Las cicatrices de Bosnia: las mujeres que aún cargan con la guerra, la pobreza y el olvido
Treinta años después de los Acuerdos de Dayton, que el 21 de noviembre de 1995 pusieron fin a la guerra de Bosnia y Herzegovina, las consecuencias del conflicto siguen pesando sobre los ciudadanos de este pequeño territorio balcánico olvidado por Occidente. La paz, paradójicamente, trajo consigo nuevas formas de desigualdad para las grandes olvidadas de la historia: las supervivientes. Mujeres que fueron las primeras damnificadas de la pobreza impuesta por un sistema que las expulsó y que, además, convirtió a muchas de ellas en víctimas de la trata sexual. Conversamos con la periodista y escritora Alba Muñoz (Barcelona, 1985) sobre su novela «Polilla» (Alfaguara, 2024), nacida de un viaje a Bosnia años después del fin del conflicto. En aquel recorrido, Muñoz trataba de entender qué había ocurrido realmente y se encontró con las huellas que la guerra dejó en los cuerpos, los silencios y la vida cotidiana. Huellas que le abrieron la puerta a explorar también sus propios traumas y contradicciones. Mientras sigue los pasos de las víctimas invisibles, «Polilla» revela cómo la posguerra las condenó al abandono, al peso del cuidado y a la pobreza estructural. Bosnia, recuerda Muñoz, sigue siendo un país detenido en el tiempo: atrapado en las fronteras impuestas por sus enemigos y obligado a convivir con el olvido.
Por Marta Suárez

Cementerio en Potočari, Bosnia y Herzegovina. Julio de 2020. Una mujer bosnia musulmana llora entre las tumbas de su padre, sus abuelos y otros familiares cercanos, víctimas del genocidio de Srebrenica, masacre perpetrada en julio de 1995 por el Ejército de la República Srpska bajo el mando del general Ratko Mladić, así como por Los Escorpiones, grupo paramilitar serbio. Crédito: Getty Images.
La periodista Alba Muñoz (Barcelona, 1985) se conecta conmigo por videollamada desde una cocina sencilla donde predominan su gesto serio y reflexivo, su melena de ondas rebeldes y un calentador desvencijado que asoma, borroso, en un segundo plano. Cuando hablo con ella e intuyo sus apenas 40 años me extraña que, en lugar de haberse interesado por conflictos más coetáneos a su generación (como la guerra de Irak, por ejemplo) haya escrito su ópera prima sobre los Balcanes.
Una escena ocurrida en su casa a principios de los noventa, cuando apenas tenía seis años, lo explica todo.
Aquel día vio en el informativo de televisión cómo personas muy parecidas a sus padres, vestidas como ellos, eran tiroteadas desde las alturas mientras corrían de un lado a otro, se agachaban y huían. «Fue la primera vez que vi a mis padres, sobre todo a mi madre, realmente aterrorizados. Para mí fue impactante verlos asustados porque en cierta manera los padres son una referencia de fortaleza, un refugio», me cuenta.
En su retina quedó grabada aquella escena, entremezclada con el recuerdo de una manifestación contra la guerra en la plaza de Sant Jaume, en Barcelona. A la memoria le vienen imágenes de mucha gente, velas, una sábana con una paloma de la paz y la sensación de no entender nada. No volvió a conectar con ese recuerdo hasta que, en el último año de Periodismo, se cruzó por casualidad en la facultad con un cartel sobre una expedición al corazón de aquel conflicto ya casi olvidado: el de Bosnia y Herzegovina.
En ese momento, la joven Alba solo pensaba en acabar la carrera, «terminar aquella tortura y salir al mundo». No quería oír hablar de Erasmus ni de ninguna otra forma de prolongar sus estudios. Estaba convencida de que, para triunfar, solo necesitaba un portátil, internet y mala hostia. Y así fue como se embarcó en una aventura en busca de un reportaje que acabó convertido en este libro en el que, además de investigar la situación en la que han quedado los supervivientes, emprende un viaje hacia las heridas familiares de su propia infancia.
Al preguntarle por los motivos para ir allí, Alba parece mirar al infinito en busca de una respuesta, aunque en realidad la tiene muy clara. Después de verse a sí misma como una niña burbuja ajena a los horrores del mundo, sintió la necesidad de demostrar que podría enfrentarse a ellos. También, confiesa, una cierta pulsión de «rebelarme inconscientemente» al viajar a ese lugar que había sido «como una pesadilla» para sus padres. Durante aquella primera estancia de tres semanas en Sarajevo, además, Alba conoció a Darko, un joven bosnio presente en toda la novela, con el que inició una relación marcada por el deseo y la contradicción, casi un espejo emocional de todo lo que observaba a su alrededor.
En Polilla -título que alude al apodo con el que su padre la llama y que ella detesta-, la autora pone nombre, rostro y sentimientos a muchas de las víctimas silenciosas de la violencia sexual ejercida durante y después de la guerra. Habla de la trata, venta y esclavitud de quienes fueron engañadas y que no solo fueron víctima de las mafias, sino también, paradójicamente, de quienes estaban allí para protegerlas: cascos azules de la ONU, soldados de la OTAN o trabajadores humanitarios.


Arriba: Prizren, Kosovo. 15 de julio de 1999. Una refugiada permanece en silencio en una habitación del seminario ortodoxo de la ciudad, donde se habían refugiado unas 200 personas en un episodio de la guerra de Kosovo, un conflicto armado (1998-1999) impulsado por el ultranacionalismo en la antigua Yugoslavia, que culminó con la intervención de la OTAN para detener la represión y la limpieza étnica de la población albanokosovar por parte de las fuerzas serbias. Abajo: Mostar, Bosnia y Herzegovina. 1997, dos años después de los Acuerdos de Dayton. La vida vuelve a la normalidad en la zona musulmana de la ciudad, un lugar arrasado por las fuerzas croatas en 1993. Crédito: Getty Images.
LENGUA: Menciona en su libro a cuatro chicas que fueron encontradas asesinadas con la boca tapada con cinta aislante de la OSCE, la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa. Durante su investigación, ¿cómo reaccionó al comprobar que quienes debían proteger a los civiles eran, en la práctica, capaces de violar y asesinar a las mujeres de esa población?
Alba Muñoz: Fue sorprendente, muy duro e indignante. Recuerdo que cuando visité por primera vez el cementerio y el memorial de Srebrenica [en julio de 1995 las fuerzas serbobosnias asesinaron a más de 8.000 hombres y niños bosnios musulmanes en la peor masacre en Europa desde la Segunda Guerra Mundial ante la inacción de las fuerzas holandesas de la ONU] había visto tantos documentales que no sentí nada. Lo que me perturbó realmente fue cruzar la carretera y ver el recinto donde vivían los cascos azules porque encontré grafitis que sexualizaban y ridiculizaban a las mujeres bosnias. Hacían mofas racistas y clasistas, las caracterizaban con bigote. Era incomprensible pensar que alguien enviado allí para proteger a la población civil pudiera sentir una pulsión sexual en medio de aquel horror. Me parecía muy loco. Me impactó porque era joven y tal vez ingenua. Hoy ya no me extraña porque, aunque esto empieza a cambiar, las fuerzas militares masculinas, aunque sea en misión de paz, se adueñan del lugar y se vuelven la fuerza jerárquica, los nuevos patriarcas del lugar. Y no es algo nuevo, ya ocurrió con los soldados norteamericanos que liberaron París durante la Segunda Guerra Mundial, como retrata Keith Lowe en Continente Salvaje (Galaxia Gutenberg, 2012): los pacificadores que salvaban a los parisinos de los nazis también violaron a mujeres. Y eso, que a nosotras nos resulta estremecedor, tiene un poso cultural del patriarcado que da al hombre, -incluso al salvador- un poder sobre el territorio conquistado que, en demasiadas ocasiones, se convierte en violencia sexual.
«(...) Me perturbó cruzar la carretera y ver el recinto donde vivían los cascos azules porque encontré grafitis que sexualizaban y ridiculizaban a las mujeres bosnias. Hacían mofas racistas y clasistas, las caracterizaban con bigote. Era incomprensible pensar que alguien enviado allí para proteger a la población civil pudiera sentir una pulsión sexual en medio de aquel horror».
LENGUA: Es como si a las mujeres no las protegieran ni sus supuestos salvadores, como si hubiera que vigilar al vigilante hasta el infinito cuando se trata de ellas.
Alba Muñoz: Exacto. Es como si por un motivo festivo tras salvar una ciudad, tuvieran permiso para robar objetos de valor y como si, al encontrarse con una chica guapa, aunque se resistiera, decidieran ir más allá y violarla. Es una dinámica completamente tribal, de camaradería masculina donde todos se cubren entre sí. No hay ojos que observen ni voces que juzguen. Y, aunque ahora se empiece a hablar de ello, al final las vidas de las mujeres siempre han valido menos. En los conflictos bélicos se crea una atmósfera dentro del mundo militar, muy patriarcal y machista, con esa especie de manada en la que esas pulsiones primitivas no se ven juzgadas. Muy pocos se detienen a pensar antes de actuar.
LENGUA: En Polilla relata cómo algunas de esas mujeres que han sido engañadas y prostituidas no siguen el guion de lo que algunos esperarían de la víctima perfecta. Tienen personalidades poliédricas y derecho a ser contradictorias. ¿Ha resultado difícil retratarlas?
Alba Muñoz: Sí, sí. En mi libro aparecen dos, pero llegué a entrevistar a más de 20 con situaciones muy diversas. Recuerdo a unas hermanas gemelas que tenían discapacidad intelectual y que habían sido vendidas por su propia familia. Y a una chica gitana menor de edad que, para incomodarme, hacía bailes sensuales delante de mí. Creo que era una especie de rebeldía desde su sexualidad. Yo era joven y no lo entendía, creía que las víctimas tenían que ser de una manera, y pensaba: «Después de lo que te ha pasado, ¿cómo puedes jugar con esto y banalizarlo?». Pero, en el fondo, aquel juego, aquella provocación, era su manera de rebelarse contra sus explotadores y decir: «No me has quitado ni mi deseo ni mi sexualidad».


Arriba: Srebrenica, Bosnia y Herzegovina. 17 de julio de 1995. Mujeres de etnia bosnia musulmana en una zona declarada como «segura» por las Naciones Unidas. No obstante, entre los días 13 y 22 de julio, los serbios de Bosnia y elementos del Ejército Popular de Yugoslavia perpetraron un genocidio que acabó con la vida de 8372 personas (incluyendo niños, adolescentes y ancianos). Abajo: Embajada de EE UU en París. 14 de diciembre de 1995. El presidente de Estados Unidos, Bill Clinton (derecha), se reúne con el presidente de Croacia, Franjo Tudjman (a su lado), el presidente de Bosnia y Herzegovina, Alija Izetbegović (en el centro), y el presidente de Serbia, Slobodan Milošević (izquierda), antes de la firma formal de los Acuerdos de Dayton, tratado de paz negociado y aprobado en la base aérea Wright-Patterson semanas antes, el 21 de noviembre de 1995, un proceso que puso fin a la guerra de Bosnia y Herzegovina. Crédito: Getty Images.
Una de las mujeres a las que retrata en esa posguerra es Nikolina, una chica de apenas 20 años a quien su novio vendió en una discoteca de Niza para ser explotada por sucesivos propietarios: la hicieron adicta, intentó salir de la espiral a la que fue arrojada, denunció a su expareja, empezó a estudiar Derecho y tuvo que ocultarse en un refugio para no ser capturada de nuevo. Su caso es paradigmático, pues Nikolina nunca se percibe a sí misma como víctima, sino que habla de aquello como cosas que le han sucedido, pero que no la definen.
«Ella solo piensa en enamorarse de nuevo y en estudiar, como si realmente pudiera olvidar todo, centrarse en su futuro y en su recuperación. Cuando la conocí, teníamos la misma edad y esa actitud me fascinaba. A veces pienso en ella y me pregunto si aquella jovencita en shock que quería salir adelante consiguió licenciarse y guardar todo aquello en un rincón de su memoria. Si fuese así me parecería perfecto porque muchas veces pedimos a las víctimas que revivan una y otra vez su historia, que no salgan de ahí. Pero quizá el verdadero objetivo sea ese: seguir adelante y no dejar que ese violador te marque para siempre. Además, Nikolina vivía una situación muy desfavorable y eso me hizo ver que no hay una sola manera de ser víctima, y que el contexto también influye».
Plenamente consciente de su mirada periodística y de su papel activo como testigo que se aproxima al horror con una mezcla de fascinación y culpa, Muñoz sabe que tal vez su investigación vaya en contra de la pulsión vital de estas mujeres para recuperarse. Esa contradicción la lleva a fustigarse y a verse como «una rata morbosa, una rata que no puede dejar de seguir el rastro de la guerra sólo porque nunca ha olido algo así y no sabe lo que es».
«Se legitimó la invasión [de Bosnia y Herzegovina], el genocidio, el desplazamiento de la población, y además se creó un sistema de política rotativo en el que se turnan unos y otros, lo cual es perverso y perpetúa la parálisis».
Y en medio de todo aquello, mientras busca ese reportaje que tardará años en escribir, mientras busca el rastro de la muerte, se choca con los silencios, con la violencia y las víctimas no reconocidas que deja atrás la posguerra. «Había venido a Bosnia en busca de la muerte y me estaba persiguiendo la vida», escribe, en una frase que resume con crudeza el desconcierto y la humanidad que atraviesan su relato.
El tiempo parece haberse detenido en los Acuerdos de Dayton (negociados y firmados entre noviembre y diciembre de 1995), que pusieron fin a la guerra, pero también dieron inicio a la cronificación de un conflicto latente. A ojos de Alba, aquellos acuerdos no sirvieron para hacer justicia, sino para tomar la salida salomónica de legitimar las fronteras deseadas por los serbios y croatas, consolidando la división étnica y religiosa de un territorio que quedó bajo tutela internacional, con un alto representante que funciona como el vigilante de un patio de colegio.
«Se legitimó la invasión, el genocidio, el desplazamiento de la población, y además se creó un sistema de política rotativo en el que se turnan unos y otros, lo cual es perverso y perpetúa la parálisis. Y esto sucede porque a nadie le importa este país sin recursos donde han desembarcado las privatizaciones y apenas quedan fondos para las pensiones, que cobran los hombres, y ellas no», denuncia.


Arriba: La Haya, Países Bajos. 22 de noviembre de 2017. Memorial por las víctimas de las guerras yugoslavas en el Tribunal Penal Internacional para la Antigua Yugoslavia. Aquel día fue condenado a cadena perpetua al excomandante del ejército serbobosnio Ratko Mladic, el carnicero de Bosnia, por genocidio, crímenes de guerra y crímenes de lesa humanidad cometidos contra los musulmanes bosnios. Abajo: Potočari, Bosnia y Herzegovina. 11 de julio de 2024, Día Internacional de conmemoración del genocidio en Srebrenica. Crédito: Getty Images.
LENGUA: Hay un pasaje muy revelador sobre esa situación tras la guerra, en el que un hombre se queja de que «las chicas bosnias solo piensan en el dinero». La respuesta la dan las mujeres que le interpelan sobre si alguna vez se ha preguntado cuántas de ellas pueden trabajar o qué salida vital cree que tienen.
Alba Muñoz: Totalmente, y la historia de Fadila (directora de la filial bosnia de una ONG que atiende a víctimas de tráfico) es la que mejor refleja cómo muchas mujeres de la antigua Yugoslavia tenían un poder simbólico -aunque no al nivel de los hombres-, porque el comunismo las necesitaba. Fadila era entonces una profesora respetada con cierta autoridad. Pero cuando llegó la paz occidental, el capitalismo destrozó a las bosnias, las dejó sin nada. No hay ningún tipo de bienestar, ni sistema de salud o seguridad social. Ellas, como siempre, cargan con los enfermos, los heridos y los niños. Se ocupan de todo y no reciben ni una pensión vinculada al conflicto bélico. Ahí se produce lo que la socióloga serbia Vesna Nikolic calificó como la repatriarcalización de la sociedad. Los nacionalismos balcánicos, al resurgir, dieron lugar al estallido de la guerra, y lo hicieron precisamente utilizando la imagen de la mujer: no ya como sujeto activo y combatiente -como lo habían sido las partisanas comunistas-, sino como símbolo de la patria pasiva, esa que hay que proteger.
«Inseminar a mujeres del bando contrario era una forma de conquistar territorio. Esos embarazos eran botines, como un éxito militar o una conquista de tierras. Muchas de ellas, después de parir, no quisieron ni pudieron hacerse cargo de esas criaturas fruto del odio».
LENGUA: Es decir, la mujer como un objeto.
Alba Muñoz: Y como ese bien preciado a proteger de otros hombres: es mía, no es tuya. En el orden simbólico de siempre: Dios, patria, mujer, familia. Todos esos discursos nacionalistas la borraban como sujeto. Y eso, según Nikolic, está relacionado con el estallido de las violaciones como arma bélica. En este caso no eran aleatorias, sino planificadas: inseminar a mujeres del bando contrario era una forma de conquistar territorio. Esos embarazos eran botines, como un éxito militar o una conquista de tierras. Más gráfico que eso, imposible. Muchas de ellas, después de parir, no quisieron ni pudieron hacerse cargo de esas criaturas fruto del odio. Hubo muchos casos y numerosos centros que se ocuparon de esos hijos del enemigo.
Alba tenía que peregrinar al infierno para encontrar un lugar en el mundo más enraizado, más lúcido, con una perspectiva más completa. Polilla es el resultado de ese descenso: una novela que nace del deseo y del espanto, del impulso de mirar de frente aquello que otros prefieren olvidar. A través de la guerra de Bosnia, del cuerpo y de la herida, Muñoz convierte la experiencia periodística en una exploración de la identidad y del deseo, del poder y la fragilidad, del amor y la violencia. Como la reportera de guerra Margaret Moth -que sobrevivió a que un francotirador le volara medio rostro y aun así siguió grabando-, Alba también se asoma a la oscuridad para entender qué significa estar viva. Y en esa búsqueda, como la polilla que da título a su novela, se quema y se ilumina al mismo tiempo.
Un diario de resiliencia

