1
Cuando por fin lo dejaron solo, aprovechó la oportunidad para echar un buen vistazo a las habitaciones del orfanato. No es que hubiera mucho que descubrir en la inclusa de las Sisters of Mercy de Nueva York. De hecho, desde que la policía lo había llevado allí el día anterior, ya conocía la mayor parte de las estancias: el despacho de la madre superiora, quien lo había observado y examinado con severidad; el baño donde lo habían condenado a lavarse antes de nada, y luego una recámara en la que prendas usadas pero limpias esperaban a los recién llegados. Una de las monjas le había asignado dos pantalones, camisas y jerséis, además de ropa interior, calcetines y zapatos más o menos de su número. Él solo tenía lo que llevaba puesto. La monja había arrugado la nariz ante esos harapos y los había tirado de inmediato. Luego, en el comedor, el chico había tomado una sopa aguada y engullido con avidez pan con margarina hasta que ya no le cupo más. Por la mañana había una especie de porridge, gachas de avena con leche.
La comida no era demasiado ocurrente, pero no se pasaba hambre. Algo que valoró de forma muy positiva. Luego le habían asignado una cama en el dormitorio masculino, entre otros dos adolescentes de doce años, Kurt y Joe. Pero hablaban tan poco con él como el resto de sus compañeros. Para los huérfanos, tanto el día anterior como esa mañana todo había girado en torno a un solo tema: la fiesta de verano que iba a celebrarse ese día en el jardín. Se había percatado enseguida de que lo importante no eran las diversiones de verano, sino auténticas decisiones de importancia vital. Los huérfanos debían reunirse de manera informal con personas ajenas a la inclusa que, tal vez, podrían mostrar interés por adoptar a uno de ellos. En cuanto a los pupilos de mayor edad, podría darse el caso de que encontraran empleo como aprendices de un profesional, u ocupación en una casa particular. Así que era para todos fundamental causar buena impresión. Durante toda la mañana, los niños y las religiosas habían montado en el césped unos puestos en los que iban a vender pasteles y trabajos manuales de los pupilos. En otros tenderetes se asaban salchichas o se ofrecían juegos. Los mayores se encargaban de esos puestos, y tenían que demostrar lo cumplidores, amables y diestros que eran. Los más pequeños solo tenían que pasear de la mano de una monja por el recinto de la fiesta, sonreír y ser obedientes. Además, las hermanas les habían enseñado en la escuela las canciones que tenían que cantar en el coro. Todos esperaban emocionados el momento de salir a escena; el recién llegado era el único que, claro está, aún no tenía ninguna tarea. Y las monjas habrían encontrado muy arriesgado dejarlo deambular a su aire por esa pequeña feria. A fin de cuentas, lo habían pillado justo el día anterior en Times Square robando carteras como todo un experto. Esa era la razón de que estuviera ahí y no en la sucia casa que un perista ponía a disposición de los niños de la calle que se dedicaban a desvalijar transeúntes.
Tan pronto como todos hubieron salido al jardín, el chico inspeccionó por vez primera las aulas. En cuatro de ellas, las monjas daban clase a alumnos de edades comprendidas entre los seis y los trece años. Si estos permanecían después en el orfanato, colaboraban en la cocina o el jardín, o cuidaban de los pequeños, pero casi todos encontraban trabajo o las hermanas les buscaban un puesto de aprendiz. En teoría, tal como le había comunicado con orgullo la superiora el día anterior, incluso era posible que asistieran a un instituto si demostraban ser especialmente aplicados y listos. El muchacho había tomado nota sin hacer comentarios. De todos modos, era algo que ni consideraba. Nunca había ido a la escuela y, aunque había aprendido a hacer cálculos bien, no destacaría por sus conocimientos de lectura y escritura. En la primera aula colgaba de la pared un cartel con un alfabeto, y él solo habría podido nombrar unas pocas letras. La tabla de cálculo que estaba al lado le resultaba mucho más familiar.
Por lo demás, las aulas eran más bien sosas. Apenas había cuadros, y las paredes estaban decoradas con unos proverbios de los que no descifraba ni una sola palabra.
Así pues, el muchacho siguió en dirección al comedor, delante del cual se hallaba, como le había indicado una monja el día anterior, la sala de juegos. Ese día en concreto, la puerta estaba abierta, y vio que era un espacio luminoso. La luz del sol entraba a través de unos ventanales que casi llegaban hasta el suelo. La fiesta de verano no habría podido celebrarse con mejor tiempo. El chico deslizó la mirada por la habitación, que era amplia pero sobria. A un lado había un par de mesas y sillas para niños colocadas ordenadamente; en las estanterías descansaban juguetes que, sin excepción, habían conocido mejores días. Debía de tratarse de donaciones de padres de niños más ricos, que eran del parecer de que los huérfanos también podían jugar con trenes sin ruedas y animales de peluche tan usados que habían perdido la felpa y las orejas. Pero entonces se percató de que no estaba solo. Delante de una de las grandes ventanas había una niña. Delicada, rubia, con el cabello peinado en unas trenzas de las que se habían desprendido algunas hebras. En ese momento, revoloteaban como si pertenecieran a un ángel, alrededor de un rostro que miraba con nostalgia el jardín.
—¡Hola! —El muchacho la saludó para no asustarla y ella volvió la cabeza. Descubrió entonces unos grandes ojos castaños y contempló un rostro en forma de corazón con una nariz pequeña y unos labios rojos como frambuesas, que en ese momento dibujaron una encantadora sonrisa. Era una niña de belleza inusual; casi parecía una de esas muñecas de pelo natural, rasgos suaves y ropa elegante que se exhibían en los escaparates de las jugueterías de Times Square. ¿Por qué no estaba abajo con los otros, presentándose a las personas que acudían con ganas de adoptar a un niño? Seguro que cualquiera se enamoraría de ella al instante.
—¿Qué has hecho de malo? —preguntó el chico.
La pequeña lo miró con el ceño fruncido. Casi parecía ofendida; era probable que solo hiciera alguna travesura muy de vez en cuando.
—¡Nada en absoluto! —respondió un poco indignada—. ¿Por qué me lo preguntas?
—Bueno, pues porque estás aquí sola y no abajo. He pensado que a lo mejor te habían castigado… —Se puso a su lado y observó la animada actividad que reinaba en el jardín. La gente reía y cantaba, y todos los pupilos del orfanato daban lo mejor de sí mismos para impresionar a sus potenciales padres. Uno de los visitantes sostenía en sus brazos a una cría de corta edad.
—Jeannie —dijo la niña—. ¡Espero que la adopten! Todavía es muy pequeña. Es a las pequeñas a las que antes se llevan.
—¿Y tú? —preguntó el muchacho—. Por cierto, ¿cómo te llamas? Yo me llamo Horace, Horace Timber, pero todos me llaman Hoss.
—Mary Ann —se presentó la niña—. Todos me llaman Mary Ann. —Sonrió—. ¿Y qué maldad has hecho tú, Hoss?
Hoss sonrió. En ese momento habría podido hacer una confesión relativa al robo de carteras, pero decidió dejar a un lado, por ahora, su pasado.
—Nada en absoluto —afirmó—. Llegué ayer. ¿Tú también eres nueva? —Eso sería una explicación.
Mary Ann negó con la cabeza.
—No. Yo siempre estoy aquí. No me pueden adoptar. Pagan… para que me quede. —Se percibía como una mezcla de orgullo y decepción.
—¿Pagan? ¿Como un alquiler o algo por el estilo? ¿Dan dinero a las monjas para que te tengan aquí? —Hoss no había oído hablar jamás de nada así, aunque, por supuesto, también él y los demás niños de la calle tenían que dar dinero al viejo Edward para que los dejara dormir en su casa—. ¿Quién paga por ti?
—Mi mami —contestó la pequeña, y a su rostro asomó una sonrisa celestial—. Al menos eso es lo que dice la hermana Katherine.
Hoss seguía encontrando eso muy raro.
—¿Y dónde está tu mami? Si se preocupa por ti, ¿por qué no te lleva con ella?
Mary Ann se encogió de hombros con tristeza.
—No puede —respondió—. Está en el cielo.
Hoss tuvo que contenerse para no darse un cachete en la frente ni soltar una carcajada, lo que todavía sería peor para esa niña que tan firmemente creía en esa historia.
—¿Así que cada mes cae dinero del cielo para ti? —preguntó.
Ella hizo una mueca.
—No creo. Vendrá de un banco o algo así. Pero la hermana Katherine dice que lo envía mi mami. Aunque está en el cielo… ¡Tengo una prueba! ¿Quieres verla?
Hoss empezaba a preguntarse si no mantendrían apartada a esa preciosidad porque le faltaba un tornillo.
—Ven —dijo la niña con determinación, cogiéndolo de la mano. Era mucho más baja que él y seguro que considerablemente más joven. Él calculaba que debía de tener unos ocho años. En ese momento tiraba de Hoss en dirección al dormitorio de las niñas, la entrada al cual seguro que se castigaba con dureza. Pero tenía curiosidad y la cama de Mary Ann no estaba, por fortuna, demasiado alejada de la entrada. Imperaba el orden y todo estaba en su sitio. Al parecer, las chicas contaban con tan pocos objetos personales como los chicos. No obstante, sobre una de las camas colgaba una fotografía con un bello marco. Hoss contuvo el aliento cuando ella se subió al colchón y la descolgó para que él pudiera verla mejor.
—¡Esta es mi mami! —explicó—. Subiendo al cielo.
En efecto, la foto mostraba a una mujer extraordinariamente hermosa con un vestido blanco y un sombrero del que caían unos velos que la rodeaban. Estaba de pie en una especie de barca ligeramente curvada que colgaba de un globo cautivo. Este la transportaba por un cielo nocturno. Mary Ann no había mentido: alguien había fotografiado a esa mujer en su ascensión. En realidad, todavía podía estar con vida.
—Ayúdame a volver a colgarlo —le pidió después de que ambos hubieran admirado la imagen.
Hoss lo colocó con cuidado en su sitio.
—Entonces ¿tu madre no ha muerto? —preguntó. En sí no era sorprendente. Los mismos padres de Hoss, por lo que él sabía, todavía estaban vivitos y coleando. Él se había escapado de su casa, en Brooklyn, cuando se cansó de las borracheras, peleas y palizas diarias. Ya su padre lo enviaba a robar en la calle y luego le quitaba todo lo que hubiera obtenido para gastárselo en ginebra. En un momento dado, Hoss cayó en la cuenta de que podría comer más si se independizaba. Muchos de los «huerfanitos» alojados allí también debían de tener familia. Él había oído decir que con frecuencia se dejaban delante del orfanato; bebés no deseados, así de sencillo.
—Sí —contestó con tristeza la niña—, se cayó. Si no, me habría venido a buscar, lo dice la hermana Katherine. Y piensa en mí y me cuida desde el cielo.
Hoss se preguntaba si quien siguiera pagando en nombre de su familia no le estaría haciendo un flaco servicio. Seguro que a Mary Ann la habrían adoptado de pequeña si no la hubiesen ocultado a la vista de familias interesadas.
—¿Y por qué te trajo a un orfanato? —quiso saber Hoss.
—Yo nací aquí —respondió ella con un gesto de indiferencia.
2
—¿Dice que no han entrado los pagos por Mary Ann? —preguntó la superiora, la madre Iseult. La hermana Katherine, su asistente, que también se ocupaba de la contabilidad del orfanato, asintió.
—Desde hace dos meses —precisó—. Y sí, por supuesto que me he informado. Con discreción, como usted deseaba, madre…
Todo lo que concernía a la niña se trataba con discreción en el orfanato de las Sisters of Mercy. A fin de cuentas, la madre había dado unas claras instrucciones cuando había dejado a su hija bajo la tutela de las monjas. Pagaría doscientos dólares al mes para que la cuidasen, siempre que se mantuviera un silencio absoluto sobre Mary Ann y su origen. Respecto a este asunto, la hermana Katherine y su superiora tenían opiniones distintas desde hacía ocho años, cuando murió la madre de la pequeña. Las monjas habían descubierto entonces que la niña todavía tenía parientes, pero la madre Iseult no había querido romper su promesa. Doscientos dólares al mes eran, además, mucho dinero y la superiora había confirmado satisfecha que se seguía transfiriendo el donativo mensual tras el fallecimiento de Haily Hard.
—¿Y? ¿Qué dice el banco? —preguntó con impaciencia.
La hermana Katherine se encogió de hombros.
—La cuenta está vacía —explicó—. No es extraño, pues desde hace ocho años nadie ha ingresado nada. La fortuna de la madre de la pequeña se ha agotado. No va a haber más pagos.
La boca de la superiora formó una línea recta.
—¡Qué rabia! —exclamó—. Si lo hubiésemos sabido antes…, a lo mejor habríamos encontrado a alguien para ella en la fiesta de verano.
Desde la fiesta estival, durante la cual Mary Ann y Hoss se habían conocido, ya habían pasado dos meses. No había supuesto un gran éxito para la inclusa: solo tres niños habían encontrado nuevos padres, y dos jóvenes, puestos de aprendiz. Para la administración del orfanato, eso no era más que una gota en el mar. Como otras instituciones similares, el orfanato de las Sisters of Mercy estaba a reventar. Con más de ciento veinte pupilos, estaba sobresaturado, y además no dejaban de llegar más niños. Nueva York, el lugar anhelado por incontables familias de inmigrantes de todo el mundo, no traía a todos suerte. Eran muy pocos los nuevos ciudadanos que se enriquecían, y muchos los que no ganaban más que en sus países de origen, donde casi todos tenían una familia que podría ayudarlos a sobrevivir. En la actualidad, no solían ver otra posibilidad que desprenderse de sus hijos, mandarlos a la calle a robar o dejarlos en un orfanato. Para las familias no había subsidios estatales dignos de tal nombre, así que las madres preferían separarse de sus hijos antes que dejarlos morir de hambre.
—¿Cómo está evolucionando? —preguntó la superiora—. Nuestra Mary Ann. ¿Se la puede enviar pronto a trabajar? —Solían proporcionar muchachas jóvenes para realizar tareas domésticas.
—¡Madre Iseult! ¡Tiene ocho años! —protestó la hermana Katherine. Adoraba a Mary Ann desde que había tenido que asistir en su parto. Eso le ocurría raramente, pues, aunque tenía formación de comadrona, solía ocuparse de la administración de casas de acogida para enfermos y huérfanos. Todas las monjas de la orden aprendían a cuidar enfermos, pero eran pocas las que entendían de contabilidad. Como la madre de Mary Ann había expresado unos deseos muy determinados con respeto a sus comadronas y la formación de estas, habían tenido que recurrir a la joven religiosa, que se había enamorado al instante del hermoso bebé—. ¡Y es muy lista! Además de muy obediente, buena alumna… En realidad esperábamos poder enviarla al instituto. A lo mejor…, a lo mejor después tomaría en consideración ingresar en la orden.
—Para lo cual tendríamos que mantenerla al menos ocho años más —dijo la superiora exhalando un suspiro.
—¡Pero ya trabaja! —afirmó la hermana Katherine—. Tiene un amigo algo mayor que ella, un chico… Hoss.
—¿Horace Timber? ¿El pequeño carterista? —preguntó la superiora—. Extraña compañía para una niña que se supone que es tan lista y obediente. ¡Más bien se diría que sigue los pasos de su libertina madre!
La joven negó con la cabeza.
—En absoluto; es algo totalmente inocente. Y Hoss es en realidad un personaje simpático. La trata como a una hermanita. Y ella…, bueno, él nunca había asistido a la escuela antes de entrar aquí, y ahora ella lo ayuda a hacer los deberes. Es muy conmovedor ver cómo se lo explica todo y él se deja mandar. Y, sin embargo, es un chico que se hace respetar. En la escuela tuvimos que enviarlo a una clase inferior porque en lectura y escritura estaba muy por debajo del nivel de su edad, y, cuando pasa algo así, la mayoría de los niños se burlan del alumno. Nadie se atreve con Hoss, y, además, también protege a Mary Ann.
—Entonces, es una pena que tengan que separarse tan pronto —opinó la madre Iseult—. Lo siento, pero no nos queda otro remedio. En el siguiente tren los enviaremos a él y a los otros chicos mayores de diez años al Oeste.
—¿En un orphan train? ¿Otra vez? —La hermana Katherine se horrorizó—. Pero, madre superiora…, estamos…, estamos mandando a los niños a lo desconocido en esos trenes de huérfanos. ¡No hemos vuelto a saber nada de aquellos a los que enviamos la última vez!
Aquella institución, llamada Orphan Train Movement, era, para muchos trabajadores sociales comprometidos, un experimento muy cuestionable. La idea consistía en enviar a los niños sin hogar procedentes de aglomeraciones urbanas, como Nueva York y Boston, a los nuevos estados anexionados del Oeste, donde podían encontrar acogida entre familias de granjeros temerosas de Dios. Charles Loring Brace, el fundador de la Children’s Aid Society, que organizaba el transporte de los niños, estaba convencido de que las familias de pioneros de la América rural acogerían encantados a los huérfanos. Los educarían cristianamente como a sus propios hijos y harían de ellos seres humanos felices. Tenía razón en parte, pero a menudo las familias de granjeros solo consideraban a los niños mano de obra barata. La superiora tenía sus razones para enviar sobre todo a los mayores. Eran más solicitados que los pequeños, que todavía necesitaban cuidados. Además, nadie controlaba cómo los trataban sus nuevas familias. La elección era arbitraria: cualquiera podía apropiarse de un niño. Las huellas de esas criaturas se perdían a menudo en la vastedad del Oeste.
—¡No sea usted tan melodramática, hermana! —reprendió la superiora a su asistente—. La última vez enviamos a diez niños de entre diez y catorce años y a tres niñas de entre doce y trece. No se habrá creído usted que iban a escribirle. En cualquier caso, estoy segura de que eso es bueno para muchos de nuestros pupilos. Precisamente para aquellos de armas tomar como ese Hoss…
—Mary Ann lo echará de menos —comentó la joven.
La superiora hizo un gesto de indiferencia.
—Si tanto dependen el uno del otro…, no tengo nada en contra de mandarlos fuera a los dos.
La hermana Katherine estaba indignada, pero tampoco podía evitar entender la desesperación de la madre superiora. El orfanato de las Sisters of Mercy se había concebido para hospedar de sesenta a cien niños como máximo. Ni había sitio ni medios suficientes para muchos más pupilos. Y ahora tampoco llegaban los doscientos dólares de Mary Ann.
—Veamos: vamos a hacerlo así, hermana Katherine —dijo la superiora desarrollando una nueva idea—. Enviaremos también a las muchachas mayores de doce años, y a cada una le daremos una especie de ahijado menor de cinco. —Los más pequeños enseguida encontraban padres adoptivos, pero los orfanatos bien dirigidos no se animaban a enviarlos solos a lo desconocido. En los trenes había como máximo tres responsables adultos por cada treinta o cuarenta niños—. La mayor podrá cuidar del pequeño y consolarlo; a fin de cuentas, todos se conocen entre sí.
La joven religiosa tuvo que reconocer que esa no era la peor de las soluciones. A las mayores se les pedía siempre que se ocupasen de los niños más pequeños, y la mayoría lo hacía de buen grado. No obstante, prefería no imaginar qué ocurriría con ambas partes cuando tuvieran que separarse tras la llegada del tren a su destino.
—¿Y Mary Ann? —preguntó dubitativa.
La superiora asintió.
—Y Mary Ann.
—Pues ahora me van a adoptar. —Mary Ann contó a Hoss la novedad cuando se encontraron en la hora de la cena. El chico había estado trabajando con otros en el jardín y también había encontrado un rato para jugar a la pelota. La madre Iseult era injusta con él cuando lo acusaba de añorar su anterior vida en la calle. De hecho, Hoss disfrutaba en general del orfanato, a pesar de que el aprendizaje escolar le resultaba difícil. Pero le tenía cariño a su amiguita y se llevaba bien con la mayoría de los demás pupilos. Realizaba solícito y con eficacia las tareas que el conserje le encomendaba. De vez en cuando se aburría un poco, pero no pasaba ni hambre ni frío. En principio, eso le bastaba. Y ese día había recibido la noticia de que el futuro le deparaba algo todavía más emocionante…
—¿Y eso? —preguntó antes de comunicarle su propia novedad—. ¿Quién lo ha decidido? ¿Tu mami? —El tono siempre era vacilante cuando ella hablaba de que su madre la protegía desde el cielo.
—Creo que Nuestro Señor —contestó la niña—. La hermana Katherine dice que él ha elegido una familia para mí. Pero no aquí. En…, en… Miss…
—Missouri —dijo Hoss, y en su voz resonaban el desprecio y la amargura—. ¡Mary Ann, van a meterte en el orphan train! Y eso que yo pensaba… Bueno, a mí me da igual y a los otros chicos también. Probaremos suerte en el Salvaje Oeste y, si no nos va bien, nos marcharemos. Pero tú… He oído decir algunas cosas…
Los transportes infantiles no eran un misterio para los niños de la calle de Nueva York. Casi todos habían oído hablar de niñas o niños a los que habían enviado prácticamente de las calles al campo. Algunos volvían a aparecer más tarde y hablaban de las espantosas condiciones de vida y trabajo, de las cuales se habían librado lo antes posible. Pero esos niños estaban acostumbrados a apañárselas. Mary Ann, sin embargo…
—¡Eres todavía muy pequeña para eso! —exclamó sin adentrarse en lo que podía pasarles a los pequeños.
Ella negó con la cabeza haciéndose la importante.
—¡No lo soy! —exclamó—. Jeannie, Billie, Jim y los mellizos son mucho más pequeños que yo. Y todavía no han elegido a ninguna chica para que se ocupe de mí. La hermana Katherine opina que podría irme yo sola. Soy mayor y lista.
Hoss suspiró.
—Yo cuidaré de ti —anunció—. Y también iré en el orphan train.
El tiempo previo al viaje fue excitante para los niños implicados. Más tarde se enteraron de que en otros orfanatos se informaba a los pupilos de su partida de un día para otro. Las Sisters of Mercy, por el contrario, se esforzaban por animar a sus protegidos y prepararlos en lo posible para lo que les esperaba. Mary Ann le contó resplandeciente a Hoss que, como despedida, había obtenido por primera vez en su vida un vestido que no procedía de ninguna donación. La Children’s Aid Society solía vestir con prendas nuevas a todos los niños antes de la partida. Además, cada uno de ellos recibía una Biblia. Mary Ann empaquetó también la fotografía de su madre al preparar su pequeña bolsa de viaje. La hermana Katherine la ayudó, y tuvo que contenerse para no llorar cuando vio subir a la pequeña en el último de los camiones que transportaban a los niños a la estación de ferrocarril.
Fue entonces cuando Mary Ann tomó conciencia realmente de la separación y, aunque estaba prohibido, abrazó por vez primera a la religiosa que en todos esos años había sido su única y auténtica confidente. No había podido hablar de su madre con nadie, salvo con la hermana Katherine. Y ahora…
—Pero mi mami seguirá velando por mí, ¿verdad? —se aseguró al despedirse—. ¿Desde el cielo se puede ver hasta Miss…, Missouri?
La joven religiosa le garantizó que desde el cielo se podía ver toda la Tierra; pese a ello, las lágrimas resbalaron por las mejillas de la niña cuando el camión se puso en marcha. La situación no mejoró en el andén. Ahí no había nadie que dividiera a los niños en grupos, como en las excursiones, ni que les indicara que se dieran la mano. En lugar de eso, los niños y las niñas se mezclaban, algunos se peleaban, los jóvenes se envalentonaban y las chicas se agarraban a sus amigas, si es que las tenían. Las pocas responsables ya tenían suficiente trabajo con los niños de corta edad. Jeannie y los más pequeños de las Sisters of Mercy querían que los llevaran en brazos, lo que impacientaba aún más a sus madrinas. Hubo riñas y llantos, y, cuando por fin entró el tren, los gritos de miedo se mezclaron en el andén con el ruido. Muchos de los niños nunca habían visto una locomotora, y se asustaron ante ese monstruo que resoplaba y chirriaba.
También Mary Ann lloró cuando una trabajadora de la Children’s Aid Society la subió con suavidad, pero con determinación, del apeadero al interior del tren. Pero entonces la mano de Hoss se cerró en torno a la suya, protectora.
—¡No tengas miedo! —dijo el muchacho—. Estoy aquí.
Cuando el tren por fin se puso en marcha, a los niños les esperaba un viaje de cientos de kilómetros. Hoss subió a su amiga a uno de los duros bancos de madera y le consiguió un sitio junto a la ventanilla, lo que resultó ser muy eficaz, porque el paisaje que veía desde el vagón pronto la hizo olvidarse de sus penas. Ella nunca había salido de Nueva York. Las escasas excursiones programadas del orfanato no iban más allá de Central Park; de vez en cuando, un teatro infantil invitaba a los pequeños a una representación, y, de tanto en tanto, algún niño iba acompañado de una monja a un médico especialista. En esas ocasiones cogían el autobús. Pero, hasta entonces, todo el mundo de Mary Ann había consistido en calles y casas, algunas tan altas que superaban incluso los árboles del parque. Se quedó boquiabierta cuando, al cabo de pocas horas, el mar de casas dejó sitio a un paisaje idílico. Era otoño, y en el follaje de los árboles resplandecían todos los colores. Los prados todavía estaban verdes, y por vez primera vio vacas y caballos pastando.
—¿Missouri también es así? —preguntó a Hoss, que lo ignoraba. Tampoco él había abandonado nunca la ciudad, y lo mismo le sucedía a la mayoría de los demás. Mientras que los más pequeños no tardaron en dormirse agotados, los otros contemplaban como embrujados los paisajes que discurrían por las ventanillas del tren. Cada dos horas pasaban las supervisoras, repartían pan y té caliente y respondían con más o menos paciencia a las preguntas de sus protegidos. El tren cruzó Pennsylvania, y vieron torres de extracción, yacimientos mineros y fábricas, hasta que llegó la noche y solo asomaron ocasionalmente por las ventanillas luces de pueblos o de granjas solitarias. El sol se elevó después sobre las montañas y lagos de Ohio, y Mary Ann estaba como hechizada por esa atmósfera diáfana y por las formaciones rocosas que se reflejaban en la superficie de los lagos. Empezaba a mirar con optimismo su nueva vida y se preguntaba qué se sentiría con un perro correteando alrededor, como había visto con un joven granjero, y qué se experimentaría al acariciar a un gato. La madre Katherine había dicho que iba a vivir en una granja. Seguro que allí habría animales…
Transcurrió una noche más, y, a esas alturas, los mayores se mostraban impacientes y los pequeños lloriqueaban. Los baños del tren ya no estaban precisamente limpios y desprendían un fuerte olor. En realidad, lo que todos querían era apearse de una vez. Mary Ann dormía, abrumada por todas las impresiones, estrechamente agarrada a Hoss. Cuando despertó, circulaban entre bosques y de vez en cuando se veía un río, así como tierras de cultivo.
—¡Missouri! —exclamó Hoss, que hacía más tiempo que estaba despierto. Los responsables habían comunicado a los niños que habían cruzado la frontera—. Pero todavía hay que viajar un par de horas más; es un estado grande. El lugar al que vamos se llama Lebanon. Nunca he oído hablar de él, pero, claro, eso no significa nada.
La estación de Lebanon era igual que todas las demás estaciones de ciudades pequeñas por las que habían pasado en los últimos días. Detrás de los edificios se veían montañas, pero alrededor de la localidad el paisaje era más bien plano. En las últimas horas habían visto muchos campos y pastizales. En ese momento, los niños miraban fijamente el andén, donde los esperaban unas pocas personas. Mary Ann las observó con curiosidad. ¿Estarían allí los nuevos padres que Dios le había enviado?
Las acompañantes de Nueva York también se habían levantado, y cada una se dirigió a uno de los tres vagones en que los niños habían realizado el viaje.
—Bien, ya hemos llegado —anunció la mujer mayor responsable del vagón de Hoss y Mary Ann—. Esas personas son los notables de la ciudad, que han venido a daros la bienvenida. ¡Así que enseñadles enseguida lo bien educados que estáis! Nada de empujones al bajar; nada de peleas ni de llantos. Dejáis el tren con calma y seguís a esos señores hasta vuestro alojamiento. Quizá os distribuyan entre las familias hoy mismo, quizá mañana. Enseguida lo aclararemos. Ahora, mucha tranquilidad y orden, ¿entendido?
Los niños, inquietos y agotados, habían comprendido en el mejor de los casos la mitad, pero las responsables se ocupaban de que no hubiera ni empujones ni golpes. Aun así, los pequeños que no iban en brazos de sus madrinas se sentían apelotonados entre los demás y lloraban. Mary Ann se agarraba a la mano de Hoss. Sabía que tenía que ser valiente, pero empezaba a sentir miedo. ¿Qué pasaría si la enviaban con una familia distinta a la de su amigo? ¿Y qué significaba «distribuir»? Con una mano tenía cogida la maleta y con la otra a Hoss, bien fuerte, cuando llegó al andén dando traspiés. Ahí se irguió ante los recién llegados un hombre con sombrero de copa y aspecto importante.
—¡Bienvenidos! Me llamo William Lancaster; soy el alcalde en funciones y el sheriff de Lebanon. Nos alegramos de que hayáis llegado y esperamos que aumentéis nuestra todavía pequeña comunidad. Llegado el caso de que no sepáis apreciar la amabilidad con la que se os recibe, no tendré el menor escrúpulo en enviaros de vuelta. Sé que muchos de vosotros habéis escapado por los pelos de ir a la cárcel en Nueva York.
Examinó a un niño tras otro con mirada severa.
—De momento, seguidnos hasta la iglesia baptista —prosiguió—. Es la que tiene la mayor sala comunitaria. Allí os presentarán a los granjeros y comerciantes que están interesados en vosotros. Algunos de ellos harán hoy mismo su selección, y mañana vendrán personas de lugares más alejados. Así que no temáis: si hoy todavía no os han elegido, mañana todos tendréis un nuevo hogar. Y, ahora, vámonos; queda algo lejos y hay que andar un poco.
Salvo algunos chicos, todos los niños se sentían amedrentados tras el discurso del sheriff y nadie habló camino de la iglesia. El sheriff y los otros hombres que formaban el comité de bienvenida los llevaron por una calle ancha y sin pavimentar flanqueada por edificios, casi todos de dos pisos. En la planta baja había tiendas o talleres de artesanos, y encima vivían los propietarios. En esos momentos, la hora de comer, no ocurría gran cosa en la calle, pero la poca gente que circulaba a pie o a caballo, pues ahí parecía haber más vehículos tirados por caballos que automóviles, miraba con curiosidad a los niños.
3
La iglesia se hallaba en las afueras de la ciudad. Para llegar hasta ella había que pasar un puente que cruzaba un pequeño y vivaz riachuelo, y ahí todo volvía a ser verde: árboles y huertos bordeaban el camino. La iglesia resultó ser un edificio cuidado, pintado de blanco. El reverendo responsable saludó al sheriff y pronunció una oración para bendecir la llegada de los niños a su iglesia. Mary Ann no se sabía el texto, pues era católica de formación, pero, de todos modos, estaba demasiado nerviosa, además de agotada, para enterarse de cuál era la diferencia.
El sheriff condujo a los viajeros a la sala comunitaria que, ciertamente, era muy grande y tenía en un extremo una especie de escenario. Un par de mujeres los esperaban con una gran olla de estofado y pan. Tras el largo viaje, durante el cual solo se había repartido pan, en su mayoría estaban hambrientos, pero esperaron obedientes a recibir su ración. Todos se sentaron a comer en el suelo. Nadie había pensado en ponerles mesas ni sillas.
—Luego os colocáis ahí arriba —dijo una de las mujeres señalando el escenario—. Así os verán mejor. Y en caso de que alguien quiera lavarse… —Arrugó un poco la nariz; los niños debían de oler bastante mal después de ese viaje interminable—. Fuera hay una fuente. No podemos ofreceros agua caliente, pero no está fría.
Las muchachas a las que las Sisters of Mercy habían confiado a los pequeños sabían cuál era su tarea. Se les había indicado que sus protegidos debían estar limpios, y también Mary Ann las siguió hasta la fuente. El agua estaba helada, pero en el orfanato tampoco disfrutaban de especial comodidad. El agua solo se calentaba para el baño semanal. Así que se lavó tiritando la cara, los brazos y las manos, y se pasó un paño por el cuerpo por debajo del vestido, tal como las monjas le habían enseñado. En el orfanato, las niñas nunca se desnudaban por completo. Incluso se ponían una blusita para bañarse.
A los chicos se les había asignado un abrevadero de caballos, y Hoss también aprovechó la oportunidad para refrescarse.
—La gente no nos querrá si olemos como animales —advirtió—. A fin de cuentas, ellos son los que eligen. Deberías peinarte también.
Ella se sintió desamparada. Sabía que llevaba las trenzas desarregladas; durante el viaje se le habían desprendido unos mechones y había perdido los lazos. No podía arreglarse ella sola; las niñas se peinaban unas a otras. Pero ahora las mayores ya tenían suficiente que hacer con los pequeños. Se toqueteó las trenzas medio deshechas.
—Suéltate primero el pelo —la animó Hoss—. Y luego te peinas.
La miró casi con respeto cuando la niña siguió sus indicaciones. El resultado fue arrebatador. El rostro ya de por sí hermoso de Mary Ann estaba ahora enmarcado por sedosos bucles de un rubio trigueño que le caían por la espalda. Sus rasgos parecían más suaves; en el orfanato siempre le habían hecho las trenzas muy tirantes y parecía como si le arrastraran la piel del rostro hacia atrás. Ahora, sin embargo, la cara de Mary Ann se veía relajada, y destacaban en ella su frente amplia, así como los grandes ojos castaños.
—Déjatelo así —susurró Hoss—. La gente se peleará por ti.
—Pero tú también tienes buen aspecto —opinó ella para animarlo. Y no es que estuviera equivocada. Hoss tenía el cabello castaño y rizado; se veía maduro para su edad, pero no insidioso ni astuto como otros niños que antes habían vivido en la calle y que llevaban escrita en el rostro su guerra por la supervivencia. El rostro de Hoss había perdido toda redondez infantil; sus rasgos eran nítidos y sus ojos verdes se hallaban bien separados el uno del otro. Después de dos meses de una alimentación regular, ya no estaba delgado. Era más alto y parecía más fuerte que la mayoría de sus coetáneos.
Entretanto, los primeros interesados en los huérfanos habían ido llegando a la sala comunitaria. La mayoría vestía con sencillez: los hombres llevaban vaqueros y botas o zapatos de trabajo, camisas de cuadros o lisas y chaquetas de cuero o de lana. Los vestidos de las mujeres eran más largos y menos coloridos que los que Mary Ann había contemplado en la fiesta de verano del jardín. No llevaban chaqueta, sino un chal de punto sobre los hombros. Todas llevaban el cabello recogido, y Mary Ann se avergonzó de repente de llevar sueltos sus bucles. Ya iba a buscar una cinta para hacerse una coleta cuando oyó que, entre los lugareños, un hombre le decía a una mujer:
—Qué niña más bonita.
La mujer no respondió, más bien miró a su marido con seriedad, pero Mary Ann se decantó entonces por dejarse el cabello tal como lo llevaba.
Las responsables de los huérfanos les indicaron que se colocaran sobre el escenario para que pudieran verlos bien.
—Si alguien os hace una pregunta, le respondéis educadamente —ordenó la mujer del vagón de Mary Ann. No hizo ninguna observación acerca de su peinado. No obstante, resultaba desagradable tener que exhibirse así. Un par de niños se movían inquietos, y tuvieron que sujetar a los pequeños para que no se escondieran detrás de los mayores.
—¡Eh, tú! —Un hombre se volvió hacia uno de los chicos de más edad—. ¿Tienes experiencia con el ganado?
El joven negó con la cabeza.
—Soy de Brooklyn, señor. Aunque allí hay un montón de cerdos, pero…
Unos niños se echaron a reír, pero al público no le sentó bien el chiste del muchacho.
—¿Y tú? —preguntó el hombre dirigiéndose a Hoss.
Este tragó saliva.
—Una vez lavé el caballo del vendedor ambulante, señor —respondió amablemente, tal como le habían indicado las monjas en el orfanato—. Y lo enganché al carro. Salvo eso, nada más.
—¡Enséñame los músculos!
El hombre no tuvo reparos en subirse al escenario y palpar los bíceps de Hoss.
—No sirves de herrero —sentenció luego—. No tienes fuerza suficiente. En cambio, el insolente ese… —El hombre se acercó al chico fuerte que había confesado que no tenía experiencia con animales; al parecer se sentía capaz de domarlo.
—Mira, Bobs, qué niñita tan preciosa…
Al oír esas palabras, la mirada de Mary Ann se posó en una pareja que pasaba revista a la fila de niños. El hombre era robusto, fuerte y de aspecto severo; la mujer, de nariz puntiaguda y ojos despiertos, tenía una voz chillona y gesticulaba vivaz; su cabello era de un marrón grisáceo que no se dejaba sujetar en un moño. Era evidente su interés por la niña.
—¿Cómo te llamas, pequeña? —preguntó.
Mary Ann hizo una reverencia y le dijo su nombre. «Madam», añadió después. La mujer sonrió halagada.
—Iris, queríamos a un chico fuerte —observó el hombre—. Como ese de al lado de la niña…
Hoss parecía reflexionar y también Mary Ann sacaba sus conclusiones. ¡A lo mejor esa pareja se los llevaba a los dos! Pero ella no sabía si eso era realmente lo que quería. Ni el hombre ni la mujer tenían el aspecto de ser los padres que Dios le había enviado. Hoss no era tan exigente.
—¡Me llamo Horace Timber, señor! —se presentó sin esperar a que se lo pidieran—. Y tengo mucha fuerza. —Permitió con paciencia que también ese hombre comprobara su musculatura.
—¡Abre la boca! —le ordenó.
—Para ya, Waver, ¡esto no es un mercado de esclavos! —intervino el sheriff antes de que el potencial padre de Hoss le explorase la dentadura—. Ya ves que el chico está sano y que también sabe comportarse.
—Y mi hermana es muy guapa, lista y obediente —comenzó a decir Hoss elogiando a Mary Ann. A ella se le paró el corazón. ¿Cómo podía decir que eran parientes? Tenían distintos apellidos y no se parecían. A pesar de todo, Hoss la empujó hacia delante.
—Queremos un chico —repitió el hombre al que el sheriff había llamado Waver—. Que nos ayude un poco en la granja.
—Pero esa niñita… ¿Acaso no tiene la carita clavada a la de Kitty? Como…, como si ella hubiera vuelto… —La voz de la mujer era en ese momento casi llorosa—. Y Ann Marie también es un bonito nombre.
—Mary Ann. —A la niña se le escapó la corrección y se ruborizó al instante—. Pero puede usted llamarme como desee, madam…
La mujer le sonrió de una forma extraña y casi cómplice.
—Entonces tendrás que llamarme mami.
Su esposo puso los ojos en blanco. Mary Ann se mordió el labio.
A su alrededor, la gente se interesaba sobre todo por los niños de menor edad. Una mujer preguntó a la pequeña Jeannie si podía cantarle algo. Jeannie se sintió tan intimidada que rompió a llorar. Louise, la muchacha que se ocupaba de ella, tuvo la amabilidad y la presencia de ánimo suficientes para entonar en su lugar una canción infantil, lo que al menos secó las lágrimas de Jeannie.
—¿Y tú, Mary Ann? —preguntó la señora Waver usando el nombre correcto—. Kitty tenía una voz tan bonita…
—¿Cantar? —preguntó ella.
Hoss la animó.
—¡Venga, canta!
Mary Ann nunca había cantado sola sobre un escenario. Intentó recordar apurada alguna canción que hubiera aprendido en la iglesia. ¿El avemaría? ¿O el padrenuestro…? Se decidió por este último y entonó la canción con su delicada voz.
—¡Qué dulce! ¡Bobs, ¡es encantadora! Por favor, ¡quiero tenerla! ¡Di que sí! ¡Nos llevamos a los dos, al chico y a la niña! ¡Imagina cómo serán las Navidades! ¡Podré disfrazarla de ángel y cantará en la iglesia! ¡¡¡Bobs!!! —La señora Waver tenía un tono suplicante y el marido pareció abandonar su resistencia. Entretanto, habían atraído la atención de los otros presentes. A la mujer eso le era a todas luces indiferente, pero el marido parecía sentirse incómodo.
—¡Cójanos a los dos, señor! —le pidió Hoss—. Yo seré un buen trabajador, y ella… un buen…, huumm…, ángel.
El sheriff soltó una carcajada.
—¡Tienes razón, muchacho! Y, ahora, ¡no lo dudes más, Waver! Después de lo que Iris ha sufrido. ¿Y quién no desearía ser el papá de una muñequita tan mona?
La relación con los Waver ya se había enturbiado cuando, una hora más tarde, salieron de Lebanon en un carro de caballos en dirección a su granja. Cuando le dieron los papeles, Bob Waver averiguó que Hoss había mentido con respecto a su parentesco con Mary Ann. Quiso renunciar al instante a llevarse a la niña, pero la señora Waver insistió en que todo quedara tal como estaba, aunque castigarían al chico al llegar a casa por haber mentido. De ahí que la atmósfera fuera tensa en el carro que rodaba por unas carreteras de tierra a través de un paisaje cambiante. A lo largo del camino vieron bosques y campos de cultivo, y en realidad habría podido ser un viaje bonito, además de que el caballo avanzaba brioso. Pero Mary Ann tenía miedo; el mutismo del señor Waver era amenazador, y Hoss esperaba con temor el castigo, aunque se esforzaba por aparentar indiferencia. Al matrimonio, que no conocía su forma de ser, les debía de parecer huraño. Solo la mujer se esforzaba por conversar, si bien se dirigía únicamente a la niña.
—Así que estabas en el orfanato. ¿Lo pasaste mal, pequeña? —preguntó compasiva.
Ella negó con la cabeza.
—No, señora Waver, gracias, señora Waver… —No sabía por qué concretamente debía dar las gracias, pero la hermana Katherine le había aconsejado que asegurase a sus nuevos padres con la mayor frecuencia posible que les estaba muy agradecida.
—¡Mami! —la corrigió la mujer—. Ahora yo soy tu madre, cariño. Puedes llamarme mami.
Mary Ann no respondió. Mami… Su mami era esa mujer bellísima subida en el globo plateado que iba camino del cielo. Todo en ella se rebelaba contra la idea de llamar así a aquella mujer flaca con cierto aspecto de pájaro, de ojos penetrantes y pelo marrón grisáceo.
—¿Sabes algo de tus auténticos padres? —preguntó la señora Waver—. ¿De tu padre?
—No lo conozco, m…
Por fortuna, la granjera siguió hablando antes de que pudiera decidir qué tratamiento darle.
—¿Y de tu madre, Mary Ann?
—Está en el cielo… —Mary Ann pensó en la foto que llevaba en la bolsa de viaje.
—¡Pobre criatura! —dijo la señora Waver compasiva—. ¿Cuánto tiempo has pasado en el orfanato?
—Desde siempre —contestó la niña, y tras una breve reflexión añadió—: madre.
—¡Mami! —insistió la señora—. Mira, aquí empiezan nuestras tierras.
La granja de los Waver no estaba cercada; solo los pastos estaban rodeados de unas vallas de madera de color blanco dispuestas en orden. El acceso transcurría junto a campos de cultivo y pastizales, y estaba flanqueado por árboles. El sol se ponía en ese momento en la colina del fondo y bañaba el cielo con los matices más diversos de rojo y oro. Era muy bonito; Mary Ann no había visto nunca algo así.
—¡Y ahí está la granja!
La casa no era grande, pero tenía un aspecto acogedor. Era de madera pintada de blanco y tenía un tejado a dos aguas de color rojo. Al lado se veían los corrales y un pajar. Un perro de pelaje erizado salió de su caseta y se puso a ladrar moviendo la cola para saludar a sus amos.
—¡Cuidado, Blueboy! —La señora Waver lo separó cuando iba a brincar también sobre la niña—. ¡No lo toques, Mary Ann; es posible que tenga pulgas!
El señor Waver resopló ofendido. El perro se estrechó junto a Hoss, que lo acarició.
—¡Ven, ayúdame a desenganchar los caballos! —indicó el hombre al joven.
La mujer sacó del carro una cesta con las compras y se fue con Mary Ann directa a la casa. Esta era completamente distinta de las grandes mansiones de Nueva York. La puerta de entrada no se abría a un vestíbulo, sino a un pasillo estrecho en el que se podían dejar los abrigos y chaquetas mojados, y desprenderse también de zapatos y botas. Mary Ann llevaba zapatos cerrados y le costó un poco desatar los cordones; además, el calzado era nuevo. Siguió en calcetines a su madre tutelar al interior de la casa, y enseguida llegaron a una especie de cocina con comedor en la que dominaba una mesa con varias sillas, así como el ineludible fogón, una encimera y un fregadero. Las ollas, sartenes y platos de loza se guardaban en estanterías y armarios.
—Primero prepararé algo para comer —anunció la señora Waver mientras la pequeña contemplaba el resto del mobiliario. Estaba formado por dos mecedoras delante de una chimenea abierta y una especie de escritorio con una silla delante. Una escalera conducía al piso superior, y una puerta trasera se abría a un porche. Seguro que en verano se hacía más vida allí fuera que en el interior.
—¿O prefieres ver antes tu habitación? —preguntó solícita la mujer—. ¡Claro que es eso lo que quieres! ¡Tienes una habitación preciosa!
Mary Ann se sorprendió y se sintió incómoda. El matrimonio tenía intención de adoptar a un chico. ¿Estaba ella quitándole la habitación a Hoss?
Siguió obediente a la señora Waver por la escalera estrecha y empinada, de la que partía un pasillo que daba a dos puertas. Su nueva madre tutelar abrió diligente una de ellas y Mary Ann comprendió al instante que esa habitación nunca había sido pensada para un adolescente. Más bien se asemejaba al cuarto de un bebé. Incluso se habría podido pensar que la parte superior de la cómoda estaba destinada al cambio de pañales. También había un bonito armario ropero pintado de amarillo y azul. Al lado de una cama con barrotes había una mecedora, cubierta con un quilt de colores que posiblemente había cosido la misma ama de casa. Otro igual hacía de colcha de la camita…
¡Pero esa señora no podía creerse de verdad que iba a dormir en una cunita para niños pequeños!
La mujer pareció percatarse de ello en ese momento.
—Ay, sí —dijo distraída—. Has crecido, por supuesto… Pero no importa; Bobs te hará mañana una cama nueva. Hasta entonces…, si saco el colchón y te lo pongo en el suelo… y lo envuelvo con un par de mantas…
—¿A quién…? ¿De quién era esta habitación, madre? —preguntó en voz baja Mary Ann. Alguien tenía que haberla ocupado antes.
—¡Mami! —insistió la señora Waver, y se frotó la frente antes de dar una respuesta—. Era la habitación de mi Kitty. Pero…, pero murió… —Se pasó la mano por los ojos, pero luego volvió a sonreír y miró a Mary Ann—. Por eso Dios te ha enviado ahora conmigo. —Se santiguó—. Tú la sustituirás. Era igual de rubia que tú, igual de bonita… —Su mirada pareció dirigirse a su interior.
Mary Ann sintió que algo le lastraba el alma. Enseguida había intuido que algo raro pasaba… Esa mujer no se había enamorado de ella, sino de la imagen de su hija fallecida.
—Ahora ven —dijo la señora Waver—. Tenemos que poner algo de comida en la mesa, o Bobs se impacientará. Y, en ese caso, le impondrá un castigo aún más duro a ese chico…
Mary Ann tragó saliva. Con el asunto de la habitación se había olvidado del castigo de Hoss, pero ahora volvía a sentir un vago temor. En el orfanato, el castigo se anunciaba justo después de cometida la infracción y solía ejecutarse de inmediato. Sin embargo, no había que tener demasiado miedo. Las Sisters of Mercy no habían pegado a sus pupilos prácticamente nunca. Lo más frecuente consistía en enviarlos a un rincón de pie, mandarles que hicieran más deberes o que se fueran a la cama sin cenar. A Mary Ann nunca le había pasado algo así. Pero ahora se respiraba una especie de violencia en el aire.
Suspiró aliviada cuando abajo, en la cocina, se encontró con un Hoss sano y salvo lavándose las manos en el fregadero. Los dos intercambiaron una breve mirada. Luego ayudaron a poner la mesa, como les mandó el ama de casa, y, justo después, Hoss se reconcilió como mínimo con sus nuevos padres tutelares. La comida que el ama de casa sirvió superó todo lo que hubiera visto jamás en lo relativo a comestibles. Sobre la mesa había bandejas con salchichas y queso, calabaza y pepinos en vinagre, así como un tarro de mantequilla, probablemente batida en casa. La señora frio además unos huevos, añadió jamón y cortó unas buenas rebanadas de pan. Llenó los vasos con leche y té frío, aunque para su esposo había una jarra de cerveza. Hoss no se cansaba de mirarlo todo, pero antes de empezar a comer había que rezar, por supuesto.
—Por cierto, nosotros no vamos a la iglesia baptista —explicó la señora Waver después—. Somos metodistas. Asistirás a la escuela dominical, Mary Ann; entonces conocerás mejor a la comunidad…
A la niña, las distintas creencias no le decían nada: nunca había oído hablar de otra iglesia que no fuera la católica. Hoss no había ido a la iglesia, excepto para robar alguna vez a los asistentes a misa. Para ello había tenido que aprender las bases de la liturgia con el fin de pasar desapercibido.
—¿Rezabais en el orfanato? —preguntó la señora Waver.
Mary Ann asintió.
—Mucho —dijo sincera.
—¿Y llevas a Jesús en tu corazón? —quiso saber su madre tutelar.
Mary Ann recordó una oración infantil y volvió a asentir. Hasta que no se sentó a la mesa, no había tenido hambre, pero ahora la comida era demasiado tentadora. Hoss se atiborraba sin complejos. Parecía haberse olvidado del castigo que le esperaba, y el señor Waver no se lo había recordado ni una vez.
Volvió a hablarse del asunto cuando todos estaban satisfechos y el hombre rezó una oración de agradecimiento.
—Pero ahora, Señor —siguió diciendo cuando Mary Ann ya creía que había terminado—, todavía tengo una desagradable tarea que realizar, a la que sin embargo me consagro sinceramente en tu nombre. Hoy nos has enviado a dos niños con el deber de educarlos como buenos cristianos, pero uno de ellos es culpable de haber pecado a su llegada. Un pecado grave: el pecado del falso testimonio. El muchacho Horace ha venido a nuestra casa siendo un mentiroso, pero te prometo que será purificado. Horace, ¡levántate! ¿Confiesas que has mentido?
Hoss obedeció la orden.
—Pero no lo he hecho de mala fe —se disculpó—. No quería abandonar a Mary Ann. Le había prometido que cuidaría de ella.
—¿Que cuidarías de ella? —tronó el señor Waver—. ¿De qué crees que tenías que protegerla? ¿Qué relación hay entre vosotros? ¿Acaso albergas pensamientos impuros en relación con esta niña?
—Él es algo así como mi hermano —salió Mary Ann en su ayuda—. Él…
—¡No peques tú también! —le advirtió Waver—. Este chico y tú no sois parientes. Y en adelante os mantendréis separados. Pero ahora… —Se soltó el cinturón, abrochado con una pesada hebilla de plata—. Quítate la camisa, Horace, para que te castigue.
Hoss lanzó una mirada horrorizada a la hebilla. Si le pegaba con ella…
—¡No! —Mary Ann se lanzó entre el hombre y él—. No, por favor, por favor, no lo haga… No lo haga, padre Waver. ¡Déjelo en paz; puede pedir perdón y confesarse! —Con las hermanas, ese era uno de los métodos más seguros para eludir el castigo. Pero para ello se había tenido que celebrar antes la santa comunión, y en ese momento no era el caso de Mary Ann.
—¡Tendrá que suplicar perdón! —replicó Waver y, a modo de prueba, hizo restallar el cinturón en el aire.
—¡No le haga daño, por favor, por favor, no le haga un daño tan horrible! —Mary Ann ya suplicaba, mientras que Hoss mantenía una actitud estoica, aunque en sus ojos se reflejaba el miedo.
Y entonces el cinturón cayó en picado sobre la espalda desprotegida y dejó a su paso un rasguño rojo que enseguida se abrió donde la hebilla había golpeado.
La niña se alteró enormemente cuando vio la sangre. Pero a lo mejor su nueva madre podía hacer algo…
—¡Por favor! ¡Por favor, madre! —Miraba el rostro impertérrito de la señora Waver. Tal vez no le gustara el castigo, pero no parecía dispuesta a intervenir.
Mary Ann se aferró a un último recurso. Corrió a la mujer, le cogió la mano y hundió el rostro, desesperada, en los pliegues de su delantal.
—¡Mami! —suplicó.
La señora Waver la separó con suavidad. Luego se volvió hacia su marido.
—Bobs, creo que ya es suficiente. A fin de cuentas, es la primera vez que comete un error y, como ha dicho, lo ha hecho con buena intención. Hasta es posible que Dios actuase a través de él…
Robert Waver dejó caer el cinturón.
—Está bien —dijo de mala gana—. Dejémoslo como está. Ahora vete a la cama, chico, reza y confiesa al Señor tus pecados. Mañana a las cuatro nos vemos en el establo. Hay que ordeñar las vacas. ¡Y a partir de ahora no vuelvas a pecar!
Eso último sonó tan solemne como las palabras del párroco en la iglesia, pero Mary Ann no se impresionó; solo se sintió aliviada.
Hoss volvió a ponerse la camisa, deseó educado las buenas noches a todos y salió. Por lo visto le habían asignado un lugar donde dormir en el establo.
—Gracias —susurró a la niña cuando pasó por su lado. Ignoraba cuánto le había costado salvarlo.
Mary Ann pasó la noche sobre el colchón de Kitty Waver, demasiado pequeño para ella, apretando contra su pecho el retrato de su madre, y lloró hasta quedarse dormida.
4
—Y deseo, pues, concluir con la observación algo personal de que las nebulosas de gas y las estrellas binarias se cuentan entre los fenómenos más fascinantes del espacio sideral, y las primeras, en especial, entre los más bellos. Espero haberles podido aportar algunas nuevas ideas con la representación de estos fenómenos a través de la astrofotografía y su evaluación por medio del análisis espectral. Muchas gracias, señorita Peak Justin, por manejar el proyector. Es realmente muy útil poder alternar una conferencia con imágenes y de ese modo hacer más comprensibles las explicaciones. Y, por último, no puedo dejar de mencionar que todos los fenómenos que he presentado aquí han sido analizados por las computadoras de Harvard, o por mí. Para ello han intervenido el ojo y la capacidad de cálculo de mis colaboradoras, y tendrán ustedes que reconocer que no van en nada a la zaga de los astrónomos varones. De nuevo, mi especial agradecimiento al profesor Edward Pickering, que fundó nuestro departamento e hizo posibles todos nuestros avances científicos.
Ailis Hay se puso en pie y aplaudió a su mentor, un hombre ahora de pelo blanco en cuyo rostro oval todavía resaltaban unas patillas y una mirada despierta y amable. La amiga y compañera sentimental de Ailis, Molly Peak Justin, puso los ojos en blanco. Encontraba superfluo que Ailis siguiera mencionando al profesor en todas las conferencias que pronunciaba, pese a que, a esas alturas, ya había alcanzado una gran reputación en el ámbito de la astronomía y el análisis espectral. Con la evaluación de las placas fotográficas había descubierto cientos de nuevas estrellas, entre ellas muchas binarias, y, sobre todo, la favorita de ambas, la llamada nebulosa de la Ardilla, en la constelación de Orión.
Ailis era una matemática con un talento extraordinario a la que ya desde su infancia en Escocia fascinaba el cielo estrellado. No obstante, su deseo de poder estudiar Astronomía después de haber terminado el bachillerato en su país, en la renombrada escuela femenina de Saint Leonards, no se había cumplido. Por razones de política familiar, sus padres la habían casado con el joven aristócrata Cuthbert Hay, con quien había emigrado a Estados Unidos. Una suerte dentro de la desgracia que se produjo en Boston, donde Cuthbert intentó trabajar de fotógrafo antes de adquirir con la dote de su esposa un teatro, el Boston Music Hall. Poco después abandonó a Ailis embarazada, y ella tuvo que abrirse camino sola y con un hijo. El profesor Pickering fue su salvación. Primero la contrató como ama de llaves y luego como secretaria, y más tarde acabó dirigiendo el departamento de análisis de las computadoras de Harvard y un archivo de miles de placas fotográficas.
De ahí que su agradecimiento no tuviera límites.
No obstante, Ailis se conocía lo suficiente para saberse merecedora del aplauso por su discurso y aceptarlo satisfecha. Durante mucho tiempo se había escondido tras vestidos oscuros y peinados y sombreros aburridos para no dar la impresión de que debía su trayectoria a la explotación de su feminidad. De hecho, en el mundo de la ciencia, como sabían quienes lo conocían aunque fuera un poco, ocurría lo contrario: las mujeres lo tenían difícil para imponerse y ocupar puestos directivos. La misma Molly, una de las pocas mujeres que habían estudiado Astronomía, debía su posición a Edward Pickering, quien la había promocionado e incluido en la elaboración de su espectacular catálogo de las estrellas.
Cuando Ailis deslizó la mirada sobre su público, solo reconoció entre los asistentes al congreso uno o dos rostros femeninos, además de a las llamadas computadoras de Harvard, que habían tenido la posibilidad de participar porque se celebraba en Boston. Para que la universidad asumiera los costes del viaje para acudir a congresos en lugares alejados, pues los astrónomos se reunían en todas las ciudades posibles del mundo, una mujer debía gozar ya de cierta fama, como era el caso de Ailis y Molly.
—¡Has estado estupenda! —dijo Molly cuando los aplausos se fueron aplacando y la sala empezó a vaciarse. Todavía tenía que empaquetar el proyector y, como siempre, empleaba ese tiempo para comentar el discurso de Ailis—. En serio, cada vez lo haces mejor. Emocionas cuando hablas; ya no fuerzas la voz como antes, y se percibe lo mucho que disfrutas investigando las estrellas. Deberíamos pronunciar conferencias en escuelas femeninas. A lo mejor así habría más niñas interesadas en las matemáticas y la astronomía.
Molly era una feminista comprometida y siempre que podía intercedía en favor de los derechos de las mujeres y la educación de las jóvenes. Ailis la apoyaba, pero, en honor a la verdad, no tenía muchos intereses, a excepción de la investigación del espacio. Adoraba a su hijo Nicolas, al que todos llamaban Copper, «cobre», debido al color rojizo de su cabello, rasgo heredado de su padre; pero nunca había querido tener más hijos. El caso de Molly era distinto. Le habría gustado ser madre, pero su amor hacia las mujeres no se lo había permitido. Desde joven, Molly había sabido que quería unirse a una mujer; Ailis lo había descubierto después de separarse de Cuthbert. Molly y ella disfrutaban de una feliz relación desde hacía muchos años.
—Solo puedo dar la razón a su colaboradora —dijo de repente una voz masculina. Mientras ellas hablaban, un hombre corpulento y de rebelde cabello blanco había subido al escenario. Tenía una sonrisa simpática en un rostro anguloso—. Permítanme presentarme: me llamo Robert Ivans. Soy compatriota suyo, señora Hay. Y también su admirador.
Mientras Ailis todavía reflexionaba sobre por qué le sonaba ese nombre, Molly enseguida lo supo.
—¡Señor Ivans! ¡Es un placer conocerlo! ¡Ailis, es el hombre de las veintiséis estrellas binarias en el cielo austral! ¡Un autodidacta, como tú! ¿Sigue trabajando en Ciudad del Cabo?
El hombre asintió y Ailis cayó en la cuenta.
—Claro —dijo sonriente mientras le tendía la mano—. Yo también he leído sus cálculos sobre la influencia de Marte y Venus en la órbita terrestre, y los he repasado. ¡Impresionante!
Molly rio.
—Ailis es un genio del cálculo. Eso, en combinación con una vista aguda, es más bien raro.
—¡Y es posible que todavía sea más raro con unos ojos tan bonitos! —Ivans lanzó ese piropo, aunque haciendo un guiño, de forma que no sonó adulador ni lascivo. Ailis no bajó la mirada de forma instintiva como habría hecho antes. Molly le había devuelto la confianza en su propia belleza y singularidad, una confianza que Cuthbert Hay casi le había destruido durante su matrimonio. Ahora incluso se resaltaba el cabello castaño rojizo y los ojos de un azul verdoso vistiendo prendas con los colores adecuados, como ese día: llevaba un traje de terciopelo verde oscuro, con botones y detalles de un marrón rojizo. Molly Peak Justin siempre se había vestido a la moda, pero ese día, para la conferencia, también iba elegante. Se había recogido el cabello rubio en un moño tirante, al igual que Ailis sus bucles, y llevaba un sencillo vestido de línea reformista de un gris azulado claro. Molly era algo llenita, de rostro redondeado; tenía unos ojos azules y despiertos, y lo cierto era que siempre estaba de buen humor. Algo que Ailis también amaba en ella. Además, no era tímida.
—¿Tiene usted algún plan para esta noche, señor Ivans? —preguntó Molly sin ningún recato—. A Ailis y a mí nos gustaría conversar más tiempo con usted, pero nos morimos de hambre. ¿Tiene ganas de acompañarnos a un café o a un restaurante, para que hablemos un rato?
El estudioso pareció al principio algo desconcertado; luego asintió complacido.
—¡Será un placer! ¿Aquí en el hotel mismo? Por lo visto tiene una buena cocina.
Y, además, no pondría en ningún compromiso ni a las dos mujeres ni a sí mismo, hablando a la vista de los otros miembros del congreso. A Molly seguro que le daba igual, pero Ailis se lo agradeció. Poco después estaban sentados en el restaurante del hotel donde había tenido lugar el congreso, situado en el primer piso y con unas maravillosas vistas del puerto de Boston.
—¿Es cierto que es usted de Edimburgo? —preguntó Ailis después de haber pedido—. ¿Estudió también allí?
Robert Ivans negó con la cabeza. Acababan de servir el vino y tomó un trago para catarlo, dejando como un profesional que produjera su efecto en las papilas gustativas.
—No —respondió después de degustar el vino y de que el camarero llenase las copas—. Yo no he estudiado nada; me faltaban los medios. Pero sabía contar… y a los diecisiete años era lo bastante megalómano para solicitar que me admitieran en la Royal Astronomical Society. Eso no me ayudó a progresar. Así que emigré a Australia y me hice comerciante de vinos.
Molly se echó a reír.
—Como es sabido, tras disfrutar lo suficiente del alcohol también se pueden ver las estrellas —bromeó.
Ivans brindó a su salud.
—Pero yo me concentro en las publicaciones de grandes astrónomos, como el profesor Pickering y usted, señora Hay. Debo el descubrimiento de mis estrellas binarias a la minuciosa descripción de sus métodos analíticos. Cuando por fin dispuse de un telescopio con el que reconocerlas, las estrellas binarias me llovían. —Sonrió y levantó su copa en dirección a Ailis.
—¡Veintiséis en treinta horas! —observó ella—. ¡Eso a mí nunca me ha ocurrido!
—Tuve que devolver el telescopio; era prestado —reconoció él, y volvió a regalar a las mujeres un guiño y una sonrisa pícara—. Al cabo de treinta y una horas ya no lo tenía. Pero ahora en serio, en el cielo austral es fácil; ya solo a simple vista se captan más estrellas que aquí. Además, sobre los viñedos australianos, pues suelo combinar el trabajo y el placer, no hay muchas fuentes de luz artificial. Eso también lo simplifica todo. —En general se observaba mejor el cielo estrellado cuanta menos luz hubiera en torno al telescopio.
—Pero ahora está usted activo como astrónomo, con acceso a los instrumentos adecuados, ¿no? —preguntó Molly—. Tengo entendido que en Ciudad del Cabo. Sudáfrica. ¿No están allí en guerra?
Robert Ivans suspiró.
—Ciudad del Cabo y sus alrededores son, desde hace más de ochenta años, una colonia de la Corona inglesa. Las batallas entre bóeres y británicos se libran en Transvaal, en el norte. Pero tampoco se puede decir que haya paz en el Cabo. Los bóeres oprimen a los negros y siguen indignados por que los británicos hayan abolido la esclavitud. No es que los británicos se entiendan mucho mejor con los indígenas; la mayoría de estos últimos viven en asentamientos en condiciones precarias, mientras los blancos reúnen enormes fortunas gracias al comercio de diamantes. La tasa de criminalidad es alta; por las noches, solo los más audaces se atreven a salir a la calle. Y eso que el país es precioso. Y el cielo…
—Hay un observatorio —señaló Ailis, a quien el país y las condiciones que allí reinaban le resultaban del todo indiferentes siempre que los telescopios funcionaran.
Ivans asintió.
—Y ofrece unas posibilidades fascinantes. ¡Telescopios de siete y ocho pulgadas! Por desgracia, solo puedo utilizarlos en mi tiempo libre. Me ofrecí como asistente de David Gill, el director de la institución, pero no había ningún puesto adecuado libre. Así que ahora trabajo de secretario, bibliotecario y contable. Pero eso no me llena. Por fortuna, nadie se opone a que me dedique a las estrellas.
—Usted participó en el desarrollo del catálogo —recordó Molly.
Él sonrió.
—¡También usted! Pero tenía la astrofotografía de su parte. Como eso apenas se hace entre nosotros, todavía me interesa más su trabajo. Debería… Pero es aún una utopía… —Hizo un gesto de rechazo y se entregó al pescado que tenía en el plato. Acababan de servir la comida.
—¿Tiene usted un nuevo puesto a la vista? —preguntó Ailis—. El profesor Pickering mencionó que se ha sugerido que Sudáfrica sea el emplazamiento de nuevos observatorios cuando esos bóeres por fin se rindan.
Ivans volvió a suspirar.
—Lo que todavía puede tardar… Lo dicho, en el Cabo es difícil, con esa población tan variada.
A Ailis le habría gustado seguir hablando de su trabajo, pero Molly también se interesaba por los conflictos del país africano. Justo cuando el astrónomo estaba explicando la extraña concepción que los bóeres tenían sobre el cristianismo y su postura frente a la población indígena, un joven negro y una delicada mujer ataviada con un elegante vestido rosa palo entraron en la sala. Ambos se movían con toda naturalidad en la lujosa zona de restaurante del hotel. Cuando vieron a Ailis y Molly, les hicieron señas y se acercaron a su mesa. El hombre llevaba un terno caro; la mujer combinaba su distinguido vestido con un precioso sombrerito a juego que cubría el cabello castaño, peinado en un moño. Era evidente que formaban pareja.
Robert Ivans iba a decir algo, pero sus acompañantes no estaban asombradas, sino contentas por el encuentro
—¡Emily y Ron! —Ailis se puso en pie y los saludó a los dos con un abrazo—. ¿Qué os trae a estas nobles salas y os aparta de la naturaleza salvaje? —Mientras también Molly saludaba a los recién llegados, Ailis los presentó.
—Emily y Ronald Gardener son muy buenos amigos nuestros. También están vinculados al cielo, aunque no se ven tan atraídos por la altura, como nosotras. Los dos son ornitólogos. Emily, Ron…, os presento a Robert Ivans, un astrónomo de Sudáfrica.
Si bien este último vivía y trabajaba en el continente negro, era evidente que aún no había saludado a nadie de ese color con un apretón de manos. Aunque ni a él ni a Ron se les notó nada, lo que Ailis consideró positivo. Seguro que el astrónomo tenía prejuicios, pero supo comportarse.
—Hace dos años estuvimos en el Cabo —empezó Ronald con toda naturalidad—. El viaje formaba parte de la campaña para la protección de aves de Emily y Florence. Estuvimos fotografiando y observando aves con cuyo plumaje se adorna aquí la gente. —Deslizó la mirada con desaprobación por la sala, en la que algunas señoras llevaban sombreros rematados con plumas, algunos muy caros—. Pero fue horrible… El país es precioso, pero… cómo se comporta la gente… Nunca habría pensado que de mis labios iba a salir esto, pero, cuando regresamos, ¡encontré la gente bien de Boston realmente liberal!
La gente bien de Boston también había detectado a esa pareja desigual y había empezado a chismorrear. Pero el personal del hotel no se dejó confundir.
—Su mesa está lista, señor Gardener —comunicó amablemente el maître—. Aunque el señor Putnam todavía no ha llegado.
—¡Estupendo, entonces podremos seguir charlando un poco más! —exclamó alegremente Emily—. Acabamos de llegar del Amazonas. Con un material fotográfico maravilloso, ¡y yo pude observar guacamayos! Tan grandes como ocas… Bueno, casi, pero igual de bonitos… Y el comportamiento social, su capacidad de comunicarse… Cuando lo describamos en nuestro libro, nadie querrá volver a exhibirse con medio guacamayo en el sombrero. Es realmente de muy mal gusto. —Lanzó una mirada inclemente a una dama cuyo sombrero, en efecto, estaba compuesto casi en su totalidad por un pájaro disecado.
—Hemos quedado aquí con nuestro editor, el señor Putnam —explicó Ron—. Se trata de un nuevo proyecto. Para completar los libros de Florence Merriam Bailey. Florence estudió las aves de Estados Unidos, mientras que nosotros hemos viajado por todo el mundo para conocer a las víctimas de la moda actual en sombreros.
Desde hacía unos años, prácticamente todas las señoras que cuidaban su imagen llevaban sombreros adornados con plumas, y cada vez se tendía más a incluir el torso de un ave; cuanto más exótica, mejor. Había especies amenazadas de extinción porque se mataban sin ningún miramiento para hacerse con su plumaje.
Molly sonrió a los dos.
—Yo ya estoy impaciente por ver el libro —dijo, y se volvió al señor Ivans—. ¡Emily tiene una manera inimitable de exponer los conocimientos científicos de un modo que cualquier lector puede comprenderlos y participar en la vida de los animales que ella describe! A lo mejor ya conoce usted El verano de las ocas grises. Con las fantásticas fotografías de Ron…
El verano de las ocas grises había sido el primer proyecto conjunto de Emily y Ron. Había causado furor, sobre todo porque Emily había enseñado a volar a las ocas grises que había criado, mostrándoles el camino al cielo en un dirigible. El gran éxito había hecho posible que los Gardener viajaran a distintos lugares del mundo y publicaran nuevas obras científicas y de divulgación. No obstante, su hogar seguía siendo la casa de madera de la reserva de aves de Williams Brewster, en Concord, a poca distancia de Boston. Vivían allí con sus hijos mellizos, unos críos despiertos que ya habían cumplido los siete años de edad.
Molly se interesó por los niños, que habían pasado el invierno en la casa de los Brewster mientras sus padres viajaban. William Brewster, el mentor de Ronald y fundador de una sociedad ornitológica, y su amable esposa, Caroline, cuidaban con agrado de los pequeños.
—¡En la escuela han hecho unos progresos sorprendentes! —respondió con orgullo Emily—. Ahora ya saben leer los dos. La próxima vez os los dejaremos a vosotras, Ailis, para que aprendan a hacer cálculos igual de bien.
Asistir a la escuela era para Jason y Jeremy un asunto delicado. La escuela primaria de Concord no respondía a las exigencias de Emily ni a las de Ron, y tampoco se podía contar con que allí acogieran de buen grado a los hijos nacidos de matrimonios mixtos. Ni siquiera en Boston todas las escuelas admitían a hijos de afroamericanos y, además, el trayecto habría sido demasiado largo. Por esa razón, Emily y Ron se habían decidido por darles clases ellos mismos hasta que alcanzaran la edad suficiente para ingresar en un internado. Los Brewster los apoyaban en eso, pues el asunto que más se trataba en la casa de William Brewster era la ornitología. Él también había dado clases particulares a Ron. Emily había nacido en Escocia, al igual que Ailis, y había asistido a la misma escuela para niñas. Después había estudiado dos semestres de Biología en Boston.
Mientras Ailis explicaba cómo le iba a su hijo Copper, un hombre alto y rubio con un traje azul oscuro se acercó a su mesa. Ron y Emily saludaron a su editor y se despidieron. Iban a retirarse con el señor Putnam a una de sus opíparas comidas de trabajo.
Robert Ivans los miró ensimismado.
—¿No tendrían ningún problema en trabajar con africanos? —preguntó a Ailis y Molly.
Las dos pusieron los ojos en blanco.
—Todos vivimos bajo las mismas estrellas —respondió Ailis.
—¿Y no les daría miedo África? —preguntó a Molly.
Esta hizo un gesto de rechazo.
—¡No nos asustamos fácilmente, señor Ivans! Si tuviéramos miedo, no habríamos llegado tan lejos en las ciencias siendo mujeres. Así que si las estrellas nos llevaran a África, si se nos ofreciera una oportunidad, como le ocurrió a usted, ¡estaríamos preparadas!
El astrónomo se frotó la frente.
—Ojalá sea así —dijo.
5
Sorprendentemente, a Hoss le costó menos adaptarse a los Waver que a Mary Ann. El cobertizo que le habían asignado para dormir en el establo carecía de lujos, pero al menos en verano n
