Conferencias reunidas: 1960-1985

Jorge Luis Borges

Fragmento

Nota para esta edición

Nota para esta edición

A cuarenta años de la muerte de Jorge Luis Borges, este volumen reúne las conferencias que el escritor dictó entre 1960 y 1985, que no habían sido recogidas en forma de libro. La primera de ellas, «Poesía gauchesca», fue pronunciada el 17 de mayo de 1960 en la Sociedad Científica Argentina, a raíz del sesquicentenario de la Revolución de Mayo de 1810. Borges eligió destacar así la importancia de este tema original y único de las letras rioplatenses.

En su libro Borges. Una biografía literaria, Emir Rodríguez Monegal comenta que en su primera visita a Estados Unidos Borges dio varias conferencias.[1] El 21 de febrero de 1962 habló sobre «Leopoldo Lugones» en la Unión Panamericana (hoy OEA). Al igual que Rubén Darío, Lugones adhirió al modernismo. «Todo lo que se hizo después en nuestra literatura —expresó Borges— está prefigurado en Lugones».

Invitado por el British Council, y acompañado por su madre, que tenía 85 años, Borges viajó en 1963 a Gran Bretaña, donde había estado por última vez en 1924. Allí pronunció en inglés la décima conferencia anual de Canning House: «The Spanish Language in South America – A Literary Problem». Tres días después, disertó en español en la Universidad de Bristol acerca de «El gaucho Martín Fierro».

Ya en 1964, se refirió de nuevo a «La poesía gauchesca» ante la Sección Española de la Universidad de Amsterdam. Ese mismo año, para conmemorar el cuarto centenario del nacimiento de William Shakespeare, Borges abordó «El enigma de Shakespeare» en el Instituto Nacional de Estudios de Teatro de Buenos Aires, criticando a «los que niegan a William Shakespeare la paternidad de las tragedias, comedias, piezas históricas y poemas que hoy se admiran en todas partes del mundo».

Borges viajó a Medellín, Colombia,[2] en 1965. «Escritor para escritores», poco conocido aún en ese país, dictó varias conferencias. En el paraninfo de la Universidad de Antioquia habló de «Poesía y arrabal» y mencionó al compadrito: «Al estudiar la literatura argentina [...] dos cosas [...] parecen haber inspirado a los escritores, y esas dos cosas son la llanura y el arrabal o, si ustedes prefieren, el gaucho y el compadrito».

Dos años más tarde, el Instituto de Intercambio Cultural y Científico Argentino Israelí reunió en la Separata Conferencias dos importantes disertaciones: «El libro de Job» (pronunciada en 1965) y «Spinoza» (1967), esta última seguida de una muy breve semblanza de «Agnon», escritor israelí precursor de las letras hebreas modernas, coganador del Premio Nobel de Literatura en 1966. Asimismo, en 1967, como parte de la inauguración del ciclo cultural de la Escuela Camilo y Adriano Olivetti, de Merlo, Buenos Aires, Borges se explayó sobre «La literatura fantástica».

En 1968 habló en el Concejo Deliberante de la ciudad de Azul acerca del «Martín Fierro, el gaucho y la literatura». Y en 1969, con motivo del 10.º aniversario de la Escuela Nacional de Bibliotecarios, trazó para sus colegas «Una historia del libro». En el mes de octubre de 1971 dio en el Colegio de Escribanos de Buenos Aires «Testimonios de mis libros», que la Revista del Notariado recogió en 1972.

Las dos conferencias tituladas «Destino y obra de Camoens» fueron pronunciadas con cuatro días de diferencia, el 15 y el 19 de junio de 1972, para el cuarto centenario de Os Lusíadas. La primera lo fue en el Jockey Club de Buenos Aires, con la presencia del embajador de Portugal, y la segunda en el Centro de Estudios Brasileños, ante el embajador de Brasil. Resulta notable apreciar cómo Borges generó, a partir de algunas ideas puntuales, dos versiones orales diferentes de un mismo asunto.

Para iniciar el ciclo «La literatura hispanoamericana comentada por sus creadores» en 1973 Borges dictó en Madrid dos conferencias memorables: «Mi poesía» y «Mi prosa». «La belleza no es un hecho extraordinario —afirmó—, la belleza es común y todo hombre puede alcanzarla». El ciclo fue organizado por el poeta Luis Rosales, director de actividades culturales del Instituto de Cultura Hispánica. Los textos grabados y mecanografiados aparecieron posteriormente en Cuadernos Hispanoamericanos.

El diario La Opinión de Buenos Aires publicó respectivamente en 1975 y 1976: «El escritor y su destino» y «El escritor y su tiempo». La primera disertación fue pronunciada en el Plaza Hotel para la peña El Ombú, y la segunda en el Centro de Arte y Comunicación, CAYC.

Cuatro de las conferencias siguientes (que se señalan con un asterisco) fueron seguidas de charlas con el público. «Yo creo que el diálogo es algo mucho más vivo que la conferencia y querría que conversáramos nosotros», expresó Borges. «La conferencia es una colaboración también, ya que depende, no sólo de lo que dice el orador, sino del modo en que sus palabras son recibidas».

Por invitación de la cátedra de América que patrocinaba la Organización de Estados Iberoamericanos (OEI), Borges estuvo en Madrid en abril de 1980, donde se refirió a «La metáfora», conferencia seguida de un interesante coloquio. En septiembre de ese año, en la Fundación San Telmo de Buenos Aires, compartió sus «Recuerdos de mi amigo Xul Solar», y mantuvo una amable charla con los oyentes y la viuda del artista homenajeado. En diciembre, la revista Brasil Cultura publicó «Borges evoca a Camoens», simpática disertación sobre la poesía que tuvo lugar en el Centro de Estudios Brasileños.

El año 1980 se cerró con la publicación de «Así escribo mis cuentos» en la revista española Quimera. La charla en el barrio de Palermo, grabada por el periodista peruano Américo Cristófalo, fue reproducida en 1981 en el periódico mexicano Unomásuno, y más tarde, en 1987, en la revista Puro Cuento, de Buenos Aires.

En septiembre de 1982 Borges viajó a Córdoba, para exponer en el Coliseo Mayor, acerca de la poesía, conferencia que el diario La Voz del Interior reprodujo como «Lo esencial de esta noche será el diálogo». En 1984, el diario Tiempo Argentino publicó «El universo: una serie de sueños», una plática con estudiantes en la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires. En abril de 1985 disertó en la Sociedad Hebraica Argentina sobre Baruj Spinoza. El texto fue recogido tres años después en el diario Clarín con el título: «El labrador de infinitos».

Finalmente, el escritor habló el 5 de septiembre de 1985 en el Colegio Ward de Ramos Mejía, en Buenos Aires, donde conversó con los estudiantes. En un artículo titulado «La última conferencia», el profesor Juan Carlos Dido rescató las reflexiones personales de Borges en ese encuentro sentido, que fue su emotiva despedida del público argentino.[3]

Agradezco a Nicolás Helft, en cuya indispensable Jorge Luis Borges. Bibliografía completa (que incluye más de 2700 entradas) se pueden consultar los datos de estas conferencias. Agradezco a la profesora Mercedes Rubio Zorraquín, que hace varios años realizó el valioso trabajo de búsqueda y clasificación de los textos. Agradezco a mi sobrino Francisco César del Carril por la digitalización de los textos en un tiempo récord. Agradezco también a Martín Hadis, infatigable investigador de Borges, por su generosa colaboración.

SARA LUISA DEL CARRIL

Poesía gauchesca

El tema que trataré, la poesía gauchesca, se vincula desde luego con el Brasil. Recuerdo que Groussac decía que la primera aparición histórica del gaucho corresponde a esa región que el Brasil y la Argentina se disputaron: el Uruguay. Afirmaba también que la palabra «gaucho» puede ser de origen brasileño. Es así que en boca de viejos orientales he oído decir gaúcho (acentuando la u), lo cual sería la forma intermedia entre guacho y gaucho. El protagonista de la poesía gauchesca correspondería no sólo a las dos riberas del Plata, sino también a la región de Rio Grande do Sul y hasta San Pablo.

Quienes han estudiado la poesía gauchesca la han vinculado a la poesía popular de los payadores, pero hay un hecho que conviene analizar. Si abrimos una antología de poesía popular, encontraremos que ésta está redactada en un español muy límpido, muy comprensible hasta para los mismos españoles, mejicanos o venezolanos. En cambio, si consideramos la poesía gauchesca, veremos que en ella abundan los términos criollos, y esto se debe a que los autores eran personas cultas que buscaban el color local. Así, en la obra capital de la poesía gauchesca, el Martín Fierro, hay al final una payada. Martín Fierro se enfrenta con un negro y los dos cantan en una pulpería: el autor olvida las metáforas pastoriles usadas hasta entonces. Los personajes definen el tiempo, la medida, el canto del mar y el canto de la noche. Es como si Hernández hubiera querido señalar la diferencia entre su obra y la de los gauchos, que no tienen por qué cultivar el color local. No sabemos cuál será el «color local» de nuestra época para las generaciones venideras. Los payadores tratan de eludir lo vernáculo pues tienen una visión reverencial del arte y quieren abordar temas alejados de lo cotidiano.

¿Qué es la poesía gauchesca? Es un género literario como los otros, que surge a raíz de la Revolución de Mayo. La patria y la poesía gauchesca crecieron juntas. Su primer poeta es Bartolomé Hidalgo. Al principio ensayó el endecasílabo, metro que no perciben los cantores populares. El endecasílabo es para ellos un octosílabo mal medido. Hidalgo inventa el artificio esencial de la poesía gauchesca, según el cual el gaucho es un cantor. Escribe Diálogos patrióticos entre Contreras y el Chano, que exaltan nuestras guerras de Independencia. No citaré sus versos, que estos correrían hoy el albur de parecer imitaciones de lo que hicieron sus continuadores. Hidalgo descubrió lo esencial: la entonación gauchesca. No hablaré de dialecto gauchesco, que no existió, a pesar de lo que sostienen algunos filólogos. Los poetas cultos que practicaron ese género no hubieran podido hablar como gauchos sin forzar el tono. El lenguaje gauchesco es lo bastante parecido al urbano como para que los poetas ciudadanos lo usaran y lo bastante distinto para que existiera una diferencia agradable. Mejor es hablar de una entonación, y Bartolomé Hidalgo la descubrió. Esta entonación es la que oiremos en los otros poetas. En los versos de Hilario Ascasubi y de José Hernández está escondida la voz del precursor. Cuando Hernández envió un ejemplar del Martín Fierro a Mitre, éste le agradeció con una larga carta en la que le decía: «Hidalgo será siempre su Homero». Y esto no lo puede negar Hernández. Hidalgo murió pobre y tuberculoso en Morón. Poco antes había hecho imprimir sus versos en hojas de colores para venderlos por las calles. Murió sin sospechar que había iniciado un género literario. Quizás sus versos fueron un mero pasatiempo para él. Quizás sea necesario para realizar una obra importante cierta inocencia.

No sé si puedo recordar en este momento el gran nombre de Shakespeare, que escribía obras de teatro porque era empresario de una compañía teatral, y cuando ésta deja de trabajar, se retira a su pueblo de Stratford. Shakespeare necesitaba el estímulo inmediato.

El segundo poeta es el cordobés Hilario Ascasubi. Éste también ha sido olvidado y yo justamente estoy ahora compilando una antología de sus poemas que creo podrá ayudar a la memoria de ese gran poeta. Ha sido sacrificado a la mayor gloria de Hernández por los historiadores de la literatura. Sin embargo, la obra de ambos es muy diversa. El tema común a ambos es el coraje, pero el coraje de Martín Fierro es un coraje triste, resignado; el de Ascasubi es un coraje florido, feliz. Éste parece haber sentido que una batalla puede ser también una fiesta. Mejor es oír al propio Ascasubi. Recuerdo un brindis pronunciado en Montevideo, sitiada por los federales. Ascasubi dirigió esta décima a un coronel uruguayo, décima que tiene el brillo de una moneda nueva:

Mi coronel Marcelino

Valeroso guerrillero,

Oriental pecho de acero

Y corazón diamantino,

Todo invasor asesino

Todo traidor detestable

Y el rosín más indomable

Rinde su vida ominosa

Donde se presenta Sosa

Y a los filos de su sable!

En otros versos describe Ascasubi con mayor entonación gaucha las incursiones de los indios en la provincia de Buenos Aires:

Pero al invadir la indiada

Se siente, porque a la fija,

Del campo la sabandija

Juye adelante asustada

Y envueltos en la manguiada

Vienen perros cimarrones,

Zorros, avestruces, liones,

Gamos, ciervos y venados

Y cruzan atribulaos

Por entre las poblaciones.

Entonces los ovejeros

Coliando bravos torean

Y también revolotean

Gritando los teruteros,

Pero, eso sí, los primeros,

Que anuncian la novedá,

Con toda seguridá

Cuando los pampas avanzan

Son los chajases que lanzan

Volando, chajá! chajá!

Y atrás de esas madrigueras

Que los salvajes espantan,

Campo ajuera se levantan

Como nubes polvaderas

Preñadas todas enteras

De pampas desmelenaos

Que al trote largo apuraos,

Sobre los potros tendidos,

Cargan pegando alaridos

Y en media luna formaos.

Si algo puede hacernos reverenciar lo misterioso de todo proceso estético es el hecho de que Hilario Ascasubi —que, como Paulino Lucero, se pasó la vida combatiendo a los tiranos de la Argentina y del Uruguay— vio y reprodujo muchas cosas, pero ninguna con la vividez de esta imagen de los malones, que él no vio nunca. Hay una copla de Ascasubi que encierra un retruécano feliz:

Otra vez con la victoria

Se alzó la correntinada.

¡Ah pueblo fiel y patriota

Que no se duebla por nada!

Es como si el pueblo de Corrientes fuera la corriente del río que se alza. Lo mejor de Ascasubi son los versos que compuso en Montevideo para las guitarras del campamento. En París, allá por el setenta y tantos, escribió su tedioso poema gauchesco Santos Vega. Ascasubi necesitaba estímulos inmediatos. En París no tenía más que la nostalgia de recuerdos parecidos al olvido.

Habría que hablar de Estanislao del Campo. Lo esencial de su Fausto es el espectáculo de amistad que nos trae. Creo que la verdadera pasión argentina es la amistad. Del Campo, Hernández, Eduardo Gutiérrez y Ricardo Güiraldes confirman esta creencia.

Recordemos que el amor ocupa un lugar subalterno en la épica.

Estanislao del Campo ha sido acusado de no conocer a los gauchos. En su tiempo lo difícil era ignorarlos.

Mi madre, que cuenta 84 años, recuerda que de chica la llevaron a la Plaza de Once, donde vio las carretas que venían de Morón y de Luján. Los mataderos del sur estaban en el lugar que hoy ocupa el Parque de los Patricios. Los del norte, en la actual esquina de Las Heras y Pueyrredón. El campo estaba junto a la ciudad. Además, la plebe porteña era plebe criolla, de suerte que, si hay errores en el Fausto, éstos son obra de la negligencia de quien maneja un tema conocido y no de la ignorancia.

Consideremos ahora la obra capital: Martín Fierro. Hernández ha escrito que su redacción «lo ayudó a alejar el fastidio de la vida del hotel». Lugones cree que Hernández, que participaba en la conspiración para asesinar a Urquiza, se refiere a un hotel de la Plaza de Mayo. Sería hermoso pensar que el Martín Fierro se escribió en el mismo lugar en que nació la patria. Vicente Rossi invoca una tradición que vincularía el Martín Fierro a los orígenes uruguayos del gaucho. Afirma que el hotel de la referencia estaba situado en Sant’Anna do Livramento. Hernández, después de la derrota de Ñaembé, huyó a la frontera del Brasil; esto explicaría la presencia de algunas voces brasileñas en el poema. Hernández, entre los gauchos orientales y riograndenses, habría recordado a los gauchos de la provincia de Buenos Aires, y habría escrito así su epopeya de la frontera de los indios.

Hernández hereda la tradición de Hidalgo y de Ascasubi y al mismo tiempo la contradice. Hay dos maneras de usar una tradición literaria: una es repetirla servilmente; otra —la más importante— es refutarla y renovarla. Veamos el caso de la literatura francesa. La tradición clásica está representada por Boileau; el movimiento romántico por Hugo, «que puso el gorro frigio al viejo diccionario». Ambas forman parte ahora de la tradición de Francia.

El máximo representante de la tradición gauchesca es Hernández, quien se rebeló contra ella. El Fausto empieza de este modo:

En un overo rosao,

Flete nuevo y parejito,

Caiba al bajo al trotecito

Y lindamente sentao,

Un paisano del Bragao

De apelativo Laguna,

¡Mozo jinetazo abijuna!

Como creo que no hay otro

Capaz de domar un potro

Y sofrenarlo en la luna!

Estanislao del Campo acumula deliberadamente voces agrestes. Hernández, en cambio, usa un lenguaje general:

Aquí me pongo a cantar

Al compás de la vigüela,

Que el hombre que lo desvela

Una pena estrordinaria,

Como la ave solitaria

Con el cantar se consuela.

Lo mismo en la Segunda Parte:

Atención pido al silencio

Y silencio a la atención,

Que voy en esta ocasión

Si me ayuda la memoria,

A mostrarle que a mi historia

Le faltaba lo mejor.

A Hernández le interesa el destino de su gaucho, no el colorido que interesa a Del Campo. Le importan la gravitación del destino, sus amarguras. Un rasgo muy auténtico es su manera de tratar el paisaje. Esa manera es lateral y alusiva, lo cual está de acuerdo con los hábitos del hombre de campo, que sólo mira el cielo para saber si lloverá mañana. Hernández sugiere la melancolía de la tarde con estas palabras:

Y en esa hora de la tarde

En que tuito se adormece

Que el mundo dentrar parece

A vivir en pura calma

Con las tristezas de la alma

Al pajonal enderiese.

No hay una descripción del alba en la llanura, pero la sentimos en estos versos:

Cruz y Fierro de una estancia

Una tropilla se arriaron;

Por delante se la echaron

Como criollos entendidos,

Y pronto, sin ser sentidos

Por la frontera cruzaron.

Y cuando la habían pasao,

Una madrugada clara

Le dijo Cruz que mirara

Las últimas poblaciones;

Y a Fierro dos lagrimones

Le rodaron por la cara.

El paisaje está apenas insinuado por algunas voces. En cuanto al carácter de Martín Fierro, se ha discutido mucho sobre él. Oyuela dice que se trata de un cuchillero, un borracho y un asesino. Pero los actos pueden traicionar a los hombres. ¡Cuántas veces los tontos dicen cosas inteligentes, y los inteligentes dicen cosas tontas! El carácter de Martín Fierro está dado, no por los actos o por las quejas, sino por el tono de su voz.

En su voz está el hombre que no podemos definir, como no podemos definirnos a nosotros mismos. ¿Qué puede significar una definición de Hamlet, o de Don Quijote o de Rascolnicoff? Nada.

Martín Fierro cierra la poesía gauchesca, y la cierra sepultando a los otros.

Llega después Don Segundo Sombra. Se ha dicho que sabemos muy poco de Don Segundo, que aparece como un personaje ya viejo, de cuyo pasado hay apenas alusiones. El narrador conoce muy poco a Don Segundo Sombra. Esto tiene su explicación. El pasado de Sombra, ese misterioso pasado, es el de toda la poesía anterior. Don Segundo ha sido Paulino Lucero y Martín Fierro y todos los gauchos. El libro no sería un relato, como lo define el autor, sino una elegía.

Me he referido a un solo lado de la literatura gauchesca: lo escrito en el Uruguay y la Argentina. Sé que más allá del Yaguaráo se han escrito otros libros. Anhelo ser alguna vez el oyente de una conferencia que me revele el otro lado de la poesía de ese hombre que compartimos con el Brasil: el gaucho o gaúcho.

«Poesía gauchesca», conferencia pronunciada el 17 de mayo de 1960, en la Sociedad Científica Argentina, con el auspicio del Centro de Estudios Brasileños, como adhesión al Sesquicentenario de la Revolución de Mayo de 1810.

Leopoldo Lugones

El sociólogo norteamericano Thorstein Veblen dedicó un ensayo al examen del problema de la primacía intelectual de los judíos en el mundo occidental. Descartó explicaciones de carácter étnico y llegó a la conclusión de que esa primacía indudable, que va más allá de las probabilidades de la estadística, se debía al hecho de que los judíos en el mundo occidental trabajaban sobre una tradición ajena; es decir, una tradición en la cual podían innovar sin cometer una deslealtad. Yo he pensado que el mismo argumento podría aplicarse a los americanos de ambas Américas. Es evidente que nuestra tradición es la tradición occidental europea, y no es menos evidente que no debemos una lealtad especial a las diversas formas de esa tradición. Manejamos el español, el portugués o el inglés, pero no somos ni españoles, ni portugueses, ni ingleses. En otras palabras, podemos manejar esas tradiciones sin exceso de superstición y podemos innovar en ellas. Y creo que uno de los ejemplos más ilustres de este manejo no supersticioso de una tradición es el caso de Leopoldo Lugones.

Nacido en el año 1874, se suicida en una de las islas del Tigre, al norte de Buenos Aires, en 1938 y deja una vasta obra. Veamos algunos aspectos de esa obra. Lugones llega a Buenos Aires hacia 1895 o 96; es la época del modernismo. Rubén Darío está renovando la literatura española y uno de los amigos y discípulos que él encuentra es Leopoldo Lugones. Todo esto tiene una explicación muy fácil: la literatura española había decaído considerablemente durante el siglo XVIII y el siglo XIX; los americanos, con razón de la guerra de Independencia, se sentían lejos de España y estaban nutridos de cultura francesa. No saber el francés por aquellos años era como no saber leer ni escribir. Leopoldo Lugones, como todos sus contemporáneos, vio el mundo a través de Francia. En su libro Las montañas del oro, Lugones enumera, en un poema, los cuatro poetas máximos de la humanidad: Homero, Dante, Hugo y Walt Whitman. En el prólogo a Lunario sentimental, Whitman desaparece, no porque hubiera decaído por aquellos años el fervor democrático de Lugones, sino porque en 1909 Lugones creía que la rima era un elemento esencial del verso moderno, por lo menos del verso moderno español, y no quería honrar excesivamente a un inventor y padre del verso libre como lo fue Walt Whitman. Quiero recordar, sin embargo, los versos que Lugones, en Las montañas del oro, de 1897, dedica a Walt Whitman. Dice Lugones:

Whitman entona un canto serenamente noble,

Whitman es el glorioso trabajador del roble.

Él adora la vida que irrumpe en toda siembra,

El grande amor que labra los flancos de la hembra:

Y todo cuanto es fuerza, creación, universo,

Pesa sobre las vértebras enormes de su verso.[4]

En estos versos se honra a Whitman, pero se le honra casi con la voz de Victor Hugo. Rubén Darío saluda la aparición de Lugones, lo compara con Poe y amistosamente insiste en su rudeza. Una de las cosas que el modernismo buscaba era lo contrario, la delicadeza del matiz. Lugones quiere, sin duda, demostrar que él no sólo puede ser fuerte sino delicado, complejo. Publica entonces un libro cuyo título ya define este carácter que él busca. Este libro inolvidablemente se titula Los crepúsculos del jardín. Imaginemos que Lugones hubiera hablado de los atardeceres del jardín, o de las tardes del jardín; faltaría en tal caso esa doliente delicadeza que encierra la palabra «crepúsculo». Y aquí Lugones había leído no sólo a Hugo, sino a Samain, a quien procura imitar. Yo querría levantar aquí una acusación que suele hacerse, que yo mismo he hecho, que todos alguna vez hemos hecho, contra los poetas modernistas. Se dice que todo lo que está en Darío, en Jaimes Freyre o en Lugones ya estaba en Hugo, en Verlaine y en otros poetas del parnasianismo y del simbolismo. Esta acusación es justa, pero, sin embargo, implica una injusticia, porque esos libros, la obra de Hugo, la obra de Verlaine —para limitarme a los dos ejemplos máximos que se complace en recordar Darío cuando escribe aquello de: «Con Hugo fuerte y con Verlaine amigo»—, esos libros, repito, estaban al alcance de todos y, sin embargo, no todos pudieron imitarlos. Voy a tomar un ejemplo hipotético. La obra de Swinburne está al alcance de todos, todos conocemos la música, la inconfundible música de Swinburne. Recordemos dos versos: Feeling her face with all her eater hair/Cleave to me, clinging as a fire that clings.[5] Imaginemos que yo pudiera reflejar esa música en español. Imaginemos que yo buscara palabras monosilábicas españolas equivalentes a las palabras monosilábicas inglesas que usa Swinburne y que yo pudiera forjar un verso español que repitiera esta música. Yo habría enriquecido el español con una música que no existe en nuestro idioma, y yo sería un gran poeta por el mero hecho de haberlo logrado, por el mero hecho de hacer que esa música nueva resonara en la lengua española. Y eso es precisamente lo que hicieron los simbolistas. De igual modo que Garcilaso repitió la música del italiano en el español, de igual modo que, en la grave prosa de Quevedo y de Saavedra Fajardo, retumba el latín, así Rubén Darío consiguió —nunca sabremos cómo, aunque ahora sea fácil imitarlo— trasladar la música de ciertos poetas franceses a la lengua española. Esto ahora es fácil después que Darío y Lugones lo ejecutaron, pero antes era imposible. Pensar que la música de Verlaine pudiera resonar en el español, fue alguna vez algo tan imposible como esta conjetura mía de versos de Swinburne y de Yeats que se oyeran en español, y eso lo logró Darío y lo logró Lugones también. En Los crepúsculos del jardín hay poemas cuyo tema es el diálogo de los amantes. Estos amantes dialogan, o se aman, en jardines quiméricos; todo está hecho para el esplendor, para la soledad y para la melancolía también. Oigamos uno de esos sonetos de Lugones que parecen fáciles ahora y que fueron difíciles y casi imposibles entonces, aunque su raíz, su evidente raíz, está en Albert Samain. Recuerdo el soneto que se llama «Delectación morosa»:

La tarde, con ligera pincelada

Que iluminó la paz de nuestro asilo,

Apuntó en su matiz crisoberilo

Una sutil decoración morada.

Surgió enorme la luna en la enramada;

Las hojas agravaban su sigilo,

Y una araña, en la punta de su hilo,

Tejía sobre el astro, hipnotizada.

Poblóse de murciélagos el combo

Cielo, a manera de chinesco biombo,

Tus rodillas exangües sobre el plinto

Manifestaban la delicia inerte,

Y a nuestros pies un río de jacinto

Corría sin rumor hacia la muerte.[6]

Pero esta música nueva la escuchamos en versos sueltos también, por ejemplo, en «Así estaba el crepúsculo cuando te vi, Ianira»,[7] o en estos otros endecasílabos, que parecen vacilantes y que encierran una música más lenta que aquellos de Las montañas del oro:

Nuestro amor fue un encanto de los ojos, y un vago

Roce de dedos tímidos, al insinuante halago

Del crepúsculo... y nada más. Pero entonces era.[8]

Ésta es una música lenta, morosa, una música que casi puede parecer torpe y que es sabia. Y aquí conviene recordar también aquel poema del «Solterón», cuyo tema es la soledad y que empieza con versos que corresponden a la pintura impresionista, esa pintura de brumas y de imprecisiones que inaugura Whistler o que ya está en Turner:

Largas brumas violetas

Flotan sobre el río gris,

Y allá en las dársenas quietas

Sueñan oscuras goletas

Con un lejano país.[9]

Al final de este libro hay un poema, que contradice todo lo anterior, titulado «Emoción aldeana», un poema deliberadamente prosaico, en el cual hay humorismos y que prefigura —Los crepúsculos del jardín son de 1905— lo que Lugones encerraría luego en el Lunario sentimental, que es de 1909.

Hay un prólogo polémico en este libro, en el que el autor propone una revolución integral de la poesía de lengua española. Y un rasgo notable de este prólogo es que Lugones, a diferencia de lo que después malamente hicimos los ultraístas, no niega nada de lo que se ha hecho hasta entonces. Lugones quiere simplemente enriquecer lo que se ha realizado. Propone tres innovaciones: métrica, de rima y de nuevas metáforas. En cuanto a la primera, dice Lugones que ciertas formas métricas, el octosílabo de los romances, el endecasílabo de Garcilaso, el alejandrino que él mismo había manejado, no agotan las casi infinitas posibilidades métricas del castellano. Señala que el oído está acostumbrado ya a esas combinaciones y, por eso, las acepta y puede rechazar otras combinaciones nuevas. Y recuerda que, cuando Garcilaso trae de Italia el endecasílabo, hubo escritores españoles que lo rechazaron declarando no percibir su música. Y recuerda asimismo que el octosílabo, tan natural al parecer, vacila y tropieza en los primeros romances. El Lunario sentimental es en gran parte una silva; es decir, Lugones combina en él todos los metros, algunos de los cuales acaso no tienen un nombre hasta entonces. A primera vista todo esto parece áspero, o desmañado, pero es necesario acostumbrarse a esta música, que luego fue imitada. Lugones se complace también, a la manera de Heine, en empezar una estrofa con esplendor y luego en dejarla caer deliberadamente. Es decir, Lugones, como Byron y Heine, pasa de lo sublime a lo ridículo, pero, como dice Chesterton refiriéndose a otro poeta, para ejecutar este paso es necesario haber llegado antes a lo sublime. Veamos alguna estrofa del Lunario sentimental. Recuerdo estos versos:

El jardín con sus íntimos retiros,

Dará a tu alado ensueño fácil jaula,

y luego Lugones deliberadamente derriba el edificio que él ha empezado a construir, y agrega:

Donde la luna te abrirá su aula

Y yo seré tu profesor de suspiros.[10]

Querría recordar estos otros versos de dicha obra:

Ligero sueño de los crepúsculos, suave

Como la negra madurez del higo;

Sueño lunar que se goza consigo

Mismo, como en su propia ala duerme el ave.[11]

El último lento verso, esta delectación morosa del verso, para repetir una frase de Lugones, es algo que no se había hecho antes.

Lugones quiere innovar también en la rima y, acaso por primera vez, usa aquellas rimas que Byron, Browning, Butler, habían usado en inglés, y Laforgue, y alguna vez Hugo, en francés. Básteme recordar aquellos versos de Browning que dicen: The wolf, fox, bear and monkey / by piping advise in one key.[12] Lugones encuentra rimas inesperadas. ¿Qué rima podría haber para «petróleo», palabra que ya es un escándalo en el verso, que no fuera «óleo»? Lugones rima «petróleo», con «mole o». ¿Qué rima para «náyade»? Rima «náyade» con «haya de». ¿Qué rima para «borlas» que no sea «orlas»? Rima «borlas» y «por las», a la manera de Ariosto que rimaba «perle» con «per le». ¿Qué rima para «insomnes»? Recuerda el verso latino ab uno disce omnes. Todo esto lo prodiga Lugones en el Lunario sentimental. Todo esto fue leído e imitado luego por Valle Inclán en La pipa de kif.

Veamos la tercera innovación, la más importante que propone Lugones, a saber, que los poetas busquen nuevas metáforas. Yo querría detenerme en este punto, porque precisamente la renovación de la metáfora es lo que nos propusimos los poetas ultraístas, unos quince o veinte años después de Lugones. Creo que los chinos llaman al universo los diez mil seres. Evidentemente, diez mil seres no significa diez mil individuos, porque hay más de diez mil hombres o diez mil hormigas en el mundo. Significa los diez mil arquetipos, o géneros, o especies de cosas. Aceptemos esta estadística, bastante moderada, por cierto, ya que cada día se descubren arquetipos nuevos. Imaginemos que hay diez mil cosas en el mundo, y esto ya nos daría un número casi infinito de metáforas, si pensamos en el número de permutaciones y combinaciones que pueden ensayarse con diez mil términos. Y, sin embargo, los poetas usan siempre algunas metáforas. Tomemos una de las más antiguas: la ecuación vida-sueño o ensueño. Creo que ya Píndaro dice que la vida de los hombres es como un sueño. El mismo sentimiento debe encontrarse en la Biblia. Walther von der Vogelweide se preguntó: «¿He soñado mi vida por verdadera?». Shakespeare escribió para siempre aquello de: We are such stuff / as dreams are made on.[13] Y un poeta chino dijo que había soñado ser una mariposa y que no sabía, al despertar, si era un hombre que había soñado ser una mariposa, o si era una mariposa que estaba soñando ser un hombre. Y admiremos la felicidad, la felicidad instintiva de este poeta oriental que buscó una mariposa. Si hubiera soñado ser un tigre, la metáfora sería menos eficaz. La mariposa sugiere, además, la fugacidad de la vida, pues se parece a la esencia onírica de la vida. Podríamos decir: ¡Qué pobres son los poetas que siempre están comparando la vida con un sueño o un sueño con la vida! Habría que recordar a Calderón también y a tantos otros. ¿Por qué no buscan otras ecuaciones? Efectivamente, Lugones buscó otras ecuaciones, y los ultraístas las buscamos después. Pero cabría preguntarnos si esas ecuaciones son valederas. Lugones, por ejemplo, compara la luna con una moneda. Supongamos que esa comparación no se ha hecho antes, para aceptar la tesis de Lugones, de que esa comparación es nueva. Esta equivalencia de la luna y de la moneda puede depararnos un momentáneo asombro y nada más. En cambio, cuando otros poetas se resignan a repetir una metáfora antigua y dicen con palabras distintas que la vida es un sueño, entonces no estamos ante una ecuación arbitraria, hecha para sorprender. Estamos ante una afinidad esencial de las cosas. Lugones dijo:

El jardín, con sus íntimos retiros,

Dará a tu alado ensueño fácil jaula,

Donde la luna te abrirá su aula.[14]

Pues bien, el ensueño puede parecerse a un pájaro, pero el hecho de que el jardín sea una jaula para el pájaro del ensueño y la posible semejanza de la luna con un establecimiento pedagógico («la luna te abrirá su aula»), nada de esto es esencial. Nada de esto nos ayuda a pensar y a sentir y, por eso, creo que Lugones se equivocó. Creo que a veces aceptamos las metáforas nuevas que hay en el Lunario sentimental porque la música del verso nos lleva a ello, pero nada más. Dice Lugones que «parece que por la abierta ventana / La tarde nos meciera como un tranquilo buque».[15] Esto puede ser sorprendente, pero realmente la tarde no se parece a un buque, o no se parece de un modo importante; de suerte que yo creo que Lugones se equivocó y que también los ultraístas nos equivocamos. Creo que hay pocas metáforas esenciales, unas pocas metáforas que manifiestan las afinidades esenciales de las cosas, y que la función del poeta es repetirlas con una leve novedad. No creo que podamos hacer otra cosa. No sé si podemos realmente agregar una ecuación nueva a aquellas antiguas ecuaciones de estrellas-ojos, tiempo-río, muerte-dormir, vidaensueño, mujeres-flores, batalla-fiesta, la edad del hombre y las diversas etapas del día: juventud-aurora, vejez-atardecer. No sé si los poetas podemos inventar otras metáforas. Podemos simular que las inventamos, pero sólo lograremos un momentáneo estupor con ello. Recuerdo lo que me dijo un amigo mío a quien yo le leí un poema que yo creía asombroso: me dijo: «No soy partidario del susto en literatura». El susto realmente es una emoción que dura poco y es triste querer intimidar o sorprender a los lectores. El poeta debe buscar algo más importante. Debe, no diré persuadir, sino conmover. Además, no debe decir cosas asombrosas; debe decir cosas que sean sentidas por el lector como verdaderas. El lector, más bien, debe pensar: «Yo siempre he sentido esto y no he podido expresarlo hasta entonces». Tal era, según lo creía el poeta Alexander Pope, la función de la poesía. En el Lunario sentimental está todo lo que se hizo después. Esto no quiere decir que Lugones no haya sido superado en ciertos aspectos. Yo creo que hay composiciones de Ramón López Velarde y de Ezequiel Martínez Estrada que superan las composiciones de Lugones, pero entiendo que estas composiciones no hubieran sido escritas si los poetas no hubieran conocido, y conocido muy bien, el Lunario sentimental de Lugones. Podría objetarse contra su autor que es un poeta intelectual, en el sentido de que sabía muy bien lo que estaba haciendo. Quizás lo sabía demasiado bien para un verdadero poeta. Le faltó la inocencia, la despreocupación de Rubén Darío. El contraste en Lugones es que a veces expresa de una manera sabia y compleja sentimientos elementales que no exigen y que acaso no toleran una expresión compleja. En este sentido él es inferior a sus continuadores.

Llega el año 1910 y Lugones escribe sus Odas seculares. Hay un poema dedicado a la patria. En él Lugones concibió el desdichado propósito de versificar todas las variedades de la ganadería, de la agricultura y de la industria. Desgraciadamente lo hizo, pero en este poema se olvida a veces de ese propósito menos poético que estadístico como en aquellos versos en que se refiere a sus primeros recuerdos del 25 de Mayo, donde habla de su madre y dice:

Aunque aquí vaya junto con la patria

Toda luz, es seguro que no estorba,

y luego memorablemente agrega:

Adelgazada por penosos años,

Como el cristal casi no tiene sombra.

Aquí tenemos una imagen nueva y que, sin embargo, me parece eficaz

Como el cristal casi no tiene sombra,

Y continúa:

Después se nos ha puesto muy anciana,

Y si muere sería triste cosa

Que no la hubiese honrado como debe

Su hijo mayor por vanidad retórica.[16]

Lugones escribe otros libros. No pienso detenerme en todos ellos, pero querría que ustedes buscaran y releyeran un poema de Lugones titulado «Pavos reales». Parece estrictamente adecuado a las posibilidades, a las vastas posibilidades de su autor. En este poema no hay ninguna doctrina. No hay ninguna idea. El poeta mira a los pavos reales y se propone repetir, reflejar, verbalmente el esplendor del pavo real. Con una metáfora, con una imagen audaz, nos habla de «un brutal grito azul».[17] Y luego, a medida que el poema adelanta, diríase que una obsesión se apodera de Lugones. Al principio, ha definido a los pavos reales que son simplemente pájaros espléndidos y simples, tomando imágenes de la naturaleza; pero luego mira la tarde y la noche, y entonces todo, por decirlo así, se vuelve pavo real. Hay unos versos extraordinarios en que habla de la puesta del sol, y dice que el Occidente parece «un violento pavo real verde delirado en oro».[18] Detengámonos en el extraordinario verbo «delirado» y luego en la aparente cacofonía y verdadera sabiduría: «pavo real verde delirado en oro». Yo creo que esta repetición del «de» le da al verso una suerte de rigidez heráldica. Luego, Lugones mira la noche, ve naturalmente la cola del pavo real en las infinitas estrellas y nos habla de «algún profundo pavo real dormido».[19] Antes había aplicado el epíteto profundo al toro, pero me parece que está mejor aquí: «algún profundo pavo real dormido». Esta sorpresa de los epítetos es uno de los hábitos de Lugones. Cuando habla del pelo blanco de su madre, nos dice: «Sus pacíficas trenzas de señora».[20] En otro verso habla de «Esa luz de las tardes mortecinas / Que en el agua pacífica perdura».[21]

Dejando de lado su producción en prosa y antes de concluir, querría recordar que Lugones resume todo el proceso literario argentino. Es verdad que nuestro libro máximo es el Martín Fierro, pero no es menos cierto que es él quien afirma esa primacía del poema de Hernández en su admirable Payador, escrito en 1916. Es verdad que el hombre de genio más indiscutible producido por la patria fue Sarmiento. Pero no es menos indudable que Lugones le dedica un libro extraordinario, la Historia de Sarmiento (1911). En La guerra gaucha hay un cuento que inolvidablemente concluye con la escena de un capitán que ha visto una hazaña ejecutada por dos gauchos oscuros, dos gauchos que mueren por la patria que no podrían definir, pero que instintivamente sienten, y entonces Lugones nos dice de ese capitán: «y lloró de gloria». Todo lo que se hace después en nuestra literatura está prefigurado en Lugones. Creo que hasta ahora no hemos avanzado más allá de Lugones.

Yo he sido injustamente elogiado por haber traído el cuento fantástico a las letras de lengua española. Pues bien, la verdad es que en 1906 Lugones publica Las fuerzas extrañas, en el que hay por lo menos tres obras maestras del cuento fantástico: «Yzur», «Los caballos de Abdera» y «La lluvia de fuego», de suerte que cuando ulteriores escritores argentinos hemos querido crear universos fantásticos, ya Lugones lo había hecho, como ya había acuñado también todas las metáforas que quisimos inventar en la época del ultraísmo.

El defecto de Lugones es la falta de intimidad, por eso Lugones es inferior a Darío. Lugones quería adoctrinar o intimidar a sus lectores, y pocas veces, salvo acaso en algún verso como «El dulce bien de descubrir la luna»,[22] oímos la tranquila voz de Lugones. Sin embargo, sintió profundamente. Y creo que no es una indiscreción que yo recuerde aquí las circunstancias del suicidio de Lugones, ya que nadie las ignora en Buenos Aires y ya que prescindiré de nombres propios. A Lugones le había tocado vivir la época de la bohemia. Fue amigo y discípulo de Rubén Darío. Sin embargo, se jactaba de no ser un bohemio, en aquel tiempo en que era casi obligatorio serlo para ser un poeta y en que no se concebía un poeta que no fuera un poète maudit. Pues bien, Lugones, burguesamente, puritanamente, se había jactado siempre de ser el marido más fiel de Buenos Aires. Dedica El libro fiel a su mujer: Tibi unicae sponsae, pero hacia el fin de su vida conoció a una muchacha, que se enamoró de él, así como él se enamoró de ella. Entonces, al tener amores con esa muchacha, sacrificó la norma de toda su vida. Fue Lugones el que hizo el sacrificio. Al cabo de un año esta mujer lo dejó quizás brutalmente, porque Lugones no se resignaría a ello y entonces se encontró ante esta tragedia: para él, él había pecado y había pecado vanamente. Además, todos fuimos ingratos con él. Yo he pensado que todo suicida muere asesinado por sus amigos, asesinado por todos, como murió César. Todos nosotros tuvimos alguna parte en el suicidio de Lugones. Lugones, además, era considerado, con toda justicia, como el primer poeta argentino, pero los jóvenes lo atacamos injustamente, acaso para librarnos de su poderosa gravitación. Todos sentíamos su presencia. Todos sentíamos que escribir bien era escribir como él, y luchábamos por nuestra vida, por nuestra independencia. Esto yo, felizmente para mí, lo dije en un artículo, antes de su muerte. Lugones, pues, se encontró solo. Tenía una vasta obra y debió haber sentido lo que siente todo escritor. Hay un momento en que el escritor llega a la convicción de que las palabras son vanas. Además, los versos de Lugones eran en gran parte, como en aquel espléndido ejemplo de gongorismo, «Los pavos reales», estructuras verbales. Él mismo no estaba en su obra. Los versos no necesitaban de él; excluían su destino, su desdicha. Los versos eran admirables sujetos verbales que seguirían viviendo por cuenta propia. Acaso Lugones vaciló entre expresar la desesperación que sentía o simplemente callar, y optó por lo segundo. Se envenenó en 1938. Todos fuimos injustos para él. Todos inventamos que algo se había hecho después, que él no había hecho antes. Sé que lo que yo pueda decir ahora no puede tener importancia para Lugones. Si Lugones existe en alguna parte, está mucho más allá de estas pequeñas mezquindades de la nombradía, de la gloria, de la justicia póstuma. Pero yo sé que aquí estoy cumpliendo con mi deber, honrando a ese extraordinario poeta, del cual todos descendemos y que ha sido injusta y acaso deliberadamente olvidado.

«Leopoldo Lugones», conferencia pronunciada el 21 de febrero de 1962 en la Unión Panamericana (hoy OEA). En La Universidad, Revista Trimestral de la Universidad del Salvador, Buenos Aires, Números 1-4, Año LXXXVII, enero-diciembre de 1962; y en Revista Interamericana de Bibliografía – Inter American Review of Bibliography, Washington D.C., Vol. XIII, N.º 2, April-June, abril-junio, 1963.

The Spanish Language in South America.
A Literary Problem[23]

Some twelve or fifteen days ago I had a very striking experience. In Madrid, that most hospitable of cities, I was taken by my friend, Fernando Quinones, to a session of cante jondo. I am some sixty odd years old, and it was the first time that I had heard anything of the sort. I always thought that cante jondo would be something out of my life altogether. And so, we went to a basement in Madrid and there a man played the guitar and another man, a younger man, seemed to throw himself into a kind of frenzy, into a dream of passion, and to take out of himself words. I recognised many of the words. How shall I put it? There was something muddy and tall about them as if that man were Adam. Adam inventing speech and words in the Garden of Paradise. He sang in a sort of agony, felt by all of us who were there and I saw that the whole thing was a kind of rite. There was something religious about this Andalusian cante jondo. Then I remembered a payador, a singer of the suburbs

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