Glosario
ALGORITMO. El contenido que vemos en distintas redes sociales está regido por la mano invisible de los algoritmos. Cada plataforma usa uno distinto. Un significado antiguo de esta palabra es “el proceso de hacer aritmética usando números arábigos”.1 Esta idea se la debemos a los persas, en particular a Al-Juarismi (aproximadamente en el año 825). En la actualidad las computadoras son, principalmente, las encargadas de ejecutar estos algoritmos, y no solamente procesan números, sino también variables lógicas (sí o no) y atributos (alto, medio, bajo), entre otros tipos de datos. Las redes sociales utilizan algoritmos relativamente complejos que clasifican y procesan la información.
BIG DATA. Gran volumen de datos, tanto estructurados como no estructurados. El tamaño de los datos (volumen), los diferentes formatos y tipos de datos (variedad) y la velocidad de sus entradas/salidas2 fueron las tres V presentadas originariamente. Luego ese concepto se amplió para incluir factores más específicos y, a veces, más cualitativos, como la variabilidad de datos (para datos con picos periódicos de flujo de datos), complejidad (para múltiples fuentes de datos relacionados), veracidad (que denota la confiabilidad de la consistencia de los datos) o valor (para ejemplos de conocimiento e interpretación). Una definición más amplia denomina big data a cualquier dato que cause inconvenientes en su procesamiento, gestión, análisis o interpretación.3
BOT. Es una aplicación o programa que ejecuta tareas automatizadas. Un ejemplo sofisticado puede ser Siri, el bot de Apple, que puede realizar varias tareas en los teléfonos celulares. Otros ejemplos son los chatbots, que se pueden encontrar en aplicaciones de mensajería tales como WhatsApp y Telegram. En la actualidad un tipo de bot que resulta muy perjudicial para los usuarios de redes sociales son los denominados socialbots. Tanto individuos como entidades utilizan estos bots, por ejemplo, para aumentar artificialmente su popularidad o para influir en la opinión pública, entre otros usos negativos de esta tecnología.4
CIBERTROPA. Numerosas cuentas que siguen una línea indicada, ya sea para defender, atacar, desviar la atención u otras finalidades. También se definen como actores del gobierno o de partidos políticos que se encargan de manipular la opinión pública online.5
DEEPFAKE. Proviene de deep learning, traducido como “aprendizaje profundo”, una de las corrientes de la inteligencia artificial. En este caso, es el aprendizaje con inteligencia artificial que se utiliza con la intención de crear contenido falso. En la mayoría de los casos, se basa en manipulaciones de video en las que el software analiza el material de origen, extrae parte de él y luego lo inserta y lo adapta en otro video. Los llamados intercambios de caras o deep video portraits son la forma más común de los fake. Un ejemplo interesante del grado de realismo que se puede alcanzar se puede ver en el proyecto Synthesizing Obama: Learning Lip Sync from Audio, encabezado por la profesora Ira Kemelmacher-Shlizerman de la Universidad de Washington.6
INFLUENCERS. Son las cuentas que más interacciones generan —retuits, respuestas y favs— y que guían la actividad de las comunidades que forman. Su participación legitima un ataque.
INTERFAZ. En general, se denomina así al programa (o dispositivo) capaz de transformar el lenguaje de un aparato y hacerlo comprensible por otro. En particular, existe un campo muy estudiado que trata con la interacción humano-computadora, o más general, humano-máquina. En ese sentido, la interfaz gráfica de usuario es lo que nos permite comunicarnos de una manera muy simple con los sistemas operativos de los teléfonos celulares, las computadoras y otras máquinas. Como ejemplos de interfaces gráficas con computadoras están los entornos de escritorio Windows, el X-Window de GNU/Linux o el Aqua de Mac OS X.
NUBE. En el sentido más estricto, la “nube” es una etiqueta para recursos informáticos online. Los recursos pueden ser: almacenamiento (por ejemplo, Dropbox), acceso a bases de datos (por ejemplo, Amazon Relational Database Service) e incluso programas específicos (por ejemplo, procesadores de texto como GoogleDocs u Overleaf). El término “computación en la nube” también es útil, porque distingue el tipo de cosas que hemos estado haciendo en línea durante un par de décadas de una era totalmente nueva de software en línea y poder de procesamiento.7
PLATAFORMA. Es una combinación de hardware y/o software usada para ejecutar aplicaciones. Por ejemplo, las redes sociales son sitios o plataformas en los que se intercambia información, datos y contenidos de diferentes formatos.
PROVEEDOR. Son las empresas y organizaciones (por ejemplo, Fibertel, Speedy) que proporcionan a los usuarios el acceso a internet y servicios relacionados.
TROL. Usuarios cuyo registro violento bloquea el debate y desvía la conversación. Alguien que deja un mensaje intencionalmente molesto u ofensivo en redes sociales (o en internet en general) para provocar a otra persona o llamar la atención. Su identidad suele ser desconocida.
VIRAL. Contenido determinado que se disemina exponencialmente, sin necesidad de ningún tipo de articulación previamente diseñada.
1. Donald E. Knuth, The Art of Computer Programming, Boston, MA, Addison-Wesley, 1997.
2. Doug Laney, “3D Data Management: Controlling Data Volume, Velocity, and Variety”, META Delta, 6 de febrero de 2001.
3. Simon Walkowiak, Big Data Analytics with R, Birmingham, Packt Publishing, 2016.
4. Onur Varol, Emilio Ferrara, Clayton A. Davis, Filippo Menczer, Alessandro Flammini, “Online Human-Bot Interactions: Detection, Estimation, and Characterization”, Social and Information Networks, Cornell University, 2017. Disponible en: arxiv.org/abs/1703.03107
5. Samantha Bradshaw y Philip N. Howard, “The Global Organization of Social Media Disinformation Campaigns”, Journal of International Affairs, vol. 71, 2017.
6. Ver: http://grail.cs.washington.edu/projects/AudioToObama/
7. Christopher Barnatt, A brief guide to Cloud Computing Christopher Barnatt, A brief guide to Cloud Computing, Constable & Robinson Ltd, 2010.
3, 2, 1…
NOTICIAS FALSAS EN ACCIÓN
“Uno de los problemas en la evolución moderna de las fake news es que son personalizadas y están dirigidas al individuo”.
JONATHAN ALBRIGHT
director del Centro de Investigación de Periodismo Digital de la Universidad de Columbia
Día gris en Buenos Aires. La ciudad luce tapizada con carteles proselitistas. Una leve llovizna que no empapa pero molesta cae sobre los transeúntes. Nada detiene al fotógrafo Juan Quiles. Algo agitado, identifica su objetivo y va tras él. Se mueve por inercia, como un animal hambriento. Encuentra la posición, prepara el objetivo y enfoca a una joven que camina con su beba a cuestas y una bicicleta. Lleva la campera y la mochila de PedidosYa, empresa de delivery online. Cuando ella voltea hacia la derecha, él gatilla varias veces. Es su obra maestra sobre la precarización laboral de un tipo de empresas de reparto que proliferaron en el último lustro. Nada que no se encuentre desde hace décadas en diferentes sectores de la economía local.
El 3 de octubre de 2019, el fotógrafo sube a la cuenta de Instagram de Estudio3 y a su muro personal de Facebook la imagen de la joven con esta inscripción: “Generando trabajo de calidad!!!!!”.
El contexto nunca es un dato menor: en veinticuatro días se celebrarían las elecciones generales de 2019 para decidir quién gobernaría el país por los siguientes cuatro años. Según cifras del INDEC y el Observatorio de la Universidad Católica Argentina (UCA) que miden la pobreza, los índices son negativos y no hay expectativas de que mejoren en el mediano plazo. La imagen de la joven es una pieza que encaja perfectamente.
La foto se viralizó. El encadenado entre influencers y seguidores da resultado nuevamente: en menos de doce horas, su imagen asociada a la explotación laboral fue compartida ocho mil veces.
Al día siguiente, Nayrubi de León, venezolana, se quedó pasmada al ver la repercusión nacional e internacional de la foto. Si de algo tuvo certeza en ese momento fue de que no tendría ningún tipo de posibilidad de desmentir lo que sobre ella se decía. La asimetría era evidente. Mientras recibía los llamados de sus parientes en el exterior preguntándole cómo ella, formada universitariamente, trabajaba portando a su hija por las agitadas calles porteñas, su imagen era replicada con textos diversos en las cuentas de los diputados nacionales Wado de Pedro, Facundo Moyano, Hugo Yasky, Fernanda Vallejos, Nicolás del Caño y Malena Galmarini.
Fue Reverso, el proyecto contra la desinformación al que se asociaron más de cien medios para cubrir el proceso electoral, el que se encargó de buscar a la joven para que diera su versión, refutando el rumor de que trabajaba con su niña a bordo de la bicicleta. De León contó en un artículo publicado el 4 de octubre de 2019 que Quiles no le había pedido autorización para fotografiarla y que temía que su trabajo estuviera en riesgo.
“Yo tengo la bicicleta en la mano y me fui a voltear. Cuando me volteo, veo que un señor está enfocándome con su cámara. Se me acerca y me dice: ‘Estaba esperando a que te montaras en la bici para tomarte la foto’. O sea, él me dio a entender que no tomó la foto. Yo me fui del sitio, le dije que no monto a mi bebé, o sea, sé que eso es totalmente ilegal, que le puede pasar algo a mi bebé en la bici. Y seguí mi camino. Y al día siguiente me encuentro con todo esto de la imagen en todas las redes”.
La desmentida no tuvo la potencia de la fake news inicial, a pesar de que los portales más importantes del país la difundieron.
Las fake news pegan duro y justo ahí donde —más allá de la supuesta horizontalidad que implican las redes sociales— se encuentra la cosmovisión de cada uno y el íntimo deseo de confirmar nuestras prenociones. “Sesgo cognitivo”, se llama. Tal vez por ello no sea casual que ninguno de los usuarios mencionados, con cientos de miles de seguidores, se haya tomado el trabajo de rectificar lo que había publicado. ¿Acaso la verdad vale la pena?
NADA IMPORTA
Las noticias falsas confunden.
Las noticias falsas fortalecen la censura.
Las noticias falsas enferman.
Las noticias falsas alimentan mal.
Las noticias falsas generan pérdidas económicas.
Las noticias falsas fomentan el odio.
Las noticias falsas matan.
Cualquier persona con un celular y conexión a internet está potencialmente en condiciones de quedar frente a una noticia falsa cada minuto de su día. Pero hay un momento en particular en el que estamos más expuestos a la desinformación. ¿Cuándo? Cuando estamos en grupo, porque chequeamos menos. La explicación, que nunca es única, es que nuestro rigor baja cuando formamos parte de un colectivo. Esa es la respuesta que brindan las indagaciones experimentales a las que están acostumbradas las universidades norteamericanas, como la Universidad de Columbia.
¿Por qué? ¿Cómo? ¿Quiénes? ¿Para qué? Toda serie de afirmaciones contiene interrogantes que, en ocasiones, no resuelven sino que complejizan al infinito un problema en apariencia sencillo.
No importa que las multinacionales tecnológicas hagan su negocio y se guarezcan detrás de la libertad de expresión.
No importa que su fin último no sea acortar distancias y facilitar la comunicación sino capitalizar al máximo nuestros datos.
No importa que el capitalismo digital sea, en realidad, capitalismo financiero disfrazado.
No importa que los Estados pasen de representar el enorme e impactante Leviatán a parecer uno de los enanos de Blancanieves frente al poderío transnacional.
No importa que un abrumador sistema de control y vigilancia se yerga ante nosotros pero permanezca invisible.
No importa que los políticos sean un objeto manipulable y, en simultáneo, una de las cajas que financian las campañas sucias.
No importa que todos entreguemos información sensible sin saber qué se hace con ella y —lo que es peor— sin contralor alguno.
No importa que se sucedan los escándalos internacionales y veamos todo a través de los portales de noticias sin que aquí nada cambie.
No importa que las noticias falsas sean la punta del iceberg.
Nada de eso importa, o al menos eso parece.
Esta investigación trata sobre otra forma de ejercer el poder. Una que es imperceptible, escurridiza, placentera y extraterritorial. Una que jaquea todas las teorías que discurrieron por siglos al respecto. Una en la que interviene un lenguaje que resulta ajeno, sujetos que parecen salidos de una película, geografías remotas. Una que pone en entredicho las reglas del juego democrático. Las noticias falsas no discriminan entre Oriente y Occidente, afectan a todos sin mirar a quién.
Cuando se azuzan los riesgos que conlleva internet, comprensiblemente quienes enfocan sus virtudes responden que son teorías conspirativas. Pero si, como dicen las cifras oficiales,8 en Argentina el tiempo promedio de conexión a internet es de 4 horas 29 minutos por día, muy superior al de consumo de música (3 horas, 15 minutos) y de televisión (2 horas, 45 minutos); si de los 41,6 millones de usuarios activos en internet, Facebook tiene 33 millones y Twitter roza los 19 millones; si más del 35 por ciento de la población comenta y comparte contenidos en redes sociales; si el gasto en internet, cable y celular es lo que más se lleva de la inversión cultural por parte de los argentinos, es una perogrullada afirmar que la red forma parte de la cotidianeidad de la mayoría.
¿Será por eso que hacemos un uso acrítico cuando, por ejemplo, les cedemos todos nuestros datos gratuitamente a las plataformas? ¿O cuando no subimos al máximo la vara de exigencia respecto del contenido con el que nos bombardean? ¿O cuando mantenemos conversaciones y compartimos imágenes de nuestra intimidad a través del chat? ¿O cuando no les damos el valor que realmente tienen a las denuncias por uso indebido del contenido al que acceden las empresas? ¿O cuando no sopesamos como se debe el hecho de que las plataformas censuren unilateralmente la imagen, por ejemplo, de una mamá dándole el pecho a su bebé?
Las noticias falsas no son ninguna novedad. Existen desde que la humanidad es tal. Que se haya acelerado y extendido al máximo su circulación no agrega prácticamente nada, conceptualmente hablando. En realidad, abren una ventana para observar varios fenómenos. Resultan útiles para ver en qué se convirtió la red creada en 1989 bajo el anhelo de expandir los límites de la libertad. Comprender el proceso de elaboración de la inmensa cantidad de noticias falsas y sus efectos nos permitirá no solo aprehender las causas, las consecuencias y los riesgos, sino también quitar el velo a los intereses económicos y políticos que se esconden detrás.
Al cabo de esta investigación emerge una conclusión espesa que requiere abordajes diversos. Si hay mucha gente que solo quiere consumir aquello que confirma sus creencias, el nervio de nuestra democracia tiene un problema. Pero si una empresa cuya función aparente es la de comunicar a los sujetos sin importar el lugar del planeta donde se encuentren hace un negocio de ese déficit, agudizando la burbuja, tenemos mucho más que un problema.
Involucrarnos en la industria de las noticias falsas nos obliga a quitar cuidadosamente cada parte que compone el artefacto, a revisar el contrato social, el vínculo consumista con los medios de comunicación, el estatus de ciudadano con derechos y obligaciones y, también, a aguzar los sentidos ante lo dado.
El fin es recuperar la capacidad de interrogar tercamente a los verdaderos responsables. Por eso, este libro habrá valido la pena s
