Sangre negra

Paula Carrasco

Fragmento

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Mateo:

No sé qué decirte, irrumpes en mi vida después de veinte años porque necesitas comprender lo que ocurrió. Quieres saber cuáles fueron sus últimas palabras, qué la arrastró al abismo, por qué no la detuve, qué hacía yo en su casa esa madrugada antes de correr a perderme entre el humo y la niebla. Tu aparición me penetra como un puñal.

¿Qué buscas? ¿Un testimonio, una confesión?

Deseas que desentierre un momento que nunca terminó, como si fuera posible ubicarlo en una línea de tiempo.

Me dices que escriba lo que venga, lo que se levante en mi memoria. Que me vacíe. Como si eso pudiese liberarte de las sombras. Demandas que nombre lo que tu propia boca no quiere decir.

¿Con qué derecho me asaltas y me empujas a abrir la herida? Tus preguntas parecen una acusación que me sacude como un ramalazo eléctrico. Yo también vivo perdida, Mateo. Casi todo se me extravió, excepto el vacío oscuro, infinito, por el que voy cayendo.

He pensado en callar, permanecer inmóvil, volver a olvidar. Sin embargo, sé que tú también la amabas. Repaso tus líneas, pero cada vez que me dispongo a escribir se desatan mis pulsaciones, el sudor en las manos. La rabia y el terror.

No sé qué decirte, ni por dónde empezar. He vuelto a soñar con el dragón que me devora. Precipitaste un derrame, ya no consigo distinguir entre la fantasía y los recuerdos que se descuelgan todos a la vez en un desbordamiento caótico: sus ojos, su belleza, su risa contagiosa, su magnetismo, el silencio que la paralizaba. Los niños, la laguna, la inmensidad devastadora del fuego.

Han pasado veinte años, pero mi tiempo está detenido. Los pocos recuerdos que conservo solo aparecen en mis sueños. Tus palabras rompieron la membrana que separa lo onírico de lo real. ¿Qué hago ahora con todo esto?

Se habló largo tiempo del «accidente» de la casa de los Quinlan. Los vecinos insistieron en la desgracia, el destino, un descuido mortal. Se explicaron entre ellos el infortunio, se convencieron. Solo tú y yo sabíamos que había algo más, pero decidimos callar cada uno a su manera.

Mis voces se superponen atropellándose. Dame tiempo. Tú sabes que lo haré, nunca pude con las deudas y algo terrible me estás cobrando.

Carla

Llevo tres horas conduciendo y de repente me encuentro mal. Todavía quedan cien kilómetros para llegar al muelle y tomar la barcaza que me acercará a Los Pangues. Siento náuseas y palpitaciones. Tengo que detenerme y bajar del auto. Me tumbo en la berma, boca arriba, y cierro los ojos. No he desayunado y conducir desde las tres y media de la madrugada, que en mis noches es el período de los sueños vívidos, puede haberme afectado. Han transcurrido tres horas para pensar, repasar visiones, dejarme llevar por el ensueño. Abro los ojos y veo las copas de los árboles girando, rojos, contra un cielo aún oscuro. Intento respirar hondo y pausado para aquietar mi corazón. Me incorporo despacio, tomo un sorbo del café, ya frío, que llevo en el auto. Retomo la ruta. La barcaza zarpa a las ocho y solo sale cada tres días. Debo llegar. Es ahora, esto no lo volveré a hacer, me digo. Inhalo profundo un par de veces más y continúo mi camino. Intento estar alerta. Pero la hora y la penumbra arrastran mi conciencia al pasado. Los Pangues, Kuyen, el silencio pétreo de la cordillera. Me dirijo hacia un lugar que parece existir solo en mi imaginación. El choque entre el sueño y la realidad a la que me aproximo me estremece. Miro mi celular, voy casi sobre la hora. Reparo en la fecha de hoy: 3 de marzo. Es el mismo día en que todo comenzó. Siento que mi alma se desprende de mi cuerpo, flota y observa desde arriba todo aquello que está guardado en el rincón más oscuro de la memoria.

Un martes 3 de marzo el profesor Coloane abrió la puerta de la sala de clases con actitud ceremoniosa. Junto a él venía una chica, era la más hermosa criatura que habían visto. De inmediato la atmósfera del salón cambió. El impacto que produjo su belleza los dejó a todos en silencio. Carla sintió su respiración entrecortada. La observó con cuidado, como se examina a un raro insecto de colección. Sus ojos eran de un celeste clarísimo, su tez mate realzaba su transparencia. Daban la impresión de que, si te aproximabas lo suficiente, podías asomarte a su interior. Poseía una figura perfecta, cabello oscuro y brillante, piernas largas y una cintura que revelaba el desarrollo rápido y armónico de su cuerpo. Se movía por el espacio como si este se abriera solo para ella. Sonrió con soltura. Ese gesto la alumbró aún más. Carla se sintió cohibida y, a la vez, deseó conocerla.

Eran los primeros días de clases, los estudiantes venían llegando de las largas vacaciones de verano. Tenían trece años y sus cuerpos cambiaban acelerados. Los jóvenes se apropiaban del mundo, lo iluminaban con sus miradas anhelantes, buscaban los primeros intercambios: el contacto de los ojos, la cercanía, el roce. No había límites en el deseo, todas las células se abrían, de golpe, a la nueva vida que los aguardaba. La chica precipitó la ebullición. Conocerla se les hacía urgente.

Carla también sentía ese deseo de contacto, pero lo ocultaba. Su cuerpo no había crecido como el de los demás. Tampoco traía el color del verano en su piel. Se había pasado las vacaciones en el poblado, encargándose del cuidado de la casa y leyendo por las noches, mientras su padre trabajaba en Los Pangues. Fue el primer verano a solas con él. No había ánimo para la diversión ni para el descanso. El tiempo transcurría con infinita lentitud. Sentía que, durante esos meses en los que todos florecían, ella se había estancado. Demasiado delgada, demasiado pálida, sin pechos que ostentar. Era consciente de su insignificancia, presa de la vergüenza y del hastío. Al verla, pensó que la mirada de la recién llegada podría salvarla de la persona amarga en la que se estaba transformando.

El profesor Coloane la presentó con un mal disimulado orgullo. «Ella es Nessa Quinlan, viene de Santiago y estará con nosotros este año».

La joven los observó uno a uno, sin apuro. Intuyendo su poder sobre los demás, se detuvo en Rosa, de carácter dominante y déspota. Luego tomó la palabra.

«Hola a todos. Llegué a Kuyen hace una semana. Estoy feliz de pasar este año en un lugar más pequeño. Mi antiguo colegio era demasiado grande. Vivo en la casa de piedra al pie de la Roca Madre», señaló hacia el sur. Era la casa más grande del poblado.

Carla y su papá también se habían trasladado desde Santiago hacía solo un año, poco después de la muerte de su madre.

«Nunca había oído un nombre como el tuyo, ¿lo inventaron tus padres?», preguntó Rosa con una mueca mordaz, dejando claro su lugar entre los compañeros.

«No. Nessa es el nombre de la diosa celta del fuego. El significado exacto es resplandor. Mis abuelos paternos son irlandeses, mi abuela se llamaba Nessa también» dijo la joven con afabilidad. Rosa, quizás desconcertada con aquel tono cordial, al instante cambió de actitud.

«¿Estarás solo un año?», volvió a preguntar, como para no quedarse con el amargo sabor de haber sido provocadora y no haber encontrado lienzo.

«Sí. Mi papá es químico farmacéutico. Viene a abrir la primera farmacia de Los Pangues. Será solo un año mientras prepara a alguien de la zona, luego volverá a su trabajo en Santiago. ¿Cómo te llamas?», dijo haciéndola entrar en su campo magnético.

Rosa contestó casi con timidez, «Soy Rosa».

Nessa se detuvo en ella con fijeza y dulzura. Luego trasladó sus ojos hacia Carla.

«¿Y tú?», la miró con intensidad.

«Yo soy Carla», sintió cómo subía la sangre a sus mejillas. Nessa dejó pasar un instante sin alejar su mirada, luego les sonrió a todos.

Logro llegar al muelle en el momento exacto del embarque. Casi no puedo creer que lo conseguí.

«¿Va a Troncos Viejos?», me pregunta el hombre que baja la rampa para poder subir con mi auto.

«No. Voy a Kuyen».

Lo noto sorprendido.

«Entonces usted es montañista», asevera.

«No. Solo voy de visita», digo mientras presiono el botón que sube la ventana del auto.

«Pero si allí no hay nada...», son las últimas palabras que recojo del aire. Para mí es el lugar mítico en el que experimenté el verdadero voltaje de la vida.

Zarpamos. Me gusta la sensación de alejarme de la tierra, mecida por el agua. El presente va quedando atrás, muy lejos del horizonte visible. Por el altavoz anuncian que habrá marejadas, el viaje será algo más largo de lo habitual, tomará diez horas. Dejo mi auto y subo a la cubierta, el frío me corta el aliento. Compro un café caliente y, muy abrigada, me instalo a contemplar las olas golpearse contra la embarcación. El agua salta como una lluvia subterránea y moja mi cara. Veo a las toninas nadar ágiles, acompañando la navegación. Allá, muy lejos, están los fiordos que, como las raíces de un alerce, se abren en infinitas realidades posibles. Mi camino ya está trazado. Voy a Kuyen.

Desembarcamos. En el muelle de Troncos Viejos tomo mi auto y asciendo durante una hora por la ruta sinuosa que lleva a Los Pangues. No quiero detenerme allí. Solo entro a una pequeña tienda en el centro para comprar un mate y el cuchillo necesario para abrirse paso en los lugares frondosos. Diviso la farmacia que está en la esquina y me voy. Me apuro en seguir mi viaje. Recorro la Gran Vía, el camino apenas asfaltado y de un solo carril que llega hasta Kuyen. El tramo toma una hora, no me cruzo con nadie. La soledad y el ritmo del camino imponen una lenta cadencia. El tiempo transcurre a otra velocidad, como antes. Aún estoy lejos de mí misma. Cada sensación que reconozco queda en pausa. Llego con el sol del atardecer. He vuelto. Después de veinte años, estoy de regreso.

Dejo mi auto junto al viejo coihue y sigo a pie hacia el sendero que va hasta la Roca Madre. Avanzo durante media hora, internándome en el pasado. Nada parece haber cambiado. Mi memoria vibra en una frecuencia que desconozco. Me golpea el frío metálico de la cordillera.

Llego hasta los restos del cerco que cerraba el acceso a la casa de los Quinlan, paso por la torre del campanil. Siento el peso de las moléculas de oxígeno llenando mis pulmones. Respiro con dificultad y, con el pecho oprimido, me doy de bruces contra el pasado.

Me estremezco. Ahí está lo que quedó de la casa de piedra que dejé atrás hace tanto tiempo. Recuerdo su atmósfera, piedra y madera, la humedad tibia que la transformaba en un lugar aislado del resto del mundo. El olor a velas de miel, a leña seca, a galletas recién horneadas. Las largas escaleras por las que se descolgaban los hermanos de Nessa, el redoble de sus pies infantiles y el veloz trayecto por la barandilla de madera. La alegría que desprendían en sus juegos. El saludo de Damián mientras corría por las escaleras con un frasco transparente con algún insecto adentro. Los niños se abalanzaban sobre mí para contarme lo que habían hecho.

La casa tenía los estantes llenos de libros y un sótano oscuro, misterioso. Durante mucho tiempo me pregunté qué había llevado a esa familia a quedarse en Kuyen, nuestro pequeño poblado frío y desangelado, un lugar de paso para algunos pocos montañistas atrevidos. Habitaban la vieja casa de piedra, construida por antiguos colonos alemanes en ese terreno enorme, difícil, silvestre.

Pienso en lo mucho que llegué a quererlos. Amanda y Lucas, los padres de Nessa. Los pequeños Damián, Mía y Óscar. Pienso en cuánta vida se condensó entre esas paredes, y me recorre un largo escalofrío. Es todavía un escenario devastado. No la han demolido. No hay vecinos en las cercanías. Solo está la laguna Pangal a medio kilómetro, oculta entre los coihues, los mañíos y las nalcas. Y el río Pedregoso que baja veloz por la quebrada y cuyo zumbido no se apaga nunca.

Observo las ruinas y recuerdo la mano de Nessa que tomaba la mía apenas entraba a la casa para salvarme de las voces de los niños. Tiemblo. Los arbustos están muy altos, los árboles tan frondosos que casi no dejan ver la fachada, los helechos han crecido descontrolados. De repente, en la parte posterior de mi cabeza siento la tensión de una tormenta eléctrica a punto de desencadenarse. Serénate corazón, es solo una casa.

A pesar de estar quemada, la gran puerta de roble aún se ve sólida y pesada. Está semiabierta, me deslizo por la abertura y entro. Otra vez me traicionan los pulmones. Inhalo hondo; huele a humedad y a moho. Vamos, me digo para regularme, tengo que hacerlo. Adentro hay musgo y hiedras que se han colado por las ventanas quebradas, reventadas. El piso de parqué está medio calcinado, medio podrido. La recorro con dificultad, como quien se sumerge en una sustancia fría y gelatinosa. Me traslado por los vestigios de la sala y su chimenea, miro la gran cocina destruida, el dormitorio amplio de los niños partido en dos, la pequeña habitación de Mía. No quedan muebles. Lo poco que no se quemó por completo lo carcomió el tiempo, el agua y las ratas. Parte de la escalera todavía se sostiene en su columna, espectral y blanda. Los primeros escalones están intactos, la baranda de madera sube hasta la mitad. Pero al levantar la vista se abre un espacio enorme y redondo en lo que fue el techo. Por allí se divisa un pedazo grande de cielo rodeado de unas pocas tejas grumosas que se petrificaron tras el instante de la explosión. Allá arriba los escalones están hundidos, resquebrajados, la madera de la baranda cuarteada, carbonizada, desaparecida. El dormitorio de Nessa y el de sus padres ya no existen. Solo hay ruinas, una sombra negra se ha impregnado en ellas, como si el hollín hubiese infiltrado cada átomo de las paredes. Tengo la garganta apretada y un llanto que bulle adentro de mi pecho.

Esta también fue mi casa. Me asalta la urgencia de irme y regreso corriendo al auto. Ya está oscuro, caen algunas gotas y el viento atraviesa mis oídos. Enciendo el motor, apresurada. En esa acción estoy encendiendo la vida. Siento que me ahogo. Entro al hostal con la ropa mojada. La joven que me recibe me ayuda con la chaqueta y me lleva a la habitación.

«Mañana haremos el ingreso, ¿le parece? Usted debe estar agotada con tantas horas de viaje».

«Gracias», le digo, reprimiendo el vértigo. «Por favor, no me trates de usted. Me haces sentir vieja».

Repito palabras conocidas. Domino mi intranquilidad.

«Soy Carla», le digo para ir cerrando el diálogo.

«Yo soy Dominga. Bienvenida a Kuyen», dice y me da las buenas noches.

Durante el primer mes se dedicó a observarla, deslumbrada por su soltura y su encanto. Era audaz, inteligente, poseía una memoria privilegiada. Su presencia la enfrentó a sí misma: Nessa era la revolución, ella el estancamiento. Desde la muerte de su madre Carla se sentía congelada.

«Vamos, Nessa», le pedían los chicos. «Di algo en inglés. Nos gusta tu pronunciación», no dejaban de mirarla.

«¡Claro! Aquí vamos», dijo un día. «My mother makes me chicken. Her chicken makes me cough. I wish that when she cooks it, she took the feathers off». Levantó una carcajada en el puñado de niños del curso de la pequeña escuela de Kuyen. Estaban todos contagiados de una efervescencia que desconocían, que les provocaba placer y desazón al mismo tiempo.

Carla también había sido «la nueva», pero llevaba un año intentando pasar desapercibida. Solo Rosa la observaba de vez en cuando como un animal que rastrea a su presa, a Carla le daba igual. Todos le temían a Rosa, ella no.

Había otra mirada, sin embargo, con la que se encontraba y que era como un soplo de aire fresco. Mateo, el chico más guapo del curso. Él la buscaba con sus ojos y ella sostenía sus pupilas en las suyas. Cada mañana él la saludaba desde lej

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