Fuenzalida

Nona Fernández

Fragmento

Índice

Índice

Cubierta

PRIMERA PARTE. DRAGONES DE PAPEL

I

II

III

IV

V

VI

VII

VIII

IX

SEGUNDA PARTE. DRAGONES DE PLATA

Capítulo 1. La marca del dragón

Capítulo 2. El hombre del Fiat 125

Capítulo 3. Una voz detrás de su oreja

Capítulo 4. El trampolín más alto

Capítulo 5. Una zapatilla del pie izquierdo

TERCERA PARTE. DRAGONES DE HARINA

I

II

III

IV

V

VI

VII

CUARTA PARTE. DRAGONES DE HUMO

Capítulo 6. Historia de un patriota

Capítulo 7. Estamos trabajando para usted

Capítulo 8. Un nuevo producto para

Capítulo 9. Tuve un sueño y usted estaba en él

Capítulo 10. Señales de humo

Capítulo 11. El combate final

QUINTA PARTE. DRAGONES DE BASURA

I

II

III

Créditos

Créditos

Acerca de Random House Mondadori CHILE

A Dante,
como una respuesta

Es mejor morir con dignidad

que vivir una vida podrida.

BRUCE LEE

Cierra los ojos y sueña conmigo. En esos pasillos mi reflejo puede moverse y hasta bailar. Toma los hilos de esa marioneta, préstale tu voz y pon en mi boca las palabras que necesites.

Inventa un cuento que te sirva de memoria.

PRIMERA PARTE

DRAGONES DE PAPEL

I

Lo primero es una fotografía. Una polaroid vieja que se escapó de una de las bolsas de basura amontonadas en la mitad de la cuadra. Mezcla de papel, cenizas, latas de cerveza y colillas de cigarro sueltas. Un perro intruso rompió el plástico negro de un mordisco y la dejó caer al suelo, bajo la luz amarillenta de un farol. De lejos brilla un poco. Llama la atención ese destello mugriento, una especie de voz de auxilio desde el cemento húmedo. De cerca el brillo se desvanece y solo queda el papel desteñido. La imagen velada de algo que ocurrió en otro momento, lejos de esta calle vacía, el destilado de una escena imposible de resucitar. No hay forma de saber el camino que recorrió antes de llegar aquí. Cuánta gente la vio, por qué cajones anduvo, qué bolsillos cruzó. Tampoco se puede precisar en qué momento y por qué razón se transformó en basura. Cuándo dejó de estar expuesta en un marco o en las páginas de un álbum para ir a dar a un tarro con el resto de las mugres que ahora la acompañan.

Es pequeña. No debe medir más de diez por diez. Una verdadera miniatura, con personajes y lugares diminutos. A simple vista nadie habría reparado en ella, pero el azar, el perro, la ley de las casualidades, del caos o lo que sea, la eligieron entre vidrios rotos y cáscaras de naranja y la acomodaron aquí, justo en el frontis de mi casa.

Un hombre vestido de kimono negro.

Un minihombre. Chiquitito, de cinco centímetros de altura.

Un hombre plano, en una sola dimensión.

Puede tener un poco más de cincuenta años. Lleva un cinturón anudado en la cintura. ¿Violeta? ¿Azul? No se distingue bien. El hombre me mira desde la fotografía, posa para la cámara feliz, con una sonrisa entusiasta que deja ver todos sus dientes. Tiene una corona de oro en alguno de ellos. En los de arriba, creo. Eso no se ve en la foto, pero yo lo recuerdo. Un par de patillas gruesas le enmarcan la cara y una cadena metálica le cuelga del pecho. Al final de ella hay un toro. Eso también lo recuerdo. Un toro de plata o de oro, no lo sé. Qué importa. El cuerpo de este hombre es delgado. Sus piernas son largas y flacas. Lleva las rodillas flectadas, ejecutando la postura de un arte marcial.

El tipo del kimono se encuentra en un lugar que podría ser un gimnasio. Se ven algunos pergaminos con letras orientales pegados al costado derecho y, a su espalda, las cabezas de tres dragones de papel cuelgan de la pared. Uno rojo, el otro verde y el tercero azul. En el reverso de la fotografía, letras borrosas e infantiles escriben palabras imposibles de leer. Una dedicatoria escrita hace mucho tiempo. El recuerdo solo me permite descifrar una palabra demasiado reconocible: Fuenzalida.

—¿Quién es?

Cosme, mi hijo, aparece en la cocina y se sienta a mi lado.

—¿Es un samurái? —pregunta.

—No creo.

—¿Un guerrero ninja?

—Yo creo que es un caballero que practica kung fu.

Cosme toma el retrato con sus manos pequeñas. Lo acerca a su nariz, lo huele y me mira con cara de asco porque el olor a cáscara de naranja y colilla de cigarro todavía está impregnado en el papel.

—¿De dónde sacaste esta foto?

—Estaba en la calle, botada entre las bolsas de basura.

Cosme la examina con cuidado. Ve al tipo del kimono, observa su rostro desconocido, sus patillas, su colgante en el pecho. Como intuyendo que cualquier interrogatorio me pondrá en problemas, se queda extrañamente en silencio. No quiere saber por qué recogí a este tipo, ni qué hago mirándolo durante tanto rato.

—Este caballero es un dragón chino —concluye—. Los dragones chinos se transforman. Pueden convertirse en ríos o en personas si quieren.

El tipo del kimono parece estar viendo a Cosme. Su cara se encuentra completamente desenfocada y quizá por eso creo ver que su sonrisa se extiende y se ilumina mucho más en la fotografía. Hasta la corona de oro parece brillar. Hace un rato estaba condenado al camión basurero. En una bolsa negra iba a partir con el resto de la mugre al vertedero más cercano. Allí se habría hundido hasta terminar masticado por los dientes de una rata. Sin embargo, el camión pasó hace unos minutos, hizo su recolección y se fue lejos, sin él. Ahora el tipo del kimono se encuentra en mi casa, rescatado de la basura, limpio entre las manos de mi hijo. Sin duda eso es algo parecido a una metamorfosis.

—Es cierto —le digo a Cosme—. Tienes razón. Este caballero debe ser un auténtico dragón chino.

II

Todo buen culebrón debe tener ciertos elementos básicos para la estructura de su historia: romance, ajuste de cuentas del pasado, una muerte y, en lo posible, la presencia de un niño. No es un patrón sacado de algún manual de escritura de guiones, es simplemente una receta personal que he ido decantando con los años. He pasado gran parte de mi vida escribiendo culebrones. Todavía no sé bien por qué, ni cómo llegué a hacerlo, pero lo hago, y aunque no soy una eminencia, puedo declarar que de culebrones sé muchísimo más que de otras cosas. Más que de la vida, sin ir más lejos. Los culebrones tienen cierta lógica, la vida no. Los culebrones tienen ciertas reglas. En un culebrón yo sé reaccionar, sé lo que debo hacer, cómo actuar, qué decir. Adivino quién es el bueno y quién es el malo, sé dónde está el peligro, lo esquivo o me enfrento a él, pero sé dónde está porque yo misma lo invento. Yo creo la acción y la reacción, el nudo dramático, el clímax, el desenlace. En un culebrón yo hago y deshago, me sumerjo, nado y llego a puerto. Siempre llego a puerto. Me salvo.

En la vida, claramente no ha sido así.

Antes no tenía conciencia dramática. La verdad es que antes no tenía conciencia de nada. Una mecánica extraña guiaba mis pasos de manera rigurosa y exacta y no daba espacio ni tiempo para otra cosa que no fuera cumplir. Horas establecidas, fechas, plazos, cuentas, pagos, deudas, responsabilidades, turnos. Las historias que se generan en esa mecánica son aburridas, predecibles y llenas de lugares comunes, como las de un pésimo culebrón. Desgraciadamente si tuviera que resumir mi propia historia, debo admitir que sería así: aburrida, predecible y llena de lugares comunes.

Capítulo uno: un día de lluvia conozco a Max en la sala de espera de la consulta de mi dentista. Capítulo dos: comenzamos a salir, nos enamoramos y terminamos casándonos un sábado de agosto. Capítulo tres: nace mi hijo Cosme y nos vamos a vivir a una casa con antejardín y patio. Capítulo cuatro: se acabó. Fin de la historia. Me voy, dijo Max una mañana después de haber argumentado por horas. Luego tomó su computador, un par de papeles y lo hizo. Se fue. No hubo un intento por darle un final más digno a la historia, menos abrupto. Quizás era un mal relato, superficial, apurado, chato y falto de vuelo, ahora lo sé, pero por lo menos podríamos haberle inyectado una cuota de dramatismo o de tragedia al desenlace. No hubo otras personas, ni grandes discusiones. Max solo se fue. Todas sus cosas quedaron acá. Su ropa, sus discos, su máquina afeitadora, sus pastillas para dormir. Su hijo. Yo.

Esperé más de un mes a que Max volviera a rescatar lo que había dejado. Un día desperté y entendí que toda su vida conmigo era completamente desechable para él. Esta casa y yo misma, equivalentes a una bodega vieja donde se guarda lo que ya no sirve. Entonces me armé de valor y de bolsas plásticas y comencé con la limpieza. Desmantelé el clóset, los veladores, la cómoda que nos heredó su madre. Haciendo un repaso patético de nuestra breve historia, fui botando cada una de las fotografías que tenía junto a él. Me deshice de sábanas, postales, libros dedicados que no alcancé a leer, cuadros, ropa, teléfonos, amigos, el tío Pedro, la abuela Antonia, cumpleaños, pascuas, años nuevos. Todo lo metí en bolsas plásticas negras de ochenta centímetros por cincuenta. Luego las amarré con cáñamo y aseguré con cinta de embalaje para que no hubiera posibilidad de que algo se escapara. Cosme, que aún no tenía un año, me miraba desde su coche sin entender ni preguntar. Yo me mantenía despierta durante la noche y espiaba por la ventana cuando oía que el camión de la basura se acercaba. Primero ese temblor. Un escalofrío que recorre los vidrios de la casa, que hace vibrar las lámparas y el suelo cada vez que se acerca. Luego la cuadrilla de basureros movilizándose en la oscuridad, y yo vigilando que se llevaran todo, que no dejaran ni un pequeño papel con olor a Max tirado en el frontis. Cuando vi por primera vez mis bolsas caer al camión y escuché ese sonido metálico engullendo mis desechos, supe que ya no había vuelta atrás. Lo que se llevaba el camión era irrecuperable.

Luego, ese silencio inquietante que queda después de un cataclismo y el tufo agrio de la basura instalado en la calle por un momento.

Ahí quedé yo, encerrada junto a mi hijo en ese silencio desastroso.

De eso hace mucho tiempo. Años. Ahora me acostumbré a vivir sola, a criar a un niño sin ayuda y a no botar nada porque todo lo que entra a esta casa es imprescindible. Aquí solo recojo la basura que se genera día a día para dejarla en mi frontis todos los lunes, miércoles y viernes a medianoche. Nada en esta casa se abandona, nada es intercambiable. Todo tiene su valor. Pero claro, no el mismo. Hay ciertas categorías. Primero están mi hijo, mi computador y mis libros. En ese mismo orden de prioridades. Bueno, también estoy yo y esta nueva conciencia dramática que tengo ahora. Lo único en limpio que saqué de todo esto.

No importa qué tipo de culebrón sea el que escriba: comedias románticas, policiales, dramones, historias de vampiros, dramas sociales, históricos, políticos, hasta ahora todos han coincidido en el mismo patrón. Un patrón que contiene y dirige la historia: Amor, Venganza, Muerte y Cabro Chico.

A. V. M. C. CH.

Cada letra puede ser abordada de distintas maneras.

La A, por ejemplo, puede traducirse en relaciones tortuosas o románticas o trianguladas o muy sexuales y hasta porno, dependiendo del horario en que será transmitido el culebrón. No importa cómo se resuelva el romance, su presencia en la historia es vital. Si no hay amor, no hay culebrón.

La V es la más importante porque genera acción. Siempre debe quedar algo irresuelto en el pasado y ese algo debe terminar de cerrarse en la historia del presente. Ese impulso dramático es fundamental para el desarrollo de la trama. Un padre busca a su hijo, un hijo busca a su madre, alguien viene secretamente a vengar la muerte de otro, a recuperar una herencia, un terreno, una relación, una casa, una familia, lo que sea. Algo debe saldarse con urgencia.

La M es como un capricho que tengo, pero le da más dramatismo a la historia. Si alguien muere, sobre todo si es un personaje importante del culebrón, la historia toma un peso dramático difícil de superar con otras cosas. Nada se le compara, ni la silla de ruedas o la ceguera repentina. Es un buen giro, se remueven todas las tramas y se refresca la historia. Además no hay nada más radical y enigmático y secreto y punzante que la muerte. Todo buen culebrón debe tener M.

Finalmente está la C. CH., que para mí es vital. No entiendo una historia si no hay por lo menos un niño. Un niño genera empatía en todo el mundo. Hay una carga de humanidad y de inocencia en los niños que se hace muy necesaria. Los culebrones están llenos de emociones extremas, se ama mucho, pero también se odia demasiado y se actúa mal y hay gente mala, tan mala como en la realidad, o a lo mejor no tanto, pero más expuesta, porque le vemos la cara, porque se camuflan menos, y en ese escenario de turbiedades la dosis de ingenuidad de un niño se agradece mucho. Cualquier peligro que sufra el niño también se vuelve interesante. Hasta el espectador más insensible se conmueve con eso. Por lo mismo no hay que abusar del recurso. Yo tengo una ley sobre el tema: nunca matar a un niño. Hacerlo es una táctica burda, barata y sensacionalista. Por lo menos en mis culebrones, los niños no mueren.

A. V. M. C.CH.

He escrito la sigla en la página en blanco del computador. No sé por qué lo he hecho si la verdad es que no creo en ella. Es una manera de ganar o de perder tiempo, ya no lo sé. Estoy completamente perdida. Hace mucho que estoy aquí, encerrada entre estas cuatro paredes intentando escribir algo. Deben ser semanas. O quizá ya lleve un mes. Delineo personajes, busco situaciones efervescentes, escenarios posibles, pero nada tiene el peso y el interés que necesito. Peso e interés. Tal vez debiera agregarlos a mi sigla. Profundidad, espesura. Debo concretar una historia, un proyecto que sirva de punto de partida para generar muchos capítulos, algo de largo aliento, pero no se me ocurre nada.

Solo aparece una idea vaga.

Un hombre vestido de kimono negro.

III

Fuenzalida es un apellido español. ¿Andaluz? ¿Castellano? Fuenzalida nunca me habló de su apellido, ni de sus padres o antepasados. Probablemente no estaba muy conectado con sus raíces ibéricas ni con el resto de los Fuenzalida del mundo. O tal vez sí, pero no me lo mencionó. ¿Cuántas cosas Fuenzalida no me mencionó? Muchas. Casi todas. Su casa, por ejemplo. ¿Dónde estaba su casa? Nunca lo supe. Jamás lo visité, jamás lo fui a buscar, ni siquiera vi una fotografía o escuché hablar de la dirección. ¿Cuál sería su barrio? ¿Por qué calles andaría? Él no me contó cómo era su pieza, su escritorio, su patio. ¿Tendría patio Fuenzalida? ¿Regaría las plantas? Fuenzalida no hablaba de él. N

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