema de la Patria» salieron de su capital líquido y de su capital en giro, no de sus propiedades inmuebles, ni de su tesoro escondido. No hay duda de que eso mermó seriamente su tasa de acumulación, pero no provocó su ruina, como sus herederos bien sabían entonces y después. Su patrimonio era capaz de resistir eso y mucho más. Y esto lo sabía el Supremo gobierno cuando, en noviembre de 1817, confeccionó una lista de los patriotas pudientes, a los que conminó a «contribuir las cuotas asignadas por vía de empréstito». La «cuota» estaba calculada como porcentaje de lo que se suponía era el patrimonio total del mercader. Y la que correspondió a Juan Antonio fue de $8.000 líquidos, la más alta después de la asignada al Marqués de Casa Larraín, a Vicente Izquierdo y Santiago Larraín, que ascendió a la cantidad de $12.00081. Por su parte, el conspicuo patriota y mercader, Francisco Ruiz Tagle, hizo saber al gobierno en 1820 que, a causa de esos mismos empréstitos y tributaciones, «el deterioro de mi fortuna asciende a la suma de $100.934, los que ofrezco documentar en caso necesario»82. O sea: la mitad del deterioro sufrido por Juan Antonio Fresno.

De este modo, lo que no pudo conseguir el Real tribunal del consulado a través de la persuasión discursiva, lo logró el gobierno (dictatorial) de la Patria, a saber: vaciar los tesoros mercantiles, sólo que no para invertir en el desarrollo industrial del país, sino para subvenir a las «graves necesidades» del Estado. El gobierno patriota ordenó el secuestro total de los bienes acumulados por los mercaderes «europeos» que se plegaron al bando del Rey (antes de 1810, constituían el 70% de los grandes mercaderes), y la tributación forzosa de aquellos que, europeos o no europeos, adhirieron al bando de la Patria (lo que significó una merma aproximada de 30% del capital mercantil de éstos). La deuda «contratada» por el Estado patriota con los mercaderes fue, pues, cuantiosa, tanto como para que tardara más de 30 años en reconocerla como obligación fiscal, y tanto como para que la clase mercantil quedara relativamente diezmada y debilitada ante la embestida implacable de los mercaderes ingleses, franceses y norteamericanos que, con la Independencia, en sucesivas oleadas, desembarcaron en los puertos chilenos. De esa manera, la «expoliación» del capital mercantil ejecutada por el Estado después de 1812 y extendida hasta, cuando menos, 1825, provocó en los mercaderes un definido pavor político, de una parte, hacia el militarismo patriota, y de otra, hacia el desorden público que permitía el accionar impune de los extranjeros en el plano económico, y de los peones en el plano delictivo. Fue este pavor el que despertó en ellos el nervioso afán por construir un sistema político de seguridad nacional para proteger sus actividades comerciales y sus respectivos tesoros. Sería el pensamiento base y la obra política del mercader Diego Portales.

Es que para ellos resultó insoportable sumar, de un lado, el pavor financiero sembrado por un Estado expoliador, y de otro, el pavor familiar desatado por las gavillas y montoneras de ladrones y saqueadores del «bajo pueblo». Pues si la expoliación fiscal fue insistente y majadera, el ataque de los «rotos» fue sostenido y aterrador. Los habilitadores mineros de Copiapó, por ejemplo, informaron en repetidas ocasiones que los ladrones robaban el 30%, aproximadamente, del rinde anual de las minas. Una proporción similar perdían los comerciantes de Santiago y muchos hacendados del centro y sur del país83. Los dueños de tesoros, pues, tenían razones para sentir «pavor».

Juan Antonio Fresno comenzó a sentirlo hacia 1814. El primer informe, en este sentido, fue más bien escueto y parco:

… que con la función o contraste que padesio el Estado de Chile con la perdida de la acción en Rancagua el año de 814, de cuyo resultado fui saqueado a las diez del día en mi casa por una porción de hombres de 40 o 50 armados con fusiles, pistolas y armas vlancas84.

El segundo informe fue algo más explícito, pero continuó siendo vago:

… el saqueo que sufrí el 3 de octubre de 1814 quando la triste derrota de Rancagua puso en movimiento la precipitada emigración de aquella época. Yo me vi ajado hasta el extremo de que me arrancasen el relox del bolsillo: y yo he hecho un ejemplo de moderación portentosa silenciando los autores de mi desgracia por más que el gobierno español se empeñó en saverlos85.

No hay duda de que Juan Antonio regía su conducta pública por impecables principios éticos de gran mercader y también por sólidos principios de lealtad política. De esto dio debida cuenta al gobierno del General O’Higgins. Pero lo que no informó a nadie fue el enorme pavor que embargó a su persona durante y después del saqueo ocurrido en la mañana del día 3 de octubre. Pues entonces quedó al descubierto su falta de entereza en otros aspectos de su conducta social. Y de esto dieron buena cuenta sus hijos menores. Por ejemplo, Santiago:

… que lo del saqueo lo sé, no porque lo presencié y si por habérmelo contado mi Padre quando llegó la Hacienda despaborido, de donde binimos inmediatamente el Declarante con mis demas hermanos a llebar a nuestra Señora madre, a fin de pribarla de que les sucediese alguna cosa en esta Capital…86

Nótese que Santiago no destacó «lo que» los saqueadores habían robado, sino más bien «lo despaborido» que llegó su padre a la Hacienda Liray y «lo abandonada» que aquél había dejado a doña Juana en la casa de Santiago, junto a las otras mujeres de la familia. El otro hijo menor, Manuel, corroboró lo dicho por Santiago:

Es verdad que como a las diez del dia fue saquiada la casa de mi Padre, según nos lo expresó ami y demas hermanos que nos hallabamos en la Hacienda de Liray, quando se fue de esta Capital como derrotado en un Abio bastante indesente; que esto lo confirmamos con lo que supimos quando binimos allebar a nuestra madre de esta Capital para la Hacienda, en que hallamos la casa, digo, la familia de la casa toda atimidada87.

Es sintomático que, mientras Santiago y Manuel describieron la llegada de su padre a la Hacienda Liray con términos duros: «despavorido», «derrotado», con «avío indecente», a la vez que destacaban el abandono en que quedó doña Juana y el resto de la familia, el hijo bienamado, Francisco Gabriel fue, en cambio, cauto y parco, destacando en cambio la victimización de que había sido objeto su padre

la tarde de ese dia en que fue el saqueo por la mañana, se apareció mi padre a la Hacienda de Liray contándome a mi y a mis demas hermanos que allí nos hallabamos, la tragedia que había padecido su casa y que asta el relox le habian quitado88.

El hermano mayor, Juan Francisco (llamado también Miguel), en cambio, no se refirió de ningún modo a la forma en que llegó su padre a la hacienda, ni hasta qué punto había sido víctima de una tragedia, sino a cuánto se había perdido (que no era mucho) en el saqueo y cuánto se había salvado (que era casi todo)89.

Doña Juana Hernández, por su parte, declaró lo que sigue:

Que mi esposo Don Juan Antonio Fresno se fue inmediatamente a la Hacienda luego que paso la tragedia del saqueo, permaneciendo en esta su Casa el rato que demoro el caballo que se le tragiese, saliendo de esta Capital lleno de temor90.

Las declaraciones revelaron la naturaleza de las relaciones filiales que el gran mercader tenía en su propia casa. Doña Juana, por ejemplo, con lealtad, asumió el saqueo en los mismos términos dramáticos con que lo había asumido su esposo: era una «tragedia» que afectaba a «su Casa» (de él) y a la persona misma de «Don Juan Antonio Fresno», razón suficiente para que él saliese de la capital «lleno de temor» no bien le trajeron «su» caballo. Juan Francisco, en cambio, ignoró la persona de su padre para concentrarse en el daño sufrido por el patrimonio. Francisco Gabriel, con un sentido general de la situación familiar, rehuyó los aspectos críticos de la fuga de su padre. Los hermanos menores, por su parte —que de un modo u otro habían sido excluidos por Juan Antonio de la administración de los bienes familiares—, subrayaron el triste papel que su padre había desempeñado durante y después del saqueo; tanto, como para que todos los hermanos tuvieran que moverse precipitadamente para reparar el daño que su despavorida fuga pudo haber causado en el resto de la familia.

En todo caso, tras el saqueo, Juan Antonio comenzó a disponer de sus hijos varones como si se tratara de un cuerpo de seguridad, para protección de la familia y del tesoro. El patriarca, a la sazón de 72 años, y el tesoro patrimonial, el cuarto o quinto de Chile por su volumen, necesitaban —a falta de un Estado y una Guardia Nacional protectores de toda la «clase» mercantil— de un cuerpo de seguridad confiable, privado y obediente, que no podía ser formado sino por el total de los hijos varones de doña Juana y Juan Antonio.

Tal «cuerpo de seguridad» entró en acción no bien supieron que el verdadero tesoro del patriarca había salvado intacto del saqueo. Los saqueadores, encandilados por un descontrolado impulso rapaz, robaron lo que vieron por sí mismos, sin preguntar dónde estaba el escondite del tesoro mercantil. La nerviosidad de los asaltantes y la estratagema del escondite salvaron a Juan Antonio de perder su preciado tesoro. El mercader no informó nada al respecto. Pero su hijo Santiago —el más locuaz de todos, al parecer— y Juan Francisco, el más materialista, sí se refirieron a este hecho. Declaró Santiago:

Que es verdad que se hallaban una cantidad de honsas, que no supo el declarante el número de ellas en la Caxa que se cita, en que también estaba un poco de plata Chafalonia; que la mugrosidad de la Caja y poco aprecio de ella debio ser la Causa de que no le exitase a los que fueron a saquiar el abrirla y trasegarla91.

La mugrienta «Caxa» donde los Fresno tenían su tesoro estaba —según la declaración de Juan Francisco, quien completó lo dicho por Santiago— en el «cuarto de la Criada», donde los asaltantes «no tuvieron la curiosidad de ir». Lo mismo dijo doña Juana: «se llenó el patio de hombr

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