Mi madre, China y yo
La memoria y la verdad de Jung Chang frente al silencio de la historia china
Durante décadas la escritora Jung Chang ha convertido su propia historia familiar en una ventana privilegiada para que el mundo comprenda la transformación de la China contemporánea. Desde la publicación de «Cisnes salvajes» en 1991, su relato ha acompañado a millones de lectores en un recorrido íntimo y devastador por el siglo XX marcado por revoluciones, hambrunas y campañas políticas que alteraron para siempre la vida de generaciones enteras. Ahora, con «Vuelan los cisnes salvajes» (Lumen, 2026), retoma esa memoria personal para explorar el legado emocional, político y moral que dejó el régimen instaurado por Mao Zedong. En esta conversación, Chang revisita la historia de tres generaciones de mujeres de su familia —su abuela, su madre y ella misma— para hablar de valentía, trauma y resistencia en un país donde durante décadas el poder político decidió el destino de millones de personas. Desde los años de la Revolución Cultural hasta su llegada a Occidente, donde se convirtió en una de las primeras doctoras en una universidad británica procedente de China, reflexiona sobre el peso del adoctrinamiento, la fragilidad de la memoria y el valor de contar la verdad incluso cuando hacerlo tiene consecuencias personales.
Por Marta Suárez

Jung Chang, 2026. Crédito: Victoria Iglesias.
Jung Chang nació en 1952 en Yibin, en la montañosa y remota provincia de Sichuan, un territorio de paisajes verdes situado al oeste de China que hoy se ha transformado en uno de los motores económicos y tecnológicos de la República Popular. Tras el conmovedor recorrido por la historia reciente del gigante asiático a través de sus vivencias familiares y de la memoria de su madre en Cisnes salvajes (1991), la autora expone ahora desde la madurez y desde sus propios recuerdos el daño que la dictadura infligió a lo largo de casi 80 años a través de las páginas de Vuelan los cisnes salvajes (Lumen, 2026).
«La gente debería ver lo que otros seres humanos son capaces de hacer si les dejamos controlar su destino», explica Chang de forma pausada y mostrando una enorme calma a pesar de haber convivido durante décadas con una crueldad que la obligó a ver a sus seres queridos sufrir «cosas horribles».
La primera parte de esta historia personal la conocieron hace ya 35 años 15 millones de lectores. Comienza en tiempos del emperador con el nacimiento de su abuela Yang Yufang, en 1909. Una mujer que, como tantas otras en la extinta China imperial, fue obligada desde niña a vendar y doblar sus falanges por debajo de las plantas de los pies rompiendo así sus huesos. «La gente dice que superarás el dolor. Pero nunca se supera», le contó un día a su nieta. A los 15 años su padre la entregó a un hombre como concubina. Una decisión que marcó profundamente a las mujeres de la familia, tanto por el trauma heredado generación tras generación, como por las secuelas físicas que padeció hasta sus últimos días la abuela Yufang, que en su etapa adulta consiguió escapar de aquella esclavitud.
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LENGUA: ¿Qué recuerdo tiene de su abuela?
Jung Chang: Son evocaciones bastante dolorosas. Mi marido me sugirió que tal vez no debería hablar mucho sobre ella porque, incluso cuando la mencionaba al hablar de Cisnes Salvajes, no podía contener las lágrimas. Y eso pese a mis esfuerzos por no llorar. Ella me crio en los años de la Revolución Cultural y, al investigar esa etapa de Mao, fui a un lugar al cual huyó mi abuela cuando era concubina. En esa etapa tuvo a su hija, que era mi madre, y, como no le permitían criarla ni estar con ella, básicamente lo que hizo mi abuela fue secuestrarla con un año y huir de allí. Así fue como empezó una vida nueva. En aquella época se podía hacer poco siendo mujer: no podían trabajar y la mayoría de concubinas tenían miedo a huir, era peligroso irse a vivir sola. Pero mi abuela desafió a ese destino y encontró la felicidad. Es un ejemplo de que a veces necesitas valentía. No consigues tu libertad sin ella. Mi abuela y mis padres eran valientes. Y yo nací en esa familia.
De padres comunistas, a los 14 años Jung Chang se unió a la Guardia Roja, posteriormente trabajó como campesina, obrera y electricista antes de tener la oportunidad —en un país en el que lo habitual era que desde arriba se decidiera el destino de los de abajo— de estudiar en la Universidad de Sichuán. Aquel camino la ayudó a lograr algo impensable para la época: salir de China —los primeros ciudadanos que cruzaron la frontera no tenían permitido moverse por la calle sin estar acompañados— y después convertirse en la primera mujer de su país doctorada en lingüística por una universidad británica, hito que logró en 1982.
Es en este punto en el que da comienzo Vuelan los cisnes salvajes. Chang retoma ahí su historia familiar entrelazándola con la de un país que pasó de ser un Estado profundamente pobre a una potencia económica mundial que, a día de hoy, sigue muy pendiente de controlar lo que se escriba o se diga de ella. Y narra su historia a través de las vivencias de sus padres y de ella misma hasta la actualidad. Un proceso en el que la acompaña la presencia serena y sólida de una madre que se comprometió desde muy joven con el comunismo, pero que después padeció en primera persona las caídas en desgracia, humillaciones y golpes del régimen.
Esta figura materna, a la que Chang dedica su libro y a quien no pudo despedir en su lecho de muerte, es una presencia constante en Vuelan los cisnes salvajes, que se convierte en una carta de amor a esa madre a quien siempre le estará agradecida por haberla ayudado a descubrir su talento, por ayudarla a publicar su primer libro, y que posteriormente, desde China, le dio alas para seguir escribiendo en Occidente con libertad. Con su clarividencia, también le enseñó a detectar los efectos de la manipulación en su mente y en las de tantos chinos. Adoctrinamiento que retorcía la realidad y que podía incluso hacerla pensar que la brutalidad o negligencia de un Gobierno era algo inevitable, como ella misma recuerda.
LENGUA: ¿Cree que al escribir puede seguir estando contaminada por el adoctrinamiento ideológico que recibió en su juventud, como su madre le advirtió en alguna ocasión?
Jung Chang: Cuando estaba con Cisnes salvajes yo la escribía para hacerle preguntas, y en una de ellas le pregunté por lo que yo llamé «un desastre natural» que duró unos tres años. Usé esa expresión para describir la gran hambruna que entre 1958 y 1961 provocó la muerte de cuarenta millones de personas. En ese momento yo sabía que aquella hambruna no fue resultado de ningún mal tiempo ni de nada que tuviera que ver con la naturaleza, sino que era algo de origen humano [las decisiones del Gobierno de Zedong de priorizar la industria, sustituir la agricultura familiar por una colectiva unido a la manipulación de las cifras reales de producción y una mala gestión exportadora fueron causas de la peor catástrofe demográfica del siglo XX]. Pero como cuando estaba creciendo en China había sido adoctrinada por parte del sistema educativo, mi madre se dio cuenta de que para mí sería muy difícil liberarme de aquella manera de pensar. Así que, como era muy sabia, me pidió que no pensase en escribir sobre la historia, sino que solamente me centrase en nuestra historia familiar. Después de la publicación de aquel libro, estuve escribiendo durante 12 años la biografía de Mao con mi marido. Investigamos mucho y, al final, de me di cuenta de que había aprendido muchísimas cosas que no sabía mientras estaba en el proceso de narrar Cisnes salvajes. Y me dije a mí misma: «Tal vez tengo que volver a escribir el libro». Pero cuando volví sobre mis propias líneas me di cuenta de que, como la mía era una historia personal, había muy poquito de mí hablando de historia. Así que no he tenido que reescribirlo y eso ha sido gracias a aquella sabia sugerencia de mi madre, que hizo posible que Cisnes salvajes aguantase el examen del tiempo.
«[Mi madre] me crio en los años de la Revolución Cultural y, al investigar esa etapa de Mao, fui a un lugar al cual huyó mi abuela cuando era concubina. En esa etapa tuvo a su hija, que era mi madre, y, como no le permitían criarla ni estar con ella, básicamente lo que hizo mi abuela fue secuestrarla con un año y huir de allí. Así fue como empezó una vida nueva».
LENGUA: ¿Y qué papel jugó su madre a la hora de contarle al mundo la historia de su familia?
Jung Chang: Ella me inspiró a convertirme en escritora. Antes de Cisnes salvajes realmente yo no quería escribir sobre las cosas tristes como la Revolución Cultural. Pero mi madre se dio cuenta de que ahí es donde está mi talento y mi corazón. Ella hizo que yo también lo supiera y que consiguiera mi sueño, y entonces fue cuando registró su testimonio, que fue la base de Cisnes salvajes con más de sesenta horas de grabación de voz. Después de aquello me convertí en escritora. Gracias a su inspiración también empecé a escribir de manera realista y con libertad. Incluso llegó a pedirme que no me preocupase sobre su seguridad a pesar de que ella vivía en China: me pidió que escribiera lo que quisiera porque ella no iba a leer este libro, me quería dar paz mental. Mi libro es un tributo a esa mujer extraordinaria.
Chang explica que el lapso de tiempo transcurrido entre el exitoso Cisnes salvajes y el actual Vuelan los cisnes salvajes fue determinante para profundizar durante más de una década en la laboriosa búsqueda de información y recogida de testimonios que culminaron con la biografía Mao, la historia desconocida, y que escribió junto a su segundo marido, el historiador irlandés Jon Halliday. Un trabajo que le permitió ampliar la perspectiva sobre aquellos años, especialmente los de la brutal Revolución Cultural, de la que en mayo de 2026 se cumplen 60 años, y que en realidad no fue ninguna revolución sino una oscura y traumática represión. Intelectuales, profesores, funcionarios y cualquier persona considerada burguesa o ideológicamente sospechosa podía ser denunciada por los guardias rojos y sometidos a sesiones de palizas, encarcelamientos y todo tipo de humillaciones. Los «reeducaban» en campos de trabajo. Libros, obras de arte y patrimonio histórico fue destruido por formar parte de viejas costumbres o hábitos tradicionales.
Durante aquellos años, en los que murieron tanto la abuela como el padre de la autora, Chang vio cómo unos padres entregados a la revolución terminaban siendo víctimas de Mao, para quien no había comunistas suficientemente buenos. «Mi marido y yo fuimos capaces de hacer esa investigación y contribuir a dar una visión más realista sobre una de las figuras más importantes del siglo XX, que fue tan malo como Adolf Hitler o como Joseph Stalin, cuando había gente que no lo veía así», explica Chang, que encontró archivos inéditos y habló con testigos de la época del círculo íntimo del poder como la madrastra del presidente aperturista Deng Xiaoping.
LENGUA: ¿Qué lecciones debería aprender Occidente de la Revolución Cultural?
Jung Chang: Cuando escribo mis libros no pienso qué lecciones debería aprender el mundo, porque me limito a escribir lo que he experimentado, lo que sé que es cierto. Pero sí creo que la gente debería ver qué cosas horribles son capaces de hacer otros seres humanos si les dejamos hacer lo que quieran y controlar nuestro destino, conocer la crueldad de las personas malvadas.

Jung Chang, 2026. Crédito: Victoria Iglesias.
Un destino del que ella escapó al poder estudiar fuera. En Vuelan los cisnes salvajes Chang relata aquella primera vez que cogió un avión para ir al Reino Unido como una aventura en la que ella y sus compañeros de estudios, aleccionados para no separarse ni mezclarse demasiado en las actividades de los occidentales, se adentraban en un mundo nuevo y desconocido del que, en realidad, poco sabían.
«Una noche, los estudiantes franceses y alemanes organizaron una fiesta de disfraces. Mi grupo acudió, algo incómodo, porque la única ropa que teníamos eran los trajes Mao. En mi diario lamenté que, excepto nosotros, todos llevaban disfraces coloridos y que nuestra ropa nos hacía parecer solemnes y estirados. Ahora pienso que tal vez éramos los mejor vestidos para la ocasión, pues a los estudiantes internacionales nada podía resultarles más extravagante que los trajes Mao», relata. Fue aquella la primera vez que bailó la electrizante música disco y se divirtió «como una loca».
Unos años en los que su deseo de integrarse en aquella sociedad en la que logró quedarse a estudiar por méritos propios encadenando becas convivía con su miedo a las consecuencias de esa misma integración. Como cuando le atormentaba pensar en las leyendas urbanas que se contaban entre amigos chinos, como que cualquier ciudadano de la República Popular que tuviera un amante extranjero, como era su caso, «sería drogado y enviado de vuelta a China en un saco de yute». Pero también había peligros más reales como ser tachada de «desertora» y acusada de «alta traición» si no regresaba para vivir en «la madre patria» después de casarse.
Fue después, en aquellos años en los que investigó a Zedung, cuando llegó a temer por su seguridad, pues irrumpieron en su casa británica cuando ella estaba ausente dejando un mensaje de la forma en la que lo haría una organización mafiosa.
LENGUA: Después de aquel asalto en su casa, ¿se ha vuelto a sentir insegura o la fama es una especie de seguro de vida?
Jung Chang: Ya me he dado cuenta de que escribir la biografía de Mao fue muy peligroso. Y Cisnes salvajes en sí mismo no ha sido suficiente para protegerme. Nuestra casa fue allanada sin que hubiera signos exteriores de haberlo sido: me cortaron todas las plantas del balcón, lo cual fue bastante extraordinario porque quienes lo hicieron necesitaban muchos sacos y muy grandes para llevarse todo aquello. Pero creo que una tiene que seguir adelante con su vida en libertad.
LENGUA: ¿Y se siente libre de escribir sobre aquello que quiera?
Jung Chang: Para mí, la libertad es escribir exactamente lo que quiero. Y como estoy escribiendo no ficción, debo hablar sobre la verdad.
LENGUA: ¿Vuelan los cisnes salvajes se podrá publicar en China?
Jung Chang: Todavía estoy trabajando en la traducción. Yo escribo mis libros dos veces, primero en inglés y luego en chino. Así que todavía no estoy pensando en ello, pero la edición en chino se publicará en Taiwán.
«Antes me importaba que mis libros estuviesen prohibidos o que no se pudiera hacer una película sobre ellos. Pero no tanto como el hecho de que, recientemente, no haya podido ver más a mi madre en sus últimos años de vida. Lo más difícil para mí ha sido no poder ir a verla cuando se estaba muriendo ni estar presente en su lecho de muerte».
LENGUA: ¿Y se hará en algún momento una película basada en su historia familiar?
Jung Chang: No tengo ningún tipo de esperanza de que mis libros acaben siendo una película. Desde la publicación de Cisnes salvajes hace 35 años me han contactado muchos directores, productores, guionistas, estrellas de cine, pero al final ninguno de ellos llega a hacerla. En algún momento me di cuenta de que la razón era que los distribuidores de estas plataformas de streaming están condicionados por la reacción de las autoridades chinas, les preocupa que se les castigue y se prohíban allí otros productos o películas. Entonces, básicamente, han acabado con cualquier intención posible de llevarlo al cine.
LENGUA: En su libro habla de la apertura durante los años de Deng Xiaoping y del retroceso actual. ¿Qué ha sido lo más difícil de la regresión que usted describe en estos últimos años en China con respecto a la etapa anterior?
Jung Chang: Se ha producido un endurecimiento general de la represión. Antes me importaba que mis libros estuviesen prohibidos o que no se pudiera hacer una película sobre ellos. Pero no tanto como el hecho de que, recientemente, no haya podido ver más a mi madre en sus últimos años de vida. Lo más difícil para mí ha sido no poder ir a verla cuando se estaba muriendo ni estar presente en su lecho de muerte.
La llegada al poder en 2012 del actual presidente Xi Jinping tuvo repercusiones directas en la vida de Chang. Ese año le empezaron a denegar visados y, cuando por fin conseguía viajar a su país, o tenía problemas para regresar sin trabas o debía superar trampas pensadas para hacerla infligir la ley. Empieza entonces una época de miedos y alerta constante que le hace temer por la seguridad de los suyos. 2018 fue el último año en el que logró viajar para ver a su madre. El 1 de mayo de ese año, Xi emitió una orden que decretó que «cualquier calumnia al honor y la reputación de los héroes y los mártires» del país, empezando por Mao, sería castigada con la cárcel. Como biógrafa que documentó el totalitarismo del expresidente se le cerraron las puertas de su país.
Desde Europa fue viendo cómo los años pasaban. En 2024 su madre recayó enferma y se despidieron por videollamada: «Tengo más de noventa años. La vida dará paso naturalmente a la muerte. No es gran cosa, y no pienso demasiado en ello. Haz bien lo que haces y sé feliz, y yo seré feliz (…). No vuelvas para esto», le pidió.
Desde la madurez, basándose en su memoria y alejándose cada día de aquellos traumas, Chang nos confiesa que ha seguido los consejos de su madre y ha tenido una vida «contenta y alegre»: «He conseguido cosas y eso es importante. Estoy contenta con mi vida. Estoy haciendo exactamente lo que quería hacer y estoy llevando una vida que quería llevar. Soy libre y estoy feliz».
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