Dime si fue un engaño

Nieves Hidalgo

Fragmento

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Prólogo

El amor tiene un poderoso hermano: el odio.

Procura no ofender al primero,

porque el otro puede matarte.

F. Heumer

La Martinica. Partida de El Ángel Negro hacia España

El navío que había sido un azote en esa parte del Caribe, se alejaba dejando tras de sí una estela blanca que el oleaje iba absorbiendo, y un vacío físico cimentado en intereses comunes, afinidad personal y camaradería.

François Boullant observó un momento más la marcha de su amigo, Miguel de Torres, y luego dio la espalda a los recuerdos. Se metió la mano en el bolsillo de la levita y aplastó entre sus dedos, como si quisiera hacerla desaparecer y con ella el pasado, la carta que había recibido dos días antes. Una carta que lo arrojaba de nuevo a un tiempo que había intentado olvidar, pero que volvía.

Respondió mecánicamente a un comentario de Pierre Ledoux, a quien acompañaba Virginia, su esposa, aunque no le prestó atención. Se despidió de su antiguo contramaestre y amigo, colega de aventuras y abordajes, citándose para más tarde.

Montó a caballo y se alejó del puerto, que bullía de animación. Tenía asuntos que solventar antes de partir de La Martinica.

Porque debía marcharse.

Lo que menos deseaba era regresar al país que lo vio nacer, que lo traicionó y que lo había convertido en un proscrito, pero tenía que hacerlo. No podía olvidar, aunque quisiera, la condenada carta que le quemaba en el bolsillo y la hostilidad que ella volvía a encender, encrespando su ánimo con el estilete afilado de un pasado que no moría.

Al llegar a su hacienda, que había levantado con esfuerzo, tesón y sangre y que ahora constituía su mundo, dejó el caballo al cuidado de uno de sus criados, dio orden de que no lo molestaran bajo ningún concepto y se encerró en su despacho. Tiró del primer cajón del escritorio. La pequeña caja forrada de raso verde oscuro acaparó su mirada como si se tratara de un faro.

¿Por qué la conservaba?

¿Por qué no la había tirado al mar y borrado de su memoria lo que contenía?

¿Por qué maldita burla del destino seguía reconcomiéndolo la imagen de aquella mujer?

Accionó un pequeño muelle y la abrió. Dentro, un envoltorio de terciopelo negro guardaba su némesis. Negro, sí, como el alma de la pérfida que lo embrujó, que le hizo perder cuanto poseía ―posición y amigos—, que lo empujó a la perdición.

Se dejó caer en el sillón y desenvolvió la miniatura. Era una acuarela exquisita. Como lo había sido ella. La pintura lo abstrajo de cuanto le rodeaba, como si la habitación se hubiera oscurecido de repente y no existiera más que esa faz que le constreñía el corazón.

—Chantal Marie Boissier —susurró.

La mujer, cuyo perfecto rostro de alabastro estaba enmarcado por una melena esponjosa y oscura, lo miraba con unos ojos de color castaño y chispitas doradas que se le clavaban en el alma.

Boqueó como pez fuera del agua y sintió un agudo dolor en el pecho.

—Perra... —la insultó.

La había amado.

Sí, la había amado.

Hubiera dado su vida por ella. Mas ¿qué hizo esa mujer a cambio de su total entrega? ¿Con qué le pagó? Apretó entre los dedos la acuarela y cerró los ojos con fuerza. De nada le sirvió. Seguía viendo los suyos, el encantador hoyuelo de su mejilla cuando sonreía, su boca. Una boca por la se hubiera tirado de cabeza al infierno.

Se estremeció, preguntándose cómo era posible que, a pesar de los años, recordara tan vívidamente cada gesto, cada palabra de amor susurrada en voz baja, cada gemido ardiente con que ella recibía sus caricias.

Estaba maldito.

Ella lo había hechizado y continuaba haciéndolo. La odiaba, pero la amaba aún.

La deseaba de tal forma que su retrato lo hería como si la tuviera delante, arrojándole a la cara su traición, riéndose de él, lacerándolo con su maldad.

Sacó la carta y la alisó sobre la mesa con dedos temblorosos. La letra era puntiaguda y cuidada. Allí estaba su nombre, su verdadero nombre escrito en el papel: «Phillip Villiers», recordándole que había sido el vizconde de Basel. Ni el nombre ni el título significaban ya nada para él, pero el remitente de la carta insistía tercamente en recordarle su antigua personalidad, en no cerrar el paréntesis abierto hacía años.

Una corta misiva firmada por Damien Moreau.

Damien era el único que sabía de él, el último eslabón que seguía uniéndolo a Francia y a su vida anterior, el amigo —casi un hermano— que se arriesgó para ayudarlo cuando todo se puso en su contra. La única persona que sabía que seguía respirando. La única con quien, muy de tarde en tarde, mantenía contacto.

Damien desconocía bajo qué nombre vivía y su ubicación, no quiso decírselo para no comprometerlo. Sus misivas viajaban siempre a través del capitán de un navío que fondeaba cada cierto tiempo en la isla Culebra, desde donde un hombre de confianza se las entregaba luego a otro de su tripulación que se las hacía llegar a él.

Releyó la maldita carta. Despacio. Recreándose en cada palabra y disfrutando, con un masoquismo impropio de su carácter, de las noticias que le llegaban de Europa.

Sí, se solazaba en su propio dolor, en infectar aún más la herida que continuaba abierta, que no cicatrizaba del todo: una llama ardiente que no había conseguido, por mucho que lo intentó, apagar en su corazón.

Querido Phillip:

Sé que despertaré de nuevo funestos recuerdos, pero tenía que escribirte.

Chantal fue apresada, acusada de espionaje a favor de los ingleses y condenada a la horca. Conseguí arreglar su fuga y la tengo escondida (¿no habrás olvidado nuestro refugio?). Le han tendido una trampa. No puedo destapar el complot yo solo. Y no puedo confiar en nadie. Te necesito, Phil. Aunque no lo hagas por ella, lo harás por tu hija. Sí, una pequeña cuya existencia he descubierto por casualidad: Pauline.

Tu amigo, siempre,

Damien

¡Una hija! ¡Ni más ni menos! Damien debía de estar confundido, tenía que ser una broma, una farsa para obligarlo a regresar. Una hija... El fruto de un amor que murió cuando descubrió la prueba de la traición de Chantal Marie. Ella no le dijo nunca nada sobre un bebé, así que, ¿por qué creer ahora a su amigo? La cría bien podía ser de otro, de cualquiera de los amantes que aquella zorra debió de recibir entre las piernas mientras él la adoraba como a una diosa.

Imaginar a Chantal en brazos de otro hombre lo encolerizó. La oscuridad se fue adueñando del cuarto y las sombras se alargaron como garras dispuestas a engullirlo. Preferiría que lo pasaran bajo la quilla de un barco antes que dejarse arrastrar por los recuerdos, pero lo hacía. Fuera, el viento hizo susurrar las hojas de las palmeras y los helechos. Un viento que movió las cortinas y lo acarició. A él le pareció sentir el tacto suave de las manos de Chantal, como si la brisa le llevara el perfume con que tantas veces lo había embriagado. Gimió con desesperanza y maldijo en voz alta. Encendió el candelabro que tenía en la esquina de su mesa. Las orquídeas que adornaban el jarrón que su ama de llaves, la buena Juliet, dejaba allí casi a diario, le evocaron la piel de Chantal.

Irritado por la deriva de sus pensamientos, se levantó, abrió el mueble de las bebidas y se sirvió una generosa cantidad de ron. Con el vaso en la mano se acercó al ventanal que daba a los jardines y su mirada se perdió en el verde lujurioso, ahora un tanto opaco por el contraluz de la tarde, que rodeaba su propiedad. La línea de fuego del sol ocultándose ya en el horizonte le hizo recordar el rojo de unos labios que había besado hasta el embeleso. La belleza del ocaso, que siempre lo sosegaba, lo obligaba ahora a revivir un pasado de dolor y renuncia.

Se recostó en el marco y aguardó hasta que el astro se veló totalmente y la noche envolvió la isla como un sudario.

Echó una mirada a la mesa. La fastidiosa carta seguía allí, destacaba bajo la luz de las velas como una esquela de carnaval, como una broma de mal gusto, y la acuarela parecía burlarse de él. Se bebió el ron de un trago y se acercó para servirse otro vaso hasta el borde.

Iba a emborracharse. Como un mezquino. Como lo que había sido hacía años y seguía siendo ahora por añorarla.

Después del tercer vaso de ron, envolvió el retrato y lo guardó, cerrando luego el cajón con un golpe seco. A continuación, quemó la carta y el sobre, maldiciendo una y mil veces a Damien. Sopló las velas y, con la botella en la mano, fue a tumbarse en el sofá, sin ganas de caminar hasta su cuarto. Si conseguía mantenerse despierto no volverían a asaltarlo las pesadillas en las que veía a Chantal mirándolo, con los ojos muy abiertos, escuchando sus acusaciones, pálida, muda, sin dar siquiera una excusa para su infame proceder. No se había defendido cuando la tildó de traidora. No había dicho nada. Solo lo había mirado fijamente, con los labios temblorosos y falsas lágrimas surcando sus nacaradas mejillas.

Esa imagen volvía a él cada vez que cerraba los ojos. Una y otra vez. Una y otra vez...

Una hija...

El rencor por un lado y una repentina sensación de orgullo por otro se abrían paso en su pecho a partes iguales. ¿Podía ser cierto? ¿Por qué Damien lo afirmaba con tanta rotundidad? ¿Qué pruebas tenía? Porque si solamente contaba con la palabra de aquella ramera que maquinó, lo delató y se enriqueció a su costa... No. Moreau nunca daba nada por sentado sin pruebas concluyentes.

¿Cómo sería la niña? ¿Se parecería a él? ¿A Chantal? Intentó imaginársela y no pudo.

Se sirvió más ron. Deseaba embriagarse hasta caer inconsciente. Evaporarse. Morir. Lo que fuera con tal de no rememorar los días pasados junto a la mujer que le mintió y que lo convirtió en un marginado, en un hombre fuera de la ley.

No quería recordar. Dolía demasiado. Pero lo hizo...

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Capítulo 1

Enero de 1661. Castillo de Vincennes. Al este de París

La impresionante construcción había sido un pabellón de caza mandado levantar por Luis VII hacía más de quinientos años. Posteriormente lo convirtieron en una enorme casa y se decía que desde allí partió el rey Luis IX para embarcarse en la Octava Cruzada, de la que no regresó. Y hacía solo doscientos años que se había finalizado el muro rectangular que rodeaba la increíble fortaleza.

Giulio Mazzarini, más conocido como cardenal Mazarino, lo había tomado como residencia tras regresar del exilio y, si Dios no lo remediaba, allí acabaría sus días.

La explanada que llegaba hasta la torre estaba desierta. La escarcha crujía bajo las botas de los dos hombres que caminaban juntos con paso cansino, desafiando el frío de aquel crudo mes de enero. En las dependencias del castillo reinaba un silencio incómodo y denso que se había apoderado del lugar y que se pegaba a las ropas como el olor de la miseria. Por eso habían salido de sus muros, como si inspirar el aire helado que llegaba a ráfagas los pudiera alejar de aquel hedor a muerte.

—Me parece mentira que el cardenal se esté apagando.

Phillip Villiers, vizconde de Basel y espía particular del cardenal Mazarino, miró de reojo a su acompañante, Jean­Baptiste Colbert, hombre de confianza del cardenal, que administraba su fortuna y perseguía con encono a un Grande de Francia, nada menos que al todopoderoso superintendente de Finanzas del soberano. Colbert tenía el cabello largo, encrespado y oscuro, la tez pálida, las manos elegantes. Todo en él sugería gentileza y refinamiento. Pero a Phillip no acababa de gustarle, aunque reconocía que era un verdadero lince para los números y sabía que Mazarino lo apreciaba de veras.

—Todos rezan por su eminencia.

—Me temo, mi joven amigo, que ni todos los rezos de Francia serán suficientes para salvarlo. Está a punto de presentarse ante el Altísimo.

—Yo, al contrario que vos, aún confío en su recuperación —respondió él, un tanto molesto—. ¡Por Dios! Es un hombre con coraje, siempre lo ha sido y no puede darse ahora por vencido ante la enfermedad.

—Una enfermedad que ya dura demasiado. Su eminencia está agotada, se apaga, y mucho me temo que le quede poco tiempo. Por eso he insistido en hablar con vos, vizconde. Y fuera de los muros, a salvo de oídos indiscretos. —Frenó sus pasos y lo miró con determinación—. Quiero que trabajéis para mí.

Phillip apenas enarcó las cejas, pero el gesto no pasó desapercibido a Colbert.

—Poseo fortuna suficiente para no tener que ganarme la vida, monsieur.

—Sin embargo, trabajáis para el cardenal.

En los ojos verde hierba de Villiers reverberó una chispa de desconfianza.

Colbert le puso una mano enguantada en el hombro con gesto tranquilizador.

—No os preocupéis. Su eminencia confía en mí como confía en vos. Hemos hablado y me ha contado muchas cosas. Vuestro secreto está a salvo conmigo. Y os necesito para acabar lo que he empezado.

—No sé de qué me habláis.

La risa de Jean­Baptiste fue sincera. Se quedó observando a su joven interlocutor y volvió a calibrarlo, como cuando Mazarino se lo había presentado. Entonces le había parecido muy bisoño y demasiado rubio y guapo, demasiado desenvuelto y orgulloso. Pero cambió con rapidez su primera impresión porque, aunque Villiers contaba solo veintidós años, dio muestras sobradas de una serenidad asombrosa y de un arrojo increíble, justo lo que él buscaba. ¿Quién iba a imaginar que ese muchacho alto, ancho de hombros, con un rostro y una sonrisa embaucadores que enamoraba a todas las damiselas, era ni más ni menos que el mejor agente secreto del cardenal?

—Phillip... ¿Puedo llamaros así? —El joven se encogió de hombros—. Bien. Sé que sabéis detrás de lo que voy y quiero que me ayudéis. Necesito un hombre como vos.

—Queréis que espíe a Fouquet, ¿no es eso?

—En efecto. Nuestro soberano está a un paso de ordenar su arresto, pero yo necesito pruebas contundentes para desenmascararlo. No se trata de cualquier delincuente, es un hombre importante, con amigos poderosos que no verían con buenos ojos su encarcelamiento sin evidencias fehacientes.

—Queréis decir que deseáis haceros vos con las finanzas de Francia.

Si Phillip advirtió el destello de irritación en el rostro de Colbert, no lo demostró. Decididamente, no le gustaba su interlocutor, aunque no sabía la causa.

—Nicolas Fouquet ha malversado los fondos del reino, no me cabe duda —replicó el hombre—. Solo la mitad de los impuestos recaudados han ido a parar a las arcas de nuestro soberano. No sois ciego, vizconde, sabéis tan bien como yo que sus ingresos sobrepasan lo razonable.

—Su primera esposa aportó una cuantiosa dote al matrimonio. Vos también sabéis eso.

—Cierto. Como todo el mundo. Pero su fortuna crece día a día y...

—Y su segunda esposa —lo cortó Phillip— le ha procurado contactos que abarcan todas las áreas del poder político y financiero.

—Lo sé —admitió Colbert—. Pero ni aun así se puede explicar que haya acumulado tanta riqueza. Y el magnífico château de Vaux­le­Vicomte es el pináculo de sus desmanes.

Phillip asintió y respondió:

—He oído que es una maravilla.

Comenzaron a caer diminutos copos de nieve y Colbert se arropó más en su capa. Levantó la vista al cielo blanquecino y maldijo entre dientes.

—¿Aceptáis ser mi hombre, Villiers? —preguntó entonces directamente—. Y contestad pronto, porque el tiempo no acompaña para entretenernos en paseos.

—Hablaré primero con su eminencia.

—Su eminencia está de acuerdo en que os tome bajo mi protección.

—Dejemos dos cosas claras, monsieur: la primera es que no necesito que nadie me proteja, me basto y me sobro; la segunda, si es deseo del cardenal que os preste mis servicios, no debéis temer que hable primero con él. Una vez le haya expuesto el asunto y oído su respuesta, os daré la mía.

—Pero...

—No antes.

Phillip no deseaba continuar una conversación que a nada iba a conducirlos, de modo que se alejó hacia la torre, con la fría mirada de Jean-Baptiste Colbert clavada en su espalda.

Acababa de ganarse un enemigo formidable, pero el joven Phillip Villiers aún no lo sabía.

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Capítulo 2

Maincy. Château de Vaux-le-Vicomte. Agosto de 1661

La muchacha caminaba despacio junto a la barandilla que rodeaba el canal de aguas verdosas y luego se acodó en ella, disfrutando de la magnificencia del castillo y de su entorno.

Sus muros, de piedra blanca, contrastaban con los oscuros tejados. Fuentes, arriates y terrazas armonizaban con la recia construcción, recreando una estampa mágica en la que la suntuosidad era el rasgo dominante.

Ella no pertenecía a aquel lugar y tampoco deseaba estar allí, sino en la casa de su padre: pequeña, sin alardes, pero acogedora. Ansiaba estar de nuevo en su hogar, donde había nacido y al que estaba unida. No era dama ni cortesana, pero debería comportarse como estas últimas cuando el sujeto que le habían señalado hiciera acto de presencia. Solo faltaban dos días para que el rey y su corte acudiesen a los festejos ofrecidos por Nicolas Fouquet en honor al soberano. Cuarenta y ocho horas y ella se convertiría en una prostituta.

Jean Chevalier, un tipo bajo y rechoncho, de penetrante mirada clara y al que le faltaba la mano izquierda, había sido muy explícito:

—Vuestro padre, mademoiselle, adeuda una importante cifra en impuestos atrasados.

—Pagará —había respondido ella muy envarada, a la defensiva, sintiéndose como una intrusa en su propia casa, en su salón, intimidada por el visitante—. Os pido un poco de tiempo.

Los ojos de aquel hombre se pasearon por su cara y bajaron después irrespetuosamente hacia sus senos, donde se detuvieron voraces. Chantal hubiera querido cubrirse con un chal, pero se contuvo para no dejarle ver que estaba amedrentada. El esbirro que se había presentado como recaudador era tan solo un sucio depredador y ella lamentó hallarse en la casa sin la compañía de su padre y sus hermanas pequeñas.

Una bandada de pájaros sobrevoló los altos torreones y Chantal sacudió la cabeza para ahuyentar los amargos recuerdos.

Ahora ya era demasiado tarde para echarse atrás. No podía escapar. No podía volverle la espalda a quien la había obligado a ir allí si quería que su padre y sus hermanas continuaran llevando una vida tranquila y sin sobresaltos. Sobre todo, si quería librarlos del presidio. Esa repugnante amenaza ni siquiera fue hecha de modo velado. Por el contrario, fue directa y muy clara. Y las penosas circunstancias en las que se encontraba su familia la habían obligado a aceptar el indecente trato.

Su madre, fallecida tras una larga enfermedad hacía ya tres años, siempre había temido por ella y ahora se estaban confirmando sus temores.

—Te digo, Chantal Marie, que eres demasiado bonita. En los tiempos que corren no es bueno ser tan hermosa, salvo que una quiera convertirse en cortesana ―recordó que le advertía.

Chantal se inclinó hacia el agua. El líquido elemento le devolvió la imagen de una muchacha muy joven —apenas cumplidos los diecisiete—, de largo cabello oscuro, rostro claro de rasgos mediterráneos perfectamente dibujados y ojos castaños con irisaciones doradas. Ella no se veía tan hermosa como le decía su madre pero, a fin de cuentas, había sido su cara y su estilizada figura las que le habían causado el problema.

Y las deudas de su padre. Sobre todo, las deudas. La enfermedad de su madre agotó los recursos de la familia y tuvieron que vender todo lo que tenían de cierto valor: vajillas, sábanas y mantelerías de exquisito bordado, cuberterías y cuadros.

¿Qué les quedaba, aparte de la casa y el pequeño terreno adyacente? ¿Cómo podía renunciar a ayudar a los suyos? Cuando Chevalier le hizo la proposición se negó en redondo, pero no tardó en admitir que no tenía otro remedio que acceder al chantaje. Carecía de experiencia para lo que se esperaba de ella, pero debería aprender, y rápido. Quedaba poco tiempo.

Un par de carruajes más recorrían el paseo que llevaba al castillo —habían llegado ya algunos durante la mañana— y a Chantal se le cortó la respiración. ¿Viajaría en uno de ellos el caballero al que debía seducir? ¿Cómo iba a hacerlo? ¿Cómo acercarse a un individuo de su rango y engatusarlo para que sucumbiera a sus escasos encantos y le contara sus secretos? ¡Si ni siquiera sabía lo que era besar a un hombre! Se retorció las manos, presa de la incertidumbre.

Sabía lo que tenía que hacer, pero no veía el modo de llevarlo a cabo. Porque perder la virginidad, aunque tras ello se convirtiera en una perdida, no le causaba tanto vértigo como el temor al fracaso, sabiendo como sabía que el futuro de su familia estaba en juego.

***

Phillip echó un rápido vistazo a la habitación que le habían destinado. No era demasiado grande, pero sí cómoda y lujosa, con ventanales que daban al estanque. Se sacudió el polvo del camino mientras esperaba que uno de los criados deshiciera su equipaje, y luego se adecentó un poco y se cambió de ropa. Eligió pantalones y chaqueta de color bronce, camisa blanca y botas altas. Se ciñó luego el estoque a la cadera y abandonó el cuarto.

En la galería, se cruzó con un personaje rechoncho y de baja estatura con el que casi chocó. Le pidió disculpas y le cedió paso, fijándose en el cuero que cubría lo que debía de ser un muñón donde tendría que haber estado su mano izquierda. Su aspecto descuidado y su expresión de raposa le desagradaron en el acto.

Fuera, la temperatura era asfixiante, pero aun así Phillip se sintió liberado. Una ojeada le confirmó que lo que había visto desde la ventanilla del carruaje era real. El castillo superaba todo lo imaginable. Y de no ser porque lo llevaba allí un cometido muy específico, incluso habría disfrutado de su estancia.

Fisgar en el despacho de Nicolas Fouquet no le gustaba en absoluto; se jugaba el cuello si lo descubrían. Y como era normal en esos casos, Jean­Baptiste Colbert no podría responder por él, por descontado, así que estaría solo y a expensas de su propio ingenio.

Hizo a un lado esos lúgubres pensamientos y caminó a buen paso, alejándose de los muros y del inquietante agobio de su cometido, mientras inhalaba el suave olor a hierba recién cortada.

A media distancia vio a una muchacha y sus piernas se negaron a continuar. Era una joven de tan exquisita belleza que se quedó paralizado; no se atrevía ni a respirar por miedo a que fuese una aparición y se desvaneciera.

Ella estaba embelesada mirando el agua del estanque. No se movía. Era como una estatua, tan hermosa que parecía irreal. Tenía el cabello oscuro y, aunque se lo había recogido en un peinado sencillo, algunos mechones de seda escapaban de él y caían sobre un cutis de alabastro que lo fascinó. Llevaba un vestido de falda acampanada que entallaba una cintura diminuta y dejaba sus hombros y brazos al descubierto, mostrando una piel cremosa, tersa y translúcida.

El vizconde de Basel podía ser cualquier cosa menos un hombre enamoradizo. Le gustaban las mujeres, sí. Le fascinaba el bello sexo desde que, a los catorce años, una cortesana de renombre se había encaprichado de él y lo había seducido bajo las narices de su madre. Aquella dama le enseñó casi todo lo que sabía de juegos de cama. Las que llegaron después, el resto. Gozaba de la conquista, de la seducción y del juego de la pasión, pero no se enamoraba. Su madre lo había hecho de su padre y fue la persona más atormentada de Francia, pues tuvo que soportar sus constantes infidelidades.

Sin embargo, aquella joven estaba haciendo que su corazón doblara con un repique insistente.

Chantal, ignorante de que era observada, echó la cabeza hacia atrás, cerró los ojos y dejó que el sol le acariciara el rostro. Una mariposa de vivos colores revoloteó frente a ella y la joven se quedó muy quieta. El lepidóptero fue a posársele en la punta de la nariz; ella trató en vano de atraparla y se rio de su propio juego con una carcajada limpia que a Phillip le pareció la música más cantarina del mundo. Embrujado, se acercó a la muchacha.

—¿Sois real o solo una figuración?

Ella dio un respingo, se volvió y quedó atrapada en unos ojos del color de la hierba, que la miraban absortos en su belleza. Se hizo a un lado con rapidez, excusándose, pero la mano del vizconde la retuvo. El leve contacto se expandió por la piel de ambos con la rapidez de un relámpago.

—Lamento haberos asustado, mademoiselle, pero necesito saber que no estoy soñando.

«Un embaucador», se dijo ella de inmediato.

Uno de tantos seductores que se amparaban tras su físico

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