Introducción
La ilusión de un final
Son muchas las razones, más allá de un cierto glamour literario, que llevan a los reporteros a albergar el sueño de convertirse en novelistas. El autor de libros de no-ficción debe cargar con esa porfiada vaguedad de lo real, esa cualidad de la vida hecha de eventos que se suceden unos a otros y que es percibida como tal. Al novelista, en cambio, se le concede el derecho de traspasar las barreras factuales y adentrarse en los parajes oscuros y elusivos del misterio, de las pulsiones y pasiones humanas. Tiene el poder de realizar aquello que incluso Dios es renuente a hacer: imponerle una forma a la experiencia para que esta le brinde la ilusoria satisfacción de un relato con comienzo, desarrollo y final.
Ningún buen reportero es tan insensato o vanidoso como para suponer que la historia se está cristalizando ante sus exclusivos ojos; sin embargo, ninguno de los periodistas que trabajaban en Moscú durante los años que abarcan el gobierno de Gorbachov y el derrumbe del comunismo y de la Unión Soviética pudo dejar de sentir una profunda estupefacción ante la compleja situación que le tocaba presenciar. Los trascendentales acontecimientos que ocurrían en todos los ámbitos de la vida política, económica, intelectual y social eran tan intensos y acelerados —sin olvidar, además, que tenían lugar en un territorio de proporciones inusitadas— que ninguno de nosotros jamás tuvo la sensación de poder dar testimonio de todo lo que sucedía, y menos aún en la crónica periodística del día siguiente.
Y, sin embargo, uno de los regalos ilusorios que recibieron los reporteros residentes en Moscú durante ese período fue la sensación de haber sido testigos de un final dramático y colosal, de alcance histórico y mundial. En agosto de 1991, mi esposa Esther y yo teníamos previsto volver a casa tras cuatro años de estadía en Moscú. Ella había estado trabajando para el New York Times y yo, para el Washington Post. En ese momento, la perestroika, el conjunto de reformas impulsadas por Gorbachov tras su ascenso al poder en marzo de 1985, era, en muchos aspectos, un proceso sumamente dramático —los estados de Europa oriental y central daban los primeros pasos en pos de su liberación de la tutela del Kremlin, las repúblicas soviéticas clamaban por una mayor independencia y el Partido Comunista se encontraba en un estado de caída libre—, pero no quedaba claro cómo culminarían esos procesos. De haber un final, nosotros no lo veríamos, ya que se había agotado nuestro tiempo. Los corresponsales estadounidenses no suelen permanecer en sus puestos de destino mucho más de cuatro años. Así, tras despedirnos de nuestros amigos, empaquetar nuestras pertenencias y limpiar nuestro apartamento en Kutuzovsky Prospekt, y tras realizar y publicar una entrevista con Alexander Yakovlev, confidente de Gorbachov, quien me señaló que presentía que el Partido Comunista y el KGB llevarían a cabo un golpe de Estado, partimos en un vuelo de Pan Am desde el aeropuerto de Sheremetyevo hacia Nueva York. Eso sucedió el 18 de agosto de 1991.
En las primeras líneas de Diez días que estremecieron al mundo, John Reed se refiere a su crónica sobre Petrogrado como un «trozo de historia intensificada». Es difícil creer que los acontecimientos que concluyeron en 1991 fueran menos intensos. Yo había pensado escribir un libro sobre lo que había presenciado, pese a que el relato aún no había culminado en un hito tan singular como el asalto al palacio de Invierno. ¿Quién podía esperar hasta que ello ocurriera?
En la práctica, solo hubo que esperar un par de horas. Nada más llegar a casa de mis suegros en las afueras de Nueva York y sintonizar las noticias en CNN, Esther y yo, junto con el resto del mundo, pudimos ver las imágenes de los tanques soviéticos avanzando por Kutuzovsky Prospekt, a unos metros de nuestro antiguo apartamento. Era el golpe de Estado del KGB que Alexander Yakovlev había previsto. Se trataba, a todas luces, del fin de la historia, fuera cual fuese su desenlace. Pese a la presencia de un huracán en la Costa Este que dificultaba el tráfico aéreo hacia Rusia, al día siguiente me encontraba de vuelta en Moscú. El 21 de agosto, el golpe de Estado había fracasado. Tras haber sido mantenido como rehén en su casa de veraneo en Crimea, Gorbachov regresó con su familia a Moscú, donde lo esperaba una gélida recepción por parte de su rescatador y rival, Bor is Yelt si n. Gorbachov creía que había vuelto al poder; en realidad, había regresado a la capital para presenciar la transformación del mundo tal como lo había conocido hasta entonces.
No abandoné Moscú hasta finales de ese año. A esas alturas, la Unión Soviética se había disuelto como un azucarillo en una taza de té. Volví a Nueva York y terminé mi libro La tumba de Lenin con unas notas que me ayudaron a ampliar el capítulo final. El extenso capítulo sobre el golpe de Estado de agosto —«Primero como tragedia, luego como farsa»— fue completado con jugosos detalles sobre el secuestro de Gorbachov en su casa de veraneo en Crimea, las frenéticas vacilaciones en las oficinas de la Lubyanka mientras los aspirantes a dictadores se ahogaban en alcohol y las insólitas formas en que los autores intelectuales del golpe de Estado se suicidaron. Era un desenlace que ningún guionista se habría atrevido a prever. Y ahí estaba ocurriendo, ante nuestros ojos, precisamente al término de nuestro período de cuatro años como reporteros asignados a un lugar. Más aún, la conclusión parecía del todo feliz: la conclusión bastante pacífica de un período increíblemente malévolo de la historia; la arriada, la noche de Navidad, de una bandera roja en el Kremlin, y el izamiento de una nueva, roja, blanca y azul. Era el fin del comunismo. Tras mil años de feudalismo, autocracia zarista y comunismo totalitario, ¿cabía esperar el advenimiento de una democracia liberal, prosperidad, verdad y justicia?
Al poco tiempo, les dije en broma a mis antiguos colegas en el Post de Moscú que ese era el fin de la historia. Esa frase ligera reflejaba una ceguera más profunda: la idea, particularmente asumida en Washington, de que Rusia y las restantes catorce repúblicas soviéticas experimentarían una transformación política y al tiempo económica sin apenas problemas, al tiempo que Estados Unidos, liberado de las rivalidades y obligaciones de la Guerra Fría, podría ejercer su dominio como única superpotencia mundial. Esto era como creer en un cuento en detrimento de la historia, una ilusión desmentida por un sinnúmero de eventos que probaban que el declive y colapso de la Unión Soviética proseguiría por muchos años tras su disolución oficial. Y gran parte de esos eventos serían mucho más grotescos que todo lo que se pudo presenciar durante la era Gorbachov: el sangriento «golpe de Estado» de octubre de 1993; las guerras chechenas; el auge de un capitalismo oligárquico y muchas veces criminal; la caída de la incipiente prensa libre y la asfixia de las libertades civiles; el colapso económico de 1995; la poco estética decrepitud de Boris Yeltsin y el ascenso de Vladimir Putin. Y, con el advenimiento de Putin, la clara sensación de que la construcción de una democracia liberal era una posibilidad remota, mucho más remota de lo que cualquier persona que hubiera sido testigo de los eventos de 1991 hubiese podido imaginar.
Putin fue presidente desde el año 2000 hasta 2008. Luego, acatando, al menos nominalmente, lo establecido en la Constitución de Rusia, dio un paso al costado para permitir el acceso al poder de su protegido, Dmitri Medvedev. En una elección dudosamente democrática, Medvedev obtuvo la presidencia. Como medida inicial, nombró a Putin su primer ministro. El mensaje era claro: la era Putin proseguía.
La popularidad de Putin como avatar de la tradición rusa y del poder estatal es en parte el resultado de una visión difusa que muchas personas aún conservan de la era Yeltsin. En un viaje a Moscú en 2008 vi la película Zhmurki («El embaucamiento del hombre muerto»), de Alexei Balabanov. Era un film de gángsteres que parecía cristalizar en una caricatura sangrienta la realidad rusa de los años noventa, presentándola como algo caótico, corrupto y violento. La película comienza con un profesor que enseña economía en 2005 y que explica cómo, tras la caída del comunismo y de la Unión Soviética en 1991, hubo una «redistribución de la propiedad», la más grande que se haya producido en la historia de la humanidad. Este fue el período en que los llamados «oligarcas» adquirieron sus pozos petrolíferos, minas de oro y bancos.
—¿Alguien sabe cómo? —pregunta.
Un entusiasta estudiante contesta:
—En ese entonces se podía amasar fortunas a partir de nada.
—Y también había grupos criminales —agrega el profesor—, que se aliaban con las autoridades y conseguían así sus capitales iniciales.
Luego aparece un título, «Mediados de los años noventa», y una escena truculenta en que un asesino denominado el Profesional está torturando a un gángster rival en una morgue. En la escena final, dos sádicos asesinos a sueldo roban cinco kilos de heroína a su jefe —su «capital inicial»— y huyen hacia Moscú, donde sustituyen sus cazadoras de cuero y sus pistolas por trajes formales y puestos de trabajo en la burocracia del Kremlin.
En la Rusia actual, la demokratia tal como surgió en los años noventa es usualmente llamada dermokratia, «mierdocracia». La noción de liberalismo —la creencia en la necesidad de una sociedad civil, libertades públicas y una economía abierta— también se ha visto mermada. De todos los activistas en favor de la democracia y políticos de finales de los años ochenta y noventa, el único que es recordado con afecto —cuando no de manera periódica— es el físico y activista en pro de los derechos humanos Andrei Sajarov. Y puede que ello se deba a que falleció en diciembre de 1989, dos años antes de la caída del imperio soviético. Los partidos liberales que surgieron en los años noventa, tales como Yabloko («Manzana») y la Unión de Fuerzas de Derecha, están marcados por sus vínculos con la era Yeltsin y ya no tienen representación en la Duma. «El Estado permite que haya oposición siempre y cuando no se constituya una coalición», me indicó Mijail Kasyanov, ex primer ministro.
«No hay prácticamente ninguna oposición, salvo la de los comunistas, como en la época de Yeltsin —señaló Alexander Solzhenitsyn a Der Spiegel poco antes de su muerte, en agosto de 2008—. Si se observa sin sesgo la situación, se advierte un acelerado deterioro en los estándares de vida en los años noventa que afectó a tres cuartas partes de las familias rusas, y todo ello bajo el lema de la democracia. No sorprende, pues, que la población ya no se adhiera a ese eslogan.» Solzhenitsyn, que vivía en las afueras de Moscú, tenía ochenta y ocho años en ese entonces y una salud precaria. Aun cuando gran parte de su trabajo como escritor e historiador contenía una persistente crítica al poder soviético y a la policía secreta, ahora se refería en términos positivos a Putin, quien, por ese entonces, era teniente coronel en el KGB. «Putin heredó un país saqueado y apabullado, con un pueblo pobre y desmoralizado —señaló—. Y comenzó a hacer aquello que era posible realizar, una lenta y gradual recuperación.»
Garry Kasparov, el campeón de ajedrez, es una de las pocas voces disidentes destacadas en la era de Putin. Ha señalado que la popularidad de Putin es la falsa popularidad de los dictadores. «El apoyo a Putin es una especie de resistencia pasiva al cambio —me dijo—. No se puede hablar de elecciones y popularidad cuando todos los medios de comunicación están bajo control estatal. ¡No quiero darle malas ideas a nadie, pero con un aparato propagandístico de esas características, respaldado por una fuerza de seguridad omnipotente, se debería aspirar a un mínimo del 70 por ciento de apoyo!»
Dos grandes tradiciones han sobrevivido en la Rusia postsoviética: el poder de la policía secreta y el uso de la alegoría como forma de transmitir una verdad. En la Rusia de Putin, esta última es una de las pocas maneras efectivas de describir la primera. Vladimir Sorokin, un escritor en su cincuentena con un manejo especial de la brutalidad surrealista en sus relatos, publicó una novela distópica titulada El día del oprichnik. Los oprichniki constituían la policía secreta en el siglo XVI; eran el KGB de Ivan el Terrible. En la descripción que hace Sorokin de una Rusia autoritaria situada en el año 2028, el dictador controla todos los destinos de la nación y toda la información. El bienestar del Estado depende del petróleo y del gas, y la supervivencia de las personas, de una lealtad inquebrantable a un déspota brutal y su círculo de oprichniki. El Estado mismo es profundamente conservador y tradicional.
La alegoría es bastante obvia. Putin y un gran número de sus altos cargos en el Kremlin, ministros y consejeros, provenían de las filas del KGB, muchos de su ciudad natal de San Petersburgo. Yeltsin intentó repetidamente reformar los servicios de seguridad, pero fracasó. «El sistema basado en una policía política aún perdura —admitió Yeltsin antes de su muerte en 2007—, y podría resucitar.» Durante los años noventa, los oligarcas llenaron sus organizaciones con consejeros del KGB bien entrenados y bien informados, pero Putin revirtió la jerarquía. Había más siloviki —hombres de seguridad— en el Kremlin que licenciados de Harvard en la Casa Blanca de Kennedy. Olga Kryshtanovskaya, experta en élites políticas, estima que los siloviki ocupan más del sesenta por ciento de los cargos altos y medios altos en el Estado. Dirigen varios departamentos en el Kremlin, operaciones bancarias y empresas estatales.
En un libro de entrevistas sobre su vida, Putin señala que cuando lo destinaron a Alemania Oriental, en los años ochenta, solía vagar ociosamente mientras el régimen comunista se desmoronaba. Tenía gran afición por la bebida local —«se vierte la cerveza en la barrica, se introduce un caño y se puede beber directamente del barril»— y engordó casi diez kilos. Pero, como presidente, no dudó en mostrar su lealtad al órgano para el que había trabajado y acrecentar su poder. «No hay nada comparable a un antiguo miembro de la policía chekista», solía decir.
Algunos de los eventos más grotescos de la historia reciente de Rusia —el asesinato de periodistas, el arresto de altos empresarios rebeldes, la intervención en empresas internacionales que no cooperan con el régimen— están vinculados, según muchos observadores, al FSB (Servicio Federal de Seguridad), nueva versión del KGB, aun cuando la estructura general del régimen, su modo de corrupción, su forma estratégica de controlar la sociedad y la economía, y de operar con el resto del mundo, es mucho más sofisticada que la incompetencia imperante en la era soviética. Putin no actúa como un dictador, al menos no en la acepción estalinista del término. Prueba de ello es su aceptación de Medvedev, un abogado con inclinaciones más liberales en diversos ámbitos, que van desde las libertades civiles hasta la interpretación de la historia soviética. Putin sabe que, para poder operar en la economía global, debe introducir los recursos del país en el mercado mundial y comportarse adecuadamente. Si alguien se interpone en su camino, puede recurrir al FSB, pero de manera muy selectiva. En el mundo moderno, el uso político de la policía fiscal o un incidente singular y bien publicitado de misteriosa brutalidad son mucho más eficaces que la represión masiva y el gulag. Y, en la experiencia de Putin, ¿quién puede demostrarle que la estabilidad y la prosperidad requieren verdaderamente un régimen democrático, una separación de los poderes y libertades civiles?
Putin se ha asegurado de que prácticamente todo el poder en Rusia se concentre en el poder ejecutivo. El Parlamento, la duma estatal, es casi tan dependiente del poder central como lo era el Soviet Supremo bajo Leonid Brezhnev. El imperio de la ley, de los jueces y abogados es una mera farsa. Los gobernadores de las más de ochenta regiones de Rusia ya no son elegidos, como en la era Yeltsin; desde la promulgación de un decreto presidencial en 2004, todos son designados por el Kremlin. Los canales de televisión federales, de lejos el principal instrumento de noticias e información en Rusia, son neosoviéticos en términos de su obediencia a los dictados del Kremlin. La comunidad empresarial también debe plegarse a los deseos e instrucciones del círculo de Putin. Hoy prácticamente hay tantos multimillonarios en Moscú como en Nueva York, pero el arresto por fraude, en 2003, de Mijail Jodorkovsky, magnate del petróleo, en ese entonces el hombre más rico de la nación, fue una clara y ominosa señal de que la riqueza dependía de la aprobación del Kremlin. Jodorkovsky, que tuvo la osadía de fundar partidos de oposición, expresar sus ideas políticas e intentar cerrar acuerdos para el suministro de petróleo a China sin el consentimiento previo del Kremlin, se encuentra aún recluido en la Colonia Penal N.º 10, en Siberia oriental. Pero a estas alturas de la historia de Rusia, ¿a quién le importa?
«La gran mayoría de la población celebra el hecho de que, por primera vez en la historia de Rusia, ha vivido durante quince años sin la presión constante del totalitarismo sobre todos los ámbitos de sus vidas —señala Vladimir Milov, un economista que abandonó el gobierno de Putin en 2002—. Por ejemplo, se puede viajar libremente al extranjero. La mayoría de las personas aún no pueden costearse algo así, pero el sector más activo y con mayor nivel de educación sí, lo que cambia sustancialmente las cosas. Las autoridades locales dejan vivir tranquilamente a las personas siempre y cuando estas no las cuestionen. En otras palabras, les ofrecen el siguiente trato: “Ustedes nos dejan robar y nosotros los dejamos vivir”.»
En 1989, en medio del proceso de reformas impulsado por Mijail Gorbachov, dos reputados científicos sociales, Andranik Migranyan e Igor Klyamkin, publicaron un diálogo en el semanario Literaturnaya Gazeta, en el que Migranyan señalaba: «Nunca, en ningún país del mundo, se ha producido una transición directa de un régimen autoritario a una democracia. Siempre ha existido necesariamente un período autoritario». En aquel entonces, los intelectuales liberales de Moscú, que imaginaban otro futuro para el país, desestimaron el artículo tildándolo de pesimista, erróneo y reaccionario. Eso fue entonces. No se debe infravalorar el período que abarca los años 1989-1991. La ideología comunista, el Estado soviético y el viejo imperio han muerto y no hay peligro real de que puedan volver. Pero la sensación de un final —uno abrupto y feliz— es una ilusión en la que nadie cree desde hace muchos años.
DAVID REMNICK, 2010
Prólogo
Mucho antes de que alguien tuviese motivos para predecir la decadencia y caída del imperio soviético, Nadezhda Mandelstam llenó sus cuadernos con acentos de esperanza. No era esta una mujer sentimental ni ingenua. Había visto cómo se llevaban arrestado a los campos de trabajos forzados a su esposo, el gran poeta Osip Mandelstam, durante la represión de los años treinta; describió en términos descarnados cómo el régimen mantenía a sus súbditos en un estado de terror permanente. La gente de la Unión Soviética se encontraba «ligeramente desequilibrada; no enferma precisamente, pero tampoco lo que entenderíamos por normal». Sin embargo, a diferencia de tantos estudiosos y políticos, Mandelstam percibió las señales de debilidad inherentes al sistema soviético y creyó en la fortaleza y resistencia de su gente.
El 20 de agosto de 1991, en una tarde desolada y lluviosa, caminaba entre la muchedumbre que protegía al Parlamento ruso de una potencial invasión encabezada por los líderes de un golpe militar. Ese día, todos presenciamos lo que tan pocos hubiesen podido predecir: ciudadanos soviéticos —trabajadores, profesores, niños, madres, abuelos, incluso soldados— haciendo frente a un grupo de hombres ignorantes, que creían encarnar una versión mejorada del régimen bolchevique y tener el poder para congelar, o incluso hacer volver atrás, el tiempo. En sus apresurados cálculos, los conspiradores pensaron que las «masas» se encontraban demasiado agotadas y eran demasiado indiferentes para luchar. Sin embargo, decenas de miles de ciudadanos moscovitas corrientes estaban dispuestos a entregar sus vidas por los principios democráticos. Se afirmaba entonces, e incluso hoy[1] se sostiene, que los rusos saben poco o nada de la sociedad civil. ¡Qué extraño, pues, que tantas personas estuvieran dispuestas a morir en su defensa!
Por lo general, no poseo buena memoria para registrar lo que he leído, pero esa tarde del golpe, horas antes de que existiera la certeza de que no habría ataque y de que el putsch fracasaría, recordé un corto pasaje subrayado en negro en mi ejemplar de Contra toda esperanza, de Nadezhda Mandelstam: «El terror podría volver, pero implicaría tener que enviar a varios millones de personas a los campos. Si esto hubiese de ocurrir ahora, proferirían gritos de protesta, y también lo harían sus familiares, amigos y vecinos. Este es un factor que debe ser tomado en cuenta». Los líderes del golpe de agosto no habían contado con la reacción de su propia gente. No fueron capaces de comprender nada. Fueron encarcelados por su error de cálculo, y los puntales del antiguo régimen se desmoronaron.
En el momento de escribir estas líneas, la euforia de aquellos días de agosto pertenece al pasado y la democracia rusa es frágil. Hay días en que parece que poco ha cambiado, que el destino de Rusia depende, una vez más, de las aptitudes, de las inclinaciones y del pulso de un solo hombre. Esta vez se trata de Boris Yeltsin: heroico durante el golpe, flexible, astuto, pero, a menudo, también imprudente en su lenguaje y un bebedor empedernido. Nadie sabe lo que podría suceder si, como resultado de un ataque o de un levantamiento de los nacionalistas de línea dura, los neofascistas y los comunistas nostálgicos que dominan el Parlamento, Yeltsin fuera expulsado del poder. Mientras la versión en inglés de este libro entra en imprenta en abril de 1993, la lucha de poder entre Yeltsin y el Parlamento aún no ha sido resuelta y ha puesto de manifiesto la falta de una Constitución clara y manejable, así como la ausencia de un sistema jurídico y de un sistema de autoridad. Las instituciones de esta nueva sociedad son embrionarias, infinitamente frágiles.
En enero de 1993, el drástico programa económico de Yeltsin solo se ha traducido en resultados espasmódicos, mucho sufrimiento y gran inquietud por doquier. La comida y demás suministros son más abundantes en algunos lugares, pero los precios están fuera de control. La tasa de inflación se asemeja a la de América Latina. Los responsables de las vastas plantas militares muestran poco interés en el tránsito a una economía de tiempos de paz, y los subsidios absurdos que reciben han creado un desorden en las finanzas de Rusia. Una nueva clase de jóvenes espabilados, e incluso algunos hombres de negocios honrados, están prosperando; pero entre los ancianos, los débiles y los pobres cunde el desaliento. El índice de criminalidad está fuera de control, y en todas partes surge un nuevo demagogo —comunista, nacionalista o simplemente demente—, listo para explotar los fracasos, las vanidades y las desgracias del gobierno electo. El peligro de la tentación autoritaria todavía acecha en Rusia. Hasta ahora, casi todos los sucesores potenciales de Yeltsin prometen inclinarse por reformas económicas menos radicales y por una agresiva política antioccidental.
En otros lugares de la otrora Unión Soviética, la situación es igualmente preocupante. Hay pequeños conatos de guerra en el Cáucaso y golpes de Estado en Asia central. Moldavia, Letonia, Estonia y Lituania acusan a Rusia de imperialismo por dejar atrás sus tropas. Por su parte, los rusos protestan contra los líderes de los gobiernos bálticos, acusándolos de tratar a los no bálticos como ciudadanos de segunda clase. Armenia se encuentra en estado de quiebra y al borde del desastre, y Georgia está asolada por una guerra civil. A pesar de una serie de tratados históricos con Estados Unidos, los conflictos no resueltos respecto a la propiedad del arsenal militar entre Rusia, Ucrania, Bielorrusia y Kazajstán nos impiden conciliar el sueño, lo que James Baker en algún momento llamó «Yugoslavia con armas atómicas».
A pesar de todo lo anterior, me inclino por el terco optimismo de Mandelstam. Después de todo, este libro es la crónica de los últimos días de uno de los regímenes más crueles de la historia humana. Y habiendo vivido esos días finales, habiendo vivido en Moscú y viajado por las repúblicas del último imperio, estoy convencido de que no habrá vuelta al pasado a pesar de todas las dificultades que quedan por delante. En Occidente no debemos apartar la mirada de este proceso. Darle la espalda pondría en peligro Rusia, a la antigua Unión Soviética y la seguridad del mundo.
Habrá que esperar a que aparezcan muchos libros y se investiguen muchos archivos para comprender la historia de la Unión Soviética y su colapso final. Después de todo, aún prosigue el debate acerca de los acontecimientos de 1917. Escribir la historia toma su tiempo. Al preguntársele lo que opinaba acerca de la Revolución francesa, Zou Enlai replicó: «Es demasiado pronto para saberlo». Para comprender en profundidad el período de Gorbachov se requerirá toda una nueva biblioteca que incluya una enorme variedad de temas: las relaciones soviético-estadounidenses, la historia económica, los levantamientos en los estados bálticos, el Cáucaso, Ucrania y Asia central, la «prehistoria» de la perestroika, los efectos psicológicos y sociológicos de un régimen totalitario que duró muchos años.
Viajé a Moscú en enero de 1988 como reportero del Washington Post y presencié la revolución desde ese ángulo. Como muchos reporteros en Moscú, enviaba trescientos y cuatrocientos artículos al año a directores de periódico que seguramente hubiesen estado encantados de recibir una cantidad mayor. Aun entonces, en medio de ese trabajo febril, parecía que los múltiples acontecimientos de la era Gorbachov-Sajarov-Yeltsin obedecían a cierta lógica, a un patrón: una vez que el régimen se suavizó lo suficiente como para permitir un examen a gran escala del pasado de la Unión Soviética, se volvió inevitable un cambio radical. Cuando el sistema se mostró como lo que era y como lo que había sido, firmó su condena. En la primera parte doy cuenta de ese momento esencial —el retorno de la historia en la Unión Soviética—, y luego, en la segunda parte, procedo a abordar el tema de los comienzos de la democracia. La tercera parte es el relato de la confrontación entre el antiguo régimen y las nuevas fuerzas políticas. La cuarta parte es un intento de describir desde diferentes perspectivas el putsch de agosto —acontecimiento extraño y culminante— y sus secuelas. En la quinta parte, examino el intento final del Partido Comunista por justificarse, mientras a su alrededor un nuevo país ve la luz. A lo largo del libro, presento la historia a través de la mirada de hombres y mujeres que representan al país; algunos de ellos son personajes conocidos y otros no.
Estoy convencido de que, si Nadezhda Mandelstam estuviera viva, no se entretendría mucho tiempo en celebraciones. Criticaría de forma implacable las desigualdades y los absurdos de la política de la Rusia postotalitaria. Nos advertiría acerca de lo problemático que es pretender que un pueblo maltrecho y aislado pueda acceder rápidamente a una forma de vida que ya no promete un paternalismo desde la cuna hasta la tumba. A pesar de su amor por las novelas de Agatha Christie, nos advertiría acerca de la nueva ola de cultura trash (la súbita fascinación por las telenovelas mexicanas y las zapatillas deportivas norteamericanas). No cerraría los ojos ante las dificultades, ni siquiera ante los desastres por venir. Creo, sin embargo, que conservaría el optimismo. El optimismo es conservar la creencia en que el país puede levantarse gradualmente de las ruinas del comunismo; es la confianza en que las antiguas víctimas del experimento soviético tienen un cúmulo tal de experiencia histórica que hace imposible la vuelta a la dictadura y al aislamiento. Ya se vislumbran señales, en toda Rusia y el resto de la antigua Unión Soviética, del surgimiento de una nueva generación de artistas, profesores, hombres de negocios, incluso de políticos. Gente «libre de los viejos complejos», como dicen los rusos. Puede incluso que llegue el día en que, para transitar de un día a otro, en Rusia ya no sean necesarios los milagros que presenciamos durante los últimos años del antiguo régimen. Puede que algún día Rusia se transforme en un lugar común y corriente, en un país con problemas en vez de catástrofes, en un lugar que se desarrolla en vez de estallar. Esto valdría la pena verlo.
Primera parte
El derecho a la memoria
La lucha del hombre contra el poder es la lucha de la memoria contra el olvido.
MILAN KUNDERA
1
El golpe del bosque
El coronel Alexander Tretetsky, de la Oficina del Fiscal Militar de la Unión Soviética, llegó un caluroso día de verano a su último lugar de trabajo: una serie de fosas comunes situadas en un bosque de abedules a unos treinta kilómetros de la ciudad de Kalinin. El coronel y sus ayudantes iniciaron la jornada excavando y hurgando la tierra en busca de indicios del régimen totalitario (cráneos perforados por balas, botas carcomidas por los gusanos, restos de uniformes militares polacos).
Esa mañana, antes de partir al trabajo, habían escuchado por la radio y la televisión las alarmantes noticias provenientes de Moscú: Mijail Gorbachov había «renunciado» por «razones de salud». El Comité Estatal para Estados de Emergencia había asumido el poder, prometiendo orden y estabilidad. Pero ¿qué se podía hacer? Kalinin estaba varias horas al norte de Moscú en tren y muy lejos de rumores y noticias. De modo que Tretetsky, como casi todo el mundo en la Unión Soviética esa mañana del 19 de agosto de 1991, fue a trabajar como si fuera un día común y corriente.
La excavación en el bosque situado en las afueras de Kalinin era un proyecto inhumano. Medio siglo atrás, y bajo órdenes directas de Stalin, verdugos del NKVD asesinaron a quince mil militares polacos y arrojaron los cuerpos en hileras de fosas comunes. La operación en Kalinin, Katyn y Starobelsk, que duró un mes, fue parte del intento de Stalin por iniciar la dominación de Polonia. Esos jóvenes oficiales se contaban entre los hombres con el más alto nivel de educación de Polonia, y para Stalin representaban una amenaza potencial; eran futuros enemigos. Durante décadas, Moscú culpó a los nazis de la matanza, afirmando que los alemanes habían llevado a cabo la masacre en 1941, y no el NKVD en 1940. La maquinaria de propaganda del Kremlin sostuvo dicha historia en conferencias, negociaciones diplomáticas y en la literatura, entretejiéndola con la vasta red formada por la ideología y la historia oficiales que sostenían al régimen y su imperio. Para el Kremlin, la historia era un asunto tan serio que creó una gran burocracia para controlarla, para tergiversar su lenguaje y su contenido, de modo que las purgas arbitrarias y asesinas pasaran a ser «triunfos sobre enemigos y espías extranjeros» y el tirano reinante, un «Amigo de Todos los Niños, la Gran Águila de las Montañas». El régimen creó un imperio que semejaba una gran sala, con puertas y ventanas cerradas. Todo libro o periódico permitido en la sala contenía la versión oficial de los acontecimientos, mientras la radio y la televisión propagaban día y noche la línea única. Aquellos que servían lealmente la versión oficial eran proclamados y presentados como «académicos» y «periodistas». En las ciudadelas del Partido Comunista, del Instituto Marxista-Leninista, del Comité Central y de la Escuela Superior del Partido, los sacerdotes de la ideología se apartaban a su antojo de los dogmas. En todas partes había secretos. El KGB fue tan escrupuloso a la hora de mantener sus secretos que edificó sus residencias de vacaciones en la villa de Mednoye, cerca de Kalinin, donde habían sido ejecutados y enterrados en fosas comunes los oficiales polacos; era la mejor manera de vigilar los huesos.
Pero algo había cambiado ahora, y radicalmente. Tras cierta vacilación inicial al comienzo de su mandato, Gorbachov decretó que había llegado el momento de llenar los «espacios en blanco» de la historia. Dijo que ya no sería posible echar la vista atrás utilizando «gafas con cristales tintados de color rosa». Al principio su retórica fue cautelosa. No osó criticar a Lenin, el semidiós del Estado. Pero, a pesar de la vacilación, su decisión más importante sería la recuperación de la memoria histórica, decisión que precedía a cualquier otra, pues sin una completa y descarnada revisión del pasado —la admisión de los crímenes, la represión y la bancarrota—, el verdadero cambio y, mucho más aún, la revolución democrática, resultaban imposibles. El retorno de la historia a la vida personal, intelectual y política significó el comienzo de la gran reforma del siglo XX y, le gustara o no a Gorbachov, el colapso del último imperio sobre la Tierra.
Para los polacos, las matanzas de Kalinin, Starobelsk y Katyn habían representado durante décadas el símbolo de la crueldad y del puño imperial de Moscú. Para un polaco, la simple suposición de que la Unión Soviética fuera responsable de las masacres representaba un acto radical e incluso suicida, pues revelaba claramente su posición. La «amistad de los pueblos», la relación entre Moscú y Varsovia, estaba basada en la violencia, el dominio del invasor sobre su satélite. Incluso Gorbachov sabía que admitir la matanza era debilitar a los comunistas polacos. Pero en 1990, con Solidaridad en el poder, Gorbachov pensó que había poco que perder. Durante una visita del general Wojciech Jaruzelski a Moscú, Gorbachov aceptó finalmente la culpabilidad de Moscú y puso en manos del gobierno polaco un enorme legajo de archivos acerca de las masacres de Katyn, Starobelsk y Kalinin.
Poco tiempo después del mea culpa del Kremlin, comenzaron las excavaciones. Trabajando conjuntamente con soldados del ejército soviético y voluntarios polacos, el coronel Tretetsky inició su trabajo en Mednoye, el 15 de agosto de 1991. Tretetsky, un oficial de carrera cuarentón de bigotes delgados y mejillas rosadas, había pasado ya varios meses descubriendo fosas en Starobelsk. Con cada nueva fosa crecía el sentimiento de haber sido engañado. Él había creído profundamente en el comunismo y en la Unión Soviética. Sirvió primero en la marina, para luego, después de estudiar leyes en Ucrania, enrolarse definitivamente en el ejército. Estuvo destinado casi cuatro años en Alemania Oriental e incluso se ofreció como voluntario para ir a Checoslovaquia en 1968, año en que la Unión Soviética aplastó la «Primavera de Praga».
«Fui un necio —dijo Tretetsky—. Creí en todo eso. A la menor señal, habría dado mi vida por la madre patria.»
Elevó una petición al ejército para ser enviado a Afganistán, donde sirvió desde 1987 hasta 1989. Tretetsky regresó a Moscú tan solo para sentir el sabor amargo de la verdadera historia del país acerca del cual sabía tan poco. Fue asignado a la Oficina del Fiscal Militar, que llevaba a cabo investigaciones masivas para la rehabilitación de gente que hubiera sufrido represión durante los últimos setenta años. Lentamente se fue enterando de los hechos más negros de la historia soviética: las purgas, la matanza de oficiales polacos o el sangriento ataque del ejército contra manifestantes pacíficos en Novocherkassk en 1961.
Una vez a cargo de las excavaciones, primero en Starobelsk y luego en Mednoye, Tretetsky se entregó a su trabajo con pasión y acuciosidad. En Mednoye supo exactamente dónde cavar y qué buscar. Había interrogado ya a un lugareño, un oficial retirado de la policía secreta, que había cooperado en 1940 para hacer cumplir las órdenes de Moscú. Vladimir Tokaryev estaba ciego y tenía ochenta y nueve años de edad cuando la historia fue a su encuentro, pero su memoria estaba fresca. Sentado junto a Tretetsky, y frente a una cámara de vídeo, describió cómo su unidad de la policía secreta tiroteó a oficiales polacos en el bosque cerca de Kalinin; doscientos cincuenta por noche, durante un mes.
Los verdugos, dijo Tokaryev, «trajeron una maleta llena de revólveres alemanes del tipo Walther 2. Se consideró que nuestras armas soviéticas TT no eran suficientemente fiables. Tendían a recalentarse con el sobreuso ... Estuve allí la primera noche de las ejecuciones. Blojin fue el verdugo principal junto con otros treinta, chóferes y guardias del NKVD en su mayoría. Mi chófer, Sujarev, por ejemplo, fue uno de ellos. Recuerdo a Blojin diciendo: “Adelante, vamos”. Se puso luego su uniforme especial para la tarea: sombrero, delantal de cuero y guantes de cuero marrón hasta más arriba de los codos. Eran su terrible creación. Me hallaba frente a un verdugo.
»Llevaron uno a uno a los polacos a lo largo del pasillo, doblaron a la izquierda y los introdujeron en el “rincón rojo”, la habitación de descanso del personal de la prisión. A cada hombre se le preguntó el apellido, el nombre y el lugar de nacimiento, lo justo para identificarlo. Se les llevó, individualmente, a la habitación contigua, que estaba aislada acústicamente, y se le disparó en la nuca. No se leyó absolutamente nada, ni sentencia judicial ni de comisión especial alguna.
»Hubo trescientas ejecuciones aquella primera noche. Recuerdo a mi chófer, Sujarev, jactándose de la ardua jornada de trabajo que había tenido. Pero había sido demasiado, pues era ya de día en el momento de finalizar la tarea y existía una disposición que establecía que todo debía llevarse a cabo en la oscuridad. De modo que el número de ejecuciones se redujo a doscientas cincuenta por noche. ¿Cuántas noches duró? Calcúlelo usted mismo: seis mil hombres a razón de doscientos cincuenta por noche. Incluidos los fines de semana, suma alrededor de un mes, todo abril de 1940.
»Yo no participé en los asesinatos. Jamás estuve en la sala de ejecuciones. Pero tuve que poner a mis hombres a disposición de esa gente. Recuerdo a algunos de esos polacos. Un hombre joven, por ejemplo. Sonreía como un niño. Le pregunté cuánto hacía que estaba en la policía fronteriza. Contó con los dedos. Seis meses. ¿Qué hacía allí? Era telefonista.
»Blojin se aseguraba de que a nadie le faltara su provisión de vodka todas las noches al finalizar el trabajo. Cada atardecer lo traía en cajas a la prisión. No bebían absolutamente nada antes o durante las ejecuciones, pero antes de retirarse a casa todos tomaban algunas copas.
»Les pregunté a Blojin y a los otros dos: “¿No se requerirá un equipo de gente para cavar seis mil sepulturas?”. Se rieron de mí. Blojin dijo que había traído un buldózer de Moscú y a dos hombres del NKVD para manejarlo. De modo que los polacos muertos eran sacados por la puerta trasera de la sala de ejecuciones, cargados en camiones cubiertos y trasladados al lugar de sepultura. El sitio fue seleccionado personalmente por Blojin. Era cerca del lugar donde los oficiales del NKVD tenían sus casas de campo, cerca de mi propia casa, cerca del pueblo de Mednoye, a unos treinta kilómetros de Kalinin. Las fosas que cavaban tenían entre ocho y diez metros de largo, lo suficiente para albergar doscientos cincuenta cuerpos cada una. Cuando todo terminó, los tres hombres de Moscú celebraron un gran banquete. Insistieron retiradamente en que asistiera. Rehusé».
Una y otra vez el ciego tendía a culpar a «los otros», negando la importancia de su propia participación; una bestia no menos cruel y gentil que Eichmann en Jerusalén. Pero esta vez la cuestión no era Tok a r yev. Como tampoco lo eran los verdugos. Hacía ya mucho que Blojin y tres de los otros se habían suicidado después de enloquecer. La cuestión era que los historiadores, fiscales, archivistas y periodistas, a donde iban, descubrían que el legado del poder soviético era, en el mejor de los casos, tan trágico como todo lo que habían oído de las «voces prohibidas»: El archipiélago gulag de Solzhenitsyn y los Relatos de Kolimá de Shalamov. Ahora no había libros ni voces prohibidas. Recuperar el pasado, ver tal cual las pesadillas de setenta años, era un impacto casi insoportable. Mientras se aceleraba el retorno de la historia, la televisión mostraba constantemente documentales sobre el degollamiento de los Romanov, la colectivización forzosa del campo y los juicios. Las revistas literarias mensuales, los semanarios e incluso los periódicos estaban plagados de reportajes sobre las últimas desgracias históricas: la cantidad de asesinados y encarcelados; el número de iglesias, mezquitas y sinagogas destruidas; cuánto saqueo y despilfarro. Bajo esta avalancha de recuerdos, al cabo de un tiempo la gente se manifestó cansada y hasta aburrida. Era más bien el dolor de recordar, el impacto del reconocimiento, lo que les perseguía. «Imagínese ser adulto y tener que absorber toda la verdad acerca del mundo que le rodea, y aún más, una verdad venida de fuera de su propia tierra, en cosa de uno, dos o tres años —dijo el filósofo Grigori Pomerants—. El país completo está en un estado de desorientación masiva.»
La gente del Partido Comunista, los dirigentes del KGB, los militares y los millones de funcionarios provinciales que crecieron bajo una historia falsa no podían soportar la verdad. No es que no la creyeran. Conocían los hechos del pasado mejor que cualquier otro. Pero la realidad ponía en tela de juicio su propia existencia, su bienestar, sus privilegios. Su derecho a un despacho decente, a un trozo de carne, el mes de vacaciones en Crimea, todo dependía de un descomunal engaño social, de la ignorancia forzosa de 280 millones de personas. Yegor Ligachov, figura conservadora del Politburó hasta su retiro obligado en 1990, me dijo en tono lastimero que cuando la historia había sido arrancada de las manos del Partido Comunista, cuando los profesores universitarios, los periodistas y los testigos comenzaron a publicar y difundir sus propias versiones del pasado, «en el país se creó una atmósfera sombría. Alteró las emociones de la gente, su genio, su eficiencia en el trabajo. De la noche a la mañana se les arroja encima todo lo negativo del pasado. Los temas patrióticos han sido dejados de lado, han sido agotados. La gente anhela algo positivo, algo destacable; incluso nuestras propias figuras culturales han publicado más mentiras y patrañas antisoviéticas que las que nuestros propios enemigos occidentales publicaron en total durante los últimos setenta años».
Cuando la historia dejó de ser instrumento del Partido, este quedó condenado al fracaso. La historia demostró precisamente que el Partido estaba podrido hasta el alma. Los ministros, los generales y los apparatchiks que organizaron el golpe militar de agosto de 1991 se reunieron muchas veces de forma secreta en casas de seguridad del KGB, en las afueras de Moscú, para analizar la ruina de su Estado. Se habló de la necesidad de orden, de la necesidad de revertir de algún modo el declive del Partido. Estaban tan engañados acerca de su propio país que creyeron incluso que podrían detener el retorno a la historia. Lo detendrían con un decreto y un par de divisiones de tanques. Las excavaciones en Mednoye y en los demás sitios donde tuvo lugar la matanza de polacos no eran una excepción. Los golpistas harían lo posible por detener el trabajo. Mucho antes del golpe militar, Valery Boldin, el jefe de gabinete de Gorbachov y uno de los principales confabuladores en el golpe de agosto, intentó atenuar el daño transfiriendo secretamente muchos documentos sobre el caso desde la Sexta División de los archivos del Comité Central al «archivo presidencial», que estaba bajo su control. Este pequeño paso no ayudó en nada. Boldin y el resto de los conspiradores estaban ahora preparados para eliminar todo aquello que los comprometiera. Detendrían el retorno de la historia. Harían retroceder el tiempo. Una vez más, el miedo constituiría la esencia del Estado.
El día del golpe, los hombres de Tretetsky, tanto soviéticos como polacos, intentaron concentrarse en el trabajo. Descubrieron viejas sepulturas y lavaron los fragmentos de huesos y cráneos. A medida que les llegaban las noticias del golpe militar, se les hacía más difícil concentrarse. Los soldados de Tretetsky oyeron incluso que las tropas desplegadas en las calles de Moscú pertenecían a su propia división, la División Kantemirovskaya. Encendieron un televisor en una de las carpas cercanas al lugar de trabajo y descubrieron caras familiares. Vieron a sus amigos sentados sobre unidades armadas para el transporte de tropas cerca del Kremlin, fuera del Parlamento ruso y en las principales calles de la capital.
«El clima era pésimo —recuerda Tretetsky—. Llovió casi sin parar, de modo que para secar los fragmentos de uniforme tuvimos que ponerlos en las carpas, encender una estufa y mantener la carpa abierta para que circulara el aire.» El equipo trabajó hasta avanzada la tarde, hasta que Tretetsky les indicó: «Es todo por hoy». Fue todo lo que les dijo.
Durante el día entero, Tretetsky había estado recibiendo llamadas telefónicas del cuartel central del mando del KGB en Kalinin. El general del KGB destacado allí, Viktor Lakontsev, advirtió a Tretetsky de que la excavación «ya no era necesaria», de que el trabajo debía detenerse y de que debía regresar inmediatamente al cuartel general. Tretetsky se negó, diciendo que el trabajo debía continuar según estaba planeado. Afirmó que iría al cuartel general del KGB solo una vez finalizada la jornada. A pesar de su proceder temerario, Tretetsky sentía miedo. «Sabía que había problemas», dijo.
Aquel atardecer, Tretetsky fue conducido bajo custodia del KGB a la oficina de Lakontsev en Kalinin.
El trabajo debía detenerse, insistió Lakontsev. «De no ser así —dijo— no podemos garantizar su seguridad, o la de los trabajadores polacos.»
A Tretetsky no le quedó más que reír. A lo largo de su trabajo en Starobelsk y Mednoye, siempre hubo hombres del KGB en el lugar («observadores», se denominaban a sí mismos). Los trabajadores les llamaban «nuestros observadores de las Naciones Unidas».
Tretetsky no cedería. «Sobre mi cadáver», pensó para sí. Le planteó a Lakontsev su negativa del modo más sutil. Le dijo que si había dudas sobre los polacos, él se responsabilizaría de su seguridad. Los polacos podrían pernoctar en las carpas junto con las tropas del ejército soviético en lugar de hacerlo en la ciudad.
«La investigación no puede detenerse —dijo Tretetsky—. ¿Qué les diría a los polacos? Debo hablar con mi jefe. Esto no es un asunto sencillo.» Para sus adentros, Tretetsky pensó: «Lakontsev es un jefe importante, en cambio, ¿yo quién soy?».
Al regresar al campamento, Tretetsky llamó a Moscú y se le respondió que no existía orden alguna de detener el trabajo. Se sintió aliviado. Exhausto, se fue a dormir a su carpa. No mucho después, sin embargo, fue despertado por el comandante de las tropas del ejército, quien dijo que había llegado una orden de Moscú: los soldados debían regresar a la base de Kantemirovskaya, en la ciudad de Naro-Fominsk, en las afueras de Moscú.
—Escúcheme, Viktor —dijo Tretetsky al comandante—, esta es una orden verbal, ¿cierto?
—Exacto.
—Y para traer a sus hombres aquí usted tenía una orden escrita.
—Sí.
—Entonces, ¿por qué debe obedecer?
Las tropas permanecieron donde estaban. El KGB había intentado engañar a Tretetsky, pero había fracasado. Jamás existió orden alguna de la Oficina del Fiscal Militar en Moscú.
A las nueve de la mañana del día siguiente, Tretetsky se dirigió a sus hombres y les dijo: «El trabajo continúa. Comencemos. Todos deben trabajar intensamente, con entusiasmo. Y punto».
El KGB saboteó el tractor que los hombres habían estado utilizando en la excavación. Pero Tretetsky tenía ya contactos con la gente del lugar, de modo que una granja colectiva le prestó uno de sus tractores. Los trabajadores polacos estaban especialmente agradecidos y daban palmadas en la espalda a Tretetsky. Durante los dos días siguientes, soviéticos y polacos trabajaron en las fosas comunes mientras escuchaban en la radio las noticias que llegaban de Moscú. Lentamente, las noticias mejoraban. Cuando los hombres oyeron que el golpe militar estaba al borde del fracaso, parecieron trabajar más arduamente. Finalmente, la mañana del 21 de agosto, y tras el fracaso del complot y el posterior regreso desde Moscú a sus bases de las tropas, triunfantes y aliviadas, Tretetsky se dirigió a su gente. No soportaría la mentira un minuto más. Rehusó regresar al pasado, salvo para estudiar sus huesos.
«La investigación penal, ordenada por el presidente de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, Mijail Sergeyevich Gorbachov, continúa», gritó. A continuación, el coronel dio la orden y sus hombres comenzaron a cavar.
2
Una infancia estalinista
No mucho tiempo después de que mi esposa Esther y yo nos trasladáramos a Moscú, cosa que ocurrió en enero de 1988, fui a tomar té con Flora y Misha Litvinov en su apartamento en el embarcadero Frunzenskaya; allí vivían muchas familias de funcionarios en activo y retirados del Partido Comunista. Los Litvinov eran una encantadora pareja de más de setenta años; encantadora por su calor humano y por la manera desaprensiva en que parecían conocer a todo el mundo y saber todo lo que ocurría en Moscú. Misha era el más callado de los dos. Su reserva, pensé, sería el resultado de su vida entre un padre, Maksim, que fue ministro de Asuntos Exteriores del gabinete de Stalin y un hijo, Pavel, que ayudó como disidente a dar uno de los primeros golpes contra el régimen. Rodeado por la historia y sus actores, Misha se convirtió en un experto en el arte de escuchar. Escuchaba pacientemente, con un agrado casi imperceptible. No era mucho lo que podía sorprender a un hombre cuyo padre dormía con una Browning automática bajo la almohada por temor a un atentado, y un hijo que les revolvió la casa a los hombres del Politburó. Entre amigos o extraños, sin embargo, era Flora quien llevaba la iniciativa, quien fijaba la posición de la familia y hacía preguntas amablemente.
Ella me preguntó qué pensaba escribir en Moscú. «Busco a Kaganovich», dije.
El rostro de Flora se contrajo. Ella y Misha habían conocido a más de un reportero estadounidense en el pasado y, ciertamente, ambiciones periodísticas más razonables: control de armas, derechos humanos o la política del Kremlin. «Extraño tipo», debió de pensar, pero era demasiado educada para decirlo.
Lazar Moiseyevich Kaganovich, que durante esos años andaba por los noventa y tantos, era el último superviviente del círculo íntimo de Stalin. En su calidad de comisario del pueblo, Kaganovich llegó a estar tan cerca de Stalin como Goering lo estuvo de Hitler. Ayudó a dirigir el programa de colectivización de los años veinte y principios de los treinta, una campaña brutal que aniquiló al campesinado y dejó los campos de Ucrania cubiertos de restos humanos. Como líder de la organización del Partido en Moscú, Kaganovich construyó el metro de la ciudad y, comentario aparte, le puso su nombre. Fue asimismo el responsable de la destrucción de decenas de iglesias y sinagogas. Hizo dinamitar la catedral de Cristo Salvador, magnífica construcción en uno de los rincones más antiguos de Moscú. Se decía en su época que Stalin podía ver el campanario de la catedral desde su ventana y que deseaba eliminarla.
Yo deseaba saber si Kaganovich todavía creía. ¿Sentía algo de culpa o de vergüenza? Y ¿qué pensaba de Gorbachov, el actual secretario general? Pero, a decir verdad, no se trataba de eso. Lo que yo realmente deseaba era sentarme en la misma habitación con Kaganovich para ver cómo era un hombre diabólico, qué hacía y de qué libros se rodeaba.
Misha escuchaba, pero con cierta etérea desatención. Mientras yo hablaba, él doblaba y transformaba una servilleta en... en alguna cosa. Últimamente se había convertido en un maestro del origami, el arte japonés de doblar papeles. Había llenado una habitación entera con sus creaciones de papel: octágonos, tetraedros, cigüeñas, insectos…
«Bueno —dijo, alisando una arruga con el borde de la palma de la mano—, Kaganovich vive en el piso de abajo.»
¿Abajo? Yo ya sabía que Kaganovich vivía en el embarcadero, tal vez en una de las mejores casas habitadas todavía por los descendientes de los viejos bolcheviques y por la guardia de Stalin. Pero ¿allí, abajo? En las fotografías antiguas, Kaganovich se veía enorme, con bigote prusiano y ojos de color verde oscuro. Una vez retirado, había sido campeón de dominó en el vecindario del embarcadero Frunzenskaya. Jugaba en los patios con todos los que llegaban. Una vez, estando Brezhnev aún en el poder, Kaganovich llamó al comité local del Partido y exigió que su patio fuera equipado con iluminación para poder jugar al dominó en las noches de verano. Todavía tenía derecho a usar los afelpados hospitales del Kremlin —la «cuarta administración»— y estaba vivo. Allí abajo.
«En el apartamento 384 —dijo Misha—. Solíamos verlo de vez en cuando en el patio o en el ascensor. La cosa es que ya no lo vemos. Dicen que jamás sale. Jamás abre la puerta. Tal vez tenga una enfermera. No estoy seguro de que pueda caminar. Está completamente ciego.»
Después de esto, Misha tomó unas tijeras e hizo un corte más fino en la servilleta. Lentamente desdobló el papel. Un pavo agitó las alas sobre su palma.
Después del almuerzo, estando en Moscú, cada vez que me quedaban una o dos horas libres visitaba el edificio de Misha y Flora —embarcadero Frunzenskaya 50, entrada 9— en busca de Kaganovich. Durante meses toqué el timbre del apartamento 384 cientos de veces, a veces durante media hora o más. Deslizaba notas bajo la puerta, o en el buzón de correos. Tocaba, golpeaba y escuchaba con el oído contra la puerta. A veces lograba oír una especie de murmullo, otras veces el sonido de pantuflas que se arrastraban.
Maya, la hija de Kaganovich, una mujer ya mayor, venía por las tardes a ver a su padre y a prepararle la comida. Jamás me habló; cada vez que la llamaba a la casa, le pasaba el interfono a otra persona. «Mire, él está demasiado viejo para ver a nadie —me decía algún pariente—. No deseamos que la gente venga aquí a molestarlo con preguntas desagradables acerca del pasado. Podría alterarlo.»
Deambulé por la zona, más que nada interrogando a la gente sobre Kaganovich. «Él no quiere que nadie se le acerque —me dijo un vecino, un joven ingeniero—. Creo que ahora le teme al mundo. Uno de estos días simplemente morirá, y tendrá mucha suerte si el Pravda menciona siquiera su nombre. El malnacido tuvo una vez el poder de matarnos a todos nosotros.»
Otro día, en el barrio, una de las vecinas más antiguas de Kaganovich, una mujer con acento bielorruso y unos ojos azules como la flor del aciano, salió a dar su paseo diario. Había niños saltando a la comba y jugando a la rayuela bajo la mirada de unos ancianos y mujeres.
«No hace mucho —contó— se podía ver a Kaganovich por aquí a todas horas, jugando al dominó o sentado sin hacer nada con su hija. Todo el mundo sabía quién era y lo que había hecho en la época de Stalin. En todos estos bloques del terraplén hay un montón de gente que eran peces gordos del Partido, pero ninguno como Kaganovich, y ninguno vive ya. Yo siempre me mantuve alejado de él. Donde nací hay un dicho: “Cuanto más lejos estés del zar, más vivirás”.»
Yo tenía el número de teléfono de Kaganovich —242-6751—, pero jamás contestó. Posteriormente, un periodista ruso que estuvo años tratando de hablar con él me dijo que existía una contraseña: marcar el número, dejarlo sonar dos veces, colgar y marcar otra vez. Lo intenté y un hombre mayor apareció al otro lado de la línea.
—¿Diga?
—Hola, ¿Lazar Moiseyevich?
—¿Sí?
—Lazar Moiseyevich, me llamo Remnick. Soy reportero de un periódico estadounidense, The Washington Post, y querría visitarlo de ser ello posible.
—No es posible.
—He oído que su salud no anda bien, pero yo...
—No es posible. Me siento fatal. No veo nada. Me siento muy mal.
—Tal vez un día en que se sienta algo mejor, podríamos...
—Siempre me siento muy mal. No quiero entrevistas. No doy entrevistas. ¿Por qué habría de hacerlo?
Su voz, débil al comienzo, recuperaba algo de su fuerza, como si el usarla constituyera una especie de ejercicio.
—Lazar Moiseyevich...
—Ya le dije que no hay entrevistas. Punto.
—Bien...
La comunicación se cortó. En los meses siguientes debió de cambiar de número: el antiguo no funcionó más. Por más que intenté otras contraseñas del mismo tipo, simplemente no funcionó. Mi única esperanza fue entonces volver a su puerta. El reportaje es en ocasiones un trabajo estúpido, pero había algo de humillante en eso de golpear interminablemente a la puerta de un tirano. Me obligaba a plantear preguntas de ética profesional poco usuales, tales como cuáles son las reglas de acoso que deben respetarse en el caso de un genocida. Una tarde tomé el ascensor para visitar a Flora, y ella escuchó con maternal sonrisa mis quejas acerca de la puerta cerrada del piso de abajo.
—Bueno, y si abre ¿qué ganaría usted? —dijo Flora—. ¿Cree usted que caerá de rodillas y pedirá perdón?
—Bueno, no exactamente.
—Es un viejo —dijo—. ¿Qué importancia tiene?
Luego Flora me relató la siguiente historia.
Una noche de invierno en tiempos de Stalin —en 1951 o 1952—, Flora abrió la puerta de la habitación de su hijo y se inclinó para darle un beso de buenas noches. Pavel se volvió hacia ella haciendo sonar las sábanas. Su rostro relucía en la oscuridad. Había estado llorando y respiraba de forma entrecortada. Pavel era un niño grande, seguro de sí mismo e inteligente, pero entonces parecía confundido, temeroso hasta de hablar.
—¿Qué ocurre? —dijo Flora—. ¿Qué pasa?
Pavel permaneció un largo rato en silencio y se volvió hacia la pared, refugiándose de algún modo en sí mismo.
—Dime, por favor. ¿Algo anda mal?
—Dijeron que no te lo podía decir —dijo el niño—. Di mi palabra.
—¿Por qué no?
—Es un secreto.
—¿Un secreto?
—Sí, un secreto.
—Puedes decírmelo —le contestó Flora—. Está bien que cumplas tu palabra, pero a tu familia siempre puedes decírselo todo.
El abuelo de Pavel, Maksim Litvinov, fue ministro de Asuntos Exteriores de Stalin durante los primeros años del régimen. Había muerto solo unos años antes, pero su familia aún vivía de manera privilegiada según los estándares de la época. Su legado incluía un apartamento en la residencia del embarcadero, una magnífica construcción para la élite del Partido Comunista que miraba al río Moscova, con enormes habitaciones, cafeterías y teatros especiales. Para las familias de la élite había literatura extranjera, médicos competentes, mermelada para las tostadas, tomates en invierno. Los Litvinov tenían incluso una sirvienta, una teniente del KGB. Gran parte del verano lo pasaban en una cabaña en la ciudad de Jimki, en las afueras de Moscú. Rodeada de abedules y pinos, la casa había sido construida originalmente para la familia de Stalin. Muchos de los compañeros de escuela de Pavel eran hijos de los miembros de la jerarquía del Partido Comunista, o de lo que quedó de ella tras las primeras purgas. En la escuela, todos ellos ingresaban en la Sociedad Timur, una banda de celosos jóvenes patriotas, los Cachorros Scouts Bolcheviques.
—Dímelo, por favor —repitió Flora una vez más—. ¿Qué sucede? ¿Qué puede ser tan secreto?
Pavel estaba aterrado. Había jurado guardar silencio ante la Sociedad Timur, y los conocía lo suficiente como para tener miedo. Pero aun así no pudo negarse ante su madre.
Dijo que había una nueva cacería de «enemigos del pueblo». Uno de sus mejores amigos se lo había comunicado. Flora reconoció el nombre del niño. Era el hijo de un oficial del KGB.
—Me dijo que puede haber enemigos del pueblo en cualquier parte —continuó Pavel—. En cualquier parte, ¡incluso en la propia familia!
Flora sintió una opresión en el pecho. Sabía que los adultos que supervisaban a esos grupos no hacían otra cosa que entrenar a los niños para servir de informantes, como traidores de sus propias familias. Estaba aterrada —más que nada por su hijo—, pero no completamente sorprendida. Después de todo, esos niños habían sido educados para reverenciar a Pavlik Morozov, el joven pionero de doce años que fuera ungido héroe nacional y símbolo para todos los niños soviéticos por servir a la colectividad denunciando a su propio padre por esconder grano. Eran niños criados en escuelas concebidas de acuerdo con las teorías de la «familia socialista» de Anton Makarenko, ideólogo del KGB. Makarenko insistía en que los niños debían aprender la supremacía de lo colectivo sobre lo individual, de la unidad política sobre la familia. Las escuelas, decía, debían seguir una disciplina de hierro, modelada según la del Ejército Rojo y la de los campos de trabajos forzosos de Siberia.
Las palabras ahora brotaban a borbotones de labios de Pavel. Dijo que dos desconocidos le habían dicho que pronto se le asignaría una «misión especial». Flora sabía muy bien lo que eso significaba. Querían que el niño informara sobre su propia familia.
A Stalin y su círculo siempre les preocupó Maksim Litvinov y su extraña familia. Aunque Maksim había servido al régimen de manera impecable como ministro de Asuntos Exteriores y como embajador en Estados Unidos, no tenía nada en común con los más leales y viejos partidarios de Stalin. Era un hombre de mundo. Hablaba lenguas extranjeras. Tenía amigos extranjeros. Maksim se había casado, además, con una extranjera, una excéntrica inglesa llamada Ivy que escribía novelas, que tenía enredos heterosexuales y homosexuales, y que predicaba el «evangelio» Basic English de C. K. Ogden, un sistema de 850 palabras para aprender los rudimentos del idioma. Cuando su esposo le regaló Intelligent Woman’s Guide to Socialism, de George Bernard Shaw, para que lo leyera, ella le obsequió obras de Austen, Lawrence y Trollope.
Maksim veía con simpatía el interés político de los extranjeros, especialmente después de ser obligado a abandonar el Comité Central en 1941. En 1944 les dijo a los reporteros que Stalin tenía proyectos imperiales sobre el este de Europa y se preguntó públicamente por qué Occidente no intervenía. En un artículo publicado en 1977 por Foreign Affairs, el historiador Vojtech Mastny describió a Litvinov como la «Casandra del Comisariado de Asuntos Exteriores», como un diplomático sin temor a protestar contra la «rigidez de todo el sistema socialista». Evidentemente, Stalin tomó nota. Jruschov escribió en sus memorias que la policía secreta elaboró un plan para «tender una emboscada» a Litvinov mientras conducía hacia su cabaña en Jimki. Pero Litvinov era un hombre de suerte. Durante años durmió con su revólver a mano, pero siempre escapó al arresto. Solo de milagro murió a avanzada edad. «No lo cogieron», le dijo Ivy a su hija inmediatamente después de la muerte de Maksim. Solo la familia y los historiadores pudieron adivinar las razones. Sin lugar a dudas, Stalin valoraba los contactos de Litvinov en Occidente; además, debió de pensar que la mala publicidad en el exterior no valía su eliminación.
Su familia, sin embargo, vivía con temor de los caprichos de Stalin, de una llamada a la puerta, y ello incluso después de la muerte de Litvinov, ocurrida el 31 de diciembre de 1951. Los padres de Pavel, Misha y Flora, y su tía Tanya eran personas más reservadas que Ivy, eran más conscientes de los riesgos que se corrían en ese tiempo y en su país. Pero también ellos se comportaban de un modo que bien podría haberles costado la prisión o enfrentarse a un pelotón de fusilamiento. Misha era un joven y prestigioso ingeniero del Instituto de Motores de Aviación, además de héroe de la recreación soviética: alpinista, senderista y aficionado a la teoría de juegos. Ciertamente, una conducta sospechosa. Tanya, la tía de Pavel, fue expulsada de un instituto de arte por su «excesivo interés» en el «arte decadente de Occidente». Al menos en casa, siempre expresaban lo que pensaban. Una vez Pavel llegó con un libro de la biblioteca sobre la temeridad de Pavlik Morozov. Estaba fascinado con el gran servicio que había prestado el niño al Estado bolchevique, por la heroica traición a su padre. Flora se encolerizó y arrancó las hojas diciendo que Pavel jamás debía traicionar a sus padres. Ningún niño debía hacerlo, independientemente de lo que ese estúpido libro dijera.
—¿Incluso si los padres son malos? —preguntó Pavel.
—Sí. Incluso si son malos.
Flora debía ahora decidir qué hacer acerca de su hijo y su «misión especial». No podía permitir que Pavel se convirtiera en un nuevo Pavlik Morozov. A la mañana siguiente, Flora se puso su mejor traje y se dirigió al apartamento del amigo de Pavel, el hijo del hombre del KGB. Trataría de asustar al oficial, le haría creer que alguien «de arriba» protegía a la familia Litvinov. Trató de representar el papel de una poderosa matrona bolchevique y se puso una elegante bufanda y un sombrero pomposo.
«¡Usted no tiene ningún derecho a entrar en tratos con mi hijo! —le dijo—. ¡Esto tiene que terminar de inmediato!» Salió enseguida, temblando aún de rabia y presa de vértigo ante su propia temeridad. Poco después comenzaría apenas a darse cuenta del riesgo que había corrido.
Durante las semanas que siguieron, Misha y Flora conversaron largamente acerca de lo que debían hacer con sus hijos. Decidieron no continuar con esa actitud pasiva que habían mantenido hasta entonces. No bastaba con despedazar un libro de vez en cuando para luego refugiarse en un silencio timorato. Si querían impedir que Pavel y Nina se convirtieran en jóvenes estalinistas como los que las escuelas tanto ansiaban crear, debían decir la verdad cada vez que fuera posible. Debían contarles lo que les había ocurrido a tantos padres y abuelos de los compañeros de escuela de Pavel, cómo habían sido introducidos en los vehículos conocidos como Marías Negras y conducidos a los campos de Kolimá, Vorkuta y Kazajstán, donde habían desaparecido. Debían comenzar a inculcar a sus hijos la idea de que Stalin, el «Águila de las Montañas», era una bestia despreciable. Pavel debía aprender de algún modo a pensar al margen de un sistema que lo envolvía las veinticuatro horas del día.
Flora y Misha no podían darse el lujo de ser muy a menudo demasiado directos. La época y los riesgos no lo permitían. Tampoco podían competir mucho con la inmensidad de todas las formas de culto a Stalin: los desfiles militares que proclamaban a Stalin como un dios sobre la Tierra, los periódicos que describían sus actos heroicos, los mensajes radiofónicos, los libros de historia escritos por los ideólogos del Kremlin, los desfiles y ejercicios paramilitares de los Jóvenes Pioneros. Pavel había aprendido a amar a Stalin tal como los niños de otros países aprenden a amar a Dios. Stalin era una amable deidad, omnisciente, un padre cariñoso. Rara vez se presentaba en público. Su imagen, en cambio, era representada en lienzos, zepelines, paneles y bustos. Los textos de enseñanza, los periódicos, las trasmisiones radiofónicas… todo estaba lleno de sus palabras. «No resulta fácil competir con eso —pensó Flora—. Tal vez sea imposible.»
El día de la muerte de Stalin, ocurrida en marzo de 1953, Pavel tenía trece años y estaba inconsolable. Lloró durante días. En el patio de la escuela se peleó con los niños que no respetaban el duelo del modo en que él lo hacía. En casa se puso furioso cuando descubrió que sus padres y amigos reían y bromeaban acerca del camarada Stalin. Los vio en la cocina celebrando su muerte en lugar de lamentarla. Pavel enrojeció y salió furioso de la cocina, yéndose a dormir enojado y confundido.
Los años posteriores a la muerte de Stalin no fueron fáciles para ninguno de los Litvinov. Misha y Flora eran padres jóvenes que a menudo se sentían desorientados con respecto a Pavel. Tenía dificultades en la escuela. Se casó a los diecisiete años y enseguida se divorció. Se excedía un tanto con la bebida, jugaba a las cartas y apostaba a los caballos en el hipódromo. «Los caballos eran su obsesión —dijo Flora—. Temíamos que Pavel terminara su vida siendo un jugador perdido.»
No obstante, Pavel fue creciendo y no pudo sustraerse al «deshielo», esa oleada de sentimiento, historia e ideología antiestalinista alentada por Jruschov hacia finales de los años cincuenta. Cientos de miles de prisioneros retornaban a casa de los campos de trabajo forzoso, y todos traían historias que contar. Los Litvinov conocían a muchos intelectuales que habían estado allí: escritores, artistas, científicos, incluso funcionarios del Partido. Fue el momento de la revelación para Pavel. Se sentó a la mesa de la cocina y oyó por vez primera la verdadera historia de los años de Stalin. Uno de los mejores amigos de sus padres, un físico llamado Mijail Levin, llegó a casa desde la prisión en 1955 y describió las condiciones en los campos, las muertes sin sentido de incontables inocentes. «Fue como volver a caminar después de dormir durante años —diría Pavel largo tiempo después—. Todas las fantasías de la infancia y acerca de Stalin resultaban de pronto dolorosas y ridículas.»
A comienzos de los años sesenta, Pavel encontró trabajo como profesor de física en el Instituto Lomonosov y, casualmente, entabló amistad con un grupo de intelectuales que organizaba el primer y celebrado juicio contra disidentes, el de los escritores «antisoviéticos» Andrei Sinyavsky y Yuli Daniel. Entre los escritores y científicos mayores, Pavel era una especie de mascota: un joven cálido, inteligente y de curiosa ascendencia. Pavel se sumergió en este nuevo mundo leyendo los manuscritos clandestinos conocidos como samizdat y participando en interminables discusiones en torno a mesas de cocina, que era donde transcurría toda la vida intelectual. Leyó a Solzhenitsyn, las historias sobre los campos de concentración de Varlam Shalamov, El gran terror de Robert Conquest. Ayudó a redactar cartas a favor de prisioneros políticos, haciéndolas llegar a periodistas occidentales con gran riesgo para sí. Se casó además con Maya, hija de una de las familias de intelectuales más conocidas de Moscú. Era hija de los profesores de literatura Lev Kopelev y Raisa Orlova. Kopelev, que había sido uno de los compañeros de celda de Solzhenitsyn y que había servido de modelo para uno de los personajes de su novela El primer círculo, fue también un modelo para Pavel Litvinov. Kopelev creció como un comunista comprometido, un verdadero convencido, y luego «se educó». Para Pavel, la vida de Kopelev era una prueba fehaciente de la capacidad de un hombre para ver y pensar con claridad, para actuar con honestidad, incluso en condiciones imposibles.
El 21 de agosto de 1968, Pavel y seis de sus amigos reaccionaron con horror ante las informaciones de onda corta provenientes de Checoslovaquia. Durante meses habían estado atentos a cada detalle de la «Primavera de Praga», aplaudiendo el intento de Alexander Dubcek de crear un «socialismo con rostro humano». Estaban ansiosos por ver cómo manejaría Leonid Brezhnev, vencedor y sucesor de Jruschov, la rebelión de un Estado satélite. ¿Mostraría la misma rudeza que Jruschov exhibió en Hungría en 1956, o se daría en este caso un nuevo tipo de tolerancia? Ahora la respuesta era clara. La voz que provenía de la estación de radio clandestina en Checoslovaquia era frágil y angustiada: «Hermanos rusos, váyanse, no les hemos pedido que vengan». Larisa Bogoraz, la gran amiga de Pavel y una de los primeros disidentes, estaba deshecha. Su marido, Anatoly Marchenko, estaba en prisión a causa de sus actividades políticas, y ahora ella veía que el régimen se aprestaba a barrer la disidencia masiva con soldados y tanques.
«Necesitamos un acto temerario, dar un paso —pensó ella—. Lo necesitamos ahora.»
Pavel, Bogoraz y otros cinco se reunieron para discutirlo. Planearon una protesta contra la invasión de Checoslovaquia para el mediodía del 25 de agosto. Sabían qué consecuencias tendría tal actividad antisoviética: un período en prisión, relegación o una larga estancia en un hospital psiquiátrico. Se prepararon claramente para ello. Pavel comenzó a reunir sus pertenencias y a regalar sus libros a los amigos. No podía escapar a su inevitable destino.
La noche anterior a la manifestación, Pavel asistió a una fiesta en el apartamento de Kopelev en la que cantaba el famoso bardo Alexander Galich. El ambiente era fúnebre y el vodka no lograba entibiarlo. La invasión de Praga era con toda seguridad la muerte del «deshielo» y de todas las esperanzas de un «socialismo con rostro humano»; Brezhnev había iniciado un movimiento de política ruidosamente neoestalinista. Con todas sus vacilaciones y medidas blandas, la era de Jruschov parecería pronto un paraíso perdido. La invasión, dijo el novelista Vasily Aksyonov, «destrozó los nervios de toda nuestra generación». En la fiesta hablaron de su rabia, de cuán avergonzados estaban ante los checos, húngaros y polacos, y ante todo el mundo, de ser ciudadanos soviéticos. Sentían que no eran en absoluto ciudadanos, sino súbditos.
Galich comenzó luego a cantar una canción de los decembristas, los rebeldes durante el reinado de Nicolás I:
¿Podrás venir a la plaza?
¿Tendrás coraje para venir a la plaza
cuando llegue la hora?
Pavel sentía los ojos de Galich fijos en él mientras cantaba. El doble sentido de la letra, su referencia al disidente de otro siglo y el claro llamamiento a una nueva generación no cayó en oídos sordos, y mucho menos pasaría inadvertido a los de Pavel. Cuando Galich bajó su guitarra, Pavel estuvo tentado de anunciar los planes para la protesta, pero decidió no hacerlo. Temía que las personas mayores que estaban en la habitación se sintieran obligadas a participar. Para ellos, años de relegación o prisión podrían acarrear la muerte.
Al día siguiente, poco antes del mediodía, Pavel, Larisa Bogoraz y sus amigos se reunieron en Lobnoye Mesto, lugar de la Plaza Roja donde los verdugos del zar decapitaban a los herejes contra el Estado y la Iglesia. Al sonar las campanas de la torre Spassky desplegaron una serie de lienzos. En checo: «Larga vida a una Checoslovaquia libre e independiente», y en ruso: «Libertad a Dubcek», «Las manos fuera de Checoslovaquia» y «Que la vergüenza caiga sobre los invasores». La poetisa Natalya Gorbanevskaya llevó a su hijo de tres meses a la plaza. Cuando los otros retiraron sus carteles, ella sacó la bandera de Checoslovaquia, guardada bajo el cuerpo de su hijo, que dormía en el cochecito.
En ningún caso la protesta habría durado mucho. Los hombres del KGB habían seguido a Litvinov y a los otros hasta el Kremlin. Además, ese día había un contingente especial de oficiales del KGB en la Plaza Roja. Esperaban a que concluyera una reunión en el Kremlin entre Brezhnev y los líderes de la «Primavera de Praga», que habían sido llevados a Moscú la noche de la invasión. Cuando los oficiales vieron las pancartas, se abalanzaron sobre los manifestantes gritando: «¡Son todos unos cochinos judíos!» y «¡Atacad a los antisoviéticos!». El rostro de Pavel quedó feamente contusionado y el crítico de arte Viktor Fainberg perdió algunos dientes. Los oficiales introdujeron a los manifestantes en automóviles sin identificación y se dirigieron a la comisaría de policía.
Al poco rato, la plaza estaba tranquila otra vez. Los turistas veraniegos regresaron para ver el cambio de guardia en el mausoleo de Lenin. Se asombraban ante la catedral de San Basilio. Una mujer vendía helados de vainilla y un señor mayor ofrecía postales de Sofía, Budapest y Hanoi a los visitantes. Los guardias hicieron sonar repentinamente sus silbatos, ordenando a la gente despejar la salida del puente Spassky del Kremlin. Una fila de coches negros oficiales lo atravesó a gran velocidad. Luego los guardias hicieron otra señal. El campo estaba despejado. Nadie lo sabía, pero muy posiblemente uno de los hombres en la caravana fuera Alexander Dubcek, líder de la «Primavera de Praga» y entonces prisionero de Moscú.
«Habría sido fantástico que Dubcek y los otros vieran las manifestaciones de apoyo que se habían estado haciendo. Pero no las vieron —me dijo posteriormente Andrei Sajarov—. Pero más importante que eso era que, en alguna parte de este país, había gente deseosa de hacer valer su dignidad.»
Por supuesto, el juicio a los manifestantes de la Plaza Roja fue una farsa, una pieza teatral totalitaria. El 11 de octubre de 1968, se le dio la oportunidad a Pavel de decir unas últimas palabras antes de escuchar la sentencia: «No usaré su tiempo para entrar en detalles jurídicos; el abogado ya lo ha hecho. Nuestra inocencia es más que evidente y no me considero culpable. A su vez, me resulta igualmente evidente que el veredicto será de culpabilidad en mi contra. Lo sabía desde el momento en que decidí dirigirme a la Plaza Roja. Nada ha cambiado en mis convicciones, porque sabía que los funcionarios del KGB me provocarían. Sé que lo que me ocurrió es el resultado de esa provocación.
»Lo supe por la persona que me seguía, leí mi veredicto en sus ojos cuando me siguió al metro. El hombre que me golpeó en la Plaza Roja es alguien a quien había visto muchas veces. A pesar de eso fui a la plaza. No hablaré de mis motivos, jamás dudé de si debía ir o no a la Plaza Roja. Como ciudadano soviético, creí necesario manifestar mi desacuerdo con la acción de mi gobierno, que me llenaba de indignación...
»“Necio —dijo el policía—, de haber mantenido la boca cerrada habrías podido vivir en paz.” Al policía no le cabía duda alguna de que yo era un necio. Bueno, tal vez él estuviera en lo correcto y en verdad soy un necio.
»¿Quién decide qué beneficia al socialismo y qué no? Tal vez el fiscal, que habló con admiración y casi con ternura de quienes nos han golpeado e insultado... Eso lo encuentro peligroso. Evidentemente, son ellos quienes se supone que saben qué es socialismo y qué es contrarrevolución. Eso es lo que encuentro terrible, y por eso fui a la Plaza Roja. Es contra esto que he luchado, y por lo que seguiré haciéndolo durante el resto de mi vida».
Ninguno escapó a la condena. Pavel Litvinov fue sentenciado a cinco años de exilio interno. Fue enviado a un pueblo remoto en Siberia, no lejos de donde los rebeldes decembristas habían sido encarcelados más de un siglo atrás.
Tras su retorno a Moscú, Pavel comprendió que no tenía opción: la cárcel o el exilio. Si continuaba trabajando por los derechos humanos, y no podía ser de otra manera, podía ser recluido en un campo de prisioneros un tanto más duro que el que había conocido en Siberia. Un oficial del KGB le sugirió que rellenara una solicitud de emigración que probablemente sería aprobada. Pavel se despidió de sus amigos y familiares en una fría fiesta en 1973.
«Pensé que al dejar el país lo hacía para siempre y que no volvería a ver a mis padres —dijo Pavel—. Ese era el caso de mucha gente; uno partía, y los que quedaban era como si hubieran muerto. Estaban vivos, pero los perdías como se pierde a los muertos.»
Pavel y Maya Litvinov iniciaron una nueva vida en Estados Unidos. Él encontró trabajo enseñando en el Colegio Hackley, una pequeña escuela privada en Tarrytown, Nueva York. Viajaron e hicieron nuevos amigos. Pero durante muchos años vivieron embargados por el dolor. Pavel había sufrido una transformación, de la obediencia a la independencia, que le había costado su familia y su hogar. Muchos de los que se habían quedado no habían tenido los medios o la oportunidad de obtener su independencia. La Unión Soviética no era ya lo que había sido bajo Stalin, pero, aun con la decadencia de los campos de prisioneros, el sistema sobrevivía, el miedo imperaba y nadie era libre.
En mis casi cuatro años de viajes por lo que fuera la Unión Soviética, a menudo me encontré accidentalmente con antiguos campos de concentración. Durante las primeras huelgas en las cuencas carboníferas de Siberia, en 1989, algunos mineros de la ciudad de Kemerovo me instaron a mirar por encima de una reja, donde vi uno de esos campos, un pequeño grupo de casas a la izquierda de las vacas. Eran barracas. En un campo de trabajos forzosos en las afueras de la ciudad de Perm, en los Urales, tomé el té con el comandante. En el pasado había sepultado a varios disidentes, y ahora pensaba en la jubilación. En el pasado el país entero había formado parte del sistema de campos —el «archipiélago gulag», como Solzhenitsyn lo llamaba— y no había que viajar lejos de casa para verlo. Una tarde fui invitado a tomar el té en el apartamento de un anciano en Leninsky Prospekt, a una manzana de donde yo vivía.
—Siempre me he sentido orgulloso de vivir aquí —dijo el hombre.
El apartamento consistía de una sola habitación, la calefacción estaba averiada y las cañerías, en mal estado.
—¿Por qué? ¿Qué orgullo puede sentir de vivir aquí? —le pregunté.
—Solzhenitsyn ayudó a construirlo —dijo, mientras sus dientes de oro centelleaban—. Él formó parte de la cuadrilla de prisioneros que levantó este lugar.
En cada uno de esos encuentros, me sentía de inmediato ligado al país y afortunado de haber escapado. Mis dos abuelos, Alex y Ben, nacieron en la misma época y en el mismo tipo de lugar. Vivieron en villorrios enfangados hacia finales de siglo: Alex en las afueras de Vilna (hoy Vilnius), y Ben en las afueras de Kiev. Hasta donde he podido averiguar, estos dos lugares ya no existen. Ninguno de mis dos abuelos supo —o quiso saber— gran cosa más acerca de su infancia en el imperio ruso. A su avanzada edad, les sorprendía profundamente toda esta locura por las «raíces». No sufrían de nostalgia. Se sentían afortunados de haber escapado. En cuanto oyeron rumores acerca de la matanza de judíos, abandonaron Rusia a pie, a caballo, en tren y, finalmente, en barco. Llegaron a Castle Garden, en la isla de Ellis. Alex vendía artículos de mercería en Nueva York: cierres, medias, pinzas, todo lo que salía de los barriles de madera o las cajas de cartón de una tienda en el cruce de la calle Prince con Broadway. Ben trabajaba como dependiente en una tienda de ropa en Paterson, Nueva Jersey. Cuando comencé a estudiar ruso en el liceo, mis abuelos sonrieron con curiosidad y no intervinieron. Si sabían decir siete u ocho palabras en ruso era todo. Rusia era para ellos una casa en llamas que abandonaron en medio de la noche. Justo antes de partir a Rusia, volé a Miami Beach. Ben se las había arreglado para cambiar su casa en Paterson por una pequeña habitación, con vistas al Atlántico, y una ambulancia en el garaje del sótano. Tenía cien años. Cuando le conté que planeaba vivir tres o cuatro años en Moscú me dijo: «Debes de estar loco. A nosotros casi nos matan al tratar de salir del país y tú, meshuggah, quieres regresar».
A la familia de mi esposa, nuestra ida a Moscú le inspiraba aún más desconfianza. Y con buenas razones. Habían te
