La geek y el highlander (Serie Tecléame te quiero 1)

Isabel Jenner

Fragmento

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Capítulo 1

En una Escocia del siglo XVIIII…

La construcción de madera y techado de paja se alzaba con digna funcionalidad en un exuberante rincón de los Trossachs, la región que marcaba el inicio de las Tierras Altas de Escocia. Acogía en su interior seis tablas de recio roble sobre las que se habían dispuesto seis ordenadores de sobremesa y unos troncos tallados con modestia que hacían las veces de sillas para los usuarios. Ese día solo uno de los ordenadores estaba encendido, aunque se podían escuchar las voces de dos personas dentro de la edificación. Socarrona una, más profunda y enfadada la otra.

—Vas a perder.

—Cierra esa bocaza, Ian. O te la cerraré yo.

Duncan MacLaine lanzó una mirada que prometía sangre a su hermano menor antes de volver a enfocar su vista cansada en la pantalla del ordenador. Por suerte, no había nadie cerca a esas horas, que hubiera podido escuchar la agorera afirmación de Ian. Pulsó varias veces la flecha derecha del teclado y luego la barra espaciadora, con escasos resultados.

—A lo mejor podríamos romper la rueda del molino para que esos trastos del diablo dejen de funcionar —continuó Ian, sin darse por aludido mientras señalaba el monitor delante del que se sentaba Duncan—. Si la rueda no gira, no hay energía. Y así tendrías la oportunidad de salir vencedor en los juegos. Como has hecho siempre.

Con un resoplido, Duncan levantó sus enormes manos de las teclas y dio por perdida la tarde de práctica.

Apagó el equipo y se puso en pie. Sus dos metros de imponente figura, apenas cubiertos por un kilt que le envolvía las caderas y un tartán que cruzaba su ancho pecho desnudo, se alzaron sobre la fila de ordenadores comunales que utilizaban los habitantes de la aldea en un momento u otro de la semana. Reprimió el deseo de prenderles fuego uno a uno hasta que solo quedasen unas cáscaras retorcidas.

Si todo fuera como en los años anteriores…

Pero su tío, Arran MacLaine, el respetado laird de los MacLaine, había decidido incluir competiciones de realidad virtual e informática en los juegos de las Tierras Altas que se celebraban cada verano a orillas del Loch Katrine. Dichas competiciones, que se llevarían a cabo después de algunas de las pruebas físicas tradicionales, consistirían en juegos de simulación de combates y entrenamientos, donde los hombres deberían demostrar su capacidad de concentración y coordinación, y su desempeño como estrategas, junto con ejercicios de informática y ofimática en los que los participantes mostrarían sus habilidades y conocimientos para gestionar asuntos relacionados con las finanzas del clan. El día de los juegos nada volvería a ser como antes...Y Duncan temía sufrir la primera y más horrorosa derrota de su vida. Aunque jamás lo admitiría ante Ian. El muy condenado no pararía de torturarlo si lo hacía.

—¿Sabes cuántos clanes van a participar este año? —preguntó en cambio.

—Tengo entendido que vendrán los Duff, los Craig y los Maxwell.

Duncan asintió y flexionó con cuidado los hombros, algo agarrotados por la incómoda postura que había mantenido varias horas frente al ordenador.

A pesar de las típicas rencillas por el ganado, todos eran clanes vecinos que mantenían relaciones cordiales con los MacLaine.

—Todavía queda una semana. Estaré listo para enfrentarme a ellos.

No se le escapó la mirada escéptica que le dirigía Ian, con esos ojos de un color tan parecido al suyo, como si hubieran capturado el misterioso verdor de un bosque umbrío.

—Tú también acudirás a los juegos, Ian, y no veo que estés haciendo nada útil, como entrenar. Solo incordiar como una puñetera mosca en el trasero de un caballo.

El chico se encogió de hombros con absoluto descaro.

—Yo asumí que iba a perder desde que el laird mandó un correo electrónico con las nuevas condiciones. —Su rostro adquirió una expresión muy elocuente—. En el que, además, incluía una lista de los clanes que iban a participar. Hermanito, de no ser por mí, no te habrías enterado de los cambios hasta el mismo día de las competiciones. Si ni siquiera te has tomado la molestia de abrir el mail, ¿cómo vas a quedar primero en una prueba de informática?

Duncan masculló un juramento y se echó la mano al sporran para abrir el e-mail del demonio, pero no había ni rastro del teléfono móvil dentro del morral de cuero que colgaba de su cintura. Lo había vuelto a olvidar en la cabaña. Ian tenía razón: era un completo desastre en cuanto a nuevas tecnologías.

Apretó los dientes y se giró una última vez hacia su hermano antes de salir al exterior; los cabellos, largos y oscuros, le tapaban parte del rostro.

—Quedaré el primero en todas las pruebas.

Tras esa contundente frase, siguió el sendero que continuaba entre ondulantes curvas hasta MacLaine Tower. Pero no tenía ni la más mínima intención de ir a ver a su tío, así que giró en el primer claro abierto entre los brezos que encontró, sumido en sus pensamientos. Era cierto que no había nada que consiguiera agriar el buen humor de Duncan durante demasiado tiempo, pero llevaba unos días bastante disgustado y Arran MacLaine era el único culpable de su situación.

El objetivo de los juegos era demostrar el valor y la destreza física de un hombre para servir a su clan, y Duncan siempre había destacado por su fuerza y su tenacidad. Tenía el cuerpo y la mente de un guerrero, músculos entrenados por la espada y la batalla. Por mucho que Arran le explicase que el mundo estaba cambiando, no entendía cómo el laird había puesto las capacidades para manejar programas de un maldito ordenador, como ese «Exel» o como fuera que se llamara, o la pericia en un juego virtual a la misma altura que el esfuerzo real que requería el lanzamiento de un tronco o los reflejos en una lucha cuerpo a cuerpo. «¡Ah, el progreso!», masculló. Pero no tenía por qué gustarle, y así se lo hizo saber al hombre que había cuidado de Ian y de él como un padre desde que los suyos murieron cuando eran unos niños. Sin embargo, el laird MacLaine se había mostrado inflexible en su decisión, y Duncan llevaba tres eternos días entregado a la agónica e imposible tarea de ser un fenómeno del mundo digital.

Antes de que pudiera darse cuenta, había llegado a su cabaña, a la que se había marchado a vivir cuando había cumplido los dieciocho y había sentido la necesidad de ser un hombre independiente. Se encontraba cerca de la aldea, pero lo bastante lejos como para disfrutar de su intimidad. Siempre que su hermano no se dejara caer por allí, claro estaba.

Era una casa sencilla, pero Duncan se sentía muy orgulloso de ella porque la había construido con sus propias manos.

Estaba formada por una sola planta rectangular, con un entramado de madera que sostenía las paredes, hechas de bloques de piedra, barro y tepe, así como el techo de ramas y hierba seca. Una única ventana dejaba pasar la luz al interior para aislarla mejor del gélido invierno de las Tierras Altas, y disponía de un agujero en el tejado a modo de chimenea. Por dentro era igual de austera: nada más que una estancia que hacía de salón, cocina y despacho, con varias sillas talladas en sólido pino y un escritorio que podría sostener un ordenador que nunca iba a adquirir. Su dormitorio estaba separado del resto por una especie de cortina de mimbre, que bastaba para ocultar la cama a las visitas.

Empujó la puerta y rebuscó entre sus cosas hasta dar con el móvil debajo de una pila de camisas.

Tenía el cristal de la pantalla rajado por varios sitios. Cicatrices como las que mostraba su propio cuerpo, debido a los golpes y refriegas en las que lo había acompañado. La carcasa con los colores de su tartán, rayas amarillas y blancas sobre fondo negro, también había visto tiempos mejores.

Pulsó el botón para desbloquearlo y se sorprendió cuando vio nuevas notificaciones de Whatsapp. Sus conocidos cada vez le escribían menos al ver que rara vez respondía. Eran de un número que no estaba en su agenda de contactos. Y el mensaje, inesperado:

No obtuvo ninguna contestación, ni indicios de que su pregunta fuera a ser respondida, así que se quedó un momento mirando a la pantalla. La foto de perfil era una vaca de las Tierras Altas, una imagen bastante ambigua para saber quién se escondía detrás. Aunque, si Duncan tuviera que apostar, diría que se trataba de uno de los muchachos que correteaban entre los brezales de la aldea, listo para gastar una broma. Como sobrino del laird, mucha gente conocía su número en caso de que se presentara una emergencia y él sabía que, a ciertas edades, era muy tentador arriesgarse a tomarle el pelo a un superior. Sin embargo, no tenía nada que perder y el mensaje le intrigaba lo suficiente como para presentarse a la cita, solo para descubrir qué se proponía el que lo envió.

Se rascó la mandíbula e hizo una mueca al tratar de imaginar cuánta gente daría por hecho que ese año perdería los juegos, luego se encogió de hombros y salió de la cabaña dando un portazo.

Todavía faltaba un poco para que se escondiera el sol, puesto que los días se alargaban en verano, así que comenzó a caminar con paso tranquilo hacia el círculo de piedras donde tendría lugar el encuentro.

Cuando faltaban solo unos metros hasta su destino, un crujido entre la maleza, como el paso de veinte jabalíes, lo hizo frenarse en seco.

Un pequeño chillido femenino lo impulsó a ponerse en movimiento de nuevo.

Desechó la idea de sacar la daga que llevaba escondida en la bota y se apresuró a bajar un terraplén poco inclinado en dirección a esa voz. Encontró un bulto enredado entre algunas zarzas, que no paraba de moverse.

Duncan estiró los brazos y, sin prestarle atención a los arañazos a su piel al descubierto, consiguió desenredar de entre los afilados pinchos a quien quiera que estuviera debajo de un tartán con los colores de los MacLaine, igual al suyo.

Solo se dio cuenta de que estaba sujetando a su doncella en apuros del trasero cuando la joven se apartó con otro chillido para hacerle frente.

Al mirarla, el highlander se encontró con la criatura más extraña sobre la que se hubieran posado sus ojos alguna vez. Tenía los cabellos rojos como el más descarado amanecer, pero estaban anudados en una trenza tan tirante que parecía empujar su rostro hacia atrás, un rostro menudo como el de un duende y muy solemne. Sus labios estaban a apretados en una fina línea bajo una nariz respingona y usaba unas enormes gafas de metal que no le dejaban ver con claridad el color de sus iris. Aunque le parecieron oscuros y misteriosos.

De su cuerpo, Duncan tampoco podía decir mucho, porque la gruesa tela del tartán le daba una apariencia sin forma. Pero, por lo que su mano había tocado (sin querer), no parecía estar en los huesos.

—¿Te has perdido, muchacha?

—Te estaba siguiendo, Duncan MacLaine.

Duncan parpadeó por dos razones. La primera era que su voz sonaba algo ronca, demasiado sensual para un pequeño duende del bosque. La segunda era igual de desconcertante:

—¿Estabas siguiéndome? —repitió.

La joven pareció ruborizarse un poco antes de responder:

—Pero no en el sentido tétrico de la palabra.

Duncan volvió a parpadear.

—¿Hay algún otro sentido?

—Sí. —Su rostro seguía muy serio—. Uno beneficioso. Para los dos.

Aquel encuentro era lo más raro que le había pasado a Duncan desde que una lagartija de patas cortas le había anunciado que se había quedado sin Internet por primera vez. Aún recordaba lo feliz que se veía ese bicho al informárselo. Hasta podría haber jurado que estaba sonriendo...

Pero aún no tenía ninguna intención de poner fin a la conversación y sus sentidos estaban alerta por si ella era parte de una emboscada del pícaro que le había propuesto el trato por Whatsapp.

Se cruzó de brazos y reprimió una sonrisa al ver que la mirada de la chica se dirigía al lugar donde se levantaban sus bíceps.

—Te escucho.

—Yo fui quien te escribió hace un rato. —Tras esa sorprendente confesión, la joven lo apuntó con el dedo—. Voy a hacer que ganes los juegos de las Tierras Altas.

Duncan dejó caer los brazos de golpe.

—¿Cómo dices?

Su rostro debía destilar tanta incredulidad que la expresión de la chica reflejó duda por un momento.

—¿No fuiste tú quien recibió el whatsapp en el que te proponía vernos? Pero estás aquí y estoy convencida de que era tu número...

—Sí que lo recibí —confirmó Duncan, impaciente—. Lo que quiero saber es qué podrías hacer tú para ayudarme.

La observó de arriba abajo, en una clara muestra de su escepticismo.

De todas las sorpresas que creyó que podría encontrarse al acudir al claro, jamás se le habría pasado por la cabeza que se toparía con un misterioso y serio duendecillo del bosque que supiera de ordenadores. Aquel no era un tema por el que solían interesarse las mujeres.

Ella cuadró los hombros, lista para defenderse.

—Tengo amplios conocimientos informáticos, utilizo las últimas novedades en tecnología que existen. Soy, como todos se empeñan en llamarme, una auténtica geek. —A Duncan la palabra le sonó como de otro planeta—. El poderoso Duncan MacLaine, en cambio, ha ganado los juegos siete años consecutivos. Pero todo el mundo sabe que, a pesar de ser un hombre joven, no tiene ningún interés en aprender sobre ordenadores, teléfonos o nada que no esté relacionado con la fuerza bruta.

Duncan se crispó como un erizo.

—¿Y quién, si puede saberse, es la adalid de la modernidad que tiene las gallas de enfrentarse a un bruto?

La joven no dijo nada.

—Respóndeme. ¿Cómo te llamas, muchacha?

—No soy una muchacha. Soy Dallas Sterling.

—¿Sterling? —Era un clan aliado de los MacLaine, pero a bastantes millas de su aldea, muy cerca de las Tierras Bajas—. ¿Y qué hace una Sterling tan lejos de su hogar? ¿Y con el tartán de los MacLaine?

—Mi padre se casó con Fiona MacLaine y juró fidelidad al laird Arran —contestó ella con orgullo—. Per

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