Trilogía De sus fatigas (Puerca tierra | Una vez en Europa | Lila y Flag)

John Berger

Fragmento

Cuestión de lugar

Cuestión de lugar

Sobre la frente de la vaca el hijo coloca una máscara de cuero negra y se la ata a los cuernos. El cuero se ha ido ennegreciendo con el uso. La vaca no ve nada. Por primera vez han ajustado a sus ojos una noche súbita. Se la quitarán en menos de un minuto cuando ya esté muerta. A lo largo del año, esta misma máscara de cuero presta en total veinte horas de noche para los diez pasos que separan el establo, en donde han sido purgadas, del matadero.

El matadero lo atienden un hombre ya mayor, su mujer, quince años más joven que él, y el hijo de ambos, que tiene veintiocho.

Al no ver nada, la vaca se resiste a avanzar, pero el hijo tira de la soga atada a los cuernos, y la madre le sigue agarrándola por el rabo.

«Si la hubiera conservado dos meses más hasta que pariera…», piensa el campesino. «Ya no habríamos podido ordeñarla. Y después del parto habría perdido peso. Ahora es el mejor momento.»

En la puerta del matadero la vaca vuelve a vacilar. Luego deja que tiren de ella.

Dentro, muy arriba, a la altura del tejado, hay un sistema de raíles. Por ellos corren unas poleas, de cada una de éstas pende una barra de hierro con un gancho en el extremo. Colgado de uno de estos ganchos, un caballo de cuatrocientos kilos abierto en canal puede ser trasladado de un lado a otro del matadero por un muchacho de catorce años.

El hijo sitúa el percutor contra la cabeza de la vaca. En una ejecución, la máscara hace a la víctima pasiva, y protege al verdugo de su última mirada. Aquí garantiza que la vaca no va a apartar la cabeza del aparato que la dejará sin sentido.

Ceden las patas, y su cuerpo se desploma al instante. Cuando se derrumba un viaducto, visto desde lejos, parece que la construcción cayera lentamente al valle a sus pies. Lo mismo sucede con las paredes de un edificio tras una explosión. Pero la vaca cayó con la rapidez del rayo. No era cemento lo que sostenía su cuerpo, sino energía.

«¿Por qué no la matarían ayer?», se pregunta el campesino.

El hijo empuja un pesado alambre por el agujero perforado en el cráneo, hasta el cerebro. Entra unos veinte centímetros. Lo mueve para asegurarse de que todos los músculos del animal se distienden, y lo saca. La madre sujeta con las dos manos la pata delantera en primer plano, a la altura del menudillo. El hijo corta por la garganta y un raudal de sangre inunda el suelo. Durante un momento toma la forma de una enorme falda de terciopelo, cuya minúscula cintura sería el labio de la herida. Luego sigue manando y no se parece a nada.

La vida es líquida. Los chinos se equivocan al creer que lo esencial es el aliento. Tal vez el alma sea aliento. Los ollares rosados de la vaca tiemblan todavía. Su ojo mira sin ver, y tiene la lengua fuera, colgando a un lado de la boca.

Una vez cortada, la lengua será dispuesta al lado de la cabeza y el hígado. Todas las cabezas, las lenguas y los hígados se cuelgan juntos en una hilera. Las quijadas totalmente abiertas, sin lengua, y las dentaduras circulares manchadas con algo de sangre, como si el drama hubiera comenzado con un animal, que no era carnívoro, comiendo carne. Bajo los hígados, en el suelo de cemento, hay unas gotas de sangre bermellón brillante, el color de las amapolas cuando acaban de florecer, antes de que se oscurezcan y se vuelvan púrpura.

En protesta por el doble abandono de su sangre y su cerebro, el cuerpo de la vaca se quiebra violentamente, y las patas traseras embisten al aire. Sorprende que un animal grande muera con la misma rapidez que uno pequeño.

Como si el pulso fuera demasiado débil para seguir tomándolo la madre suelta la pata, que cae flácida contra el suelo. El hijo empieza a separar el cuero alrededor de los cuernos. Aprendió de su padre la rapidez en el oficio, pero ahora los movimientos del padre son lentos. Con gran parsimonia, al fondo del matadero, el padre está abriendo un caballo por la mitad.

La madre y el hijo están muy compenetrados. Cronometran su trabajo juntos sin intercambiar una palabra. De vez en cuando se miran sin sonreír, pero comprendiéndose. Ella alcanza una carretilla con cuatro ruedas, parecida a un cochecito de niño, pero larga, muy grande y calada. Él, con un solo tajo de su minúsculo cuchillo, abre una raja en cada pata trasera y prende en ellas los ganchos. La madre pulsa el interruptor que pone en marcha el montacargas eléctrico. El cuerpo de la vaca se alza por encima de ellos y luego baja hasta quedar de costado en la carretilla. Juntos empujan el cochecito.

Su trabajo es parecido al de los sastres. La piel es blanca bajo el cuero. Abren éste desde el pescuezo hasta el rabo, de modo que parece un abrigo desabrochado.

El campesino a quien pertenece la vaca se acerca y señala por qué había que sacrificarla; dos de los pezones se estaban descomponiendo, y era casi imposible ordeñarla. Coge uno en la mano. Está tan tibio como en el establo cuando la ordeñaba. La madre y el hijo le escuchan, asienten con la cabeza, pero no le contestan y siguen con su tarea.

El hijo da un corte en las cuatro pezuñas, las retuerce hasta que se desprenden y las tira a un cubo. La madre retira las ubres. Luego, a través del cuero abierto, el hijo parte el esternón con un hacha. Esto recuerda al último hachazo antes de la caída de un árbol, pues a partir de este momento, la vaca deja de ser un animal y se transforma en carne, al igual que el árbol se transforma en madera.

El padre deja el caballo y atraviesa el matadero con paso cansino para salir fuera a orinar. Hace esto mismo tres o cuatro veces durante la mañana. Cuando camina con cualquier objetivo muestra más energía. Pero ahora es difícil saber si arrastra los pies debido a la presión de la vejiga o para recordarle a su esposa, mucho más joven que él, que, aunque su vejez resulte patética, su autoridad sigue siendo inexorable.

La mujer lo sigue con una mirada inexpresiva hasta que llega a la puerta. Luego se vuelve solemnemente y empieza a lavar la carne y la seca después con un paño. El cuerpo de la vaca, abierto en canal, la envuelve, pero la tensión ha desaparecido casi por completo. Se diría que está ordenando una alacena. Salvo que las fibras de la carne están aún estremecidas por la conmoción del sacrificio, y vibran exactamente igual que la piel del pescuezo de las vacas en verano para espantar a las moscas.

El hijo separa con una simetría perfecta los dos flancos del animal. Ahora ya son piezas de carne; esas piezas de carne con las que sueñan los hambrientos desde hace cientos de miles de años. La madre las empuja por el sistema de raíles hasta la báscula. Pesan juntas doscientos cincuenta y siete kilos.

El campesino comprueba el peso. Ha acordado nueve francos por kilo. No le dan nada por la lengua, el hígado, las pezuñas, la cabeza, los despojos. El pobre rural no recibe nada por las partes que se venden al pobre de la ciudad. Tampoco le pagan nada por el cuero.

En casa, en el establo, el lugar que ocupa la vaca sacrificada está vacío. Pone en él a una de las novillas jóvenes. Para el próximo verano, la novilla habrá aprendido a reconocerlo, de modo que cuando la encierren por la mañana y por la tarde para el ordeño, sabrá cuál es su sitio en el establo.

Una explicación

Una explicación

El lector puede preguntarse: ¿Cuál es la relación del escritor con el lugar y la gente sobre los que escribe?

Una tarde de este verano estaba segando heno en un prado demasiado empinado para meter el caballo y el carro; teníamos que cargar la horca y arrastrarla una y otra vez al pie del prado, en donde el terreno se allanaba. Serían las cuatro de la tarde; las dos del sol solamente. Hacía bochorno, y en aquella inclinada pendiente, con los rastrojos secos ya como paja, era fácil resbalar. Estaba trabajando en camiseta y llevaba unas botas pesadas para agarrarme bien al suelo. El padre había bajado hasta la casa a buscar el caballo. La madre estaba rastrillando casi arriba del todo, en donde ya habíamos acabado de segar. Yo estaba a medio camino, subiendo en busca de una nueva carga para empujarla luego hasta el fondo del prado. Por centésima vez desde que habíamos comenzado, me detuve y, sosteniendo la horca con una mano, me limpié con la otra el sudor de la cara en un pañuelo empapado y sucio. El sudor se me mete en los ojos y hace que me escuezan tanto, que apenas puedo abrirlos. Sería mejor que llevara un sombrero, como a mi edad lo hacen todos cuando van a segar, pero todavía no me he acostumbrado. Tal vez el año que viene me compre uno. La siega del heno llegaba a su fin; esa tarde estábamos recogiendo el último; ya no merecía la pena comprar un sombrero para ese año. Allí, de pie, me sequé la cara. No corría ni una brizna de aire, y el sol calentaba la ladera, que abrasaba como una parrilla. Coger el heno en la horca, voltearlo y alzarlo puede ser como un juego, pero en aquella tarde calurosa, traicionera, rodeado de avispas, arrastrar el heno ladera abajo era como intentar transportar un saco agrietado. Maldije el calor, que había dejado de ser una condición para convertirse en un castigo. Y maldije a quien nos imponía semejante castigo. Maldije la pendiente y el trabajo que quedaba para hacer. Si hubiera podido golpear al sol y al calor que nos enviaba, lo habría hecho. Bajé la vista, contemplé las tejas de la granja e imprequé al cielo. Media hora después, mucho antes de que hubiéramos acabado, empezó a llover y a tronar. Y entonces maldije la lluvia, al tiempo que recibía contento su frescor.

Aquella tarde, la cólera me unió al prado, a la pendiente, al heno. En otras ocasiones, mi relación con el lugar y la gente que vive aquí es menos sencilla. No soy campesino. Soy escritor: mi escritura es al mismo tiempo un vínculo y una barrera.

Nunca he pensado que escribir fuera una profesión. Es una actividad independiente, solitaria, en la que la práctica nunca otorga un grado de veteranía. Por suerte, cualquiera puede dedicarse a esta actividad. Sean cuales sean los motivos políticos o personales que me conducen a escribir algo, en cuanto empiezo la escritura se convierte en una lucha por dar significado a la experiencia. Todas las profesiones tienen unos límites que definen la esfera de su competencia, pero también tienen un territorio propio. La escritura, tal como yo la concibo, no tiene un territorio propio. El acto de escribir no es más que el acto de aproximarse a la experiencia sobre la que se escribe; del mismo modo, se espera que el acto de leer el texto escrito sea otro acto de aproximación parecido.

Aproximarse a la experiencia, sin embargo, no es lo mismo que acercarse a una casa. «La vida», como dice el proverbio ruso, «no es un paseo por el campo». La experiencia es indivisible y continua, al menos en el transcurso de una vida y tal vez en el de muchas. Nunca tengo la impresión de que mi experiencia sea sólo mía, y con frecuencia me parece que me ha precedido. En cualquier caso, la experiencia se repliega sobre sí misma, se remite a su pasado y a su futuro mediante los referentes de esperanza y miedo; y, utilizando la metáfora que se encuentra en el origen del lenguaje, está continuamente comparando lo parecido y lo diferente, lo pequeño y lo grande, lo cercano y lo distante. Y así, el acto de aproximarse a un momento dado de la experiencia implica escrutinio (cercanía) y capacidad de conectar (distancia). El movimiento de la escritura se parece al de la lanzadera en los telares: se acerca y se aleja una y otra vez, viene y se va. A diferencia de aquélla, sin embargo, no sigue una pauta fija. A medida que se repite a sí mismo, el movimiento de la escritura aumenta su intimidad con la experiencia. Y al final, si tienes suerte, el significado será el fruto de esa intimidad.

El hecho de escribir acerca de los campesinos me separa y asimismo me aproxima a ellos. No soy sólo escritor, sin embargo. También soy el padre de un niño pequeño, un par de manos cuando se me necesita, el sujeto de anécdotas e historias, un huésped, un anfitrión. ¿Cómo podemos comparar entonces nuestras vidas con las de las familias campesinas entre las que vivimos? Tal vez dos listas paralelas nos den alguna indicación:


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No vivimos separados y compartimos muchas costumbres con aquellos que nos rodean. No obstante, las dos listas son desiguales. No dejamos de ser forasteros que han escogido vivir aquí. Estamos libres de aquellas necesidades que han determinado la mayoría de las vidas del pueblo. Poder escoger y seleccionar era ya un privilegio. Y, sin embargo, el modo de vivir que escogimos, integrados en el trabajo y la vida de la comunidad, y no separados, reveló de inmediato, también, una desventaja; una falta de privilegio, incluso, en términos locales. Esta desventaja era nuestra relativa ignorancia, tanto práctica como social. Todos, desde los niños de escuela a los abuelos, sabían más que nosotros sobre ciertos aspectos de la vida en este lugar. Todos, ellos y ellas, si lo deseaban, estaban en posición de ser nuestros maestros, de ofrecernos información, ayuda, protección. Y muchos lo hicieron.

Esta relación entre maestro y alumno es compleja. Quienes nos enseñan son conscientes de que nuestra ignorancia local está relacionada con el hecho de que tenemos acceso a otro conocimiento: el del mundo circundante y, para ellos, lejano. Se supone que en algún lugar de ese mundo (que amenaza y promete sin por ello dejar de ser incuestionable, pues no responde a las preguntas que se le plantean), hay una zona que nosotros debemos de conocer tan profundamente como ellos la vida de aquí. Esta suposición, justificada o no, no es un cumplido; es una conclusión lógica, y su propia lógica nos confiere la posibilidad de tener una visión de la vida que es independiente del pueblo. Así, por nuestra ignorancia éramos novicios, y por la experiencia que se nos supone somos testigos independientes.

El valor de este último término requiere una explicación. Todos los pueblos tienen historias que contar. Historias del pasado, incluso del más lejano. Una vez iba caminando por las montañas con un amigo que tendría por entonces unos setenta años. Al pasar al pie de un alto barranco, me contó que una joven había encontrado la muerte allí al despeñarse desde los pastos cuando estaban segando el heno. ¿Fue antes de la guerra?, pregunté. En 1833, respondió él. E igualmente historias del mismo día. La mayor parte de lo que sucede será narrado por alguien antes de que éste acabe. Las historias son reales, basadas en la observación o en el relato directo ofrecido por otro. La sutil observación del inventario de los sucesos y encuentros cotidianos, combinada con el conocimiento mutuo e inmemorial, constituye el llamado cotilleo de los pueblos.

A veces hay un juicio moral implícito en el cuento, pero éste, ya sea justo o injusto, no es más que un detalle: la historia, en conjunto, se relata con cierta tolerancia porque implica a aquellos con quienes van a seguir viviendo la persona que la cuenta y la que la escucha. Muy pocas historias se narran con el fin de idealizar o condenar; más bien demuestran que la gama de lo posible siempre resulta un poco sorprendente. Aunque tratan de sucesos cotidianos, la mayoría son historias de misterio. ¿Cómo es que C…, que es tan puntilloso con su trabajo, dejó que se volcara su carro cargado con el heno? ¿Cómo puede L… despojar a su amante J… de todos sus bienes? ¿Y por qué L…, que normalmente no da nada a nadie, deja que lo desplumen?

La historia invita al comentario. En realidad, lo crea, pues incluso el silencio total se toma como una crítica. Ésta puede ser malévola o intolerante, pero, de serlo, pasará a formar otra historia y así será a su vez objeto de habladurías. ¿Cómo es que F… nunca deja pasar la oportunidad de criticar a su hermano? Más frecuentemente, los comentarios, que se añaden a la historia, pretenden ser una respuesta personal de quien los hace, a la luz de ese suceso concreto, al enigma de la existencia. Y como tal son tomados. Cada cuento permite que cada cual se defina a sí mismo.

En verdad, la función de este cotilleo, que de hecho es historia inmediata, oral, cotidiana, es permitir que todo el pueblo se defina. La vida de un pueblo, como algo diferente de sus atributos físicos y geográficos, es la suma de todas las relaciones sociales y personales que existen en él más las relaciones sociales y económicas —normalmente opresivas— que lo vinculan al resto del mundo. Pero se podría decir algo similar con respecto a las grandes ciudades. Lo que hace diferente la vida de un pueblo es que éste es también un retrato vivo de sí mismo; un retrato comunal, en cuanto que todos son retratados y retratistas. Al igual que en las tallas de los capiteles románicos, existe una identidad de espíritu entre lo que se muestra y el modo de mostrarlo; como si los esculpidos y los escultores fueran las mismas personas. Pero, sin embargo, el retrato que cada pueblo hace de sí mismo no está construido con piedras, sino con palabras, habladas y recordadas: con opiniones, historias, relatos de testigos presenciales, leyendas, comentarios y rumores. Y es un retrato continuo; nunca se deja de trabajar en él.

Hasta hace relativamente poco tiempo, los únicos materiales de que disponían un pueblo y sus habitantes para definirse a sí mismos eran sus propias palabras habladas. El retrato que el pueblo hacía de sí mismo, aparte de los logros físicos fruto del trabajo de cada uno, era lo único que reflejaba el sentido de su existencia. Sin ese autorretrato —y el cotilleo, que es la materia bruta del mismo— el pueblo se hubiera visto obligado a dudar de su propia existencia. Todas las historias y todos los comentarios que ellas desencadenan, que no hacen sino probar que tales historias han sido presenciadas, contribuyen al retrato y confirman la existencia del pueblo.

Este continuo retrato, a diferencia de la mayoría, es altamente realista, informal y espontáneo. Como todo el mundo, o quizá más, dada la inseguridad de sus vidas, los campesinos necesitan un grado extremo de formalidad; una formalidad expresada en ceremonias y rituales. Pero como creadores de su propio retrato comunal son informales, porque la informalidad está más cerca de la verdad: la verdad que la ceremonia y el ritual sólo controlan parcialmente. Todas las bodas son similares, pero cada matrimonio es diferente. La muerte les llega a todos, pero uno llora solo. Éstas son verdades.

En un pueblo, la diferencia entre lo que se sabe sobre una persona y lo que se desconoce de ella es mínima. Puede haber cierto número de secretos bien guardados, pero, en general, apenas existe el engaño: es casi imposible. El conocimiento que tiene el pueblo de cada individuo no es mucho menor que el de Dios, aunque su juicio sea diferente. La curiosidad, en el sentido de fisgar o entremeterse, es así escasa, pues no hay necesidad de ella.

Lo misterioso no es lo que se oculta de forma deliberada, sino, como ya he señalado, el hecho de que la gama de lo posible siempre pueda sorprendernos. Y por ello, tampoco hay apenas representación; los campesinos no representan papeles como lo hacen los personajes urbanos. Esto no se debe a que sean «sencillos» o más sinceros o menos astutos; simplemente el espacio entre lo que se desconoce de una persona y lo que todo el mundo sabe de ella —y éste es el espacio de toda representación— es demasiado pequeño.

Cuando los campesinos representan, lo hacen para gastarse bromas. Un domingo por la mañana, cuando el pueblo estaba en misa, cuatro hombres cogieron todas las carretillas que se utilizan para sacar el estiércol de los establos, y las alinearon en el atrio de la iglesia, de modo que, al salir, todos los demás hombres, tras buscar cada cual la suya, tuvieron que empujarla —¡vestidos de domingo como iban!— por la calle del pueblo.

Por esta razón, el retrato que el pueblo hace continuamente de sí mismo es mordaz, franco, exagerado a veces, raramente idealizado o hipócrita. Y la importancia de esto es que la hipocresía y la idealización zanjan todas las cuestiones; la franqueza las deja abiertas.

En la continua realización del retrato, al que cada testigo añade un comentario o una faceta nueva, también puede contribuir, bajo ciertas circunstancias, aquel forastero que sea asimismo testigo. ¿Qué respuesta dará él, el forastero, a aquellas cuestiones que permanecen abiertas?

Los campesinos suelen estar interesados en el mundo allende los límites del pueblo. Y, sin embargo, es muy raro que un campesino pueda trasladarse de un sitio a otro sin dejar de ser campesino. No puede escoger su residencia. Por consiguiente, parece lógico que trate el lugar en donde ha nacido como el centro de su mundo. Por el hecho de no pertenecer a este centro, el forastero será siempre un forastero. No obstante, con tal de que sus intereses no entren en conflicto con los de sus vecinos (y es muy probable que esto suceda en cuanto compre tierra o construya) y con tal de que pueda reconocer el retrato ya existente (y esto implica algo más que el mero reconocimiento de los nombres y las caras), él también puede contribuir al mismo, modestamente, pero de un modo que le es único. Y uno debe tener siempre presente que la realización de este continuo retrato comunal no es simple vanidad o pasatiempo; es una parte orgánica de la vida del pueblo. Si cesara, el pueblo se desintegraría. Por pequeña que sea la contribución del forastero, aquello a lo que contribuye tiene una importancia esencial.

Así, en nuestro doble papel de novicios y testigos independientes se establece cierta reciprocidad. A menudo la lección que se me daba como novicio era también un ruego para que yo, como testigo, ofreciera mi reconocimiento y comentario. «¿Conoce a T…? ¿No? Pues venga, se lo presentaré. Y a lo mejor algún día escribe una historia en la que él aparezca.»


*

Ahora que se ha ido, oigo su voz en el silencio. Llega de un lado al otro del valle. No le cuesta esfuerzo alguno producirla, y funciona como un lazo de rodeo. El grito arrastra al que lo oye en la dirección de quien lo emite. Sitúa al que grita en el centro. Las vacas responden a su voz igual que su perro. Una tarde, al encerrarlas en el establo, notamos que faltaban dos. Salió y las llamó. A la segunda vez, las dos vacas respondieron desde las profundidades del bosque, y unos minutos después estaban a la puerta del establo, justo cuando empezaba a caer la noche.

El mismo día que se fue, hacia las dos de la tarde, condujo todo el ganado desde el valle, gritando a las vacas, y a mí para que abriera las puertas del establo. Fougère estaba a punto de parir; ya asomaban las patas delanteras. La única manera de traerla hasta el establo era conducirlas a todas. Le temblaban las manos al atar la soga a las patas del becerrillo. Tiramos dos minutos, y no tardó en salir. Se lo dio a Fougère para que lo lamiera. Ella mugió, emitiendo un sonido que yo nunca he oído en las vacas en otras ocasiones, ni siquiera en los momentos de dolor físico. Un sonido agudo, penetrante, enloquecido. Un sonido más fuerte que el lamento y más apremiante que el llanto. Un poco similar al berrido del elefante. Fue a buscar la paja para acomodar al becerro. Para él estos momentos son momentos de triunfo: momentos de verdadera ganancia; momentos que unen al vaquero de setenta años, astuto, ambicioso, endurecido, con el universo que lo rodea.

Todas las mañanas, después de los primeros trabajos, solíamos tomar una taza de café juntos, y él me hablaba del pueblo. Recordaba la fecha y el día de la semana en que ocurrieron todos los desastres. Recordaba el mes de todas las bodas, y de todas tenía algo que contar. Podía remontarse en los lazos de parentesco de los protagonistas hasta los primos segundos de cada cónyuge. De vez en cuando sorprendía una expresión en sus ojos, una mirada de complicidad. ¿En qué? En algo que ambos compartimos pese a las diferencias obvias. Algo que nos une, pero a lo que nunca nos referimos de forma directa. Me devané la cabeza durante algún tiempo pensando en ello. Y un día me di cuenta de lo que era. Era su reconocimiento de nuestra igualdad: los dos somos contadores de cuentos. Y como tales, los dos vemos cómo se engranan los acontecimientos. La expresión que yo sorprendía en sus ojos era lúcida y reconfortante.

Los cuentos que siguen

Los cuentos que siguen (no así los poemas) han sido impresos en el orden en que fueron escritos durante los años 1974-1978. El modo de contar las historias cambia con el paso de los años. No quiero aplicar el término progreso a ese cambio, pues creo que las primeras tienen una nitidez en el enfoque de los primeros planos, un sentido del presente, que hoy no podría conseguir. Sin embargo, a medida que se sucedían, los cuentos se iban haciendo más largos e iban examinando con mayor profundidad la subjetividad de las vidas que narran. Las historias están impresas en este orden a fin de que el lector pueda acompañarme en el recorrido.

Muerte de La Nan M.

Muerte de La Nan M.

Cuando ya no pudo

preparar el salvado para las gallinas

o pelar patatas

para la sopa

se le quitaron las ganas de comer

y apenas volvió a probar bocado

ni siquiera pan

Él se pintó

de negro sobre las ramas

para observar a los cuervos

que ya no volaban alto

sino a ras de tierra

Más chica que el fogón

se sentaba junto a la ventana

en donde fuera crecían los puerros

Junto a la leña apilada

—las laderas de matojos

que ella había llevado a la espalda—

él se agachaba y se hacía

tocón sobre el que cortarla

La nuera

echaba de comer a las gallinas

alimentaba el fogón

Por la noche él se reclinaba a un lado y al otro

del fuego negro

que abrasaba la cama de ella

¿era su opuesto lo que le pedía?

leche, contestaba él con apetito

Reunidos en la cocina

la familia y los vecinos seguían

la lucha de ella por el aliento

Arriba en la montaña

él orinaba

sobre el hielo y la nieve

para fundir el torrente

Estaba más cómoda si

reposaba la cabeza

en el brazo de la butaca

Su orina tenía forma

de carámbano

y también era incolora

En la mano

ella guardaba un pañuelo

que se acercaba a la boca

cuando quería limpiarse

En el espejo negro

nunca percibía él su aliento

Las visitas al salir

le daban un beso en la frente

y ella los reconocía por la voz

Él empujó una carretilla

la volcó

sobre la pila de estiércol congelado

tibias aún las dos patas

El septuagésimo aniversario

de su noche de bodas

lo pasó ella

acurrucada en la cocina

llamando a su hijo de vez en cuando

lo llamaba por su apellido

al que en zapatillas

se mecía como un oso



Un error cometiste

la muerte no bromea como los borrachos

no tenías que haberte hecho vieja

Yo no era una ladrona contestaba

Muerta parecía tan alta

extendida en la cama

con vestido y botas

como cuando de novia

pero tenía el hombro derecho

más caído que el izquierdo

por todo

lo que había acarreado

En su funeral

el pueblo vio cómo la nieve blanda

la enterraba

antes que el sepulturero

Recuerdo de una ternera

Recuerdo de una ternera

Hubert condujo la ternera hasta el camión y le quitó el collar. Más tarde lo colgaría de un clavo en el pajar, y allí quedaría preparado para la próxima ternera. Hubert era un hombre grande, pero muy meticuloso. El tratante enviado por la fábrica le preguntó cuál era su precio. Cuando no quería hablar de algo, Hubert tenía la costumbre de emitir unos sonidos semejantes al habla, pero que en realidad no formaban palabras; eran convincentes, sin embargo, y sonaban como un patois. Si Marie le preguntaba en dónde había estado trabajando, y sus pensamientos andaban todavía por otro lado, Hubert le respondía con este lenguaje incomprensible y cortés. Ahora lo hacía para forzar al comprador a que diera él primero su precio por la ternera. Al contrario que con la mayor parte del ganado, éste no se estimaba por el peso, sino por el aspecto. Hubert dobló los billetes formando un pequeño paquete cuadrado que se echó a las profundidades de uno de los bolsillos del pantalón. Luego los dos hombres subieron a la cocina para tomar un vaso de gnôle.

Cada vez que Hubert pasaba junto a ella en el establo, la ternera retrocedía con un ademán brusco y torpe. Estaba atada con una cadena y un collar, muy pegada al muro. Todo lo que podía hacer era arremeter contra éste con la cabeza y dar patadas al aire con las patas traseras. La parte inferior del muro había tomado un color marrón por los excrementos de las otras terneras que habían estado atadas a la misma anilla.

No tenía nombre, porque Marie no ponía nombre a las terneras que no iban a guardar. A los diez días de nacer era muy tímida. Esto fue a fines de febrero. Los torrentes que caían entre los riscos estaban petrificados y transparentes como carámbanos. La ternera dormía sobre una tabla dispuesta en el suelo de piedra para resguardarla del frío. Estaba casi siempre levantada esperando a que le echaran el forraje. Aprendió a dar patadas. Llegó a reconocer la presión del collar cuando se alejaba demasiado del muro. Distinguía entre cerca y lejos. Cualquier movimiento aproximatorio hacia ella desde la distancia pasó a convertirse en una amenaza.

A los cinco días de nacer, Hubert le ató al hocico un cubo de plástico de juguete para impedir que intentara comerse la paja del lecho. La luz del día apenas entraba en el establo. Tal vez esta penumbra estimula la gran paciencia invernal de las vacas. Durante seis meses ven las mismas vigas, los mismos puntales de madera del mismo pesebre. Ocupan su tiempo comiendo, mascando, rumiando, lamiendo, parsimoniosamente bajando y subiendo la cabeza. Nunca, ni siquiera durante la noche, sucumben al no ser del reptil o del murciélago dormido. Si lo hicieran dejarían de producir leche.

Algunas terneras nacen sabiendo beber; otras tienen que aprender. Ella hincaba el hocico contra el cubo sin abrir la boca. A los dos días de nacer, no sabía sacar la lengua. Hubert mojó el dedo en la leche y se lo metió en la boca. La ternera lo chupó. A la tercera vez, sacó la lengua y lamió.

Al amanecer el frío se hace más intenso. Los manzanos se habían vuelto negros en la neblina blanca. No había colores; y más allá del patio, tampoco sonidos. Soplaba viento del nordeste. Un viento que traspasa las ropas más calientes y se mete en los huesos recordándote la muerte. Hace que las vacas den menos leche. Pone la tierra dura como roca. «No hay nada más triste que una muerte», dijo Marie, «ni nada que se olvide antes».

El viento no entraba directamente en el establo. El establo contaba con el calor acumulado durante tres meses por un gran caballo, once vacas, cinco terneras y una docena de conejos. Pero Hubert no corría riesgos innecesarios: ató un gran trozo de tela de saco sobre Moselle, la vaca que acababa de parir, y le dio a beber sidra caliente con azúcar.

Antes de eso le había dado sal. Con la fuerza de su enorme lengua, Moselle lamió de su mano la gruesa sal marrón. La cabeza de una vaca tiene el tamaño que tiene para alojar a la lengua. Con ésta siega, rastrilla, engavilla y envía el alimento a su estómago.

Hay una historia acerca de una lejana era glacial y una vaca llamada Audumla, que lamió un iceberg en el que estaba aprisionado un hombre. Y lo lamió como un pilar de sal hasta que el hombre quedó libre. Y entonces le ofreció cuatro manantiales de leche.

El primer sabor que había probado al llegar a la vida había sido el de la sal. Hubert le frotó el hocico con un poco. Luego la cubrió de paja, y la ternera se quedó dormida.

La mucosidad es una protección, un tipo de amor. La ternera yacía allí exhausta, como una hoja recién abierta. Su pelo era una maraña de mucosidades. Olía ligeramente a algo que en algún momento precedió, para todos nosotros, al primer aroma del aire. Hubert la limpió como lo hace en el ring el mánager con el joven púgil. No había excitación en su alegría; era una respuesta agradable y dilatada a algo ocasional, pero conocido; una respuesta a un hecho que desembocaba en la quietud que ahora le seguía, como la última nota de una fanfarria que flota todavía en el aire, todavía alzado el brazo del trompetista. Su alegría tomó la forma de un sentimiento de orgullo pequeño y prolongado que duraría todo el día.

Antes de limpiarlo, Hubert había separado las patas traseras del animal para ver el sexo. Hembra. Tal vez había algún conejo macho, pero aparte de éstos, los veinte animales que había en el establo eran hembras.

Marie había vuelto la cabeza de Moselle hacia la cola, hacia el nacimiento. Con una mano agarraba un cuerno, mientras hundía los cinco dedos de la otra en las inmensas narices del animal. «¡Venga, Moselle!», repetía, «¡Venga!». Con la cabeza así sujeta, era imposible que el animal pudiera levantarse. Moselle estaba echada sobre el costado izquierdo. Ya se veían dos de las pezuñas. Hubert hizo un nudo corredizo en ambos extremos de la cuerda y pasó cada uno de ellos por una pata delantera, más arriba de las pezuñas de la ternera. Luego, apoyando las botas en el canalón, se inclinó sobre la cuerda y tiró. Vio salir la cabeza, un ojo con las largas pestañas cerradas aún. Tiró más hasta quedar casi paralelo al suelo. La vagina se abrió, y, como un sonido, surgió todo el cuerpo de la ternera, acompañado por dos regueros de sangre.

Hubert había llamado a Marie media hora antes. Hacía rato que Moselle se había arrodillado sobre las patas delanteras, husmeando el suelo con el hocico y apuntando al cielo con los cuartos traseros. Lamía el aire allende la boca, y la misma boca estaba torcida por el dolor. La parte inferior de los flancos se contraía y dilataba de forma irregular; olas de una energía incontrolable la llenaban y la vaciaban; casi todas rompían en el pecho antes de llegar al útero. Una pezuña, marrón y blanca, manchada con un poco de sangre, como si la estuviera devorando, asomaba por la vagina y volvía a ser absorbida.

Estaba oscuro. Hubert se acostó sobre un montón de paja que había bajado en preparación para el nacimiento. Muguet orinó. Marquise, a su lado, esperó y después orinó también. Una tras otra, cuatro vacas más en la misma hilera las siguieron. Los gallos todavía no se habían despertado. Hubert se levantó a orinar en la misma reguera. Estaba nervioso. El año anterior, al parir Moselle, había tenido que llamar al veterinario porque la vaca tenía el útero desviado, y esto le había costado dinero.

De pie, Moselle retrocedió arqueando el lomo y levantando la cola. No la puso recta, como para orinar; estaba ensortijada de modo que formaba una especie de aureola sobre la vagina distendida e inflamada. No retrocedió como si necesitara expulsar algo, sino porque, vagamente, buscaba algo detrás en la oscuridad que entrara en ella y la librara de aquel dolor. Hubert no había encendido la luz porque creía que las terneras nacían antes a oscuras. Veía la luna por la ventana en el otro extremo del establo. La neblina, que se haría más densa al amanecer, todavía no era lo bastante espesa para ocultarla. Palpó a Moselle. La vaca se abrió con la misma facilidad que una mochila. Sintió la cabeza entre las patas delanteras, en la posición adecuada de la apertura. Era la primera vez que la ternera había sido tocada.

Marie se había quedado en la cama. Eran las dos de la madrugada. Al cruzar el patio, el hielo bajo sus botas había chirriado como el metal. Quizá, en algún lugar, en otro valle, un vecino se estaba levantando para ayudar a parir a otra vaca. Pero en la noche incolora no había signo alguno. Unos goterones de viscosa agua uterina colgaban de la vagina de Moselle.

Se sentó en una de las banquetas de ordeñar. Con la cabeza entre las manos, su respiración apenas se distinguía de la de las vacas. El propio establo era como el interior de un animal. El aliento, el agua, la rumia entraban en él; el viento, el orín, el excremento lo abandonaban.

A ratos se adormilaba. Pensaba en que ahora con cada semana que pasaba entraba un poco más de luz por arriba, por el pajar, pues los grandes montones de heno iban disminuyendo, y el sol brillaba un poco más entre las rendijas de los tablones. Dentro de tres meses sacaría las vacas a los pastos, que estarían verdes y salpicados de flores blancas y azules y margaritas. Las vacas huelen la hierba incluso cuando están encerradas en el establo. Y sus excrementos se pondrían verdes. Daba cabezadas, y en algún momento le faltó poco para caerse de la banqueta.

La ternera todavía no nacida ya tenía capacidad de ver, y el desarrollo de esta capacidad, junto con otras, predecía un final. La capacidad de la ternera para ver sólo esperaba a que las tinieblas se abrieran.

Hubert se había quedado dormido con la cabeza caída hacia delante y la barbilla hundida en el pecho.

En la oscuridad que precede a la visión, al lugar, o a la palabra, el hombre y la ternera esperaban.

Cucharón

Cucharón

Filigrana del estaño

la luna del cucharón

naciente sobre la montaña

que desciende hasta la olla

sirviendo a generaciones

humeante

arrastrando lo que ha nacido de las semillas

en el huerto

espesado con patata

sobreviviéndonos

en el cielo de madera

de la cocina

Madre que del humeante

pecho del peltre

veteado de sales

reparte la comida a sus hijos

hambrientos como jabalíes

con las uñas teñidas

de tierra vespertina

y el pan hermano

la madre reparte

Vierte el cielo hirviendo

cucharón

con el sol zanahoria

las estrellas de sal

y la grasa de la puerca tierra

vierte el cielo humeante

cucharón

vierte sopa para nuestros días

vierte sueño para la noche

vierte años para mis hijos

La gran blancura

La gran blancura

Por Difuntos se recuerda a todos los muertos. Dicen que ése es el día en el que los muertos juzgan a los vivos y que las flores que se llevan al cementerio tienen por objeto el hacer menos severo el juicio de aquéllos.

Una semana después de los Difuntos, Hélène bajó al cementerio a recoger dos macetas de crisantemos, una de la tumba de su marido, y de la de su padre la otra. Las dos noches pasadas el cielo había estado excepcionalmente claro, con estrellas firmes como uñas, y la escarcha había quemado las flores. Si se los llevaba ahora, antes de que se helaran las raíces, podría trasplantarlos en primavera, y al final del verano volverían a florecer para apaciguar a los muertos.

Al pie de la tumba de su esposo, dijo: «Sólo pueden quedar dos o tres huesos». Luego hizo la señal de la cruz, pero no sobre su abrigo negro, sino en la tierra en la que él había sido enterrado.

Al pie de la tumba de su padre, que no tenía lápida, sino sólo una cruz de madera, dijo: «¡Ay, padre, si levantaras la cabeza y vieras a tu hija ahora!».

No le importaba pensar en alto.

El cementerio, como todo lo demás, estaba en una ladera, así que salió por la cancela de arriba para que la cuesta de regreso a casa se le hiciera más corta. Llevaba una maceta en cada brazo, y los capullos marchitos, con el borde de los pétalos marrones por la helada, quedaban a la altura de su cabeza, a cada lado. Era una mujer de setenta y cinco años.

Al llegar a casa se quitó el abrigo negro, se puso un delantal y una chaqueta de lana y luego se cubrió la cabeza con un pañuelo gris. «¡Todavía tenemos tiempo!», le dijo a una de las cabras mientras la sacaba del establo.

La cabra triscaba ligera por el camino del bosque, a su lado. Al caminar, Hélène arrastraba las botas sobre las hojas, que crujían, cubiertas aquí y allá por una escarcha como sal gris.

Conducía a la cabra atada de una cuerda corta, y en la otra mano llevaba una vara. Media hora después, se paró bajo una encina y empezó a llenar de bellotas el gran bolsillo del delantal.

«¡Jesús María!», dijo dirigiéndose a la cabra. «¿No te da vergüenza que una vieja ande recogiendo bellotas para ti?»

La cabra la miró desde el centro oscuro y alargado de sus ojos. Unas motas de nieve, no más grandes que el serrín, caían entre los árboles.

«No tardará en cubrirnos la gran blancura», dijo tirando de la cuerda.

«A veces intento rezar, pero me vienen cosas a la cabeza y me distraigo. Mi pobre padre me decía lo mismo. Siempre quieres estar en misa y repicando y por eso no prestas atención a nada. Te voy a explicar cómo eres, decía; eres como aquel hombre al que un amigo le dice: “Te doy mi caballo si eres capaz de rezar un padrenuestro sin pensar en otra cosa”. Y el hombre responde: “Hecho”. Y empieza “Padre Nuestro que estás…”»

La cabra y la anciana oían el estruendo del torrente. Iba tan subido que sus aguas hacían una espuma como de leche.

«…Y cuando el hombre iba por la mitad del padrenuestro, se para y dice: “¿Me darás también las riendas para el caballo?”»

Todo era gris, salvo el agua que se precipitaba torrente abajo y los copos de nieve blancos posados en el cuello de la cabra. El camino salió del bosque y trepaba ahora entre los pastos. La cabra empezó a andar más deprisa, tirando de la anciana con ella. Hélène era la más fuerte de las dos, pero en lugar de frenarla, iba trotando detrás de la cabra. En un punto, el camino estaba enteramente cubierto de hielo.

Las vacas andan posando las pezuñas con cierta delicadeza, como si llevaran zapatos de tacón; las cabras, sin embargo, son patinadoras. Bailaba en el hielo la cabra, y Hélène soltó la cuerda y bordeó con toda cautela la capa de hielo agarrándose a la hierba del talud, a la orilla del camino. Cuando llegó al otro lado, la cabra se negó a ir hacia ella. La amenazó con la vara. «Está nevando», refunfuñó, «es casi de noche». «Como si no tuviera bastante con todo lo que he perdido. Mierda. Ya me estás fastidiando.»

A veces, la cólera la volvía astuta. Cuando soltaba las gallinas, y éstas empezaban a arrancar las flores del patio, fingía tener maíz escondido y cloqueaba bajito para atraerlas hasta que podía echar mano a una; entonces la zarandeaba, y cuando las plumas revoloteaban a su alrededor, la lanzaba por encima de su cabeza, lo más alto que podía, contra el suelo. Y las gallinas eran tan estúpidas que se acercaban de una en una a que les diera su merecido.

La cabra, que no era estúpida, observaba cómo sacudía la vara en el aire. «¡Venga, ven ya, pedazo de cabra perezosa!»

Pasado un rato, la cabra dejó la capa de hielo, y la pareja continuó su camino. La propia desolación del paisaje hacía que parecieran cómplices. Los riscos se elevaban sobre ellas, cortados a pico, como un gran muro de trescientos cincuenta metros. En la media luz del anochecer, los inmensos pinos que los coronaban apenas eran visibles, diminutos como pequeños ramilletes de hierbas aromáticas.

Hélène condujo la cabra hacia la pared de roca, y, al mismo tiempo, voceó el reclamo. El sonido no era muy diferente del que hacía para atraer a las gallinas cuando les echaba el pienso. Pero era más agudo y más breve, puntuado con silencios.

Tras llamar varias veces, hubo una respuesta que ninguna voz humana podría haber imitado. Tal vez un instrumento como la gaita podría hacer la reproducción más aproximada. La queja del aliento que surge de una bolsa de piel. Los griegos llamaban tragos al reclamo del macho cabrío, y de esa palabra se deriva el término tragedia.

El macho era más oscuro que el crepúsculo que lo envolvía, y sus cuatro cuernos estaban entrelazados, como sucede a veces con las ramas de los árboles cuando el tronco se ha dividido en dos. Tenía un andar cachazudo.

Hélène metió la mano izquierda bajo la axila del otro brazo para resguardarla del frío. Agarraba la cuerda con la derecha. La cabra estaba quieta, expectante. Las motas de nieve iban convirtiéndose en grandes copos. Desde niña, siempre había hecho lo mismo cuando caían los primeros copos de verdad. Sacó la lengua. El primer copo de nieve trajo a su lengua de setenta y cinco años un cosquilleo similar al de los sorbetes.

La cabra levantó la cola y la meneó. Hizo un movimiento circular, como una cuchara que diera vueltas muy deprisa. El macho la lamió por debajo. Luego estiró el cuello y replegó las comisuras de los labios, paladeando el sabor. Un pene fino con el glande encarnado asomó entre un mechón de pelo. El animal se quedó parado, inmóvil como un berrueco. Pasado un momento, el pene se retrajo. Quizá la ocasión no era demasiado propicia, ni siquiera para él.

«¡Jesús, María y José!», refunfuñó Hélène. «¿Te darás prisa? Se me están helando las manos. Ya es de noche.»

El macho seguía olisqueando y dejaba que la cola de la cabra le rozara el entrecejo.

Si nevaba toda la noche, no podría volver a traer a la cabra, y en la primavera tendría uno o dos cabritos menos para vender.

Y allí estaba el macho, quieto, como esperando a que sucediera algo. Impaciente, Hélène se agachó —la nieve se posaba en su pañuelo gris— para mirar bajo el cuerpo del animal si había desaparecido toda esperanza. Todavía se veía una mota encarnada.

«Si la rabia fuera pólvora», murmuró, «haría esas rocas pedazos. ¿Te vas a dar prisa?».

Con una de sus patas delanteras, el macho golpeó suavemente un costado de la cabra. Varias veces. Luego hizo lo mismo con la otra pata en el lado opuesto. Cuando la cabra estuvo en posición, la montó.

Nada se movía de forma visible bajo los riscos, a excepción de los copos de nieve y las ancas del macho. Sus movimientos eran tan rápidos como lenta caía la nieve. Tras unas treinta embestidas, todo su cuerpo se estremeció. Entonces sus patas cayeron deslizándose por los ijares de la hembra.

Hélène apretó con todas sus fuerzas el lomo de la cabra, en el centro. Lo hacía para estimular la retención del esperma. La pareja se encaminó de vuelta al pueblo. Para bajar tomaron un camino más largo, pero más ancho, que pasaba por delante de la casa de Arthaud.

Lloyse, la mujer de Arthaud, había muerto sepultada por una peña que cayó desde lo más alto de los riscos. Estaban en la cama, durmiendo. La roca pegó en la tierra primero, abriendo un boquete lo bastante grande para enterrar un caballo. Continuó, sin embargo, pendiente abajo. Despacio. Cuando alcanzó la casa, no la arrolló por completo. Sólo derribó un muro y aplastó la mitad de la cama. Lloyse murió en el acto, y Arthaud se despertó, ileso, con el peñasco a su lado. Esto sucedió hace veinte años. La roca era demasiado pesada para moverla. Así que Arthaud quitó los trozos de madera y los cascotes y construyó una habitación nueva al otro lado de la casa; ahora dormía en ella.

Cuando Hélène y la cabra pasaron por delante, había luz en la ventana de esa habitación; y la nieve brillaba en una cara de la peña.

Hélène pasó una mano, cuyas articulaciones estaban tan inflamadas que nunca podía estirar completamente los dedos, por el lomo del animal. «Cabra», dijo, «¡no se te ocurra perderlo! ¡Cabra perezosa!».

Los espermatozoides que habían sobrevivido al inicio de su largo viaje navegaban cuerpo adentro formando unas espirales que giraban en sentido contrario a las agujas del reloj.

El viento arremolinaba la nieve, y Hélène caminaba sujetando a la cabra por el collar, no fuera a resbalar.

Pascua

Pascua

Por la noche los carámbanos

alargan sus dientes

de transparentes roedores

por el día gotean

el alimento de la nieve

Levantada la blanca sábana

se pliega en torrentes

mi huerto

una morgue de ramas

amputadas a los manzanos

El agua furtiva

desatranca las laderas

la hierba prisionera queda libre

maltratada y pálida

demasiado débil para hacer señas

La huella del gallo

flecha de tierra

como el estiércol marrón

ancha como el cielo

está a punto de cubrir a la gallina del mundo

Una mujer independiente

Una mujer independiente

Catherine abrazó a los dos hombres. Con sus largos brazos los atrajo hacia su cuerpo espigado. Primero a Nicolas, su hermano, y luego a Jean-François, el vecino. Los besó en ambas mejillas, cerca de la boca. Con setenta y cuatro años, ella era por escasa diferencia la mayor de los tres.

«Está enterrada a un metro d

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