Lo primero, calma. Ni tú eres un padre o una madre que no esté haciendo bien su labor, ni tu hijo o hija es una gaviota incapaz de compartir el más mínimo trozo de comida. Todo tiene una explicación y seguro que a partir de ahora lo verás de otra manera.
Desde que nacen, nuestros hijos sienten como algo natural que el mundo gire alrededor de ellos. Les vestimos, les damos de comer, les compramos juguetes y tienen a su alcance todo lo que quieren. A la hora de comer, comen; cuando están aburridos, van al parque; cuando lloran, mamá y papá les abrazamos y damos besitos... y así con todo.
¿Tenemos la culpa como educadores de que nuestros hijos no sepan compartir? Para nada. Como hemos dicho al principio de este post, todos nuestros hijos pasan por diferentes etapas de desarrollo, las cuales hay que respetar y no pretender forzar, ya que, de por sí, unas desembocan de forma natural en las otras.
Hasta los cuatros años aproximadamente, tienen una forma egocéntrica de ver la vida, todo pasa por y para ellos y su perspectiva es tan limitada que hasta ese momento se consideran el centro de todo. No es hasta los cinco o seis años cuando empiezan a socializar en grupo y a realizar tareas en las que cooperan con otros similares a ellos. De hecho, si te fijas, hasta esa edad todos los juguetes son de uso individual, y los juegos de mesa en los que han de respetar turnos van dirigidos a niños y niñas de la siguiente franja de edad.

No obstante, hay algunas pautas para ir adentrándose en la experiencia de compartir cuando llegue el momento. Toma nota.