No olvides el pasado

Jude Deveraux

Fragmento

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Créditos

Título original: Legend

Traducción: Ana Mazia

1.ª edición: abril, 2014

© Jude Deveraux, 1996

Publicado originalmente por Pocket Books,

una división de Simon and Schuster, Inc.

© Ediciones B, S. A., 2014

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

DL B 8260-2014

ISBN DIGITAL: 978-84-9019-762-2

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

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Contenido

Contenido

Portadilla

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Epílogo

Notas

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Capítulo 1

1

—Parezco un pastel de chocolate y merengue —dijo Kady, haciéndole una mueca a su reflejo en el alto espejo de tres cuerpos. Con su cabello oscuro y su piel de marfil luciendo sobre el espumoso vestido de boda, tenía el aspecto del chocolate con claras batidas a punto de nieve. Ladeando la cabeza, corrigió—: O, mejor, buñuelos de pollo. No sé.

A su espalda, Debbie, que había sido compañera de Kady en la escuela de cocina, rio quedamente, pero Jane no.

—No quiero oír una sola palabra más en ese sentido —dijo Jane con severidad—. ¿Me has oído, Kady Long? ¡Ni una sola palabra más! Estás espléndida, y tú lo sabes muy bien.

—En efecto, Gregory lo sabe —dijo Debbie, mirando a Kady en el espejo con los ojos dilatados.

Como era una de las damas de honor de la novia, había volado a Virginia desde el norte de California la noche anterior, y había conocido al novio de Kady esa mañana. Todavía estaba aturdida por la experiencia. Gregory Norman era un hombre de extraordinaria apostura: tanto la cara como el cuerpo eran todo ángulos y planos, tenía cabello negro y ojos que miraban a las mujeres como diciendo que tendría gran placer en hacerles el amor. Cuando se llevó a sus labios bien esculpidos los dedos de Debbie y los besó, el labio superior de la muchacha se perló de sudor.

—¿Cómo voy a avanzar por el pasillo de la iglesia con este aspecto? —preguntó Kady, levantando lo que parecían ser casi cincuenta metros de grueso satén—. Y con estas mangas: son más largas que yo. ¡Y la falda!

Con expresión de horror, bajó la vista hacia los metros de satén blanco que se desparramaban alrededor y a los dieciocho centímetros del ribete incrustado de perlas.

—Cualquiera de estos vestidos se puede modificar —le dijo la vendedora alta y delgada.

Con su postura rígida, indicaba a Kady que no le gustaba demasiado que se criticasen las creaciones que ofrecía en su salón.

Kady no había querido ofenderla:

—No es el vestido: soy yo. ¿Por qué el cuerpo humano no será como la masa de pan, para que una pudiese darle la forma que quisiera? Agregar un poco aquí, quitar un poco allá...

—Kady —le advirtió Jane.

Se conocían y se querían de toda la vida, y no podía soportar que Kady dijese cosas denigrantes de sí misma: la quería demasiado para tolerarlo.

Debbie, en cambio, rio con disimulo.

—O que se pudiera estirar como la masa de la pizza —dijo, mirando a la amiga en el espejo—. Así, podríamos alargar lo que es corto, y dejar abultado lo que queremos abultar.

Kady rio, y Debbie se sintió muy complacida consigo misma. Habían ido juntas a la escuela culinaria de Nueva York, pero Debbie siempre había admirado a Kady. Mientras los otros alumnos trataban de aprender las técnicas, de aprender a mezclar sabores, daba la impresión de que Kady ya lo sabía. Le bastaba mirar una receta para saber qué sabor tendría; comía una sola vez algo que no hubiese preparado ella, y luego podía recrearlo con exactitud. Mientras los demás discípulos falsificaban recetas e intentaban recordar la diferencia entre scones y galletas, Kady echaba ingredientes en un cuenco, ponía la mezcla en una placa, la metía en el horno, y salía sensacional. No es necesario aclarar que era la preferida de los profesores y la envidia de todos los alumnos. Debbie se sintió halagada más allá de toda medida cuando Kady le preguntó a ella si quería ir al cine, y de ese modo había comenzado la amistad.

Y ahora, cinco años más tarde, las dos tenían treinta años. Debbie se había casado, tenía un par de hijos, y sus talentos culinarios se limitaban a untar emparedados con mantequilla de cacahuete y asar costillas en la parrilla los fines de semana. La vida de Kady, en cambio, había transcurrido de una manera diferente. Al terminar la escuela, Kady había sorprendido —y horrorizado— a todos sus compañeros de estudios y a sus maestros al aceptar un empleo en un ruinoso restaurante que se especializaba en bistecs: Onions, en Alexandria, en el estado de Virginia. Los profesores intentaron convencerla de que aceptara una de las numerosas ofertas de trabajo que recibía de los lujosos restaurantes de Nueva York, Los Ángeles, San Francisco e incluso París, pero ella las rechazaba de plano. Y todos comentaban que era una lástima que una persona con el talento de Kady se desperdiciara en un insignificante restaurante de bistecs.

Pero Kady fue quien rio la última, porque convirtió Onions en un restaurante de tres estrellas. La gente acudía de todas partes del mundo para comer allí. Si un diplomático, un miembro de la jet-set, o incluso un turista que estuviese al tanto, iba a la Costa Este, nunca dejaba de visitar el Local de Kady, como se lo llamaba cariñosamente.

Y lo que más provocaba las envidias en el mundo culinario era que Kady lo había hecho a su modo. Estaba resuelta a atraer a la gente hacia su comida, no al restaurante en sí mismo. En la actualidad, Onions aún necesitaba ser remodelado: era pequeño y solo cabían veinticinco personas, y no admitían reservas. Tampoco había menú. Los clientes iban, hacían cola, y esperaban hasta que se desocupara una mesa para comer lo que Kady hubiese decidido cocinar esa noche.

Debbie jamás olvidaría las imágenes aparecidas en las noticias de las seis de la tarde, que tanto divirtieran a Peter Jennings. Se veía al presidente Clinton esperando en la cola, ante la puerta de Onions, conversando con el rey de cierto país africano, rodeado de turistas hambrientos y de gente del lugar, bajo la mirada desorbitada de los miembros del Servicio Secreto, que temían algún peligro.

En ese momento, observando a Kady con el vestido de novia, Debbie solo veía a su bella e inteligente amiga. Además de ser una cocinera extraordinaria, Kady tenía uno de los rostros más bellos que hubiese visto jamás. Hasta donde sabía, Kady no tenía idea de cómo aplicarse máscara para pestañas, pues ¿para qué necesitaba saberlo, con esas pestañas tan espesas y negras? Y el cabello largo y grueso, tan brillante que casi se podía usar de espejo. «Es la buena dieta», explicaba siempre Kady, cada vez que alguien le decía que era bella, apretando la lengua contra la mejilla.

Si bien tenía un rostro notablemente bello, Kady tenía lo que las revistas de moda calificaban como un «problema de silueta».

Medía un metro y cincuenta y siete centímetros, tenía una talla amplia en la parte de arriba y de abajo, y una cintura minúscula. En la escuela llevaba siempre el delantal de cocinero y una chaqueta cruzada que le llegaba casi a las rodillas, ocultándole la cintura, y que le daba la apariencia de una cara hermosa colocada sobre un burrito. Solo cuando en la escuela se celebró la fiesta de Halloween, Kady asistió en ropa de calle, y todos pudieron ver su figura de reloj de arena. A partir de esa noche, varios estudiantes varones le hicieron insinuaciones, pero, más adelante, cuando les corrigió los soufflés y las crepes, la dejaron en paz.

—Siempre da resultado —le murmuró Kady a Debbie, y agregó que estaba esperando a un hombre al que amara tanto como amaba cocinar.

Y lo había encontrado. Gregory Norman era el apuesto hijo de la viuda propietaria de Onions, la mujer que había tenido la sabiduría de contratar a Kady. Se rumoreaba que cuando Kady se negó a permitir que el presidente de Estados Unidos entrase en el restaurante antes que una familia de turistas procedentes de Iowa, la señora Norman necesitó aspirar sales para volver en sí. Pero después, cuando la señora Norman recibió una nota manuscrita del presidente en la que les daba las gracias a ella y a Kady por esa comida tan maravillosa, el modo en que la dueña, a su vez, había dado las gracias a Kady consistió en pagar, sin protestar y sin un solo comentario irónico, la descabellada cuenta de las trufas blancas que la cocinera había encargado. Se decía que a la señora Norman le había costado cinco años de su vida mantener la boca cerrada.

—Lo que es seguro es que no puedes ponerte ese vestido —dijo Jane con tono práctico—. En realidad, no puedes dejarte ver con ninguno de esos. —Mientras hablaba, miraba con acritud a la vendedora, como desafiándola a hacer un comentario—. Vamos, quítate eso y vayamos a desayunar.

—He oído hablar de un sitio nuevo, que está a poco más de treinta kilómetros... —empezó a decir Debbie, pero Jane la cortó.

—Ni lo intentes. Nuestra Kady no comería en ningún lugar que no fuese un American Deli. Nadie es capaz de cocinar algo lo bastante bueno para ella, ¿no es así, señorita exigente?

Mientras forcejeaba para quitarse el voluminoso vestido, Kady rio.

—¡Ja! Lo que pasa es que no te gusta cómo cocina nadie. Ven, vámonos.

A Debbie la escandalizaba la actitud autoritaria de Jane hacia Kady, pues, para ella, era casi una celebridad, al menos en lo que se refería al mundo de la cocina, pues había sido mencionada en esas maravillosas revistas de cocina, «Pornografía culinaria», como las llamaba Kady. «Pecaminosamente rica, demasiado deliciosa para nuestra sociedad, tan preocupada por el peso.»

Veinte minutos más tarde, las tres mujeres estaban sentadas a las minúsculas mesas de un frenético deli, comiendo emparedados de pechuga de pavo.

—¡Bueno! —dijo Jane—. Me siento un poco culpable por haber llegado unos días antes, así que ¿por qué no le cuentas a Debbie algo de tu novio? En realidad, yo he olvidado toda la parte romántica.

Eso hizo que Kady pusiera los ojos en blanco. Jane era contable y durante dos días sus principales preocupaciones habían sido las finanzas del restaurante y la cuenta bancaria de Kady.

—Sí, cuéntame —la animó Debbie—. Cuéntame cosas sobre Gregory. Kady, de verdad, es el más guapo de los hombres. ¿Es modelo?

—Más importante que eso —dijo Jane, con expresión misteriosa—, ¿cómo está con un velo en el rostro?

—¿Qué? —preguntó Debbie, inclinándose hacia delante, intrigada.

—Desde que era niña, Kady... —Jane se interrumpió y miró a su amiga—. Abandona esa expresión de gato que se comió al canario, y cuéntanoslo todo. ¿Fue amor a primera vista?

—Más bien, amor al «primer mordisco» —dijo Kady sonriendo con ojos soñadores, como siempre que pensaba en el hombre que amaba—. Como sabéis, Gregory es el único hijo de la señora Norman, pero él vive en Los Ángeles, donde tiene negocios inmobiliarios muy importantes. Se ocupa de la compra y venta de esas casas de cinco millones de dólares para las estrellas de cine, así que está muy ocupado. Ha vuelto a Virginia solo una vez en los cinco años que yo llevo aquí. —Al decir esto miró a Jane para cerciorarse de que la había escuchado, porque la solvencia económica era para Jane el rasgo más importante de un hombre—. La única vez que estuvo aquí, además, fue la semana que yo fui a Ohio a visitar a mis padres, y por eso no lo conocí.

Recordándolo, Kady sonrió.

—Hace seis meses, un domingo por la mañana, temprano, yo estaba en el restaurante con mis cuchillos y...

Al oírla, Jane resopló de risa, y Debbie rio entre dientes: Kady nunca, jamás, permitía, que nadie tocara sus preciosos cuchillos. Los tenía tan afilados que eran capaces de cortar un pelo en el aire, y que el Cielo amparase a aquel que tomara uno y lo usara para hacer algo como, por ejemplo, raspar una tabla de cortar.

—Está bien —dijo Kady sonriendo, y se dirigió a Debbie—. Hace años que mi querida amiga, aquí presente, intenta convencerme de que existe una vida fuera de la cocina. Y yo le he dicho que debido a una cosa llamada hambre, la vida va a la cocina. —Miró de nuevo a Jane—. Y fue. Apareció en la forma de Gregory Norman.

—Y qué forma —dijo Debbie con un suspiro, haciendo sonreír a Kady.

—Como iba diciendo antes de ser tan groseramente interrumpida, yo estaba en la cocina del restaurante, y entró Gregory. Yo supe enseguida quién era, porque la señora Norman me había mostrado por lo menos tres millones de fotos de él, y me había contado todo lo referido a él desde que nació. Sin embargo, creo que él no sabía quién era yo.

—Creyó que eras la fregona, ¿no es cierto? —preguntó Jane—. ¿Qué llevabas puesto? ¿Esos vaqueros desgarrados y esas chaquetas informes que sueles ponerte?

—Por supuesto. Pero Gregory ni lo notó. Había llegado por la noche, tarde, desde Los Ángeles, y como había salido a correr estaba sudado y hambriento. Me preguntó si yo sabía si había algo para que él pudiese desayunar. Entonces le dije que se sentara, que yo le prepararía algo.

Kady hizo una pausa y dio un mordisco al emparedado, con una expresión como si no fuera a contar nada más.

Debbie rompió el silencio.

—¿Tus tortitas?

—Más bien crepes. Con fresas.

—Pobre hombre —dijo Jane, seria—. No tuvo salvación. —Se inclinó hacia adelante—. Kady, querida, comprendo que se haya enamorado de ti, pero ¿tú estás enamorada de él? ¿No te casarás con él porque elogia efusivamente tu comida?

—No he aceptado casarme con los otros que después de haber probado mi comida me pidieron en matrimonio, ¿verdad?

Debbie rio:

—¿Tantos ha habido?

Contestó Jane:

—Según la señora Norman, hay uno por noche, y provienen de todo el mundo. ¿Qué fue lo que te ofreció aquel sultán?

—Rubíes. En opinión de la señora Norman, menos mal que no me ofreció una huerta de hierbas porque temía que en ese caso me hubiese ido con él.

—¿Qué te ofreció Gregory?

—Solo a sí mismo —respondió Kady—. Por favor, Jane, deja de preocuparte. Amo mucho a Gregory. —Cerró un instante los ojos—. Los últimos seis meses han sido los mejores de mi vida. Gregory me ha cortejado como en una novela, con flores, bombones, y atenciones. Presta atención a todas mis ideas con respeto a Onions, y le ha dicho a su madre que me dé carta blanca en lo que se refiere a la compra de ingredientes. Aunque no se lo dije a nadie, en los meses anteriores al regreso de Gregory estuve pensando en irme de Onions y abrir mi propio restaurante.

—Y ahora, te quedas. ¿Eso significa que Gregory va a marcharse de Los Ángeles y vivir aquí, contigo? —preguntó Jane.

—Sí. Hemos comprado una casa en Alexandria, una de esas bellas casas de tres plantas, con jardín, y Gregory va a ocuparse de negocios inmobiliarios aquí, en Virginia. No ganará tanto como en Los Ángeles, pero...

—Es amor —afirmó Debbie—. ¿Planes de tener hijos?

—En cuanto sea posible —dijo Kady con tono tierno, ruborizándose y clavando la vista en su ensalada de col, que tenía demasiado hinojo.

—¿Y cómo le queda el velo? —insistió Jane.

—Tienes que decírmelo —dijo Debbie, viendo que Kady no respondía de inmediato—. ¿De qué se trata eso del velo en la cara?

—¿Puedo? —preguntó Jane, y cuando Kady asintió, continuó—: La madre de Kady, que era viuda, tuvo diversos empleos, así que Kady vivía con nosotros buena parte del día, era un miembro más de la familia. Solía tener... —Miró a Kady con una ceja levantada—. ¿Todavía los tienes? —Kady asintió—. Kady ha tenido toda la vida un sueño con un príncipe árabe.

—No sé quién es —cortó Kady, mirando a Debbie—. Es solo un sueño. No es nada.

—¡Nada, ja! ¿Sabes lo que hacía durante todos esos años? Colocaba velos tapando la mitad inferior de las caras, en las fotos de cualquier hombre que veía. Mi padre solía amenazarla de muerte, casi, porque cuando abría la revista Time o Fortune, si Kady la había leído antes, se encontraba con que estaba tapada la mitad inferior del rostro de todos los hombres. Llevaba consigo los rotuladores negros a dondequiera que fuese. —Jane se inclinó hacia Debbie—. Cuando fue mayor, llevaba los rotuladores en el estuche de los cuchillos.

—Todavía los lleva —dijo Debbie—. En la escuela, todos nos preguntábamos para qué serían esos rotuladores negros. Una vez, Darryl dijo...

Echándole un vistazo a Kady, se interrumpió.

—Sigue —dijo Kady—. Puedo soportarlo. Cada vez que me oía decir que no sabía ni freír un pollo, Darryl no se sentía demasiado amigo mío. ¿Qué decía de mis rotuladores?

—Que los usabas para escribirle cartas al diablo, porque ese era el único modo en que podías cocinar como lo hacías.

Kady y Jane rieron.

—Cuéntame lo del hombre del rostro velado —la instó Debbie, y esta vez Jane hizo un gesto impulsando a Kady a contar su propia historia.

—No es real. De adolescente, estaba obsesionada por encontrar a este hombre. —Miró a Jane—. Y ahora creo que lo tengo. Gregory se parece mucho a él.

—¿A quién? —dijo Debbie, frustrada—. ¡Si no me lo cuentas, te haré comer queso procesado!

—Nunca pensé que tuvieras semejante veta de crueldad —dijo Kady, secamente—. Está bien, está bien. He tenido ese sueño recurrente, siempre igual. Estoy en mitad de un desierto, y está ese hombre en un caballo blanco, uno de esos hermosos caballos árabes. El hombre lleva una túnica de lana negra. Está mirándome, pero yo solo puedo verle los ojos, porque tiene la mitad inferior de la cara cubierta con una tela negra.

Por un momento, la voz de Kady se volvió muy queda, al pensar en el hombre de su sueño que había formado una parte tan fuerte de su vida.

—Tiene ojos almendrados, poco comunes, y los párpados superiores apenas entornados, que le dan un aire de tristeza, como si él hubiese visto más dolor del que una persona pudiese soportar.

Kady volvió con brusquedad al presente, y le sonrió a Debbie.

—Él nunca dice nada, pero estoy segura de que quiere algo de mí, de que espera que diga algo. Siempre me frustra no saber qué quiere. Después de un momento, me tiende la mano. Una mano bella, fuerte, de largos dedos y piel bronceada.

Pese a sí misma, contando la historia Kady sintió la fuerza del sueño. Si lo hubiese soñado solo una o dos veces, habría podido olvidarlo, pero, desde que tenía nueve años, nunca había pasado una semana sin que tuviese el sueño. Siempre era exactamente igual, sin la más mínima variación.

La voz de Kady se volvió tan queda que Jane y Debbie tuvieron que inclinarse hacia ella para oírla.

—Siempre trato de tomar su mano. Lo que más quiero en el mundo es saltar sobre ese caballo y marcharme con él. Estoy dispuesta a ir adondequiera que él vaya, de estar con él para siempre, pero no puedo. No alcanzo su mano. Lo intento, pero hay demasiada distancia entre nosotros. Al cabo de un rato, en los ojos de él aparece una tristeza infinita, retira la mano y se aleja con el caballo. Galopa como si formara parte del caballo. Después de un rato largo, detiene el caballo, se vuelve un segundo, y me mira como si aún esperase que yo cambiara de opinión y me fuera con él. Cada vez, yo le grito que no me deje, pero nunca me oye. Su expresión se vuelve más triste todavía, y entonces se da la vuelta y se va.

Kady se reclinó en la silla.

—Y así termina el sueño.

—Oh, Kady —dijo Debbie—, me pone la carne de gallina. ¿Y crees que Gregory será tu príncipe árabe de la vida real?

—Es moreno como él y, desde el primer momento, nos sentimos mutuamente atraídos, y desde que me propuso matrimonio he tenido el sueño todas las noches. Me parece una señal, ¿no crees?

—Lo que me parece es que se trata de una señal para que abandones tu vida de comida y hombres montados en sementales blancos, en los sueños, y te integres al mundo real —dijo Jane.

—Nunca miré —replicó Kady.

—¿Qué?

—Nunca miré la parte de abajo del caballo para saber si era un semental o no. Podría ser una yegua. O un castrado. ¿Y cómo sabría que ha sido castrado?

—Estoy segura de que, sí estuviéramos acostumbrados a comer carne de caballo, lo sabrías —dijo Jane, haciéndolas reír.

Debbie lanzó un gran suspiro.

—Kady, me parece la historia más romántica que he oído jamás. Estoy convencida de que deberías casarte con tu príncipe árabe.

—Lo que quiero saber es qué vas a hacerle llevar al pobre Gregory para la boda. ¿Una túnica negra?

Kady y Debbie rieron, y luego la primera dijo:

—Mi querido Gregory puede usar tanto o tan poco como quiera para la boda. Él no pesa casi catorce kilos de más.

—Y tú tampoco —le espetó Jane.

—Díselo a la vendedora de vestidos de novia.

Jane iba a replicar, pero en ese momento un empleado se puso a limpiar la mesa, insinuando, sin mucha discreción, que la necesitaban y que tendrían que dejarla. En pocos minutos, las tres mujeres estaban de vuelta en las calles de Alexandria. Jane miró el reloj.

—Debbie y yo tenemos que hacer unas compras en Tyson’s Corner, así que, si te parece, nos encontramos otra vez contigo en Onions, a las cinco.

—De acuerdo —dijo Kady, vacilante, e hizo una mueca—. Tengo una lista de cosas que, se supone, tendría que comprar para la casa nueva. Cosas que no van en la cocina.

—¿Te refieres a sábanas, toallas, y esas cosas?

—Sí —dijo Kady con vivacidad, esperando que Jane y Debbie se ofrecieran a ayudarla con esa tarea incomprensible.

Pero la fortuna no estaba con ella.

—Debbie y yo tenemos que unir nuestros fondos y conseguir algo bonito para tu regalo de boda, y no podemos hacerlo contigo cerca. Vamos, no te pongas tan triste. Mañana te ayudaremos a elegir sábanas.

—¿No hay aquí, en Alexandria, una buena tienda de utensilios de cocina? —preguntó Debbie, convencida de que prefería ir a comprar ese tipo de cosas con Kady que ir a elegir el regalo junto con Jane.

—Creo que sí hay —dijo Kady, riendo—. Nunca lo he pensado. Tal vez pueda encontrar el modo de mantenerme ocupada.

Era evidente que estaba bromeando y que, desde el principio, tenía intenciones de visitar la tienda de utensilios de cocina.

—Ven —dijo Jane, tomando del brazo a Debbie—. Estoy segura de que el pobre Gregory dormirá sobre sábanas de galleta y se secará con papel encerado.

—Papel pergamino —dijeron al unísono Debbie y Kady, broma interna de los chefs que hizo gemir a Jane, al tiempo que arrastraba a Debbie.

Sonriendo, Kady vio cómo las amigas se iban, y exhaló un suspiro de alivio. Hacía años que no veía a Jane, y había olvidado lo autoritaria que era. Y también cómo la adoraba Debbie.

Contemplando a su alrededor la bella puesta del sol, por un momento no supo qué hacer consigo misma. Disponía de horas de libertad. Y esa libertad se la había concedido su querido, queridísimo Gregory. Así como Gregory era un cielo, amable y considerado, la madre era intratable. Como la señora Norman nunca se tomaba una tarde libre, no se le ocurría que Kady necesitara ese tiempo.

Aunque, a decir verdad, Kady no tenía demasiadas cosas que le interesaran fuera de la cocina. Los domingos y los lunes, cuando Onions estaba cerrado, Kady se quedaba en la cocina experimentando y perfeccionando recetas para el libro de cocina que estaba escribiendo. Por eso, aunque ya hacía cinco años que vivía en Alexandria, no conocía muy bien la ciudad. Por supuesto, sabía dónde estaba la mejor tienda de utensilios de cocina, dónde comprar toda materia prima imaginable, y quién era el mejor carnicero, pero ¿dónde se compraban sábanas? Más, ¿dónde se compraban todas las cosas que Gregory decía que necesitaban para la casa? Dijo que eso lo dejaría por cuenta de ella, porque sabía lo importantes que eran esas cosas para una mujer, y Kady le había dicho:

—Gracias. —Y no le aclaró que no tenía idea de dónde comprar cortinas y alfombras.

Con todo, había pasado cierto tiempo diseñando de nuevo la cocina de la casa nueva, convirtiéndola en una obra de arte de dos ambientes, con un área para hornear y otra para «quemar huesos», como llamaban los cocineros pasteleros al trabajo de los chefs especializados en entrantes. Los dos recintos, uno en forma de L y otro en U, tenían a ambos lados grandes mesas con tapas de granito, donde Kady podía aporrear la masa de los brioches sin dañar nada. Había muebles abiertos y cerrados para almacenar, y...

Interrumpió el hilo de sus pensamientos y suspiró. Tenía que dejar de pensar en cocinar y en cocinas, y pensar en los problemas que tenía que resolver. ¿Qué diablos se pondría para la boda? Estaba muy bien eso de estar enamorada de un hombre tan apuesto, pero no quería oír decir:

—¿Qué ha visto un pedazo de hombre como ese en una chica regordeta como ella?

Aunque tuviesen que regresar seis semanas después para la boda misma, Debbie y Jane habían tenido la generosidad de volar hasta Virginia para acompañarla a probarse vestidos de novia y ayudarla a elegir. Aun así, entre las tres no habían llegado a nada. Al verse esa mañana en el espejo, Kady tuvo ganas de abandonar todo. ¿Acaso no podía casarse con la chaqueta de cocinera? Era blanca.

Mientras pensaba, las piernas la llevaron a cierta tienda de utensilios que nunca le fallaba: siempre tenía algo que Kady podía utilizar. Una hora después, salió con un molde para tarta francesa en forma de manzana. Si bien no era un velo de novia, duraría más, se dijo, mientras se dirigía al estacionamiento donde había dejado el automóvil. Todavía era temprano, pero siempre había algo que hacer en el restaurante y, además, tal vez estuviese Gregory.

Sonriendo, se puso a caminar, pero se detuvo ante una tienda de antigüedades. En el escaparate había un viejo molde de cobre en forma de rosa. Como hipnotizada, abrió la puerta, haciendo tintinear la campanilla. Pasando ante una antigua mesa y un gato de hierro forjado, sacó el molde del escaparate, y viendo que era algo que podía pagar, buscó a algún empleado que le cobrase.

No había nadie en la tienda. ¿Y si fuera ladrona?, pensó. Entonces oyó voces en el fondo y pasó al otro lado de una cortina, al almacén. A través de una puerta abierta que daba a un patio, oyó una voz de mujer, aguda de enfado y frustración:

—¿Qué voy a hacer con todo esto? Sabes bien que no tengo espacio ni para la mitad de estas cosas.

—Creí que iban a gustarte, nada más —repuso una voz de hombre—. Pensé que estaba haciéndote un favor.

—Podrías haberme llamado y consultado.

—No había tiempo, ya te lo dije. Oh, al diablo —dijo el hombre, y se oyó el sonido de la grava que crujía bajo sus pies.

Kady se quedó inmóvil en el almacén, esperando que entrara alguien, pero, como nadie entró, se asomó por la puerta. En el patio había una camioneta cargada hasta el tope con viejos baúles sucios y cajas cerradas con cinta adhesiva. La puerta trasera de la caja estaba baja, y en el suelo había media docena más de cajas metálicas y cajones de madera. El conjunto daba la impresión de haber estado almacenado durante un par de siglos en algún almacén con goteras.

—Disculpe —dijo Katy—. Quisiera saber si puedo comprar una cosa.

La mujer se dio la vuelta y miró a Kady, pero no respondió:

—¡Hombres! —dijo por lo bajo—. Mi esposo iba a una ferretería, y vio un cartel que decía «Subasta», así que se detuvo y, al ver que el lote número tres-dos-siete era «Miscelánea de baúles sin abrir», lo compró todo. Todo. Ni miró ni preguntó para saber cuántas había, se limitó a levantar la mano y comprar todo por ciento veintitrés dólares. Y ahora, ¿qué voy a hacer yo con todo esto? Y por el aspecto que tiene, la mayor parte es basura. No tengo espacio ni tiempo para guardar la mitad de estas cosas para protegerlas de la lluvia.

Kady no sabía qué responderle, y estaba de acuerdo en que las pilas de canastos y baúles no parecían muy prometedoras. Quizá «Miscelánea de baúles sin abrir» insinuara la idea de un tesoro escondido, pero era difícil imaginarse un tesoro escondido en cualquiera de esos baúles.

—¿Quiere que la ayude a meterlos dentro?

—Oh, no, él volverá y lo hará. —Con un suspiro, la mujer se volvió hacia Kady—. Lo siento. Usted es una cliente. Ya ha visto lo alterada que me he puesto, como para dejar sin cerrar la puerta principal. ¿En qué podría ayudarla?

Mientras la mujer hablaba, Kady había estado observando los baúles. Sobre la caja de la camioneta, bajo tres canastos cubiertos de telas de araña, había una vieja caja metálica que en otro tiempo contuviera harina. En algunas partes estaba oxidada, y la leyenda casi no se veía, pero aun así tenía buen aspecto, en un estilo rústico. Se la imaginó sobre el techo de alguna de las alacenas de su cocina nueva.

—¿Cuánto me pide por la caja? —preguntó, señalándola.

—¿Esa oxidada que está abajo de todo? —preguntó la mujer, evidentemente convencida de que Kady era idiota.

—Tengo visión de rayos X, y veo que la caja contiene un tesoro pirata.

—Entonces tendrá que cargarla usted. Diez dólares.

—Hecho —dijo Kady, sacando treinta dólares de la billetera, diez por la caja y veinte por el molde en forma de rosa.

Mientras la mujer se metía el dinero en el bolsillo, Kady sacó la caja del camión y la sacudió.

—En verdad, hay algo dentro.

—Todas tienen algo dentro —replicó la mujer, exasperada—. Fuera quien fuese el dueño de estas cosas, jamás tiró un papel. Y las han visitado los ratones a casi todas, además del moho y de asquerosas criaturas reptantes. Adelante, llévese la caja. Si tiene algo valioso dentro, es suyo. Yo creo que todavía está llena de harina.

—Si así fuera, podría hacer pan antiguo —dijo Kady, haciendo sonreír a la mujer, que sujetó la caja de un lado para ayudarla a levantarla.

—¿Puede con ella? Podría comunicarme con mi esposo para...

—No, gracias —respondió Kady con los antebrazos bajo la caja, que era más grande de lo que le había parecido; casi no podía mirar por encima—. Me vendría bien que me enganchara el molde en el bolso.

Mientras lo hacía, miró a Kady con aire reflexivo.

—¿Sabe?, creo que haré una venta del tesoro el sábado. Les haré una buena limpieza a estas cosas y las venderé como «Contenido desconocido». A diez dólares cada una, todavía podría sacarles algún provecho.

—Si lo hace, su marido se quedará con todo el mérito —dijo Kady, sonriendo por encima de la caja.

—Y jamás volverá a pasar ante otra subasta sin comprar lo que está a la vista. Tendré que reconsiderarlo —dijo riendo, mientras acompañaba a Kady por la tienda, hasta el callejón—. Por ahí, todo derecho, está la calle. ¿Está segura de que no le pesa demasiado? Es casi tan grande como usted. Quizá tendría que traer el automóvil hasta aquí.

—No, está bien —dijo Kady, porque tenía brazos fuertes gracias a años de alzar botes de cobre llenos de materia prima y de amasar montañas de masa de pan.

Pero, por fuerte que fuese, después de haber caminado las tres calles hasta el automóvil y puesto la caja metálica en el maletero, le dolían los brazos. Contemplando la vieja caja oxidada, se preguntó qué diablos la había impulsado a comprarla. Aunque Gregory trasladaría parte de los muebles de su casa de Los Ángeles a Alexandria, le había dicho que, para él, en la casa nueva hacían falta muebles de verdad, no los grandes sofás y sillas de campo que él tenía, de modo que pensaba vender casi todo.

Cerró el maletero y suspiró.

—Muebles de verdad —dijo, para nadie en particular—. ¿Dónde está Dolley Madison cuando uno la necesita?

Mientras se acomodaba al volante, se le ocurrió que podría probar con conejo en vino tinto para la cena de la noche siguiente, algo propio del siglo XVIII.

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Capítulo 2

2

Eran las once de la noche, y cuando entró en su pequeño y aburrido apartamento amueblado, Kady estaba en extremo cansada. Había elegido ese lugar porque estaba cerca de Onions, y porque no necesitaba comprar muebles.

Aunque le fuese la vida en ello, no imaginaba qué era lo que le pasaba esa noche. En teoría, todo había salido bien. Gregory había estado encantador como nunca, y Kady valoró el esfuerzo que hizo para recibir a sus amigas. Hasta tal punto era así que hasta Jane estaba impresionada, y le comentó que ni su propio marido se sentía obligado a conversar con sus amigas y lo que hacía era esconderse detrás del periódico. En lo que se refería a Debbie, estaba tan deslumbrada por haber comido la comida de Kady y por la atención de un hombre con la apariencia de Gregory que casi no podía hablar.

—Estás cansada —dijo Gregory de pronto, al ver que Kady contenía el quinto bostezo durante la cena—. Has estado de pie todo el día. Tienes que ir a tu casa a descansar.

—Creo que la libertad no me sienta bien —dijo Kady, sonriendo, soñolienta—. Tendría que haber pasado el día en la cocina.

Gregory fijó los ojos oscuros en las otras dos mujeres.

—¿Podríais hacer algo con ella? Jamás he visto a nadie trabajar tanto como ella. Nunca se toma tiempo libre, nunca hace otra cosa que no sea trabajar.

Mientras hablaba, tomó la mano de Kady y la acarició, mirándola de un modo capaz de hacerla derretirse.

Pero cuando Kady volvió a bostezar, Gregory rio:

—Ven, mi amor, o vas a estropear mi reputación de devorador de mujeres. ¿Qué van a pensar de mí Debbie y Jane?

Kady rio, como siempre le pasaba con Gregory. Se volvió hacia sus amigas y sonrió:

—Es el mejor hombre del mundo. Es muy excitante, y todo eso; el problema soy yo. No sé lo que me pasa esta noche. Tengo la sensación de haberme quedado sin energías.

—Es probable que sea por haber tenido que elegir muebles —dijo Gregory, poniéndose de pie e izando el cuerpo laxo de Kady de la silla. Era bastante más alto que ella, y así como el rostro de Kady era todo curvas suaves, el de él era todo planos bien cincelados.

Gregory miró sonriendo a las otras dos mujeres:

—La llevaré a la casa, y después volveré a gozar del postre que haya hecho Kady, cualquiera que sea.

—Frambuesas con kirsch, y...

Al oír que los otros tres reían, se ruborizó y guardó silencio.

—Está bien, solo estoy cansada, no muerta.

Colgándose del fuerte brazo de Gregory, Kady salió de la casa nueva y fueron caminando hasta donde ella vivía, sin hablar, simplemente con el brazo de él rodeándola, protector. Ante la puerta, la abrazó y le dio el beso de buenas noches, pero no le pidió que le permitiera pasar la noche con ella.

—Como veo que estás exhausta, te dejaré. —Echándose hacia atrás, la miró—. ¿Todavía quieres casarte conmigo?

—Sí —contestó, sonriendo, y apoyó la cabeza en el pecho duro—. Tengo muchas ganas. —Lo miró—. Gregory, la verdad es que soy un desastre para comprar muebles. No tengo idea en lo que se refiere a cortinas y sábanas, y...

Se interrumpió cuando la besó.

—Contrataremos a alguien. No pierdas un minuto más pensando en ello. Tengo un negocio en marcha en Los Ángeles, y en cuanto esté cerrado, podremos permitirnos cualquier cosa. —Le besó la punta de la nariz—. Todas las ollas de cobre que quieras.

Rodeándole la cintura con los brazos, lo abrazó estrechamente.

—No sé lo que he hecho para merecer a un hombre como tú. Siento mucha culpa de que dejes tu empleo en Los Ángeles para vivir aquí, conmigo. —Lo miró—. ¿Estás seguro de que no preferirías que yo me mudara allá? Podría abrir un restaurante, y...

—Mi madre no dejaría Onions, tú lo sabes. Ese negocio lo levantó junto con mi padre, y está lleno de recuerdos para ella. Está envejeciendo. Tal vez parezca que tiene la energía de una adolescente, pero disimula mucho. Para mí es más fácil mudarme aquí, y así estaremos los tres juntos. —Hizo una pausa—. A menos que te sientas desdichada aquí, y quieras marcharte. ¿Es eso?

Kady volvió a apoyar la cabeza en el pecho de él.

—No, estaré feliz dondequiera que estés tú. Nos quedaremos aquí, nos ocuparemos de Onions. Escribiré libros de cocina, y tendremos una docena de hijos.

Gregory rio.

—Sin duda, serán unos comilones bien alimentados. —Poniéndole las manos sobre los hombros, la apartó—. Vete a la cama. Duerme un poco. Mañana tus amigas te llevarán a una tienda de alfombras para elegir algunas para la casa.

—¡Oh, no! —dijo Kady, apretándose el

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