Nota del autor
Unos años antes del nacimiento de Cristo, Tiro, el antiguo secretario del estadista y orador romano Cicerón, escribió una biografía de su señor.
Que Tiro existió y que fue el autor de dicha obra es un hecho ampliamente documentado. En una ocasión, Cicerón le escribió: «Los servicios que me has prestado son innumerables: en mi hogar y fuera de él, en Roma y en el extranjero, en mis asuntos privados y públicos, en mis estudios y en mi obra literaria…». Era tres años más joven que su amo y esclavo de nacimiento, pero, según san Jerónimo, vivió más que él, hasta alcanzar los cien años. Tiro fue la primera persona que transcribió, palabra por palabra, un discurso en el Senado, y su sistema de taquigrafía —conocido como Notae Tironianae— seguía siendo utilizado por la Iglesia en el siglo VI. De hecho, algunas de sus técnicas (el símbolo «&» o las abreviaturas «etc.», «NB», «i.e.», «e.g.») han sobrevivido hasta nuestros días. Escribió, asimismo, varios tratados sobre la evolución del latín. Su biografía de Cicerón, en varios volúmenes, fue utilizada como fuente documental por el historiador del siglo I Asconio Pedanio en sus comentarios sobre los discursos de Cicerón, y Plutarco la cita en dos ocasiones. No obstante, esta obra, al igual que el resto de la producción literaria de Tiro, desapareció en el caos de la caída del Imperio romano.
Algunos eruditos de la actualidad todavía se preguntan qué clase de trabajo era. En 1985, Elizabeth Rawson, miembro del Corpus Christi College de Oxford, aventuró la posibilidad de que se tratara de una biografía dentro de la tradición helenística, una forma literaria «escrita en un estilo nada pretencioso y carente de retórica, que podía incluir citas documentales pero también las máximas de su protagonista, y que también podía ser chismosa e irresponsable… Se complacía en la idiosincrasia del protagonista… Semejante biografía no se dirigía a hombres de Estado y generales, sino a los que los romanos llamaban curiosi».*
Este es el espíritu con el que he abordado la recreación del desaparecido trabajo de Tiro. Aunque un libro mío anterior, Imperium, describía el ascenso al poder de Cicerón, espero que no sea necesario leerlo para seguir el curso de la narración. Esto es una novela, no una obra histórica, y cada vez que los intereses de ambas han entrado en conflicto, he fallado siempre a favor de la primera. A pesar de todo, he intentado en la medida de lo posible hermanar la ficción con los hechos, así como utilizar las palabras de Cicerón, de las que, gracias en gran medida a Tiro, tenemos tantas. Los lectores que necesiten alguna aclaración sobre la terminología política de la República de Roma, o que deseen conocer a los principales personajes de estas páginas, encontrarán un glosario y un listado de los dramatis personae al final del libro.
R. H.
Contemplamos las épocas pasadas con cierto ánimo de superioridad, como si no hubieran sido más que la antesala de la nuestra, pero… ¿y si resulta que la nuestra no es más que su crepúsculo?
J. G. FARRELL,
The Siege of Krishnapur
lustrum 1. (pl.) guarida o madriguera de un animal salvaje; 2. (pl.) burdeles; de ahí, libertinaje; 3. sacrificio expiatorio, especialmente el ofrecido cada cinco años por los censores; por extensión, período de cinco años, lustro.
PRIMERA PARTE
CÓNSUL
63 A.C.
O condicionem miseram non modo administrandae verum etiam conservandae rei publicae!
¡Oh, cuán difícil es esta situación, no solo para gobernar, sino para salvar la República!
CICERÓN, discurso,
9 de noviembre de 63 a.C.
I
Dos días antes de la investidura de Marco Tulio Cicerón como cónsul, se rescató del río Tíber el cuerpo sin vida de un niño, cerca de los cobertizos de la flota de guerra republicana.
Semejante descubrimiento, aunque trágico, no habría merecido normalmente la atención del cónsul electo, pero había algo tan grotesco en ese cadáver, algo tan amenazador para la paz civil, que el magistrado encargado de mantener el orden en la ciudad, C. Octavio, envió una nota a Cicerón pidiéndole que acudiera con la mayor presteza.
Al principio Cicerón se mostró reacio y argumentó que tenía mucho trabajo. Siendo el candidato consular que más votos había conseguido, le correspondía a él antes que a su colega presidir la sesión inaugural del Senado y estaba escribiendo su discurso de apertura. Sin embargo, yo sabía que había algo más. Cicerón mostraba una extraña aprensión ante la muerte. Hasta el sacrificio de animales en los juegos lo perturbaba, y esa debilidad —puesto que en política un corazón blando siempre es percibido como una debilidad— empezaba a ser conocida por la gente. Su respuesta instintiva fue enviarme en su lugar.
—Naturalmente que iré —repuse con cautela—, pero… —Dejé mis palabras suspendidas en el aire.
—¿Pero? —me espetó—. Pero ¿qué? ¿Crees que daré mala impresión?
Contuve mi lengua y seguí transcribiendo su discurso.
—Está bien —gruñó al fin, poniéndose en pie a su pesar—. Octavio es un tipo aburrido pero sensato. Si no fuera importante no me habría hecho llamar. En cualquier caso, necesito aclararme la cabeza.
Estábamos a finales de diciembre, y el cielo plomizo soplaba un viento tan frío y veloz que cortaba el aliento. Fuera, en la calle, se apelotonaba una docena de demandantes que confiaban poder cruzar unas palabras con el cónsul electo; tan pronto como lo vieron salir por la puerta principal, atravesaron la calle corriendo hacia él.
—Ahora no —les dije, apartándolos—. Hoy no.
Cicerón se envolvió en su toga, hundió el mentón en sus pliegues y echó a andar a paso vivo colina abajo.
Debimos de caminar más de una milla.* Cruzamos el foro en diagonal y salimos de la ciudad por la puerta del río. El Tíber bajaba rápido y caudaloso, agitado por corrientes serpenteantes y remolinos parduscos. Delante de nosotros, frente a la isla Tiberina, entre los muelles y las grúas de la Navalia, vimos que se había reunido una multitud. (Te harás una idea del tiempo que hace de esto —más de medio siglo—, cuando te diga que entonces no había puentes que unieran la isla Tiberina con los márgenes del río.) Cuando nos acercamos, muchos de los mirones reconocieron a Cicerón y, mientras se apartaban para dejarnos pasar, se oyó un murmullo de curiosidad. Un cordón de legionarios de los cuarteles de la marina protegía la zona. Octavio estaba esperándonos.
—Mis disculpas por molestarte —dijo, estrechando la mano de mi señor—. Sé lo ocupado que debes de estar con lo poco que falta para la inauguración.
—Mi querido Octavio, para mí siempre es un placer verte. ¿Conoces a Tiro, mi secretario?
Octavio me miró sin el menor interés. Aunque en la actualidad solo se lo recuerda como padre de Augusto, en aquellos momentos era edil de la plebe y un hombre de gran porvenir. Seguramente habría llegado al cargo de cónsul si no hubiera muerto, por culpa de unas fiebres, cuatro años después de aquel encuentro. Nos condujo al abrigo del viento al interior de uno de los grandes cobertizos para embarcaciones militares; el armazón de una liburnia, desmontada para su reparación, descansaba sobre grandes rodillos de madera. Junto a la nave, en el suelo, había un bulto cubierto por una vela. Sin entretenerse en ceremonias, Octavio apartó la lona y nos mostró el cuerpo desnudo de un muchacho.
Debía de tener unos doce años, si no recuerdo mal. Su rostro era hermoso y sereno, femenino en su delicadeza, tenía restos de pintura de oro en la nariz y las mejillas, y llevaba una cinta roja anudada en sus húmedos cabellos castaños. Le habían cortado el cuello. Lo habían abierto en canal hasta la entrepierna y lo habían eviscerado. No había sangre, solo aquella oscura y alargada cavidad, como un pez destripado, llena de lodo del río. Cómo pudo Cicerón contemplar aquel horror y mantener la compostura es algo que no sé, pero el caso es que tragó saliva, apretó los dientes y no apartó la vista.
—Esto es un ultraje —dijo por fin, con voz ronca y entrecortada.
—Hay más —contestó Octavio, que se puso en cuclillas, cogió la cabeza del chico entre sus manos y la giró. Con el movimiento, la herida del cuello se abrió y se cerró obscenamente, como una segunda boca que intentara susurrarnos una advertencia. Octavio no parecía en absoluto impresionado; él era militar, sin duda estaba acostumbrado a aquella clase de cosas. Apartó el pelo del muchacho y dejó a la vista una profunda hendidura por encima de la oreja; casi le cabía el pulgar—. ¿Lo ves? Lo golpearon por detrás. Yo diría que con un martillo.
—Le pintan el rostro, le recogen el cabello con una cinta, le golpean por detrás con un martillo —repitió Cicerón, cada vez más despacio, a medida que comprendía adónde lo llevaba su propia lógica—. Luego le cortan la garganta y por último lo… evisceran.
—Exactamente —dijo Octavio—. Sin duda sus asesinos querían examinar sus entrañas. Ha sido un sacrificio…, un sacrificio humano.
Ante tales palabras, en aquel frío y oscuro lugar, los pelos del cogote se me erizaron como púas; comprendí que me hallaba en presencia del Mal…, el Mal como una fuerza palpable y tan potente como un rayo.
—¿Has oído hablar de algún culto en la ciudad que pudiera practicar semejante abominación? —preguntó Cicerón.
—Ninguno. Están los galos, claro. Ya sabes que se rumorea que hacen este tipo de cosas. Pero no hay muchos en la ciudad en estos momentos, y los que hay se comportan como es debido.
—¿Quién es la víctima? ¿Lo ha reclamado alguien?
—Esa es otra de las razones por las que quería que vinieras a verlo con tus propios ojos. —Octavio dio la vuelta al cuerpo y lo puso boca abajo—. En la base de la espalda tiene un pequeño tatuaje de su dueño. ¿Lo ves? Es posible que quienes lo arrojaron al río no lo vieran. Pone «C. Ant. M. f. C. n». O sea, «Cayo Antonio, hijo de Marco, nieto de Cayo». ¡Una familia que conoces bien! Este muchacho era esclavo de Antonio Híbrida, tu colega en el consulado. —Se levantó, se limpió las manos con la lona y luego volvió a echarla por encima del cuerpo—. ¿Qué piensas hacer?
Cicerón contemplaba, anonadado, el patético bulto que yacía en el suelo.
—¿Quién está enterado de esto?
—Nadie.
—¿Híbrida?
—No.
—¿Y qué me dices de la multitud que aguarda fuera?
—Ha corrido el rumor de que se ha producido algún tipo de asesinato ritual. Tú sabes mejor que nadie cómo son las multitudes. Dicen que es un mal presagio para tu consulado.
—Tal vez tengan razón.
—Está siendo un invierno muy duro. Necesitan que los tranquilicen. He pensado que podríamos ponernos en contacto con el Colegio de Sacerdotes y pedirles que celebren algún tipo de ritual purificador.
—No, no —contestó rápidamente Cicerón apartando la mirada del cadáver—. Nada de sacerdotes. No harían más que empeorar las cosas.
—Entonces, ¿qué hacemos?
—Guardar silencio. Quemar los restos lo antes posible. No dejar que nadie los vea. Prohibir a cualquiera que lo haya visto que hable de ello y divulgue los detalles, bajo pena de cárcel.
—¿Y la gente de ahí fuera?
—Tú ocúpate del cuerpo y yo me ocuparé de la gente.
Octavio se encogió de hombros.
—Como quieras —repuso.
No parecía preocupado. Le quedaba un día en el cargo, e imaginé que se alegraba de quitarse el problema de encima.
Cicerón fue hasta la puerta y respiró el aire frío a grandes bocanadas que devolvieron el color a sus mejillas. Entonces lo vi, como lo había visto tantas veces, enderezarse, cuadrar los hombros y asumir una expresión de seguridad en sí mismo. Salió y se subió a un montón de troncos para dirigirse a la multitud.
—¡Pueblo de Roma! ¡Me complace deciros que he comprobado que los siniestros rumores que corren por la ciudad son falsos! —Tenía que gritar a pleno pulmón para hacerse oír—. ¡Id a casa con vuestras familias y disfrutad del festival!
—¡Pero yo he visto el cuerpo! —gritó alguien—. ¡Ha sido un sacrificio humano para traer la desgracia a la República!
El grito fue coreado por otros.
—¡La ciudad está maldita! ¡Tu consulado está maldito! ¡Llamemos a los sacerdotes!
Cicerón alzó la mano.
—Sí, el cadáver estaba en unas condiciones terribles, pero ¿qué esperabais? Ese pobre infeliz ha estado mucho tiempo en el río. Los peces tienen hambre y consiguen comida donde pueden. ¿De verdad queréis que llame a los sacerdotes? ¿Para que hagan qué? ¿Para que maldigan a los peces? ¿Para que los bendigan? —Se oyeron algunas risas—. ¿Desde cuándo a los romanos nos dan miedo los peces? Escuchadme: id a casa y divertíos. Pasado mañana será año nuevo y tendréis un nuevo cónsul, ¡un cónsul del que podéis estar seguros de que siempre se ocupará de vuestro bienestar!
Tratándose de Cicerón, no fue un gran discurso, pero surtió el efecto deseado. Incluso se oyeron algunos vítores. Saltó al suelo. Los legionarios nos abrieron paso entre el gentío y regresamos rápidamente a la ciudad. Cuando nos acercamos a la puerta, miré atrás. La multitud empezaba a disolverse en busca de otras diversiones. Me volví hacia Cicerón para felicitarlo por la eficacia de sus palabras, pero estaba inclinado en la cuneta, vomitando.
Tal era la situación en la ciudad la víspera de la toma de posesión del cargo de cónsul de Cicerón: un torbellino de hambre, rumores y angustia; veteranos mutilados y campesinos arruinados mendigaban por las esquinas; pandillas de jóvenes borrachos aterrorizaban a los tenderos; mujeres de buena familia se prostituían con descaro a la puerta de las tabernas; repentinas conflagraciones, violentas tempestades, noches sin luna pero llenas de perros hurgando en la basura; fanáticos, adivinos, mendigos y peleas. Pompeyo seguía al mando de las legiones en Oriente, y en su ausencia una sensación de inquietud e incertidumbre enturbiaba las calles como la niebla del río; todo el mundo estaba nervioso. Daba la sensación de que se avecinaba algo importante, pero nadie sabía qué podía ser. Se decía que los nuevos tribunos estaban tramando con César y Craso un plan secreto y ambicioso para distribuir terreno público entre los pobres de la ciudad. Cicerón había intentado, en vano, averiguar algo más del asunto. Fuera lo que fuese, los patricios estaban seguros de que le harían frente. Las mercancías escaseaban, la gente acaparaba alimentos, las tiendas estaban vacías. Incluso los prestamistas habían dejado de prestar dinero.
En cuanto al cónsul y colega de Cicerón, Antonio Híbrida —Antonio el mestizo, el medio hombre, la medio bestia—, era estúpido y cruel, el candidato que mejor encajaba para presentarse al cargo conjuntamente con Catilina, el enemigo declarado de Cicerón. No obstante, Cicerón, sabedor de los peligros a los que se enfrentaban y de la necesidad de tener aliados, se había esforzado enormemente por llevarse bien con él. Por desgracia, sus acercamientos habían quedado en nada, y explicaré por qué. Era costumbre que los dos cónsules electos, llegado el mes de octubre, echaran a suertes qué provincia gobernaría cada uno al finalizar el año de su mandato consular. Híbrida, que estaba cargado de deudas, había puesto los ojos en los levantiscos pero lucrativos territorios de Macedonia, donde aguardaba una fortuna a quien estuviera dispuesto a hacerla. Sin embargo, para su disgusto, le tocaron los pacíficos pastos de la Galia Citerior, donde no se movía ni una mosca. A Cicerón le correspondió Macedonia, y cuando se anunció el resultado en el Senado, el rostro de Híbrida reflejó tal infantil desengaño y sorpresa que la cámara estalló en risas. Desde entonces, él y Cicerón no habían vuelto a cruzar palabra.
Así pues, no es de extrañar que a mi amo le costara escribir el discurso de la sesión inaugural y que, cuando regresamos a casa desde el río e intentó retomar el dictado, las palabras no salieran de sus labios. Se quedó con la mirada extraviada y un aire ausente, preguntándose en voz alta por qué aquel muchacho había sido asesinado de ese modo y qué podía significar el hecho de que fuera un esclavo de Híbrida. Estaba de acuerdo con Octavio en una cosa: los galos eran los culpables más probables. Sus cultos incluían ciertamente los sacrificios humanos. Así pues, envió un mensaje a un amigo suyo, Quinto Fabio Sanga, que era el principal representante de los galos en el Senado, preguntándole confidencialmente si creía que semejante ultraje era posible. Una hora después, Sanga le contestó, en una carta un tanto airada, que desde luego que no, y que los galos se sentirían gravemente ofendidos si el cónsul electo defendía tan perjudicial acusación. Cicerón suspiró, dejó la carta a un lado e intentó retomar el hilo de sus pensamientos, pero fue incapaz de trabar un discurso coherente. Poco antes de que anocheciera, pidió nuevamente su capa y sus botas.
Yo había dado por sentado que su intención era dar un paseo por los jardines públicos que había cerca de su casa; solía ir allí cuando trabajaba en un discurso. Sin embargo, al llegar a lo alto de la colina, en lugar de girar a la derecha, siguió hasta la puerta Esquilina. Cuál fue mi sorpresa cuando comprendí que se dirigía al recinto sagrado donde se incineraban los cadáveres, un lugar que solía evitar a toda costa. Pasamos ante los porteadores, con sus carretillas, que esperaban trabajo en la puerta principal, y ante la achaparrada vivienda oficial del carnifex, quien, como verdugo de la ciudad, tenía prohibido vivir dentro de sus límites. Por fin entramos en el campo sagrado de Libitina, lleno de cuervos que graznaban, y nos acercamos al templo. Entonces era la sede de la cofradía de enterradores, el lugar donde uno podía contratar todo lo necesario para un funeral, desde los utensilios con los que ungir un cuerpo hasta el lecho donde debería incinerarse. Cicerón me dijo que le diera dinero y se adelantó para hablar con un sacerdote. Le entregó la bolsa, y en el acto aparecieron un par de plañideras. Cicerón me hizo un gesto para que lo acompañara.
—Hemos llegado justo a tiempo —me dijo.
Qué grupo tan curioso debíamos de formar mientras cruzábamos el campo Esquilino en fila india: primero las plañideras, cargadas con jarras llenas de incienso, luego el cónsul electo, y por último yo. Alrededor de nosotros, en la penumbra del anochecer, bailaban las llamas de las piras funerarias, se oían los llantos de los dolientes y olía mucho a incienso, pero no lo suficiente para ocultar el hedor de los cuerpos ardiendo. Desprovistos de ropa y descalzos, aquellos cadáveres anónimos eran tan miserables en la muerte como lo habían sido en la vida. Solo el cuerpo del muchacho asesinado estaba cubierto. Lo reconocí por la lona que lo envolvía y que habían cosido con firmeza. Cuando un par de ayudantes lo depositaron sin esfuerzo en la parrilla de hierro, Cicerón inclinó la cabeza, y las dos plañideras prorrumpieron en un estentóreo llanto, sin duda a la espera de recibir una buena propina. Las llamas rugieron, se curvaron con el viento y enseguida acabó todo. El joven había partido hacia el destino que nos aguarda a todos.
Nunca he olvidado esa escena.
Seguramente, la mayor merced que la Providencia nos ha concedido es nuestro desconocimiento del futuro. Imaginemos que conociéramos el desenlace de nuestros planes y esperanzas o que nos fuera dado contemplar cómo vamos a morir, ¡qué desastre sería nuestra vida! En cambio, vivimos día tras día en la ignorancia, tan despreocupados como los animales, y al final todo se convierte en polvo. No hay ser humano, ni organización ni época que se libre de esta ley; todo lo que existe bajo las estrellas está condenado a desaparecer. Hasta la roca más dura se desgastará. Nada perdura salvo lo escrito.
Y con esos pensamientos en mente, y con la renovada esperanza de vivir lo suficiente para ver cumplida mi labor, relataré la extraordinaria historia del año de mandato de Cicerón como cónsul de la República de Roma y lo que le aconteció durante los cuatro años que siguieron; ese plazo de tiempo que nosotros, simples mortales, llamamos «lustro» pero que para los dioses no es más que un simple parpadeo.
II
Al día siguiente, la víspera de la inauguración, cayó una fuerte nevada, como solo se ve en las montañas. Vistió los templos del Capitolio de un blando blanco mármol y puso un manto grueso como la mano de un hombre sobre toda la ciudad. Yo nunca había presenciado semejante fenómeno y, a pesar de mi avanzada edad, no he vuelto a verlo. ¿Nieve en Roma? Sin duda tenía que tratarse de un presagio, pero ¿de qué?
Cicerón permaneció tenazmente en su estudio, junto a un pequeño fuego de carbón, y siguió trabajando en su discurso. No tenía la menor fe en los portentos, de modo que, cuando irrumpí para contarle que había nevado, se limitó a encogerse de hombros, como diciendo «¿Y qué?». Al contestarle con el argumento de los estoicos a favor de los augurios —es decir, si había dioses, estos debían de preocuparse por los hombres, y que si se preocupaban por los hombres, debían de enviarles mensajes sobre su voluntad—, me interrumpió con una carcajada.
—Sin duda los dioses, dados sus infinitos poderes, podrían encontrar medios más eficaces de expresarse que los copos de nieve. ¿Por qué no nos envían una carta? —Volvió a su escritorio meneando la cabeza y riéndose por lo bajo de mi credulidad—. De verdad, Tiro, será mejor que vuelvas a tus quehaceres y te asegures de que nadie me molesta.
Escarmentado, me marché y comprobé los preparativos para el desfile inaugural; luego me ocupé de su correspondencia. En esa época, yo llevaba dieciséis años como secretario al servicio de Cicerón y no había aspecto de su vida, pública o privada, con el que no estuviera familiarizado. Mi costumbre en esos días era trabajar sentado a una mesa plegable ante la puerta de su estudio, ahuyentando a las visitas inoportunas y con los oídos alerta por si me llamaba. Desde ese puesto, pude oír los ruidos de los habitantes de la casa: a Terencia, entrando y saliendo del comedor, reprendiendo a las sirvientas porque las flores de invierno no eran lo bastante buenas para el nuevo rango de su marido y riñendo al cocinero por la calidad del menú de aquella noche; al pequeño Marco, que ya había cumplido dos años, corriendo torpemente tras su madre y gritando de alegría al ver la nieve; y a la encantadora Tulia, que a sus trece años iba a casarse ese otoño, practicando los hexámetros griegos con su tutor.
Estuve tan ocupado que hasta pasado el mediodía no pude asomarme nuevamente al exterior. A pesar de la hora, por una vez la calle estaba desierta. La ciudad parecía silenciosa, amenazante, como si fuera medianoche. El cielo estaba pálido. Había dejado de nevar, y el hielo había formado una reluciente costra sobre el blanco manto. Aún recuerdo —así de caprichosa es la memoria en la vejez— la sensación cuando rompías esa costra con la punta del zapato. Tomé una última bocanada de aquel gélido aire y estaba girándome para regresar al calor de la casa cuando oí, apenas perceptible, el restallido de un látigo y voces de hombres que gritaban y gruñían. Instantes después, una litera llevada por cuatro esclavos con librea dobló la esquina, balanceándose. El capataz que trotaba delante agitó el látigo en mi dirección.
—¡Eh, tú! —gritó—. ¿Es esta la casa de Cicerón?
Cuando contesté que, en efecto, lo era, el hombre exclamó por encima del hombro:
—¡Sí, esta es la calle! —Y azotó al porteador que tenía más cerca con tanta fuerza que el desdichado estuvo a punto de caerse.
Para abrirse paso entre la nieve, el capataz debía levantar las rodillas hasta la cintura, y así fue como se acercó hacia mí. Tras él, apareció una segunda litera, y después una tercera, y una cuarta. Se detuvieron ante la casa y, cuando hubieron depositado su carga en el suelo, los porteadores se dejaron caer sobre sus varas como exhaustos barqueros sobre sus remos. La escena no despertó en mí el menor interés.
—Puede que sea la casa de Cicerón, pero no recibe visitas —protesté.
—¡A nosotros nos recibirá! —declaró desde el interior de una de las literas una voz que me resultó familiar; una mano huesuda apartó la cortina para mostrar al líder de la facción patricia del Senado, Quinto Lutacio Cátulo. Iba envuelto con pieles de animal hasta su puntiaguda barbilla, lo que le daba el aspecto de una comadreja gigante y malvada.
—Senador… —dije, haciendo una reverencia—. Le comunicaré que estás aquí.
—Y que no he venido solo —añadió Cátulo.
Miré a lo largo de la calle. Apeándose con grandes esfuerzos de la siguiente litera, mientras maldecía sus viejos huesos de soldado, vi al conquistador del Olimpo y padre del Senado, Vatia Isáurico; junto a él se hallaba el gran rival de Cicerón ante los tribunales y el abogado favorito de los patricios, Quinto Hortensio. Este, a su vez, tendía la mano a un cuarto senador cuyo desdentado y enjuto rostro no conseguí identificar. En cualquier caso, parecía sumamente decrépito y supuse que hacía ya tiempo que no asistía a los debates.
—Distinguidos señores —dije recurriendo a mis modales más untuosos—, haced el favor de seguirme y avisaré al cónsul electo de vuestra presencia.
Susurré al portero que los hiciera pasar al tablinum* y corrí al estudio de Cicerón. Al acercarme, oí su voz en plena declamación: «Al pueblo de Roma le digo ¡basta!», y cuando abrí la puerta lo encontré de pie, dándome la espalda y dirigiéndose a mis dos secretarios auxiliares, Sosisteo y Laureo, con la mano extendida y formando un círculo con el índice y el pulgar.
—Y a ti, Tiro —prosiguió sin darse la vuelta—, te digo: ¡no vuelvas a interrumpirme! ¿Se puede saber qué otra señal nos han enviado los dioses? ¿Una lluvia de ranas?
Los auxiliares rieron por lo bajo. Cicerón, a punto de ver hecha realidad su más alta ambición, había conseguido apartar de su mente los problemas del día anterior y estaba de buen humor.
—Ha venido a verte una delegación del Senado.
—¡Vaya, eso lo llamo yo un funesto augurio! ¿Quiénes la componen?
—Cátulo, Isáurico, Hortensio y un cuarto al que no he reconocido.
—¿La flor y nata de la aristocracia? ¿Aquí? —Me miró aviesamente por encima del hombro—. ¿Y con este tiempo? Esta debe de ser la casa más pequeña que han visitado nunca. ¿Qué quieren?
—No lo sé.
—Está bien, asegúrate de tomar nota de todo. —Se envolvió en su capa y alzó el mentón—. ¿Qué aspecto tengo?
—Totalmente consular —afirmé.
Salió pisoteando los borradores descartados de su discurso y se dirigió al tablinum. El portero había ido a buscar cuatro sillas para los visitantes, pero solo uno de ellos había tomado asiento, el anciano y tembloroso senador a quien yo no había reconocido. Los otros tres estaban de pie, juntos, claramente incómodos por hallarse en casa de un nuevo advenedizo de humildes orígenes al que habían tenido que apoyar como cónsul muy a su pesar. De hecho, Hortensio se tapaba la nariz con un pañuelo, como si la escasa alcurnia de Cicerón pudiera resultar contagiosa.
—Cátulo… —dijo afablemente Cicerón al entrar en la estancia—, Isáurico… Hortensio… Me siento honrado. —Saludó con un gesto de la cabeza a los tres senadores, pero cuando sus ojos se posaron en el cuarto, vi que incluso su prodigiosa memoria dudó por un segundo—. Rabirio… —dijo tras una breve vacilación—. Cayo Rabirio, ¿verdad? —Le tendió la mano, pero el anciano no reaccionó, y Cicerón transformó elegantemente el gesto en un movimiento que abarcó todo el tablinum—. Bienvenidos a mi casa. Es un placer.
—No es ningún placer —espetó Cátulo.
—Es un ultraje —declaró Hortensio.
—Es la guerra —afirmó Isáurico—. ¡Eso es lo que es!
—Vaya, lamento oír algo así —repuso amablemente Cicerón. No siempre se los tomaba en serio. Como tantos viejos ricos, la menor inconveniencia personal era para ellos la prueba de que el fin del mundo estaba cerca.
Hortensio chasqueó los dedos, y su ayudante entregó a Cicerón un documento legal con un pesado sello.
—Ayer, la junta de tribunos entregó esta citación a Rabirio.
Al oír su nombre, el aludido alzó la mirada.
—¿Puedo irme a casa? —preguntó, lastimero.
—Más tarde —contestó secamente Hortensio, y el anciano inclinó la cabeza.
—¿Una citación para Rabirio? —repitió Cicerón, mirándolo con desconcierto—. ¿Y qué delito puede haber cometido? —Cogió el documento y lo leyó en voz alta para que yo pudiera tomar buena nota—: «Se acusa al aquí citado del asesinato del tribuno L. Saturnino y de la violación de las sagradas dependencias del Senado». —Alzó la vista; estaba perplejo—. ¿Saturnino? Pero… ¿cuánto tiempo ha pasado desde que lo mataron, cuarenta años?
—Treinta y seis —corrigió Cátulo.
—Cátulo lo sabe mejor que nadie porque estaba allí —apostilló Isáurico—. Lo mismo que yo.
—¡Saturnino! —Cátulo escupió ese nombre como si fuera veneno—. ¡Menudo canalla! Asesinarlo no fue ningún crimen, fue un servicio a la comunidad. —Su mirada se perdió en la distancia, como si estuviera contemplando un gran mural histórico en la pared de un templo: El asesinato de Saturnino en la casa del Senado—. Lo veo tan claramente como te veo a ti, Cicerón, un tribuno agitador de la peor calaña. Mandó asesinar a nuestro candidato a cónsul, y el Senado lo declaró enemigo público. Después de eso, hasta la plebe lo abandonó. Sin embargo, antes de que pudiéramos ponerle la mano encima, él y algunos de los suyos se atrincheraron en el Capitolio. De modo que les cortamos el suministro de agua. Esa idea la tuviste tú, Vatia.
—Así es. —Los ojos del viejo general brillaron con el recuerdo—. Por entonces ya sabía cómo llevar a cabo un asedio.
—Al cabo de unos días se rindieron, naturalmente, y fueron encerrados en el Senado hasta el juicio. Pero como temíamos que escaparan, trepamos al tejado, quitamos unas cuantas tejas y los apedreamos. No tenían donde esconderse, corrían de un lugar a otro chillando como ratas en las cloacas. Cuando Saturnino dejó de retorcerse estaba prácticamente irreconocible.
—¿Y Rabirio se hallaba en el tejado con vosotros? —preguntó Cicerón.
Levanté la vista de mis notas y observé al anciano… su expresión ausente, el ligero temblor de su cabeza… era imposible imaginarlo participando en semejante acción.
—¡Oh, sí! Claro que estaba allí —confirmó Isáurico—. Debíamos de ser unos treinta. ¡Qué días aquellos, cuando todavía teníamos brío! —exclamó cerrando sus artríticos dedos en un nudoso puño.
—La cuestión esencial —dijo Hortensio en tono hastiado, (era más joven que sus compañeros y sin duda estaba harto de escuchar la misma historia)— no es si Rabirio estuvo o no allí, sino el delito del que se lo acusa.
—¿Cuál es? ¿Asesinato?
—No. Perduellio.
Debo confesar que yo ni siquiera había oído nunca esa palabra y que Cicerón tuvo que deletreármela.
—Perduellio es lo que los antiguos llamaban «traición» —me explicó. Luego se volvió hacia Hortensio—. ¿Por qué utilizar un concepto tan arcaico? ¿Por qué no lo procesan por traición pura y simple y acaban de una vez?
—Porque la pena por traición es el exilio, mientras que la de perduellio es la muerte, y no precisamente por ahorcamiento. —Hortensio se inclinó hacia delante para dar más énfasis a sus palabras—. Si lo declaran culpable, Rabirio será crucificado.
El aludido se puso bruscamente en pie.
—¿Qué lugar es este? —preguntó—. ¿Dónde estoy?
Cátulo lo hizo sentar de nuevo, con suavidad.
—Tranquilízate, Cayo, somos nosotros, tus amigos.
—Ningún jurado lo declararía culpable —objetó Cicerón—. Está claro que este pobre hombre ha perdido la cordura.
—Un caso de perduellio no se decide ante un jurado. Por eso la maniobra es tan astuta. Se declara ante dos jueces especialmente designados para ello.
—Designados ¿por quién?
—Por nuestro nuevo pretor urbano, Léntulo Sura.
Cicerón torció el gesto al oír aquel nombre. Sura era un antiguo cónsul, un hombre de una ambición tan desmedida como su estupidez, dos cualidades que en política a menudo van de la mano.
—¿Y a quién ha escogido para ejercer de jueces ese viejo mastuerzo?
—César es uno, y César es el otro.
—¿Qué?
—Cayo Julio César y su primo Lucio serán los encargados de juzgar el caso.
—¿César está detrás de todo esto?
—Naturalmente, el veredicto está cantado de antemano.
—Pero tiene que haber derecho de apelación —protestó Cicerón, de repente alarmado—. No se puede condenar a un ciudadano romano sin un juicio como es debido.
—Oh, sí —dijo Hortensio con amargura—. Si Rabirio es declarado culpable, por supuesto que tendrá derecho a apelar. Pero ahí está la trampa: no será ante un tribunal, sino ante todo el pueblo reunido en el Campo de Marte.
—¡Menudo espectáculo! —terció Cátulo—. ¿Te lo imaginas? ¡Un senador romano apelando por su vida delante del populacho! Nunca lo declararán inocente. ¡Les privaría de su pasatiempo favorito!
—Y eso, Cicerón, supondrá la guerra civil —declaró Isáurico tajantemente—, porque nosotros no estamos dispuestos a admitirlo. ¿Me has oído?
—Te he oído —contestó Cicerón al tiempo que examinaba rápidamente la citación—. ¿Quién ha sido el tribuno que ha presentado los cargos? —Encontró el nombre al pie del documento—. ¿Labieno? ¡Pero si es uno de los hombres de Pompeyo! No es de los que se dedican a causar problemas. ¿A qué está jugando?
—Según parece, un tío suyo murió apedreado junto con Saturnino, y el honor de su familia reclama venganza —explicó Hortensio en tono despectivo—. Tonterías. Todo este asunto no es más que un pretexto para que César y su pandilla ataquen al Senado.
—Bueno, ¿qué propones que hagamos? —preguntó Cátulo, dirigiéndose a Cicerón—. Te dimos nuestro voto, ¿recuerdas?, y en contra del parecer de algunos de nosotros.
—¿Qué queréis que haga?
—¿Tú qué crees? ¡Defender a Rabirio! Denunciar públicamente este atropello y después unirte a Hortensio como asesor de la defensa cuando el caso se presente ante el pueblo.
—Vaya, eso sí sería una novedad —contestó Cicerón, mirando a su gran rival—. ¡Los dos apareciendo juntos en el mismo bando!
—No creas que la idea me gusta más que a ti —replicó fríamente Hortensio.
—No te ofendas, Hortensio. Me sentiré honrado de ser tu colega en este caso, pero no corramos a meternos en su trampa. Veamos primero si podemos zanjar el asunto sin llegar a juicio.
—¿Cómo se podría evitar?
—Iré a hablar con César. Averiguaré qué quiere. Veré si podemos llegar a un acuerdo.
Ante la simple mención de la palabra «acuerdo», los tres ex cónsules empezaron a protestar al mismo tiempo. Cicerón los interrumpió alzando la mano.
—Seguro que quiere algo. No nos hará ningún daño saber cuáles son sus condiciones. Se lo debemos a la República. Se lo debemos a Rabirio.
—Quiero irme a casa —gimió el anciano—. Por favor, ¿puedo irme ya?
Cicerón y yo salimos de casa menos de una hora después, con la desacostumbrada nieve crujiendo bajo nuestras botas mientras bajábamos por las desiertas calles hacia la ciudad. Una vez más, íbamos solos, algo que ahora me parece importante señalar porque debió de ser una de las últimas veces que Cicerón pudo aventurarse por Roma sin la protección de un guardaespaldas. A pesar de todo, se cubrió con la capucha de la capa para evitar que lo reconocieran. Ese invierno, hasta la más concurrida de las vías públicas había dejado de ser segura.
—Van a tener que pactar —exclamó de repente—. Puede que no les guste, pero no les quedará más remedio —añadió al tiempo que daba una patada a un montón de nieve para descargar su enojo—. ¿Acaso mi consulado va a consistir en esto, Tiro? ¿Un año dedicado a ir de un lado para otro entre los patricios y los populistas, intentando evitar que se despedacen unos a otros?
No se me ocurrió una respuesta que pudiera servirle de ayuda, así que seguimos caminando en silencio.
En aquel tiempo la casa de César se encontraba en Subura, más abajo que la de Cicerón. El edificio había pertenecido a su familia durante más de un siglo y sin duda había sido espléndido en su época. Sin embargo, cuando César lo heredó, el barrio ya se había empobrecido. La virginal nieve, manchada por el hollín de las hogueras apagadas y salpicada por las heces humanas que los vecinos arrojaban por las ventanas, subrayaba la sordidez de las estrechas callejuelas. Los mendigos tendían sus temblorosas manos pidiendo dinero, pero yo no llevaba ninguna moneda. Recuerdo haber visto a unos golfillos lanzando bolas de nieve a una prostituta vieja y gritona, y dedos y pies asomando debajo de helados montículos que indicaban el lugar donde algún pobre desgraciado había muerto congelado durante la noche.
Allí, en Subura, César, cual un gran tiburón rodeado de pececillos que confiaban en aprovecharse de los restos de sus presas, acechaba y esperaba su oportunidad. Su casa estaba al final de una calle donde abundaban los zapateros, flanqueada por dos ruinosos bloques de pisos de siete u ocho plantas de altura. La ropa tendida y helada que colgaba entre ambos les confería el aspecto de dos borrachos abrazándose por encima del tejado de la casa de César. Ante la entrada, una docena de individuos de aspecto patibulario pateaban el suelo alrededor de un brasero de hierro. Mientras esperábamos a que nos abrieran la puerta, sentí sus aviesas y hostiles miradas clavadas en mi espalda.
—Mira, Tiro, esos serán los ciudadanos que juzgarán a Rabirio —murmuró Cicerón—. ¡El desdichado no tiene la menor oportunidad!
El mayordomo cogió nuestras capas, nos condujo hasta el atrio y fue a avisar de la llegada de Cicerón a su señor; mientras, nosotros contemplamos las máscaras mortuorias de los antepasados de César. Curiosamente, solo tenía tres cónsules entre su ascendencia directa, un escaso recuento para una familia que afirmaba remontarse a la fundación de Roma y tener sus orígenes en el vientre de Venus. La diosa estaba representada por una pequeña estatua de bronce. Era una figura exquisita, pero estaba rayada y gastada, lo mismo que las alfombras, los frescos, la tapicería y el mobiliario. Todo ello hablaba de una orgullosa familia venida a menos. Pudimos apreciar con calma todas aquellas reliquias, pues el tiempo pasaba y César no aparecía.
—No puedo evitar admirar a ese hombre —comentó Cicerón cuando ya había recorrido la estancia tres o cuatro veces—. Aquí estoy yo, a punto de convertirme en el hombre preeminente de Roma, en tanto que él ni siquiera ha llegado a pretor, ¡pero obligado a esperarlo tanto como le plazca!
Al cabo de un rato me di cuenta de que una chica de unos diez años y aire solemne estaba observándonos desde detrás de una puerta. Debía de ser Julia, la hija de César. Le sonreí, y ella se escabulló a toda prisa. Un poco más tarde, la madre de César, Aurelia, salió de la misma habitación. Su rostro, vigilante, afilado y de ojos oscuros, como su hijo, tenía algo de ave de presa y emanaba la misma cortesía glacial. Cicerón la conocía desde hacía muchos años. Sus tres hermanos, los Cotta, habían sido cónsules, y si ella hubiera nacido varón sin duda habría alcanzado el mismo rango, puesto que era más lista y valiente que cualquiera de ellos. En las circunstancias que le había tocado vivir debía conformarse con impulsar la carrera de su hijo. Cuando su hermano mayor murió, se propuso que César ocupara su plaza como uno de los quince miembros del Colegio de Sacerdotes: una jugada hábil que pronto explicaré.
—Disculpa su grosería, Cicerón —dijo ella—. Le he recordado que estás aquí, pero ya sabes cómo es.
Oímos un paso, nos giramos y vimos a una mujer en el pasillo que llevaba a la puerta principal. Sin duda había confiado en pasar inadvertida, pero uno de sus zapatos la había traicionado. Su pelo, color caoba, estaba envuelto y, mientras se agachaba para anudarse el zapato, nos miró con aire culpable. No sabría decir quién se sintió más incómodo, si Postumia —así se llamaba la mujer— o mi señor, pues sabía perfectamente que ella era la esposa de su gran amigo, el jurista y senador Servio Sulpicio. Por si fuera poco, esa misma noche iría a cenar a casa.
Cicerón desvió rápidamente la vista hacia la Venus de bronce y fingió hallarse en mitad de una conversación.
—Sí, realmente es espléndida. ¿Es de Mirón? —No levantó la vista hasta que ella se hubo marchado.
—Elegante demostración de tacto —dijo Aurelia en tono de aprobación. Luego su expresión se ensombreció y meneó la cabeza—. No reprocho a mi hijo sus aventuras, los hombres siempre serán hombres, pero es increíble lo desvergonzadas que son algunas mujeres de hoy en día.
—¿Se puede saber qué estáis chismorreando?
Uno de los trucos favoritos de César, tanto en la guerra como en la paz, consistía en aparecer inesperadamente por la espalda. Al oír el áspero sonido de su voz, los tres nos volvimos. Todavía puedo verlo, su gran cabeza amenazadora como una calavera en la mortecina luz del atardecer. La gente me pregunta por él constantemente: «¿Conociste a César?», «¿Cómo era?», «¡Dinos qué aspecto tenía el todopoderoso César!». Pues bien, lo recuerdo como una curiosa combinación de dureza y blandura: los músculos de un soldado bajo la amplia túnica de un decadente petimetre; el punzante olor a sudor del campo de entrenamiento cubierto por el dulzón aroma del aceite de azafrán; una ambición implacable envuelta en un encanto melifluo.
—Ten cuidado con ella, Cicerón —continuó César mientras salía de las sombras—. Es dos veces mejor política que nosotros, ¿verdad que sí, madre?
La abrazó por detrás y le dio un beso en el cuello.
—¡Para ya! —protestó ella, apartándose y fingiendo sentirse molesta—. Ya he hecho bastante de anfitriona. ¿Dónde está tu mujer? No es decoroso que salga siempre sin compañía. En cuanto vuelva, dile que venga a verme. —Hizo una elegante inclinación de cabeza dirigida a Cicerón—. Te deseo lo mejor para mañana. Ser el primero de una familia en alcanzar el consulado es un logro admirable.
César la observó salir fascinado.
—Realmente, Cicerón, las mujeres de esta ciudad son mucho más interesantes que los hombres. La tuya, por ejemplo, es un ejemplo excelente.
¿Acaso César intentaba dar a entender con aquel comentario que deseaba seducir a Terencia? Lo dudo. La más hostil de las tribus galas habría supuesto una conquista menos ardua; sin embargo, vi que Cicerón se ponía en guardia.
—Por muy experto que seas en el tema, no he venido aquí para hablar de las mujeres de Roma —repuso.
—Entonces, ¿a qué has venido?
Cicerón me miró y asintió. Yo abrí mi rollo portadocumentos y entregué la citación a César.
—¿Pretendes corromperme? —le preguntó este con una sonrisa al tiempo que me la devolvía.
—Quiero que absuelvas a Rabirio de estos cargos.
César rió sin alegría, como solía hacer, y se recogió un mechón de pelo detrás de la oreja.
—No me digas.
—Escucha, César —contestó Cicerón, con un dejo de impaciencia en la voz—, hablemos con franqueza. Todo el mundo sabe que tú y Craso sois quienes dais órdenes a los tribunos. Dudo mucho que Labieno supiera siquiera cómo se llamaba su condenado tío hasta que tú le metiste el nombre en la cabeza. En cuanto a Sura, si alguien no se lo hubiera explicado, hoy seguiría pensando que un perduellio es un pez. Esto es otro de tus manejos.
—No puedo hablar de un caso que me toca juzgar.
—Reconócelo: el único propósito de esta acusación es intimidar al Senado.
—Es a Labieno a quien debes dirigir tus preguntas.
—Te las estoy dirigiendo a ti.
—Muy bien, puesto que me presionas, yo diría que es más bien un recordatorio al Senado de que si pisotea la dignidad del pueblo matando a sus representantes, tarde o temprano el pueblo se vengará.
—¿Y de verdad crees que vas a elevar la dignidad del pueblo aterrorizando a un anciano indefenso? Acabo de ver a Rabirio. Con los años ha perdido la lucidez. No tiene ni idea de qué pasa.
—Si no tiene ni idea de qué pasa, ¿cómo voy a aterrorizarlo?
Se produjo una larga pausa, luego Cicerón dijo en un tono diferente:
—Escucha, querido Cayo, somos buenos amigos desde hace años. —Me pareció una manera un tanto exagerada de expresarlo—. ¿Me permites que te dé un buen consejo, como haría un hermano mayor? Tienes por delante una carrera deslumbrante. Eres joven y…
—¡No tan joven! —lo interrumpió César—. Tengo tres años más que Alejandro Magno cuando murió.
Cicerón rió por educación; pensó que César estaba bromeando.
—Eres joven —repitió— y tienes una reputación formidable. ¿Por qué empañarla provocando semejante confrontación? Matar a Rabirio no solo pondrá al pueblo en contra del Senado, además manchará tu honor. Tal vez ahora te dé buena imagen ante el populacho, pero mañana se volverá en tu contra entre la gente sensata.
—Correré el riesgo.
—¿Te das cuenta de que, como cónsul, me veré obligado a defenderlo?
—Bueno,
