Las historias viajan. Tal vez no hay nada en el mundo tan viajero como las historias, o al menos como las buenas historias. Se pasean por años, siglos y hasta por varios milenios yendo de voz en voz, de tierra en tierra, de fuego en fuego, cruzan los océanos y los desiertos y las montañas, y se acomodan y se acurrucan en la voz de los que ahora las harán suyas. Así parece que le ganan al olvido, al tiempo y a la muerte.
Hasta que un día nadie las vuelve a contar.
Hasta que un día se mueren.
Es curioso el viaje de las historias: casi nunca podemos saber de dónde vienen, casi nunca podemos saber hasta dónde llegan. Lo único importante es su trayecto; solo están vivas mientras viajan de voz en voz, de tierra en tierra y de fuego en fuego.
Y así como toda historia tiene un viaje, todo viaje tiene una historia. Tal vez los viajes no son en realidad más que una excusa para contar una historia. Y tal vez también es cierto que una historia no es otra cosa que una excusa para viajar.
Supongo que por eso a los humanos nos gustan el cine, los libros, los sucedidos ajenos. Buscamos incansablemente nuestra cuota diaria de ficción, nuestro pequeño viaje en los cuentos.
Se viaja para narrar y se narra para viajar. Y de eso se trata este libro: del viaje que realicé en busca del origen de una vieja leyenda chilena, como si tal cosa fuera posible. Estaba intentando impedir que el tiempo y el olvido se la entregaran a la muerte. No quería que dejara de viajar, porque a mí me parecía importante que estuviera viva. Yo no sé si a quien lea estas páginas le parecerá tan importante como a mí, pero le invito a acompañarme en el camino hasta que se le cansen las piernas.
Antes, los preparativos. Para entender la historia de este viaje en busca de una historia, habré de remontarme a una gris mañana de junio de 1998. Mi padre, como todas las mañanas, nos llevaría a mis hermanos y a mí al colegio. Yo tenía ocho años. Esa mañana es importante porque marca el inicio de mi relación con la leyenda que, veinte años después, buscaría infatigablemente.
Nuestra rutina matutina cambiaba muy poco: mi papá gritaba desde la calle que ya estábamos atrasados; mi mamá nos echaba el pan en la mochila mientras corríamos por la casa buscando la corbata, la tarea, la pelota; mi papá gritaba que se iba con el que estuviera listo, y finalmente entrábamos los cuatro hermanos en el viejo Santana verde, año ‘89, con mi padre ya enojado por la demora que, como todas las mañanas, nos haría llegar varios minutos después de las ocho y alimentaría nuestra fama de impuntuales.
El trayecto hasta el colegio era bestial, lleno de bocinazos y arriesgadas maniobras del volante que desentonaban con la música que salía de la radio, sintonizada indefectiblemente en la 96.5: la radio Beethoven. Cinco para las ocho, todavía muy lejos del colegio, los cuatro hermanos empezábamos a repetir de memoria los comerciales que se emitían entre sinfonía y sinfonía. El momento estelar era la prueba de cultura musical: «Sonda le invita a poner a prueba su memoria auditiva. ¿A qué obra musical pertenece el trozo que está usted escuchando?». Mi papá ponía cara de concentración aguda, mientras nosotros lo mirábamos atentos y, casi al final de los diez o veinte segundos en que sonaba la pieza, gritaba: «¡Seguro que es Mozart!». El locutor continuaba: «¿Acertó usted? Claro que sí. Se trata de la Serenata n.° 12 del compositor español Jorge Tobías Moreno».
Entonces mi padre se quedaba callado unos segundos y luego murmuraba, bajito: «Igual sonaba como a Mozart».
Pero algunas veces, en cuanto empezaban los primeros acordes, mi papá gritaba desaforado: «¡Esa es La bohème!». Y el locutor, por una vez, le daba la razón: «¿Adivinó usted? Se trata de un aria de la ópera La bohème, compuesta por Giacomo Puccini».
Nosotros gritábamos celebrando el triunfo del papá, que ya no estaba enojado porque nos hubiéramos demorado en salir, sino que más bien aprovechaba de contar por enésima vez cómo fue que se hizo fanático de la música clásica, cuando un profesor les hizo escuchar un pedazo de El Mesías, de Haendel. Siempre cerraba esa anécdota con una sentencia del tipo «Y ahí me cagó para siempre», que soltaba mientras su mano, palma abajo, realizaba un movimiento horizontal y certero, como un karateka que partía el aire en dos, indicando que después de aquello no hubo vuelta atrás.
Eso explicaba que la Beethoven fuera la única radio que se sintonizaba en el viejo Santana. Ya a sus dieciséis años, mi papá se había hecho público fiel de los conciertos del teatro de la Universidad de Chile y un fanático de la ópera que programaba el Municipal. Era frecuente que a la mañana siguiente de algún concierto apareciera con un casete —y, al pasar de los años, con cedés— que compraba a la salida. Contento, sin importarle nuestro atraso rutinario, insertaba su flamante compra en la radio del Santana y nos esperaba tarareando, con el infaltable pucho en los labios. Eran ocasiones en que no había radio Beethoven ni concursos, aunque la música era igual: siempre clásica, nunca popular, siempre en italiano, nunca en español.
Por eso debe haber sido tan extraño que en esa gris mañana de junio que traigo de mi memoria salieran voces chilenas de la radio. Era el casete del último concierto al que había ido el papá. Extraño concierto. La música no tenía nada que ver con la que solíamos escuchar. Sonaban guitarras y otros instrumentos irreconocibles. Además, a ratos los solistas hablaban. Hasta se escuchaban risas del público y, en algún momento, uno de los solistas pedía a los asistentes un «pie forzado».
—¿Qué es un pie forzado?
—Escuchen, escuchen.
Alguien del público respondía a la petición. La grabación no recogía exactamente sus palabras, pero luego los cantantes repetían lo que el señor del público había gritado e intercambiaban pareceres.
—Papá, ¿por qué...?
—¡Shhh!
Entonces alguno de los músicos hacía sonar un instrumento raro, que tenía sonido de guitarra o de arpa o de clavicordio, pero que no era nada de eso. Un sonido envolvente, extraño, con una melodía que estaba seguro de haber oído tararear a mi papá en los últimos días, y si hubiera sido parte de mi repertorio de palabras a los ocho años habría dicho también que era un sonido místico. Pero cuando faltan las palabras es tan difícil explicarse las cosas. De modo que seguí ahí, sentado en el Santana, junto a mis tres hermanos que estaban igual o menos interesados que yo por el casete recién llegado que había reemplazado, por primera vez en la historia, a la música clásica.
De un momento a otro, mi papá se había pasado de la música docta a la música popular, al guitarrón chileno, al canto a lo poeta. Esa fue la primera vez que escuché a un payador.
No era tan difícil entender lo que hacían: alguno de los payadores tomaba el verso que brotaba espontáneo del público y construía un poema, que a veces tenía cuatro versos y a veces tenía diez. Muchos años más tarde aprendería que se trataba de cuartetas y de décimas.
Pero lo más interesante ocurría cuando dos de los payadores se enfrentaban en un contrapunto. Uno decía algo en cuartetas, el otro le respondía, iban construyendo un universo dual que cada vez iba creciendo más, dos voces que creaban una sola, pero que tenían, tan expuesta como velada, la intención final de ser el mejor, de que el público reconociera que uno, y no el otro, había sido el que con más arte había hecho crecer este mundo nuevo al son del guitarrón. Los payadores enfrentados discutían sobre el destino, la muerte o la verdad; se hacían preguntas ingeniosas que esperaban respuestas más ingeniosas aún, y en algunos momentos solo se dedicaban a ponderar sus propias virtudes por sobre las del contrincante. Una lucha de palabras.
—¿Cacharon? Están improvisando —dijo aquella mañana mi padre, con una sonrisa de oreja a oreja, consumiéndose el cigarro en la ventana abierta, muertos de frío nosotros.
—¿Cómo improvisando?
—Así, fíjense. Esto que se van diciendo ahora no lo tienen preparado, tienen que ser capaces de responderse el uno al otro lo más rápido posible y rimando. Pero hay distintos juegos, como el de recién, cuando alguien del público les dice un verso de ocho sílabas y ellos tienen que improvisar un poema que rime y que tenga ese verso al final. A ese verso que obliga a ser utilizado le llaman el pie forzado.
—Imposible —porfió el mayor de nosotros—, seguramente tienen un palo blanco metido en el público y ellos ya saben qué les van a pedir.
—Pensé lo mismo —dijo mi padre—, así que cuando pidieron un pie forzado me atreví a tirar uno. Y yo no soy palo blanco.
—¿Tú dijiste un pie forzado?
—Sí. Aunque me quedó de siete sílabas, así que lo tuvieron que arreglar para que quedara de ocho.
—¿Entonces hicieron un poema con lo que dijiste?
—Sí. Ya vamos a llegar a esa parte del casete, esta es la grabación de ese encuentro. Me la conseguí al día siguiente.
—¡Adelanta, adelanta!
—Mejor escuchemos todo y esperamos a llegar a esa parte.
—La poesía es muy complicada. ¿Cómo la pueden inventar en el mismo momento los payadores?
—Por eso es un arte tan bonito.
—¿Te gusta más que la música clásica, papá?
—Son distintos. Mozart era un genio, Beethoven también.
—¿Y los payadores?
—También son genios. Hay que tener una cabeza...
—Deben quedar muy cansados.
—Sí, parece que nunca improvisan mucho rato. Por eso son varios en el escenario, se van turnando, porque tienen que estar muy concentrados. Aunque mi papá contaba de dos payadores que estuvieron tanto, pero tanto tiempo payando, que se hicieron famosos.
—¿Y tú los conociste?
—No, no. La verdad es que no lo tengo tan claro, pero creo que eran de la época de mi papá. Entre todas sus historias de burros aperados, tesoros de piratas y pepitas de oro que aparecían dentro de las gallinas, solía hablar también del contrapunto entre don Javier de la Rosa y el mulato Taguada.
—¿Y esos quiénes eran?
—Los payadores que les decía. Uno era rico y el otro pobre, pero los dos eran secos para payar.
—¿Y quién ganó?
—Bueno, mi papá dice que estuvieron como un día entero payando y que ninguno le podía ganar al otro.
—¿Y quién ganó al final?
—Y al final ganó don Javier de la Rosa.
—¿Ese era el rico o el pobre?
—El rico.
—Ah. ¿Y qué pasó con el otro?
—No sé, mi papá contaba eso nomás. Por eso cuando escuché que iba a haber un encuentro de payadores en el Teatro California quise ir.
—Oye, pero si estuvieron un día entero payando, ¿cómo hacían pipí?
—Pero si son cuentos, pues niño. ¿Quién podría estar tanto tiempo improvisando?
—¿Entonces es mentira?
—No. El abuelito no mentía.
—Pero si dijiste...
—No es una mentira. Es un mito. Una leyenda.
—¿Eso quiere decir que a lo mejor sí pasó?
—Digamos que sí. Pero es imposible saberlo.
A la semana siguiente ya nos habíamos olvidado del tema de los payadores, del mulato Taguada y de don Javier de la Rosa, y la radio Beethoven volvió a ocupar su lugar de siempre. Sin embargo, en alguna parte de mi cerebro se tiene que haber alojado la impresión que me causó saber que la poesía podía improvisarse. Estaba latente, y emergió cuando ya tenía dieciséis años y cursaba segundo medio. Ese año, además de presentarnos formalmente a Huidobro y a Neruda, en la clase de lenguaje nos enseñaron lo que eran la cuarteta, la sextina, los sonetos, el verso alejandrino y el romance. También vimos qué era una décima. Nos explicaron su estructura, las reglas de la acentuación, lo que eran las sinalefas. Incluso nos pidieron que escribiéramos una décima nosotros mismos. Pero lo que nunca hicieron fue llevar a un cultor que nos mostrara cómo el canto a lo poeta se había mantenido vivo durante quinientos años en Chile, cómo le estaba ganando al tiempo, al olvido y a la muerte, aunque agonizara. No dijeron nada de eso. No nos hablaron del guitarrón chileno, ni de la lira popular, ni de la paya; no mencionaron a Domingo Pontigo, ni a Santos Rubio, ni a Honorio Quila, tampoco a Rosa Araneda. No dijeron nada de los poetas populares. No dijeron siquiera que la mitad de las canciones de la Violeta Parra estaban escritas en décimas, porque tampoco mencionaron a la Violeta Parra.
Pero yo tenía buena memoria, y recordaba haber escuchado a mi padre hablar de los payadores, que improvisaban la décima. Y no había olvidado que mi papá decía que su papá contaba que en algún lugar de Chile, en algún momento de nuestra historia, se habían enfrentado en un contrapunto un rico contra un pobre, y que había ganado el rico.
—Profe, ¿y usted ha escuchado hablar de don Javier de la Rosa y el mulato Taguada?
—No, ¿quiénes son esos?
—Unos payadores.
—Ah, no.
—Payaron como un día entero.
—¿Ah, sí?
—Sí, y ganó don Javier.
—Ah, no sabía.
—¿Quién podrá saber?
—Mm, no sé. ¿Qué es lo que quieres saber?
—Si alguien más ha escuchado hablar de eso. Parece que mi abuelo estuvo ahí, pero él se murió antes de que yo naciera.
—Ah, lo siento.
—¿Qué hay que hacer ahora?
—Escribir una décima.
—¿Con pie forzado?
—¿Qué?
—¿Hay algún pie forzado?
—Mira, como quieras.
Exagero, exagero. No todo fue tan malo. Otro profesor, uno que me tenía identificado como «el poeta» porque había ganado el concurso de poesía del colegio, me regaló un día una hojita impresa que contenía el poema «Manifiesto» de Nicanor Parra.
—Parece que no va a haber tiempo para ver a Parra este año —me dijo—, pero tú no puedes dejar de leerlo.
«Los poetas bajaron del Olimpo», leí entusiasmado:
Para nuestros mayores
La poesía fue un objeto de lujo
Pero para nosotros
Es un artículo de primera necesidad:
No podemos vivir sin poesía.
—Este señor trajo de vuelta la poesía al pueblo —dijo el profesor.
—¿Y dónde estaba antes?
—Qué cosa.
—La poesía, poh.
Y como si fuera un secreto, se acercó y me dijo, medio en serio, medio en broma:
—Se la habían robado los burgueses.
Pero yo no entendí nada. El humor de aquel profesor era de alto vuelo.
—¿Y antes de los burgueses? —aventuré.
—En el pueblo mismo. En el hablar cotidiano. En la mesa. En la sabiduría popular.
—¿Así como hacían los payadores?
—Claro, como los payadores.
—¿Y quedan payadores?
—Pocos quedan, pero sí que hay.
—¿Y por qué nunca nos llevaron a ver uno?
—No sé si haya mucho interés por algo así en el Departamento... Las salidas pedagógicas suelen ser al teatro.
—Pero podrían traer a un payador para acá. Si pueden traer magos, no costaría nada traer un payador.
—Voy a proponerlo, pero ya para el próximo año sería.
—Profe, ¿y ha escuchado hablar de don Javier de la Rosa y el mulato Taguada?
—Ahí me pillaste.
—Unos payadores que se enfrentaron en un contrapunto por muchas horas.
—¿Dónde fue eso?
—No sé. Mi abuelo lo contaba.
—Nunca había escuchado esa historia. Pero bueno, lee a Parra, muchacho. El poema de tu concurso estaba bien, pero pecaba de nerudianismo agudo.
—Es que no he leído a muchos otros poetas.
—Ese es problema nuestro. Por eso te paso a Parra, es como pasar de la música clásica a la música popular, ya vas a ver.
«La Beethoven», pensé.
Cuatro años después ya había intentado estudiar Historia en la universidad, pero me había retirado. Creo que tenía más ganas de escuchar que de leer. Quería viajar y aprender historias. Seguía leyendo a Parra; a los payadores los tenía olvidados. Fue en esos días, al final del 2010, mientras iba sucumbiendo a la necesidad imperiosa de pensar de una buena vez en mi futuro, cuando un amigo me propuso que lo fuéramos a ver a su casa en Las Cruces.
—¿A quién?
—A Parra, poh.
No sé por qué, pero fuimos. Dos horas y media en bus hasta el litoral, pensando cuál iba a ser el plan B si, como era más o menos seguro, Parra no quería recibirnos o derechamente no estaba. ¿Ir a ver la casa de Neruda en Isla Negra? ¿El memorial de Huidobro en Cartagena? Era más fácil acceder a los poetas cuando ya estaban muertos.
Preguntando por aquí y por allá logramos ubicar la casa. Gritamos «Aló, aló» hasta que de adentro salió una señora que de mala gana nos preguntó quiénes éramos y qué queríamos. Nosotros nos miramos porque, claro, esa era la pregunta: ¿Quién carajo éramos nosotros?
—Somos estudiantes —dijimos a coro. Era una respuesta algo inexacta. Yo tenía veinte años, me había retirado de la carrera y no sabía qué hacer con mi vida. Mi amigo tenía veintinueve y estudiaba para ser cura.
La señora se entró y cerró la puerta. Después de un rato que se nos hizo eterno, volvió a salir y dijo lo que nunca creímos que escucharíamos esa tarde de diciembre:
—Pasen.
Y pasamos. Claro que Nicanor se había confundido. Cuando dijimos que éramos estudiantes, él se imaginó a unos escolares flacuchentos: dos pingüinos barbilampiños y revolucionarios, con la corbata mal puesta y la camisa afuera, llevando un bolsón cruzado al hombro, lleno de parches de algún grupo musical de moda. Pero no era el caso. Apenas nos vio los bigotes se arrepintió y nos quiso echar.
—Ah, no son pingüinos. Miren, mejor chao, chao.
Pero por alguna razón, cuando ya nos dábamos la vuelta, derrotados, Nicanor nos preguntó si al menos éramos estudiantes universitarios. Yo mentí y dije que estudiaba Letras, por si eso le interesaba. A Nicanor le dio lo mismo. Pero mi amigo le confesó la verdad: que era estudiante seminarista, que iba a ser cura, que estudiaba Filosofía y Teología. Yo lo miré aterrado. Pensé que sería mucho peor decirlo, pero resultó todo lo contrario.
—¿Qué cosa? ¿Cura? Entonces me siento —dijo Nicanor.
Y se sentó en un sillón y nos indicó que hiciéramos lo mismo. Tenía noventa y seis años, el pelo blanco, la frente llena de puntos negros, era alto y encorvado al mismo tiempo. Se veía tan lúcido como en las fotos de su juventud.
Esa tarde conversamos de todo. De su vida, de su obra, de los curas. En una época, confesó, estuvo «harto cerca de las sotanas»: por eso su interés por mi amigo. Por eso nos había dejado entrar. Hablamos de Macedonio Fernández y de Borges, de Neruda, del Nobel y de la muerte. Cuando entramos en confianza le preguntamos por qué se había ido a vivir a Las Cruces. El viejo abrió el ventanal y nos invitó a salir a la terraza, a mirar el océano Pacífico. La vista era espectacular.
—Por esto. Acá sí que se puede escribir.
—¿Y está trabajando en algo ahora?
Nicanor se entró a la casa durante algunos minutos. Luego salió trayendo un cuaderno Torre.
—«Morir pollo. Urge no hacer nada» —recitó, leyendo sus apuntes—. O bien: «Urge no hacer nada. Morir pollo». Escúchenme una cosa: el que se cree el cuento, se muere. No hay que creerse el cuento. Hay que morir pollo —y con su mano simuló que corría el cierre invisible de sus labios.
—Morir pollo... —masticamos.
—Si no, fíjense en ese —apuntó a una cruz lejana, que coronaba alguna iglesia—: se creyó el
