El explorador del futuro

Albert Bosch

Fragmento

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Introducción

Mirar al pasado, para entender y vivir intensamente el presente, y con ello liderar el futuro.

Me he pasado la vida intentando perseguir mis sueños. En algunos casos lo he conseguido, y en muchos otros me he pegado un castañazo de campeonato. Pero siempre me he sentido feliz, y cada vez más motivado para tratar de ser el responsable del rumbo de mi vida, con todos sus éxitos y sus fracasos, con todos sus subidones y sus decepciones, con todas sus convicciones y sus dudas, con todos los apoyos y las oposiciones.

En el camino he conocido y admirado a mucha gente que era protagonista de su vida en el momento presente, pero al mismo tiempo consciente de que los pasos que se den hoy deben permitir continuar protagonizando y construyendo los momentos futuros. Las vidas de los grandes aventureros y exploradores de la historia siempre me han apasionado, por tratarse de personas que desafiaban los espacios y las respuestas conocidos, emprendiendo viajes hacia lugares ignotos llenos de nuevos aprendizajes, peligros y oportunidades. Y he observado que muchísima gente vivía la vida desde las gradas, mirando cómo otros protagonizaban el partido, y dejándose llevar por la corriente dominante, hablando y pensando mucho, pero sin formar parte real en la acción de descubrir y diseñar los nuevos caminos que había que recorrer a nivel personal o como sociedad.

Mi anterior libro se titulaba Vivir para sentirse vivo, y he sentido la necesidad de complementarlo con una obra que siguiese la misma filosofía vitalista, pero ya no tan enfocada al solo hecho de vivir intensamente nuestra propia existencia, sino a la responsabilidad de liderarla de modo que nuestro impacto en el futuro sea realmente positivo para cada uno de nosotros y para los demás, de modo que podamos crear un porvenir que permita a todos los humanos del presente y de las generaciones venideras continuar viviendo y sintiéndose vivos con una buena calidad de vida y en armonía entre ellos y con el entorno natural.

Sintiéndolo mucho, al final me ha salido un libro algo radical. Pero es que la vida es radical, y los momentos que vivimos, y sobre todo los que vamos a vivir, dibujan un futuro absolutamente radical.

No he escrito este libro para decir palabras bonitas y motivadoras, o propugnar un carpe diem irresponsable para con el futuro individual o global. El presente, por el contrario, es un libro que intenta ser muy realista en el estudio de las tendencias, y a partir de ahí transmitir una serie de actitudes que se requerirán para prosperar en un mundo distinto, hipercambiante y bastante más complejo de lo que habíamos pensado. Es, asimismo, un libro optimista; pero optimista a partir del realismo de la razón, con toda la dureza que comporta, y también a partir de la confianza en la voluntad y los valores, para avanzar con éxito individual y social hacia el futuro.

Aviso: aquel que solo quiere entretenerse y pegarse un chute de motivación facilona, que no continúe y dedique las horas de lujo que se requieren para leer un libro a otra clase de obra que hable de los típicos temas dulzones que giran en torno a la realización personal, los sueños, la superación de los límites y las fórmulas mágicas para conseguir ser una persona feliz en cuatro pasos. Pero si alguien se interna en las páginas que siguen, le pediría que adoptase una actitud indagadora, crítica y abierta a la realidad tremendamente apasionante y compleja hacia la que nos dirigimos.

No pretendo que quien me lea esté de acuerdo con mis planteamientos; pero sí que aspiro a que este texto sirva para reflexionar sobre algunas cuestiones en las que generalmente preferimos no pensar: ¿Cómo va a ser el futuro? ¿Cómo queremos que sea el futuro? ¿Cómo necesitamos que sea el futuro? ¿Qué papel vamos a desempeñar en ese futuro?

Hay que inventar el futuro. La inercia es el gran enemigo, ya que pretende aplicar a los nuevos retos fórmulas antiguas. Nunca en nuestra historia han cambiado tantas cosas tan rápidamente, y nunca antes cada persona ha tenido tanta capacidad de influir en la evolución y el desarrollo colectivo.

Está claro que hasta ahora como especie hemos prevalecido sobre las demás. Nos hemos situado en la cúspide de la pirámide, y ahora tenemos una inmensa capacidad y la enorme responsabilidad de decidir si vamos a ser realmente justos y prósperos para nuestra especie y para el resto del planeta, o vamos a convertirnos en su peor enemigo y el nuestro. Ahora tenemos la oportunidad de demostrar que éramos merecedores del adjetivo sapiens que nos autoadjudicamos para clasificarnos como humanos más evolucionados.

Mis reflexiones en este libro se han inspirado en la figura de los exploradores, como metáfora para identificar la actitud que debería impregnar nuestro comportamiento y nuestra manera de entender el futuro, como aquel espacio del mapa que todavía está en blanco por ser absolutamente virgen y desconocido, y que nosotros deberemos descubrir y cartografiar para incorporarlo a nuestra próxima realidad.

Debo admitir que a veces he dudado de mi autoridad moral para atreverme a hablar de estos temas. Hay muchos filósofos, científicos o catedráticos que saben mucho más que yo, y que tienen títulos, cargos o trayectorias que los capacitan para desarrollar estas cuestiones. Pero aparte de lector apasionado de estos temas, escritor y disertador en temas de liderazgo, soy un aventurero aspirante a explorador, y un convencido de que aprendemos de lo que hacemos, no de lo que no hacemos o nos limitamos a reflexionar a partir de la teoría. Y desde esta experiencia extrema, estudiada y reflexionada, me atrevo a hablar de algo tan importante para nuestra vida como lo es el porvenir. Además, quiero asumir la responsabilidad de erigirme en un ejemplo de que todos los ciudadanos tenemos el derecho a participar en el diseño ideológico y las acciones reales que nos lleven a construir nuestro mañana, y de que no es una cuestión que se pueda encomendar exclusivamente a las élites del poder económico, político o intelectual. Cuando se trata de pensar y decidir sobre el futuro de tu vida, la persona más importante en el mundo eres tú. No delegues en nadie este cometido.

Te agradezco enormemente tu confianza al decidir leer este libro, y solo espero que mis palabras y reflexiones activen o consoliden tu compromiso a la hora de liderar tu vida en lo que atañe a tu felicidad personal y al impacto que representas para el resto de la humanidad. Porque la suma de muchos «pequeños imprescindibles» nos llevará a crear algo realmente importante para todos: el futuro.

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Soltando amarras

CON RUMBO A NUEVOS MUNDOS

«¡Tierra, tierra!», fue el grito que despertó de golpe a la tripulación de la carabela Santa María en la noche del 12 de octubre de 1492, cuando el vigía avistó la costa, setenta días después de haber zarpado del puerto de Palos de la Frontera, en el sur de la península Ibérica.

Habían partido con la ilusión basada en un poco de conocimiento y mucha intuición, convencidos de que la tierra era redonda, y de que navegando en dirección oeste podrían encontrar una nueva ruta más rápida y segura para llegar a su objetivo, la India. Pensaban que lo habían alcanzado, pero resultó ser un nuevo continente totalmente desconocido en Occidente. La historia del mundo cambió a partir de esa noche. Empezó una nueva etapa que fue posible gracias a que un explorador llamado Colón no cejó hasta poder llevar a cabo su sueño, convenciendo a un patrocinador de que financiara la expedición. Primero lo intentó con el rey de Portugal, quien lo desestimó, y finalmente fueron los Reyes Católicos de España los que apostaron por el proyecto.

Unos mandatarios solo vieron riesgo, complejidad y pocas posibilidades de éxito en el proyecto de Colón. Otros se dejaron llevar por la pasión y el coraje de aquel navegante, y recogieron todos los frutos de aquella magnífica empresa.

Como ocurre con todos los grandes viajes, uno está seguro de lo que deja atrás, pero desconoce totalmente lo que está por llegar. Pero debemos saber que no se descubren nuevas tierras sin que se pierda de vista la costa de partida por algún tiempo.

Cualquier noche de estas, el vigía que llevamos dentro de nuestra nave llamada cabeza nos despertará gritando que ha visto algo que no sabemos todavía cómo se llama, pero que representará la nueva tierra donde vamos a vivir el resto de nuestras vidas. En ese momento, nos daremos cuenta de que estábamos en tránsito por un inmenso océano de cambio, que nos llevará del mundo del pasado al mundo del futuro. En ese momento seremos conscientes de que la nueva realidad es tan diferente, que ya nada se parecerá nunca al lugar del que venimos. En ese momento tendremos la certeza de que, a diferencia de los marinos de antaño, nuestro viaje solo era de ida y que, ni ajustando las velas o aprovechando corrientes inversas, podremos regresar al punto de partida. En ese momento sabremos que tampoco tendría sentido volver al lugar donde estábamos ayer, porque entonces éramos unas personas totalmente distintas. En ese momento sabremos si estamos en ese viaje solo para ir existiendo, dejándonos llevar por la nave a merced de la corriente o de lo que el capitán decida, o si estamos allí porque queremos vivir con todo su esplendor las amenazas y las oportunidades que se encuentran en el camino y en cada uno de los puertos de llegada. En ese momento deberemos decidir si queremos ser protagonistas, espectadores o víctimas del nuevo paradigma. En ese momento sabremos si verdaderamente somos exploradores de nuestro futuro.

LA GRAN OLA DE CAMBIO

El siglo XXI equivaldrá a miles de años de evolución en términos del siglo pasado.

Si analizamos lo que ha pasado en los últimos cien años, veremos que ha supuesto el período de mayores cambios en la historia de la humanidad. Pero los cien años que tenemos por delante dejarán como obsoleto, lento, anticuado y aburridamente estable el siglo pasado.

Sin duda alguna, estamos a punto de protagonizar el momento más importante de la historia del hombre desde que empezó a andar erguido. Este siglo será el más radical de todos los tiempos, por envergadura, por velocidad y por capacidad de impacto en nuestra manera de vivir y de relacionarnos con el mundo.

Y no estamos hablando de lo que pasará a largo plazo. Estamos hablando de lo que será nuestra vida, la que viviremos todos los que estamos leyendo este libro. La mayoría de las personas de menos de veinte años tiene muchísimas probabilidades de vivir en el siglo XXII. Pero duremos lo que duremos, lo seguro es que seremos testigos y protagonistas de unas décadas de inmensa evolución.

El futuro va a ser espectacularmente intenso, impactante, complejo, apasionante e imprevisible. Quien sepa afrontar esta etapa con una actitud adecuada, vivirá con plenitud una de las épocas más especiales de la humanidad; pero la mentalidad de mucha gente no estará preparada para lo que está por venir, y se encontrará con grandes dificultades para poder surfear la enorme ola que se está creando.

Se está gestando una tormenta perfecta que conllevará un cambio sin precedentes en la historia del hombre, y que provocará que nuestras vidas experimenten unas variaciones inimaginables ahora mismo. El mundo al final de este siglo no se parecerá en nada a lo que conocemos hoy en día como humanidad.

Los principales factores de esta gran ola de cambio serán un espectacular desarrollo de la robótica y la inteligencia artificial; la hiperconectividad entre miles de millones de personas y entre cientos de miles de millones de aparatos; una revolución en la salud, la longevidad y las capacidades humanas; un mundo con más de nueve mil millones de habitantes; y unos retos mayúsculos que están provocando un gran estrés en el planeta.

Estos serán, a grandes rasgos, los elementos que compondrán esta gran ola, pero luego habrá un ingrediente final que hará que se convierta en un auténtico tsunami: la altísima velocidad.

El problema es que los humanos pensamos en el futuro como algo lineal, y nos cuesta ver y asumir el escenario de lo que viene, marcado por una capacidad de avance exponencial. Se darán millones de posibles variables, totalmente interconectadas entre sí y con los miles de millones de habitantes de la Tierra simultáneamente, creando una capacidad de impacto global nunca antes imaginada. No será una etapa más de la evolución de la humanidad, se tratará de un auténtico cambio de paradigma de 180 grados.

DIBUJANDO EL MAPA DEL FUTURO

Sócrates dijo que el secreto del cambio está en enfocar toda tu energía no en defender lo viejo, sino en construir lo nuevo.

Avanzar hacia el futuro es el arte de explorar y planificar nuestra actitud y acción personal y organizacional hacia el día de mañana. Es la habilidad de anticipar y construir la realidad que cada uno de nosotros desea y que toda la sociedad anhela. Es la capacidad de transformar posiciones pasivas, reactivas y de experiencias pasadas hacia posiciones proactivas, emprendiendo y liderando caminos de cambio, pasando por posiciones predictivas para anticipar o analizar estas posibles evoluciones.

Los exploradores de antaño se dedicaban a descubrir espacios vírgenes nunca antes pisados por el hombre «civilizado». Los ciudadanos exploradores de hoy en día tienen delante de sí la posibilidad de descubrir el espacio más virgen, no explorado y desconocido que existe en nuestro mundo: el futuro. Allí tenemos un mapa que está por trazar y construir. Y nuestra función debe ser avanzar hacia él con una mentalidad nueva, consciente, proactiva y responsable; liderando bien el viaje con una buena gestión de los riesgos, abiertos a constantes cambios y adaptaciones durante el trayecto, y siempre atentos a las amenazas y las oportunidades que se nos irán presentando.

Querer adivinar el futuro es demasiado atrevido, y carece de todo fundamento o fiabilidad. Pero reflexionar sobre posibles escenarios no solo es factible, sino además necesario; pues solo si somos capaces de imaginar lo que está por venir podremos construirlo, prepararnos y gestionarlo. Además, una cosa es adivinar el futuro, y otra analizar tendencias actuales que marcan caminos bastante claros. Nadie sabe con seguridad lo que va a ocurrir; y el que se ha atrevido a escribir este libro tampoco. Pero desde mi experiencia organizando y liderando proyectos muy complejos en el ámbito de la aventura y el emprendimiento, como admirador de los grandes exploradores y como apasionado observador atento de las tendencias que marcan nuestra evolución como sociedad, creo que puedo apuntar unas líneas generales de la dirección que están tomando algunos temas claves de la vida de los humanos y la realidad del planeta, para determinar no tanto cómo será o dejará de ser una determinada situación futura, sino cómo debe ser nuestra actitud ante la gran responsabilidad de vivir, descubrir y construir el intenso futuro que se avecina.

Es posible que este enfoque os parezca muy ambicioso, pero quizás aquí podría empezar todo, en este nuevo paradigma; pues el nuevo ciudadano deberá tener ambición, determinación y una actitud realmente proactiva para poder avanzar en la aventura del futuro.

El futuro no se predice, se crea. Y solo se puede crear con hechos, con decisión y con el propio liderazgo activado a partir de buenas reflexiones y los mejores aprendizajes posibles. Y en el punto de cambio exponencial en que nos encontramos, no podemos permitir que el porvenir lo creen y lideren los demás, sean estos los Estados, las grandes empresas o los personajes más poderosos del mundo. Nunca ha sido tan necesario como ahora asumir que cada uno debe ser responsable de la creación de cada uno de nuestros futuros individuales, y con ello, de la creación del futuro común de nuestra generación y las venideras.

Siempre ha sido importante tener conciencia de hacia dónde nos dirigimos, pero ahora es absolutamente indispensable tomar las riendas de nuestra vida en relación al camino que tenemos que ir recorriendo en cada etapa, y no podemos delegar esta función en nadie. Primero, porque es nuestro momento, el momento que nos ha tocado vivir, y el futuro que tenemos por delante es la principal misión que debemos gestionar en nuestra existencia. Y segundo, porque ante la evidencia de la enorme magnitud y velocidad del cambio que se avecina a corto plazo, dejarse llevar sería una temeridad personal y colectiva que no podemos permitirnos.

Ni yo ni nadie puede predecir cómo acabará explotando toda esta energía que se está acumulando en esta tormenta perfecta, pero sí se puede decir que nada resultará inmune a esta ola de cambio, nada quedará igual, nada escapará al corto plazo en que van a ocurrir las cosas, y, por consiguiente, nadie escapará de los efectos del mismo, nadie podrá evitar hacerse más responsable de su vida y de su impacto en el mundo, nadie podrá escaparse de tener que adoptar una actitud más exploradora, y nadie podrá permitirse ser feliz en la estabilidad y la tranquilidad que ha reinado en algunas zonas del mundo durante unas décadas.

De acuerdo con Yuval Noah Harari, «es una constante en la historia que los que viven en un momento determinado, a pesar de ser los que mejor informados están sobre la realidad de sus vidas y su mundo, ven el camino hacia el futuro muy borroso y caótico. Pero luego, una vez se ha transitado parte de ese camino y los historiadores miran hacia el pasado para explicar cómo se ha evolucionado, todo parece muy evidente; sin embargo, no era nada obvio en la época en que estaba ocurriendo. A posteriori se desarrollan teorías muy clarividentes sobre lo que pasó, a pesar de estar peor informados que quienes vivían en esa época. Esto ocurre porque solo hay un camino que va del pasado al presente, pero hacia el futuro hay una infinidad de caminos que se van bifurcando indefinidamente».1

Es relativamente fácil explicar la evolución histórica desde una perspectiva lineal y bastante superficial. Narrar el camino recorrido es muy fácil, pues es el único que hay. Pero para entender el porqué, habría que analizar todos los cruces que no se tomaron a lo largo de la evolución, pues las renuncias pueden aportar tanta o más información que los propios hechos acontecidos.

Al intentar hacer previsiones sobre los caminos que tomará la humanidad en el futuro, hay vías que parecen más evidentes, que se muestran mejor marcadas, y que valoramos como más probables al estimar los posibles escenarios del futuro. Sin embargo, la historia nos ha demostrado que la humanidad toma a veces rumbos inesperados. Hay tantas posibles variables, que a su vez van generando nuevas alternativas de forma exponencial, que ni siquiera es posible trazar aproximadamente la línea del camino real final que iremos recorriendo en el futuro de nuestras vidas y de las generaciones venideras.

Además, si bien hay sistemas que no reaccionan a las predicciones que podamos hacer sobre ellos, como sería el tiempo que hará mañana o la trayectoria de un cometa, hay otros que sí lo hacen. Y casi todo lo que afecta a nuestro futuro entra en esta segunda categoría. Solo con anticipar un posible escenario, ya lo estamos modificando, porque nuestra propia previsión hará que se adopten acciones conscientes o inconscientes que afecten al propio hecho que se está pronosticando.

Pero si enlazamos esta reflexión con el hecho de que nuestra capacidad de impacto en todo lo que afecta a nuestra vida está creciendo a pasos agigantados, vemos que reflexionar sobre cómo avanza el mundo y cómo podemos estar influyendo en su evolución adquiere una extrema importancia. Si somos conscientes de que, tanto a nivel individual como a nivel de la sociedad en general, tenemos el gran poder de influir en lo que va a pasar, sea para bien o para mal, no podremos desestimar esta capacidad y deberemos incluirla entre nuestras prioridades absolutas.

El futuro está a nuestro alcance mucho más que nunca antes. Es un hecho que muchos de los instrumentos que hemos utilizado hasta ahora ya no sirven para el propósito con que fueron concebidos. Al mismo tiempo, la tecnología y un conocimiento del ser humano cada vez más profundo nos están brindando las ideas y herramientas perfectas para reestructurar nuestro mundo o para, al menos, contemplarlo de otra manera: debemos cambiar nuestra forma de hacer las cosas y asumir el papel de cartógrafos de nuestros mapas del futuro. La buena noticia es que cualquiera puede empezar a hacer de su vida y del planeta un lugar mejor sin necesitar el permiso de nadie.

OPTIMISMO REALISTA

Lo advierto: este libro no será agradable para mucha gente. Lo reconozco: este libro no está escrito para resultar agradable a todo el mundo. Lo afirmo: los grandes cambios que vienen no serán agradables para quien no tenga cierta mentalidad proactiva y exploradora respecto a la vida del futuro.

Algunos se sentirán incómodos con lo aquí expuesto porque lo verán demasiado turbulento; otros, porque se asustarán ante la reflexión de unos escenarios tan radicalmente inestables; otros, porque les aflorará su genética de protección de una realidad conocida que les resulta confortable; otros, porque considerarán inverosímiles algunas premisas de la idea central o su tiempo de realización, y otros, porque sencillamente prefieren vivir en la burbuja del día a día dedicándose a su bienestar directo y cortoplacista, rehuyendo la responsabilidad de liderar su vida futura, esperando que la sociedad y las circunstancias les vayan encarrilando hacia un mañana que supuestamente siempre será mejor.

Algunas partes del libro quizá sean acusadas de pesimistas y agoreras por presentar un futuro demasiado complejo; y otras, de ingenuas, utópicas o fantasiosas por presentarlo demasiado positivo. Pero no he querido escribir un libro para que la gente se quede a gusto tras haber leído frases o historias bonitas e inspiradoras, sino que he pretendido aportar un contenido que, siendo más o menos atractivo, sirva para provocar una serie de reflexiones en el lector respecto al diseño de su propia vía hacia el futuro y la actitud que le acompañará en todo el viaje.

Los que me conocen bien suelen decir que soy una persona muy positiva y optimista. Se lo agradezco profundamente y me permito la inmodestia de estar de acuerdo con ellos. Si no hubiese sido optimista, no me habría atrevido a escalar el Everest, a cruzar la Antártida sin asistencia o a participar en el Rally Dakar nueve veces, siendo pionero mundial en algunas modalidades.

Los grandes exploradores de la historia también eran optimistas, pues de lo contrario habrían optado siempre por quedarse en la comodidad y seguridad de la civilización, esperando que otros descubriesen nuevos caminos por ellos.

Si cuando uno se dispone a escalar el Everest solo se basa en que todo irá bien, en que las condiciones de la nieve estarán perfectas, en que tendrá buen tiempo y en que el cuerpo se adaptará perfectamente, no está siendo optimista, sino comportándose como un iluso que no se entera de nada. Para afrontar la escalada a la montaña más alta del mundo hay que informarse bien y analizar los posibles escenarios, ser consciente de todos los peligros que pueden acechar por el camino —grietas, avalanchas, tormentas, edemas, congelaciones, errores técnicos, etcétera—, así como de todo lo que se puede obtener llegando a la cima: realización personal, paisajes increíbles, notoriedad, conexión con la naturaleza, otra visión del mundo, etcétera. Y a partir de ahí uno tiene que hacer su balance y decidir qué quiere hacer y cómo quiere hacerlo. Ante un panorama tan complejo, unos se dejarán dominar por el pesimismo y optarán por no escalar y quedarse en casa tranquilos, viendo a su equipo de fútbol favorito por la tele. Otros se animarán a llevar a cabo la expedición, conociendo todas las amenazas, apasionándose por su sueño y confiando en sus capacidades para gestionar con acierto los peligros que puedan surgir durante el trayecto; estos serán unos optimistas realistas que persiguen sus objetivos sin ser ilusos y sin dejarse vencer por el negativismo.

Una cosa es filosofar un poco sobre el bienestar personal, hacer alguna sesión de coaching para encontrarse uno mismo, apuntarse a una carrerita para saber si somos capaces de superar nuestro límite y de paso alimentar nuestro ego, o adoptar técnicas para conectarnos con nuestro yo, nuestro superyó o el cosmos entero. Todo eso está muy bien, y seguramente es muy necesario. Todo lo que nos sirva para desarrollar nuestra confianza, para dar importancia a nuestra vida y a desarrollarnos como personas individuales y como seres conectados con los demás y con el planeta, solo puede ser positivo. Pero al final, únicamente será útil si nos sirve realmente para actuar correctamente en lo que vamos a hacer mañana. Al final, solo valdrá si nos prepara para asumir el liderazgo del mayor reto que tenemos como seres humanos: avanzar hacia el futuro.

Cualquier gran desafío que emprendamos comportará experiencias incómodas y nada deseables. Si creemos que vale la pena iniciar ese camino, o si vemos que no hay más remedio que avanzar en una dirección nueva, habrá que valorar mucho la situación en que estamos y los posibles escenarios que se nos presentan, para anticiparnos al máximo y prepararnos lo mejor posible para el nuevo paradigma.

Demasiado a menudo hemos confundido el ser optimista con el creer que todo será magnífico y positivo en el futuro. Esto vende mucho, y es una actitud muy facilona para llegar a audiencias necesitadas de noticias acarameladas que compensen otra corriente muy extendida, la de resaltar las desastrosas noticias cotidianas del mundo. Pero no hace falta ser ingenuos para ser felices. No es cierto que la ignorancia te haga feliz. La ignorancia solo te hace ignorante.

En el mundo actual, debemos estar a la altura de la responsabilidad que requiere estar a cargo de escoger el rumbo de nuestra vida y, con ello, el rumbo del planeta entero. No se trata de dejarnos llevar por las visiones apocalípticas del futuro, que las hay y provienen de fuentes muy serias e influyentes; ni de dejarnos arrastrar por las estimaciones eufóricas sobre el porvenir, que también provienen de personas e instituciones con gran solidez y extendida reputación. Estamos obligados a ser exploradores optimistas y realistas, dejándonos llevar por la ilusión y nuestra visión sobre lo que anhelamos o creemos que está por venir, pero teniendo pleno conocimiento de las circunstancias en que nos movemos hasta donde sea posible, para luego adoptar una actitud realmente optimista que nos permita avanzar en positivo y con plena confianza por el camino que debemos recorrer.

Si somos muy pesimistas viviremos con miedo, las circunstancias nos arrasarán y solo podremos ocupar el papel de víctimas en una sociedad hipercambiante y confusa.

Si somos excesivamente optimistas será difícil que pensemos de forma mínimamente realista.

Podemos vivir angustiados y con miedo, o con ilusión y coraje, como hacían los exploradores que se lanzaban a descubrir territorios desconocidos. Al leer este libro, os invito a que adoptéis una actitud de optimismo realista, pues una perspectiva realista es lo que al final nos acerca lo suficiente al problema con el fin de hacerle frente. Enfocando y reflexionando sobre las consecuencias podemos ser más eficientes y fiables. Identificar y acercar al máximo la visión del futuro a lo que podría ser una próxima realidad nos permitirá valorar el peor de los casos, pensar en las ventajas y desventajas de cada escenario, hacer lo más conveniente o correcto en cada circunstancia, y alinear nuestras ideas y valores a los recursos y situaciones que van a formar parte de nuestro nuevo mundo.

Al final, no se trata solo de pensar si todo irá bien o irá mal. Se trata de entender el momento de cambio extremo en que nos encontramos, y de ver qué posicionamiento y qué actitud desplegamos en este tránsito.

LA BRÚJULA

En el desarrollo acelerado y la construcción de un porvenir dominado básicamente por la tecnología, que ejercerá un efecto multiplicador en todo lo que ocurrirá, habrá que saber parar y observar. No solo podemos hacer ecuaciones, experimentos, estudios de laboratorio, inventos estratosféricos y softwares superpotentes. También tenemos que entender qué hacemos con todo lo que somos capaces de crear, y dónde queremos ir a parar a nivel personal y como grupo humano con la realidad que vamos formando.

Habrá que ver, reflexionar y tomar decisiones sobre la importancia que damos a nuestras raíces, nuestros valores y nuestras tradiciones. Habrá que ver, reflexionar y tomar decisiones sobre lo que pasa en nuestra existencia individual y en nuestra sociedad. Habrá que ver, reflexionar y tomar decisiones sobre cómo sentimos y qué nivel de bienestar y felicidad nos aporta cada nuevo paso. Esta será la filosofía que nos ayudará a entender la vida, más allá de la ciencia. Será lo que nos ayudará a conocernos, a conocer nuestro mundo y a determinar cómo queremos hacerlo progresar.

El problema es que el mundo cambia tan rápido que la filosofía no tiene tiempo de reflexionar, entender y explicar qué está pasando. Con lo cual parece que vayamos avanzando muy rápido, batiendo récords de velocidad continuamente, pero con el riesgo de no saber hacia dónde nos dirigimos. Nos hemos vuelto adictos al cronómetro y nos hemos olvidado de la brújula.

No sé si habrá alguien a quien le encomienden esta responsabilidad de controlar la brújula, pero si no lo hay, o si acaso trabaja a un ritmo demasiado lento para las exigencias de la propia realidad, esta debería ser una tarea que ninguno de nosotros delegase en los demás. Lo más valioso que tenemos en nuestra vida no son los ordenadores, ni los coches, ni el capital ni el conocimiento, sino la brújula. Es lo que nos permite ejercer la máxima responsabilidad de nuestra vida: determinar el rumbo que queremos seguir.

Al final, este libro no va de adivinar el futuro, sino que pretende ser un recordatorio de la importancia de esa brújula simbólica, para que el lector tome conciencia de los nuevos acontecimientos que se avecinan y asuma su deber de decidir el rumbo a seguir y la actitud para andar el camino.

Se trata de ver cómo exploramos el mapa del futuro que nos permita desarrollarnos con plena felicidad a nivel individual, a la vez que construimos un mundo próspero, justo y medioambientalmente sostenible.

Porque el futuro ya casi está aquí. Y parece que va a ser una buena aventura.

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Las épocas de la humanidad

EL MONO QUE FUE A LA LUNA

Y el australopiteco fue explorando y explorando, buscando siempre nuevos horizontes y nuevas maneras de vivir. No cesó en el empeño de ir descubriendo cada día algo nuevo, y después de unos cuantos millones de años de expandir su curiosidad y de evolucionar hacia otras especies parecidas a él, aunque algo más evolucionadas, uno de sus parientes lejanos soltó una frase ocurrente: «Es un pequeño paso para el hombre, pero un gran salto para la humanidad.» Había pisado la Luna.

Si el ancestral australopiteco se hubiese enterado de esto, no se habría inmutado, ya que la frase no le afectaba al no ser todavía humano, ni tenía conciencia de qué era la Luna, ni podía imaginar el nivel de desarrollo que requería haber logrado esa gesta. Sin embargo, ahora sí somos humanos, estamos dotados de inteligencia y somos perfectamente conscientes de lo que significa el desarrollo humano. Y si alguien nos dice que algún día un remoto descendiente nuestro, de la misma especie o una especie distinta o evolucionada a partir de nosotros, pronunciará una frase inspiradora o algún tipo de comunicado equivalente desde los confines del universo, nos sorprenderá sobremanera, y lo valoraremos como algo casi increíble, aunque factible.

Ahora tenemos plena conciencia de que la humanidad ha estado en permanente evolución, y que no será precisamente ahora que se detendrá, sino que, como hacían nuestros ancestros, continuará avanzando y explorando nuevos territorios y nuevas maneras de vivir. Somos millones de veces más inteligentes hoy que en el inicio de nuestra especie, y aunque no tenemos capacidad de estimar cuál será nuestro futuro en términos de tiempo muy lejanos, sí la tenemos para visualizar tendencias y posibles caminos que nos afectarán en las próximas décadas y lo que queda de siglo. Ello constituye un período de tiempo muy corto en términos de historia humana, pero posiblemente bastante amplio si lo medimos en términos de capacidad de evolución. Serán las décadas o el siglo en que nosotros y la siguiente generación desarrollaremos nuestras vidas, y supondrá un ciclo de cambio equivalente a miles de años de historia medida en las unidades evolutivas que hemos venido utilizando hasta ahora.

Para ir hacia el futuro hay que mirar siempre hacia delante, pero hay que saber también de dónde venimos y cómo hemos ido pisando el mapa de la historia conocido hasta ahora, pues ello nos ayudará a entender mejor hacia dónde nos dirigimos, cómo vamos a ir hasta allí y, sobre todo, por qué tenemos que ir hacia esa nueva realidad.

Ese animal que ves cada día delante del espejo cuando te lavas los dientes proviene de unos humanoides que habitaban en el sur de África hasta hace dos millones de años, a los que se ha llamado australopitecos. Han pasado unas cuantas cosas entre ese medio mono y medio humano que nos precedió hace tanto tiempo y el ciudadano que hoy se mueve en coche o avión, se comunica con un smartphone, hace deporte para superarse a sí mismo, se emociona escuchando a Mozart, descubre el mindfulness para tener conciencia plena de su verdadero ser, se engorda y adelgaza según la dieta que toca, se cambia el riñón o la cadera cuando se le estropea, trabaja duro por el éxito, se gasta un dineral en psicólogos y, al final, tiene descendencia y muere igual que nuestro querido australopiteco.

Puestos a analizar, encontraremos similitudes básicas entre los dos animales referidos y, lógicamente, muchísimas diferencias.

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