
UNO

Cada vez que sonaba la campanilla de la puerta, Eda jugaba a las adivinanzas: ¿el visitante se proponía comerciar con dinero o con su alma?
Estudió al nuevo cliente mientras este entraba trastabillando y sacudiéndose la lluvia de un abrigo forrado de pieles. Él se detuvo cerca de la puerta con aire inseguro. «Rico —concluyó ella—. Nervioso como un perro asustado». La situación prometía.
—Bienvenido a Antigüedades y Curiosidades Shaw. ¿En qué puedo ayudarle?
El caballero la miró sin decir nada. Eda le sonrió. Estaba acostumbrada a sonreír, aunque no estuviera en su disposición. Ben siempre decía que era difícil desconfiar de un rostro afable.
—Yo… —El desconocido tragó saliva con dificultad.
Echó un vistazo al interior de la tienda: las estanterías, tan altas que rozaban el techo; la lámpara de araña casi a la altura de la cabeza; la gran cantidad de alfombras extendidas sobre el suelo de madera lacada.
Vitrinas, esferas de latón y extraños frascos atestaban los laterales del local, de tal modo que quedaba poco espacio para deambular. De haberse hallado presente, Lawrie ya estaría obsequiando al pobre hombre con explicaciones entusiastas sobre la procedencia de todos los objetos, incluidas las bisagras de las puertas.
Eda volvió a intentarlo.
—¿Está buscando algo en especial?
El hombre se retiró la boina con visera, que dejó a la vista una pulcra cabellera larga hasta la barbilla.
—¿Hay alguien más? ¿Algún otro comprador?
—No, señor. Es usted el último cliente del día.
Tampoco había entrado mucha gente. Una mujer de nariz respingona que se había pasado una hora husmeando la colección de juegos de té antiguos, y un par de profesores que habían comprado un tomo de la colección de wéslico clásico. Pero nadie más había cruzado el umbral.
Eda sospechaba que ese hombre no sentía interés por las teteras ni por los libros polvorientos.
El desconocido se acercó al mostrador. Con sus zapatos adornados con hebillas y su chaqueta corta de terciopelo, ofrecía un aspecto soberbio. Poseía un rostro anodino, pero la expresión febril de sus ojos provocó en Eda un escalofrío. La había visto otras veces, en cientos de ocasiones, en un centenar de caras distintas.
—Necesito un espejo sin reflejo.
El pulso de Eda cambió de ritmo al oír la contraseña. Ahora su corazón latía rápido y ligero como una liebre. Sus hermanos no la revelaban a la primera de cambio; si el hombre la conocía, habían concluido que iba en serio.
Ella rodeó el mostrador.
—¿Sabe lo que me está pidiendo?
—Sí. Yo… Sí.
Eda miró por la ventana en saledizo. Blackbridge era un borrón oscuro y ruidoso de adoquines mojados y humo de aceite. La luz de los farolillos cabeceaba en el anochecer. Las burbujas del vidrio corona le impedían distinguir los rasgos de los transeúntes, pero ninguna de las figuras distorsionadas que se apresuraba bajo la lluvia le recordaba a sus hermanos.
«Nunca lleves a nadie ante el espejo estando a solas —le advertía siempre Ben—. Si acuden en busca de un pacto y no hay nadie más contigo, despáchalos. Es más seguro si somos al menos dos».
El reflejo de Eda flotaba en el cristal como un espectro de pálido cabello. Se mordió el interior del carrillo.
Ben entraría en cólera. Lawrie se sentiría decepcionado y eso era aún peor, si cabe. Ahora bien, ¿cuánto tiempo había pasado desde la última vez que habían dado con alguien tan desesperado (o tan necio) como para hacer un pacto? Eda sabía por experiencia que demasiada reflexión conllevaba los inoportunos susurros del sentido común. Si le despachaba ahora, el hombre quizá se lo pensaría mejor y no volvería. Podría irse de la lengua. Tal vez se lo contaría a un Hermano de la Fe, por improbable que fuera. ¿Y entonces qué?
Lawrie llamaba «donantes» a esas almas desesperadas, dispuestas a pagar con el máximo sacrificio por el abominable deseo que aspiraban a ver realizado. Habían pasado meses desde que había aparecido el último.
Y el tiempo apremiaba.
Eda apretó los dientes y le dio la vuelta al cartel de cerrado en la puerta.
—¿Cuál es su nombre, caballero?
—Prefiero no decirlo.
«Es más listo de lo que parece».
—Me temo que él necesitará un nombre. No tiene sentido ocultarlo.
Eda cerró las cortinas de puerta y ventanas. A la luz tenue de la lámpara de araña, las sombras en los ojos del desconocido se intensificaron. Ahora eran las cuencas vacías de una calavera.
—¿Él?
—El demonio con el que se propone pactar.
El hombre tragó saliva. Enderezó la espalda.
—Soy Bartholomew. Usted se apellida Shaw, supongo. —La miró de pies a cabeza con el desdén que era característico de la nobleza—. Es muy joven para estar implicada en… estos asuntos.
—Tengo veinte años, señor. Y llevo implicada en «estos asuntos» desde la cuna.
Eso le cerró la boca. Eda acompañó a Bartholomew a la trastienda por el laberinto de estanterías altas que rozaban los techos y bajó los dos peldaños que llevaban a una puerta situada en la pared del fondo. Extrajo la llave que llevaba en el bolsillo con un inesperado estremecimiento de miedo.
Había abierto esa puerta en incontables ocasiones, pero era la primera vez que se disponía a hacerlo sin estar acompañada por Ben o por Lawrie. La misma ausencia de sus hermanos se le antojaba fantasmagórica. Eda conocía la tienda como la palma de su mano (le correspondía a ella atenderla mientras Lawrie hacía recados y Ben trabajaba), pero ese silencio expectante le resultaba extraño. Oprimente. Como un aliento en la nuca.
La llave se atascó en la cerradura. «El pulso firme, Eda, no seas boba».
La puerta se abrió.
La respiración de Bartholomew se aceleró. Eda había tratado con muchos donantes a lo largo de los años y el sentimiento de culpa siempre hacía aparición, pero ya era toda una experta en el arte de sofocarlo. Esto era necesario y debía hacerse con rapidez. Sus hermanos no estaban allí para detener a Bartholomew si acaso intentaba escapar.
Fue encendiendo los candiles de pared según bajaban la tortuosa escalera de hierro. Siempre hacía frío en el sótano y la luz de las llamas apenas lograba insinuar una sensación de calidez. Olía ligeramente a humedad allí abajo, a tierra y a algo primigenio. El tufo le hacía pensar en las tumbas, en las catacumbas. Lugares que no estaban hechos para los vivos.
Encendió el último candil antes de volverse a mirar a Bartholomew.
Él se aferró a la barandilla y se quedó mirando el sótano. Tenía los nudillos blancos.
—¿Eso es todo?
Eda siguió la trayectoria de su mirada. El sótano de los Shaw estaba totalmente desprovisto de adornos, salvo por el solitario espejo que descansaba contra la pared.
—Sí —murmuró ella—. Ese es el Portal.
El espejo medía más de dos metros de altura por la mitad de anchura. Estaba tallado en un bloque de obsidiana maciza. Todos los Portales fueron creados de ese material siglos atrás, cuando nadie seguía los dictados de la fe ni creía en el Señor Padre, sino en un panteón de dioses paganos. Ahora solo las brujas y los herejes adoraban a tales deidades, si acaso alguien lo hacía todavía.
«Proceden de una época salvaje. —Eda recordó las palabras que Lawrie había leído en voz alta en uno de sus libros de historia—. De una era gobernada por falsas divinidades, cuyos indoctos fieles les confeccionaban terribles herramientas de poder. Se fabricaron con la más negra obsidiana de las profundas minas de las montañas septentrionales, donde el velo entre mundos es tenue. Recurriendo a negra magia de sangre para infundir vida a la roca: así se crearon los Portales».
—¡En el nombre del Señor Padre! ¿De dónde lo han sacado? —Bartholomew avanzó un paso inseguro—. Y tan bien conservado… Pensaba que la Hermandad de la Fe había destruido todos y cada uno de los que quedaban en Wesland.
—Mi padre encontró ese espejo. Los hijos no sabemos de dónde lo sacó.
Eda se clavó las uñas en la palma de la mano. No sentía el menor deseo de hablar de Oswin Shaw, y menos ahora. Mejor continuar con lo que tenían entre manos.
—¿Está listo?
Bartholomew respondió con voz temblorosa.
—¿Para qué, exactamente?
«Lo tomaré como un sí».
Eda se acercó al Portal. El marco exhibía una desordenada profusión de imágenes talladas con tanto detalle que parecían surgir de la propia piedra: rugientes pumas, siseantes serpientes, flores con espinas. Entre los pétalos y los tallos se ocultaban otros seres más extraños: el rostro sonriente de un trasgo de nariz ganchuda, aves espeluznantes, un caballo colmilludo. Encima de todos ellos, en el ápice del espejo, había un grupo de figuras desnudas arrodilladas en ademán suplicante.
Eda se estremeció.
A pesar de la opulencia del marco, era el propio espejo lo que albergaba el poder. Nada se reflejaba en la superficie: era negra como una noche sin estrellas, lisa como un lago inmóvil. Por más veces que la mirara, los helados dedos del desasosiego recorrían la columna de Eda en todas las ocasiones.
Tocó la roca cristalizada. Estaba cálida, aunque no debería. La temperatura en el sótano era gélida, a diferencia de lo que fuera que se extendía al otro lado del espejo.
—Señor Noche. Yo te invoco.
La superficie del espejó ondeó como agua bajo la mano de Eda.
Bartholomew profirió un sonido angustiado.
—¿Así se llama?
—Yo no le conozco por otro nombre.
El espejo se tornó brillante como una joya y se onduló como alquitrán. Eda retrocedió hacia Bartholomew al tiempo que trataba de apaciguar a su corazón. La lógica le decía que no tenía nada que temer, pero su cuerpo nunca se lo acababa de creer.
—¿Qué pasa? ¿Por qué tarda tanto?
El sudor perlaba la zona del bigote de Bartholomew. Se ciñó la capa en torno al cuerpo como si pretendiera desaparecer en su interior.
Eda le aferró el brazo. El hombre pareció tomarlo como un gesto tranquilizador y ella no le sacó de su error. En realidad, temía que Bartholomew saliera huyendo.
—No es un perro, señor. Vendrá cuando esté listo.
—¿Viene siempre… el mismo? Pensaba que a través de un Portal se podía invocar a cualquier demonio.
—El espejo que tiene delante existe también al otro lado, en el Otro Mundo. No es habitual que un demonio se apropie de un Portal para su uso exclusivo. —Le miró de reojo—. El señor Noche no es como la mayoría.
Puede que no fuera el comentario más oportuno, teniendo en cuenta la expresión atemorizada de Bartholomew, pero ya no importaba. La superficie del espejo adquirió súbitamente una tonalidad irisada, como una mancha de aceite bajo el crepúsculo, y un hombre la cruzó.
No se trataba de un hombre, por supuesto, pero se asemejaba a uno hasta extremos espeluznantes.
—Eda.
—Señor Noche.
Aunque era un nombre bobo, había cuajado. Eda era solo un bebé la primera vez que él había salido del espejo. Lawrie tenía cinco años. Según le había contado Ben, lo único que atinaba a decir el niño cuando el demonio se marchaba era un nervioso «buenas noches, señor». El apodo se les ocurrió enseguida.
Por alguna razón, al demonio se le antojó encantador. Desde entonces usaban ese nombre para dirigirse a él.
—A este hombre le gustaría hacer un pacto —dijo Eda.
Bartholomew dio un paso atrás.
Los ojos del señor Noche, de un gris glacial, se posaron en él. Eda intentó imaginar cómo debía de sentirse Bartholomew al ver un demonio por primera vez. El señor Noche tenía la tez pálida y el pelo todavía más claro. La cabellera se le derramaba por la espalda en una suntuosa cascada blanca como la nieve. Sus ropajes eran igual de exquisitos: una túnica negra y un coleto a juego ribeteado de plata, de un tejido tan delicado que parecía líquido. La belleza del señor Noche era innegable, con sus facciones angulosas y esos labios bien delineados y sonrientes. No había nada inhumano en su apariencia, pero sin duda su talante emanaba algo ajeno a este mundo. A Eda, ese algo le ponía los pelos de punta.
El demonio se encaminó despacio hacia Bartholomew.
—Será mejor que nos dejes solos, Eda.
Lo dijo en un tono meloso como sirope, pero ella reconocía una orden cuando la oía. Eda estrechó el brazo de Bartholomew para animarlo.
—Esperaré arriba.
—Y dime —empezó el señor Noche con voz cantarina mientras ella subía la escalera—. ¿Cuál es tu deseo?
Se suponía que Eda no debía escuchar a hurtadillas.
«Es mejor no saberlo —decía Ben—. No es asunto nuestro».
Pero ella rara vez se privaba del privilegio de satisfacer su curiosidad morbosa. Lawrie la acusaba de ser una fisgona patológica. Y tal vez fuera cierto, pero al señor Noche no le importaba, y él siempre era consciente de que ella había estado espiando. Eda se lo tomaba como un consentimiento.
Dejó la puerta entornada y se agachó a mirar. Alcanzaba a atisbar apenas la cabeza de Bartholomew por el hueco de la escalera; sin embargo, veía al señor Noche con mayor claridad mientras este se paseaba por el sótano. El demonio proyectaba una inmovilidad espeluznante aun estando en movimiento. No ejercía ni una pizca de esfuerzo de más: cada uno de sus pasos era calculado y preciso. La cabeza descansaba sobre el cuello con una quietud sobrenatural. Su mirada permanecía fija en Bartholomew mientras iba de acá para allá. A Eda le recordó el modo en que algunos retratos te seguían con la mirada en oscuros salones encantados.
Bartholomew dijo algo con un hilo de voz. Eda únicamente distinguió la palabra «justicia». Su mente empezó a barajar posibilidades. Así pues, nada tan prosaico como el dinero. ¿Venganza tal vez? Había escuchado a hurtadillas conversaciones suficientes como para saber que ambas tribulaciones eran los móviles habituales. Si más donantes se atrevieran a comentar sus pactos con el resto de la gente, quizá menos personas se animarían a intentarlo. Ese tipo de tratos casi nunca acababan bien.
En cierta ocasión, recordó Eda, un pobre hombre acudió pidiendo oro: más del que los hijos de sus hijos pudieran gastar. El señor Noche convirtió piedras en monedas de oro, que aparecieron de la noche a la mañana en la pequeña hostería del hombre. Los montones eran tan inmensos que las piezas se derramaban por las ventanas y caían a la calle como lluvia. Una multitud de vecinos acudieron a robar cuanto pudieron, con un entusiasmo febril, antes de que llegara la Orden del Acero y se apoderara de lo que quedaba. Cuando el hombre fue acusado, con toda la razón del mundo, de haber pactado con un demonio, este se presentó de nuevo en Antigüedades Shaw, furioso y desesperado.
«Olvidaste especificar dónde y cómo querías tu precioso oro —le dijo el señor Noche—. Ahora márchate antes de que te destripe aquí mismo. A menos que quieras venderme algo más…».
En menos de dos semanas, la Orden había capturado al hombre y lo había ahorcado.
Pasado un tiempo llegó una joven llorando por las infidelidades de su marido. «Le quiero mucho, pero sus ojos no saben estarse quietos. Tengo miedo de perderle. Deseo que solo se fije en mí». El señor Noche le entregó un anillo encantado. Por la mañana, su marido había perdido la vista. Sus arruinados ojos tan solo veían a su esposa iluminada por el resplandeciente anillo: flotaba ante él como un espectro allá donde mirase. Pensó que su mujer le había lanzado una maldición y la estranguló en la sala de estar de su casa. Las octavillas informaron de ello durante días.
La animadversión bregaba con la curiosidad en la mente de Eda al pensar en Bartholomew. No tenía una gran opinión de las personas tan insensatas como para pactar con demonios. Le molestaba tener que llevarlas siquiera ante el señor Noche. Pero, al menos, cuando deseaban riqueza, belleza o poder, su antipatía tenía razón de ser. No le costaba despreciar la codicia y la vanidad. Sin embargo, venir a suplicar venganza… ¿Para paliar el dolor de un desengaño? ¿Para reparar una terrible ofensa?
Le compadeció.
El señor Noche dejó de pasearse.
—Muy bien. Te voy a comunicar mi precio. —Se llevó el índice a los labios con ademán pensativo—: Veinte años.
Eda aspiró entre dientes. «¡Veinte años!». No era la cifra más alta que el demonio había solicitado, pero no le iba a la zaga. Los clérigos de la Hermandad de la Fe siempre advertían contra los peligros de vender el alma al diablo, pero, si acaso las almas existían, los demonios no sentían por ellas el menor interés. En cambio, los años humanos…
—¿Ve-veinte? ¡Eso es absurdo!
Bartholomew ya no susurraba. Elevaba la voz con indignación.
—Al contrario. —Los ojos del señor Noche destellaron y las llamas de los candiles parpadearon. Las sombras ascendieron por las paredes y se extendieron por el techo como tinta derramada—. Es un precio más que justo. Pero si no estás dispuesto a pagarlo…
—Pero es que yo… yo…
—¡Vaya, vaya, cómo bala el corderito! —se rio el demonio—. Yo, yo, yo… Todos los mortales venís buscando lo mismo, ¿no es cierto? Deseáis esto y lo otro sin el menor pudor. Pero no importa. No me corresponde a mí juzgaros. —El señor Noche se situó detrás de Bartholomew y le tocó el hombro como lo haría un amigo—. Puedo hacer realidad tus más fervientes deseos. Solo tienes que ofrecerme un poco de tiempo a cambio. ¿Y qué es el tiempo para vosotros, los humanos? —Su tono se suavizó—. Vuestras vidas son tan frágiles, en cualquier caso…
El demonio hizo un gesto ostentoso y un pergamino impecable surgió de la nada desenrollándose en su mano. Eda identificó el encabezamiento habitual escrito en la parte superior con recargadas mayúsculas: «pacto vinculante de trueque con humano». No conocía los detalles, salvo la importante cláusula que incluían todos los pactos: si acaso el demonio fuera incapaz de cumplir su parte del trato, el número de años solicitados se descontaría de su propia esperanza de vida. Por lo que Eda sabía, solo había dos maneras de que un donante recuperase los años sacrificados, y esa era una de ellas.
La caligrafía rojiza del contrato brilló a la luz de las llamas. Eda nunca había visto sangrar al señor Noche y a menudo se hacía preguntas acerca del ritual del pacto. ¿El demonio se practicaba un corte en la piel? ¿O acaso hundía un elegante plumín en su preciosa sangre y se sentaba a escribir en una mesa escritorio?
La idea era tan absurda que por poco se le escapó la risa. Pero el señor Noche se inclinaba ahora sobre el hombro de Bartholomew con los labios pegados a su oído.
—Firma aquí, dulce Bartholomew, y obtendrás la justicia que ansías.
El silencio se tornó pesado. Las llamas chisporrotearon.
—No tengo nada con lo que firmar.
El señor Noche extrajo de alguna parte un pequeño cuchillo de color hueso. Prácticamente estaba abrazando al hombre por detrás al tiempo que le ofrecía la navaja y el contrato, cada objeto en una mano. Era una serpiente enroscada a su presa: no trataba de ahogarla, pero tampoco estaba dispuesta a soltarla.
—No necesito más firma que tu sangre. Un corte de nada y el pacto estará sellado.
«Huye —quiso gritar Eda—. Sal corriendo ahora mismo, necio, y no mires atrás. Sea lo que sea lo que te haya prometido, no te compensará por lo que vas a perder».
Pero ella no podía concederse el lujo de hacer lo correcto. De ser así, jamás habría llevado a Bartholomew ante el espejo. Eda no podía hacer nada más que morderse el labio y observar…
Sonó la campanilla de la puerta.
Eda dio un respingo y se cayó sobre el trasero. La puerta del sótano se cerró.
«¡Mierda!».
Se puso en pie a toda prisa y se sacudió la falda. Comprobó que la trenza siguiera en su sitio y se apresuró entre las estanterías. Tenía el pelo tan rizado que su cabellera nunca aguantaba mucho tiempo recogida. Ya empezaba a notar cómo pequeños bucles escapaban por detrás de las orejas.
Rodeó el enorme armario que separaba la tienda de la zona trasera y su cabello despeinado fue lo primero que llamó la atención de Lawrie, tal como Eda esperaba.
—Esa mata que tienes en la cabeza ansía la libertad —le dijo él con una risita.
—Y tú pareces una rata ahogada.
—Aun así, soy más guapo que tú.
Lawrie era alto y desgarbado, todo codos y piernas. La lluvia que le adhería la capa a los hombros le hacía parecer aún más delgado, si cabe. Tenía los rizos pegados a la cabeza.
Ben ajustó la cortina de la puerta y se sacudió el agua de la capucha. A diferencia de Lawrie, ligero como una pluma, Ben era fornido y musculoso. De mandíbula cuadrada, solo su espesa cabellera otorgaba cierta suavidad a su aspecto rudo. Eda siempre pensaba que, reacio a tolerar los rebeldes rizos que compartían sus hermanos, había obligado a su pelo a alisarse en el útero a fuerza de autoridad.
—Eda. —Ben la miró con atención—. ¿Qué pasa?
«¿Cómo lo hace?». Era inútil tratar de ocultarle algo a Ben: poseía el olfato de un sabueso y la vista de un halcón.
—¿Por qué siempre tienes que dar por supuesto que pasa algo?
—Hay corriente. —Él dirigió una mirada a las temblorosas llamas del candelabro del techo. Bajó la voz—. ¿Está abierta la puerta del sótano?
Lawrie se estaba despojando de la capa, pero en ese momento se quedó petrificado.
No tenía sentido negarlo.
—Ha venido un hombre preguntando por el espejo.
Ben colgó la capa en silencio.
Eda frunció el ceño.
—Conocía la contraseña y estaba dispuesto a hacer un pacto. No había nadie por aquí cerca. Lo he comprobado. No sabía a qué hora llegaríais y no quería que se marchara.
—¡Te quejas de que me preocupo sin necesidad cuando eres tú la que me da motivos! ¿Cuántas veces te he dicho que nunca…?
—Que nunca lleve a nadie ante el espejo estando a solas, sí. Pero, por más que te empeñes en lo contrario, soy perfectamente capaz de gestionar estas cosas por mi cuenta. ¿O prefieres prolongar nuestra deuda hasta el infinito? No podemos permitirnos rechazar pactos sin un buen motivo.
—Tu seguridad es un buen motivo. —Ben avanzó dos pasos raudos hacia ella y Eda reculó—. No te quiero a solas con ese demonio más de lo estrictamente necesario.
—El señor Noche no me hará daño. Ni a mí ni a ninguno de nosotros. No puede; está consignado en nuestro…
—En nuestro pacto, sí. Conozco la cláusula.
Eda apretó los dientes.
—No es «nuestro» pacto. Fue padre quien nos metió en este lío.
Los ojos castaños de Ben echaron chispas.
—Eda…
Bartholomew apareció en la parte delantera de la tienda como una exhalación. Derribó un sujetalibros al pasar junto a las estanterías, pero se detuvo en seco al verlos. Tenía los ojos desorbitados como un caballo asustado.
Sobresaltado, Ben se plantó delante de la puerta para cerrarle el paso. Al principio Eda temió que la precaución de su hermano estuviera justificada: que el terror de Bartholomew le hubiera disuadido de su empeño; que hubiera cambiado de idea y estuviera intentando huir. Tendrían que amenazarle. Golpearle, de ser necesario, para cerrarle la boca. Se le puso la piel de gallina.
Entonces le vio la mano. Por los dedos del hombre resbalaba sangre fresca.
Se había cortado.
«El pacto está sellado».
Bartholomew avanzó un tembloroso paso. Se sujetó la mano herida y miró a Eda aturdido.
—No me… No me siento distinto. ¿Debería sentirme distinto?
—Me temo que lo desconozco, señor.
Ella le tendió su pañuelo. Era lo más sensato, se dijo, si no quería que el hombre llamara la atención con una herida como esa. Se negaba a considerarlo un gesto amable. Nada era amable en ese asunto.
Bartholomew lo aceptó y se enjugó la mano. Al ver que no tenía intención de decir nada más, Lawrie retiró las cortinas en silencio y abrió la puerta. En el exterior la lluvia golpeteaba los charcos negros. Un perro ladraba.
Bartholomew asintió, irguió la espalda y abandonó la tienda.
Los tres se apiñaron para observar cómo su figura emborronada se alejaba trastabillando por la calle. Bartholomew no podía hablar del trato que había hecho, ni de viva voz ni por escrito. Así procedía el señor Noche. En función de los detalles acordados, los donantes tenían prohibido hablar de sus pactos o sencillamente no se atrevían. Estar al servicio del señor Noche implicaba que Eda y sus hermanos se hallaban protegidos de los soplones, pero tan pronto como la deuda estuviera saldada…
«El abajo firmante accede a la expiración de todas las condiciones y enmiendas del presente contrato a la finalización del mismo».
A partir de entonces nada protegería a los Shaw de las acusaciones.
—Allí —cuchicheó Lawrie—. Otra vez ese tipo siniestro del bigote.
Eda le vio: una figura alta e inmóvil envuelta en sombras al otro lado de la calle. Llevaba un bonete de lana decorado con una pluma y el brillo rojo de su cigarrillo iluminaba un grueso mostacho. La escasa luz no permitía verle los ojos mientras miraba cómo Bartholomew se alejaba.
Alarmada, Eda notó que se le erizaba la piel del brazo.
—Os dije que Lich nos estaba vigilando —dijo Lawrie.
El nombre restalló en la estancia como un trueno.
—Que nos vigile —replicó Ben—. Si Severin Lich pretende que nos delatemos, se lo está tomando con calma. No dejéis que os asuste.
—¿Y cómo quieres que olvidemos que un señor del crimen está husmeando en nuestros asuntos, Ben? ¡Está claro que quiere apoderarse del Portal!
—Por mí se lo puede quedar —intervino Eda—. Tan pronto como zanjemos este asunto para siempre. Bartholomew ha entregado veinte años y eso significa…
—Una suma más que bienvenida a mi libro de cuentas.
Los cálculos de Eda murieron en su garganta.
El señor Noche estaba plantado en mitad de la tienda.
Apiñados ante él, eran poco más que niños aguardando una sentencia. Su abrumadora presencia les extraía los años como esquirlas arrancadas con un picahielo.
—Sin embargo, debo reconocer, jóvenes Shaw, que esta donación llega demasiado tarde para mi gusto. ¿Cuánto tiempo ha transcurrido desde la última vez que me trajisteis un alma menesterosa?
—Las condiciones son claras —replicó Ben en tono tenso—. Tenemos que entregarte cincuenta años, cada año. Todavía queda tiempo para cumplir la cuota.
El demonio sonrió sin alegría.
—Es posible. Pero la cosecha de otoño está próxima. Si la dulce Eda te hubiera hecho caso, Benjamin, esta noche serías veinte años más pobre.
Ben se ruborizó.
Tenía razón, por supuesto. Rara vez se habían acercado tanto al final del periodo con años pendientes.
En la penumbra de la estancia, el señor Noche se fundía con las sombras. Tan solo su semblante pálido y sonriente conservaba la nitidez, flotante como un rostro incorpóreo.
—La deuda está a punto de saldarse. Solo debéis traerme diez años más. Sería una lástima que lo estropearais ahora.
Eda temía al señor Noche, pero no le odiaba. No como le odiaban Ben y Lawrie. Un demonio se comportaba como lo hacía porque era esa su naturaleza. La gente pactaba con ellos porque podía. Como había hecho el padre de los Shaw.
Oswin Shaw buscó el espejo. Invocó al señor Noche e hizo un pacto que no se podía permitir: le concedió más años de los que una sola vida era capaz de proporcionar. De ese modo, comedió la locura de comprometerse a traerle al señor Noche la suma requerida a través de otras personas. Tantas como hiciera falta.
No obstante, si fallecía, sus hijos heredarían la deuda.
—Vuestra servidumbre casi ha llegado a su fin, jóvenes Shaw. Tenéis la libertad al alcance de la mano. —Las velas del candelabro bailaron en el techo mientras la forma del señor Noche se desenroscaba como humo del más negro carbón—. Deberíais estar contentos.
La luz se estabilizó y el demonio desapareció.
Las sombras eran los dominios del señor Noche, la piedra angular de su poder, y sabía muy bien cómo usarlas para atormentarlos. Eda nunca le había visto ejercer sus otras habilidades con sus propios ojos. Tampoco le hacía falta. Los pactos que él firmaba demostraban que era capaz de hacer cosas que ella ni siquiera alcanzaba a comprender.
Ben se encaminó a la escalera con los hombros erguidos y tensos como la cuerda de un arco. Lawrie le siguió con un suspiro.
—Lawrie…
—Ahora no, Eda.
La lluvia azotaba los ventanales. Eda se quedó un rato a solas en el claro de luz que proyectaban las velas del candelabro, mirando con inquietud cómo las sombras se retorcían más allá de la zona iluminada. Cerró los puños.
«Diez años más. Solo diez».
El señor Noche tenía razón: no podían fallar ahora. No cuando dos décadas de servidumbre estaban a punto de concluir. ¿Cómo se sentiría cuando se liberara de su sombra? ¿Cómo sería vivir a plena luz del día, sin rumbo y nueva como un polluelo que sale del cascarón? Eda no lo sabía.
La esperanza se agitó en su pecho, envuelta en una fina voluta de miedo.
Una nueva vida. Un nuevo comienzo. Una oportunidad de averiguarlo.
Y solo un pacto más se interponía en su camino.

DOS

Las flores escaseaban en Blackbridge, pero Eda sabía dónde encontrarlas.
El paisaje urbano era un despliegue de canales, puentes y encumbradas torres: la conurbación más antigua de todo Wesland. Apenas crecía vegetación entre las comprimidas calles, salvo por los cuidados jardines de la parte alta. Sin embargo, Antigüedades y Curiosidades Shaw se encontraba estratégicamente ubicado frente a un callejón que desembocaba en el Saint’s Waterway. El gran río dividía la ciudad por el este y a veces crecían nenúfares a lo largo de la orilla.
Eda descendió con cuidado por la escalera de servicio que iba a dar al agua. Había un racimo de delicados nenúfares adheridos a los márgenes poblados de algas; arrancó un puñado. Estaban mojados y enmarañados, pero no tenía que pagar por ellos. Aldith Moore cobraba dos peniques por sus bonitos arreglos florales, y Antigüedades Shaw no ganaba suficiente como para permitirse una compra tan frívola cada semana. Eda prefería esta solución. Le gustaba la integridad que conllevaba hacer las cosas una misma. No deberle nada a nadie.
La ribera estaba concurrida por la mañana, poblada de golfillos dispuestos a sacar partido a un descuido. A Eda no le sorprendió encontrar a un niño andrajoso a su espalda cuando se incorporó. Agarró la mano que el pillastre alargaba hacia ella.
—¿Qué buscas en mis bolsillos? —le increpó, y él bufó como un gato callejero—. ¿Te parezco una ricachona?
—¡Déjame!
El niño pateó y forcejeó. Eda lo soltó y él cayó a las escaleras.
—Hay un carruaje de dos caballos detenido calle arriba, con dorados en las puertas. Prueba suerte allí.
El niño le escupió y salió corriendo como alma que lleva el diablo. «Diantre, cada día son más descarados».
Enfiló por la calle principal rumbo al oeste. La gente consideraba la arteria fluvial como la frontera que separaba los barrios adinerados de la parte alta del atestado desbarajuste de la parte baja. Vivir entre las dos riberas convertía el mundo de Eda en una extraña amalgama de ambos. El suyo era el distrito de Crowgate: una desordenada mezcla de obreros que aporreaban metal, caballos de tiro que relinchaban, niños que gritaban y perros que ladraban. El tráfico procedente del centro de la ciudad traía consigo cascos herrados y carruajes, animados violinistas callejeros y mercaderes atareados.
Ella tenía la sensación de que pertenecía a otro mundo.
Dos niñas con los bajos de los vestidos mugrientos cotilleaban en la entrada de una tienda, recostadas la una sobre la otra con aire de alborozo. Se le encogió el corazón al verlas. Ella no tenía amigas. ¿De qué podría hablar Eda si tratara de charlar como hacían otras mujeres? ¿Qué secretos inconfesables y facetas vulnerables de sí misma iba a compartir cuando podía acabar con una soga al cuello por el mero hecho de expresarlos en voz alta? Mientras la deuda de su padre no estuviera saldada, encariñarse con alguien sería su perdición.
Eda se acordó de Wymond. El primer día, el hijo del mercader fue a la tienda por negocios, pero luego volvió una y otra vez con excusas pobres y transparentes tras las cuales solo se ocultaba la intención de volver a cruzarse con ella. Los ojos oscuros del chico le aceleraban el corazón de un modo desconocido, y poco después empezaron a escabullirse juntos. Eda atesoraba esos momentos robados: febriles, electrizantes, todos suyos. Tras compartir la cama de Wymond no le costó nada engañarse a sí misma.
Sin embargo, cuando él se ofreció a abandonar el negocio de su padre para quedarse en Blackbridge con ella, Eda se obligó a tratarlo de ingenuo. A decirle que la relación no fue más que una aventura sin importancia. Wymond se marchó con el corazón destrozado. Eda se permitió llorar en aquel entonces, mientras Lawrie le acariciaba el cabello con torpeza y le aseguraba que, de todas formas, los romances con los chicos guapos siempre concluían con llanto.
Wymond nunca sabría que ella le hizo un favor, pues ningún hombre debía amarla. No mientras su vida estuviera sembrada de tinieblas.
Eda se sacudió el recuerdo como un escalofrío desagradable.
Una de las chicas de la puerta llevaba un frasquito de plata coloidal colgado del cuello. Una baratija, sin duda, de las que vendían por toda la ciudad como protección contra los demonios. Decían que la auténtica era tan corrosiva como el ácido para la piel del maligno. Aunque Eda no necesitaba esas cosas. Solo eran amargos recordatorios de la profunda brecha que la separaba del resto del mundo. Ella era una mera espectadora en esa ciudad. Amigos, amantes, protección contra los demonios… En su caso, todo era superfluo.
Eda desvió la vista antes de que el resentimiento ascendiese como bilis por su garganta.
En la entrada del puente siguiente, una casa templo se erguía sobre el río. Era un edificio antiguo de piedra caliza descolorida, más pálido que las destartaladas casas de estuco con entramados de madera que se alineaban en las calles de los alrededores. La casa templo marcaba el centro de la parroquia de Crowgate, y si bien Eda no era practicante, visitaba los terrenos cada semana sin falta.
Una gárgola la observó con malicia desde el pronunciado tejado a dos aguas según se acercaba. Después de cruzar la verja de hierro, mientras ascendía por el camino de grava, las lápidas la flanquearon por ambos frentes. Estaban tan apretujadas que parecía imposible que el terreno pudiera alojar más cadáveres, ni siquiera los de aquellos que contaban con los medios para permitírselo. Atajó por la hierba lodosa esquivando las losas con una mueca de dolor. Como si a los muertos les importara.
No tardó demasiado en dar con la que estaba buscando. Eda habría podido recorrer el camino con los ojos cerrados.
—Lo siento, llego tarde, ma.
Dejó los nenúfares ante una lápida de piedra clara. Estaba gastada y mellada, pero la inscripción seguía siendo legible: Emmeline Shaw. Esposa y madre.
Eda nunca conoció a Emmeline, que fundó Antigüedades Shaw y viajaba a lugares lejanos en busca de los objetos más raros y codiciados que pudiera encontrar. Por lo que le habían contado, fue una mujer culta y ambiciosa. A Eda le provocaba náuseas que «esposa y madre» fuera el único epitafio de Emmeline. Madre de una hija que acabó con su vida al nacer y esposa de un hombre como Oswin…
Echó un vistazo a la lápida más oscura y reciente que yacía junto a la de su madre. Frunció el ceño.
Oswin Shaw abandonó Blackbridge una sola vez en toda su vida. No gozaba de la cultura de Emmeline ni compartía su espíritu aventurero, pero se le daban bien los números y sabía tratar a los clientes. Juntos sacaron adelante un pequeño negocio que llegó a cosechar cierto prestigio. Por lo que contaba Ben, en la tienda reinaba un trajín constante durante todo el día.
Y entonces Emmeline murió al dar a luz a Eda. Oswin no se pudo recuperar de la pérdida. Durante meses, apenas comía ni dormía y, por la atención que prestaba a sus hijos, bien podrían haber sido tres fantasmas. La tienda se cerró. Oswin se pasaba todas las horas del día escribiendo cartas y estudiando los libros de Emmeline hasta que las velas se consumían por completo. «Un día se marchó —le contó Ben a Eda—. Le pagó a la vieja Mary, la vecina de la puerta contigua, para que nos vigilara y nos diera de comer. Estuvo ausente varias semanas. Hasta que volvió de repente».
Con el espejo.
—Me imaginaba que te encontraría aquí.
Lawrie caminó por el barro hacia ella con la capa bien ceñida al cuello. No llovía esa mañana, pero los cielos plomizos de Blackbridge siempre amenazaban chubascos.
Eda se cruzó de brazos.
—¿No tendrías que estar en casa? Ben ya se ha marchado a trabajar.
—La tienda sobrevivirá sin mí. Tenía que llevarle una carta al mensajero.
—Ah. De modo que estás molestando otra vez a la Biblioteca Nacional.
—Tienen una gran colección para compras privadas y Rituales paganos de Wesland está en la lista; lo he comprobado dos veces. —Inspiró por la nariz con aire compungido—. Un coleccionista idiota no para de superar nuestras pujas.
—Quizá deberías dejarle ganar. —Al ver la expresión horrorizada de Lawrie, añadió—: Los artículos que podemos adquirir cada trimestre son limitados. ¿De verdad ese libro vale la pena?
—Sí, y me ofende que me lo preguntes siquiera. Se supone que el aburrido filisteo con menos imaginación que una cuchara es Ben, no tú. Ya te he dicho que se trata de un libro sumamente raro…
—Uf, no empieces con eso otra vez. Vas a conseguir que aborrezca la literatura.
Lawrie le pegó un empujón y Eda se lo devolvió. Él se giró hacia las tumbas y su sonrisa se desvaneció. Cogió uno de los marchitos nenúfares de la tumba de Emmeline y lo colocó sobre la de Oswin.
La irritación de Eda estalló como fuego en un horno de fundición.
—No las he traído para él.
—Es nuestro padre, Edie. Era un buen hombre. Solo… se confundió.
Eda resopló con rabia.
—¿Así llamas al hecho de que abandonara a sus hijos para ir en busca de un espejo maldito? ¿Estaba «confundido» cuando hizo un trato que no se podía permitir y nos condenó a pagar el precio después de su fallecimiento? Todo para traerla de vuelta.
—No digas eso. —Los ojos castaños de Lawrie destellaron. Eran idénticos a los de Eda y en ellos vio su reflejo: mejillas sonrosadas y pecosas, un revuelo de cabello castaño dorado en torno a los hombros—. Tú eras un bebé. No recuerdas nada de eso.
—Pero tú me lo contaste —replicó ella—. Que Ben y tú le encontrasteis en el vestíbulo en mitad de la noche. Dijiste que estaba cubierto de tierra y que iba acompañado de una mujer aún más mugrienta, y vestida con mortaja. Hasta un niño de cinco años entendería que su regreso no era natural…
—Cállate —le espetó Lawrie—. Ya sé lo que dije. Y ya sé lo que él hizo. Estaba destrozado, Eda. Cometió un error. No puedes reprochárselo eternamente. Actuó impulsado por el amor.
—Eso no fue amor. Fue locura.
Eda estaba cansada de mantener la misma discusión una y otra vez. Sus hermanos recordaban a su padre antes de que fuera un loco insensato, y su amor por aquel recuerdo les empañaba el juicio. A Eda eso no le afectaba. Ella solo veía los hechos: Oswin lo había sacrificado todo para resucitar a su esposa. Había negociado con el señor Noche algo tan antinatural, de tal gravedad, que el demonio había aprovechado la ocasión para pedir una suma consecuentemente absurda: mil años.
Oswin no habría podido pagarla a lo largo de su vida y menos en los siete años que le quedaban sin que él lo supiera. Había accedido a que sus hijos fueran los garantes: una póliza de seguro. Todo ello para remunerar algo que ni siquiera un demonio tan poderoso como el señor Noche le podía conceder, en realidad. El deseo de Oswin le fue concedido y, contra todo orden natural, Emmeline regresó con él. Salvo que ya no era Emmeline.
Las palabras del señor Noche la inundaron como una marea negra. «Deseáis esto y lo otro sin el menor pudor».
Eda se rodeó el cuerpo con los brazos mientras se alejaba, impertérrita.
—Las personas son egoístas, Lawrie. Nuestro padre fue el más egoísta del mundo. Algunos no merecen perdón.
Él la siguió.
—Yo no lo creo y tú tampoco deberías hacerlo. No puedes menospreciar a alguien con esa frialdad.
«¿Por qué? —quiso replicar Eda—. Mira en derredor, hermano. ¿Acaso queda algo bueno en esta ciudad dejada de la mano de los santos?».
Eda soñaba con escapar de la oscuridad que la encadenaba, mientras que los codiciosos de la ciudad, incapaces de dar gracias por lo que tenían, se sumergían en ella por propia voluntad. Los odiaba. Los necesitaba. Seguían a Ben y a Lawrie al espejo con la esperanza de ver cumplidos sus deseos más desesperados como quien le pide algo al cielo. ¿Era deplorable o una mera ironía que un demonio respondiese a las plegarias que el Señor Padre no atendía?
Eda conocía el poder del señor Noche. Lo veía en sus ojos color mercurio, le recorría la piel cada vez que él se acercaba. Era indiscutiblemente real. En cambio, jamás había percibido la presencia del Señor Padre como otros afirmaban presentir. Nunca había notado su contacto, las pocas veces que se había decidido a rezar.
En otro tiempo respondía a un nombre distinto.
«En el comienzo, eran Él y otros seis, y juntos dieron forma a la tierra, el mar y el cielo —enseñaba el Códice Sagrado—. Cuando los otros dioses se dejaron tentar por el vicio terrenal, forjó una espada de oro para rasgar el velo entre los mundos y los expulsó. Bajo su dominio, la humanidad llevó una vida de orden y prosperidad. La raza humana se comprometió a seguir sus enseñanzas so pena de ser condenada al Otro Mundo, donde los falsos dioses aguardan entre corruptas tinieblas».
A Eda le costaba creer que los primeros demonios fueran dioses wéslicos que se hubieran corrompido. Que a los pecadores se les condenara al Otro Mundo aún le parecía menos plausible, si cabe, pues dudaba sobremanera que el señor Noche dedicara sus días a torturar espíritus mortales como si fueran moscas. No obstante, si en verdad un dios benevolente cuidaba de las gentes de Wesland, una cosa estaba clara: había abandonado a los Shaw. Pensar que alguien que debía amarlos de manera incondicional los había denigrado hasta tal punto…
Eda volvió la mirada hacia la tumba de su padre.
Dolía menos no creer en nada en absoluto.
—En cuanto a anoche —prosiguió Lawrie—, tienes que entender la postura de Ben. Él solo era…
—¡Mira! —le interrumpió Eda.
Una comitiva a caballo se detenía delante de la casa templo. Rodeaban un elegante carruaje, todos engalanados con la librea roja y plateada de la Orden del Acero. Cada jinete portaba una espada fabricada con aleación de plata que destellaba a la luz blanca de la mañana. Solo los alquimistas autorizados por la Hermandad de la Fe podían mezclar la plata con el acero de ese modo y crear un arma potente. En manos de un herrero común, las armas serían demasiado endebles.
—¿Qué hacen aquí los Aceros? —susurró Lawrie.
Eda notó el martilleo del corazón en el pecho.
—Tranquilo. Solo somos dos personas que les están presentando sus respetos a sus padres.
—También somos dos personas con una reliquia demoniaca, extremadamente ilegal, escondida en el sótano. ¿Y si han venido a buscarnos? ¿Y si alguien nos ha denunciado?
«No te alteres». Eda le aferró la mano a su hermano. La notó fría y pegajosa. Detrás de la verja, los cuatro jinetes seguían en sus monturas. Observaban con displicencia a la gente que se paraba a mirar. Un niño tiró de la manga de su madre dando saltitos de emoción.
—Lo dudo. Escoltan el carruaje.
Apenas hubo terminado de pronunciar las palabras, las puertas del coche se abrieron. Un hombre de estatura media se apeó y se retiró la suntuosa capucha morada.
Un clérigo.
—Parece un sacerdote —dijo Lawrie—. O puede que sea un obispo. ¿Crees que habrá venido a hacerse cargo de la casa templo, ahora que el obispo Emery ha fallecido?
«Fallecido» era un modo muy educado de expresar que había muerto de una infección contraída a raíz de su costumbre de cortejar a prostitutas.
—Seguramente.
Lawrie se relajó, aliviado.
Mientras se acercaban a la verja, Eda observó al nuevo clérigo con discreta sorpresa. Era joven. Apuesto. Según la escasa experiencia de Eda, todos eran viejos y repulsivos, de pelo salpimentado y ojos llorosos. Ella rara vez salía de la parroquia de Crowgate, pero sabía a ciencia cierta que hacían falta años de abnegado servicio para ascender del sacerdocio al obispado. No obstante, ese hombre no tendría ni treinta años. Era pálido y pecoso, con un llamativo pelo rojo pulcramente peinado hacia un lado. Exhibía una expresión tensa, pero si el hedor perpetuo de los canales a humedad con un vago tufillo a moho ofendía a su sentido del olfato, lo disimulaba muy bien. Vestía una sotana de color crema con piezas color amatista y ribetes dorados, que cubría con una capa de viaje a juego abrochada al cuello. El broche representaba una mano abierta sobre un sol: el símbolo de la Fe.
Parecía un dechado de limpieza y claridad entre los mortecinos grises y marrones de la calle. Antes de que Eda pudiera abrir la verja, los ojos del clérigo se posaron en los suyos.
—Si me permite, señorita.
Se le antojó de lo más inapropiado que un personaje tan ilustre le sujetara la puerta. Eda se obligó a esbozar una sonrisa de agradecimiento mientras ella y su hermano salían. «No nos conoce. No hay nada que temer».
Lawrie se sonrojó.
—Gracias señor…, esto, padre. Muchas gracias.
Ella reprimió el impulso de pegarle un codazo.
—¿Sois vecinos de Crowgate?
Los ojos del obispo eran de un azul deslumbrante.
—Sí —se apresuró a responder Eda antes de que Lawrie empezara a parlotear en pleno ataque de histeria—. Vivimos al este de aquí, río abajo. Soy Eda. Este es mi hermano, Lawrie.
—Lawrence.
—Un placer. Yo soy el obispo Florian Fane.
El obispo se llevó una mano al pecho, donde brillaba un vial de plata coloidal. Eda lo miró. Era auténtica, por descontado, fabricada por el Claustro de los Alquimistas, el célebre gremio de los hechiceros consagrados a la Hermandad de la Fe y a sus abundantes decretos. Eda los veía de vez en cuando en el centro de la ciudad, enfundados en sus túnicas azul pálido.
—¿Ha venido a hacerse cargo de la casa templo, padre? —gritó una mujer.
Se oyeron murmullos de interés; un pequeño gentío se congregó alrededor del carruaje. Los Aceros los fulminaron con la mirada desde sus monturas, pero no los ahuyentaron.
Sin inmutarse ante tanta atención, el obispo Florian esbozó una sonrisa beatífica.
—Me complace responder que sí, señora. Que en paz descanse el obispo Emery. —Se llevó el dedo índice a la frente en un gesto de bendición. Unas cuantas personas se apresuraron a hacer lo propio—. He venido desde el lejano Alderport a reunirme con vosotros. Su excelencia el Patriarca alberga el ferviente deseo de que se nombre a un sucesor antes de su fallecimiento. El próximo Cónclave de Clérigos se celebrará aquí mismo, en Blackbridge. —La multitud murmuró emocionada—. Ante la inminencia de ese acontecimiento sagrado, me he comprometido a prestar mis servicios aquí, donde la guía de la Hermandad de la Fe es tan necesaria. Blackbridge es una ciudad antigua y orgullosa, la más antigua de Wesland. Sin embargo, en esta ciudad con una historia tan larga aún persisten los ecos de un pasado menos grato.
«Un Cónclave». Habían transcurrido varias décadas desde que se celebrara el último y otras tantas desde el anterior. Cada una de las ciudades se turnaba el honor de albergarlo. La elección de un nuevo Clérigo Principal, sucesor del propio Patriarca, provocaría un gran revuelo en Blackbridge tan pronto como se corriera la voz. Puede que la piedad hubiera perdido su atractivo en estos lares, pero una excusa para el jolgorio sería bien recibida.
Eda se quedó parada, escuchando el discurso de Florian Fane con intriga. El obispo emanaba un carisma ambiguo. La sonrisa cálida. El tono amistoso de su voz algo chillona de tenor. Quizá solo fuera el hecho de que era joven y apuesto, demasiado atractivo para el hábito clerical.
—Portales de tiempos pretéritos aún perduran en nuestra hermosa isla. El Patriarca es del parecer que por ese motivo vosotros, gentes de bien, todavía batalláis contra la nefasta influencia de los pactos demoniacos en mayor medida que cualquier otra ciudad wéslica. —Su tono cambió—. Si acaso alguien está empleando esos Portales para aprovecharse de los desfavorecidos de Blackbridge, los responsables rendirán cuentas ante la justicia sin tardanza. Tenéis mi palabra.
Una sensación gélida ascendió por las mejillas de Eda. A su lado, la postura de Lawrie se crispó. Los pensamientos se arremolinaron en la cabeza de la joven. «Es la primera vez que envían a alguien de la capital». No era ninguna sorpresa que el Patriarca culpara a los demonios de la depravación y el desgobierno de Blackbridge, en lugar de atribuir los problemas a las malas condiciones de vida, a la corrupción y al desempleo. Pero eso significaba que los Aceros buscarían hasta debajo de las piedras.
Fundada sobre los ideales de la Hermandad de la Fe, la Orden del Acero se aseguraba de que se cumpliera la ley en todas las ciudades estado de Wesland, pero la lucha contra los demonios seguía siendo su principal razón de ser. No era de extrañar que el gran mariscal los hubiera enviado a prestar apoyo a la misión del obispo. No con un Cónclave de Clérigos en ciernes.
Eda se mordió el interior del carrillo. «Tenemos que conseguir un último pacto. Cuanto antes».
El obispo Florian levantó las manos y la cháchara nerviosa cesó.
—No temáis. Me propongo trabajar sin descanso junto a la Orden del Acero para restaurar la Fe en Blackbridge, no solo con la intención de que el Cónclave discurra sin incidentes, sino por el bien de la ciudad. No fracasaremos. Vuestra salvación está próxima.
Unos cuantos aplausos cautos mudaron con rapidez en una ovación entusiasta. Eda solamente oía un zumbido horrible y desafinado.
La gente se agolpaba en torno a él como abejas en una colmena. El obispo estrechó la mano de un hombre. Se inclinó para saludar a un niño.
—Vamos —susurró ella, aferrando a Lawrie de la muñeca para arrastrarlo a través de la multitud.
Notaba los ojos de los Aceros en la espalda como rachas de viento que anuncian tormenta.
Eda llevaba encadenada a la tienda, a Blackbridge, toda la vida. La dolorosa historia de su familia estaba grabada en cada adoquín. Si acaso existía un lugar donde la Fe no se cerniese sobre ella y los traficantes de almas no acechasen bajo la superficie, lo encontraría. Abandonar esa ciudad maldita sería el primer paso que daría por sí misma, tras toda una vida sin posibilidad de elegir.
Hasta entonces, tenía trabajo que hacer.

TRES

–Seremos discretos. —Ben se paseaba de un lado a otro. Sus botas seguían embarradas tras la jornada de trabajo, pero no prestaba atención a las huellas de suciedad que imprimía en las alfombras—. No podemos hacer nada más. Lawrie y yo dejar
