Yomuri

Fragmento

En el vestíbulo del edificio, al que Eliza ha entrado con la misión de sacar al padre de su quinto noviazgo, la recibe el olor de los balones de gas que suben clandestinamente por las escaleras después de que clausuraran el sistema oficial; percibe la humedad del jardín interior que se tomó la base de los muros, el desinfectante con el que trapean las escaleras donde los viejos y las viejas propietarias temen resbalar, el fondo del caldo recalentado en el microondas, las quejas de los huesos amortiguadas por las voces de la televisión, la cadena con la que trancan el miedo a ser asaltados, la carga de agua que baja sin las heces retenidas en las hemorroides, el perfume que rocían para apaciguar el orín de las sábanas.

Hace exactos tres meses, a Cristiana, la quinta mujer del padre, le agarró la manía de llamar a Eliza a cualquier hora para exigirle que fuera a sacar a Kovacs, primero de su despertar, luego de su insomnio y, por último, de su departamento. El padre conoció a su quinto sueño durante la presentación de un libro en la casa de la cultura. Una voz interior que solo él escuchó le ordenó acercarse a la organizadora del cóctel que, angustiada por la escasez del champán, señalaba a los mozos a cuáles grupos servir y por cuáles pasar de largo. Cristiana creía que si la gente común veía que a los privilegiados no les faltaba el champán, se convencería de que el líquido sobraba. La mujer había sido esposa, madre, directora de un colegio inglés, abuela y, por último, jubilada. Kovacs le prometió en la cocina, al lado de los mozos que insuflaban soda a los conchos baboseados por los hocicos más finos de la comuna, que él iba a cumplir sus sueños postergados. Eso no sería de la incumbencia de Eliza si las mujeres soñadas por el padre no la llamaran de urgencia para que lo saque de sus pesadillas.

La pupila de Cristiana va y viene por la mirilla de la puerta de su departamento sin que nada detenga su alocado transitar. En el pasillo Eliza encuentra ridículo decirle que es ella, la hija de Kovacs, y que viene a rescatar a su padre, como se lo exigió por teléfono. Escucha el manojo de llaves rebelarse y caer, el requiebro de las articulaciones al agacharse, las manos que palpan el piso a ciegas, el choque de las uñas con el metal. Busca en el llavero las que corresponden a las cerraduras del miedo, entran y salen dos veces cada una. La voz de Kovacs no se escucha, tal vez Cristiana lo dejó tirado en la alfombra, como hizo años atrás en Budapest, cuando el padre decidió, sin consultar a Eliza o a su hermana mayor, gastarse la herencia de un tío en un viaje a Europa con su quinto sueño. Al verlo tirado en el piso del cuarto de hotel, Cristiana creyó que Kovacs quería arruinarle su última noche en Europa y decidió ir sola al mejor restorán de la ciudad, en el que tenían reserva. De regreso a la habitación, y como Kovacs continuaba en la misma postura, le tiró una manta y se fue a dormir. A la mañana siguiente, el gerente del hotel llamó a la hija menor para avisarle que el padre estaba solo en el hospital con un accidente vascular.

Cristiana pasa por una mujer fina, finos sus modales, la tela de su falda, la cachemira, el corte de pelo, la fotografía como reina de belleza del colegio de monjas, los mueblecitos Luis XIV. El temblor de sus manos desenfoca la elegancia, la vuelve borrosa. Incapturable por el teléfono, sus movimientos espasmódicos resultan insoslayables a la vista. Sentada en el único silloncito con apoya brazo, el temblor da saltitos hasta la mesita Luis XIV donde se apilan las facturas con los gastos de Kovacs. Debió tardar semanas en comprimirlas.

El padre le contó a Eliza por teléfono que Cristiana se levanta todas las mañanas a sacar cuentas. Como él tiene la costumbre de leer el periódico en el baño, no le llamó la atención que ella juntara las facturas de las ostras, el champán, los libros, los viajes. Cristiana se obsesionó con que el alquiler de sus dos departamentos le alcanzaba para vivir ahora, no después. Los médicos le recetaron ansiolíticos, los ansiolíticos le estropearon el estómago, tuvo que dejar las ostras, el champán, los viajes. La lectura le dio dolor de cabeza.

—Y esta es la cuenta de la clínica.

La factura se agarra a la mano de Cristiana como a la de un suicida.

Kovacs ocupa una silla barata que sobrevivió a los muebles del primer matrimonio de la mujer, y del cual ella se deshizo al ascender socialmente. Vaya a saber por qué él la escogió como propia.

—Galletas Amor, creí que ya no las hacían, tenemos que comprar para el té, Cristianita, ¿dónde las compraste? —le pregunta Kovacs a Eliza y se echa dos a la boca

—Ja, con tu jubilación vamos a comprar galletas Amor.

—Tienes que probar una, amor.

—Y aquí tienes los vales de la enfermera.

Los papeles que le tiende Cristiana regresan tiritando entre los dedos de Eliza.

—Y cada vez que necesita hacerse un examen o ir a control hay que contratar un taxi.

Los vales del taxi no aparecen.

—¿Más galletas?

A los pies de Kovacs hay una aureola de migas Amor.

—El doctor le prohibió la sal, el azúcar, los aliños, las carnes rojas y, por supuesto, el champán.

Cristiana muestra una sonrisa.

—Ah, y tuve que sacar todo lo que había en el baño y reemplazarlo por plástico. En verdad, no quedaba nada. ¿Dónde está la factura de la ferretería? —se desespera.

—Me parece que lo compraste en el supermercado.

—Cristiana, ¿te parece que me lleve todo esto y haga la cuenta de lo que te debo? —se ofrece Eliza.

El polvo que se levanta del sillón cae encima de las facturas, algunas por monedas.

—En fin, me alegra que hayas decidido venir a ver a tu padre.

—Cristiana, vengo todos los años a verlos.

—Yo tengo una hija. Es de tu padre del que tienes que preocuparte.

—¿Otra galleta?

Eliza sigue las manchas de aceite, de salsa, de dulce, que vienen de la cocina y terminan en la silla del padre. El plan de Peters no va a funcionar.

—Queremos contratarles una empleada para que los ayude —propone sin convicción.

—Ya tenemos una empleada que está conmigo hace treinta años. Pobrecita, ya no tiene ni baño —lamenta Cristiana.

Preferiría no saber lo que ocurrió con el baño de la empleada. Cristiana ya trasladó al padre del dormitorio principal al de alojados y del de alojados al cuarto de servicio. Kovacs atiende en modo avión el relato de sus migraciones.

—De todas maneras, dame el teléfono de tu empleada, tal vez ella conoce a alguien de confianza que pueda venir todos los días —sugiere Eliza.

—¿Esa es la propuesta que viniste a traernos?

Por qué le creyó a Peters que pagar una empleada iba a calmar a Cristiana.

—Nosotros asumiremos el salario y el seguro social.

—¿Y la alimentación?

—La alimentación y todos los gastos —se apresura a ofrecer lo que no conversó con Peters.

—¿Y dónde va a dormir?

—Ponemos un catre en tu escritorio —responde Kovacs alimentando la hoguera con bencina.

—¿Y por qué no la hacemos vivir en la sala?

Eliza no tendría que estar ahí, no con esos dos.

—Tu padre dice que una voz le ordenó cumplir mi sueño. Cómo sé que es verdad.

—Te dije que Cristianita tiene un sentido del humor único.

—De todas formas, me gustaría tener el número de teléfono de la empleada —insiste Eliza.

—Es una vieja chuñuca, tiene más años que Matusalén, viene únicamente los sábados por el cariño que le tiene a Cristi.

—Por cariño a mí ha tenido que soportar tus bajezas.

Cristiana se cuelga al hombro la cartera que mantuvo escondida detrás de la silla Luis XIV desde que Eliza le avisó que vendría a sacar al padre de su insomnio. Esperan que se levante y vaya hacia la puerta, pero se queda en la silla con la cartera puesta y expresión ausente.

—¿Me abrochas los zapatos? —le pide Kovacs a su hija.

—¿No es más fácil usar mocasines?

—Es más difícil meter el pie.

—Usa un calzador.

Con Kovacs tiene la sensación de que la austriaca es ella y no Peters.

—Nunca lo encuentran —se queja el padre del batallón de incompetentes que lo atienden.

Podría decirle que se quite los zapatos sin desanudarlos y así no necesitará pedir que se los aten por la mañana, pero no cree que a Cristiana le falten ideas acerca de los zapatos, las migas de pan, las manchas, la placa dental.

—¿Qué hora es? —pregunta Kovacs.

—Van a ser las 12.

—Hora de almuerzo —se levanta excitado—. Ven, vamos a la cocina.

Cristiana se queda en Luis XIV con la cartera en forma de sobre colgando del hombro.

—Cristianita me sirve a esta hora, así queda libre para ver su teleserie —le cuenta en la cocina—. ¿Tú ves alguna? Las turcas son las mejores.

Como parte de su plan de fuga, Cristiana preparó dos bandejas con las porciones envueltas en papel film. Kovacs se coloca alrededor del cuello un paño de cocina que lleva cosida una cinta roja en cada extremo para anudarla por detrás. Cristiana tuvo que haber echado muchas camisas, chalecos, chombas, a la lavadora antes de que se le ocurriera lo del babero. Debió recorrer las tiendas para bebés, consultar por un modelo de un solo color, sin dibujos. De camino al departamento se encontró con una señora que vendía tres paños de cocina por mil pesos. Kovacs ya aceptó el bastón, la silla de ruedas, los pañales... le da igual comer con babero. Eliza le pone delante la sopa aguada con hilachas de pechuga y, para ella, el muslo de pollo hervido con fideos blancos. No se escucha ni el aliento de Luis XIV.

—¿No vas a seguir comiendo?

Eliza traslada el pollo desde su plato al del padre.

—¿Cristiana sigue tomando antidepresivos? —susurra para que el mundo Luis XIV no escuche.

—Casi nada —contesta Kovacs en voz alta.

—Pero tiembla.

—¿Cómo que tiembla?

—Habla más bajo.

—Ah, muy de vez en cuando, ni se le nota —vuelve a gritar Kovacs.

No puede creer que esté ciego también al temblor.

—El médico nos explicó que las personas demasiado sensibles como Cristiana pueden llegar a presentar síntomas y desaparecen pronto.

—Tengo amigos sensibles que toman antidepresivos hace años y no tiemblan.

Kovacs baja la voz:

—Es la hija menor, se divorció hace poco y la llama todos los días para contarle unas cosas tremendas, tiene un carácter esa chica...

—Papá, Cristiana me pidió que venga a sacarte de aquí.

—¿Te vas a terminar los fideos?

Eliza le pasa los fideos.

—¿Por qué no sirves tres tazas con ese café tan rico que nos trajiste? Va a empezar la teleserie turca y a Cristianita le gusta verla con un cafecito.

Como si hubiese estado esperando la señal, el televisor se enciende.

—Ya ves lo difícil que resulta estar despiertos —le dice Cristiana alisándose la falda para recibir el cafecito.

Un arco blanco brillante de medio punto da la bienvenida a Villa K. En las piedras del camino están pintados los principios de la institución: Deber, Optimismo, Fraternidad. Eliza lee los nombres de los benefactores: Klaber donó la galería; Kovensky, los asientos; Kiblisky, el auditorium; Kozarinsky, los pabellones; Kupchnik, la fuente de agua; Knight, el comedor... Las raíces pasan por encima de las baldosas donadas por Kwasny y resquebrajan el camino hacia los paraísos plantados por Koniz.

A través del ventanal donado por la herrería de Kiciloff, Eliza observa una columna de refugiados que parece haber atravesado cuarenta años por un desierto para llegar al vestíbulo. Los que todavía caminan solos se dejan seducir por la suavidad del sofá en forma de «L» donado por la señora de Kiblisky, y se hunden hasta el fondo, patalean un poco, por si consiguen levantarse, y el cansacio los rinde. Los que pueden caminar con un bastón ocupan la línea de sillas con respaldo firme que mira hacia los náufragos del sillón en L. Más atrás vienen las cuidadoras trayendo a los que están en silla de ruedas; para aprovechar el viaje, se cuelgan del cuerpo al que camina con andador, al que se les agarra de la cintura con las manos rígidas.

Habiendo encontrado todos asiento, el movimiento general se congela. En una vitrina de pared a pared se conserva la copa de fútbol ganada por Kaemenchutzky; la de Kagansky en el ajedrez; un premio literario a nombre de ¡Kamzler, el pastelero fraudulento que dejó de pagarle el alquiler a la madre!; el globo terráqueo de Kosacobsky; chucherías de bronce y peltre, loza de porcelana vienesa que usaba para el té la señora Kanner; una parte de una máquina del peletero Kacanik; un zorro opaco y una cabeza de alce a la que le falta un cuerno donados por Kachanovsky; el instrumental del odontólogo Krimsky; las dagas traídas por Konitsky desde Budapest; estampillas, bandejas, candelabros, destellos polvorientos de la pasión K por la colección universal.

El movimiento de las puertas corredizas del comedor despierta a los náufragos que se paran como vivos, aunque ningún movimiento es fácil tras la quietud. Los carritos que transportan los platos servidos son la clave de la resurrección; incapaz de resistir el tintín metálico de los cubiertos, la legión, que ya atravesó el desierto y superó el naufragio, se abalanza ávida sobre las mesas; los vivos con los vivos, los inválidos en racimo y los semitullidos de a dos. La esperanza de hoy se halla escrita en el pizarrón: tomate nevado, strogonoff y pera al malbec. Pasa un ejército de tomates partidos al medio, espolvoreados con copos de cebolla rallada.

En el segundo piso unos finos tabiques separan a finanzas de adquisiciones, atención al cliente de insumos, contabilidad de cuidados médicos... Los empleados ya partieron al casino del personal, separado de los residentes, cuyas deposiciones calculan en un Excel. Escritorios, sillas, máquinas, donados por Kwiatkowski cuando cerró la automotora o por la viuda y los hijos de Kvaschis, que mudaron la oficina de la constructora al barrio alto.

La administradora, con el delantal blanco desabrochado y la ropa de calle a la vista, y el pelo amarrado sin cofia, a diferencia del personal, espera con las manos cruzadas sobre su estómago a que la recién llegada le cuente a qué vino. En los hogares que Eliza visitó antes —el de la madre y la hija que adornan el comedor con fotografías de sus cruceros por el Caribe, y el del gerente que quiso venderle acciones— estaban ansiosos por describir su producto y eso la salvó de hablar de ella o del padre. Para darle ánimos, la administradora le cuenta sobre sus propios padres y en ellos incluye a todas las hijas que aman a sus padres de forma equivocada porque anteponen su necesidad de tener padres a la soledad de sus padres.

—Demasiado amor puede cegar —sentencia.

Eliza no sabría calcular el tamaño de su amor por Kovacs. Tal vez la otra tiene razón y hay algo que no está viendo. La letra dorada de los diplomas que la administradora mereció por capacitarse en administración de geriátricos en la ribera mexicana brilla bajo el sol que entra por la ventana enrejada.

—¿Segura de que tu padre está mejor en su casa?

—No es su casa.

A la administradora no le alarma que el quinto sueño de Kovacs quiera echarlo de su departamento; si las mujeres no expulsaran a sus maridos, no habría necesidad de buscarles un hogar.

—Sinceramente, ¿cuál de las dos vidas crees que preferiría tu padre?

—El ensueño, de todas maneras.

—No sabes cuántas hijas culpables de dejar a su padre en un lugar en el que podrá continuar con su calidad de vida y cuidados las 24 horas se han sentado donde estás tú.

¿Se referirá a la silla forrada con una tela sintética que se le pega al vestido?

—Por mejores hijas que seamos, ¿cuántas horas a la semana pasamos con ellos? Menos de lo que se demoran en cumplir con sus deposiciones. Ya ves, somos nosotras las que nos resistimos a dejarlos ir.

No es un mal punto convencer a Kovacs de que aquí encontrará personas dispuestas las 24 horas a esperar sus deposiciones.

—¿De verdad no te acuerdas de mí? —le pregunta la administradora.

Eliza siente como si la hubiesen cambiado de escena por error; estando en el mismo cuarto, la administradora se volvió otra. Sin el delantal, con el pelo suelto, las manos apoyadas en el escritorio, parece decirle: dejemos esta farsa, aquí estoy, soy yo.

—Hace mucho que vivo en el extranjero —se defiende Eliza.

—Lo sé.

Ahora sí le preocupa.

—Tu padre fue un famoso diplomático, un intelectual. Encontrarlo viejo y enfermo cada vez que vienes, debe ser difícil. Angustiante —precisa.

Eliza recuerda el atracón de ostras y champán que se pegaron durante el viaje pasado, la subida de presión, la clínica.

—No hay día en el que no te preguntes si él estará recibiendo los cuidados adecuados. Dudas si lo que te dicen es verdad, te da miedo que lo estén maltratando.

Eliza atiende a todo lo que debiera haber pensado y no pensó.

—Fuimos compañeras en el Norbridge —devela la administradora.

Eliza recuerda un colegio horrible al que iban los hijos de los milicos que se enriquecieron con la dictadura.

—Soy Esmeraldita Corasa —grita como si llevara horas detrás de una máscara.

Había una Corasa, todo el colegio se burlaba de ella porque era gorda, negra y peluda. Tiene que haberse operado...

—No éramos cercanas, lo sé, pero yo nunca te olvidé y, cuando abrí mi féisbuk, te busqué. Sé que no tienes uno, seguramente no quieres que tu pasado te encuentre, yo también dudé, como sabes, no fue agradable mi paso por el Norbridge. Pero estudié dos carreras, me casé, tengo tres hijos, una casa, y hace poco nos compramos un departamento en la playa. Puedo perdonarlos.

—Te felicito.

La administradora se sonroja.

Eliza busca los apuntes que tomó mientras la Corasa hablaba. Terapia ocupacional, taller de pintura, integración, relajación, compartir expresiones internas o íntimas, terapia corporal, musicoterapia, literatura, un camino hacia el conocimiento y la libertad.

—A ti no te voy a mentir —agrega Esmeraldita.

Al fin.

—El hogar no reemplaza la casa de una hija, pero de todos los lugares en los que trabajé, este es el que más se acerca a una familia.

Eliza revisa las preguntas que pensó hacer: cobran las actividades extras, qué escritor da el taller, qué hacen en Actualidad e historia, un lazo con el medio circundante; ¿y en Lazos solidarios? ¿Los talleres son obligatorios?

—Me gustaría hacer un recorrido por las instalaciones para contarle cuando lo vea —le propone Eliza.

—Uy, cómo se nos pasó el tiempo —salta el alma obesa de la Corasa—. Es la hora de almuerzo.

—Aunque sea una vuelta rápida.

—Lo siento tanto pero el sindicato es terrible, si pillan a un empleado trabajando en su hora de colación, nos demandan.

Esmeraldita busca los zapatos que se quitó bajo la mesa.

—Podría dar una vuelta yo sola.

—Yo sé que la esposa de tu padre está contando las horas para que él se va

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