1
Primavera de 1866
Once in a blue moon
Blanco.
Negro.
En ocasiones debes adentrarte en el extremo opuesto —ese que todo el mundo teme—, especialmente, si el blanco se ha tornado en gris. Deambulas en ese derrotero para mantenerte fría, no perder la cabeza y no ceder al peso que portas sobre tus hombros, en pos del bien común de la familia. Una carga insufrible colmada de sueños rotos, de frustrados deseos, que por momentos domeñas, mas otros tantos te enojan. Por ende, para impedir un mal mayor, tomas la decisión de escapar a fin de amarrar bien todos esos sentimientos y confinarlos al rincón de donde no debieron escapar.
Eso mismo hacía yo en plena noche.
Sigilosa, me deslizaba escaleras abajo en la casa de mi abuela; de memoria no pisaba los tablones medio sueltos o que crujían bajo el peso de mi cuerpo, delatores de mi huida. En el último peldaño, salvado ese primer escollo, oí sus leves ronquidos y esperé, quinqué en mano, a que el reloj marcase la medianoche. El estruendo de sus metálicas campanadas amortiguaron el ruido de la puerta de entrada, no así el fuerte resuello de mi abuela que me dio un susto de muerte.
Fuera, respiré hondo. Respiré libre.
Inicié un nuevo paseo nocturno, hábito adquirido de padre, que en sus visitas nos permitía charlar a solas de nuestras cuitas, de ahí que perdiese miedo a la noche. A pesar de ser primavera, una densa niebla cubría la llanura y las colinas de Pluckley; era tal su espesura que la luz no era de ayuda. ¡No podía ver más allá de mí! Me engullía, me disipaba en su interior. Me volvía etérea. La noche se condensaba a mi alrededor. El relente me humedecía la cabellera, el rostro, inclusive el cuello. Así, me arrebujé con la caperuza de mi capa azul. La dificultad, en tales condiciones, era nimia, no precisaba de un mapa para saber adónde me dirigía, ya que podía proseguir el invisible camino que se abría ante mí. Forjado otrora por transeúntes y carruajes, lo abandonaron obligados, según se apuntaba, a los fantasmas, como Robert DuBois, el bandolero más famoso del lugar, y otras criaturas sobrenaturales que moraban en el bosque, para servirse de la tranquilidad que les proporcionaba esos otros alternativos, además de farragosos.
En el instante que traspasé los límites del bosque, apreté el paso, quería llegar a mi destino presta. A medida que me adentraba más, la niebla se fue disipando. Solo me cubría de caderas para abajo. Oí un leve rugido en la frondosidad que me paró en seco. Estiré el brazo para alumbrar mejor. Miré hacia los lados, ni nada ni nadie me seguía. No advertí nada extraño. Más aún, no era noche de luna llena, estaba convencida, así que los lobos, que durante esas noches deambulaban en este lugar, debían de estar resguardados en sus madrigueras. Retomé mi caminar afinando el oído, solo percibía el frufrú de mi vestido sobre la hierba y mis pisadas. Las sombras de la noche se materializaban en los árboles que salían a mi encuentro, prisioneros por una cinta blanquecina de bruma que se extendía entre ellos para desaparecer al arribar a mi destino: el claro del lobo. Denominado así por los lugareños, era una pequeña zona agreste en mitad de la espesura, donde la vegetación no crecía, hecho que nadie podía explicar. Su único morador era una antiquísimo árbol de raíces volantes y una oquedad bastante amplia en la parte baja del tronco. Ese era mi lugar de meditación. Acudía allí en noches que me era inviable conciliar el sueño o alguna preocupación me turbaba.
Otro leve rugido me sobresaltó y expuso la espantosa sorpresa: frente a mí, apareció un lobo.
Paralizada de pánico, le sostuve la mirada.
Y él a mí.
Era el animal más hermoso que había contemplado jamás: su pelaje blanco era solo comparable a la nieve que cubría estas tierras en invierno, salvo el lomo cubierto por una franja oscura que lo embellecía más. El cielo se celaría del límpido color azul de sus ojos. Su belleza no fue suficiente para calmar mis nervios; las rodillas me temblaban y tenía los músculos de todo el cuerpo entumecidos.
—Tranquila, Jo —me susurré—. Hola... Hola..., perrito...
«¡Perrito!», exclamé para mis adentros. Una percepción demasiado optimista, teniendo en cuenta que era un lobo. ¡Era imposible! Alcé la vista a la bóveda celeste y allí estaba la circunferencia perfecta que dibujaba la luna llena. Mi final estaba cerca.
Rugió, mostrándome sus colmillos amenazantes. Todos mis miembros se estremecieron de horror. ¡No podía correr! En cambio él dio un paso al frente, ¡venía hacia mí a paso lento! Para mi asombro, el temor no aplacaba la ráfaga de atracción que me aisló del mundo y me abandonó junto a aquel animal. Mis dedos hormigueaban, querían acariciarlo. ¿Qué me estaba pasando? Era presa de un nerviosismo ilógico, cuya raíz residía en una sensación más oscura. En vez de tener la mente llena de lúgubres y desagradables imágenes del final de mi vida, quería tocarlo. Definitivamente, había perdido la cordura.
—Lobito, lindo... ¡Ay, ay, ay! —exclamé con las muelas apretadas—. No me muerdas, por favor, no me...
Frotó su cabeza contra la falda de mi vestido. Juraría que había ronroneado. Me rodeó; me olfateó sin emitir ningún sonido peligroso, lo que no me impidió cerrar los ojos, asimismo, me aferraba a la lámpara. Se me hizo eterno. Los latidos descompasados de mi corazón me advertían que si pudiera me dejaría a mi suerte. Permanecí quieta, aguantando las lágrimas que desafiaban derramarse.
Golpeteó su hocico en mi mano izquierda. La extendí; él colocó su cabeza debajo en una muda petición. Los dos compartíamos el mismo deseo: rozarnos. Reaccioné. Asombrada, abrí los ojos de golpe. ¡Estaba acariciando a un lobo! El animal estaba plácido, parecía disfrutar de mis atenciones, de cómo me perdía en su pelaje largo, suave, mullido al tacto. Podría sonar insensato, pero tenía cierto toque placentero. Se movió y asustada separé la mano, que quedó suspendida en el aire. Su reacción fue inesperada: me lamió el dedo anular hasta la altura de la muñeca. Aquel acto que, ni el más erudito en animales podría explicar, me aturdió.
De pronto, un grito congeló el ambiente, que de modo insólito se había caldeado. El lobo miró hacia atrás, rugiendo. Echó la boca a un pliegue de mi capa y tiró de mí.
—¿Qué quieres? —le pregunté, a la espera de una respuesta. Volvió a tirar varias veces. Intuí lo que quería decirme—: Quieres que regrese a casa.
Me soltó como si me entendiera y echó a caminar. Lo seguí. No comprendía aquella situación en la que esa bestia me guiaba. ¿Por qué? El aire me respondió. A lo lejos escuché los aullidos de varios lobos. Corrí. Debía salir del bosque antes de estar rodeada por una manada hambrienta. Mi insensatez había llegado demasiado lejos. El lobo, ese depredador de innoble fama, me salvaba de un ataque seguro de sus congéneres. Aceleré todo lo que el vestido me permitió, para llegar pronto a casa. Los dos manteníamos el mismo ritmo. Al cruzar la valla del jardín, miré atrás justo cuando se oían más aullidos que quebraron la yacente tranquilidad de la noche. Agarré el pomo de la puerta y observé una última vez a aquel animal. Él también lo hizo para, de seguido, perderse en la oscuridad.
Yo entré sin apenas aliento. Cerré la puerta con mi peso y me lancé a las escaleras, que subí de dos en dos. Me tiré en la cama tal cual estaba, vaciando la mente de todo lo ocurrido. No era capaz de discernir si estaba dentro de un sueño o aquella experiencia había sido real.
2
—¡Josephine, despierta! —me aplaudió mi abuela delante de la nariz.
—¡Lo estoy! —protesté, pegando un brinco en la silla.
—Sí, en las nubes.
Mi abuela estaba estirada delante de mí cual alta era. Su rostro, de dulces rasgos ovalados, mostraba su enfado, reflejado en sus chispeantes ojos verdes, semejantes a los de mi madre, al igual que en su boca de labios finos, que desaparecían en una línea. Tuve que controlar mi genio, en los últimos días sus comentarios eran cada vez más hirientes en lo que a mí respectaba. Fruncí la boca para mantenerme callada.
—Estos detalles son provechosos para la vida de cualquier muchacha.
Ese comentario tornó la cocina más opresiva. Una bola de furia fue creciendo en mi estómago. Precisaba salir, a pesar de ser la estancia más grande de la casa. Sus paredes estaban divididas en dos secciones bien diferenciadas: una, cubierta por sencillos azulejos blancos; el resto, junto al techo, pintados del mismo color, captaban la luz que entraba por las dos ventanas y la puerta que daba al jardín trasero. Ese efecto conseguía un mayor contraste entre el color negro de la cocina con horno, situada a mi izquierda, con el marrón del mueble en el que se colocaba la vajilla y la balda que había puesto mi abuelo para poner todos los utensilios. Hacían juego con la mesa, entorno a la cual estábamos sentadas.
—Te facilitarán el trabajo cuando tomes las riendas de tu propio hogar. No todas las mujeres pueden vanagloriarse de administrarlos con decencia y cordura.
«¡Un lobo me acompañó a casa ayer por la noche!», repliqué para mis adentros. No, no iba a revelarlo, todavía no había perdido la sesera.
—A mis hermanas no las instruyó —disentí.
—La irritante de vuestra tía se me adelantó.
Mis hermanas, Maggie y Elea, habían vivido en Londres con la tía Gertru y participaron en las famosas temporadas; allí conocieron a sus respectivos esposos, muy por debajo de las expectativas que tenía puestas para ellas nuestra tía.
—Elea tiene varios sirvientes —la instigué.
Era cierto que la condición de mi hermana pequeña, desde que había contraído nupcias con un capitán de la marina, le permitía tener unos tres sirvientes.
—No todas podemos aspirar a que nos sirvan —arremetió sin dilaciones.
Me levanté decidida a comenzar la jornada con mi paseo matutino al pueblo, así finalizaba esa conversación que solo incrementaba el nivel de agresividad en mi interior. Cogí la cesta de mimbre y me acerqué a mi abuela.
—Lo mismo de siempre y, si veo a la señora Griffin, le digo que su encargo está preparado. —Le di un beso en la mejilla—. ¿Ve, abuela? La atiendo —le mentí.
No le di opción a responder, pues, con paso presto, salí de casa.
Fuera, el amanecer había aportado un día despejado, radiante; el cielo estaba teñido de un suave tono anaranjado que apagaba el intenso color verde del campo y le confería aquel más propio del fuego. En el matinal ambiente fresco se intensificaban los olores más puros de la naturaleza, a césped y tierra húmedos, tampoco quedaba rastro de la niebla que anoche invadía esos parajes, solo en algunas hebras de hierba podía contemplar la capa blanca de helada que los hercúleos rayos del sol se encargarían de fundir. Acordarme de ese detalle hizo que el lobo blanco regresase de nuevo a mi mente con tal ímpetu que, si me paraba, podía verlo al otro lado de la verja. Aquel recuerdo me acompañó en las horas de vigilia. No había pegado ojo en toda la noche, intentado racionalizar ese insólito encuentro, mas no pude, no había lógica que lo explicase.
Arrinconando, no sin esfuerzo, la imagen de la bestia, salí al camino de tierra que cruzaba, cual lombriz, la extensa pradera, pasto habitual de las ovejas, y eché a andar en sentido opuesto al bosque, hacia Pluckley, pueblo natal de madre y mío, a pesar de haber crecido entre libros, profesores y alumnos de Oxford, ciudad en la que aún residían mis padres. Añoraba su trajín; las campanadas que regían la vida estudiantil. Ojalá hubiese nacido hombre para perder mi tiempo en la Bod como padre y el resto de los eruditos. Desde que tenía uso de razón, siempre lo había anhelado. Empero, ahí estaba yo con mi abuela —a petición de mis padres, que no querían dejarla sola al enviudar— en ese pequeño enclave del condado de Kent que tenía, quizás, más encanto que la ciudad universitaria. Un pueblo con vestigios de una gran historia pasada, las ruinas romanas o su aparición en textos antiguos así lo atestiguaban; propiedad del arzobispo de Canterbury que, posteriormente, pasaría a manos de un noble sajón. En esos albores era una comunidad mayor que Ashford, quien le arrebataba, desde hacía tiempo, el esplendor. Así era mi pueblo.
En dirección a la plaza donde se levantaba el mercado, podía contemplar las viviendas más antiguas con sus altos tejados tan característicos, ligados a la primitiva producción local de tejidos, sobre todo la lana, producto muy estimado de esta zona de la campiña inglesa, y principal sustento. Algunas personas me saludaban, luego, miraban al cielo dando gracias por haberse salvado de la luna llena y sus criaturas: los lobos. Los más crédulos hablaban de licántropos. Se afanaban en retirar los amuletos mágicos que pendían de las puertas, esos que los habían protegido de las garras de una muerte trágica, además de dolorosa. Padre estaba convencido de que Pluckley sería más recordado por sus leyendas que por su historia. Podría no estar errado, ya que un antepasado de la familia más pudiente, los Blackstone, las recogió en un libro. Era una familia querida por todos los lugareños. El último baronet no se dejaba ver ni los domingos en misa. Yo no lo había visto nunca.
Mientras caminaba por su calzada empedrada, cuidando de no meter el pie entre los huecos, era testigo de cómo se recupera la tranquilidad y se retoma la vida, una que iba al contrario del resto del Imperio de Su Majestad.
—¡Señorita Morgan! Qué alegría volver a verla —me saludó, efusivo, el señor Turner, un viejo maestro amante de las buenas lecturas.
—Tenga buen día, señor Turner. ¿Cuánto tiempo?
—Sí, he ido a la capital a visitar a mis hijos.
—¿Todo bien? —inquirí con modesto interés.
—Sí, están perfectamente —sonrió—. Me extraña no verla con un libro entre las manos; ¿sigue con los amantes de Verona?
—No, los he abandonado en pos de una historia con...
—¡Jeffrey, amigo! —exclamaba un hombre al otro lado de la calle.
—Discúlpeme, señorita Morgan. Otro día departiremos. —Cruzó la calle alzando un brazo.
Asentí cabizbaja. «Me gustan las historias con final feliz de Austen», terminé la frase para mí misma. Clavé los ojos en la cesta, un poco entristecida, pues él era la única persona en todo Pluckley con la que se podía mantener una buena charla sobre libros.
Me adentré en la plaza donde ya se congregaban un buen número de convecinos, animados por la seguridad que les daba la luz del sol. Aun así, con cada pequeño ruido o un simple grito, sus espíritus se agitaban; si prestabas oídos a las conversaciones a media voz, podías oír «lobo» u «hombres lobo». El recuerdo de la luna llena todavía palpitaba en Pluckley. Fui haciendo mis compras sin fijarme a mi alrededor y, en el puesto de pan del señor Barry —un hombre orondo, calvo y de piel blanquecina—, la charla que allí se desarrollaba captó mi interés:
—Nadie ha vuelto a verlo, está desaparecido —comentaba la señora Cook con el panadero junto con otra mujer a la que no conocía.
Sus expresiones inquietas eran compartidas, en general, por la gente de la plaza.
—Su bollo, señorita Morgan. —Me dio mi pedido el señor Barry.
—Muchas gracias. —Lo guardé en la cesta—. Perdonen mi intromisión, ¿quién ha desaparecido?
—¿No se ha enterado? —me devolvió la pregunta la desconocida.
Negué con la cabeza.
La señora Cook colocó su mano enguantada sobre mi antebrazo.
—El joven Jack —desveló al fin.
—¡¿Desapareció?!
Jack Grey era una de las personas más queridas en Pluckley. La triste historia de su familia, de la cual yo apenas tenía conocimiento, lo convirtió en el vecino por excelencia. No obstante, era de todos sabido la obsesión que tenía con los lobos.
—La última vez que se le ha visto fue ayer, al caer el sol, saliendo de la taberna. Hoy lo fueron a avisar para ir a trabajar y se encontraron la casa vacía —explicó la señora Cook.
—El tabernero le ha asegurado a mi esposo, cuando saltó la noticia, que ayer Jack no paraba de hablar de que había encontrado el modo de cazarlos. Una pena, la alienación de la madre heredada por el hijo.
¡Confirmado! La taberna era más efectiva que la redacción de The Times. Nada sucedía en el pueblo sin que el tabernero tuviese información directa en exclusiva.
—Tal vez...
La señora Cook me interrumpió chasqueando la lengua. Una sospecha bailaba en mi mente cuantos más detalles me iban contando. Solo anhelaba que quedase en eso, en un mal presagio infundado por mi cansancio.
—Algunos hombres han salido a primera hora de la mañana a rastrear el bosque y han hallado su gorra.
«¡Aaarg!», me tapé la boca con una mano, al recordar ese detalle de anoche. El grito que había escuchado en el bosque... Fue... Los lobos atacaron...
—Señorita Morgan, ¿está usted bien?
3
Me precipité a una huida desesperada.
Veloz, esquivaba a la gente agarrada a la falda de mi vestido; exhalaba cada bocanada de aire con la sensación de que era la última; las varillas del corsé se me clavaban en las costillas como puntas de cientos de lanzas empujadas por la cesta que me golpeaba a la altura de la cadera. El camino a casa —daría fe que alguien lo había alargado— era un calvario de piedras y polvareda levantada por mis zapatos. La poca lucidez que me quedaba la aproveché para desviarme del que había tomado al principio, así sorteaba al pastor Craven que, en cuanto me veía, tomaba la disculpa más nimia para entretenerme. En esos momentos no quería interrupciones de ninguna índole, el peso de aquella desaparición recaía sobre mí, convirtiéndome, sin pretenderlo, en testigo y mi silencio me hacía más secuaz de una mala bestia que solo mataba por matar, que no amaba ni respetaba la vida. Se culpaba a la luna de revolverle la sangre. Su sangre ya estaba sucia.
No me conocía a mí misma; nunca, en el tiempo que llevaba viviendo en Pluckley, le di importancia a las supercherías, leyendas e historias con las que, para ser sincera, creía que se les infundía miedo a los niños, así se conseguía un poco de obediencia infantil. El encuentro de ayer con ese extraño lobo, estar en su compañía, confirmar su existencia, lo había trocado todo. Los pinchazos en mis costados se intensificaron al recordar la imagen del bello animal blanco que me salvó, que me sacó del bosque en el preciso momento en que otro perdía su vida. Todo ello iba haciendo mella en mí. No podía mostrarme indiferente ni incrédula. Había oído un grito de pánico en mitad del bosque... ¡Nadie podía enterarse de que yo había estado allí!
Intenté apurar las zancadas, en la medida en que el vestido me lo permitía, al divisar a lo lejos el cottage de mi abuela. Construido en piedra, cuyo color contrastaba con la negruzca paja del tejado, se levantaba sobre dos alturas, siendo la parte de abajo donde transcurría la vida, ya que, además de la cocina, estaban la salita, el salón que hacía de comedor y la estancia de mi abuela. En la de arriba solo había cuatro dormitorios. Atravesé el pequeño jardín delantero, en el que crecían de un modo casual las flores, y abrí tan rápido la puerta que se batió contra la pared, a la vez que se cerró tras de mí.
—¡Abuela! —grité para que me escuchara. La quietud de la casa me desasosegó más.
—¿A qué viene tanto jaleo? —Asomó la cabeza por la cocina. Nada más verme alzó las cejas—. Por Dios, Josephine, estás blanca, ¿qué ocurre?
Era tal mi estado de sorpresa y terror que no podía describirlo con claridad. Era más, parecía que me habían cosido la garganta.
—¡Jo, habla! —me porfió.
—Ha sucedido algo terrible en el pueblo.
—Tras noche de luna llena, no hay noticia halagüeña. —Mi abuela entró en la cocina y tomó asiento. La imité colocando la cesta encima de la mesa—. Entonces, ¿qué acaeció?
—Jack Grey ha desaparecido —confesé con voz estrangulada. Me costaba tragar—. Una batida de hombres han hallado su gorra en algún sitio del bosque.
—Las malas lenguas van a tener razón... —Mi abuela se quedó ensimismada en sus pensamientos.
—¿Abuela?
Al observarla con detenimiento no me pasó desapercibido cómo estrujaba la costura del mantel entre sus dedos arrugados y torcidos, ni la tristeza de su rostro. Parecía que un mal presagio, del que solo ella era conocedora, se hubiese consumado en contra de su voluntad.
—Tu madre era un bebé cuando esa familia vivió varios sinsabores seguidos. —Me acomodé mejor en la silla, ya que su revelación me causaba fascinación. Ella fijó la vista en la mesa, perdida en décadas pasadas—. Su padre, que se llamaba igual que él, era muy trabajador. Allá donde había un trabajo, allá iba, incluso fuera de Pluckley. Se asentó definitivamente aquí al casarse. Vinieron con lo poco que tenían y se instalaron en la casa familiar de los Grey. En aquella época, tu abuelo y yo trabajábamos en Blackstone House, allí se le proveyó un trabajo. ¡Sabía hacer de todo ese hombre! Tu abuelo le tenía en gran estima, porque podías contar con él a cualquier hora del día o de la noche. Nunca ponía un no por delante. La suerte le sonreía con una mujer muy atenta y afable, muy silenciosa, lo que despertaba cierta desconfianza.
—No entiendo —la interrumpí—. Si todo les sonría, ¿qué fue lo que se truncó?
—Verás, ellos eran jóvenes enamorados, tenían todo a su favor, no así a Nuestro Señor. —Tomó aire por la boca, negando con la cabeza—. Ella sufrió varios abortos. A cada nueva pérdida, se resentía más: se encerró en sí misma. Había gente que afirmaba que hablaba con sus niños perdidos. Él, igual de afectado, no perdía la esperanza, la misma que al final le alumbró con el nacimiento del pequeño Jack. Su llegada al mundo supuso aire fresco a sus padres. Eran la imagen de la felicidad. Los trabajadores de la gran casa conocíamos de primera mano los avances del pequeño.
»La fortuna, caprichosa, pegó otro revés a esta familia. Un accidente en las tierras de los Blackstone sesgó la vida de Jack, abandonando a su esposa y a su hijo, de unos cinco años más o menos. Todo el pueblo se volcó con ellos. El viejo sir Blackstone en una época procuró que no les faltase de nada. Se sabe que el dolor es como una araña, cuenta con muchas patas, y fue lo que avivó algún mal en la cabeza de aquella pobre mujer. Comenzó a dejar solo al niño largas temporadas; nadie sabía adónde iba, después aparecía y retomaba su vida normal, hasta que proclamó, para espanto de todos, que conocía a los lobos y... Y... No receló en decir que mantenía relaciones poco decorosas con esos animales.
—¿Veía a los lobos? —Esa revelación me intrigó, pues ya no era yo la única.
—No. —Abrí los ojos todo lo que me dieron por su réplica—. Enloqueció tras el fallecimiento de Jack. Fueron muchas las pérdidas que había sufrido y la locura terminó apoderándose de su debilidad mental. El pastor Gresham tomó cartas en el asunto e hizo llamar al hermano de Jack, el tío del niño. Un hombre que había hecho un dinero en la capital y que le iba bastante bien; al ver la situación de su sobrino, no dudó en arrebatárselo a la madre y llevárselo con él...
—¿Y ella?
—Durante la estancia de su cuñado, volvió a desaparecer días, y la encontraron en el claro del lobo con las ropas echas jirones. Gracias a los contactos del pastor, la trasladaron a Bedlam. Ahí perdimos toda su pista.
«¡Oh, Dios mío! Mis huesos terminarán en el manicomio si alguien se entera de que he estado con el lobo. ¡No se lo puedo contar a nadie, a nadie!». Un escalofrío me recorrió entera. Otra vez la sorpresa y el miedo se confabularon para desestabilizarme. Jamás me había sentido tan insegura en mi propia piel.
—Desde la marcha del pequeño, la noticia que en Pluckley teníamos de él era que su tío le había proporcionado un buen futuro. Al igual que su padre, era muy trabajador. Su regreso, años más tarde, fue una alegría, pues ya había acontecido otra desgracia: la última señora Blackstone había fallecido en causas misteriosas. Aun así, mucha gente lo escrutaba buscando algún indicio de la locura de su madre; su cordura siempre estaba en entredicho. Hace unos años, su obsesión por los lobos apareció. El mismo mal de su madre lo tenía el hijo.
Estreché la mirada sobre mi abuela. La noticia que le había dado y el recuerdo de aquella historia familiar la apagaron, le habían consumido las fuerzas. Debía ser triste que personas a las que conocías terminasen de una manera tan trágica. Una parte de mí la comprendía; otra no tanto. Estaba encendida al oír por centésima vez que las mujeres éramos culpables de todo.
Mi abuela suspiró con desánimo.
—Una gran pena y todos saben que no aparecerá con vida —sentenció con total naturalidad.
—¡Abuela, no diga eso!
—Es la verdad, Jo, es la
