1
Manuel Rodríguez observa.
Mientras la brisa veraniega con trazas salinas de la cercana costa le roza el rostro, inspira y se hace visera con la mano derecha frente al sol de fines de febrero que resalta en el cielo.
Se rasca el mentón con la mano izquierda y acaricia al pequeño perro que descansa sobre su regazo.
De treinta y tres años recién cumplidos, reposa su humanidad mediana y delgada contra el tronco de un árbol seco. Tiene la piel morena, quemada por sucesivas intemperies, el cabello negrísimo, la mandíbula marcada y ojos de mirada encendida. Viste uniforme de dolmán verde oscuro con alamares de trencilla negra, pantalones grises, un quepí militar y botas de montar.
A pesar de que todo el mundo sabe quién es, y de que él está al tanto de esa fama, pasa tan desapercibido como cualquier soldado atendida la urgencia.
El momento ahora es otro.
Ya no son los días del famoso guerrillero, que con sus arrojadas andanzas generó caos y pánico en las huestes realistas al mando del entonces gobernador Casimiro Marcó del Pont.
Eran los tiempos en que el Imperio español había recuperado la esquiva colonia del Reino de Chile y en que por casi tres años tuvo al sanguinario regimiento de los Talavera imponiendo con acero y muerte la voluntad real en las ciudades, el campo y los caminos, con sangrienta eficiencia.
Fue entonces cuando Manuel Rodríguez y un puñado de hombres llegaron desde la otra vertiente de la cordillera para debilitar el poder de la monarquía de la única manera posible: mediante una guerra encubierta, clandestina y desigual.
Sabotear, desinformar, diezmar destacamentos, destruir infraestructuras y redes imperiales, y sembrar la confusión entre las autoridades. Al mismo tiempo, recopilar información sobre las fuerzas enemigas para hacerla llegar a José de San Martín y a los demás comandantes patriotas, que mientras tanto preparaban en Mendoza un ejército de argentinos y chilenos con el objetivo de, de una vez por todas, derrotar a los españoles.
Solo unas cuantas armas, arrojo e ingenio fueron suficientes para la tarea, aunque tampoco es que estuvieran solos: constante también fue el apoyo de anónimos pobladores y ciudadanos que asistieron a la causa, aunque muchos pagaron caro la osadía.
El perro comienza a mover la cola y Manuel lo mira.
—Y aquí estamos —musita.
Luego de más de un año de la llamada guerra de zapa se logró descalabrar en algo la maquinaria armada realista para permitir la entrada al territorio del Ejército Patriota que cruzó la cordillera, aprovechando la temporada estival.
En febrero del año anterior aquel combinado de chilenos y argentinos, bautizado como Ejército de los Andes, se anotó una valiosa victoria en Chacabuco y con eso el sueño volvió a hacerse algo menos difuso: defenestrar a los españoles llevando la guerra a instancias más decisivas.
O al menos intentarlo.
Para ese entonces la guerrilla de Manuel Rodríguez y los suyos ya había cumplido su misión y, aunque el conflicto estaba lejos de terminar, cada cual siguió el camino que le había tocado.
O de eso quería convencerse.
Manuel deja a un lado al perro y se pone de pie.
Se encuentra en un sector algo más retirado, lo que le ofrece una vista panorámica de todo lo que ocurre. Al lugar se le conoce como Las Tablas, a pocos kilómetros de Valparaíso. Es el punto de reunión elegido por José de San Martín como comandante en jefe del Ejército para el rearme de las tropas, con el fin de hacerle frente al próximo embate de las fuerzas realistas.
El desembarco, el mes pasado, de un nuevo contingente enemigo cerca de Talcahuano no sorprendió a nadie y que viniese al mando de un viejo conocido como Mariano Osorio tampoco. Lo único cierto es que había que estar preparados porque nadie quería otra «Sangrienta Rancagua», como se le había empezado a llamar.
Se espera la gran conflagración para dentro de seis meses, como mucho.
La guerra está lejos de terminar.
El campamento se ha dispuesto como un espiral en torno al centro donde se despliegan las tiendas de campaña que hacen las veces de cuartel general y aposentos para los comandantes, quedando las de los oficiales a un lado. Algo más afuera se prueban fusiles, limpian y pulen sables y espadas, se reparan pistoletes y arcabuces, además de revisarse cientos de herraduras, guerreras, dolmanes, botas y bayonetas torcidas, todo dispuesto a remendarse, repararse y dejarse en condiciones de volver a utilizarse. Hacia el otro lado están los toldos que funcionan como caballerizas donde se revisan, curan y alimentan decenas de caballos, junto a los que también se componen monturas y aprestos. En el extremo más al norte se examinan piezas de artillería que han sido desmontadas de sus cureñas y se parchan los cañones más dañados. El resto es sometido a un exhaustivo proceso de limpieza y prueba, esperando descartar la menor cantidad. Hacia los extremos y dejando atrás los puestos de vigilancia marchan cuadrillas de soldados en distintas direcciones; algunos son nuevos reclutas que terminan la muy básica instrucción que podría salvarles la vida en el campo de batalla, otros son destacamentos en misiones de enlace o asistencia a tareas de intendencia y unos cuantos piquetes se encargan de la seguridad porque ninguna precaución es demasiada.
—Manuel —escucha a sus espaldas.
Se vuelve y una sincera sonrisa se le desborda en el rostro.
Dos jóvenes se le acercan y los tres se funden en un abrazo que no dura demasiado.
Quien queda a la derecha de Manuel es Pedro Urriola. Apenas pasa los veinte años, es delgado y no muy alto, tiene el cabello oscuro, la cara redonda, barba apenas crecida y viste uniforme de oficial.
—Nos dijeron que estabas por acá —saluda con voz queda—. Costó pillarte entre toda esta locura.
—Locura —acota quien se ubica al lado izquierdo del guerrillero—. Qué buena manera de definirlo, aunque deberíamos estar agradecidos porque ahí nos hicimos amigos.
Su nombre es José Tomás Urra. Bordea los veinticinco años, es alto y esmirriado, de piel clara, ojos pequeños, nariz ganchuda y con una mata de cabello crespo color castaño bajo el quepí militar que completa un empolvado atuendo de teniente.
Manuel y Pedro le miran, pero José Tomás Urra solo se encoge de hombros.
—¿Y qué propones? —plantea Urriola—. ¿Hay otra manera de darle a los maturrangos que no sea una locura?
José Tomás niega con la cabeza.
—Solo digo —replica—. Además, nunca he creído que sea estrictamente...
—¿Necesario? —le corta Urriola—. Tampoco soy de la idea de pelear porque sí y lo sabes, pero estos sarracenos no se van a devolver a España con una cordial invitación, así que...
—Solo digo —insiste José Tomás Urra—. Y doy fe de que no se van a ir, ni que estos años no hayan sido duros. A todos nos ha tocado lo nuestro aquí.
Por un momento guardan silencio y observan la bullente actividad que viene del campamento.
—A propósito de invitaciones —retoma Pedro Urriola, dirigiéndose a Manuel—, te andábamos buscando porque mi comandante San Martín anda preguntando por ti.
—Yo solo hacía hora —desliza Manuel—, aprovechando que, a diferencia de ustedes, estoy de vacaciones.
Pedro Urriola y José Tomás Urra intercambian una mirada y Manuel sonríe con resignación.
Se refiere a su reciente destitución como auditor general del Ejército, cargo que se le había confiado a fines del año pasado y que desarrolló sin mayores problemas hasta el incidente de hace una semana, que involucró un permiso de tres días para viajar a Santiago, su no regreso en la fecha señalada y, al parecer, la consecuente salida del cargo, todo por razones no del todo claras.
—¿Qué pasó con eso? —inquiere Urra como quien no quiere la cosa—. Se habla algo por ahí, pero...
—¿Qué chuchas tenías que hacer en Santiago? —pregunta Pedro Urriola—. Peleamos una guerra aquí y estas cosas son una ventaja para el enemigo que...
—Ahórrese sus números, Urriola —le corta Manuel—. Y lo que haya pasado, tiene que ver con...
—Una mujer —acota José Tomás Urra.
Manuel escruta su rostro en busca de trazas de pregunta en el tono de lo que claramente es una afirmación.
Al final solo niega con la cabeza.
—Ya perdí la cuenta de los cargos que me han ofrecido —señala—. Lo hizo antes el mismo San Martín, incluso el Guacho Riquelme, así que lo que haya pasado aquí...
—¿De verdad O’Higgins te ofreció un puesto? —interrumpe Urra—. Eso sí que no me lo...
—Entonces, sí fue por una señorita —le corta Pedro Urriola.
Aunque trata de mantener la seriedad, Manuel acaba sonriendo al igual que sus amigos.
—Como sea, si el comandante me requiere, ahí hay que estar. Ahora más que nunca debemos hacer causa común porque...
—Porque antes —interviene Urra—, cuando no hicimos causa tan común, ya vimos cómo nos fue.
Una vez más, Pedro Urriola y Manuel Rodríguez le miran y José Tomás Urra vuelve a encogerse de hombros.
—Nos hicieron mierda y terminamos todos en Mendoza —añade.
—Si el Guacho no nos hubiera perseguido —responde Manuel Rodríguez—, a lo mejor habría sido más fácil cerrar filas, pero como...
—Habría que preguntar —insiste José Tomás Urra—. Puede que nosotros también lo hayamos hecho al principio, cuando nos tocó bailar con la bonita y...
—¡Por la rechucha! —masculla Manuel—. José Miguel creo que está en Estados Unidos o Uruguay, no lo sé bien. Juan José, Luis y Javiera siguen en Argentina y te recuerdo que además están presos, así que no creo que...
—Javiera Carrera no está presa —indica Urra—. Sí sé que lo está pasando mal, pero...
—¿Y ese quién es? —pregunta entonces Pedro Urriola mirando hacia el otro lado.
Manuel Rodríguez y José Tomás Urra se vuelven hacia donde les indica Pedro y los tres reparan en un jinete que acaba de llegar al campamento.
Es un sujeto de unos treinta años y muy bien vestido, tal vez demasiado para la instancia. Lleva traje de color azul oscuro, mocasines de gruesa hebilla plateada y un sombrero a juego. Es delgado y no muy alto, moreno, de rizado cabello negro corto, nariz ancha y ojos almendrados con los rasgos típicos de un mulato.
—Ha llegado harta gente nueva estos días —infiere José Tomás Urra—, aunque nadie como este. Y no creo que vaya a combatir: luce más como para alegar en la Real Audiencia o...
—Tampoco parece de por aquí —complementa Urriola—. Y no lo digo solo por...
—Es un cuyano —interrumpe Manuel Rodríguez—. De esta gente de la Logia Lautaro, abogado amigo de San Martín, asumo que también del Guacho y, por cierto, mi reemplazo.
José Tomás Urra y Pedro Urriola se vuelven hacia Manuel que recupera la sonrisa.
—Les presento al nuevo auditor del Ejército —complementa—. Bernardo de Monteagudo.
Los tres se quedan viendo al recién llegado que de inmediato es asistido por un soldado. Le ayuda con las alforjas del caballo donde viene su equipaje y luego le conduce hacia las dependencias centrales del campamento.
Manuel permanece un momento más en silencio y luego asiente.
—Así con los recién llegados —declara—. Me voy a ver a San Martín a ver qué quiere ahora.
—La última vez que hiciste algo así —le dice Pedro Urriola—, terminamos cruzando la cordillera a matacaballo para hacer el trabajo sucio contra los godos.
Manuel se le queda mirando.
—Pide que te den habitaciones con vista al mar esta vez —añade Pedro Urriola.
Los tres sonríen, aunque José Tomás Urra de pronto se pone más serio.
—¿Cómo les dicen ustedes? —plantea.
—¿A qué? —pregunta Manuel.
—¿O a quién? —complementa Urriola.
—Al enemigo —explica Urra—. Pedro les dijo maturrangos, sarracenos y godos, así que me entró la duda de cómo...
El perro a los pies de Manuel suelta un par de ladridos y mira a los tres.
De pronto parece bastante bravo incluso para su tamaño y aspecto.
Manuel se agacha y le acaricia la cabeza con lo que el animal vuelve a mover la cola encantado.
—Parece que para el amigo aquí todas son válidas —señala—, y yo creo lo mismo mientras les sigamos convidando balas.
El perro ladra un par de veces más y sale corriendo a todo lo que le dan las patas en dirección a las tiendas ubicadas en el centro del campamento.
Los tres se le quedan viendo hasta que lo pierden de vista.
Mientras, la actividad no se detiene bajo el sol.
2
Bajo la sombra de un toldo que les cobija del sol de fines de febrero, dos personajes se refrescan bebiendo agua helada en pequeños cuencos de una cubeta de madera que un soldado acaba de traerles.
Están de pie junto a una mesa llena de papeles dispersos, entre los que pueden reconocerse varios croquis dibujados a mano alzada, uno del sector aledaño a Talca, otro de las inmediaciones de Santiago, también del puerto de Talcahuano e incluso de aquel mismo lugar.
Las Tablas, a pocos kilómetros de Valparaíso.
Bernardo de Monteagudo suspira y observa el entorno.
—Ha hecho lo suyo aquí, comandante —dice con acento tucumano—. Estoy seguro de que la Logia Lautaro estará conforme.
Su interlocutor se lleva una mano al mentón y le observa un momento.
Alto y de complexión recia, de unos cuarenta años, tiene la piel morena y quemada por el sol, una curva nariz abultada y grandes ojos negros de mirada vívida. Viste un uniforme militar de campaña que ha conocido mejores días.
José de San Martín sonríe con desparpajo.
—Por supuesto —concede en un fraseo rioplatense con trazas de guaraní correntino—. Si tengo las cuotas de socio al día, lo mínimo es actuar en consecuencia.
Bernardo de Monteagudo le sonríe de vuelta.
—Sabe a qué me refiero, comandante San Martín —desliza—. Estoy aquí por algo más que mi nuevo cargo de auditor.
—La verdad es que no sé a qué se refiere. Pensé que venía solo por eso. Para mucha gente sería un gran honor.
—Y lo es —contesta Monteagudo—, pero no son cosas excluyentes.
José de San Martín niega con la cabeza y la sonrisa se le diluye un poco.
—Usted es abogado y yo soy soldado. No me venga con leguleyadas. No me gustan.
—A nadie, comandante —replica Monteagudo—. Pero a veces son necesarias.
—Para ustedes los leguleyos —murmura José de San Martín más para sí y de manera casi inaudible.
Bernardo de Monteagudo rellena el cuenco que tiene en la mano y bebe algo más de agua.
San Martín solo lo mira.
—Espero que el viaje hasta aquí no haya sido una tortura —dice a continuación.
Bernardo de Monteagudo deja el cuenco sobre la mesa e inspira.
—Los Carrera siguen presos en Mendoza —plantea sin preámbulos—. Por ahora ese asunto no molesta, pero dudo que se mantenga así por mucho tiempo.
—Por mucho tiempo... —repite San Martín con tono inexpresivo.
Fija la vista en un punto fuera de la sombra que ofrece el toldo. Monteagudo dirige su mirada en la misma dirección y solo repara en un perro que pasa delante de ellos a toda carrera para luego perderse por el campamento.
—Sobre todo por la entidad de la amenaza que representan —continúa el auditor.
San Martín se mantiene en silencio.
Monteagudo niega con la cabeza.
—Pueden poner en peligro no solo lo construido por la Logia —complementa—. También todo el proyecto político por el que llevamos años sudando sangre.
San Martín permanece un instante más con la vista perdida. Luego se lleva las manos a la espalda y las entrelaza mientras comienza a pasearse junto a la mesa.
—Pero claro —responde por fin—, aunque hay que considerar que esta guerra ha sido larga y todos la peleamos como nos toca.
Asiente.
—Nos pasa la cuenta —continúa—, y a momentos nos obliga a hacer cosas que no queremos.
Monteagudo sonríe.
—Si se refiere a que yo no he combatido —desliza—, pues es como usted dice: todos peleamos la guerra como nos toca y lo mío no es con sables ni arcabuces, sino con la palabra.
San Martín recupera la sonrisa.
—Que puede ser incluso más destructiva —reconoce—, aunque no tengo las competencias para definir si es o no la manera correcta.
Monteagudo es quien ahora extravía la vista en el cegador brillo del exterior.
—Supongo que para eso existen sujetos como yo —responde en tono lacónico.
San Martín vuelve a mirar al nuevo auditor.
Conoce bien la fama que le precede y si bien reconoce que gente así puede ser necesaria, sobre todo llegado ese punto de la guerra, no puede evitar preguntarse si acaso ese tipo de personajes son realmente necesarios.
Desde ahí no cuesta demasiado encumbrarse a otras preguntas. ¿Hasta dónde podría llegarse si se sigue su consejo? ¿A qué punto serían capaces de tensar el alambre?
¿A qué precio?
Porque con su vasta experiencia en combates, desde los campos de batalla de Europa a todo lo vivido en los más recientes años en América, sabe bien que cuando se habla de precio en la guerra este siempre se paga en sangre.
—Los Carrera siguen presos en Mendoza —reitera Bernardo de Monteagudo.
San Martín se sorprende un poco al notar que esta vez le sostiene la mirada.
—¿Y qué quiere que haga? Yo estoy con usted aquí, no allá. Si tiene algún requerimiento, pues hágalo llegar a...
—Esos no son los únicos problemas que tenemos —le corta Monteagudo.
De manera instintiva, San Martín posa la vista en la mesa con los documentos, aunque de inmediato se arrepiente al notar una nueva sonrisa de Bernardo de Monteagudo.
—No me refiero a los realistas, comandante —dice el abogado—. De hecho, si nos ocupamos de estos problemas que le digo, esos otros van a ser la menor de nuestras preocupaciones.
—¿Tan así? —plantea San Martín en un tono más duro—. Porque fíjese que en mi mente siguen siendo el principal escollo.
—Lo serían si no tuviésemos este otro predicamento —señala Monteagudo—. ¿Nunca ha escuchado eso de que el más peligroso es el enemigo interno?
José de San Martín no dice nada, lo que es aprovechado por el auditor para continuar con su punto.
—Este problema va a permanecer —establece—, sea que despachemos a los realistas o no. Desde ahí, es algo de lo que en algún momento tendremos que hacernos cargo.
—¿Pero por qué tiene que ser un problema? —plantea San Martín.
Y lo hace porque le parece una duda válida. Si bien siempre supo que desde que se fundó la Logia iba a haber gente como Bernardo de Monteagudo, también cree que si la situación ha llegado a esas instancias, en buena parte, es porque dejaron que eso ocurriera.
Todos.
Los otros y ellos mismos.
—¿Cómo cree que sería el asunto si la situación fuese la inversa? —propone el abogado.
—¿Que los realistas vayan ganando la guerra? —pregunta José de San Martín.
—Que los Carrera estuvieran en su posición —sentencia Monteagudo—, y fuera usted el que estuviese preso.
San Martín va a responder, pero al final no lo hace. En cambio permanece en silencio otra vez y solo se limita a pasarse una mano por el mentón de barba rala y entrecana.
—Es nuestro deber desactivar estas amenazas —concluye el abogado—. Por el bien del Estado, por el porvenir y por el bien común.
Mira a San Martín con intensidad.
—¿No son esos los fines últimos que se tuvieron en mente cuando se fundó la Logia Lautaro?
El argentino intenta encontrar algo con qué responder, pero le resulta imposible.
—Lo que me preocupa es que se tome a la Logia como un fin en sí mismo —señala por fin—. En lo demás tiene usted razón.
Monteagudo coge una silla de mimbre, la acerca a la mesa y se sienta con expresión convencida.
—Y hago presente otra vez, comandante, que las únicas amenazas no están en Mendoza.
San Martín asume un semblante algo hastiado.
—Usted no se satura con nada —masculla—. Si se refiere al mayor de los hermanos Carrera, por ahora está bastante lejos de nosotros como para que...
—No, comandante —replica Bernardo de Monteagudo mirándolo de nuevo—. No me refiero a eso.
3
La temperatura ya se encumbra en Santiago y eso que son recién las nueve de la mañana.
El cielo de principios de marzo ofrece un manto azul profundo ocupado por el sol que machaca la tierra yerma. Pero más allá del calor y la sequedad, la ciudad en sí ofrece un halo sofocante que se desconcha en ser, hace demasiado tiempo, una urbe atrincherada para la guerra, algo que se traspasa a sus habitantes y a la vida que alberga.
Ya desde que los españoles retomaron el control del Reino de Chile hace casi cuatro años, la capital fue tomando un cariz más militar que urbano, donde los gobernadores realistas no dudaron en construir parapetos, barricadas y demás dispositivos defensivos para combatir una invasión que si bien no reconocieron jamás como posible, tampoco descartaron del todo. A eso sumaron una horca en medio de la plaza de Armas, cepos y otras estaciones de tormento, dejando en claro que iban muy en serio respecto al castigo que recibirían quienes decidieran hacerle frente a la metrópoli. Luego, cuando sobrevino la victoria patriota en Chacabuco, si bien se intentó borrar cualquier traza de presencia imperial, la coraza de la ciudad preparada para el combate nunca se removió del todo, sin que nadie sepa con certeza cuándo se le retirará.
Si es que acaso eso sucede alguna vez.
La Cañada es la avenida principal que se abre con su ancho manto de tierra rodeado de construcciones de uno o dos pisos como mucho, casi todas de adobe y con techos de tejas de barro, la mayoría bastante a mal traer, con sus paredes agrietadas, descoloridas por el sol, la lluvia y la ausencia de mantenimiento. También pueden verse pozas de agua estancada con civilizaciones de moscas revoloteando encima, bastante barro todavía húmedo a pesar del calor, excremento de animales por todos lados y transeúntes, jinetes, bestias de carga, carruajes, perros en jaurías y uno que otro soldado circulando cada uno en sus asuntos. Hay además varios álamos y otros árboles desde cerca del cerro de Santa Lucía hasta varias cuadras más abajo al poniente, que es por donde circula Manuel Rodríguez en compañía de dos jóvenes.
El encuentro con uno fue fortuito, cuando Manuel iba rumbo a las diligencias en Santiago que debía atender con el otro. Eso hizo que pronto los tres quedaran lo desocupados que se podía estar durante un estado de guerra. Como no se veían hace tiempo, y quién sabía cuándo volverían a hacerlo, todos decidieron seguir Cañada abajo al menos hasta que fuese la hora del almuerzo y después ya se vería.
—Para gente como nosotros es mejor no andar solos mucho rato —dice el sujeto que camina muy sonriente a la izquierda de Manuel.
De unos treinta años, grueso y de semblante bonachón, viste una sobria levita gris que le queda algo ajustada, pantalones negros, camisa blanca y botas de montar. Su nombre es Bernardo Luco y se conocen con Manuel Rodríguez desde los días del primer Congreso Nacional.
Manuel le mira y también sonríe.
—¿Eso por qué? —pregunta.
—Porque así los esbirros del Guacho Riquelme nos agarran juntos, poh —responde—. Varios amigos de los Carrera por el precio de uno.
Suelta una carcajada visceral que es secundada por Manuel de manera entusiasta, algo no compartido por el otro personaje que avanza con ellos un poco más adelante.
—Si serán pelotudos —opina, aunque sin tampoco la menor preocupación de ser oído por el resto de los transeúntes—. No sobreviví a todo lo que hicimos para terminar en una mazmorra.
Es un poco más joven, esbelto y de cierto porte, lleva el cabello negrísimo tomado en un moño, tiene el rostro enjuto y los ojos oscuros. Viste un traje de chaqueta y pantalones color café, un sobrio sombrero rojizo con una pequeña pluma a modo de ornamento y zapatos negros. Se llama Juan de Dios Ureta y, además de ser un amigo cercano de Manuel Rodríguez, está emparentado con los hermanos Carrera.
Los tres siguen caminando por un costado de La Cañada llamando la atención, en buena parte como una actitud desafiante a la autoridad de turno, con la que no se llevan, pero también con el desparpajo que entrega la vida incierta de los tiempos de guerra.
—Nos hubieses avisado antes que venías a Santiago, Manuel —señala Bernardo Luco—. Habríamos preparado algo.
—¿Algo como qué? —pregunta Manuel Rodríguez—. Tampoco hay tiempo para mucho.
Suspira con cierto desagrado.
—Tengo que partir a Buenos Aires por estos días. Órdenes directas del comandante San Martín.
—¿Y vas a ir? —le pregunta Juan de Dios Ureta.
Manuel le mira, luego regresa con Luco y sonríe.
—Me lo estoy pensando —responde con malicia.
Los otros dos se largan a reír y todos siguen caminando por La Cañada bajo el sol refulgente.
De pronto, Bernardo Luco se pone más serio.
—Si José de San Martín te dijo que fueras a Argentina tiene que ser por algo. Algo importante, me refiero.
—Lo de que me lo estoy pensando es broma —aclara Manuel—. No me hace ninguna gracia ir con los maturrangos a la vuelta de la esquina, pero hay que hacerlo.
—Además, no creo que te cueste demasiado —complementa Ureta—. Con las que hiciste cuando teníamos a los godos aquí, yo creo que te conoces los cerros de memoria.
Manuel tiende a creer lo mismo. Se pone a pensar en ese camino gracias al cual podía ir de Mendoza a Santiago en un día y lo mucho que le pedían revelarlo. Sin embargo, tampoco rehúye a que nada es como en esos días, los que de pronto le parece que fueron hace d
