Créditos
Título original: Into the Still Blue
Traducción: Juanjo Estrella
1.ª edición: abril 2015
© 2014, Veronica Rossi
© Ediciones B, S. A., 2015
Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)
www.edicionesb.com
DL B 9375-2015
ISBN DIGITAL: 978-84-9069-074-1
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Contenido
Portadilla
Créditos
Dedicatoria
1. Aria
2. Peregrino
3. Aria
4. Rugido
5. Aria
6. Peregrino
7. Aria
8. Peregrino
9. Aria
10. Peregrino
11. Aria
12. Peregrino
13. Aria
14. Peregrino
15. Aria
16. Peregrino
17. Aria
18. Peregrino
19. Aria
20. Peregrino
21. Aria
22. Peregrino
23. Aria
24. Peregrino
25. Aria
26. Peregrino
27. Aria
28. Peregrino
29. Aria
30. Peregrino
31. Aria
32. Peregrino
33. Aria
34. Peregrino
35. Aria
36. Peregrino
37. Aria
38. Peregrino
39. Aria
40. Peregrino
41. Aria
42. Peregrino
43. Aria
44. Peregrino
45. Aria
46. Aria
47. Aria
48. Peregrino
49. Aria
50. Peregrino
51. Aria
52. Peregrino
53. Aria
Agradecimientos
Dedicatoria
Para Michael
1. Aria
1
Aria
Aria se incorporó de un respingo, con el eco de unos disparos resonando en sus oídos.
Desorientada, parpadeó, inspeccionando lo que la rodeaba, pasando la mirada por las paredes de lona, por los dos camastros y por la acumulación de baúles de almacenaje, hasta reconocer al fin la tienda de campaña de Perry.
El dolor le recorría, uniforme, el brazo derecho. Bajó la vista para contemplar el vendaje blanco que se lo cubría desde el hombro hasta la muñeca, y sintió un hormigueo de temor en el estómago.
Un guardián había disparado contra ella en Ensoñación.
Se pasó la lengua por los labios resecos, y, al hacerlo, notó el regusto amargo de los analgésicos. «Tú inténtalo —se dijo—. No puede ser tan difícil.»
Notó una cuchillada de dolor en lo más hondo del bíceps al tratar de cerrar el puño. Sus dedos apenas se movieron. Parecía que su mente hubiera perdido la capacidad de comunicarse con su mano, que el mensaje transmitido se perdiera en algún punto de la extremidad.
Se puso en pie, tambaleante, y aguardó un momento a que la sensación de mareo remitiera. Se había metido en aquella tienda muy poco después de que, con Perry, llegaran allí días atrás, y desde entonces no había salido. Pero ya no podía permanecer en ella ni un segundo más. ¿Qué sentido tenía, si no estaba mejorando lo más mínimo?
Sus botas se encontraban sobre uno de los baúles. Resuelta a encontrar a Perry, se las puso; lo que, con una sola mano operativa, le planteó todo un reto. «Qué cosas más tontas», murmuró. Lo intentó con más empeño, y el dolor del brazo se convirtió en quemazón.
—No le eches la culpa a las pobres botas.
Sosteniendo una lámpara en una mano, Molly, la sanadora de la tribu, retiró las cortinas de lona que daban acceso a la tienda. De formas redondeadas y cabellos blancos, no se parecía en nada a su madre físicamente, aunque sí en su personalidad pues, como ella, era constante y responsable.
Aria acabó de encajar los pies en las botas —nada como contar con público para motivarse—, y se plantó en el suelo más recta.
Molly dejó la lámpara sobre el montón de baúles y se fue hacia ella.
—¿Estás segura de lo que haces? ¿No deberías seguir guardando reposo?
Aria se colocó el pelo detrás de la oreja, al tiempo que se obligaba a respirar más despacio. Un sudor frío había empezado a cubrirle el cuello.
—De lo que estoy segura es de que me volveré loca si sigo metida aquí un minuto más.
Molly sonrió, y sus mejillas redondas brillaron a la luz de la lámpara.
—Hoy ya he oído ese mismo comentario varias veces. —Acercó la mano áspera a la mejilla de Aria—. Te ha bajado la fiebre, pero debes seguir tomándote la medicación.
—No. —Aria negó con la cabeza—. Estoy bien. Y cansada de estar siempre dormida.
«Dormida» no era la palabra exacta. De los días pasados conservaba algunos recuerdos difusos de ascender desde un abismo de negrura para tomarse las medicinas y algún que otro sorbo de caldo. A veces Perry estaba allí, sujetándola y susurrándole al oído. Cuando le hablaba, ella veía el resplandor de brasas encendidas. El resto del tiempo, todo era oscuridad... o pesadillas.
Molly le cogió la mano entumecida y se la apretó. Aria no sintió nada, pero la mujer volvió a intentarlo, ahora con más fuerza, y ella ahogó un grito y se le agarrotó el estómago.
—Has sufrido daños en los nervios —dijo Molly—. Supongo que eso no hace falta que te lo diga, que ya lo notarás tú.
—Pero con el tiempo se me curará, ¿verdad?
—Me preocupas demasiado como para darte falsas esperanzas, Aria. La verdad es que no lo sé. Castaño y yo hicimos todo lo que estaba en nuestra mano. Al menos conseguimos salvarte la extremidad. Al principio nos temimos que tal vez tendríamos que amputártela.
Aria se apartó de ella y se volvió hacia la penumbra, meditando sobre las palabras de Molly. Habían estado a punto de amputarle el brazo. De quitárselo, como si se tratara de una parte prescindible. De un accesorio. De un sombrero o una bufanda. ¿Tan cerca había estado, en realidad, de despertar y descubrir que le faltaba una parte?
—Lo que resultó emponzoñado fue el brazo —dijo al fin, acercándoselo más al cuerpo—. Y, además, no había demasiado veneno. —Su marca, el tatuaje a medio terminar que la habría convertido oficialmente en una audil, era la cosa más fea que había visto en su vida—. ¿Podrías enseñarme un poco todo esto, Molly?
No esperó respuesta. Su impaciencia por ver a Perry —y por olvidarse de su brazo— la abrumaba. Agachó la cabeza para franquear las cortinas de la tienda, y al salir se detuvo en seco.
Alzó la mirada, sobrecogida por la presencia de la cueva, altísima, inmensa, que transmitía a la vez una sensación de recogimiento y de amplitud. Estalactitas de todos los tamaños emergían de la oscuridad, más arriba, una oscuridad que no se parecía a la que había experimentado durante su duermevela inducido por la medicación. Aquella estaba vacía, era como la ausencia. Esta poseía sonido y volumen. Se notaba llena, viva, y su zumbido constante resonaba en sus oídos.
Aspiró hondo. El aire fresco olía a humo y a sal, y el olor era tan penetrante que podía incluso saborearlo.
—Para la mayoría de nosotros, la oscuridad es lo peor —comentó Molly, acercándose de nuevo a ella.
Aria se fijó entonces en que, a su alrededor, dispuestas en hileras, había más tiendas de campaña, que surgían como fantasmas desgastados en la penumbra. Llegaban sonidos desde más lejos, de allí donde las antorchas parpadeaban —el crujido de un carro al pasar sobre piedra, el rumor constante de agua, el balido suplicante de una cabra—, todo reverberaba a la vez en la cueva, e invadía sus sensibles oídos.
—Cuando no ves más allá de cuarenta pasos —prosiguió Molly—, es fácil sentirse atrapado. Nosotros, por suerte, no llegamos a tanto. Todavía vemos algo más.
—¿Y el éter?
—Peor. Tormentas todos los días desde que llegasteis, algunas directamente sobre nosotros. —Molly enlazó su brazo con el brazo sano de Aria—. Es una suerte disponer de este lugar, por más que a veces no nos lo parezca.
A la memoria de Aria regresó la imagen de Ensoñación desmoronándose hasta convertirse en polvo. Su hogar ya no existía, y el recinto de los mareas también había sido abandonado.
Molly tenía razón. Aquello era mejor que nada.
—Supongo que querrás ver a Peregrino —aventuró Molly, que la conducía por entre una hilera de tiendas de campaña.
«Inmediatamente», pensó Aria, que, sin embargo, se limitó a responder con un escueto «sí».
—Pues me temo que vas a tener que esperar un poco. Han llegado noticias de que hay gente entrando en el territorio, y él ha ido con Tallo a su encuentro. Espero que se trate de Rugido, y que venga acompañado de Tizón.
La sola mención del nombre de Rugido impregnó la garganta de Aria de un sabor silvestre. Se preocupaba por él. Solo llevaban separados unos pocos días, pero a ella le parecían muchos.
Llegaron a una zona despejada, amplia como la explanada que ocupaba el centro del recinto de los mareas. En medio se alzaba una plataforma rodeada de mesas y sillas, ocupadas todas por gente que se congregaba alrededor de las lámparas. Ataviados con ropas marrones y grises, se fundían con la penumbra, pero sus conversaciones, sus voces teñidas de angustia, viajaban hasta ella.
—Solo se nos permite abandonar la cueva cuando, en el exterior, las cosas están tranquilas —le aclaró Molly al percatarse de la expresión de su rostro—. Actualmente hay fuegos que arden muy cerca, y tormentas al sur, por lo que nos hemos visto obligados a quedarnos aquí.
—¿No es seguro salir? Pero tú has dicho que Perry se ha ido.
Molly le guiñó un ojo.
—Sí, pero él acostumbra romper sus propias reglas.
Aria negó con la cabeza. No era eso. Era más bien que, en tanto que Señor de la Sangre, debía asumir riesgos.
Junto al estrado, la gente empezaba a fijarse en su presencia. Quemados por el sol, curtidos por la sal, los mareas hacían honor al nombre de su tribu. Aria vio entonces a Arrecife y varios de sus guerreros más fuertes, el grupo conocido como el de Los Seis. Reconoció a los tres hermanos: Escondido, Escondite y Rezagado, el más joven. No le sorprendió lo más mínimo que Escondido, vidente como sus hermanos, la hubiera visto primero. El joven alzó la mano un instante, en un amago de saludo.
Aria se lo devolvió, con la suya temblorosa. Apenas lo conocía; de hecho, apenas conocía a toda aquella gente. Solo había pasado unos días con la tribu de Perry antes de abandonar el recinto de los mareas. Ahora, ahí de pie frente a aquellos casi desconocidos, sintió un gran deseo de ver a su gente. Pero no veía a nadie. Allí no había ni una sola persona de las que Perry y ella habían rescatado de Ensoñación.
—¿Dónde están los residentes? —preguntó.
—En un sector distinto de la cueva —respondió Molly.
—¿Por qué?
Pero Molly ya no le prestaba atención y se fijaba en Arrecife, que había abandonado a sus hombres y avanzaba hacia ellas. En la penumbra, sus rasgos se veían aún más afilados, y la gran cicatriz que recorría su rostro desde la nariz hasta la oreja parecía más siniestra.
—Te has levantado, por fin —dijo, en un tono que daba a entender que llevaba días holgazaneando.
Aria se recordó a sí misma que a Perry le caía bien ese hombre. Que confiaba en él. Pero Arrecife no había hecho nunca el más mínimo esfuerzo por entablar amistad con ella.
Lo miró a los ojos.
—Estar herida es aburrido.
—Pues aquí haces falta —replicó él, pasando por alto su comentario sarcástico.
Molly lo apuntó con un dedo.
—No, ni se te ocurra, Arrecife. Acaba de despertar, y necesita un tiempo para aclimatarse. No la cargues con eso tan pronto.
Arrecife se encogió de hombros y frunció el ceño.
—Entonces ¿cuándo se lo cuento, Molly? Cada día nos trae una nueva tormenta. Cada hora que pasa, nuestras reservas de alimentos disminuyen. Cada minuto, alguien está más cerca de enloquecer en el interior de esta roca. Si existe algún momento mejor para contarle la verdad, me gustaría saber cuál es. —Se echó hacia delante, y varias de sus gruesas trenzas cayeron sobre su rostro—. Son reglas de guerra, Molly. Hacemos lo que hay que hacer, cuando hay que hacerlo, y en este momento esto significa que Aria tiene que saber lo que está pasando.
Las palabras de Arrecife disiparon cualquier vestigio de torpor de la mente de Aria. La devolvieron al punto en que se encontraba hacía una semana, alerta, en tensión, a veces casi sin aliento, atacada por un sentimiento de desesperación que se enroscaba en su interior como un dolor de estómago.
—Cuéntame qué ha ocurrido —dijo.
Arrecife le clavó su mirada intensa.
—Mejor te lo muestro —replicó, alejándose.
Ella lo siguió desde la zona de reunión, adentrándose más en la cueva, donde la oscuridad y el silencio se intensificaban gradualmente, y con ellos su temor, que crecía a cada paso. Molly soltó un suspiro de desaprobación, pero fue tras ellos.
Sorteaban aquellas formaciones derretidas —un bosque de piedra que goteaba desde el techo y se elevaba desde el suelo y que, muy lentamente, iba uniéndose—, hasta que Aria se internó por una especie de pasillo natural. Aquí y allí el túnel se abría a otros pasadizos, que exhalaban bocanadas de humedad fría sobre su rostro.
—Por aquí se encuentra el almacén de medicamentos y suministros —le comentó Molly, señalando a la izquierda—. Todo lo que no es comida ni alimentos, que se guardan en las cavernas del extremo sur. —Hablaba en un tono exageradamente alegre, como si intentara contrarrestar la seriedad de Arrecife. Al andar, movía la lámpara a izquierda y derecha, y hacía que las sombras se alargaran y se achataran en aquel reducido espacio. Aria se sentía algo mareada.
¿Adónde la llevaban?
No había conocido nunca una oscuridad así. Fuera había siempre éter, o brillaba el sol, o la luna. En la Cápsula, protegida por los muros de Ensoñación, las luces eran siempre muy potentes. Siempre. Aquello era nuevo, aquella piscina asfixiante de oscuridad era nueva para ella. Sentía que la negrura absoluta le inundaba los pulmones cada vez que respiraba. Estaba bebiendo oscuridad. Nadaba en ella.
—Detrás de esa cortina está el Salón de la Batalla —proseguía Molly—. Es una caverna más pequeña a la que hemos llevado una de las mesas de la cocina. Perry se reúne con gente en ese lugar para debatir cuestiones de importancia. El pobre chico se pasa casi todo el día ahí metido.
Arrecife, que iba delante, meneó la cabeza.
—Sí, me preocupo por él, Arrecife —admitió Molly sin disimular su enfado—. Alguien tiene que hacerlo.
—¿Y crees que yo no?
Aria también se preocupaba —más que ninguno de los dos—, pero se mordió el labio y dejó que siguieran discutiendo.
—Pues si te preocupas, lo disimulas muy bien —replicó Molly—. Yo solo te veo darle lecciones sobre las cosas que hace mal.
Arrecife volvió la cabeza.
—¿Y qué quieres? ¿Que le dé palmaditas en el hombro y le diga que es maravilloso? ¿Eso nos serviría de algo?
—Pues no estaría de más que lo intentaras de vez en cuando...
Aria dejó de escucharles. Se le erizó el vello de los brazos cuando a sus oídos llegaron unos sonidos nuevos: lamentos, llantos. Sonidos siniestros que avanzaban hacia ella a través del túnel. Un coro de necesidades.
Se alejó de Molly y de Arrecife y, pegando mucho el brazo herido al costado, aceleró el paso. Tras doblar una curva del pasadizo, llegó a una caverna espaciosa y oscura, tenuemente iluminada por unas lámparas que ardían a lo largo de su perímetro.
Extendidas por todo el suelo, sobre mantas, había docenas de personas en diversos estados de conciencia. Sus rostros blancos, terroríficos, destacaban sobre los grises de sus vestimentas, las mismas que ella había llevado durante toda su vida hasta que había sido desterrada de Ensoñación.
—Enfermaron justo después de vuestra llegada —le aclaró Molly, situándose junto a ella—. Tú te fuiste a la tienda de campaña de Perry, y ellos se metieron aquí, y así han estado desde entonces. Perry me contó que a ti te ocurrió lo mismo la primera vez que abandonaste Ensoñación. Es por el impacto sobre vuestro sistema inmunitario. Se pusieron vacunas en el deslizador en el que llegasteis. Había treinta dosis, pero aquí hay cuarenta y dos personas. Hemos administrado cantidades iguales para todos, a petición de Perry. Él nos dijo que eso es lo que habrías hecho tú.
Aria se había quedado sin habla. Más tarde, cuando pudo pensar de nuevo con claridad, recordaría todas y cada una de las palabras de Molly. Pensaría en aquella mirada de Arrecife, que la observaba de brazos cruzados, como si ese fuera su problema y tuviera que solucionarlo ella. Pero en aquel momento se limitó a adentrarse más en la cueva, con un nudo en la garganta.
Casi todos los presentes estaban tan inmóviles que parecían muertos. Otros se estremecían, febriles, y mostraban en su piel un color cetrino, casi verde. Ella no sabía cuál de los dos estados era peor.
Buscó entre los rostros en busca de algún amigo, de Caleb, de Runa...
—Aria... por aquí...
Siguió el rastro de la voz. Sintió una punzada de culpabilidad al ver a Soren; en él no había pensado hasta ese momento. Aria pasó sobre aquel bulto tembloroso, y se arrodilló a su lado.
Soren siempre había sido corpulento, pero ahora el grosor de los hombros y el cuello había menguado. A pesar de estar cubierto por una manta, se notaba claramente. Y su estado era bien visible, también, en sus mejillas y en sus ojos hundidos, entrecerrados, que sin embargo la miraban con atención.
—Todo un detalle por tu parte pasarte por aquí —dijo, sin duda más lúcido que el resto—. Confieso que te envidio un poco por disponer de aposentos privados. Siempre compensa tener los contactos adecuados, supongo.
Aria no sabía qué decir. No podía asimilar su nivel de sufrimiento. Con ese sufrimiento se le formaba un nudo en la garganta. Se le agarrotaba por la necesidad de ayudar. De cambiar de algún modo aquella situación.
Soren parpadeó, fatigado.
—Ahora entiendo por qué te gustaba tanto el mundo exterior —añadió—. La verdad es que aquí fuera se está genial.
2. Peregrino
2
Peregrino
—¿Crees que son Rugido y Brizna? —preguntó Tallo tras detener su caballo junto al de Perry.
Perry aspiró hondo en busca de rastros de los jinetes que habían divisado antes. Pero solo le llegaba el olor a humo.
Había abandonado la cueva hacía diez minutos, con ganas de respirar aire puro. De ver la luz y sentir la amplitud y el movimiento de los espacios abiertos. Pero solo se había encontrado con la neblina gris y espesa de los fuegos matutinos que lo cubría todo, y con la punzante sensación del éter, que se le clavaba en la piel como un ejército de alfileres blandos.
—Me sorprendería que hubiera alguien más —respondió—. Casi nadie, salvo Rugido y yo, sabe de la existencia de este sendero.
Él había cazado en esos bosques, en compañía de Rugido, desde que eran niños. Habían abatido, juntos, su primer carnero no lejos de allí. Perry conocía todos los recodos del camino, todos los atajos que se internaban en una tierra que había sido de su padre, de su hermano, y que, desde hacía medio año, tras convertirse en Señor de la Sangre, era la suya.
Pero había cambiado. En los anteriores meses, las tormentas de éter habían desencadenado incendios que habían arrasado las colinas, dejando amplias zonas calcinadas. Hacía demasiado frío para estar a finales de primavera, y los perfumes de la madera también eran distintos. Los aromas de la vida —tierra, hierba, animales de caza— parecían enterrados bajo el olor acre del humo.
Tallo se caló un poco más la gorra marrón.
—¿Qué probabilidades hay de que los acompañe Tizón? —preguntó. A Tizón lo habían secuestrado cuando se encontraba bajo custodia de Tallo, algo que nunca se perdonaría.
—Bastantes —respondió Perry—. Rugido siempre consigue lo que se propone.
Pensó en Tizón, en lo débil y frágil que estaba el muchacho cuando se lo llevaron. Perry no quería ni pensar en lo que podría sucederle en manos de Visón y Hess. Los cuernos y los residentes habían aunado fuerzas y habían secuestrado a Tizón por su capacidad de controlar el éter. Al parecer, el joven era una pieza clave para alcanzar el Azul Perpetuo. Perry solo quería que regresara junto a ellos.
—Perry. —Tallo tiró de las bridas de su caballo. Ladeó la cabeza y se volvió para captar mejor los sonidos, con su aguzado sentido del oído—. Cabalgan al galope hacia nosotros.
Perry no distinguía a nadie aún, a pesar de escrutar el sendero que se extendía ante él. Silbó para hacer saber a Rugido que estaba ahí. Pasaron los segundos, mientras aguardaba a que este le devolviera la señal.
Pero el silbido no llegaba.
Perry soltó una maldición. Rugido habría tenido que oírlo, y habría respondido a su llamada.
Sujetó el arco que llevaba colgado y extrajo una flecha, sin dejar de observar fijamente, en ningún momento, la curva del sendero. Tallo preparó también el suyo, y los dos permanecieron en silencio, atentos a lo que pudiera aparecer.
—Ahora —murmuró Tallo.
Perry oyó entonces unos caballos que galopaban hacia ellos. Echó hacia atrás el bordón, apuntando al sendero, y en ese momento Rugido se abrió paso entre unos abedules.
Perry bajó el arco, intentando comprender qué estaba sucediendo.
Rugido se acercó al galope, entre la polvareda que levantaba su montura. Su gesto era serio, concentrado, y no cambió lo más mínimo al ver a Perry.
Brizna, que, como Tallo, formaba parte del grupo de Los Seis, apareció tras la curva, detrás de él. Como Rugido, cabalgaba solo. La esperanza de Perry de recuperar a Tizón se desvaneció al momento.
Rugido siguió cabalgando con brío hasta el último momento, y se detuvo en seco.
Durante un largo instante, Perry lo observó, incapaz de hablar. No esperaba mirarlo y pensar en Liv, aunque debería haberlo previsto. Ella también le había pertenecido. El recuerdo de la pérdida le impactó como un puñetazo en el estómago, con la misma fuerza de días atrás, cuando supo lo ocurrido.
—Me alegro de ver que regresas sano y salvo, Rugido —dijo al fin, aunque con la voz agarrotada.
El caballo de Rugido pateaba, agitado, y movía la cabeza a un lado y a otro, pero su jinete mantenía la mirada fija.
Perry conocía bien aquella expresión hostil, aunque hasta ese momento nunca la había dirigido contra él.
—¿Dónde estabas? —le preguntó.
Aquella pregunta estaba mal planteada en todos los aspectos. En el tono acusador de su voz. En el reproche, como si Perry le hubiera fallado en algún sentido.
¿Que dónde había estado? Pues buscando a cuatrocientas personas que en ese momento languidecían en una cueva.
Perry decidió ignorar aquella pregunta y formuló la suya.
—¿Has encontrado a Hess y a Visón? ¿Estaba Tizón con ellos?
—Los he encontrado —respondió Rugido, seco—. Y sí. Tienen a Tizón. ¿Qué piensas hacer al respecto?
Y, dicho esto, espoleó a su caballo y se alejó al galope.
Regresaron a la cueva sin intercambiar ni una palabra. La incomodidad que sentían flotaba sobre ellos, tan densa como el humo que cubría el bosque. Ni siquiera Tallo y Brizna, que eran grandes amigos, hablaban mucho, contagiados de la tensión del ambiente.
Aquella hora de silencio concedió a Perry mucho tiempo para recordar la última vez que había visto a Rugido; hacía una semana, durante la peor tormenta de éter en la que se habían encontrado nunca. Rugido y Aria acababan de regresar a territorio de los mareas tras un mes de ausencia. Al verlos juntos, después de semanas de añoranza por Aria, Perry había perdido la cabeza y había atacado a Rugido. Le había propinado unos cuantos puñetazos, dando por sentado lo peor de un amigo que jamás en su vida había dudado de él.
Aquello, sin duda, pesaba en la frialdad de Rugido, pero la causa real era evidente.
Liv.
Perry sintió que se agarrotaba ante el recuerdo de su hermana, y su montura, entre sus piernas, se revolvió, asustada.
—Eh, tranquila, chica —dijo, amansando a la yegua. Meneó la cabeza, molesto consigo mismo por dejar que se le escaparan los pensamientos.
No podía rendirse al recuerdo de Liv. La tristeza lo debilitaría, y eso era algo que no podía permitirse cuando tenía cuatrocientas vidas en sus manos. Ahora que Rugido había vuelto, mantener la concentración le costaría aún más, pero debía hacerlo. No había otra opción.
Mientras enfilaba el empinado camino que descendía hasta la cueva, se volvió y vio un instante a Rugido, y se dijo a sí mismo que no debía preocuparse. Eran hermanos por todo menos por sangre. Ya encontrarían la manera de hacer las paces después de la pelea. Después de lo que había ocurrido con Liv.
Perry se bajó del caballo al llegar a la pequeña playa, y permaneció en ella mientras los demás se introducían en la cavidad que daba acceso al vientre de la montaña. Aquella cueva era una tortura para él, y aún no estaba preparado para regresar a ella. Cuando se encontraba en su interior, debía hacer acopio de toda su concentración para dominar el pánico que le oprimía los pulmones y le robaba el aire.
—Eres claustrofóbico —le había explicado Castaño un día antes—. Se trata del temor irracional a verse preso en espacios cerrados.
Pero, además de claustrofóbico, también era Señor de la Sangre. No tenía tiempo para temores, ni irracionales ni de los otros.
Aspiró hondo, disfrutando un poco más del aire exterior. La brisa marina de la tarde se había llevado el humo, y por primera vez en aquel día vio el éter.
Las corrientes azules avanzaban por el cielo, en una tempestad de ondulaciones luminiscentes y retorcidas. Eran más violentas que nunca —más incluso que las del día anterior—, pero, aun así, fue otra cosa la que llamó su atención. Distinguió trazas rojas en las zonas en las que el éter giraba con más intensidad, como puntos calientes. Como el rojo de la salida del sol, que sangrara en la cresta de una ola.
—¿Ves eso? —le preguntó a Escondido, que en ese momento salía corriendo a recibirle.
Este, uno de los mejores videntes de los mareas, siguió la mirada de Perry entrecerrando sus ojos de halcón.
—Lo veo, Perry. ¿Qué crees tú que significa?
—No estoy seguro, pero dudo de que se trate de nada bueno.
—Ojalá pudiera ver el Azul Perpetuo, ¿sabes? —Escondido había desplazado su mirada hacia el horizonte, más allá, mucho más allá del mar—. Sería más fácil aceptar todo esto si supiera que está ahí, esperándonos.
A Perry no le gustaba nada la sensación de derrota que se acumulaba en el humor de Escondido, un olor plano, rancio, que era como el del polvo.
—Pronto lo verás —dijo—. Serás el segundo en verlo.
Escondido mordió el anzuelo. Sonrió.
—Mis ojos ven más que los tuyos.
—No me refería a mí, sino a Arroyo.
Escondido le dio una palmada en el hombro.
—No, no será así. Mi vista alcanza el doble que la suya.
—Tú eres ciego comparado con ella.
Su discusión prosiguió mientras se dirigían a la cueva. El humor de Escondido se elevaba, tal como Perry pretendía. Necesitaba mantener la moral alta, pues de otro modo jamás conseguirían lo que se proponían.
—Ve a buscar a Castaño y llévalo al Salón de la Batalla —le pidió a Escondido cuando entraron—. Y necesito que Molly y Arrecife también estén presentes. —Señaló con la cabeza a Rugido, que se encontraba unos pasos más allá y contemplaba la cueva cruzado de brazos—. Dale agua y algo de comer, y pídele que se encuentre con nosotros de inmediato.
Había llegado el momento de celebrar una reunión. Rugido disponía de información sobre Tizón, Hess y Visón. Para poder llegar hasta el Azul Perpetuo, Perry necesitaba las naves de los residentes; Aria y él se habían llevado una de Ensoñación, pero en ella no cabía todo el mundo. Además, tendría que conocer el rumbo exacto, pues de otro modo los mareas no irían a ninguna parte.
Tizón. Deslizadores. Rumbo.
Tres cosas. Y las tres las tenía Hess. Pero eso iba a cambiar.
Rugido, aún de espaldas, habló.
—Perry parece haber olvidado que soy capaz de oír todas y cada una de sus palabras, Escondido. —Ahora sí se volvió para mirar a Perry, y lo hizo, una vez más, con gesto adusto—. Me guste o no.
Perry sintió que la ira se apoderaba de él. Cerca, Escondido y Tallo tensaron sus cuerpos y sus humores se enardecieron, pero Brizna, que llevaba varios días acompañando a Rugido, fue el primero en intervenir.
Soltó las bridas de su caballo y se fue hacia Rugido a la carrera, agarrando con fuerza un pliegue de su abrigo.
—Vamos, vamos —dijo, propinándole un codazo que pretendía ser amistoso pero que resultó más fuerte de la cuenta—. Te mostraré el camino. Aquí es fácil perderse hasta que uno se acostumbra.
Cuando se fueron, Tallo meneó la cabeza.
—¿Por qué ha dicho eso?
Las respuestas se agolparon en la mente de Perry.
«Rugido no tenía a Liv.»
«Rugido no tenía razones para vivir.»
«Rugido estaba en el infierno.»
—Nada —dijo, demasiado confundido para explicarse—. Ya se calmará.
Se dirigió al Salón de la Batalla mientras Tallo se ausentaba para ocuparse de los caballos. El nerviosismo crecía en él a cada paso, le oprimía los pulmones, pero luchaba contra él. Al menos la oscuridad de la cueva no le afectaba como sí afectaba a casi todos los demás. Gracias a una ironía del destino, sus ojos de vidente percibían mejor cuando la luz era escasa.
Había recorrido la mitad del camino, y Pulga, el perro de Sauce, se le acercó corriendo, saltando y ladrando como si llevara semanas sin verlo. Garra y Sauce aparecieron tras él, inmediatamente después.
—¿Has encontrado a Rugido? —preguntó Garra—. ¿Era él?
Perry lo levantó por los aires, lo puso cabeza abajo, y recibió la recompensa de sus risotadas.
—Pues claro que lo era, Pito.
Rugido había vuelto, al menos físicamente.
—¿Y a Tizón también? —preguntó Sauce con los ojos llenos de esperanza. Se había hecho amiga de él, y necesitaba que regresara tan desesperadamente como Perry.
—No, de momento solo tenemos a Rugido y a Brizna, pero lo recuperaremos, Sauce, te lo prometo.
A pesar del aplomo con que lo dijo, Sauce se alejó profiriendo una sarta impresionante de maldiciones. Garra soltó una risita y contagió a Perry, que de todos modos no pudo evitar sentir lástima por ella. Por el olor captaba lo mucho que le dolía su ausencia.
Soltó a Garra.
—¿Me haces un favor, Pito? ¿Por qué no vas a ver cómo está Aria?
Desde que había llegado a la cueva, había vivido adormilada por los analgésicos, pues la herida del brazo se negaba a curarse. Él iba a verla siempre que podía, y pasaba todas las noches abrazado a ella, pero aun así la echaba de menos. Estaba impaciente por que despertara.
—Sí, claro —respondió Garra con voz alegre—. ¡Vamos, Sauce!
Perry los vio alejarse a toda prisa, seguidos por Pulga. Había anticipado que aquella cueva asustaría a su sobrino, pero Garra se había adaptado bien a ella, como el resto de los niños. La oscuridad era propicia para entregarse a interminables juegos del escondite, y se pasaban horas explorando las cavernas, viviendo aventuras. Más de una vez, Perry los había oído reírse a carcajadas cuando les llegaban los ecos de aquellos sonidos, sonidos que, en muchos casos, habría sido mejor que no oyeran.
Ojalá los adultos mantuvieran el mismo espíritu.
Perry entró en el Salón de la Batalla y saludó a Castaño con un movimiento de cabeza. El techo era bajo, irregular, y tuvo que agacharse un poco para llegar al otro lado de la mesa. Hacía esfuerzos por respirar con calma, y se decía que no, que las paredes no se estrechaban cada vez más, que esa era solo una sensación que él tenía.
Rugido había llegado antes que él. Estaba apoyado en el respaldo de su silla, y tenía las botas plantadas sobre la mesa. Sostenía una botella de Luster en la mano, y no alzó la vista cuando Perry hizo su entrada. Todas ellas eran malas señales.
Oso y Arrecife saludaron a Perry y siguieron hablando de los destellos rojos que habían aparecido en el éter. El bastón del primero reposaba a lo largo de la mesa, cubriendo la distancia que separaba a los tres hombres. Cada vez que veía ese bastón, Perry se acordaba del momento en que había rescatado a Oso de su casa en ruinas.
—¿Tenéis alguna idea del porqué de ese cambio de color? —preguntó Perry, ocupando su lugar habitual entre Castaño, a su derecha, y Arrecife, a su izquierda. Se le hacía raro tener a Rugido enfrente, como si fueran adversarios.
Unas velas ardían en el centro de la mesa, sus llamas derechas, perfectas. Hasta allí no llegaba ni un soplo de aire que las hiciera parpadear. Castaño había ordenado que colgaran alfombras en todo el perímetro para crear falsas paredes y la sensación de que se encontraban en un salón real. Perry se preguntaba si aquel efecto ayudaría a los demás.
—Sí —respondió Castaño, mientras hacía girar el anillo en el dedo—. El mismo fenómeno se produjo durante la Unidad. Y marcó el inicio de las tormentas constantes. En aquella ocasión duraron treinta años seguidos. Seguiremos viendo cómo cambia el color hasta que el rojo lo domine todo. Cuando ello ocurra, nos será imposible salir al exterior. —Apretó los labios y meneó la cabeza—. Me temo que quedaremos confinados aquí.
—¿De cuánto tiempo disponemos? —le preguntó Perry.
—Las descripciones de lo que ocurrió aquellos días varían, por lo que no es fácil precisarlo con exactitud. Con suerte, podrían ser varias semanas.
—¿Y si no hay suerte?
—Unos pocos días.
—Cielos —dijo Oso, apoyando sus pesados brazos en la mesa. Dejó escapar un sonoro suspiro que hizo temblar la llam
