Intemec

Selva Almada

Fragmento

cap-5

6

A la salida del pueblo, pararon a cargar combustible y agua para el mate. Lucio aseguró el enserado que cubre la caja de la camioneta y caminó unos pasos hasta salir del playón, al descampado que comienza apenas termina el cemento sucio de aceite y manchas de gasolina. Prendió un cigarrillo. La noche va perdiendo oscuridad, las estrellas empiezan a palidecer. En poco rato amanecerá. El día nuevo los encontrará en camino.

El Willy, el chaqueño que será su acompañante y baqueano en la ruta, dejó el termo sobre el techo del vehículo y se mandó para el lado de los baños.

Lucio miró la hora. Las cuatro y media. Metiéndole pata y sin contratiempos llegarían a la noche a la zona del Bermejito. Destino y fin del viaje.

Se desperezó y tocó con una mano el bolsillo izquierdo de la camisa de grafa: el toquito de billetes doblado a la mitad y asegurado con una gomita le abulta la prenda. Es una buena cantidad. Tres sueldos juntos en billetes grandes. Nada de cheques como en la liquidación mensual. Plata contante y sonante, un papel sobre otro, sin firmas ni bancos ni nada. El dinero no tiene nombre así, ni cara. Aunque sí le dieron un papel para que trajera firmado a la vuelta; una formalidad, le dijo el capataz, un respaldo para la compañía, por si las moscas.

El Willy le pegó un grito, apoyado en la puerta abierta de la camioneta.

—¿Listo, compañero? —dijo Lucio.

El otro le dijo que sí y se metió en el vehículo cerrando con un golpe.

Lucio entró por el otro lado y dio marcha. Maniobró por el playón. Los dos sacaron los brazos por la ventanilla para saludar al empleado. Salió despacio a la ruta vacía.

—En marcha —dijo, dando un golpecito en el volante.

El Willy giró el dial buscando alguna estación de radio. A esa hora todas las emisoras pasaban música, folclore o canciones románticas. A la madrugada sólo los serenos y los camioneros escuchan la radio, y aunque parezca raro, a esos tipos les gusta la música romántica. Clavó el dial en algún punto. Justo estaban pasando una de Perales que a Vero le encanta, una donde él le dice a su mujer que vaya, que su amante la espera, que no se demore más, que mientras él hace la valija. Al Willy también le gusta, parece, pues sigue en voz baja la letra, pero no la sabe tan bien como Vero y se adelanta en algunas partes o se equivoca y se pega con el puño sobre la pierna. Es un poco más joven que Lucio y bastante pintón. Desde que vino con la compañía ya tuvo varios líos de polleras en el pueblo. Le gustan las casadas y, al revés de los otros chaqueños, es muy hablador.

—¿Por qué te dicen Willy? —pregunta Lucio.

—Por Williams.

—¿Te llamás así?

—Ajá —dice sonriendo. Tiene los dientes sanos y parejos.

—¿Y ese nombre de dónde lo sacaron?

—Me lo puso la patrona de mi madre. Una señora inglesa, muy buena. Vivimos con ella hasta que tuve seis o siete años. Hasta me estaba enseñando a hablar inglés. Ahora no me acuerdo nada. Ella me quiso adoptar porque no podía tener hijos, pero mi madre no la dejó. Tenían la casa más linda que vi en mi vida. Con todas las comodidades. El marido ha bía sido gerente de La Chaco. Compraron una finca y se pusieron a plantar algodón. Nunca volvieron a su país. Helen se llamaba. Con hache. En inglés la hache se dice jota, de

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