Idiotas y humillados

Félix de Azúa

Fragmento

Prólogo para esta edición

Prólogo para esta edición

Hablemos de literatura un poco

Es cierto que ahora pasan los días y los meses sin que apenas nos den la oportunidad de observarlos y tomarles el pulso, pero es porque van cayendo como escombros líquidos en un sumidero opaco. Vemos asomar el año por el horizonte y en menos de un guiño ya ha desaparecido con un gorgoteo siniestro. Para cuando serenamos el aturdimiento hemos llegado al siglo XXI y consumido su primera década. Por el contrario, en aquellos años del siglo XX, durante la década de los ochenta, no es que el tiempo fuera más lento o más rápido o la vida más sencilla y otros tópicos, sino que a diferencia del tiempo actual entonces pasaban cosas y los sucesos son los que marcan el ritmo. No es lo mismo tener dieciocho años el 14 de abril de 1789 que el mismo día en 1814. Para el primero, la existencia tendrá un ritmo lento y majestuoso como el redoble que adorna el ascenso a la guillotina, para el segundo, el tedio de la Restauración hará que las horas se escurran como arena entre los dedos, es el tiempo del spleen.

Aletargados por cuarenta años de estupidez política moría Franco en 1975 y con redoble de tambores (sin guillotina) se hundía el Régimen, surgía de la nada la democracia, se producía un golpe de Estado tabernario y para acabarlo de arreglar los socialistas se hacían con el poder. Todo con la cadencia pausada del alegreto de la Séptima. Ritmo cruzado de marcha fúnebre y ataque de caballería.

En mi caso, el Régimen no acabó hasta 1982, el día en que Felipe González ganó las elecciones. Lo anterior no contaba. Ninguno de mis amigos o conocidos de entonces consideraba que Suárez o Calvo Sotelo significaran un verdadero cambio de Régimen. «Los mismos perros con distintos collares» era la frase repetida hasta la náusea por toda la inteligencia del país, siempre tan inteligente. No era cierto que en España se hubiera establecido una democracia y nuestras risas sarcásticas si alguien alababa los gobiernos de UCD estaban cargadas con el alcohol de la superioridad moral. ¿Qué sabrían aquellos derechistas, integrados, corruptos, trepadores, fachas que defendían la transición? Naturalmente nos equivocábamos de un modo grotesco, pero es que, al fin y al cabo, éramos un producto de la educación franquista y lo veíamos todo según un prisma visceral, sectario y cainita. No han cambiado mucho las cosas entre la gente que aún sigue creyéndose el epicentro de la moralidad. La diferencia es que ahora cobran nómina por creerlo.

El cambio de Régimen nos transformó. De golpe se acababan las excusas y nos quedábamos a solas con nuestros argumentos. Ya no podíamos justificar las mentiras, molicies, ineficacias, infantilismos e irresponsabilidades con el auxilio de la lucha antifranquista, la represión del establishment (una palabra muerta) o el próximo derrumbe del capitalismo. Ante nuestras viejas banderas manchadas de vino ya nadie inclinaba la cerviz, así que había que espabilar. Quien no fuera capaz de inventar su propia vida ya no podría seguir presentándose como el héroe de algún colectivo grandilocuente, Bandera Roja, el Partido del Trabajo, el PSUC, gracias al cual una Ter bobalicona aún pudiera interesarse por un avispado Pijoaparte. La comedia había terminado y los movimientos colectivos serían, a partir de aquel momento, o bien negocios mafiosos o bien refugios eclesiásticos. La democracia estaba asentada y partidos y sindicatos podían dedicarse a saquear al Estado.

En la literatura iba a suceder algo similar. Durante la Guerra Fría fue un principio indudable que debíamos negar todo acceso al placer a la burguesía, principio rigurosamente desarrollado por Theodor W. Adorno en su estética negativa y repetido mecánicamente por todos aquellos que no lo habían leído. Al mismo tiempo, era menester liberar al proletariado de su enajenación. El resultado fue la así llamada «literatura experimental», que dejaba perfectamente indiferente a la burguesía, la cual prefería leer a Le Carré, y al proletariado, que bastante tenía con la prensa deportiva. Yo había cometido mucha literatura experimental, pero el advenimiento del socialismo me persuadió de que había que echar el telón. La Guerra Fría, aun cuando buena parte de la izquierda española aún lo ignora, había terminado. Poco después, Felipe nos metió en la OTAN por si cabía alguna duda. Así se forjó el estilo de la primera novela aquí reunida.

Curarse de la literatura experimental no fue asunto cómodo. Comencé con una novelita histórica, Mansura, por la que sigo teniendo cariño. Se editó en 1984 y fue mi primer intento figurativo. Me propuse después una glosa de lo que había sido el tránsito de un español de mi edad hacia la decepción, ese proceso que nos había conducido de la dictadura franquista al socialismo democrático, a pesar de habernos pasado décadas y más décadas exigiendo una dictadura estalinista. O maoísta, aunque esto creo que sólo fructificó en Cataluña y en algún pueblecito de la provincia de Granada, lugares donde se producen los fenómenos políticos más pintorescos.

La historia de aquel idiota que había creído en todas las mentiras ideológicas con el único fin de no tener que comprometerse con su propia vida y empuñar su responsabilidad apareció en 1986. Que era un resultado del fin de la Guerra Fría me lo demostró el hecho de que también alcanzara cierta notoriedad fuera de España, en lugares tan alejados de nuestra experiencia política y vital como Holanda o Noruega. Algo compartíamos ya muchos europeos en aquellos años, fuéramos donde fuéramos. Creo que a mediados de los ochenta apuntaba ya el anuncio de ese final, cuya fiesta se celebraría un poco más tarde cuando en 1989 cayó el muro de Berlín. Y desde luego «cayó», nadie lo derribó, así como Franco «se murió» y no hubo quien lo matara a pesar de la cantidad de antifranquistas que siguen hoy chuleando por los servicios prestados.

El final del lenguaje político beocio, de las marionetas ideológicas, de los aparatchiks, de la indefinida pero no por ello menos estulta hostilidad contra «la burguesía» suponía un desafío para la Europa que se había acomodado a los dos poderes planetarios y a la inoperancia disfrazada de humanismo. Me pareció, por tanto, un buen momento para dibujar aquel personaje (¡tan europeo!) que había admirado a los locos, los criminales, los marginales, los asociales, los maníacos, los terroristas, gracias a un resto de cristianismo putrefacto salteado con ajo en la sartén de Nietzsche o (lo más común) de Foucault. Un modelo que los italianos habían llevado a sublime diseño en los llamados «años de plomo». De ahí surge el estilo de la segunda novela aquí recogida.

Ése fue el diario de un hombre realmente humillado por los demás y por sí mismo. Un pobre tipo que continuaba creyendo, a la manera de las vanguardias románticas, que sólo «desde el exterior» de la sociedad y en guerra contra ella se puede llevar una vida digna. Excusa banal que se venía abajo cada vez que al tremendo rebelde le ofrecían una beca. Y, sin embargo, excusa que sigue siendo la más frecuente en todos los currículos que se envían al ministerio o a la consejería de cultura cada vez que se solicita una subvención: «Soy un luchador inconformista, solidario y sostenible, etcétera». El marginal, el criminal, el asocial, el enemigo feroz de todo lo burgués vive, en la actualidad, de nuestros impuestos. Ha resultado el producto intelectual más barato y más fácil de integrar de cuantos compra el Estado. Era lo que yo deseaba contar en aquel Diario y podría volverse a contar hoy mismo.

Con estas dos novelas pasé la frontera de la mayoría de edad, la cual no me llegó hasta haber cumplido los treinta. Bien es verdad que nuestros mejores representantes, los Rolling Stones, nos habían aconsejado «no fiarnos de alguien que ya ha cumplido los treinta años». Tenían toda la razón, y en estas dos novelas trataba yo de explicarlo.

Hoy, leídas a considerable distancia, me parece que siguen retratando adecuadamente a una generación que no cargó con culpa ninguna a pesar de su inepcia y que todavía controla registros poderosos de aquello que más odiaba: el establishment, esa palabra muerta. Una generación de señoritos, hubieran nacido en cunas o bajo los puentes, que se creyó llamada a dirigir la revolución y acabó dirigiendo un departamento municipal.

FÉLIX DE AZÚA,

junio de 2010

Historia de un idiota contada por él mismo o El contenido de la felicidad

Historia de un idiota contada

por él mismo

o El contenido de la felicidad

Este libro está dedicado a mis precursores,

Bouvard y Pécuchet, y a Fernando Savater,

que posee el secreto de la felicidad,

y a Marisol, que tiene un perro

Si alguna vez tropiezo con viejas fotografías de mi infancia, lo que hace mucho que no sucede, siempre me sorprende y molesta el mismo, obsesionante, rasgo. En todas ellas —diez, veinte fotografías que me retratan desde la pila bautismal hasta los seis o siete años de edad— aparezco con la misma e insoportable sonrisa. Siempre es igual, idéntica, como si se tratara de una máscara y fuera independiente de mi verdadero humor. Este signo inequívoco de vileza ha determinado mi vida, una de las más desdichadas que conozco, y siempre en la misma dirección; desde mis primeras intuiciones supe que estaba obligado a simular una constante felicidad, y que semejante rasgo iba a ser lo que me permitiera sobrevivir; la única fortaleza en donde podría sentirme a salvo de los innumerables ataques de que iba a ser objeto. Una simulación de felicidad terca y constante me ha permitido, en efecto, llegar con vida al día de hoy, pero a costa de los mayores sufrimientos y de un hastío infinito. No obstante, prefiero no imaginar lo que habría sucedido de haber mostrado a cara descubierta hasta qué punto ni era feliz, ni falta que me hacía.

No recuerdo apenas nada de mi infancia, lo cual me lleva a pensar que, a diferencia de casi todos los seres humanos, cuyos recuerdos infantiles pueblan de dicha su vejez, la mía fue una infancia gris, aburrida, burocrática y abstracta. Así, por ejemplo, el único compañero de juegos de quien tengo alguna constancia, gracias a que figura en tres o cuatro fotografías a mi lado, con un porte serio, digno, magnífico, es un perfecto desconocido cuyo nombre habría olvidado de no ser porque apareció hace un par de años con un tiro en la nuca, doblado en cuatro, desnudo, en la maleta de su propio coche aparcado en un aeropuerto. Llevaba allí dos días y fue descubierto por su mujer cuando ésta decidió recuperar el automóvil, según me comentaron no sin cierta morbosidad. Esta muerte, noble y violenta, en contraste con mi actual agonía vegetativa, da una clara significación a esta figura serena, altiva, que aparece junto al sonriente gusano de tres años que no tengo más remedio de aceptar como yo mismo.

La infancia fue, para mí, lo que para otros el servicio militar; algo inevitable, decidido por el Boletín Oficial del Estado, y articulado en dos actos relevantes, la leva y la jura de bandera. De la leva nada puedo decir porque carezco de la información imprescindible, sólo sé que salí al mundo a regañadientes; y la jura de bandera se produjo el primer día en que recibí un tortazo —al parecer por pronunciar en público la palabra «coño» que apenas si podía yo asociar con algo más que con «año», dada la frecuencia con que me preguntaban la edad los adultos desazonados por mi permanente sonrisa—; tortazo que recuerdo nítidamente por la proximidad de una puerta a la que hube de agarrarme para no caer al suelo. Con aquel decisivo acto se me informó sobre algunos extremos de la felicidad que luego he ido confirmando. A este primer encuentro con la definición de uno mismo venida desde fuera, con el Objeto que nos pone objeciones contundentes, con la noción de autoridad, le sucedieron incontables encuentros del mismo tipo, pues he sido uno de los ciudadanos más abofeteados durante su infancia y juventud que ha producido la así llamada burguesía catalana.

En todo caso, el bofetón llegado del cielo como una causa sin causa, como Primer Motor, incomprensible él mismo pero ordenador de toda comprensión futura, produjo un efecto formativo total pues alcancé la reflexión, la mirada venida desde fuera, y la conciencia de que no se podía uno descuidar de la sonrisa ni un minuto si quería seguir con vida en un Mundo ordenado según unas leyes que ya veía yo poco propicias para manifestar la infelicidad con el propósito de obtener algún rendimiento. Decidí entonces, a los cinco años de edad, ser el perfecto simulador de la felicidad, un profesional de la dicha, y simultáneamente comencé mi célebre investigación acerca del contenido de la misma.

Poco más se puede añadir sobre este período vacío y estéril que es la infancia, años de absoluta supeditación y dependencia llamados por los explotadores «años de felicidad infantil», como no sea el ataque de que fui víctima por parte de mi primer Médico, un inepto, como la práctica totalidad de la profesión, que dictaminó cáncer de huesos en donde sólo había un golpe fortuito y una cojera simulada para hacer juego con la sonrisa. Aquel suceso grotesco tuvo como resultado una segunda decisión formativa: la de no ponerme enfermo jamás, pues es en los momentos de debilidad cuando aprovechan para reducirte a escombros. Y puedo asegurar que me he mantenido incólume, con una salud de hierro, excepto en un par de ocasiones que me pillaron con la guardia baja; la primera cuando me inyectaron la vacuna de la difteria, a la que soy alérgico, y me dejaron tendido en la cama, paralizado de medio cuerpo para abajo; la segunda cuando simularon repararme el tabique nasal, roto en una caída de las paralelas —¡cómo recuerdo el agradable olor a húmedo en el momento de precipitarme sobre la nariz!—, simulación consistente en una carnicería en las inmediaciones de la pituitaria que me ha dejado sinusítico crónico, sujeto perpetuo de infecciones nasales y futura víctima de una asfixia mortal. No, no se debe estar nunca enfermo cuando se proyecta una vida de absoluta desdicha e investigación del contenido de la felicidad. Hay que sonreír y estar sano, aun a costa de la salud.

Es inevitable explicar que yo ya no era un niño a los ocho años, no sólo por el efecto aristotélico del tortazo y la notable contribución quirúrgica, sino también por la educación, la, repito, educación, que comencé a recibir en el colegio, uno de aquellos pretenciosos mastodontes que las órdenes religiosas construyeron con la intención de dar rienda suelta a sus más corruptos instintos. Un colegio caro, hortera, regentado por inválidos de alma y cuerpo, situado en una inmensa finca próxima a la plaza de la Bonanova, finca hoy en parte parcelada y trufada de edificios, como si se tratara de un monumento al dinero, único y verdadero objeto de la educación religiosa de entonces.

Era imposible ser un niño, dadas las circunstancias, por muchos esfuerzos que hicieran mis compañeros en imitar el comportamiento infantil y por mucho que los religiosos nos trataran como tales. En realidad no les interesaba nada de nada que FUÉRAMOS niños, lo que exigían era que ASUMIÉRAMOS esa condición con el fin de eliminarnos de este mundo sin incurrir en ninguna responsabilidad penal. A un supuesto niño se le puede pegar, torturar, idiotizar, comprar y vender sin que nadie proteste, y menos en una dictadura fascista y católica, que es la más rastrera y ruin de las dictaduras, como han demostrado los recientes casos de Chile y Argentina, organizados con rigurosa sordidez religiosa y militar, es decir, usuraria.

Fue mi perfecta imitación de felicidad lo que me mantuvo con vida once años en aquel centro de destrucción. ¡Once años! Se dice en tres segundos, pero vivirlo fue una muerte constante, minuto a minuto, durante once años, sin otra rutina que el abofeteamiento habitual y continuo, hecho domesticidad y, por lo tanto, no completamente dañino, no LETAL.

A mí me pegó todo el estamento profesoral sin excepción, y gracias a eso me salvé de la locura pues pude construir una coraza contra las enseñanzas de aquellos maníacos que alzaban los ojos ante la imagen de la Santísima Virgen María, con su túnica azul y aire de empleada del hogar, mientras anotaban en sus libretas de hule los elegidos para la próxima sesión de tortura. Espantoso espectáculo de hombres conviviendo con otros hombres como ellos, débiles y ansiosos, husmeándose los unos a los otros, rodeados por una nube de niños, hijos de buenas familias franquistas, para su delectación viciosa. Nunca olvidaré la expresión de asfixia sexual del Hermano Prefecto de Segunda, en aquella ocasión, a la salida del Salón de Actos, en que, haciendo uso de la larga cadena del silbato, azotó, ante el pasmo general, a un crío que se había propasado en felicidad. Este Hermano Prefecto llevaba peluquín, lo que no deja de ser sintomático en un hombre enteramente dedicado a Dios y a la pedagogía religiosa. Años después me contaron que acabó regentando un garaje ganado en matrimonio con una viuda; harto de peluquín, de cadena y de miseria física y moral.

Sólo en una ocasión estuve a punto de perder mi sonrisa protectora: fue el día en que le tocó pegarme al profesor de literatura, único ser algo humano en aquella reserva de antropoides. Una vez que lo hubo hecho, me miró con los ojos llorosos y dijo, agitando unos puñitos peludos como cocos, que me odiaba porque en treinta años de actividad profesional era aquélla la primera vez que levantaba la mano contra un alumno. Consideré que había llegado el momento de moderar la expresión de felicidad y que me encontraba maduro para abandonar el colegio. Estábamos en lo que entonces se llamaba Curso Preuniversitario y sólo me faltaba un año para escapar de aquella factoría de brutalidades. Lo que venía luego, la Universidad, se presentaba a mis ojos como el verdadero nacimiento; todo lo anterior había sido un mero trámite sin interés. Hasta entonces sólo había conocido aficionados; pero ahora iba a conocer a los ESPECIALISTAS de la felicidad.

Creo poder afirmar que ningún paraíso infantil o infancia feliz institucional pudo ya atacarme, tras el paso por la iniciación; quedé inmunizado para siempre. Es ésta una ventaja digna de consideración en unos tiempos en los que la venta de felicidad infantil se ha incrementado hasta alcanzar proporciones colosales; los proyectos de infantilización que promueven estados muy poderosos, como el norteamericano, han tenido un éxito BIOLÓGICO considerable y la edad actual de las poblaciones occidentales ronda los ocho o nueve años intelectuales. La lacra de la felicidad infantil ha extendido el deporte hasta convertirlo en un negocio de estado, sólo comparable con la fabricación de armamento nuclear; y ha rebajado las exigencias morales de los inexistentes adultos a niveles de jardín de infancia. No es de extrañar que en la actualidad la población desarrollada sea prácticamente analfabeta, a la manera de los niños, es decir, con una cantidad ingente de información inútil ocupando la totalidad del cerebro.

Sin embargo, los días más peligrosos para mi radical y rigurosa defensa contra la felicidad fueron los del verano, cuando me trasladaban a un pueblo de mar donde las familias se resquebrajaban de tedio durante tres meses; no quiero cerrar este apartado sin dedicarle algunas palabras. En aquella atmósfera africana, plúmbea, no era difícil relajar la vigilancia y encontrarse de pronto seducido por el brillo de una tela de araña recién llovida en cuyo centro relumbraba el lomo de la epeira, joya de nuestros jardines. O también, estupefacto a la manera de los opiómanos, pasarse media hora ante una lagartija que abría y cerraba voluptuosamente sus garras sobre la arcilla caliente. Estos ataques salvajes contra mi seguridad eran rápidamente compensados por la mística de juego y diversión, es decir, de felicidad, que se manifestaba a mi alrededor en forma de bailes nocturnos (los adultos) o excursiones y meriendas (el resto), de una monotonía inalterable y con el inconfundible tufo de las actividades marciales; más tarde he podido comprobar la función destructiva de bailes, meriendas y excursiones, gracias a uno de los pocos libros científicos que he leído, en el que se describe minuciosamente el efecto nocivo de tales aficiones sobre el protagonista —llamado Marcel— y algunos personajes emblemáticos (una princesa, una abuela, un noble bretón, un judío que se casa con una ramera, etc.), todos ellos conducidos lentamente a la más severa abyección por tomarse en serio tales distracciones.

Así y todo, debo recomendar la más extrema prudencia a quienes se encuentren en circunstancias similares —cerca de un riachuelo, o, en el crepúsculo, contemplando el regreso de los anchoveros—, pues es uno de los escenarios predilectos para el ataque de felicidad, y hay geografías con predominio de prados, lagos, cumbres, costas, en las que pueblos enteros han sucumbido a la descomposición moral y a una forma perversa de felicidad pedagógico-religiosa. Cuando se viaja o reside en tales lugares es conveniente mantener las ventanas cerradas, leer mucho a Dostoievski, utilizar gafas oscuras y alimentarse con latas de conserva. Sobre todo evitar, como a Satanás, todo cuanto se asemeje a una excursión, una merienda o un baile; los efectos son terminales.

La Universidad española, por el mero hecho de ser española, mal podía ser una Universidad, de modo que ingresé en la Cualquiercosa española, sección Ciencias, con la intención de hacer Exactas sin poner los pies en el centro, ni en ninguna de sus secciones y subsecciones, dado que tenía superada la felicidad pedagógica y esperaba, en cambio, descubrir nuevos datos sobre una forma reciente de felicidad a la que no tengo más remedio que llamar por su nombre: la militancia política de extrema izquierda revolucionaria. Los primeros datos sobre este enemigo de la felicidad que pregona la posibilidad de construir una sociedad feliz mediante el uso de unas cuantas generaciones de incautos los obtuve gracias a la información de la prensa franquista. A poco que uno leyera con cuidado, era de todo punto evidente que aquellos enemigos, uno, de la religión y las buenas costumbres, dos, de la burguesía y de la propiedad privada, tres, de España entera, tenían que ser, obligadamente, unos caballeros. Cada vez que aparecía cualquiera de los graciosísimos ministros que por entonces ejercían hablando de aquella manera tan singular, uno esperaba verlo saltar por los aires gracias a un enemigo de la religión, de las buenas costumbres, de la burguesía, de la propiedad privada y de España entera. Yo no logré ver saltar a ninguno, aunque más tarde Carrero Blanco en persona reuniera el inconsciente colectivo acumulado en cuarenta años por treinta millones de siervos, pero si me hubieran dado a elegir me habría encontrado en un apuro. Dejando de lado al Caudillo, a quien, no me cabe la menor duda, protegía la Providencia por un decreto especial del Señor —que no de otra manera piensa el Señor—, uno dudaba entre un petulante personaje embutido de blanco, actual jefe de la oposición, que se llama, y un inefable gordezuelo llamado Sánchez Bella y también la Bella Sánchez, según quien le mencionara, ministro de Educación. Ése era mi ministro; ese hombre banal y feliz era la cabeza visible de la Cualquiercosa española; era natural que uno esperara ver desinflarse su flatulencia ontológica en cualquier momento, gracias a un simple alfilerazo. No pudo ser. Y no pudo ser porque los que habrían podido quitarle el tapón eran decididos partidarios de la felicidad (social, internacional, proletaria, planetaria) y, por tanto, unos beduinos errantes por la polvareda del futuro, sin mejor oficio que la untuosa vigilancia de prosélitos y militantes.

Presentaban, como si de un fenómeno circense se tratara, al Héroe Popular bajo el aspecto de un tornero-fresador con mono azul —el cual, por cierto, se hizo transexual en cuanto reunió cuatro duros y adoptó como nuevo apellido el de «Andersen», encantador homenaje a la sirenita, otro bicho con el sexo hecho un lío—, o incluso bajo el aspecto de El Minero Asturiano —otro ejemplo mal elegido, pues años más tarde se dejaría crecer la corbata y figuraría como secretario general de uno de los partidos comunistas, toda una carrera—, sin consideración hacia los mineros y tornero-fresadores, los cuales son como yo, es decir, enemigos declarados de la felicidad, por muy proletaria que sea, y deseosos, ante todo, de alcanzar la desdicha aunque sea al precio de mucho gozo: ganar la lotería, ver partidos de fútbol por la televisión, asaltar un banco y luego no dar limosnas, mandar la familia al Congo y dedicarse a la bebida, al juego y a las mujeres, etc.

Mi experiencia en el terreno de la felicidad planetaria fue triunfal. Y el cénit lo constituyó una semana de trabajo —en realidad conspiración y agit-prop— en una factoría de Sabadell en donde se trataban pieles de cordero con fines que me siguen estando vedados. En aquel estupendo ambiente, con un hedor que nunca más he podido disfrutar, y en amable camaradería con los hermanos proletarios, nos dedicamos, mi célula y yo, a instruirles sobre la miseria que padecían y el futuro feliz que les esperaba, con sólo que se dejaran matar un poco. Lo cierto es que a los cinco minutos nos palmeaban la espalda al grito de «¿no te jode el estudiante?» y pretendían llevarnos de putas.

Al término de nuestra labor de agitación y propaganda nos hicimos una foto y acudimos a cobrar. El empresario, un hombre tan parecido a Sánchez Bella que por un instante creí estar soñando, nos entregó el sobre de estraza con una invitadora sonrisa y susurró que nos había añadido algún billete más que a los restantes hermanos proletarios, porque él tenía un hijo en la mili y sabía lo que es pasar necesidad. El jefe de célula (hoy conspicuo urbanista al servicio de una inmobiliaria californiana) tuvo un movimiento altivo, pero nos lo llevamos a rastras gritando «pues muchas gracias» hasta tenerlo encerrado en el ascensor, en donde nos afeó la conducta, mientras nosotros le hacíamos ver la inexistencia de contradicción entre aceptar aquel pequeño detrimento de la plusvalía patronal y el último discurso de Fidel sobre la cosecha del siglo.

¡Magníficos camaradas los de la militancia en la extrema izquierda revolucionaria! ¡Así nos luce el pelo! En cuanto alguien ni siquiera tan relevante como Sánchez Bella les ofreció una parcelita de promoción pública, se dieron de codazos para entrar en Palacio. España es hoy una así llamada democracia porque lo decidieron de este modo los torturadores, los explotadores y los estafadores. La libertad conseguida como gracioso obsequio es un fruto venenoso; Adán y Eva también recibieron gratuitamente su Paraíso, pero nuestros primeros padres tuvieron la prudencia de decir «no, gracias» y largarse a la desdicha, es decir, al hogar, a lo habitable. Nuestros vendedores de felicidad planetaria tenían tan poca fe en su propia mercancía que acabaron por comprar el producto de la competencia, el contenido de la felicidad que vendía el enemigo.

El fin de mis investigaciones sobre ese disfraz de la felicidad llegó el día en que leyendo un ejemplar prestado de El amante de lady Chatterley, que se abría él solo por las páginas adecuadas, pensé si no iba siendo hora de averiguar algo sobre la felicidad producida por la copulación, el intercambio sexual sin reproducción, o el amor entendido como conversación de sordomudos.

El sexo. Pocas cosas gozan de un prestigio tan universal e indiscutible desde que, no hace muchos años, el sexo pasó a ser una cosa. Yo tuve la fortuna de vivir el ascenso del sexo a bibelot desde las más espantosas simas del mal. En un decenio, en un triste decenio, de ser uno de los motivos más evidentes de malformación de la columna vertebral (se pudría), de mongolismo, de catatonia, el sexo se alzó a la categoría de artículo de menaje, junto a los detergentes y las lejías. Entre las clases así llamadas bajas sustituyó al Opio del Pueblo —proféticamente lo intuyó Baudelaire en 1865: «La religión de las masas es joder»—; y entre las clases altas entró en franca competencia con los deportes náuticos. En la actualidad es muy fácil estar prevenido contra la felicidad sexual, pero en la prehistoria del sexo masivo no era tan fácil distinguirlo del cáncer de ovarios.

Yo había tenido algunas pruebas tangibles de la fornicación, a los trece años, con unas francesas —dos— que acudían cada noche, alternativamente, a mi camastro en el barracón de varones de una colonia veraniega ubicada en las proximidades de Béziers. La una utilizaba prótesis dental de hierro, y la otra, gafas, lo que permitía su identificación. Eso es todo lo que recuerdo, junto a las grescas que se armaban en el barracón cada vez que entraba alguna de mis novias. La altísima calidad espiritual de los franceses quedó demostrada para siempre en aquellos meses; gritaban, cantaban y arrojaban objetos cuando entraba la muchacha de turno, pero luego el silencio era absoluto e incluso procuraban ponerse al ritmo que marcábamos desde mi cama. Eran hermosas variaciones orquestales para un número muy limitado de instrumentos. Guardo un agradabilísimo recuerdo de aquellas noches, no tanto por las copulaciones cuanto por el sano ambiente de camaradería que se respiraba en aquel barracón de setenta mozos, tan distinto del procaz, obsceno y promiscuo barracón del servicio militar.

Aquella experiencia, aunque sexual, no podía yo considerarla canónica, no tanto porque le faltara algún ingrediente material, cuanto por la inocencia de los partícipes, la cual eliminaba los contenidos de verdadera fechoría al hecho de fornicar, y por lo tanto los contenidos de felicidad. Nuestros actos contra la pureza, que se llamaban, eran mucho menos extáticos que una buena partida de futbolín, así que no podía yo considerarlos plenamente sexuales y debía esforzarme por encontrar pronto una relación verdaderamente sexual, un auténtico ataque contra las buenas costumbres, si quería enterarme del contenido de la felicidad sexual.

Téngase en cuenta que la mayoría de la población juvenil y adulta adquiría esos conocimientos en las casas de putas, pero yo no podía reunir el dinero necesario, a los catorce años de edad, y de otra parte los establecimientos licenciosos estaban desprovistos de toda verdadera impureza: eran domésticos, atrabiliarios, barojianos; tan soberbiamente banales como la carnicería de la esquina, y a uno le daba la impresión de que podía tropezarse con su propia madre. La felicidad sexual había de hallarse en una situación socialmente perversa (lady Chatterley), con una persona radicalmente extraña (D. A. F. de Sade) y, a poder ser, provista de un desenlace trágico (Ana Karenina). El resto eran juegos infantiles.

La oportunidad tardó en presentarse y durante buen número de años me aburrí practicando una sexualidad de bolsillo que sólo variaba según el uniforme de mi compañera. Las niñas del Colegio Jesús y María, generalmente muy ardientes, cuyos padres, como los míos, eran catalano-fascistas enriquecidos durante y tras la guerra, lo llevaban azul marino con cuello blanco. Las del Sagrado Corazón, más modestas y recatadas, con mucha clase media sobrevenida a alta, pero dotadas de un corazón fiero y audaz, no usaban peto ni cuello, pero sí unos terribles zapatos casi viriles. Por fin, las niñas del Liceo Francés, salvajemente inteligentes, muy superiores a nosotros y cuyas tendencias sádicas nos fascinaban, eran niñas sin uniforme en una ciudad uniformada, lo que les daba un aire de ir desnudas poderosamente excitante. Una niña del Liceo Francés era lo más buscado; las del Sagrado Corazón tendían a la estabilidad, pero no conocían frontera a los excesos una vez pactado el contrato; las de Jesús y María eran extraordinarias: más tarde fueron perfectas compañeras, bebedoras, orgiastas, con ese gramo de locura que las ha ido dispersando por Europa y América.

¡Grandiosos hechos de armas los de mis compañeras de generación del Colegio Jesús y María! Han sido uno de esos batallones de choque cuyo sacrificio sirve de alivio al dolor de muchas generaciones posteriores; pero su holocausto apenas nadie lo recuerda hoy día. En todas ellas se distinguen de inmediato los signos de una vida aventurera y dramática; las borracheras, la soledad, la ingratitud, el desprecio, la persecución pública; ése ha sido el pago que recibieron aquellas heroínas de cabello cardado y minifalda que agitaban sus cuerpecillos en el sendero de la guerra de los años sesenta provistas de un diafragma y un libro de Simone de Beauvoir. Verlas hoy en la desolación de las madres sin marido; amantes trituradas por la edad y la fatuidad de los hombres; traicionadas por sus amigas, apestadas para sus parientes, mal pagadas por mercachifles que prefieren secretarias de veinte años... es como ver a los granaderos de Napoleón después de los Cien Días. Un espectáculo que encoge el ánimo por lo grandioso y por lo fatal.

Tenía yo los dieciocho cumplidos cuando por fin se me ofreció un atisbo del contenido de la felicidad sexual, es decir, de la copulación considerada como un acto verdaderamente impuro; y aquello puso fin a la sexualidad que los adolescentes practican con sus compañeras de juego cuando no hay nada mejor que hacer.

Se llamaba Victoria; era la amante más o menos oficial de un tío mío (éste era el elemento perverso), me llevaba diez años (el elemento de extrañeza), y no podía terminar más que en tragedia ya que estaba casada con un notario. De otra parte, no me gustaba nada, pero de la misma manera que a un niño no le puede gustar la ginebra y siempre elegirá en su lugar un chicle de fresa. Era, para decirlo ingenuamente, del género atlético, que es un género frecuente a los treinta años; la gimnasia, la natación, el esquí, el color dorado de la piel, el uso de cremas y afeites la habían convertido en un simulacro de pantera, pero muchísimo más desnuda que todas las panteras que yo había visto en el zoo hasta aquel momento. Era de una desnudez sobrenatural, metafísica, muy distinta a la desnudez de las niñas, por desarrolladas que éstas fueran, ya que no dependía del mayor o menor número de prendas que utilizara —estaba desnuda incluso con un abrigo de foca que le había regalado mi tío—, sino de la puesta en escena del conjunto de sus miembros, los cuales eran, como en algunas divinidades hindúes, múltiples, llegando a poseer, en situaciones extremas, hasta seis o siete pechos, media docena de culos y un número ilimitado de vulvas. Su desnudez afectaba, además, a todos los sentidos corporales; para mí fue un descubrimiento OLER por primera vez la categoría abstracta de desnudez. Esa cualidad hiperfísica le permitía todo tipo de obscenidades, y, dada mi necesidad de conocer, se entregó a ellas con denuedo.

Voy a poner un solo ejemplo. Con el fin de corregir mi incredulidad, un día en que me juró que había copulado en plena misa, logró que copuláramos en público, es decir, ante su madre y dos amigas, sin que nadie se percatara del hecho, tomando un té con pastas y manteniendo una animada discusión sobre los Beatles. Comprendo la desconfianza con que puede toparse esta afirmación y me apresuro a añadir que el salón era grande, que ella y yo estábamos recostados en un sofá, que el resto de la concurrencia y nosotros mismos mirábamos en el aparato de televisión un programa sobre el escándalo del pelo largo, y que la gran mesa central cubría los ángulos laterales. A pesar de todo, lo esencial fue que, sin yo saber cómo, me encontré con una de sus vulvas inexplicablemente situada en el lugar adecuado, estando ambos con las piernas recogidas sobre el sofá y, por decirlo así, como dos cuatros, uno detrás del otro, quedando mis rodillas ocultas bajo su amplia falda. Aquella tarde, tras oír estupefacto su «¡ahora, idiota!», comprendí que había traspasado el umbral de la impureza.

Muchas y variadas son las actividades a que pueden entregarse dos personas cuyo único nexo es el conocimiento carnal; múltiples las posturas y diversas las circunstancias. Hay un registro notablemente amplio en la mecánica copulatoria como para que el espejismo de felicidad dure por lo menos un par de meses. Es muy similar a lo que dice Conrad sobre el trabajo en el mar, una tarea suficientemente agotadora como para facilitar el descanso, pero no tanto como para dejar exhaustos a los marinos, con lo que desaparecería la marina mercante. Es, en definitiva, algo que no se acaba nunca. Durante aquellos meses pude comprobar las sorprendentes analogías entre la gramática y la fornicación, en lo tocante a variaciones sintácticas, morfológicas y semánticas. Pero llegó un momento en que nos repetimos. Era inevitable, a pesar de sus pechos y sus vulvas. Y lo más probable es que fuera culpa mía, pues en todo aquel tiempo yo, la verdad, no conseguí tener más que un pene.

En la habitual publicidad sobre el contenido de la felicidad sexual suele hacerse hincapié en lo cuantitativo, con toda razón. Los caudillos sexuales españoles, a la manera del sospechoso Don Juan, acumulan y ahorran de tal manera que su hoja de servicios mejoraría sensiblemente si poseyeran tres penes en lugar de uno, carencia ontológica que se advierte en los grabados de Justine, en donde hay una clara insuficiencia viril, sea cual sea la combinatoria. A los caudillos sexuales españoles no les cohíbe fantasear sobre su necesaria limitación, pero a quienes vemos gran frivolidad en todo lo que se encuentra determinado por el capricho orgánico (poseer sólo dos ojos y no cinco, o dos piernas en lugar de cuatro) nos importa sobremanera. Hay actividades cuyo límite no viene impuesto tan claramente desde el exterior. Para rememorar, por ejemplo, sería inútil poseer dos cráneos, ya que entonces cada cráneo recordaría lo suyo. Pero para jugar al tenis sería una gran ventaja poseer cuatro brazos. De modo que todas las actividades aquejadas por esta limitación cuantitativa poseen un altísimo grado de aburrimiento, y es natural que, en un tiempo muy corto, se transformen en remedos de la actividad empresarial, ya que «ganar dinero» es la gran excusa metafísica que ayuda a soportar los más abrumadores tedios.

Para compensar y corregir el aburrimiento carnal se ha inventado el matrimonio, el cual lleva consigo todos los placeres, peligros, alarmas, aventuras y solazamientos de una vida, sólo que multiplicados por dos. Pero aquellas relaciones sexuales que no derivan en negocios, administración del patrimonio, pedagogía, codicia y otras actividades y pasiones semejantes, es decir, en matrimonio, son necesariamente efímeras. Y del mismo modo que los tenistas, al cabo de un cierto tiempo más o menos prolongado según sea la imaginación del muchacho o la muchacha, siguen jugando al tenis con el único propósito de vender camisetas o mantener la línea, que se dice, cosas ambas muy alejadas de los fines específicos del tenis y de la felicidad estrictamente deportiva, así también los amantes estrictamente sexuales acaban utilizando su sexo con fines políticos, económicos o religiosos, como ya demostró aquella rara lumbrera castrense llamada Choderlos de Laclos.

Se me dirá que acabada una relación se empieza otra y ya está, que un clavo saca otro clavo; y en efecto, así es, INEVITABLEMENTE; las relaciones se sucederán, pero el contenido de la felicidad sexual se alejará cada vez más para dejar lugar a los FINES SUBALTERNOS de caudillaje, cuidado de la inseguridad, odio de sí mismo, temor a la vejez, hasta ocupar por completo el espacio de la esperanza. Así sucede con todo aquello que tiene su definición fuera de uno mismo, decidida tan ignota y primordialmente como aquel primer golpe venido de la Nada.

En mi caso, mal podía proponerme Victoria transacciones económicas o conjuras políticas, de manera que, una vez llegado a la perfección de la habilidad —cuyo síntoma inconfundible es el aburrimiento—, comenzó el problema de cómo desencadenar un final trágico sin necesidad de contar conmigo mismo en el reparto. El aprendizaje había concluido; el contenido de la felicidad sexual, como los anteriores, se agotaba en el paso de una actividad libre a otra lucrativa, de integración estatal. Ahora lo veía como una zanahoria tras la cual espera el garrote de la institución. Ni siquiera los componentes específicamente modernos de perversión, asociabilidad y tragedia eran otra cosa que antiguos (o eternos) cepos, renovados con el propósito de mantener la clientela. Nada se aprende en el uso sexual de los cuerpos que no pueda conocerse con muchísimo mayor provecho en los calabozos de la tortura, pues el gozo puro de la carne sólo es un interrogante, y su respuesta consiste en un abanico siniestro de posibilidades que responden metódicamente a la pregunta: ¿qué se puede hacer con un cuerpo?

No importa la pasión que nos mueva —amor, odio, servicio a la patria, eficacia—: el cuerpo es tan sólo una excusa para la exploración científica. Los torturadores chinos, durante el mandarinato, competían entre sí de tal manera que ganaba aquel que conseguía mantener con vida a su víctima habiéndole amputado la mayor cantidad de materia orgánica posible. Algunos testimonios nos documentan sobre escuetas masas limpiamente dispersas sobre un cojín de seda, sin relación alguna con la figura humana, pero provistas de un inquietante latido, observado con arrobo por los altos dignatarios.

Las relaciones estrictamente sexuales deben, para mantenerse en el tiempo, echar mano de recursos similares, reduciendo a su mínima expresión lo humano del cuerpo, hasta que desaparezca este último latido en un breve pero intenso éxtasis retenido durante meses de práctica amputadora. Nosotros ya no sabíamos qué introducir y por dónde, qué morder, desgarrar o acariciar y con cuáles instrumentos añadidos; qué nuevo disfraz o comedia fantástica, interioridad, humor o micción compartir; en qué posición y sobre cuántos muebles, apoyos o aparatos; sumando a quiénes y en qué número; dañando o, por el contrario, mimando hasta la exasperación qué partes de quiénes, de qué edades y en cuál relación de parentesco... En fin, al cabo de un año el aprendizaje de la felicidad me había conducido a un mundo sumamente parecido a una oficina del catastro, en la que el afán clasificatorio se impone a todo lo demás, como ya le sucediera al pedantesco Marqués de Sade, entomólogo mayor del reino sexual.

La historia de una educación siempre acaba poniendo de manifiesto la decisiva intervención del azar como verdadero formador de la personalidad, es decir, del aspecto externo de cada cual. ¿Qué azar condujo a Hölderlin hasta la casa del banquero Gonttard, o sea, hasta la locura? ¿Podemos seguir llamando «suerte» o «casualidad» a la coincidencia de neoplatónicos florentinos y momias egipcias embalsamadas con papiros cubiertos de diálogos socráticos? ¿Es irrelevante que los mayores yacimientos de petróleo se encuentren en naciones, no sólo incapaces de utilizarlo, sino carentes de agua, en respuesta a la esponja empapada de vinagre que se alza ante el Sediento? Estas cosas hacen pensar en un Dieu trompeur, y por consiguiente en un Dieu.

Mi tío, hombre arrogante, guapo, inestable, denunció mis relaciones prematrimoniales —delatadas por Victoria con el fin de excitarle en sesiones, digamos, complementarias— ante el consejo familiar, el cual tomó la resolución de acabar con el asunto enviándome a estudiar a Navarra, que era entonces algo así como enviar a alguien al Penal de Santa María. Siempre que pienso en mi tío lo hago con gran simpatía —hoy tengo su edad de entonces— e imagino la lucha desgarradora (y morbosa) que sostuvo contra su vanidad, escuchando los relatos de Victoria y esperando hasta el límite de su voluptuosidad antes de denunciarme. La última vez que coincidimos —él vestía con cierto atildamiento y recuerdo sus escarpines italianos de piel tan suave que transparentaban la delicada articulación de los tarsos— fue para despedirnos en buena amistad; aquejados ambos por la misma ciega necesidad de saber, no podía haber enemistad entre nosotros. Como el oficial que envía a un soldado indisciplinado a primera línea, sin evitar una sonrisa de envidia y complicidad, me entregó una fuerte suma de dinero y un librito que es, a mi entender, una de las joyas científicas sobre el sexo, Adolphe, en cuya lectura encontrarán consolación todos aquellos que hayan estado a punto de perder la vida por delicadeza.

El desenlace trágico tuvo lugar poco después de mi partida. Pero el suicidio de mi tío fue su última obra de arte y una auténtica lección de sabiduría sexual: lo encontraron colgando de una viga, ahorcado, con sendos quijotes de bronce cosidos a las tetillas con hilo de nailon. Victoria me envió la esquela y una foto porno en la que aparecía sacándome la lengua entre las piernas de su marido.

El destino de mi viaje era Pamplona, en donde debía seguir estudios de ciencias; el señor Arteta, uno de los pocos colaboradores de mi padre realmente inteligente, había alquilado un pequeño apartamento en Carlos III, con los muebles indispensables, y todos los meses recibía una cantidad de dinero, suficiente para mi manutención, que me entregaba en estupendas noches de borrachera. A cambio de lo cual yo debía olvidar definitivamente mi apellido, mi hogar y mi ciudad. Iba a resultarme muy fácil, porque en mi condición de desterrado era presa ideal para otro disfraz de la felicidad: el Amor, e

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