Corazón de fuego

Moira Young

Fragmento

1

Londres, 1814

as sombras esculpían sus angulosos rasgos mientras contemplaba el atestado salón de baile desde el alto y oscuro balcón; a la titilante luz de la vela, daba la impresión de que apareciera y desapareciera como un fantasma alto y elegante. El vacilante resplandor se reflejaba en su pelo negro y dejaba ver el maquiavélico destello de astucia de sus ojos del color del mercurio. Paciencia. Todo estaba en orden.

La preparación era fundamental, y él había sido meticuloso. Lord Lucien Knight se llevó la copa de borgoña a los labios con expresión pensativa, y se detuvo para aspirar su suave aroma antes de beber. Todavía no sabía cuáles eran los nombres o las caras de sus enemigos, pero podía sentir cómo se aproximaban a él como una manada de chacales. No importaba. Estaba preparado. Había tendido la trampa y la había cebado bien con toda clase de atractivos sensuales y pecaminosos y con el canto de sirena de la actividad política subversiva, que ningún espía podía resistir.

Lo único que le restaba por hacer era esperar y observar. Veinte años de guerra habían tocado a su fin la pasada primavera con la derrota y la abdicación de Napoleón, y su exilio en la isla mediterránea de Elba. Había llegado el otoño, y los dirigentes europeos se habían reunido en Viena para redactar el tratado de paz; sin embargo, como se dijo ácidamente Lucien, para cualquier hombre con un mínimo de cerebro era evidente que no podía darse por acabada la guerra hasta que Bonaparte fuera trasladado a un lugar más seguro y adentrado en el Atlántico. La isla de Elba estaba a un tiro de piedra de Italia, y había quienes se oponían a la paz, quienes no consideraban provechoso que el rey borbón Luis XVIII recuperase el trono de Francia y deseaban que Napoleón regresara. Lucien era uno los más expertos agentes secretos de la Corona británica y tenía instrucciones del ministro de Asuntos Exteriores, el vizconde de Castlereagh, de vigilar hasta que se confirmase la paz; su misión consistía en evitar que los poderes en la sombra causasen problemas en suelo inglés.

Dio otro sorbo de vino con un brillo furibundo en sus ojos grises. «Que vengan.» Una vez que lo hicieran, los encontraría, los atraparía y los destruiría, tal como había hecho con muchos otros. En realidad, iba a hacer que acudiesen a él.

De repente se oyó una ovación en el salón de baile, que se extendió entre la multitud. «Vaya, vaya, el héroe conquistador.» Lucien se inclinó hacia delante apoyando los codos en la barandilla del balcón y contempló con una sonrisa cínica cómo su hermano gemelo, el coronel lord Damien Knight, entraba en el salón de celebraciones, deslumbrante con su uniforme escarlata y la elevada y severa dignidad del arcángel Miguel al volver de matar al dragón. El fulgor de su espada y de las charreteras doradas parecía emitir un halo brillante a su alrededor, pero el porte adusto del afamado coronel no desalentó a las entusiastas mujeres, los edecanes ansiosos, los oficiales subalternos y los diversos aduladores de héroes de guerra que inmediatamente se arremolinaron a su alrededor. Damien siempre había sido el favorito de las masas.

Lucien sonrió para sí. Tenía los labios curvados en una mueca de irónica diversión, pero el tormento se agitaba tras su altiva mirada. Como si no bastara con la capacidad del coronel para cautivar la imaginación popular con sus hazañas bélicas, Damien iba a ser nombrado conde en calidad de hermano gemelo mayor por un accidente del linaje bastante enrevesado. No obstante, no era la envidia la que aguijoneaba a Lucien, sino una sensación casi infantil de haber sido abandonado por su más fiel aliado. Damien era la única persona que lo había comprendido de verdad. Durante la mayor parte de sus treinta y un años de vida, los gemelos Knight habían sido inseparables. Cuando eran jóvenes y libertinos sus amigos los habían apodado Lucifer y Demonio, mientras que las asustadas madres de las jóvenes que debutaban en sociedad prevenían a sus hijas de «ese par de diablos». Pero aquellos alegres días de risas y camaradería habían pasado, pues Lucien había quebrantado el código militar de su hermano.

Damien nunca había aceptado la decisión de Lucien de dejar ejército hacía poco más de dos años para ingresar en la rama del servicio secreto del cuerpo diplomático. Los oficiales de linaje, por regla general, consideraban el espionaje deshonroso e indigno de un caballero. Para Damien y los de su clase, los espías no eran mejores que las serpientes. Desde luego, Damien era un guerrero de nacimiento. Cualquiera que lo hubiera visto en combate, con el rostro veteado por la pólvora negra y la sangre, sabía que era algo que no admitía discusión. Pero lo cierto era que no habría obtenido tantas victorias sin los constantes informes secretos que Lucien le enviara —contraviniendo el reglamento y arriesgando su vida— respecto a la posición, la fuerza y el número del enemigo y sus planes de ataque más probables. Sin duda al gran comandante debía de dolerle profundamente en su orgullo saber que toda su gloria no habría sido posible sin la ayuda de su hermano espía.

«No importa —pensó Lucien cínicamente—. Él sabe muy bien cómo azuzar su tremendo orgullo de héroe de guerra.» —¡Lucien! —dijo repentinamente una voz entrecortada detrás

Se dio la vuelta y vio la voluptuosa figura de Caro enmarcada en la puerta.

—Vaya, si es mi querida lady Glenwood —susurró él, tendiendo las manos hacia ella con una sonrisa siniestra. ¿A Damien no le molestaría aquello?

—¡Te he estado buscando por todas partes! —Se acercó a él haciendo aspavientos, con el murmullo del satén oscuro, y sus rizos de muñeca se balancearon contra sus sonrosadas mejillas. Sonrió de forma taimada, dejando al descubierto el pequeño hueco que había entre sus dos dientes incisivos, y cogió a Lucien de la mano y dejó que la acercara contra su cuerpo—. Damien está aquí…

—¿Quién? —murmuró él, rozando los labios de ella.

A pesar de que la baronesa de veintisiete años estaba de luto por su difunto esposo, Lucien dudaba que hubiera derramado una lágrima. Un marido, para una mujer como Caro, era simplemente un impedimento en su búsqueda de placer. Su vestido negro tenía un pequeño corpiño que apenas contenía sus voluminosas formas. La tela oscura hacía que su piel pareciera alabastro, mientras que sus labios carmesí hacían juego con las rosas que le adornaban el pelo color chocolate recogido en un peinado alto. Al cabo de un instante, Caro hizo un esfuerzo y dejó de besarlo, apoyando sus manos enguantadas en el torso de él.

Cuando ella se apartó ligeramente, Lucien advirtió que se estaba regodeando en su triunfo con las mejillas arreboladas y los ojos oscuros brillando de satisfacción. Lucien ocultó su sonrisa insolente mientras Caro bajaba los párpados y acariciaba las solapas de su frac negro de etiqueta. Sin duda pensaba que había hecho lo imposible, lo que ninguna de sus rivales había logrado: ella sola había conquistado a los dos gemelos Knight y ahora podía enfrentarlos por pura vanidad. Desgraciadamente, a la dama le esperaba una gran sorpresa.

Él sabía que no era correcto, pero no podía resistirse a jugar con ella un poco. Se relamió los labios mientras la miraba fijamente, y a continuación lanzó una mirada sugerente a la pared que tenían al lado, oculta en las sombras.

—Nadie puede vernos aquí arriba, mi amor. ¿Te animas?

Ella dejó escapar una de sus carcajadas guturales.
—Picarón, ya te daré a ti más tarde. Ahora mismo vamos a ir a ver a Damien.

Lucien arqueó una ceja, siguiendo el juego con consumada destreza.

—¿Juntos?
—Sí, no quiero que piense que tenemos algo que ocultar. —Le lanzó una mirada astuta por debajo de los párpados y le alisó el pañuelo blanco de seda—. Tenemos que actuar con naturalidad.

—Lo intentaré, ma chérie —murmuró él.
—Bien. Y ahora vámonos. —Ella deslizó su mano por el hueco del brazo de Lucien y lo empujó en dirección a la pequeña escalera con forma de espiral que conducía al salón de baile. Él la siguió cordialmente, lo cual debería haber hecho sospechar a la baronesa que andaba tramando algo—. ¿Me juras que no se lo dirás nunca?

Mon ange, no diría una sola palabra. —No creyó apropiado añadir que debido al vínculo existente entre ambos gemelos apenas necesitaban palabras para intercambiar información. Una ojeada, una risa, una mirada lo decía todo. La idea de que aquella lujuriosa intrigante estuviera a punto de llevar a Damien a la vicaría, a pesar de su belleza, era aterradora. Afortunadamente para el héroe de guerra, su hermano espía había acudido en su rescate una vez más con una información crucial: Caro no había superado la prueba.

Lucien inclinó la cabeza cerca de la oreja de ella.
—Confío en que sigas queriendo venir conmigo a la mansión Revell este fin de semana.

Ella le lanzó una mirada nerviosa.
—La verdad, cariño, es que… no estoy segura.
—¿Qué? —Él se detuvo y se giró hacia ella mirándola con el ceño fruncido—. ¿Por qué no? Quiero que vengas.

Ella abrió los labios ligeramente, y pareció que fuera a alcanzar el orgasmo allí mismo en respuesta a su petición.

—Lucien…
—Caro —respondió él. No era precisamente la devoción de un amante lo que inspiraba su insistencia, sino el simple hecho de que resultara útil tener a una hermosa mujer al lado a la hora de atrapar espías enemigos.

—¡No lo entiendes! —dijo ella con un mohín—. ¡Yo quiero ir! Pero hoy he recibido una carta de la señorita virtuosa en la que —¿Una carta de quién? —preguntó él, interrumpiéndola con una mirada dubitativa.

—Alice, mi cuñada —dijo ella, irritada, haciendo un gesto de rechazo con la mano—. Es posible que tenga que ir a mi casa en Glenwood Park. Dice que puede que mi hijo se esté poniendo enfermo. Si no voy allí y la ayudo a cuidar de Harry, Alice me cortará la cabeza. Y yo no sé qué hacer con la criatura. —Se sorbió la nariz—. No hace más que gritar.

—Bueno, tiene una niñera, ¿verdad? —dijo Lucien disgustado. Sabía que Caro tenía un hijo de tres años de su difunto marido, aunque la mayor parte del tiempo ella parecía olvidarlo. El niño era uno de los motivos por los cuales Damien estaba tan interesado en casarse con ella. Aparte de sentir cierto extraño impulso paternal hacia un niño que nunca había visto, Damien quería una esposa con una capacidad probada para darle hijos. Después de todo, un conde necesitaba herederos. Por desgracia, Caro no había demostrado ser digna de él al sucumbir de lleno a la seducción de Lucien. Damien se pondría furioso al tener que encajar aquel golpe contra su orgullo, pero Lucien se negaba a permitir que su hermano se casara con una mujer que no lo amase locamente. Una mujer digna de Damien habría rechazado la trampa que Lucien había tendido.

—Claro que tiene una niñera, pero Alice dice que necesita… En fin… que me necesita a mí —dijo Caro, abatida.

—Pero yo te necesito, chérie.

Le dedicó una sonrisa zalamera, preguntándose si su difunta madre habría sufrido alguna vez remordimientos de conciencia similares. Menuda mujer había sido, la escandalosa duquesa de Hawkscliffe, quien conquistaba a la mitad de los hombres con que se topaba. En realidad el padre de los gemelos no era el marido de su madre, sino el hombre que durante años había sido su devoto amante: el poderoso y misterioso marqués de Carnarthen. El marqués había muerto hacía poco, dejando a Lucien el grueso de su fortuna y la villa que gozaba de tan mala fama, la mansión Revell, situada unos veinte kilómetros al sudoeste de Bath.

Al mirar fijamente a Caro, Lucien comprendió por qué estaba convencido de que Damien no debía casarse con ella. No podía permitir que su hermano terminara con una esposa que era como su madre. Se apartó de Caro bruscamente y comenzó a atravesar el vestíbulo.

—No te preocupes, mujer. Vuelve a casa con tu crío —murmuró—. Ya encontraré a otra con quien divertirme.

—¡Pero yo quiero ir contigo, Lucien! —protestó ella, apresurándose a alcanzarlo, con el sonido susurrante del satén.

Él siguió mirando adelante mientras recorría el vestíbulo con aire majestuoso.

—Tu hijo te necesita, y tú lo sabes.
—No, no me necesita. —Empleó un tono tan lúgubre que Lucien la miró de reojo—. Ni siquiera me conoce. Él solo quiere a —¿Es eso lo que crees?
—Es la verdad. Soy una madre incompetente.
Él sacudió la cabeza lanzando un suspiro de fastidio. ¿Qué más le daba a él si ella quería engañarse a sí misma?

—Vamos, entonces. Damien está esperando. —Y, colocando la mano de Caro en el pliegue de su codo, la condujo hasta el salón de baile para enfrentarse a su destino.

Bajo el brillante resplandor de las arañas de luces, el salón de baile parecía un lugar civilizado para aquellos que no se percataban de la situación; sin embargo, para Lucien resultaba significativo que los cuadrados blancos y negros del suelo de mármol estuvieran dispuestos como un gigantesco tablero de ajedrez. Mientras observaba cuidadosamente a la multitud tras la fachada del personaje decadente y egoísta que había creado, mantenía todos sus sentidos agudizados, en busca de algo o alguien que despertase sus instintos. Las cosas nunca eran evidentes; ese era el motivo por el que había desarrollado una lúcida paranoia y por el que no confiaba en nadie. Según su experiencia, las personas que parecían más normales y corrientes eran las que abrigaban las traiciones más peligrosas. Los personajes extraños eran normalmente inofensivos; de hecho, él sentía inclinación por las criaturas que se negaban a ser doblegadas por el molde de la conformidad. Esa preferencia quedaba confirmada, aquí y allá, por su amistad con gente de mala fama, tipos extraños, personas independientes, hombres voluptuosos, rebeldes, científicos desaliñados de la Royal Society, y personas extravagantes y estrambóticas de todo jaez que lo saludaban y le ofrecían furtivamente sus respetos.

Sus compinches estaban ansiosos por volver a la mansión Revell para asistir a las fiestas que allí se celebraban, pensó con cínica diversión, aceptando su sutil homenaje con una tenue sonrisa. Le guiñó el ojo a una mujer maquillada que lo saludó parapetada tras su abanico abierto.

—Su Impiedad —susurró ella, lanzándole una mirada insinuante.

Él inclinó la cabeza.
Bon soir, madame. —Al mirar con el rabillo del ojo, reparó en que Caro lo estaba mirando embelesada, con la boca ligeramente entreabierta—. ¿Qué ocurre, querida?

Ella echó una ojeada a los granujas vestidos de terciopelo que se inclinaban ante Lucien y a continuación lo miró a los ojos maliciosamente.

—Me preguntaba cómo le iría a la señorita virtuosa contigo. ¡Me divertiría tanto viendo cómo la corrompes!

—Tráela algún día. Haré lo que pueda.

Ella sonrió burlonamente.
—La muy mojigata probablemente se desmayaría solo con que la mirases.

—¿Es joven?
—No mucho. Tiene veintiún años. —Caro hizo una pausa—. En realidad dudo que ni siquiera tú pudieras escalar su torre de marfil, ya me entiendes.

Él la miró frunciendo el ceño con recelo.
—Por favor.

Caro se encogió de hombros, y una sonrisa burlona asomó a sus labios.

—No sé, Lucien. No sería fácil. Alice tiene de buena lo que tú de malo.

Él arqueó una ceja y se quedó pensativo por un momento, y a continuación prosiguió con el tema, que había despertado su curiosidad.

—¿Tan virtuosa es?
—Uf, se me revuelve el estómago —replicó ella entre dientes, saludando con la cabeza a la gente aquí y allá mientras deambulaban entre la multitud—. Ella no rumorea ni dice mentiras. Cuando hago algún comentario gracioso sobre el vestido ridículo de una mujer no se ríe. Es imposible halagar su vanidad. ¡Con decirte que nunca falta a misa!

—Dios mío, te compadezco por tener que vivir con semejante monstruo. ¿Cómo decías que se llamaba? —preguntó Lucien sua—Alice.
—¿Montague?
—Sí. Es la hermana pequeña de mi pobre Glenwood. —Alice Montague —repitió él en tono pensativo. «La hija de un barón», pensó. «Virtuosa. Disponible. Buena con los críos.» Parecía la candidata perfecta para casarse con Damien—. ¿Es hermosa?

—Pasable —dijo Caro de forma inexpresiva, evitando su mirada. —Hum. —Examinó el rostro de la mujer, y se regocijó ante la envidia reflejada en las delicadas facciones de la baronesa—. ¿Cómo de pasable, exactamente?

Ella le dirigió una mirada apaciguadora y se abstuvo de res—Vamos, dímelo.
—¡Olvídate de ella!
—Es simple curiosidad. ¿De qué color tiene los ojos?

Ella no le hizo caso y saludó con la cabeza a una dama que lucía un turbante con plumas.

—Oh, Caro —murmuró él en tono juguetón—. ¿Acaso tienes celos de esa deliciosa joven de veintiún años?

—¡No digas tonterías!
—Entonces ¿cuál es el problema? —insistió Lucien, provocándola—. Dime de qué color tiene los ojos esa Alice.

—Azules —espetó Caro—, pero apagados.
—¿Y el pelo?
—Rubio. Pelirrojo. No lo sé. ¿Qué importancia tiene? —Dame el gusto.
—¡Eres un pesado! El pelo de Alice es su mayor atractivo, si tanto te interesa. Le llega hasta la cintura, y supongo que es de color rojizo —afirmó ella malhumoradamente—, pero siempre lo tiene lleno de las migas de los bizcochos que el niño come para desayunar. Es bastante desagradable. Le he dicho cientos de veces que el pelo largo en cascada está totalmente pasado de moda, pero Alice no me hace ni caso. A ella le gusta. ¿Satisfecho?

—Parece deliciosa —le susurró Lucien al oído—. ¿Puedo llevarla a ella a la mansión Revell en tu lugar?

Caro se apartó de él y le dio un golpe con su abanico de encaje negro.

Cuando llegaron al corrillo formado por soldados con casacas rojas, él seguía riéndose.

—Oh, mire, lady Glenwood —dijo él en un tono de alegre ironía—. Es mi querido hermano. Buenas noches, Demonio. He traído a alguien que quiere verte.

Metiéndose las manos en los bolsillos de sus pantalones negros, se balanceó distraídamente sobre los talones, luciendo una sonrisa cínica en los labios mientras esperaba a que se desarrollase el espectáculo.

Los colegas de Damien miraron despectivamente a Lucien, se despidieron del coronel entre murmullos y, como era de esperar, se marcharon por miedo a que su honor se viese mancillado por el contagio. Con su rostro curtido por la guerra y un decoro propio de un león, Damien se apartó de la columna en la que había estado apoyado y le dedicó a Caro una ceremoniosa reverencia.

—Lady Glenwood, es un placer volverla a ver —dijo en tono grave y brusco.

La actitud de Damien era tan solemne que parecía que estuviera exponiendo unos planes de batalla ante sus capitanes en lugar de saludar a la damisela que había elegido como prometida, pensó Lucien. En realidad, después de prestar servicio en casi todos los enfrentamientos importantes de la guerra, Damien había vuelto a casa con una mirada gélida y apagada que inquietaba bastante a Lucien, pero él no podía hacer nada para ayudar a su hermano mientras este apenas le dirigiera la palabra.

—Espero que la fiesta de esta noche resulte de su agrado, milady —dijo gravemente a la baronesa.

Caro le sonrió con una extraña mezcla de paciencia y lascivia, en tanto que Lucien reprimía el deseo de poner los ojos en blanco ante la tensa formalidad de su hermano. Damien podía rebanarle la cabeza a su enemigo con un golpe de espada, pero cuando se encontraba cerca de una mujer hermosa, el coronel de dura mirada se volvía tan tímido e inseguro como un niño grande. Las damas de la sociedad eran tan delicadas que temía que al tocarlas fuesen a romperse. Las robustas muchachas que hacían la calle de noche en St. James’s Park lograban que el héroe de guerra se sintiese mucho más tranquilo.

«Bueno —pensó Lucien, sacudiendo la cabeza para sí—, es reconfortante saber que mi eminente hermano tiene sus puntos débiles.» Se quedó mirando divertido; Damien buscó al azar algo que decir y de repente sacó un tema a colación.

—¿Qué tal está Harry?

Lucien cerró los ojos por un instante y se pellizcó el caballete de la nariz, irritado ante el escaso tacto de su hermano con el sexo opuesto. ¿No podía dejar más claro que lo único que deseaba era una yegua de cría de alta cuna? Nada de bonitos cumplidos ni peticiones de bailes. Era un milagro que las mujeres se preocupasen por aquel pedazo de bruto.

Incluso Caro parecía incómoda con sus temas de conversación, como si admitir que había dado a luz un hijo supusiera reconocer que había dejado atrás la inocencia de la juventud. Le restó importancia a su respuesta, sin molestarse en mencionar la enfermedad del pequeño, y rápidamente desvió la conversación hacia otros asuntos. Al observarlos, Lucien comprobó que a su hermano le costaba un intenso esfuerzo prestar atención a la vana cháchara de Caro.

—Qué temporada tan aburrida, ¿no cree? La gente más interesante se ha ido al campo a cazar, o a París o Viena…

Hastiado, Lucien deslizó de repente la mano alrededor de la cintura de Caro y la atrajo con fuerza hacia sí.

—¿Qué te parece esta bonita moza, eh, Demonio?

Ella topó contra su pecho soltando un tímido chillido. —¡Lucien!
—¿No te tienta? A mí me pone al rojo vivo —murmuró él de forma elocuente, recorriendo la curva de su flanco con una lenta y pícara caricia.

Damien lo miró asombrado. «¿Qué demonios estás haciendo?», inquiría su ceño fruncido, aunque tal vez percibiera una nota de travesura en la suave voz de su hermano gemelo, pues interrumpió su juicio por un momento y miró a Lucien con recelo. Sabía mejor que nadie que con Lucien las cosas nunca eran lo que semejaban.

—¿No te parece que está espectacular esta noche? Deberías decírselo.

Damien lanzó una mirada a Caro y luego a él.
—Ya lo creo.

Aquellas inquietantes palabras brotaron de lo más profundo de su pecho como un trueno lejano. Examinó a la mujer como si intentase traspasar su sonrisa nerviosa y acaramelada, ya que no poseía la capacidad de Lucien para detectar el fingimiento en una mirada.

—Suéltame, Lucien. La gente nos está mirando —murmuró Caro con ansiedad, rozando con su hombro el pecho de él mientras intentaba liberarse.

—¿Qué pasa, mon ange? ¿Es que solo quieres que te toque en privado? —preguntó en un tono suave como la seda, pese a tenerla agarrada con fuerza de forma implacable.

Ella se quedó inmóvil y lo miró sobresaltada, y sus ojos marrones se tornaron más oscuros al tiempo que su rostro palidecía.

—Es hora de confesar, mi amor. Has estado intentando manipularnos a mí y a mi hermano, pero no te vas a salir con la tuya. Dile a Damien dónde estuviste anoche.

—No sé de qué me estás hablando —logró decir Caro. Damien maldijo entre dientes con una mirada que podría haberla convertido en una columna de hielo y comenzó a alejarse. Lucien se rió en voz baja y soltó a Caro.

—Damien, no lo escuche… ¡Ya sabe que es un mentiroso! —¿Sería capaz de coquetear conmigo después de haberse acostado con mi hermano?

—Pero yo… ¡No es culpa mía, fue él!
—Es usted una descarada, señora. Es más, es usted una necia. Ella se giró rápidamente hacia Lucien con una mirada frenética.

—¿Has oído lo que me ha llamado? ¡No puedes permitir que me hable de ese modo!

Pero la única respuesta de Lucien fue una risa leve y bastante siniestra. Y a continuación bebió otro sorbo de vino.

—¿Qué está pasando? —preguntó ella con voz temblorosa. —Caro, corazón mío, este hombre no es tonto. Hay algo que no te dije anoche. Damien pensaba proponerte matrimonio.

Ella se quedó boquiabierta. Por un instante pareció como si el corsé que oprimía las magníficas esferas de sus pechos le impidiera tomar aire; luego desplazó su mirada angustiada hacia Damien.

—¿Es eso cierto?
—Creo que no hace falta tratar ese tema —gruñó él.
—¿Es cierto? —gritó Caro.
—Simplemente pensé que sería provechoso darle un padre a su hijo ya que ha perdido el suyo. —La gélida mirada de Damien recorrió el cuerpo de la mujer y se recreó en sus caderas—. Lástima que sea incapaz de contener su desenfreno con un poco de disciplina. —Su mirada colérica se posó en Lucien—. Me gustaría tener unas palabras con usted, señor.

—Como desees, hermano.
—Lucien… ¡No puedes dejarme! —Caro se aferró a su brazo sin el menor rubor.

—Caro, mi amor. —Le levantó la mano y se la besó, y a continuación la soltó y comenzó a alejarse de ella—. Tiene razón. Me temo que no has superado la prueba.

—¿Prueba? —En sus ojos se refugió la comprensión, y luego la ira—. ¡Malvado! ¡Bastardo! ¡Eso es lo que sois los dos! ¡Un par de —Bueno, todo el mundo lo sabe, ma chérie —dijo Lucien con una sonrisa—. Nuestra madre era todavía más puta que tú.

Soltando un grito ahogado de furia, Caro le lanzó su copa de vino vacía, pero él la atrapó al vuelo con unos reflejos propios de un gato, la colocó delicadamente sobre la bandeja de un camarero que pasaba por allí, y lanzó a la mujer un beso con su mano enguantada. Y, tras hacer una elegante y burlona reverencia, se dio la vuelta y siguió a su hermano al exterior del salón de baile.

A pesar del distanciamiento que los separaba, los gemelos Knight actuaban con calma y naturalidad mientras cruzaban el salón contiguo y descendían por la majestuosa escalera hasta el piso inferior. La gente los miraba al pasar, pero los gemelos estaban acostumbrados a ese tipo de reacción. Atravesaron varios de los comedores lujosamente equipados y finalmente llegaron a la sala de billar escondida en un rincón. Cuando penetraron en el oscuro refugio masculino revestido con paneles de roble, Damien recorrió la habitación con una mirada ceñuda. Lucien sujetó significativamente la puerta, y los hombres que había dentro apagaron sus puros y salieron a toda prisa, dejando una nube de humo flotando sobre las tres mesas de billar.

Tras saludar con la cabeza al último hombre en salir, Lucien echó una ojeada al exterior de la habitación y vio que Caro los había seguido hasta el vestíbulo. Parecía que no se atreviera a acercarse más. Tenía los puños cerrados a ambos lados y sus ojos oscuros echaban chispas. Frunció los labios como si se estuviera esforzando para no gritarles obscenidades. Lucien se echó a reír entre dientes y le cerró la puerta prácticamente en las narices. Lo más divertido de lady Glenwood era que, después de haber terminado con ella, Lucien sabía con certeza que podría salir otra vez y arreglar las cosas con unas palabras dulces y llevarla a su villa para la fiesta del fin de semana, tal y como habían planeado inicialmente, por muy enfermo que estuviera su hijo. Al fin y al cabo, Caro estaba decidida a averiguar si las reuniones de la mansión Revell eran tan inmorales en todos los aspectos como había oído.

Al darse la vuelta descubrió a Damien observándolo detenidamente, con los pies separados calzados en unas brillantes botas altas y los brazos cruzados. El imponente coronel se acarició la barbilla con aire pensativo. Lucien se puso en guardia y, acercándose a la mesa más próxima, alargó la mano por encima del tapete verde para juguetear con la reluciente bola negra. La hizo girar como una peonza y observó cómo daba vueltas bajo la punta de su dedo, como si fuera Dios jugando sádicamente con la tierra. «¿Adónde envío una hambruna? ¿Y una plaga?» —¿No hicimos un pacto según el cual no dejaríamos que ninguna mujer se interpusiera entre nosotros? —preguntó Damien.

—Sí, cuando cumplimos dieciocho años. Lo recuerdo bien. —¿De verdad?

Damien esperó a que le diera una explicación; Lucien dejó que —¿Y bien?
—¿Y bien, qué? —Miró de forma inocente a su hermano—. Oh, vamos, no lo dices en serio, ¿verdad?

—¡Ya lo creo que hablo en serio!

Los rugidos de Damien podían hacer estremecer a regimientos enteros, pero Lucien se limitó a lanzarle una mirada sufrida y bastante hastiada.

—No puedo disculparme cuando no me arrepiento de lo que

Damien entornó los ojos hasta que se convirtieron en unas pequeñas hendiduras de un gris acerado.

—A veces pienso que eres un hombre malvado.

Lucien se rió suavemente.
—¿A qué clase de juego estás jugando ahora? —Damien dio un paso en dirección a su hermano—. Estás tramando algo, y quiero saber de qué se trata. O me das una respuesta clara de una vez o te tumbo. Maldita sea, Lucien, si no fueras mi hermano te mataría.

—¿Por lo de Caro Montague? —preguntó Lucien con recelo. —Me has humillado a propósito.
—Te he ahorrado una humillación. Deberías estarme agradecido —replicó Lucien—. Por lo menos ahora sabes de qué está hecho tu angelito. Por Dios, intentaba hacerte un favor.

Damien soltó un bufido.
—Reconócelo, sedujiste a Caro para vengarte de mí, para des

Lucien se detuvo y le lanzó una mirada velada de advertencia. —¿Desquitarme?
—Sabes perfectamente de qué estoy hablando. Del título. —No quiero tu maldito título. —Los ojos de Lucien brillaban con creciente ardor, pero Damien no hizo caso de sus palabras y volvió a atacar.

—No tienes ningún motivo para estar resentido conmigo. Tienes el futuro resuelto desde que Carnarthen te dejó parte de su fortuna. Francamente, no me imagino viviendo el resto de mis días con media paga. He aceptado el título de conde, y vas a tener que aprender a vivir con ello. A propósito…

Se detuvo a escasos centímetros de Lucien y lo miró tranquilamente, y fue como si se estuviese mirando en un espejo hostil: el mismo pelo moreno, los mismos ojos grises de mirada obsesiva. Ambos eran demasiado duros y orgullosos para reconocer que, a su manera, los dos habían quedado destrozados por la experiencia de la guerra.

—¿Sí? —dijo Lucien con calma.
—Espero que no te hayas propuesto seducir a todas las mujeres por las que me intereso, porque no pienso volver a tolerar un insulto como este. Ni siquiera viniendo de ti.

Durante un largo rato Lucien se quedó mirándolo con escepticismo.

—¿Me estás amenazando?

Damien le sostuvo la mirada, impávido. Estupefacto, Lucien se apartó. Se pasó la mano por el pelo, sin saber qué decir, y a continuación se echó a reír amargamente.

—¡El buscador de gloria! Debería haber dejado que te casaras con esa zorra y vieras cómo te ponía los cuernos por toda la ciudad. ¿Hemos terminado ya?

Damien se encogió de hombros.
—Muy bien.

Con un movimiento veloz como un relámpago, Lucien lanzó rodando la bola negra contra el resto. Al chocar, las bolas se dispersaron atropelladamente por encima la mesa, tanto las lisas como las rayadas, y algunas entraron en los agujeros. Lucien se dio la vuelta y se dirigió hacia la puerta con paso airado.

Era lógico que su vida hubiese acabado convertida en aquello, pensó con acritud mientras atravesaba la sala de billar. Durante los últimos dos años y medio había trabajado solo, cambiando de identidad como un camaleón cada vez que le asignaban una nueva misión, entrando y saliendo de las vidas de incontables personas como un fantasma, sin llegar a estrechar lazos nunca con ellas.

Ahora ya ni siquiera su hermano gemelo lo conocía; no lo conocía ni quería conocerlo, pues era un espía, un impostor, un hombre sin honor. Un hombre que conocía las normas de la conducta caballerosa pero que las pasaba por alto. El odio hacia sí mismo y la desesperación invadieron su ser. Si incluso a Damien ya le importaba un bledo, ¿a quién iba a importarle? A nadie, comprendió, con una sensación de vacío y ansiedad en la boca del estómago. Estaba completamente solo.

—Una cosa más —dijo Damien detrás de él.

Lucien se giró con elegante altivez.
—¿Sí?
—He oído rumores extraños sobre ti. Cosas raras. —Suéltalo.
—La gente dice que has resucitado la antigua sociedad secreta de nuestro padre. Se habla de… actividades indecentes en la mansión Revell. Ritos extraños.

—No me digas —comentó él en tono insulso.

Damien buscó su rostro.
—La mayoría de la gente cree que simplemente celebras fiestas salvajes, pero algunos afirman que estás involucrado en alguna clase de… culto pagano, en la línea del antiguo Hellfire Club.

—Qué interesante —susurró Lucien.
—¿Es eso cierto?

Lucien se limitó a lanzarle una oscura mirada de hastío, se dio la vuelta y salió de la habitación.

La luz del sol matutino doraba la campiña de Hampshire con un suave fulgor otoñal y entraba a raudales por la puertaventana del acogedor salón de Glenwood Park. Alice Montague se quitó del pelo una miga del bizcocho que había desayunado Harry, frunciendo ligeramente el ceño, y siguió cantando en voz baja al niño mientras lo mecía entre sus brazos. Cada vez que atravesaba la habitación echaba un vistazo con inquietud a la ventana con forma de arco, ya que suponía que el carruaje de Caro llegaría de un momento a otro. Al menos eso esperaba.

Durante toda la semana Harry se había mostrado inusualmente llorón y cansado. El día anterior se había quedado dormido en el suelo del salón con el pulgar en la boca, envuelto en su manta,

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos