El compositor de tormentas

Andrés Pascual

Fragmento

Índice

Índice

Cubierta

Prólogo

PRIMER ACTO

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

SEGUNDO ACTO

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

TERCER ACTO

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Nathalie

Epílogo

Agradecimientos

Créditos

Acerca de Random House Mondadori

Portada
cover

A Cristina,

mi silencio, mi melodía

Soñamos con viajes a través del universo

pero ¿no está el universo dentro de nosotros?

Desconocemos las profundidades de nuestro espíritu.

El camino secreto se dirige hacia el interior.

En nosotros, y en ninguna parte más,

están la eternidad y sus mundos,

el pasado y el porvenir.

NOVALIS

Ópera Garnier, París

1 de septiembre de 2010, 20.00 horas

M ichael cerró los ojos y aspiró la esencia de mandarina. Todos sabían que no era capaz de dirigir si al tiempo no inhalaba el frescor ácido de su colonia. Algunos músicos de la orquesta se habían propuesto imitarle y, después de los ensayos, discutían sobre si se trataba de esta o de aquella marca. Se miró en el espejo del camerino. Su porte señorial no se correspondía con su aroma. Examinó las arrugas del rostro y el pelo blanco peinado hacia atrás como quien analiza de forma furtiva a otra persona. «La pajarita no está recta», pensó. La recolocó con cuidado, evitando manosearla para que conservase el blanco impoluto. El frac, bien. Miró hacia abajo. Los zapatos, bien.

Llamaron a la puerta. Era Fabien Rocher, el director del teatro.

—Pasa, por favor.

—¿Cómo estás?

—Con ganas de salir.

—Querido amigo…

Se acercó y le dio un abrazo. Después se sentó en el sillón de cuero negro y le contempló con orgullo.

—No te pongas sentimental —se quejó Michael—. Somos dos viejos.

—Estamos en la edad perfecta para ponernos sentimentales. Son tantos recuerdos… —Intercambiaron una sonrisa—. ¿Cuándo fue la primera vez?

—¿Aquí?

—Creo que dirigiste algo de Wagner…

—Lohengrin, el 17 de marzo de 1976.

—Es cierto. Rachel estaba…

Fabien interrumpió la frase.

—Estaba preciosa. Parecía un ángel, sentada en el palco.

—Era una gran mujer.

Ambos callaron durante unos segundos. Michael lanzó una mirada fugaz a su amigo.

—Fabien…

—Ya te dejo solo. Voy a atender al ministro de Cultura, que lleva toda la tarde alteradísimo. ¡La escalera central está abarrotada de celebridades y periodistas! —exclamó antes de abandonar el camerino—. ¡Suerte, Michael! ¡Ponnos la carne de gallina como tú sabes hacerlo!

Mientras Fabien cerraba la puerta se filtró un rumor creciente que provenía de la platea. Los aficionados que ocupaban las casi dos mil butacas de terciopelo rojo se habían vuelto hacia una hilera de mandatarios de todos los rincones del globo que, siguiendo un cuidadoso protocolo, se encaminaban hacia las primeras filas. En los últimos días había tenido lugar en París una fructífera cumbre política que culminó con la firma de una serie de acuerdos para la protección del medio ambiente que hasta entonces se consideraban meras utopías, un hito histórico que aquella pintoresca pléyade de dirigentes se proponía celebrar codo con codo en aquel majestuoso edificio.

—Quizá sea sólo durante dos horas, pero por primera vez, desde que el hombre tiene memoria, todos seremos uno, hermanados gracias a la música —había dicho Fabien Rocher a los medios.

No se trataba de un concierto más de Michael Steiner, el gran compositor y virtuoso violinista que, por encima de todo, estaba considerado el mejor director de orquesta vivo. Era su último concierto. Por eso en el rostro de sus admiradores se reflejaba, más allá de la alegría que sentían por haber conseguido una entrada, su aflicción por la retirada del mito. Al menos se consolaban pensando que, según había desvelado Steiner en la rueda de prensa, al finalizar el programa interpretaría con su violín una breve composición que había guardado bajo llave durante años. Iba a ser su regalo final, el broche de oro de una carrera inigualable.

Llegó el momento. Michael Steiner salió del camerino, cerró la puerta tras de sí y, como tantas veces en el pasado, caminó por el estrecho corredor que llevaba a las bambalinas. Pasó junto a las salas de maquillaje. Los empleados del teatro le saludaron con un leve movimiento de cabeza. Vio cómo el jefe de seguridad daba las últimas instrucciones a través de su intercomunicador. Hinchó el pecho, desplazó con decisión el extremo del telón trasero y se lanzó hacia el escenario.

El público estalló en una ovación atronadora. Michael se inclinó varias veces. Parecía un final de concierto más que un principio. Sintió un nudo en el estómago. Se dio la vuelta y saludó a los noventa y seis profesores que formaban la Sinfónica de París. En sus rostros había agradecimiento, cariño, fascinación, respeto. Los aplausos fueron apagándose. Se escucharon suaves chirridos que arrancaban al barniz del escenario los tacos de goma de las sillas, el sordo retumbar de los violonchelos al ser alzados del suelo. Algunos músicos echaron un vistazo a sus partituras, otros cerraron los ojos un instante para murmurar rápidas oraciones, votos o íntimas dedicatorias. Y tras una señal consabida se hizo el silencio absoluto y todos se concentraron en los ojos del director.

Michael fue levantando poco a poco los brazos. Los mantuvo suspendidos a media altura.

Permaneció así un rato más del esperado.

Nadie se permitía siquiera respirar.

Dejó caer la batuta.

Los músicos observaron con incredulidad cómo la pequeña varilla de cedro rebotaba contra la tarima mientras el director permanecía inerte, con la mirada perdida, como un muñeco de cera suspendido en el tiempo.

Michael abandonó el escenario ante cientos de ojos atónitos. Lo hizo con una tensa parsimonia, acompañado por el resonar de sus propios pasos. Pasados unos segundos cruzó el telón negro de bastidores y desapareció detrás de la maraña de focos y cables, entre los enormes decorados del estanque umbrío de un país imaginario.

Mientras el teatro entero se fundía en una marea de murmullos cada vez más audibles, Michael se introdujo por una puerta de servicio y subió dando tumbos la escalera que conducía a la última planta del teatro. Atravesó a toda prisa el pasillo pintado de ocre y se ocultó en la que se conocía como la «Sala de Patinaje», una estancia circular situada bajo la cúpula del edificio que los coreógrafos utilizaban para pulir los últimos detalles con sus bailarines sin que nadie los molestase. Desde allí, a través de unos grandes ojos de buey por los que se filtraba el resplandor sutil de la luna, se veían los tejados del centro de París. En aquel lugar se sentía seguro. Soltó el botón del cuello del frac, hincó las rodillas en el suelo negro encerado y comenzó a toser y a sollozar.

Al poco, mientras las primeras notas de la Sinfonía del Nuevo Mundo de Antonin Dvorak se insinuaban en la distancia, oyó voces detrás de la puerta. Alguien la abrió con cautela. Era Fabien Rocher. Le seguían el jefe de seguridad del teatro y algunos miembros del cuerpo de gendarmería.

—Yo me ocupo de él —los calmó.

—Apártese —ordenó un inspector que pretendía hacerse cargo de la situación.

—Es mi teatro —se opuso el director con una equilibrada combinación de deferencia y rotundidad—. Y él es Michael Steiner. ¿Qué le preocupa, por Dios?

Cerró la puerta dejando al otro lado el gesto resignado del inspector y fue a sentarse en el suelo junto a su amigo. Permanecieron un par de minutos sin decir nada, contemplando su oscuro reflejo en el gran espejo que se alzaba junto a la puerta. Se escuchaban bocinas lejanas a través de los cristales. La bóveda vibraba de forma tenue a cada golpe de timbal.

—Lo siento —acertó a decir por fin Michael.

—Tu sustituto es un buen director —le tranquilizó Fabien—. Pero si en cualquier momento quieres tomar el relevo…

Michael le dedicó una mirada desvalida.

Fabien supo que no dirigiría aquella noche.

Nadie escucharía su melodía secreta.

—Ya le daremos cualquier explicación a la prensa. Déjalo en mis manos —dispuso con suavidad—. Llamaré a mi chófer para que te lleve al hotel.

A Michael se le descompuso el rostro. Se llevó las manos a la cara.

—Es que… —sollozó—. Lo que ocurre…

—No hace falta que digas nada —dijo Fabien, convencido de que lo que atenazaba a su amigo tenía que ser demasiado grave como para abordarlo en aquel momento.

—Quizá ése sea el problema —siguió, con los ojos aún tapados—. Llevo tanto tiempo sin decir nada… —Le mostró las palmas de las manos—. ¡Ni siquiera puedo desprenderme de su olor!

Aquello cogió a Fabien desprevenido.

—¿De qué estás hablando?

—¡Llevo años impregnándome de su colonia! —alzó la voz—. ¡Necesito a Rachel! ¡Nunca he podido hacer nada sin ella!

Fabien trató de encontrar una frase.

—Rachel está dentro de ti, lo sabes.

—Está dentro de mí, está a mi alrededor… ¡Está encerrada en todas partes!

—¿Cómo?

—Es por esa maldita melodía.

—Te refieres a…

—La pieza para violín que iba a tocar esta noche. La enigmática melodía secreta —dijo con un atisbo de sorna.

—¿Qué tiene que ver esa pieza con Rachel?

Michael tomó aire de forma entrecortada.

—Hace diez años que la compuse —comenzó—. Ya mientras la tocaba me di cuenta de que se trataba de una pieza única. No se parecía a nada que hubiera creado antes. Al principio me preguntaba si no estaría plagiando de forma inconsciente alguna composición ajena. Cuando advertí su extrema perfección no podía creerlo. Incluso llegué a pensar que se trataba de una melodía que algún dios había depositado en una dimensión paralela, y que él mismo me había llamado para que yo la trajese a este mundo.

—Nunca me lo habías contado —dijo Fabien aprovechando una pausa.

—Fui a toda prisa a ver a Rachel —continuó. Durante un instante, una sonrisa se dibujó en sus labios—. Recuerdo que estaba sentada junto a la mesita que teníamos frente al mirador, escribiendo uno de sus relatos. Toqué la pieza allí mismo. Quedó tan maravillada que, cuando terminé, permanecimos varios minutos mirándonos a los ojos. Estábamos encadenados, yo parado en medio del salón con el violín en la mano y ella en su silla, con la pluma alzada. —Michael cambió el tono—. Al día siguiente llegaron los resultados de los análisis. Ya sabes lo que decían. Me volví loco. Me obsesioné con la idea de que su cáncer era el tributo que se me exigía a cambio de haber sido escogido para componer la melodía.

—¿Cómo podías pensar…?

—Tú no la has escuchado —le cortó con gravedad.

—Michael…

—Discúlpame… Rachel también se enfadaba cuando se lo insinuaba. Ella me superaba en todo. Veía las cosas con tanta claridad… Decía que cualquiera daría la vida a cambio de escuchar algo tan bello. —Fabien no pudo evitar un nudo de emoción en el pecho. Apretó el hombro de su amigo—. Le juré que nunca volvería a interpretarla. Ella se enfadó muchísimo, pero yo necesitaba ofrecerle algo en aquel momento. Iba a permanecer en este mundo mientras que ella… Ningún otro oído, ni humano ni divino, debía escuchar jamás aquella melodía maldita.

—Sigue —le instó su amigo.

—Rachel transigió, pero me pidió una única cosa. Me pidió que… —La congoja le impedía hablar—. Me pidió que cuando ella muriera la tocase una vez más. Una sola vez. —Una lágrima furtiva le recorrió el rostro y cayó sobre la pechera blanca—. Dijo que la melodía sería su guía, que las notas trazarían un sendero mágico en el cielo y que, gracias a él, su alma caminaría segura hacia el paraíso.

Rompió a llorar.

—Michael…

—¡Hace diez años que Rachel ha muerto, y aún no he sido capaz de tocarla! No puedo dejarla marchar, la necesito aquí, conmigo, ayudándome a sobrellevar esta soledad que me ha hecho perder la cabeza. Sé que ella quería irse, carece de sentido aferrarla a este mundo. ¡Soy el ser más egoísta que puedas imaginar! ¡El más egoísta!

—No digas eso…

—Es la verdad. Soy consciente de ello, pero al mismo tiempo no puedo luchar contra mí mismo. ¡Oh, Dios! ¡Rachel me lo pidió, me lo pide cada día, pero si toco esa melodía la perderé para siempre!

Se fundieron en un profundo abrazo.

—No has de preocuparte… —le susurró Fabien al oído—. Rachel te estará esperando en la isla de la luna.

Ambos permanecieron callados unos segundos. En el interior del teatro, los violines arrastraban a un público entregado hacia el clímax del Cuarto Movimiento de la sinfonía. Michael se atrevió por fin a preguntar.

—¿A qué te refieres?

En ese mismo instante, el jefe de seguridad abrió la puerta de la Sala de Patinaje. Había intentado asomarse sin hacer ruido, pero los goznes chirriaron más de lo esperado.

Fabien aprovechó la interrupción.

—Ven conmigo. —Tiró de Michael para que se levantase—. Quiero que veas algo.

—Estoy bien, créeme —se excusó aparentando estar más sereno—. Iré caminando al hotel.

—Ahora soy yo quien te pide unos minutos. Acompáñame al archivo de la biblioteca.

—¿Qué archivo?

Michael conocía la biblioteca-museo de la primera planta, pero no sabía de la existencia de ningún archivo en el edificio.

—Confía en mí.

Cuando salieron al pasillo encontraron a un grupo de trabajadores del teatro especulando sobre lo que podría haberle ocurrido al maestro. Fabien les ordenó que regresasen a sus puestos entre bastidores. Cuando se quedaron solos, condujo a Michael a través de una serie de escaleras metálicas y después por un angosto corredor que terminaba en una puerta sin indicación alguna. La abrió con una llave que sacó del bolsillo interior de la chaqueta del esmoquin y encendió los fluorescentes. Desde el primer momento Michael supo que se encontraba ante el verdadero tesoro del Palacio Garnier. En aquel austero almacén se guardaban más de trescientos años de historia, todo lo que cabía imaginar desde que Luis XIV, el Rey Sol, inauguró la Academia Real de Música: vestidos, maquetas de decorados, dibujos y pinturas que evocaban la vida musical de París y cientos de partituras y libretos originales.

—Nunca había entrado aquí —dijo Michael, sorprendido.

—Tenemos muchísimo material sin clasificar —le confesó Fabien al tiempo que se introducía en una galería flanqueada por estanterías—, pero al menos conservamos todas estas cosas en nuestro poder.

Apartó unos cuadros embalados que le impedían llegar a un armario.

—¿Qué buscas?

—Perdona por la cantidad de polvo —dijo sin contestarle, apartando la cabeza para no respirar la nube que se formó al mover los bultos.

Se estiró para abrir un cajón y sacó una caja protegida por una funda de tela. La colocó sobre la mesa del archivero y la abrió con mimo.

—Aquí lo tienes.

Le mostró con orgullo un manuscrito sencillo, tan sólo cuatro hojas que habían sido cosidas por un extremo para evitar que se desperdigasen.

—¿Por qué me lo enseñas?

—Es una pieza única.

—Parece una carta.

—Es más bien un testamento. Una descarnada declaración de principios, escrita en el lecho de muerte por un personaje fascinante.

Fabien apenas podía controlar una sonrisa.

—¿Quién es ese personaje? —preguntó Michael, cediendo vagamente ante la emoción de su amigo.

—El Rey Sol.

—¿Cómo?

—Ya lo has oído. Estas páginas fueron escritas por el mismísimo Luis XIV, el Rey Sol.

Michael negó con la cabeza.

—Eso es imposible.

—¿Por qué lo crees?

—No estarían aquí si de verdad fueran de su puño y letra. El manuscrito no puede ser auténtico.

—¿Has pensado que quizá su importancia no radique en si es o no auténtico?

—¿Cómo?

—¿Acaso no engrandecen nuestra vida aquellos sueños en los que de verdad creemos, aunque nunca lleguen a convertirse en realidad?

Michael sostuvo el manuscrito entre sus manos.

—¿Qué quieres que haga?

—Quiero que lo leas.

Le miró con desconcierto.

—No pretenderás que lo lea ahora.

—Son sólo cuatro páginas.

—Fabien, hoy no estoy para…

—Cuando termines lo comprenderás.

Fabien Rocher sacudió el polvo de un par de sillas plegables y las acercó a la mesa. Pulsó el interruptor del flexo y un círculo amarillento se dibujó sobre el manuscrito.

Michael deslizó la yema de los dedos sobre la primera frase:

Soy un rey tumbado en una cama, de lado sobre la pierna sana…

Miró a su amigo a los ojos.

—Me quedaré aquí contigo —susurró Fabien—. Tú limítate a leer.

Era poco lo que le pedía, después de lo que había pasado en el teatro. Sin decir nada más, dejó escapar un suspiro entrecortado y comenzó de nuevo:

Soy un rey tumbado en una cama, de lado sobre la pierna sana. Estoy carcomido por la gangrena y mientras escribo estas líneas me invade un miedo atroz. Mucho más del que Matthieu sentía cuando las olas estaban a punto de llevarle al fondo del océano. Yo tiemblo de terror, pero no ante la muerte, sino ante la vida que me haya granjeado en el otro mundo. Tiemblo tanto que a cada momento he de dejar la pluma a un lado, porque derramo la tinta y mancho lo que ya he escrito.

Llegué al trono de Francia cuando sólo contaba cinco años de edad. Dispuse de tres madres para mis diecisiete hijos, combatí en guerras victoriosas, dominé Europa y multipliqué las colonias. Convertí Versalles, un antiguo refugio de caza, en el palacio más deslumbrante del mundo conocido, sobrecogedor para los embajadores extranjeros, espléndido para los artistas que en sus jardines representaban música, danza y teatro. Y ahora, ¿en qué rincón de mi alma reside todo aquello? ¿Cómo puedo no conservar ni un pétalo desprendido de tanta magnificencia? Resulta paradójico que vaya a morir a causa de las quemaduras del mismo sol queme dio su nombre. ¡Maldita gangrena, y maldito cuerpo mortal! Mi sangre mezclada con la de Habsburgos y Médicis se corrompe y no puedo hacer nada por evitarlo. Todos mis hijos legítimos han muerto, y sólo un bisnieto de cinco años podrá sucederme. Mi legado consistirá en una vana lucha de ambiciones por la regencia, por mis posesiones, por Francia. Y Versalles se desvanecerá conmigo, piedra a piedra.

Por eso escribo bajo la tenue luz de las velas, respirando esta nueva mezcla de aromas con la que el perfumero real trata de mitigar el hedor de mi carne pútrida. Escribo en mala postura, apoyando los pergaminos en el colchón cubierto de seda. Pero nada es el dolor de la pierna comparado con el que me inflige la infección que me descompone el alma. Muero atormentado por un solo recuerdo: los ojos de un joven músico de la corte a quien mandé a África de forma despiadada. Matthieu Gilbert, así se llamaba aquel hombre único, irrepetible, el violinista a quien impedí mostrarme el camino hacia la isla de la luna. Él, y no yo, sí que nació de la semilla derramada por algún dios. Aun después del mal que le hice, me ofreció lo mejor que poseía. Y yo lo desprecié, lo desprecié… Me torturaba cada una de sus palabras llenas de belleza, de candor intacto, de pureza. Su perdón fue mi castigo. ¿Por qué no me odiaste, maldito Matthieu?

Me incorporo, aparto con desgana los pergaminos y miro a mi alrededor: los tapices de cacerías que cubren las paredes de mi estancia privada, la mesa con mapas de las últimas rendiciones, los zapatos con hebilla de perlas que compró mi esposa al artesano del puente de Saint-Michel, y sé que me he equivocado en todo. Tu música era como la vida: era pasión, poder y dolor. ¿Por qué no me percaté de que en tu violín estaba mi salvación, y también la de Francia, y la del resto del mundo?

¡Qué distinta habría sido la muerte! Sé que me quedan apenas unas horas antes de convertirme en un fardo de piel reseca sobre esta cama, y sólo pienso en la noche que compusiste tu primera tormenta…

PRIMER ACTO

PRIMER ACTO

Capitulo 1

1

M atthieu fue concebido en 1664 en un barrio de París atestado de ratas y violines. Su madre, la joven Marie, trabajaba de sirvienta en casa de un maestro escribano que cometió la torpeza de dejarle acudir al baile que cerraba la fiesta de primavera. Su padre pudo ser cualquiera de los tres soldados que custodiaban la puerta Este de la plaza para evitar trifulcas. Marie nunca supo con cuál de ellos había terminado la noche, tal era la cantidad de cerveza que le habían hecho ingerir siguiendo las reglas de un juego improvisado.

Estaba escrito que la música regiría la vida de Matthieu, incluso antes de su nacimiento. Durante sus nueve meses de gestación tuvo la fortuna de escuchar, desde el vientre de su madre, cómo el organista Marc-Antoine Charpentier, uno de los compositores más importantes de la historia de Francia, iba extrayendo del teclado sus mejores obras. ¿Quién no habría sucumbido ante semejante hechizo? Charpentier era hermano del maestro escribano para el que trabajaba Marie, si bien ambos tenían poco en común. Mientras que el maestro escribano personificaba la burguesía más conformista de París, Charpentier vivía en el limbo de los músicos, regido sólo por las normas del solfeo. Por eso aquél, a sabiendas de que los genios suelen cuidar poco de sí mismos, enviaba cada día a su joven sirvienta a la iglesia de Saint-Louis, donde ensayaba su hermano, para asegurarse de que comía algo.

—¡Si Marie no le metiese la comida en la boca acabaría muriendo de inanición sobre el teclado del órgano! —solía quejarse el maestro escribano.

La primera vez que la joven Marie le vio interpretar una de sus obras quedó fascinada, pero no sólo por la belleza de la melodía y la perfección armónica. También le dejó muda la estampa que exhibía en el coro de la iglesia. Parecía el arquitecto del mundo, sentado en lo alto, pulsando las teclas y los pedales exactos de su órgano de tubos. A partir de entonces Marie tomó por costumbre quedarse un rato, tras dejar el almuerzo en la mesita donde Charpentier tenía los carboncillos y las partituras en blanco, para escuchar cómo iba dando forma a sus composiciones. Se acurrucaba al pie de un confesionario vacío, cerraba los ojos, acariciaba su vientre hinchado y, al poco, volaba por el crucero, mecida por la música que lo invadía todo.

En casa del maestro escribano trataban a Marie como a una más de la familia. Por eso todos estaban con ella el día del parto, cuando sus gritos se fundieron con los primeros llantos de Matthieu. La joven sirvienta sabía que se moría, y sólo quería que la señora le prometiese que trataría al bebé como si fuera suyo.

—Será como si hubiese tenido gemelos, Marie —le tranquilizó la esposa del maestro escribano, quien unos pocos días antes había dado a luz a un niño llamado Jean-Claude.

Marie cerró los ojos para siempre y Matthieu recaló en una casa que no le pertenecía. En el hogar de un intelectual acomodado que se ganaba la vida confeccionando documentos oficiales para los miembros del Parlamento. Cierto es que no era el tipo de padre que habría deseado para su hijo adoptivo una vida consagrada al violín, pero pronto aceptó que nadie puede esquivar su destino.

Desde el día en que nació, Matthieu mostró una atracción enfermiza por todo aquello que estuviera relacionado con la música. Chillaba hasta que a su madre le dolían los oídos para que le aupase a la ventana cuando pasaba por la calle algún flautista ambulante, y era capaz de llorar durante horas hasta lograr que alguien le llevase a ver ensayar a su tío. Parecía arrancar sonido a todo aquello que llegaba a sus manos: tan pronto hacía ulular los vasos rozando el borde con la yema de su pequeño dedo índice, como se pasaba horas golpeando la mesa con una cuchara siguiendo el ritmo de alguna pieza que había escuchado una sola vez y que su mente repetía de forma obsesiva. Pero fue en la fiesta con la que celebraron su quinto cumpleaños cuando ocurrió algo que le marcó para siempre.

Aquella tarde de agosto el sol azotaba la casa. Cuando llegó el último invitado, el pequeño Matthieu —a quien nadie había visto desde hacía un rato—, se presentó en la sala mostrando en su rostro la emoción de los artistas que se exhiben por primera vez ante su público. Llevaba en la mano un palo de medio metro, con el que su madre removía el agua, la grasa y la sosa en la marmita que usaba para hacer jabón. Lo colocó sobre el hombro, miró de reojo a los demás y comenzó a simular que tocaba el violín mientras canturreaba una melodía popular francesa. Los movimientos que ejecutaba con un arco imaginario sobre el palo eran sorprendentemente acordes con los que un profesional habría llevado a cabo para interpretar aquella canción.

—¡Ya tenemos otro músico en la familia! —decían entre risas para hacer rabiar al padre—. ¡Un violinista de cinco años!

—¡Peligra tu pretensión de perpetuar la estirpe de escribanos! —Todos brindaban con hidromiel especiada—. ¡Comienza la estirpe de compositores!

—Hacedme el favor de callar —repetía el maestro escribano con forzada desgana—. Sois todos más niños que él.

Marc-Antoine Charpentier no se tomó a broma aquella primera actuación pública de su sobrino. No le había pasado inadvertido que Matthieu oía las cosas de distinta manera que el resto. Más de una vez se había quedado observándole mientras el pequeño se concentraba para no perder el hilo de algún sonido apenas perceptible, o mientras reproducía una secuencia rítmica extraída del golpeteo del viento contra la ropa tendida o del martillo lejano de un herrero. Lo sentó sobre sus rodillas. No podía disimular una abierta sonrisa de satisfacción. Pegó su gran nariz a la pequeña y respingona del niño.

—Algún día te enseñaré cómo se debe amar a la música para recibir el mismo amor de ella —le prometió.

—Más vale que tu tío se conforme con amar a la música —ironizó el maestro escribano desde el otro extremo de la sala, defendiéndose de las burlas del resto—. No hay mujer en toda Francia que le soporte.

Los demás soltaron una carcajada.

—Lo que ocurre es que las mujeres francesas no están preparadas para tanta sensibilidad —le defendió una de las primas.

—¡Otra jovenzuela que lee a Shakespeare! —protestó el maestro escribano—. Ese inglés os tiene hechizadas con sus versos.

—Mi querido hermano no entiende que la música nos penetra de forma doble, en una orgía de carne y espíritu —sentenció Charpentier—. ¿Qué mujer podría darme eso?

—¡Ya basta de hablar de orgías y de mujeres francesas! ¡Y comed, que se va a enfriar el cerdo! —gritó la madre.

Charpentier se dirigió de nuevo a su sobrino. Permanecía dócilmente sentado sobre sus rodillas, con el palo de remover el jabón en la mano.

—Escúchame bien, Matthieu —le pidió con toda la profundidad que albergaba su voz. Había llegado el momento de hacerle partícipe del secreto que le había sido revelado a él muchos años antes, por el cual había consagrado su vida a la composición—: La música es el vehículo escogido por Dios para proyectarnos su amor. No olvides nunca que cada nota, y también cada silencio, es amor divino en estado puro.

Amor divino en estado puro…

En estado puro…

Aquellas palabras resonaron en su mente durante unos segundos. Fue como si sus padres, sus otros tíos, su hermano Jean-Claude y las primas adolescentes hubieran interrumpido el festejo y enmudecido momentáneamente para dejar paso a aquella revelación que marcó su existencia futura.

El maestro escribano accedió a que Charpentier enseñase a Matthieu y a Jean-Claude los rudimentos del solfeo y, ya el primer día, ocurrió lo inevitable: los dos hermanos descubrieron que querían dedicar cada minuto de su existencia a la música. Aprendieron a leer una partitura al mismo tiempo que memorizaban el alfabeto. Para ellos las notas no eran sino otras letras que, sobre el pentagrama, conformaban palabras y frases que transmitían sentimientos. Durante los años que siguieron, Charpentier también les enseñó armonía y composición, los fundamentos del contrapunto e historia de la música, además de seguir de cerca su evolución con el violín. No podía estar más orgulloso de ambos, aun cuando era consciente de sus diferencias. No cabía duda de que Jean-Claude era un buen intérprete, pero el rebelde Matthieu estaba tocado por la vara de algún dios. Era como si el propio Apolo le hubiese brindado el amor incondicional de las nueve musas de su coro celeste.

El compositor sabía bien cómo educarlos, más allá de las clases y de las largas horas de ejercicios. Le gustaba llevarlos a casa de un luthier parisino que tenía fama de fabricar los violines más delicados de Francia para que se familiarizasen con el instrumento desde que éste no era sino un pedazo de madera. Matthieu disfrutaba observando cómo el artesano acariciaba las piezas con el cepillo. Les iba robando virutas finísimas, tanto que permanecían flotando en el aire durante unos segundos antes de caer al suelo, y pasaba las yemas de los dedos por cada rincón del violín recién pulido como si estuviera examinando los hoyuelos de una mujer. Tiempo después, el propio Matthieu se sorprendería a sí mismo en más de una ocasión acariciando a sus amantes como si lo que tenía entre sus manos fuera un instrumento de la más refinada madera de cedro.

Las visitas a casa del luthier no eran las únicas salidas que hacían juntos los tres. Cuando Jean-Claude y Matthieu abandonaron la pubertad comenzaron a acompañar a su tío a las reuniones de eruditos que se celebraban cada miércoles en el palacete de la duquesa de Guise, la mecenas del compositor. Madame de Lorraine, que así se llamaba la duquesa, abrió las puertas de su casa a Charpentier el mismo día en el que éste, muchos años atrás, había regresado de Italia tras aprender todo lo que pudieron enseñarle los más afamados músicos romanos de la época. Charpentier había vivido desde entonces bajo su protección, por lo que no se permitía faltar a ninguna de aquellas reuniones semanales que convocaban en el palacete a los músicos y pensadores más audaces de la ciudad. Jean-Claude y Matthieu esperaban con ansia cada cita. Les fascinaba estar en la misma habitación que todos aquellos genios de las artes, aun cuando su tío los obligase a permanecer discretamente en un rincón.

En los últimos tiempos el tema recurrente de las reuniones era la alquimia, una materia oscura que tenía fascinados a su tío y a sus compañeros de debates. Matthieu siempre recordaría lo que ocurrió en la última reunión a la que asistió antes de que todo su universo comenzase a cambiar. Los asistentes ya habían empezado a disertar cuando apareció el doctor Evans, un médico inglés que se había incorporado al grupo al poco de afincarse en París, unos meses antes.

—¿Pensabais comenzar sin mí, ingratos compañeros? —exclamó el doctor Evans desde la puerta, quitándose la capa con un movimiento estudiado.

—¿Quién sino vos podría guiarnos por los intrincados caminos de la alquimia? —contestó la duquesa, secundada por la sonrisa de todos.

—¡Abrid ya vuestro libro maldito! —exclamó Charpentier con impaciencia, refiriéndose a un fascinante volumen titulado La fuga de Atalanta que el inglés traía bajo el brazo a cada reunión.

Se trataba de una obra, escrita medio siglo antes por un alemán llamado Michael Maier, que fundía de forma muy sugerente la alquimia con la música. Era lógico que hubiese logrado hechizar al grupo de la duquesa. Estaba plagada de textos ilustrados con innumerables grabados y con cincuenta partituras de otras tantas fugas compuestas por el propio Maier, por lo que incitaba a pensar, a contemplar y a escuchar al mismo tiempo. Matthieu nunca había visto a su tío tan obsesionado con algo como lo estaba con aquellos enigmas musicales.

El doctor Evans abrió el libro por una página señalada y todos comenzaron a disertar sobre el misterio que encerraba uno de los epigramas. Al poco, Charpentier se sentó al clavicémbalo para interpretar la pieza hermética que acompañaba al fragmento. Poco después, cuando todos los asistentes y la propia duquesa se hallaban sumidos en un estado cercano a la hipnosis, idóneo para llegar al fondo del jeroglífico alquímico, el doctor Evans se levantó de su sillón, se acercó a Charpentier y le dijo algo al oído. No esperó respuesta. Continuó andando con disimulo hacia el otro extremo de la sala sin que los demás, salvo Matthieu, se percatasen de su acto.

Aquella noche, Matthieu y Jean-Claude regresaron a la pequeña casa que compartían en un barrio del centro de París sin saber que aquellas palabras furtivas, pronunciadas con acento inglés al oído de su tío, habrían de cambiar no sólo sus propias vidas, sino las de todos aquellos que los rodeaban.

Capitulo 2

2

T odo comenzó unos meses después, en pleno verano de 1684. Matthieu había cumplido veinte años, y entre interminables horas de estudio, días completos practicando la digitación, visitas a casa del luthier y reuniones en el palacete de la duquesa de Guise, se había convertido en algo más que una promesa del violín. Para entonces ya era un verdadero maestro con una brillante carrera por delante. Con todo, su tío estaba cada día más preocupado; al joven músico le subyugaba el ambiente de fiesta, el lujo y el desvarío que invadía la corte de Luis XIV. Su única meta era formar parte cuanto antes de la orquesta que se conocía como «Los veinticuatro violines del rey» para, con el tiempo, llegar a convertirse en intérprete solista en las funciones reales. Esa ambición ciega no satisfacía en absoluto a Charpentier. Habría dado cualquier cosa por que Matthieu fuese como Jean-Claude, quien se concentraba en mejorar su preparación como violinista sin pensar en otra cosa que no fuese la música en sí misma. Lo peor de todo era que, aunque hubiese querido, jamás habría podido ayudar a su amado sobrino a conseguir su sueño versallesco.

El prestigio como compositor de Charpentier era indudable y reconocido por todos, pero a pesar de su maestría musical nunca había accedido a los círculos cortesanos, ni tampoco a los codiciados cargos institucionales que el rey concedía a los más afamados maestros. Todos en París conocían la razón: la duquesa de Guise, su mecenas, era considerada la más feroz detractora del gobierno de Luis XIV.

Ese rechazo nunca preocupó a Charpentier. Incluso lo consideraba beneficioso, ya que le sumió en un hermetismo que favoreció su creatividad y enfocó su talento hacia otras músicas más dignas que las empleadas para ensalzar al soberano o satisfacer su regio placer. El verdadero problema era que si él estaba vetado en la corte también lo estaría su sobrino Matthieu, al igual que habría ocurrido con cualquier otro miembro de su familia.

Matthieu nunca aceptó esa imposición. Amaba y admiraba a su tío como compositor, pero no quería parecerse a él como hombre. ¿Por qué había de aceptar su condición de eterno repudiado en Versalles cuando todos los que formaban parte de las orquestas reales tenían muchísimas menos facultades que él? Por ello siguió persiguiendo su sueño por cualquier medio. Incluso había sido capaz de no desvelar a nadie su relación de parentesco con el gran compositor. Ni siquiera se lo había comunicado a los maestros de la escuela en la que recibía clases en calidad de aspirante a músico de la corte.

—¿Cómo puedes negar tu apellido delante de los demás? —se enojaba su tío.

—El mismo Pedro negó tres veces a Jesucristo —le respondía Matthieu con burla—, y ahora tiene encomendada la custodia de las llaves del cielo.

Aquella mañana el joven Matthieu seguía empeñado en alcanzar su propio cielo al precio que fuese. Sabía que su encanto personal era un arma casi tan poderosa como su violín, por lo que no tenía reparos en utilizarlo con cualquiera que pudiese introducirle en Versalles. Esta vez había apuntado alto. Se encontraba en casa de la soprano real; en concreto sobre su cama, con la nuca apoyada contra el barrote de madera que sujetaba el dosel.

Aún no era mediodía y el verano volcaba sobre París una luminosidad paradisíaca. Quizá se debía a que la monarquía se hallaba en su máximo esplendor. El dormitorio de la soprano estaba decorado al estilo de las estancias versallescas. Guardaba un orden exquisito, desde los cuadros de perfecta factura hasta el joyero sobre el tocador, con sus cajoncitos entreabiertos para que se vieran rebosantes de perlas. Alrededor de la cama, en el suelo, se rompía todo protocolo ornamental. Una sobre otra se arrugaban las tres faldas que toda dama vestía: la exterior, conocida como «la modesta», adornada por ríos de cintas; «la tramposa», que servía de barrera para los amantes impacientes, y «la secreta», cuyos ocultos encajes había descubierto Matthieu hacía ya tiempo. Sus ojos se posaron sobre el hombro de la soprano, y después se deslizaron siguiendo la curva del cuello hasta encontrarse con los de ella.

—¿Por qué me miras así?

—Eres una diosa.

—Y tú un arrogante aspirante a músico real que se permite adular a la primera soprano.

Matthieu pasó la mano por la cadera desnuda de la cantante.

—¿Acaso no te gusta?

—Te aprovechas de mi condición de esposa sometida.

La soprano, Virginie du Rouge, había desposado con un capitán de la guardia personal del Rey Sol a quien todos conocían como Gilbert «el Loco», un héroe de la guerra de los Treinta Años mucho mayor que ella que conservaba intacto el aspecto marcial de quien lucha en primera línea, con el bigote atravesado por una cicatriz que le recorría la cara desde el ojo derecho hasta la barbilla. Había que tener arrojo para meterse en su cama.

—Yo también estoy a tus pies —dijo él—. Si me lo pides, ahora mismo juraré que jamás tocaré el violín para ninguna otra mujer.

—No jures en vano. —Le agarró de la mandíbula con cierta violencia—. Eres tan bello…

—¿Vas a cantar el próximo domingo en el Bosquete de Rocallas de Versalles? —le cortó él, haciendo que le soltara.

—Cuando empiece a cantar el aria acercaré un instante la mano a mis senos. Será como si tú los acariciases delante de todos, delante del propio rey.

Matthieu se recostó mirando hacia el techo, como desdeñando la boca ansiosa de Virginie. Ella le lamió el pecho.

—Dentro de poco te olvidarás de mí —siguió diciendo la soprano—, y no sé si podré soportarlo.

Él no replicó. Se limitó a separarle los muslos, a los que el paso del tiempo no había restado firmeza, confiando en que cada centímetro de piel acariciada sería un centímetro más que le acercara a «Los veinticuatro violines del rey» o, como un primer paso, a cualquiera otra de las orquestas de palacio. Estaban los músicos de la Capilla, cerca de ochenta cantantes e intérpretes que tocaban motetes; los de la Cámara, que incluían los «veinticuatro violines» y los «pequeños violines», amén de un clavicordio, laúdes, flautas y varios cantantes; y los de las Caballerizas, un gran grupo de trompetas, oboes, pífanos y tambores que, aparte de apoyar a los de la Capilla y los de la Cámara cuando la magnitud de la obra lo precisaba, interpretaban música al aire libre a cualquier hora del día.

Un rato después, Matthieu se levantó de la cama. Se enfundó a toda prisa el blusón y las calzas, que llevaba más ceñidas que abombachadas, como si de repente le repugnase formar parte de aquella escena. Después de cubrir su desnudez, terminó de arreglarse con más calma. La soprano le contemplaba tendida boca abajo. Observó cómo el violinista recogía su coleta negra con una cinta de cuero, cómo se abrochaba cada botón de la pechera y se agachaba para ponerse las botas. Observó, a través de la tela tensa de las calzas, cómo se marcaban los músculos de sus piernas fibrosas. ¿Cómo de un cuerpo tan varonil podía salir una música tan dulce? Los brazos de Matthieu eran fuertes, pero terminaban en unos dedos estilizados que en todo momento mantenían una composición similar a las manos de las esculturas griegas.

Ahora la abandonaba, como cada vez. En el rostro de la soprano se dibujó un gesto de desprecio.

—Me gustaría quedarme —se excusó él—, pero…

—No te justifiques. Cuando me tocas no estás conmigo. Sé bien cuándo hago temblar a alguien, sea un noble o un muchacho soberbio como tú.

—A mí me haces temblar. Eres la reina de la ópera francesa.

—Cuando te conviertas en el rey me cortarás la cabeza antes de que termine de cantar el aria —afirmó, pasándose el dedo índice por el cuello.

—Tengo que irme —dijo, poniendo fin a la conversación mientras se enfundaba la casaca.

—¿Vas a pasar el día con esa jovencita?

—No sé a qué te refieres.

—Hace unas semanas, cuando salía de casa de mi modista en la Cité, vi cómo acompañabas hasta su carruaje a Nathalie, la sobrina ciega de André Le Nôtre, el diseñador de jardines del rey.

—Creo que te equivocas…

—No me insultes, por favor. Esa chica es preciosa, se mueve como una ninfa. Parece mentira que no pueda ver.

—Déjalo ya.

—Supongo que habrás tenido que proponerle melifluos proyectos de vida en común en el palacete de su tío en las Tullerías —insistió en tono de burla.

—He de ver a Jean-Claude —terminó confesando.

—¡Se trata de tu querido hermano Jean-Claude! ¿Qué le pasa esta vez?

—No estoy seguro —respondió Matthieu mirándole a los ojos, en un brote espontáneo de confianza—. Podría ser que hubiera vuelto a enamorarse… —Soltó una breve risotada para recuperar el control—. Seguro que no. No es ese tipo de inquietud la que le invade últimamente.

—Si no le entiendes tú… —murmuró ella.

—Que compartamos el mismo techo y que toquemos el violín juntos no quiere decir que pensemos al unísono —remarcó.

Al decir aquello sintió una punzada de culpa. Jean-Claude era mucho más que un hermano para él. Le había acompañado en todos los momentos de su vida, ya que para ambos la vida era una partitura vacía que ansiaba saciarse de notas y de silencios.

—¿De verdad tienes tanta prisa? ¿Dónde habéis de veros?

A punto estuvo de contestar que el punto de encuentro era la iglesia de Saint-Louis. Habría sido un error imperdonable. Ella, que andaba sobrada de perspicacia, habría relacionado enseguida aquel lugar con el maestro Charpentier, ya que era público que éste utilizaba por las mañanas el imponente órgano del templo jesuita para componer sus misas con tranquilidad. Y si Matthieu no podía desvelar a sus maestros de la escuela de música su parentesco con el gran compositor repudiado, mucho menos podía hablar de ello con su amante cortesana. Bastante arriesgado era que Virginie supiese de la existencia de Jean-Claude, a quien conoció en el mismo baile de carnaval que a Matthieu, en el que ambos hermanos se colaron con tal descaro y altanería que los guardias ni siquiera creyeron necesario confirmar si estaban en la lista de invitados.

—Me voy ya —dijo por fin.

En ese momento se escucharon ruidos que provenían del otro extremo de la casa.

—Más vale que lo hagas —repuso ella.

—¿Ha llegado tu marido?

Imaginó al oficial desprendiéndose de la espada, quitándose la casaca y avanzando hacia el dormitorio con su cicatriz cruzándole el rostro. Le sorprendió que Virginie se mantuviera tan serena, sabiendo que si Gilbert —a

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