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A mi nieta Lía
RAANAN REIN
A mi abuelo Isaac
ARIEL NOYJOVICH
AGRADECIMIENTOS
Este libro es el resultado de un esfuerzo común y de un extenso camino que nos llevó a distintos rincones de la República Argentina y a muchos archivos y centros de documentación. A lo largo de este recorrido hemos acumulado numerosas deudas con bibliotecarios y archivistas (en Buenos Aires, Tucumán y Santiago del Estero), colegas y amigos (en la Argentina, Israel, Alemania, los Estados Unidos y Canadá), estudiantes (sobre todo en la Universidad de Tel Aviv) y familiares. Cada uno contribuyó de una forma u otra a la elaboración de ciertos conceptos teóricos, a la búsqueda de material inédito o a la realización de un proyecto de historia oral. Lamentablemente, no vamos a poder nombrar a todos.
Queremos agradecer en primer lugar a nuestro editor Roberto Montes, por el apoyo y estímulo que nos dio en este proyecto que culminó primero con Los muchachos peronistas judíos y ahora con Los muchachos peronistas árabes. Claudio Panella, de la Universidad Nacional de La Plata, colaborador hace una década en varios proyectos sobre el primer peronismo, leyó con atención y comentó el primer borrador del texto. Lo mismo hizo Darío Pulfer, de la Universidad Nacional de San Martín.
Tenemos una particular deuda de gratitud con Jeffrey Lesser, de la Universidad de Emory; David Sheinin, de la Universidad de Trent, y Stefan Rinke, de la Universidad Libre de Berlín, por prestarse a un diálogo intelectual enriquecedor sobre los nuevos estudios étnicos relacionados con América Latina.
En distintas etapas de este proyecto mantuvimos interesantes conversaciones con Susana Brauner, Fabián Bosoer, Ezequiel Adamovsky, Alejandro Cattaruzza, Alejandro Dujovne, Adriana Brodsky, Carlos Escudé, Mariano Plotkin, Emmanuel Kahan, David Selser, Nerina Visacovsky y Rosalie Sitman. Queremos expresar un especial agradecimiento a Daniel Campi del ISES de Tucumán, a César Canceco de la biblioteca del ISES, a Amira Juri de la Universidad Nacional de Tucumán, así como a Alberto Tasso de la Biblioteca Sarmiento de Santiago del Estero.
Julián Blejmar y Adrián Krupnik colaboraron en la elaboración del epílogo y la sección sobre Jorge Antonio. Agradecemos a Eliezer Nowodworski y Pablo Bornstein la asistencia en la traducción y redacción del texto en castellano. En el Centro Daniel Abraham de Estudios Internacionales y Regionales nos ayudaron Omri Elmaleh y Maayan Nahari.
Por último, y no menos importante, Ariel quiere agradecer a su esposa Ortal y a sus padres Natalio y Alicia. Raanan quiere agradecer a su esposa Mónica, sus padres Shlomo y Nejama, sus hijos, Omer y Noa, y su nuera Chen.
En la Universidad de Tel Aviv hemos contado con el apoyo del Centro S. Daniel Abraham de Estudios Internacionales y Regionales y de la Cátedra Elías Sourasky de Estudios Iberoamericanos.
INTRODUCCIÓN
Ante decenas de miles de sus seguidores convocados en la porteña Plaza de Mayo, Juan Domingo Perón incluyó en su discurso del 17 de octubre de 1950 las veinte verdades fundamentales de la doctrina justicialista, o sea la de su partido. La sexta de estas reglas, enunciada frente a una multitud que aclamaba a su líder, rezaba que “para un peronista no puede haber nada mejor que otro peronista”.
Cuatro años más tarde, dirigiéndose a líderes argentinos-árabes, Perón añadía otra “verdad” fundamental a su vocabulario populista, esta vez con un giro étnico:
[…] esta colectividad tan hermanada y tan amiga nuestra se mantenga siempre unida y que piense que así como decimos nosotros que para un peronista no hay nada mejor que otro peronista, también, dentro de la comunidad árabe en la Argentina, para un árabe no debe haber nada mejor que otro árabe.
La década peronista (1945-1955) introdujo cambios profundos en los significados y los contornos de la ciudadanía en la Argentina. Las acciones gubernamentales contribuyeron a que se ampliara un debate sobre la comprensión y conceptualización de la ciudadanía. En aquellos años, la Argentina experimentaba transformaciones en la representación política y, simultáneamente, en el desplazamiento gradual hacia un modelo de democracia participativa, procesos que implicaban también un paso importante hacia lo que hoy consideraríamos una sociedad multicultural.
Las identidades étnicas pasaron a ser menos amenazantes para el concepto de la argentinidad. En lugar del tradicional crisol de razas, el gobierno de Perón otorgó una creciente legitimidad a las identidades híbridas y puso énfasis en la amplia variedad de matrices culturales sobre las que se cimentaba la sociedad argentina. De este modo, las autoridades concedieron un reconocimiento sin precedentes a las diferencias culturales y étnicas.
Los muchachos peronistas árabes —al igual que nuestro libro anterior, Los muchachos peronistas judíos— examina los esfuerzos del peronismo para movilizar apoyo entre argentinos de origen semita, así fueran judíos, maronitas, ortodoxos, drusos o musulmanes. Estos esfuerzos reflejaban la forma en que el líder —que había visto a la Argentina como un país esencialmente católico— evolucionaba hacia una visión más inclusiva de una sociedad multirreligiosa y multicultural que debía abarcar y celebrar dicha diversidad. En este libro utilizamos entonces el concepto de ciudadanía como lente y marco analítico para poder comprender las transformaciones de la relación entre los argentinos-árabes, las instituciones y los símbolos del Estado argentino.
Cualquier discusión sobre ciudadanía tiene que ver con pertenencia e integración a una comunidad política. En la Argentina preperonista, al menos a nivel del discurso público, existía poco espacio para los no católicos. Tal como sostuvo Arnd Schneider, “la noción misma del crisol de razas, aunque en apariencia transmite las ideas de igualdad y homogeneidad entre los inmigrantes y sus descendientes, también contenía elementos de una ideología de la superioridad de ciertos inmigrantes sobre otros”. Esta actitud y la presión por lograr una homogeneidad cultural y una asimilación se agudizaban en particular en los sectores nacionalistas católicos y xenofóbicos.
Como movimiento populista, el peronismo se caracterizó por una postura antiliberal. De manera interesante, esto le permitía desafiar las ideas tradicionales sobre el crisol racial argentino. Surgieron así puntos de vista y enfoques novedosos que ampliaban por igual el significado de la política y la ciudadanía. Esta problemática se relacionaba con los debates sobre las variadas fundaciones normativas de la democracia, con la tradición del liberalismo político y su comprensión individualista de los derechos, disputada por corrientes republicanas que enfatizan el carácter autogobernante de la comunidad política y por las bases asociativas que tienden hacia un modelo de cooperación social. Entonces, ¿qué cambios efectuó el peronismo en la relación entre etnicidad, ciudadanía, argentinidad y el Estado? Una respuesta simple es que el peronismo fue más allá de los derechos legales otorgados a los inmigrantes y sus descendientes como ciudadanos argentinos y les ofreció derechos políticos. Además legitimó el deseo que muchos de ellos tenían de ostentar una identidad híbrida.
Durante el primer peronismo fue notable el impulso al asociacionismo civil y, a la vez, la representación política empezó a adquirir un matiz corporativo bajo la visión de la “comunidad organizada”. Perón confirió al Estado un papel mediador entre distintos sectores o grupos de intereses sociales, económicos y profesionales. Resulta interesante que, junto a poderosos grupos organizados, como el movimiento laboral —enmarcado en la Confederación General del Trabajo (CGT), la Confederación General Económica (CGE), la Confederación Argentina de Profesionales (CGP), la Confederación General Universitaria (CGU) o incluso la Unión de Estudiantes Secundarios (UES)—, también se diera reconocimiento a las comunidades étnicas. Perón a menudo dialogaba con los líderes de las colectividades judía, española, italiana o árabe. De este modo, reconfiguraba los criterios de pertenencia a la comunidad política argentina.
Este concepto de ciudadanía corporativa implicó un creciente reconocimiento de los derechos colectivos, que se hizo evidente en la integración progresiva de argentinos de ascendencia judía o árabe en el sistema político, y lo mismo sucedió con relación a movimientos indígenas y activistas mujeres. Ocurrieron procesos similares con todos los grupos étnicos y de género ya mencionados, pero en ritmos y grados distintos. Sin duda, el más lento y menos consistente, en cuanto a políticas gubernamentales, fue el de promoción de los intereses de los pueblos indígenas. En todo caso, el régimen alentó a que los inmigrantes y sus descendientes mantuvieran vínculos con sus países de origen. Así, el peronismo representó un cambio inicial en la política del reconocimiento —como en las referidas a las identidades colectivas y grupales— y no sólo en la política en torno de la justicia social.
Para principios de la década de 1950, el movimiento populista argentino había adoptado un enfoque más incluyente y comenzó a mostrar como rasgo propio un respeto por todas las religiones. En la esfera religiosa, su ambición era proteger —ante las transgresiones de los privilegiados— los derechos de las minorías y de los débiles, de los grupos marginales. El peronismo se presentó como un conglomerado en el que existía un lugar para cada argentino decente que apoyara el proyecto justicialista.
Así, el gobierno peronista se aproximó a una reconfiguración de los criterios de pertenencia a la entidad política argentina, al incluir no sólo a sectores débiles, previamente marginados en lo social y lo económico, sino también a grupos étnicos, al tiempo que reconocía la legitimidad de sus vínculos transnacionales. Aunque seguían utilizando la terminología del “crisol de razas”, las autoridades peronistas le dieron un sentido más incluyente. Si la Constitución de 1853, en su artículo 25, se refería a la necesidad de promover la “inmigración europea”, un panfleto del gobierno peronista, publicado en varios idiomas, buscaba atraer inmigrantes al hablar de Buenos Aires como un destino que daba la bienvenida a “hombres de razas amarilla, negra y blanca”. El panfleto explicaba:
Algunos [inmigrantes], los que ignoran las condiciones de vida del país, miran con temor en torno suyo. Suponen que las autoridades establecerán alguna diferencia, basándose en la que estableció la naturaleza en la pigmentación de la piel y en la forma de los ojos. Y es lógico el temor de algunos recién llegados. Ellos llevan hondas heridas que aún no han cicatrizado. En su propio país y en algún otro que tuvieron que atravesar o en el que debieron residir por un tiempo, vieron a los hombres divididos por estas teorías raciales. Al ser humano que ha vivido tan duras experiencias le viene un prolongado temor que se agudiza al llegar a un país cuyas costumbres y leyes no conoce bien. Pero su asombro va en aumento. Renace su tranquilidad; no sólo ha encontrado un nuevo país, sino un nuevo mundo. Desde ese momento vuelve a vivir con la seguridad de que es igual a cualquier otro hombre del mundo…
El régimen peronista se dio a la tarea de integrar en su proyecto social y políticamente incluyente a una serie de grupos tradicionalmente excluidos. A diferencia de sus antecesores liberales, las ideas corporativas de Perón le permitieron tomar en cuenta a los grupos étnicos como actores sociales independientes. Aunque a menudo se lo vincula con el fascismo europeo de entreguerras, en los hechos, el corporativismo fue también un importante elemento del populismo latinoamericano. Tenía raíces en la doctrina social de la Iglesia y una tradición argentina desde la Independencia.
Durante la segunda mitad del siglo XX, el papel de argentinos-árabes en la política cobró significación, tanto en los ámbitos municipales como en los provinciales y nacionales. El apogeo de este proceso de inclusión política fue la elección de Carlos Saúl Menem a la presidencia en 1989. Durante la década en que este riojano con raíces sirias gobernó, los ciudadanos de orígenes árabes ejercieron una influencia destacada en el sistema político argentino.
Volviendo al primer peronismo, ya en aquella época se notaba el protagonismo que tuvieron los descendientes de sirio-libaneses en importantes cargos políticos. Uno de los periódicos árabes en la Argentina, Azzaman (La Época). Órgano Libanés, en su portada del mes de abril de 1946 tituló con orgullo: “Un vicegobernador, un senador y cinco diputados en el nuevo período constitucional de la República pertenecen a nuestra colectividad”. El vicegobernador era de Córdoba, Ramón Asís; el senador Vicente Saadi (Catamarca) y los diputados incluían a Leonardo Obeid (Córdoba), Rosendo Allub (Santiago del Estero), Teófilo Naim (Buenos Aires) y Cayetano Marón (Buenos Aires). Dos años después, en 1948, de 200 diputados peronistas en el Congreso de la Nación, 25 eran descendientes de inmigrantes árabes, y cuando cayó Perón, en septiembre de 1955, había 12 diputados argentinos-árabes.
Lo que caracterizó a todos estos políticos fue su accionar en el ámbito provincial, su patria chica, y su pertenencia al Partido Peronista o partidos neoperonistas. Uno de los más destacados fue Vicente Leónidas Saadi, hijo de inmigrantes libaneses que se asentaron en la provincia de Catamarca a comienzos del siglo XX. Como parte del movimiento peronista, la familia Saadi controló la política local durante casi cinco decenios.
Un caso similar es el de Felipe Sapag, en la provincia de Neuquén. Los Sapag dominaron la escena desde que el territorio neuquino fue promovido a la condición de provincia hasta la segunda década de nuestro siglo, sobre todo mediante el partido neoperonista que fundaron, el Movimiento Popular Neuquino (MPN).
Un tercer caso de caudillaje provincial con ancestros árabes es el del gobernador de la provincia de Corrientes, Julio Romero, cuya familia era originaria de la localidad libanesa de Baalbek. Considerado uno de los colaboradores más cercanos a Perón, su familia Romero Feris ejecutó su legado, aunque no lo hizo desde el Partido Justicialista sino desde el Partido Autonomista Liberal (PAL) que apoyó al gobierno de Menem.
Estos tres casos demuestran la creciente importancia de este grupo étnico en la política argentina, en especial dentro del movimiento peronista, no sólo en el contexto local sino también en la arena nacional.
El populismo y la integración de los excluidos
El populismo es uno de los conceptos más difusos en el léxico político moderno. Obviamente, la falta de una ideología coherente y sistemática, como en los casos del liberalismo o del marxismo, no facilita la tarea del investigador a la hora de descifrar este fenómeno. Las dilatadas y zigzagueantes carreras de numerosos políticos populistas hacen más complejo el problema, sobre todo en los casos de líderes carismáticos que fueron cambiando sus políticas, estrategias y principios ideológicos a lo largo de varias décadas.
Se puede dividir en función de dos períodos a los movimientos populistas clásicos en América Latina. Por un lado, aquellos que surgieron entre las dos guerras mundiales presentaban primordialmente exigencias políticas y buscaban un gobierno legítimo y representativo. Estos movimientos instituyeron una política de las masas, pero no plantearon problemas sociales significativos. El ejemplo primario en el caso argentino es la Unión Cívica Radical (UCR), que accedió al gobierno en 1916 bajo el liderazgo de Hipólito Yrigoyen. En contraste, los movimientos surgidos después de la Segunda Guerra Mundial enfrentaron condiciones económicas y sociales diferentes, originadas en procesos de industrialización locales, y habitualmente transfirieron su foco y sus recursos de la agricultura a la industria, al tiempo que buscaban aumentar la porción de las clases trabajadoras al repartirse los ingresos nacionales.
Los nuevos líderes populistas tendieron a mostrar un mayor autoritarismo en sus esfuerzos por imponer las soluciones económicas y sociales necesarias para el desarrollo nacional. Lucharon por movilizar a los votantes mediante los medios de comunicación, reconociendo la importancia crucial del apoyo de la clase obrera y comprendiendo que mejorar las condiciones económicas de estas masas era el precio que había que pagar para ello.
Como sus antecesores, estos movimientos populistas del segundo período eran policlasistas, aunque el grueso de su poder se derivaba del apoyo de la clase obrera urbana y partes de la burguesía industrial nacional. Un claro ejemplo en la Argentina fue el movimiento peronista, un bloque contrahegemónico descripto con precisión por Torcuato Di Tella hace ya medio siglo. El peronismo incluía a diversos sectores de la clase media, parte de la burguesía nacional, facciones de las fuerzas armadas que predicaban la industrialización como una forma de garantizar la grandeza nacional y, por supuesto, a la mayor parte de la clase trabajadora. Su ideología anti-statu quo representaba las protestas de los excluidos, aquellos grupos marginales que deseaban una redistribución del poder a favor de la mayoría y una reconsideración del concepto de ciudadanía. Por consiguiente, puede tener mayor sentido hablar de un conjunto de valores y creencias que, aunque no esté ordenado en forma sistemática, refleja una visión determinada del mundo. Lo que parecía ser una ambigüedad ideológica se derivaba, sobre todo, del hecho de que los movimientos populistas eran amplias coaliciones que representaban prácticamente a todos los sectores sociales, a excepción de las elites tradicionales y la oposición revolucionaria.
El peronismo rechazaba a la oligarquía, por una parte, y a la revolución socialista, por la otra, y proponía una postura intermedia que enfatizaba valores estatistas, con el fin de evitar distorsiones socioeconómicas y garantizar el progreso, aunque sin plantear un reto al principio de la propiedad privada. Simultáneamente prometía solidaridad social para afrontar la alienación que provocaba el capitalismo industrial moderno en la clase obrera. El peronismo glorificó el trabajo y a los trabajadores, reconoció a los sindicatos y alentó su expansión y adoptó medidas para rehabilitar diversos aspectos de la cultura popular y del folklore que hasta entonces eran vistos con desdén por las elites eurocentristas. En resumidas cuentas, estableció una nueva jerarquía simbólica de la sociedad. Al fin y al cabo, las expresiones simbólicas de integración social e incorporación política eran no menos importantes que sus expresiones materiales y concretas.
Los principales beneficiarios de la reciente integración en el cuerpo social nacional fueron, evidentemente, miembros de la clase obrera, pero grupos inmigrantes, incluyendo judíos y árabes, también obtuvieron importantes ganancias de este proceso. Ya han sido publicados varios estudios sobre la integración judía en la sociedad argentina durante la década peronista, pero muy poco se ha escrito sobre los argentinos-árabes y su incorporación política en el mismo período.
Un nuevo concepto de ciudadanía
El concepto de ciudadanía, en las sociedades modernas, cristalizó como la idea central que define los derechos civiles, políticos, socioeconómicos y culturales. La ciudadanía define las condiciones para la membresía en una comunidad política mediante el trazado de mapas de grupos de personas que tienen derechos y deberes y que se diferencian de aquellos que carecen de estos mismos atributos. Este concepto genera el marco social dentro de sociedades diferentes. A veces, estos límites son inestables y están sujetos a cambios por tendencias culturales o socioeconómicas, o bien a causa de movimientos políticos que plantean un reto a la definición hegemónica de ciudadanía. Esta es utilizada como un instrumento de integración que media entre los habitantes de un lugar específico, a pesar de sus diferencias sociales y culturales. También permite a grupos étnicos, como los argentinos-árabes, hacer frente a estereotipos negativos y aspirar a una integración en la sociedad local y a una identidad nacional sin perder sus idiosincrasias.
El quid de la cuestión de la ciudadanía está en la interacción entre pertenencia, reconocimiento público y política. Su carácter depende de la calidad de la relación entre grupos e individuos, por un lado, y Estados y naciones, por el otro. Desde una perspectiva histórica, integración y exclusión fueron parte de los programas de ciudadanía que las diversas repúblicas latinoamericanas asumieron al finalizar la era colonial. Las elites en esos países desarrollaron un concepto acerca de quién estaría representado e integrado en el Estado y quién quedaría al margen de la sociedad. Con el correr del tiempo fueron adoptando un liberalismo conservador y también el positivismo como sus directrices para todo lo vinculado con sus políticas. Estas percepciones generaron importantes consecuencias con respecto al acceso de diversos grupos y sectores sociales a posiciones de poder, recursos económicos y reconocimiento público.
La década peronista dio legitimidad a las diferentes identidades de grupos inmigrantes y resaltó la diversidad cultural de la sociedad argentina. Perón intentaba actualizar las condiciones de pertenencia a la comunidad política argentina. En esta misma línea, valoraba la capacidad de adaptación de los inmigrantes de Oriente Medio, sin negar su identidad étnica:
Es proverbial en nuestra tierra el poder asimilativo de los árabes. El poder asimilativo es, quizá, la condición más extraordinaria de los hombres de acción. Generalmente, es esa acción inextinguible del esfuerzo que asimila y une a la tierra. El árabe en nuestra patria ha dado ejemplo de ser, quizá, el que más rápidamente se asimila a nuestra tierra y a nuestras costumbres, a nuestras glorias y a nuestras tradiciones.
El hecho de destacar esa capacidad de adaptación a las costumbres locales no se contradecía con la compatibilidad de mantener otras tradiciones traídas de los países de origen. La Primera Dama no se alejaba de la opinión de su marido, al hablar de “estos pueblos árabes que han demostrado ser hombres honrados y de trabajo, que se han asimilado a nuestra patria y que se han sentido orgullosos de vivir bajo el pabellón azul y blanco”. En términos generales, tanto Juan como Eva Perón rechazaban el argumento de la alienación de los argentinos-árabes y ponían de relieve su lealtad al país, al tiempo que bregaban por integrarlos en la sociedad general. También lo encontramos reflejado en el discurso que el Presidente pronunció ante parlamentarios con raíces libanesas, cuando les dijo que “al llegar ustedes a esta casa, yo no considero sólo que ha llegado la colectividad libanesa; yo creo que ha llegado un sector de compatriotas”.
Esta línea discursiva no estaba dirigida solamente a argentinos-árabes, sino que pudo detectarse con otros grupos étnicos como los judíos o los japoneses. En el primero de esos casos, durante la inauguración de la sede de la Organización Israelita Argentina —de hecho, la sección judía del Partido Peronista, similar a la que había tenido el Partido Comunista— en 1948, Perón destacó la “honra infinita de ser el Presidente de todos los argentinos”. Como lo haría después en el discurso al dirigirse a la comunidad árabe, al incluir a este grupo étnico en el conjunto de los ciudadanos argentinos, Perón dejaba claro que los judíos eran parte integral del pueblo argentino. La misma pauta se identifica en una alocución para la comunidad de origen japonés: “Cuando decimos ‘para todo el pueblo argentino’, tenemos la inmensa satisfacción de comprender a todos los japoneses que viven con nosotros como integrantes absolutos de ese pueblo argentino por quien luchamos y trabajamos”.
Antes del surgimiento del peronismo, no siempre se consideró a los judíos y árabes una parte de la polis, la civitas o el demos argentinos. Otorgar ciudadanía formal a todos los pueblos indígenas y grupos de inmigrantes no tenía gran significado en una sociedad en la que las elecciones estaban arregladas y las elites veían con desdén a la cultura inmigrante y a la popular. Fue el peronismo el que abrió el camino a las nuevas definiciones de ciudadanía. Con su rehabilitación de la cultura popular y el folklore, sus esfuerzos por reescribir la historia nacional y su inclusión de las minorías étnicas, que previamente languidecían al margen de la sociedad, el peronismo transformó a muchos de estos “ciudadanos imaginarios” en parte integral de la sociedad argentina. Las políticas de Perón reconocieron la legitimidad de los reclamos de las identidades étnicas colectivas y, por ello, múltiples. Precisamente, al tomar en cuenta no sólo los derechos individuales, sino también los grupales, cimentó la ruta hacia la Argentina multicultural actual.
Formar parte de la Nueva Argentina de Perón
En estos tres casos —argentinos de extracción árabe, judía o japonesa— vemos que Perón era muy consciente de la alienación sentida por numerosos inmigrantes no latinos y que había resuelto disminuir esa sensación mediante declaraciones públicas en las que afirmaba su condición como parte integral del pueblo argentino. Con estas manifestaciones de empatía, dirigidas a diversos grupos étnicos, Perón generó en diversos sectores hasta entonces relegados de la vida pública una sensación de pertenencia, componente de importancia en la ampliación del concepto de ciudadanía. El gobierno intentó generar una sensación de “unidad espiritual” al excluir a la oposición del discurso político y reforzar la cohesión de las masas peronistas, representadas por “el pueblo”. Dicho de otra manera, este concepto del peronismo incluía a todo aquel que respaldara al movimiento y que no se opusiera a él. Por consiguiente, al reconocer el apoyo dado por numerosos argentinos-árabes a la doctrina justicialista, el líder los incluía de hecho en las filas del pueblo peronista:
Cuando nosotros iniciamos en esta Nueva Argentina una cruzada que ya discutieron y conformaron hace tres mil años los árabes en su tierra, estaba persuadido en absoluto de que pocos árabes podrían estar contra las concepciones doctrinarias del justicialismo. Y no dudaba de ello porque sé de su grandeza y sé de sus luchas por mantener esa grandeza de espíritu a través de los siglos. Por eso he considerado siempre a los árabes de la Argentina, no como una colectividad extranjera, sino como una colectividad argentina. Y no la he considerado así solamente porque mi corazón me lo dictara, sino también porque los he visto compartir nuestras ideas y nuestros sentimientos, y no hay nada que hermane más a los hombres que el compartir los propios sentimientos y las propias ideas.
El historiador Jeffrey Lesser, en su investigación centrada en la inmigración en Brasil, sostiene que estos inmigrantes y sus descendientes desarrollaron diferentes estrategias para convertirse en brasileños, planteando así un reto al concepto de identidad nacional ya definido por las elites locales. La etnicidad estaba integrada en la nacionalidad, un procedimiento que hizo que las identidades colectivas fueran más flexibles y fluidas en el constante juego dialéctico entre estos dos componentes. En el caso peronista, el Estado fue precisamente el que planteó el desafío a las definiciones conservadoras de la nacionalidad al abrirla a otros sectores, excluidos hasta entonces, y dio un nuevo significado al concepto de la ciudadanía argentina.
El movimiento peronista alentó a los inmigrantes a mantener lazos con sus países de origen. Por ejemplo, el peronismo no hallaba incompatible la lealtad simultánea de argentinos-judíos a su país y al Estado de Israel. Perón consideraba al recientemente declarado Estado la “patria” de todos los judíos, del modo en que otros grupos étnicos llegados a las costas del Plata tenían: España para los españoles, Italia para los italianos, etcétera, dando así legitimidad a la identificación con el sionismo de parte de la comunidad judía. El líder se refería en términos similares a los argentinos-árabes, aceptando su actividad transnacional en la que veía un contacto vital con los países mesorientales, sobre todo con las recién creadas repúblicas de Siria y el Líbano. En la ceremonia, en que recibió una condecoración del gobierno sirio, dijo:
Señor ministro: Yo le ruego que, además de lo que oficialmente contestaré al gobierno sirio, quiera ser intérprete de mi profundo agradecimiento y decirle, al señor Presidente, que en esta lejana Argentina viven y trabajan sus hombres con el mismo cariño con que vivieron en Siria, y que el Presidente de la República Argentina, obligado una vez más por esta amabilidad de su gobierno, será fiel intérprete de ese sentimiento amistoso y cariñoso con que los argentinos acogemos en nombre de Siria y sus representantes y sus connacionales.
Su política reconocía la legitimidad de una coexistencia de identidades étnicas colectivas y variadas. No suprimía la identidad étnica de argentinos-árabes, sino que
