Muerte de un forense (Adam Dalgliesh 6) (Adam Dalgliesh 6)

P.D. James

Fragmento

Creditos

Título original: Death of an expert witness

Traducción: Jorge Luis Mustieles

1.ª edición: julio, 2016

© 2016 by P. D. James

© Ediciones B, S. A., 2016

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

ISBN DIGITAL: 978-84-9069-495-4

Maquetación ebook: Caurina.com

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Contenido

Contenido

Portadilla

Créditos

 

Nota de la autora

PRIMERA PARTE. LLAMADA AL ASESINATO

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SEGUNDA PARTE. UNA MUERTE DE BATA BLANCA

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TERCERA PARTE. UN HOMBRE EXPERIMENTAL

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CUARTA PARTE. COLGANDO DEL CUELLO

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QUINTA PARTE. EL POZO DE TAJÓN

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Nota de la autora

En East Anglia no hay ningún laboratorio oficial de medicina legal y, aun en caso de que lo hubiera, es sumamente improbable que tuviera nada en común con el Laboratorio Hoggatt, cuyos miembros, como todos los demás personajes de esta novela —incluso los más desagradables—, son puramente imaginarios y no guardan ningún parecido con persona alguna, viva o muerta.

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PRIMERA PARTE

LLAMADA AL ASESINATO

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1

La llamada se produjo a las 6:12 exactamente. Para él ya se había convertido en un gesto automático el anotar la hora frente al dial iluminado de su reloj eléctrico de cabecera antes de encender la lámpara, un segundo después de haber buscado a tientas y silenciado la estridente insistencia del teléfono. Aunque raramente debía sonar más de una vez, él siempre temía que el timbrazo pudiera despertar a Nell. El que llamaba era conocido; el llamamiento, esperado. Era el detective inspector Doyle. La voz, con su vaga e intimidante insinuación de acento galés, le llegó clara y confiada, como si el gran corpachón de Doyle se cerniera sobre la cama.

—¿Doc Kerrison? —La interrogación era ciertamente innecesaria. ¿Quién si no él, en aquel caserón medio vacío y lleno de ecos, podía descolgar el teléfono a las 6:12 de la mañana? No contestó nada, y la voz siguió hablando.

—Tenemos un cuerpo. En los marjales, en un campo de tajón, a cosa de una milla al noreste de Muddington. Una chica. Estrangulada, según todos los indicios. Parece un caso bastante claro, pero como está usted tan cerca...

—Muy bien. Ahora voy.

La voz no manifestó alivio ni gratitud. ¿Por qué habría de hacerlo? ¿Acaso no acudía siempre que era llamado? Esta disponibilidad se le pagaba bien, pero no era éste el único motivo de su obsesivo celo. Sospechaba que Doyle le habría respetado más si de vez en cuando se hubiera mostrado menos servicial. También él mismo se habría respetado más.

—Es el primer desvío de la A142 después de atravesar Gibbet’s Cross. Haré que alguien le espere.

Volvió a colgar el auricular, se sentó en el borde de la cama y, recogiendo el lápiz y la libreta, anotó los detalles mientras aún seguían frescos en su mente. En un campo de tajón. Eso probablemente significaba barro, sobre todo después de la lluvia del día anterior. La ventana estaba ligeramente abierta por su parte inferior. La deslizó hacia arriba para abrirla del todo, haciendo una mueca al oír chirriar la madera, y asomó la cabeza. El denso aroma margoso de una noche de otoño en el marjal le bañó la cara; era un olor intenso, pero fresco. Había dejado de llover y el firmamento era un tumulto de nubes grises por entre las cuales la luna, casi llena, vagaba en círculos como un pálido espectro demente. Su mente se extendió sobre los campos desiertos y los desolados diques hasta los vastos arenales del Wash, blanqueados por la luna, y los movedizos ribetes del mar del Norte. Podía imaginar que olfateaba su dejo medicinal en el aire lavado por la lluvia. Allí afuera, en las tinieblas, rodeado por toda la parafernalia de la muerte violenta, había un cadáver. Mentalmente, recreó el familiar ambiente de su profesión: los hombres que se movían como negras sombras tras el fulgor de las lámparas de arco, los automóviles de la policía ordenadamente aparcados; el aleteo de las mamparas, las voces intercambiando comentarios ocasionales mientras esperaban divisar las primeras luces de su automóvil. Ya debían de estar consultando sus relojes, calculando cuánto podía tardar en llegar hasta allí.

Tras cerrar la ventana con manos cuidadosas, tironeó de los pantalones por encima del pijama y se puso un polo. A continuación, recogió su linterna, apagó la lámpara de cabecera y salió hacia el piso de abajo, avanzando cautelosamente y caminando cerca de la pared para evitar que crujieran los escalones. Pero del cuarto de Eleanor no salía el menor ruido. Dejó que su mente cruzara los veinte metros del rellano y los tres peldaños que le separaban del dormitorio interior donde yacía su hija de dieciséis años. Siempre había tenido el sueño ligero y, aun dormida, era asombrosamente sensible al sonido del teléfono. Pero no era posible que lo hubiera oído. En cuanto al pequeño William, de tres años de edad, no le preocupaba: una vez dormido, nunca despertaba antes de la mañana.

Tanto sus acciones como sus pensamientos estaban medidos. Su rutina nunca variaba. Entró primero en el pequeño cuarto de baño junto a la puerta posterior, ante cuyo umbral estaban preparadas las botas de agua, con los rojos calcetines sobresaliendo de la caña como un par de pies amputados. Arremangándose por encima de los codos, se lavó manos y brazos con abundante agua fría, y luego, agachado, se remojó toda la cabeza. Siempre realizaba estas abluciones casi ceremoniales antes y después de cada caso. Hacía mucho tiempo que había cesado de preguntarse el porqué. Se había convertido en algo tan necesario y reconfortante como un ritual religioso, el breve lavado preliminar que era como una dedicatoria, la ablución final que constituía al mismo tiempo una tarea necesaria y una absolución, como si al enjuagar de su cuerpo el olor de su profesión pudiera también eliminarlo de sus pensamientos. El agua salpicó con fuerza el espejo; al incorporarse, buscando a tientas la toalla, vio su rostro distorsionado, la boca abierta, los ojos de hinchados párpados medio ocultos por relucientes mechones de cabello negro como el rostro de un ahogado vuelto a la superficie. La melancolía de la madrugada se apoderó de él. Pensó: «La semana que viene cumpliré cuarenta y cinco años, ¿y qué he conseguido? Esta casa, dos hijos, un matrimonio fracasado y un empleo que me asustaría perder porque es la única cosa que he sabido hacer bien.»

La vieja rectoría, heredada de su padre, no tenía hipotecas ni gravámenes. Eso no ocurría, pensó, con ninguna otra cosa en su vida agobiada por la ansiedad. El amor, su ausencia, su creciente necesidad, la repentina y pavorosa esperanza de hallarlo, sólo eran una carga. Incluso su trabajo, el territorio donde se movía con mayor aplomo, estaba cercado por la ansiedad.

Mientras se secaba meticulosamente las manos, dedo a dedo, sintió de nuevo la vieja preocupación, opresiva como un tumor maligno. Todavía no había recibido el nombramiento de patólogo del Home Office, como sucesor del anciano doctor Stoddard, y eso era algo que deseaba muchísimo. El nombramiento oficial no le rendiría más dinero; la policía ya lo empleaba como colaborador independiente, pagándole por cada caso con suficiente generosidad. Eso, sumado a los honorarios de las autopsias que realizaba como forense, le proporcionaba unos ingresos que constituían una de las razones por las que sus colegas en el departamento de patología del hospital general del distrito se tomaban a mal y al mismo tiempo le envidiaban las imprevisibles ausencias que le imponía su trabajo policial, los largos días en los tribunales, la inevitable publicidad.

Sí, el nombramiento era importante para él. Si el Home Office buscaba otro candidato, resultaría difícil justificar ante las autoridades sanitarias regionales el mantenimiento de su acuerdo particular con la policía local. Ni siquiera tenía la certeza de que lo prefirieran a él. Se sabía un buen patólogo forense, digno de confianza, más que competente en su profesión, casi obsesivamente meticuloso y concienzudo, un testigo convincente e inamovible. La policía sabía que, estando él en el estrado de los testigos, sus minuciosamente edificadas construcciones probatorias no se desmoronarían bajo un interrogatorio riguroso, aunque él a veces sospechaba que lo consideraban demasiado escrupuloso para estar del todo tranquilos. Pero le faltaba esa fácil camaradería masculina, esa mezcla de cinismo y machismo que tan intensamente unía al viejo Doc Stoddard con el cuerpo de policía. Si tenían que pasarse sin él, no lo echarían mucho de menos, y le parecía dudoso que fueran a tomarse ninguna molestia para retenerlo.

La luz del garaje era cegadora. La puerta levadiza pivotó suavemente hacia arriba bajo su mano, y la claridad se derramó sobre la grava del camino de acceso y los descuidados márgenes de hierba plateada. Pero al menos la luz no despertaría a Nell. Su dormitorio daba a la parte de atrás de la casa. Antes de poner en marcha el motor, examinó los mapas. Muddington era un municipio en los límites de su zona, unas diecisiete millas al noroeste; con algo de suerte, menos de media hora de viaje en cada dirección. Si los científicos del laboratorio ya habían llegado —y Lorrimer, el biólogo jefe, siempre intentaba no perderse un homicidio—, entonces probablemente no tendría que hacer gran cosa. Calculando, digamos, una hora en el lugar de los hechos, todavía podría estar de vuelta a casa antes de que Nell despertara, si había suerte, y ni siquiera se enteraría de que había salido. Apagó la luz del garaje. Con mucho cuidado, como si la suavidad de su tacto pudiera silenciar de algún modo el motor, hizo girar la llave del encendido. El Rover se internó lentamente en la noche.

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2

Inmóvil tras los visillos del rellano delantero, la mano derecha ahuecada sobre el pálido parpadeo de su lamparilla, Eleanor Kerrison percibió el súbito destello rojo de las luces traseras del Rover cuando el coche se detuvo en el portón antes de girar a la izquierda y acelerar hasta perderse de vista. Permaneció esperando hasta que el resplandor de los faros se hubo desvanecido por completo. Entonces se volvió y anduvo por el corredor hacia la habitación de William. Sabía que no se habría despertado. Su sueño era una sensual glotonería de olvido. Y mientras durmiera, ella sabía que estaba a salvo, que podía sentirse libre de su ansiedad. Contemplarlo entonces era un gozo tan entremezclado de anhelo y compasión que, en ocasiones, asustada de sus propios pensamientos en vela pero temiendo más las pesadillas del sueño, llevaba la luz al dormitorio del niño y se agazapaba junto a la cuna durante una hora o más, la vista fija en la cara del dormido que, con su paz, apaciguaba la inquietud de ella.

Aunque estaba segura de que no se despertaría, hizo girar el tirador de la puerta tan cuidadosamente como si creyera que podía explotar. La vela que ardía uniformemente en la palmatoria se volvió innecesaria; la luz lunar, entrando a raudales por las ventanas sin cortinajes, extinguía la amarillenta claridad de la llama. William, enfundado en su desaliñado pijama, estaba como siempre tendido de espaldas, con ambos brazos alzados por encima de la cabeza. Tenía la cabeza caída hacia un lado, y el delgado cuello, tan tenso y tan quieto que le veía latir el pulso, parecía demasiado frágil para sostener el peso de la testa. Sus labios estaban ligeramente entreabiertos, y ella no podía ver ni oír el leve susurro del aliento. Mientras lo contemplaba, él abrió de pronto unos ojos sin visión, los puso en blanco y, con un suspiro, los cerró de nuevo y volvió a sumirse en su pequeña apariencia de muerte.

Ella ajustó suavemente la puerta al salir y regresó a su propio cuarto, inmediatamente contiguo. Arrancando el edredón de la cama, se envolvió los hombros con él y volvió a cruzar el rellano hacia la parte superior de la escalera. El pasamano de roble profusamente tachonado se curvaba hacia las tinieblas del vestíbulo, donde el acompasado tictac del reloj del abuelo resonaba de forma tan antinaturalmente fuerte y ominosa como una bomba de tiempo. Hasta su olfato llegó el olor de la casa, agrio como el de un termo cuyo contenido se ha vuelto rancio, impregnado de los tristes efluvios de pesadas cenas clericales. Dejando la palmatoria junto a la pared, se sentó en el último peldaño, se arrebujó en el edredón y escrutó la oscuridad. Bajo sus desnudas plantas, la alfombra de la escalera era rasposa. La señora Willard no le pasaba nunca la aspiradora, aduciendo que su corazón no soportaría el esfuerzo de arrastrar el aparato de escalón en escalón, y su padre jamás parecía advertir el desaseo o la suciedad de su casa. Después de todo, pasaba muy poco tiempo en ella. Rígidamente sentada en la oscuridad, la chica pensó en su padre. Quizás hubiera llegado ya a la escena del crimen. Dependía de lo lejos que estuviera: si se hallaba en el mismo límite de su zona, quizá no pudiera volver hasta la hora del almuerzo.

Pero su esperanza era que regresara antes del desayuno para que la encontrase allí, solitaria y agotada, acurrucada al final de la escalera en espera de su llegada, atemorizada por el hecho de haberse quedado sola. Él guardaría silenciosamente el automóvil, dejando el garaje abierto para que no la despertara el golpe de la puerta, y entraría a hurtadillas como un ratero por la puerta de atrás. Ella oiría correr el agua en el cuarto de baño de la planta baja, sus pisadas sobre el teselado suelo del vestíbulo. Después, él alzaría la mirada y la vería. Se precipitaría escaleras arriba, desgarrado entre el ansia que sentiría por ella y el miedo a despertar a la señora Willard, con el rostro repentinamente envejecido por el cansancio y la preocupación cuando rodeara sus temblorosos hombros con los brazos.

—¡Nell, cariño! ¿Cuánto rato llevas aquí? Tendrías que estar aún en la cama. Vas a enfriarte. Venga, chica, ya no debes tener miedo de nada. Ya he vuelto. Mira, te acompaño otra vez a la cama y tú procuras dormir un poco más. Yo me ocuparé del desayuno. ¿Qué tal si te lo subo en una bandeja dentro de media hora, más o menos? ¿Te gustaría?

Y la conduciría de vuelta a su habitación, lisonjeándola, tranquilizándola con sus murmullos, intentando fingir que no tenía miedo: miedo de que ella comenzara a llorar por su madre; miedo de que apareciera la señora Willard, toda reproches y lamentaciones, y se quejara de que no la dejaban dormir; miedo de que la pequeña y precaria familia acabara desmoronándose y lo separaran de William. Era a William a quien quería, no soportaría perder a William. Y únicamente podría conservar a William y evitar que el tribunal concediera la custodia a mamá si ella estaba en casa y le ayudaba a cuidar a su hermano.

Pensó en el día que iba a comenzar. Era miércoles, un día gris. No uno de los días negros, en los que no veía en absoluto a su padre, pero tampoco un día amarillo como el domingo, cuando, si no era requerido, podía pasar casi todo el tiempo en casa. Por la mañana, inmediatamente después de desayunar, iría al depósito judicial de cadáveres a realizar la necropsia. Habría también otras autopsias por hacer: los que habían muerto en el hospital, los viejos, los suicidas, las víctimas de accidente. Pero el cuerpo que probablemente estaba examinando en aquellos momentos sería el primero en pasar por la mesa de las autopsias. El asesinato tiene prioridad. ¿No era eso lo que decían siempre en el laboratorio? Se preguntó distraídamente, sin verdadera curiosidad, qué debía de estar haciendo su padre en ese mismo instante con aquel cadáver desconocido, joven o anciano, hombre o mujer. Le hiciera lo que le hiciese, el cuerpo no lo sentiría, no se daría cuenta. Los muertos ya no tenían nada que temer, y no había nada que temer de ellos. Eran los vivos quienes tenían el poder de hacer daño. Y de pronto se movieron dos sombras en la oscuridad del vestíbulo, y oyó la voz de su madre, estridente, pavorosamente extraña, una voz tensa, quebrada y desconocida.

—¡Siempre tu trabajo! ¡Tu asqueroso trabajo! Y, Dios me valga, no es raro que sepas hacerlo bien. Te falta valentía para ser un verdadero médico. Hiciste un diagnóstico equivocado cuando empezabas y ahí se acabó todo, ¿verdad? No podías soportar la responsabilidad de los cuerpos vivos, de la sangre que fluye, de los nervios que realmente sienten. Tú sólo sirves para chapucear con los muertos. Te gusta, ¿verdad?, que te den este trato... Las llamadas telefónicas a cualquier hora del día o de la noche, la escolta policial... No te importa tenerme enterrada viva en estos asquerosos marjales, con tus hijos. Ya ni siquiera nos vemos. Te interesarías más por mí si estuviera muerta y tendida sobre tu losa. Así al menos te verías obligado a prestarme alguna atención.

Contestó el bajo murmullo defensivo de la voz de su padre, desalentado, abyecto. Ella había estado escuchando en la oscuridad y había deseado gritarle:

—¡No le contestes así! ¡No estés tan hundido! ¿Es que no ves que así sólo consigues que te desprecie más aún?

Las palabras le habían llegado fragmentadas, apenas audibles:

—Es mi trabajo. Es lo que sé hacer mejor. Es lo único que sé hacer. —Y luego, con mayor claridad—: Es lo que nos da de comer.

—A mí, no. Ya no más.

Y luego el violento portazo.

El recuerdo fue tan vívido que por un instante llegó a creer que oía el eco de aquel portazo. Se incorporó, tambaleante, y, envolviéndose en el edredón, abrió la boca para llamarlos. Pero entonces vio que el vestíbulo estaba vacío. En él no había nada más que la débil imagen del vidrio coloreado de la puerta delantera por donde se filtraba la luz de la luna, el tictac del reloj, el bulto de las chaquetas colgadas del perchero. Volvió a sentarse sobre el escalón.

Y entonces se acordó. Tenía que hacer una cosa. Metiendo la mano en el bolsillo de la bata, sintió el frío y escurridizo tacto de la plastilina que había utilizado para modelar una figura del doctor Lorrimer. La extrajo cuidadosamente por entre los pliegues del edredón y la sostuvo ante la llama de la vela. La figura estaba un poco deformada, y el rostro cubierto de borrilla de la bata, pero aún seguía entera. Enderezó sus largas extremidades e hizo presión sobre las hebras de algodón negro que había utilizado como cabello para hundirlas más firmemente en la cabeza. La bata blanca, cortada de un pañuelo viejo, le parecía lo más conseguido. Lástima que no hubiera podido utilizar uno de los pañuelos del doctor o un mechón de su propio pelo. La figurita representaba algo más que el doctor Lorrimer, que no había sido amable con ella y con William, que prácticamente los había echado de su laboratorio. Representaba todo el Laboratorio Hoggatt.

Y ahora, a matarlo. Golpeó suavemente la cabeza de la figura contra el pasamano, pero la plastilina solamente se aplastó y la cabeza perdió su identidad. Volvió a darle forma con dedos cuidadosos y la acercó a la llama. Pero el olor era muy desagradable y tenía miedo de prenderle fuego al blanco lino. Hundió profundamente la uña de su meñique por detrás de la oreja izquierda de la figurita. Fue un corte limpio, directamente a través del cerebro. Eso estaba mejor. Satisfecha, emitió un suspiro. Sujetando la criatura muerta en la palma de su mano derecha, aplastó la plastilina rosada, la bata blanca y el cabello de algodón hasta formar una masa amorfa. Luego, arropándose bien con el edredón, se quedó sentada y esperó a que amaneciera.

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El coche, un Morris Minor de color verde, había sido empujado por el borde de una depresión poco profunda en el páramo, y había rodado dando tumbos por la pendiente hasta detenerse en un llano herboso a unos tres metros de la cresta, como un animal torpe que fuera a esconderse en su madriguera. Debía de hacer años que estaba allí, abandonado a los saqueadores, convertido en juguete ilícito para los niños de la vecindad o en bienvenido refugio para algún vagabundo ocasional como el alcohólico de setenta años que había tropezado con el cadáver. Las dos ruedas delanteras habían desaparecido, y las oxidadas ruedas traseras, con sus neumáticos medio podridos, estaban firmemente empotradas en la gredosa tierra; la pintura estaba llena de rayas y desconchados; el interior, despojado de instrumentos y volante. Dos lámparas de arco montadas sobre sendos pies, una de ellas enfocada hacia abajo desde la parte superior de la cuesta y la otra precariamente plantada en un margen del llano, alumbraban su cruda decrepitud. Tan brillantemente iluminado, pensó Kerrison, el coche parecía una grotesca y pretenciosa escultura moderna, simbólicamente suspendida en el borde del caos. El asiento posterior, cuyo relleno sobresalía por los desgarrones del plástico, había sido arrancado de su sitio y echado a un lado.

El cuerpo de la joven descansaba sobre el asiento delantero. Sus piernas permanecían decorosamente unidas, los vidriosos ojos estaban pícaramente entornados y la boca, desprovista de pintura, se había fijado en una mueca acentuada en las comisuras por dos hilillos de sangre. Eso le daba a la cara, que debió haber sido bonita o, cuando menos, infantilmente vulnerable, la expresión vacua de un payaso adulto. El fino vestido, sin duda demasiado fino para una noche de principios de noviembre, estaba arremangado hasta la cintura. Llevaba medias, y las pinzas de las ligas se incrustaban en los rollizos y blancos muslos.

Acercándose al cadáver bajo los atentos ojos de Lorrimer y Doyle, pensó, como a menudo solía hacer en situaciones semejantes, que aquello parecía irreal, una anomalía, algo tan absurda y singularmente fuera de lugar que tenía que hacer un esfuerzo para no echarse a reír. Esta sensación no era tan intensa cuando la descomposición del cadáver estaba ya avanzada. Entonces era como si la carne putrefacta e infestada de gusanos, o los restos de ropa apelmazada, se hubieran convertido ya en parte de la tierra que a ellos se adhería y los cubría, nada más anormal ni horripilante que un montón de estiércol o un remolino de hojas muertas en el viento. Pero allí, con las líneas y los colores intensificados por el fulgor de las lámparas, el cadáver, exteriormente aún tan humano, parecía una parodia absurda, y la piel de las pálidas mejillas tan artificial como el plástico manchado sobre el que reposaba. Resultaba increíble que ya cualquier ayuda estuviera de más. Como siempre, tuvo que reprimir el impulso de aplicar su boca a la del cadáver y practicarle la respiración artificial, de hundirle una aguja en el aún caliente corazón.

Le había sorprendido encontrar allí a Maxim Howarth, el recién nombrado director del Laboratorio Forense, hasta que recordó que Howarth había dicho algo acerca de intervenir directamente en el siguiente caso de asesinato, y supuso que esperaba que él le instruyera. Retirando la cabeza de la abierta portezuela, observó:

—Estrangulación manual, casi con toda certeza. La ligera hemorragia que se advierte en la boca proviene de la lengua, que ha quedado atrapada entre los dientes. La estrangulación manual es invariablemente homicida. Es imposible que se lo haya hecho ella misma.

La voz de Howarth sonó cuidadosamente controlada:

—Habría esperado ver más hematomas en el cuello.

—Es lo más normal, desde luego. Los tejidos siempre quedan dañados, aunque la extensión de la superficie magullada depende de la posición del atacante y de la víctima, de la forma en que se sujeta el cuello y también de la presión que se aplica. Creo que encontraremos profundas magulladuras internas, pero es posible tenerlas sin muchos signos externos. Es lo que ocurre cuando el asesino ha mantenido la presión hasta después de la muerte; los vasos sanguíneos se vacían y el corazón deja de latir antes de que retire sus manos. La muerte sobreviene por asfixia, y es de esperar que aparezcan los signos correspondientes. Aquí, lo más interesante es el espasmo cadavérico. Fíjese que está aferrando el asa de bambú de su bolso. Los músculos están absolutamente rígidos, prueba de que el apretón se produjo en el momento de la muerte, o muy cerca de él. Nunca había observado espasmo cadavérico en un caso de estrangulación manual, y es interesante. Debe de haber muerto con extraordinaria rapidez. Pero ya se hará una idea más clara de lo que ocurrió exactamente cuando asista a la autopsia.

Por supuesto, pensó Howarth, la autopsia. Se preguntó cuánta prisa se daría Kerrison en comenzar ese trabajo. No temía que le traicionaran los nervios, solamente el estómago, pero se arrepintió de haber dicho que asistiría. No existía intimidad para los muertos; a lo más que uno podía aspirar era a cierta reverencia. En aquellos instantes se le antojaba monstruoso que al día siguiente él, un extraño, pudiera contemplar sin reproche la desnudez de la víctima. Pero, por el momento, ya había visto suficiente. Podía retirarse a un lado sin desdoro. Subiéndose el cuello de la Burberry para protegerse del helado aire de la madrugada, subió por el talud hasta el borde de la depresión y se quedó mirando el coche. Así debía ser la filmación de una película: el escenario brillantemente iluminado, el aburrimiento de esperar la llegada de los actores principales, los breves momentos de actividad, toda la atención concentrada en los menores detalles. El cuerpo muy bien habría podido ser el de una actriz simulando la muerte. Casi esperaba ver a uno de los policías precipitarse hacia ella para recomponerle el peinado.

La noche casi había terminado. A su espalda ya apuntaba la aurora por el horizonte oriental, y el páramo, hasta entonces un informe vacío de oscuridad sobre la tierra apelmazada, comenzaba a asumir una identidad y una forma. Hacia el oeste vio siluetas de casas, probablemente edificadas por el municipio; una pulcra hilera de tejados idénticos y cuadradas láminas de oscuridad sembradas de regulares recuadros amarillos cuando los madrugadores encendían sus luces. El pedregoso y plateado camino sobre el que se había bamboleado su coche, ajeno como un paisaje lunar bajo la luz de los faros, tomaba forma y dirección, se volvía ordinario. Desaparecía todo el misterio. El lugar, cubierto de maleza y salpicado de desechos, era un descampado entre los dos extremos de la población, bordeado por unos cuantos árboles junto a una zanja. Supo con certeza que la zanja estaría desagradablemente húmeda y llena de ortigas y que olería mal por las basuras en descomposición, que los árboles habrían sido dañados por los vándalos, grabando sus iniciales en el tronco y arrancando las ramas bajas. Aquello era una tierra de nadie urbana, un condigno territorio para el asesinato.

Acudir allí había sido una equivocación, desde luego; habría debido darse cuenta de que el papel de mirón es siempre innoble. Pocas cosas resultaban más desmoralizadoras que quedarse parado como un inepto mientras otros hombres ponían de manifiesto su competencia profesional. Kerrison, aquel perito en muertes, que literalmente olfateaba el cadáver; los fotógrafos, taciturnos y concentrados en la iluminación y los ángulos; el inspector Doyle, que por fin se veía al frente de un caso de asesinato, empresario de la muerte, tenso por el esfuerzo de contener una excitación como la de un niño en Navidad, regocijándose maliciosamente con su juguete nuevo. Mientras esperaban la llegada de Kerrison, Doyle incluso había reído en una ocasión, una espontánea risotada que había llenado toda la depresión. ¿Y Lorrimer? Antes de tocar el cadáver, se había santiguado rápidamente. Fue un gesto tan breve y tan preciso que a Howarth fácilmente habría podido pasarle desapercibido, salvo que nada de lo que hacía Lorrimer le pasaba desapercibido. Los demás no habían dado muestras de sorprenderse ante aquella excentricidad. Tal vez estaban acostumbrados a ella. Domenica no le había dicho que Lorrimer fuese religioso. Aunque lo cierto era que su hermana no le había dicho nada de su amante: ni siquiera le había dicho que sus relaciones habían terminado ya. Pero para saber eso le había bastado con ver la cara que ponía Lorrimer durante el mes anterior. La cara de Lorrimer, las manos de Lorrimer... Era curioso que no se hubiera fijado antes en lo largos que eran sus dedos o en la evidente suavidad con que aplicaba la cinta adhesiva sobre las bolsas de plástico que envolvían las manos de la chica, para resguardar, como explicó con voz monótona, consciente de su papel de instructor, cualquier evidencia que pudiera encontrarse bajo las uñas. Había tomado una muestra de sangre del flácido y regordete brazo, buscando la vena con tanto cuidado como si ella aún pudiera retroceder ante el pinchazo de la aguja.

Las manos de Lorrimer. Howarth expulsó de su mente las atormentadoras y brutalmente explícitas imágenes. Nunca antes había sentido resentimiento contra los amantes de su hermana. Ni siquiera había estado celoso de su difunto marido. Había considerado perfectamente razonable que algún día deseara casarse, del mismo modo en que, en un ataque de aburrimiento o de pasión adquisitiva, podía tomar la decisión de comprarse un abrigo de pieles o una nueva pieza de joyería. Incluso había llegado a gustarle Charles Schofield. ¿Por qué, pues, la idea de Lorrimer en la cama de su hermana le había resultado intolerable ya desde el primer momento? Aunque, por lo menos, no había podido estar nunca en la cama de ella, no en Leamings. Se preguntó una vez más dónde se las ingeniaban para encontrarse, cómo se las había arreglado Domenica para tomar un amante nuevo sin que se enterase todo el laboratorio y todo el pueblo. ¿Cómo podían reunirse, y dónde?

La cosa había comenzado, desde luego, en aquella desastrosa cena de doce meses antes. En aquel momento les había parecido natural y correcto celebrar su ascenso a director invitando al personal más antiguo a una pequeña cena privada en su propia casa. Recordaba que habían tomado melón, seguido de boeuf stroganoff y una ensalada. Domenica y él apreciaban la buena comida, y a veces ella disfrutaba preparándola. Les había servido el clarete de 1961 porque era el vino que a Dom y a él les apetecía beber, y jamás se le hubiera ocurrido ofrecer algo inferior a sus invitados. Dom y él se habían cambiado porque era su costumbre. Les divertía cenar con cierta elegancia, separando así formalmente la jornada laboral de sus veladas en común. No era culpa de ellos que Bill Morgan, el examinador de vehículos, hubiera elegido acudir con una camisa de cuello abierto y pantalones de pana; ni a Dom ni a él les importaba en lo más mínimo que sus invitados vistieran de una u otra forma. Si Bill Morgan se sentía embarazado por estas triviales ceremonias del gusto, debería aprender a cambiarse de ropa o a cultivar una mayor confianza social en sus excentricidades indumentarias.

A Howarth en ningún momento se le había ocurrido pensar que los seis expertos incómodamente sentados en torno a su mesa bajo la luz de las velas, inmunes incluso a los efectos molificantes del vino, verían aquella situación como una elaborada charada gastronómica destinada a demostrarles su superioridad social e intelectual. Por lo menos Paul Middlemass, funcionario científico principal y examinador de documentos, había apreciado el vino, llevando la botella hacia su lado de la mesa y volviendo a llenar su vaso, mientras contemplaba a su anfitrión con perezosa e irónica mirada. ¿Y Lorrimer? Lorrimer no había comido prácticamente nada y aún había bebido menos, apartando su copa casi malhumoradamente y fijando sus grandes y llameantes ojos en Domenica como si nunca antes hubiera visto una mujer. Y ése, sin duda, había sido el comienzo. Cómo había continuado, cuándo y cómo habían seguido viéndose, cómo había terminado, eran cosas que Domenica no le había confiado.

La cena había sido un fracaso personal y público. Pero, se preguntó, ¿qué esperaban los expertos de mayor antigüedad? ¿Una velada a base de tragos en la cómoda intimidad del Moonraker? ¿Una celebración general en el ayuntamiento para todo el personal del laboratorio, incluyendo a la encargada de la limpieza, la señora Bidwell, y al viejo Scobie, el bedel del laboratorio? ¿«Venga jaleo, madre Brown» en la barra del pub? Quizá consideraban que el primer gesto debía venir de su lado. Pero eso equivalía a admitir que había dos lados. La sofistería convencional afirmaba que el laboratorio funcionaba como un equipo unido por un propósito común, con las riendas suave pero firmemente sujetas por las manos del director. Eso había dado buenos resultados en Bruche, pero allí dirigía un laboratorio de investigación bajo una sola disciplina. ¿Cómo se podía dirigir un equipo cuando el personal practicaba media docena de disciplinas científicas diferentes, utilizaba sus propios métodos, corría con la responsabilidad de sus propios resultados y, en último término, acudía en solitario a justificarlos y defenderlos en el único lugar en que se podía juzgar adecuadamente la calidad del trabajo de un científico forense, el estrado de los testigos ante un tribunal? Era uno de los lugares más solitarios de la tierra, y él nunca había estado allí.

Sabía que el viejo doctor Mac, su antecesor, solía encargarse de algún que otro caso «para no perder la costumbre», como decía él, corriendo hacia la escena del crimen como un viejo sabueso que olfatea con satisfacción pistas medio olvidadas, efectuando personalmente los análisis y, finalmente, presentándose en el estrado de los testigos como un profeta resucitado del Antiguo Testamento, para ser saludado por el juez con secos cumplidos judiciales y ruidosamente acogido por los abogados en el bar como un viejo e impenitente compañero de copas, mucho tiempo añorado, que les hubiera sido felizmente restituido. Pero éste jamás sería su estilo. Le habían nombrado para que dirigiera el laboratorio, y lo dirigiría a su manera. Morbosamente introspectivo bajo la fría claridad del alba, se preguntó si su decisión de seguir un caso de asesinato desde la llamada a la escena del crimen hasta el momento del juicio se debía verdaderamente al deseo de aprender o sólo a un pusilánime deseo de impresionar o, peor aún, de congraciarse con su personal, de demostrarles que sabía valorar sus conocimientos, que quería ser un miembro más del equipo. De ser así, se trataba de un error de juicio, otro más que añadir a la triste aritmética del fracaso desde que había aceptado el nuevo trabajo.

Parecía que estuvieran a punto de acabar. Habían desprendido el bolso de entre los rígidos dedos de la joven y las enguantadas manos de Doyle estaban esparciendo su menguado contenido sobre una lámina de plástico extendida sobre la capota del automóvil. Howarth a duras penas alcanzaba a distinguir la forma de lo que le pareció un pequeño monedero, un pintalabios, una hoja de papel plegada. Seguramente una carta de amor, pobre desdichada. ¿Habría Lorrimer escrito cartas a Domenica? Siempre era el primero en acudir a la puerta cuando llegaba el correo, y por lo general era él quien entregaba sus cartas a su hermana. Quizá Lorrimer estuviera enterado de ello. Pero tenía que haberle escrito. Tenían que citarse. Resultaba difícil creer que Lorrimer se hubiera arriesgado a telefonear desde el laboratorio o desde su casa por las noches, cuando era probable que él, Howarth, atendiera la llamada.

Estaban comenzando a retirar el cuerpo. La furgoneta de la funeraria se había acercado al borde de la depresión y estaban colocando la camilla en su lugar. Los policías sacaban unas mamparas de lona de su propia furgoneta, disponiéndose a cercar la escena del crimen. No tardaría en congregarse el pequeño grupo de espectadores, los niños curiosos ahuyentados por los adultos, los fotógrafos de la prensa... Vio que Lorrimer y Kerrison se habían apartado un poco de los demás y estaban conversando, vueltos de espaldas, muy juntas sus oscuras cabezas. Doyle cerraba su libreta y supervisaba la recogida del cuerpo como si éste fuese una prueba crucial y temiera que alguien pudiera romperlo. La claridad se intensificaba.

Esperó mientras Kerrison subía a su lado y juntos anduvieron hacia los coches aparcados. El pie de Howarth golpeó una lata de cerveza. Salió despedida, rebotando ruidosamente a través del camino, y chocó contra lo que parecía ser el desvencijado armazón de un pequeño bote de fondo plano, con un estampido como el de un tiro de pistola. El ruido le provocó un sobresalto. Con aire irritable, comentó:

—¡Qué lugar para morir! ¿Dónde diablos estamos exactamente? Al venir, he ido siguiendo a los coches de la policía.

—Le llaman el campo de tajón. Se trata del nombre local de esa especie de creta blanda que vienen extrayendo de aquí desde la Edad Media. En las cercanías no se encuentra ninguna clase de piedra dura para la construcción, de modo que utilizaban el tajón para la mayoría de las viviendas e incluso en los interiores de algunas iglesias. La capilla de Nuestra Señora que hay en Ely es un buen ejemplo. Casi todos los pueblos tenían sus pozos de tajón. Ahora están llenos de plantas. En primavera y verano, algunos de ellos resultan incluso bastante bonitos, como pequeños oasis de flores silvestres.

Le dio la información con voz inexpresiva, como un guía cumplidor repitiendo mecánicamente la perorata oficial. De pronto, pareció tambalearse y se sujetó a la portezuela de su coche. Howarth se preguntó si estaría enfermo o si aquello se debía a un excesivo cansancio. El patólogo volvió a enderezarse de inmediato y, tratando de mostrarse enérgico, añadió:

—Haré la autopsia en el San Lucas, mañana a las nueve de la mañana. El conserje del vestíbulo ya le indicará dónde. Le dejaré un mensaje.

Se despidió con una inclinación de cabeza, esbozó una sonrisa forzada, se acomodó en el automóvil y cerró de un golpe la portezuela. El Rover comenzó a bambolearse lentamente hacia la carretera.

Howarth advirtió que Doyle y Lorrimer estaban a su lado. La excitación de Doyle era casi palpable. Se volvió para mirar hacia la distante hilera de casas, al otro lado del campo de tajón, cuyas paredes de ladrillo amarillo con humildes ventanas cuadradas resultaban ya claramente visibles.

—Está allí, en alguna parte. Probablemente en la cama. Es decir, si no vive solo. No sería conveniente estar levantado y en movimiento a una hora demasiado temprana, ¿verdad? No, estará tendido allí, preguntándose cómo puede actuar con normalidad, esperando el automóvil anónimo, la llamada a la puerta. Si vive solo, desde luego, la cosa cambia. Estará yendo de un lado a otro en la penumbra, preguntándose si no tendría que quemar su traje, rasparse el barro de los zapatos. Pero no podrá eliminarlo todo. Siempre quedarán indicios. Y no tendrá una caldera lo bastante grande para el traje. Y aunque la tuviera, ¿qué nos dirá cuando se lo pidamos? Conque es posible que no esté haciendo nada. Estará tendido allí, esperando. No estará dormido. No durmió anoche. Y se pasará bastante tiempo sin dormir.

Howarth se sintió ligeramente mareado. Había tomado una cena temprana y frugal, y se daba cuenta de que tenía hambre. La sensación de náusea resultaba peculiarmente desagradable con el estómago vacío. Dominó su voz, sin expresar otra cosa que un interés casual:

—Entonces, ¿le parece que se trata de un caso relativamente sencillo?

—El asesinato doméstico casi siempre lo es. Y me imagino que se trata de un asesinato doméstico. Chica casada, un resguardo de entrada del Baile de los Solteros local, una carta en el bolso con amenazas si no deja en paz a otro tipo. Un extraño no conocería este lugar. Y, aunque lo conociera, ella no habría venido aquí con él. A juzgar por cómo la hemos encontrado, parece que estuvieron cómodamente sentados un rato antes de que él le echara las manos al cuello. Se trata de saber si salieron los dos juntos de casa o si él salió antes y la estaba esperando.

—¿Sabe ya quién es?

—Todavía no. No hay ninguna agenda en el bolso; las de esa clase no llevan jamás agendas. Pero lo sabré en media hora.

Se volvió hacia Lorrimer.

—Calculo que las pruebas llegarán al laboratorio sobre las nueve o así. ¿Le dará prioridad a este caso?

La voz de Lorrimer fue áspera:

—El asesinato siempre tiene prioridad. Ya lo sabe.

El exultante y complacido bramido de Doyle le alteró los nervios a Howarth:

—¡Gracias a Dios que algo la tiene! El caso Gutteridge se lo están tomando con mucha calma. Ayer estuve en el departamento de biología y Bradley me dijo que el informe aún no estaba listo; estaba ocupado con un caso para la defensa. Todos conocemos la estupenda ficción de que el Laboratorio es independiente de la policía, y en general me complace seguir el juego. Pero el viejo Hoggatt fundó el lugar como un laboratorio de la policía y, a fin de cuentas, eso es lo que sigue siendo. Conque, hágame un favor: no se duerma con este caso. Quiero cazar al palomo, y deprisa.

Se balanceaba suavemente sobre los talones, con el rostro sonriente alzado hacia el amanecer como un sabueso feliz olfateando el aire, eufórico por la excitación de la caza. Parecía extraño, pensó Howarth, que no hubiera percibido la fría amenaza de la voz de Lorrimer.

—El Laboratorio Hoggatt realiza ocasionalmente análisis para la defensa, si así nos lo solicitan y si las pruebas son empaquetadas y entregadas de la forma estipulada. Tal es la política del departamento. Todavía no somos un laboratorio de la policía, por más que tengan ustedes la costumbre de entrar y salir como si se tratara de su propia cocina. Y soy yo quien decide las prioridades en mi laboratorio. Recibirá su informe en cuanto esté listo. Entre tanto, si desea hacer alguna pregunta, diríjase a mí y no a mi personal subalterno. Y no vuelva a entrar en mi laboratorio sin haber sido invitado.

Sin esperar respuesta, echó a andar hacia su automóvil. Doyle le siguió con la vista, sumido en una especie de airado desconcierto.

—¡Me cago en...! ¡Su laboratorio! ¿Qué bicho le ha picado? Últimamente está tan quisquilloso como una perra en celo. Si no se controla, acabará en el sofá de un comecocos o encerrado en un manicomio.

Howarth replicó fríamente:

—Tiene toda la razón, desde luego. Cualquier pregunta sobre el trabajo debe ir dirigida a él, no a un miembro de su personal. Y lo normal es pedir permiso antes de entrar en un laboratorio.

La repulsa hizo mella. Doyle frunció el ceño. Sus facciones se endurecieron. Howarth tuvo un desconcertante vislumbre de la apenas controlada agresividad que se ocultaba bajo su máscara de despreocupado buen humor.

—El viejo doctor Mac siempre recibió bien a la policía en su laboratorio —dijo Doyle—. Tenía la extraña idea, ya ve usted, de que ayudar a la policía era la razón de todo. Pero, si no nos quieren, hablen ustedes con el jefe. Ya dará él sus instrucciones.

Giró sobre sus talones y se alejó hacia su coche sin esperar respuesta. Howarth pensó: «¡Maldito Lorrimer! Todo lo que él toca se me tuerce.» Sintió un espasmo de odio tan intenso, tan físico, que le hizo basquear. ¡Si pudiera ver el cuerpo de Lorrimer tendido en el fondo del pozo de tajón! ¡Si fuera su cadáver el que depositaran al día siguiente sobre la porcelana de la mesa para las autopsias, entregándolo a la evisceración ritual! Howarth sabía bien qué le pasaba. El diagnóstico era tan sencillo como humillante: esa espontá

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