El caballo desnudo

José Luis Sampedro

Fragmento

1

EL CABALLO DESNUDO

Nadie sospechó nada: ¡estaban todos tan encastillados en sus vidas de siempre, petrificadas por el orden milenario! Vivían atrancados de piel para adentro, ejecutando por fuera los gestos prescritos, barriendo hacia el pozo negro interior cualquier imprevisto, que desaparecía como las heces por los sumideros de las casas. El sistema funcionaba sin escándalo, la ciudad era apacible hasta el aburrimiento, las sonrisas educadas florecían en las bocas, y las reverencias, y los «tendré sumo gusto» y «a los pies de usted». Los niños crecían, incorporándose a la gran representación social, aprendiendo sus papeles dócilmente, sometiéndose al Manual de Urbanidad antes acatado por sus padres: el de don Antonio Carreño, ilustre Gobernador que fue de la provincia de Cádiz.

No hubo presagios ni agüeros. No se revocó el humo chimeneas adentro, no malparieron ovejas, no se encontró una culebra buscando calor bajo la lamparilla del sagrario (como cuando el último ramalazo del cólera), no se quebraron espejos ni despidieron luz sobrenatural las reliquias de Santa Bienvenida. Sobrevino sin amagos ni amenazas. De pronto el mundo hizo ¡crac! y por la grieta penetró el escándalo de golpe, sin dar tiempo a exorcismos. ¿Cómo fue posible? No, ningún traidor abrió la poterna. En la segura maquinaria del Orden no hay hueco para traidores. Fue, claro está, un inocente; alguien todavía no engranado al mecanismo. Como en el cuento del rey desnudo, un niño descubrió la verdad y fue la chispa que encendió otra carga más inocente y peligrosa todavía: una mujer frustrada. Imperaba, además, la primavera y el aire ondulaba cargado de polen. Una reacción en cadena se apoderó de Villabruna.

Aquel, aquel primer domingo de abril de 1917, aquella tarde redonda y perfecta, erguida sobre la mañana santa, sobre las preces en los conventos de monjas, el incienso y los cánticos de la misa mayor, la ceremonia social a la salida, reconociéndose mutuamente, pasándose revista para corroborar una vez más la estabilidad del social dispositivo. Y nadie apreció ni un fallo. Llevaban sombrero de Madrid exactamente las tres señoras a quienes correspondía y ni una más; guardaban los caballeros la debida jerarquía en todos los detalles de barba, bastón, cadena de reloj, botines y guantes. Se prolongaba en los niños de tal modo la observancia del Orden, que podía predecirse cuáles acabarían casándose con cuáles, sólo con percibir la contradanza de las familias al irlos emparejando. Como los insectos —¿y qué sociedades más perfectas que las de insectos, tan admirablemente ordenadas por la Divina Providencia?—, todos aquellos seres se tantearon con sus antenas y se reconocieron firmes e imperturbables en sus puestos sociales. Así tranquilizada, la gente bien de Villabruna se encaminó paso a paso hacia la Alameda, dio las vueltas consuetudinarias, se dejó entibiar por el sol que filtraban las frondas, pasó por la confitería del Globo —El Globo de Oro— o por la de Martínez, según el rango de cada cual, y se retiró a sus casas para el seleccionado almuerzo dominical. El reloj del Orden funcionaba con toda su respetabilidad.

Todavía por la tarde no había pasado nada, y una grieta cualquiera resultaba insospechable. A las cinco el sol estaba en su sitio, acabando de bañar a la villa en un aire tibio y dulce, alcanzando a los atriles en el quiosco de la música, donde los profesores empezaban a disponer sus partituras e instrumentos. A poco echaron a volar las primeras escalas de ensayo en el clarinete o el flautín. El público empezó a ocupar sus puestos y don Leonardo, el canónigo, paseando alrededor como siempre, admiró una vez más la perfecta disposición del orbe en el concierto. Ptolomeica era, en efecto, la sucesión de círculos concéntricos: templete central, creador de la música; señoras y caballeros en las primeras sillas; público más mezclado en las siguientes; periferia de niños y, más allá, cometas errantes que se detenían un momento y pasaban de largo. «¡Hola! —notó el canónigo—, ¿cómo está doña Evangelina sola en un banco, en uno de los paseos exteriores, de espaldas a la música y no en el más interno círculo de sillas?»

Frunció el entrecejo don Leonardo ante el Orden alterado, pero pronto se dio una explicación. Junto a la dama jugaba al pequeño Adolfito, hijo de una lejana parienta de doña Evangelina y muy propiamente vestido de marinero, el dorado nombre de Lepanto en la cinta de su gorra. Así es que don Leonardo pasó tranquilo, saludó a la dama quitándose la teja y ni siquiera siendo su confesor pudo sospechar que todo era al revés de su pensamiento.

En efecto, la dama no se había alejado del templete porque la arrastrase el niño en sus afanes de juego. Al contrario, ella misma había alejado a Adolfito de la niñera, usándolo como pretexto para estar sola y lejos, todo lo sola y lejos que cabe en una dama de su rango, esposa del director del Instituto. Sola y lejos quería estar porque aquella tarde, como si le hubiera sentado mal la comida (¡ay, pero no era eso!), sentía en la boca del estómago una bola penosísima. Al final del almuerzo advirtió que iba a darle algo y se lo dijo a su esposo. Don Rosendo sonrió ante tales aprensiones en una sanísima mujer de veintinueve años y, como en ocasiones semejantes, lo achacó a fantasías femeninas y se levantó de la mesa para su cotidiana siesta, sin la cual no se recobrarían las células grises de un cerebro largos años consumido en los meandros de la Retórica y Poética. «Me voy a morir», pensó entonces la abandonada y, aun sabiendo perfectamente que no, la mera idea agigantó su angustia y se miró al espejo de pronto, segura de que iba a encontrar un rostro agarrotado por el miedo.

Pero su aspecto era el de siempre. La angustia se cebaba en otra cara, la de dentro, la del envés. Evangelina comprendió que estaba sola, que si se acercaba a sus amigas en la Alameda no podría repetir las palabras de todos los días, sino que de pronto rompería a llorar, a llorar y a llorar. Sería una vergüenza en pleno parque, se pararía la música, la miraría el capitán director de la banda, con aquellos bigotes. Un verdadero escándalo: jamás había ocurrido, se hablaría un año del asunto. Pero el Orden impide quedarse en casa un domingo de primavera por la tarde —hay que agradecer a Dios el buen tiempo— y entonces se le ocurrió ampararse en el niño (Adolfito encantado, a la tía Eva siempre le sacaba caramelos a la vuelta) y así se refugió la dama en el paseo exterior, donde no era necesario hablar.

El paso del canónigo, tan alto en su sotana, tan fino y educado siempre (de buena familia segoviana, su madre una señora), fue una llamada al Orden. Estuvo doña Eva por levantarse y hablarle, pedirle confesión, consejo, algo, pero el sacerdote pasó un poco deprisa, como respetando aquel alejamiento. Ni siquiera se detuvo con Adolfito más de lo indispensable para que el niño le besara la mano, como enseña Carreño. Hubiera querido ella decirle algo, porque en el confesionario don Leonardo nunca se reía de las íntimas desazones femeninas, nunca quitaba importancia a las inconcretas ansias de su penitente. Al contrario, escuchaba con atención y, al poner un nombre a tales inquietudes, las disipaba más fácilmente. Doña Evangelina creía estar oyéndole mientras le veía alejarse por el paseo: «Son escrúpulos, pelusas de un alma sin tacha que aspira a volar más alto, hija mía.» O bien: «Esas ansias son el peso de las cadenas del mundo, la tristeza del alma que quisiera ya elevarse toda libre en su perfección. De un alma privilegiada (y no me caiga en soberbia, hija mía), de una conciencia en paz. Vaya, vaya, mi doña Evangelina, y aleje de su espíritu esas nubecillas sin motivo.» Tales eran, más o menos, las palabras mágicas repetidas más allá del enrejado misterioso, en la penumbra confesional donde la voz no brotaba de cuerpo alguno, sino sólo de un blancor de dientes sagradamente ungidos, a pesar de su tufillo de hombre.

«Sí —pensó Evangelina—, he de alejar las nubecillas. ¿Acaso me falta nada en la vida? Unos padres honrados, aunque modestos, una sólida educación cristiana (mejores monjitas no había ni en la capital; hasta clases de adorno daban, piano y labores de rafia), bien casada muy joven con la primera autoridad intelectual de la villa (justo después del comandante y el alcalde), un hogar tranquilo, tranquilísimo, irrefutablemente tranquilo. Ahora mismo, mi sombrero es precioso, no hubo otro mejor en misa por la mañana, bien lo noté en las miradas de todas, y es que mi marido no me niega nada, ni siquiera le pareció atrevido, a pesar de aquella larguísima pluma hacia atrás, de faisán de China, tanta gracia, tan airosa, y el velito violeta, de lunares, los llaman pois, sobre todo el velito hasta media cara, no le di importancia al elegirlo y es en lo que más se fijan los hombres, no logran disimularlo, eso me hizo feliz toda la mañana, está mal esa felicidad, por supuesto, habré de confesarla, no debí recrearme en ello, pero me hizo feliz hasta llegar a casa y sentarme a la mesa; entonces comenzó la bola aquella en la garganta, no quiero acordarme ahora, no acordarme otra vez, pensar en todo lo bueno, el mismo traje, un acierto, la chaquetilla ribeteada, la falda, qué manos tiene para cortar esa Bonifacia, ella dice que no, que es mi cuerpo, la última vez al probarme se quedó pasmada, mirándome en enaguas juntó las manos en un aspaviento, ¡qué barbaridad!, dijo, qué cuerpo tiene usted, doña Eva, hasta ganas me dan de ser hombre; me ruboricé, qué cosas, como ahora me estoy poniendo colorada sólo de recordarlo, y todo el cuerpo me lo noto, ¡qué horror!, todas sus partes, como si me tocase alguien, pensaré en otra cosa, y eso que entonces no llevaba aún estas botinas, asomo y retiro la puntera por el orillo de la falda, parecen ratoncitos jugando, pero el busto, insistía ella, el busto y sin corsé, con el cubrecorsé nada más, por Dios, Bonifacia, cállese, y se calló, pero seguía pensándolo, y sus manos al probar me hacían otras cosquillas, de otra clase, ¿debí haberlo confesado?, pero era culpa mía; de todos modos es malicia esto que se me ocurre, malos pensamientos, rechazarlos, pensar en que no tengo motivos, alejar esas nubecillas, tengo de todo y además un marido, que me adora, me venera, pendiente de mí, y sus ojos, cómo me mira mientras me desnudo, cómo me mira; pero entonces, Dios mío, ¿por qué no tengo hijos?; no debo llorar aquí, pero ¿por qué no tengo hijos? Nueve años de casada, ya ni esperanza, no hay que desesperar, como dice don Leonardo, y me recuerda la Sara de Abraham, ¡ay, yo tendría que ir a un médico!, ¿por qué no quiere Rosendo?, ¿por qué es lo único que me niega, por qué me lo ha negado siempre? Dios lo habrá dispuesto así, me dice, tiene razón, y además me daría una vergüenza horrible, un hombre mirando ahí, tan de cerca, yo me moriría, esto son nubecillas frívolas, no me falta nada, son ansias del alma, la prueba es que se me calman con la música, hasta aquí se oye, qué sonoridad, eso, hija, sonríe, sí, nene, juega, una piedra, sí, muy bonita, ¿dónde la has encontrado?, no hay como las bandas militares, tienen otra fuerza, otro brío, animan, gracias Dios mío, ya se me está pasando, gracias; por algo el ejército es la seguridad de la patria, no hay angustias, el deber y adelante, la fuerza, lástima que hayan acabado la pieza, estoy mejor, sí, nene, una flor preciosa, adiós don Policarpo, está más viejo el pobre, ¡si me quejo de vicio!, ya tocan otra vez, eso, la música, la introducción de un vals, una tanda, oh los valses, embriagadores, pero… pero… ¿qué ocurre?, no, por favor, no, por favor, que se desploma todo, ese vals no, otra cosa, me ahogo, no veo, ese vals no, Tesoro mío no, ¿por qué tiemblo, por qué se hace de noche?, sí, nene, vámonos, ¿cómo?, ¡qué horror!, ¿qué estás diciendo?, llora, llora, y más que tienes que llorar, te pego en la boca porque eso no se dice, es pecado, ¿lo oyes?, pecado, pecado, todo es pecado; perdone usted, no le había visto, no, señor, no me pasa nada; vamos, nene, cállate, qué me va a pasar, que todo es pecado, corre, corre más, vamos a casa, a refugiarnos en casa, corre, corre.»

El mundo había hecho ¡crac! Adolfito el inocente acababa de entregar la fortaleza del Orden con sólo unas palabras. En el momento en que ella reconocía la música —el vals Tesoro mío— y se derretía en el recuerdo del baile de aquella noche, el niño había dicho solamente, tendiendo su dedito hacia la fuerza destructora:

—Tita, tita, ¿por qué a los caballos los dejan ir desnudos? La palabra «desnudo» fue un incendio, restalló en la mente de la dama, la hizo ver de otro modo al animal espléndido, le puso bien delante tanta violencia concentrada, tanta jactancia vital, y preguntó al niño para ganar tiempo, como si no hubiese oído, pero fue peor, sólo consiguió que Adolfito insistiera, que el dedito revelador se hiciera más preciso:

—¿No lo ves, tita? ¡El caballo va desnudo! ¡Se le ve todo! ¡Mira, mira! —remachó con inocente alborozo.

Entonces fue cuando golpeó al niño en la boca, hubiera querido pegar al mundo entero por haber hecho ¡crac!, no podía abofetear al caballo, quitarle de un manotón aquellas colgamentas grandes y ostentosas, gris acero casi negro, hacían pensar en bombas de anarquista, no podía dejar de mirarlas, obsesa bajo el velito violeta de lunares, granates las mejillas, ardientes las sentía, mientras arrastraba de la mano al niño lloriqueando, el caballo ahora le presentaba la grupa, pateaba de vez en cuando, qué corvas poderosas, con el rabo se espantaba moscas, pero parecía acariciarse aquello con la espléndida cola blanca, suave, cosquilleante, como una cabellera de ángel.

«¡Jesús, Jesús, qué cosas pienso!, pero es tan soberbia esa grupa, tanto músculo, el salto, el galope, todo nervio, ese explosivo gris, esa arma secreta, el caballo, el garañón, ¡qué palabra violentísima!, el caballo de Espartero, de dónde me viene ese recuerdo brutal, ah, sí, de la carnicería que fui un día, tenían allí colgadas unas cosas, yo pregunté, qué tonta, me dio una rabia, de un toro eran, entonces dijeron lo del Espartero, el carnicero y su dependiente se reían, la criada me sacó fuera discretamente, ahora se ha puesto de perfil, qué animal, qué pasmo, qué bonito, no, bonito no, avasalla, levanta la cabeza, piafa, qué ojos, qué ollares, qué pecho, todo blanco, al soldado le cuesta trabajo sujetarlo, claro, a la puerta del comandante que va a dar su paseo, todos en su puesto, pero el que mejor monta es Víctor, todos lo reconocen, no debo llamarle así, por su nombre, tiene que ser pecado porque me llena la boca, el teniente, pero aunque diga “teniente” pienso “Víctor”, por qué no habrá ido a la misa mayor, como siempre, dónde se ha metido, precisamente hoy, para qué quiero entonces mi sombrero, el velito, para qué mi perfume Houbigant, tan discreto, tanto que le gustó aquella noche, para qué, pero yo estoy loca, un hombre que no es nada mío, al que sólo hablé una vez, total un vals, como todo el mundo, mi marido estaba delante, pero no es posible que sea como todo el mundo, cómo bailaba él, cómo me llevaba, yo misma era otra, aquellos dedos en la cintura, a pesar de su guante, de mi vestido rosa, de toda mi ropa, dejaban marca aquellos dedos, quemaban, toda mi voluntad allí, siguiéndole en las vueltas, yo era una flor en sus manos, una rosa encendida, toda llena de sangre, pero qué digo en sus manos, yo estaba en sus ojos, qué ojos inmensos, como el caballo blanco, ¡qué estoy pensando!, y sin embargo es verdad, el mismo poder, la misma fuerza, un arrebato, un nervio, aquel vals un galope, desvarío, no ahora, entonces, desvariaba yo, un delirio, me hablaba no sé qué palabras, las bebía antes de oírlas, suspensa yo en medio de una nube, Elías en el carro de fuego, Europa sobre el toro, pero era el caballo, ¡Dios mío, le debí parecer tonta!, por eso no ha venido a misa, le parezco tonta, una provinciana, él tan de Madrid, un oficial de lanceros, allí tantas mujeres, claro, prefiero morirme, qué desconsuelo, pero entonces por qué dijo aquello cuando acabó el vals, “nunca he sido tan feliz”, dijo, “¡qué vals inolvidable!”, añadió, eso sí que lo oí, le pregunté cómo se llamaba el vals, se disculpó un momento y fue a la orquesta, la gente se movía a mi alrededor y yo como si continuara el baile, al fin volvió y se inclinó sobre mi mano, lo dijo entonces muy suave, como íntimo, ¡Tesoro mío!, me quedé muda, miré a Rosendo que se acercaba, Dios mío, si lo habría oído, sálvame, Señor, pero lo repitió más alto, Tesoro mío, de Becucci, el nombre del vals, natural, pero la primera vez lo dijo sólo para mí, cómo oprimió mi mano, cómo miró mi escote, sus ojos me palpaban, me suplicó el baile siguiente, el último, la quadrille, pero ya me lo habían pedido, “volveremos a vernos”, dijo inclinándose, una voz como un juramento, no lo preguntaba, ordenaba, y yo sí, sí, sí, por Dios,

Adolfito, basta ya, no seas pelma, por qué me acuerdo ahora de todo, como si lo estuviera viviendo, claro, la música, el mismo vals en el quiosco, y además cada día lo he recordado, cada hora, pero no de este modo, a causa del caballo, ¡qué horror!, Víctor, es monstruoso, por eso ha sido, las ideas pecaminosas, es que esos animales así, un escándalo, hasta el pobre niño impresionado, y quién no, hay que impedirlo, prohibirlo, qué tentación en el aire.»

El trayecto fue una carrera de baquetas para la atribulada señora, aterrada por el agrietamiento cósmico, por la desintegración del Orden, la invasión del Enemigo Malo. Descubrió de pronto cuántos peligros acechaban en las calles de la villa imperturbable, cuántos animales se pasean sin restricción alguna ostentando lo que el Orden manda ocultar. El mundo estaba lleno de perros olisqueándose frenéticamente, levantando las patas contra las esquinas. Los palomos se arrullaban

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