La CIA y la guerra fría cultural

Frances Stonor Saunders

Fragmento

Prefacio

Hicieron falta cinco años para completar este libro, un período que recuerdo con emociones contradictorias. Por alguna razón inexplicable, hice la mayor parte de la investigación documental en los meses de primavera y verano, con lo que me condené a mí misma a un infierno de luz de neón y aire acondicionado permanentemente ajustado a temperatura de morgue. En Abilene, Kansas, solía regresar en coche a mi motel desde la Biblioteca Dwight D. Eisenhower justo cuando el sol se hundía en el horizonte, acompañada de una pila de documentos fotocopiados que se bamboleaban a mi lado en el asiento del pasajero: mi pesca del día, atrapada con la red de la curiosidad (¿o de la obsesión?) y con el sedal y el anzuelo de la suerte. En Austin, Texas, me convertí en la única persona a la hora del crepúsculo en el borde polvoriento de la concurrida calle que lleva del Centro de Investigación en Humanidades Harry Ransom al paso elevado que soportaba el peso de mi oscuro alojamiento en el centro. En este motel se habían quitado todos los enchufes de los baños para evitar que la gente se suicidara metiendo una tostadora u otro aparato eléctrico en el agua de la bañera. Yo nunca he tenido ganas de suicidarme, pero a veces la falta de todo contacto con el mundo natural parecía una especie de reproche cósmico a mi empresa.

También hubo euforia, momentos de descontrolada alegría ante algún tesoro inesperado arrojado por una hoja de papel a la que solo estaba prestando una atención superficial. Estos hallazgos accidentales constituyen un poderoso argumento en favor de la importancia de la investigación primaria por encima de la investigación on line. Si puedo atribuir alguna ventaja seria a estar atada a un escritorio en un archivo, mientras todo el mundo parece estar fuera tomando el sol, es esta: la emoción de las conexiones establecidas, de los hilos de la madeja que al tirar de ellos conducen no a cabos sueltos o a nudos gordianos, sino a «evidencias» y a líneas sólidas de investigación.

Luego solía venir la inquietud. Mientras envolvía paquetes de documentos para enviarlos a casa (simplemente había demasiados para llevármelos conmigo), me preocupaba que pudieran extraviarse. Iban por flete, ya que el correo aéreo era demasiado caro, y yo siempre llegaba a casa meses antes de que lo hicieran ellos. Pero todos los paquetes fueron puntualmente entregados. El archivo creció y creció, y estuvo almacenado en cajas bajo mi cama durante muchos años hasta que el profesor Scott Lucas, del Departamento de Estudios Estadounidenses y Canadienses de la Universidad de Birmingham, aceptó amablemente llevárselo. Allí puede consultarse con bastante más comodidad que en su anterior ubicación.

Hubo también miedo. No de la clase que experimentaba mi madre (estaba convencida de que me secuestraría la CIA, aunque a mí me daba la impresión de que tenían otras cosas que hacer). Era miedo a ser manipulada o utilizada. Algunos engaños tienen tanto hueso que no hay quién se los trague; otros seducen al paladar y resultan más fáciles de digerir. Muchas de las personas a las que entrevisté eran persuasores profesionales, entrenados en el arte de la mentira («necesaria», «noble», «patriótica» o lo que sea), de lo que se deduce que sus pretensiones de decir la verdad serían difíciles de evaluar. Junto al patriotismo fácil, los escrúpulos sobre juramentos de silencio y los códigos de honor, las traiciones también surgieron con facilidad: fulano no sabía distinguir su trasero de un agujero en el asfalto; mengano acababa siempre por bajarse los pantalones; la esposa de zutano tuvo una aventura con el presidente y luego fue asesinada... Chismorreos de oficina. Pero de vez en cuando había un lado más siniestro, una indiscreción que apuntaba, como un lanzallamas, a quemar la reputación.

Por el contrario, quienes se habían contagiado del engaño en contra de lo mejor de su naturaleza y sin ningún entrenamiento formal eran a menudo claramente malos mentirosos. ¿Es esto acaso demasiado fuerte? ¿Quién era yo para arrogarme el papel de inquisidor? ¿Cómo podría representar adecuadamente esa historia que yo no había vivido, o entender las realidades urgentes y temibles del mundo de la posguerra, los intrincados y conflictivos realineamientos en la cultura, la política, y la política de la cultura? Irving Kristol me escribió después de que se publicara el libro, rechazando mi «entera perspectiva político-ideológica» como «santurrona». Otro corresponsal informaba alegremente que «Walter Laqueur odiaba [el libro] y sospechaba que había sido escrito por un sacerdote católico».

No estoy dotada de ninguna de las certezas de ese papel. Mis simpatías están con Voltaire, que argumentaba que quien está seguro no está en sus cabales. Creo que la «sabiduría de la incertidumbre» de Milan Kundera es una piedra de toque de toda investigación intelectual. Este libro podría definirse como una polémica contra la convicción (que cabe distinguir de la fe o la creencia o los valores) y las estrategias utilizadas para movilizar una convicción contra otra. En el contexto extremadamente politizado de la guerra fría cultural, esta negativa a tomar partido se designó, peyorativamente, como relativismo o neutralismo. No era una postura o sensibilidad tolerada por ninguno de los dos bandos: tanto la Unión Soviética como Estados Unidos se dedicaron a socavar los argumentos del neutralismo, y en el teatro de operaciones que constituye el foco de este libro —Europa occidental— esa campaña evolucionó a partir de tácticas muy similares.

Esto no implica deducir una equivalencia moral entre los dos bandos. No acepto, como han argumentado algunos críticos, que este libro sea blando con el comunismo, que subestime la falta de libertad, la permanente amenaza, las sombrías sujeciones que atenazaban la cultura en la Unión Soviética y sus estados satélites. ¿Que Shostakóvich estaba deprimido? Tenía todos los motivos para estarlo. Pero cuando el Comité Soviético para las Artes encargó un busto suyo, su presidente decretó: «Lo que necesitamos es un Shostakóvich optimista» (en privado, el compositor se mostró encantado con el oxímoron). Mi interés reside en la libertad intelectual, y el Estado totalitario no puede aprobar al Shostakóvich que cavila sobre la muerte y se burla de las falsas esperanzas; exige una ortodoxia intelectual —de hecho, existencial— oficialmente regulada. La democracia no. Por su propia naturaleza está abierta a todas las ideas, y por esa misma razón se encontrará inevitablemente con que contiene también cierto grado de ideas totalitarias.

Pero hay una diferencia entre la infiltración en el debate democrático de una ideología rival y la usurpación del poder por un régimen totalitario. McCarthy y aquellos anticomunistas que dotaron a su cruzada de justificación intelectual eran ciegos a esta distinción. Como diría Hugh Trevor-Roper en 1994: «La afirmación de que quien no está con nosotros está contra nosotros, [que] debemos tomar como aliado a cualquiera que se oponga lo bastante al comunismo, y que la virtud política debe medirse por el alcance y la profundidad de la oposición de la gente al comunismo... bueno, en tal caso Hitler habría sido un aliado». En nombre de la democracia, el macartismo aspiraba a instrumentos totalitarios. ¿Es piadoso o noble sugerir que esto fue una mancha en la conciencia estadounidense? En Estados Unidos no hubo gulags. O eso dicen los defensores del concepto del mal menor. Como argumento, creo que procede de lo que Isaiah Berlin denominaba el pensamiento «contra-ilustrado», en el sentido de irracional. ¿Por qué una democracia habría de felicitarse por no tener gulags?

En la guerra fría prosperó la imaginación contrafáctica. El concepto orwelliano del «doblepensar» (hoy un cliché, pero solo por lo acertado que resultaba originalmente) revelaba los mecanismos por los que los ideólogos manipulan la realidad. Doblepensar es, entre otras cosas, «ser consciente de la veracidad completa mientras se dicen mentiras cuidadosamente construidas... usar la lógica contra la lógica, rechazar la moralidad al tiempo que se reivindica». Orwell, obviamente, estaba advirtiendo de las manipulaciones comprometedoras por las que se reafirma el Estado totalitario. Sin embargo, fue el doblepensar el que nos dio un Congreso para la Libertad Cultural patrocinado, gestionado (y en última instancia decapitado) por una CIA que a la vez respaldaba e instauraba dictaduras de derechas; el que exigió credibilidad para una campaña denominada «Libertad Militante»; el que vio cómo la insistencia en pagar cualquier precio por la libertad hundió la causa anticomunista en las junglas de Vietnam; el que conjuró el Premio Nobel de la Paz para Henry Kissinger en 1973 (llevando a Tom Lehrer a decir que abandonaba el humor satírico, puesto que era imposible ridiculizar más al comité de Estocolmo).

La guerra fría fue terriblemente real, no una prolongada discusión sobre cosas insustanciales. Produjo realidades falsas, y La CIA y la guerra fría cultural se pregunta hasta qué punto los intelectuales se involucraron en esas falsificaciones y, de manera más controvertida, las incrementaron. No es tanto una historia intelectual como una historia de intelectuales, y de los intelectuales neoyorquinos en particular, esa poderosa y extraña mezcla de hombres y mujeres que abastecieron las primeras filas de la guerra fría cultural. Estos habitaban en un hervidero de debate ideológico y literario, del que surgieron varias obras importantes (El fin de la ideología, de Daniel Bell; Los orígenes del totalitarismo, de Hannah Arendt, La multitud solitaria, de David Reisman). Al principio sus argumentos se limitaron a las apretadas páginas de Partisan Review, Commentary y demás «revistillas». Luego, como parte del consorcio cultural montado por la CIA (con o sin su conocimiento), de repente pasaron a tener una audiencia internacional.

Estos combatientes de la guerra fría, incapaces de superar el hábito (y el estilo intelectual) del descontento radical, poco dispuestos a aventurarse más allá de esta identidad, no se sosegaron con el desmoronamiento del comunismo. Reunirse con ellos era siempre una experiencia tonificante, a veces dolorosa. El objeto de sus argumentos había desaparecido, y ellos entraban en la vejez aún más desolados por la pérdida de ese adversario. Ahora, rechinando sobre sus sillas de montar, blandían sus oxidadas lanzas contra nuevos objetivos: el movimiento feminista, la Nueva Izquierda, el Poder Negro, las madres solteras, la inmigración, la gente que no se levantaba cuando sonaba el himno nacional... Esta ola de «liberación» no era la libertad que habían estado esperando; se estrelló sobre ellos y los dejó varados. Recuerdo a Cord Meyer masticando un filete (y mis últimos dólares) en un restaurante de Washington, y haciendo una pausa solo para escupir una observación malhumorada acerca de que el único logro del multiculturalismo había sido que resultara imposible encontrar un camarero que hablara inglés correctamente. Al cabo de unos días, Irving Kristol me pidió disculpas por el «estúpido» menú que —en la «Semana mexicana»— ofrecía la cantina del Instituto Empresarial Estadounidense, antes de pedir, con toda la intención, una hamburguesa.

La democracia se había hecho demasiado democrática, y ya no respondía al consejo de sus sabios. La nueva generación no les necesitaba. Habían reñido con el mundo, y habían perdido. Cuando pienso en ellos, pienso en la observación de Gertrude Stein de que «Estados Unidos es el país más viejo del mundo, porque fue el primero en entrar en el siglo XX».

La CIA y la guerra fría cultural ha tenido su parte de aventura. La publicación en el Reino Unido, en 1999, se estrenó con un programa de radio de actualidad cuyos invitados eran un prominente abogado, Henry Kissinger y yo. Los nervios me hicieron permanecer callada, y me fijé en las uñas de Kissinger, que tenía en carne viva de tanto mordérselas. Abandonó el estudio a mitad del programa, aparentemente descontento con la sugerencia de que el bombardeo de Camboya y el derrocamiento de Salvador Allende fueran ilegales. En Estados Unidos, el libro fue rechazado en la fase del manuscrito definitivo por el editor original, que argumentó que yo no había dejado suficientemente clara la idea de que «la causa de Estados Unidos era justa» y de que «la CIA y demás estaban en el bando de los buenos». De modo que finalmente no apareció con el sello de The Free Press (la «Prensa Libre»: ¿otro oxímoron?), sino bajo los buenos auspicios de André Schiffrin en The New Press. En una presentación del libro realizada en Roma, me vi atrapada entre dos oradores que se enfurecieron tanto que arremetieron uno contra otro. Mi editor intervino antes de que se rompieran los cuellos de las camisas. En una recepción celebrada en Londres en 2007, me presentaron al entonces primer ministro Gordon Brown, quien me dijo que había leído el libro con gran interés y había pensado que en las circunstancias actuales un programa de guerra cultural sería una muy buena idea. Como comprenderá el lector de este libro, no fue uno de mis momentos más satisfactorios.

Ya desde su primera publicación en inglés, en 1999, La CIA y la guerra fría cultural ha aparecido en francés, alemán, italiano, árabe, turco, búlgaro, chino, portugués, griego y español. Actualmente se está preparando una edición rusa. Siento una enorme deuda de gratitud con todos los editores y traductores que lo han hecho posible.

FRANCES STONOR SAUNDERS, Londres, julio de 2012

Introducción

La mejor manera de hacer propaganda es que no parezca que se está haciendo propaganda.

RICHARD CROSSMAN

Durante los momentos culminantes de la guerra fría, el Gobierno de Estados Unidos invirtió enormes recursos en un programa secreto de propaganda cultural en Europa occidental. Un rasgo fundamental de este programa era que no se supiese de su existencia. Fue llevado a cabo con gran secreto por la organización de espionaje de Estados Unidos, la Agencia Central de Inteligencia. El acto central de esta campaña encubierta fue el Congreso por la Libertad Cultural, organizado por el agente de la CIA, Michael Josselson, entre 1950 y 1967. Sus logros fueron considerables y su propia duración no fue el menor de ellos. En su momento álgido, el Congreso por la Libertad Cultural tuvo oficinas en treinta y cinco países, contó con docenas de personas contratadas, publicó artículos en más de veinte revistas de prestigio, organizó exposiciones de arte, contaba con su propio servicio de noticias y de artículos de opinión, organizó conferencias internacionales del más alto nivel y recompensó a los músicos y a otros artistas con premios y actuaciones públicas. Su misión consistía en apartar sutilmente a la intelectualidad de Europa occidental de su prolongada fascinación por el marxismo y el comunismo, a favor de una forma de ver el mundo más de acuerdo con «el concepto americano».

Recurriendo a una extensa y enormemente influyente red, integrada por personal del servicio de inteligencia, estrategas políticos, los grandes magnates y antiguos alumnos de las universidades de la Ivy League, la incipiente CIA comenzó, a partir de 1947, a construir un «consorcio» cuya doble tarea era vacunar al mundo contra el contagio del comunismo y facilitar la consecución de los intereses de la política exterior estadounidense en el extranjero. El resultado fue una red de personas, notablemente compenetrada, que trabajó codo con codo con la Agencia para promover una idea: que el mundo precisaba una pax americana, una nueva época ilustrada, a la que se bautizaría como «el Siglo Americano».

El consorcio que construyó la CIA —consistente en lo que Henry Kissinger calificó como «aristocracia dedicada al servicio de esta nación en nombre de unos principios que están más allá de los enfrentamientos entre los partidos»— fue el arma secreta con la que lucharían los Estados Unidos durante la guerra fría, un arma que, en el campo cultural, tuvo un enorme radio de acción. Tanto si les gustaba como si no, si lo sabían como si no, hubo pocos escritores, poetas, artistas, historiadores, científicos o críticos en la Europa de posguerra cuyos nombres no estuvieran, de una u otra manera, vinculados con esta empresa encubierta. Sin sentirse amenazado por nadie y sin ser detectado durante más de veinte años, el espionaje estadounidense creó un frente cultural complejo y extraordinariamente dotado económicamente, en Occidente, para Occidente, en nombre de la libertad de expresión. A la vez que definía la guerra fría como «batalla por la conquista de las mentes humanas», fue acumulando un inmenso arsenal de armas culturales: periódicos, libros, conferencias, seminarios, exposiciones, conciertos, premios.

Entre los miembros de este consorcio había un surtido grupo de intelectuales radicales y de izquierda cuya fe en el marxismo y en el comunismo se había hecho añicos ante la evidencia del totalitarismo estalinista. Nacida de la Década Rosa de los años treinta, calificada, con pena, por Arthur Koestler de «abortada revolución del espíritu, renacimiento fallido, falso amanecer de la historia»,1 su desilusión se vio acompañada por un deseo de formar parte de un nuevo consenso, de consolidar un nuevo orden que sustituyese las exhaustas fuerzas del pasado. La tradición de oposición radical, en la que los intelectuales habían tomado bajo su responsabilidad investigar los mitos, cuestionar las prerrogativas institucionales y perturbar la complacencia del poder, quedó anulada a favor de un apoyo a la «propuesta americana».* Refrendado y financiado por poderosas instituciones, este grupo no comunista monopolizó la vida intelectual de Occidente en la misma medida que el comunismo lo había hecho unos años antes (y además, muchas de las personas fueron las mismas en ambos grupos).

«Llegó un tiempo … en el que, aparentemente, la vida perdió su capacidad de organizarse a sí misma —dice Charlie Citrine, narrador de El legado de Humboldt de Saul Bellow—, tenía que ser organizada. Los intelectuales hicieron suya esta tarea. Desde, por ejemplo, la época de Maquiavelo, a la nuestra propia, esta organización ha sido un imponente proyecto, maravilloso, tentador, engañoso y desastroso. Un hombre como Humboldt, inspirado, astuto, chiflado, rebosaba de entusiasmo ante el descubrimiento de que la empresa humana, tan grandiosa e infinitamente variada, tenía que ser organizada por personas excepcionales. Él era una persona de excepción, por lo que era un posible candidato al poder. Bueno, ¿por qué no?»2 Al igual que tantos Humboldts, aquellos intelectuales que habían sido traicionados por el falso ídolo del comunismo se consideraron a sí mismos ante la posibilidad de construir una nueva Weimar, una Weimar estadounidense. Si el Gobierno y su brazo ejecutor encubierto, la CIA, estaban dispuestos a ayudar en este proyecto, ¿por qué no?

El que aquellos ex izquierdistas acabaran vinculados a la CIA en la misma empresa no es tan absurdo como a primera vista pudiera parecer. Existía una verdadera comunidad de intereses y de convicciones entre la Agencia y los intelectuales reclutados, incluso si no lo sabían, para librar la guerra fría de la cultura. La influencia de la CIA no fue «siempre, o con frecuencia, reaccionaria o siniestra»,3 escribió el preeminente historiador liberal de Estados Unidos, Arthur Schlesinger. «Según mi experiencia su liderazgo fue políticamente inteligente y correcto».4 Esta concepción de la CIA como paraíso del liberalismo fue un poderoso incentivo para colaborar con ella, o al menos para coincidir con el mito de que sus motivos eran fundados. Sin embargo, esta percepción no casa bien con la reputación de la CIA de instrumento despiadadamente intervencionista y peligrosamente fuera de todo control por parte del poder de Estados Unidos durante la guerra fría. Esta fue la organización que estuvo tras el derrocamiento del primer ministro Mossadegh en Irán, en 1953, del derrocamiento del gobierno de Arbenz en Guatemala, en 1954, de la desastrosa operación de la bahía de Cochinos, en 1961, del infausto Programa Phoenix, en Vietnam. Espió a decenas de miles de ciudadanos de Estados Unidos, hostigó a dirigentes de otros países democráticamente elegidos, planeó asesinatos, negó todas estas actividades ante el Congreso y, en ese proceso, elevó el arte de la mentira a nuevas cumbres. ¿Por qué arte de birlibirloque consiguió la CIA presentarse a sí misma ante intelectuales de sólidos principios como Arthur Schlesinger, como máxima valedora de la anhelada libertad?

El grado en que el espionaje norteamericano extendió sus tentáculos hacia las cuestiones culturales de sus aliados occidentales, actuando como posibilitador en la sombra de una amplia variedad de actividades creativas, colocando a los intelectuales y a su obra como piezas de ajedrez para jugar en el Gran Juego, sigue siendo uno de los legados más sugerentes de la guerra fría. La defensa organizada por los abogados de este periodo —basada en la afirmación de que la sustanciosa inversión financiera de la CIA no exigía condiciones— aún no ha sido puesta en cuestión de manera seria. Entre los círculos intelectuales de Estados Unidos y Europa occidental, sigue existiendo propensión a aceptar como cierto que la CIA estaba meramente interesada en ampliar las posibilidades de la manifestación cultural libre y democrática. «Sencillamente ayudamos a la gente a decir lo que de todas formas hubieran dicho», es la principal línea de defensa, que en el fondo es otorgar un cheque en blanco a los manejos de la Agencia. Si los beneficiarios de los fondos de la CIA hubiesen desconocido el hecho, continúa la línea argumental, y si su comportamiento, consecuentemente, no se hubiese modificado, entonces su independencia como intelectuales críticos no habría podido verse afectada.

Sin embargo, los documentos oficiales relacionados con la guerra fría cultural socavan sistemáticamente este mito del altruismo. De los individuos e instituciones subvencionados por la CIA se esperaba que actuasen como parte de una amplia campaña de persuasión, de una guerra de propaganda, en la que «de propaganda» se definía como «todo esfuerzo o movimiento organizado para distribuir información o una doctrina particular, mediante noticias, opiniones o llamamientos, pensados para influir en el pensamiento y en las acciones de determinado grupo».5 Un componente esencial de este esfuerzo era la «guerra psicológica», definida como «El uso planificado de la propaganda y otras actividades, excepto el combate, por parte de una nación, que comunican ideas e información con el propósito de influir en las opiniones, actitudes, emociones y comportamiento de grupos extranjeros, de manera que apoyen la consecución de los objetivos nacionales». Más aún, se definía como «el tipo de propaganda más efectivo», aquella en la que «el sujeto se mueve en la dirección que uno quiere por razones que piensa son propias».6 No sirve de nada poner en cuestión estas definiciones. De ellas están plagados los documentos gubernamentales, son los datos de partida de la diplomacia cultural estadounidense de posguerra.

Claramente, al camuflar su inversión, la CIA actuaba bajo la suposición de que sus incentivos serían rechazados si se ofrecían a la luz del día. ¿Qué tipo de libertad se podría promover con este tipo de engaño? Ningún tipo de libertad figuraba en los programas políticos de la Unión Soviética, donde los escritores e intelectuales que no eran enviados a los gulags fueron atrapados para servir a los intereses del Estado. Pero ¿con qué medios? ¿Existía alguna justificación real para suponer que algún mecanismo interno no pudiese hacer revivir los principios de la democracia occidental en la Europa de posguerra? ¿O para no dar por sentado que la democracia podía ser más compleja de lo que implicaba la loa del liberalismo estadounidense? ¿Hasta qué grado era admisible que otro Estado interviniese de manera encubierta en el proceso fundamental de crecimiento orgánico intelectual, del debate en libertad y del flujo libre de las ideas? ¿Acaso esto no tenía el riesgo de crear, en lugar de libertad, una especie de libertad primitiva, en la que las personas pensasen que actúan libremente, cuando, en realidad, están movidas por fuerzas que no controlan?

La participación de la CIA en la guerra cultural hace surgir otras cuestiones problemáticas. ¿Distorsionó la ayuda económica el proceso según el cual se manifestaron los intelectuales y sus ideas? ¿Se seleccionó a las personas por sus cargos y no por su mérito intelectual? ¿Qué quería decir Arthur Koestler cuando ironizaba contra «el circuito internacional académico de putas por teléfono» como calificaba a las conferencias y simposios intelectuales? ¿Acaso las reputaciones de los intelectuales salieron consolidadas o robustecidas al pertenecer al consorcio cultural de la CIA? ¿Cuántos de aquellos escritores e intelectuales que adquirieron prestigio internacional por sus ideas fueron, en realidad, figuras de segunda fila, publicistas efímeros, cuyas obras estaban condenadas a reposar en los sótanos de las librerías de libros usados?

En 1996, aparecieron en el New York Times una serie de artículos que sacaban a la luz una amplia serie de actividades secretas llevadas a cabo por el espionaje estadounidense. A medida que empezaron a inundar las primeras páginas de los periódicos los relatos de intentonas de golpes de Estado y de asesinatos políticos (casi siempre chapuceros), la CIA quedó como un elefante solitario, que arrasaba a su paso la vegetación de la política internacional, sin tener que responder ante nadie de sus hechos. Entre las más notorias de estas revelaciones de capa y espada se publicaron los detalles de cómo el Gobierno estadounidense había recurrido a las vacas sagradas de la cultura de Occidente para conferir peso intelectual a sus acciones.

La teoría de que muchos intelectuales habían sido movidos por los dictados de los políticos estadounidenses y no por sus propios e independientes principios, generó un amplio malestar. La autoridad moral de que disfrutaron los intelectuales durante el momento álgido de la guerra fría quedaba seriamente bajo sospecha y fue, con frecuencia, objeto de escarnio. La «consensocracia» se estaba desmoronando, su componente fundamental era insostenible. A medida que se fue desintegrando, el propio relato se fue fragmentando, parcializando, modificando, a veces de manera increíble, por fuerzas de la derecha y de la izquierda que querían hacer encajar sus datos con sus propios objetivos. Paradójicamente, las circunstancias que hicieron posibles las revelaciones contribuyeron a que quedase oscurecido su auténtico significado. En tanto que la obsesiva campaña anticomunista de Estados Unidos en Vietnam le llevó al borde del colapso social, y fue causa de escándalos de gran trascendencia como el de los papeles del Pentágono o el Watergate, era difícil mantener el interés o la indignación en el asunto de la Kulturkampf, que en comparación parecía algo sin importancia.

«La historia —escribió Archibald MacLeish— es como una sala de conciertos mal construida, [con] puntos muertos en los que no se puede escuchar la música».7 Este libro pretende descubrir esos puntos muertos. Busca una acústica diferente, una melodía distinta a la que tocaron los virtuosos oficiales de la época. Es una historia secreta, en tanto en cuanto cree en la importancia del poder de las relaciones personales, de los vínculos y de las connivencias «débiles», así como en la importancia de la diplomacia de salón y en la política de tocador. Pone en cuestión lo que Gore Vidal ha descrito como «esas ficciones oficiales en las que se han puesto demasiado de acuerdo demasiadas partes demasiado interesadas, cada una con sus propios mil días en los que construir sus propias y engañosas pirámides y obeliscos que pretenden averiguar la hora solar». Toda historia que se proponga interrogar todos esos «puntos de acuerdo» debe, en palabras de Tzvetan Todorov, convertirse en un «acto de profanación. No tiene que ver con la contribución al culto de héroes y santos. Consiste en acercarse lo más posible a la verdad. Participa de lo que Max Weber llamó "desencanto del mundo"; se encuentran en las antípodas de la idolatría. Consiste en desvelar la verdad por sí misma, no en recuperar imágenes que se suponen útiles para el presente».8

1

Cadáver exquisito

Hay un lugar de desafecto

tiempo antes y tiempo después

en una luz confusa

T. S. ELIOT, «Burnt Norton»

Europa despertó de la guerra en un gélido amanecer. El invierno de 1947 fue el peor que se recuerda. Desde enero hasta finales de marzo, un frente azotó Alemania, Italia, Francia y Gran Bretaña, avanzando inmisericorde. En Saint Tropez cayó la nieve con la que los vientos huracanados formaron impenetrables montículos; los témpanos de hielo llegaron hasta la desembocadura del Támesis. Los trenes que transportaban alimentos se congelaron sobre las vías; las barcazas que llevaban el carbón a París quedaron atrapadas por el hielo. El filósofo Isaiah Berlin quedó «aterrado» ante el frío de la ciudad, «vacía y hueca y muerta, como un cadáver exquisito».

En toda Europa, el suministro de agua, el alcantarillado y la mayor parte de las instalaciones urbanas dejaron de funcionar; el abastecimiento de alimentos se redujo y las reservas de carbón disminuyeron hasta mínimos históricos al haber quedado inmovilizada por el frío la maquinaria de las minas. Tras un breve deshielo, se produjo otra ola de frío, cubriendo canales y carreteras con gruesa capa de hielo. En Gran Bretaña, en dos meses, aumentó en un millón el número de parados. El gobierno y la industria se detuvieron bajo la nieve y el hielo. La propia vida parecía haberse congelado: más de cuatro millones de ovejas y treinta mil cabezas de vacuno perecieron.

En Berlín, para Willy Brandt, futuro canciller, un «nuevo terror» se apoderó de la ciudad que mejor simbolizaba el colapso de Europa. El gélido frío «atacó a la gente como una bestia salvaje, obligándoles a meterse en sus casas. Pero tampoco allí encontraron alivio. Las ventanas no tenían vidrios, fueron atrancadas con tablas y placas de yeso. Paredes y techos estaban cuajados de grietas y agujeros, que la gente tapaba con papel y trapos. La gente calentaba las habitaciones con los bancos de los parques … los ancianos y los enfermos murieron por centenares, en sus camas, a causa del frío».1

Como medida de emergencia, a todas las familias alemanas se les asignó un árbol del que cortar leña para calentarse. A principios de 1946, el Tiergarten había sido talado hasta dejarlo reducido a tocones y sus estatuas permanecían en un desolado paisaje de barro congelado; al llegar el invierno de 1947, los bosques del célebre Grünewald ya habían sido completamente arrasados. Los montículos formados por la nieve que ocultaban los escombros de una ciudad arrasada por los bombardeos no podían ocultar el devastador legado del megalómano sueño que Hitler había concebido para Alemania. En Berlín, como una Cartago en ruinas, reinaba la desesperanza y el frío, vencida, conquistada, ocupada.

El clima, cruelmente, hizo comprender la realidad material de la guerra fría, abriéndose paso en la nueva topografía de la Europa pos-Yalta, con sus territorios nacionales mutilados y sus poblaciones fracturadas. Los gobiernos de ocupación aliada en Francia, Alemania, Austria e Italia luchaban por atender a los trece millones de personas desplazadas, sin hogar o desmovilizados. El problema se agravaba con la continua llegada de personal aliado a los territorios ocupados. Cada vez más y más gente era sacada de sus casas, para unirse a los que ya dormían en vestíbulos, escaleras, sótanos y en los edificios destrozados por las bombas. Clarissa Churchill, invitada por la Comisión Británica de Control de Berlín, se sintió «protegida geográfica y materialmente del impacto del caos y la miseria existentes en la ciudad. Caminando en el cálido dormitorio de una antigua residencia nazi, tocando las sábanas rematadas con encajes, repasando los libros de sus estanterías; hasta estas sencillas experiencias me daban un cierto dejo del delirio del conquistador, que tras un breve paseo por las calles, o una visita a un piso sin estufa ni leña en la chimenea, se disipaba inmediatamente».2

Fueron días de gran intensidad emotiva para los vencedores. En 1947, un cartón de cigarrillos americanos, que valía cincuenta centavos en las bases estadounidenses, costaba mil ochocientos marcos en el mercado negro, o ciento ochenta dólares al cambio oficial. Por cuatro cartones de tabaco, a este cambio, se podía contratar una orquesta alemana para amenizar la velada. Por veinticuatro cartones se podía comprar un Mercedes-Benz de 1939. Los precios más altos del mercado se pagaban por unos certificados a los que se llamaba «Penicilina» o «Persilscheine» (lava más blanco), que liberaban a su portador de cualquier conexión con los nazis. Ante esta catastrófica situación económica, un simple soldado de Idaho podía vivir como un moderno zar.

En París, el teniente coronel Victor Rothschild, primer soldado británico en llegar el día de la liberación como experto en desactivación de explosivos, había reclamado la devolución de la casa familiar en la Avenue de Marigny, requisada por los nazis. Allí agasajó con los mejores champanes al joven oficial de inteligencia Malcolm Muggeridge. El mayordomo de la familia, que había seguido trabajando en la casa con los alemanes, comentó que nada parecía haber cambiado. En el hotel Ritz, requisado por el millonario agente de los servicios de información, John Hay Whitney, se alojó David Bruce, un amigo de F. Scott Fitzgerald de los tiempos de Princeton, que apareció con Ernest Hemingway y un ejército privado de liberadores, y que hizo un pedido al director de cincuenta martinis. Hemingway, quien durante la guerra, al igual que David Bruce, había trabajado en el servicio secreto americano, la Oficina de Servicios Estratégico, se instaló con sus botellas de whisky en el Ritz, y allí, aturdido por el alcohol, recibió a un nervioso Eric Blair (George Orwell) y a la más franca y directa Simone de Beauvoir, con su amante Jean-Paul Sartre (que bebió hasta no recordar nada de lo sucedido, y cuya resaca sí recordaría como la peor de su vida).

El filósofo y agente de inteligencia, A. J. Freddie Ayer, autor de Language, Truth and Logic, se dejaba ver en París, yendo de un lado para otro en un enorme Bugatti con chófer y con una radio del ejército. Arthur Koestler y su amante, Mamaine Paget, «se emborracharon como cubas» durante una cena con André Malraux, a base de vodka, caviar y blinis, balyk y soufflé sibérienne. También en París, Susan Mary Alsop, esposa de un joven diplomático estadounidense, organizó una serie de fiestas en su «preciosa casa llena de alfombras de Aubusson y buen jabón americano». Pero cuando salió de su casa, vio que todas las caras «tenían una expresión dura y parecían agotadas y llenas de sufrimiento. No hay comida en absoluto, excepto para los que la pueden pagar en el mercado negro. Las pastelerías están vacías —en los escaparates de los salones de té como Rumplemayer, se puede ver un magnífico pastel de cartón o una caja de bombones vacía, con un letrero que dice "muestra" y poco más. En uno de los escaparates de las tiendas del Faubourg Saint Honoré hay un par de zapatos con el letrero "piel auténtica" o "muestra", rodeado por cosas horrendas hechas de paja. Al salir del Ritz arrojé al suelo la colilla del cigarrillo, pero un caballero mayor, bien vestido, se abalanzó a recogerla».3

Más o menos en el mismo momento, el joven compositor Nicolas Nabokov, primo del novelista Vladimir, estaba tirando al suelo una colilla en el sector soviético de Berlín: «Cuando me marchaba, una figura salió de la oscuridad a toda velocidad y cogió el cigarrillo que había arrojado».4 Mientras la estirpe de superhombres hurgaba en busca de colillas, leña o comida, las ruinas del búnker del Führer se dejaron sin señal alguna que delatase su presencia, y apenas fue advertida por los berlineses. Pero los sábados, los americanos de servicio en el gobierno militar exploraban con linternas los sótanos de las ruinas de la Cancillería del Reich en busca de exóticos hallazgos: pistolas rumanas, gruesos fajos de billetes medio quemados, cruces de hierro y otras condecoraciones. Uno de los saqueadores descubrió el guardarropa de señoras y cogió algunas insignias de latón con el águila nazi y la palabra Reichskanzlei grabada en ellas. La fotógrafa de Vogue, Lee Miller, antigua musa de Man Ray, posó totalmente vestida en la bañera del búnker de Hitler.

Pronto se acabaría la diversión. Dividida en cuatro sectores, y enclavada en un territorio dominado por los soviéticos, como la cofa de un barco en medio del mar, Berlín se había convertido en «traumática sinécdoque de la guerra fría».5 Haciendo ostentación de su trabajo en común en la Kommandatura aliada, para conseguir la «desnazificación» y la «reorientación» de Alemania, las cuatro potencias luchaban contra unos vientos ideológicos cada vez más fuertes, que mostraban la desolada situación internacional. «No sentía animosidad hacia los soviéticos —escribió Michael Josselson, un oficial estadounidense de origen estonio-ruso—. En realidad yo era apolítico por aquel entonces, y así me fue mucho más fácil mantener excelentes relaciones personales con la mayoría de oficiales soviéticos que conocí».6 Pero con la imposición de gobiernos «amistosos» en la esfera de influencia de la Unión Soviética, los masivos juicios públicos y los cada vez más llenos gulags de la propia Rusia, este espíritu de colaboración fue sometido a una dura prueba. Al llegar el invierno de 1947, menos de dos años después de que los soldados americanos y rusos se abrazaran en las orillas del Elba, el abrazo se había convertido en gruñido. «Mi conciencia política no despertó hasta después de que la política soviética se hiciese abiertamente agresiva, y cuando los relatos de las atrocidades cometidas en la zona de ocupación soviética se convirtieron en algo cotidiano … y cuando la propaganda soviética se hizo descarnadamente antioccidental»,7 escribió Josselson.

Al cuartel general de la Oficina del Gobierno Militar de Estados Unidos se le conocía como OMGUS, que en un primer momento, los alemanes pensaron que significaba «autobús» en inglés, porque con esas siglas se habían pintado los autobuses de dos pisos requisados por los americanos. Cuando no estaban espiando a las otras tres potencias, los funcionarios del OMGUS se dedicaban a revisar en sus mesas de trabajo montañas de las omnipresentes Fragebogen, que todo alemán en busca de trabajo estaba obligado a rellenar, respondiendo preguntas relacionadas con su nacionalidad, religión, antecedentes penales, estudios, títulos profesionales, empleo y servicio militar, escritos y discursos, ingresos y bienes, viajes al extranjero y, por supuesto, la filiación política. La investigación de los antecedentes de toda la población alemana en busca de la más leve traza de «nazismo y militarismo» era una tarea tediosa, burocrática y, con frecuencia, frustrante. Mientras que un conserje podía ser incluido en la lista negra por haber barrido los pasillos de la Cancillería del Reich, muchos de los industriales, científicos, administradores, e incluso oficiales de alta graduación al servicio de Hitler, eran calladamente reintegrados a sus puestos por las potencias aliadas en un esfuerzo desesperado para que Alemania no se derrumbase por completo.

Para uno de los agentes de inteligencia, rellenar interminables cuestionarios no era forma de actuar en relación con el complejo legado del régimen nazi. Michael Josselson adoptó un método diferente. «Yo no conocía a Josselson por aquella época, pero había oído hablar de él —recordaba el filósofo Stuart Hampshire, que por aquel entonces trabajaba para el MI6 de Londres—. Su reputación se había extendido por todos los mentideros de la inteligencia europea. Era el gran amañador, el hombre que todo lo podía conseguir. Todo. Si alguien quería cruzar la frontera rusa, lo cual era prácticamente imposible, Josselson lo conseguía. Si se precisaba una orquesta sinfónica, Josselson lo conseguía».8

Como hablaba cuatro idiomas, con fluidez y sin el menor rastro de acento, Michael Josselson era un valioso activo en las filas de la ocupación estadounidense. Más aún, conocía Berlín a las mil maravillas. Había nacido en Tartu, Estonia, en 1908, hijo de un comerciante de maderas judío. Llegó a Berlín por vez primera a principios de los años veinte, en la diáspora del Báltico que siguió a la Revolución de 1917. Como la mayor parte de su familia más próxima había sido asesinada por los bolcheviques, le era imposible regresar a Tartu, por lo que se convirtió en un miembro de esa generación de hombres y mujeres a la que Arthur Koestler calificó de «escoria de la sociedad» —los déracinés—, personas cuyas vidas habían sido rotas por el siglo XX, y su identidad, junto a la de sus países natales, desgarrada. Josselson había estudiado en la Universidad de Berlín, pero dejó las aulas antes de licenciarse, para ponerse a trabajar en los grandes almacenes Gimbels-Saks como ejecutivo de compras, llegando a ser nombrado representante en París. En 1936 emigró a Estados Unidos, y poco después conseguiría la nacionalidad de aquel país.

Reclutado para el ejército, en 1943, su origen europeo lo convertiría en candidato perfecto para el espionaje o para la guerra psicológica. Se le asignó, como era previsible, a la Sección de Inteligencia de la División de Guerra Psicológica (PWD), en Alemania, donde entró a formar parte de un equipo especial de interrogatorios, formado por siete hombres (apodado «Kampfgruppe Rosenberg», por el nombre de su jefe, el capitán Albert G. Rosenberg). La misión del equipo era interrogar a cientos de prisioneros alemanes a la semana, con el propósito de «separar rápidamente a los nazis convencidos de los no nazis, las mentiras de las respuestas ciertas, a los locuaces, de los tímidos».9 Licenciado del servicio en 1946, Josselson permaneció en Berlín en el Gobierno Militar americano, como oficial de Asuntos Culturales, y después en el Departamento de Estado y en el Alto Comisariado de Estados Unidos, encargado de Asuntos Públicos. En este puesto, fue asignado al servicio de «filtrado del personal» de la prensa, la radio y los espectáculos alemanes, todos los cuales quedaron en suspenso «hasta la eliminación de los nazis».

A la misma división habían asignado a Nicolas Nabokov, un exiliado ruso blanco que había vivido en Berlín antes de emigrar a Estados Unidos en 1933. Alto, guapo, simpático, Nabokov era de los hombres que cultivan las amistades (y las esposas), gracias a su don de gentes y encanto personal. Durante los años veinte, su piso de Berlín se había convertido en el centro de la vida cultural de los exiliados, un batiburrillo intelectual de escritores, intelectuales, artistas, políticos y periodistas. Entre este cosmopolita grupo de exiliados estaba Michael Josselson. A mediados de los años treinta, Nabokov fue a Estados Unidos, donde escribió sobre lo que modestamente calificó «primer ballet americano», el Union Pacific, de Archibald MacLeish. Compartió durante un tiempo un pequeño apartamento con Henri Cartier-Bresson en Nueva York, cuando ninguno de ellos tenía un céntimo. Más tarde, Nabokov escribiría que «para Cartier-Bresson el movimiento comunista era el abanderado de la historia, del futuro de la humanidad … Yo compartía muchas de [sus] opiniones, pero, a pesar de la permanente añoranza de mi patria rusa, no podía aceptar ni unirme a la actitud filocomunista de tantos intelectuales de Europa occidental y de Estados Unidos. Pensaba que estaban extrañamente ciegos ante la realidad del comunismo ruso y que solo era una reacción a los vientos fascistas que recorrieron Europa a la estela de la Depresión. Hasta cierto punto yo pensaba que el filocomunismo de mediados de los años treinta era una moda pasajera, inteligentemente fomentada por un cierto mito relacionado con la Revolución Bolchevique rusa, conformado por el aparato soviético de Agitación y Propaganda».10

En 1945, junto con W. H. Auden y J. K. Galbraith, Nabokov pasó a formar parte de la División de Propaganda de la Unidad de Inspección de los Bombardeos Estratégicos, en Alemania, donde conoció al personal al frente de la guerra psicológica y, posteriormente, consiguió un puesto en la División de Control de la Información, junto con su antiguo conocido, Michael Josselson. Como compositor que era, a Nabokov le destinaron al departamento de música, donde de él se esperaba que «crease buenas armas psicológicas y culturales con las que destruir al nazismo y promover un verdadero deseo de una Alemania democrática».11 Su misión consistía en «expulsar a los nazis de la vida musical alemana y autorizar a aquellos músicos alemanes (dándoles el derecho de ejercer su profesión) a los que creyésemos estar "limpios"» y en «controlar los programas de los conciertos alemanes para cuidar de que no se convirtiesen en expresión de nacionalismo». Un general norteamericano, al presentar a Nabokov en una fiesta, dijo: «Está muy puesto en música y les dice a los teutones lo que tienen que hacer».12

Josselson y Nabokov se hicieron muy amigos aunque tenían personalidades bien distintas. Nabokov era extravagante desde el punto de vista emocional, muy efusivo y siempre impuntual; Josselson era reservado, meticuloso y hombre de principios. Pero compartían el mismo lenguaje del exilio y su apego al nuevo mundo, los Estados Unidos, que para ambos era el único lugar donde el futuro del viejo mundo podría quedar garantizado. La tragedia y la intriga del Berlín de posguerra les resultaba atractiva a ambos, dándoles oportunidad de ejercitar sus cualidades como organizadores e innovadores. Juntos, escribiría Nabokov más tarde, «cazaron con éxito a muchos nazis y pusieron en hibernación a unos cuantos famosos directores, pianistas, cantantes y profesores de las orquestas (la mayoría de los cuales habían hecho méritos suficientes para merecerlo y algunos de los cuales aún deberían estar en ese mismo estado)».13 A menudo a contracorriente de la opinión oficialista, acometieron la desnazificación de manera pragmática. Se negaron a aceptar que las acciones realizadas por los artistas durante el pasado nazi alemán se pudiese tratar como un fenómeno sui géneris, imponiéndose una decisión según los resultados de las Fragebogen. «Josselson creía sinceramente que el papel de los intelectuales en una situación difícil no debería decidirse en un instante —explicaría uno de sus colegas más tarde—. Creía que el nazismo en Alemania había sido una situación grotesca en la que había de todo. Los americanos, en general, no tenían idea de lo que sucedía. Ellos se limitaban a meterse en algo que no conocían y a señalar con el dedo».14

En 1947, el director Wilhelm Furtwängler fue objeto de especial oprobio. Aunque había criticado abiertamente que se hubiese tachado a Paul Hindemith de «degenerado», luego logró encontrar acomodo con el régimen nazi, para mutuo beneficio. Furtwängler, que fue nombrado Consejero del Estado Prusiano, además de otros títulos importantes otorgados por los nazis, siguió dirigiendo la Filarmónica de Berlín y la Ópera Estatal de Berlín durante todo el Tercer Reich. Para diciembre de 1946, año y medio después de que su caso hubiese reclamado por vez primera la atención de la Comisión de Control Aliada, se decidió que el director debería presentarse ante el Tribunal de Artistas, reunido en Berlín. La visita duró dos días. El resultado fue poco claro, y el tribunal estuvo reunido estudiando su caso durante meses. Luego, de improviso, Furtwängler fue informado de que la Kommandatura aliada le había exonerado, y que estaba en libertad para dirigir la Filarmónica de Berlín el 25 de mayo de 1947 en el Titania Palast, requisado por los americanos. Entre los documentos que dejó Michael Josselson hay una nota que se refiere a esta cuestión a la que, desde dentro, se calificaba como el «salto» de Furtwängler. «Gracias a mis esfuerzos pude ahorrarle al gran director alemán, Wilhelm Furtwängler, la humillación de tener que someterse al procedimiento de desnazificación a pesar de que jamás hubiese sido miembro del Partido Nazi», escribió Josselson.15 Esta maniobra pudo realizarse con la ayuda de Nabokov, aunque años más tarde ninguno de los dos fue demasiado preciso sobre los detalles del caso. «Me pregunto si recuerdas la fecha aproximada en que Furtwängler llegó al Berlín Oriental y dio allí una conferencia de prensa amenazando marcharse a Moscú si nosotros no le absolvíamos inmediatamente —le preguntaba Nabokov a Josselson en 1977—. Creo recordar que tú tuviste algo que ver con su salida del sector soviético (¿o no?), y la llegada a mi jurisdicción. Recuerdo la discreta furia del general McClure [jefe de la División de Control de la Información] ante aquel comportamiento de Furtwängler…».16

Un funcionario estadounidense reaccionó con enojo ante el descubrimiento de que figuras como Furtwängler hubiesen sido «blanqueadas». En abril de 1947, Newell Jenkins, jefe de Teatro y Música del Gobierno Militar estadounidense de Baden-Württemberg, exigió enojado una explicación de «cómo puede ser que tantos prominentes nazis en el campo de la música puedan seguir en activo». Además de Furtwängler, tanto Herbert von Karajan como Elisabeth Schwarzkopf fueron declarados inocentes por las comisiones aliadas, a pesar de sus turbios expedientes. En el caso de Von Karajan, casi nadie lo puso en cuestión. Había sido miembro del partido desde 1933, y jamás dudó en comenzar sus conciertos con el «Horst Wessel Lied», pieza favorita de los nazis. Sus enemigos se referían a él como «Coronel de las SS Von Karajan». Pero a pesar de haber sido partidario del régimen nazi, pronto sería reintegrado a su lugar como indiscutible rey de la Filarmónica de Berlín, la orquesta que en los años de posguerra fue utilizada como baluarte simbólico contra el totalitarismo soviético.17

Elisabeth Schwarzkopf había dado conciertos para las Waffen SS, en el frente oriental, había sido protagonista de películas de propaganda de Goebbels, y había sido incluida por él en una lista de artistas «bendecidos por Dios». Su número de carné del Partido Nacional Socialista era el 7548960. «¿Acaso un panadero ha de dejar de hacer pan si no le gusta el gobierno?», preguntaba Peter Gellhorn, que la acompañaba al piano en sus actuaciones (que había tenido que huir de Alemania en los años treinta por su ascendencia judía). Evidentemente, no. Schwarzkopf fue absuelta por la Comisión de Control Aliada y su carrera experimentó un considerable impulso. Luego sería nombrada Dama del Imperio Británico.

La cuestión de cómo hacer (en el caso de que fuese posible o conveniente) que los artistas rindieran cuentas de su vinculación con la política del momento, no se podía resolver mediante la lotería de un programa de desnazificación como el que se estaba haciendo. Josselson y Nabokov eran muy conscientes de las limitaciones de un programa de este tipo y así, sus motivaciones para saltarse a la torera los procedimientos se podían considerar como un rasgo de humanidad o incluso de coraje. Por otro lado, eran víctimas de una confusión moral: la necesidad de crear simbólicos puntos de encuentro anticomunistas introducía una obligación política urgente (y oculta) de absolver a aquellos que se habían acomodado al régimen nazi. Esto significó una actitud de tolerancia hacia aquellos que hubiesen estado próximos al fascismo si al implicado se le podía utilizar contra el comunismo: alguien tenía que llevar la batuta contra los soviéticos. La carta de Nabokov a Josselson de 1977 revela que en realidad tuvieron que luchar por apartar a Furtwängler de los soviéticos (que se habían acercado al director ofreciéndole hacerse cargo de la Staatsoper Unter den Linden), en tanto que el propio Furtwängler estaba jugando a dos barajas tratando de enfrentar a ambos bandos. Su aparición en el Titania Palast, en mayo de 1947, dejó bien claro que los aliados no se iban a dejar pisar el terreno en la «batalla de las orquestas». En 1949, se incluyó a Furtwängler en una lista de artistas alemanes que viajarían a países extranjeros dentro de los programas culturales patrocinados por Estados Unidos. En 1951, dirigió en la reapertura del Festival de Bayreuth, que había sido devuelto a la familia Wagner, a pesar de la prohibición oficial decretada sobre Richard Wagner (por su «nacionalismo»).

William Donovan, jefe del servicio de inteligencia americano durante la guerra, dijo en una memorable ocasión: «Pondría a Stalin en nómina si pensase que ello ayudaría a vencer a Hitler».18 En una más que fácil inversión de esta proposición, resultaba ahora evidente que los alemanes «eran nuestros nuevos amigos y los salvadores rusos, el enemigo». Esto, para Arthur Miller, era «algo innoble. Me pareció, con los años, que este cambio radical, esta transmutación de las etiquetas del Bien y del Mal, de un país a otro, habían tenido algo que ver en la degradación del concepto de la moralidad, incluso teórica, del mundo. ¿Si el amigo del mes pasado se puede convertir de repente en el enemigo de este, cuál es el grado de realidad que tienen el bien y el mal? El nihilismo —o incluso algo peor, la bostezante complacencia— en relación con el concepto mismo del imperativo moral, que se habría de convertir en el marchamo de la cultura internacional nació en aquellos ocho o diez años de realineamiento tras la muerte de Hitler».19

Por supuesto, había buenas razones para oponerse a los soviéticos, que estaban avanzando rápidamente tras el frente frío. En enero, los comunistas se hicieron con el poder en Polonia. En Italia y Francia corrieron rumores de un golpe de Estado comunista. Los estrategas soviéticos habían sabido comprender rápidamente el potencial de inestabilidad de la Europa de posguerra. Con una energía y un ingenio que demostraban que el régimen de Stalin, a pesar de su impenetrable monolitismo, podía revelar un imaginativo vigor que no era capaz de igualar los gobiernos occidentales, la Unión Soviética desplegó una batería de armas no convencionales para abrirse paso en la conciencia europea y ablandar las conciencias a su favor. Se estableció una enorme red de organismos-tapadera, unos nuevos, otros salidos de un estado de somnolencia desde la muerte, en 1940, de Willi Munzenberg, el cerebro de la campaña secreta de persuasión del Kremlin antes de la guerra. Sindicatos, movimientos feministas, grupos juveniles, instituciones culturales, la prensa, las editoriales: todos se convirtieron en blanco.

Maestros en la utilización de la cultura como herramienta de persuasión política, los soviéticos dieron importantes pasos en estos primeros años de la guerra fría para establecer su paradigma más importante en el campo de la cultura. Careciendo del poder económico de Estados Unidos y, sobre todo, aún sin armas atómicas, el régimen de Stalin se dedicó primordialmente a ganar la «batalla por la mente de los hombres». Estados Unidos, a pesar de haber organizado extensamente el campo de las artes en el periodo del New Deal, seguía virgen en la práctica de la Kulturkampf internacional. Ya en 1945, oficial de inteligencia había predicho las tácticas no convencionales que ahora estaban siendo adoptadas por los soviéticos: «La invención de la bomba atómica producirá una alteración en el equilibrio entre los métodos "pacíficos" y "bélicos" de ejercer presión internacional —informaba al jefe de la Oficina de Servicios Estratégicos, el general Donovan—. Y debemos esperar un sustancial incremento de la importancia de los métodos "pacíficos". Nuestros enemigos se verán más libres [que nunca] para hacer propaganda, subvertir, sabotear y ejercer … presión sobre nosotros, y por nuestra parte, estaremos más dispuestos a soportar estos ataques y a utilizar esos métodos —en nuestro deseo de evitar a toda costa la tragedia de la guerra declarada; las técnicas "pacifistas" se harán más vitales en épocas prebélicas de debilitamiento, en la guerra abierta real, y en épocas de manipulación posbélica».20 Este informe muestra una sorprendente visión de futuro. Ofrece una definición de la guerra fría como una contienda psicológica, como la fabricación del consentimiento por métodos «pacíficos», del uso de la propaganda para erosionar las posiciones hostiles. Finalmente, como demostraron con creces las primeras escaramuzas en Berlín, el «arma operativa» habría de ser la cultura. Había comenzado la guerra fría cultural.

Sucedió que en medio de toda la degradación las potencias de ocupación pusieron en pie una vida cultural artificialmente elaborada, mientras competían entre sí para anotar goles culturales en sus casilleros. Ya en 1945, «cuando aún el hedor de los cuerpos humanos no había desaparecido de las ruinas», los rusos habían preparado una brillante puesta en escena en la inauguración de la Ópera Estatal, con una representación de Orfeo de Gluck, en el lujoso Admiralspalast, magníficamente iluminado. Los fornidos y acicalados coroneles rusos sonreían petulantes al personal militar americano, mientras escuchaban en mutua compañía las representaciones de Eugène Onegin, o una explícitamente antifascista interpretación de Rigoletto, en la que la música era acompañada con el tintineo de las condecoraciones.21

Una de las primeras misiones de Josselson fue recuperar los millares de trajes del vestuario de la antigua Ópera Estatal Alemana (la Deutsches Opernhaus Company, la única rival seria de la Ópera Estatal Rusa), que habían sido almacenados por los nazis en el fondo de una mina de sal, situada fuera de Berlín, en la zona de ocupación norteamericana. Un pésimo y lluvioso día, Josselson partió junto con Nabokov para recuperar el vestuario. En el camino de vuelta a Berlín, el jeep de Josselson, que iba delante del Mercedes requisado en que viajaba Nabokov, chocó a toda velocidad contra un control de carreteras de los soviéticos. Josselson, inconsciente, con heridas y contusiones múltiples, fue llevado a un hospital militar ruso, donde las médicas militares rusas le hicieron una cura de urgencia. Cuando se recuperó, fue devuelto a su casa en la zona americana, que compartía con un actor no muy conocido, de nombre Peter van Eyck. Pero si no hubiese sido por los médicos soviéticos, Josselson tal vez no se habría salvado para convertirse en el Diaghilev de la campaña de propaganda cultural antisoviética de los Estados Unidos. Los soviéticos habían salvado a un hombre que durante las dos décadas siguientes habría de hacer todo lo posible por socavar sus propios intentos de hegemonía cultural.

En 1947, los rusos dieron un nuevo aldabonazo cuando inauguraron una «Casa de la Cultura» en Unter den Linden. La iniciativa sorprendió al encargado británico de Asuntos Culturales, quien informó, reconcomido de envidia, que la institución «supera todo lo que los demás aliados han hecho y ponen en la sombra lo poco que hemos hecho nosotros … La instalación se ha realizado con todo lujo —buenos muebles, muchos de ellos, antiguos, alfombras en todas las salas, profusión de luces, casi un exceso de calefacción y todo recién pintado … los rusos, sencillamente, han requisado todo lo que querían … hay un bar y un salón … que parece de lo más acogedor, casi como el Ritz, con sus mullidas alfombras y candelabros … [Es una] grandiosa institución cultural que ha de llegar a un público muy amplio y que será importante para contrarrestar la idea general de que los rusos son incivilizados. Todo esto es bastante deprimente en lo que a nosotros concierne: nuestra aportación es tan reducida, un centro de información y unas cuantas salas de lectura ¡que se tienen que cerrar por falta de carbón! … Tendríamos que sentirnos estimulados por esta reciente incursión de los rusos en la Kulturkampf, como para responder con un programa igualmente audaz para explicar lo que los británicos hemos hecho en Berlín».22

Mientras a los británicos les faltaba carbón para caldear una sala de lectura, los americanos se envalentonaron para contestar al fuego soviético inaugurando las Amerika-Häuser (Casas de América). Creadas con el objetivo de convertirse en «enclaves de la cultura americana», estas instituciones ofrecían un refugio contra el mal tiempo, con salas de lectura muy cómodas, y programaban proyecciones cinematográficas, recitales de música, conferencias y exposiciones de arte, todo ello con un «abrumador énfasis en Estados Unidos». En un discurso titulado «De entre los escombros» el director de Relaciones Educativas y Culturales quiso dejar claro al personal de las Amerika-Häuser el carácter heroico de su misión: «Pocas personas han tenido jamás el privilegio de formar parte de una misión más importante y difícil, o que esté más llena de trampas, que esta para la que ustedes han sido elegidos como colaboradores, con el fin de conseguir una reorientación intelectual, moral, espiritual y cultural de una Alemania, vencida, conquistada y ocupada». Sin embargo, advirtió que «a pesar de la gran aportación que los Estados Unidos han hecho en el campo cultural, generalmente ello no es conocido ni en Alemania ni en el resto del mundo. A nuestra cultura se la considera materialista y oiremos con frecuencia el comentario siguiente: "Nosotros tenemos la capacidad y el cerebro, y ustedes tienen el dinero"».23

Debido en gran parte a la propaganda rusa, a los Estados Unidos se les consideraba por regla general como culturalmente estériles, país de mascadores de chicle, de inmensos automóviles, de ignorantes prepotentes, y las casas de América desempeñaron un importante papel para invertir este negativo estereotipo. «Hay algo meridianamente claro —escribió, entusiasta, un administrador de las Amerika-Häuser—, los materiales impresos que hemos traído desde Estados Unidos … causan una profunda impresión en aquellos círculos de Alemania que durante generaciones han pensado que los Estados Unidos eran una nación culturalmente atrasada y que habían condenado al conjunto por las faltas de unos cuantos». Los viejos clichés históricos basados en un «prejuicio sobre el retraso cultural americano», han sido arrinconados por el programa de «buenos libros», y de los mismos círculos que sostenían estos infundios ahora se informaba que estaban «callada y profundamente impresionados».24

Algunos de los clichés eran más difíciles de disipar. En una ocasión en que un conferenciante de una Casa de América ofreció sus impresiones sobre la «situación actual de los negros en Estados Unidos»; se le hicieron preguntas, «algunas de las cuales distaban de ser bien intencionadas». El conferenciante «supo contestar adecuadamente a los interpelantes, algunos de los cuales podrían haber sido comunistas y otros no». Afortunadamente para los organizadores, tras la charla hubo «canciones interpretadas por un quinteto de color. Los negros siguieron cantando mucho después de la hora prevista de cierre y … el ambiente fue tan agradable que se decidió invitar al grupo de negros para que repitiesen su actuación».25 El problema de las relaciones raciales en Estados Unidos fue explotado al máximo por la propaganda soviética, y sembró en muchos europeos la duda sobre la capacidad de aquel país de practicar la democracia que decía ofrecer al mundo. Por esta razón, se argumentaba que exportando músicos negros que actuasen en Europa se disiparían gran parte de estas dañinas concepciones. Un informe del Gobierno Militar estadounidense de marzo de 1947 revela planes «para que cantantes americanos negros de primera fila diesen conciertos en Alemania … las actuaciones de Marian Anderson o de Dorothy Maynor ante el público alemán serían de gran importancia».26 La promoción de artistas negros habría de convertirse en máxima prioridad de los estrategas de la guerra fría.

La respuesta americana a la ofensiva cultural soviética empezó a acelerarse en ese preciso momento. El arsenal completo de la cultura estadounidense fue fletado hacia Europa y exhibido en Berlín. De las principales academias norteamericanas (Juilliard, Curtis, Eastman y Peabody) se importaron nuevas figuras de la ópera. El Gobierno Militar se hizo con el control de dieciocho orquestas sinfónicas alemanas y otras tantas compañías operísticas. Al estar proscritos muchos de los compositores alemanes, el mercado de los compositores estadounidenses experimentó un crecimiento exponencial. Samuel Barber, Leonard Bernstein, Elliott Carter, Aaron Copland, George Gershwin, Gian Carlo Menotti, Virgil Thomson: estos y otros muchos compositores americanos estrenaron sus obras en Europa, bajo los auspicios del gobierno.

En colaboración con academias, dramaturgos y directores de Estados Unidos, se puso en marcha un ambicioso programa de teatro. Ante un público entusiasta, apiñados en gélidos teatros donde los carámbanos colgaban amenazadores del techo, se programaron obras de Lillian Hellman, Eugene O'Neill, Thornton Wilder, Tennessee Williams, William Saroyan, Clifford Odets y John Steinbeck. Siguiendo el principio de Schiller del teatro como «moralische Anstalt», en el que se presentaban ante el hombre los principios fundamentales de la vida, las autoridades estadounidenses diseñaron una lista de las principales lecciones morales a impartir. Así, en el apartado «Libertad y democracia» entraba Peer Gynt, de Ibsen, El discípulo del diablo, de Shaw, y Abe Lincoln in Illinois, de Robert Sherwood. Para «Poder y fama» se utilizaron textos sobre Fausto, de Goethe, Strindberg y Shaw. La «Igualdad entre los hombres» era el mensaje que había que extraer de Bajos fondos, de Máximo Gorki, y de Medea, de Franz Grillparzer. En el epígrafe «Guerra y paz» figuraban Lisístrata, de Aristófanes, Fin de jornada, de R. C. Sherriff, Skin of our Teeth, de Thornton Wilder, y A Bell for Adano, de John Hersey. «Corrupción y justicia» tenía que ser a la fuerza el tema de Hamlet, de Revisor, de Gogol, de Las bodas de Fígaro, de Beaumarchais, y la mayor parte de las obras de Ibsen. Y así seguiríamos hasta concluir en el lóbrego apartado de «Denuncia del nazismo», pasando por «No hay crimen sin castigo», «Moral, gusto y costumbres» y «Búsqueda de la felicidad». «Todas las obras de teatro que aceptasen ciegamente el dictado del destino, que inexorablemente lleva a la destrucción y a la autodestrucción, como los clásicos griegos» fueron declaradas no apropiadas «para la actual situación mental y psicológica de los alemanes». También figuraban en la lista negra Julio César y Coriolano («por glorificación de la dictadura»); las obras de Prinz von Homburg y de Kleist (por «patrioterismo»); Cadáver viviente, de Tolstói («La crítica justa de la sociedad conduce a fines antisociales»); todas las obras de Hamsun («Pura ideología nazi») y todas las obras de teatro de todo aquel que «se hubiese pasado con prontitud al servicio del nazismo».27

Conscientes de la categórica afirmación de Disraeli de que «un libro puede ser algo tan importante como una batalla», se organizó un inmenso programa bibliográfico con el objetivo fundamental de «proyectar la cultura y la historia de Estados Unidos ante el lector alemán de la manera más efectiva posible». El gobierno de ocupación recurrió a las editoriales más importantes, asegurando un flujo constante de «libros de contenido amplio» que se juzgaban «más aceptables que publicaciones patrocinadas por el gobierno, porque no tenían el tufillo de la propaganda política».28 Pero propaganda se quería que fuera, al fin y al cabo. Solamente las traducciones encargadas por la División de Guerra Psicológica del Gobierno Militar americano ascendieron a cientos de títulos, desde El ciudadano Tom Paine, de Howard Fast, The New Deal in Action, de Arthur Schlesinger, a Built in the USA, publicación del Museo de Arte Moderno. También hubo ediciones en alemán de libros «adecuados para niños en las edades en que son más impresionables», como Cuentos tenebrosos, de Nathaniel Hawthorne, Un yanqui en la corte del rey Arturo, de Mark Twain y La casa de la pradera, de Laura Ingalls.

Estos programas editoriales ayudaron en gran medida a establecer la reputación en Alemania (y los demás territorios ocupados), después de la guerra, de muchos autores estadounidenses. El prestigio cultural de Estados Unidos se incrementó en gran medida gracias a la distribución de los libros de Louisa May Alcott, Pearl Buck, Jacques Barzun, James Burnham, Willa Cather, Norman Cousins, William Faulkner, Ellen Glasgow, Ernest Hemingway, F. O. Matthiessen, Reinhold Niebuhr, Carl Sandburg, James Thurber, Edith Wharton y Thomas Wolfe.

También se promocionó a escritores europeos como parte de un explícito «programa anticomunista». Valían los textos de «cualquier [autor] crítico con la política exterior soviética y el comunismo como forma de gobierno, que juzguemos objetivo, convincentemente escrito y oportuno».29 Entre los escritores que satisfacían estos criterios estaba el relato de André Gide de sus frustrantes experiencias en Rusia, Regreso de la URSS; El cero y el infinito y The Yogi and the Commissar, de Arthur Koestler; y Vino y pan, de Ignazio Silone. Para Koestler y Silone, esta fue la primera de muchas apariciones bajo la protección del gobierno norteamericano. Para algunos de los libros no se concedió el permiso de publicación. Una de las primeras bajas fue el por entonces ya anacrónico Russia and America: Pacific Neighbours, de John Foster Dulles.

En el campo del arte, la señora de Moholy-Nagy se presentó ante el público alemán para hablar sobre la obra de su difunto marido, László, y la nueva e interesante dirección que había tomando en Chicago la «Nueva Bauhaus». Su conferencia, escribió un periodista que coincidía con sus puntos de vista, «fue una documentada contribución a la incompleta concepción que tenemos de la cultura y el arte americanos».30 Esta concepción fue completada aún más mediante una exposición de «pinturas no objetual» del Museo Guggenheim. Esta fue la primera aparición bajo patrocinio gubernamental de la Escuela de Nueva York, conocida también como expresionismo abstracto. Para que este arte no chocase demasiado, al público se le fue introduciendo en él, mediante conferencias sobre «ideas fundamentales del arte moderno», en las que se utilizaban reconfortantes y conocidas pinturas medievales para presentar «las posibilidades abstractas de la expresión artística».

Con el recuerdo, aún dolorosamente vivo, de las exposiciones del Entartekunst y el subsiguiente éxodo de tantos artistas a Estados Unidos, la impresión que ahora se daba era la de una cultura europea rota por el fascismo que sería llevada por la corriente hasta Norteamérica, la nueva Bizancio. El público que había asistido a las concentraciones de masas de Nuremberg se sintió sobrecogido al oír a uno de los conferenciantes «hablar sobre los inmensos conciertos sinfónicos nocturnos al aire libre a los que asistía un público cuyo número solo igualaba al que se reunía en acontecimientos deportivos especiales en nuestros estadios».31

Pero no todos los esfuerzos eran de tan alta calidad. El lanzamiento de la edición alemana de Mystery Magazine, de Ellery Queen, dejó heladas a personas como Michael Josselson. Además, no todos estaban convencidos de que el Yale Glee Club* era el mejor vehículo para probar sin ningún género de dudas «la tremenda importancia de las artes en el programa de las universidades como antídoto contra el colectivismo».32 Hasta la Escuela de Darmstadt comenzó de manera titubeante. Una audaz iniciativa del Gobierno Militar americano, los «Cursos de Verano de la Nueva Música de Darmstadt» casi acaban en disturbios después de que el disgusto sobre la nueva y radical música degenerase en abierta hostilidad. En unas conclusiones oficiales se decía: «Se llegó a admitir de forma generalizada que gran parte de esta música carecía de valor y que hubiese sido mejor no escucharla. Hubo críticas al excesivo papel otorgado a la música dodecafónica. Un crítico calificó el concierto como "Triunfo del diletantismo" … Los estudiantes franceses permanecieron al margen del resto y se las dieron de entendidos [y] su profesor, Leibowitz, solo representa y admite como válida la música más radical y desprecia abiertamente cualquier otra. Su actitud es imitada por sus alumnos. Era opinión general que el [curso del] año siguiente habría de ser más variado».33 Darmstadt, por supuesto, habría de convertirse en pocos años en bastión de la experimentación vanguardista en el campo de la música.

Pero a pesar de todos los conciertos sinfónicos, de las obras de teatro y de las exposiciones, no se podía ocultar la cruda verdad durante aquel largo y duro invierno de 1947: Europa estaba arruinada. El mercado negro sin control, el descontento social y una serie de huelgas de consecuencias catastróficas (en gran parte orquestadas por los sindicatos comunistas) produjeron unos niveles de degradación y de carestía que no se podían comparar con los peores momentos de la guerra. En Alemania el dinero había perdido su valor, resultaba imposible obtener medicinas y ropa, familias enteras vivían en refugios subterráneos, sin agua ni luz, y las chicas y los chicos jóvenes ofrecían sexo a los soldados americanos a cambio de una tableta de chocolate.

El 5 de junio de 1947, el general George Catlett Marshall, jefe de Personal del Ejército de los Estados Unidos durante la guerra, secretario de Estado con Truman, anunció un plan para intentar resolver la «gran crisis». El anuncio tuvo lugar en la 296 ceremonia de graduación de Harvard, a la que asistieron también el físico atómico Robert Oppenheimer, el general Omar Bradley, comandante de las tropas durante el desembarco de Normandía, y T. S. Eliot (todos los cuales, al igual que Marshall, estaban siendo investidos doctores honoris causa en el mismo acto). El discurso de Marshall, de diez minutos de duración, supuso un momento decisivo para el destino de la Europa de posguerra. Tras advertir que «todo el mundo … [y] la forma de vida que conocemos están literalmente pendientes de un hilo», apelaba al Nuevo Mundo para que diese un paso al frente con un programa de choque, de créditos y de ayuda material a gran escala, para impedir el desmoronamiento del Viejo Mundo. «Existe una inestabilidad generalizada. Se está haciendo todo lo posible por cambiar Europa por completo tal y como la conocemos, contra los intereses de una humanidad y de una civilización libres —declaró Marshall—. Si se la abandona a sus propias fuerzas no habrá escapatoria ante una crisis económica tan intensa, ante un descontento social tan violento y ante una confusión política tan extendida que la base histórica de la civilización occidental, de la que, por convicción y por herencia formamos parte integral, adoptará una nueva forma a imagen de la tiranía que luchamos por destruir en Alemania».34

Mientras pronunciaba estas palabras, el general Marshall estaba viendo los rostros de los estudiantes reunidos al sol de la primavera y veía, como John Crowe Ransom antes que él, «a los juveniles licenciados de Harvard / Iluminados como antorchas, ansiosos por dispersarse / Como teas sin rumbo apenadas por apagarse».35 No fue coincidencia que decidiese pronunciar aquí su discurso y no en algún estrado oficial del gobierno. Estos eran los hombres que habrían de hacer realidad el «evidente destino» de los Estados Unidos, la elite que habría de organizar el mundo en torno a los valores que la oscuridad del comunismo amenazaba con difuminar. Llevar a buen puerto el Plan Marshall, como se le habría de conocer más tarde, sería su herencia.

El discurso de Marshall pretendía reforzar la llamada ideológica a las armas del presidente Truman de unos meses antes, que inmediatamente se había sacralizado con el nombre de Doctrina Truman. En un discurso ante el Congreso, de marzo de 1947, sobre la situación en Grecia, donde era previsible una toma del poder por parte de los comunistas, Truman había abogado, en un lenguaje apocalíptico, por una nueva era de intervención norteamericana: «En el presente momento de la historia mundial, casi todas las naciones han de elegir entre formas de vida excluyentes —declaraba en su discurso—. La elección, con demasiada frecuencia no se hace libremente. Una forma de vida se basa en la voluntad de la mayoría … la segunda … se basa en la voluntad de una minoría impuesta a la fuerza sobre la mayoría. Se fundamenta en el terror y en la opresión, en el control de la prensa y de la radio, en unas elecciones amañadas y en la supresión de las libertades individuales. Pienso que la política de los Estados Unidos ha de ser apoyar a los pueblos libres que se resisten a ser sometidos por minorías armadas o por presiones exteriores. Pienso que debemos ayudar a los pueblos libres a forjar sus propios destinos en la manera que ellos elijan».36

Tras el discurso de Truman, el secretario de Estado, Dean Acheson, les dijo a los congresistas: «Hemos llegado a una situación que no tiene precedentes desde la Antigüedad. Desde los tiempos de Roma y Cartago no se ha producido una polarización tal de poder en el mundo. Además, las dos grandes potencias estaban separadas por un insalvable abismo ideológico».37 Joseph Jones, el funcionario del Departamento de Estado que preparó el discurso de Truman al Congreso, comprendió el tremendo impacto de las palabras del presidente: «Todas las barreras para las más audaces acciones han sido eliminadas» Entre los políticos se creía que «se había abierto un nuevo capítulo en la historia del mundo y que ellos eran los hombres más privilegiados, participantes en un acontecimiento decisivo de los que muy pocas veces se producen en la larga vida de una gran nación».38

La sensación de las dimensiones épicas del papel de Estados Unidos durante la posguerra evocadas por el discurso de Truman proporcionó el contexto retórico del posterior discurso del general Marshall, menos manifiestamente anticomunista. La combinación de ambos, un conjunto de medidas de ayuda económica junto con un mandato doctrinal, transmitían un mensaje que no dejaba lugar a dudas: el futuro de Europa occidental, si es que Europa occidental iba a tener futuro, debería vincularse a la pax americana.

El 17 de junio, el diario soviético Pravda atacó la propuesta de Marshall como continuación del «plan [de Truman] para ejercer presión política mediante los dólares y un programa de interferencia en los asuntos internos de otros estados».39 Aunque los soviéticos habían sido invitados por Marshall a participar en su programa de recuperación del conjunto de Europa, la oferta fue, según dijo George Kennan, «insincera, destinada a ser rechazada».40 Como estaba previsto, se negaron a formar parte del plan. Es posible que sus objeciones pudieran parecer exageradas, pero fundamentalmente los soviéticos tenían razón en vincular las intenciones humanitarias del plan con un objetivo político menos evidente. Lejos de prever la cooperación con la Unión Soviética, fue diseñado en el marco del espíritu de la guerra fría, que pretendía introducir una cuña entre Moscú y sus regímenes satélites.41 «En todo momento se sobreentendía la importancia de no dar oportunidad a los comunistas de meter baza en estos lugares —escribiría más tarde Dennis Fitzgerald, uno de los estrategas del Plan Marshall—. En todo momento se dijo que si no conseguíamos entender por completo las necesidades de X, Y y Z, los comunistas aprovecharían la situación para promover sus intereses».42 El subdirector del Plan, Richard Bissell, era de la misma opinión: «Incluso antes del inicio de la guerra de Corea, se tenía bien claro que el Plan Marshall nunca había pretendido ser algo totalmente altruista. Se tenía la esperanza de que al reforzar sus economías saldría reforzado el valor de los países de Europa occidental como miembros de la Alianza Atlántica, lo que les permitiría en última instancia asumir responsabilidades en materia de defensa en apoyo de la guerra fría43». En secreto, de estos países también se esperaba que asumiesen otro tipo de responsabilidades «en apoyo de la guerra fría», y con este propósito, los fondos del Plan Marshall no tardaron en destinarse a promover la lucha cultural en Occidente.

El 5 de octubre de 1947, la Oficina de Información Comunista realizó su primera reunión en Belgrado. Creada en Moscú en septiembre, la Cominform era la nueva base operativa de Stalin para la guerra política, sustituyendo a la fenecida Comintern. La reunión de Belgrado se utilizó para lanzar un público desafío a la Doctrina Truman y al Plan Marshall, denunciados ambos como tramas «agresivas» para satisfacer las «aspiraciones estadounidenses de supremacía mundial».44 Andrei Zhdanov, arquitecto de la implacable política cultural de Stalin, les dijo a los comunistas de Europa occidental que «Si estuvieran listos para ponerse al frente de todas las fuerzas dispuestas a defender la causa del honor nacional y de la independencia en la lucha contra los intentos de subyugar sus países económica y políticamente, ningún plan de subyugación de Europa podría tener éxito».45 Del mismo modo que Marshall había decidido dirigir su discurso a la elite intelectual de los Estados Unidos, Zhdanov apeló a los intelectuales de todo el mundo para poner sus plumas bajo la bandera del comunismo y utilizar su tinta contra el imperio americano. «Los partidos comunistas de [Europa han] tenido un considerable éxito en su trabajo entre los intelectuales. La prueba es que en estos países los mejores representantes del mundo de la ciencia, del arte y de la literatura pertenecen al Partido Comunista, y están encabezando el movimiento de la lucha progresista entre la intelectualidad y gracias a su incansable y creativa lucha, están ganando más y más intelectuales a la causa del comunismo».46

Unos días después, ese mismo mes, las tropas ideológicas de choque de la Cominform se reunieron en el Congreso de Escritores de Berlín Oriental, en el Teatro Kammespiel. Conforme se iba desarrollando el «debate» (por supuesto, no era nada parecido a un debate), un joven estadounidense con una afilada barba y extrañamente parecido a Lenin subió a la tarima y agarró el micrófono. En un impecable alemán, defendió su postura durante treinta y cinco minutos, alabando a los escritores que habían tenido el valor de hablar en contra de Hitler y de expresar la similitud entre el régimen nazi y el nuevo estado policial comunista. Eran tiempos difíciles. Interrumpir la reunión y aguar la fiesta de la propaganda comunista era un acto de locura o de valor, o de ambas cosas a la vez. Había llegado Melvin Lasky.

Melvin Jonah Lasky nació en el Bronx, en 1920, y creció bajo la «imponente presencia» de su abuelo, hombre barbudo y sabio, que hablaba yiddish, y que alimentó al joven Lasky con pasajes de las leyendas de los judíos. Como uno de los «mejores y más brillantes» licenciados del New York's City College, Lasky salió de sus agitados debates ideológicos convertido en acérrimo antiestalinista, aficionado a la confrontación intelectual (y a veces a la física). Entró en la administración pública y trabajó de guía en la Estatua de la Libertad, antes de entrar a trabajar en la revista antiestalinista New Leader, de Sol Levitas. Durante el servicio militar, fue nombrado historiador de guerra en el 7.º Ejército de los Estados Unidos en Francia y Alemania, y luego fue desmovilizado en Berlín, donde se convertiría en corresponsal de New Leader y de Partisan Review.

Tipo fornido y de baja estatura, Lasky solía echar para atrás los hombros y sacar pecho, como dispuesto a la lucha. Utilizaba sus ojos achinados para lanzar miradas asesinas a sus interlocutores, y había adquirido del violento ambiente del City College unos malos modos que nunca le abandonarían. En su militante anticomunismo era, utilizando un epíteto que él había aplicado a otra persona, «tan inamovible como el peñón de Gibraltar». De aspecto lobuno, decidido a toda costa a lograr sus propósitos, Lasky se habría de convertir en factor a tener en cuenta a medida que se fue abriendo paso en las campañas culturales de la guerra fría. Su explosiva protesta en el Congreso de Escritores de Alemania Oriental le granjeó el título de «Padre de la guerra fría en Berlín». Su acción disgustó incluso a las autoridades estadounidenses, que amenazaron con echarle. Escandalizado por la timidez de sus superiores, comparó Berlín con «lo que hubiera sido una ciudad fronteriza en Estados Unidos a mediados del siglo XIX, con los indios en el horizonte, y simplemente había que llevar a mano el rifle o, en caso contrario, adiós a la cabellera. Pero en esos días las ciudades de la frontera estaban llenas de gente que luchaba contra los indios… Aquí hay muy pocos con agallas, y los que las tienen, normalmente no saben en qué dirección apuntar sus rifles».47

Pero Lasky era amigo del sheriff y, lejos de ser expulsado de la ciudad, pasó a gozar de la protección del gobernador militar, el general Lucius Clay. Para este, Lasky protestaba de que mientras la mentira soviética viajaba por el planeta a la velocidad de la luz, la verdad aún no se había calzado las botas. Defendió su posición en un apasionado documento enviado el 7 de diciembre de 1947 a la oficina de Clay, en el que defendía un golpe de timón radical en la propaganda estadounidense. Este documento, al que se conocía como «la propuesta de Melvin Lasky», era el plan del propio Lasky para librar la guerra fría cultural. «Nuestras ansiadas esperan

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