Boleros en La Habana

Roberto Ampuero

Fragmento

Capítulo 1

1

—¿A quién diablos le habrá dado por estorbar a esta hora en un día de lluvia? —se preguntó tras el timbrazo en la estrecha cocina de puntal alto, donde leía el diario de la mañana mientras disfrutaba su acostumbrada tacita de café dulce y cargado.

Sobre el escurridero se apilaban pailas y cacerolas pringosas y, en el mesón, entre una abollada cafeterita de aluminio y un paquete de azúcar, esperando desde hacía días por la plancha, camisas de rayón, un pantalón de poliéster, varias calcetas zurcidas y dos calzoncillos de pierna larga.

Con el primer Lucky Strike de la jornada pendiendo de una comisura y los ojos sumergidos en las profundidades de sus dioptrías, se irguió, extrañado de que lo importunaran temprano en un día tan frío. Redujo el volumen de la radio, por la que una voz solemne elogiaba los precios que ofrecía un cementerio para la incineración de afiliados, y se arrimó a la ventana a espiar entre los visillos.

—¡Parece un monje franciscano en penitencia! —masculló.

Bajo la lluvia, una silueta de impermeable y capuchón oteaba hacia la casa delante de la reja del jardincito. Un cobrador, pensó desalentado, pero luego hizo memoria y tuvo la certeza de que si bien su mora en el pago de tiendas y servicios era dramática, no era terminal. El monje se mantenía allí inmutable como una estatua, ajeno a la lluvia, presintiendo a alguien en casa.

No, se repitió, no esperaba a nadie aquella invernal mañana de Valparaíso que más invitaba a guardar cama acompañado de un guatero caliente y una buena novela policial —cuando no de una mulata sandunguera—, que a salir a enfrentar el mal tiempo. No, a nadie, ni siquiera a Bernardo Suzuki, su fiel auxiliar, atareado seguramente a esa hora con las goteras de la oficina que alquilaban en el entretecho de un vetusto edificio céntrico. El timbre, esta vez prolongado e insistente, volvió a exasperarlo.

Caminó por el pasadizo de madera, que crujió bajo su cuerpo entrado en carnes, y se dirigió a la mampara. Llevaba una bufanda, quizás demasiado larga y colorida, enrollada cual serpiente al cuello, y una chaleca lila en la que faltaban dos botones. Abrió y se asomó al portalito, donde el viento salobre abofeteó su mofletudo rostro cincuentón y su calva incipiente.

—Buenos días, caballero —gritó el encapuchado desenfundando unos papeles del impermeable. Abajo, a su espalda, se extendían la ciudad y el Pacífico, grises y silenciosos como los barcos de guerra—. ¡Vengo de TNT y traigo carta para don Cayetano Brulé!

—Ese soy yo —barruntó el detective y, recordando con simpatía al alemán pelucón y jovial que dirigía aquella agencia de envíos en la ciudad, atravesó el jardincito esquivando pozas.

Un viento macabro le escarchó los huesos antillanos y el negro bigote a lo Pancho Villa antes de alcanzar la reja. Soltó una imprecación inaudible, mientras el cigarrillo se apagaba en el hueco de su mano. Después de veinte años en Chile, aún nadie acertaba a explicarle en forma convincente la razón por la cual los conquistadores españoles, conociendo el clima cálido y la pródiga vegetación de las Antillas, se habían asentado en esta tierra tan fría y agreste del último confín del mundo. ¡Tienen que haber sido unos pobres diablos como yo!, pensó al tiempo que destrababa el pestillo de la reja, que cedió con un chirrido.

—Su autógrafo, por favor —dijo el mensajero pasándole una lista y un lápiz, al tiempo que lo escrutaba con ojitos incisivos, que bailaban en un rostro aguzado recordándole a un hipnotizador de circo pobre de su infancia habanera.

Aunque el documento era ilegible por efecto del agua, estampó su firma junto a un garabato, en el lugar preciso que le indicó el dedo del encapuchado, y recibió a cambio un sobre verde y húmedo como una hoja de otoño. Su nombre estaba escrito en letra de imprenta, pero sin trazas del remitente.

—Mientras no sea otra cuenta —comentó Cayetano, abrumado por la ausencia de casos que afrontaba desde hacía meses, y arrojó la colilla por entre los barrotes hacia el pasaje Gervasoni.

—¡Ojalá que no! —repuso el mensajero y, aprovechando el embate del viento que hacía arreciar la lluvia, desapareció a buen tranco en dirección a la puerta del funicular.

Cayetano regresó a casa y sorbió de pie el café frío. Ya en la salita de estar, se repanchingó en su sillón de tapiz floreado, bajo el cual dormitaba Esperanza, una perrita blanca sin raza que había recogido de la calle años después de que su esposa lo abandonara, y rasgó el sobre. De su interior extrajo un pasaje aéreo y una hoja de papel que desdobló atenazado por la curiosidad. ¿Quién podía enviarle un pasaje? Se acarició con parsimonia una punta del bigote y recorrió las líneas escritas con letra clara y tinta azul:

«Embárquese en el vuelo a Cuba que indica el pasaje adjunto. Hallará cuarto reservado a su nombre en el hotel Habana Libre de La Habana. Asumo todos los gastos y le garantizo honorarios generosos. Es un asunto de vida o muerte. Confío en su discreción. Plácido».

2

Cayetano Brulé se atavió con su mejor tenida —traje de poliéster brilloso por el paso del tiempo, camisa amarilla de cuello largo y corbata lila salpicada de guanaquitos—, se arrebujó en la gabardina de siempre y salió al pasaje Gervasoni premunido de un paraguas. Iba a confirmar su vuelo a Cuba. Eran las diez de la mañana. Llovía a cántaros.

Mientras el funicular descendía a sacudidas entre el cerro y los edificios, experimentó que una dicha insólita, embarullada con la incontenible curiosidad por conocer a Plácido, lo embriagaba con solo imaginar que pronto volvería a su patria.

Había abandonado la isla en la década del cincuenta, seis años antes de que Fidel Castro y sus guerrilleros verde olivo asumieran el poder entre el aplauso de la población, harta ya de la tiranía de Fulgencio Batista. En aquel tiempo la crisis económica era de tal magnitud que su padre, trompetista de una de las numerosas orquestas cubanas de mambo, se había marchado con la familia a probar suerte en Nueva York.

Pero el contrato que llevaba don Gastón Brulé en el bolsillo para integrarse a la farándula no fue reconocido por un agente de espectáculos de Estados Unidos, lo que lo condenó a tocar los fines de semana en una orquestica de dudosa calidad del Bronx. Como si fuera poco, el frío y los alquileres altos, amén de la competencia desleal de grupos musicales mediocres amparados por gánsteres, llevaron al trompetista en enero de 1959, justo cuando triunfaba la revolución y Cayetano cumplía los quince años, a trasladarse a Key West, donde se empleó como torcedor de tabaco en la empresa de Hidalgo-Gato, a pocos metros del puerto. Allí el joven fue testigo del arribo de los miles de compatriotas que huían de los barbudos.

Vivió hasta 1971 en los cayos de la Florida, año en que se enamoró de Ángela Undurraga, una chilena burguesa revolucionaria que estudiaba en Miami, y una tarde de primavera lo introdujo, aún no sabía bien por medio de qué artificios de la dialéctica materialista, en una nave de Panam con destino a Chile.

—Allá tendrás la oportunidad de comprometerte con los profundos cambios sociales que necesita nuestro continente, cosa que no hiciste en Cuba por culpa de don Gastón —le dijo Ángela poco antes de que él abandonara su insignificante trabajo como auxiliar de mecánico de motores fuera de borda, en Key West, y viajara al Chile de la Unidad Popular.

Mas, para hacer honor a la verdad, debía admitir que la decisión de entonces se había debido en parte a su sed de aventura, a que estaba hastiado de contemplar desde la orilla cómo otros se alejaban mar adentro mientras él permanecía solitario y triste, escuchando el cristalino diálogo de las olas con los pilares del muelle.

Fue un error, lo reconocía ahora. Entonces el mundo parecía algo maleable y la vida irremediablemente eterna, se dijo Cayetano mientras una mujer de delantal raído desentrababa la puerta del funicular y se perdía en la penumbra, seguida por él y los demás pasajeros, para situarse junto al molinete.

Del Chile de entonces aún persistían en su retina los enfrentamientos callejeros, el desabastecimiento galopante y la sensación de que cualquiera de ambos bandos podía terminar controlando un país que se hundía en el caos. Recordaba con claridad el golpe militar, los tiroteos y los muertos en la calle, los desaparecidos, el inicio del exilio de tantos.

Dos años después de que Augusto Pinochet se adueñara del poder, Ángela abandonó a Cayetano para marcharse a Francia con el charanguista de un conjunto folclórico de Valparaíso. El matrimonio entre la revolucionaria burguesa y el ingenuo de entonces había derivado en un fracaso entre batallas campales, paros, toques de queda y asesinatos.

—¡Me voy porque los caribeños solo sirven en el Caribe, en el Cono Sur se pasman! —le espetó Ángela en el aeropuerto de Pudahuel, adonde había acudido para rogarle que permaneciera a su lado, poco antes de su despegue hacia París.

Fue, menos mal, su último reproche. Solo años más tarde tomó conciencia de que ella se había casado con él para contribuir a la unidad continental antiimperialista y a la fusión entre la intelectualidad revolucionaria y el pujante proletariado. Cayetano, ajeno al cálculo ideológico, había incurrido en el error de casarse solo por amor.

La etapa de la dictadura le resultó particularmente sombría. Para los militares era sospechoso por ser cubano de La Habana, para los izquierdistas por ser cubano de Miami. Entonces, en medio de una pasmosa soledad, solo paliada por el afable Bernardo Suzuki, dueño del Kamikaze, un timbiriche de fritangas en la zona del puerto, había intentado subsistir con un modesto taller mecánico, que terminó reducido a escombros y cenizas durante uno de los voraces incendios que asuelan regularmente a Valparaíso.

Solo en ese momento cayó en la cuenta de que disponía de un diploma de detective de un instituto de estudios a la distancia de la Florida. Colgó, pues, el cartón en una pieza del entretecho del edificio Turri, que convirtió en una oficinita de investigación privada, y apostó por el éxito, a sabiendas de que los chilenos dan por sentada la calidad de todo cuanto viene de Estados Unidos y Europa. Y las cosas comenzaron a marchar.

Si bien arribaban clientes cuyos asuntos eran de poca monta y escasos honorarios, ellos le permitían pechar y confiar en que sus perspectivas mejorarían. Luego conocería a Margarita de las Flores, su amante voluminosa, la dueña de la agencia de colocación de empleadas domésticas La Porteña, sin cuya cooperación jamás habría esclarecido numerosos enigmas.

Dejó atrás el funicular y salió a Prat estimulado por la esperanza de regresar a su tierra, que no visitaba desde hacía dos años, cuando acudió a investigar el asesinato de un joven empresario viñamarino de apellido Kustermann. Cruzó la calle, donde lo envolvieron el esmog, los gritos de los vendedores ambulantes y el estrépito de taxis y buses, e ingresó al edificio Turri.

—¿Qué volá, acere? ¿Aún gotea esta empresa? —preguntó al abrir la portezuela de la salita en el entretecho del edificio. Se despojó del impermeable y lo colgó en el clavo detrás de la puerta, donde pendía la parka de su ayudante—. ¡Cuidado con caerte, que después te tengo que indemnizar como blanco!

Suzuki, hijo de un japonés y una chilena, de la cual solo había heredado la nacionalidad y la lengua, pues todos sus rasgos correspondían a los de un asiático de tomo y lomo, se equilibraba a duras penas en el borde del escritorio para clavar una tabla en el techo, por donde se filtraban goterones.

—Vino a cobrar el dueño de este tugurio, jefecito —anunció sin cesar de martillar—. Dijo que si no quería que lo lanzara, que pague los cinco meses atrasados.

Cayetano palpó la cafetera que descansaba sobre el anafre, aún estaba tibia, y escanció café en su tacita.

—Te pido que te bajes de mi escritorio —dijo—, en primer lugar, porque estás pisando los únicos casos que tenemos, y en segundo, para que te anudes la corbata que guardo en el cajón y parezcas caballero, aspecto clave en este mundo cuando de cumplir trámites se trata.

—Si usted piensa que ella me ennoblece, al pescuezo me la pongo —replicó el japonés y diciendo esto saltó del escritorio con proverbial agilidad y extrajo del cajón central la prenda, en la que unos minúsculos guanacos pastaban sobre un fondo de color lila tan encendido que hería los ojos—. Ahora, si esto sirve a sus propósitos, ya es harina de otro costal.

—Mal no nos vemos —opinó deleitado el detective y se miró de reojo la corbata, después de anudar la de Suzuki. Las había comprado en el mercado de las pulgas, en una promoción de dos por el precio de una—. Pensarán que somos promotores de alguna compañía boliviana, cosa nada desdeñable en una época en que están en boga las ideas integracionistas. Pero acompáñame, que por el camino te relataré con pelos y señales una historia increíble.

Media hora más tarde, y después de que Cayetano narrara a su asistente lo acaecido en la mañana, ingresaron a una agencia de viajes que olía a parafina. La encargada de reservaciones inspeccionó el pasaje y consultó una pantalla. El detective aguardaba tenso, desconfiando aún de que se tratase de un pasaje auténtico.

—¿Y usted desea confirmar la fecha del viaje para este jueves? —preguntó ella escrutando los abultados bigotazos del cliente.

3

Las veintidós plantas del hotel Habana Libre se levantan en lo que fue el exclusivo barrio residencial de El Vedado de la capital cubana. Antes de la revolución lo frecuentaban turistas norteamericanos, tahúres de bigote fino, discretas damiselas color café con leche o caoba, y mañosos de sombrero de ala caída, los que entre las palmeras, los cocoteros y los gigantescos helechos del lobby, solían mordisquear, displicentes, puros del mejor tabaco del mundo. En 1959, Fidel Castro estableció allí su cuartel general. Al tiempo fue nacionalizado, con lo que comenzó su deterioro. Hoy se halla nuevamente en manos privadas, esta vez españolas.

Con su traje de poliéster, una camisa violeta de cuello largo y su corbata lila de guanaquitos verdes, combinación, por cierto, inadecuada para las calurosas tardes habaneras de junio y escandalosamente contrastante con la vestimenta clara, holgada y vaporosa de los huéspedes extranjeros, Cayetano Brulé cruzó el pasillo alfombrado que conducía a su habitación, seguido de un botones negro y parlanchín que cargaba su valija de madera.

—¿Y cómo lo lograste, mi hermano? —preguntó el botones tras cerciorarse de que estaban solos. A pesar de sus sesenta años, desconocía aún el trato que se dispensa al pasajero de un hotel de primera.

—¿Cómo logré qué cosa? —preguntó Cayetano, sorprendido por el tuteo, acostumbrado como estaba al usted frío y distante que se emplea en Chile entre los desconocidos.

—Marcharte, mi hermano, marcharte. Que tú no me engañas. Eres más cubano que el mamey, aunque andes rumbeando en el área dólar.

—Es una historia muy larga —replicó el detective, observando cómo el negro introducía la llave en la cerradura de la puerta—. Una historia que se remonta a la década del cincuenta.

—¿Y tú no tienes alguna chiquita o una medio tiempo extranjera que quiera casarse conmigo, aunque esté rematada de fea, y me saque del socialismo? ¿Tú vives en la Yuma?

Abrió la puerta y entraron a un cuarto fresco y oscuro, con una cama de plaza y media, un barcito y televisor. Pero cuando el negro descorrió de un manotazo los cortinajes, la ciudad emergió a sus pies bajo una luz opalescente que tiñó las paredes, el cielo raso y los muebles, mientras el mar, distante, se confundía en el horizonte con nubes barrigonas.

—No vivo en Estados Unidos —repuso Cayetano—. Vivo en Chile.

—¡Coño! —exclamó el botones depositando la valija sobre el portamaletas. Tenía los ojos colorados, como si hubiese estado bebiendo—. ¡Ese Pinochet es igualito al Caballo, mi hermano! ¡No suelta el poder ni a cañonazos!

No le explicó que desde hacía años no gobernaba Pinochet en Chile, sino un presidente elegido, pues pensó que la aclaración significaría pérdida de tiempo para él y desánimo para el negro, quien probablemente creía que compartir una desgracia hace menos desgraciado al que la sufre. Prefirió sondear el paisaje a través del ventanal. Se encontraba en el decimoctavo piso.

Salió al balcón para estar solo. Vio ceibas, famboyanes y cocoteros, el trazado sinuoso de ciertas calles, los escasos vehículos que transitaban sobre el asfalto reblandecido y la gente convertida en palitos de fósforo. Hacia el este se alzaban las fortalezas de piedra caliza que protegen la entrada a la bahía, zona que en los años cuarenta solía recorrer los domingos por la mañana en compañía de su padre y su abuelo, saboreando un granizado de naranja o un guarapo muy frío. Más allá divisó las colinas sobre las que se hacinaban portales y casas de un piso, semejantes a las de Luyanó, el barrio de su infancia, y, más al este, donde las calles se hacen rectas, reconoció un par de edificios, hoy descascarados por la humedad y el salitre.

Todo funciona como lo anticipó el mensaje, se dijo el detective retornando a la habitación. En cuanto ingresó, el botones se esmeró en explicarle el sistema de regulación del aire acondicionado, así como el control del televisor y del minibar. El vuelo de Ladeco había despegado de Santiago temprano por la mañana, y la habitación en el hotel estaba a su disposición con pensión completa pagada por tres días. Ahora solo le restaba esperar a que Plácido hiciera su aparición.

Eran las siete de la tarde y ya oscurecía. En las Antillas el sol siempre se esconde temprano y casi a la misma hora, se dijo recogiendo con la mirada los últimos reflejos del día. Ordenó por teléfono un mojito y un café, y despidió al botones con una propina en dólares.

—¡Que Dios te lo pague, compatriota, y no te olvides de ponerme al habla con alguna hembrita que ansíe casarse! —insistió el negro ocultando los dólares en sus medias antes de abandonar la habitación—. Yo, a mis años, aún hago gracias —afirmó sonriendo y sacudió insinuante la pelvis contra el aire.

Cayetano se desprendió de sus mocasines y se sintió aliviado, pues el vuelo le había hinchado los pies. Se recostó en la cama con el ánimo de reposar y ordenar sus ideas.

¿Por qué diablos se había dejado llevar a su tierra por una invitación anónima?, se preguntó de pronto cruzando los brazos por detrás de la cabeza mientras clavaba los ojos miopes en el cielo habanero que se iba tornando negro al otro lado de los cristales. ¿Se debía al dinero que requería con urgencia para pagar sus deudas en Valparaíso o a la irresistible atracción que ejercía Cuba sobre su persona, pese a la distancia y los años? Se acarició las puntas del bigote.

Había regresado una vez a la isla, en el marco de una investigación. Entonces, sus sentidos parecieron alertas y captaron, más allá de los olores, los sonidos y los aromas de La Habana, el llamado profundo de su ciudad. Se rascó la calva desalentado y pensó en que algún día, cuando la isla volviese a la normalidad, Yemayá, la diosa de los mares y de todos los santos, lo ayudaría a despedirse de los cerros y del viento de Valparaíso y a establecerse en Luyanó, La Víbora, Marianao o Guanabacoa para vivir con su gente, comentar los resultados del béisbol o jugar al dominó a la sombra de los portales, compartiendo una cerveza helada o un cafecito dulce.

Prendió un Lucky Strike y dejó escapar con un suspiro nostálgico una voluta hacia el cielo raso. Ahora ya no había que darle más vueltas al asunto, estaba en La Habana, aceptando la invitación del misterioso Plácido, dispuesto a ponerse a su servicio y solo le restaba esperar a que apareciese. Aplastó el cigarrillo contra el cenicero del velador, enlazó las manos sobre su barriga y cerró los ojos, sedado por el sol que se ponía.

Lo despertaron unos golpecitos insistentes a la puerta. Encendió la luz y, tras reconocer la habitación, apostó a que debía ser el mozo. Se irguió y abrió con ojos somnolientos.

—¡Buenas noches! —le susurró un hombre moreno y esmirriado, de rasgos filudos, que frisaría los cincuenta años. Se deslizó al interior del cuarto, cerró la hoja y anunció—: Yo soy Plácido del Rosal, la persona que le envió el mensaje.

4

Soy el cantante del amor

y cuando canto una canción

en ella pongo el corazón

para aliviar el cruel dolor

de aquel que siente una pasión

y no la expresa por temor.

De El cantante del amor

Mariano Mercerón

El cantante de boleros retornó a su patria una madrugada de abril después de haber actuado durante tres meses en bares y cafetines de Escuintla, Puerto Barrios, San Pedro Sula, Tegucigalpa, Jinotepegue, San Salvador y Ciudad de Guatemala.

La nave inició el descenso en los instantes en que el sol hacía reverberar los escarpados de los Andes y los riachuelos lanzaban sus primeros destellos de diamante desde el fondo de las quebradas. De pronto un agudo sonido de turbinas rasgó el aire cordillerano y minutos más tarde la máquina aterrizaba con estruendo en la pista del terminal aéreo de Santiago de Chile.

Emocionado, el cantante desabrochó su cinturón de seguridad, se cercioró de que la chaqueta estuviese abotonada correctamente, el nudo de la corbata descansara en su lugar y abandonó la butaca. Tras cumplir los trámites de inmigración, retiró su valija, la colocó sobre un carro y se alegró al notar que no la inspeccionarían.

—Debe ser porque me reconocen —se felicitó el cantante romántico mientras dejaba atrás a los engominados empleados de aduanas que revisaban maletas, bolsos y carteras.

Probablemente alguno de ellos había escuchado sus interpretaciones en los bares de Valparaíso o visto su retrato en las páginas de espectáculos, pues él —la revelación porteña, la voz que arrulla, el declamador de la ternura— ocupaba, sin lugar a dudas, un puesto destacado entre los numerosos cantantes románticos del país. Y si bien era cierto que aún no grababa su primer casete, circunstancia por cierto inquietante para un bolerista de cincuenta años, no se desalentaba, pues creía que a los estudios de sonido no siempre llegan los mejores, sino los más serviles, aquellos que dócilmente se ponen al servicio de los empresarios discográficos aceptando contratos leoninos y condiciones indignas. No, no necesitaba disimular su voz con el trucaje técnico de los estudios modernos, las tablas eran lo único confiable.

Sintió alivio al dejar la aduana no porque tuviese algo que ocultar —se consideraba un hombre honesto y de trabajo, incapaz de violar la ley—, sino porque le resultaba denigrante exhibir sus prendas íntimas a un extraño.

Pero no deseaba que se malinterpretasen sus sugerencias. Nada más lejos de él que aquellos artistas que tras actuar por breve tiempo fuera de las fronteras retornaban al país con acento extranjero, criticando lo propio y adulando lo foráneo. No, se dijo el cantante, de sus actuaciones en Centroamérica y sus tres noches fugaces en Miami Beach volvía a la patria tan modesto y sencillo como había partido.

Desembocó en un patio techado repleto de una muchedumbre que en el fresco de la madrugada esperaba a los suyos. Decepcionado y solitario, el cantante abordó un viejo taxi sucio que lo condujo hasta la ruta 68, donde tomaría el bus hacia el puerto. En cuanto llegara, visitaría los diarios para informarles sobre su exitosa gira musical. En la maleta traía fotos y recortes de diarios guatemaltecos, nicaragüenses y salvadoreños, que solían impactar positivamente a sus entrevistadores.

Estaba seguro de que la culpable de que nadie hubiese ido a esperarlo al aeropuerto era Norma Castejón. La dependienta del bar Cinzano y amante ocasional era la única persona que estaba al tanto de su fecha de retorno. Al parecer su amor despechado —durante su estada en Centroamérica jamás alcanzó a enviarle una tarjeta, demasiado atareado, como estaba, con las mujeres, el canto y el alcohol— la había llevado a ocultar su regreso al país. De lo contrario, se consoló el cantante ciñéndose la corbata, experimentando a través de su traje la brisa fresca de aquella zona yerma y desolada, muchos habrían venido a esperarme.

Volvía a su ciudad natal con solo mil dólares en el bolsillo, pero con una sarta de nostalgias, amistades y amoríos tejidos sobre el fondo cálido que brindaban la jungla, el altiplano y la costa, los cielos prístinos y las amplias avenidas flanqueadas por cocoteros. En sus labios aún portaba el dejo ligeramente ácido de las estremecedoras mujeres centroamericanas y en su memoria continuaba resonando el eco estridente de trompetas, claves, timbales y piano anunciando la entrada de su áspera voz nasal y viril, tan similar a la del fabuloso y admirado Bienvenido Granda, tan distinto al tono melifluo con que muchos cantan el bolero en el mundo andino.

Se apeó del taxi y, bajo el titubeante sol de la mañana, permaneció largo rato junto al trazo recto de la carretera. Admitió que en lo económico la estada había resultado un fracaso, porque los locales escogidos para sus actuaciones eran estrechos y poco frecuentados, y porque los centroamericanos, aparte de ser pobres, preferían el ritmo alegre, comercial y sin complicaciones bautizado por Óscar de León como «salsa», y las rancheras, difundidas desde hace decenios por las radioemisoras mexicanas.

Subió a un bus vacío, y mientras cruzaba cabeceando frente a colinas secas, viñedos cuadriculados y pueblos de calles desiertas, se dijo que debía volver cuanto antes a cantar en lugares como el Cinzano, el Valparaíso Eterno o el J. Cruz, y se juró que reanudaría trámites para que algún empresario de la farándula lo invitara nuevamente a Centroamérica para poder cubrir así las deudas que lo consumían.

Arribó a su modesta casa del cerro Monjas a mediodía, cuando el sol rajaba las piedras y los perros dormitaban a pata suelta en los portales. En su patio se habían secado los geranios y las margaritas, pero aún resistía la vieja begonia, roja como los copihues de Temuco. Se derrumbó extenuado sobre el sofá de mimbre del comedorcito, deshizo el nudo de su corbata y se fue hundiendo gradualmente en el sopor del mediodía.

Despertó con el ulular furioso del viento de la tarde arremetiendo contra los techos de zinc. Sólo tras vaciar la petaca de ron que cargaba en el bolsillo trasero, recuperó energías para abrir la valija. Entre sus recortes periodísticos, la ropa veraniega y las tenidas de actuación descubrió un enorme portatrajes de plástico que no le pertenecía. Descorrió el cierre.

—¡Santo Dios! —exclamó estupefacto Plácido del Rosal, aunque hacía cuarenta años que había dejado de creer en el Altísimo—. ¡Santo Dios! —repitió sin poder dar crédito a sus ojos.

En el interior del portatrajes se apretujaban incontables fajos de billetes de a cien dólares.

5

—¿Y está seguro de que todo ocurrió tal como me lo cuenta? —preguntó Cayetano Brulé.

—Puede que haya olvidado uno que otro detalle —precisó el cantante de boleros más tranquilo, entornando los ojos mientras aspiraba profundo el habano. Su lisa cabellera negra, que peinaba cuidadosamente hacia atrás a lo Carlos Gardel, resplandecía bajo el foco del balcón—. Pero fue así como obtuve el dinero.

Conversaban y fumaban en las sillas plásticas del balcón del cuarto del detective, bajo un cielo cuajado de estrellas. Sobre una mesita, en la que el cantante apoyaba sus pies, descansaban una botella de Havana Club añejo, semivacía, una hielera y un plato con trozos de salchichón gallego. Era cerca de medianoche y el hotel, uno de los escasos edificios iluminados de la ciudad en el «período especial en tiempos de paz», navegaba a oscuras envuelto en la fragancia nocturna del trópico. Cada cierto tiempo les alcanzaban bocinazos estridentes y carcajadas lejanas, recordándoles que La Habana se negaba obstinadamente a morir.

Cayetano contempló por un instante la punta de sus mocasines y se rascó una oreja mientras aspiraba el Lucky Strike.

La historia que acababa de oír le parecía inverosímil. Hallar medio millón de dólares en el equipaje. Observó al cantante y se lo imaginó interpretando boleros en bares y restaurantes de ciudades latinoamericanas. Lo vislumbró de terno y corbata, bien acicalado bajo el haz de reflectores, la mirada soñadora, el público escuchándolo atentamente, la orquesta marcando el ritmo sugestivo y sensual del bolero. Le preguntó a quemarropa:

—¿Y qué quiere que yo haga?

El bolerista cerró lentamente sus párpados cansados, desalojó con parsimonia una voluta de humo del Lanceros contra la noche y respondió:

—Que identifique a quien puso el dinero en mi maleta.

—¿Para qué?

—Quiero saber quiénes son los dueños, porque si es una organización humanitaria, les retorno el total —afirmó Plácido—. Si es de maleantes, me quedo con todo. Necesito saber quiénes son.

—Terriblemente difícil y peligroso —apuntó Cayetano pensativo—. Usted dista mucho de ser un ingenuo y sabe que el asunto no es nada más que una terrible equivocación por la que alguien debe e

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