Título original: Merrick
Traducción: Camila Batlles
1.ª edición: noviembre, 2013
© 2013 by Anne O’Brien Rice
© Ediciones B, S. A., 2013
Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)
www.edicionesb.com
Depósito Legal: B. 26.747-2013
ISBN DIGITAL: 978-84-9019-659-5
Gracias por comprar este ebook.
Visita www.edicionesb.com para estar informado de novedades, noticias destacadas y próximos lanzamientos.
Síguenos en nuestras redes sociales

Maquetación ebook: emicaurina@gmail.com
Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.
Para
Stan Rice
y
Christopher Rice
y
Nancy Rice Diamond
Contenido
Portadilla
Créditos
Dedicatoria
Fotografía
LA ORDEN TALAMASCA
Prefacio
1
2
3
4
5
6
7
8
9
10
11
12
13
14
15
16
17
18
19
20
21
22
23
24
25
Promoción

LA ORDEN TALAMASCA
Investigadores de lo paranormal.
Vigilamos
y siempre estamos presentes.
LONDRES AMSTERDAM ROMA
Prefacio
Me llamo David Talbot.
¿Alguno de ustedes me recuerda como el Superior de Talamasca, la Orden de detectives de lo paranormal cuyo lema era «Vigilamos y siempre estamos aquí»?
Ese lema posee cierto encanto, ¿no creen?
Hace más de mil años que existe Talamasca.
No sé cómo comenzó. Lo cierto es que no conozco todos los secretos de la Orden. Pero sí sé que la he servido durante buena parte de mi vida mortal.
Fue en la casa matriz de Talamasca, en Inglaterra, donde se me presentó el vampiro Lestat por primera vez. Entró en mi estudio una noche de invierno, por sorpresa.
Enseguida comprendí que una cosa era leer y escribir acerca de lo sobrenatural, y otra muy distinta verlo con tus propios ojos.
Pero de eso hace mucho tiempo.
En la actualidad habito otro cuerpo físico.
Y ese cuerpo físico ha sido transformado por la poderosa sangre vampírica de Lestat.
Soy uno de los vampiros más peligrosos que existen, y uno de los más fiables. Hasta el receloso vampiro Armand me reveló la historia de su vida. Quizás hayan leído la biografía de Armand, que yo mismo di a conocer al mundo.
Al término de la historia, Lestat había despertado de un largo sueño en Nueva Orleans para escuchar una música muy bella y seductora.
Esa música volvió a sumirlo en un silencio ininterrumpido cuando Lestat se retiró de nuevo a un convento para echarse en el polvoriento suelo de mármol.
En aquel entonces había muchos vampiros en la ciudad de Nueva Orleans: vagabundos, lobos solitarios, unos jóvenes estúpidos que habían venido para observar a Lestat en su aparente postración. Amenazaban a la población mortal, y eran un incordio para los vampiros mayores, deseosos de conservar nuestro anonimato y nuestro derecho a cazar en paz.
Esos invasores han desaparecido ya.
Algunos fueron destruidos, otros simplemente huyeron espantados. En cuanto a los ancianos que acudieron para ofrecer consuelo al aletargado Lestat, cada cual siguió su camino.
Al iniciarse esta historia, sólo quedamos tres vampiros en Nueva Orleans. Estos tres vampiros somos Lestat, que permanece dormido, y sus dos fieles pupilos: Louis de Pointe du Lac y yo, David Talbot, el autor de este relato.
1
—¿Por qué me pides que haga esto?
Estaba sentada frente a mí al otro lado de la mesa de mármol, de espaldas a la entrada del café.
Yo la tenía maravillada. Pero mis peticiones la habían distraído. Más que mirarme fijamente, cabe decir que se había asomado a mis ojos.
Era alta. Tenía el cabello castaño oscuro, y toda la vida lo había llevado largo y suelto, aunque en esos momentos utilizaba un pasador de cuero con el que sujetaba algunas guedejas que le caían por la espalda. Lucía unos pendientes de oro que le adornaban los pequeños lóbulos de las orejas, y su vaporosa y blanca indumentaria veraniega tenía cierto aire gitano, quizá debido al chal rojo que llevaba anudado en torno a la cinturilla de su amplia falda de algodón.
—¿Me pides que haga eso para esa persona? —preguntó con tono afectuoso. No es que estuviera enojada conmigo, sino tan conmovida que su voz dulce y encantadora no podía ocultarlo—. Me pides que invoque a un espíritu que quizás esté furioso y ávido de venganza, y que lo haga para Louis de Pointe du Lac, el cual ha abandonado también el mundo terrenal?
—¿A quién puedo pedírselo si no a ti, Merrick? —respondí—. ¿Quién es capaz de conseguirlo si no tú? —Pronuncié su nombre con sencillez, al estilo americano, aunque hace años, cuando nos conocimos, lo escribía Merrique y lo pronunciaba con un leve deje de su vieja lengua francesa.
Se oyó un ruido desagradable, el rechinar de los goznes de la puerta de la cocina que no habían sido engrasados desde hacía tiempo. Un camarero tan flaco que parecía casi incorpóreo, con un mandil sucio, se acercó arrastrando los pies sobre las polvorientas losas del suelo.
—Ron —dijo Merrick—. St. James. Trae una botella.
El camarero murmuró algo que no me molesté en captar con mi oído vampírico y se alejó, dejándonos solos en la habitación débilmente iluminada, con su alta puerta de doble hoja abierta a la Rue Ste. Anne.
Era uno de los locales más antiguos de Nueva Orleans. Unos ventiladores giraban perezosamente en el techo, y el suelo no lo habían barrido desde hacía cien años.
La luz crepuscular se desvanecía lentamente; el aire estaba impregnado de aromas del Barrio Francés y de fragancia a primavera. Me parecía un milagro que ella hubiera elegido este lugar y que estuviera insólitamente desierto en una tarde tan divina como aquélla.
Su mirada era persistente pero invariablemente dulce.
—Louis de Pointe du Lac vería ahora a un fantasma —dijo, como si hablara para sí—, como si no hubiera sufrido bastante.
No sólo sus palabras expresaban conmiseración, sino también su tono bajo y confidencial. Era evidente que sentía lástima.
—Oh sí —prosiguió sin dejarme hablar—. Me compadezco de él, y sé lo mucho que anhela contemplar el rostro de esa niña muerta y convertida en vampiro que tanto ama. —Arqueó las cejas con gesto pensativo—. Vienes a mí con unos nombres que son una leyenda. Vienes secretamente, como si hubieras surgido de un milagro, y vienes a mí con una petición.
—Hazlo, Merrick, si no te perjudica. No he venido aquí para causarte ningún daño, te lo juro por Dios. Lo sabes tan bien como yo.
—¿Y qué me dices del daño que puede sufrir tu Louis? —inquirió Merrick, articulando las palabras despacio mientras meditaba sobre ello—. Un fantasma puede decir unas cosas terribles a quienes lo invocan, y éste es el fantasma de esa niña monstruo que murió violentamente. Me pides que realice un conjuro muy potente y arriesgado.
Asentí con la cabeza. Lo que decía era verdad.
—Louis está obsesionado —dije—. Lleva tantos años así, que su obsesión le impide razonar. Solamente piensa en eso.
—¿Y qué ocurrirá si consigo hacerla regresar de entre los muertos? ¿Crees que con ello desaparecerá el dolor que ambos sienten?
—No me atrevo a esperar tanto. No lo sé. Pero todo es preferible al dolor que ahora padece Louis. Sé muy bien que no tengo derecho a pedirte eso, que ni siquiera tengo derecho a acudir a ti.
»Todos estamos estrechamente vinculados: los miembros de Talamasca, Louis y yo... Y el vampiro Lestat también. Fue por boca de uno de los miembros de Talamasca que Louis de Pointe du Lac oyó cierta historia sobre el fantasma de Claudia. El fantasma de Claudia se le apareció por primera vez a uno de los nuestros, una mujer llamada Jesse Reeves, a la que encontrarás en los archivos.
—Sí, conozco esa historia —dijo Merrick—. Ocurrió en la Rue Royale. Enviaste a Jesse Reeves a investigar a los vampiros. Y Jesse Reeves regresó con un puñado de tesoros que demostraban de forma palpable que una niña llamada Claudia, una niña inmortal, había vivido antiguamente en el piso.
—Así es —respondí—. Hice mal en enviar a Jesse. Jesse era demasiado joven. Nunca fue... —Me costaba terminar la frase—. Jesse no era tan inteligente como tú.
—La gente que conoce los relatos de Lestat, que están publicados, encuentran un tanto estrambótica esa historia sobre un diario, un rosario y una vieja muñeca. Esos objetos obran en nuestro poder, ¿no es así? Están en una cámara acorazada en Inglaterra. En esa época no teníamos una casa matriz en Luisiana. Tú mismo los guardaste allí.
—¿Puedes hacerlo? —pregunté—. Mejor dicho, ¿quieres hacerlo? No dudo de que puedas.
Merrick se resistía a contestar. Pero habíamos empezado con buen pie.
¡Cuánto la echaba de menos! Estar en esos momentos conversando de nuevo con ella era más fascinante de lo que había imaginado. Me alegró observar los cambios que se habían operado en ella: había desaparecido por completo su acento francés y casi parecía inglesa, debido a los largos años que había permanecido estudiando en el extranjero. Buena parte de esos años los había pasado junto a mí en Inglaterra.
—Sabes que Louis te vio —dije suavemente—. Él me envió para que te pidiera este favor. ¿Sabes que se percató de que poseías ciertos poderes al observar tu mirada?
Merrick no respondió.
—«He visto a una auténtica bruja», me dijo cuando vino a verme. «No le inspiré el menor temor. Me dijo que si no la dejaba tranquila invocaría a los muertos para defenderse.»
—Es cierto —respondió Merrick, bajando la voz y mirándome con expresión muy seria—. Se cruzó en mi camino, por así decir —añadió con gesto pensativo—. Pero he visto a Louis de Pointe du Lac en muchas ocasiones. Yo era una niña cuando lo vi por primera vez, y ahora tú y yo hablamos de esto por primera vez.
No salía de mi asombro. Debí imaginar que Merrick iba a sorprenderme.
Sentía una inmensa admiración por ella. No podía ocultarlo. Me encantaba la sencillez de su atuendo, su blusa blanca de algodón de manga corta, con un escote redondo, y el collar de cuentas negras que lucía.
Al contemplar sus ojos verdes, de pronto me sentí avergonzado por lo que había hecho, por aparecer ante ella. Louis no me había obligado a ir a hablar con ella. Lo hice porque quise. Pero no quiero iniciar este relato haciendo hincapié en la sensación de vergüenza que experimenté en aquellos momentos.
Diré tan sólo que habíamos sido algo más que meros colegas en Talamasca. Habíamos sido mentor y discípula, en cierta ocasión casi amantes, durante poco tiempo, demasiado poco.
Había acudido a nosotros de niña, un miembro díscolo del clan de los Mayfair, de una rama afroamericana de esa familia, descendiente de unas brujas blancas a quienes apenas conocía, una mulata de piel clara de excepcional belleza, una chiquilla descalza que se había presentado en la casa matriz de Luisiana, diciendo: «He oído hablar de ustedes, los necesito. Veo cosas. Hablo con los muertos.»
Calculé que habían transcurrido más de veinte años desde aquel día.
Yo era el Superior de la Orden, instalado en la vida de un respetable administrador, gozando de todas las comodidades y desventajas de la rutina. Una llamada telefónica me había despertado en plena noche. Era de mi amigo y colega, Aaron Lightner.
—David —me había dicho—, debes venir a verla. Es increíble. Una bruja dotada de unos poderes que no tengo palabras para describir. Tienes que venir, David...
En aquellos días no había nadie a quien yo respetara más profundamente que a Aaron Lightner. He amado a tres seres a lo largo de toda mi existencia, como ser humano y como vampiro. Aaron Lightner era uno de ellos. Otro era, y sigue siéndolo, el vampiro Lestat, quien había obrado prodigios en mí con su amor, y había destruido mi vida mortal para siempre. El vampiro Lestat me había hecho inmortal y me había procurado una fuerza increíble, convirtiéndome en un ser excepcional entre los vampiros.
Y mi tercer amor: Merrick Mayfair, aunque yo había hecho todo lo posible por olvidarla.
Pero estamos hablando de Aaron, mi viejo amigo Aaron, con su pelo blanco ondulado, sus ojos grises y perspicaces y su afición a los trajes de mil rayas azules y blancas. Estamos hablando de ella, de la niña que en aquella época era Merrick, tan exótica como la lujuriante flora tropical de su país natal.
—De acuerdo, mi buen amigo, iré, ¿pero no podrías haberme llamado por la mañana?
Recordaba mi tono adusto y la risa campechana de Aaron.
—Pero hombre, David ¿qué te ha pasado? —respondió él—. No me digas lo que haces en estos momentos. Yo te lo diré. Te has quedado dormido leyendo un libro del siglo xix sobre fantasmas, una lectura evocadora y reconfortante. Deja que lo adivine. La autora es Sabine Baring-Gould. Hace seis meses que no sales de la casa matriz, ¿me equivoco? Ni siquiera para asistir a un almuerzo en la ciudad. No lo niegues, David, vives como si tu vida hubiera concluido.
Me eché a reír. Aaron hablaba con voz suave. Yo no leía a Sabine Baring-Gould, pero podía haberlo hecho. Creo que se trataba de un relato sobrenatural por Algernon Blackwood. Aaron tenía razón: hacía seis meses que no salía de estos sacrosantos muros.
—¿Qué ha sido de tu pasión, David, de tu dedicación? —había insistido Aaron—. Esta niña es una bruja, David. ¿Crees que utilizo esta palabra a la ligera? Olvida por un momento el nombre de esa familia, todos los conocemos. Esta chiquilla asombraría incluso a los Mayfair, aunque si de mí dependiera, no los conocería nunca. Te aseguro, David, que esta niña es capaz de invocar a los espíritus. Abre la Biblia por la página del Libro de Samuel. Es la pitonisa de En-Dor. Te muestras tan quisquilloso como el espíritu de Samuel cuando la bruja le despierta de su sueño. Levántate de la cama y cruza el Atlántico. Te necesito aquí, ahora.
La pitonisa de En-Dor. No necesitaba consultar la Biblia. Todos los miembros de Talamasca conocían de sobra esa historia.
El rey Saúl, temeroso del poder de los filisteos, acude antes de la fatídica batalla a «una mujer evocadora de muertos» y le pide que resucite al profeta Samuel. «¿Por qué me has turbado, evocándome?», pregunta el fantasmagórico profeta, y acto seguido predice que el rey Saúl y sus dos hijos morirán al día siguiente y se reunirán con él.
La pitonisa de En-Dor. Así he considerado siempre a Merrick, pese a la estrecha relación que mantuvimos más adelante. Era Merrick Mayfair, la pitonisa de En-Dor. A veces, en los memorandos semioficiales, me dirigía a ella por ese nombre, y a menudo en las breves notas que le escribía.
Al principio me pareció una chiquilla tierna y maravillosa. Obedeciendo las órdenes de Aaron, hice el equipaje, volé a Luisiana y puse los pies por primera vez en Oak Haven, la espléndida plantación que se había convertido en nuestro refugio en Nueva Orleans, en el viejo camino de River Road.
Fue un acontecimiento como de ensueño. En el avión había repasado el Antiguo Testamento: los hijos del rey Saúl habían muerto en el campo de batalla. Saúl había caído sobre su espada. ¿Era yo supersticioso? Había dedicado mi vida a la Orden de Talamasca, pero incluso antes de aprobar mi período de aprendizaje había visto e invocado espíritus por mi cuenta. No eran fantasmas, por supuesto. Eran unos seres anónimos, incorpóreos, que se aparecían ante mí al invocar nombres y ritos de la magia brasileña del candomblé, en la que me había sumergido temerariamente en mi juventud.
Pero dejé que ese poder se enfriara en mi interior a medida que los estudios y mi devoción a otros reclamaban mi atención. Había abandonado los misterios de Brasil por el mundo no menos prodigioso compuesto de archivos, reliquias, bibliotecas, organización e intendencia, atrayendo a otros que reverenciaban nuestros métodos y nuestra discreción. La Orden de Talamasca era vasta y antigua, y acogía a sus miembros con infinito amor. En aquella época ni siquiera Aaron conocía mis viejos poderes, aunque muchas mentes estaban abiertas a su sensibilidad psíquica. Yo enseguida descubriría si aquella niña era lo que parecía ser o un fraude.
Cuando llegamos a la casa matriz estaba lloviendo. Enfilamos la larga y embarrada avenida flanqueada por robles gigantescos que conducía desde la carretera del dique hasta la inmensa puerta de doble hoja. Qué verde era aquel paisaje incluso en la oscuridad; las retorcidas ramas de los robles se hundían en la alta hierba. Creo recordar que los largos tallos grises del musgo negro rozaban el techo del coche.
Aquella noche se había producido un corte de luz debido a la tormenta, según me dijeron.
—Confiere a las cosas un aire encantador —había comentado Aaron al saludarme. En aquella época ya tenía el pelo canoso, que le daba el aspecto de un consumado caballero de edad venerable, con un carácter eternamente jovial, casi dulce—. Te permite contemplarlas tal como eran antiguamente, ¿no te parece?
Las grandes estancias rectangulares estaban iluminadas sólo con quinqués y velas. Al aproximarnos, vislumbré el resplandor titilante a través del montante de abanico sobre la puerta. El viento agitaba unas linternas colocadas en las grandes galerías de la primera y segunda planta que rodeaban la enorme mansión rectangular.
Antes de entrar me detuve, a pesar del chaparrón que caía, para observar la maravillosa mansión tropical, impresionado por sus sobrios pilares. Antiguamente estaba rodeada por unos campos de caña de azúcar que se extendían a lo largo de muchos kilómetros; detrás de la casa, más allá de los macizos de flores, había unos destartalados cobertizos cuyo color se distinguía vagamente a través de la lluvia, en los que antaño se alojaban los esclavos.
Merrick se acercó descalza a saludarme, ataviada con un vestido de color lavanda estampado con flores rosas. No tenía el aspecto de una bruja.
Sus ojos eran tan misteriosos como si los llevara perfilados con el khol negro de una princesa hindú para realzar su color. Se veía el verde del iris y el círculo oscuro que lo circundaba, así como la pupila negra en su interior. Unos ojos maravillosos que destacaban contra su cremosa piel tostada. Llevaba el pelo peinado hacia atrás, mostrando la frente, y sus manos delgadas descansaban a los costados. En aquellos primeros momentos había demostrado un gran aplomo.
—David Talbot —había dicho con tono casi ceremonioso. La seguridad que denotaba su voz suave me había cautivado.
No habían logrado quitarle la costumbre de andar descalza. Resultaban muy seductores aquellos pies desnudos caminando sobre la alfombra de lana. Supuse que se había criado en el campo, pero no, me informaron que había crecido en un viejo y desvencijado barrio de Nueva Orleans donde no había aceras y las casas estaban a punto de desmoronarse de viejas y abandonadas, y las florecidas y venenosas adelfas eran tan altas como los árboles.
Merrick había vivido allí con su madrina, Gran Nananne, la bruja que le había enseñado todo lo que sabía. Su madre, una poderosa vidente, que yo sólo conocía por el misterioso nombre de Sandra la Fría, se había enamorado de un explorador. La niña no recordaba a su padre. No había asistido a una escuela normal y corriente.
—Merrick Mayfair —dije afectuosamente, abrazándola.
Era alta para sus catorce años, con unos pechos maravillosamente modelados debajo de su sencillo vestido de algodón; el pelo, seco y suave, le caía por la espalda. Cualquier observador de fuera de esta parte del sur tan singular, donde la historia de los esclavos y sus descendientes libres es pródiga en complejas alianzas y aventuras eróticas, la habría tomado por una belleza española. Pero un nativo de Nu
