Tratado de la pasión

Eugenio Trías

Fragmento

Prólogo de la presente edición

PRÓLOGO A LA PRESENTE EDICIÓN

LA RECTA VÍA O EL CAMINO DE LA DERECHA

Es una gozada tener otra vez entre las manos el Tratado de la pasión de Eugenio Trías. Y será un goce su lectura para aquellos que entonces, hace ya casi treinta años, no tuvieron la oportunidad de poder adentrarse en sus páginas para recrearse con esa voluntad de rigor propia de aquel que dedica su tiempo a la tarea del filosofar y, al mismo tiempo y sobre todo, para dejarse fascinar por ese don que tiene Eugenio Trías para la palabra, para el salto audaz, el enlace de conceptos, la cabalgada semántica a zonas inesperadas, la metáfora, el juego literario, todo aquello que convierte a su tratado en un espléndido ensayo. Y es que sólo desde el ensayo puede uno acercarse al tema de la pasión, por mucho que la pretensión de Eugenio Trías sea la de devolver un contenido ontológico a esa categoría, la Pasión, que durante siglos en la tradición occidental ha sido considerada la oveja negra de la familia, la díscola, irreverente, la parte negativa, la que hay que descartar. Lo que se escapa al control del Logos, de la Razón con mayúscula.

El intento de Trías era por otra parte hijo de su tiempo. De aquellos años sesenta y setenta del siglo XX —no tan lejanos, pero sí distintos a los que hoy nos toca vivir— en que filósofos y pensadores se planteaban la necesidad de rebelarse contra el dominio del logos y la razón que se había convertido en Razón de Estado y había desembocado en los totalitarismos siniestros de los años treinta con todas sus secuelas. Era el momento en que la filosofía de Occidente, alejándose del marxismo —sustento ideológico de tantos desmanes en la práctica social— se volvía de nuevo hacia Nietzsche y a los modelos filosóficos que por otro lado —curiosa recuperación que hoy vuelve a convertirse en rechazo— habían sido anteriormente descartados y señalados como padres del irracionalismo y de paso de todos los crímenes cometidos por el nacionalsocialismo.

Los sesenta fueron así un momento de tregua, de respiro, de intentar recuperar no la herencia maldita de un Nietzsche tal vez mal entendido, sino el grito alegre de Zaratustra y la energía vital que de sus escritos emanaba, su irreverencia y su grito diabólico, salutífero frente al soplete demoledor del individuo realizado por los estados-policía. Rebelión contra Hegel y Marx y de paso contra los sistemas cerrados y opresivos que en nombre del «universal liberador» habían echado a la poubelle de la historia las vicisitudes del corazón y los desvelos, incertidumbres y añoranzas del individuo singular, aquel que en cambio fuera ensalzado y potenciado en otro momento de crisis y decepción —en el romanticismo— tras el Terror y los desastres provocados por la Revolución francesa, que parecían impugnar los ideales de la Ilustración y del benigno Contrato social. Y ese sujeto, sometido a pasiones, vapuleado y solitario, ese sujeto activo y sensitivo fue retomado entonces para ser pensado, reivindicado frente al Todo, frente a la máquina demoledora de lo social que en nombre del progreso y de la Historia lo condenaba y maltrataba, considerándolo número insignificante, parte de una maquinaria, súbdito, sometido a un destino que lo enajenaba y lo olvidaba, ya fuera la raza superior o el superhombre o la clase social o simplemente el estado «paternal» el detentador de la Ley y la Razón que encima se pretendía salvadora.

Trías, en su tratado, se propone una tarea de gigante, que él mismo nos expone como meta de su trabajo en las primeras páginas. Nada menos que «reconstruir el orden racional y el orden de la actividad, la razón teorética y la razón práctica desde bases sólidas. Y para mí esas bases sólo pueden ser pasionales». Se trata por tanto de plantearse un tema peliagudo, muy delicado y, como diríamos metafóricamente, atreverse a andar en la cuerda floja, para huir de la crítica de irracionalismo, como si todavía el fantasma del dedo acusador volara amenazante sobre todo aquel que desde el ámbito de la racionalidad del discurso filosófico académico intentara dejar la puerta abierta al viento demoledor de la pasión, ese reducto de lo no sometido a control, esa marca del desorden, del exceso, donde individuos y sociedades se anegan y se pierden. Desde Grecia, pasando por el cristianismo, hasta los muy racionales siglos XVIII y XIX, en donde al mismo tiempo había estallado, desde el romanticismo a Nietzsche, el «asalto a la razón».

Trías se pregunta por qué «la filosofía parece espontáneamente abocada a fundar una razón yuguladora de su base pasional; y hablo —nos dice— de una filosofía espontánea, o de lo que bien pudiera denominarse «la ideología espontánea del filósofo», esa que desde los griegos a los estoicos y de éstos a Descartes, Spinoza, Kant y el idealismo alemán, por citar algunos de sus «momentos estelares», no hace sino repetir, en variaciones de un único tema, las mismas ideas acerca de una fundación de la razón como premisa de una subjetividad libre y autárquica que ha logrado vencer el yugo cautivador de la pasión que llega o puede llegar a enajenarla.

Y tras esta rotunda afirmación, después de hacer un recorrido a través de las diferentes teorías sobre el amor pasión desde la Antigüedad (intentando encontrar un estatuto ontológico que la libere de su carga maldita) afirma que la pasión lejos de ser ciega es premisa de lucidez; nos dice que no es la suya una posición pasiva y sometida sino activa y sobre todo receptiva y que precisamente sería esa posición receptiva «la que funda el orden del conocer, y en general el orden racional, en el cual queda inscrito el mundo, en síntesis conjuntiva con la propia realidad del sujeto cognoscente». Para afirmar poco después que ese sujeto pasional es además la base empírica del sujeto estético o que lo artístico es, en esencia, «esa singularización que la pasión hace posible en la expresión».

Pero no se trata aquí de resumir o minimizar cada uno de los recorridos realizados por Trías (que es guiado también por la pasión de la palabra y la escritura y la reflexión filosófica con todos sus encantos, sus vericuetos, sofismas, hallazgos y encadenamientos lógicos) en este sugerente tratado; recorridos llenos de intuiciones, algunas sorprendentes y otras tal vez demasiado audaces, que el lector ha de seguir minuciosamente intentando encontrar los lazos, los posibles saltos, los recovecos, los aciertos y las vacilaciones para apreciar sobre todo lo que este tratado-ensayo tiene de aportación personal, de «implicación» precisamente del autor en un momento de su vida en el que la Pasión con mayúscula se entroniza y modifica gran parte de sus planteamientos teóricos para abrir nuevos senderos a la reflexión y a la expresión, senderos que le alejarán cada vez más del «sistema» y del pretendido (y casi siempre muerto) rigor académicopara encontraresa otra senda, la de la expresión literario-poético-filosófica.

Y de ese modo acierta y el tratado se amplía y vuela, porque ése es probablemente el único medio, el más adecuado para enfrentarse a un tema que se resiste a la ontología y que ha tenido su expresión continuada y reiterativa a través de las manifestaciones literarias y artísticas a lo largo del tiempo. Asuntos del corazón, del «vivo sin vivir en mí». Es en los personajes creados por la literatura, por el drama, el poema o la novela, donde Trías encontrará materia para su reflexión y en el análisis de figuras paradigmáticas como Don Juan, Tristán e Isolda, Fausto, Romeo y Julieta centrará el estudio para sus conclusiones y para esa concatenación de ideas, sugerencias, despliegues teóricos o metafóricos que le conducen a un Dios del Amor y, cosa sorprendente, al misterio de la Santísima Trinidad para llegar a un final feliz y esperanzador, el de la buena vía o el camino recto, el que llama «de la derecha» con un curioso y desconcertante cántico a la familia, tras un osado y no sé si discutible planteamiento en donde el dios cristiano aparece fundamentando esa nueva ontología de la pasión que a su vez sustenta la acción y la razón liberadora.

Los buenos libros nunca mueren. Y adentrarse en el Tratado de Eugenio Trías, casi treinta años después, es volver a experimentar esa emoción ¿estética? que se debe a la belleza del texto y a sus implicaciones, pero también a la densidad y oportunidad del cúmulo de reflexiones filosóficas que pueden ayudarnos para seguir pensando. Uno puede coincidir o no con sus conclusiones, pensar que tal vez no es una ontología sólidamente fundada lo que allí se ha encontrado, que hay más de intuición y destello, de iluminación que de concatenación lógica en sus análisis. Pero eso es precisamente lo que tal vez se pretende. Estamos en el terreno de la pasión, en el marco de la ficción, de esos personajes, caracteres indelebles, creados en distintos momentos por la mente del hombre, ese hombre singular sometido al trasiego de la pasión, desvalido y solitario, pero también altanero y radiante, capaz de crear y recrear una y otra vez a sus dioses a su imagen y semejanza. Y ese recorrido siempre es y será «apasionante». Tal vez el único que realmente no concierne y nos importa, sean cuales sean las valoraciones que se le den desde las distintas instancias que, desde el comienzo de los tiempos, se empeñan en encontrar la norma del «deber ser», segando con la guadaña de un dualismo pernicioso y siempre represor esa parte tumultuosa, activa, la más singular, la más propia, la que nos hace ser humanos, demasiado humanos, contradictorios, sometidos a pasiones y a movimientos a veces sublimes y a veces rastreros. Ese hombre tal cual que el arte y la literatura nos ha contado y nos sigue contando sin juicios ni condenas. El que Trías reencuentra.

LOURDES ORTIZ

Nota del autor

NOTA DEL AUTOR

Una de las mayores alegrías que experimenta el escritor es, obviamente, el comentario (oral o escrito) que el lector puede efectuar de su libro. Esta recepción real es mucho más gratificante que la que se codifica en forma de críticas en la prensa o en revistas periódicas, ya que es más espontánea e incondicional y revela el verdadero uso social que un libro puede tener. Si algún libro mío ha influido en la vida de personas concretas es, creo yo, este tratado, que para muchos lectores ha sido un estallido de claridad en uno de los dominios más espesos y confundidos, o que suele ser abordado desde perspectivas excesivamente próximas al «correo del corazón». Intenté en este libro elevar a categoría ontológica un género injustamente reputado «menor» (o «género chico»), como es todo lo referente al orden del corazón (Pascal). Intenté en él elevar la más caprichosa, plástica, sutil y mágica de nuestras vísceras en fuente y principio de una concepción del ser y del sentido. El apoyo que consigna en ciertos aspectos de L’amour et l’occident del «clásico» Denis de Rougemont ocasionó, poco después de que mi libro apareciera, un interés editorial y «de público» por una obra que, antes de referirme a ella, vegetaba, en nuestro contexto, en el absoluto silencio. Pero mi libro quería enmendar precisamente las penurias e insuficiencias de este interesante libro, en el que el «tema» le viene «ancho» al propio autor. Mi libro se orientaba por derroteros bien distintos: hacia una ontología de la pasión.

Este libro mío tuvo luego multitud de imitadores. Inclusive fue prácticamente utilizado el título de mi libro en alguna circunstancia.

La mayor alegría que este libro me ha proporcionado ha sido la comprobación de que casi la totalidad del público lector que se ha quedado literalmente «enganchado» al texto es del género femenino. Seguramente en este libro interrogué con radicalidad absoluta ese lado «femenino» que todos poseemos, independientemente de nuestra definición, o autodefinición, sexual. Es, desde luego, un libro profundamente femenino (que ama lo femenino, el «eterno femenino») aun cuando no sea ni feminista ni lo contrario.

Es un libro que habla a la inteligencia femenina que todos poseemos de forma latente o patente, en estado agreste o de forma cultivada.

Curiosamente, un libro así es casi el único, de todos mis libros, que no está dedicado. No pudo ser dedicado, por razones de coyuntura «cordial», en la época de su redacción. Pues desde luego un libro como éste tuvo su coyuntura «cordial». Por eso, en este tardío prólogo quiero poner remedio a esta ausencia llamativa y dedicar el libro a todos esos lectores y lectoras, cuyo nombre por lo general ignoro, que han podido llegar a «amar» este texto tan cortés.

II

El libro es autobiográfico hasta un grado inusitado, pero todo mi esfuerzo consistió en entregarme «al asunto», o «a la cosa», en vez de incordiar al lector con exhibicionismos anecdóticos. Fue un esfuerzo ímprobo, ya que hablaba de una víscera sangrante (propia) que en el curso mismo de redacción del texto se hallaba asaeteada por la flecha de oro. Escribir en esas circunstancias es toda una proeza. Pero así fue: surgió como una Minerva que, insólitamente, levanta el vuelo de la inteligencia en y desde la válvula cordial herida. Pero el libro era también, junto a un documento «objetivado» de mi propia percepción y experiencia en relación al «eterno femenino», una confesión. Así deben leerse quizá las páginas mejor escritas, las que dedico al doble arquetipo entrecruzado que determina una posible condición masculina: el doble arquetipo entrecruzado de Don Giovanni y Tristán. En esa intersección paradójica puedo reconocer y reconocerme, siempre que complique la figura con un tercer término (siempre hay un tercer término): el Fausto, el gran arquetipo que en este libro está ausente.

Tratado de la pasión

PRIMERA PARTE

PRÓLOGO EN EL CIELO*

Di quell’ amor che’è palpito

Dell’universo intero,

Misterioso, altero,

Croce e delizia al cor.

G. VERDI, La Traviata

Analizaré, en una primera aproximación, el amor-pasión (según la expresión stendhaliana), tomándolo como fenómeno y base empírica sobre la cual esbozaré una teoría general de la pasión en revisión crítica de reflexiones filosófic

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