Prólogo
Katherine despertó bruscamente. Su corazón latía con fuerza, las sábanas se amontonaban con desorden a su alrededor, y el ligero camisón de hilo se pegaba a su cuerpo empapado por el sudor.
Todavía jadeante, se llevó las manos al vientre de manera instintiva. Necesitaba comprobar que su pequeño seguía a salvo en su interior. No había señales de alarma, todo iba bien, se dijo tratando de tranquilizarse y dominar su respiración. El bebé nacería pronto, y aquella sensación de desasosiego era consecuencia únicamente del nerviosismo y la preocupación propios de una madre primeriza.
Aún debían de faltar varias horas para el amanecer; la luz de la luna se colaba a través de la ventana iluminando la estancia con un mágico resplandor plateado que iba descubriendo a su paso los diversos adornos de porcelana y muebles de diseño exclusivo colocados de manera exquisita a lo largo del dormitorio.
Tanto lujo, ¿para qué?, se preguntó Katherine mientras la visión de la almohada vacía junto a la suya provocaba que una profunda tristeza le oprimiese el pecho a medida que los recuerdos se agolpaban en su mente. No, se dijo. No valía la pena pensar en ello, se convenció sacudiéndose aquellas dolorosas imágenes. Al fin y al cabo, aquel tiempo de felicidad nunca volvería.
Inquieta e incapaz de calmar los oscuros pensamientos que bullían sin control en su cabeza, se levantó de la cama. Tomó una cerilla de la mesita de noche y encendió la mecha del quinqué. El agradable contacto de la alfombra de seda bajo sus pies descalzos guió sus pasos hasta la ventana.
La luna llena bañaba la noche con una luz tenue y misteriosa. Katherine contempló ausente el paisaje de sombras, mientras su piel agradecía el refrescante toque de la brisa nocturna que se colaba a través de los postigos abiertos. Poco a poco la calma que la rodeaba penetró en su interior haciendo que los recuerdos perturbadores, siempre presentes, se replegaran ante el poder hipnótico de la noche.
Y entonces, aquel espantoso alarido surgió de la oscuridad.
Con el alma contraída por un terrible presentimiento, tomó la luz de la mesilla y, echando a correr, rogó al cielo para que sus peores temores no se hicieran realidad.
Poco después, irrumpió en la habitación del ático.
La carrera la había dejado sin aliento.
—¿Molly? —llamó sin resuello, con el corazón en un puño.
No hubo respuesta.
—¡Molly! —repitió cada vez más angustiada, tratando de mantener la calma y localizar a su amiga.
La habitación estaba sumida en la oscuridad.
Katherine alzó la lámpara y rastreó las sombras con ayuda de la luz.
La imagen de Molly tendida en el suelo y el sonido de los gemidos entrecortados le hizo revivir algo acaecido en aquel lugar no hacía mucho tiempo. Algo que había cambiado la vida de Katherine para siempre.
Con movimientos torpes, debido a su avanzado estado de gestación, Katherine se arrodilló junto a su amiga. Dejó el quinqué sobre la tarima, tomó la cabeza de Molly entre sus manos, y la hizo descansar sobre sus rodillas.
Un largo mechón oscuro cubría el rostro aceitunado de la joven. Katherine lo retiró con delicadeza, y la miró a los ojos.
—Katherine… —suspiró aliviada Molly, al encontrarse con el rostro de su amiga—. Ya viene —le informó orgullosa—. Quise avisarte cuando comenzó…
No pudo continuar.
La expresión de Katherine se suavizó.
—Todo irá bien, Molly —la animó, ofreciéndole la mano, mientras sus ojos no podían dejar de observar con preocupación la mancha roja que teñía la alfombra.
Los dedos de las dos mujeres se entrelazaron con fuerza. Su frente estaba cubierta por una fina capa de sudor. Un segundo después, un nuevo espasmo la golpeaba.
Alertados por los gritos, un hombre y dos mujeres de color llegaron corriendo. Pero al ver a su ama arrodillada en el suelo, se quedaron en el umbral sin atreverse a intervenir.
—¡Thomas! —llamó Katherine al percatarse de la presencia de los esclavos, dirigiéndose al único varón del grupo—. Vete a buscar a Owen y dile que el bebé ya viene. ¡Que vaya a por el doctor Steward!
El hombre no se movió. Estaba paralizado contemplando a la joven tendida en el suelo con el camisón ensangrentado.
—¿A qué esperas? ¡Corre!
Una vida de obediencia hizo que la mente del esclavo desechara aquella imagen, y que sus viejas piernas se movieran.
Sin perder un instante, Katherine se volvió hacia la más joven de las mujeres.
—¡Latoya! Tráeme a Nana Lo ahora mismo. Luego hierve agua en abundancia y consigue paños limpios.
La esclava desapareció en el acto.
—Y tú, Olivia —la última esclava que quedaba en la habitación se irguió—, ven aquí y ayúdame a llevar a Molly hasta la cama.
Para cuando terminó de dar órdenes, Katherine ya había comenzado a incorporarse. Colocó el brazo inerte de Molly alrededor de sus hombros y tiró de ella con fuerza.
Y entonces el dolor atacó sin previo aviso.
—¡Dios mío! Ahora no —rogó al cielo doblándose y apretando los dientes para contenerlo mientras luchaba por no soltar a Molly—. Dame un poco más de tiempo, por favor.
Fue como un latigazo. Katherine respiró profundamente y comprobó aliviada que la punzada comenzaba a remitir. Incapaz de incorporarse, buscó a Olivia.
—¿A qué esperas? —apremió a la rolliza mujer de color que permanecía clavada en el mismo lugar, incapaz de decidir a cuál de las dos mujeres debía socorrer—. ¡Ayúdame! —le ordenó, viendo impotente cómo el cuerpo de Molly se deslizaba entre sus brazos.
La arrastraron hasta la cama y se dispusieron a levantarla. Olivia la tomó por los hombros mientras Katherine lo hacía por los pies.
Con un último impulso consiguieron depositar a Molly sobre las sábanas.
Completamente agotada por el esfuerzo, Katherine se desplomó junto a su amiga, entornó los párpados e hizo lo único que le quedaba por hacer: rezó para que la ayuda llegase pronto.
Los alaridos desgarradores de Molly se habían convertido en tibios gemidos cuando Nana Lo, la vieja comadrona de la plantación, entró en la estancia seguida de cerca por Latoya, que venía cargada de jirones de tela y de una palangana con agua.
Nana Lo avanzó despacio. Sus ojos, oscuros y penetrantes, apenas se tornaron un poco más tristes al encontrarse con los de Molly. Los escrutó como si una sola mirada bastase para leer en su interior todo lo que necesitaba saber. Acto seguido palpó el vientre de la joven, y tras una observación que no le llevó más de unos segundos miró a su señora y negó con la cabeza.
Cuando por fin llegaron el doctor Steward y el capataz, acompañados del esclavo que Khaterine había enviado en su busca, Molly apenas se movía.
Recién entrado en la cuarentena, de estatura media, complexión delgada, abundante cabello castaño y unas patillas cuidadosamente recortadas que se prolongaban hasta escasos milímetros de la comisura de la boca, el doctor Steward era la personificación de la pulcritud.
Si algo iba mal, él lo solucionaría, se dijo Katherine, tratando de acallar las voces que martilleaban su cerebro diciéndole que el diagnóstico de la vieja comadrona era correcto.
El capataz, que alertado por el esclavo había ido a buscar al doctor, hizo todo lo posible por evitar mirar a la joven que luchaba por conservar la vida. No quería pensar en la posibilidad de que Molly muriese. Una vez avisado por el esclavo, Owen no había dudado en poner su vida en peligro al galopar campo a través en plena noche para conseguir ayuda. Pero tras cumplir su misión de traer al doctor sano y salvo hasta la plantación, no había nada más que él pudiera hacer. Debía esperar y confiar en que Molly fuese capaz de superar el parto. Durante un breve instante sus ojos se cruzaron con los de Katherine. Bajó la mirada y salió de la habitación. Esperaría en el pasillo.
El doctor contempló brevemente la escena. Con rostro inexpresivo hizo un leve gesto a Thomas para que se acercarse. Se desabrochó la chaqueta y se la tendió al esclavo. A continuación, soltó los puños de su camisa y se la arremangó hasta la altura de los codos. Localizó su estetoscopio en su maletín y se aproximó hasta la parturienta con la misma parsimonia con la que hubiese bebido una taza de café caliente o arreglado las puntas de sus patillas. Después, siguiendo un ritual estructurado por el paso de los años, la auscultó. Colocó el extremo más ancho del cilindro cóncavo de madera sobre su pecho y se aproximó a la enferma hasta que su oreja encontró el lado opuesto del tubo. Tras escuchar unos segundos el latido del corazón y comprobar el pulso con la ayuda de su reloj de bolsillo, examinó los ojos; por último, tanteó el vientre de la joven como poco antes habían hecho las expertas manos de la esclava.
—Lo siento, señora Parrish. El bebé viene mal colocado. Basta con girarlo un poco para sacarlo. Pero necesitamos la ayuda de la madre, y ella no está en condiciones de colaborar. Ha perdido mucha sangre y se encuentra demasiado débil para empujar. No hay nada que podamos hacer.
A diferencia de cuando la esclava comadrona expresó su diagnóstico a su ama, esta vez las palabras del doctor sí llegaron hasta Molly, haciendo que sus ojos se volvieran suplicantes hacia Katherine.
—No te preocupes, Molly. Todo irá bien —la tranquilizó Katherine, intentando mostrar una seguridad que no tenía.
—No dejes que mi bebé muera —rogó con un hilo de voz, mientras una lágrima resbalaba por su mejilla.
—Escúchame bien, Molly —dijo con autoridad sin dejar de mirarla a los ojos—. Nadie va a morir. Te prometo que esta misma noche tendrás a tu bebé entre tus brazos y será un niño sano y fuerte.
Molly dudó un momento, después esbozó una sonrisa y comenzó a cerrar los párpados. Katherine nunca le había mentido.
—… Pero Molly, necesitamos que nos ayudes —se apresuró a decir, elevando la voz, para impedir que su amiga se durmiese—. El bebé te necesita. No podrá hacerlo solo. Tienes que empujar.
Katherine estrechó la mano de Molly. Ella asintió con los párpados e intentó buscar fuerzas.
El doctor no hizo ningún comentario. Rebuscó en su maletín y le tendió un frasco de sales a Katherine.
—Espere mi señal para dárselas. Necesitará toda la ayuda posible.
Cuando estuvo convencido de que Katherine había entendido sus indicaciones, el doctor Steward se preparó para girar al bebé.
Katherine contuvo la respiración.
—¡Ahora! —gritó el doctor con las manos ensangrentadas.
El penetrante aroma de las sales hizo reaccionar a Molly.
—¡Empuja! —la animó Katherine apretando su mano.
—¡Dios mío! ¡Ya está aquí! ¡Un último esfuerzo, Molly! ¡Uno más!
El cuerpo de Molly se tensó y alzó la cabeza tratando de hacer fuerza.
La presión sobre los dedos de Katherine desapareció.
—No puedo… —se rindió, dejándose caer—. No pue…
Iba a desmayarse.
—¡Maldita sea, Molly! —le gritó Katherine fuera de sí, zarandeándola con fuerza—. ¡Empuja!
Segundos después, un potente llanto inundaba la habitación.
Katherine tomó al bebé entre sus brazos, lo limpió apresuradamente y lo envolvió en una hermosa mantita blanca de algodón.
—Te lo prometí —le dijo Katherine con una inmensa sonrisa, depositando a la pequeña junto a su madre y sentándose en una silla que Thomas había colocado junto a la cabecera de la cama—. Es una niña sana y preciosa.
Los ojos almendrados de Molly brillaron fascinados al contemplar a la recién nacida.
La pequeña, ajena al sufrimiento que su venida al mundo había causado a su madre, dormía con placidez. Su carita redondeada tenía unas facciones suaves y delicadas, sus diminutos puños estaban apretados con fuerza, y su piel…
—Sí, Molly —se adelantó Katherine, sin poder contener la alegría, adivinando la preocupación de su amiga—, … es blanca; más blanca que un campo de algodón.
Por un leve instante, la felicidad de Molly pareció infinita. Sin embargo, la piel de su rostro adquiría poco a poco un tono ceniciento y ni tan siquiera la alegría de tener a su pequeña en brazos podía ahuyentar la sombra de la muerte. La vida de su mejor amiga se esfumaba, y ella, Katherine Lacroix, no podía hacer nada para evitarlo.
—¿Sabes, Katty?, siempre tuve un sueño —le confesó mientras la desesperanza arrancaba de raíz todo signo de felicidad.
—Dime, Molly. Sabes que nunca hemos tenido secretos entre nosotras.
A pesar de estar exhausta, tomó aire y habló con un anhelo que Katherine jamás le había escuchado antes.
—Siempre deseé ser libre.
Katherine sintió que aquellas palabras se clavaban como puñales afilados en su alma. Nunca lo había admitido. Simplemente, en el transcurso de los años había llegado a ignorar el hecho de que aquella mujer a la que consideraba su mejor amiga y con la que había vivido desde niña, era una esclava. Se la habían regalado en su séptimo cumpleaños y había permanecido a su lado desde entonces.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
—Pensé que tal vez te negarías.
Molly no apartaba la mirada de Katherine. No había reproche en su voz; sólo una profunda tristeza que hizo que los ojos de Katherine se llenasen de lágrimas.
Había pensado tantas veces en concederle la libertad… De hecho, hacía mucho tiempo que había decidido que la joven de piel bronceada y ojos verdes sería su amiga, pero siempre había tenido miedo. Miedo de que la abandonase una vez que fuera libre.
—Yo nunca te hubiera dejado, Katty —le dijo la esclava adivinando sus temores, utilizando el nombre por el que solía llamarla de forma cariñosa cuando se encontraban a solas—. Tú eres la única familia que he conocido. Y la mejor amiga que nadie pudiese tener.
La joven esclava intentó proseguir, pero el esfuerzo era inmenso.
—Molly, no te canses. Mañana lo arreglaremos todo.
—¡No! Mañana será tarde —se negó por primera vez en su vida.
Katherine fue a decir que no era cierto, que lo peor ya había pasado y que pronto estaría bien. Pero cuando el doctor Steward dio por finalizado su trabajo a pesar de que la hemorragia no se había detenido, Katherine no pudo hablar. Acababa de comprender que no habría un mañana para Molly.
—Nunca hasta ahora te he pedido nada —prosiguió diciendo con un hilo de voz apenas audible—. Pero ahora necesito que me prometas algo —rogó angustiada Molly—. Necesito saber que mi pequeña no sufrirá el mismo destino que yo. Necesito saber que no será una esclava.
Katherine contempló a la recién nacida. Era preciosa, y tan indefensa… La sola idea de que aquella niña se convirtiera en una esclava y tuviese el mismo final que su madre le heló la sangre.
—Eso no ocurrirá —le prometió con solemnidad.
Los párpados de Molly volvieron a cerrarse. No resistiría mucho más. Katherine no podía fallarle. Necesitaba hacer algo. Guiada por aquel deseo de su corazón, largamente reprimido, Katherine se volvió hacia Latoya y le ordenó que le consiguiera papel y una pluma.
Owen Graham, que había abandonado el pasillo tras el nacimiento de la niña, observaba desde el fondo de la habitación sin atreverse a intervenir.
Molly aún seguía consciente cuando Latoya regresó mostrando una hoja arrugada en una mano y un tintero en la otra.
—Lo siento, ama —se disculpó dejando de forma apresurada los objetos sobre la mesilla—. Es lo único que he encontrado.
Molly no aguantaría mucho más.
Sin perder un instante, Katherine tomó el folio ajado y amarillento que le había conseguido Latoya y comenzó a leer a medida que su puño trazaba con precipitación las palabras consagradas con el poder de dar la libertad.
La voz de Katherine se elevó alta y clara.
—Yo, Katherine Lacroix, propietaria de la esclava conocida como Molly desde mi séptimo cumpleaños —la voz se le quebró—, hoy, 10 de junio de 1837, le concedo la libertad. Firmado —siguió diciendo, mientras su nombre tomaba forma con letras amplias—, Katherine Lacroix.
—Doctor —llamó, tendiéndole la pluma—. Necesitó su firma como testigo.
El doctor, que para entonces ya se había lavado la sangre de las manos y se disponía a abrochar uno de los botones de la manga de su camisa, se acercó y firmó sin revelar ningún tipo de emoción. A continuación, el capataz, Owen Graham, el segundo testigo blanco necesario para que el documento tuviese efectos legales, estampó su burda rúbrica.
A falta de un secante, Katherine eliminó con rapidez el exceso de tinta con la falda de su camisón.
—Aquí está. ¡Eres libre! —anunció, poniendo la hoja entre las manos de Molly.
Ella aprisionó el pliego de papel contra su pecho. No sabía leer, pero no lo necesitaba.
La tinta, todavía húmeda, empapó la piel de la esclava, haciendo que las palabras penetraran en su interior y se fundieran con su alma.
Recostó su rostro junto al de su pequeña y con su último aliento musitó:
—Libre…
Katherine rompió a llorar con amargura sobre el cuerpo sin vida de su amiga.
—¡Oh!, ¡Dios mío! ¡Perdóname! ¡Perdóname, mi querida amiga, por haber sido una egoísta!
El doctor Steward, que había permanecido a cierta distancia durante la agonía de la joven, le cerró los párpados. Después se acercó a Katherine y, tomándola de los hombros con suavidad, la separó del cuerpo inerte de la esclava.
Parecía preocupado.
—Señora Parrish, tiene que tranquilizarse. Piense en su hijo…
El doctor no había terminado de hablar cuando una contracción sacudió el cuerpo de Katherine, y un líquido cálido empapó su camisón. Acababa de romper aguas. Su hijo nacería esa misma noche.
El doctor cogió su maletín e hizo un gesto al capataz y al esclavo para que se acercasen.
—¡Rápido! Hay que trasladar inmediatamente a la señora Parrish a su habitación.
Los dos hombres acudieron en el acto en auxilio de Katherine. Demasiado cansada para negarse, ella apoyó sus brazos sobre los hombros de cada uno de ellos, y se dejó llevar.
Estaban a punto de sacar a Katherine de la habitación de Molly para conducirla a la suya cuando Olivia, la esclava de más edad que había ayudado a Katherine a colocar el cuerpo de Molly sobre la cama, se dirigió al doctor solicitando instrucciones sobre lo que debía hacer con la recién nacida.
Apenas miró a la niña un segundo, pero en aquel breve instante la expresión del doctor Steward dejó escapar todo el desprecio y aversión que aquella inocente criatura le producía.
—Llévala al poblado. Más tarde se decidirá qué hacer con ella.
Olivia obedeció.
La niña era más blanca que muchos de los niños de los amos blancos. De hecho, nadie que la viese por primera vez podría imaginar que por sus venas corriese una sola gota de sangre negra. «Pobre —pensó la esclava, sintiendo lástima por la pequeña mientras la tomaba entre sus brazos—. Tendrá una vida desgraciada. Demasiado negra para ser blanca, y demasiado blanca para ser uno de nosotros.» El destino de la hija de Molly no sería mejor que el de su madre.
Las órdenes del doctor llegaron a Katherine como un eco lejano. No tenía fuerzas para pensar. Únicamente quería que aquella larga y terrible noche terminase pronto. Pero el desprecio con que aquel hombre se dirigió a la niña traspasó el velo de dolor que nublaba su mente y le hizo comprender lo que sucedería.
Impulsada por una explosión de rabia que brotó en su interior, se zafó con violencia de los dos hombres que la custodiaban y, antes de que Owen tuviera ocasión de entender lo que estaba sucediendo, Katherine le arrebató la pistola del cinto y le apuntó a la cabeza.
—¡Olivia, dame a la niña!
La esclava estaba paralizada.
—¡Dámela! —gritó.
Owen levantó las manos despacio e hizo un gesto a la esclava para que obedeciera.
Olivia avanzó titubeante hasta su ama y le tendió a la recién nacida.
La pequeña rompió a llorar en cuanto percibió el brusco abrazo de Katherine.
—¡Ella se queda conmigo! —exclamó Katherine con voz gélida y los ojos inyectados en sangre, aferrando a la niña contra su pecho.
El llanto ganó intensidad.
—Señora Parrish, cálmese —intervino el doctor dando un paso hacia delante—. La niña estará bien. Compréndalo, no puede quedarse aquí, éste no es su lugar. Tiene que entender…
Katherine levantó el percutor y apuntó al médico.
—No se acerque —le advirtió, protegiendo a la pequeña con su cuerpo.
El doctor se detuvo.
—¡No! No se moleste en negar con palabras vacías lo que sus ojos no pueden ocultar.
—¡Por favor, señora Parrish!, no sabe lo que dice. Deje que la ayudemos.
—¡No necesito esa clase de ayuda! —gritó, enloquecida—. ¡Fuera de aquí!
Los esclavos, Latoya, Olivia y Thomas, salieron en el acto de la habitación.
Su señora había perdido el juicio.
Nana Lo, que había permanecido apartada, los siguió sin apresurarse. Antes de traspasar el umbral, la vieja comadrona se detuvo y buscó los ojos de su señora. No valía la pena, le dijo la esclava a su ama sin mediar palabra. Las dos sabían que esa niña no permanecería por mucho tiempo en la plantación.
Katherine sostuvo la mirada de la esclava.
—¡He dicho fuera! —repitió furiosa.
Nana Lo negó con tristeza y continuó su camino.
El doctor y el capataz no se movieron.
Owen Graham se había convertido en capataz de los Parrish con apenas veinte años, y en los once transcurridos desde entonces jamás se había atrevido a cuestionar una orden de sus señores. Él sabía muy bien cómo tratar a un negro rebelde, pero esto era distinto. La situación estaba por encima de sus habilidades. El empleado se dirigió al doctor en busca de instrucciones. Él sabría lo que había que hacer.
—No puedo dejarla sola —insistió el doctor sin perder la calma—. Su hijo está a punto de nacer.
—No se atreva a desafiarme… —le advirtió ella conteniendo su furia.
Katherine sostuvo el arma con pulso firme.
—Le juro que no dudaré en dispararle.
El índice de Katherine avanzó hasta el gatillo.
El doctor se detuvo.
Varios mechones de su cabello se habían separado de la trenza y caían enmarañados sobre su rostro. Sus pies descalzos se habían ensuciado con la mancha de tinta que impregnaba el bajo de su camisón, salpicado con la sangre seca de la esclava. El doctor sopesó a su adversaria. Estaba agotada. Daba la impresión de que iba a sucumbir en cualquier momento, pero una observación más detenida, salvando las profundas ojeras, el rostro demacrado por el dolor, la piel pálida y la ropa sucia, advertía del peligro de subestimar a aquella mujer que se erguía altiva y desafiante frente a él, sosteniéndole la mirada con un odio que lo hizo retroceder.
Reconociendo su derrota, el doctor Steward tomó el maletín de la mesilla de noche y salió de la habitación.
Owen Graham lo siguió en silencio.
Cuando todos hubieron salido, Katherine se encerró con llave, soltó el arma y se dejó caer sobre la mecedora. En cuanto el abrazo de Katherine se dulcificó, la niña dejó de llorar, abrió los ojos y sonrió.
Y así, con la sonrisa de la pequeña huérfana y el cuerpo aún caliente de su querida amiga sobre la cama, Katherine esperó la llegada de su hijo.
Molly fue enterrada a la mañana siguiente junto al documento que le otorgaba la libertad en una parcela aislada de la plantación, donde el río formaba un remanso rodeado de árboles que se llenaba de flores en primavera.
Tras el sencillo funeral, Katherine regresó a la habitación de Molly al atardecer. Habían fregado los suelos. La alfombra sobre la que horas antes había encontrado a Molly ya no estaba, y la sobrecama cubierta de sangre había desaparecido. Pero a pesar de la cantidad de agua y jabón utilizados para borrar lo sucedido allí, el suave aroma de Molly seguía impregnando cada rincón.
Con un bebé en cada brazo, Katherine se dirigió a la mecedora de madera colocada frente a la ventana y se sentó. Estaba muy cansada. Después de la llegada de su propia hija, ya en los albores del día, sin tiempo siquiera para poder dormir, todavía había encontrado fuerzas para asistir al funeral de Molly esa misma mañana. Ahora necesitaba descansar. Entornó los ojos y dejó que los cálidos rayos de sol le acariciasen el rostro.
El sol ya declinaba cuando David llegó a la plantación. Tras ser informado de todo lo sucedido, se dirigió en busca de su esposa.
Se deslizó en la habitación sin hacer ruido.
Al ver la cama sin colcha sintió un leve escalofrío. No fue tristeza ante el prematuro y trágico fin de una vida que apenas había comenzado, sino una reacción innata ante la presencia tan cercana de la muerte. Y entonces, mientras aquel cosquilleo lanzaba sus últimos coletazos, la vio.
Katherine dormitaba y no se había percatado de su llegada. Rodeada por aquel cálido resplandor dorado del crepúsculo, le pareció la mujer más hermosa que había visto nunca. Más incluso que el día en que la conoció en Nueva Orleáns, apenas un año atrás. Su piel era aterciopelada, y el pelo castaño y sedoso, recogido en amplios tirabuzones, le caía sobre los hombros, enmarcando el óvalo perfecto de su cara. Sus labios, finos y sensuales, esbozaban una sonrisa.
Pero el hechizo duró poco. En cuanto Katherine sintió la presencia de un extraño abrió los ojos, y al reconocer al intruso sus ardientes ojos de color miel se volvieron fríos como un témpano de hielo.
David vio cómo en un instante un muro infranqueable se levantaba ante ellos y todas sus esperanzas eran arrancadas de raíz.
—Hola, Katherine —saludó cortés.
—David —respondió ella distante—. No te esperaba hasta mañana.
—El doctor Steward me mandó recado informándome de lo sucedido y consideré oportuno adelantar mi regreso.
David aprovechó para estudiar con detenimiento cada uno de los dos bultos que Katherine sostenía amorosamente entre sus brazos.
Las pequeñas se encontraban a cierta distancia. Ambas dormitaban. El sol iluminaba con calidez sus diminutas caritas. Eran preciosas y para desesperación de David, las dos tenían la piel extremadamente blanca.
—Me alegra comprobar que te encuentras bien —continuó diciendo David de forma educada, sin dejar de estudiar a las pequeñas.
—Gracias —respondió ella con fingida gratitud, regocijándose ante el evidente esfuerzo de aquel hombre para descubrir por cuál de las dos niñas corría sangre de color.
—¿Cuál de las dos es tuya? —preguntó por fin, sin suficiente paciencia para seguir el juego que él mismo había comenzado.
Ella lo miró a la cara por primera vez. Los ojos azul claro de él brillaban con intensidad. Un profundo odio los separaba. Por un momento, Katherine creyó que él se lanzaría sobre ella y le arrancaría la verdad. Pero David no se movió.
Entonces Katherine esbozó una sonrisa fría.
—Eso, mi querido esposo, nunca lo sabrás.
1 año antes…
1
Más de mil seiscientos soldados mexicanos a las órdenes del general Antonio López de Santa Anna habían seguido el rastro de las tropas del comandante Sam Houston durante las últimas semanas. Ante la presión, el improvisado ejército texano que comandaba Houston se había visto obligado a retirarse hasta el río San Jacinto, a tan sólo ciento cincuenta kilómetros de la frontera de Texas con Estados Unidos.
Pero tras sufrir durante varias semanas una persecución implacable por parte de los mexicanos, por fin, el 21 de abril de 1836, llegó el momento de la verdad.
Ese día, y a pesar de la gran desventaja numérica, los voluntarios de Houston, acosados y sabiendo que no tendrían más oportunidades, se prepararon para librar su última batalla, y en una maniobra arriesgada burlaron a los rastreadores mexicanos y retrocedieron sin ser detectados hasta una posición elevada de la retaguardia enemiga, que alcanzaron poco antes del amanecer, y allí esperaron.
En el campamento mexicano la actividad fue intensa durante toda la mañana mientras los soldados limpiaban sus armas, cepillaban sus caballos, y se ocupaban de las labores de intendencia. Pero a medida que el sol fue ganando altura, el movimiento fue decreciendo. Llevaban muchos días tratando de dar caza a Houston, y la falta de acción empezaba a hacer mella en los combatientes. Tras el rancho se guarecieron del sol en sus tiendas o buscaron la sombra de un árbol donde descansar. Y en cuanto se recostaron fueron arropados por una tibia y seductora brisa del sur, mientras los pájaros elevaban sus cantos en una melodía que se mezclaba con el sugerente y refrescante murmullo del agua. Agotados por los largos días de marcha, y relajados en la tranquilidad de saberse los perseguidores, sin apenas darse cuenta cayeron en un sueño confiado.
Los texanos no tenían prisa. Mimetizados entre los montículos y la abundante vegetación que rodeaba la cuenca del río San Jacinto, esperaron pacientemente, y cuando el último de los mexicanos cerró los párpados, el comandante Houston blandió su sable y lanzó el grito de guerra que los conduciría a la victoria.
—¡Recordad El Álamo!
Retumbó como un trueno en aquella tarde soleada y apacible de primavera. David estaba a pocos metros del comandante cuando éste dio la orden de atacar. Los setecientos cincuenta hombres de Houston surgieron de sus escondites y se abalanzaron sin piedad sobre los desconcertados e indefensos mexicanos como un torrente de muerte.
Y entonces, en ese imperceptible lapso que tardó en seguir a su comandante, David tuvo tiempo de revivir la sucesión de hechos que lo habían llevado hasta aquella batalla que decidiría el destino de Texas.
Todo había comenzado dos meses atrás. Exactamente el 23 de febrero de 1836. El día en que el general mexicano Antonio López de Santa Anna y su ejército de cuatro mil hombres iniciaban el asedio de El Álamo, una vieja capilla en San Antonio, Texas, donde ciento ochenta y siete hombres bajo el mando de William Barret Traves y James Bowie se habían atrincherado en su lucha por la independencia de Texas.
La noticia del asedio de El Álamo se extendió con rapidez por cada rincón de Estados Unidos, convirtiéndose en un símbolo de resistencia. Contagiados por una ola de patriotismo, cientos de individuos de distintas condiciones sociales abandonaron sus hogares y partieron en ayuda de aquellos que, aunque superados en número y sin la menor posibilidad de vencer, no estaban dispuestos a rendirse. David se encontraba en su plantación de Virginia cuando se enteró de lo que sucedía en El Álamo. Su preparación militar y condición de oficial le habían otorgado la experiencia suficiente para comprender que aquellos valientes no podrían resistir mucho tiempo sin ayuda exterior. Así que, sin pensarlo dos veces, cabalgó hasta Norfolk, Virginia, para embarcar con destino al puerto más próximo a Texas. No hubo escalas, por lo que, hasta que la travesía llegó a su fin, no tuvo manera de saber que el 6 de marzo, el mismo día en que él abandonaba las costas de Virginia, El Álamo caía. Ninguno de los defensores sobrevivió.
Había llegado tarde. Desencantado y abatido, David se disponía a regresar a casa. Pero entonces llegó hasta sus oídos la noticia de que el comandante Houston estaba reuniendo un pequeño ejército para hacer frente a los mexicanos, por lo que cambió de opinión y decidió unirse a sus tropas.
En esos momentos los integrantes de la partida que había organizado Houston se retiraban al oeste, hacia el río San Jacinto, a pocos kilómetros de la frontera de Texas con Estados Unidos. Decidido a alcanzarlos, David cabalgó hacia el norte y giró al este a la altura de Goliad.
A pesar de las semanas transcurridas desde su paso por aquella ciudad condenada, el recuerdo de los casi trescientos cadáveres de hombres, mujeres y niños en avanzado estado de descomposición apilados en medio de la calle, hizo que la ira volviera a apoderarse de él. Ahora, en la antesala de la batalla, él también estaba ávido de sangre. Sólo quería acabar con aquellos monstruos que habían sido capaces de asesinar y mutilar sin ningún escrúpulo a tantos inocentes. Elevó al cielo un alarido de odio y espoleó su caballo tan fuerte como le fue posible.
Los texanos cayeron sobre su enemigo inesperadamente. En un segundo el cazador se había convertido en presa y la presa en el más feroz de los cazadores. Amparados en su superioridad numérica, los mexicanos no habían tenido la precaución de preparar sus defensas para un eventual ataque por parte de un enemigo al que consideraban muy inferior, y que durante las últimas semanas se había mantenido en constante retirada.
De repente parecía que aquel improvisado ejército se había multiplicado. Disparaban y hundían sus sables y bayonetas sin que los mexicanos, arrancados de un profundo sueño, tuvieran tiempo de defenderse, limitándose a morir con una expresión de incredulidad y pánico en los ojos.
Alentado por el fragor de la lucha, David se lanzó al galope contra los soldados enemigos. Del mismo modo que los mexicanos en El Álamo y con los colonos en Goliad, David no tuvo compasión. Blandió su sable y, sujetando las riendas de su montura con los dientes, empuñó su pistola con la mano que le quedaba libre. Avanzó a golpe de espada y su acero se cubrió de sangre. Pero los gritos de angustia de los hombres que caían atravesados por él eran incapaces de traspasar el muro de odio que había levantado a su alrededor. Junto a las imágenes de muerte que bullían en su memoria, cualquier resto de piedad que aún pudiera albergar en su interior había desaparecido. La matanza de colonos estadounidenses sólo podía vengarse con sangre.
Los combatientes caían entre el relinchar de los caballos y el zumbido de las balas cortando el aire y arrancando la vida de cuantos se cruzaban en su camino.
Sumergido en aquella escena de muerte, en un primer momento el pequeño grupo de cuatro hombres al galope no llamó su atención. Los jinetes encajaban perfectamente en el cuadro general de caos y destrucción. Salvo por un detalle. ¡Cabalgaban en dirección opuesta a la batalla!
A pesar de la distancia, pudo reconocer al líder el grupo. Era Santa Anna, y parecía que nadie más aparte de él se había percatado de sus intenciones de escapar y abandonar a sus hombres.
En ese mismo momento un soldado aprovechó el desconcierto reinante para encañonar a Houston. El comandante se dio cuenta del peligro, pero a esa distancia y sin tiempo para recargar su arma estaba indefenso.
David se encontraba a más de diez metros cuando apretó el gatillo. La detonación fue seguida por una nube de azufre y de pólvora.
Cuando el humo se desvaneció, el cuerpo sin vida del soldado yacía junto a su fusil.
Sin detenerse, David clavó las espuelas en el vientre de su caballo y se lanzó en persecución de Santa Anna.
El sol teñía de rojo la línea del horizonte cuando los alcanzó.
Un par de disparos fulminó a dos de los tres escoltas del general antes de que éstos pudieran darse cuenta de que los atacaban. David sorteó al tercer hombre y con el impulso de la carrera embistió sobre Santa Anna.
El general fue incapaz de evitar el impacto de aquel espectro surgido de la nada que se abalanzó sobre él arrancándole de su montura. Chocaron contra el suelo y rodaron entre las patas de los caballos. David se incorporó sobre el general y, aprovechando su vacilación, lo inmovilizó bajo el peso de su cuerpo. Con la conciencia nublada por el golpe, Santa Anna se limitó a mirarlo mientras el joven estadounidense desenvainaba su sable para darle el golpe final.
En ese momento el último de los oficiales, al que David temerariamente había desdeñado, desenfundó su arma y disparó.
La bala le atravesó el costado. Aturdido por el dolor, intentó incorporarse, pero el hombre de Santa Anna ya estaba sobre él. La bayoneta le perforó el muslo y alcanzó el hueso con la misma facilidad con la que hubiese cortado un bloque de mantequilla. Todavía desorientado, aulló de dolor, y sólo la rabia que fluía por sus venas impidió que se desmayara cuando el mexicano arrancó el acero para darle la estocada final. Pero en el mismo instante en que la hoja bañada con su sangre tomaba impulso para rematarlo, se giró sobre sí mismo y con un único y preciso movimiento hundió su sable en el pecho del oficial.
No sabía cuánto tiempo había pasado inconsciente, pero al comprobar que estaba tendido en un camastro y que la lona de una tienda de campaña le servía de refugio, supo que la batalla había terminado.
No había acabado de abrir los párpados cuando una voz tranquila y amistosa lo saludó.
—Me alegra comprobar que se encuentra mejor, teniente Parrish.
Todavía adormecido, David necesitó unos segundos para que la niebla que empañaba las facciones del hombre sentado frente a él desapareciera.
—Comandante —logró balbucear, al reconocer el característico hoyuelo del mentón, haciendo un esfuerzo por incorporarse.
El dolor le obligó a detenerse.
—Descanse, soldado.
David obedeció agradecido.
—¿Y la batalla, señor? —preguntó, recostando su cuerpo lentamente sobre la almohada.
—Vencimos.
A pesar del fuego que ardía en sus heridas, David logró que sus labios dibujaran una sonrisa.
—Nuestro ataque fue un éxito —continuó informando el comandante—. El campamento mexicano se sumió en el caos. Con el río bloqueándoles la huida y nuestros soldados cargando sobre ellos por sorpresa por su retaguardia, fueron incapaces de formar filas. En menos de una hora los aniquilamos.
—¿Y nuestros hombres, señor?
La expresión del comandante se tornó grave.
—Por desgracia perdimos a nueve valientes.
—Nueve… —susurró David con una mezcolanza de tristeza e incredulidad.
Aunque consideraba milagroso que sólo hubiesen muerto nueve de los suyos en aquella sangría, le parecía un precio demasiado alto.
—Bueno, hasta hace un momento llegué a temer que fuesen diez —añadió Houston, visiblemente satisfecho ante la recuperación de su teniente—. Habría sido una tragedia perder a un hombre de su valía.
David se ruborizó.
—Señor, no hice nada. Sólo cumplí con mi deber.
—No sé qué decir, joven —contestó divertido el comandante Houston dándole una palmadita en el hombro—. Me salvó la vida y aún tuvo tiempo para impedir que Santa Anna se escapara y tuviera oportunidad de reclutar un nuevo ejército, que en pocos meses habría vuelto a convertirse en una seria amenaza para Texas y Estados Unidos. Y sin embargo, en estos momentos y gracias a usted, podemos celebrar que ese hombre se encuentre a buen recaudo en prisión. Y es más: si alguna vez quiere regresar a su país, no le quedará más remedio que firmar la declaración de independencia de Texas.
La victoria del comandante Houston sobre los mexicanos había dado lugar al nacimiento de una nueva república, estableciendo los cimientos para que nueve años más tarde, en 1845, Texas abandonara su breve viaje en solitario para pasar a convertirse en el estado número veintiocho de los Estados Unidos de América.
Más tarde, David supo que había permanecido inconsciente dos días. A la mañana siguiente de la batalla, una patrulla localizó a Santa Anna maniatado en un árbol. Junto al general yacía inconsciente un teniente del ejército texano, y los cuerpos sin vida de tres oficiales mexicanos.
David ni siquiera recordaba haber atado al general. Ahora, al saber que había contribuido a que Santa Anna estuviera preso, por primera vez desde que desembarcó en Texas sintió que había saldado la deuda contraída con los hombres y mujeres asesinados en la lucha por la libertad de Texas. Por fin era libre para regresar a casa.
Varias semanas después el peligro de infección desaparecía, las heridas del costado y del muslo cicatrizaban, y David comenzaba a caminar con ayuda de muletas. Un mes más tarde, en cuanto su pierna se recuperó lo suficiente para permitirle montar, emprendía el largo viaje a caballo que lo llevaría de vuelta a Virginia.
2
El sol rozaba el cenit cuando David llegó a Nueva Orleáns. A pesar de ser sólo la última semana de mayo, los edificios que se alineaban a lo largo de Royal Street a duras penas conseguían proyectar un pasillo de sombra lo suficientemente amplio para ofrecer refugio a los sofocados viandantes: carros, coches de paseo, trabajadores, esclavos y señores, todos iban y venían apresuradamente haciendo sus últimos recados antes de retirarse al frescor de sus casas, donde permanecerían durante las horas del mediodía, cuando el calor y la humedad unían sus fuerzas al máximo. David no era una excepción. Estaba cansado, llevaba varios días cabalgando, y su pierna, aunque mucho más recuperada de lo que hubiese esperado, le dolía. Su ropa estaba cubierta por una costra de tierra y suciedad, y por si eso no fuera suficiente, el cuerpo le hervía de picor.
El final de su trayecto lo había conducido a través de los pantanos infestados de mosquitos que surgían por doquier en las proximidades de Nueva Orleáns. David llevaba suspirando por un buen baño y una cama mullida desde que salió de su hogar en Virginia hacía casi tres meses. Y más aún después de que hasta el más diminuto y miserable de los residentes alados de las cenagosas lagunas que se formaban en el delta del Mississippi decidiera tomarlo como diana y acribillarlo a picaduras. Pero el encuentro con el baño de espuma aún debía esperar.
Tras retirar tres mil dólares del edificio de paredes vainilla y contraventanas verdes que servía de sede al banco del estado de Louisiana, avanzó en dirección al río por Conti Street.
Embutida entre dos edificaciones de tres pisos y largas hileras de ventanas, la estrecha casa de dos alturas destacaba con su atrevida fachada amarilla y el toldo rayado de color añil. Al igual que cuando desmontó para ir al banco, un dolor agudo y frío cruzó su pierna derecha cuando se vio obligada a sostener el peso de su cuerpo. David apretó los dientes y asió con fuerza las riendas. Fue como si mil agujas atravesaran su pantorrilla y se le clavaran en el hueso. La intensidad del dolor disminuiría con rapidez. Ya le había pasado antes. Sólo debía quedarse quieto y esperar.
Sintiendo aún el fuerte eco del dolor propagándose desde la herida, David ató su caballo en un poste que quedaba bajo la sombra de un árbol y se encaminó hacia la puerta. Para cuando su mano alcanzó el reluciente pomo de metal, el dolor se había convertido en un incómodo cosquilleo.
Aquella mañana Olivier De Hule se levantó cansado. El bochorno apenas le había permitido dormir. Había pasado la mayor parte de la noche rodando de un lado a otro de la cama empapado en sudor, sin parar de refunfuñar ante el preludio de lo que se le avecinaba. Noches de insomnio que se prolongarían hasta mediados de septiembre, cuando el aire caliente y cargado de humedad proveniente del océano por fin sucumbiría ante la llegada del otoño, y las noches de Nueva Orleáns refrescarían, permitiendo a sus desesperados y agotados habitantes reconciliarse con las sábanas.
Cuando bajó la escalera y se dirigió al taller que tenía en la parte trasera de la casa, situada en el mismo corazón del barrio francés, se sentía de un humor pésimo. Ni siquiera el desayuno a base de tostadas con mantequilla, café y huevos revueltos había conseguido subirle el ánimo. Tenía el convencimiento de que le esperaba un duro día por delante. Tal vez debería hacer las maletas y trasladarse al Norte, donde las personas civilizadas podían descansar en verano y abrigarse al calor del hogar en invierno, pensó, molesto aún por la noche de vigilia. Todos los años se decía lo mismo, pero sabía que le resultaría imposible abandonar Nueva Orleáns, y menos aún el barrio francés, para ir a vivir entre los estirados y fríos señoritos del Norte.
A pesar de haber sobrepasado los cincuenta, Olivier De Hule no se había resignado a perder la batalla que su cuerpo libraba contra el paso del tiempo. Coqueto como nadie, todas las mañanas teñía de betún una por una las canas que blanqueaban su cabello oscuro, y lo embadurnaba con fijador hasta que las púas de su peine de madera quedaban perfectamente alineadas en su mata de pelo que, aunque cada vez más escasa, aún conseguía cubrir con éxito cada palmo de su cabeza. Su cuerpo delgado, vestido al detalle, sus movimientos cuidados y una voz limpia llena de vitalidad parecían haber detenido su reloj biológico en algún punto indeterminado. Olivier nunca se había casado. Y no le importaba. Su sastrería era todo cuanto necesitaba en la vida. Lo único que lamentaba era no haber tenido un hijo de su propia sangre al que legar su negocio y su saber.
En el preciso instante en que la aguja de su reloj de bolsillo alcanzaba las nueve y media, Olivier descorrió el picaporte de la puerta principal y giró la placa dorada con la palabra ABIERTO.
Dos horas y media después, a falta de un minuto para las doce del mediodía, ni una sola persona había traspasado el umbral de la tienda. Se disponía a cerrar y retirarse para almorzar cuando el agudo tintineo de la campañilla colocada sobre el dintel le advirtió de la presencia del primer cliente del día. Olivier cerró los ojos y refunfuñó para sus adentros pensando en el pollo salteado con champiñones que le esperaba en la mesa del piso superior.
Desde donde estaba, Olivier no alcanzaba a ver el rostro del hombre que acababa de entrar. Sin embargo, se trataba de un individuo alto. De eso no cabía duda. Tuvo que conformarse con la visión de unos pantalones y una casaca cubiertas de una gruesa capa de polvo, y las todavía más sucias botas de montar pisoteando sin la menor consideración su impoluta alfombra roja.
Sacó su cabeza de entre la pila de camisas que estaba ordenando en el mostrador y salió disparado hacia aquel individuo con la suficiente falta de consideración como para presentarse de semejante guisa ante él. Iba a ponerlo de patitas en la calle cuando la reconoció. Estaba gastada y revestida por una capa de mugre, pero no había duda, reconocería aquella chaqueta entre un millón. Él mismo había dado las últimas puntadas sobre la piel. Y entonces, por primera vez en aquel día, una inmensa sonrisa iluminó el afilado y delgado rostro del señor Olivier.
—¡Monsieur Parrish! —saludó efusivamente, yendo hacia David—. Es un verdadero honor tenerle entre nosotros.
—Señor De Hule —devolvió el saludo David, llevándose la mano al ala retorcida y polvorienta de su sombrero.
—Siéntese, por favor. Póngase cómodo.
Tratando de no hacer ningún movimiento brusco que despertara el dolor de su pierna, David aceptó la invitación y se sentó en una silla próxima de madera blanca, tapizada con un raso de color verde muy pálido que Olivier había acercado hasta él con diligencia. Su pierna derecha consiguió permanecer estirada durante toda la operación y engañar por unos instantes al dolor.
—Leí lo de su hazaña en San Jacinto. Fue impresionante la manera en que capturó usted solo a ese asesino de Santa Anna.
—No ha de creer todo lo que lee en los periódicos, señor De Hule. Tienen la mala costumbre de exagerar.
Olivier sonrió. Tras la derrota de los mexicanos en San Jacinto los periódicos llenaron sus páginas durante semanas. Pero hubo una historia que eclipsó a todas las demás. La hazaña personal de un joven teniente de Virginia que, según relataron ríos de tinta, persiguió en solitario al general Santa Anna y a sus escoltas cuando intentaban huir de la batalla. Horas más tarde les dio alcance. Los soldados que custodiaban al general murieron y el teniente, a pesar de estar herido de gravedad, aún fue capaz de capturar y retener a Santa Anna. Incluso se publicó un dibujo del teniente postrado en la cama recuperándose de sus heridas. Viendo el estado de la pierna de su cliente, casi un mes después de que fuera atravesada, Olivier pensó que aunque fuera por una vez, los periodistas no parecían haber exagerado lo más mínimo.
—Lamento lo de sus heridas. Confío en que se recuperará pronto.
—Pronto pasará —agradeció David, dando unas palmaditas sobre el muslo dañado—. Sólo necesita descanso y un poco de tiempo.
Olivier De Hule guardó silencio. Había escuchado las mismas palabras en cientos de ocasiones, aunque la experiencia le había enseñado que el tiempo y el descanso raras veces conseguían sanar las heridas de guerra.
La forma en que David retiró la mirada indicó a Olivier que ya habían hablado demasiado de temas personales.
—¿En qué puedo ayudarle?
—Desearía un traje de diario para esta misma tarde —dijo señalando su aspecto.
De Hule se encontraba lo suficientemente cerca de David como para poder comprobar el estado de la casaca que él mismo había confeccionado un año antes. La piel se había cuarteado y oscurecido. Sin embargo, disimuló de manera automática la expresión de disgusto tras el largo y cuidado bigote que se había dejado crecer en cuanto las primeras arrugas se habían atrevido a asomar en su labio superior.
—También desearía un segundo traje de diario para el verano, otro de gala, y por último, uno de montar.
—¿Complementos?
—Los que estime necesarios.
—¿Colores?
—A su elección.
Cuatro camisas, zapatos, botas, chaquetas, pantalones, guantes… El iris oscuro y pequeño de Olivier De Hule a duras penas podía contener sus pupilas, que se henchían de felicidad a medida que la lista aumentaba. David Parrish jamás escatimaba en gastos. Sólo quería lo mejor. En un abrir y cerrar de ojos, lo que parecía un horrible día de calor se acababa de convertir en una jornada llena de oportunidades. Monsieur De Hule estudió con rapidez al hombre que tenía frente a él. De más de metro ochenta, David Parrish tenía unas espaldas anchas y bien formadas. Olivier lo había visto crecer. Su aguja había rematado el traje que dio comienzo a una larga relación comercial hacía más de una década. Entonces David era tan sólo un adolescente de dieciocho años que acompañaba a su padre por primera vez a Nueva Orleáns. No necesitaba comprobar sus fichas para saber las medidas. Las conocía al dedillo. Cierto que había adelgazado un poco desde la última vez que lo vio, pero se debía a los duros meses de campaña. En una semana volvería a recuperar todo su peso. Lo miró de arriba abajo y asintió. Tenía exactamente lo que necesitaba.
—Garçon! —llamó chasqueando los dedos a un muchacho que parecía muy ocupado apilando cajas sobre el mostrador.
El ayudante dejó en el acto lo que estaba haciendo y tras escuchar con atención las indicaciones en francés, desapareció tras una cortina.
—Estoy seguro de que le gustará mucho —le informó para evitar un incómodo silencio, mientras esperaba el regreso de su aprendiz—. Le puedo asegurar que es la última moda en Europa. Y el tejido… —suspiró elevando las cejas—. ¡Verdaderamente exquisito!
Un minuto más tarde el joven abandonaba la trastienda con un traje colgado de su antebrazo.
Olivier le lanzó una mirada reprobatoria. ¿Es que nunca iba a aprender? ¿Acaso aquel mozalbete pensaba que llevaba la manta de un caballo? En cuanto tuvo el traje en su poder despidió al muchacho con un movimiento airado de la muñeca. Tras asegurarse de que no había ninguna arruga que desluciera su presentación, lo alzó y se lo mostró a David con la misma delicadeza que si estuviera sosteniendo una bandeja con porcelana china.
A David le bastó una mirada para comprobar que aquel traje era perfecto. Era de un tejido fino de aspecto sedoso, muy apropiado para los cálidos días de verano que, al igual que en Nueva Orleáns, golpeaban los campos de Virginia.
—Como le había avanzado, la tela es el último grito en Europa. Ideal para las calurosas y húmedas tardes de verano —dijo monsieur De Hule, como si le hubiese leído el pensamiento.
David miró el traje otra vez. La chaqueta era de un color difícil de definir entre gris y azul.
—Un refrescante gris perla —se adelantó de nuevo.
—Me gusta.
Antes de que David tuviese tiempo de decir nada más, Olivier depositó el traje sobre un caballete próximo y le invitó a probárselo.
—Gracias, pero no hará falta —declinó, sintiéndose demasiado sucio y cansado para intentarlo—. Estoy seguro de que me servirá perfectamente.
David estaba convencido de que aquel traje había sido confeccionado para otra persona. Pero era probable que el desdichado no hubiera pasado a recogerlo o se hubiera demorado en el pago el tiempo justo para que Olivier De Hule, el sastre con gran sentido para los negocios que vestía a los caballeros de las mejores familias de Louisiana, aprovechara la oportunidad para librarse de él. A David no le importaba. En cualquier caso, era elegante y de buen corte, y a él le urgía vestir como una persona civilizada. Además, aquel hombre delgado de bigote atusado y ademanes estudiados se cuidaría mucho de darle algo que no le sentara como un guante. Lo que David no podía adivinar era que el astuto sastre había confeccionado los trajes para el propio David. Hacía años que lo repetía cada primavera, ya que David acudía anualmente a Nueva Orleáns durante una semana para atender sus negocios relacionados con la venta de su producción de algodón.
Este año, sin embargo, tras recibir las noticias de las graves heridas sufridas por David, Olivier pensó que tendría que vendérselos a algún incauto. Así que rezó como ningún miembro de la familia Parrish por su pronta recuperación.
Concretar los detalles del resto de los trajes sólo les llevó cinco minutos. Un bastón de bambú con empuñadura de plata puso punto final al lote. El traje gris perla y el bastón, junto con los complementos necesarios, se mandarían al instante al hotel, mientras que el resto del pedido estaría listo a más tardar esa misma tarde. Cuando todo estuvo dispuesto, David extendió un abultado fajo de billetes y se marchó.
De camino al hotel, se detuvo un momento en la farmacia de Decatur Street. Esperó con paciencia a que una señora de voz melosa comprara unos caramelos para el estómago a base de anís, y pidió un preparado para las picaduras de mosquito.
A continuación, retomó la arteria principal y se dirigió al hotel. El Royal Omini se había inaugurado el año anterior, exactamente en el mismo lugar que antes ocupó el hotel Saint-Louis. Y a la sazón era el hotel más lujoso de la ciudad.
Tras asegurarse de que su caballo sería correctamente atendido se registró en el hotel, y de inmediato lo escoltó hasta el primer piso un esclavo vestido con elegancia.
Para cuando llegó a su habitación todo lo que había encargado a De Hule ya estaba dispuesto en el interior del armario de forma ordenada. Pidió que le prepararan el baño y que mandaran a alguien para afeitarlo.
Tenía prisa por solucionar el asunto que lo había llevado hasta allí. Pero a pesar de haber enviado una misiva al partir de Texas, comunicándole sus deseos de visitarlo, sería de pésimo gusto presentarse en la casa del hombre más rico de Nueva Orleáns sin previo aviso. Así que escribió una nota expresando su interés en concertar una cita, y se la entregó al esclavo uniformado que lo había acompañado. Las instrucciones eran precisas. Debía ser entregada lo antes posible. Si todo iba como él esperaba, esa misma tarde recibiría la contestación y se establecería la reunión para el día siguiente, y un par de días más tarde podría emprender el tramo final de su viaje a casa.
Mientras un desfile de esclavos portando pesados cubos llenaba la bañera de cobre, otro sirviente se encargaba de afeitarlo.
Tan pronto como le prepararon el baño y lo dejaron a solas, David empezó a deshacerse de su ropa.
Un murmullo de placer escapó de sus labios cuando el refrescante abrazo del agua acogió su cuerpo cansado. A continuación, tomó una pastilla de jabón de una repisa y se frotó a conciencia hasta asegurarse de haber eliminado cualquier rastro del polvo del camino. Una vez limpio, vertió unas gotas del ungüento contra picaduras de mosquitos sobre el agua de la bañera y dejó que hiciera su efecto.
El deseo de rascarse se suavizó como por arte de magia. Por desgracia, David había tenido la necesidad de recurrir a aquel remedio con anterioridad. Era milagroso, de eso no cabía la menor duda, reflexionó, sintiendo cómo la hinchazón disminuía por momentos y el escozor desaparecía. Aunque tenía un inconveniente. Tras su aplicación, un olor fuerte y penetrante acompañaba a su usuario por espacio de un par de horas, lo que dificultaba seriamente su aplicación en una ciudad de gran actividad social como Nueva Orleáns. Pero esta vez a David no le importó permitir que el cargante aroma se pegara a su piel. Al fin y al cabo, no pensaba abandonar aquella habitación hasta el día siguiente. El viaje lo había agotado demasiado. Después del baño se echaría a dormir y no se levantaría de la cama hasta que tuviese que acudir a la cita con el señor Lacroix. A medida que el preparado iba haciendo efecto las heridas de su pierna y su costado dejaron de protestar.
David se dejó seducir por la embriagadora sensación de ingravidez, y antes de darse cuenta se había quedado profundamente dormido.
Unos golpes en la puerta de la habitación lo despertaron. No sabía si había dormido cinco minutos o un par de horas.
Volvieron a llamar.
—¡Adelante!
David reconoció al esclavo encargado de entregar la nota.
—Lo siento, amo —se disculpó.
Desorientado y molesto por la interrupción, David murmuró una invitación para que se acercase.
El esclavo le tendió una carta que sobresalía de su mano enguantada.
Con gran parsimonia, David se sacudió las manos y se las secó con cuidado en una toalla antes de cogerla. El esclavo se retiró ligeramente y esperó. David sujetó la nota con las yemas de los dedos, para impedir que una gota perdida convirtiera los trazos de tinta en un borrón ininteligible.
El señor Lacroix lo invitaba a visitarlo. Todo salía a la perfección. Al día siguiente David acudiría a las seis en punto a su cita, y en un par de días más, a lo sumo, abandonaría Nueva Orleáns.
Estaba a punto de dejar la nota, cuando por algún motivo sintió la necesidad de releerla. Su primera lectura había sido acertada. La reunión estaba prevista para las seis de la tarde en la residencia que monsieur Lacroix tenía en Explanade Avenue. Pero había pasado por alto un pequeño detalle.
La cita era esa misma tarde.
David salió de la bañera de un salto y fue a buscar su reloj de bolsillo.
—¡Maldita sea! —juró al comprobar que le quedaba menos de una hora para arreglarse y llegar a la cita con puntualidad. No tenía tiempo que perder—. ¡Rápido! —ordenó al esclavo—. ¡Trae agua limpia y toallas en abundancia! Tengo que eliminar este apestoso olor cuanto antes.
Recurrió por segunda vez a la pastilla de jabón y permaneció de pie en el interior de la bañera esperando a que el sirviente volviera con el agua.
Se sentía terriblemente molesto. ¿Cómo se le ocurría avisarle con una hora de antelación? ¿Es que ese tal Gastón Lacroix se había vuelto loco?
David seguía refunfuñando y reflexionando acerca de que nunca conseguiría entender a aquellos impredecibles franceses, cuando tres esclavos aparecieron. No había tiempo que perder. Ordenó que lo frotaran a conciencia con las toallas y que volcaran los baldes sobre sus hombros.
Veinte minutos más tarde las cosas no parecían ir tan mal, se dijo más tranquilo, poniéndose una de las camisas que monsieur De Hule le había enviado. Al fin había conseguido deshacerse del desagradable y empalagoso olor y, pensándolo bien, con un poco de suerte incluso podría adelantar un día su marcha de Nueva Orleáns.
Tras abrochar el botón que quedaba en su cintura, David buscó los puños de la camisa y tiró de ellos hasta que el bordado que remataba la manga sobresalió de la chaqueta. Se ató al cuello un pañuelo y se caló el sombrero de copa forrado con la misma tela que el traje.
Tenía buen color. Su piel, muy clara, tras los meses de campaña había adquirido un ligero bronceado sobre el que destacaban aún más sus ojos azules. Su cabello rubio y normalmente corto le había crecido, y aunque sobrepasaba su nuca por más de
