. Abrir los ojos. Abrirlos y ver como nunca antes habíamos visto.
. Era como haber sido ciegos o casi ciegas o haber tenido los ojos dañados sin saberlo, como haber sido nada más que un montón de manos envolviendo fruta o pescado o martillando clavos y teclas, nada más que hombros sosteniendo carteras, cargando bolsas, mochilas y muchos, demasiados pies y piernas subiendo y bajando escaleras, músculos adoloridos, espaldas magulladas, cuerpos adormilados en vagones de metro y en micros infinitas; haber sido carne molida, sangre seca, voluntades apagadas con pastillas para dormir y despertar y seguir trabajando a ojos cerrados. Hasta que un terrible dolor nos sacudió.
. abre los ojos. Esa orden escrita sobre muros y fachadas llenas de ventanas a medio abrir. Acatamos el persuasivo apremio, nos asomamos al abismo de la vida cotidiana, ellos, nosotras, yo.
. Una mañana, a mediados de octubre, mis ojos secos se abrieron ante una pantalla chica llena de titulares enormes y de mensajes con exclamaciones desde distintas ciudades del mundo que preguntaban qué estaba pasando en Chile. Busqué mis anteojos y empecé a leer con avidez dejando que se enfriara mi desayuno. Iba a volverme ojos, toda yo, un montón de ojos.
. El país había estallado, el centro de Santiago se había vuelto zona cero.
. Esto ya no es noticia pero entonces lo era y el estallido de nuestro remoto país resultaba incomprensible, sobre todo fuera de Chile. Sorprendía, afuera, que en un país con reputación de serio y de solvente estuviera ocurriendo un alzamiento de semejante magnitud por apenas treinta pesos más en el transporte público. Que unas mezquinas monedas hubieran podido encender a la ciudadanía y hacerla arder. Apenas treinta, los pesos. Era solo que esas tres moneditas de diez, añadidas a tantas otras alzas pequeñas pero punzantes en el precio de la vida, venían a sumar décadas de descontento ante el capitalismo desalmado que la dictadura instituyó y la democracia mantuvo durante las siguientes tres décadas: ese modelo usurero se nos había impuesto por la fuerza y se fue volviendo razón de Estado hasta que dejamos de ver que seguía ahí. Cada vez que protestábamos era por causas que parecían inconexas. La calidad de la educación pública y el costo de la educación privada. Las precarias jubilaciones. La discriminación salarial y la variada violencia que sufren las mujeres. El proyecto hidroeléctrico que pretendía inundar reservas patagónicas y tierras indígenas. La militarización de la Araucanía y la aplicación de leyes antiterroristas a los Mapuche, el impune homicidio de sus líderes.Todos esos asuntos manifestados en las calles a lo largo y ancho de la década anterior eran vistos como preocupaciones acotadas por más que respondían a la histórica estructura del abuso escrita con sangre en la constitución dictatorial que nos regía. Aunque parecieran distintos y distantes, esos reclamos callejeros nos fueron sacando de la inercia: la multitud era un número que iba en aumento, era un enojo que crecía. Era un descontento lleno de lemas que ahora voceaban lo que la gente había esperado, lo que había aguantado. Esa gente multitudinaria había cumplido su parte del pacto buscando conseguir lo que se le había prometido. Era una gente que se levantó temprano para llegar puntual a su puesto, que trabajó duro, que sumó horas extra, que pagó sus impuestos mientras veía que otros evadían los suyos. Esa gente que tan poco tenía cada vez tenía menos porque todo costaba más y el salario rendía poco, y la gente se fue endeudando para educar a sus hijos en colegios pagados, porque las escuelas públicas ya no eran garantía, y en universidades de aranceles para los que el sueldo no alcanzaba, y los endeudados pagaban los impagables intereses en cuotas imposibles con una infinidad de tarjetas repartidas para empujarlos a endeudarse aún más, y a trabajar aún más, más, más, sin comprender (o comprendiendo sin opción) que cavaban su propia tumba, que vivían para pagar y trabajaban para pagar y se alimentaban para seguir trabajando, para seguir pagando, demorándose en entender que nunca terminarían de hacerlo y que envejecerían en la deuda, que enfermarían de deuda esperando ser atendidos en los hospitales públicos que se venían abajo. Que muchos se suicidarían desasistidos en sus casas porque no les alcanzaba con las pensiones privatizadas que les habían vendido. Eso no se percibía afuera. Ese no tener ya nada que perder.
. quien nada tiene nada teme. Ese lema, pintado sobre una pared que yo había visto en mi pantalla, era el que repetía a quienes me preguntaban por Chile.
. Siempre hay algo que perder, murmuraba yo, quien nada tiene al menos posee un cuerpo.
. En nuestra céntrica zona cero los muros se llenaron de quejas, todas las quejas juntas, murmurando, lenguajeando, contraviniendo las normas del buen decir.Y eran tantas las contrariedades y las carencias y las peticiones, puntuales pero pespuntadas y superpuestas, que una pancarta se resignaba ante la imposibilidad de apuntarlas todas: es tanta la wea q no se q poner.
. Y se alzó una mano anónima y nocturna y escupió su resentimiento no + migajas sobre la ciudad.Y otra mano apretó sus aerosoles para escribir lo mismo con más palabras: unos juntan plata, otros juntamos rabia.
. En vez de aplacar el resentimiento ciudadano, el ministro de economía sugirió, sonriendo con alevosía, que quien madrugara sería ayudado o premiado con una tarifa más baja en el pasaje. Como si los trabajadores no se levantaran tempranísimo. Como si no se desgastaran en sus traslados por la extendida capital, como si el ministro estuviera haciendo la vista gorda ante el cansancio ajeno; como si, siguiendo la lógica ministerial, la lógica de un ministro con auto propio y chofer, los trabajadores debieran asimismo alargar sus jornadas para esperar la económica tarifa nocturna antes de regresar a sus hogares. Como si no tuvieran hijos esperándolos, madres, padres, parejas convivientes. Como si no hubiera tantas mujeres en la fuerza laboral necesitando llegar a casa. Como si lo más lógico fuera que todos ellos pernoctaran en el lugar de trabajo, para ahorrar. Como si la ciudad hubiera sido declarada un yacimiento y los trabajadores debieran instalarse en las inmediaciones, o joderse, y cobrar en fichas o joderse, aceptar calladamente el jodido abuso. Como si ese ministro, como tantos otros ministros, tuviera derecho a imponer sus flacas condiciones y esperar que la gente se lo agradeciera. Como en otros tiempos.
. ¿No veía, ese ministro mordaz? ¿Se hacía el ciego? Es retórica mi inquina: fijos sobre la nariz yacían sus lentes de elegante marco negro. Llevaba un traje bien planchado, una pulcra corbata cuando comentó sus declaraciones. Ni siquiera pidió disculpas: dijo que de haber sabido lo que sus palabras provocarían hubiera dicho lo mismo de otra manera.
. Ese ha sido el modus operandi de nuestra historia nacional: hacer lo mismo apenas disimulando. Siempre lo mismo, torciendo el ojo y apenas las palabras.
. No le convenía ver, al ministro: de haber visto hubiera tenido que tomar medidas.Ver obliga a responder.Ver exige responsabilizarse por lo visto.Ver es lo que se exige de un ministro: hacerse testigo de lo que siendo visible no es visto e incluso obligarse a ver más allá de lo que se le muestra.Abrir los ojos a todo aquello que ha dejado convenientemente de ver.
. Para qué explicar en tantas palabras lo que un cartel resumía en una línea: el huevo se veía bonito x fuera pero x dentro estaba podrido.
. Solíamos escuchar que el cambio quedaba fuera de nuestro alcance, pero ahí estaba la acaso apócrifa pero instructiva historia del huevo de Colón en la que don Cristóbal demostró que aquello que se decía imposible resultaba sencillo si se conocía el truco. Colón retó a sus pares a poner de pie, sobre la mesa, un huevo de gallina. Ninguno pudo, desconocían el arte de parar el huevo propinándole en la punta apenas un coscorrón.
. Esa imagen me devolvió a los huevos que tirábamos en el colegio durante los presuntos finales de la dictadura, cuando nos avisaron que las cosas iban a cambiar. Cuando no sabíamos qué esperar de la promesa de alegría futura porque en ese colegio privado nadie tenía de qué preocuparse. Solo el rector de camisa almidonada y corbatita y una chaqueta azul como la nuestra se preocupaba por la imagen de su prestigiosa institución: nos correteaba requiriendo que dejáramos de reventar huevos en el patio y regresáramos a las aulas a empollar para la prueba de aptitud académica. Si no, amenazaba, nos iba a castigar.
. ¡Las huevas! Eso decíamos con insolencia sin entender qué estábamos diciendo, sin saber que ya alguien había manoseado nuestras palabras en una novela que ningún profesor hubiera osado darnos a leer. Esa novela llena de huevos y huevas era la perversa Historia del ojo (1928), y su armado metafórico iba de los ojos a los huevos, blancos y globulosos, y de los huevos a las huevas, globulosas y nacaradas como el ojo muerto que un personaje extraía de una cuenca e introducía en el ano de otro.
. Qué podían importarnos las amenazas del rector a nosotras, niñas y niños criados con uniformes azules y zapatos nuevos, con cuadernos en la mochila, con libros en las repisas y cuatro comidas diarias servidas a la mesa por una empleada que vivía en casa, que trabajaba sin horario.
. No era a nosotros a quienes el sistema iba a reventar.
. Cientos de huevos frescos reventando sobre el pavimento.
. La ira ciudadana se expresaba en el frontis metálico de los comercios cerrados y se estampaba en puertas y panderetas y se esgrimía en lienzos mientras el presidente movilizaba a sus embajadores para que antepusieran sus influencias en los medios de prensa extranjera, desviaran el ojo de la versión callejera y consideraran la suya. Iba encendiendo luces encandilantes sobre las cifras de sus éxitos extraordinarios sin revelar nunca las cifras de nuestra extraordinaria desigualdad.
. Volver invisible la verdad, tergiversar la realidad, hacerla espejismo.
. Cuando éramos niños, si nos pillaban mintiendo nos castigaban con dureza. Si hubiéramos dicho, por ejemplo, que éramos un oasis. Si hubiéramos sugerido poner un iceberg antártico bajo un tórrido sol europeo en medio de una feria, o soñado con proyectar nuestra bandera de tres colores sobre el edificio más empinado del planeta. Nos hubieran creído tontos o ufanos y embusteros, nos hubieran dado un coscorrón para hacernos despertar.
. Habíamos sido como niñas jugando a la gallinita ciega, con la vista tapada, con el cuerpo mareado, dando vueltas rápidas sobre el patio intentando no caer. Nuestros brazos estirados buscando dar con alguien, reconocer a alguien con las palmas, con dedos torpes y ávidos, con la nariz, queriendo acertar al nombre de ese alguien para poder liberarnos de la venda. . No bastaba con desnudar el ojo. Era tanto y tan veloz lo que sucedía que la vista se me nublaba allá lejos donde yo estaba viendo las noticias y sospechando de las piedras, las quemas, los incendios simultáneos en las estaciones de metro, las barricadas, los encapuchados de la primera línea, las pancartas de la segunda, las familias cantando o caceroleando o chillando, los carabineros ocultos en la bruma o montados a caballo, los guanacos, los zorrillos y demás fauna represiva. Continuaba mirándolo todo de lejos y dudando de todo, incluso de mis ojos que no veían bien desde el derrame ocular que años antes casi me dejó ciega.
. No eran ojos mutilados, los míos, solo ojos dañados. Ojos remotos en los que no podía confiar; pero quién podía confiar en sus ojos. Nuestras miradas estaban mediadas o por pantallas táctiles o por pantallas de humo.
. Nos declararon estado de emergencia y toque de queda y no hizo falta agudeza visual para divisar que los militares ya salían de sus cuarteles y se tomaban entero el país. ¡Mierda!, grité viendo las armas alzándose y apuntando a los cuerpos en tiempo real. ¡Nos están atacando!, exploté, como si yo misma estuviera entre ellos. ¡Nos disparan! Ahí estaba, sobre las avenidas, en las cámaras, en la superficie de una pantalla cualquiera y de la mía, esa violencia que por décadas se sostuvo contra nosotros de manera solapada, con una baja pero destructiva intensidad, mientras los Mapuche soportaban una guerra de alto voltaje en el sur más profundo. A los Mapuche se les había aplicado la fuerza excedida de la ley, el rigor de un sistema racista e impune. Esa ofensiva se ampliaba ahora contra todos nosotros sin ningún disimulo.
. El presidente había pronunciado la guerra con todas sus letras, la había hecho manifiesta. «Estamos en guerra contra un enemigo poderoso, implacable, que no respeta a nada ni a nadie, que está dispuesto a usar la violencia». Pero los militares encontraban a su paso a un pueblo apenas armado con piedras y una que otra improvisada molotov, los más exaltados, y los demás, que sumaban miles y cientos de miles, portaban los históricos utensilios de la protesta: cacerolas y cucharas de palo, tal vez un tenedor.
. ¡no estamos en guerra! La calle respondió de inmediato llenando muros y elevando pancartas porque la calle sabía que esa declaración insinuaba una igualdad de condiciones bélicas que no existía, como no existió tampoco en dictadura. Nunca hubo la «guerra civil» que planteó la Junta Militar, lo que hubo fue una masacre a manos de las Fuerzas Armadas.
. Alcancé a preguntarme qué clase de masacre sobrevendría ahora que la guerra nos la declaraba un presidente en democracia. Qué armas elegiría ese señor de la guerra contra su propio pueblo.
. Y no fue inesperada la multiplicación de las tanquetas de antes y de los guanacos de siempre emitiendo potentes chorros de un agua contaminada a la que le estaban añadiendo químicos quemantes. Y no llegó a sorprender el exceso de zorrillos lanzando su tóxico gas o los carabineros blindados por sus escudos, protegidos por chalecos antibalas, uniformes antiincendios, escopetas antidisturbios, contra miles de personas que se presentaban en las avenidas por su propia voluntad aleteando, aullando, chiflando, gruñendo, soportando sobre sus espaldas las aguas cáusticas del guanaco y vociferando, desgañitándose, bailando, brincando, entonando himnos viejos y nuevos con sus parejas y sus hijos, tragándose, entre las sílabas, la tóxica bruma lacrimógena como si fuera oxígeno. Portando apenas pancartas, dejándose la voz en el griterío. Era lo que veía yo en videos viralizados en las redes, esas fuerzas armadas contra una gente desarmada en esquinas, plazas, casas pareadas, poblaciones desperdigadas y parques.
. Con esas armas dieron inicio a la escalofriante arremetida contra los ojos. Era a los ojos a donde disparaban con pérfida precisión esas fuerzas comandadas por el presidente y su truculento ministro del interior.
. Nos estaban matando los ojos.
. Nuestros ojos que eran nuestro poder.
. Matar el ojo. Una forma de venganza mitológica. Una costumbre que consistía en aplicar fierros calientes en la pupila de los prisioneros o extirparles los párpados antes de exponer sus rostros al sol. Un entretenimiento popular en el circo romano. Una práctica inadmisible, hubiéramos creído, entre nosotros.
. Dícese que fue Cristo quien prohibió el castigo del ojo, esa ley vengativa, la del Talión, salpicada como sangre por todo el Antiguo Testamento. Siglos de cristianismo después, en los campos de la Gran Guerra europea, reaparecería ese ojo por ojo multiplicado en las trincheras.
. Habían transcurrido apenas días desde la belicosa declaración del presidente chileno y afuera, donde yo vivía y vivo, donde yo enseñaba y todavía enseño las artes de la guerra, nos habíamos detenido en la gran contienda de 1914 que, según se decía y se creía entonces, iba a ser una ofensiva veloz que instituiría para siempre la paz. Los jóvenes alistados voluntaria o forzadamente se despedían de sus familias prometiendo regresar para la navidad, pero la guerra se alargó como se alargan todas, y se desplegó por los continentes y pronto se estancó. Los soldados cavaron zanjas y habitaron trincheras porque los ejércitos estaban empatados: ninguno lograba imponerse o avanzar. Transcurrieron las semanas y los años y los embrutecidos generales lanzaron gases amostazados a surcar los aires y los corredores bajo tierra asfixiando a los soldados enemigos (y a veces propios) o dejándolos ciegos, por cientos.
. Y es sabido que Adolf Hitler sufrió uno de aquellos ataques gasíferos. Anotó en su diario que sus ojos «se habían
convertido en ascuas» y que a su alrededor «dominaban las tinieblas». Pero en vez de sumirlo en la invidencia, esa experiencia le permitió vislumbrar, con las córneas todavía heridas, las perniciosas posibilidades del gas.
. «En ninguna guerra venidera podrán los militares ignorar los gases tóxicos», diría Fritz Haber en 1918. «Los gases son una forma superior de matar». El científico alemán que desarrolló la química del combate había proferido esa frase tan citada mientras festejaba su invento con el Premio Nobel en una mano y unos coquetos quevedos redondos afirmados sobre su nariz.
. El gas de la guerra olía, por cierto, a podrido.
. Era una siniestra coincidencia temporal estar hablando de ojos quemados en esa sala tan lejana que yo sentía tan cerca de Chile. Subí a la luminosa pizarra un óleo de John Singer Sargent que representa a los veteranos de esa guerra mundial. Pedí silencio. Pedí una atenta observación de la pintura mural: que me dijeran qué veían en Gas
