De vuelta del mar

Robert Louis Stevenson

Fragmento

Introducción

El nombre de Robert Louis Stevenson (1850-1894) suele ir básicamente asociado a cuatro cosas: la prosa, las aventuras, la enfermedad –la lucha contra ella– y el exotismo, cuando aún existía de verdad. Algunos añadirían gustosos (aunque varios de los términos casi la implican) que también a la adolescencia, a los sueños de un tiempo de la vida corto... Que eso es verdad, no sólo lo prueba buena parte de la obra del propio Stevenson, sino el recuerdo biográfico de muchos de sus lectores. Por mi edad, conocí todavía a Stevenson en una versión radiofónica – estupendas voces– de La isla del tesoro. Literalmente no me cansaba de oírla y esa versión me llevó, después, al libro. Aún recuerdo, con el genuino estremecimiento de la aventura y del peligro, la canción que Jim le oía a Silver en la posada del Almirante Benbow: «Quince hombres sobre el Cofre del Muerto / yo ho ho / la botella de ron...». Para mí esa canción –más larga, claro– era la vida que estaba fuera, mágica y lejos. Ya adulto, me enteré de que «El Cofre del Muerto» (yo lo oía en minúsculas) era una pequeña isla del Caribe frecuentada antaño por piratas y filibusteros. El realismo me gustó poco en este caso, pero esa cancioncilla, ¿no es poesía?

A veces se habla de la poesía de los novelistas. Casi todos damos por más natural (tenga el valor que tuviere) la prosa de los poetas, que, habitualmente, no sorprende o lo hace poco: muchos poetas han escrito o escribimos prosa. Pero ¿escriben poesía los novelistas, de verdad? ¿No son muchos menos y sus obras líricas, por lo general, menores? Sí, el primer libro de William Faulkner lo fue de versos –y de cariz simbolista– Vision of Spring (1921) y también el segundo –y algo más conocido– The Marble Faun (1924). Pero ¿qué tienen que ver los elegantes y algo afrancesados poemas de El fauno de mármol con novelas tan impresionantes como Las palmeras salvajes o Mientras agonizo? Faulkner será siempre un inmenso prosista que hizo algunos versos (como Nabokov), sin embargo Jorge Luis Borges –confeso admirador de Stevenson– es un poeta y también un prosista, ambos altos, porque el poeta fue primero y su trayectoria más larga... También un novelista en torrente, pero con voz, Pío Baroja, escribió –ya no joven– un libro de poemas, Canciones del suburbio (1944), pero nadie diría que Baroja fue poeta. Pero el hiperpoeta Juan Ramón Jiménez escribió un admirable libro de prosa –creativa, rota–, Españoles de tres mundos, y sin que al autor se lo apee del sitial de Poeta (mucho le disgustaría) los críticos lo tienen por un prosista renovador, aunque no se dedicó a la prosa. Hemingway y Beckett también escribieron poesía, pero se los considera básicamente novelistas y al segundo, además, autor dramático. Victor Hugo escribió grandes y exitosas novelas y dramas, pero es su faceta importante como poeta la que más se valora en Francia, pero ¿dónde está aquí nuestro Stevenson, el que nos maravilló con Treasure Island? Releyendo el libro que Javier Marías publicó en 1980 y que ahora ha retraducido, De vuelta del mar (una antología muy cabal de la poesía de Stevenson), creo que acertó en la elección y en la definición implícita. Stevenson fue un cuidadoso autor con una prosa singular y atractiva, no desconoció un lado adolescente en su producción, aunque ni mucho menos se quede ahí, pues también escribió ensayos y, claro es, poesía. Publicó sólo cuatro libros de poesía en vida y otro más póstumo, con parte de su producción última, Songs of Travel and Other Voices, en 1896 y se siguieron encontrando nuevos poemas suyos más tarde. Indudablemente R L Stevenson fue un poeta en su prosa (este es otro tema), pero en su poesía estricta fue un buen poeta menor –«minor poet» si se prefiere, para aureolarlo con el brillo que Eliot dio a tal expresión–, pero eso es un buen poeta de circunstancias, que tiene una clara facilidad versificatoria (ayudado por la rima) y que en los momentos más personales logra poemas espléndidos y una dicción singular poética, donde como siempre importa mucho el buen uso del adjetivo y Stevenson lo dominó. Borges también supo eso.

Marías se quedó (se queda) con el poeta de circunstancias esencialmente lírico y deja de lado los aspectos menos traducibles o menos brillantes de esa poesía de un poeta con talento y con oficio. Hagamos un somero repaso. El primer libro de poemas que Stevenson publicó eran cancioncillas para niños: A Child’s Garden of Verses en 1885. (La isla del tesoro había aparecido dos años antes.) Tiene razón Marías al no traducir los versos del jardín infantil, dice que la rima intencionada para la sonoridad del corro, en la «versión castellana resultaría enormemente empalagosa, por no decir que abiertamente estomagante». La lingüística lo ha denominado de una manera diferente según las épocas, pero lo que podemos llamar «espíritu» de una lengua –su sentido innato de la propia expresión– es precisamente lo que suele hacer misión casi imposible –sólo existen contadas excepciones– el traducir con rima la poesía rimada, esto es, el volver en este caso rima española la rima inglesa. Claro, en palabras o juegos de palabras infantiles es peor, pero Stevenson escribió –como casi todos los poetas de su época– con rima. Desechando las rimas infantiles, Marías salva el peligro de las otras rimas usando, a menudo, la asonancia. Lo que serían posiblemente duros consonantes por el cambio de lengua se convierten habitualmente en amables, gratas, ocasionales asonancias. No es lo mismo. También deja de traducir Marías las leyendas de Escocia, principalmente, o de los Mares del Sur, que son poesía narrativa (en español solía usarse, aunque no siempre, el romance) que el Romanticismo había puesto de moda. Sin duda no son estas Ballads –como «Ticonderoga: A Legend of the West Highlands», 1887– lo que más nos pueda interesar hoy de Stevenson. Para quien desee hacerse una idea de algo similar en español, puede acudir a las tantas leyendas como escribieron Zorrilla o el Duque de Rivas, verbigracia «Un castellano leal», que cuando yo era escolar debíamos aprender de memoria. Como recuerdo copio dos estrofas de una leyenda de Zorrilla en «Cantos del trovador» (1859): «Hendía el raudal rugiente / la cierva con fuerza extraña, / y hendía el potro valiente / la arrebatada corriente / tras la medrosa alimaña. / Mas ya la infeliz vencida / del agua al impulso fiero, / dejóse desfallecida, / y al cabo rindió la vida / a manos del caballero». (...) Marías califica los versos narrativos de las baladas de Stevenson de «torpones y farragosos». Tal vez algo más generoso, yo no diría (como en Zorrilla o Rivas) que son «torpones» –dominaban muy bien el mero arte del verso–, pero «farragosos» lo son, sin duda, y están lejos de nuestro sentido actual del poema. Es decir que esta antología –y vemos que acierta el criterio– recoge poemas de un libro que Stevenson publicó en vida, Underwoods (1887) –Monte bajo–, del libro póstumo, Songs of Travel, 1895 –Canciones de viaje–, más algo de lo no poco que se halló después y que apareció formalmente en 1918 como New Poems. No sé si esto tiene mucha importancia, pero es cierto que algo dice: la mejor poesía de R L Stevenson resulta que fue publicada en su mayoría póstuma, de donde se deduce otro hecho claro: los poemas mejores de Stevenson fueron los de su último tiempo, probablemente cuando ya vivía en los Mares del Sur (buscando desesperado remedio para su enfermedad) y los nativos polinesios lo apodaban «Tusitala», el que relata historias...

La vida de Robert Louis Stevenson –tras su juventud bohemia en el natal Edimburgo, dicen que entonces se aficionó al trago– fue una constante huida hacia la salvación del dolor y una búsqueda lograda de la felicidad en la escritura, junto a Fanny Osbourne, con quien se casó en 1880, y a su hijastro Lloyd Osbourne, tan importante en la vida de Stevenson. Suiza, la Costa Azul, Nueva York, San Francisco y de ahí el salto definitivo al Pacífico sur, y en especial a Samoa, la isla en la que murió y donde sigue enterrado en el monte Vaea, cerca de Vailima, donde tuvo su última casa familiar... Algunos dicen que dos frases de Stevenson lo definen muy bien (si no lo define el tono aventurero y feliz de su feliz prosa): «No hay deber que descuidemos tanto como el deber de ser felices» y esta otra: «Algo debe haber hecho mal o no sería tan famoso». La primera apuesta por el propio talante de Stevenson, que estuvo enfermo más de la mitad de su vida, pero que se sobrepuso hasta el fin. La segunda pretende posiblemente –al destacarse– mostrar o subrayar otra faceta del carácter stevensoniano, su falta de vanidad. Algo que debiera acompañar a los escritores aunque no lo haga con harta frecuencia... Pero olvidando circunstancialmente (que es mucho olvidar) La isla del tesoro, El extraño caso del doctor Jekyll y Mr Hyde o El señor de Ballantrae –algo de su mejor prosa–, tornemos a la poesía. Stevenson tiene una buena antología, como demuestra la que tenemos entre manos, pero ¿era o no un «gran poeta»? Si por un «gran poeta» hay que entender, modernamente, a Eliot, a Pound, a Auden o a Cernuda, Borges o Juan Ramón Jiménez, y dejo de lado los casi inevitables matices del gusto propio, nadie se asombrará si mi respuesta es «no». Robert Louis Stevenson, gran prosista, no fue un gran poeta, pero sí un poeta dotado de enorme facilidad y por tanto el autor de muchos buenos poemas que no responden al desarrollo paulatino de una cosmovisión propia (como a menudo se espera de los grandes poetas). Es decir –y procurando dar a las palabras su más exacto valor–, Stevenson se nos muestra en su poesía mejor como un buen poeta de circunstancias. Sé que la expresión «poeta de circunstancias» no suele ser admitida como muy positiva, aunque sin explícita justificación. Un buen poeta de circunstancias es aquel que sólo escribe un poema cuando una determinada circunstancia vital se lo exige. Eso lo hacen todos o casi todos los poetas, pero si la circunstancia del gran poeta se vuelve de inmediato su categoría, la circunstancia del «minor poet» es sólo la de ese exacto momento, sin más, fuere feliz o desdichado. Los mejores poemas de Robert Louis Stevenson –buena parte de los que figuran en esta antología– vienen dictados o exigidos por el amor, la amistad (sentimiento muy importante en Stevenson), el sentido de la muerte y la despedida de la vida, que tantas veces debió intuir –de ahí los varios poemas con talante de epitafios, aparte del famoso «Réquiem», por ejemplo «Un fin de viaje»– y los recuerdos, especialmente al final, el de Edimburgo y las tierras altas de Escocia... Quien vivía en un clima tropical y entre verdes palmeras y nativos semidesnudos (pese al terror que ello causaba en los pudibundos curas y pastores religiosos) en sus últimos tiempos sueña con lluvia y viento frío, «en el vacío páramo color de vino»... En lo opuesto, en suma, que coincide con un recuerdo tenaz de juventud. Parece que el fenómeno no es raro. El pintor francés Paul Gauguin, que también huyó –por otros motivos– a la Polinesia y pintó con magia su exuberancia de sensualidad y color, en sus últimos meses pintaba un cuadro –quedó sin acabarque figuraba un paisaje de Bretaña (donde había vivido) cubierto por la nieve. Sí, eso es la circunstancia: atrapar con emoción el sentimiento momentáneo, con belleza, aunque los poemas unidos luego, no tengan más conexión que el autor mismo. Un sentido de nostalgia fuerte y dual es muy común en el mejor Stevenson, veamos el poemita «I know not how»: «Yo no sé bien cómo, pero mientras paso / las cuentas de los anteriores años, / las viejas risas en mi garganta se engarzan / con el gusto mismísimo de lágrimas». ¿Diría que ahí está la esencia del mejor Stevenson? Sin duda. Pero hay que añadir los poemas a amigos lejanos, como «A W E Henley», el amigo escocés al que como a John Silver le faltaba una pierna o «A S R Crockett», o ¿por qué no?, poemas en que Stevenson recuerda «A mis antiguos allegados» (donde, por cierto, menciona también «el raro y bienvenido silencio de las nieves») o «Los más viejos amigos», donde el poeta contrapone a los viejos con los nuevos, admitiendo que si en teoría «son los más queridos los más viejos amigos», en verdad , éstos terminan yéndose o fallando y «es en la tumba donde hay que buscarlos». ¿Cómo no pensar, otra vez, en la tenaz melancolía de Stevenson –tanto tiempo enfermo–, que se cuela insistentemente entre lampos felices? Escribe: «Pues antaño vivimos, / antaño amamos» o «¿Por qué navegar de isla en isla, / marino sin esperanza?». Y así puede terminar en versos que parecen desoladores, aunque convivan con los más luminosos. Como: «cumple, oh Señor, la promesa: arrebata mi vida».

No hay duda de que en Stevenson hay un poeta, un hondo poeta de veta elegíaca, y ya sabemos que quien se despide de la vida o padece melancolías es, obviamente, porque amó mucho esa vida. Para cerciorarnos más del valor de la poesía stevensoniana podemos ejercitar someramente un truco que Valéry explayó en alguno de sus abundantes Cahiers. Tomemos algunos versos sueltos de un poeta cualquiera (naturalmente de poemas diversos), si esos versos funcionan, nos emocionan, nos dicen algo más allá, así como los leemos –descontextualizados– no podrá caber duda de que estamos ante un poeta de mérito, ante un buen poeta, con independencia de alzas o bajas generales que casi todos tenemos. ¿Es esto verdad? Leamos: «El insondable mar, y las lágrimas y el tiempo...» (The unfathomable sea, and time and tears.) En español suena algo a Borges, que aunque habló sobre todo de la prosa stevensoniana («Dos felicidades: el olor del café y la prosa de Stevenson») no hay duda de que pudo asomarse a sus versos, aunque –creo– los del argentino sean más rotundos. Pero, a lo que vamos, el verso leído (en español y en inglés) ¿no es un gran verso? Estoy seguro de que lo es, más allá de lo que siga después en el poema. Un pareado ahora: «¡Y hace tiempo que están muertas las arboledas áureas, / que del mundo se esfumaron las ciudades encantadas!» (And O, long since the golden groves are dead, / The faery cities vanished from the land»). De nuevo razones para la melancolía, pero versos sentenciosos de serena, clara belleza. «Un millar de buscadores la luz andan buscando.» (A thousand seekers seek the light.) No importa de qué trate el poema que termina así, el verso habla solo. Ahora se refiere a la muerte, de nuevo, pero oigamos sin más: «¡Pues reina es de todas las cosas / en la turbonada y la tempestad, / e impera en el océano violento y vasto!». (For he’s the king of all / In the tempest and in the squall, / And the ruler of the Ocean wild and wide.) ¿Hemos hecho trampa, acaso, citando tres versos cuando hablamos de uno solo? Pequeña sería la trampa, pero si nos atenemos al último verso, felizmente aliterativo, vemos que aún mejora: «E impera en el océano violento y vasto». De otro poema («Deja que tu amor se vaya») podríamos, según este sistema, tomar dos versos consecutivos: «El Amor, cuando llega, es en verdad omnipotente» (Love coming is omnipotent indeed) o «y como el rey destronado es aún rey / así el enamorado infeliz aún conserva su amor». (And as the King discrowned is still a King, / The unhappy lover still preserves his love.) Algún ejemplo más: «Y ahora la mañana ha amanecido, la mañana ha muerto...» (And now the morn has dawned, the morn has dead.) Le dice a su mujer: «Si algún fuego / arde en la imperfecta página, para ti sea el honor». (If any fire / burn in the imperfect page, the praise be thine.) Otro: «El norte amargo de la vida... un clima helado». (The bitter north of life... a frozen clime.) Y otro que nos recuerda a Cernuda: «por la luz de la memoria coronada». Quizás el espigado sea suficiente, pero no sería exacto dejar fuera alguno de los no pocos versos en que Stevenson, con reiterada voluntad de epitafio, sintió que la muerte le rondaba cerca, que iba a llegar y es más, que tenía que llegar sin cogerle con el pie cambiado: «Alegre en vida fui, alegre al morir, / cavad bien hondo y dejadme yacer». (Joying to live, I joyed to die, / Bury me low and let me lie.) Nótese, de paso, la eficacia de la rima, en inglés...

Supongo que el paseo es bastante para dar la razón a Valéry, tan lejano por lo demás de Stevenson. Un florilegio de versos, incluso reducido, basta para ver la calidad innata de Stevenson. Poeta óptimo de circunstancias y de una antología (dicen que, gruesa o delgada, todos los poetas lo seremos), no hay duda de la lozanía y la calidad poética de nuestro Stevenson, que escribió con gusto poesía, prácticamente durante toda su vida, pero que – tampoco lo dudo– debió sentirse mucho más realizado en la prosa. Y no cumple acabar sin decir que Marías, joven, intuyó y explicó estos caracteres de Stevenson poeta, no olvidando –como no olvidamos ninguno de sus admiradores– algo básico en el autor de Virginibus Puerisque and Other Papers (1881), hablo de su natural optimismo –frente a tanta íntima adversidad– y ese sentirse joven y defender perpetuamente los valores idealizantes de la juventud, hasta declarar que no ambicionaba otro título que «Advocatus iuventutis», o sea, Abogado de la juventud. Lo fue. Supo –y lo contó– que siempre merece la pena la edad de la feliz ilusión y de la rebelión necesaria, cuando las verdaderas banderas piratas ondean al viento de los cuatro mares, plenas de verdad y de sentido. Cuando el mundo podría estar bien hecho. Uno es feliz leyendo a Stevenson pese a la siempre presente –y bien administrada– melancolía. En tales momentos piensa en la verdeante tumba del monte Vaea: «De vuelta del mar está el marinero, / de vuelta del monte está el cazador». Y respira...

LUIS ANTONIO DE VILLENA

Madrid, diciembre de 2012

Nota sobre el texto por Javier Marías

Nota sobre el texto

Robert Louis Stevenson sólo publicó cuatro libros de poesía en vida, y uno de ellos (Moral Emblems, 1880) en forma de panfleto y con u

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