Índice
Cubierta
Naturaleza muerta
Agradecimientos
Uno
Dos
Tres
Cuatro
Cinco
Seis
Siete
Ocho
Nueve
Diez
Once
Doce
Trece
Catorce
Quince
Dieciséis
Diecisiete
Dieciocho
Diecinueve
Veinte
Veintiuno
Veintidós
Veintitrés
Veinticuatro
Veinticinco
Veintiséis
Veintisiete
Veintiocho
Veintinueve
Treinta
Treinta y uno
Treinta y dos
Treinta y tres
Treinta y cuatro
Treinta y cinco
Treinta y seis
Treinta y siete
Treinta y ocho
Treinta y nueve
Cuarenta
Cuarenta y uno
Cuarenta y dos
Cuarenta y tres
Cuarenta y cuatro
Cuarenta y cinco
Cuarenta y seis
Cuarenta y siete
Cuarenta y ocho
Cuarenta y nueve
Cincuenta
Cincuenta y uno
Cincuenta y dos
Cincuenta y tres
Cincuenta y cuatro
Cincuenta y cinco
Cincuenta y seis
Cincuenta y siete
Cincuenta y ocho
Cincuenta y nueve
Sesenta
Sesenta y uno
Sesenta y dos
Sesenta y tres
Sesenta y cuatro
Sesenta y cinco
Sesenta y seis
Sesenta y siete
Sesenta y ocho
Sesenta y nueve
Setenta
Setenta y uno
Setenta y dos
Setenta y tres
Setenta y cuatro
Setenta y cinco
Setenta y seis
Setenta y siete
Setenta y ocho
Setenta y nueve
Ochenta
Epilogo
Biografía
Créditos
Acerca de Random House Mondadori
Este libro es una obra de ficción. Todos los nombres, personajes, lugares y hechos son fruto de la imaginación del autor o se emplean de manera ficticia. Cualquier similitud con sucesos, lugares, instituciones públicas o privadas, empresas o personas vivas o muertas es pura coincidencia.
Lincoln Child dedica este libro a su hija Veronica.
Douglas Preston lo dedica a Mario Spezi.
Agradecimientos
Lincoln Child desea dar las gracias al agente especial Douglas Margini por haberlo asesorado constantemente, tanto sobre las fuerzas del orden como sobre guitarras eléctricas. También quiero dar las gracias a mi primo Greg Tear y a mis amigos Bob Wincott y Pat Allocco por sus acertados consejos sobre el manuscrito. Victor S. me hizo el gran favor de darme algunos detalles necesarios. Quisiera expresar mi agradecimiento a las siguientes personas, por contribuir a que la vida de escritor no tenga que ser una vida de monje: Chris y Susan Yango, Tony Trischka, Irene Soderlund, Roger Lasley, Patrick Dowd, Gerard y Terry Hyland, Denis Kelly, Bruce Swanson, Jim Jenkins, Mark Mendel, Ray Spencer y Malou y Sonny Baula. Gracias, también, a Lee Suckno por sus múltiples atenciones. Por encima de todo, quiero dar las gracias por su amor y su apoyo a mis padres, Nancy y Bill Child, a mi hermano Doug, a mi hermana Cynthia, a mi hija Veronica, y en especial a mi mujer Luchie. Asimismo, desearía expresar mi gratitud y reconocimiento a mi pueblo adoptivo de Northfield (Minnesota), que —en el nostálgico catalejo de la memoria— conserva todo el encanto de los pueblos norteamericanos, pero evitando sus limitaciones.
Douglas Preston desea expresar su profunda gratitud a Bobby Rotenberg por la lectura del manuscrito y el acierto de sus sugerencias. A mi hija Selene le agradezco sus inestimables consejos, sobre todo para el personaje de Corrie. Estoy profundamente en deuda con Karen Copeland por su ayuda y su respaldo, ambos enormes. Y a Niccolò Capponi, gracias por tantas, y tan fascinantes, conversaciones literarias, y por sus excelentes ideas. Vaya mi gratitud a Barry Turkus, por llevarme in bici por las colinas toscanas, y a Jody, su mujer. También deseo dar las gracias a algunos amigos florentinos, por servir de contrapeso a muchas horas de soledad frente al ordenador. Son los siguientes: Myriam Slabbinck, Ross Capponi, Lucia Boldrini y Riccardo Zucconi, Vassiliki Lambrou y Paolo Busoni, Edward Tosques, Phyllis y Ted Swindells, Peter y Marguerite Casparian, Andrea y Vahe Keushguerian, y Catia Ballerini. También estoy profundamente en deuda con nuestro traductor italiano, Andrea Carlo Cappi, por su amistad, su defensa de nuestros libros y el acierto de sus consejos sobre esta novela en particular. ¿Cómo no mencionar, por otro lado, a la incomparable Andrea Pinketts? Por último, quiero expresar la mayor gratitud a mi mujer Christine y a mis otros dos hijos, Aletheia e Isaac, por haberme querido y apoyado siempre.
Y, como de costumbre, nuestra especial gratitud a una serie de personas sin las cuales las novelas de Preston y Child no existirían: Jaime Levine, Jamie Raab, Eric Simonoff, Eadie Klemm y Matthew Snyder.
Aunque hayamos situado la novela en el sudoeste de Kansas, tanto el pueblo de Medicine Creek como Cry County, y muchos otros pueblos y ciudades que aparecen en el libro, son ficticios o se usan de manera ficticia, como es también el caso de los personajes que los pueblan. No hemos vacilado en cambiar la geografía y la agricultura del sudoeste de Kansas al servicio de la ficción.
Uno
Medicine Creek, Kansas. Principios de agosto. Atardecer.
El gran mar de maíz amarillo se extiende de uno a otro horizonte bajo un cielo amenazador. Cuando sopla el viento, el maíz cruje y susurra como si tuviera vida propia; y, cuando el viento amaina, el maíz calla. La ola de calor ya ha entrado en su tercera semana. El aire flota encima del maíz como en cortinas temblorosas.
Hay una carretera que atraviesa los maizales de norte a sur, y otra de este a oeste. El pueblo se sitúa en el cruce de ambas. Es un cúmulo de casas tristes y grises que poco a poco se van espaciando a lo largo de las dos carreteras hasta que desaparecen por completo. Un arroyo perezoso con árboles escuálidos en sus orillas llega del noroeste, traza un meandro alrededor del pueblo y desaparece al sudeste. Es lo único curvo en un paisaje de líneas rectas. Al noroeste se eleva un grupo de colinas rodeadas de árboles.
Al sur del pueblo hay un matadero gigante, perdido en los maizales y con los flancos de metal erosionados por años de tormentas de polvo. Las caprichosas rachas de aire recogen de la planta un leve olor a sangre y fumigante y lo transportan en vaharadas hacia el sur. Más lejos, se ven despuntar en el horizonte tres gigantescos silos, como los mástiles de un gran velero extraviado en alta mar.
La temperatura se acerca a los treinta y ocho grados. Lejos, al norte, el horizonte chispea en silencio con relámpagos de calor. La altura de las plantas rebasa los dos metros, gruesas mazorcas se arraciman en sus tallos. Faltan dos semanas para la cosecha.
Cae el crepúsculo. El cielo anaranjado se tiñe de rojo. En el pueblo, unas cuantas farolas parpadean y se encienden.
Un coche patrulla, blanco y negro, va por la calle principal en dirección al este, a la gran nada del maíz, clavando sus faros en la oscuridad. A unos cinco kilómetros, una bandada de buitres aprovecha una corriente térmica para dar lentas vueltas por encima del maíz. Se abaten y vuelven a elevarse en círculos interminables, regulares, inquietantes.
El sheriff Dent Hazen tocó varios botones del salpicadero, lanzando imprecaciones contra el aire tibio que salía por las rejillas. Aplicó el dorso de la mano a una de ellas, pero no enfriaba. La refrigeración se había ido a hacer puñetas definitivamente. Murmurando otro improperio, hizo girar la manecilla y arrojó la colilla al exterior. Fue como abrir la ventanilla de un horno; de golpe el coche se había convertido en un hervidero, con los típicos olores del final de verano en Kansas: tierra y tallos de maíz. Desde ahí se veían los buitres, subiendo y bajando sin descanso sobre la franja agónica de sol que emborronaba el horizonte. Anda que no son feos, los pajarracos esos, pensó Hazen, mirando de reojo el Winchester Defender largo que llevaba en el otro asiento. Con un poco de suerte podría acercarse y enviar a dos o tres al otro barrio.
Frenó un poco y contempló la silueta negra de las aves en el cielo. ¿Se puede saber por qué no se posan? Abandonó la carretera por una de las muchas pistas de tierra llenas de baches que surcaban los miles de kilómetros cuadrados de maizales que había alrededor de Medicine Creek, y, mientras conducía, observó el cielo hasta tener los buitres casi encima. En coche no podía acercarse más. A partir de ahí tendría que ir a pie.
Dejó el coche patrulla aparcado, y si encendió las luces fue por costumbre, más que por necesidad. Una vez fuera del coche, miró el muro de maíz acariciándose los pelos de la barbilla con una mano callosa. Las hileras iban en la peor dirección. Meterse allí iba a ser jodido. La idea de cruzar por tantas filas le daba cien patadas. Estuvo a punto de subir al coche, dar marcha atrás y volver al pueblo, pero ya era demasiado tarde. La llamada de aviso estaba registrada. La vieja Wilma Lowry no tenía nada más que hacer que mirar por la ventana e informar de dónde había animales muertos. Suerte que era la última misión del día, y la recompensa a esas horas de más del viernes por la tarde sería un largo y perezoso domingo de pesca en el lago Hamilton…
Encendió otro cigarrillo, tosió y se rascó, mirando las hileras de maíz seco y preguntándose si lo que se había internado por él, y ahora estaba muerto por la hinchazón y la gula, era una vaca. ¿Desde cuándo el sheriff tenía que ocuparse del ganado muerto? Pues desde cuándo iba a ser, desde que se había jubilado el inspector de ganado y no habían nombrado otro; para qué, si cada año había menos granjas familiares, menos ganado y menos gente. Para la mayoría, tener vacas y caballos era una concesión a la nostalgia. El condado se estaba yendo al carajo.
Pensando que ya había remoloneado bastante, suspiró, se ajustó el cinturón, sacó la linterna de la funda, se colgó la escopeta al hombro y se internó por el maizal.
Ya era tarde, pero nada, que no refrescaba. La luz de la linterna parpadeaba en los tallos, que se sucedían como los barrotes de una cárcel infinita. La nariz de Hazen se llenó de olor a tallos secos, aquel olor tan peculiar a podrido que llevaba grabado en lo más hondo. La tierra estaba tan reseca que al pisarla se levantaba polvo. La primavera había sido lluviosa, y el sol de verano, hasta hacía unas semanas, benévolo. Los tallos le pasaban unos treinta centímetros, altura que pocas veces recordaba haber visto. Parecía mentira que la tierra negra se convirtiera tan deprisa en polvo en cuanto dejaba de llover. De niño se había metido corriendo por un campo de maíz para huir de su hermano mayor, y se había perdido. Dos horas. Recordó lo desorientado que se sintió. Entre las filas de maíz olía a cerrado; era un aire caliente, fétido y que producía picores.
Dio una larga calada al cigarrillo y siguió apartando con irritación las pesadas mazorcas. Como el campo era de una empresa de Atlanta (Buswell Agricon), le daba igual estropearlo un poco. Dentro de dos semanas aparecerían en el horizonte las cosechadoras gigantes de Agricon y empezarían a segar el maíz, llenando las tolvas con media docena de chorros de grano. Luego los camiones se llevarían el maíz al grupo de silos enormes que se veían al norte, y de ahí lo repartirían en tren desde Nebraska a Missouri, para ser engullido por reses atontadas y castradas que a su vez serían transformadas en solomillos bien gordos y con vetas, alimento para gilipollas con pasta de Nueva York y Tokio. A menos que se tratara de uno de esos campos de gasohol cuya cosecha no servía como alimento humano ni animal, sino que se quemaba en motores de coche. Qué mundo.
El sheriff se abría camino sin contemplaciones, fila a fila. Ya se le había congestionado la nariz. Justo después de tirar el cigarrillo, pensó que habría sido conveniente apagarlo. Bah; total, si se quemaban algunos miles de hectáreas de maíz, Buswell Agricon ni se enteraría. Seguro que los ejecutivos nunca habían puesto el pie en un maizal.
Hazen, como casi todos los habitantes de Medicine Creek, procedía de una familia de granjeros que ahora se dedicaban a otra cosa por haber vendido sus tierras a empresas como Buswell Agricon. La población de Medicine Creek llevaba más de medio siglo en declive, y las grandes plantaciones de maíz habían quedado punteadas por granjas abandonadas con ventanas sin cristales, como órbitas muertas mirando el océano vegetal. Hazen era de los pocos que se había quedado, aunque no por amor a Medicine Creek, sino porque le gustaba el uniforme, y que lo respetasen. Le gustaba el pueblo porque lo conocía a fondo, hasta la última persona, el último rincón oscuro y el último secreto inconfesable. No se imaginaba viviendo en otro sitio. Era tan inseparable de Medicine Creek como Medicine Creek lo era de él.
De repente se detuvo y paseó la luz de la linterna por los tallos. El aire polvoriento olía a algo más. Era el aroma de la descomposición. Miró hacia arriba. Los buitres volaban muy alto, justo encima de su cabeza. Faltaban menos de cincuenta metros. El aire estaba calmo, y el silencio era total. Desenfundó la pistola y avanzó con más cuidado.
El olor a descomposición flotaba cada vez más dulce entre los tallos. Hazen vio un claro justo delante. Qué raro. El día se había despedido con una llamarada final. Ya era de noche.
Levantó la escopeta y quitó el seguro con el pulgar, antes de cruzar la última fila que lo separaba del claro. Al principio no entendía nada de lo que veía. La comprensión llegó de golpe.
Al chocar con el suelo, la escopeta disparó una carga de balines que casi rozaron la oreja de Hazen, pero el sheriff apenas se dio cuenta.
Dos
Dos horas después, el sheriff Dent Hazen seguía aproximadamente en el mismo sitio, pero el maizal se había convertido en el inmenso escenario de un crimen. El claro estaba rodeado por lámparas portátiles de vapor de sodio, que lo bañaban todo con su luz blanca y cruda, mientras un generador zumbaba entre el maíz. Los policías del estado habían despejado una vía de acceso, con una zona de estacionamiento donde, sumando coches patrulla, camionetas de los del departamento de pruebas y ambulancias, ya eran varios los vehículos aparcados. Dos fotógrafos iluminaban la noche con sus flashes, y un agente se paseaba en cuclillas por las inmediaciones removiendo el suelo con sus pinzas.
Al mirar a la víctima, Hazen empezó a marearse. Era el primer asesinato de su vida. El último asesinato en Medicine Creek había sido en la época de la Ley Seca, cuando le habían pegado un tiro a Rocker Manning en el río justo en el momento en que estaba comprando una partida de whisky casero. ¿En qué año? ¿El 31? El responsable de los trámites, y de la detención, había sido su padre, pero nada que ver. Aquello era otra cosa. Aquello era una jodida barbaridad.
Dio la espalda al cadáver para observar la vía de acceso, abierta en el maizal para ahorrar medio kilómetro a los policías. Había muchas posibilidades de que por culpa de ella se hubieran perdido pruebas. Hazen se preguntó si era el procedimiento estándar de los policías del estado; suponiendo que hubiera algún procedimiento, porque hasta entonces todo había tenido cierto aire a improvisación, como si los agentes estuvieran tan impresionados por el crimen que decidieran sobre la marcha.
El sheriff Hazen no tenía en gran estima a los policías del estado. ¿Qué eran, en el fondo, sino una pandilla de capullos que iban de duros y siempre tenían las botas como espejos? Pero eso no quitaba que pudiera entender su reacción. Algo así no lo había visto nadie. Encendió otro Camel con la colilla del anterior, y se recordó que en realidad no era su primer asesinato, pues él no pintaba nada. Aunque hubiera encontrado el cadáver, estaba fuera del municipio, y por lo tanto de su jurisdicción. El trabajo correspondía a los policías. ¡Menos mal!
—¿Sheriff Hazen?
El capitán de los policías de Kansas, un hombre altísimo, se acercó haciendo crujir el maíz seco, con las botas negras muy brillantes, la mano tendida y una mueca que pretendía ser una sonrisa. Hazen cogió su mano y la estrechó, molesto por la diferencia de estatura. Era el tercer apretón. Una de dos, o el capitán tenía mala memoria o estaba tan nervioso que se desahogaba así. Probablemente lo segundo.
—El forense ya ha salido de Garden City —dijo—. Debería llegar en diez minutos.
El sheriff Hazen se arrepintió de no haber enviado a Tad. Personalmente, habría estado encantado de renunciar al fin de semana de pesca con tal de no ver aquello. Por otro lado, pensó que podría haber sido un poco demasiado fuerte para alguien como Tad, que en tantos aspectos todavía era un muchacho.
—Aquí se ve la mano de un artista —dijo el capitán, moviendo la cabeza—. Un artista de los de verdad. ¿Usted cree que saldrá en el Kansas City Star?
Hazen no contestó, más que nada porque no se le había ocurrido la idea. Se imaginó su foto en el periódico, y no le gustó. Justo entonces pasó alguien con un fluoroscopio y tropezó con él. ¡Cuánta gente! ¡Joder! Empezaba a haber más personas que en una boda baptista.
Después de llenarse los pulmones de tabaco, hizo el esfuerzo de volver a mirar el cadáver. Le parecía importante fijarse bien antes de que lo recogieran todo y se lo llevaran en bolsas. Se grabó automáticamente en la memoria todos los detalles, a cuál más asqueroso.
Casi parecía un decorado de teatro. Alguien había abierto un claro circular en el maizal. Los tallos rotos estaban apilados pulcramente al borde, dejando libre una zona de tierra y farfolla de unos doce metros de diámetro. La terrible irrealidad del momento no impidió que Hazen admirase la precisión geométrica del círculo, ocupado parcialmente por un bosque en miniatura de estacas de entre medio metro y un metro, clavadas en el suelo con el cruel espectáculo de sus puntas señalando el cielo. En el centro exacto del claro había un círculo de cuervos muertos y empalados, pero no en estacas, sino en flechas indias, todas con la punta tallada. Los pájaros eran como mínimo dos docenas, con la mirada inerte y los picos amarillos señalando el interior del círculo.
Y en el centro del círculo había un cadáver de mujer.
En todo caso, al sheriff Hazen le parecía una mujer, aunque le faltaran los labios, la nariz y las orejas.
El cadáver estaba tumbado de espaldas, con la boca tan abierta que parecía una cueva rosada. Le habían arrancado un gran mechón de su pelo teñido de rubio, y desgarrado la ropa con esmero en infinidad de tiras paralelas. No había concesiones al desorden. Se apreciaba algo raro en la relación entre la cabeza y los hombros, que Hazen atribuyó a que tenía el cuello roto, pero no había morados que hicieran sospechar un estrangulamiento. Si el cuello estaba roto, era por efecto de un giro brusco.
Llegó a la conclusión de que el asesinato se había cometido en otro sitio. El suelo presentaba marcas que morían poco antes del borde del claro, señal de que el cadáver había sido arrastrado. Al prolongar la línea mentalmente, vio un hueco en las hileras de maíz, debido a la rotura de un tallo. Los policías no lo habían visto. De hecho estaban borrando algunas marcas con sus movimientos. Cuando estaba a punto de decírselo al capitán, se lo pensó mejor. ¡Qué ocurrencia! ¡Si el responsable del caso no era él! En el momento en que, como suele decirse, la mierda llegara al ventilador, este estaría soplando hacia otra persona; en cambio, solo con que abriera la boca el viento se le pondría de cara. Como se le ocurriera decir «Capitán, ha destruido usted pruebas», dentro de dos meses lo obligarían a repetirlo en los tribunales delante del capullo que se ocupara de la defensa. Sí, todas sus palabras serían reproducidas en el juicio del loco que hubiera cometido el crimen. Porque a la larga seguro que habría un juicio. No se podía estar tan mal de la cabeza y quedar impune.
Volvió a llenarse de humo los pulmones. Punto en boca. Que se equivoquen ellos. No es tu caso.
Soltó la colilla y la aplastó con el pie. Estaba llegando otro coche a velocidad prudencial, con la luz de los faros brincando por el maíz a causa de los baches. El conductor frenó en el aparcamiento improvisado y bajó. Era un hombre vestido de blanco con una maleta negra. McHyde, el forense.
El sheriff Hazen vio que esquivaba los grumos de tierra seca para no mancharse los zapatos. McHyde intercambió unas palabras con el capitán y se acercó al cadáver para examinarlo desde varios ángulos. A continuación se puso de rodillas y, con gran cuidado, ató bolsas en las manos y los pies de la víctima. La siguiente operación consistió en abrir la maleta negra y sacar un instrumento, cuyo nombre acudió a la memoria del sheriff Hazen: sonda anal. El forense estaba haciendo algo en las partes íntimas del cadáver: tomarle la temperatura. ¡Pues vaya trabajito!
El sheriff Hazen miró el cielo negro, pero ya hacía tiempo que los buitres habían desaparecido. Al menos había alguien que sabía marcharse en el momento oportuno.
El forense y los sanitarios empezaron a envolver el cadáver para su traslado, mientras un policía desclavaba las flechas de los cuervos, les ponía etiquetas y las guardaba en recipientes refrigerados. En ese momento, el sheriff Hazen tuvo ganas de mear. Claro, tanto café… No, era algo más: empezaba a subirle algo ácido por el estómago. Esperaba que no fuera la úlcera de marras, porque no tenía ningunas ganas de echar las papas en presencia de toda aquella fauna.
Miró alrededor, y cuando estuvo seguro de que no lo miraban se internó en la oscuridad del maíz. Recorrió la primera hilera respirando hondo, con la idea de alejarse bastante para que no encontraran su orina y la registrasen como prueba. Claro que para eso no hacía falta apartarse demasiado, porque la curiosidad de aquellos policías no parecía ir más allá de los límites estrictos del lugar del crimen…
Se quedó un paso más allá del círculo de luces. Sepultado en el mar de maíz. Tenía la impresión de estar muy lejos de todo: del murmullo de voces, del zumbido lejano del generador y de la insólita violencia del lugar del crimen. Soplaba un poquito de brisa, un leve movimiento en el bochorno que sin embargo bastó para despertar un susurro en el maizal. Tras una pausa de un minuto para respirar, se bajó la cremallera, gruñó y orinó ruidosamente en el suelo seco. Después de una fuerte sacudida que hizo tintinear su pistola, sus esposas, su porra y sus llaves, volvió a meterlo todo en su sitio y lo alisó.
Al dar media vuelta, vio que el resplandor indirecto de las lámparas iluminaba algo, y enfocó la linterna hacia las filas de tallos. Estaba en la siguiente. Se fijó. Un trozo de tela, prendido en la parte superior de una farfolla seca. Parecía ser la misma tela que la de la ropa de la víctima. Iluminó más tallos, pero no vio nada más.
Se levantó. ¡Y dale! No era su caso. Quizá se decidiera a comentarlo; si no, dejaría que lo encontraran los policías por sí mismos (suponiendo que tuviera alguna importancia, que ya era mucho suponer).
Cuando apartó el maíz para salir al claro, vio que el capitán iba a su encuentro.
—Lo estaba buscando, sheriff Hazen. —Llevaba un GPS en una mano y un mapa topográfico en la otra. Su expresión ya no tenía nada que ver con la de antes—. Felicidades.
—¿Qué pasa? —preguntó Hazen.
El capitán señaló el GPS.
—Según esta lectura, estamos en el municipio de Medicine Creek, exactamente a cuatro metros del límite municipal; es decir, sheriff Hazen, que el caso es suyo. Como es lógico, lo ayudaremos en todo lo que quiera, pero el responsable es usted. Por lo tanto, permítame ser el primero que lo felicite.
Le tendió la mano, radiante.
El sheriff Dent Hazen no se la estrechó. Volvió a sacar el paquete de cigarrillos del bolsillo de la camisa, lo sacudió y se encendió uno en la boca. Solo habló después de inhalar, echando humo a la vez que palabras.
—¿Cuatro metros? —repitió—. ¡Joder!
El capitán bajó la mano. Hazen se decidió a hablar.
—El asesinato se produjo en otro sitio. Después el asesino trajo aquí a la víctima por el maizal, arrastrándola los últimos cinco o seis metros. Siguiendo la fila que empieza en aquel tallo roto, se llega a un trozo de tela que coincide con la de la víctima. Deduzco que el asesino debía de llevarla a las espaldas. Encontrarán huellas mías y el sitio donde he meado en la fila contigua. No hagan caso. Ah, otra cosa, capitán: ¿es necesaria tanta gente? ¡Es un crimen, oiga! ¡No el aparcamiento de una gran superficie! Que se queden el forense, el fotógrafo y el experto en pruebas. A los demás dígales que se vayan.
—Es que tenemos nuestros procedimientos…
—Ahora sus procedimientos son los míos.
El capitán tragó saliva.
—Quiero ya mismo dos perros policía entrenados para seguir pistas. Y que me traigan al equipo forense de Dodge.
—Bueno.
—Otra cosa.
—¿Qué?
—Quiero que sus chicos corten el paso a la prensa, sobre todo a las camionetas de la tele. Reténgalos hasta que hayamos terminado.
—¿Con qué acusación?
—Exceso de velocidad. Es la especialidad de sus chicos, ¿no?
La mandíbula del capitán se puso aún más tensa de lo que estaba.
—¿Y si no van demasiado deprisa?
El sheriff Hazen sonrió, burlón.
—Seguro que sí. Me juego lo que sea.
Tres
Inclinado en su escritorio, Tad Franklin, el ayudante del sheriff de Medicine Creek, se dedicaba a rellenar un montón de formularios que no le sonaban de nada, y a actuar como si el indisciplinado grupo de reporteros de televisión y de periódicos del otro lado del cristal blindado no existiera. Siempre le había gustado que las oficinas del sheriff ocupasen una antigua tienda de oportunidades, desde donde se podía ver pasar a la gente, hablar con los amigos y enterarse de quién iba y venía. Hasta entonces no se había dado cuenta de las desventajas.
La luz cruda de otro caluroso amanecer de agosto había empezado a derramarse por la calle, proyectando las largas sombras de las camionetas de prensa, y dorando la expresión malhumorada de los periodistas. La cosa, tras una noche en vela, empezaba a ponerse un poco fea. La fila que entraba o salía del bar de Maisie, al otro lado de la calle, era continua, pero la comida que servían, por lo demás muy normalita, no parecía aliviar el mal humor, sino agravarlo.
Tad Franklin procuró concentrarse en los formularios, pero era demasiado difícil hacerse el sordo a los golpes en el cristal y a las preguntas, acompañadas de alguna que otra palabrota. La situación comenzaba a ser insoportable. Lo peor sería que despertaran al sheriff de su cabezadita en la celda del fondo. Tad se levantó lo más serio posible y abrió un poco la ventana.
—Les vuelvo a pedir que se aparten del cristal —dijo.
La reacción fue un coro de murmullos irrespetuosos, preguntas a voz en grito y, en general, irritación contenida. Gracias a las letras de las camionetas, Tad sabía que no eran periodistas de la zona, sino de Topeka, Kansas City, Tulsa, Amarillo y Denver. Pues nada, que volvieran por donde habían venido…
Al oír un portazo y una tos, se volvió y vio al sheriff bostezando y frotándose los pelos de la barbilla. Tras atusarse los mechones que se le habían levantado en un lado de la cabeza, Hazen se encasquetó el sombrero con las dos manos.
Tad cerró la ventana.
—Lo siento, sheriff, pero no hay manera de que se vayan.
El sheriff bostezó, saludó tranquilamente con la mano y dio la espalda a la multitud. Desde las últimas filas, un reportero de los de peor genio lanzó una invectiva en que podían distinguirse las palabras «paleto microscópico». Hazen se acercó a la cafetera, se sirvió una taza, bebió un sorbo, hizo una mueca, formó un gargajo en su boca, lo escupió al café y, por último, vertió el contenido de la taza en la cafetera.
—¿Preparo más? —preguntó Tad.
—No, gracias —contestó el sheriff, con una palmada viril en el hombro de su ayudante, y se volvió de nuevo hacia el grupo del otro lado del cristal—. ¿No crees que necesitan algo para las noticias de las seis? Es hora de una rueda de prensa.
—¿Una rueda de prensa? —Tad nunca había asistido ni participado en ninguna—. ¿Y eso cómo se hace?
El sheriff Hazen enseñó brevemente sus dientes amarillos con una risa ronca.
—Sales y contestas a lo que te pregunten.
Abrió con llave la vieja puerta de cristal y asomó la cabeza.
—¿Qué, cómo va?
La respuesta fue una marea humana, y un galimatías de preguntas a pleno pulmón.
Levantó el brazo enseñándoles la palma de la mano. Como llevaba el mismo uniforme de manga corta que la noche anterior, el gesto reveló un semicírculo de sudor que casi llegaba a la cintura. Hazen era bajo, pero a la manera de un bulldog, y por alguna razón infundía respeto. Tad, que lo había visto aflojar los dientes a un sospechoso que doblaba su estatura, pensó: Con los que miden menos de metro setenta, mejor no pelearse. Los periodistas callaron.
El sheriff bajó el brazo.
—A continuación, mi ayudante Tad Franklin y yo haremos unas declaraciones y abriremos un turno de preguntas. ¿Qué les parece si nos portamos todos como gente civilizada?
Hubo un movimiento general de luces encendiéndose, micros en alto, clics de grabadoras y susurros de obturadores.
—Tad, dales un poco de café recién hecho a estos amigos.
Tad miró a Hazen, y al verlo parpadear cogió la cafetera, observó su contenido, lo removió un poco y cogió unos cuantos vasos de poliestireno, que repartió al otro lado de la puerta. Algunos bebían (los menos); otros olían disimuladamente.
—¡Beban, beban! —exclamó Hazen, campechano—. ¡Que no se diga que en Medicine Creek no somos gente hospitalaria!
Algunos sorbos más en un clima de inquietud, y algunas miradas de reojo a los vasos. Parecía que el café hubiera atenuado, e incluso domeñado, el espíritu rebelde de los periodistas. El calor ya era agobiante, a pesar de que solo estaba amaneciendo. No había ningún sitio donde dejar los vasos, ni ninguna papelera adonde tirarlos. En la puerta de la oficina del sheriff había un letrero: PROHIBIDO TIRAR BASURA AL SUELO. MULTA: 100 DÓLARES.
Hazen se ajustó el sombrero y salió a la acera, donde se sometió a las cámaras y observó a la multitud en postura marcial. A continuación les dirigió unas palabras. Refirió el descubrimiento del cadáver en seco lenguaje policial; describió el claro, el cadáver y los cuervos empalados, y, aunque los hechos fueran tan impactantes, logró presentarlos con naturalidad, intercalando con llaneza comentarios que neutralizaron casi todos los detalles truculentos. Tad admiró lo sociable, y aun simpático, que podía ser su jefe si se lo proponía.
El discurso de Hazen, que no duró más de dos minutos, dio paso a una avalancha de preguntas.
—Uno por uno y levantando la mano —dijo—. Como en el cole: al que grite le tocará al final. Empiece usted.
Señaló a un periodista en mangas de camisa e increíble, desmesuradamente gordo.
—¿Hay pistas o sospechosos?
—Estamos investigando algunos datos muy interesantes. Es lo máximo que puedo decir.
Tad lo miró con cara de sorpresa. ¿Qué datos? De momento no tenían nada.
—Usted —dijo Hazen, señalando a otro.
—¿La víctima era de por aquí?
—No. Se está trabajando en la identificación, pero no era de la zona. Se lo asegura uno que conoce a todo el mundo.
—¿Saben cómo fue asesinada?
—Esperamos que nos lo diga el forense. El cadáver ha sido enviado a Garden City. Cuando tengamos los resultados de la autopsia, serán los primeros en saberlo.
El autobús Greyhound que pasaba a primera hora en dirección a Amarillo se acercó traqueteando por la calle principal y frenó ante el bar de Maisie con un chirrido. Para Tad fue una sorpresa, porque casi nunca paraba. ¿Quién podía subir o bajar en Medicine Creek? Quizá más reporteros, de tan baja categoría que ni siquiera podían pagarse un medio de transporte propio.
—Esa señora de ahí; adelante, pregunte.
Una pelirroja que imponía bastante apuntó a Hazen con el micrófono.
—¿Qué cuerpos de seguridad están participando?
—La policía del estado nos ha ayudado mucho, pero, dado que el cadáver apareció en el término municipal de Medicine Creek, los responsables somos nosotros.
—¿Y el FBI?
—El FBI no interviene en asesinatos locales, ni esperamos que se interese por este. Por lo demás, hemos asignado bastantes recursos al caso, entre ellos el laboratorio especial de criminología y la brigada de homicidios de Dodge City, que se ha pasado toda la noche en el lugar del crimen. No teman que intentemos resolverlo Tad y yo solitos. Los dos sabemos gritar, y gritaremos todo lo que haga falta para solucionar lo antes posible el caso con todos los recursos necesarios.
Sonrió e hizo un guiño. De repente el autobús volvió a arrancar, levantando una nube de polvo y humo de motor diésel, y haciendo tanto ruido que hubo que interrumpir la rueda de prensa. Cuando se despejó la humareda, en la acera había un maletín de piel, y junto a él un hombre alto y delgado de negro riguroso, cuya sombra, bajo el sol matinal, se alargaba por medio centro de Medicine Creek.
Tad miró al sheriff de reojo y vio que también lo había visto.
El hombre de negro los miraba fijamente desde la acera de enfrente.
Hazen se recompuso y dijo bruscamente:
—Siguiente pregunta. ¿Smitty?
Señaló la cara llena de arrugas de Smit Ludwig, dueño y periodista del Cry County Courier, el periódico del pueblo.
—¿Ya hay alguna explicación de la… escena? ¿Tenéis alguna teoría sobre la colocación del cadáver y todos los complementos?
—¿Complementos?
—Sí, hombre, lo que había alrededor.
—Todavía no.
—¿Podría ser algún culto satánico?
Tad miró involuntariamente la otra acera. El hombre de negro había recogido el maletín, pero seguía en el mismo sitio.
—No descartamos la posibilidad —dijo Hazen—. Lo que está claro es que el autor no está bien de la cabeza.
Tad vio que el hombre de negro había bajado a la calzada, y que se acercaba con paso tranquilo. ¿Quién podía ser? Pinta de reportero, policía o viajante no tenía, eso para empezar. De hecho, si de algo le vio pinta fue de asesino. Quizá lo fuera.
Observó que el sheriff lo observaba, y que también se habían vuelto algunos miembros de la prensa.
Hazen sacó un paquete de cigarrillos del bolsillo de su camisa y siguió hablando.
—Independientemente de que se trate de una secta, un loco o lo que sea, quiero subrayar (ojo, Smitty, que es importante para tus lectores) que el asesino seguramente no es del municipio, ni quizá del estado.
Al ver que el hombre de negro se había detenido en las últimas filas, le tembló la voz. Pese a que la temperatura ya superaba de lejos los treinta grados, llevaba un traje negro de estambre, camisa blanca almidonada y una corbata de seda muy ajustada al cuello. Aun así, se le veía más fresco que una rosa. La mirada de sus ojos plateados tenía por destinatario a Hazen.
Todos bajaron la voz.
El siguiente que intervino fue el personaje de negro.
—Una premisa injustificada —dijo.
El silencio era total.
Hazen abrió el paquete sin prisas, lo sacudió para extraer un cigarrillo y se lo introdujo en la boca. No decía nada.
Tad observó al hombre. Era delgadísimo, con la piel casi traslúcida, y unos ojos de un gris azulado tan claro que parecían luminosos. Todo ello le prestaba el aspecto de un cadáver reanimado, de un vampiro recién salido de la tumba. Podía ser, si no un zombi, el sepulturero. En todo caso tenía algo mortuorio. Tad se puso nervioso.
Hazen, que ya había encendido el cigarrillo, se decidió a hablar.
—No recuerdo haber pedido su opinión.
El hombre de negro se internó en la multitud, que lo dejó pasar en silencio, y cuando estaba a tres metros del sheriff volvió a tomar la palabra con el acento meloso del más profundo sur.
—El asesino actúa en el momento más oscuro de la noche, sin luna. Aparece y desaparece sin dejar ningún rastro. ¿Tan seguro está de que no sea de Medicine Creek, sheriff Hazen?
Hazen chupó con fuerza el cigarrillo y expulsó el humo más o menos hacia su interlocutor.
—Lo veo muy entendido. ¿Se puede saber por qué?
—Eso preferiría responderlo en su despacho, sheriff.
El hombre de negro hizo un gesto con la mano, invitando a que el sheriff y Tad entraran los primeros en la pequeña oficina.
—¿Y con qué derecho me hace pasar a mi propio despacho? ¿Por quién coño se toma?
El hombre lo miró sin alterarse, y contestó con el mismo tono almibarado y grave.
—Excelente pregunta, sheriff Hazen, pero, con su permiso, propongo contestarla en privado, como la anterior. Sepa que lo digo por su bien.
Antes de que el sheriff Hazen pudiera contestar, el hombre se volvió hacia los periodistas.
—Siento comunicarles que la rueda de prensa ha terminado.
Tad se quedó de piedra al ver que todos daban media vuelta y se marchaban.
Cuatro
El sheriff se apostó tras su escritorio de formica hecho polvo, mientras Tad se sentaba en su silla de siempre con ganas de ver qué pasaba. El hombre de negro dejó el maletín junto a la puerta. El sheriff le ofreció la silla para visitantes, dura y de madera, en la que (según él) los sospechosos no duraban ni cinco minutos. El desconocido tomó asiento con un movimiento fluido y elegante y, tras cruzar las piernas, se apoyó en el respaldo mirando al sheriff.
—Tráele una taza de café a nuestro invitado —dijo Hazen, sonriendo un poco.
Quedaba para media taza, que fue servida ipso facto. El hombre de negro la aceptó, pero la dejó en la mesa tras un vistazo y sonrió.
—Se lo agradezco mucho, pero lo mío es el té. Té verde.
Tad se preguntó si era un excéntrico o un maricón. Posiblemente lo segundo.
Hazen carraspeó, frunció el entrecejo y cambió la postura de su cuerpo achaparrado.
—Usted dirá. Más vale que sea algo gordo.
Con un gesto al borde de la languidez, el desconocido sacó una cartera del bolsillo de la chaqueta y dejó que se abriera por su propio peso. Hazen se inclinó para mirarla, y volvió a apoyarse en el respaldo suspirando.
—FBI. Me lo tendría que haber imaginado. —Miró a Tad—. Ya han venido los grandullones.
—Sí, señor —dijo Tad. Nunca había visto a nadie del FBI, pero aquel individuo era justo lo contrario de la imagen preconcebida que tenía de ellos.
—Pues nada, señor…
—Agente especial Pendergast.
—Pendergast. Pendergast. Nunca me acuerdo de los nombres. —Hazen encendió otro cigarrillo y lo chupó con fuerza—. ¿Viene por lo del asesinato de los cuervos?
Las palabras salieron con una nube de humo.
—Sí.
—¿Y es oficial?
—No.
—O sea, que viene a título personal.
—De momento sí.
—¿A qué zona pertenece?
—Técnicamente, a la de Nueva Orleans, pero digamos que tengo un convenio especial.
Pendergast sonrió con afabilidad. Hazen gruñó.
—¿Cuánto piensa quedarse?
—Hasta el final.
¿Hasta el final de qué?, pensó Tad. El hombre de negro concentró en él sus ojos claros y sonrió.
—De mis vacaciones.
Tad se quedó mudo de sorpresa. ¿Le había leído el pensamiento?
—¿Sus vacaciones? —Hazen volvió a cambiar de postura—. Pendergast, esto es irregular. Necesitaré una autorización oficial de nuestra zona. Esto no es ningún Club Med para el FBI.
Tras unos instantes de silencio, el hombre que se había identificado como Pendergast dijo:
—Supongo que no querrá que esté aquí a título oficial.
A falta de respuesta, siguió hablando con cordialidad.
—No pienso entrometerme en sus investigaciones. Actuaré con total independencia. Le haré consultas cada cierto tiempo y le facilitaré la información que considere oportuna. El mérito de los arrestos se lo dejo a usted. No pretendo que se me reconozca nada, ni lo aceptaré. Lo único que pido son las atenciones normales entre los cuerpos de seguridad.
El sheriff Hazen frunció el entrecejo, se rascó y volvió a fruncirlo.
—La verdad, a mí me da lo mismo quién se lleve el mérito. Yo lo único que quiero es pillar al cabrón del asesino.
Pendergast dio su aprobación con la cabeza. Hazen chupó el filtro, sacó el humo por la boca y dio otra calada. Estaba pensando.
—Pues nada, Pendergast, que trabaje a gusto durante sus vacaciones. Solo le pido que no se haga notar y que no hable con la prensa.
—Naturalmente.
—¿Dónde se aloja?
—Esperaba algún consejo por su parte.
El sheriff contestó con una risa seca.
—Como no sea en casa de los Kraus, que es lo único que hay en el pueblo… Las cuevas de Kraus. Lo habrá visto al llegar en autobús. Es una casona en pleno maizal, unos dos kilómetros al oeste del pueblo. Winifred Kraus alquila habitaciones en el último piso; claro que últimamente tiene pocos huéspedes, la pobre. Seguro que lo convence para que visite la cueva. Calculo que será el primero en un año.
—Gracias —dijo Pendergast, mientras se levantaba y cogía el maletín.
Los ojos de Hazen siguieron su movimiento.
—¿Tiene coche?
—No.
El sheriff contrajo un poco el labio superior.
—Pues lo llevo.
—Me gusta caminar.
—¿Seguro? La temperatura es de casi treinta y ocho grados, y no lo veo muy vestido para la ocasión.
La expresión de Hazen se había vuelto burlona.
—¿Tanto calor hace? ¿De verdad?
El agente del FBI se dio la vuelta para salir por la puerta, pero a Hazen le quedaba otra pregunta por hacer.
—¿Cómo se ha enterado tan pronto del asesinato?
Pendergast se detuvo.
—Tengo un arreglo con alguien del FBI que me vigila las comunicaciones por cable y correo electrónico de los cuerpos de seguridad locales. Cada vez que se produce un crimen que responda a una determinada categoría, me avisan enseguida. Pero ya le digo que vengo por razones personales. Acabo de terminar una investigación bastante cansada en el este. No le dé más vueltas. Me han llamado la atención las características digamos que… interesantes de este caso.
Algo en su pronunciación de la palabra «interesante» erizó los pelos de la nuca a Tad.
—Ah… ¿Y de qué categoría se trata, si no es mucho preguntar?
En el tono del sheriff volvía a insinuarse un poco de sarcasmo.
—De un asesinato en serie.
—Pues qué raro, porque hasta ahora me consta un solo crimen.
El hombre de negro se volvió lentamente, y posó en el sheriff Hazen la mirada de sus ojos fríos y grises.
—De momento —dijo en voz muy baja.
Cinco
Winifred Kraus dejó el punto de cruz para mirar algo muy raro por la ventana del salón, algo que la asustó un poco. Un hombre de negro se acercaba por el centro de la carretera con un maletín de piel. Aún estaba a varios cientos de metros, pero Winifred Kraus tenía la vista aguda, y supo ver que la intensa luz del verano iluminaba a un personaje de aspecto fantasmal, delgado y sin sustancia. Tenía miedo porque se acordaba de que hacía muchos años, de niña, su padre le había contado cómo vendría la Muerte: cuando menos lo esperara, en forma de un hombre que llegaría tranquilamente por la calle, subiría a su puerta y llamaría. Un hombre vestido de negro. Al mirar sus pies, no se veían zapatos, sino pezuñas. Después se percibía olor a azufre y fuego, y en ese momento la arrastraban a una, entre gritos, al infierno.
El hombre se acercaba a pasos largos y tranquilos, precedido por su sombra. Winifred Kraus se dijo que era una tontería, un simple cuento, y que en todo caso la muerte no llevaba maletín. Pero ¿qué sentido tenía ir de negro en aquella época del año? Con tanto calor ni siquiera el pastor Wilbur se ponía ropa negra. Además, no solo iba de negro sino con traje. ¿Sería un vendedor? Pero ¿y el coche? En la carretera de Cry County no caminaba nadie, ni un alma; al menos desde su infancia, antes de la guerra, cuando aún aparecían temporeros que cruzaban el pueblo a principios de primavera hacia los campos de California.
El hombre de negro se había detenido en la intersección de la carretera asfaltada con el camino de acceso a la casa de Winifred, lleno de baches y polvo. Miró la casa como si se fijase justo en el salón, y Winifred dejó automáticamente el punto de cruz. El hombre ya se había metido en el camino. Se dirigía a la casa. ¡Venía! Y tenía el pelo tan blanco, la piel tan clara, el traje tan negro…
Winifred oyó un golpecito de la aldaba, y se tapó la boca con la mano. ¿Qué hacer? ¿Abrir? ¿Esperar a que se fuera? Pero… ¿se iría?
Esperó.
La segunda llamada fue más insistente.
Frunció el entrecejo. Estaba desvariando. Se levantó del sillón y, respirando hondo, cruzó el salón, abrió con llave y separó un poco la puerta de su marco.
—¿La señorita Kraus?
—¿Sí?
El hombre hizo ni más ni menos que una reverencia.
—¿Por casualidad es la señorita Winifred Kraus, que ofrece acomodo para personas de paso? ¿Y que, según tengo entendido, es una de las mejores cocineras de Cry County?
—Sí, yo misma.
Winifred Kraus abrió un poco más la puerta, encantada de tener delante a un caballero educado y no a la Muerte.
—Me llamo Pendergast.
El hombre le ofreció la mano, que Winifred tardó un poco en coger. Se sorprendió al encontrarla tan tibia y seca.
—Me he asustado un poco al verlo caminando por la carretera. Hoy en día ya no camina nadie.
—He venido en autobús.
De repente Winifred se acordó de sus modales y se apartó de la puerta, abriéndola del todo.
—Perdone. Adelante, adelante. ¿Le apetece un poco de té helado? Con esta ropa debe de tener un calor espantoso. ¡Uy, perdone! ¿No estará de luto…?
—Acepto el té con mucho gusto.
Winifred entró en la despensa, confusa pero extrañamente a gusto, y sirvió té en un vaso con hielo, que, tras la adición de una ramita de menta recién cogida de la maceta del alféizar, llevó al recibidor en una bandeja de plata.
—Aquí tiene, señor Pendergast.
—Cuántas molestias.
—Siéntese, si es tan amable.
Pasaron al salón. Él cruzó las piernas y bebió un poco de té. De cerca, Winifred vio que era más joven de lo que le había parecido, y que su pelo no era blanco, sino de un rubio muy claro. De hecho, quitando el color blanquecino de sus ojos y su piel, se trataba de un hombre guapo y elegante.
—Tengo tres habitaciones de alquiler en el piso de arriba —explicó—. La pega es que el baño es compartido, pero en este momento no hay más huéspedes y…
—Me quedo con todo el piso. ¿Le parecen aceptables quinientos dólares semanales?
—¡Madre de Dios!
—La comida aparte, se entiende. Solo necesitaré un desayuno ligero, y de vez en cuando té y cena.
—La verdad es que es bastante más de lo que suelo pedir. No me parece bien que…
El hombre sonrió.
—Quizá no resulte un huésped fácil.
—En ese caso…
Acabó el té, lo dejó en el posavasos y se inclinó un poco.
—No quiero escandalizarla, señorita Kraus, pero debo contarle quién soy y qué hago aquí. Me ha preguntado si estoy de luto. Como probablemente sepa, ha muerto alguien. Soy agente especial del FBI e investigo el asesinato de Medicine Creek.
Enseñó la identificación por deferencia.
—¡Un asesinato!
—¿No se había enterado? Lo descubrieron anoche, en la otra punta del pueblo. Seguro que el periódico de mañana dará toda la información.
—Madre mía… —Winifred Kraus estaba aturdida—. ¿Un asesinato? ¿En Medicine Creek?
—Lo siento. Si ya no está dispuesta a darme alojamiento quédese tranquila, que lo entenderé perfectamente.
—No, no, señor Pendergast, en absoluto… De hecho, con usted en casa me sentiré mucho más segura. Un asesinato… ¡Qué horror! —Se estremeció—. Pero ¿quién…?
—Lamento tener que defraudarla como fuente de información sobre el caso. ¿Me permite ver las habitaciones? No es necesario que me acompañe.
—¡Cómo no!
Al verlo subir por la escalera, Winifred Kraus sonrió con la respiración ligeramente entrecortada. Qué joven tan educado, y tan… De repente se acordó del asesinato, y se levantó para ir al teléfono. Quizá Jenny Parker supiera algo más. Levantó el auricular y marcó el número meneando la cabeza.
Tras una rápida inspección, Pendergast eligió la habitación más pequeña (la de atrás) y dejó el maletín en la cama. El escritorio tenía un espejo basculante, y delante una jofaina y una jarra de loza. Al abrir el primer cajón, salió un leve aroma a agua de rosas y roble. Estaba forrado con ajados periódicos de principios de siglo que anunciaban aperos agrícolas. En un rincón había un orinal con la tapa al revés, a la antigua. El papel de la pared tenía un motivo victoriano de flores muy descoloridas. Las molduras estaban pintadas de verde, el techo era de madera y las cortinas de encaje hecho a mano.
Volvió a la cama y apoyó una mano en la colcha. Al fijarse en el bordado de rosas y peonías, vio que también estaba hecho a mano. El autor (sin duda la señorita Kraus) había tardado como mínimo un año.
Contempló sin moverse la labor, y respiró el vetusto olor del dormitorio. Al cabo de un rato se irguió y, con un crujido de los tablones, se acercó al cristal traslúcido de la vieja ventana para mirar por él.
Vio el tejado metálico en pésimo estado de la tienda de recuerdos, que quedaba a la derecha, separada de la casa. Detrás había una pasarela de cemento agrietado que bajaba por una grieta oscura. Al lado de la tienda había un letrero des
