1
Lo habían soltado una hora antes de lo previsto y como estaba lloviendo había tenido que esperar bajo una especie de marquesina instalada en la rotonda, la entrada de la cárcel a su espalda y un campo de maíz como único paisaje, al otro lado de la carretera, y el aparcamiento, sus barreras y sus rejas y las idas y venidas de los visitantes, mujeres, niños, ancianos, el ruido sordo de las puertas. Se había asomado y había visto los muros altos que se extendían unos cuatrocientos metros y un desagradable escalofrío le había recorrido la espalda, se había sentado en el banco de madera, hundido bajo este refugio para ver lo menos posible a pesar de que llevaba todos estos años soñando con abarcar el horizonte entero sin el menor obstáculo. Había dejado su gran bolsa de viaje a sus pies, hinchada y deformada, que pesaba como un muerto por los libros que había pedido durante su detención y que se preocupaba de sacar como si fueran animales de compañía dóciles y fieles.
Le dio tiempo a fumarse tres cigarrillos mientras oía cómo el chapoteo de la lluvia cesaba y se alejaba hacia el sur con rugidos sordos de tormenta. La luz surgió con violencia, apartando las nubes de golpe, iluminando de pronto una bisutería barata sobre todas las cosas y temblando con sonidos bucales. Él parpadeaba por el deslumbramiento y contemplaba esas capas centelleantes con el asombro de un niño ante un árbol de Navidad.
Cuando vio aquel coche ralentizar la marcha y entrar lentamente en el aparcamiento, miró su reloj: llevaba más de una hora esperando y no había sentido pasar un solo minuto. El tiempo como agua que tratamos de guardar en las manos. Se escurre y se pierde. En la cárcel, sin embargo, cada cuarto de hora se pegaba a la piel, humedad asfixiante, sudor malsano. Siguió con la mirada el pequeño Renault rojo que ahora volvía a salir del aparcamiento y se detenía. Lo conducía una mujer cuyos rasgos no distinguía tras los reflejos del parabrisas. No necesitaba esa señal de las luces para saber que venía a buscarlo. Le dirigió un gesto con la mano y se levantó mientras el coche cruzaba la carretera para situarse delante.
Se agachó al mismo tiempo que bajaba la ventanilla, dijo «Hola» a un par de ojos azules muy claros, o grises. Muy claros. No vio nada más que una especie de fosforescencia diluida en la sombra del habitáculo. Ella sonreía inclinada hacia él. Menos de treinta años.
—¿Qué tal?
—Ahora mejor.
Con un amplio movimiento dibujó el cielo, los árboles amontonados a lo lejos, bordeando la carretera, los campos resecos. La luz, y el calor que empezaba a pegar otra vez. Abrió la puerta de atrás y dejó caer la bolsa encima del asiento. Se sentó junto a la joven y le dio la mano, pero ella se acercó y le plantó dos besos rápidos en las mejillas. Le gustó la frescura de sus labios en la piel. Algo lo atravesó, profundo, rápido. Despertó en él conexiones ocultas, infinitesimales, ramificaciones secretas. Era casi doloroso. Una plenitud opresiva.
—¿No ha venido Fabien?
La mujer volvió a ponerse las gafas de sol y arrancó.
—Yo soy Jessica.
—Ah, sí, perdona. Franck.
—Ya lo sé.
—Fabien me hablaba todo el tiempo de ti en sus cartas, yo…
No siguió. Era mejor así. Tal vez tendría que volver a acostumbrarse. Hablar con la gente con normalidad. Prestar atención a lo que se dice. No como con los policías, o con los otros presos, no. Solo por no herir, dejar de ir a contrapelo.
—Fabien está en España desde hace tres semanas. No pudo aplazarlo, era urgente. Ya te contaré. Y podría alargarse dos o tres semanas; con él, nunca se sabe.
—¿Qué coño hace en España?
—Negocios. Ya te lo explicaré. Si no fuera por eso habría venido él, créeme. Eres su hermanito, así es como te llama siempre: «Mi hermanito».
Encendió la radio del coche, una emisora que ponía cantantes franceses, y tarareó sus melodías sentimentales como si estuviera sola en el coche. En cuanto se metieron en la autopista, dirección Burdeos, quitó el aire acondicionado, apagó la radio y bajó la ventanilla, y el aire se precipitó dentro del coche, violento y tibio, ensordecedor. No volvió a decir nada durante un rato. Franck esperaba que le hiciera preguntas sobre la cárcel, la gran mierda que hay dentro, y se preparaba para contar lo mínimo porque nunca se dice todo lo que pasa en la cárcel. Lo que uno ha tenido que ver y vivir. Le hubiera gustado que le hablara porque le habría dado un buen motivo para girarse hacia ella y dejar de mirarla por el rabillo del ojo como estaba haciendo en ese momento.
Iba vestida con una camisa de hombre remangada por los antebrazos, demasiado grande para ella, que le llegaba por la parte superior de los muslos encima de unos viejos vaqueros cortados. Tenía las piernas morenas, le brillaba la piel, y pensó que se habría echado crema hidratante, y que él habría puesto la mano de buena gana sobre esa suavidad si no hubiera sido la mujer de Fabien, aunque le cayera un bofetón. Se montó una escena porno tan realista con esa chica sentada a pocos centímetros de él que los vaqueros empezaron a apretarle demasiado y tuvo que cambiar de posición varias veces para aliviar la presión de la entrepierna.
—¿Quieres que paremos? Allí hay una gasolinera.
Se estremeció porque una parte de él lo tomó como una invitación a prolongar la fantasía que lo asaltaba. Un desvío, la sombra de un árbol, la chica que se pasa al asiento de atrás, unas bragas que bajan, una mano que sube.
—Sí. Me parece bien.
Voz ronca. Avergonzada. Se aclaró la garganta, la boca seca.
Puso el intermitente, una sonrisilla en su preciosa boca. Irónica o burlona. O simplemente tranquila, relajada. No lo sabía. Hacía tiempo que no pensaba en la sonrisa de las mujeres. En los significados que sugieren, en los contrasentidos que provocan.
—Necesito un café y un cigarrillo —dijo ella.
Se puso las gafas de sol en el pelo para buscar una plaza de aparcamiento, entrecerrando los párpados, ligeramente inclinada hacia delante. Aparcó el coche cerca de una mesa de picnic donde estaban instalados una pareja y tres niños, todos sentados delante de platos de cartón que la madre llenaba de ensalada de tomate mientras el padre manejaba un teléfono. La mesa estaba abarrotada de sacos y bolsas, de latas de refresco, de paquetes envueltos en papel de aluminio, y los niños metían las manos en ese desorden y agarraban un trozo de pan o un vaso que le tendían a su madre para que les diera de beber.
Franck observaba al hombre indiferente a toda esa agitación que se ponía a hablar por teléfono y luego se alejaba para seguir con la conversación y no se le veía más que la espalda, la nuca doblada, los hombros que se encogían de vez en cuando y la mano libre agitando el aire frente a él.
—¿Nos vamos? ¿Te trae recuerdos?
Sí, vagamente, la ruta de vacaciones a España cuando tenía nueve o diez años, cuando todo iba bien, antes del naufragio; los bocadillos riquísimos de las tiendas de la autopista que devoraba apresuradamente de pie junto al coche porque a su padre no le gustaba parar, las partidas a la consola que se echaba con Fabien en el asiento de atrás. Fabien, el hermano mayor. Cuatro años más. Que le enseñaba trucos y artimañas, siempre paciente. Y que más tarde se las cargaba todas cuando hacían tonterías. La responsabilidad y las palizas. Y las lágrimas, también, que se secaba con el borde de la mano jadeando, sin una palabra, el padre encima de él, eructando, el puño levantado. Fabien, que murmuraba palabrotas por la noche en su habitación, envuelto en las sábanas, maldiciendo a papá en voz baja, jurando con palabras terribles que lo vengaría algún día.
Entre hermanos nunca se habían pegado. Apenas habían reñido. Se necesitaban el uno al otro como si se agarraran a alguien o a algo en la corriente de un río embravecido o en la tempestad que arranca los árboles. Había pocos hermanos como ellos en el mundo. Se lo dijeron una vez en una de esas noches que no acababa nunca. Gritos, gemidos, insultos groseros. Mamá.
Y también estaba aquel día, el día en que ocurrió, sobre las cuatro de la tarde. Fabien, que había corrido por el aparcamiento del supermercado sin mirar atrás, la bolsa llena de dinero mientras Franck había rebotado contra el capó de un coche que pasaba por allí, la pierna rota, los vigilantes encima.
No había hablado a pesar de la presión de los polis, sus chantajes, los consejos de la abogada de oficio.
Sin antecedentes penales. Arma falsa. Réplica de SIG Sauer. Pistola de fogueo. Pero el contable tetrapléjico al caerse por las escaleras. Padre de tres hijos. Juzgados de lo penal de la Gironde. Seis años de cárcel.
No había hablado.
Bajó del coche sin decir nada y al instante los portazos, las llamadas, las idas y venidas de la gente, tanto desparpajo de piernas desnudas y mangas cortas y gafas oscuras lo aturdió y agachó la cabeza bajo la luz deslumbrante y brutal que el sol arrojaba sobre todo aquello.
Jessica caminaba delante sin preocuparse por él, la bandolera del bolso tiraba del cuello de la camisa y dejaba al descubierto un hombro que no cortaba ninguna tira de sujetador. Franck la alcanzó para no seguir viendo las redondeces de su culo contorneado por el pantalón corto, la curva de su nuca que sobresalía del cuello separado de la camisa, esa desnudez que la ropa desvelaba o dejaba adivinar. Entraron en el inmenso vestíbulo, ahogados en el rumor de los clientes y la música ambiente, refrescados hasta el escalofrío por el aire acondicionado, y zigzaguearon en dirección a los aseos entre la gente amontonada delante de la máquina de café y los individuos plantados allí en medio, esperando a alguien o contemplando un mapa de carreteras de la región pegado a la pared o, de nuevo, llamando por teléfono.
Franck se encerró en una cabina con el suelo mojado y la taza todavía llena de orina y de papel higiénico y se le volvió a bajar la excitación ante esta porquería saturada por el olor de las pastillas desinfectantes. Meó, se abrochó sin prisa, aliviado, casi calmado, y vio cómo se vaciaba el inodoro con el estruendo de la cisterna, la mente en blanco, sin saber dónde estaba ni por qué se encontraba allí. En los lavabos había tíos que se lavaban las manos, se rociaban la cara con agua mirándose al espejo sin verse o tal vez sin reconocerse. Algunos parecían aturdidos por las horas de carretera, otros sacaban pecho con pinta de bestia. El estrépito del secamanos se desencadenaba, ensordecedor, y la puerta batiente rechinaba cada vez que alguien entraba o salía. Franck se lavó con agua tibia mirando hacia abajo, sin prestar atención a nada a su alrededor, espantado por todo aquel ruido, y abandonó el lugar sin mirar atrás porque aquel olor de hombre, aquella confusión le recordaba a la cárcel, pero sin las voces y los chirridos de las suelas que arrastraban tíos que iban de que no tenían otra puta cosa que hacer.
Se dirigió a las cámaras frigoríficas y se puso a mirar los envases triangulares de los sándwiches y empezó a salivar al descubrir las rebanadas de pan de molde y el relleno y se le encogía el estómago, su garganta tragaba con dificultad ante lo que para él valía más que cualquier plato casero o cualquier pastel relleno de crema o de fruta. Eligió uno, cogió una botella de agua y fue a pagar tratando de divisar a Jessica entre la multitud. Buscó en su cartera para dar el dinero justo, pero no conseguía encontrar las monedas que necesitaba y la cajera esperaba mirando hacia otro lado, como un palo en su asiento, suspirando de impaciencia, y se sintió idiota y torpe e intimidado como cuando era un niño, y cogió un billete de diez que la cajera insertó en su caja registradora sin una palabra y le devolvió el cambio con el mismo gesto casi brusco. Vio a Jessica a través de la puerta acristalada delante de la entrada, fumándose un cigarrillo con un vaso de café en la mano.
—¿Dónde te habías metido?
—He ido a comprar algo.
Le enseñó sus sándwiches y desenvolvió uno que se zampó en tres bocados. Lo empujó con un trago de agua fría y sintió una punzada en un diente del fondo. Jessica miró el reloj y dijo que tenían que irse, que aún les quedaba un buen trecho, y se alejó en dirección al coche sin preocuparse de él, como si estuviera sola. La siguió a distancia mientras terminaba de ingerir su tentempié sin apenas masticar, feliz de hincharse los carrillos y tragar con ayuda de un poco de agua. Era una glotonería de niño avaricioso, una especie de plenitud animal que lo devolvía como si nada a este lado del mundo, bajo la luz cegadora que lo inundaba todo, entre el rumor de las voces y la agitación de la multitud de humanos yendo a todas partes como moscas pegadas a un cristal cuya infranqueable transparencia nunca comprenderían. No sabía poner palabras a los contornos y a los muros invisibles de esta cárcel. Solo sentía que la libertad le aligeraba los hombros y le suavizaba la espalda, liberado por fin del peso de las miradas como de un saco lleno de cuchillos, y le parecía que caminaba con una ligereza, una gracia tal vez, que no había sentido nunca. Le daba la impresión de ser un bailarín surcando ese pavimento recalentado tras el culo sublime de una estrella. Terminó de comer cerca del coche mientras ella se fumaba otro cigarrillo. No decía nada, apoyada en la puerta, parecía absorta en la contemplación de un grupo de turistas bastante mayores bajando de un enorme autobús rojo, vestidos con gorras y bermudas ridículas y zapatillas de deporte nuevas, estirándose, poniendo a prueba su flexibilidad mientras caminaban rígidos hacia los aseos y las tiendas.
En una esquina de su campo visual percibía el movimiento de las piernas de Jessica mientras maniobraba para incorporarse a la autopista, controlando los pedales con un juego suave de tijera, y le entraron de nuevo ganas de deslizar la mano por el medio, o incluso de posar los dedos encima de la piel morena, lo que le obligó a quedarse con los brazos cruzados y a tratar de concentrarse en el paisaje o en el tráfico, mirando de reojo los grandes sedanes, los potentes 4 × 4 que les adelantaban a ciento cincuenta, o dándose la vuelta hacia las caravanas o las casas rodantes que se arrastraban a cien maldiciendo en voz baja. Pero ella no decía nada. El semblante se le había endurecido de pronto, impasible, un rictus amargo en las comisuras de los labios, y tras las gafas de sol los ojos fijos estaban clavados delante, sin pestañear, como si fuera una de esas estatuas de cera que perturban tanto a los visitantes de ciertos museos. Podría haberse dormido, hipnotizada por el desfile de las cintas de asfalto, la blancura intermitente de las bandas de señalización.
Se preguntó un momento qué habría podido hacer o decir para que ella se replegase en ese silencio hostil y luego regresó a sus ensoñaciones mirando el paisaje, imaginándose cómo sería vivir en esa granja de ladrillo que vislumbraba colina abajo o en esa otra de la ladera, inventándose paseos al amanecer en medio de las viñas o en la hierba mojada por el rocío al borde de un camino desierto. Se puso a soñar con el invierno, en mitad de ese paisaje amarillo y seco y aburrido, sin relieve ni profundidad porque la sombra perseguida había huido y seguía sin aparecer. Se sentó en un sofá profundo, delante de una hoguera, con un libro en las rodillas mientras se extinguía contra las ventanas la luz azul y helada del final del día. Anduvo a primera hora de la mañana sobre la tierra endurecida por la helada. En el talego se imaginaba ese tipo de estampas cuando veía desde su jergón el alba por el tragaluz. Ver amanecer. Asistir a ese milagro que se reproducía cada día sin nada entre uno mismo y el clamor mudo de todo lo que sale de la sombra. Ni pared, ni ventana.
Después, ella se volvió hacia él, echó una mirada atrás.
—¿Me puedes pasar el tabaco? En mi bolso.
Parecía que había cobrado vida de pronto. Sus dedos se movían encima del volante, sus labios se entreabrían como si volviera a respirar. Le pasó un cigarrillo.
—Coge uno si quieres.
Ella bajó un poco la ventanilla de su lado, él hizo lo mismo, y fumaron con el estrépito de aire caliente que se lanzaba sobre ellos. Franck aprovechó para hablar porque le parecía que lo que iba a decir se ahogaría en el enorme temblor.
—¿Qué tipo de negocios ha ido a hacer Fabien a España? No me dijo nada en su última carta.
—Se decidió en el último momento, la semana pasada. Ya lo conoces, eres su hermano… Es bastante reservado, nada fácil… Una noche me dijo que se iba al día siguiente por la mañana a ver a una gente en Valencia. Y como quería aprovechar un poco, me dijo que se quedaría por lo menos tres semanas con unos amigos allí. No conseguí saber nada más, no merecía la pena discutir. Quería airear vuestra pasta, que llevaba todo este tiempo aparcada. Le salió un plan por Serge, un gitano que conoce bien mi padre. No me dijo nada más. Me imagino que a estas alturas debe de estar ligando con chicas en la playa, yo no me preocuparía por él…
—¿Se le ocurre poner en circulación el dinero cinco años después? Ya era hora. ¿Qué coño ha estado haciendo todos estos años?
—Un poco de todo. Estuvo echándole una mano a un chatarrero, el gitano que te digo, después encontró curro en Langon de vigilante en un almacén logístico, o como se llame. Tres noches a la semana pagadas como la mierda. De todas formas, en este momento no encuentras nada. Él es cocinero, pero no puede con los jefes, y los sueldos miserables a final de mes con horarios asquerosos ya no le interesan.
No les había dado tiempo a contar. Había unos cincuenta o sesenta mil euros en metálico en el maletín. Los ingresos del lunes, un día tranquilo, en el que el escolta venía solo en un coche camuflado. Franck se había enterado a la larga, después de diez meses transportando palés en un carro, y se había hecho amigo de un guarda de seguridad, Amine, un negro inmenso que juraba que se llevaría la caja un sábado por la noche con sus colegas. Franck lo había dejado hablar mientras se fumaban un porro una noche después de cerrar. Otras veces, también, Amine le había dado todos los detalles e incluso le había propuesto montar el golpe juntos. Negaba con la cabeza después de cada calada como si la droga le nublase las neuronas o la vista, y expulsaba fuerte y lejos todo lo que sus pulmones no habían podido absorber y cerraba los ojos y se reía en silencio. Franck se limitaba a sonreír y a asentir a los planes que se montaba el otro estremeciéndose y pataleando con sus largas piernas como un deportista antes de la salida de una carrera o de su entrada al terreno. Desconfiaba de ese tipo charlatán y cariñoso y de sus porros liados y cargados hasta arriba de un chocolate que según él venía directamente de Sierra Leona.
Después de salir de la autopista en Langon, circularon por un camino rural en medio de un apagado bosque de pinos cuyas copas verde roto resplandecían al sol. A ratos, algunas parcelas desnudas mostraban la arena negruzca, como calcinada, invadida aquí y allá por aulagas color cardenillo. El calor era más fuerte aquí, seco y polvoriento, y un olor agrio a tierra quemada y a resina inundaba el coche. Franck se preguntaba cómo se podía vivir aquí, lejos de todo, y tuvo miedo de ese desierto puntiagudo de troncos negros en el que aparecía de vez en cuando un bosquecillo redondo y tupido de robles amontonados unos contra otros, supervivientes de un campo fúnebre ensartado de alabardas después de una batalla.
Tenía ganas de una ciudad, del ruido, de la gente, de las chicas, sobre todo, con falda corta y camiseta de tirantes ondeando sobre el pecho, las habría mirado a todas, de arriba abajo, en plan mirón desvergonzado, para acariciar y palpar con la mirada esa piel cálida, esa suavidad redondeada, sin saber cómo se resistiría al deseo de tocarlas de verdad, de remangarlas y deslizar los dedos entre sus muslos y meter dentro la lengua y lo demás. Se había pajeado tantas veces en su colchón maloliente, atormentado por esas imágenes y las fantasías que se montaba, la celda invadida de pronto por hologramas con falditas de flores echándose el pelo hacia atrás como saben hacer todas con ese gesto rápido y flexible, tantas veces había suspirado, embestido por las sacudidas de su miserable placer, por el hueco de un hombro caliente y moreno para encontrarse resoplando con la boca abierta en el tejido dudoso de su almohada.
Jessica dio un giro brusco por un camino polvoriento con las rodadas llenas de guijarros y esquirlas de teja que bordeaba primero un bosquecillo de robles y después un campo reseco abarrotado de chatarra de coches, remolques oxidados y material agrícola: un tractor anticuado, el capó desteñido tostándose al sol con quemaduras lamentables, un rastrillo de púas largas colonizadas por enredaderas, en cuyo centro prosperaban malas hierbas y acacias jóvenes. Neumáticos reventados o apilados en medio de las zarzas. El cielo era blanco, cegador, metal ardiente pulverizado sobre ese amasijo de chatarra.
Cuando el coche aparcó delante de la casa, algo surgió por el ángulo de la pared. Franck tardó un segundo en darse cuenta de que era un perro. Un perro como no había visto nunca, ni siquiera en películas o videojuegos. Negro, pelo raso, musculoso, la cabeza cuadrada coronada por orejas afiladas como dos puntas de lanza. Erguido sobre sus cuatro patas apretaba ahora el hocico contra la ventanilla medio bajada y Franck oía su respiración y el profundo gruñido que resonaba en su morro levantado hacia atrás y veía de cerca los ojos clavados en él, desorbitados, engastados en un círculo blancuzco donde brillaba la locura. No se movía, se limitaba a mirar fijamente al hombre. Esperaba. Temblaba con una rabia que recorría su piel como una electricidad maligna.
—No abras —dijo Jessica—. Sube la ventanilla. Ya me encargo yo.
Dio la vuelta al coche y cogió al perro por el collar y tiró hacia ella con fuerza gritando «¡Goliath, calma!» y golpeándole la cabeza con la palma de la mano. Cuando lo soltó un poco más lejos, el animal se sentó, la enorme cabeza a la altura del estómago de Jessica levantada hacia ella, las orejas caídas, parpadeando como si le tuviera miedo.
—Puedes salir, no te hará nada. Siempre es así con la gente que no conoce.
Franck se precipitó fuera del habitáculo como si quemara y le recorrió la espalda un sudor que se enjuagó con la tela de la camisa. Jessica ordenó al perro tumbarse debajo de un viejo banco que flanqueaba la puerta de la entrada a la casa, y el animal obedeció suspirando pero sin bajar la cabeza ni perder de vista a Franck un momento.
—Cuando se acostumbre a ti, ya verás, es un perro bastante tranquilo. Y es un buen guardián. Con él estamos a salvo.
Entró y Franck la siguió después de comprobar que el perro no se movía. Su pesada bolsa le tiraba del brazo y le golpeteaba la pierna, y sus andares eran de lisiado, sinuosos y titubeantes.
—¡Ya estoy aquí! —gritó Jessica.
Se había quedado quieta al pie de una escalera y escuchaba con atención. Se oía el parloteo de una tele en alguna parte de la casa pero no respondía nadie, no parecía que hubiera nadie.
—¿Qué coño están haciendo esos idiotas?
Se quedó esperando unos segundos más y al final se encogió de hombros.
—Qué se le va a hacer. Luego los verás. Ven. Vamos a meternos aquí.
Abrió la puerta de una cocina sumida en la penumbra de los postigos entrecerrados donde no se había recogido la mesa del desayuno. El fregadero estaba lleno de platos sucios y de bandejas grasientas, las encimeras estaban abarrotadas de latas, de bolsas vacías, de botellas de vino y de cerveza.
—No hagas caso del desorden. Mi madre hoy no está de buen humor. Después lo recojo.
Cogió dos cervezas de la nevera, apiló unos platos esparcidos por la mesa y dejó las latas en una esquina del hule. Se sentó con un suspiro, casi volcada en la silla, las piernas estiradas. Se quitó las sandalias deslizándolas por los pies y movió los deditos mientras abría la lata.
—Joder, qué calor hace —dijo—. No te quedes ahí, siéntate. A tu salud.
Franck se sentó al otro lado de la mesa. Solo alcanzaba a ver sus hombros morenos, el escote de la camisa, la sombra húmeda y brillante de sudor que se hundía entre sus pechos. Ella bebió un trago largo y se pasó la lata de aluminio por la cara interior de los muslos, lentamente, cerrando los ojos. Él también bebió la cerveza helada a grandes tragos, sentía la frescura que le bajaba hasta el estómago y se propagaba por todo su cuerpo y poco a poco el abatimiento del calor dejaba paso a una lucidez amarga que no llegaba a comprender: ya no sabía qué hacía allí, en el caos de esa cocina mugrienta, al alcance de la mano del cuerpo perfecto de esa chica abandonada en su silla refrescándose los muslos con una lata de cerveza. Entre el tufo dulzón de la suciedad que los rodeaba le parecía percibir también el olor íntimo de Jessica, en el que se mezclaba el perfume de su piel y los aromas de sus pliegues secretos.
Desde hacía casi cinco años, ¿cuántas veces, casi enloquecido por este deseo desesperante, había soñado con un cuerpo de mujer cerca y abierto hasta ese punto? Él la observaba mientras ella encendía un cigarrillo y echaba el humo hacia delante, la mirada perdida en la ventana encima del fregadero rebosante de vajilla. Podría haber estado sola, sujetando la cerveza entre sus piernas estiradas, los ojos cerrados, fumando lentamente y tirando la ceniza al suelo. Él no se atrevía a moverse, temiendo de pronto atraer su atención, como un niño que se queda quieto después de una dura reprimenda. Entonces algo se movió a su derecha, en una esquina de su campo visual, y se estremeció al distinguir en el marco de la puerta a la niña que acababa de aparecer y que lo miraba con aire serio interrogándole con sus ojos negros, una raqueta de plástico en la mano.
Franck le dijo «Hola» en voz baja tratando de sonreír pero la cría no reaccionó y su rostro seguía impasible, los ojos todavía muy abiertos por la curiosidad o la inquietud, tal vez, y Franck pensó que no sabía cómo tratar a los niños, cómo hablarles o sonreírles, de hecho, ¿sabía relacionarse mejor con los adultos, con la gente en general?
La voz de Jessica le sacó de sus preguntas sin respuesta.
—Rachel, cariño mío, ¿no estás con la abuela?
La niña negó con la cabeza y empezó a retorcerse el pelo negro con el dedo, un pie detrás de ella balanceándose sobre la punta como si no se atreviera a entrar en la cocina. Jessica tiró la colilla en la lata de cerveza y abrió los brazos a la chiquilla, que corrió hacia ella y se tiró a sus piernas para apretarse contra su vientre mientras seguía sin bajar la vista de Franck. Jessica le acariciaba la frente y le besaba el pelo susurrando que tenía calor, que podría haberse pegado un baño pero la pequeña parecía no escucharle, absorta en examinar al hombre que la miraba incómodo desde el otro lado de la mesa con una sonrisa forzada.
—¿Quieres beber algo?
Rachel se soltó de las rodillas de su madre y abrió la nevera para sacar una botella grande de refresco y se encontró cargada con el peso en medio de la cocina buscando con los ojos un vaso disponible. Jessica se levantó suspirando, de mala gana, y abrió un armario demasiado alto para la chiquilla y cogió un vaso que miró a la luz de la ventana.
—Toma, señorita. Este está limpio.
La pequeña posó el vaso en una esquina de la mesa y lo llenó y bebió lentamente, vuelta hacia la ventana. Cuando terminó, guardó la botella en la nevera y fue a enjuagar el vaso en el fregadero, de puntillas para llegar al grifo y colocarlo en el escurridor en medio de todo lo que había, después volvió a coger su raqueta y salió sin decir nada. Una puerta chirrió ligeramente al cerrarse.
Jessica se había vuelto a sentar y había encendido otro cigarrillo. Volvió a suspirar, echando el humo por la nariz.
—Las cosas siempre tienen que estar limpias. Nunca come después de alguien, ni siquiera de mí, o del plato de otra persona, ni siquiera para probar, o con un tenedor que se haya usado para servir. Los vasos los mira siempre a través para ver si están limpios. Y siempre tiene que estar ordenando todo constantemente. Si vieras su cuarto… Yo no sé de dónde saca todas esas manías. No la he educado así, como una princesa, quiero decir. Y su padre no era de lo más delicado. Yo, bueno, soy limpia y ya, quiero decir que no me gusta vivir en la mierda, como aquí… Pero, vamos, que no creo que cojamos una puta enfermedad por beber del vaso de alguien, sobre todo si es de la familia, ¿no?
Se volvió hacia Franck. Pegaba caladas nerviosas a su cigarrillo, movía las manos delante de ella.
—¿Cuántos años tiene?
—Ocho años. Va a cumplir nueve en septiembre.
—Parece tranquila. Se parece a ti.
Jessica soltó una risita.
—¿Se parece a mí porque es tranquila? Eso tampoco sé de quién lo ha sacado. Porque somos más bien nerviosos en la familia… O bueno, sí. De su abuelo. No ha sido siempre así, pero ahora está muy tranquilo.
Aplastó el cigarrillo en un plato.
—En fin… Mejor para todos.
Se levantó. De pronto parecía impaciente.
—Venga, vamos, te enseñaré tus aposentos.
Franck la siguió fuera. Iba otra vez varios metros por delante de él, sin esperarlo. Debajo de la estructura tosca de un cobertizo antiguo distinguió una caravana apoyada sobre bloques de hormigón, coronada por una antena parabólica. Jessica entró y él apresuró el paso para alcanzarla. Estaba apoyada contra el pequeño fregadero de acero inoxidable y con la luz rasante que entraba por las ventanas de plexiglás, todas abiertas, no veía más que sus piernas y el brillo de sus ojos, que le recordaban a esos lagos que se ven en las fotos, más luminosos que el cielo. Dejó su bolsa en una banqueta y la vio airear los armarios, abrir el agua, enseñarle dónde estaban las sábanas limpias, explicarle que en la planta baja de la casa había un pequeño cuarto de baño que podía usar. Con ese techo bajo, su voz amortiguada le llegaba como si le hablara al oído y le parecía que este espacio cerrado los empujaba a una intimidad que casi le molestaba y esperaba verla desnudarse de un momento a otro como si estuviera poniéndose cómoda y no se dejara nada más que las bragas, por ejemplo, y se deslizara descalza por el linóleo para ordenar sus cosas y después se pegara a él y le metiera la lengua en la boca mientras le desabrochaba los vaqueros ansiosamente.
Cuando salió de la caravana diciéndole que se tomara su tiempo y que viniera luego a reunirse con ellos detrás de la casa porque sus padres estaban allí, estarían sobados ese par de imbéciles, y se suponía que tenían que vigilar a la pequeña al borde de la piscina, se sintió aliviado y se precipitó bajo el grifo del lavabo y se mojó la cara con un agua tibia al principio y cada vez más fresca a medida que iba corriendo, tanto que bebió a grandes tragos hasta que se quedó sin aliento.
Metió los cuatro trapos que tenía en los baúles doblándolos con cuidado y colocó sus artículos de aseo en el pequeño cuarto de baño y se quedó un momento mirando su cepillo de dientes, su maquinilla desechable, encima de la balda de plástico, el jabón en el borde del lavabo minúsculo, la toalla colgada de una barra cromada como tantos signos tangibles de una libertad tranquila: para empezar, el silencio que solo interrumpía el ronroneo de un tractor al fondo, sin duda lo acogía en una especie de burbuja que se ajustaba poco a poco a él como una prenda nueva que se va volviendo cómoda con el uso. Ya no tenía que cuidarse las espaldas en el espejo por miedo a ver aparecer a un cabecilla en celo o a un perturbado que podía esconder una cuchilla en la toalla. Ya no tenía que esperar ni darse prisa en medio de aquella confusión, los roces, los golpes con el hombro, el desafío perpetuo de esos cuerpos amenazadores o tiesos de miedo.
Salió del cuarto de baño y sintió en el pecho una punzada de bienestar. Era pequeño, de techo bajo, parecía una casa de muñecas con el fregadero en miniatura, los dos fuegos del hornillo de gas para jugar a las comiditas en un camping, pero sentía la misma tranquilidad que en su cuarto cuando era pequeño, hacía tanto tiempo, cuando cerraba la puerta y dejaba atrás, dependiendo de la noche, las voces de su padre o los gritos y los portazos o los sollozos de su madre sentada en los escalones de la entrada. Su hermano y él esperaban a que todo estuviera tranquilo, acechando los murmullos y los gemidos en un silencio sepulcral, para entrar en el cuarto del otro y meterse en su cama y maquinar huidas, venganzas, escenarios de otra vida, lejos de aquí, lejos de todo.
Se tumbó en la cama con olor a ropa limpia y cerró los ojos pensando en Fabien y en la juerga que se iban a pegar cuando volviera antes de largarse de aquí y empezar a vivir de verdad. Porque esta chabola, con ese perro monstruoso, esa chica que tenía pinta de calentorra y esa pequeña casi muda tenía algo raro, mermado. Algo en el aire, como un tufo, los restos de un antiguo hedor que impedía a veces respirar hondo. Nada que ver con la cárcel. No habría sabido decir realmente lo que sentía.
Pero aquí, en este cuartucho, se sentía un poco como en casa, solo, solo de verdad, y muy tranquilo.
2
Cuando Franck se presentó, el padre y la madre no se molestaron en ser amables. Era la primera vez que lo veían pero no le dedicaron ni una sonrisa ni una palabra de bienvenida. Podría haber venido a saludar de pasada, como si no lo fueran a volver a ver. Sin embargo, sabían perfectamente que había salido de la cárcel, que era el hermano de Fabien. Iba a vivir en su casa algún tiempo, iban a compartir mesa. Iban a cruzarse con él a la puerta del baño. No se movieron de las tumbonas en las que estaban instalados, el perro tumbado entre los dos, la cabeza entre las patas, que se alzó gruñendo y que el padre mandó callar de un golpetazo en el morro con la alpargata.
Saludaron a Franck con un seco «Hola, Roland, Maryse», le tendieron las manos blandas y húmedas parpadeando porque estaba de pie ante ellos contra el cielo deslumbrante, y luego el hombre simuló retomar su siesta interrumpida apoyando otra vez sobre su barriga hinchada sus brazos huesudos y la mujer cogió en la hierba a su lado un paquete de tabaco y se levantó con dificultad y se encendió uno y se quedó inmóvil fumando, mirando a la niña en la piscina desmontable que estaba un poco más lejos.
Cuando la mujer se puso de pie, Franck vio que era alta y ancha de hombros, la cara redonda con el pelo rojizo recogido en un moño flojo. Tendrían unos setenta años. Tal vez menos. Pero Franck los veía cascados, agotados, carcomidos por dentro, estropeados como un par de frutas olvidadas en un cesto. Viejos. Para él, serían los Viejos. Por la diferencia de edad que había entre ellos y él y, sobre todo, por la impresión que daban de estar en las últimas.
Franck buscaba en los rasgos cansados de la mujer, en esa piel rugosa, un parecido con Jessica pero no lo encontraba, aparte del azul diluido de los ojos que los privaba de cualquier expresión, la pupila fija en esa transparencia como un clavo en agua fría. Dos pechos grandes colgaban blandos debajo de una especie de camiseta de tirantes fucsia. Aplastó su cigarrillo en un tiesto de resina que servía de cenicero, echó un vistazo a la chiquilla que flotaba en la piscina sentada en el agujero de un gran flotador, y se alejó arrastrando los pies, con las piernas gruesas y morenas y los muslos abotargados por la celulitis embutidos en un pantalón corto blanco.
Más allá de la piscina, el campo amarillo de hierba seca descendía en una suave pendiente hacia el bosque, a unos cincuenta metros, que levantaba como un muro su masa confusa y oscura. Parecía que la luz se anulaba en cuanto descendía por la copa de los árboles y que allí triunfaban en silencio las tinieblas permanentes. En la piscina elevada, la cara de la niña bañándose tenía destellos de agua y cuando saltaba agitando los brazos su pelo esparcía a su alrededor pedrería que resbalaba por los hombros. En medio de un decorado sumido en la tristeza, vagamente amenazador, era la única expresión de un poco de vida y de gracia y Franck no conseguía quitarle los ojos de encima, sin comprender el reconfortante placer que sentía al mirarla.
Oyó a su espalda el restallido de una lata al abrirse y al darse la vuelta vio al padre en su tumbona con una cerveza en la mano mirando en su dirección, el ceño fruncido, los ojos hundidos por las arrugas y los pliegues de la cara gastada. Parecía más viejo que la madre, más agotado, solo quedaba un pequeño resto de sonrisa muy antiguo grabado alrededor de los ojos.
—¿Cómo dices que te llamas?
—Franck.
—Yo soy Roland. Eres el hermano de Fabien, ¿no es así?
—Así es.
Franck se acercó a él. El hombre bebió un gran trago de cerveza cerrando los ojos y suspiró sonoramente, el aliento corto, la mano vagando por la espalda del perro, los dedos hurgando el pelaje raso.
—Siento haber venido a met
