El Pabellón del Viento
Dos días antes de cumplir dieciséis años, me desperté tan temprano que mi criada todavía dormía en el suelo, a los pies de mi cama. Debería haber regañado a Sauce, pero no lo hice porque quería disponer de unos momentos a solas para saborear mi emoción y mi nerviosismo. Esa noche iba a estrenarse una representación de El Pabellón de las Peonías en nuestro jardín. Yo adoraba esa ópera, y ya había reunido once de las trece versiones impresas disponibles. Me gustaba tumbarme en la cama y leer la historia de la doncella Liniang y su amante onírico, de sus aventuras y su triunfo final. Y ahora, durante tres noches, que culminarían el Doble Siete —el séptimo día del séptimo mes, el día de los enamorados y mi cumpleaños—, podría verla representada, algo que normalmente les estaba prohibido tanto a las niñas como a las mujeres adultas. Mi padre había invitado a otras familias a las celebraciones. Habría concursos y banquetes. Iba a ser algo inolvidable.
Sauce se incorporó y, tras frotarse los ojos, reparó en que yo estaba mirándola. Entonces se levantó y me dio los buenos días. Volvió a invadirme la emoción y me sentí un poco extraña mientras Sauce me bañaba, me ayudaba a ponerme un vestido de seda azul lavanda y me cepillaba el pelo. Quería estar impecable y hacerlo todo a la perfección.
Una niña a punto de cumplir los dieciséis años sabe lo hermosa que es, y mientras me miraba en el espejo me sentí orgullosa de mi aspecto. Tenía el cabello negro y sedoso. Cuando Sauce me lo cepillaba, yo notaba las caricias desde la coronilla hasta la parte baja de la espalda. Mis ojos tenían forma de hoja de bambú; mis cejas eran como suaves pinceladas trazadas por un calígrafo. Mis mejillas poseían el rosa pálido de un pétalo de peonía, un detalle que mis padres solían comentar, porque me llamaba Peonía. Yo intentaba estar a la altura de la delicadeza de mi nombre, como sólo pueden hacerlo las niñas. Mis labios eran carnosos y suaves. Mi cintura era estrecha y mis pechos estaban preparados para recibir la caricia de un esposo. No es que fuera vanidosa, sólo era la típica niña de quince años. Mi belleza me proporcionaba seguridad, aunque era lo bastante inteligente para saber que se trataba de algo pasajero.
Mis padres me adoraban y se encargaban de darme una buena educación. Llevaba una vida refinada, dedicada a hacer arreglos florales, estar guapa y cantar para distraer a mis padres. Era tan privilegiada que hasta mi criada tenía los pies vendados. De niña, creía que todas las reuniones que celebrábamos y todos los banquetes que organizábamos el Doble Siete me los dedicaban a mí. Nadie corregía mi error, porque todos me querían y me malcriaban mucho. Tomé aire y lo solté despacio. Me sentía feliz. Aquél iba a ser mi último cumpleaños en casa antes de casarme, y estaba decidida a disfrutar cada minuto.
Salí de mi habitación del Ala de las Solteras y me dirigí a nuestro templo de los antepasados para hacerle una ofrenda a mi abuela. Había tardado tanto en arreglarme que tan sólo le rendí un breve homenaje. No quería llegar tarde a desayunar. Mis pies no podían llevarme tan deprisa como quería, pero cuando vi a mis padres sentados en un pabellón con vistas al jardín, reduje el paso. Si Madre llegaba tarde, yo también podía retrasarme un poco.
—Las jóvenes solteras no deben dejarse ver en público —la oí decir—. Hasta me preocupan mis cuñadas. Ya sabes que no me gustan las excursiones privadas. Y la idea de invitar a extraños a la representación...
Dejó la frase en suspenso. Debí seguir mi camino, pero la ópera significaba tanto para mí que me quedé escondida detrás de los retorcidos troncos de una glicina.
—Aquí no hay público —dijo Padre—. No será un espectáculo abierto donde las mujeres se degradan sentándose entre los hombres. Estaréis ocultas detrás de biombos.
—Pero fuera habrá hombres, dentro del recinto de la casa. Podrían ver nuestras medias y nuestros zapatos por debajo del biombo. Podrían oler nuestro cabello y nuestros polvos. Y entre todas las óperas, ¡tú escoges una aventura amorosa que ninguna joven soltera debería oír!
Mi madre era anticuada en sus ideas y su comportamiento. Durante los desórdenes sociales posteriores al Cataclismo, cuando cayó la dinastía Ming y los invasores manchúes tomaron el poder, muchas damas selectas salían de sus casas y viajaban por los canales en barcas de recreo, escribían sobre lo que veían y publicaban sus observaciones. Madre se oponía férreamente a esas cosas. Ella era legitimista —seguía leal al derrocado emperador Ming—, pero en otros aspectos era excesivamente tradicional. Mientras que muchas mujeres del delta del Yangzi reinterpretaban las Cuatro Virtudes —dignidad, comportamiento, lenguaje y trabajo—, mi madre me instaba constantemente a recordar su significado y su objetivo originales. «Domina tu lengua en todo momento —me decía—. Pero si debes hablar, espera hasta que se presente un buen momento. No ofendas a nadie.»
Mi madre se exaltaba mucho con esas cosas porque estaba regida por el qing: el sentimiento, la pasión y el amor. Esas fuerzas son las que sustentan el universo y salen del corazón, el centro de la conciencia. Mi padre, en cambio, estaba regido por el li —la fría razón y las emociones controladas—, y se burlaba de la inquietud de mi madre ante la presencia de extraños en nuestra residencia.
—Nunca protestas cuando nos visitan los miembros de mi club de poesía.
—¡Pero cuando vienen ellos, mi hija y mis sobrinas no están en el jardín! No hay ocasión para las faltas de decoro. ¿Y qué me dices de las otras familias que has invitado?
—Ya sabes por qué las he invitado —le espetó él, cansado de aquella discusión—. El comisario Tan es muy importante para mí en este momento. ¡No sigas discutiendo sobre eso!
No podía verles la cara, pero imaginé a mi madre, que esa vez no replicó, palideciendo ante la repentina severidad de su esposo.
Madre gobernaba el reino interior, y siempre llevaba unos candados de metal batido, con forma de pez, escondidos en los pliegues de sus faldas por si necesitaba cerrar una puerta para castigar a alguna concubina, preservar los rollos de seda para uso doméstico que llegaban de alguna de nuestras fábricas o proteger una despensa, las salas donde se tejían las cortinas o la habitación donde nuestros criados empeñaban sus pertenencias cuando necesitaban dinero. El que nunca utilizara los candados injustamente le había hecho ganarse aún más respeto y gratitud entre quienes residían en las dependencias de las mujeres, pero cuando se enfadaba, como en ese momento, se ponía a manosear los candados con nerviosismo.
El arrebato de ira de Padre no duró mucho, y enseguida recuperó el tono conciliador que solía emplear cuando hablaba con mi madre.
—Nadie verá a nuestra hija ni a nuestras sobrinas. Se respetarán todas las normas del decoro. Se trata de una ocasión especial. Debo ser cortés en mis relaciones. Si abrimos las puertas de nuestra casa una sola vez, quizá pronto se nos abran otras puertas.
—Debes hacer lo que consideres mejor para la familia —concedió Madre.
Aproveché ese momento para pasar con sigilo por delante del pabellón. No había entendido todo lo que había oído, pero en realidad no me importaba. Lo importante era que la ópera iba a representarse en nuestro jardín, y que mis primas y yo seríamos las primeras niñas de todo Hangzhou que la verían. Claro que no estaríamos fuera, entre los hombres. Nos quedaríamos sentadas detrás de los biombos para que nadie pudiera vernos, como había dicho mi padre.
Cuando Madre entró en el Pabellón de Primavera, donde se servía el desayuno, ya se había serenado.
—Comer deprisa no es de buena educación —nos previno a mis primas y a mí al pasar por nuestra mesa—. A vuestras suegras no les gustará veros comer como carpas hambrientas en un estanque, con la boca abierta y con ansias, cuando vayáis a vivir a casa de vuestros esposos. Bueno, hemos de estar preparadas para cuando lleguen nuestros invitados.
Así que comimos tan aprisa como pudimos, pero tratando de parecer jóvenes refinadas.
En cuanto las criadas se llevaron los platos, me acerqué a mi madre.
—¿Puedo ir a la puerta principal? —pregunté con la esperanza de recibir a nuestros invitados.
—Sí, el día de tu boda —contestó Madre, y me sonrió con cariño, como siempre hacía cuando yo le planteaba una pregunta estúpida.
Esperé tan pacientemente como pude. Sabía que estaban entrando palanquines por la puerta principal y que los estaban conduciendo al Patio de la Bienvenida, donde nuestros invitados se apearían y beberían té antes de pasar a la parte principal del complejo. Desde allí, los hombres se dirigirían a la Sala de la Elegancia, donde los recibiría mi padre. Las mujeres vendrían a nuestras dependencias, situadas al fondo del complejo, a buen recaudo de las miradas de los hombres.
Por fin oí acercarse voces femeninas. Cuando llegaron las dos hermanas de mi madre y sus hijas, me recordé que debía ser modesta en aspecto, comportamiento y movimientos. A continuación entraron dos hermanas de mi tía, seguidas de las esposas de unos amigos de mi padre. La más importante era la señora Tan, la esposa del hombre a quien mi padre había mencionado en su discusión con mi madre. (Los manchúes habían ofrecido recientemente a su esposo el elevado cargo de comisario de Ritos Imperiales.) Era alta y muy delgada. Su hija pequeña, Tan Ze, miraba alrededor con ansiedad e impaciencia. De pronto me invadieron los celos. Yo nunca había salido de la residencia de la familia Chen. ¿Sacaba el comisario Tan a su hija por la puerta principal de su casa muy a menudo?
Besos. Abrazos. Intercambio de regalos: higos frescos, tarros de vino de arroz de Shaoxing y té de jazmín. Acompañar a las mujeres y sus hijas a sus habitaciones. Deshacer el equipaje. Quitarse los trajes de viaje y ponerse vestidos limpios. Más besos. Más abrazos. Algunas lágrimas y muchas risas. Luego fuimos a sentarnos a la Sala de los Lotos en Flor, el principal lugar de reunión de las mujeres. Era una construcción de techo alto, con forma de cola de pez, que se sostenía sobre unos pilares redondos pintados de negro. Las ventanas y las puertas, talladas, daban a un jardín privado por un lado y a un estanque lleno de flores de loto por el otro. Sobre un altar situado en el centro de la sala había un pequeño biombo y un jarrón. Cuando se pronunciaban juntas, las palabras que significaban «biombo» y «jarrón» sonaban como «seguras», y las mujeres y las niñas se sentían seguras en esa sala.
Una vez instalada —mis pies, aún vendados, apenas rozaban el frío suelo de piedra—, miré alrededor. Me alegré de haberme ocupado tanto de mi aspecto, porque las otras mujeres y niñas llevaban sus mejores vestidos de gasa de seda, con dibujos de flores de la temporada bordados. Mientras me comparaba con las demás, tuve que reconocer que mi prima Loto estaba excepcionalmente guapa, como siempre. La verdad es que estábamos todas radiantes de emoción ante las celebraciones que iban a tener lugar en nuestra casa. Hasta mi mofletuda prima Cometa parecía más agraciada de lo habitual.
Las criadas nos sirvieron unos platitos de dulces, y a continuación mi madre anunció un concurso de bordado, la primera de las muchas actividades que había planeado para los tres días. Pusimos nuestras labores encima de una mesa y mi madre las examinó, tratando de decidir cuáles eran los diseños más intrincados y las puntadas más perfectas. Cuando examinó el mío, habló con la sinceridad propia de su posición:
—Las labores de aguja de mi hija están mejorando. ¿Veis cómo ha intentado bordar unos crisantemos? —Hizo una pausa—. Son crisantemos, ¿verdad? —Asentí con la cabeza, y ella dijo—: Lo has hecho muy bien. —Me dio un beso en la frente, pero las otras mujeres vieron que yo no iba a ganar el concurso de bordado, ni ese día ni nunca.
A última hora de la tarde —entre el té, los concursos y la expectación de las celebraciones nocturnas— estábamos todas muy inquietas. Madre paseó la mirada por la sala y se fijó en las niñas, que no paraban de contonearse; en las rápidas miradas de sus madres; en los pies de Tía Cuarta, que no dejaban de moverse, y en la regordeta Cometa, que no cesaba de tironear del apretado cuello de su vestido. Entrelacé las manos y me quedé tan quieta como pude cuando mi madre me miró, aunque me habría gustado saltar, agitar los brazos y gritar de alegría.
Madre carraspeó. Unas cuantas mujeres la miraron, pero, por lo demás, la agitación y las risitas ahogadas continuaron. Madre volvió a carraspear, dio unos golpecitos en la mesa con el dedo y empezó a hablar con voz melodiosa.
—Un día, las siete hijas del Dios de la Cocina estaban bañándose en un estanque cuando llegó el Vaquero con su búfalo de agua.
Al reconocer las palabras iniciales de la historia favorita de toda niña y toda mujer adulta, el silencio se apoderó de la habitación. Le hice una seña a mi madre con la cabeza, dándole a entender que había sido muy inteligente utilizar esa historia para relajarnos, y escuchamos su relato, en el que el insolente Vaquero le robaba la ropa a la hija más hermosa, la Doncella Tejedora, dejando que languideciera desnuda en el estanque.
—Cuando el frío de la noche se apoderó del bosque —recitó Madre—, la joven no tuvo más remedio que acudir vergonzosamente desnuda a la casa del Vaquero para recuperar su ropa. La Doncella Tejedora sabía que sólo tenía una forma de salvar su reputación: casarse con el Vaquero. ¿Qué creéis que pasó después?
—Se enamoraron —dijo Tan Ze, la hija de la señora Tan, con su vocecilla estridente.
Ésa era la parte imprevista de la historia, porque nadie esperaba que una inmortal se enamorara de un mortal, cuando incluso allí, en el mundo de los mortales, los esposos y esposas de los matrimonios concertados muchas veces no encontraban el amor.
—Tuvieron muchos hijos —prosiguió Ze—. Y fueron muy felices.
—¿Hasta? —preguntó mi madre, esa vez buscando la respuesta de alguna otra joven.
—Hasta que los dioses y las diosas se cansaron —volvió a contestar Ze, haciendo caso omiso de la evidente intención de mi madre—. Echaban de menos a la joven que hilaba la seda y tejía la tela para sus vestidos, y querían recuperarla.
Mi madre frunció el entrecejo. ¡Tan Ze había perdido el control por completo! Debía de tener unos nueve años. Le miré los pies, recordando que la había visto andar sin ayuda. Ya había superado los dos años de vendado. Quizá su entusiasmo tuviera algo que ver con el hecho de que ya podría volver a andar. Pero ¡qué modales!
—Continúa —dijo Ze—. ¡Cuéntanos más!
Madre hizo una mueca y siguió como si no se hubieran infringido de nuevo las Cuatro Virtudes.
—La Reina del Cielo se llevó a la Doncella Tejedora y el Vaquero al cielo, y una vez allí, cogió una horquilla y trazó la Vía Láctea para separarlos. De esa forma, la Doncella Tejedora no se distraería de su trabajo y la Reina del Cielo podría ir hermosamente vestida. El día del Doble Siete, la diosa permite que todas las urracas de la tierra formen un puente celestial con sus alas para que los amantes puedan reencontrarse. Dentro de tres noches, niñas, si todavía estáis despiertas entre la medianoche y el amanecer y si os halláis sentadas en un cenador bajo el cuarto de luna, oiréis llorar a los amantes al despedirse.
Era una idea romántica que nos llenaba de ardorosos sentimientos, pero ninguna de nosotras podría estar sola en un cenador a esas horas de la noche, aunque permaneciera dentro de los confines del complejo. Y, al menos en mi caso, no me ayudaba a calmar la emoción que me producía la inminente representación de El Pabellón de las Peonías.
Cuando llegó la hora de cenar en el Pabellón de Primavera, las mujeres formaron pequeños grupos —hermanas con hermanas, primas con primas—, pero la señora Tan y su hija no tenían ninguna conocida. Ze fue caminando lentamente a mi lado hasta la mesa de las jóvenes solteras como si fuera a casarse pronto y no fuese todavía una chiquilla. Yo sabía que haría feliz a mi madre si le dedicaba atención a nuestra invitada, pero no tardé en lamentarlo.
—Mi padre me compra todo lo que quiero —alardeó Ze, y nos contó a mí y a todas las que se prestaron a escucharla que su familia era más rica que el clan Chen.
Apenas habíamos terminado de cenar cuando el sonido de tambores y címbalos nos llamó al jardín. Me habría gustado hacer alarde de mi refinamiento y salir serenamente de la habitación, pero fui la primera en cruzar la puerta. Tomé la pasarela que partía del Pabellón de Primavera, iluminada con faroles; bordeé el estanque central y llegué a nuestro Pabellón Siempre Agradable. Pasé por la puerta circular, desde donde se veían un bosquecillo de bambú, orquídeas en tiestos y ramas hábilmente recortadas. La música sonaba más fuerte y me obligué a reducir el paso. Tenía que ir con cuidado, porque esa noche había hombres que no pertenecían a nuestra familia. Si alguno me veía, me degradaría y mi virtud quedaría mancillada. Pero ir con cuidado y no correr exigía más autodominio del que había imaginado. La ópera no tardaría en empezar y yo no quería perderme ni un segundo.
Llegué a la zona reservada para las mujeres y me senté en un cojín, cerca de uno de los pliegues del biombo, para poder mirar a través de la rendija. Aunque no viera muy bien desde allí, menos era nada. Las otras mujeres y niñas entraron detrás de mí y ocuparon otros cojines. Estaba tan emocionada que ni siquiera me importó que Tan Ze se sentara a mi lado.
Durante semanas, mi padre, como director de la representación, había estado en una sala contigua con los actores. Había contratado una compañía de teatro itinerante compuesta por ocho actores, todos varones, y eso había molestado mucho a mi madre, porque eran gente de baja categoría. Padre también había compelido a algunos miembros del servicio —entre ellos Sauce y otras criadas— para que aceptaran diversos papeles en la obra.
—¡Tu ópera tiene cincuenta y cinco escenas y cuatrocientas tres arias! —me había dicho un día Sauce, impresionada, como si yo no lo supiera ya. Representar la ópera entera habría llevado más de veinte horas, y aunque se lo pregunté muchas veces, Sauce se negó a revelarme qué escenas había suprimido Padre—. Tu padre quiere que sea sorpresa —dijo, deleitándose con la oportunidad de desobedecerme.
A medida que los ensayos iban exigiendo mayor dedicación a los actores, una atmósfera de consternación se extendía por la casa: uno de mis tíos pedía una pipa y no encontraba a nadie que se la llenara, o una de mis tías pedía agua caliente para su baño y no encontraba a nadie que se la llevara. Hasta a mí me habían causado molestias, porque Sauce estaba muy ocupada preparando el importante papel de Aroma de Primavera, la criada de la protagonista.
Empezó a sonar la música. Apareció el narrador, que hizo una rápida sinopsis de la obra, recalcando que la añoranza había durado tres reencarnaciones hasta que Liu Mengmei y Du Liniang pudieron por fin consumar su amor. Entonces conocimos al joven héroe, un estudiante pobre que tenía que abandonar la casa solariega para presentarse a los exámenes imperiales. Se apellidaba Liu, que significa «sauce». Recordaba haber soñado con una hermosa doncella que se hallaba bajo un ciruelo. Al despertar, había adoptado el nombre de Mengmei, «Sueño de Ciruelo». El ciruelo, con su exuberante follaje y sus maduros frutos, representaba la fuerza de la naturaleza, de modo que ese nombre sugería el carácter apasionado de Mengmei. Yo escuchaba con atención, pero mi personaje preferido era Liniang, y estaba impaciente por verla.
Liniang apareció en el escenario para representar la escena titulada «Reprimenda a la hija». Llevaba una túnica de seda dorada con bordados rojos. De su tocado se alzaban esponjosas nubes de seda hilada, mariposas hechas de cuentas y flores que temblaban cuando se movía.
—Nuestra hija es como una perla para nosotros —le cantaba la señora Du a su esposo, pero reprendía a su hija—: No quieres ser una ignorante, ¿verdad?
Y el prefecto Du, el padre de Liniang, añadía:
—Ninguna doncella virtuosa que aspire a casarse debería quedarse sin educación. No dediques tanto tiempo a la costura y lee los libros de las estanterías.
Pero las amonestaciones no bastaban para corregir el comportamiento de Liniang, de modo que poco después Aroma de Primavera y ella empezaban a recibir clases particulares del maestro Chen. Las clases eran aburridas, e incluían la memorización de reglas que yo conocía muy bien. «Una buena hija empieza el día lavándose las manos, enjuagándose la boca, cepillándose y peinándose el pelo y presentando sus respetos a sus padres.»
Yo oía cosas así todos los días, además de «No enseñes los dientes cuando sonrías, Camina despacio y con paso seguro, Adopta una apariencia pura y hermosa, Sé respetuosa con tus tías y Usa las tijeras para cortar los hilos sueltos de tus vestidos».
La pobre Aroma de Primavera no soportaba las lecciones y pedía que la dejaran salir para ir a orinar. Los hombres que estaban al otro lado del biombo rieron de satisfacción cuando Sauce se dobló, retorciéndose con las manos entre las piernas. Sentí vergüenza ajena al verla hacer aquello, pero ella sólo seguía las indicaciones de mi padre (y eso me sorprendió, porque ¿cómo podía saber él esas cosas?).
Turbada, desvié la mirada del escenario y miré por la rendija. La mayoría de los invitados de mi padre estaban de espaldas a mí, pero a algunos alcancé a verlos de perfil. Era una doncella, pero aun así miré. Sabía que estaba portándome mal, pero durante quince años había tenido una conducta intachable.
De pronto, un joven giró la cabeza para mirar al caballero sentado a su lado. Tenía pómulos prominentes, ojos grandes y de expresión amable, y un pelo negro como el azabache. Vestía una larga y sencilla túnica azul oscuro. Llevaba la frente afeitada, por deferencia al emperador manchú, y su larga coleta reposaba con languidez sobre uno de sus hombros. Se llevó una mano a la boca para susurrarle algo a su acompañante, y ese sencillo ademán me inspiró muchas cosas: dulzura, refinamiento y amor a la poesía. El joven sonrió, mostrando unos dientes blancos y perfectos, y sus ojos destellaron de alegría. Su elegancia y su aire somnoliento me recordaron a un gato: era largo, delgado, pulcro, culto y muy contenido. Lo encontré muy apuesto. Cuando volvió a mirar el escenario, me percaté de que estaba conteniendo la respiración. Solté el aire despacio y traté de concentrarme cuando Aroma de Primavera regresó, aliviada, con noticias de un jardín que había encontrado.
Cuando había leído esa parte de la historia sentí mucha lástima por Liniang, que estaba tan enclaustrada que ni siquiera conocía el jardín de su propia familia. Se había pasado toda la vida dentro de la casa. Aroma de Primavera tentaba a su ama para que saliera a ver las flores, los sauces y los pabellones. Liniang sentía curiosidad, pero lo ocultaba hábilmente a la criada.
La tranquilidad y la sutileza se interrumpieron de pronto, y una gran fanfarria anunció la escena «Impulsar los Arados». El prefecto Du llegaba al campo para exhortar a los granjeros, los pastores, las recolectoras de moras y los recolectores de té a trabajar duro la siguiente estación. Los acróbatas daban volteretas, los payasos bebían vino, unos hombres ataviados con atuendos llamativos se paseaban por el jardín montados en zancos, y nuestras criadas y criados interpretaban canciones y danzas campestres sobre la cosecha. Era una escena marcadamente li, llena de lo que debía de ser el mundo de los hombres: gestos bruscos, expresiones faciales exageradas y la disonancia de gongs, matracas y tambores. Cerré los ojos, abrumada por aquella cacofonía, e intenté ahondar en mi interior en busca de la paz que hallaba cuando leía. Mi corazón se serenó. Cuando abrí los ojos, miré por la rendija del biombo y volví a ver a aquel desconocido. Él tenía los ojos cerrados. ¿Estaría sintiendo lo mismo que yo?
Alguien me tiró de la manga. Me volví hacia la derecha y encontré la transida carita de Tan Ze mirándome de hito en hito.
—¿Estás mirando a ese muchacho de allí? —me preguntó.
Parpadeé varias veces e intenté recobrar la compostura respirando hondo.
—Yo también me he fijado en él —me confió Tan Ze con un descaro impropio de su corta edad—. Tú ya debes de estar comprometida. Pero mi padre —bajó la barbilla y me miró con complicidad— todavía no ha concertado mi matrimonio. Dice que con tanto caos en el país no deberíamos precipitarnos. No se sabe qué familias ascenderán ni cuáles bajarán. Mi padre dice que es terrible casar a una hija con un hombre mediocre.
¿Había alguna forma de hacer callar a esa mocosa?, me pregunté.
Ze miró por la rendija del biombo.
—Le pediré que investigue sobre la familia de ese muchacho.
¡Como si ella tuviera algo que decir con relación a su boda! No sé cómo pudo pasar tan deprisa, pero de pronto me enfurecí y me rebelé, celosa, contra la idea de que Tan Ze intentara hacerse con aquel joven, pese a que yo no tenía ninguna posibilidad, por supuesto. Como había dicho Ze, yo ya estaba comprometida. Pero aquellas tres noches, mientras durara la ópera, quería soñar ideas románticas e imaginar que mi vida también podía tener un final feliz lleno de amor, como la vida de Liniang.
Ahuyenté a Ze de mi mente y me dejé transportar de nuevo a la ópera para ver la escena del «Sueño Interrumpido». Por fin Liniang se atrevía a salir a su —nuestro— jardín. El momento en que lo ve todo por primera vez es maravilloso. Liniang se lamentaba de que la belleza de las flores estuviera escondida en un sitio que nadie visitaba, pero también veía el jardín como una metáfora de ella misma: florido pero abandonado. Yo la entendía muy bien. Sus emociones eran las mismas que sentía yo cada vez que leía esos versos.
Liniang regresaba a su habitación, se ponía una túnica con capullos de peonía bordados y se sentaba ante un espejo pensando en la fugacidad de su belleza, como había hecho yo esa mañana. «Compadécete de aquellos cuya belleza es una exuberante flor, porque la vida no dura más de lo que dura una hoja en un árbol», cantaba, comprendiendo lo turbador y pasajero que puede resultar el esplendor primaveral. «Ahora entiendo, por fin, las palabras de los poetas. En primavera nos estremecemos de pasión; en otoño sólo queda arrepentimiento. ¡Ay! ¿Veré algún día a algún hombre? ¿Cómo me encontrará el amor? ¿Dónde puedo revelar mis verdaderos deseos?»
