Los niños de los cuidadores de elefantes

Peter Hoeg

Fragmento

CUIDADORES-5.xhtml

FINØ

He encontrado la puerta que nos sacará de la cárcel, que nos conducirá hacia la libertad. Escribo esto para mostrarte esa puerta.

Ahora tal vez me dirás que cuánta libertad creo que puedo exigir, yo, que he nacido en la isla de Finø, conocida como la Gran Canaria de Dinamarca, estando en la residencia parroquial de la isla, nada menos, que tiene doce habitaciones y un jardín tan grande como un parque. Y rodeado por un padre, una madre, una hermana mayor, un hermano mayor, unos abuelos, una bisabuela y un perro que parecen sacados de un anuncio de algo caro pero saludable para la familia.

Y aunque por supuesto no es gran cosa lo que veo cuando me miro en el espejo, porque soy el segundo más pequeño de primero de enseñanza secundaria en la escuela del pueblo de Finø y más bien un chico escuchimizado, hay muchos jugadores mayores y más fuertes que yo que en el estadio de Finø me ven adelantarlos a toda pastilla, como llevado por el viento, y a los que luego se les eriza el vello cuando mi venenosa pierna derecha ejecuta un disparo imparable.

Entonces, ¿de qué se queja este chaval?, te preguntarás tal vez, ¿cómo cree que se sienten los demás adolescentes de catorce años? Para eso tengo dos respuestas.

La primera es que tienes razón, no debería quejarme. Pero cuando papá y mamá desaparecieron y todo se complicó aún más y era difícil encontrar una explicación, descubrí que había algo que había olvidado: mientras todo era felicidad, había olvidado tratar de descubrir en qué puedes confiar realmente cuando la oscuridad empieza a cernirse sobre ti.

La segunda respuesta ya es más dura: intenta echar un vistazo a tu alrededor y dime cuántas personas crees que son realmente felices. Incluso cuando tienes un padre que posee un Maserati y una madre con un abrigo de visón, situación que se dio en su momento en la residencia parroquial, ¿cuánta gente tiene realmente algo de lo que alegrarse? Y siendo así, ¿no es lícito preguntarse por aquello que podría liberar a un ser humano?

Ahora tal vez me dirás

, hasta donde alcanza la vista, el mundo está lleno de gente que te dice adónde debes ir y cómo comportarte, y que yo, por tanto, soy uno más, y en cierto modo tienes razón, pero sin embargo se trata de algo completamente diferente.

Si antes de su desaparición hubieras escuchado a mi padre predicar en la iglesia del pueblo de Finø, le habrías oído decir que Jesucristo es el camino, y te aseguro que mi padre es capaz de expresarlo de una manera tan bella y natural que parece que estemos hablando del camino al puerto y que muy pronto habremos llegado allí todos.

Si hubieras escuchado el servicio religioso desde un taburete al lado del órgano que solía tocar mi madre, y si luego te hubieras quedado un rato más, ella te habría contado que la música es el futuro, y ella interpreta y lo dice de una manera que, a estas alturas, ya habrías concertado las primeras clases de piano y decidido adquirir un piano de cola con el dinero de tu libreta de ahorros de la infancia.

Y si luego, después del servicio religioso, nos hubieras acompañado a casa para tomar un café en uno de aquellos días que estaba de visita mi tío preferido, Jonas, que suele practicar la caza del oso en Mongolia Exterior y tiene un oso disecado en su vestíbulo y que es presidente del sindicato, le habrías oído explicar, en un monólogo de no menos de veinte minutos, que lo más importante es confiar en tus capacidades físicas y dedicar la vida a organizar a la clase trabajadora, y no lo afirma sólo para picar a mi padre, que también, sino completamente en serio.

Asimismo, si preguntas a mis compañeros de clase, te dirán que la vida de verdad empieza después de tercero de secundaria, pues es cuando la mayoría de adolescentes abandona la isla de Finø para ir al internado de bachillerato o a la escuela técnica de Grenå.

Y finalmente, por ir a un lugar muy distinto, si preguntas a los internos de Store Bjerg, que es un centro de rehabilitación al oeste del pueblo de Finø, donde todos los internos han sido drogodependientes antes de los dieciséis años, si les preguntas con toda sinceridad, de tú a tú, sin que haya nadie más presente, te dirán que a pesar de que están absolutamente limpios y se sienten profundamente agradecidos por el tratamiento y aguardan ilusionados el inicio de una nueva vida, no hay nada comparable al largo y plácido subidón que se experimenta tras fumar opio o inyectarse heroína.

Y te digo más: estoy convencido de que toda esta gente tiene razón, incluidos los internos de Store Bjerg.

Es algo que he aprendido de mi hermana mayor, Tilte. Uno de sus talentos consiste en que es capaz de afirmar que todo el mundo tiene razón, al tiempo que está convencida de que ella es la única, en un amplísimo radio alrededor, que sabe de lo que habla.

Todas las personas que he mencionado señalan la puerta de su habitación preferida, y dentro de esa habitación se encuentra Jesucristo, o la música de Schubert, o la prueba para acceder al bachillerato, o un oso disecado, o un trabajo fijo, o una palmadita de ánimo en el trasero. Por supuesto, muchas de estas habitaciones son imaginarias.

Pero siempre que te encuentres en el interior de una habitación estarás dentro, y por tanto estarás atrapado.

La puerta que pretendo mostrarte es distinta. No conduce a una habitación nueva. Conduce al exterior del edificio.

 

 

No fui yo quien encontró esta puerta, no tengo la confianza en mí mismo que tal cosa requiere. Fue mi hermana mayor Tilte.

Yo estaba allí cuando ocurrió, de eso hace ahora dos años, y fue justo antes de que mamá y papá desaparecieran por primera vez. Yo tenía doce años y Tilte catorce, y aunque lo recuerdo como si fuera ayer, no sabía que era precisamente eso lo que ella había descubierto.

Nuestra bisabuela, que estaba de visita, se hallaba preparando sopa de leche agria. Cuando nuestra bisabuela prepara sopa de leche agria se aúpa a dos taburetes puestos uno encima del otro para poder remover el contenido de la olla, y eso lo hace porque nació pequeña y luego sufrió seis aplastamientos corporales y es tan jorobada que si hay que incluirla en el anuncio familiar del que te hablé antes, tendrán que ser muy cuidadosos a la hora de colocar la cámara, porque su joroba es tan grande como un paragüero.

En cambio, muchos de los que han llegado a conocer a mi bisabuela piensan que si Jesucristo volviera a la tierra podría muy bien encarnarse en esa señora de noventa y tres años, porque mi bisabuela es lo que llamaríamos omnibenevolente. Eso significa que tiene una bondad tan grande que abarca a todos, también a tipos como Kaj Molester y el enviado del ministerio en Finø, Alexander Bister Finkeblod, que dirige la escuela de Finø y para quererlo hay que ser su madre, aunque bien mirado, tal vez no baste con eso, pues una vez lo vi recogiendo a su madre en el ferry y, de verdad, parecía que incluso para ella soportarlo era una tarea demasiado ingrata.

Al mismo tiempo, tampoco hay que llamarse a engaño con mi bisabuela. No llegas a los noventa y tres años, ni sobrevives a varios de tus hijos y a seis aplastamientos corporales, ni a la Segunda Guerra Mundial, ni recuerdas el final de la Primera, si no tienes algo especial que te mantenga firme y en marcha. Lo diré de la siguiente manera: si mi bisabuela fuera un coche, diría que su carrocería ha estado a punto de descomponerse desde tiempos inmemoriales. Sin embargo, el motor ruge como recién salido de fábrica.

Aun así, respecto a las palabras se muestra bastante cauta, las reparte como si fueran caramelos, como si no le quedaran demasiadas, y a lo mejor es así, a sus noventa y tres años.

Por tanto, cuando de pronto, sin volver la cabeza, anuncia: «Hay algo que quiero deciros», todos enmudecemos.

«Nosotros» somos mi madre y mi padre, mi hermano mayor Hans, Tilte y yo, y nuestro perro, Basker III, que es un fox terrier y se llama así por el libro El sabueso de los Baskerville, y III porque es el tercero de esta raza que tenemos desde que nació Tilte, quien exige que cada vez que se muera uno y adquiramos otro, hay que ponerle ese mismo nombre y numerarlo. Cuando Tilte le dice a personas que no han tenido el placer de conocernos cómo se llama el perro, siempre añade el número. Entonces ves que la gente se estremece, tal vez porque les lleva a pensar en los perros que murieron antes del actual Basker y es por eso, creo yo, que mi hermana exigió ese nombre, porque siempre le ha interesado la muerte, mucho más que a los niños en general.

Ahora que mi bisabuela se dispone a decir algo y toma asiento en su silla de ruedas, Tilte se sienta en el borde de la mesa de la cocina y pone las piernas horizontales, para que la bisabuela avance y se meta debajo de ellas. Tilte siempre quiere sentarse en su regazo cuando nuestra bisabuela se dispone a decir algo, pero ésta se encuentra más débil que antes y mi hermana está más pesada, por lo que se las arreglan de la siguiente manera: Tilte se eleva y el mundo se acomoda debajo de ella, y luego se acurruca en el regazo de la bisabuela que, a estas alturas de la vida, es más pequeña que su bisnieta.

—Mis padres —dice—, vuestros tatarabuelos, no eran del todo jóvenes cuando se casaron, tenían treinta y muchos años. No obstante, parieron siete hijos. Justo cuando acababan de tener el séptimo, murieron el hermano de mi madre y su esposa, mis tíos, prácticamente al mismo tiempo, pues se contagiaron de la misma gripe, la gripe española. Dejaron doce hijos. Mi padre fue al entierro en Nordhavn. Después del funeral se organizó una reunión en la que la familia se repartiría a los doce niños, así se hacían las cosas en aquellos tiempos, de eso hace noventa años; se trataba de sobrevivir. Se tardaban dos horas en coche de caballos en llegar del pueblo de Finø a Nordhavn, y mi padre no estuvo de vuelta hasta bien entrada la noche. Entró en la cocina, donde mi madre estaba trajinando con los fogones, y dijo: «Me los he traído a todos.» Mi madre levantó la vista, radiante de alegría, y dijo: «Gracias por la muestra de confianza, Anders.»

Cuando mi bisabuela nos lo hubo contado se hizo el silencio en la cocina. No sé cuánto duró ese silencio, porque el tiempo se había detenido, había demasiadas cosas que entender para poder pensar; en cierto modo, nos habíamos rendido. Había que comprender lo que había pasado por la cabeza del padre de mi bisabuela al ver a aquellos doce niños en el entierro para no haber sido capaz de separarlos. Y sobre todo había que entender a su mujer, cuando él llega a casa y anuncia: «Me los he traído a todos.» No hay ni un segundo de vacilación, nada de derrumbarse y lloriquear al pensar que ya no sólo estarán tus siete hijos, lo que ya de por sí podría considerarse una desgracia si pensamos en que nosotros sólo somos tres en la residencia parroquial, y eso que tenemos dos baños y un baño adicional para las visitas, sino que en un abrir y cerrar de ojos tienes a diecinueve niños en casa.

En un momento dado, cuando el silencio llevaba no sé cuánto instalado entre nosotros, desde luego un buen rato, Tilte dijo:

—¡Yo también quiero ser así!

Todos creímos entender a qué se refería, y en cierto modo así era. Creímos que quería ser como aquel padre, o como aquella madre, o como los dos, y poder decir sí a diecinueve niños si hacía falta.

Y es cierto, eso era lo que quería decir Tilte. Pero también quería decir otra cosa.

Antes de decirlo, durante aquel silencio prolongado, mi hermana había descubierto la puerta. O, mejor dicho, estaba convencida de que se hallaba allí.

 

 

Antes de empezar, voy a tener que preguntarte algo. Tendré que preguntarte si recuerdas algún momento de tu vida en el que hayas sido feliz. No sólo alegre, no sólo satisfecho, sino tan feliz que de pronto todo te resultara perfecto al ciento por ciento.

Si no recuerdas ni un solo momento así, no vamos bien, pero entonces es aún más importante que llegue a ti con esto que voy a contarte.

Si únicamente recuerdas uno, o mejor, unos cuantos, entonces quiero que pienses en ellos. Es importante. Porque es alrededor de estos momentos cuando la puerta se dispone a abrirse.

Te confiaré un par de los míos. No son nada del otro mundo. Te los cuento para que te resulte más fácil encontrar los de tu vida.

Hubo un momento así cuando me seleccionaron por primera vez para el Finø All Stars, que en julio suele jugar un partido contra los veraneantes. El encargado de leer la lista de convocados era el entrenador del primer equipo, al que llamamos el Faquir porque es calvo y tan delgado como un palo de escoba y porque su estado de ánimo durante todo el año es el de alguien que acaba de levantarse después de haber dormido en una cama de clavos.

Nunca habían seleccionado a nadie menor de quince años y, por tanto, fue toda una sorpresa. Leyó la lista en voz alta y pronunció mi nombre.

Por un brevísimo lapso de tiempo me fue difícil determinar dónde estaba, si había abandonado mi cuerpo o seguía allí dentro, o las dos cosas a la vez.

El segundo vislumbre de felicidad se produjo cuando Conny me preguntó si quería ser su novio. No me lo preguntó ella personalmente, sino que envió a una de sus damas de honor, Sonja. Yo volvía a casa del colegio, Sonja se puso a mi altura y me dijo: «De parte de Conny, si quieres ser su novio.»

Durante un breve momento es como si alguien hubiera retirado el tapón del fondo, como si flotaras en el aire, aunque tal vez continúes en la tierra, no lo sabes muy bien. Y la sensación de flotar no es una ilusión, de pronto todo el mundo, palpable y reconocible, se transforma.

Hubo una situación más con Conny, mucho tiempo atrás, cuando los dos teníamos unos seis años e íbamos juntos al parvulario. En todo Finø no hay más de trescientos niños, y tan sólo una escuela y una guardería, y por tanto, todos hemos ido a la misma escuela y la misma guardería.

La guardería había recibido unos enormes barriles de madera de la fábrica de cerveza de Finø que habían tumbado y afianzado en el suelo. Les habían practicado pequeñas puertas y ventanas para que los usáramos como casitas de juguete. En el interior de uno de esos barriles le pregunté a Conny si estaba dispuesta a quitarse la ropa delante de mí.

Ahora tal vez dirás que cómo conseguí reunir el coraje para hacerlo, yo, que parezco demasiado cortado para siquiera preguntar el camino a la panadería, y tengo que admitir que realmente se trata de una de esas veces en que me he sorprendido a mí mismo.

Sin embargo, si alguna vez te encuentras con Conny entenderás que hay mujeres capaces de sacar lo mejor de un hombre, aunque apenas acaben de cumplir los seis años.

No me contestó. Simplemente comenzó a desvestirse lentamente. Y cuando estuvo desnuda, alzó los brazos y empezó a girar lentamente delante de mí. Pude ver el fino vello que cubría su piel; el tonel era como un barco o una iglesia, y estaba el olor a toda la cerveza de que se había impregnado la madera durante un siglo. Y me di cuenta de que lo que ocurría entre Conny y yo tenía algo que ver con el resto del mundo.

El último momento especial fue el más apacible. Soy pequeño, tengo tal vez tres años porque acaba de llegar a casa Basker III, que se ha subido a la cama de papá y mamá, donde he dormido. Desde allí me deslizo al suelo y abro las puertas dobles de un empujón y salgo al jardín. Creo que es a principios de otoño, el sol está bajo y la hierba helada y me quema la planta de los pies. Entre los árboles hay grandes telarañas, de sus hilos cuelgan gotas de rocío, un millón de diminutos diamantes que se reflejan entre sí. Es muy temprano y la mañana es fresca y nueva e imposible de imitar, como si nunca hubiera existido una mañana antes de ésta, y tampoco hace falta una copia, porque ésta es eterna.

En este momento el mundo es absolutamente perfecto. No hay nada que falte por hacer, y tampoco nadie para hacerlo, porque no hay seres humanos, ni siquiera yo. La felicidad lo colma todo. Y es muy breve, y de pronto se acaba.

Sé que hay momentos así en tu vida. No los mismos, pero seguro que algunos se les parecen.

Lo que estoy intentando es que te fijes en los segundos previos al instante en que tomas conciencia de lo especial de la situación y empiezas a pensar. Porque en cuanto te invaden los pensamientos, vuelves a estar en la jaula.

Mi historia trata de lo sombrío de esta cárcel. Que no sólo está hecha de piedra y hormigón y barrotes.

Si fuera así, todo sería mucho más sencillo. Si estuviéramos encerrados de la manera habitual, sin duda ya habríamos encontrado una solución, incluso dos tipos retraídos como tú y yo. Por ejemplo, nos habríamos procurado un par de cientos de gramos de ese polvo rosa en Grenå o Århus, ese que utilizan para propulsar los aeromodelos durante la celebración del Gran Día de las Cometas y los Planeadores de Finø. Y seguramente habríamos encontrado un tubo de acero inoxidable con rosca en ambos extremos y dos tornillos para las roscas, y lo habríamos rellenado con ese polvo y conectado a la mecha de un cohete de Año Nuevo, y luego habríamos provocado un enorme agujero en el muro, y después que nos buscaran.

Sin embargo, no basta con esto. Porque la cárcel de la que estamos hablando, o sea, la vida de todos y la manera en que vivimos, esta cárcel no está solamente construida de piedra, también está hecha de palabras y pensamientos. Y en todo momento participamos en su construcción y su mantenimiento, eso es lo peor.

Como cuando Sonja me pidió noviazgo por encargo de Conny. Pasado el primer segundo, justo después de que la conmoción hubiera cambiado el mundo, éste volvió. Volvió cuando pensé: «¿Realmente puede ser verdad, será a mí, no se estaría refiriendo a otro Peter? ¿Y por qué yo precisamente? Y si realmente es a mí, ¿seré lo bastante bueno para ella? ¿Y cuánto tiempo durará? Y aunque dure todo lo que uno espera y desea, alguna vez tendrá que terminar, ¿no es así?»

«Y vivieron felices hasta el último día.»

Nunca me satisfizo este final.

Era papá quien solía leernos un cuento antes de dormir, a Tilte y a mí y a Basker. Cuando la historia acababa con un «Y vivieron felices hasta el último día», yo siempre sentía cierto desasosiego que era incapaz de explicar.

Fue Tilte quien encontró las palabras adecuadas. Un día, debía de tener siete años como mucho, y yo cinco, dijo:

—¿Cuál es el «último día»?

—Es cuando mueren —dijo papá.

Y Tilte preguntó:

—¿Tuvieron una muerte digna?

Papá pensó un momento y luego dijo:

—Pues aquí no dice nada al respecto.

Y Tilte preguntó:

—¿Y luego qué?

Sé de dónde había sacado Tilte lo de una muerte digna: de Bermuda Svartbag Jansson, que es tanto comadrona como empresaria de pompas fúnebres, las cosas son así; puesto que la isla es tan pequeña, son muchos los que ejercen dos o tres profesiones a la vez, como mamá, que es organista y a la vez mujer sacristán y asesora del centro de maquinaria agrícola.

Tilte hablaba a menudo con Bermuda y también la ayudaba a colocar cadáveres en los ataúdes. Así que conocía esa expresión por ella.

Sin embargo, esto no lo explica todo. Porque piénsalo un momento: estás sentado con una niña de siete años y te acaban de leer un cuento, y el propósito de vivieron felices hasta el último día es que haya un happy end, un final feliz, y que los niños entren en un estado de relajación a la hora de acostarse y puedan mirar alrededor y convencerse de que su papá y su mamá y ellos mismos, y el perro también, vivirán felices hasta el último día, que queda tan lejos que, en cierto modo, podría muy bien decirse «para toda la eternidad». Y entonces una niña de siete años, Tilte, va y pregunta si tuvieron una muerte digna.

Cuando lo dijo, por fin comprendí por qué nunca me había sentido cómodo con ese final. Yo no había sido capaz, o no me había atrevido, a pensar como Tilte. Pero de alguna manera lo había presentido. Es posible que vivan felices, vale, pero y ¿luego, cuando llegan al final, al último día, qué?

Llegados allí tal vez ya no sea tan maravilloso.

 

 

Ahora te contaré lo que nos pasó a nosotros. En realidad, no es por hablar de nosotros. Es para que yo mismo intente recordar cuándo estuvo abierta la puerta y para mostrártela.

No puedo ayudarte a cruzarla, porque yo mismo todavía no acabo de lograrlo. Pero si somos capaces de encontrarla y plantarnos frente a ella suficientes veces, tú y yo, entonces sé que un día saldremos juntos a la libertad.

Nunca es demasiado tarde para tener una infancia feliz.

Es una frase que Tilte y yo leímos en un libro de la biblioteca, y siempre me gustó. Pero no hay que darle muchas vueltas. Si uno reflexiona se atasca. Entonces uno llegará a la conclusión de que no tiene sentido, pues la infancia ha quedado atrás, y lo que ha terminado fue como fue, ya es demasiado tarde para cambiar nada.

En su lugar hay que dejar que las palabras se asienten en tu interior: Nunca es demasiado tarde para tener una infancia feliz.

Yo creo que es verdad. Pero a veces representa un problema.

Sin embargo, Tilte dice que no existen los problemas, tan sólo retos interesantes.

Así que te diré que uno de los retos más interesantes a la hora de tener una infancia feliz empezó el Viernes Santo, en Blågårds Plads, en Copenhague.

Estamos en Blågårds Plads, en Copenhague. Somos Basker, Tilte, yo y nuestro hermano mayor Hans, y estamos sentados en una carroza barnizada de negro enganchada a cuatro caballos, y esto podemos agradecérselo a Hans. Si es que realmente pensamos que es algo que se merezca las gracias.

Una buena parte de la población de Dinamarca, al menos entre los turistas de Finø, opina que mi hermano mayor Hans parece un príncipe danés de cuento de hadas. Esa opinión la sustentan, entre otras cosas, el que mida uno noventa y tenga el pelo rubio y rizado, los ojos azules y sea lo bastante fuerte como para agarrar un caballo de la carroza, tumbarlo panza arriba, subirlo a una mesa y hacerle cosquillas en la barriga.

Pero como Tilte y Basker y yo conocemos a Hans, también pensamos que parece un bebé adulto.

Sin duda, los Finø All Stars nunca tuvieron un general más fiero en el medio campo estratégico. Pero fuera del campo, cuando deja de tener que preocuparse por la pelota, tiene la mirada fija en las estrellas, y la gente así acostumbra a tropezar con los muebles.

Ahora se ha ido a Copenhague para estudiar astrofísica, que también tiene que ver con las estrellas, y ha conseguido un empleo estudiantil conduciendo una carroza, y Tilte y Basker y yo hemos venido a visitarle durante la Semana Santa, pues han puesto un sustituto en la iglesia del pueblo de Finø mientras papá y mamá, como cada año, están de viaje en La Gomera, que es un wannabe, un aspirante a ser el Finø de las Islas Canarias.

No sé si conoces Blågårds Plads. Para mí, personalmente, es la primera vez que estoy aquí, y en principio la plaza parece bastante corriente. Hace calor al sol y frío a la sombra, hay montones de nieve dispersos por ahí y una iglesia con un montón de gente delante, y la verdad es que como hijo de pastor siempre te alegras de ver clientes en la tienda. También hay tres hombres sentados en un banco al sol en la flor de su vida, flor que utilizan para beber cervezas de alta graduación. Detrás de nuestra carroza hay una verdulería y frente a ella está el propietario con la mirada clavada en una caja de limones que ha ayudado a invernar, incluyéndolos en sus cinco rezos diarios dirigidos hacia la Meca, y delante de nosotros, una anciana está cruzando la calle con un saco de comida de gato cargado sobre su carrito. Por lo tanto, lo único insólito es por qué un turista que está lo bastante forrado para pagar cinco mil coronas por adelantado a través de internet por una visita guiada de una hora y cuarto por el centro de la ciudad, ha elegido partir desde Blågårds Plads; por cierto, ¿dónde está?, porque hace diez minutos que debería estar aquí y todavía no ha aparecido.

En ese instante suena el teléfono móvil de Hans, que contesta. Y de pronto nuestra vida ha cambiado por completo.

—Soy Bodil —dice la voz al otro lado de la línea—. ¿Están tus hermanos contigo?

Bodil Fisker, llamada Bodil la Hipopótamo, aunque es pequeña y delgada, no necesita presentarse. Es la directora general de la administración municipal de Grenå, que incluye las islas de Finø, Anholt y Læsø, y todo el mundo la conoce. Hans tampoco tiene que poner el altavoz del teléfono para que podamos oírla, no porque hable especialmente alto —su tono es bastante normal—, sino porque su voz es de las penetrantes, de las que llegan hasta los confines de la tierra. Y no es sólo su voz, también es su manera de ser, su esencia; eso de que el espíritu de Dios se mueve sobre la faz de las aguas podía muy bien haber sido escrito pensando en Bodil la Hipopótamo.

Sin embargo, lo que está por doquier es la presencia de Bodil, no ella en sí. Una directora general de la administración municipal no es una persona que te encuentras en vivo y en directo, es alguien que tiene a gente por debajo, que a su vez tiene a gente por debajo, y son ellos los que te llaman. Yo he visto a Bodil la Hipopótamo una sola vez, en una ocasión que preferiría no recordar, pero de la que, a pesar de todo, tendré que hablarte más adelante. El que sea ella quien nos llame demuestra que algo anda muy mal.

—Tengo a Tilte, Peter y Basker conmigo —dice Hans.

—¿Tus padres dejaron alguna dirección?

—Sólo el número del móvil de mamá.

—¿Cuándo volvéis?

—Tenemos que pasear a un turista; luego devolveré la carroza.

—Llámame cuando estéis a punto de llegar a casa. A este número.

Y cuelga.

En ese momento, Tilte vuelve la cabeza y me mira a los ojos. Y yo sé por qué. Quiere recordarme algo. Que ahora mismo tenemos una oportunidad.

He tardado un poco en contártelo. Pero ahora pienso decírtelo tal cual.

Tilte y yo hemos descubierto que la puerta no sólo está abierta en los momentos felices. También en los desgraciados. Justo cuando te cuentan que alguien ha muerto o tiene cáncer o ha desaparecido, o que Kaj Molester Lander, conocido ampliamente en Finø como la octava plaga de Egipto, se ha levantado a las cuatro de la mañana para llegar el primero a las colonias de gaviotas donde solemos recoger huevos en mayo, lo que no está bien, porque las gaviotas, tanto las argénteas como las sombrías, no empiezan a incubar hasta que hay tres huevos, así que no tocamos los nidos con tres huevos. Entonces, en el instante que descubres que Kaj ha vaciado los nidos y el mundo se prepara para derrumbarse a tu alrededor, en ese momento la puerta está abierta.

Y ahora te diré lo que Tilte y yo hemos descubierto: hay que mirar hacia el interior de uno mismo. En el mismo instante que te alcanza el shock, te sobreviene una sensación muy especial y única, en tu interior, pero también por fuera, y esa sensación hay que palparla. Es justo antes de que lleguen las lágrimas, y la desesperación y la depresión general y la desolación y la determinación de que si Kaj es capaz de levantarse a las cuatro, tú puedes levantarte a las tres o a las dos, o dejar de acostarte, para asegurarte de que llegarás el primero; en ese breve instante que desaparece la manera normal de funcionar y todavía no ha sido sustituida por otra, en ese instante se abre una brecha.

Lo recuerdo aquí en Blågårds Plads, y escucho mi interior y siento cómo la conmoción ha propiciado que la puerta empiece a abrirse.

Luego empiezan a ocurrir cosas a tal velocidad que tenemos bastante con mantener el esnórquel fuera del agua, y eso también va por Tilte.

Lo primero es que Tilte dice lo que todos pensamos.

—¡Papá y mamá han desaparecido!

Lo siguiente es que Blågårds Plads empieza a cambiar.

No sé si conoces la sensación de que tu estado de ánimo se contagia a todo lo que te rodea, al aspecto que tienen todos a tu alrededor. Como ya he dicho antes, hace un instante Blågårds Plads estaba bien, sin que eso necesariamente signifique que la UNESCO tenga que declararla Monumento de la Humanidad, convirtiéndola así en un sitio que atraerá a cinco millones de turistas a Copenhague. Y de pronto, al instante siguiente, parece un lugar hasta el que la gente se arrastra para morir. Las personas congregadas delante de la iglesia parecen un cortejo fúnebre. Los tres hombres en el banco se echarán a esperar la muerte en cuanto hayan terminado su cerveza, y no tendrán que esperar mucho. Ahora resulta que el proceso de descomposición de los limones del verdulero está muy avanzado, y la señora del carrito y la comida para gatos nos mira como si estuviésemos montados en una carroza fúnebre y transportáramos un cadáver, y ahora nos preguntará si puede ver al difunto una última vez.

Entonces digo:

—Bodil está asustada.

Todos lo hemos oído y, en cierto modo, eso es lo más terrorífico. Todos percibimos algo en la voz de Bodil que sólo se puede interpretar en el sentido de que ha topado con algo más grande que ella.

Entonces empieza la canción.

Llega del interior de la iglesia, entonada por una mujer. Debe de disponer de un micrófono y altavoces, y al tiempo, Blågårds Plads parece un transductor, un bafle, el sonido se amplifica, suena a música sacra extranjera y es vibrante como un suave góspel.

No se distinguen las palabras, pero no importa, siempre y cuando subsista la voz. Es una voz lo bastante grande como para que nuestra carroza se pudiera meter en ella en un día de invierno, y es tan cálida que no pasarías frío ni un segundo, y tan agradable que te arriesgarías a cualquier multa de aparcamiento con tal de no tener que volver a salir.

Por un breve instante, la voz ilumina toda Blågårds Plads. Devuelve los limones del verdulero a sus árboles, lleva a los tres hombres a considerar apuntarse a Alcohólicos Anónimos y hace que la señora que tenemos delante suelte el carrito, dispuesta a lanzarse a bailar un fandango.

Y hace que Hans se levante, que Tilte se ponga de pie sobre el asiento y que yo me acurruque contra Hans y le dé un codazo en el costado para que me coja en brazos y así pueda ver, es lo que siempre ha hecho desde que yo era muy pequeño.

Ha salido un cortejo de la iglesia. Varios pastores enfundados en sus casullas, mucha gente vestida de negro, y a la cabeza va la cantante.

Al principio, uno se pregunta cómo es posible que una persona tan pequeña tenga una voz tan grande, luego uno llega a la conclusión de que no es una persona, porque parece más bien un largo vestido que flota en el aire, y sobre él un sombrero de seda verde, como un enorme turbante vacío. Entonces el vestido se vuelve y veo el rostro, su cutis café con leche como las piedras de la iglesia, lo que hace que su rostro desaparezca.

Entonces mira hacia nosotros. Mientras mantiene la última nota se quita sus zapatos dorados de tacón, se retira el turbante, lo deja caer y le quita un bolso a alguien que está a su lado. En la mano sostiene un micrófono inalámbrico, lo deja en el suelo y luego se levanta el vestido. Y entonces echa a correr. Hacia nosotros. Descalza. Por encima de los montones de nieve. Deja atrás a los tres hombres en el banco. E incluso antes de que haya recorrido la mitad de la plaza, veo que es de la edad de Tilte, o un poco mayor, y que sin duda hace los cuatrocientos metros lisos por debajo del minuto.

Cuando llega a la carroza, da un salto de langosta hacia el pescante, al lado de Hans, y mientras todavía está suspendida en el aire grita:

—¡Adelante! ¡Ahora mismo! ¡Yo soy quien os ha contratado!

Una repentina agitación recorre el séquito congregado delante de la iglesia, la gente es apartada a un lado, dos hombres de traje se apartan del grupo y echan a correr hacia nosotros. Los cuatro sabemos que persiguen a la cantante. Y todos sabemos que estamos de su lado. Te voy a decir sin ambages por qué. Con esa voz, aunque hubiera sido una pederasta y una maltratadora de animales, aun así habría intentado ayudarla, y sé que Tilte y Basker piensan lo mismo.

Pero necesitamos a Hans y por un breve instante no sabemos si la misión le vendrá demasiado grande.

Desgraciadamente, Hans todavía no se ha dado por enterado de lo de las mujeres.

Y es tanto más embarazoso porque hace tiempo que las mujeres se han dado por enteradas de lo de Hans. Cuando a eso de las ocho de la tarde termina de limpiar los lavabos del puerto y de cobrar las tasas porque es jefe de puerto interino durante junio y julio, suelen esperarle al menos tres de las chicas más guapas del verano para llevarlo a pasear. Pero cuando se trata de sacar a pasear a Hans es más fácil decirlo que hacerlo, porque cuando apenas han dado los primeros pasos él empieza a dar vueltas alrededor de las chicas, como si buscara algo de lo que protegerlas, o un enorme charco en el que echarse boca abajo para que puedan cruzarlo sin mojarse los zapatos.

Lo que pasa es que mi hermano mayor ha nacido ocho siglos tarde, pertenece a la época de la caballería, ve a todas las mujeres como princesas a las que uno sólo se acerca lentamente matando, por ejemplo, a un dragón o postrándose boca abajo en el suelo.

Sin embargo, las chicas de Finø van a clases de taekwondo y se mudan a Århus a los dieciséis, y se van un año a Estados Unidos como estudiantes de intercambio a los diecisiete, y si topan con un dragón están encantadas de salir con él, o de diseccionarlo y escribir un trabajo de biología sobre las partes seccionadas. Así que Hans nunca ha tenido una novia, y ahora cuenta diecinueve años y sus perspectivas de futuro no son demasiado halagüeñas, la verdad. También ahora, convertido en profesor de ciencias naturales de Finø, se ha quedado con la mirada clavada en algo que ha diseccionado y se dispone a disecar, hasta que Tilte le grita:

—¡Vamos, Klods-Hans!*

Finalmente eso acaba animándole, que Tilte le grite, y también la circunstancia de que los dos hombres ya han recorrido media plaza de un solo tirón, lo que de todos modos hace que la situación se parezca un poco al típico cuento de hadas en que hay que socorrer a la princesa.

Si bien es cierto que, entre nosotros, he hablado en un tono poco halagüeño de mi hermano mayor, también tengo que decir que sabe manejar los caballos. Cada año, de abril a septiembre, el pueblo de Finø está cerrado al tráfico de vehículos motorizados, excepto ambulancias y furgonetas de reparto. En su lugar, trasladamos a los turistas en coches de caballos y en pequeños carritos eléctricos de golf, cobramos doscientas cincuenta coronas por el trayecto desde el puerto hasta Store Torv, lo que, hablando en plata, contribuye a que el pueblo parezca una postal y a convertir la isla en una máquina tragaperras en medio del estrecho de Kattegat.

Así que todo el mundo en Finø sabe llevar un coche de caballos, pero nadie como Hans, él lo conduce como si fuera un carro sulky en el hipódromo de Århus. Tal vez tenga que ver con que los caballos son conscientes de que si no le obedecen corren el peligro de que los tumbe y les haga cosquillas en la barriga.

Nunca utiliza la fusta, ahora tampoco, simplemente emite un sonido con la boca y agita las riendas, y nuestros cuatro caballos salen disparados como cuatro conejos asustados y Blågårds Plads está a punto de desaparecer en el horizonte.

En ese momento, los dos hombres cometen un error: se desvían hacia un enorme BMW negro con matrícula diplomática aparcado frente a la biblioteca, y en el instante siguiente se han metido en el coche y abandonan la plaza a todo gas.

En circunstancias normales, nos habrían dado alcance en un abrir y cerrar de ojos. Pero las circunstancias no son normales, porque Blågårdsgade es una calle peatonal, cerrada al tráfico motorizado e incluso para los coches de caballos. Sin embargo, en todo danés anida una nostalgia por los tiempos en que Dinamarca fue un país agricultor y el rey se paseaba por Copenhague a lomos de un caballo, y todo el mundo tenía animales domésticos y dormía con los cerdos en la cocina para entrar en calor y también, ¿por qué no decirlo?, por su grata compañía. Así que cuando llegamos a trote apresurado, la gente se aparta a un lado y sonríe amablemente a pesar de que Hans conduce los caballos como si estuviéramos en un rodeo.

En cambio, cuando aparece el BMW, la gente de Finø lo recibe de otra manera, actitud que conozco muy bien: cuando en verano todas las calles son peatonales, al ver un coche que no debería estar allí asoma la maldad en la gente. De nada sirve que el BMW; de hecho, no hace más que empeorar las cosas: lo que ocurre finalmente es que la muchedumbre empieza a agolparse en torno al coche.

Ahora Hans echa la vista atrás y entonces aparece un rasgo de ingenio que demuestra que mi hermano mayor es capaz, excepcionalmente, de mostrarse astuto también fuera de la cancha, porque dobla a la izquierda para tomar una calle lateral.

La calle lateral es de un solo sentido y avanzamos en contradirección, la calzada rebosa de coches y por un instante parece que vaya a desatarse una catástrofe. Sin embargo, al vernos en el carruaje pasa algo con el código de la circulación, como si hubiera quedado temporalmente derogado. Tal vez se deba a que hay algo festivo en todo carruaje, tal vez la gente piense que hemos salido a darles una vuelta a unos recién graduados del bachillerato, a pesar de que estamos en abril; al fin y al cabo el año escolar cada vez es más corto. Sea como fuere, los coches y bicicletas se echan a un lado, algunos se suben a las aceras, nadie hace sonar el claxon y la calle queda libre y el camino despejado.

No obstante, ahora el BMW dobla la esquina: los dos hombres han conseguido dejar atrás los obstáculos de Blågårdsgade y ya empiezan a oler la sangre.

Sin embargo, no les dura mucho. Un carruaje de estudiantes en sentido contrario es una excepción romántica. Pero un BMW es una grave infracción de las normas de circulación. Así que ahora se forma una congestión alrededor del coche, que es engullido por otros coches, bicicletas y peatones que lanzan improperios y hacen sonar sus bocinas a tope.

En este momento, todo lo que sabemos acerca de esos dos hombres es que no pueden ser los primos o tíos de la velocista cantarina, puesto que tienen la piel tan blanca como los espárragos de Finø. Y también sabemos que se defienden bastante bien en los doscientos metros lisos.

Ahora este respeto aumenta. Porque han saltado del coche, lo han abandonado en medio de la calle y se han abierto camino a través de la impopularidad más absoluta, y ya vienen por nosotros.

Si alguna vez a ti, al igual que a mí, unos dudosos colegas te han embaucado para que robes peras o platijas curadas en los jardines de Finø, sabrás que cuando los adultos se hacen lo bastante mayores para comprar una casa y cultivar peras y curar pescado en el jardín, por regla general suelen haber perdido la capacidad y el interés por moverse más rápido de lo que eso exige y que, en el mejor de los casos, sólo logran soltar un enérgico resoplido. Y aún más cuando también llevan traje; personalmente nunca he visto un traje desplazarse más rápido que el paso ligero.

Pero esto no se puede aplicar a nuestros perseguidores. Son lo que yo llamaría personas mayores, incluso es posible cercanas a los cuarenta, y sin embargo tienen una cota de velocidad infernal. Así, se perfila una situación nada positiva en la que, dentro de un momento, llegaremos a una vía más ancha de tráfico denso y nos veremos obligados a aminorar la marcha, y entonces los dos hombres nos darán alcance, y ya no tengo ganas de ver más allá.

Tilte y yo hemos elaborado una teoría según la cual la primera impresión que tienes de alguien es importante, antes de que te enteres de lo que gana o si tiene hijos o un certificado de antecedentes penales limpio, antes de todo eso está la primera impresión, una impresión incontaminada.

Si tengo que regirme por esta impresión, me alegra que ninguno de estos hombres, que en efecto se están acercando peligrosamente, sea el padre de Conny, que no es lo que yo llamaría el sueño de un yerno. A pesar de que llevan el pelo corto y están bien afeitados y tienen un BMW con matrícula diplomática y son excelentes en la distancia corta, no parecen personas interesadas en mantener una conversación sensata o jugar una partida de parchís. Parecen personas que sólo aspiran a que se haga su voluntad y a quienes no les importa lo más mínimo si para ello quedan por el suelo tres o cuatro cadáveres de jóvenes y un perro muerto.

En esta sombría situación, de pronto Tilte dice:

—¡Aquí nos paramos!

Hans emite un sonido y los caballos se detienen como si hubieran chocado contra un muro de hormigón.

Nos hemos detenido enfrente de un pequeño parque con mesas y sillas al sol, donde se sienta un gran número de personas. Hay madres con sus hijos, jóvenes de nuestra edad que juegan al baloncesto, pensionistas, otros jóvenes de nuestra edad con el pelo rapado e imperdibles en el labio inferior y que están sentados evaluando su futuro, considerando si a lo mejor deberían rellenar una solicitud para la academia de policía. También hay unos cuantos hombres y mujeres bronceados y tatuados que han llegado a un punto decisivo en el que deben decidir si ha llegado el momento de liarse un porro o si es preferible esperar un cuarto de hora más.

Tilte se ha subido al pescante. Aguarda un momento a que la atención de todo el parque se centre en ella. Entonces señala a los dos hombres.

—¡¡Seremos víctimas de un asqueroso crimen de honor!! —ruge.

Tilte es apenas más alta que yo, y es delgada. Pero tiene un pelo rizado muy voluminoso. Y es pelirroja de la misma manera que los buzones ingleses son rojos, y además se ha hecho extensiones. Si a su cabellera se le añade lo que algunos llamarían su porte de general, encontraremos en parte la explicación a lo que ahora está a punto de ocurrir.

Ocurre que la realidad vuelve a transformarse. De pronto se hace tremendamente evidente que vamos montados en una carroza nupcial, que Hans y la café con leche se han casado y que Tilte es la dama de honor, y yo un chico de honor, y Basker es el perro de honor. También resulta evidente que los dos hombres que se acercan apresuradamente son nuestros futuros asesinos, que pretenden impedir que esta historia de amor puro se consume.

Esto hace que el pasado de Nørrebro como barrio obrero aflore. Es algo que sólo hemos tocado muy por encima en el colegio, un día en que mi curva de prestaciones intelectuales no estaba precisamente en su cénit, así que no es algo que tenga demasiado presente y resulta difícil determinar cuántas de las personas que toman el sol en este parque podrían ser calificadas de obreros industriales, puestos a ser escrupulosos. Pero lo que sí hemos aprendido en el colegio es que si hay una convicción profundamente arraigada en la clase obrera danesa, ésa es que si el amor es verdadero, los chicos tienen derecho a vivirlo, y es esta convicción la que ahora emerge. También está que el BMW y los trajes arrojan cierto tufo capitalista sobre nuestros perseguidores, algo que en el barrio de Nørrebro fácilmente puede constituir una amenaza para la integridad y el bienestar de una persona, y asimismo cuenta el carisma de Tilte: todo el mundo en el parque comprende que es una reina quien da la alerta y, en el fondo, la población danesa ama a la casa real.

Por tanto, lo que ocurre es que se forma una barricada en medio de la calle: madres con sus cochecitos de niño, hip-hoperos, hombres y mujeres. Imposible franquearla. Sus espaldas, vueltas hacia nosotros, irradian calidez y protección, y sus expresiones, vueltas hacia los dos hombres, advierten que si siguen avanzando tendrán ocasión de protagonizar un hecho histórico, a saber, la fulminante restauración de la pena de muerte en Nørrebro.

Tilte se sienta, Hans da unos golpecitos con las riendas y los cuatro caballos color azabache reemprenden la marcha con un salto de canguro. A lo lejos veo que nuestros perseguidores siguen a una velocidad asombrosa, pero esta vez huyendo, de nosotros y del pelotón de ejecución, de vuelta a los restos del BMW.

Cruzamos una vía ancha y seguimos por calles luminosas, y tan fuerte es el efecto provocado por lo sucedido, y por lo que Tilte ha dicho, que por un momento olvidamos lo de papá y mamá. Estamos jubilosos por Hans y la bella cantora, y los coches hacen sonar sus bocinas para felicitarlos y nosotros alzamos los brazos en señal de agradecimiento.

Hemos cruzado una plaza grande y ahora avanzamos por una calle arbolada, y entonces la cantora dice:

—Yo me quedo aquí.

De su bolso ha sacado unas zapatillas deportivas que ya se ha calzado y un jersey que se ha puesto por encima del vestido verde, y se ha envuelto el pelo en un pañuelo, consiguiendo así atemperar un poco su resplandor de estrella, aunque sólo un poco, pues su aura es demasiado intensa. E insisto, entre tú y yo: si no fuera porque le he jurado fidelidad eterna a Conny y soy de la opinión de que si hay una diferencia de edad superior a los dos años entre dos novios ya debe considerarse pederastia, sin duda yo también correría un peligro inminente de caer rendido a sus pies. Y sé que a Tilte y a Basker les pasa lo mismo.

Así que ahora miramos a Hans.

No tiene mucho sentido decir que Hans está prendado de una mujer, porque lo está a todas horas, no sólo prendado, sino herido de amor por la mera existencia de las mujeres. Sin embargo, diré que aunque lo he visto comportarse de muchas maneras estúpidas delante de una chica, ésta se lleva la palma. Está completamente subyugado por la primera e incontaminada impresión —sobre la que Tilte y yo hemos desarrollado una teoría—, que lo ha convertido en un osito de peluche que se queda mirando desvalido a la café con leche con sus grandes ojos azul mar.

Así pues, será Tilte quien tome cartas en el asunto.

—¿Cómo te llamas? —le pregunta a la chica.

—Ashanti. —Y añade—: Habéis estado maravillosos.

—Lo sabemos —dice Tilte—. Y ahora hay dos opciones. Una es que te guardes lo maravilloso en tu corazón como si fuera una perla que podrás conservar hasta tu lecho de muerte.

No sé por qué Tilte siempre saca a relucir la muerte, pero ella es así.

—¿Y la segunda? —pregunta la chica.

—Que te apuntes el número del móvil de Hans. Porque con dos acosadores como ésos pronto vas a necesitar ayuda.

La chica llamada Ashanti mira a Tilte.

—Son guardaespaldas —dice, y saca su teléfono móvil.

—Pues parecían carceleros —replica Tilte.

—Ése es el problema —asiente Ashanti—. Cuando empieza a costarte ver la diferencia. —Tras su perfecto danés se esconde un acento extraño, como si hubieras topado con una palmera en medio del bosque de Finø.

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos