Uno
Nací el 20 de abril de 1925, en el número 96 de la calle Ensenada. Una casona pintada de blanco, en el rincón de Floresta que linda con Flores. El acta de bautismo se refiere a mí como Roberto Hilaire Calabert. El Hilaire, me han dicho siempre, responde a un capricho de papá. Nunca llegué a preguntarle al respecto: desapareció de mi casa al cumplir yo dos años. No conservo ningún recuerdo de él, de Alfredo Calabert, más allá de algunas imágenes que no sé si responden a lo que recogieron mis ojos o a la suma de anécdotas que me han contado una y mil veces, memorias ajenas de las que me he apropiado. La familia —mamá Matilde, mi hermana Matildita, los tíos Sara y Pedro— dice que papá murió. Pero no es cierto. Se fue, apenas. Algo lo impulsó, un día, a salir para no volver.
A veces miro a mi madre, la espalda encorvada, esos ojos como de cordero que esconden un alma capaz de ser cruel, y creo comprender a papá. Pero no me engaño: debe haber algo más, un motivo, una explicación inapelable. De todos modos, jamás me animé a dudar en voz alta de la historia que fraguó la familia: Alfredito murió, Dios lo tenga en su gloria. Matilde es viuda. Los niños, huérfanos.
Había un retrato a un costado del espejo del cuarto, al que mamá fingía venerar como se venera a una estampa. Esa es la única imagen que tengo de papá. Cabello negro, peinado a la gomina; con un pico que le nace en medio de la frente. Cejas como alas sobre ojos oscuros. Una nariz huesuda. Y la mandíbula echada hacia atrás, como en un hombre que se apresta a saltar. Ese es mi padre. Eso es todo lo que sé de él. Lo que veo. Lo que he visto.
El día de Año Nuevo de 1938 amanecimos en lo de mi tía María Luisa, la hermana de mamá y de Sara, que se había casado seis meses antes y vivía en una casa con jardín al 4400 de Segurola. Era una delicia, mi tía María Luisa. Alta, con estampa de amazona —de hecho montaba, y bien—, le gustaba mostrarme sus botas de caña alta, que hacía lustrar todas las semanas, las usara o no. Mi madre era la doliente, Sara era la mujer responsable que trabajaba en el Banco Holandés y María Luisa la juguetona, un torrente de risas y palabras solo interrumpido de tanto en tanto por una tosecita que nunca curaba del todo.
A eso de las once de la mañana estaban todos en pie. Mi hermana Matilde había desplegado un ejemplar de La Nación sobre la mesa de roble del comedor, y leía con atención uno de los suplementos. El artículo se titulaba “Cómo deben tomarse los baños de sol”. A Matildita —o Beba, como la llamaban en casa— se la suponía toda una señorita, pero en verdad enloquecía con Carlitos y su barra o las viñetas de Geo McManus, que leía diariamente a escondidas o, en su defecto, ante la presencia de un único intruso: yo, el menor de la familia, el hermano de pantalones cortos. Pedro desayunaba en la cocina. De pie, aferrando una taza llena de sidra con las manos, apuraba el contenido antes de que Sara saliera del baño y descubriera que aquello no era café, y mucho menos leche. Hugo, el marido de María Luisa, ya había abierto el mapa asiático sobre el escritorio de su estudio, y marcaba con una pluma los últimos movimientos del ejército japonés sobre territorio chino: avanzaban sobre Tsingtao, sobre Weu-Hsien, y en las montañas del Caballo Blanco y de los Mil Budas.
Pedí un café. Mamá me sirvió un Toddy.
Tenían entradas para ver a la Xirgu en Doña Rosita la soltera, esa misma tarde de Año Nuevo, en el Fénix. Iban a ir mamá, Sara, Pedro, María Luisa y Beba, que ya era una dama y debía asistir a eventos acordes a su edad. Robertito, el nene, se quedaría a pasar la jornada con Hugo. Lo único que me molestaba era que ni siquiera concibieran la idea de dejarme solo en casa, a pesar de las pocas cuadras que separaban Ensenada del teatro. Me paseé por todos los cuartos en mi pijama azul con los pantalones insólitamente largos. Pedro me ofreció un trago de sidra. Me hizo reír. Los días en que no funcionaba la Bolsa de Comercio parecía perdido.
A mediodía el aire del verano lo había encendido todo, y todo era blanco o por lo menos reflejaba ese blanco incandescente. Yo me decía que ese era el aspecto que mostraría el mundo en sus últimos días. No sé si a causa de esas fantasías o del aburrimiento —desde el final de las clases no frecuentaba a nadie de mi edad, lo cual en cierto modo me alegraba: yo no era, precisamente, el más popular de los alumnos—, el hecho es que mi ánimo estaba tan sensible como una cuerda de violín. Al menor roce, lloraba. Lloré cuando sonaron las campanas del Año Nuevo. Lloraba con los radioteatros, sin parar. Y la perspectiva de la adultez no me gustaba nada: sería como regentear un bazar de vajilla fina y tener las uñas larguísimas, kilométricas, curvas de un mandarín.
Almorzamos pastel de papas sin pasas de uva —se habían acabado en la preparación del pan dulce—. Después sobrevino la ocupación del baño por parte de las mujeres, en el orden estricto que habían pactado. A pesar del acuerdo, lo desquiciaban todo con sus gritos, risas y las sucesivas oleadas de perfume que se colaban desde los cuartos.
Me apropié del diario y fui derechito a las últimas páginas. En la viñeta Carlitos no dormía, de entusiasmado que estaba con la lectura de un libro de piratas. Cuando llegaba su madre a levantarlo, por la mañana, lo encontraba lívido, ojeroso, como si su cama hubiera sido uno de los galeones asaltados por los corsarios.
Se fueron al teatro a las cinco menos cuarto, en el flamante Renault Celtaquatre de Hugo. Yo seguía en pijama y les decía adiós desde el umbral con la cara marcada por pintura de labios, la de Sara, la de María Luisa y la de mamá, que me besó mil veces.
—¿Querés un cigarrillo? —dijo Hugo, una vez cerrada la puerta cancel. Desconfié. Sabía que él no iba a contárselo a mamá, pero mi aceptación le hubiera demostrado que yo era un pibito desesperado por jugar al hombre grande. Además Hugo, el dueño del Celtaquatre, de la casa de dos plantas y del hotel en el que yo, se suponía, pronto iba a comenzar a trabajar, fumaba unos Vuelta Abajo que apestaban. Dije que no. Pero acepté una copita de licor. Hugo abrió una botella de 8 Hermanos y me invitó al estudio.
—¿Por qué hacés eso? —pregunté, señalando el mapa.
Sonrió. Tenía una bella sonrisa y unos dientes desparejos.
—No sé muy bien. Por lo pronto, me divierte. Los trazos negros corresponden al ejército japonés, ¿ves? Estas son las columnas comandadas por Chiang Kai-shek. A veces hago apuestas conmigo mismo sobre los próximos movimientos. ¿Querés jugar? Te apuesto a que hoy cae Shantung. Esta ciudad, ¿ves?
Yo lo ignoraba todo sobre la geografía china, sobre la guerra moderna, sobre el efecto de las heladas de enero en el avance de las tropas. Sin embargo, acepté la apuesta: un paquete de Vuelta Abajo.
Hugo se sentó en su sillón y me dejó frente al mapa. Yo miraba aquí y allá, desordenadamente, como quien observa el tablero de un juego nuevo sin saber cuáles son las reglas.
—Cuando era pibe —dijo mientras yo sobrevolaba Mongolia—, tenía una obsesión por la China, vaya a saber uno por qué. Hay gente a la que le da por el fútbol, y se saben el fixture de todo el campeonato como si fuera el himno nacional, o son capaces de recitarte de memoria todas las formaciones: Poggi, Sirne, Cuello, Iribarren, qué sé yo. A mí me daba por la China. Quizá por contagio de Marco Polo. Yo suponía que en esta vida había algo que merecía ser buscado, perseguido, y ese algo, esa llave de todos los cofres, debía estar en China. En Catay. Marco Polo y el chambón de Colón buscaban algo físico, tangible. Yo pensaba que había algo más, una regla de vida, una frase en clave escrita sobre el muro de algún templo, y la quería para mí. No buscaba oro; mi viejo tenía y bastante, y por supuesto no iba a tomarme semejante trabajo para comprobar si era cierto que los chinos conocían la pólvora o los fideítos y los hacían mejor que los tanos. Quería rajarme a la China. Miraba los diarios todos los santos días, buscando un buque que fuera en esa dirección. En general había barcos para cualquier parte: Lisboa, La Habana, Ciudad del Cabo, pero nunca para la China. Cuando encontraba uno me emocionaba hasta las patas y después me descomponía del terror. No podía moverme. El barco se iba y yo seguía en cama, afiebradísimo y con la vieja cambiándome las compresas de la frente mientras yo deliraba con Catay y la mar en coche. En algún momento me propuse construir yo mismo un barco, un verdadero sampán, pero por supuesto nunca moví un dedo. Y aquí estoy. Supongo que eso explica muchas cosas. Pero qué sabrás vos, pajarito. Tomate el 8 Hermanos que te sirvo otro —dijo, dejando el sillón y acercándose al campo de batalla—.
Jugamos hasta que cayó el sol. Hugo se apiadó de mis bostezos y escogió un libro, las Elevaciones de Bossuet. Cuando se durmió, sucumbiendo no tanto al medio litro de 8 Hermanos como a la presión que sus sueños hacían por salir, apagué la luz del estudio y lo dejé solo.
No tenía otra ropa que la que había traído puesta la noche anterior. Ropa de fiesta: zapatos abotinados, medias blancas hasta la rodilla, trajecito gris con pantalones obviamente cortos, camisa, gemelos, corbata, traba. Me vestí igual, aunque no fuera lo más adecuado para jugar en la calle. El espejo de María Luisa me alertó sobre las mariposas rojas que los labios femeninos habían dejado en mis mejillas.
Estuve un buen rato sentado en el umbral. Había tres pibes pateando en plena calle una pelota hecha con medias. Me relojearon, consideraron, supongo, la posibilidad de invitarme para jugar un dos contra dos, y en ese preciso momento la madre de uno de ellos les gritó que entraran. Ya no eran horas para que los pibes anduvieran por la vereda.
Yo amagué entrar, también: estuve a punto de obedecer a la madre aquella y volver al cubil. Asomé la cabeza en el comedor. Nada. Ni el vuelo de una mosca. Hugo seguía intentando acceder a la China por la puerta de sus sueños. Cerré, y regresé a la calle.
Anduve por Segurola, canchero, silbando con las manos en los bolsillos y mirando siempre hacia abajo. Pensaba en mi casa, en la casa de mi madre, y la recorría mentalmente, obligándome a “verla” otra vez como quien recuerda a alguien que acaba de morir para forzarse a las lágrimas, a la pena, al dolor. Pensé en ese cuarto en el que había leído por primera vez Los tres mosqueteros, mientras afuera llovía a cántaros. Pensé en los jarrones chinos. En los estantes llenos de las chucherías traídas de Europa. En el comedorcito diario, donde estaban los libros de inglés y la ventana con mosquitero. Una vez reventé un moscardón negro contra el tejido de alambre. Del vientre le salieron larvas blancas, infinidad de gusanitos, todos vivos. No sentí nada. Ninguna piedad. Imaginé que mi madre sí sentía, que lloraba la desgracia de Doña Rosita y se preguntaba por qué los hombres a los que se abrazaba terminaban escapándose. Pobre mamá. Ni siquiera García Lorca le daba un respiro.
Así llegué al paso a nivel, y ahí me quedé. La garita estaba del otro lado, cruzando las vías. Podía ver los pies del guarda, laxos, apuntando hacia puntos cardinales opuestos. El hombre tenía la calma de un ajedrecista o dormía la mona: la sidra es liviana pero no tanto como el agua, y según decían los diarios, los puestos municipales habían vendido más de treinta mil litros en los últimos días.
Decidí no cruzar. Temía no saber después cómo volver a lo de María Luisa.
Los grillos se enardecieron hasta que no oí otra cosa que su canto y los busqué con los ojos, en los pastizales que escoltaban las vías. Se venía la noche, y yo la veía venir. Era un portento en sí mismo. Clavaba la mirada en algo —los pies del guarda, la vía, la barrera—, la dejaba ahí, y cada vez veía menos: los dedos de la oscuridad borroneaban todos los trazos. Pensé que era así como uno ve cuando muere con los ojos abiertos.
Entonces vino el tren, despacio, borrachito, y se quedó ahí, frente a mis ojos. Era un tren de carga, de esos que llegan a tirar más de cuarenta vagones. El guarda seguía durmiendo: había dejado la barrera baja para que nadie muriera atropellado, y reposaba en paz con su conciencia. Yo no sabía si el tren iba a Once, a Retiro, a Constitución, o si venía de allí. Horas más tarde descubriría que el tren apuntaba al sur, rumbo a Junín y más allá.
Pero entonces lo ignoraba todo. Trepé a la escalerita de un vagón cisterna que olía a vino. ¡Fue tan fácil! En cuestión de segundos, el tren se iba y yo, boqueando como un recién nacido, me iba también.
Dos
Empecé a tener frío. Era una típica nochecita de verano, ideal para manga de camisa y mesa de truco en el patio, pero yo tenía frío. El tren aumentaba la velocidad. Una brisa fresca hacía ondular las mudas de ropa interior colgadas en el fondo de las casas: me decían adiós. Alguna gente picoteaba los restos de las comilonas de fin de año, pollos ya trozados, pandulces enseñando ombligos de fruta abrillantada. Inocente de mí, yo presumía que el tren iba a llegar a Retiro u otra de las estaciones grandes y allí me obligaría a buscar un modo de volver a casa —después, claro, del susto mayúsculo provocado a mi madre y el problema aún mayor en que había metido a Hugo—. Pero las casas parecían cada vez más humildes, las calles perdían luces y el número de terrenitos aumentaba kilómetro a kilómetro. Más corrales con gallinas. Más parrales. Más potreros. Comencé a sospechar que el tren estaba lejos de hacer un alto, y sentí más frío. ¡Si estaba paradito como un granadero, sobre un vagón cisterna, con el viento chumbando en mis rodillas desnudas!
No podía tirarme. Me hubiera matado.
Las conjeturas sobre destinos posibles no tardaron en aturdirme. ¿Estaba yendo hacia el Chaco, hacia la selva? ¿Y si el tren me dejaba en La Pampa, en pleno desierto polvoriento? ¿Y si me dirigía al sur, al extremo austral del continente? ¡Moriría de frío! Temblé, por todo. Las manos comenzaron a fallarme, los nudillos palidecieron al cerrarse sobre el travesaño de metal de la escalerita. Pasamos de largo por la estación Sáenz Peña. Las suelas de mis botines resbalaban de su sostén. Si quería sobrevivir, si quería llegar a alguna parte, por más remota que pareciera, debía pensar en una solución. A la intemperie solo lograría congelarme, o sucumbir al sueño y romperme la crisma en algún pedregal.
Mi vagón estaba unido a otros dos vagones cisterna. Por delante y por detrás también había vagones de carga convencionales en los que podría encontrar un refugio. El único requisito era llegar hasta ellos. Pero ¿cómo podía lograr yo, el alfeñique, saltar de un vagón a otro, en plena noche y a toda máquina? Por lo pronto, subí dos escalones con sumo cuidado y me agarré de la baranda que recorría todo el perímetro del tanque. Así, malamente sentado en el tope de la escalera y con un brazo enganchado en la barra de metal, pude relajarme por primera vez desde que me encaramé al tren. Me dolía todo el cuerpo. En la penumbra alcancé a ver la red de venitas azules que se destacaban bajo la piel de mis piernas. Pasamos por una estación que no pude identificar. Después vino Caseros, y así como vino se fue: un rayo.
Consideré la posibilidad de seguir tal como estaba hasta que el tren se detuviera o aminorara la marcha, pero la deseché enseguida. Podía leer la noticia en las páginas interiores de La Nación: “Joven halla infausto fin”, e imaginarme muerto, con el brazo inerte engarfiado en la baranda, el semblante gris y la lengua colgando fuera de la caja dental. Helado. Lejos de Catay. No quería morir, así que comencé a moverme lentamente hacia el extremo del vagón cisterna. No llevaba líquido: sonaba hueco. Deslicé las manos sobre la barandilla e hice pie en la escalera. Después apoyé los zapatos en la base de pirámide truncada sobre la que encajaba el tanque. Patinaba. Todo dependía de la fuerza de mis brazos. Si cedían, me iría de cabeza a las vías y mi cuerpo sería despedazado por las ruedas de dos docenas de vagones.
Cuando llegué a la punta del tanque respiré, dejé de contraer los brazos y los estiré todo lo que pude, casi dejándome caer. Mis pies alcanzaban a tocar el guinche que unía el vagón cisterna con su pariente de adelante. ¡Podía hacerlo!
Una curva cerradísima, no sé con precisión en qué punto del trayecto (¿Bella Vista? ¿Muñiz?), obligó al maquinista a aminorar la marcha lo suficiente como para estimular mi ánimo. Me lancé. Dos pasos. ¡Ya estaba prendido a la baranda del nuevo vagón! De allí en más, procedí con la velocidad y la inconsciencia de mis años: ya lo había logrado una vez, así que rodeé el nuevo vagón con más suficiencia que habilidad y me ubiqué, por fin, cara a cara con un vagón común y corriente, de carga, con puertas laterales. Debía trepar al techo, si es que pretendía entrar por alguna de esas puertas.
Subí las escaleras. Pero, una vez sobre el techo, descubrí que la puerta lateral estaba cerrada, cerradísima, y que desde mi precario atalaya no podía hacer la fuerza suficiente como para abrirla. Me dije: el próximo vagón. ¡El juego me estaba gustando tanto, que ni frío sentía! Así me lancé sobre el otro vagón, ligero, como sostenido por ángeles, y esta vez sí tuve suerte. Las puertas estaban de par en par y el vagón parecía vacío.
Ahora, para descolgarme, debía tener el mayor de los cuidados. Dejé que mis piernas colgaran en el vacío —el frío había vuelto a torturarme— y me agarré del zócalo de madera que iba a oficiar de barra, como en el trapecio; me balanceé, primero lentamente, después con ímpetu. Entonces me solté, y caí de espaldas, como piedra. El golpe me dolió, en especial en la cabeza, y mi vista se oscureció: moría con los ojos abiertos. Pero había placer en la semiinconsciencia. Mis dedos reconocieron sobre el piso un material húmedo, suave, como estopa. Creo que dormí, incluso soñé que rompía platos y copas en un bazar y nadie me retaba.
Cuando desperté seguía en la misma posición, tendido con los brazos en cruz. Era de noche todavía, y ya no se veían casas ni luces en el exterior: apenas pajonales y alambradas detrás de las que se adivinaban sembradíos. Tenía hambre. Y frío. Me arrastré hacia un rincón y me eché encima cuanta estopa pude. Así estaba mejor.
Después de quién sabe cuánto tiempo, oí pasos sobre el techo del vagón. ¿Hay guardas en los trenes de carga? No lo sabía entonces, no lo sé hoy. Pero me dije que no era lógico: no hay circulación posible en un tren así, a no ser que uno se ponga a prueba con las acrobacias que yo había realizado con cierto éxito. ¿Quién era, entonces, mi visitante nocturno?
Los pasos cesaron. Supuse que el intruso había seguido su camino por los techos. La idea de que se tratara de un guarda no me disgustaba del todo. Era alguien que podía hacerse cargo de mí, que podía alcanzarme una cobija, un mendrugo. Pero entonces volvió el silencio y mi esperanza se evaporó. Cuando vi al hombre descolgarse desde el techo al interior de mi vagón, tal como había hecho yo pero con una seguridad simiesca en sus movimientos, creí que moriría de miedo, y esta vez en serio. Me acurruqué en el nicho de estopa, sin dejar nunca de mirar al intruso. Eso es lo que me ha pasado siempre, lo que he intentado explicar una y otra vez al padre José Luis: ¡aunque me anuncien calamidades como pago, no puedo dejar de mirar!
El hombre no me vio. Yo ni respiraba. Se asomó al exterior, miró hacia uno y otro lado. Aparentemente todo estaba en orden en el tren, sin policías, sin guardas, porque acto seguido se sentó al lado de la puerta y adoptó la actitud del que descansa. Sentí un ramalazo de alivio, pero se desvaneció pronto. Trepar hasta el techo estaba fuera de mis posibilidades y no había otra salida. Solo cabía esperar.
Buscó algo en el bolsillo interior de su saco. Por el tintineo y los movimientos, supe que se trataba de un tubo de pastillas. Tragó una o más, así, en seco. ¿Quién era ese hombre? No parecía un vagabundo. Llevaba un traje de buen corte: el único color que la luz lunar me permitió distinguir fue el morado de la corbata. Era un fugitivo, sin duda. Sonaba excitante como idea, pero no para estar encerrado en su exclusiva compañía.
Cualquier movimiento, cualquier suspiro, tos, resuello, podía revelarle al rufián que no se hallaba solo en la caja de madera en la que viajábamos. ¿Cuánto tiempo debería permanecer así? ¿Cuántas horas, cuántos kilómetros como ídolo de piedra?
El fin estaba cercano. No tardé demasiado en darme cuenta de que clareaba: el amanecer se hallaba a tiro de honda. Mi rufián dormitaba y yo, sin poder quitarle los ojos de encima, iba anotando mentalmente lo que la nueva luz me permitía ver. El traje era de óptima calidad, oscuro, tirando a bacán, y del bolsillo asomaban las puntitas de un pañuelo de seda también morado. Tardewski —que así se llamaba: estaba a punto de descubrirlo— tenía manos de pianista y no parecía haber cumplido los cuarenta años. Su pelo era rubio, fino y echado hacia atrás. Cuando se enfurecía se le hinchaba la frente, y a pesar de la amenazadora inscripción que dibujaba bajo su piel una gorda vena (¡la marca de Caín!), parecía un cretino. Un cretino de cuidado: capaz de matar.
Afuera era todo sembradíos, alambrados, algún árbol distante. Amanecía sobre la tierra, y la tierra despertaba con lagañas en los ojos: una densa neblina, blanca, fría, rodaba sobre los terrones de barro sin encontrar reposo. Adentro, en mi celda rodante, Tardewski dormía un sueño liviano y agitaba una mano con anillos de oro. Se excusaba ante alguien, pero ese alguien no era visible para mí.
Yo lloraba. La excusa era un calambre, que me retorcía la pierna izquierda con la ferocidad de un animal de presa. Tenía heladas las manos y los muslos, la piel como costra, y me golpeaba la pantorrilla para que el calambre soltara su bocado. Las lágrimas y los mocos fluían por mi rostro, congelándose pronto. Y mamá estaba despierta: la certeza me golpeó en ese instante, la viejita en vela, llorando como yo, preguntándose qué habría sido de su tierno vástago, a la espera de alguna noticia sobre mi paradero. El consuelo duró un santiamén. Mamá podía estar desvelada, pero sin duda no imaginaba la situación a la que yo me había expuesto (en esos días creía que nadie sino uno mismo se forjaba su destino: no concebía la intervención de un agente divino, corrigiendo cursos, deteniendo aguas). Ella no sabía que Tardewski se desperezaba ahora, sucumbiendo a un escalofrío y verificando la hora exacta en la esfera de su reloj.
Entonces estiré mi pierna izquierda, el taco raspó contra el suelo y empujé un montículo de estopa hacia delante. Tardewski me vio. O mejor: vio un movimiento, la estopa que rodaba, y buscó el origen del fenómeno. En el fondo del vagón, donde aún se refugiaban las penumbras más remisas, descubrió mi rostro de pájaro. Eso creo. Manoteó su costado. ¿Las pastillas? ¿Un arma? De rodillas, levantándose, Tardewski hinchó su frente canalla y avanzó hacia mí con la mano escondida en el cinto.
Nunca desenfundó. Aun en la tiniebla descubrió que el otro polizón era un mocoso cuyas lágrimas refulgían en la oscuridad y supo que para deshacerse de mí la artillería era un exceso. Bastaba con sus manos.
Tardewski pegó su cara a la mía, para cerciorarse de que no veía una excrecencia de sus sueños, que yo no era aquel al que pedía disculpas mientras agitaba la mano enjoyada, y me taladró con sus ojitos negros. Fue un instante, un soplo, pero con la consistencia de una roca. Entonces me dio una cachetada. No como aquellas que, de tanto en tanto, suelen dar madres, maestros, tutores: el golpe con la mano abierta estalló en mi cara y me arrojó contra la pared del vagón con la fuerza de un huracán.
—¿Y vos quién sos, sabandija? —le oí decir. Tenía un dejo extranjero en la modulación, y cuando estaba furioso su boca despedía una fina lluvia de saliva.
Yo no podía responder, aunque quisiera. Los músculos de mi cara estaban desconectados, inservibles, a excepción de los párpados, que se replegaron hasta casi desaparecer. Tardewski no esperaba respuesta: me agarró de los pelos y me arrastró fuera del nido de estopa. Dolía. A la luz casi plena me examinó otra vez, y, sospecho, algo en mi ropa le llamó la atención. Sin embargo, esa luz de sorpresa no fue suficiente para apartarlo de su mecánico objetivo: me pegó otra vez, un cachetazo en la misma mejilla que yo sentía como una plancha de madera, y caí de bruces y me pateó en los riñones. Nunca había recibido un golpe así. Jamás. El impacto fue tal que no logro recordar cómo me golpeó después. Sé que siguió adelante: yo ansiaba, apenas, recuperar un poco de oxígeno en mis pulmones, después del relámpago de la primera patada. Puedo decir, igualmente, que puso la suela del zapatón en mi cara y me pisó. Que me levantó del piso para colocarme un puñetazo bajo el ojo izquierdo (eso me tumbó de espaldas, desde donde creí que el suelo era el cielo y el techo del vagón un piso lejano). Tardewski me miraba con severidad, la boca torcida por el esfuerzo, y buscaba un punto en el que aún no me hubiera golpeado. Cuando lo vi sonreír, esperé lo peor. Pateó mis testículos con precisión: yo no atiné —¡no podía!— a cerrar las piernas. No dolió tanto. Fue una sorpresa. Hubo un ruido sordo sobre la madera del piso. El revólver de Tardewski se había zafado de su cinto. Lo vi recogerlo con celeridad, ¡como si yo estuviera en condiciones de arrebatárselo!
Entonces dio por terminada la paliza y yo deseé que no, que siguiera, porque me tomó de las solapas y comenzó a arrastrarme hacia la puerta abierta. ¡Iba a tirarme! Se había desfogado conmigo, y ahora iba a deshacerse de la molestia y ahorrar una bala. Intenté agarrarme de algo. No había borde alguno.
—¡No, espere! —dije, con una voz grave que no se parecía a la mía (entonces creí que era el dolor lo que atenazaba mi garganta: hoy sé que, en verdad, era la voz de Alguien que hablaba por mí)—. ¡No me mate! ¡Puedo conseguir mucho dinero para usted!
Eso bastó para detener su movimiento.
—¡Ja! ¿Cómo piensas hacerlo, jovencito? ¿Querés que le pida rescate a tu papá?
—No. Por favor. De otra forma. Espere. Mucho dinero. Por favor —balbuceé, uniendo las manos en súplica.
Tardewski me sentó al borde del abismo y apoyó la espalda contra el filo de la puerta. Afuera era pleno día. Los animales ya pastaban.
—¡Hablá! ¡Hablá o te tiro!
No fue necesario. El tren comenzó a detenerse.
—Mierda. Pendejo de mierda.
Ya no podía tirarme: aunque maltrecho, iba a quedar con vida. Pero estaba el camino de la bala, claro.
—Mejor que no me mientas. Si mentís, te quemo.
Dibujé un no con la cabeza.
—Vamos a saltar, y vas a venir conmigo. Hay que apurarse, antes de que vengan los inspectores y nos vean rajar.
Dibujé un sí.
Tardewski se asomó, y el viento desordenó sus finos cabellos rubios. Tenía dientes pequeños, y parecían todos iguales. Aseguró la pistola en el cinto: dependía de ella, y no iba a perderla.
—¿Estás listo? Mejor dejá colgar las piernas, así, como yo. Cuando te diga ya, saltás. ¿Me oyes, pendejo?
El tren subía a un pequeño promontorio, su marcha era cada vez más leve. Pasamos frente a una finca bordada de maíz; solo podía verse, a la distancia, un molino que preanunciaba construcciones mayores. Todavía había niebla, pero el sol no tardaría en disiparla.
Me empujó, caí contra la grava que flanqueaba las vías y todo el suelo fue una gran suela del zapato de Tardewski, que me deformaba la cara y me hacía rodar hasta el pie del promontorio, sobre barro, ramas, piedras.
*
Tenía el vientre al sol, y la nuca sumergida en agua, o en sangre: no lo sabía bien y me daba igual. Desde esa posición en que había quedado por azar, como una taba, la colina se veía imponente. El tren había alcanzado la cima y comenzaba a perderse del otro lado. Parecía de juguete. Igual al Hornby a resorte que Sara me había regalado para Navidad, pero con una mejora sustancial: este sí echaba humo, decidido, fiero humo negro. Por el rabillo del ojo redescubrí a Tardewski, acercándose a grandes zancadas que deformaban el corte del traje. La carota blanca volvió a acercarse a la mía —poco tiempo más tarde confirmaría su afección visual, una miopía que él ocultaba porque, decía, las mujeres no gustan de los tipos con lentes— y, al advertir vida en mis ojos abiertos, decidió alzarme.
Primero me arrastró fuera del agua: allí perdí un zapato y lo dejé ir, boyando en el escaso mar, sin avisar de su pérdida. Resoplando Tardewski cubrió los metros que separaban el vado del alambrado y allí me dejó. Pasó entre los hilos metálicos con delicadeza. No quería enganchar el traje ni mancharlo de óxido. Descubrí, sin embargo, que ya había algo que iba a lamentar: al arrancarme de mi fugaz descanso, Tardewski había hundido un pie en el agua; media botamanga izquierda revelaba su torpeza.
Una vez del otro lado, estiró la mano hasta mí y me arrastró por el suelo aún húmedo de rocío sin que tocara el alambre más bajo. Yo podía moverme, pero lo dejaba hacer. ¿No era eso lo que había estado buscando? ¿Alguien que se hiciera cargo de mí, que me evitara la angustia de toda elección, que me guardara bajo su ala y escogiera para mí el bocado mejor? Fue un milagro menor que conservara mi otro zapato. Nos alejábamos corriendo a campo traviesa y yo observaba mis pies, lejos de mí, dejando un efímero surco sobre el pastizal. La humedad comenzó a despegarse de la tierra, y todos los seres vivientes la sentimos pasar a través de nuestros cuerpos, enturbiando momentáneamente las vías respiratorias. Eso pareció ser demasiado para Tardewski, que se detuvo —me soltó las solapas, simplemente: ¡plaf!— y manoteó su rojo pañuelo de seda.
—Mierda. Va a hacer calor.
Me miró por sobre el hombro.
—Vas a tener que caminar solo, si querés seguir. ¿Está claro?
Para evitar el trance de la respuesta, me puse de pie. Él señaló en una dirección donde el campo se hundía y los maizales cedían coto a algunos árboles. Caminé penosamente tras sus huellas. Tardewski corría, para colmo. La distancia entre ambos se hizo mayor. Cada vez que torcía el rostro para ver qué había sido de mí, su disgusto crecía. Y de pronto, ¡zas!, ya no pude más. Me quedé doblado en dos, como un viejo. Quería erguirme y volar, ¡lo quería con todas mis fuerzas!, pero no lo lograba.
—¡Espere! ¡Por favor!
Él corrió hacia mí con mal disimulada furia. La frente se le estaba poniendo grotesca y la marca de Caín brillaba bajo el sol.
—No puedo caminar. Se lo juro. No sé qué me pasa. Por favor. Créame.
Me ayudó a andar hasta la arboleda, a los tumbos. Allí descubrimos un hilo de agua. Tardewski, que empezaba a sudar, se sentó sobre una laja y decidió que eso era todo lo lejos que podía llegar conmigo sin saber qué clase de beneficios podía reportarle.
—A ver, mocoso. ¿Cómo decís que puedo conseguir guita si te dejo vivo?
Reculé algunos centímetros, hasta que mi espalda dio contra las raíces de un sauce.
—Mi padre tiene una fábrica de repuestos para automóviles. Radiadores. No, no es él el del dinero: espere. Para fabricar radiadores hacen falta muchos componentes. La bauxita es fundamental. Si no hay bauxita en la aleación, el radiador se resquebraja al calentarse y se sale toda el agua.
—Pero…
—Espere. Mi padre trabaja con un proveedor de bauxita, un viejo que tiene su mina a unos kilómetros de Las Parvas, un pueblito cerca de Junín. Vive ahí, en una casa enorme. Solo. Ha sido proveedor de mi padre durante años, y mi padre habla siempre de su avaricia. El viejo no cree en los bancos y guarda todo su dinero en el sótano de la casa. Debe andar por los setenta años y tiene una larga barba.
Me toqué la cara por primera vez en largo rato. Tenía hinchado el pómulo, tanto que podía registrarlo dentro de mi campo visual.
—¿Y pretendés que te crea, mierdita? Si es así como lo cuentas, puedo llegar solito a la casa del viejo.
—No es tan fácil. Vive en medio del monte, tiene prohibido a la gente del pueblo informar sobre su paradero y además es un hombre precavido: no le abriría nunca a alguien que no conoce. La casa está llena de trampas, y anda siempre con una recortada al alcance de la mano.
Tardewski guardó silencio. Lo vi hacer un gesto de intensa concentración, y recurrir al tubito de pastillas. Eran píldo
