El jardín de los inocentes

Carlos Pinto

Fragmento

Capítulo uno. Ese día jamás lo olvidé

Capítulo uno

ESE DÍA JAMÁS LO OLVIDÉ

El rostro de la mujer estaba como ajeno a lo que acontecía con su cuerpo. No había razones para que sintiera tanto dolor, no al menos como lo indicaban sus gestos. Emilia se percató de esa expresión de estar sufriendo una verdadera tortura, y en un acto de sincera empatía se acercó para tomarle la mano y hacerle ver que no estaba sola. Eleonora sentía que todo ese proceso era eterno y desde mucho antes esperaba que alguien solidarizara con su drama. Había tomado como punto de evasión la lámpara cenital sobre su cabeza para soportar con estoicismo lo que advertía como la instancia más difícil de su corta existencia.

Nadie en su entorno —ni siquiera sus padres— sabía dónde se encontraba en aquel momento. Según le confesó a la propia Emilia cuando se conocieron, no tenía otra alternativa que pagar sus culpas de esta triste manera. Sin que las circunstancias se lo exigieran, sintió que podía obtener un grado de compasión si aclaraba que tenía dos hijos en edad de asistir al jardín infantil, que se había divorciado hacía menos de un año y que si bien poseía un buen empleo como vendedora de tarjetas de crédito de un banco, le habría sido imposible trabajar de día y estudiar en horario vespertino una carrera universitaria sin la ayuda económica de su exesposo, y se encontraba entrampada, como si estuviera determinada por un destino imposible de soslayar.

Como en un viaje astral, Eleonora se sumió en la luminosidad de aquella lámpara que pendía sobre sus ojos y transformó esa sensación en la silente confesión de sus lamentos y, por sobre todo, en una fuente distractora para morigerar el dolor que se avecinaba. Recordó su pasado de hija única, con un padre frecuentemente muy rudo y ausente la mayor parte de las veces. Vislumbró desde temprano que su vida no sería fácil y que la niñez se le había esfumado demasiado pronto. Tras esa certeza precoz, se casó con el primer hombre que le dio visos de protección. Tuvo dos hijos antes de darse cuenta y reaccionar frente a la conducta abusadora del compañero elegido. Por entonces la separación se presagiaba inminente, y si bien tardó mucho en sacarlo de su vida, con el paso del tiempo la decisión fue fecunda para ella. Él, por su parte, en la convicción de ser acreedor de una segunda oportunidad, enmendó poco a poco sus errores y se convirtió en mejor hombre y padre durante su exilio. Eleonora advirtió el cambio, pero no lo consideró como una atenuante sustantiva. Eran pocas las certezas que asomaban en su mente y una de ellas era inquebrantable: no le daría una segunda oportunidad a su esposo, así él caminara sobre las aguas del lago Villarrica sin mojarse los pies. El hombre era de esa zona, allá lo conoció. Su convicción le permitió intuir que la conducta positiva, comprensiva y colaboradora de su exmarido caducaría en el instante mismo en que ella conociera a otra persona. Emulando la trama intrincada de una novela rosa, muy pronto apareció a la vuelta de la esquina un personaje en su vida, un extranjero que vino a hacer negocios y que cautivó su atención. Solo dos meses y cinco días duró esa relación que ella se esmeró por mantener en secreto. Contó los días, los contó como una adolescente, en el ánimo equívoco de querer perpetuar la felicidad que siempre le fue esquiva. Pero la ruptura no tuvo como móvil la falta de amor sino que, simplemente, antes de tomar el vuelo de regreso a su país, ese hombre le confesó, con genuina angustia y ánimo de no generarle falsas expectativas, que era casado y que su retorno sería improbable. Eleonora tuvo la sabiduría para entender la palabra improbable como imposible. El drama a continuación tomó cuerpo y se desarrolló con clímax y desenlace, e incluso con el final abierto que estaba viviendo ahora. Luego que dejaba a sus hijos en el jardín y antes de irse al trabajo, lloraba todas las mañanas en soledad. La rutina duró exactamente hasta que un atraso en su regla cambió sus prioridades: estaba embarazada.

Edison, absorto en su faena tras lidiar más de la cuenta con una inesperada hemorragia, hurgó en sus precarios conocimientos de medicina y salió airoso de aquella contrariedad, sacando el feto que la joven madre de veinticinco años había incubado en su vientre durante tres meses. Una vez que lo tuvo en su poder, lo cubrió con una manta y le pidió como de costumbre a su ayudante que se encargara de aquel bulto. Emilia soltó la mano que había mantenido aferrada a la paciente y asumió con frialdad profesional la misión de trasladarlo al lugar de siempre. Con la sensación de estar hipnotizada, Eleonora advirtió el fin, que para ella en cierto modo era el principio. Sin abandonar la vista de la lámpara, interpretó en su mente lo que a partir de ese momento sucedía en aquella habitación precaria, lúgubre, de muros raídos y piso de madera añoso. Con solo escuchar los ruidos en su entorno, supuso el desarme de la indumentaria; con el sonido de la silla raspando el piso imaginó al partero levantándose y supo que los pasos de Emilia en dirección a la puerta significaban que llevaba en sus manos —ahora como un objeto— lo que pudo haber sido su tercer hijo o hija. En efecto, la ayudante cerró tras de sí la puerta y se dirigió en forma mecánica hasta un basurero en el fondo de un seco patio interior. Sin recaudo de ninguna especie, abrió el saco papero introducido al interior de un tambor metálico para hacer espacio y acomodar el bulto en aquella cama de desechos.

Edison le confirmó a Eleonora que todo había terminado bien y que podía comenzar a levantarse. Ella no respondió, no por indolencia, sino porque temía mostrar su desbordada emoción. Aprovechando que su interlocutor se encontraba de espaldas sacándose los guantes de látex, recogió parte de la sábana que colgaba de aquella mesa que había cumplido la función de una camilla ginecológica y se la acercó para impedir que un par de lágrimas se escaparan por el vértice externo del ojo y develaran el nudo dramático de su historia.

El café, según rezaba impreso en la puerta de entrada, abría a las ocho de la mañana. Por eso el inspector Facundo Pineda, quien esperaba ser el primer cliente, se sorprendió al ver que ya había mesas ocupadas en su interior. Le bastó una mirada rápida para darse cuenta de que había hecho una buena elección. El lugar era pequeño y acogedor, y el garzón se aproximó en el momento exacto en que se sentaba en una de las dos mesas con vista a la calle.

Sin preámbulo, le impuso el café de la casa y le recomendó las tostadas con palta en pan casero, oferta que el inspector aceptó sin dudar.

La noche anterior había sido un tanto borrascosa y por añadidura de sueño escaso, aunque nada tan grave que un expreso doble no pudiera remediar. Con el primer barrido de su mirada advirtió que el local tuvo desde su génesis una pretenciosa intención temática. Los muros tapizados con retratos de Gardel, Piazzola, Julio Sosa y hasta una fotografía de Lucho Gatica fueron decidoras para explicar las melodías con que Óscar Larroca y Alfredo de Angelis recibían a los madrugadores: «Vení, hermano, sentate a tomar café conmigo...», «Mozo, café para dos...».

A sus cuarenta y siete años, Pineda irradiaba energía. Guardaba en su mente esa música como cercana, pues de niño escuchó tangos y vio a sus padres bailarlos, hasta convertir ahora sus melodías en un nexo permanente con ellos para mantenerlos vivos en su memoria, desde que ambos —como de seguro se expresa en más de alguna letra de este «sentimiento que se baila»— partieron sin anunciar su adiós.

Recordó que el día anterior, Boris Sanfuentes, el director de su unidad y excompañero cuando eran imberbes estudiantes en la Escuela de Investigaciones, lo llamó a su oficina. Le dijo que confiaba en su pericia, habilidad y destreza en el campo de la investigación, y subrayó con especial énfasis lo que consideraba como su máxima condición: un agudo olfato policial. Aseguró, con ánimo de no dejar espacio para que rechazara la asignación que le tenía entre manos, que hoy son muy pocos los recién egresados que poseen esta suerte de don. Pineda intuía el propósito de la charla y le hubiese gustado que el director se ahorrase esos conceptos que siempre repetía para seducirlo. Lo conocía lo suficiente como para no ignorar el vendaval de patética obviedad que se aproximaba. Sanfuentes no tardó en corroborar sus presunciones, agregando: «El olfato policial es un indescifrable talento que no se hereda ni menos se puede enseñar, pero que es la condición sine qua non a la hora de honrar a los mejores». Por cierto, sin decírselo de plano, era evidente que le adjudicaba a él todas esas maravillosas cualidades.

Una serie de informaciones emanadas de un denunciante anónimo habían llegado a la oficina del director y activado en su mente la loca idea de prestarles atención. Si bien en este trabajo muchos casos se dilucidan gracias a la cooperación de rostros invisibles, Pineda como oficioso zorro en estas lides se tragaba su escepticismo esperando que las presunciones de Sanfuentes fueran solo eso: presunciones. Pero no por el mero capricho de oponerse, sino porque el género criminal en el que se insertaba el caso le producía una extraña animadversión. Pineda se retiró de la oficina de su jefe un tanto contrariado y con la mediana certeza de haber sido adulado para que aceptara el caso.

La evocación le sirvió, entre otras cosas, para asumir con más estoicismo la sorpresiva y brumosa mañana que le quitaba nitidez al alcance de su mirada. El garzón no tardó en traer el pedido y luego de un interesado «que lo disfrute», se alejó. Sentado frente a una amplia ventana, Pineda bebía el café casi por inercia y, como un voyerista obsesivo, no despegaba la vista de la calle Santo Domingo. También por inercia probó las tostadas con palta que en efecto tenían un sabor especial. Su mirada en perspectiva dominaba la solitaria y ahora fría arteria de casas vetustas, que hacían imaginar que el tiempo y la modernidad nunca pasaron por allí. A poca distancia un camión aljibe, que regaba sin detener su movimiento y perdía más agua de la que lograban absorber los árboles, le dio lustre a los adoquines generando la impresión de un espejismo. Eran pocas las calles del gran Santiago que por intención u omisión aún permanecían refractarias al cemento y al asfalto, como si conformar el llamado casco antiguo de la ciudad fuera más un privilegio que el resultado de una carencia económica.

Una supuesta red de «parteros» clandestinos debía ser desenmascarada en su acción ilegal para dejar en evidencia que cometían crímenes contra seres humanos, o en vías de adquirir esa categoría. Más allá de las tendencias valóricas en torno al caso, su objetivo profesional era actuar ante cualquier persona que transgrediera la ley que penalizaba el aborto. El nido de esta suerte de cartel, según las informaciones que se barajaban, estaría enquistado en un conjunto de casonas del Santiago antiguo. Un inesperado número de mujeres que en un corto lapso habrían llegado al hospital San Juan de Dios con serias complicaciones de salud, luego de haber sido sometidas a maniobras para interrumpir su embarazo, alertó a la policía. Ellas, más asustadas por las consecuencias de ser consideradas cómplices que leales a sus parteros, negaron esas hipótesis y en aquella posición se mantuvieron infranqueables cuando fueron interrogadas. Los datos fueron recabados a través del novato portero del centro asistencial de urgencia, quien deseoso de demostrar virtudes que avalaran un próximo aumento de sueldo o de cargo, al darse cuenta del sorpresivo flujo de mujeres que en menos de un mes llegaron en similares condiciones, aprovechó el ocio y tuvo la ocurrencia de anotar algunas de las patentes de los taxis en que ellas llegaban al hospital e incluso improvisó entrevistas al paso con algunos conductores. El informe escrito de su puño y letra en la bitácora diaria hacía notar que la mayoría de ellos coincidieron en decir que habían tomado a sus pasajeras en las inmediaciones del barrio Santo Domingo, algunos se aventuraban incluso a precisar: en las proximidades de calle Brasil.

Si bien aquella era una pista a considerar, en modo alguno se transformaba en evidencia. En este contexto se anidaba la gran contradicción vital del inspector, que le asignaba a la misión un carácter político más que una violación a la ley que protege a ultranza el desarrollo del feto en el vientre de una mujer embarazada. Si bien en sus inicios como detective incubó la teoría de sus padres, que consideraban de plano el aborto como un crimen en toda circunstancia, su pensamiento al respecto fue mutando en el curso del ejercicio policial. La experiencia y la casuística y, por sobre todo, el contacto con el mundo real —ese que otorga la calle y su cercanía con la violencia en todas sus facetas— lo hicieron despojarse de los valores heredados y, por añadidura, cuestionar también su fe religiosa como católico no practicante para darle cabida, sin sentimientos de culpa, a la idea de que el feto no es en sí una persona. Hoy se aferra al concepto de que no se mata a un ser humano cuando se interrumpe el embarazo en las primeras semanas de gestación. Su acento está puesto ahora en el derecho de las mujeres y en la validez de su opinión como protagonistas de su propio drama. Ellas —se le escuchó decir en muchas ocasiones a Pineda— tienen que enfrentar una verdadera espada de Damocles sobre sus cabezas, cuando las circunstancias les hacen optar por el aborto clandestino. Claramente el inspector se refería a las leyes coercitivas que inducían a las mujeres a poner su vida en manos de médicos espurios cuando requerían interrumpir su embarazo, concluyendo que en la praxis ellas se convertían en víctimas del sistema legal.

Facundo no se jacta, pero en su condición de detective reconoce que privó de libertad y puso tras las rejas a varias mujeres por esta causa. Nunca lo comentó, pero eso le provocaba dolor y sentimientos encontrados, pues aun teniendo la necesaria empatía con su problema, el peso de tener que respetar los márgenes de la ley le ataba de manos.

Desde entonces fue renuente a hacerse cargo de los casos de este tipo y, en lo posible, los esquivaba con desazón. En esto cavilaba mientras oteaba agazapado detrás de la ventana del café, en dirección a la amplitud de la calle Santo Domingo. Su objetivo no era otro que registrar ocularmente algún taxi que tomara o dejara pasajeras que mostraran un evidente malestar físico o un gesto que se pudiera interpretar como de temerosa conducta. La tarea era en extremo banal, por decir lo menos. La posibilidad de que los astros pusieran frente a sus ojos a una futura madre en apuros, justo en el momento en que se conectara con su virtual partero, era ilusoria, y él lo sabía.

De pronto recordó que minutos antes había llamado al cuartel a su asistente, Donato Burgos, para comunicarle que ya se encontraba en terreno y señalarle exactamente dónde se juntarían.

Mientras esperaba su llegada, volvió la mirada al interior del café, le hizo un ademán con su mano alzada al garzón para repetir la dosis y recién ahí se percató de los singulares clientes que en aquel instante ocupaban tres de las mesas del lugar. Tenía por hábito hacer un somero análisis de la gente en su entorno, seguramente por deformación profesional. Era un ejercicio o más bien un juego que, según él, potenciaba su agudeza mental. En ese marco, le atrajo la figura de un gordo casi mórbido que a esa hora devoraba un sándwich de pernil con palta, bañando por gula con una cucharada de mayonesa cada trozo que engullía. Se imaginó que era un jubilado y también un cliente habitual que tenía por costumbre sentarse en el mismo lugar todos los días. Elucubró que leer gratis el diario que allí se ofrecía como una atención de la casa le confirmaba su presunción de que se trataba de un tacaño. Metros más allá había una pareja subcincuenta, y a juzgar por el pelo todavía algo húmedo y despeinado de ambos, el inspector apostaba diez a uno que los dos les eran infieles a sus parejas y que habían pasado la noche en uno de los tantos moteles sin estrellas del sector. Frente a su mesa, un tipo delgado, de pómulos huesudos, cercano a lo cadavérico, con un jopo engominado y el pelo teñido recientemente de negro profundo —sus palmas oscurecidas lo delataban—, de edad indefinible, con bigotes y pinta de bailarín de tango, movía mecánicamente sus pies siguiendo con tardanza el ritmo de una milonga de Alberto Castillo. Este personaje parecía el muñeco de un titiritero que movía sus hilos invisibles desde el entretecho. Muy concentrado, el tipo golpeaba con sus largos dedos a diestra y siniestra las teclas de su celular, en un intento de hacer una conexión por internet que lo superaba. El rastreo visual de Pineda concluyó al ver a su ayudante ingresando brioso al café.

—¡Sorry por la demora! Pero me cansé de esperar que alguien me trajera. No llegó ningún conductor al cuartel, así que me tuve que venir en taxi —dijo el detective Burgos, quien entró como si huyera de la fría mañana—. Se siente rico aquí... Afuera está para congelarse —agregó mientras se frotaba las manos y se acomodaba en la mesa de su jefe.

—¡Pide lo que quieras...! —respondió Pineda, en ánimo de recuperar el tiempo perdido.

—¡Un café y un aliado de jamón queso! —le dijo Burgos al garzón antes de que este tuviera la intención siquiera de acercarse a la mesa. Dirigió luego la mirada a su jefe.

—¿Por qué aquí?

—Hicieron un llamado anónimo diciendo que en este sector existen clínicas clandestinas de aborto.

—¿Un llamado anónimo?, ¿no me diga que usted les da crédito?

—Lo más probable es que sea un volador de luces, pero hay que averiguarlo.

—Lo sé, pero lo más seguro es que nos peguemos un plantón de una semana o más.

—Así es este trabajo, pensé que ya lo sabías —dijo Pineda sin temor a evidenciar el sarcasmo de su respuesta.

—No es necesario que me ofenda, jefe —replicó Burgos, para aclarar lo que él quiso entender como una broma.

—Recuerda que este caso es un encargo.

—¿Qué me quiere decir con eso?

—Que debes hacer un informe al director cuando terminemos.

—Como sé que no va a pasar nada, lo hago ahora mismo —dijo Burgos con una sonrisa socarrona.

—Te jactas de no darle crédito a un llamado anónimo mientras yo no tengo otra que hacer algo con este caso, a pesar de que (te confieso) tampoco estoy a gusto.

—Y si está de acuerdo en que esta historia no tendrá un final feliz, ¿por qué se enoja conmigo, jefe?

—No estoy molesto contigo, hombre. Lo que pasa es que desde hace mucho tiempo que le hago el quite a estos casos.

—¿Qué quiere decir?

—Yo pienso que hacerse un aborto no es necesariamente un crimen.

—¿Está hablando en serio? —exclamó Burgos—. ¡Cómo no!, si ellas son las que deciden matar a sus hijos.

Pineda advirtió demasiada sorpresa en la mirada de su ayudante, así que desvió los ojos hacia la calle Santo Domingo para evitar darle mucha importancia a su postura radicalmente opuesta. Sintió que, en su rol de jefe, discutir temas valóricos con Burgos podría generar flancos que relativizaran su autoridad.

—¿Quiere decir que metería presos a los que hacen esas maniobras, pero no a las mujeres que quieren interrumpir su embarazo? —insistió el asistente, con la curiosidad en aumento.

—Para mí, este es el tema: en las primeras semanas solo existe un embrión, en ningún caso un feto y mucho menos un ser humano.

—No entiendo, ¿para dónde va?

—Solo digo que si se interrumpe la gestación, no se mata a nadie.

—Pero cómo no, si usted y yo nacimos del mismo modo. Si nos hubiesen sacado antes, ahora no estaríamos conversando.

—Es que si se aborta en las primeras semanas, no nos hubiesen sacado a nosotros sino solo a un embrión.

—No habríamos existido. ¡Acaso no es lo mismo! —dijo Burgos olvidando que tenía enfrente a su superior.

Era exactamente lo que Pineda quería evitar desde el principio: enfrascarse en una declaración de principios sobre el tema, en desmedro de la acción policial. Pero ya era tarde.

—¡No es lo mismo! —respondió—. Si fueras periodista, ¿cuál sería tu enfoque de una noticia si vieras una avioneta caer sobre un viñedo y deslizarse destruyendo todo a su paso?

—Disculpe, inspector, no sé si es muy temprano o tengo déficit atencional, pero no entiendo su ejemplo.

—Si tuvieras que publicar esa información en un titular de periódico, ¿escribirías, por ejemplo, «Caída de avión destruyó cinco mil litros de vino»?

—Me está tomando el pelo... ¿Por qué pondría eso?

—O sea, tiene más sentido decir «Avioneta cayó sobre un viñedo destruyendo gran parte de la cosecha».

—Claro, me parece más lógico... Pero no me diga, jefe, que quiere comparar el proceso de elaboración del vino con la gestación de un bebé —acotó Burgos a la defensiva.

—¿Por qué no? Para que un embrión se transforme en un feto y este a su vez en un bebé, también se necesita un proceso... para ser exactos, de nueve meses.

—¿Y...? —pronunció Burgos.

—Por lo tanto, el avión solamente destruyó la plantación de uvas, no el vino. Creo que me estás entendiendo, ¿no? Para mí, cuando se impide el crecimiento del embrión no se está destruyendo a un bebé.

—Reconozco, jefe, que su analogía es muy ilustrativa, pero en su ejemplo la avioneta no cae intencionalmente sobre la viña, sino por accidente. De no haber sido así, el agricultor finalmente sí hubiese cosechado la uva, que más tarde sí o sí se habría convertido en vino.

—Entonces estás de acuerdo en que una viña es solo uva y no vino.

Burgos conoce bien a su jefe e intuye que cuando este reafirma las palabras de su adversario, es porque será aún más mordaz. Esta vez ignora por dónde viene la mano.

—En cierto modo... —contestó Donato Burgos bajando la intensidad de su argumentación.

—Ambos podríamos perdonar que una mujer sometida a circunstancias que la superan llegue a la instancia del aborto. ¿Verdad?

—¿Adónde quiere llegar, jefe? —preguntó Burgos sintiendo que el relato redundante del inspector le había hecho perder la hebra de la discusión—. ¿Cuáles, según usted, serían esas circunstancias posibles?

—La violación, por ejemplo.

—Obvio, desde luego eso tiene más sentido para mí, como también la inviabilidad del feto y, sobre todo, cuando la vida de la madre está en riesgo. Por algo se despenalizó en la ley de las tres causales. Hasta ahí lo puedo compartir, pero no veo otras razones para interrumpir el embarazo que no califiquen como un acto criminal. ¿Existen otras para usted?

—Bueno, en aquellas circunstancias se impidió que la uva se convirtiera en vino, pero te aseguro que existen otros motivos, y más poderosos.

La llegada tardía del mesero con el café y el sándwich fue la ocasión precisa para dejar de lado el tema. Burgos no estaba dispuesto a dar una pelea donde, por lo demás, tenía más que perder que ganar. «Me salvó la campana», pensó.

La mesa —cubierta por una colchoneta de esponja— era rústica y de dimensiones exageradas. Había sido confeccionada con restos de unas vigas de roble que Emilia rescató tras demoler una habitación para ampliar el patio de su casa, en la que vivía junto a su pareja, Edison, un estudiante de medicina. La habitación tenía las ventanas absolutamente tapiadas y estaba sumida en una oscuridad intencionada. Solo un par de lámparas con dos ampolletas de ciento cincuenta watts y luz blanca, más una silla en el extremo contrario a la cabecera de la mesa —convertida en una camilla ginecológica hechiza— completaban el mobiliario. Emilia preparaba todo con especial sigilo. Tras asear el lugar, colocaba dentro de una bandeja de acero inoxidable los instrumentos quirúrgicos que minutos antes había hervido en agua caliente. La preparación de esta virtual sala de partos proseguía cuando la mujer acomodaba sobre la colchoneta una frazada doblada en cuatro, para luego agregar encima una sábana blanca dejándola caer como si fuera un mantel.

En el living, una joven y su novio esperaban nerviosos que Edison llegara de sus clases en la universidad para dar comienzo al procedimiento.

Luego de morir su madre, Emilia prefirió emigrar de San Clemente, en las proximidades de Talca, y con la venta del extenso campo que heredó en calidad de hija única, compró esta vieja casona ubicada en el corazón del barrio Santo Domingo. Mientras llevaba a cabo su plan de juntar algo más de dinero para estudiar enfermería, decidió rentabilizar la casa alquilando la media decena de piezas desocupadas a personas solas, parejas que iniciaban su vida conyugal e incluso a estudiantes. Fue precisamente con uno de ellos, Edison Ruiz, alumno de quinto semestre de medicina en la Universidad de Chile, con quien se involucró sentimentalmente. Este joven de veintitrés años —cinco menos que ella— se dio cuenta de que su compañera no obtenía buenos dividendos con el arriendo de piezas, y que se le generaban serios problemas cuando a fin de mes abundaban los inquilinos que esgrimían razones económicas para retrasarse en el pago.

Cuando se percató de que su influjo afectivo sobre ella le otorgaba ciertas prerrogativas —entre otras, vivir gratis— le planteó la fórmula perfecta para revertir esa situación: despedir a los arrendatarios y convertir ese lugar en una clínica clandestina —negocio a todas luces más rentable— en la que ambos serían socios.

Edison llegó presuroso a casa, consciente de la situación que debía atender. Emilia lo abordó en el pasillo antes de que accedieran al living. Fue diplomática y lo recibió con un beso, aunque más frío, ya que en ese instante no podía armar un escándalo por su demora frente a la pareja de extraños que lo aguardaban.

—Llevan una hora esperando y ella no se siente bien, ¡está nerviosa! —dijo Emilia en voz baja, casi al oído de Edison.

—¿Le diste algo? —respondió él en el mismo tono.

—Nada, no sabía si llegabas. Me cansé de llamarte.

—No podía contestarte. Me citó el decano, quería hablar conmigo. ¿Tienes todo listo?

—¡Sí!

—Me voy a lavar las manos. ¡Llévala a la sala y prepárala!

La joven es estudiante y tiene un embarazo de dos meses. Sus padres la imaginan en clases. Su novio trabaja como vendedor de un laboratorio y se consiguió el dinero para esta intervención con un préstamo bancario, dinero que ya le entregó a Emilia el día anterior.

El negocio que convirtió a Edison y Emilia en socios ya entraba en el quinto mes de funcionamiento. El llamado efecto boca a boca fue difundiendo su labor de parteros, y aunque las ganancias aún eran exiguas, claramente la clientela iba en alza.

Edison nació y se crio en la ciudad de Rancagua, y en su calidad de alumno excepcional sacó un puntaje que le permitió postular y quedar en la Escuela de Medicina de la Universidad de Chile en Santiago. Desde ese momento sus planes de ser un gran médico, ganar dinero y lograr reconocimiento se conjugaron para exacerbar su personalidad avasalladora, para la que nada le resultaba imposible.

«¡Querer es poder!» fue la consigna que abrazó cuando su padre falleció inesperadamente, con la repercusión instantánea para el joven de que ya no recibió más la mesada para sus estudios. En su entorno universitario no advirtió a nadie de su repentina y riesgosa condición económica. El anhelo de recibirse de médico era un propósito superior que no estaba dispuesto a traicionar. Emilia ya había hipotecado su afecto con él y, consciente de las necesidades y planes de Edison, hizo exactamente lo que él le propuso, paso por paso.

Con sus escasos dos años y medio de estudios de medicina, y algunas horas de biblioteca focalizadas en el campo de la obstetricia y la puericultura, creyó estar en condiciones de realizar abortos clandestinos. Ya en Rancagua, su ciudad natal, había hecho foco en lo que ganaban quienes, con menos conocimientos que él, se dedicaban a estas labores al margen de la ley. Emilia desocupó su casa y leyó incansablemente libros que el propio Edison le trajo de la biblioteca en el afán de prepararse como su asistente. En las conversaciones nocturnas después del sexo, ella le había confiado que su sueño era ser enfermera, y Edison la convirtió en su cómplice asegurándole que esta empresa era la adecuada para cumplir con ese plan.

En el intertanto, Emilia le puso a la joven una inyección de oxitocina para contraer el útero. Edison no tardó en entrar al precario pabellón, vistiendo un delantal blanco como un código visual que le otorgaba —sin tener que enunciarlo— la tácita categoría de especialista. Mientras se ponía los guantes saludó a la paciente con un imperceptible «hola», seguido de un leve movimiento de cabeza para no exigirle respuesta, ya que ella se notaba intimidada como todas las primerizas. Se acomodó luego la mascarilla y tomó posición en medio de las piernas abiertas de la estudiante. La mesa tenía adosada en la orilla de trabajo dos plataformas de madera plana que, cubiertas con la sábana, no acusaban a simple vista su precaria imitación de una camilla ginecológica. Examinó a la joven —que parecía tener la mirada adherida al cielorraso— con un espejo vaginal, para luego introducirle en el cuello del útero una sonda dilatadora y comprobar así su comportamiento. La experiencia profesional del alumno de medicina era precaria, por no decir insuficiente, sin embargo su actitud le hacía parecer ducho ante las pacientes.

—¿Cómo te sientes? —le preguntó a la estudiante con un aire de seguridad.

—Bien —respondió ella no muy convencida.

—Tendrás que venir mañana.

—¿Mañana? —se sorprendió ella.

—La inyección que te pusimos nos dará luces sobre la dilatación que tienes y mañana, si todo sale bien, en menos de dos horas estarás fuera.

—Mañana tengo prueba —dijo la joven con la opacidad de un pensamiento hablado.

—Tendrás que ver cómo lo haces, porque esto no puede esperar —le señaló Edison poniéndole presión.

Mientras el profesor de fisiopatología caminaba de un lado a otro aleteando con sus brazos frente al pizarrón magnético mientras explicaba la morfología y deformaciones de los órganos, Edison Ruiz —guarecido en la última fila tras dos cabezas de compañeros— luchaba por vencer el incontrolable deseo de dormir. Una paciente intervenida días antes había irrumpido en su casa a medianoche luego de presentar un leve e inexplicable sangramiento interior. El episodio los mantuvo ocupados con Emilia hasta las tres de la madrugada. Para su fortuna, el sonido del timbre que dio por finalizada la clase terminó por despercudirlo, y Edison se levantó del asiento como si tuviera resortes en los pies. Con mediana conciencia, la que fue recuperando mientras se dirigía al casino de la facultad en busca de una bebida energética —su antídoto adictivo—, recordó que en su casillero permanecía un bolso con indumentaria ginecológica que ahora requería con urgencia. Como una hormiga, se había ido apropiando de cada una de esos artículos durante las clases prácticas, para que los profesores las dieran por extraviadas y no sustraídas. De la misma forma había ido juntando un set de instrumentos como espéculos, curetas y pinzas uterinas mientras su apetito delictivo crecía y ya estaba pensando en apropiarse de un monitor fetal e incluso de una camilla ginecológica. Como un cowboy frente al mesón del bar del pueblo, bebió su energética en tres sorbos y aprovechando el rato libre se dirigió sigiloso hasta una de las bodegas en el subterráneo de la escuela para tramar la manera en que podría, a futuro, acceder a una camilla ginecológica sin levantar sospechas sobre su apropiación. Ya había hecho un estudio; un tanto precario, pero que de alguna manera tenía sentido. Cuando se hacen prácticas y simulaciones quirúrgicas, los ayudantes de los profesores son los encargados de que los maestros dispongan de toda la infraestructura necesaria para desarrollar sus clases. Para ello deben presentar una solicitud del material y, con ese documento aceptado, recurrir al encargado de la bodega quien les entrega el pedido. En varias de sus visitas a ese sector, Edison había descubierto que el encargado no siempre se encontraba allí y que la puerta no tenía llaves. De modo que no sería tan inusual que alguien, a vista y paciencia de todos, sacara una camilla ginecológica y la desplazara con libertad por entre los pasillos sin que a nadie le pareciera extraña la maniobra. En el microbús de retorno a casa, absorto en la ilícita estrategia, el joven determinó que debía llevarla a cabo en el ocaso del día, cuando no hay muchos alumnos.

Dos horas permaneció con Edison y Emilia la joven estudiante, que nunca dejó de estar nerviosa mientras se producía la interrupción de su embarazo. En los minutos posteriores le contó a Emilia, entre lágrimas, que ella pertenecía a una comunidad religiosa y que su mayor tormento fue haber tomado esa decisión. Emilia la escuchó con atención y solo atinó a decirle que se cuidara si continuaba con su actividad sexual. No era una joven hermosa, pero sí de rostro agradable y, para su propia sorpresa, su atractivo radicaba en el alto grado de inocencia que poseía y que sin pretenderlo irradiaba a caudales como un gesto de natural dulzura. Fue lo que sedujo a Edison.

Convertida en copartícipe de este dueto de «aborteros», Emilia creía que estaba en el camino correcto para llegar a ser enfermera, con unas pinceladas básicas de conocimientos y casi por mandato.

—¿Le recordaste que viera el modo de tomar antibióticos? —le preguntó Edison.

—Sí, pero me dijo que sin receta no le vendían.

—Si se las arreglan para hacer esto, verán la manera de conseguirlos. Es lo que haríamos nosotros, ¿no te parece? —respondió Edison sin muestras de empatía.

—Son niños... ella tiene dieciséis y entra a diecisiete.

—Sería raro que cumpliera los dieciocho —dijo Edison en tono irónico y burlesco.

—No te rías. Es que en San Clemente la gente dice así y lo tengo pegado. Fuera de broma, creo que nosotros deberíamos darles los remedios en el futuro.

—Voy a ver si me consigo algunas recetas en blanco de algún profesor... Yo las vendería.

—¿Las recetas?

—Las pastillas.

—¡Ay, Edison...! Deberíamos regalárselas, eso nos ayudaría a nosotros mismos para que después regresen si presentan problemas.

—A todo esto, ¿dónde dejaste los restos que saqué?

—En la basura, como siempre. ¿Por qué?

—Es que me asusta, porque los gatos en la noche se ponen a escarbar.

—Nunca me lo dijiste antes.

—El otro día vi dos gatos que tenían el basurero en el suelo. Tenemos que comprar uno con tapa.

Capítulo dos

LA DESPEDIDA

El plan de Edison estaba en marcha. Durante muchos días sedujo a Miguel Méndez, el guardia que cuidaba la entrada a la morgue de la Escuela de Medicina. Méndez era casado, con hijos también ya casados, tenía mucho oficio y era un hombre de total confianza de la dirección de la universidad. Había sido un personaje clave en la adquisición de dos cadáveres para la facultad. Sin la presencia de estos cuerpos destinados a la ciencia, los alumnos difícilmente pueden aprender y conectarse con la realidad que enfrentarán cuando se conviertan en profesionales. A veces existen periodos en que no es fácil contar con donantes o vendedores de cuerpos sin vida, y entonces la escuela debe comprar cadáveres en el exterior a precios altísimos.

Méndez conocía a Javier, un vagabundo con quien las noches crudas de invierno parecían más amables compartiendo un café caliente y parte de su merienda. Javier había sido mueblista pero, según contó, nunca se percató de que se estaba convirtiendo en adicto al alcohol. Dijo que había comenzado con un par de vasos diarios que muy pronto se transformaron en una caja de a litro, y de allí pasó a beber sin control hasta perder la cordura. Su esposa no le permitía entrar a la casa en ese estado y fue poco el tiempo que duró así, hasta que decidió quedarse afuera. «En realidad fui echado», aclaró de inmediato, para dar crédito a lo que pretendía decir más adelante. Como era de esperar, el escaño de la plaza se convirtió en su dormitorio de verano y la chaqueta doblada, en su almohada. En invierno, con lluvia, se cobijaba debajo de los puentes y compartía la infaltable fogata con sus eventuales «colegas». Mientras se explayaba en su relato a Miguel Méndez para matar la noche, este vagabundo decía que hoy lamentaba haber perdido todo contacto con su familia. Sus reiterados recuerdos y lamentos tuvieron eco en el cuidador, quien no tardó en buscar ayuda para su amigo nocturno, consiguiendo que un doctor de la facultad lo atendiera en forma gratuita, con el propósito de inducirlo a un tratamiento.

Meses después, con su adicción más controlada, Javier le agradeció a Méndez el gesto solidario y le contó, en la confianza que otorga la amistad probada, que no quería morir sin dejarle algo de dinero a su familia. Por cierto la idea no dejaba de conmover al guardia, pero ignoraba cómo ese hombre, que había dejado de trabajar hacía muchos años, podría ahora cumplir ese anhelo.

—Me parece muy bien, Javier, que alguna vez en la vida pienses en tu familia.

—Me gustaría que tú fueras a dejárselo en mi nombre —dijo el vagabundo con una candidez abismante.

—¿Yo? —dijo Méndez sin poder evitar una sonrisa—. Yo no tengo ningún problema; es más, sería un honor. Pero, Javier, creo que falta mucho tiempo para que te mueras.

—Presiento que no —respondió este un tanto resignado a su suerte.

—No me digas que volviste a tomar —dijo Méndez con genuina preocupación.

—¡No! No te conté, pero la razón de no haber venido a verte esta semana es porque tuve un accidente.

—¡Un accidente! ¿Cuándo?

—Fue como hace dos semanas, nos echaron temprano de la hospedería, aún estaba oscuro y yo, recién saliendo del sueño, atravesé la calle sin mirar a ningún lado. Un taxi me atropelló.

—¡No lo puedo creer!

—El chofer no tuvo la culpa, pero me llevó a la Asistencia Pública. Me dejó sentado en la entrada y se fue. No recuerdo más. Desperté en una sala con otros enfermos.

—Te hospitalizaron. Debió haber sido grave como para eso...

—Lo único que recuerdo es que querían operarme de urgencia.

—¿Estás bromeando?

—Por eso me escapé.

—Pero, ¡te volviste loco! ¡Cómo pudiste hacer eso! Ven mañana temprano y hablo con el doctor Jiménez para que te eche un vistazo.

—No tiene caso. Escuché a unos enfermeros decir que no valía la pena que me operaran, ya que no me daban más de un mes de vida.

—Pero ese comentario no te lo hizo un médico. Ni siquiera sabes lo que tienes.

—Da lo mismo, no voy a venir, solo quiero que me hagas una promesa.

—¿Cuál?

—Que dejarás el dinero en la casa de mi familia, en mi nombre.

—Sí, por supuesto que lo haré. Pero para eso debes darme ese dinero y no sé de dónde lo vas a sacar... ¿No me digas que estás pensando en robar?

—Quiero que me ayudes a vender mi cuerpo a la escuela.

—¿Quieres vender tu cadáver?

—Me dijiste la otra vez que se podía. No quiero mucho dinero.

Miguel se mantuvo en silencio y ajeno a la conversación por algunos segundos.

—Jamás pensé que me pedirías eso.

—¿Puedes ayudarme? —presionó Javier.

Méndez asintió con la cabeza, no le salía el habla. El tema lo habían conversado en las noches de café y no podía negarse a algo en lo cual había sido demasiado explícito.

Cinco días más tarde, luego que Miguel le planteara el caso a su jefe, el doctor Molina hizo firmar a Javier unos documentos en cuyas cláusulas aparecía en detalle la petición del interesado para cuando se despidiera de la vida.

Después de ese día Javier no apareció más en las tertulias con café. A la semana Méndez recibió una notificación del Instituto Médico Legal con la noticia del deceso de su amigo. Así cumplían con la solicitud escrita en un papel encontrado en el bolsillo de su pantalón de que le comunicaran a Miguel sobre su muerte. Este, tal como lo había prometido, no tardó en informárselo personalmente a la familia. Ellos no se inmutaron demasiado, debido a que unos años atrás alguien les llegó con el mismo cuento y desde entonces lo daban por muerto. En aquella oportunidad no se cercioraron de la veracidad de ese patético rumor. Ahora que sabían con certeza que a Javier lo estaban velando en el Hogar de Cristo, tampoco se inquietaron ni menos esbozaron algún sentimiento hacia él, frialdad que se reflejó al día siguiente cuando ninguno de ellos asistió a la ceremonia religiosa por su último adiós.

Al cabo de un mes Méndez recibió un cheque de la facultad por la compra del cadáver de su amigo para la ciencia. De inmediato se dirigió —esta vez a su pesar— a la casa de la familia de Javier para concretar el loable propósito del vagabundo. Los familiares, visiblemente extrañados y abúlicos, recibieron el sobre que contenía un cheque por una cantidad nada despreciable y una pequeña nota escrita de puño y letra de Javier: «No tengo nada más que ofrecerles que mi propia vida».

Por cierto, no entendieron el trasfondo del mensaje.

El periodo siguiente fue difícil para Miguel. La sensación de que en cualquier momento Javier se aparecería para acompañarlo lo tuvo en ascuas durante varias noches. Atribuyó la fuerza de esa imagen latente al hecho de que, por razones laborales, no pudo asistir al sepelio. Consciente de que ahora el cadáver se encontraba en la morgue de la Escuela de Medicina, es decir, a pocos metros de su cabina de guardia, se decidió a darle el último adiós a su modo. Para ello, premunido de una linterna, abandonó por unos minutos su puesto de trabajo y se introdujo por el amplio y oscuro pasillo que conducía a la entrada del subterráneo de la morgue. Méndez llevaba más de veinte años de nochero en aquel lugar, y claramente conocía de memoria todos los rincones del inmueble. No encendió las luces por precaución. Algunos de los doctores que imparten clases allí también trabajan en el hospital San José, distante a pocos metros de la puerta trasera de la escuela, y si por casualidad alguien veía luces en su interior a esas horas, sin duda lo comentaría al día siguiente, con todo el riesgo que ello podía significar para su continuidad laboral. Por cierto, Miguel intuía dónde podía estar el cuerpo de Javier, y sin pensarlo dos veces fue a su encuentro.

El silencio en el sector era total.

A escasas dos cuadras de la escuela se encuentra también el Cementerio General, y pasada la medianoche no transitan por allí personas ni vehículos que interrumpan la tranquilidad de la noche. Los pasos decididos del guardia rumbo a la entrada del subterráneo retumbaban solitarios y se proyectaban como en una caja de resonancia. Sobre los muros de aquel pasillo —un verdadero hoyo negro—, el haz luminoso de su linterna dejaba entrever una serie de fotografías de destacados médicos que habían alcanzado en distintas épocas la dirección de la Escuela de Medicina.

Miguel Méndez ha hecho este recorrido nocturno en dirección al subterráneo en varias ocasiones. La última vez —recordó— unos tres años antes, cuando un ruido inusual que provenía del lugar lo obligó a sondear el sector de la morgue con particular acuciosidad, hasta encontrarse con dos individuos que retiraban una de las extremidades de un cadáver desde una máquina congeladora. Era noche de luna llena y su luminosidad se filtraba por los minúsculos ventanales, lo que le permitió a Miguel observar con mediana claridad la acción de los ladrones cuando guardaban el brazo del cadáver en un saco. Los esperó a la vuelta del pasillo, pues sabía que era la única salida de allí. Escuchó sus pasos, incluso su respiración, y cuando los tuvo cerca, se anticipó a ellos y los enfrentó en la oscuridad. Fue notorio el impacto de los dos sujetos al recibir el fogonazo de la linterna en sus rostros y escuchar la voz del vigilante, que apareció de la nada exclamando con intencionada voz de ultratumba: «¡¿Se puede saber qué están haciendo aquí?!». Quedaron petrificados, e incluso uno de ellos sintió flaquear sus piernas y cayó al suelo de rodillas. Miguel debió prender las luces para superar la emergencia y fue entonces cuando reconoció en ellos a dos estudiantes. Mientras los calmaba con un vaso de agua, Elías Iturriaga y Edison Ruiz explicaban que habían sido asignados a esa misión como parte de las actividades de la fiesta «mechona» y que, luego de exponer el brazo en uno de los baños de mujeres como una humorada para las alumnas recién ingresadas a la facultad, lo devolverían a su sitio. Desde luego la broma era demasiado transgresora pero, en tanto se desconociera cómo había llegado esa extremidad al lugar de los hechos, la misión estaba cumplida. Si, por el contrario, se descubría quiénes eran los autores intelectuales y materiales de la acción, los culpables podrían recibir una sanción ejemplar. Miguel se compadeció de los alumnos, a los que conocía, y les aseguró que ignoraría la maniobra pero los denunciaría si no regresaban la extremidad a su sitio... Iturriaga y Ruiz se comprometieron a no contar nada de ese episodio.

El recibimiento a las alumnas nuevas, que ignoraban la sorpresa que les tendrían preparada cuando ocuparan el baño, fue impactante y revolucionó el ambiente estudiantil. Se le consideró una acción temeraria pero, para suerte de los involucrados, en ese momento nadie supo cómo llegó aquel brazo —al cual le pusieron sangre de animal para que pareciera recién cercenado— a colgar sobre la taza del baño de mujeres, generando en las jóvenes un terror tan fuerte y memorable que marcó un antes y un después en lo que a fiestas de recibimiento de los «mechones» de a la Facultad de Medicina se refiere.

La evocación de aquel suceso dibujó en el rostro de Miguel una sonrisa leve mientras bajaba al sótano de la morgue de la escuela. Una vez en el corazón del intimidante lugar, el guardia se detuvo y rastreó con su linterna la inmensa sala donde una decena de camillas de cemento adosadas al piso contenían los cadáveres destinados a propósitos experimentales y didácticos. En esta ocasión no había allí más de cinco cuerpos, todos cubiertos con sábanas blancas. La escena no inmutaba a Méndez, quien conocía el lugar de memoria.

Con la luz de la linterna como su única compañía, el hombre fue acercándose a su objetivo, alzando con mucho sigilo la sábana del primer cuerpo, con la esperanza de encontrar allí a su amigo. El penetrante, sofocante olor a formol, nauseabundo para algunos, dependiendo del porcentaje de metanol que contenga puede irritar el tracto respiratorio. Para Miguel es un olor familiar que representa la cercanía con la muerte, a la que no teme. Ha logrado racionalizar este proceso y sabe que el formol es una sustancia química que se inyecta a los cadáveres para detener el proceso de autodestrucción celular, así como la actividad de las bacterias que corroen el cuerpo humano cuando está sin vida. Muchas veces colaboró en estos menesteres con los cadáveres que llegaban para ser objeto de estudio de los futuros médicos. De seguro este oficio le ha quitado la connotación que tiene para cualquier mortal ver un cadáver... Aún fiel al precepto de que «hay que temerle más a los vivos que a los muertos», permanece atento a cualquier sorpresa.

La primera sábana que levantó cubría el cuerpo de una mujer adulta; su rostro tenía un corte transversal que lo dividía en dos, mostrando con claridad el aparato respiratorio. El segundo cadáver presentaba un corte circular en el cráneo, que dejaba al descubierto toda la masa encefálica. A un costado, como un sombrero, descansaba la «tapa», seguramente extraída por el profesor en presencia de sus alumnos.

Para su fortuna, en la tercera camilla se encontró con el cadáver de su amigo Javier. Le costó reconocerlo; su deceso no fue pacífico, pensó. La intención de su visita era, por decir lo menos, patética, hasta grotesca: necesitaba excusarse por no haberlo acompañado en el velatorio ni haber asistido a su último adiós en el cementerio. Consideraba que podía enmendar mejor esa ausencia de este modo presencial, y que esta cercanía física era más íntima y amistosa que haberlo visto dentro del ataúd frente a otras personas. Tenía pensado contarle que había cumplido a cabalidad el compromiso de entregarle el dinero a su familia. En su afán de sentirlo como si estuviera vivo e íntegro, desplazó hasta sus pies la sábana que lo cubría, como si le estuviera haciendo un favor. La imagen que vio no dejó de impactarle. El cadáver había sido diseccionado en dos partes. La impresión fue tan fuerte que le hizo reflexionar sobre lo que tenía planeado. En cosa de segundos se esfumó el sentido de amistad que lo había llevado hasta allí, y no pudo más que aceptar la lógica de la cordura y admitir que Javier —por lo menos como él lo conocía— ya no estaba. Asumió con desazón que ese cuerpo inerte era ahora solo un objeto de la ciencia y que su amigo en aquel estado era tan solo un espectro de sí mismo. Los pensamientos de Miguel parecieron congelarse, se quedó en blanco, como si se borrara de una plumada el motivo que lo había inducido a esta simbólica despedida. Nunca le había sucedido antes, pero en medio de ese subterráneo gélido llegó a sentirse como uno más de los cadáveres que estaban para servir al aprendizaje de los estudiantes. Sumido en sus cavilaciones que hicieron trastabillar su valentía, de pronto creyó sentir un ruido extraño en la oscuridad. El hombre se puso en guardia, pues no esperaba que a esa hora hubiese allí una persona de carne y hueso, fue lo que atinó a pensar. Hurgó con la linterna a su alrededor, preparado para lo que fuera. Pero lo que sucedió entonces superó todo lo imaginable y nubló su mente por la magnitud de la experiencia, a pesar de su estado de alerta.

Un sonido brusco, rudo, violento, a pocos metros de él, lo sobresaltó. Fue como el ruido de un balde metálico que, al caer, mientras pierde parte de su contenido líquido mantiene el vaivén sonoro sobre las baldosas, generando una sensación inconcebible de angustia y pavor. El fenómeno, cercano a lo paranormal, no tenía en apariencia una razón de ser, y fue al menos inquietante. Para Miguel este lugar era como la catedral de la ciencia y desde esa per

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