Nota preliminar a la nueva edición
Muchos autores se consuelan pensando que sus libros los sobrevivirán y es evidente que hay algo de verdad en ello, al menos si los textos en cuestión son lo bastante buenos. Pero cuando el autor todavía está vivo, la experiencia de contemplar el más allá de la propia obra a menudo puede dar lugar a la experiencia más humillante: hojear un ejemplar de cualquiera de sus libros online o en una librería y sentirse abrumado por el deseo, allí y en ese momento, de poder reescribir tal o cual frase torpemente redactada o de revisar tal o cual párrafo para que el argumento que se pretendía exponer quedé bien claro y no resulte confuso. En el caso de los autores de libros de no ficción, al menos en el de aquellos cuyas obras no son del todo académicas, también cabe la posibilidad de que estos se vean obligados a comprobar que el análisis que hacían de un determinado aspecto del tema que trataban estaba equivocado, o que la predicción expuesta no podía ser más desacertada. Así, el régimen que suponíamos que estaba a punto de venirse abajo sigue prosperando (pensemos en todos los libros escritos tras la caída del Imperio soviético que predecían la inminente desaparición del régimen de Castro en Cuba); el libertador al que elogiábamos con admiración acabó convirtiéndose en un tirano, o resultó que lo era desde el primer momento (buen ejemplo de ello son los libros que ensalzaban la dictadura de Paul Kagame en Ruanda); o la cruzada moral que parecía destinada a acabar con todo antes de que se comprobara que era más débil y más efímera de lo que parecía en un primer momento (yo diría que tal es el caso de una enorme cantidad de libros que ensalzaban el movimiento internacional en defensa de los derechos humanos, aunque es indudable que habrá muchos que no estén de acuerdo conmigo en este punto). También se corre el riesgo de descubrir que la información acerca de un determinado lugar, de un determinado suceso histórico o de un determinado movimiento político está terriblemente trasnochada, hasta el punto de resultar ilegible, salvo, acaso, como curiosidad histórica.
Al volver a leer Una cama por una noche, mientras preparaba esta nueva edición en español, me sentí aliviado al descubrir que el libro no incurre en ninguna de esas categorías de error o de irrelevancia, aunque, naturalmente, serán sus lectores los que tengan la última palabra al respecto. Planteaba yo dos argumentos básicos. El primero era que, en el momento de la invasión de Irak de 2003 por parte de Estados Unidos, los integrantes de las organizaciones dedicadas a las actividades de socorro que habían intentado sostener la teoría y la práctica de una acción humanitaria independiente habían sido, en su mayoría, derrotados frente a aquellos colegas suyos que aceptaban la instrumentalización de su labor a manos de los grandes gobiernos occidentales, los cuales, directamente o a través del sistema de Naciones Unidas, eran los principales donantes de los fondos que recibían y de los que cada vez dependían más esas ONG encargadas de prestar ayuda humanitaria. La forma más extrema de esa instrumentalización fue la articulada de manera explícita por el gobierno de Estados Unidos en el periodo previo al estallido de la guerra de Irak. El entonces alto cargo de la Agencia Estadounidense para el Desarrollo Internacional (USAID, por sus siglas en inglés), Andrew Natsios, planteó el asunto de un modo brutal: las ONG que habían recibido dinero del gobierno de Estados Unidos eran «un brazo del gobierno norteamericano», y punto. Y para que el mensaje no pasara desapercibido, la persona que por aquel entonces ocupaba el cargo de secretario de Estado, Colin Powell, aseguró ante una asamblea de representantes de organizaciones estadounidenses dedicadas a prestar ayuda humanitaria que consideraba a estas «una parte importantísima del equipo militar [estadounidense]».
El segundo argumento que planteaba en el libro era que el proyecto humanitario había cambiado, a mi juicio para peor, debido a que cada vez más se lo identificaba con el movimiento en defensa de los derechos humanos. El humanitarismo independiente se basaba en la revolucionaria idea —ajena por completo a todas las grandes tradiciones religiosas— de que los seres humanos no habían sido hechos para sufrir y de que, allí donde había sufrimiento, era preciso actuar para aliviarlo. Pero esa visión del proyecto humanitario suponía la aceptación de sus limitaciones. Como decía el funcionario británico experto en misiones humanitarias Hugo Slim, «pese a basarse en el fundamento general de una idea magnífica —el reconocimiento de la dignidad y el valor fundamentales de una humanidad común a todas las personas—, el planteamiento humanitario es en realidad algo muy mezquino… una ética provisional que pretende preservar el valor de la dignidad humana esencial enmarcado en el contexto específico, extremo y, por fortuna, habitualmente extraordinario, de la guerra y del conflicto armado». Los colaboradores de esas misiones de ayuda que compartían la idea que tenía Slim del proyecto humanitario nunca habían pensado que fuera la palanca de Arquímedes que permitiera cambiar el mundo. Pero así era como se consideraba a sí mismo el movimiento global en defensa de los derechos humanos, cosa que, por lo demás, no es de extrañar, pues durante el último cuarto del siglo XX los derechos humanos se habían convertido en la idea salvadora que predominaba en la época. Y a medida que la asociación, práctica e imaginaria, entre la internacional humanitaria y la defensa de los derechos humanos se ampliaba y se hacía más y más profunda, el mundo de las ayudas humanitarias se presentaba cada vez más como si estuviera capacitado no sólo para llevar a cabo su objetivo original de aliviar el sufrimiento, sino también para alcanzar su ambición más grandiosa: desempeñar un papel primordial a la hora de promover la paz y la justicia social, e incluso de impedir el genocidio.
Casi veinte años después de que escribiera Una cama por una noche, el proyecto humanitario ha quedado más atrapado aún entre Escila y Caribdis, entre la conquista del humanitarismo por parte del Estado y su subordinación al proyecto de defensa de los derechos humanos. Sustituyamos la Libia de 2011 por la Bosnia de 1992, o la Venezuela de 2019 por el Kosovo de 1999, y podremos observar las mismas distorsiones. Pero una cosa ha cambiado de manera radical: debido a la crisis migratoria en el Mediterráneo, que acusó sus serios efectos en 2015, o a la crisis de acogida, en la que muchos abogaban por el recibimiento y la aceptación de los que intentaban acceder a Europa, las ONG dedicadas a prestar ayuda humanitaria ya no trabajan «allá lejos», en el Sur Global, sino «aquí dentro», en el Norte Global. En mi opinión, eso supone un cambio enorme, tanto que ya ha modificado de manera fundamental las «reglas del juego» de la acción humanitaria y que casi con toda seguridad lo seguirá haciendo. En la conclusión que he escrito para esta nueva edición española, he intentado aclarar las implicaciones de todo esto.
Introducción
Este libro se inició en Sarajevo en 1995, mientras continuaba el asedio y los francotiradores trabajaban con más diligencia que nunca para volar la cabeza o las extremidades a la gente en las calles de la capital bosnia. Se terminó en el otoño de 2001, mientras ardían las ruinas de las Torres Gemelas del World Trade Center de Nueva York y los habitantes de la ciudad, entre los que me encuentro —aunque, evidentemente, no sólo los neoyorquinos— lloraban aturdidos a sus muertos y se preguntaban por su futuro. Dicho de otro modo, es un libro que comenzó en la desesperación y que se terminó... bueno, en cualquiera que sea el estado mental que se está más allá de la desesperación.
No voy a pedir disculpas por ello. No habría ni que decirlo, pero, en una época que ya no puede diferenciar entre el cinismo y el pesimismo, quizá sea preciso señalar que espero que este libro suponga una pequeña aportación al despertar de la conciencia sobre las guerras, las hambrunas y las crisis de refugiados que constituyen su tema, y que no incremente el cinismo o la resignación de los seres humanos. Sin embargo, no voy a negar que apenas veo fundamentos empíricos para el optimismo, si es que los hay. Cuando a un libro anterior dedicado a Bosnia le di el título de Slaughterhouse (Matadero: Bosnia y el fracaso de Occidente, en su edición española), no creo que supiera lo apropiado que resultaba para describir una franja tan ancha del mundo. Un autor francés de aforismos del siglo XVIII dijo que habría que tragarse un sapo vivo en el desayuno para estar seguro de no encontrar algo más repugnante a lo largo del día. Al volver la vista atrás, me parece que esto es lo que he estado haciendo en la última década: engullendo a propósito sapos vivos, uno tras otro. Por plantearlo de forma menos histriónica, desde el momento en que pisé el norte de Bosnia a finales del verano de 1992 y, siguiendo a colegas más valientes, como Ed Vulliamy y Roy Gutman, entré en los campos de concentración serbios de Bosan ska Krajina, hasta la noche en que me detuve ante el montón de escombros de seis pisos de altitud que había sido el World Trade Center, observando cómo el polvo que incluía seres humanos y acero pulverizados me cubría las botas, he hecho lo posible por meter las narices en el horror del mundo; el precio que habré de pagar por ello aún no lo sé y las razones de mi decisión dudo que en algún momento llegue a comprenderlas.
Mis itinerarios han sido los de las guerras y lo que, de forma bastante aséptica y engañosa, denominamos las emergencias humanitarias que abundan hoy día. Desde luego, no las he visto todas y, en esa peculiar amalgama de voyeurismo y testimonio que todos practicamos, he hecho bastante menos que muchos de mis colegas, por no hablar de los riesgos físicos o psicológicos mucho menores que haya podido correr. Ni siquiera estaba presente en varias de las catástrofes más terribles, aunque en este libro analice algunas de sus consecuencias. No estuve en Timor Oriental, ni en el Kurdistán, ni en Chechenia: con todo, he visto más de lo que me correspondía. No lo digo con orgullo, ya que no creo que sea especialmente intrépido ni soy muy amigo de esos periodistas cowboys locos por el peligro. Basil Davidson, el gran historiador experto en asuntos africanos que pasó la II Guerra Mundial luchando junto a los partisanos de Tito como segundo comandante del Departamento de Operaciones Especiales del Ejército Británico, ya me advirtió antes de que fuera a Bosnia por primera vez que «no se aprende nada de los tiroteos».
Seguramente estaba exagerando para llamar mi atención. Pero, después de hacer este trabajo durante una década, soy consciente de lo sesgada que ha sido, en ocasiones, mi interpretación de las cosas. En la guerra se tienen toda clase de experiencias horribles y, para ser del todo sincero, también otras maravillosas; sobre todo a través de la generosidad personal de desconocidos, que, para un ateo medular como yo, de todas las cosas con las que me he topado, es lo que más se acerca a la idea de la gracia cristiana. Sin embargo, ¿se aprende algo que merezca la pena comunicar? Sólo si ver morir a personas en tus brazos, a tus pies, a tu lado y ante tus ojos, sin poder hacer absolutamente nada para salvarlas o rescatarlas es una forma de aprendizaje. No lo es. No es más que la infinita variedad de la muerte y del sufrimiento que no te deja respirar y te domina la cabeza hasta que no sabes si soñar con la justicia o con la huida, o simplemente con estar en otro lugar en el que haya silencio cuando lo anhelas y ruido únicamente cuando lo necesitas, o luz, calor, camas cómodas y copas frías de buen vino blanco.
No sé si lo que he aprendido en la última década basta para justificar la vida que he llevado. He sido espectador, incluso cuando no quería serlo. He escrito para defender causas que sabía desesperadas. Por supuesto, a veces también he caído en la desesperación, en ocasiones en las que tendría que haber seguido al pie del cañón, aunque sólo fuera por las víctimas. ¿Y a quién no le ha pasado algo similar? Probablemente, pocos de nosotros superaríamos de modo fiable la prueba moral que supone ser un espectador de las tragedias ajenas. Únicamente en las guerras de los Balcanes —por primera vez en mi experiencia con este tipo de conflictos— creí que no sólo era posible sino urgente tomar partido y estuve lo suficientemente seguro de mis opiniones políticas como para pasar de escritor a activista. Incluso entonces, como les ocurre a todos los autores que tienen un temperamento demasiado escéptico o quizá demasiado pesimista para sentirse cómodos con la panoplia del activista, no hubo momento en el que no fuera también un mirón.
Si tengo mala conciencia es porque, como todos los que han cubierto las Bosnias, Ruandas y Afganistanes del mundo, me merezco tener ese sentimiento. Por este motivo elijo poner mis cartas sobre la mesa desde el principio de este libro, casi invitando al lector a permanecer en guardia. Durante el asedio de Sarajevo, a los periodistas gráficos que se reunían en esquinas especialmente peligrosas, donde los francotiradores serbios de las colinas obtenían resultados más letales, los llamaban «ángeles de la muerte». Sin embargo, el hecho de que el escritor no tenga que apuntar con su libreta a alguien que acaba de caer herido, como el fotógrafo con su cámara, no hace menos turbadora su ambigüedad moral (y estoy siendo generoso con la expresión). Puede que esa parodia de periodista que llega a una zona donde se están cometiendo atrocidades y pregunta, micrófono en mano, «¿hay por aquí alguna víctima de violación que hable inglés?» sólo haya existido en las más repugnantes fantasías de Evelyn Waugh. Pero, ¿qué decir del periodista, fotógrafo o redactor occidental para el que, de buen grado o sin querer, los muertos de las Torres Gemelas tienen un mayor peso simbólico y emotivo que los de Kigali, Aceh o Kabul? Puede que emocionalmente rechacemos la lógica de ese doble rasero pero, si realmente somos sinceros, lo cierto es que nos afecta a todos.
Por este motivo, sólo me cabe esperar que el texto que sigue suponga algún tipo de compensación moral por lo que, de no ser así, podría parecer una larga excursión sin rumbo a través de los paisajes de las atrocidades contemporáneas, realizada por alguien que siempre tuvo el privilegio de ir y venir a su antojo, al margen del empeño que pusiera en hacer mía la preocupación por los sufrimientos ajenos. En cualquier caso, ya no habrá más excursiones. He cambiado de tercio. A menos de cuarenta manzanas de donde he vivido durante gran parte de mi vida adulta hay unas ruinas humeantes en las que están sepultados los cuerpos abrasados de miles de conciudadanos. Puede que parezca la más espantosa de las torpezas morales, pero sólo ahora comienzo a captar apropiadamente la magnitud de las licencias morales que nosotros, periodistas y fotógrafos de este pequeño y opulento rincón del planeta, nos hemos venido tomando al aventurarnos a realizar safaris en las guerras del mundo pobre.
Ahora experimento en mi olfato y en mi propia piel algo que sólo conocía de forma intelectual. Sin duda, ya hacía mucho tiempo que esa lección había hecho mella y, sin embargo, para ser sinceros con nosotros mismos, hay que decir sin ambages que una de las consecuencias más perturbadoras de los atentados contra las Torres Gemelas es que ha reforzado esa jerarquía moral entre las víctimas de los horrores del mundo. Si de algo podemos estar seguros es de que el hecho de que la cifra de muertos del 11 de septiembre de 2001 fuera realmente atroz no ha hecho más que subrayar una cosa que ya llevaba mucho tiempo sobre la mesa: la diferencia, incluso cuando se trata de muertos, entre Occidente y el resto del mundo. Con esto no quiero decir que los estadounidenses tuvieran que haberse preocupado más por unos desconocidos que por sí mismos. Muy al contrario, puesto que el hecho de que pudieran registrarse tantas víctimas en «nuestro» mundo, donde la muerte a causa de violencia política había sido casi impensable, por no hablar de que produjera cifras de muertos tan enormes. No debe resultar sorprendente que los estadounidenses se volvieran hacia sí mismos o que se preocuparan más por sus pérdidas de lo que se habrían preocupado por las registradas en otras partes del mundo, tan remotas en lo tocante a su experiencia. ¿Por qué habría que esperar que se comportaran con una abnegación impropia de los humanos o que fueran más allá de las demandas naturales y originarias del apego entre las personas? Después de todo, yo nunca he tenido la experiencia de comprobar que en Somalia la gente preguntara por la suerte de los bosnios, o que los habitantes de Angola se preocuparan por los de Nagorno-Karabaj. Las heridas producen ensimismamiento; es algo humano.
Además, no sólo era humano sino correcto que, después de los atentados, los estadounidenses pensaran en cómo darles respuesta, política y militarmente, y desde el punto de vista de las medidas que eran necesarias para proteger el país de futuros ataques. No comparto la idea de que no se pueda pagar con la misma moneda, tal como proclamaba en octubre de 2001 un manifestante antibelicista londinense. Por el contrario, pienso que la violencia es la única respuesta responsable que se puede dar a los Bin Laden de este mundo. No obstante, este libro no trata del terrorismo y del poder del Estado, sino de los dilemas que plantea la acción humanitaria. Y, necesariamente, en el contexto del humanitarismo, los muertos del 11 de septiembre de 2001 deben tener un impacto y un significado moral muy diferentes.
No quisiera mostrar falta de respeto hacia las víctimas, entre las que había dos conocidos míos, al insistir en que sus muertes hicieron una mella en nosotros diferente a la que producen las que se registran en el mundo pobre, al margen de lo lamentables que éstas nos puedan parecer. Las primeras no las hemos aceptado ni psicológica ni políticamente; las segundas hemos tendido a considerarlas casi como un desastre natural, algo deplorable pero no más evitable que las víctimas de un terremoto o de un tifón. Después de los atentados contra las Torres Gemelas se hizo evidente este doble rasero. Teníamos la historia de los individuos que habían muerto en los ataques y también otra historia —de carácter humanitario— relacionada con las víctimas anónimas de Afganistán, que huían con grave peligro para sus vidas y que precisaban ayuda. Tal como se les describía, esos afganos seguían siendo abstracciones, quizá como lo son siempre los desconocidos, a pesar de que ahora es posible contemplar su sufrimiento en directo a través de la televisión.
La catástrofe del 11 de septiembre de 2001 nos ha transformado de muy diversas maneras. Pero, aunque me encantaría creer que esas muertes van a cambiar nuestro comportamiento en lo que nos complace denominar «sobre el terreno» —ese término extrañamente distanciador, de boy scouts, tan del agrado de periodistas y cooperantes, que utilizamos para aludir a lo que, en realidad, son países, tragedias y destinos ajenos— o que van a cambiar nuestros sentimientos al volver a casa, no lo creo ni por un minuto. En cierto sentido, es verdad que la distancia entre el hogar y el terreno disminuyó esa agradable mañana de septiembre cuando el hermoso y brillante boeing viró en el luminoso cielo neoyorquino, para después ponerse en paralelo con el horizonte antes de incrustarse en vuelo, con increíble y aterradora velocidad, en la torre norte del World Trade Center. Su impacto no sólo produjo el estallido de un edificio. El mundo que habíamos conocido se disolvió en esa bola de fuego.
Sin embargo, no debemos convertir la verdad en la primera víctima de la catástrofe. Lo cierto es que también en muchas otras partes del mundo, y no sólo en Estados Unidos, la gente sintió la muerte de esas miles de víctimas de forma más acusada que cualquiera de las muchas atrocidades de la década anterior. La triste verdad es que los ocho mil hombres y muchachos asesinados por las fuerzas serbias en Srebrenica, las ochocientas mil personas que se cree que murieron en el genocidio ruandés de 1994, las decenas de miles que perecieron en la riada de refugiados posterior y los más de cien mil seres humanos masacrados por las fuerzas tutsis ruandesas en 1996, año en que la crisis alcanzó su punto más álgido, no fascinaron al mundo del mismo modo que lo hizo el 11 de septiembre de 2001. Evidentemente, no todos se compadecieron, pero, incluso la delectación que mostraron en los países pobres tantos simpatizantes de Bin Laden por lo ocurrido en esa fecha demostraba la desigualdad fundamental entre la carga emocional de un desastre registrado en Nueva York y otro ocurrido en Kabul.
Con esta afirmación no pretendo apuntarme ningún punto moral de escaso valor. Cualquier adulto que no comprenda que el mundo es un lugar injusto, incluso en su forma de tratar las catástrofes, es un tonto o un soñador. Además, hay buenas razones morales, por no hablar de las instintivas que, probablemente, forman una parte más íntima de nosotros, para explicar por qué solemos preocuparnos más de la suerte de nuestros vecinos y conciudadanos que de la de los desconocidos. Es posible que hacer tal afirmación no sea políticamente correcto o moralmente tranquilizador, pero, dado que somos seres humanos y no máquinas altruistas, sin duda resulta previsible que nos compadezcamos con mayor facilidad de gente más parecida a nosotros y más cercana que de personas que tienen costumbres muy diferentes, otro color de piel, un credo distinto o que viven muy lejos. Es posible que no sea así para un reducido número de personas, que pueden definirse realmente como cosmopolitas, en el mejor y más verdadero sentido de la palabra; personas para quienes la bandera, la tribu, la raza o la religión ya no son algo esencial para su idea de identidad y a los que estos elementos tal vez les parezcan una especie de atavismo que obstaculiza su propia realización personal. Sin embargo, para la mayoría de la gente, esa abstracción cargada de emoción que es la bandera y el tegumento compuesto por la familia y el barrio que la sostiene no se sustituyen tan fácilmente.
Los defensores de los derechos humanos, los funcionarios de las Naciones Unidas y los cooperantes suelen actuar como si las cosas fueran de otra manera. Pensemos en la ligereza con la que se habla en los círculos diplomáticos de la «comunidad internacional». En casi cualquier resolución de la Asamblea General de la ONU, incluir frases como «la comunidad internacional condena» esto o «la comunidad internacional se congratula» de aquello se han convertido en una fórmula retórica. Las recomendaciones del informe titulado Preventing Deadly Conflict (Cómo evitar conflictos mortales), elaborado en 1997 por la Comisión Carnegie, que constituyen una especie de apoteosis del pensamiento de la clase dirigente occidental sobre estas cuestiones, estaban repletas de frases como «la comunidad internacional debe defender la norma del liderazgo responsable» y «la comunidad internacional debe aumentar los esfuerzos para educar a la opinión pública de todo el mundo en la idea de que evitar conflictos mortales es tan necesario como posible». O escuchemos la llamada de Kofi Annan, secretario general de las Naciones Unidas, quien, en un discurso pronunciado en 1999 ante la Asamblea General, insistía en que «Desde Sierra Leona a Afganistán, pasando por Sudán, Angola, los Balcanes y Camboya, hay un gran número de pueblos que necesitan algo más que palabras de compasión por parte de la comunidad internacional».
¿Qué persona decente podría disentir? ¿Pero qué persona inteligente puede tomarse en serio la idea de que existe algo como la comunidad internacional? ¿Dónde están los valores compartidos que unen a Estados Unidos con China, a Dinamarca con Indonesia, o a Japón con Angola, y que convierten ese discurso en algo más que un ejercicio de retórica autocomplaciente? Está claro que hay un orden internacional, dominado por Estados Unidos, y que hay instituciones internacionales como las Naciones Unidas, la Organización Mundial del Trabajo y el Banco Mundial. Sin embargo, la realidad es que la comunidad internacional es un mito y una forma de ocultar las malas noticias del presente, envolviéndolas en asépticas capas de piedad que tienen que ver con el futuro. Esto tendría que estar claro para cualquiera que piense en el problema de la fuerza. Como señaló en una ocasión sir Brian Urquhart, una de las figuras clave de las cuatro primeras décadas de existencia de la ONU, «Si hay una comunidad mundial, entonces, ¿quién es el sheriff?» ¿Acaso alguien se cree que Estados Unidos va a actuar con el altruismo que implica esa misión? Y si no es Estados Unidos, ¿quién? ¿los rusos? ¿los chinos? Lo cierto es que en el momento en que se toca la idea de la comunidad internacional, ésta se viene abajo como un juguete roto.
A pesar de los sueños de los fundadores de la ONU, figuras como Gladwyn Jebb y Eleanor Roosevelt, no existe un consenso mundial sobre la mayoría de las cuestiones importantes. Basta con observar los sobornos y tejemanejes a los que tuvo que recurrir la administración Bush con el único propósito de lograr la aquiescencia para sus planes de ataque contra los talibanes, Osama Bin Laden y sus seguidores y las demás redes terroristas. Las instituciones internacionales —sobre todo las propias Naciones Unidas— y los regímenes que existen en virtud de tratados internacionales no son expresión de una comunidad, sino del poder. No obstante, el mero hecho de que existan tales instituciones no significa que haya consenso moral alguno y con sólo bloquear el establecimiento de mecanismos serios de aplicación de la ley resultaría improbable que tales regímenes llegaran a fortalecerse. Me obsesiona que los líderes ruandeses que tramaron el mayor genocidio desde el exterminio de judíos y gitanos por parte de Hitler fueran en muchos casos los mismos que estaban en el poder cuando su país firmó la Convención sobre el Genocidio, que sin duda es uno de los grandes documentos de la civilización de nuestros días.
Sin embargo, cuando llegó el momento de convertirse en bestias, esos apreciados miembros ruandeses de «la comunidad internacional» representaron ese papel realmente bien. El efecto disuasorio que tuvieron sobre ellos algunos fragmentos de la normativa internacional no fue mayor que el que tienen las leyes nacionales para evitar que un toxicómano de un área urbana degradada lleve a cabo un robo con intimidación o un atraco en un domicilio. De hecho, si algo puede afirmarse es que, mientras crecen las competencias de los abogados internacionales y se establecen nuevos marcos legales, ha aumentado de forma alarmante el desfase entre lo que Jürgen Habermas ha denominado hechos y normas. Esto no quiere decir que no haya que realizar tales esfuerzos, ni tampoco que no debamos congratularnos de sus resultados positivos, cuando, ocasionalmente, tienen lugar (como ha ocurrido con el procesamiento de Slobodan Milosevic por parte de una instancia especial, el Tribunal Penal Internacional para la antigua Yugoslavia). No obstante, no se va a producir una judicialización del mundo, por la sencilla razón de que no existe una comunidad internacional que pueda sustentar esa transformación.
Aparte de la creación de nuevas normas legales y de la afirmación y reafirmación de la idea de que la cultura de los derechos humanos está comenzando a tener una repercusión auténtica en guerras, hambrunas y estados fracasados, ¿dónde están las pruebas que avalan el optimismo de quienes, como Michael Ignatieff, hablan de «una revolución de las preocupaciones morales»? ¿Acaso no hay realmente más pruebas a favor de la conclusión opuesta, al menos por el momento? Ignatieff explicó, en 1997, por qué no había razones para la desesperanza: «Por cada sociedad como Afganistán, enfangada en el conflicto étnico» —escribía— «hay una Sudáfrica que regresa con dificultad del abismo. Tan pronto como el mundo dicta que hay una parte de él incurable —África Central, por ejemplo—, surgen líderes que parecen capaces de forjar los estados fuertes y legítimos que esas regiones necesitan para salir del pozo de la guerra. Por cada intervención fallida como la de Somalia, existe una Angola en la que persiste cierta esperanza de que se consiga arbitrar una paz duradera. Justo en el momento en que parece que el mundo está dejando que los criminales de guerra se salgan con la suya, algunos son llevados ante la justicia rompiéndose así el ciclo de impunidad».
Ésta es la clase de retórica que da mala fama a la esperanza, pues todas las risueñas afirmaciones del párrafo anterior son discutibles. El SIDA y la delincuencia están destruyendo Sudáfrica desde dentro, y sólo el deseo de no ser derrotistas puede ofrecer razones para la esperanza. Además, no hay duda de que la experiencia de los intelectuales que defendieron el comunismo a lo largo del siglo XX debería ponernos en guardia frente al enfoque optimista. Hacia el final de su vida, Jean-Paul Sartre dejó atónito a un entrevistador al reconocer que conocía la existencia del Gulag. ¿Por qué no había dicho nada?, le preguntó, y el gran filósofo respondió: «Para no desmoralizar a la clase obrera francesa». Muchos defensores de los derechos humanos parecen impregnados de un espíritu similar. Sartre no quería que en su camino hacia el radiante futuro de justicia y paz que según él los ideales comunistas aún podían materializar, se interpusiera la verdad que conocía sobre los horrores del comunismo real. Es evidente que los defensores de los derechos humanos no son el equivalente actual de los compañeros de viaje del comunismo. Sin embargo, optan con demasiada frecuencia por hacer caso omiso de los elementos negativos que van en contra de una afirmación que repiten constantemente, la de que «la revolución de las preocupaciones morales» está muy avanzada.
Michael Ignatieff ha estado en Angola y debe de conocer la poca esperanza que hay allí, por lo menos si se está refiriendo a la de la gente, según creo, y no a algún tipo de acuerdo político que se limite a ligeros ajustes en la división del botín por parte de élites enfrentadas. Además, la inteligencia se rebela cuando se trata de decir que África Central constituye algún tipo de modelo. Es verdad que, en cierto momento de los años noventa, líderes como Paul Kagame en Ruanda y el difunto y nunca llorado Laurent-Desiré Kabila en el Congo parecían prometedores y lograron engañar a mucha gente, entre la que me incluyo. Sin embargo, demostraron ser los clásicos caciques africanos, participantes activos en la continua criminalización del Estado de un extremo al otro del continente, y absolutamente despiadados en su búsqueda del poder. Según un estudio reciente del International Rescue Committee sobre los índices de mortalidad en la zona oriental del Congo, los últimos tres años —el periodo de la primera guerra generalizada en África desde la descolonización— han dejado unos dos millones y medio de muertos. Casi todas las víctimas eran civiles y la mayoría no eran siquiera imputables al combate sino a la destrucción de las infraestructuras médica y agrícola de las que dependía su supervivencia. Éstos son los logros de los líderes que, según recalcaba Ignatieff, estaban llevando legitimidad a la región.
Puede que el hecho de que Ignatieff siga teniendo esperanza en contra de toda esperanza, por utilizar la expresión de Nadezhda Mandelstam, la gran heroína de la disidencia rusa, signifique que tiene buen corazón, pero ese optimismo lleva a menudo a la confusión. Tiene razón al subrayar que la imaginación moral de Occidente «se ha transformado desde 1945»; pero se equivoca al creer, en contra de toda evidencia (aunque, para ser justos, hay que decir que tampoco «toda»), que la cultura compartida de los derechos humanos proporciona una salida de ese horror que él conoce tan bien. Predica contra la desilusión, pero la verdad es que cualquiera que no haya caído en ella es que no ha escuchado las malas noticias. Mientras África se derrumba ante nuestros ojos, estrangulada por la deuda, el SIDA, el mal gobierno, los bandidos y los apparatchiks, y debilitada por una fuga de cerebros sin apenas precedentes en la historia de la humanidad, ¿realmente es el optimismo la única opción moral legítima? Sin duda sirve de consuelo. Podemos tener la sensación de que con cada norma que se aprueba nos acercamos lentamente a compromisos más palpables, y todo ello constituye realmente una maravillosa historia: el problema, por desgracia, es que no hay razones para pensar que sea cierta.
Lo voy a explicar con mayor crudeza. No sólo no deberíamos tener la conciencia tranquila, sino que al estar asentada en una premisa tan errónea, las soluciones y, lo que es peor, la confianza de los activistas de los derechos humanos —como Ignatieff y los funcionarios de la ONU, empezando por su secretario general Annan y siguiendo por los escalones inferiores—, constituyen una oferta de falsa esperanza para personas que necesitan desesperadamente ser rescatadas. «Mantened viva la esperanza», repite una y otra vez Kofi Annan. Pero la gente de Bosnia, Ruanda o Angola, cuando ve una bandera azul de las Naciones Unidas o un vehículo blindado para transporte de personal pintado de blanco, cree que la «comunidad internacional» ha intervenido y que estará protegida. Esas personas se permiten tener una esperanza, pero sólo porque se les anima a hacerlo. Sin embargo, en repetidas ocasiones a lo largo de los noventa hemos podido comprobar lo equivocados que estaban y constatar que esas esperanzas en la ONU y en la «comunidad internacional» eran insensatas, a veces incluso suicidas. A los funcionarios de las Naciones Unidas les gusta proclamar las vidas que han salvado sus esfuerzos humanitarios en el mundo. Y tienen razón. Pero su presencia también ha costado vidas, por despertar en personas que podrían haber conseguido escapar y salvarse la falsa confianza de que recibirían protección. He hablado con decenas de personas en Ruanda, y no sólo en este país, que perdieron a sus familias por ese derroche de esperanza.
No pretendo torpedear la ONU. En su Secretaría General, la mayoría de la gente es bastante consciente hoy día de los peligros morales que plantean las misiones de paz, y la perspectiva de participar en nuevos planes de ese tipo genera de todo menos alegría —a no ser que se trate de esas operaciones «clásicas» que consisten en separar a fuerzas cuyos gobiernos ya han firmado una tregua, como ocurrió en 2001 en la misión de Etiopía-Eritrea—. En realidad, lo que quiero es cuestionar hasta qué punto es sensato insistir en que el universalismo moral que lideran los defensores de los derechos humanos ha progresado lo suficiente en el mundo para hacer que éste sea más seguro para las víctimas de las atrocidades contemporáneas. O si, a pesar del entusiasmo generalizado con el que han sido acogidas esas nuevas normas legales internacionales —sobre todo el supuesto fin de la inviolabilidad de la soberanía de los estados—, las poblaciones amenazadas de hoy tienen más razones para contar con ser rescatadas que las de Auschwitz o las del gueto de Varsovia en 1943.
Puede que esto resulte una exageración injusta. Hay algo casi impío en el hecho de comparar lo que sucede hoy con la Shoah. Sin embargo, se cree que en los últimos tres años han muerto dos de cada cinco niños en el Congo oriental. Aunque esas cifras fueran tremendamente exageradas —lo que bien podría ocurrir, ya que, en esas calamidades, incluso los índices de mortalidad mejor elaborados se basan en muestras demográficas comparativamente pequeñas—, ¿acaso no debemos contemplar con escepticismo nuestras más preciadas premisas morales, sobre todo las relativas al alcance de la revolución de los derechos humanos y a la realidad de la comunidad internacional? ¿Cuánto tiempo transcurrirá hasta que la gente esté preparada para abordar con amplitud de miras, aunque se trate de una empresa desmoralizadora, lo que nuestras buenas intenciones, nuestras nuevas normas legales y nuestra fe en el carácter vinculante de esa novedosa ética de la preocupación moral han logrado, si es que han logrado algo, en sociedades como la del Congo, que, cualquiera que sea la auténtica cifra de muertos, están sin duda agonizando? ¿Cuántos genocidios más se necesitan para sacudir la fe de los que creen en la revolución de la preocupación internacional?
Cabe preguntarse si realmente estamos analizando lo que ocurre en el mundo pobre o si nos limitamos a hacer extrapolaciones a partir de lo que esas nuevas normas, sobre todo el discurso sobre los derechos, han logrado en los países ricos. En esta explicación bien intencionada pero errónea, a veces se equiparan las víctimas de un genocidio en Ruanda con las de la discriminación racial en Estados Unidos o con las de la xenofobia que sufren los inmigrantes en Europa. Sin embargo, si bien es cierto que los derechos legales pueden asegurar y mejorar bastante la situación de los inmigrantes o de las minorías raciales en Occidente, es improbable que ayuden a las víctimas de un genocidio. El discurso sobre opresor y oprimido, que ya es una simplificación cuando se aplica a las sociedades occidentales, tampoco parece muy útil para describir la realidad de una Ruanda o un Kosovo, donde es tan habitual que el opresor de hoy sea la víctima de mañana. Con esto no pretendo criticar la utilización del discurso de los derechos en Occidente. No cabe duda de que ese lenguaje ha sido beneficioso para nosotros. En Occidente, hemos tomado la opción moral correcta y hemos ayudado a capear el temporal de la inmigración masiva procedente de los países pobres institucionalizando ideas sobre la tolerancia y la diversidad basadas en los derechos.
No obstante, en muchos países los amaneceres han sido ficticios. Mientras los mejores pensadores del Occidente liberal se centraban en desarrollar nuevos derechos y nuevas normas internacionales, luchaban por crear tribunales internacionales e insistían en que se pusiera fin a la impunidad para los tiranos y los señores de la guerra, un estudio publicado en 2002 por el Banco Mundial demostraba que la diferencia de renta entre el mundo rico y el pobre ha venido aumentando constantemente. Sin embargo nos dicen que se han hecho enormes progresos. La realidad está en otra parte. Incluso en muchos de los países, sobre todo en África, que han hecho todo lo que exigía el consenso neoliberal y han abierto sus sociedades al debate de la prensa libre y a sistemas de gobierno basados en los derechos, el espectro del SIDA augura una parada en seco del desarrollo. Lo siento, pero aunque me gustaría creer lo que cuentan un Michael Ignatieff o una organización como Human Rights Watch, no alcanzo a ver cómo se puede decir que en el África subsahariana y en gran parte del mundo islámico no existen razones para la desilusión. En realidad, me parece que con demasiada frecuencia la base de su optimismo no radica en la mejora de la vida de las personas, sino en la de las normas que afectan a los derechos humanos. Y me sigue pareciendo que aún no se ha dado respuesta a una pregunta que, además, la necesita desesperadamente: ¿qué ha supuesto todo eso para las personas que precisan de justicia, ayuda, misericordia o pan? ¿Ha servido para apartar una sola bota de la cara de un solo ser humano?
Puede que resulte erróneo y contraproducente plantearse siquiera esa pregunta en un momento en el que el movimiento por la defensa de los derechos humanos parece haber hecho tantos progresos, y cuando, en palabras de un estudio reciente, patrocinado por el gobierno canadiense, «La protección de la seguridad humana —incluyendo en ella la preocupación por los derechos humanos, aunque su alcance vaya más allá de ésta— se ha ido convirtiendo en un elemento cada vez más importante de las leyes y las relaciones internacionales». ¿Acaso esto no ayuda y alivia a fascistas étnicos como Slobodan Milosevic, a cabezas rapadas racistas y a fascistas islámicos como Osama Bin Laden? ¿No estamos corriendo el riesgo de convertirnos en parte del problema en vez de en parte de la solución? Sólo puedo responder señalando que a los pobres y a los oprimidos no se les hace ningún favor falseando la realidad ni dando confiadas recetas para curar males que, es triste decirlo, quizá no tengan remedio. Por el contrario, uno se consuela a sí mismo sin socorrer a esas personas y, si no tiene cuidado, lo que realmente se está haciendo es traficar con falsas esperanzas.
La crueldad del mundo es abrumadora, y la esperanza —la auténtica— difícil de encontrar. Así lo he aprendido en los últimos diez años. En decenas de ciudades de los países pobres he escuchado a funcionarios del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) o a protectores de los derechos humanos defendiendo el fin de la impunidad, el comienzo del activismo de base, o —con especial frivolidad en lugares donde la gente carece de electricidad y vive con un dólar diario— lo prometedoras que son las tecnologías de la información. En una ocasión, un funcionario del PNUD me dijo que «en un mundo global, hay valores globales, sobre todo los derechos humanos». Si nuestra conversación no hubiera transcurrido en Monrovia, Liberia, el colmo de los estados fracasados y uno de los lugares más crueles de la tierra, quizá me hubiera tomado más en serio sus palabras. Esto ocurría años antes del 11 de septiembre de 2001, cuando, de repente, las perspectivas de que la globalización constituyera un motor para la prosperidad y no para el caos, se antojaron mucho más dudosas.
Tengo que decir también que estaría encantado de que los optimistas tuvieran razón y yo estuviera equivocado. Michael Edwards, uno de los autores más inteligentes de los que escriben en la actualidad sobre ayuda y desarrollo, señala en un libro reciente que «está muy a nuestro alcance un mundo que busque el beneficio mutuo al ocuparse de sus asuntos». Insiste en que sólo con aprender a cooperar con inteligencia podríamos lograrlo, ya que tenemos «los recursos, la tecnología, las ideas y la riqueza», y lo único que nos falta es «la voluntad y la imaginación». Y añade que la obligación moral de ayudar a los demás a escapar de sus condicionantes y limitaciones debería ser algo manifiesto para cualquier persona decente que medite sobre el problema con seriedad (en justicia y con la veteranía que conceden dieciocho años de trabajo en labores de desarrollo con el grupo británico Oxfam, podría haber planteado el asunto con mucha más crudeza). Estoy de acuerdo en que el mundo podría y, sin duda, debería ser así. No obstante, no puedo compartir el optimismo de Edwards, porque se basa en la idea de que, en palabras suyas, «en un mundo cada vez más interdependiente, nadie tendrá futuro a no ser que aprendamos a trabajar juntos».
No estoy tan seguro de eso. Por supuesto, es cierto que a través de las migraciones masivas, la economía global, Internet y la televisión estamos conectados de formas antes desconocidas. Si algo puede decirse es que los atentados del 11 de septiembre demostraron a Estados Unidos —un país en el que las pasiones del resto del mundo parecen, a pesar de todo lo que se habla de la vida en una aldea global, algo lejano y abstracto— que no existe refugio posible frente al caos de Oriente Próximo, Afganistán o el África subsahariana. Puede que Estados Unidos no esté obsesionado con el resto del mundo, pero el resto del mundo sí lo está con Estados Unidos. Sin embargo, caos no significa lo mismo que interdependencia. Tampoco está claro que quienes, como Thomas Friedman, columnista del New York Times, han proclamado que hay que dar la bienvenida al triunfo de una inevitable globalización a la americana, hayan apostado a un caballo tan ganador como pensaban. Una vez más, la historia no es un conjunto de tópicos pasajeros. Podemos hablar de la aldea global, pero ¿acaso el hecho de que el africano corriente se haya empobrecido en los últimos diez años le ha importado realmente algo al europeo occidental o al estadounidense de a pie que se han enriquecido mucho más en el mismo periodo? Ojalá hubiera sido así, pero lo dudo, y desconfío de un proyecto de acción política que se base en la idea de que, de alguna manera, se producirá una transformación radical en la conciencia de Occidente que lleve a sus ciudadanos a presionar a sus funcionarios para que hagan algo por los pobres.
Lo que me lanzó a viajar por todas esas «zonas cero» fue una embrionaria idea de lo que es el testimonio, en el sentido cuáquero del término. Sin embargo, la verdad sigue siendo la obligación suprema de cualquier escritor, al margen de lo mucho que pueda lamentar las consecuencias sociales o políticas que conlleve decirla. Evidentemente, la verdad y la justicia están con frecuencia del mismo lado, pero hay ocasiones en las que se contradicen. Incluso algunos defensores de los derechos humanos reconocen que derechos fundamentales como los que demandan Edwards e Ignatieff precisan de una sociedad cosmopolita basada en el imperio de la ley. Dicho de otro modo, para que la Declaración Universal de los Derechos Humanos y todas esas maravillosas creaciones de la civilización signifiquen algo, ha de constituirse realmente una comunidad internacional, ya sea en forma de unas Naciones Unidas con capacidad para imponer sus resoluciones o de algún otro tipo de sistema global. Y no veo perspectiva alguna de que vaya a constituirse tal cosa.
¿Es esto cinismo? No lo creo. Creo que es realismo, independientemente del deseo que podamos tener de que las cosas fueran de otro modo. La Rochefoucauld señala en algún pasaje que ningún hombre puede mirar fijamente a la muerte o al sol durante mucho tiempo. Pero, si lo que digo tiene algún sentido y no he sido simplemente cauterizado por mi propia experiencia y mi angustia, ¿no ha llegado el momento de aceptar la posibilidad de que en los próximos veinte años las cosas continúen siendo muy parecidas a como han sido desde el fin de la Guerra Fría, o incluso peores? Es evidente que habrá una plétora de informes elaborados por comisiones de personas insignes que indiquen cómo se pueden gestionar las cosas de otra manera. The Responsibility to Protect (La responsabilidad de proteger), el estudio patrocinado por el gobierno canadiense que mencioné anteriormente, es un ejemplo reciente de este género. Pero no hay ninguna razón para esperar que las grandes potencias, cuyo consentimiento y apoyo es necesario para poner en marcha esas reformas que, según casi todo el mundo, precisa desesperadamente el orden internacional, hagan otra cosa que no sea caso omiso de dichos informes.
Sólo hay que observar el examen al que se sometieron las propias Naciones Unidas después de los desastres registrados a mediados de los noventa en las misiones de paz de Bosnia y Ruanda para ver cómo funciona este proceso. Para cualquiera que estuviera mínimamente informado —fuera o dentro de la ONU; partidario o crítico de esta institución— estaba claro que ambas misiones de paz habían sufrido un terrible fracaso. Hay que reconocerle al secretario general Annan la iniciativa de solicitar a Lakdar Brahimi, antiguo ministro de Exteriores de Argelia y uno de los diplomáticos más brillantes de su generación, la elaboración de un informe sobre la posible reforma de estas misiones de paz. El trabajo era serio, cuidadoso y, para aquellos con cierta idea de estas empresas, de absoluto sentido común. El informe de Brahimi, muy bien acogido cuando apareció, propició una serie de conferencias de trabajo en todo el mundo. Se decía que, por fin, tanto la ONU como las grandes potencias iban a tomarse en serio el mantenimiento de la paz. En privado, sin embargo, los funcionarios de las Naciones Unidas reconocían que no había ninguna posibilidad de que se diera luz verde a esas reformas. Simplemente, eso habría implicado que poderosos estados tuvieran que hacer excesivas cesiones de poder a la ONU, y eso era —y sigue siendo— algo inimaginable en cualquier marco temporal.
¿Así es como tiene que ser el mundo? Evidentemente, no. Pero ruego al lector que tenga pa
