La mujer de la ribera (Serie James River 3)

Jude Deveraux

Fragmento

Creditos

Título original: River Lady

Traducción: Constanza Fantín

1.ª edición: febrero, 2016

© 2016 by Deveraux Inc.

© Ediciones B, S. A., 2016

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

ISBN DIGITAL: 978-84-9069-358-2

Maquetación ebook: Caurina.com

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1

Ribera del río James, Virginia.

Septiembre de 1803.

La lluvia cubría la pequeña taberna casi a oscuras. La pálida luz dorada del farol proyectaba sombras espectrales sobre la pared. El sol de fines de otoño, que había entibiado la mañana, ya se había escondido y la taberna estaba casi fría. Detrás del alto mostrador de roble, lavando jarras de peltre, había una mujer bonita, regordeta, pulcra, con su cabello castaño y sedoso recogido en una cofia de muselina. Tarareaba mientras realizaba el trabajo, sonriendo de cuando en cuando, lo que le marcaba un hoyuelo en la mejilla.

La puerta lateral se abrió y junto con una ráfaga de viento frío y húmedo entró una muchacha. Se detuvo un momento hasta que sus ojos se acostumbraron a la escasa luz. La camarera alzó la vista, frunció el ceño y a la vez que emitía un chasquido de contrariedad adelantó unos pasos.

—Leah, estás peor, cada vez que te veo te encuentro más desmejorada. Siéntate aquí mientras te caliento un ponche —dijo la mujer regordeta al tiempo que obligaba a la temblorosa muchacha a sentarse.

Leah había perdido peso. Los delgados huesos parecían asomarse a través de la ropa sucia y remendada; tenía los ojos hundidos y oscuras ojeras; la nariz estaba tostada por el sol que le había irritado la piel. Tenía tres rasguños ensangrentados en una mejilla y una magulladura azul verdosa en la otra.

—¿Él te ha hecho eso? —preguntó la camarera con enojo mientras removía el ponche caliente en la jarra.

Leah se limitó a encogerse de hombros y, ansiosa, extendió las manos hacia la bebida caliente.

—¿Tú sabes por qué?

—No —respondió Leah después de beber media jarra y reclinarse en la silla.

—Leah, ¿por qué no...?

Leah abrió los ojos y miró con dureza a su hermana.

—No empieces de nuevo, Bess —le advirtió—. Ya hemos discutido esto antes. Tú haz lo que te corresponda y yo cuidaré de mí y de los niños.

Bess se quedó tiesa un momento antes de volverse.

—Tenderme de espaldas para unos cuantos caballeros limpios es bastante más fácil que lo que tienes que hacer tú.

Leah ni siquiera parpadeó frente a la crudeza de Bess. Ya habían discutido demasiadas veces como para escandalizarse. Dos años atrás, Bess se había hartado del padre loco que las castigaba constantemente porque «las mujeres nacen en pecado». La hermana mayor había abandonado la pobre y apartada granja en busca de trabajo y, paralelamente, tenía trato «amistoso» con algunos hombres. A Leah, por supuesto, la castigaron por los pecados de Bess. Ahora Bess intentaba que Leah abandonara la pocilga del padre. Pero Leah seguía allí para cuidar a sus hermanos menores. Ella araba, sembraba y cosechaba, cocinaba y reparaba la casa, pero, por encima de todo, protegía a los pequeños de la ira del padre.

—¡Mírate! —exclamó Bess—. Aparentas cuarenta y cinco años y, ¿cuántos tienes? ¿Veintidós?

—Eso creo —contestó Leah con voz cansada.

Era la primera vez en el día que se sentaba, y la bebida caliente la relajaba.

—¿Tienes algo de ropa para mí? —murmuró con pesadez.

Bess comenzó a quejarse de nuevo, pero fue en busca de jamón frío, pan y mostaza. Puso el plato sobre la mesa junto a Leah y se sentó frente a ella. Por el rabillo del ojo vio cómo Leah dudaba antes de tocar la comida.

—Si piensas en no comer esto y llevárselo a los niños, yo misma te lo haré tragar.

Leah sonrió levemente y se lanzó sobre la comida con ambas manos.

—¿Lo has visto últimamente?

Bess dirigió una mirada punzante hacia su hermana.

—No estarás pensando... —comenzó, pero se detuvo y miró de nuevo hacia el fuego. Un relámpago iluminó la taberna.

Pobre Leah, pensó Bess. En cierta forma, Leah era como su padre: obstinada y cabeza dura como una roca. Bess pudo partir y dejar a los pequeños, pero para Leah la familia lo era todo, aun cuando un viejo loco y violento formara parte de ésta. Después de la muerte de la madre, Leah decidió hacerse cargo de los niños hasta que el más pequeño tuviera edad suficiente como para abandonar la casa. Sin importarle lo que le ocurriera o le hicieran a ella, se negaba a irse.

Y en tanto Leah permanecía junto a su padre, se aferraba con obstinación a un sueño. El sueño no era el que Bess había deseado: comida, techo y calor. El sueño de Leah era algo que jamás podría alcanzar. Leah fantaseaba con un cierto señor Wesley Stanford.

Siendo niña Leah, el señor Stanford había ido a la vivienda de ellas, le había besado la mejilla al tiempo que le entregaba una moneda de oro de veinte dólares. Cuando la pequeña contó a Bess el incidente sus ojos eran relámpagos. Bess quiso gastar el oro de inmediato en vestidos nuevos, pero Leah se puso furiosa y le gritó que la moneda era de su amado Wesley y que cuando ella creciera se casarían.

En aquella época, el único pensamiento de Bess había sido esa resplandeciente moneda de oro escondida en algún lugar, intacta, desperdiciada en toda su gloria. Comenzó a desear que el tal Wesley le hubiera dado a Leah un ramo de flores. Trataba de olvidar la moneda, pero a veces veía a Leah que, con el arnés para arar sobre los hombros, se detenía y se quedaba con la mirada perdida. «¿En qué piensas?», preguntaba Bess, a lo que Leah respondía: «En él.» Bess refunfuñaba y se alejaba. No había necesidad de que Leah le dijera a quién se refería.

Años más tarde, Bess decidió que no podía soportar más el espantoso temperamento de su padre ni el trabajo constante, y entonces se fue de la granja y consiguió trabajo como tabernera al otro lado del río. Elijah Simmons repudió a su hija mayor y le prohibió que visitara la granja o que viera a sus hermanos. Pero durante los últimos años, Leah había logrado escabullirse unas cuantas veces para visitar a su hermana y buscar la ropa que Bess le guardaba. La gente del pueblo quería ayudar a la paupérrima familia Simmons, pero Elijah se negaba a permitir que su familia aceptara beneficencia.

En la primera visita a la taberna, Leah preguntó por Wesley Stanford. En aquel entonces Bess estaba embelesada porque había conocido a todos los ricos dueños de las plantaciones, y Wesley y su hermano Travis eran los más poderosos. Bess habló durante media hora sobre lo apuesto y considerado que era Wes, y la frecuencia con que concurría a la taberna, y lo feliz que sería Leah cuando se casaran. Para Bess había sido como crear un cuento de hadas, algo como para pasar las frías tardes de invierno, y pensó que Leah también lo vería de ese modo. Pero pasados unos meses, entre risas, Bess dijo a Leah que Wes se había comprometido con una bella joven llamada Kimberly Shaw. «¿Y ahora a quién amarás?», bromeó Bess antes de ver el pálido rostro de Leah. Bajo las magulladuras y la suciedad, la sangre de Leah parecía haberse escurrido.

—¡Leah! No puedes pensar en serio en un hombre como Wesley. Él es rico, muy rico, y no dejaría que un par de... de bueno, que una «dama» como yo y una sucia huesuda como tú entraran a cualquier dependencia de su mansión. Esta señorita Shaw pertenece a su clase.

En silencio, Leah se deslizó de la silla y se dirigió hacia la puerta.

Bess la tomó del brazo.

—Era sólo un sueño, ¿no te das cuenta? —Hizo una pausa—. Pero Wesley tiene un tercer jardinero que podría estar interesado en una mujer de... de nuestro lado del río.

Leah no contestó, pero todavía pálida, se marchó de la taberna. En la siguiente visita se comportó como si nunca hubiera oído que Wesley estaba comprometido. Le pidió a Bess que le contara más historias sobre él. En esta oportunidad Bess se mostró reticente y luego intentó hablarle nuevamente sobre el compromiso. Leah le lanzó una mirada tan helada que Bess se arrepintió. A pesar de su aspecto de fragilidad, había momentos en que Leah sabía imponerse.

Desde entonces, Bess no intentó discutir con ella, y en cada ocasión, con tono lacónico, reconstruía la última visita de Wes a la taberna. No mencionaba el hecho de que entraba allí con mayor frecuencia debido a que la taberna se encontraba camino de la casa de la familia Shaw.

Leah se recostó en la silla, deslizó la mano dentro de su remendado bolsillo y asió la moneda de oro que Wesley le había dado años atrás. La había frotado tanto a lo largo de los años que la moneda estaba completamente lisa. Muchas noches en que el dolor de alguna de las palizas de su padre la mantenía despierta, se sentaba en el camastro de paja frotando la moneda mientras recordaba cada segundo compartido con Wesley Stanford. La había besado en la mejilla, y por lo que recordaba, ese era el primer y único beso que le habían dado. En algunas oportunidades Bess hablaba de él como si lo considerara un dios, mejor que cualquiera, pero Leah sabía lo atento que podía ser, cómo podía besar a una niña flacucha y sucia a la que nunca antes había visto y gratificarla de manera pródiga. Los hombres vanidosos y arrogantes no hacían cosas semejantes. Bess no lo conocía tanto como Leah. Algún día, pensaba, volvería a ver a Wesley, y él vería el amor en sus ojos y...

—¡Leah! —exclamó Bess—. No te duermas. El viejo pronto te echará de menos. Debes regresar.

—Lo sé. Es que se está muy bien y muy calentito aquí.

—Podrías quedarte todo el tiempo si...

Leah se puso de pie, interrumpiendo las palabras de Bess.

—Gracias por todo, Bess. Te veré el mes próximo. No podríamos seguir adelante si no fuese por ti y tu...

La pesada puerta de la entrada se abrió. Entró un hombre y cerró la puerta tras de sí. Su cuerpo la tapaba toda.

—Dios mío —masculló Bess, paralizada por un instante. Luego sonrió y se dirigió hacia el hombre—. Qué lluvia más espantosa para salir, señor Stanford. A ver, permítame ayudarlo —dijo, quitándole la capa de los hombros y dirigiendo una mirada a Leah, que permanecía inmóvil, boquiabierta.

No ha cambiado demasiado, pensó Leah. Era más alto, aún más musculoso de lo que ella recordaba, y más apuesto. Su grueso cabello oscuro se le encrespaba, húmedo, en el cuello, y tenía gotas de agua en las pestañas que hacían que los ojos parecieran más oscuros, más intensos. Bess estaba de puntillas y sacudía con la mano el agua de la chaqueta de lana verde oscuro. Pantalones de piel de ante cubrían sus grandes y fuertes muslos y calzaba botas altas.

—No estaba seguro de que estuviera abierto. ¿Ben nunca te da la noche libre? —le preguntó él refiriéndose a su patrón.

—Sólo cuando está seguro de que haré un buen uso de ella. No hay nadie por aquí con quien pasar la noche, así que bien puedo atender el bar —bromeó Bess—. Tome asiento y permítame servirle algo caliente.

Bess guió a Wesley Stanford hacia un apartado y lo situó tratando de que le diera la espalda a Leah, que azorada, seguía en medio de la habitación.

Wes rió por lo bajo y se liberó de las manos que lo empujaban.

—¿Qué intentas hacer conmigo, Bess?

Fue entonces cuando vio a Leah y Bess notó el breve parpadeo en sus ojos. Estaba juzgándola como un hombre mira a una mujer, hasta el lugar que ella ocupaba en la escala social. Obviamente la encontró deficiente en ambos aspectos.

—¿Quién es tu... bella amiga, Bess?

Modales, pensó Bess. A esta gente le enseñan los modales desde la cuna.

—Es mi hermana Leah —respondió Bess con sequedad—. Leah, sería mejor que emprendieras el regreso.

—Todavía es temprano —repuso Leah y se adelantó hasta quedar a la luz.

Bess miró a su hermana como lo hubiera hecho un desconocido y vio la pobreza y la penuria que como una nube negra la cubrían. Pero Leah parecía haber olvidado su aspecto. Fijó los ojos en Wesley, quien comenzaba a mirarla de modo especulativo.

—Tal vez les gustaría acompañarme con un vaso de cerveza, señoras.

Bess se colocó entre Leah y Wes. Leah, en su inocencia, miraba a Wes como sólo una avezada prostituta podría hacerlo.

—Yo tengo que trabajar, y Leah debe regresar a su casa —dijo Bess, mirando indignada a su hermana.

—Nada me espera en casa —replicó Leah, eludiendo con habilidad a su hermana mayor—. Me encantaría beber con usted, Wesley.

Dijo el nombre como si lo pronunciara cientos de veces al día, como en realidad hacía, y no notó el movimiento que hizo Wes con las cejas cuando ella se sentó en un asiento del apartado, mirándolo, expectante.

—El ponche está bueno —comentó ella.

Wes miró por segunda vez su rostro sucio, rasguñado, con moretones, antes de sentarse en el banco frente a ella.

—Un par de ponches —pidió serenamente a Bess.

Fastidiada, Bess se dirigió al mostrador.

—¿Ahora trabajas para Ben? —preguntó Wes a Leah.

—Todavía vivo con mi familia. —Se lo comía con los ojos, recordando cada ángulo de su rostro, memorizando cada curva—. ¿Encontró por fin a la esposa de su amigo? —le preguntó, haciendo referencia a la primera vez que lo había visto.

Por un instante él no comprendió.

—¿La esposa de Clay? —preguntó, y luego sonrió asombrado—. ¿Es posible que tú seas la pequeña que nos ayudó?

En silencio y con gesto reverente, Leah sacó del bolsillo la gastada moneda de oro y la colocó sobre la mesa.

Con curiosidad, Wes levantó la moneda y la llevó hacia la luz para mirar el tosco agujero perforado en el borde superior.

—¿Cómo...? —preguntó él.

—Un clavo —respondió ella sonriente—. Me llevó un tiempo hacer ese agujero, pero temía perderla si no me la colgaba.

Frunciendo el ceño, Wes colocó de nuevo la moneda sobre la mesa. Era extraño que la chica guardara el oro cuando era obvio que padecía tantas necesidades. Su cabello, grasiento más allá de lo imaginable, estaba apartado del rostro y él se preguntó sin demasiado interés de qué color sería si estuviera limpio.

Al tomar la moneda, Leah le rozó los dedos y conteniendo el aliento, los tocó, maravillada ante la pulcritud de las uñas y la forma y tamaño de los dedos.

Bess sirvió dos jarras de ponche con brusquedad, mirando con furia a Leah.

—Señor Stanford, ¿por qué no le habla a mi hermana de la bella joven con quien se va a casar? A Leah le encantaría hablar de ella. Cuéntele qué bella es, qué bien baila, qué bien viste.

Wes apartó su mano de la de Leah y rió por lo bajo.

—Tal vez deberías contárselo tú, Bess, ya que pareces saber tanto sobre mi futura esposa.

—Creo que lo haré —repuso Bess, tomando una silla de una mesa cercana y colocándola en el extremo del apartado. Pero una mirada de Leah le impidió tomar asiento.

—Preferiría oír lo que Wes desee decir —manifestó Leah con serenidad, clavando los ojos en Bess.

Bess le sostuvo la mirada por un momento. ¿Por qué trataba de proteger a su hermana? ¿No era esto lo que ella había querido que hiciera? Si sólo Leah no se tomara tan en serio a ese hombre... Con un suspiro Bess los dejó a solas.

Wes bebió un largo trago de la bebida humeante, mientras miraba a la demacrada joven que estaba frente a él y se preguntaba cuánto haría que era prostituta. Indudablemente, sabía llamar la atención de un hombre a pesar de su aspecto poco agradable. El modo en que lo miraba lo hacía sentir como si toda la vida lo hubiera estado esperando sólo a él. Era halagador y desconcertante al mismo tiempo. Era casi como si ella sintiera que él le debía algo.

—¿Decía, Wesley...? —lo instó Leah, inclinándose hacia adelante de modo que él percibió el olor de su cuerpo.

—Kimberly —dijo él a media voz. Sería mejor pensar en Kim o, Dios no lo permita, esta «perfumada» bruja podría tentarlo—. ¿Estás segura de que quieres oírlo? Quiero decir, por lo general, una mujer no quiere oír hablar sobre otra.

—Quiero oír todo lo que haya que saber acerca de usted —dijo ella con genuina sinceridad.

—En realidad, no hay mucho que decir. Nos conocimos hace un par de años, cuando vino a visitar a su hermano Steven Shaw. Los padres murieron cuando ellos eran pequeños y a Kimberly la llevaron a vivir con unos tíos. Steven permaneció aquí con unos parientes.

El «no hay mucho que decir» de Wesley se convirtió en una hora de narración extasiada. Wes se había enamorado de Kimberly al instante, así como veintitantos otros jóvenes, y la había cortejado durante dos años para ganar su amor. Habló sobre lo bella, dulce, delicada y amable que era Kim; cuánto amaba la belleza, los libros y la música.

Leah asía la jarra de peltre con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos.

—¿Piensa casarse pronto? —murmuró.

—A principios de la primavera. En abril. Luego, los tres, incluido Steven, viajaremos al nuevo estado de Kentucky. He comprado tierras allí.

—¡Se irá de Virginia! —exclamó Leah—. ¿Qué pasará con su plantación?

—No creo que Virginia sea lo suficientemente grande para mi hermano y yo. Durante mis treinta y cuatro años, me han llamado el hermano menor de Travis. Me ha hecho desear un lugar propio. Además, me atrae la idea de empezar de nuevo en una tierra desconocida junto a una bella mujer.

—¿No regresará? —susurró ella.

—Posiblemente no —contestó Wes, frunciendo el ceño ante la intensidad que percibió. A pesar de su aspecto y su olor, lo atraía—. La lluvia ha cesado, será mejor que regrese. —Se puso de pie—. Ha sido un placer conocerte. —Arrojó unas monedas sobre la mesa en pago por las bebidas—. Hasta la semana que viene, Bess —gritó mientras se dirigía a la puerta.

Leah fue detrás de él un segundo, pero Bess la tomó del brazo.

—¿Estás segura de saber lo que haces?

Leah se soltó bruscamente.

—Siempre creí que querías que disfrutara de los hombres.

—Disfrutar de ellos, sí, pero me temo que estás obsesionada con Wesley Stanford. Terminarás más lastimada que por los golpes de papá. ¡No sabes nada de los hombres! Todo lo que sabes es arar y buscar plantas silvestres para comer. No sabes...

—Tal vez pueda aprender —susurró Leah—. Lo amo y pronto se irá. Tengo esta única oportunidad y la aprovecharé.

—Por favor, Leah. Por favor, no lo sigas. Algo terrible va a suceder; sé que será así.

—Nada terrible pasará —repuso Leah en voz baja y salió.

Wesley estaba montando el caballo.

—¿Me llevaría? —gritó Leah, caminando vacilante en la oscuridad.

Wes se quedó observándola y deseando con todo su ser que la muchacha se fuera. Había algo en ella que era casi aterrador, como si fuera el destino el que los hubiera reunido, como si lo que iba a ocurrir fuese inevitable. ¡Y demonios! Se había comportado tan bien... fiel a Kimberly desde que se comprometieron; ya que había planeado permanecer célibe hasta que se casaran. Pero no era el temor de revolcarse con esta joven lo que lo preocupaba, sino la intensidad, la seriedad de ella. ¿Por qué motivo había guardado esa moneda durante todos esos años?

—Caminemos —dijo él, sujetando las riendas del caballo. No deseaba la proximidad del delgado cuerpo de Leah junto al suyo sobre el caballo.

Leah jamás se había sentido tan llena de vida. Estaba junto al hombre al que amaba. Aquí y ahora estaba lo que había soñado desde niña. Con una mano en su bolsillo aferrando la moneda, deslizó el otro brazo bajo el de Wesley.

Él la miró y, ya por efecto de la luz de la luna que aparecía o por el encubrimiento de la oscuridad, le pareció sinceramente bonita. El moretón y los rasguños, ahora ocultos, le habían impedido apreciar sus labios carnosos y sus ojos grandes, seductores. Emitió un suspiro de hombre perdido y comenzó a caminar junto a ella.

El corazón de Leah latía a toda prisa cuando perdieron de vista la taberna. Su conciencia, atontada por tres jarras de ponche, le decía que Bess tenía razón, y que ella no tenía nada que hacer aquí. Sin embargo, otra parte de su ser le decía que ésa era su primera y única oportunidad de amor y que debía aprovecharla. Más adelante, cuando Wesley viviera en un lugar remoto, y ella todavía estuviera trabajando afanosamente por su familia, podría recordar esta noche. Tal vez la besara de nuevo.

Con estos pensamientos en los ojos miró a Wesley y él, sin ningún pensamiento, se inclinó y la besó.

Se fundió contra él, su cuerpo delicado y frágil entre los brazos fuertes de él, pero mantuvo los labios apretados de un modo infantil. Él se apartó, sus ojos chispeaban. La muchacha era una mezcla de acabada prostituta e inocencia virginal. Con los ojos todavía cerrados, Leah movió los labios contra los de él, y Wes se los separó. Le cruzó por la cabeza la idea de que ella aprendía con facilidad, pero luego ya no pudo pensar en nada más.

La joven se le entregaba como si hubiera estado hambrienta de él, y Wesley respondió con meses de deseo contenido, llevándole la cabeza hacia atrás con la suya, hundiendo las manos en sus desordenados cabellos y acariciándola para alcanzar sus labios con mayor facilidad. Se apartó con los ojos brillantes y la respiración agitada. El cabello de Leah estaba suelto y le llegaba a la cintura. Tenía los labios enrojecidos.

—Eres hermosa —murmuró él y buscó su boca de nuevo mientras rasgaba con las manos la parte superior del vestido.

—¡No! —exclamó Leah, súbitamente asustada.

Un beso era lo que ella había soñado, un beso y nada más, pero a medida que las manos de él buscaban su piel desnuda y, aun mientras le decía que no, sabía que en realidad nunca se negaría.

—Wesley —susurró mientras dejaba de luchar contra él—. Mi Wesley.

—Sí, pequeña —dijo él alocadamente, recorriéndole el cuello con la boca.

El género del ordinario vestido era viejo y se rasgó con facilidad. En segundos, Leah estaba desnuda a la luz de la luna. Su cuerpo delgado dejaba adivinar cada hueso, cada músculo. El único signo de su femineidad eran sus pechos plenos, redondos y perfectos.

Con sumo cuidado, Wesley la alzó en sus brazos y luego la recostó sobre la capa que se le había deslizado de los hombros.

Leah, sin saber qué hacer, cómo retribuir el placer que experimentaba, permaneció quieta mientras él le recorría el cuerpo con las manos al tiempo que se desabrochaba la ropa.

Cuando la penetró, ella gritó de dolor. Wesley quedó inmóvil un instante, le acarició el cabello y la besó en la mejilla.

Leah abrió los ojos llenos de lágrimas y lo miró, y una ola de inmenso amor la cubrió. Este era su Wesley, el hombre al que siempre había amado, al que moriría amando.

—Sí —susurró ella—, sí.

Wesley continuó rápidamente y sólo al final sintió Leah apenas un dejo de placer. Y cuando él terminó con una fuerte embestida, la tomó de los hombros y le susurró «Kimberly» al oído.

Fue sólo después de unos instantes cuando Leah comprendió lo que le había sucedido. Kimberly había dicho él.

Wesley se retiró de encima de ella, cansado, con los ojos casi cerrados mientras Leah se levantaba y se ponía los desechos de su viejo vestido.

—Buena chica —dijo Wes con voz soñolienta. Metió la mano en el bolsillo de los pantalones que no se había quitado por completo—. Por haberte tomado la molestia. —Le arrojó una moneda de oro que cayó a los pies de Leah—. Si seguimos viéndonos, tendrás un baúl lleno de oro.

Aturdida, Leah lo observó ponerse de pie, abrocharse los pantalones y recoger la capa y el sombrero. Estiró la mano y tocándole el mentón le dijo:

—Pequeña, me causarás problemas. —Se apartó—. Espero que una parte tuya esté limpia. —Sin más, montó el caballo y partió.

Pasó un tiempo antes de que Leah pudiera moverse. Se había comportado como la peor de las estúpidas, pensó asombrada. Se sentía como una niña que acaba de descubrir que las hadas madrinas no existen. Todos estos años había podido resistir el horror de vida que llevaba porque al final del arco iris estaba el gran dios Wesley. Pero al fin y cabo no era más que un hombre que tomaba lo que le ofrecían gratuitamente.

—¡Gratis! —exclamó, inclinándose para tomar la moneda a sus pies. Al sostenerla un momento y sentir lo fría que estaba, pensó en toda la comida y ropa que podría comprar con ese dinero y lo que le había costado conseguirlo. Riéndose de sus años de sueños infantiles hizo lo que podía ser el primer acto poco práctico de su vida: llevó el brazo hacia atrás y arrojó la moneda lo más lejos que pudo en dirección a la negrura del río y, al oír el ruido del agua al hundirse la moneda, sonrió.

—¡No todas las Simmons son prostitutas! —gritó a viva voz.

Sintiéndose mejor y esforzándose por no llorar, puesto que había aprendido mucho tiempo atrás que las lágrimas son inútiles, emprendió el camino de regreso al lugar que ella llamaba hogar. Le dolía el cuerpo y se movía despacio sabiendo que no llegaría antes del amanecer y que la esperaba una paliza. El haber perdido su sueño hacía que le pesaran los pies, y se estremecía más que nunca ante la vida que tenía por delante.

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2

Marzo de 1804.

La alta construcción de la iglesia de Whitefield con su campanario era hermosa por dentro, con paredes blanqueadas, al filtrarse el sol a través de las ventanas. El púlpito se alzaba por sobre las cabezas de la gente, con una escalera de roble tallado que llevaba hasta él. Abajo, sobre bancos macizos con respaldos bajos, se sentaban los fieles.

Wesley Stanford estaba sentado junto a su prometida, tomándole las puntas de los dedos a escondidas bajo los pliegues del vestido de seda rosada. Kimberly Shaw mantenía la cabeza en alto y los ojos puestos en el pastor. Era una mujer muy bella, de mejillas regordetas, grandes ojos azules y boca suave, tentadora. De cuando en cuando echaba una ojeada a Wesley, y al sonreír se le formaba un hoyuelo en la mejilla.

Junto a ella estaba su hermano, Steven Shaw, la versión masculina alta y grande de Kimberly; rubio, apuesto con un hoyuelo en el mentón.

Junto a Steven había dos parejas, Clay y Nicole Armstrong, y Travis y Regan Stanford. Travis movía de aquí para allá su inmenso cuerpo en el asiento, obviamente impaciente por regresar a casa, y su esposa, también de manera obvia, le lanzaba miradas tajantes, miradas que Travis ignoraba. Clay, por el contrario, estaba sentado bastante tranquilo y sólo ocasionalmente miraba a su pequeña y morena esposa, como si no estuviera seguro de que en realidad estuviera allí.

Wesley, apretando la mano de Kim, pensaba en todo lo que tenía que hacer antes de que partieran rumbo a Kentucky en dos semanas. Se casarían el domingo, pasarían la noche —¡oh bella noche!— en la plantación Stanford y luego partirían el lunes temprano por la mañana. En el nuevo estado los esperaba la tierra de Wes, con una casa nueva con granero y ganado que ahora estaba al cuidado de un vecino. Por primera vez en su vida estaría en un lugar donde no sería juzgado por lo que su hermano hiciera o dijese.

Mientras Wesley pensaba en esta escena idílica la puerta lateral de la iglesia se abrió con estruendo. El reverendo Smyth interrumpió su monótona entonación para mirar hacia el punto de disturbio, pero lo que vio lo silenció.

El viejo y loco Elijah Simmons, con la cara roja de furia arrastraba detrás de sí, con las manos enlazadas con una soga, lo que debía de ser una de sus hijas, pero la cara hinchada y desfigurada hacía imposible cualquier identificación.

—¡Pecadores! —bramó el viejo Elijah—. ¡Se sientan aquí en la casa del Señor y sin embargo todos son pecadores que fornican!

Empujó a la muchacha con tanta fuerza hacia adelante que cayó de rodillas. Y cuando Elijah la levantó por el cabello quedó claro que estaba embarazada. El vientre duro y redondo sobresalía de su flaco contorno.

—¡Travis! —exclamó Regan, suplicante, pero Travis ya estaba de pie, listo para detener al viejo.

Elijah sacó una pistola del bolsillo de su chaqueta y apuntó a la cabeza de la joven.

—La sucia prostituta no merece vivir.

—¡En la casa de Dios! —exclamó el reverendo, horrorizado.

Elijah sostenía a la joven y subió de espaldas la escalera del púlpito.

—¡Mírenla! —chilló, forzando el cuerpo de la joven hacia atrás para que el vientre sobresaliera aún más.

—¿Qué pecador ha hecho esto?

El reverendo comenzó a bajar la escalera, pero Elijah presionó aún más la pistola contra la sien de la muchacha. Parecía estar casi muerta, con un ojo cerrado por la hinchazón y el otro entornado con pesadez.

Travis comenzó a caminar despacio por detrás de los bancos.

—Bien, Elijah —dijo con tono conciliador—, averiguaremos quién ha hecho esto y se casará con ella.

—¡El diablo lo hizo! —chilló Elijah. Los fieles, con los ojos puestos en él, ahogaron una exclamación.

—No —dijo Travis con calma, adelantándose unos milímetros—. Lo hizo un hombre, y será obligado a casarse con ella. Ahora, entrégueme la pistola.

—¡No hay ningún hombre! —dijo Elijah—. La tuve custodiada; la vigilé noche y día; traté de inculcarle a golpes algo de decencia. Sin embargo, la perra... —Hizo una pausa mientras doblaba el brazo de la joven hacia atrás—. El doce de septiembre estuvo fuera toda la noche. El trece de septiembre traté de avergonzarla a fuerza de golpes, pero nació en pecado y morirá en pecado.

Wesley, que empalidecía más a cada instante, vio cómo se derrumbaba el mundo en torno a él. Sabía que la joven era Leah, con la que había pasado una hora, y cuya sangre virginal había visto en su capa a la mañana siguiente. Sabía, sin lugar a dudas, que la criatura que llevaba dentro era suya. Si se presentaba ahora, tal vez no tendría que casarse con ella, pero se preguntaba si Kimberly podría perdonarle su único desliz. Pero si no daba un paso adelante, la joven Leah podría perder la vida.

Se puso de pie.

—Manténte fuera de esto, Wes —dijo Travis entre dientes.

Wesley miró al viejo Elijah.

—Yo soy el padre de la criatura —proclamó con voz clara.

Por un momento todo sonido en la iglesia cesó. El primer sonido fue una exclamación casi sollozante de Kimberly.

—¡Tome a la pecadora! —chilló Elijah, y empujó a Leah escaleras abajo.

Wesle

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